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Language:
Español
Stats:
Published:
2022-10-16
Words:
1772
Chapters:
1/1

Amor en palacio

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AMOR EN PALACIO Mahado avanzó con rapidez hasta llegar al despacho donde Atem revisaba y firmaba documentos. Llamó a la puerta y esperó la señal para entrar. No recibió respuesta. Llamó de nuevo.—¿Nesui? —llamó sin atreverse a entrar—. Soy el sacerdote Mahado. ¿Puedo pasar?Frunció el ceño cuando no escuchó su voz. Atem siempre le respondía. Mahado miró a ambos lados del pasillo. Estaba solo. El sacerdote entró en el despacho y cerró tras él. Estaba preparado para dar una respuesta a su rey cuando le pidiera explicaciones. No fue necesario; Mahado seguía estando solo. Se apoyó en la puerta y suspiró. Atem llevaba unas semanas comportándose de forma extraña.Mahado se paseó por la habitación, dispuesto a esperarle, mientras su mente vagaba entre sus recuerdos. Sonrió al recordar lo bien que lo pasaban juntos cuando eran niños. Su mirada se posó en un pergamino con la familiar letra de su rey. Sabía que no debía hacerlo pero no pudo evitarlo. Lo cogió y leyó.
Su oferta es muy generosa pero no puedo aceptarla. Ya estoy comprometido con otra persona y estoy seguro de que su hija es digna de ser reina, no una esposa secundaria o una concubina. Como compensación…
Leyó de nuevo el documento, esperando que su mente le hubiera jugado una mala pasada. No estaba terminado pero la idea estaba clara. Mahado sintió que le faltaba el aire. ¿Comprometido? ¿Con quién? ¿Por qué Atem no le había dicho nada? Suspiró, dejó sus sentimientos a un lado y buscó alguna pista de dónde había ido, pero parecía que Atem se había marchado de allí sin más.Salió del despacho con paso firme, dispuesto a encontrarlo y pedirle una explicación en nombre de su amistad. Mahado fue a los lugares donde podía encontrarle a aquellas horas del día, sin éxito. Preguntó a Shimon pero éste reaccionó como si hubiera invocado al mismo Apep.—No tengo ni idea. Cuando lo encuentres, tráelo ante mí. —respondió echando chispas por los ojos—. Aunque sea rey no puede hacer siempre lo que le dé la gana. Además, sigo siendo su abuelo y me debe un respeto.—Como usted diga, señor Shimon —respondió el sacerdote inclinando la cabeza—. Si me disculpa, voy a buscarle.El anciano hizo un movimiento con la mano y Mahado se marchó de inmediato. No respiró tranquilo hasta que salió del edificio. ¿Qué le habría dicho Atem para estar así? ¿Por qué su rey había desaparecido sin terminar la carta que estaba escribiendo? ¿Y dónde estaba ahora?En medio de su preocupación por Atem, Mahado no se dio cuenta de que sus pasos le llevaban hacia el jardín hasta que el trino de un pájaro lo sacó de sus pensamientos. Por un instante sonrió, pensando que Atem estaba a pocos metros de él, donde lo vio por primera vez. El día que conoció a su amor secreto. Años de conversaciones, risas, lamentos y confidencias que habían compartido lograron que el corazón de Mahado latiera por y para su rey Atem. El sacerdote no lo podía negar pero tampoco admitir; era imposible. Aun así, Mahado había aprendido a ser feliz como su hombre de mayor confianza, su mano derecha.Su sonrisa se desvaneció al encontrar vacío el pequeño claro. Mahado golpeó el tronco del árbol, preguntándose dónde se había metido. Comprometido. La palabra volvió a resonar en su mente, recordándole que ya ni siquiera gozaba de la confianza absoluta de Atem. ¿Por qué? ¿Qué había hecho para que se alejara de él?—Atem, ¿a dónde has huido? —preguntó como si pudiera responderle.Huir. Eso es. Su rey había huido de sus obligaciones reales, así como de niño huía de algunas de sus clases. Mahado tuvo un presentimiento. Hacía años que no lo utilizaban. No había necesidad desde la coronación de Atem. Sin embargo, cuando entró en el pasadizo vio huellas recientes en el polvo acumulado. Solo la familia real y el jefe de seguridad conocían aquella vía de escape, que en caso de ataque salvaría la vida de los representantes de los dioses en Kemet.El pasadizo salía cerca de la orilla de Hapy, a una distancia segura del palacio y la ciudad. Mahado supo que había acertado cuando empezó a escuchar un llanto. Cuando el sacerdote llegó vio a Atem abrazado a sus piernas y escondiendo sus lágrimas tras ellas. A su alrededor, en el suelo, estaban todos los adornos de oro que le identificaban como el legítimo soberano de las Dos Tierras. Mahado se quitó el oro en silencio y se sentó a su lado.—Nesui, ¿puedo saber qué sucede? —susurró.Atem le miró con el rostro empapado por las lágrimas. Mahado sintió el impulso de secar sus mejillas con sus labios. En lugar de eso abrió los brazos. Atem se refugió en él y se aferró sin dejar de llorar.—No puedo hacerlo. Esto no —susurró—. Es demasiado.Mahado esperó, acariciando su espalda, mientras Atem repetía lo mismo una y otra vez entre sollozos. Después de un buen rato se tranquilizó pero no se movió. Mahado cerró los ojos y disfrutó de la agradable sensación que le producía abrazarlo.—¿Crees que soy un buen rey?La pregunta le pilló por sorpresa.