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Abrió los ojos en medio del pánico, su visión era acuosa, reducida, oscura y el aire se le escapaba en forma de burbujas. Su cuerpo comenzó a retorcerse, desesperado por respirar, pero las manos que lo sujetaban eran más fuertes y no lo dejaban sacar la cabeza del retrete.Finalmente, la fuerza cedió apenas y le permitió a Kyle tomar una bocanada de aire interrumpida por la tos. Después al agua otra vez —gracias a dios estaba “limpia”— sin piedad ni duda.Stan y los demás estaban almorzando en la planta baja, esperando a que Kyle se recompusiera, aunque nunca estuvo descompuesto. Nadie sabía que en el baño clausurado del primer piso estaban solamente ellos dos: Kyle y Steven Gray, cumpliendo la rutina de humillación, conscientes de que no serían interrumpidos.—Si vuelves a hacerte el valiente, lo vas a lamentar de verdad, ¿entendido, judío de mierda? —preguntó casi en un susurro mientras sostenía al chico por el cuello mojado del abrigo.Antes de que Kyle pudiera responder o gesticular, Steven lo estampó contra la pared y presionó los nudillos sobre el cuello de su víctima, sacándole el aire una vez más. —Y si te pegas al cabrón de Stan para que no te encuentre, peor todavía.“¿Aún puede ser peor?”, se preguntó Kyle.“Oh, claro que sí”, respondió una segunda voz en su cabeza.Steven cerró la sesión del día con un puñetazo directo en el rostro de Kyle, lo dejó caer y se marchó, sólo quedó el eco de su risita cruel en el baño.Kyle se limpió la nariz sangrante con la manga y permaneció sentado en el suelo, intentando recuperar la respiración. Tenía ganas de llorar por el dolor, la rabia e impotencia; jamás pensó que podría llegar a odiar tanto a alguien, ni que alguien podría odiarlo tanto sin razón alguna.Cualquier podría decirle que él ya había pasado por situaciones así cuando estaba en cuarto grado y Eric Cartman siempre estaba molestándolo e intentando joderle la vida, pero no era lo mismo. Lo que sentía Steven Gray hacia él era un odio que no se comparaba en nada a lo que Kyle había tenido con Cartman durante su infancia.De eso había pasado mucho tiempo. Los cuatro ya no estudiaban juntos: Cartman empezó la preparatoria en el turno de la noche junto a Kenny y Craig, así que dejaron de verse tanto dentro como fuera de la escuela. En un principio continuaron reuniéndose los fines de semana o en las vacaciones de verano, pero con el correr de los meses y las nuevas ocupaciones de cada uno, apenas intercambiaban saludos cuando se cruzaban.Kyle nunca hubiera imaginado que podría extrañar a ese culo de manteca. De hecho, el primer año de preparatoria fue maravilloso: no había ninguna voz molesta burlándose de sus informes o propuestas, nada de quejas sobre los lugares que escogían para ir a comer ni comentarios racistas o antisemitas.Esa paz terminó cuando en segundo de preparatoria ingresó Steven Gray e hizo que Cartman pareciera el Dalai Lama.El chico eligió a Kyle como su chivo expiatorio desde el primer día y este no podía entender por qué. Era un bullying sistemático: lo atacaba en lugares solitarios y nunca dejaba evidencia más allá de heridas tenues que podían pasar como caídas de la bicicleta o un pelotazo muy fuerte en clase gimnasia. Nada quedaba grabado, nadie veía nunca nada.Con el pasar de los meses Kyle perdió la esperanza de resolver el problema con su acosador. Se había resignado a tener la cabeza adentro del retrete, a volver a casa con golpes bajo la ropa, marcas de “accidentes” en el rostro, la mochila llena de porquerías sorpresa y un sentimiento de tristeza y soledad que crecía día tras día sin que él mismo lo notase.Se saltearía el resto de las clases para volver a casa, dormir un buen rato y aprovechar la tarde para estudiar. Saldría por la puerta de emergencia, no tenía deseos de atravesar el comedor y que Stan o los demás le preguntaran por qué tenía toda la cabeza empapada. Quedaban veinte minutos de almuerzo, los pasillos aún deberían estar vacíos. Ahora que no tosía más agua, Kyle se levantó para salir del baño.—¿Kyle? —interrumpió una voz familiar. Kyle se sobresaltó y chocó con la mirada de Kenny—. ¿Qué carajo te pasó? Sabes que las duchas están en el gimnasio —bromeó, pero al ver la mirada de su amigo su expresión cambió en seguida.—Tuve… un problema, no es nada, Kenny —mintió—. ¿Tú qué haces aquí tan temprano?—No tienes cara de "nada importante" —Kenny lo miró de reojo—. Yo vine a entregar un informe, pero eso no importa. Amigo, no te ves nada bien, ¿quién fue?Siempre era difícil mentirle a Kenny, incluso al gordo le costaba hacerlo. Kyle se encogió de hombros, atrapado, y confesó.—¿Recuerdas que tuve problemas con un chico nuevo el año pasado?—Ese hijo de puta de Steven… —dedujo en seguida—. Deberías hablar con el consejero o un profesor, con quien sea. No le contaré nada a Stan —se anticipó, leyendo sus pensamientos—, pero que ese cabrón siga haciendo lo que quiere… Tú no eres así, Kyle, cuando Cartm-—No entiendes, Kenny —interrumpió—. Steven Gray no es como el culón: él me odia de verdad. Creo que no le importaría si lo expulsan por dejarme medio muerto en el pasillo. Sólo tengo que pensar en una forma de arreglar toda esta mierda.Kenny lo miró en silencio y Kyle desvió la mirada, avergonzado. Si no cambiaban de tema ahora mismo, se iba a quebrar, y como siempre, Kenny parecía saber lo que necesitaba así que se le acercó y dijo con voz suave y comprensiva:—Vamos, te acompaño hasta tu casa.Salieron por la puerta de emergencia. Mientras caminaban Kyle intentaba mantener la conversación lejos de Steven, mostrándose interesado en cómo estaban Craig y Cartman, en si Kenny tenía novia o no, también le contó sobre los chicos y que la relación entre Wendy y Stan de verdad pendía de un hilo.Kenny lo escuchaba con atención, pero notaba su mirada taciturna. Las cosas realmente andaban mal para su amigo y lo más frustrante era que Kyle no daría el brazo a torcer hasta que se diera cuenta, por las malas, que necesitaba ayuda, si es que ese momento llegaba.El cuarto grado parecía más lejano de lo que en realidad estaba, casi era como un sueño, una película que vieron hacía cientos de años. Nunca volvieron a tener un profesor tan extravagante como el Sr. Garrison, las Navidades parecían todos iguales sin algún problema o hecho extraño, ni Satán ni Jesús no volvieron a mostrarse por el pueblo, las cosas se tornaron monótonas, incluso Kenny ya no moría.Kyle se preguntó si era el único que pensaba de aquella manera, pero no pensaba decirlo en voz alta. Era vergonzoso admitir que sentía cierta nostalgia porque significaba admitir que extrañaba; que extrañaba los días llenos de sinsentido, de malos entendidos y adrenalina, de las estupideces de Cartman.El gordo de mierda. No tan de mierda como Steven.Kenny lo acompañó hasta la puerta de su casa y prometió que cuando todos tuvieran un sábado libre, organizaría una salida. Kyle le recordó que el cumpleaños de Stan estaba a menos de dos semanas y haría una fiesta, obviamente estaban invitados él, el gordo y Craig. Le dio las gracias por haberle hecho pasar un buen rato en aquel día tan frustrante y, antes de que cerrara la puerta, Kenny preguntó:—Kyle, ¿tienes miedo de Steven?Kyle tragó en seco, de nuevo sin mirarlo a los ojos. No estaba seguro de la respuesta: si le temía, era un miedo extraño, distinto a otras cosas o personas que lo habían asustado. Había algo más en todo aquello, pero como parecía una mezcla caótica de sensaciones, recuerdos, problemas, etcétera, no podía separar una cosa de la otra.—No, Kenny, al menos no de él —respondió finalmente—. Nos vemos.—Nos vemos.Entonces sí, cerró la puerta y fue a refugiarse bajo las sábanas, a dormir un largo rato.
