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El paisaje a su alrededor cambiaba constantemente. Primero fueron las palmeras de L.A., luego las nubes desde las alturas, y ahora podía vislumbrar los primeros edificios de la nueva ciudad a la que llegaría, Boston.Aquellos dos años viviendo en California le habían parecido eternos, pero también lo habían cambiado un poco. Se veía un tanto más alto, pero su eternamente peinado cabello y su cara de niño seguían intactos, como una característica que lo describía. También se sentía un poco más maduro, a pesar de siempre haber sido así. Desde pequeño ese era uno de los halagos más comunes que le hacían los adultos a su alrededor, junto con "inteligente" y "dedicado", que también eran muy recurrentes.Pero ahora aquella etapa había quedado atrás y por fin, por fin. había terminado la escuela y era libre de ir adonde quisiera. Ya no más espera, ya no más nostalgia, todo eso se había acabado porque ya se encontraba en camino a su destino. Revisó la hora en su reloj, no faltaba mucho para llegar. En el entretiempo volvió a sacar el folleto de aquel seminario que tan ansiosamente había imaginado pisar desde hacía tanto tiempo. El lugar parecía agradable por las fotos que mostraba, con amplios jardines y una catedral gótica que parecería imponente, pero a Peter le resultaba hermosa.Una vez que el avión aterrizó, fue por sus maletas y salió del aeropuerto para tomar un autobús. Peter se fue a sentar al fondo y allí notó que era el único en aquel vehículo, omitiendo al conductor claro estaba. Pero no le dio mucha importancia ya que apenas miró por la ventana, se perdió completamente en sus pensamientos. La luz del amanecer le traía recuerdos de una dolorosa despedida, la cual no pudo evitar repetir en su cabeza una y otra y otra vez. La tristeza volvió a reflejarse en sus ojos, pero en el reflejo del cristal pudo ver también su objeto más preciado: la cruz dorada con un rubí en el centro. La había cuidado tanto durante ese tiempo separado de aquel que se la había obsequiado, que ya la consideraba otra extensión de su cuerpo, como un brazo o una pierna.Aun pasaba noches enteras soñando con él, anhelando sus besos, sus abrazos, y esa noche tan perfecta que había quedado grabada en su memoria por siempre. Aunque era joven, sabía que nunca podría volver a amar de la manera que había hecho con aquel hombre. También estaba consciente de que aquello que habían hecho era inmoral, y hasta algo perverso, pero no podía evitar desearlo con ansias desde lo más profundo de su alma. Esa noche ambos habían bebido de la misma copa, una unión simbólica. Peter la sentía en su corazón, aún estaba allí, más presente que nunca. Más profunda que el mismísimo matrimonio.Acarició la cruz con su pulgar y cerró los ojos a la vez que sonreía de emoción. Aun no podía creerlo pero... ya casi lo volvería a ver.A Anthony Edward Stark: el hombre, y ahora obispo, que le había robado el corazón.***Miró a su alrededor. Cada año era lo mismo y por eso también, cada vez era más difícil. No era solo la edad ni la responsabilidad, sino era el sentir que algo dentro de él se iba apagando poco a poco sin que lo pudiera evitar.Seguía sonriendo apaciblemente a quienes lo rodeaban. Seguía dando los consejos más sinceros y humanos que, desde su condición, pudiera dar. Cada año veía con anhelo y condescendencia los rostros de los que se quedaban. Siempre entraban muchos, pero la voluntad de todos flaqueaba en algún punto y por eso mismo, varios se iban apartando del camino en lo que él mismo juzgaba, el acto más honesto y humano que pudiera haber. No todos sentían el mismo llamado intenso, ni la vocación de todos ardía con el mismo fervor. La voluntad de muchos, imperfecta pues, se desmoronaba apenas comenzaban las primeras pruebas.Sólo se quedaban los necios, los creyentes, los devotos, los locos como él. Sólo resistían aquellos que estaban seguros de su fe y firmes en ella, se abrazaban a aquellos cambios que acontecían irremediablemente y cuya mirada reflejaba la esperanza de hacer un mundo mejor. Sólo quedaban aquellos que se entregaban de buen agrado y con toda la convicción de que su destino estaba sellado ahí para siempre, de que era el único lugar al que pertenecían y que soportaban estoicos, el silencioso trajín de esa vida que, dentro de su recogimiento, realmente aguardaba las pruebas más duras a las que un hombre común pudiera enfrentar.No era únicamente por la disciplina y la honestidad que se requería. No era la bondad ni el desprendimiento, sino que también, había que ser capaces de soportar la tentación envuelta y disfrazada finamente de muchas cosas. Había que soportar aquel desfile de máscaras que aun jurando mil y un veces lealtad sobre la cruz, se cuarteaban apenas los