—Sí, nesui. Lo eres —respondió mientras intentaba adivinar lo que pasaba por la cabeza de su rey—. Eres uno de los mejores reyes que ha tenido nunca la Tierra Negra.—¿Y si decido renunciar al trono?Mahado frunció el ceño. Atem nunca había planteado esa posibilidad, ni siquiera cuando era príncipe y se sentía agobiado por sus clases.—¿Renunciarás a tu sueño de conseguir la igualdad social? ¿Y qué pasará con tu prometida?Mahado se dio cuenta de lo que había dicho cuando el cuerpo Atem se tensó.—¿Prometida? —preguntó separándose de él—. ¿Quién te ha dicho eso?Mahado desvió la mirada. Había hablado de más.—Nadie, nesui. Yo… lo leí —confesó.Atem frunció el ceño durante unos instantes. Mahado sintió que no podía respirar. Ahora sí que perdería la confianza de su rey.—Has estado en el despacho.No había acusación en su voz ni enfado. Atem estaba constatando un hecho. Incapaz de deshacer el nudo de su garganta, Mahado asintió sin mirarle.—No está bien leer las cartas de tu rey sin permiso. Es un delito grave.—Tiw, nesui —respondió con la cara ardiendo.Atem rio. Mahado le miró confundido.—Mahado, estoy bromeando. No voy a castigarte por leer una carta que no puedo enviar —suspiró—. Ojalá pudiera.—Entonces ¿no hay ninguna mujer?Atem negó y Mahado se sintió ligero.—Sin embargo, sí hay alguien que me ha robado el corazón —confesó el joven rey—. Por eso me cuesta tanto aceptar una propuesta de matrimonio. Ojalá pudiera casarme con esa persona. Así podría rechazar a todas esas mujeres a las que no conozco.Mahado estaba confuso.—¿No has dicho que no hay ninguna mujer que te interese?Atem sonrió con tristeza. Mahado estuvo a punto de abrazarle de nuevo pero logró contenerse.—La persona que amo es un hombre. No puedo casarme con él por mucho que lo desee. Ni siquiera puedo decirle lo que siento. Estaría dispuesto a renunciar al trono por él para evitar casarme con una mujer a la que no amo, pero no sé si él estaría dispuesto a seguirme en mi exilio.Mahado estaba mudo por la sorpresa. Nunca esperó que Atem le confesara algo así. Su corazón le dolía al pensar que otro hombre había conquistado el corazón de su amado. Sin embargo, quería por encima de todo que su amado fuera feliz. Si eso significaba enterrar sus sentimientos, lo haría.—No puedo responder a eso, nesui, pero sí te puedo asegurar que tendrás mi apoyo incondicional. Si decides abdicar y marcharte lejos, te pido que me lleves contigo. Hace años me prometí que te protegería de todo mal y no puedo hacerlo si no estoy a tu lado.Atem clavó la mirada en él, sorprendido por la petición de Mahado. Éste desvió la mirada y se removió en su sitio, intimidado por aquella mirada que parecía ver a través de él. Durante unos instantes Mahado temió que viera su corazón y lo alejara de él para siempre.—Petición concedida, Mahado —respondió Atem. Mahado soltó el aire que no sabía que había retenido y respiró de nuevo—. Tu apoyo me da fuerzas. Mahado, mírame.El sacerdote obedeció. Quedó atrapado al instante por aquellos ojos que tanto amaba. Atem lo abrazó por el cuello y Mahado lo envolvió de nuevo en sus brazos, con la mente ajena a todo lo que no fuera aquella mirada que le hechizaba.—Lo dejaría todo por ti —susurró Atem.Antes de que Mahado procesara sus palabras y pudiera reaccionar, Atem unió sus labios. La mente de Mahado explotó al sentir el movimiento inseguro de los labios ajenos. Su cuerpo se movió por su cuenta, respondiendo al tierno beso de Atem. Su primer beso. Mahado suspiró de felicidad en los labios de su rey. Cerró los ojos, y se centró en acariciar y saborear cada labio en una silenciosa plegaria a su dios personal, su Atem.Apenas se habían separado unos instantes para respirar y Mahado echaba de menos los labios de su rey. Atem se mantuvo entre sus brazos, sonrojado, mientras recuperaban el aliento.—Quiero que seas mi Gran Esposo Real.Mahado lo miró. ¿Había escuchado bien o solo era su imaginación?—¿Qué?Atem sonrió.—Has escuchado bien. Ya sé que es un poco precipitado, pero hace años que te amo y está claro que tú sentías lo mismo aunque nunca lo hayas dicho. Yo… necesito saber que serás mi rey desde hoy. Es lo único que me ayudará a cumplir con mi deber. Si dices que no, le dejaré el trono a Seto y me marcharé lejos. ¿Aceptas ser mi Gran Esposo Real, aunque nadie más pueda saberlo?Mahado no tuvo que pensarlo mucho. La oferta de Atem era mucho mejor de lo que nunca había osado imaginar.—Tiw, meruti. Acepto.El joven rey sonrió. Mahado volvió a unir sus labios, feliz de amar y ser amado. Se quedaron un rato más, hablando como en los viejos tiempos y disfrutando del momento, hasta que llegó la hora de comer y sus estómagos protestaron, reclamando alimento. Regresaron a palacio con una sonrisa que les costó ocultar.Aquella noche Mahado acudió a la habitación de su rey sin que nadie lo viera. Atem resplandecía bajo la luz de la luna. Por unos momentos Mahado se preguntó si no estaría cometiendo un sacrilegio pero todo se desvaneció cuando Atem sonrió al verle. Al segundo siguiente el monarca estaba colgando de su cuello, besándole.—Bienvenido a casa, Ta-hi-nesui.

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