----- CHAPTER BREAK -----
—Vamos, Kenny, sólo esta vez —insistió Cartman con el mismo tono infantil que usaba para pedirle cosas a su madre—. La vida en South Park no es tan divertida si eso no pasa. Además, regresarás intacto y no duele —añadió con una sonrisa.
—¿Y quién carajo te dijo que no duele, culón? —exclamó el otro frunciendo el ceño—. ¿Quieres emoción? Muérete tú, entonces.
Hicieron una parada en la tienda. Kenny sacó un billete arrugado y un par de monedas del bolsillo. Estaba calculando si alcanzaba para lo que quería comprar cuando una mano enguantada se lo arrebató.
—¡Hey! ¡Dame eso, carajo!
Craig soltó una risa y alzó el billete en alto. Kenny resopló resignado y se cruzó de brazos. Craig había crecido mucho desde que entró en la pubertad, de hecho, era el chico más alto de todo el grupo y le gustaba aprovecharse de eso.
—¿Vas a renovar el stock de porno, Kenny? —se burló haciendo ondear el billete—. ¿No lo vas a ayudar, gordo?
—¡No me llames así, mierda! —protestó Cartman. Los años habían pasado y aún no aceptaba insultos ni apodos de Craig sin protestar al menos una vez.
Kenny aprovechó la pica entre ambos para recuperar su dinero, entró a la tienda pero en seguida salió. Se encogió de hombros mirando a Cartman.
—¿Tienes cincuenta centavos, gordo?
—No para un pobre —le respondió. Kenny puso los ojos en blanco y repitió la pregunta esta vez sin agregar nada—. Sí, tengo algo de dinero por aquí, ¿para qué lo quieres?
—Hotties aumentó cincuenta centavos.
—¿Y no te puedes comprar una revista para pobres? Todas tienen prácticamente las mismas tetas y culos —se quejó, hurgando en sus bolsillos y dándole el dinero—. Toma, y cómprame unos cigarrillos.
—Tú mandas —asintió sonriente y entró de nuevo.
Mientras esperaban, Craig preguntó:
—Gordo… ¿sabes si Stan va a hacer algo bueno este año? —Intentaba parecer casual.
Cartman lo miró arqueando una ceja y sonrió malicioso. Guardó silencio varios segundos para plantar intriga. Sabía que Craig estaba interesado en Stan desde el último año de secundaria, antes de que el grupo se dividiera en preparatoria, y amaba molestarlo con eso siempre que podía.
—Tal vez sí, tal vez no… tal vez Stan nos pidió que no te dijéramos nada, Craig.
—Más vale que lo digas, gordo, o si no…
—¿Si no qué? —desafió Cartman, inflando el pecho—. No te tengo miedo, idiota.
—Ya, chicos, comencemos bien la noche —los interrumpió Kenny y dejó los cigarrillos y el cambio en la mano de Cartman—. Stan hará la fiesta en su casa, sus padres no van a estar y Shelly va a pasar la noche con unas amigas —respondió con una sonrisa ladina—. Aunque si se enteran de tus intenciones, tal vez pongan al viejo Barbrady a vigilarte de cerca, Craig.
—Yo no tengo ninguna intención mala —protestó Craig resoplando y los otros dos estallaron en risas—. No se puede hablar en serio con ustedes, pendejos, en seguida se ponen a decir idioteces.
Craig levantó el dedo medio en dirección a ellos y siguió solo el camino hacia la escuela.
—¿Por qué no lo reconoce? —preguntó Kenny mientras lo observaba.
—No sé por qué lo esconde, si todos sabemos que es un marica, estuvo un montón de tiempo con Tweek —comentó Cartman y encendió uno de sus cigarrillos.
Unos copos de nieve comenzaron a caer desde el cielo negro. Kenny se acomodó la capucha del anorak y guardó la revista en su desgastado morral. Cartman dio una calada profunda y propuso saltarse las clases para tomar algo caliente en la cafetería de Tweek.
Kenny lo siguió. No tenía ganas de ir a matemáticas y además, desde el último encuentro con Kyle, se estuvo sintiendo inquieto y quería hablarlo con alguien que no fuera Stan. No estaba seguro de si ayudaría en algo contárselo a Cartman, lo más probable era que estallara en carcajadas o llamase marica a Kyle por no defenderse.
En el camino se cruzaron con Butters montando su bicicleta, hacía unos meses que trabajaba como repartidor del City Wok. Ya lo habían visto varias veces de camino a la escuela o cuando se saltaban clases como esa noche. Cuando no estaba muy ocupado, Butters se quedaba charlando con ellos hasta tarde.
—¿Vienes, marica?
—Se-será en otra ocasión, chicos. Te-tengo que hacer u-unas entregas ahora.
Kenny lo miró extrañado. Si bien Kyle les había dicho que su tartamudeo casi había desaparecido, no comprendía por qué cuando hablaban con él, estaba igual que siempre.
La cafetería estaba vacía cuando entraron, salvo por Tweek que estaba en la barra, distraído con el teléfono y esperando a que llegara la hora de cierre.
—Chicos, ¡agh!, cerramos en diez minutos —les avisó.
—Oh, vamos Tweek, serán unos minutos… no puedes tratar así a tus amigos —dijo Cartman—. Sírveme un latte y, Kenny, ¿qué carajo vas a querer? Ya gasté en ti; un dólar más, un dólar menos, no hará diferencia —invitó.
Estaba de buen humor aunque quería aparentar lo contrario. Kenny sonrió y pidió lo mismo que él.
Mientras esperaban sus bebidas, Kenny pensó cómo encarar el problema de Kyle con Cartman. No esperaba que se ofreciera a ayudarlo, pero tampoco quería que se burlara. Tal vez se le ocurría alguna buena idea para que Steven Gray olvidara a Kyle, como cuando se encargó de Scott Tenorman hacía varios años. Quizá el gordo era un cínico y a veces un sádico, pero cuando ponía a trabajar su cerebro, salían cosas ingeniosas.
—Ayer… —comenzó— cuando fui a entregar nuestros informes por la mañana, me encontré con Kyle.
Lo dijo con un tono casual, como quien comenta el clima. Cartman trató de disimular su interés, pero sus devoraron enseguida a Kenny, atento a sus palabras.
—No estaba nada bien, creo que tiene problemas.
—¿Kyle tiene problemas? —comentó, reemplazando la curiosidad por el ácido sarcasmo—. No creo que le esté yendo mal con los exámenes, ¿cómo sabes qué está mal? —rió—. ¿Ya tiene deudores por sus sucios negocios judíos o qué?
—Verás… —titubeó Kenny, ya no muy seguro de lo que estaba haciendo—. ¿Recuerdas a Steven Gray?
—No, si entró justo cuando yo pasé a estudiar a la noche, ¿pero qué carajo tiene que ver con Kyle?
—No estoy seguro, pero desde que discutió con él, no hay una semana en la que no le dé una paliza.
—¡Jo! —exclamó, reteniendo las carcajadas—. ¿Alguien le está pateando el culo al judío? No jodas, Kenny… ese no es Kyle. Déjate de bromas.
Tweek dejó las dos tazas humeantes de café latte sobre la barra, repitiendo que en diez minutos cerraría. Kenny sorbió de la suya un par de veces, en algo estaba de acuerdo con Cartman: Kyle no era de los que buscan problemas, pero tampoco de los que agachan la cabeza frente a un abusivo como Steven Gray sin dar pelea.
¿Y si lo había intentado y terminó peor? Eso hacía las cosas más graves aún.
—Es en serio, gordo. Ni siquiera Stan sabe de esto. Creo que la única vez que intentó hacer algo por Kyle, el hijo de puta sólo fue más cuidadoso para joder a Kyle.
Cartman bebió despacio, se relamió los labios para limpiar la espuma sobre su labio superior, pensativo, y permaneció en silencio. Luego sopló el humo lentamente y desvió la mirada hacia la ventana.
—¿A dónde quieres llegar? Si él no ha pedido ayuda es porque no la quiere, nos pateará el culo si hacemos de héroes sin su consentimiento. No tengo intención de ayudar a un marica que le teme a un hijo de puta como Steven Gray, fuerza no le falta, créeme, nunca subestimes a un judío enojado —sentenció, revolviendo su café.
—¡Ese es el problema, culo gordo! —gritó Kenny y golpeó la mesa con el puño, haciendo temblar las tazas. Cartman no se inmutó y continuó mirando hacia cualquier parte que no fueran sus azules ojos—. Yo creo que sucede algo que va más allá de lo que vemos, pero parece que sigues igual y no te importa una mierda… no sé por qué me molesté en contártelo. Y ni se te ocurra joder a Kyle con esto porque no terminaremos en nada bueno —amenazó severo, levantándose de la mesa y dejándolo solo con los dos lattes.
—Kenny —llamó antes de que este cruzara la puerta hacia la calle. Kenny se detuvo y lo observó, esperando alguna respuesta más comprensiva, aunque con pocas esperanzas—. ¿Kyle estará en la fiesta de Stan?
Cansado de su estupidez y terquedad, Kenny respondió que sí y después se largó, no a clases, por supuesto. Tenía ganas de acercarse al bar de Skeeter y ver si pescaba a alguien para acostarse y olvidarse de todo ese problema por una noche.
Cartman permaneció el resto del tiempo apoyado sobre la barra de café mientras Tweek barría el suelo, ansioso por irse. Estaba confundido y también molesto porque no tenía ganas de ir a la fiesta de Stan, pero sabía que Kyle iría al y ahora tendría que ir también y comprobar si Kenny decía la verdad, si existía alguien que podía pisotear a Kyle Broflovski y salir del todo impune.
¿Por qué dejaría que un extraño hiciera lo que quisiese? Kyle no era así, sabía devolver los golpes e insultos, le había dado pelea a él muchas veces. ¿Qué mierda tendría de especial Steven?
----- CHAPTER BREAK -----
Kenny tocó el timbre, temblando de frío. Al parecer, el invierno se estaba adelantando porque aún no terminaba octubre y ya iban por la segunda nevada del mes. Pensó que tendría que comprarse una de esas camisetas térmicas si quería evitar morir… congelado. Si bien ya no se “accidentaba” tan frecuentemente como antes, seguía sucediendo al menos una vez al mes.
Traía consigo un paquete envuelto en papel madera estampado con sellos caseros, idea de su hermana Karen. No era la gran cosa pero Kenny se sentía orgulloso de haber comprado el obsequio para su amigo con su propio dinero.
Si bien la fiesta empezaba después de las diez, Stan había llamado al grupo de siempre para que lo ayudara a acomodar un poco la casa y poner protectores a los muebles si no quería que su madre le cortara el internet hasta su próximo cumpleaños.
—¡Stan, se me está congelando el culo! —gritó Kenny y dio una patada a la puerta. Pudo escuchar unas risas al otro lado, así que volvió a insistir, perdiendo la paciencia—. ¡Carajo, abre la puerta o me largo!
Finalmente Stan lo dejó entrar, todavía conteniendo una risa. Cartman estaba repantigado en el sofá, comiendo un tazón de quesitos, Kyle acababa de poner un mantel antimanchas sobre la mesa de la sala y ordenaba al otro que levantara el culo para ayudar.
Kenny contuvo una risa al ver la escena. En momentos así, lo único que parecía haber cambiado eran los rasgos y altura de cada uno, todo lo demás seguía igual: las mismas peleas y actitudes.
—Antes de que me olvide, feliz cumpleaños, Stan —Kenny le entregó el paquete.
Stan se sentó en el sofá para abrirlo. Debajo de la capucha, Kenny se mordió el labio algo nervioso. Era un libro sobre mamíferos marinos, usado pero en muy buen estado si se obviaban las tapas un poco desgastadas.
—Muy bueno, Kenny, ¿se lo robaste a la biblioteca pública? —se burló Cartman y Kyle lo fulminó con la mirada.
—Gracias, Kenny, realmente me viene de maravilla —dijo Stan mientras pasaba las hojas con cuidado, después lo dejó en el librero de la sala—. No sé si se los dije, chicos, pero quiero estudiar biología marina cuando vaya a la universidad.
—Uy, nadie se lo venía venir, Stan. Un hippy como tú que estuvo con los maricas defensores de ballenas y-
—Tú también te uniste, gordo —interrumpió Kyle.
Cartman se quedó sin argumentos, así que cambió de tema y preguntó a quiénes estaban esperando para la fiesta.
—Tú sabes, a los de siempre: Wendy, Bebe, Token, Jimmy, Butters, Craig…
Al escuchar ese último nombre, Kenny soltó una carcajada y Cartman bufó molesto:
—¿Por qué invitaste a ese idiota?
—Si nos llevamos bien. Además nos invitó a su fiesta los años anteriores, y eso que tú sólo hablas mierda de él. No lo sé, ¿tiene que haber una explicación?
Cambiaron de tema una vez más y conversaron sobre sus planes para después de la preparatoria. aunque solamente Stan y Kyle tenían una visión clara de lo querían hacer.
Pasadas las diez, chicos y chicas fueron llegando y la reunión, por fin, se volvió una fiesta. Como era de esperarse, Kenny y Bebe habían traído el alcohol gracias a sus contactos y Token se hizo cargo de armar una buena playlist; el frío pre-invernal que hubo antes había desaparecido para dar lugar al calor del baile, las risas y los juegos.
El cumpleañero y su novia ocupaban cada tanto el sillón —que los chicos movieron a una esquina— para besuquearse; los que no bailaban, charlaban animadamente junto a la mesa de comida y se organizaron competencias de quién podía tomar tal o cual trago inventado por Kenny y Jimmy.
Las horas volaban y cuando quisieron darse cuenta, el reloj marcaba las dos de la mañana, pero ninguno tenía la intención de volver a casa.
Definitivamente Stan estaba dando la mejor fiesta del año.
—A-a ver si ti-ti-tienes los co… los cojones para be-bebértela.
La mezcla desconocida que sirvió Jimmy fue casi lo mismo que ser atropellado por un camión —comparación que solamente Kenny podía hacer—. No supo si fue porque venía tomando bastante o porque la mezcla no fue amigable con su estómago, pero al poco tiempo de vaciar el vaso Kenny empezó a sentir el gusto ácido del reflujo en la boca. Corrió al baño antes de que empezaran las arcadas pero estaba ocupado, así que antes de vomitar en la sala y arruinar todo prefirió salir afuera.
Rodeó la casa soltando eructos ácidos y, cuando se reclinó para soltar todo, escuchó unos maullidos y una suave voz hablando por teléfono, intentando discutir. Kenny paró la oreja.
—Ya sé que es tarde, pero es sólo esta noche, además es el cumpleaños de Stan —recalcaba serio—. No quiero hablar de eso, sabes que no estoy seguro de si quiero-… Pero… No, pero… Oh, está bien. Sí. Sí, señor —desistió y se escuchó el "bip" de llamada finalizada seguido de un largo y angustioso suspiro.
Kenny contó hasta cinco antes de aparecerse casualmente y Butters se sobresaltó al oírlo llegar.
—Kenny… ¿qué haces a-aquí afuera?
Otra vez el titubeo. Acababa de escucharlo hablar clara y perfectamente, como Kyle le había comentado antes, ¿por qué cambiaba ahora?
—Jimmy preparó un trago que mi estómago no pudo aguantar… era salir o vomitar en la sala, pero no quiero arruinarle esto a Stan, está siendo un éxito, ¿no? —respondió y metió las manos en los bolsillos del jean.
Butters asintió con una sonrisa, pero sus ojos estaban tristes. Sin saber por qué, Kenny se acercó más hacia él y preguntó:
—¿Problemas con mamá y papá?
Butters se sonrojó, avergonzado por seguir en la misma situación desde los ocho años, o mejor dicho, desde toda la vida. Kenny le devolvió la sonrisa para que no se sienta apenado, después de todo, ya sabía bien cómo era todo en casa de Butters.
—Q-querían que estuviera en casa a las doce a m-más tardar. Si n-no fuera porque me va bien en la escuela, no habría p-podido venir —confesó.
Los dos se sentaron en una banca que había en el patio trasero de Stan. Incluso desde allí se oía la música que venía desde adentro.
—Creo que estás bastante grandecito para que te controlen de esa manera. Ni que fueras a embarazar a alguna de las chicas —bromeó para consolarlo.
Pero Butters no rió, su labio inferior comenzó a temblar y frunció los labios, la mueca justo antes del llanto. Kenny supo que había más allá de la fiesta, se trataba de un problema con el que Butters lidiaba y lo tenía completamente desbordado.
Kenny se encogió de hombros, rascándose la nuca incómodo y se bajó la capucha del anorak para que Butters pudiera verlo bien. “Cuéntame todo”, quería decirle, “aunque no pueda ayudarte demasiado, está bien si lloras”.
Butters se sorbió la nariz.
—E-estoy pre-preparándome para estudiar medicina en la universidad de Colorado —titubeó—. Mi a-abuela dejó un depósito grande sólo si estudio eso.
—Pero eso es genial, hasta donde sé, sólo tú, Stan y Kyle se están tomando esto del futuro en serio —lo animó con voz dulce—. ¿Te preocupa no quedar?
Butters negó fuertemente con la cabeza, frotándose los nudillos con más inquietud.
—¿Qué sucede entonces? Doctor Stotch… ¡suena bien! Quizá puedas hacerme un par de recetas para hierba o la pastilla azul, ¿eh? —Aquello iba medio en broma, medio en serio.
—S-sería genial si yo pu-pudiera… pudiera…
No aguantó. Las lágrimas brotaron de sus ojos grandes y temblaba asustado mientras se aferraba al cuerpo de Kenny, este sólo atinó a darle unas palmaditas en la espalda.
—¡Yo n-no quiero estudiar medicina, Kenny! —sollozó—. M-me estoy esforzando mucho para algo que no me gusta y tendré que esforzarme aún más tantos años… N-no es ju-justo…
Era extraño oír a Butter, que ya tenía diecisiete años, usar ese tono aniñado y agudo de cuando era más pequeño. Kenny tragó despacio, tenía un sabor salado en la garganta y todo el subidón de ánimo que había tenido se escapó al igual que las lágrimas de Butters.
Tomó el rostro de Butters con delicadeza y limpió las lágrimas con los pulgares. Al mirarlo fijamente notó por primera vez la casi imperceptible cicatriz que le había dejado con el shuriken cuando jugaron a los ninjas. El corazón se le encogió de sólo recordar todo lo que a Butters le pasó ese día, y sin pensarlo, Kenny apoyó los labios sobre su ojo, dejando a Butters completamente atónito y también más tranquilo.
De ser otra la situación, habría actuado diferente, menos marica. Cuando Stan estaba en crisis, cuando su hermana estaba muy triste o asustada, incluso si Cartman parecía más cabrón de lo normal, Kenny siempre tenía las palabras preparadas. Raramente se había encontrado en situaciones en las que supiera qué hacer.
Pero esa noche Butters lo había descolocado. El pequeño pánico que le causó su lloriqueo lo llevó a hacer lo que hizo.
—Aún hay tiempo para pensar en la universidad… —susurró—. Nada más tienes que ponerte firme y pensar en qué quieres hacer realmente. El dinero lo pueden poner en el culo muerto de abuela.
—No puedo, K-Kenny… —respondió, hundiendo la cabeza en el pecho de Kenny y suspiró agotado—. Gracias, pe-pero ambos sabemos que no puedo.
—Quizá a Kyle se le ocurra alguna idea. De veras, déjame ver qué puedo hacer y-
—No quiero más pro-problemas de los normales —insistió—. Su-supongo que me acostumbraré a l-la sangre y… —hizo una mueca de repulsión.
Estaba mintiendo. No quería tener nada que ver con cadáveres y enfermedades.
Ambos se quedaron en silencio. Lo que fuera que Keny dijera sería un imposible, así que no tenía sentido hablar para mentir. ¿Qué podía hacer entonces?
Butters se limpió el rostro con la manga del suéter, respiró profundo y se puso de pie. Ninguno tenía ánimos de volver a la fiesta, totalmente lejos de una angustiante realidad que se iba acercando cada vez más: probablemente todos terminarían separándose, quizá viviendo infelices y muy lejos como para compartirlo y consolarse.
“Lejos de Kenny”, pensó Butters. Lejos de su voz ahogada por el anorak, de su expresión de festejo cuando estaba por tener sexo, de verlo comer en el City Wok con su hermana menor.
De todas las personas que conoció en el pueblo, Butters pensó que a quien más extrañaría sería Kenny. A pesar de que no tenían una gran relación, las veces que hablaban eran tendidas y profundas. Quizá le gustaba Kenny o sólo estaba confundido porque lo había consolado.
Además Kenny estaba fuera de su alcance: Kenny era un espíritu libre que no le tenía miedo a los excesos ni al qué dirán, tampoco parecía preocuparse demasiado por el futuro, y sobre todo le gustaban las chicas.
Le gustaban demasiado. Todos lo sabían.
—¿Va-vamos a dar una vu-vuelta? N-nos vamos a congelar aquí.
Kenny se acomodó la capucha y se levantó.
Y en ese momento, quizá afectado por todo, acorralado por la angustia o vaya a saber qué, Butters deseó ser una chica, una sucia como Tammy que la chupaba en el estacionamiento o Lexus de pasitas, sólo para sentir que los labios de Kenny lo besaban a él.
“Mira lo que me haces pensar, Kenny…”, reprochó mentalmente.
Caminaron alrededor de la casa de Stan hasta alejarse cada vez más en dirección al parque.
Cartman se apoyó contra la pared, prendió un cigarrillo y dio una calada. Estaba por hacerlo en la sala de no ser porque cuando metió la mano en el bolsillo, la mirada de reproche de Kyle le cayó encima. Aunque hacía una hora los otros armaron un porro para calmar a Tweek y Kyle no les dijo nada, Cartman no tenía ganas de discutir, así que fue a fumar en paz a la cocina.
No pensó que realmente disfrutaría tanto de la fiesta. Hacía tiempo que no iba a eventos de ese tipo porque la aglomeración de gente lo ponía de malhumor, pero para su sorpresa esa noche estaba disfrutando de las bromas de Jimmy, del intento de contactar por ouija a la madre de Clyde y de la buena comida.
Kyle entró minutos después para llevar las latas de Dr. Lemon que quedaban en la nevera y Cartman le sopló una bocanada de humo justo en el rostro cuando pasó delante suyo. Kyle se detuvo, furioso, le quitó el cigarro de un manotazo y lo lanzó al fregadero.
—¡Kahl! Ese era el último que me quedaba.
—Mala suerte —respondió burlón—. Sabes que esta porquería te va a matar, culón.
—No te metas en mis cosas, judío. O me jodes por el peso o por esto, ambas no puedes.
—La salud no es un juego, Cartman —replicó Kyle—. Y no importa si terminas pesando cincuenta kilos, siempre serás nuestro culo gordo —agregó y apretó la mejilla del otro como solía hacer su mamá.
El chico puso los ojos en blanco. Odiaba que los demás chicos se burlaran de él y, peor aún, que Kyle se preocupara sin razón alguna. Incluso después de todas las cosas que habían vivido, Kyle tenía que seguir siendo Kyle.
—No te mato porque es el cumpleaños del hippy, judío de m…
“Termina la frase y te pateo el culo gordo”, pensó Kyle para sus adentros, casi modulando las palabras, y una oleada de calor lo golpeó por un instante.
Hacía bastante que no tenía esos roces con Cartman. No de aquellos en los que todo terminaba realmente mal, sino los triviales y familiares, incluso divertidos. Una sonrisa se dibujó en su rostro, pero Kyle prefirió ocultarla asomando la cabeza dentro de la nevera para buscar algo en la alacena.
—Y… ¿cómo te va la nocturna? —preguntó, no tenías ganas de regresar con los demás en la sala—. Kenny me dijo que han visto al señor Garrison con un tipo.
Quería hablar de cualquier cosa y no sabía por qué.
—Supongo que volvió a sus raíces de hombre cis y marica. En la noche se ven cosas extrañas, no tienes idea los discursos que da el papá de Stan los viernes después de beber.
—Prefiero no saberlo.
Hubo un breve silencio, luego Cartman lo miró de reojo, como si Kyle le estuviera escondiendo algo.
—¿Quién te golpeó, Kyle? —Era lo mismo que lanzar una bomba.
—Nadie, tuve un accidente en una de las prácticas de básquet —se excusó.
—Judío mentiroso —recriminó y soltó una risa maliciosa—. Me dijeron por ahí que un tal Steven Gray te está pateando el culo de lo lindo. Por un segundo pensé que era broma, pero veo que no.
Kyle se sonrojó incómodo. Al parecer tampoco podía mentirle a Cartman como antes. No pudo evitar morderse el labio, estaba acorralado y no tenía ganas de arruinar la noche pensando en aquel hijo de puta que volvería a ver el lunes en la mañana.
Pero también sintió la fuerte necesidad de soltarlo todo con Cartman, aunque seguro a este no le importaría, si apenas se hablaban. Quizá hasta felicitaría a Steven.
—Sólo es un cabrón abusivo —le restó importancia.
—El mundo está lleno de ellos —dijo Cartman con indiferencia, como si nada de todo aquello le sorprendiera, pero al igual que los gatos, estaba esforzándose para ocultar la curiosidad—. Ayúdame a entender una cosa, Kyle: ¿por qué lo dejas ser un cabrón?
Era la misma pregunta que no había podido responderle a Kenny, y tampoco lo haría ahora. No pensaba permitir que Steven Gray invadiera sus pensamientos fuera de clases y que arruinara una noche divertida. Fantaseaba con que si hacía la vista gorda, Steven se cansaría y lo dejaría en paz. Sin embargo, no estaba seguro de eso pasaría antes de terminar la preparatoria.
—¿No te acuerdas cuando me atacaste esa vez que te dio el SIDA?
Sí. Existía otra opción en donde Kyle se ponía los cojones e intentaba romperle la cara. Sabía lo que era pelear aunque no era algo que le gustara hacer. ¿Por qué no podía defenderse entonces?
¿Por qué eso le importaba a Cartman?
—Es asunto mío, Cartman.
—No, Kyle, quiero saber porque no tuviste inconveniente en pelear conmigo y a este marica de Steven Gray le perdonas todo. ¿Eres masoquista?, ¿te gusta sentir sus puños?, ¿te excita la sangre o qué mierda?
Fue la gota que derramó el vaso. Kyle lo tomó del cuello del abrigo y lo sacudió, sus mejillas ardían.
—¡Te dije que es problema mío!
Era un gordo de mierda insensible y jamás cambiaría. Definitivamente lo detestaba y desde que se había cambiado de turno todo estaba mejor para Kyle. Ni siquiera entendía por qué todavía lo consideraba un amigo.
Se miraron durante una fracción de segundo. Suficiente para comprender que el tema no era nada simple, ni siquiera para bromear.
Empujó a Cartman y se dispuso a volver con los demás en la sala. Cartman lo sujetó del brazo con fuerza, atrayéndolo a él con un tirón, Kyle tropezó con sus propios pies y quedó apoyado sobre su torso blando, casi pegado a su cuerpo.
—¿Te vas a dejar hacer por un idiota, Kahl? —susurró Cartman y luego lo apartó bruscamente—. Me das asco. Ese no eres tú —escupió y caminó a la sala, dejando a Kyle sólo y avergonzado en la cocina.
Wendy nunca fue una chica que bebiera demasiado, así que para la mitad de la tercera lata de espumante ya se encontraba durmiendo en el cuarto de Shelly. Mientras tanto, Stan estaba en su cuarto cambiándose la camisa. Ya estaba bastante ebrio, pero no quería irse a la cama hasta que el último invitado se marchara. Fue al baño para lavarse la cara y mantenerse consciente.
—Hey, ¿dónde carajo está Stan? —preguntó Clyde desde la sala.
—Está arriba, creo que fue a limpiarse al baño —respondió Clyde.
—¿Qué? —exclamó el muchacho sorprendido—. Apenas puede caminar, ¿y lo dejaron subir? Vayan a buscarlo antes de que se rompa la cabeza al bajar.
Sus amigos lo miraron y Clyde soltó una risita.
—No se peleen por ayudarlo, eh. Iré yo.
Stan dio un resoplido cuando sintió el agua helada en su rostro, luego se miró al espejo, lleno de confianza, orgulloso de sólo pensar en que los chicos hablarían de su fiesta de cumpleaños al menos hasta el año siguiente.
Le guiñó el ojo a su reflejo y apenas abrió la puerta chocó con otro chico.
—¡Craig! —balbuceó animado—. Craig, qué bueno verte aquí.
—Ah… sí… No hables como si acabara de llegar, tonto, hace horas que estoy aquí, ¿te acuerdas?
Stan casi cayó de espaldas pero se aferró al suéter de Craig, haciendo que este quedara dentro del baño.
—Lo sé, lo sé… Pero quería que lo… supieras —hipó y rió como lo hacía Bebe cuando intentaba ligar con alguien.
Craig tragó despacio, con la garganta seca y el corazón comenzando a latir más rápido. Aquella sonrisa boba hacía que Stan se viera más alegre aún y resaltaba todo lo bello que tenía. Pero no era el lugar ni el momento para avanzar con él, por ganas que tuviera.
—Craig, qué… ¡hip! bueno que estás aquí.
El cuerpo de Stan se balanceó hacia adelante y rodeó al otro con sus brazos torpes. El aliento a vodka con jugo de naranja se mezcló con el de Craig, quien dejó de pensar y dio el beso que tanto tiempo llevaba reprimiendo.
Stan correspondió torpe y lo apretó. Era un beso diferente a los que había dado, eso aún podía distinguirlo. Su antiguo director le hubiera partido el culo a patadas de sólo pensar en la siguiente idea: él estaba ocupando el rol de Wendy en ese momento. Si Craig lo estaba besando así, él era la chica ahora.
—Mmngh… —gimió de forma ahogada contra la boca de Craig.
Y Craig, consciente de que nada de eso estaba bien, esperaba cualquier reacción menos esa.
“Mierda”. Sólo había subido para ayudarlo a bajar las escaleras y ahora le estaba comiendo la boca en el baño de su casa. Quería que fuera un beso corto y fogoso, para saber cómo se sentían sus labios y luego resignarse para siempre. Pero cuando Stan lo abrazó diciendo lo feliz que estaba de verlo allí su voluntad se desmoronó por completo.
Deslizó las manos por debajo de la camisa para acariciar la cintura de Stan, luego subió haciéndole cosquillas en el vientre, hasta apretar apenas sus pezones. Stan se estremeció por las manos frías e intentó relajarse y concentrarse en la erección que se estaba formando bajo sus jeans.
—Ha-hazlo de nuevo —pidió acercándose a la boca de Craig, y este obedeció.
—Stan —murmuró separándose apenas, pero Stan lo buscaba como si fuera un cachorro lamiendo algo delicioso—. Stan… Shh, tranquilo —rió Craig—. Carajo, al menos mírame.
Stan se separó un poco, haciendo un gran esfuerzo para dejar de ver doble.
—Sí, Craig, te… estoy mirando… —giró apenas la cabeza para soltar un eructo y preguntó—. ¿Crees que Wendy se moleste si se entera de esto?
“Auch.”
—No si mantienes la boca cerrada —susurró forzando una sonrisa cómplice.
“De todos modos, no recordarás nada…”
Stan rió y tomó a Craig por el cuello del suéter. La pija le palpitaba debajo de la ropa.
—Yo la cierro, pero tú ábrela, ¿eh?
El tono sucio en su voz, los jadeos de ambos, el pecho de Stan subiendo y bajando, su cabello húmedo por el sudor y sus nublados ojos azules. Oh, ¿acaso el idiota estaba por pedirle que se la chupara? Porque con la más mínima señal de que sí, Craig lo haría, sería su último trago de la noche.
—A ver qué tan duro estás.
Craig tendría que parar ahí mismo, pero el “ziiiip” del cierre del pantalón y aquel bulto bajo los bóxer blancos le quitaron el pensamiento racional. En las fiestas, no se piensa con claridad cuando la música está a todo volumen y la tienes más dura que una roca.
Comenzó una serie de besos descendentes, resistiéndose a chupar o morderle la piel y dejar marcas, una sutil huella de que estuvo allí. Ahora nada más lo embriagaba el perfume de la transpiración mezclado con alcohol de Stan. Era exquisito, como una ilusión, porque aquello no volvería a repetirse. Así que ahora disfrutaría aunque Stan no recordara nada la mañana siguiente.
Le bajó la ropa interior, observando cómo su miembro se alzaba tieso y con la punta apenas húmeda. Hubiera querido que fuera al revés, que Stan sintiera el suyo y sentir él esa lengua, pero quedaría como una fantasía y nada más.
Tuvo que hacerlo rápido pues aún había riesgo de que alguien llegara a buscarlos. Stan se retorció complacido, como si nunca en su vida se la hubieran chupado. Craig no sabía si lamentarlo o felicitarse. Gracias a dios la música estaba alta y los gemidos de Stan no llegarían hasta abajo.
—Ah, y-ya casi… ya casi… —murmuraba y sus palabras hacían que Craig también se acercara al clímax—. ¡Y-ya!, ¡ya, Craig, mierda!
El muchacho tragó. No había acabado pero estaba satisfecho, tal podría acabar en la ducha, después de la fiesta. Acomodó las ropas de ambos para volver abajo pero Stan quería seguir besándolo.
—No —lo detuvo con delicadeza—, ya está… volvamos a donde está la diversión.
Stan no se hallaba en condiciones para regresar, si Craig no lo movía de allí se quedaría dormido sobre el retrete. Resopló, cansado, lo cargó en brazos y entró al cuarto de Shelly para dejarlo recostado al lado de Wendy. Antes de cerrar la puerta, le dio un silencioso beso en la mejilla.
Le hubiera dado un último beso en los labios pero no quiso contaminar la boca de Stan con la suya, que acaba de aprovecharse de un amigo demasiado borracho.
----- CHAPTER BREAK -----
Butters jugaba con legos desde que podía recordar. Ahora ya no tenía tanto tiempo libre para sentarse y armar el viejo set de aventuras o construir el laboratorio del doctor Caos, pero si lo tuviese, se encerraría en su habitación con todas las cajas de piezas abiertas para ver qué podía hacer.Era extraño pensar en usar el tiempo libre para hacer cosas solo. Cualquiera de los chicos preferiría reunirse a jugar consola o quemar cacas de vaca mientras charlaban sobre la vida y compartían un porro. No era que a Butters le molestara hacer esas cosas, pero sus primeras ideas para pasar tiempo libre nunca incluían la compañía de los demás. Quizá por costumbre: mamá y papá lo habían castigado tantas veces que aprendió a jugar solo en su cuarto durante horas, incluso días. Un par de años atrás, si le preguntaban qué quería hacer cuando creciera, Butters hubiese respondido constructor o arquitecto. Ahora su única respuesta era “Mamá y papá quieren que sea médico”, y a nadie le sorprendía porque él siempre hacía lo que le decían sus padres.No sabía cuándo comenzaron a pensar que esa era la mejor opción para él. Uno de sus profesores incluso había charlado con sus padres para comentarles que tenía buenas habilidades manuales, en algunas hojas de sus cuadernos había pequeños planos, ideas de edificios, todas las señales que indicaban que podría dedicarse a la arquitectura y no parecía haber ningún problema con eso.Hasta que la abuela murió.Le daba culpa recordarlo, pero Butters fue el chico más feliz del mundo por un tiempo. Supuso que así debían sentirse los que se enteran que su torturador impune murió usando el retrete. Incluso le pareció que su cuerpo era más liviano y el mundo más hermoso: su casa, el pueblo y sus amigos.Sobre todo Kenny.Lamentablemente esa felicidad no duró mucho. Cuando fueron a la lectura del testamento, los tres se sorprendieron al escuchar que la abuela había dejado mucho dinero para ellos con una condición: este se usaría para la educación de Butters si, y sólo si, se anotaba en la facultad de medicina.Su madre pensó que era un gran regalo y durante casi medio año tuvieron que ir a dejar flores en la tumba de la abuela todas las malditas semanas. Butters tenía que escucharlos decir lo agradecido que él estaba con ella y cuánto la quería y extrañaba. Ese fue el último abuso de la abuela. En alguna de sus visitas ella debió darse cuenta de que Butters se impresionaba cuando tenía que cortarle las uñas de sus pies viejos, deformados por los juanetes y con alguna uña encarnada, o el asco que le daba ayudarla a sacarse la dentadura antes de dormir. Debió ser fascinante saber cuánto rechazo le daban los muertos esa noche en la que vieron una película de terror en familia. Había encontrado su gran talón de Aquiles. Su último acto fue hacer que sus padres obligaran a Butters a estudiar algo que lo enfrentaría a todas esas cosas desagradables y horribles para el resto de su vida.Con tanto dinero en juego sus padres no se lo pensarían dos veces, a fin de cuentas estuvieron dispuestos a venderlo a Paris Hilton cuando era más pequeño porque creían que estaban haciendo lo mejor para él —a cambio de una buena pasta—. La abuela siempre iba un paso delante de él, pero nada impidió que las cosas fueran como le dijo Butters: moriría siendo nada más que una vieja con un vacío que no podía llenar.A partir de entonces todo lo que Butters hacía eran los pasos previos a su vida universitaria. El único consuelo que tenía era saber que al menos estaría lejos de sus padres, aunque también extrañaría mucho a sus amigos y por eso ese año no quería perderse la fiesta de Stan.—Butters…Cuando veía a sus amigos olvidaba todo lo demás, no importaba si lo castigaban. Aunque últimamente ya casi no lo hacían, probablemente porque no estaban pasando cosas extrañas que lo metieran en problemas como antes.—¡Hey, Butters!—L-lo siento, no estaba es-escuchando.—Que cambies esa cara —repitió Kenny—. ¿Estuviste cuando le hicieron preguntas a la mamá de Clyde? Casi me cago encima cuando se movió la ouija.—Sí, d-dio miedo…Ya lejos de la música y las risas, Butters no podía concentrarse en lo que estaban charlando, sólo pensaba en la abuela y en su yo de los próximos años en un cuarto pequeño del campus sin nadie con quien hablar, rodeado de libros sobre enfermedades.Se dio cuenta de que se estaba frotando los nudillos nerviosos como cuando era niño. Sintió un nudo en el estómago. Había arruinado la noche porque Kenny intentaba distraerlo y él ni siquiera prestaba atención.Estuvo a punto de disculparse pero vio que Kenny ni siquiera estaba molesto.A veces lo envidiaba.Sí, Kenny vivía en la parte más pobre del pueblo y sus padres eran un desastre, aún así era un chico libre. Lo suficiente para convertirse en Mysterion o acompañarlo a Hawaii sin pedir permiso.Ese era uno de sus recuerdos favoritos. El mejor de todos tal vez.Podía hacer lo que quisiera, incluso si no era correcto del todo. Butters se preguntaba si haber muerto tantas veces le dio ese valor y despreocupación. Estaba seguro de que no tenía nada que ver con que su familia fuera disfuncional, naciera donde naciera, Kenny no tendría ataduras.Se detuvieron frente a la casa de Butters. Se estrecharon las manos procurando volver a verse, Butters sonrió mucho más relajado. Iba a invitar a Kenny a entrar y tomar algo caliente cuando las luces de la sala se prendieron.“Oh, salchichas…”La puerta se abrió y se escucharon los chillidos de mamá.—¡Butters! ¡No debimos dejarte salir! Dijiste que estarías en casa a las doce y vuelves cuando te da la gana.—M-mamá, la fiesta e-empezó pasada a las diez, si hubiera vuelto a-a las doce, me habría perdido de to-todo.Sus mejillas ardían de vergüenza y no se atrevía a mirar a Kenny, quién estaba a su lado, con las manos en los bolsillos y encogido de hombros. ¿No podían al menos regañarlo en privado? Ya no tenía ocho años.—Eso no importa, tú tienes que estudiar si quieres enorgullecer a tu abuela, jovencito —dijo papá—. Ella hizo mucho para dejarnos-, digo, para dejarte todo ese dinero, lo único que tienes que hacer es ser responsable.Butters dio un paso adelante.—¡La abuela puede irse al carajo!Era un pensamiento que se hizo palabra y ya no había forma de revertirlo. Sus padres estaban boquiabiertos. Butters volvió a frotarse los nudillos nervioso y algo asustado.—Ve a tu habitación, jovencito, en la mañana hablaremos de esto —sentenció papá.Antes de entrar giró la cabeza para ver si Kenny aún seguía allí. No supo si alegrarse o entristecerse cuando no lo vio, tal vez entendió cuánto lo avergonzaba ser regañado por sus padres, o quizá simplemente quiso desaparecer porque sentía lástima. Butters eligió creer lo primero porque Kenny era su amigo, y los amigos entienden perfectamente sobre esas cosas.Subió a su habitación. Antes de entrar al dormitorio su madre le dijo que apagara las luces enseguida y que ni se le ocurriera utilizar el teléfono. Se escuchó un fuerte portazo y la casa se llenó de un silencio tenso como la cuenta regresiva de una bomba.Butters se puso el pijama y se acostó. Estaba cansado pero sus ojos no se cerraban. Dentro de unas horas tendría una charla seria con su padre y estaría en problemas, pero no le importaba. No dejaría que eso opacara lo divertido que había sido la fiesta de Stan: bailó, comió, incluso probó alcohol por primera vez, y pudo desahogarse con Kenny.Incluso le había besado el ojo.Una sonrisa tonta se dibujó en su rostro mientras se ovillaba bajo los cobertores. Era como la Cenicienta, la magia se había desvanecido pero el encuentro con el príncipe fue real. “Qué marica”, se dijo enseguida, “si a él sólo le gustan las chicas”.Ni siquiera valía la pena admitir que le gustaba, y aunque fuera una chica Butters no tenía garantía de que pudiera tener una relación feliz con Kenny.“Kenny es muy buen amigo pero un pésimo novio.”Si no mal recordaba, eso se lo había escuchado a Red en una charla de chicas en el pasillo de la escuela.Kenny no tenía relaciones duraderas porque así lo quería él, y cuando eso se supo muchas chicas se le acercaron con la fantasía de hacerlo cambiar, de enamorarlo en serio, pero nunca lo conseguían. Él siempre terminaba con gentileza y la mayoría de las veces quedaba en buenos términos con sus ex. En la escuela se sabía que si querías un polvo fácil pero bueno, te convenía buscarlo a él. En lo sexual Kenny era un chico insaciable y se rumoreaba que con él el orgasmo no se fingía, sino que era real y a veces múltiple.Al menos podían ser amigos pero, ¿por cuánto tiempo?Butters giró, volvió a sentir un nudo en el estómago. ¿Lo extrañaría cuando estuviera lejos en la universidad?, ¿o lo olvidaría fácilmente?, ¿querría reunirse cada tanto con él? Tal vez haría el esfuerzo con Kyle y Stan, pero Butters no era del grupo de los cuatro, no tenía el mismo tipo de vínculo que ellos.Se mordió el labio para evitar llorar. Qué fácil podía revertirse el ánimo. Se había aferrado a lo mejor de la noche y ahora bajaba por una espiral de pensamientos negativos. Seguramente desde el infierno su abuela estaría matándose de la risa y tendría razón porque era patético.negativos. Seguramente desde el infierno su abuela estaría matándose de la risa y tendría razón porque era patético.“Mierda.”—Butters…Dio media vuelta en la cama. Durmió unos veinte minutos pero no pudo descansar.—Hey, Butters.El susurro fue más fuerte y Butters abrió los ojos con pesadez. No supo si estaba despierto del todo porque estaba viendo a Kenny de pie, en medio de su habitación y con un bulto enorme debajo del anorak.Todavía estaba oscuro afuera. No debió pasar mucho tiempo, pensó.—Kenny, ¿estuviste esperando afuera para entrar? —murmuró Butters todavía medio dormido.—No —respondió con una sonrisa ladina—. Estuve por volver a lo de Stan pero pensé en los triste que estarías...Butters preguntó algo que llevaba tiempo queriendo saber, o mejor dicho, comprender.—¿A ti no entristece na-nada?Kenny se sentó sobre los pies de su cama. Butters notó un bulto extraño moviéndose bajo el anorak anaranjado.—Claro que sí, sólo que cuando algo me molesta o me pone mal, trato de no darle más de la importancia que merece. La vida es muy corta para ocuparla con pensamientos así. Memento mori, Butters.—¿Memento qué?—Memento mori: recuerda que morirás. Hoy es hoy, y cuando sea mañana, ya no será hoy… Entonces, si no lo hago hoy, tal vez no habrá un mañana. Quiero hacerlo y lo haré, lo disfrutaré y nadie me va a joder eso. Es latín o algo así, es lo único que me quedó de literatura europea.Ahora entendía las cosas un poco mejor. Nunca pensó que podía haber una filosofía profunda en su estilo de vida. Vive el presente suena a una estupidez que cualquiera puede llevar tatuado cerca de la raja del culo o en el antebrazo, pero Kenny en verdad vivía eso, al fin de cuentas, el realmente moría.Butters sonrió animado, quería que le contagiase aquello.Bajó el cierre del anorak para mostrarle un gato negro, gordo y con expresión de disgusto en sus ojos amarillos. Butters temió que el animal se pusiera a maullar fuerte y despertara a sus padres. Estuvo por decirle a Kenny que una mascota era lo último que necesitaba en ese momento pero que agradecía la intención de todo corazón.Antes de que abriera la boca, Kenny levantó la mano pidiendo silencio, se aclaró la garganta e hizo un sonido igual al gruñido de los gatos que peleaban en los tejados a altas horas de la noche. El gato negro bajó las orejas, levantó el rabo y sacó las garras en respuesta.La escena era muy familiar.“Oh no, Kenny, no estarás pensando en…”—Kenny, no creo que sea buena idea.Butters sabía que el queseo no traía nada bueno, y creía que Kenny lo había dejado para siempre después de aquella vez. Verlo ahora tan animado y haciendo un maullido claramente ensayado y perfeccionado con el tiempo, lo dejó confundido y algo decepcionado.—Recuerda, mañana podríamos no estar aquí, Butters —susurró mirándolo fijo. Butters quedó hipnotizado con su mirada, con la bondad en su voz—. Lo último que quieres llevarte de esta vida no son los retos de tus padres, ¿cierto?No pudo evitar sentirse especial, como si aquello fuera un regalo que Kenny le estaba haciendo sólo a él para levantarle el ánimo porque se preocupaba. Porque lo quería. —Esto te animará, pero tienes que estar dispuesto a pasártelo bien o el efecto será una mierda —advirtió antes de acercarle el culo del gato a la cara.No llegó ni a responder. El animal roció la orina con fuerza justo sobre nariz y boca de Butters. El olor era fuerte, sus ojos lagrimearon y se sintió humillado por la situación. Se preguntó en qué momentos queseaba Kenny, si esa era la razón de que faltara a clases, si controlaba el consumo… Dejó de pensar cuando vio que todo a su alrededor se oscurecía como el cielo en una noche despejada de invierno.Butters estaba suspendido en ese espacio, aturdido. A lo lejos había grandes esferas coloridas parecidas a los planetas del sistema solar de los afiches de la escuela primaria."Tienes que dejar de pensar como un bebé", se regañó. Butters sacudió la cabeza. Un punto plateado se acercó hasta tomar la forma de un convertible, de esos que se veían en las películas de los ochenta, pero con un motor de cohete en la parte trasera. Al volante estaba Kenny.—Sube —invitó.Kenny parecía la estrella de una película independiente y Butters sería su acompañante, eso no pasaba todos los días. Todos los colores se veían más saturados, su piel clara era luminosa y sus ojos brillaban tanto como el fuego azul que salía del motor de cohete.Las pupilas de Butters se dilataron, abrió la boca pero sólo pudo balbucear. Se subió al asiento del copiloto y Kenny pisó el acelerador hacia el planeta que tenía la perfecta forma de una teta.A medida que descendían para aterrizar, el cielo sobre ellos cambiaba de colores y de fondo sonaba una música de rock. Kenny condujo por un camino lleno de rocas y elevaciones parecidas al Gran Cañón, pero en tonos más intensos de rojo, naranja y cobre. Butters estaba fascinado, sus pulsaciones subían mientras atravesaban la inmensidad del planeta, los dos solos, libres de cualquier obligación del planeta Tierra.—¿A dónde vamos? —consiguió preguntar finalmente.El chico giró la cabeza para mirarlo y guiñarle un ojo. Butters se sonrojó.—Ya lo verás.Siguió conduciendo hasta que divisaron a lo lejos una construcción extraña, una especie de edificio o templo. Butters se sentía sucio por pensarlo, pero no había lugar a dudas de que fuera lo que fuera, evocaba la forma de las tetas. Kenny por otro lado no se sorprendió en absoluto, y Butters supo que estaba más que acostumbrado a ese lugar.En la entrada estaba esperándolos una mujer rubia con sombrero de vaquero y unos labios perfectamente pintados del color del vino. Estaba prácticamente desnuda de no ser por una braga y un sostén que se unían en una sola pieza de ropa. Kenny la saludó como a una vieja conocida.—Él es Butters —presentó Kenny y ella le sonrió.Bajaron del auto y la mujer los condujo al interior del lugar. Sus botas repiqueteaban sobre el suelo blanco de piedra. A los lados había esculturas de criaturas en poses heroicas, todas con armas que escondían una o un par de tetas, también se apreciaban formas aparentemente abstractas pero todo siempre lo llevaba a la misma asociación: tetas.Kenny miraba de a ratos el culo de la mujer y luego a Butters, para confirmar que ambos estaban en la misma sintonía, pero Butters sólo podía fingir que todo estaba bien al igual que hacía con sus padres cuando hablaban de la abuela.La mujer los llevó a un manantial. En el agua los esperaba otra mujer pero de piel morena, cabello negro y lacio y una cintura muy fina, la versión retro de Kim Kardashian. Esta se enjabonaba los hombros con movimientos lentos y provocativos, y cuando se fijó en los dos jóvenes invitados, hizo un gesto hacia Butters para que se acercara.—No sabía que Kim seguía siendo tu tipo —susurró Kenny emocionado, debía estar pensando que el viaje era un éxito.“Y-yo tampoco”, pensó Butters nervioso.La mujer morena era hermosa, sí, pero no sentía deseos de hacer nada, salvo contemplarla únicamente para que Kenny se diera cuenta de que su buena intención estaba siendo un fracaso.—Anda, quiere que le ayudes a lavarse —le dijo Kenny mientras se quitaba la ropa impaciente—. En un minuto estamos con ustedes.La cita doble de sus pesadillas.Butters se dio cuenta de que ya estaba desnudo, su pene se veía flácido y muy pequeño. Sacudió la cabeza, haría esto rápido y luego el efecto de la orina terminaría, después de todo solo fue un simple salpicón de gato, ¿qué tan largo podía ser el efecto?La mujer morena se arrimó para tomarlo de las muñecas y sumergirlo bajo el agua. Butters contuvo la respiración y cuando intentó impulsarse a la superficie a tomar aire, la mujer morena descendió más. Con tal de no cagarla, el muchacho se dejó llevar hasta que, desesperado, respiró una bocanada de agua."Kenny, necesito aire."El agarre de la mujer era más fuerte y lo obligó a apoyar sus manos sobre sus enormes pechos, pero no eran blandos como Butters creía, sino duros, como tensos globos de plástico. Era una sensación artificial y desagradable.Butters forcejeó con ella hasta que dejó de ver su rostro porque las tetas estaban creciendo más y más. El espacio del manantial estaba siendo ocupado por los dos globos gigantes con pezones oscuros, puntiagudos como puntas de lápices afilados.Dios, ¿así iba a morir?“Kenny, no puedo respirar, ¡ayúdame!”Y luego el ruido de una explosión, un remolino succionándolo más y más hacia el fondo. ¡Dios mío, mataron a Kenny! Está castigado, señorito. Dios debe doblarlos y moldearlos para poder ¡enderezarlos! BANG ¡Señor Biggles, eres mío para siempre! BANG Haz algo, pequeño marica. Eres el marica de la abuela. El suelo se deshizo y cayó al vacío frío y oscuro, desnudo y ahogado. Butters temblaba, el sudor en su cuerpo era helado y cuando consiguió hablar fue sólo para gritar.—¡Ke-Kenny! —No veía absolutamente nada, estaba solo. —¿Do-donde estás? ¡Kenny!—Estoy aquí, Butters —respondió una voz lejana, pero Butters no sentía a nadie cerca para ayudarlo.—¡Sácame de aquí! ¡Quiero salir! —rogó—. ¡Kenny, por favor, quiero volver a mi cuarto! —continuó gritando y retorciéndose mientras Kenny intentaba calmarlo y lo apretaba contra su pecho.Finalmente las luces de la habitación se encendieron, los padres de Butters observaron la escena sin poder creerlo. El cuarto apestaba a pis de gato, Butters estaba en un mal viaje y Kenny solo podía murmurar “shh”, pero ya era tarde.—¡Butters! ¿Qué estabas haciendo? —chilló su madre asustada y arrancó al chico de los brazos de Kenny para arrullarlo—. Tranquilo, cariño, tranquilo…Las palabras de su madre lo ayudaron a volver a la realidad, todo se veía borroso y escuchó a su papá reprendiendo furiosamente a Kenny, quien no tenía cómo defenderse ya que todo lo señalaba como el culpable. Papá amenazó con llamar a la policía y Butters intentó explicar que él quiso intentarlo, que no fue culpa de Kenny, pero seguía muy desorientado y no podía hablar coherentemente.—Ken...
Haz algo, pequeño marica. Eres el marica de la abuela.
La abuela tenía razón. Siempre la tuvo.Buscó A Kenny con la mirada y se horrorizó con su expresión de angustia y culpa: se mordía el labio con fuerza, y antes de que su padre siguiera sermoneándolo, se escabulló por la ventana como un zorro huyendo de una cacería y desapareció en la negrura de la noche.