atisbos de humanidad que en su imperfección tenían, hacía su vulgar acto de presencia.Había que ser abofeteado en una mejilla y poner inmediatamente la otra. Había que ser siempre el buen samaritano. Había que escuchar la seducción de la serpiente y al mismo tiempo, hacer oídos sordos. Había que reconocer a los hijos pródigos que, como él, se aferraban a querer enderezar el camino. Había que ser como Job y no renegar de Dios aun cuando a veces éste volteaba su mirada y la apartaba de sus propios hijos. Había que soportar el hedor de la soberbia y con todo eso, arrodillarse y lavar los pies de los pecadores que moraban entre todos ellos y que pregonaban una honestidad y decencia que en verdad no tenían.Había que callarse la boca cuando la consciencia gritaba que no todo estaba bien ni era agradable a los ojos del creador. Había que soportar las miradas furtivas e insinuaciones descaradas de los que se investían como nobles corderos, pero que en secreto eran lobos que adoraban al becerro de oro. Había que contradecirse una y otra vez para no romper aquella tan anhelada pero escasa paz. Había que redimir a otros de sus propios pecados para sentir que se expiaban los propios.Eso era algo que ya no podía soportar, pero que tenía que llevar hasta el final de sus días. Era lo menos que tenía que hacer para poder seguir adelante, para seguir manteniendo la farsa en la que se había convertido su vida desde la primera vez que posó sus ojos inmundos en aquellos otros que lo miraban con devoción y que en su reflejo, tenían lo mismo que los suyos. Tenía que seguirse repitiendo la misma mentira todos los días en silencio antes de salir a bendecir a los que en su honestidad, pedían perdón por faltas menores. Tenía que cuidar sus maneras, tenía que medir sus palabras y seguir caminando con la frente en alto, aun cuando sus pensamientos rayaban en la porquería. Debía seguir metiendo sus dedos en agua bendita todas las veces que fuera necesario y santiguarse sus labios para que aquel nombre no saliera a causar el apocalipsis ni revelara su fuerza destructora.Debía seguirse colocando la estola para tratar de olvidar aquel rastro de besos dulces y suspiros que aún podía sentir en su piel. Se obligaba a sí mismo a mirar al cáliz como un objeto sagrado, no como el recordatorio de aquel pacto que, temía reconocer, había desatado el infierno en su mente y su corazón. Estaba obligándose a seguir trayendo a raya sus más recónditos anhelos, debía contener su poder para no abusar de él y no mostrar su locura.Debía seguir siendo aquel hombre de fe al que muchos respetaban no sólo por su jerarquía, sino también porque su calidad moral era intachable a la vista de todos. Tenía que seguir siendo un ejemplo de santidad para los que creían conocerlo y debía cuidarse las espaldas de aquellos que sospechaban que escondía algo impronunciable.Suspiró y después de haber hecho sus oraciones y tras mucho pedir por aquella fuerza que se escapaba a cada instante de su vida, salió al jardín. Los vio llegar como siempre y sonrió. Aquellos rostros que siempre denotaban la ilusión y la certeza de algo que no sabían en realidad, eran los mismos cada año, pues se veían todos iguales. Era el mismo porte de los que creían, en su fanatismo, poder quedarse y llegar a ser tan importantes como él. No les criticaba sus aspiraciones, pues las entendía bastante bien. No se burlaba de sus anhelos, pues él mismo los había sentido alguna vez. No les deseaba ningún mal ni quería que se fueran. Esperaba que todos en serio tuvieran una razón poderosa para mantenerse firmes en su fe y que todos se ordenaran sacerdotes.Esperaba que cada uno de esos nuevos seminaristas fuera un rayo de esperanza en ese lugar y que al salir al mundo, fueran capaces de compartir las buenas nuevas que debían llevar como misión de vida. Confiaba con que cada uno de esos jóvenes seminaristas fuera lo que él no pudo ser: alguien perfecto, íntegro, honesto. Esperaba en que algún día el miedo lo dejara para siempre y que la vida le concediera un milagro más. Esperaba que Dios oyera sus más sinceras plegarias, esas que ni siquiera le podía decir a su íntimo confesor.Esperaba que algún día, por obra divina o por un acto macabro, pudiera ver el rostro de Peter una vez más.
----- CHAPTER BREAK -----
Para Peter aquella rutina ya estaba costándole lo poco que tenía de cordura. Las cosas no eran tan sencillas como había supuesto en un inicio y aunque quiso ganarse pronto la confianza de aquellos hombres con rostros graves y severos, se dio cuenta con decepción, de que la gente ahí dentro era muy diferente al resto de los mortales.Sus intentos por querer ser amistoso quedaron hechos trizas cuando fue reprendido por mostrar más cordialidad de la que se permitía. Pensó en aquel libro de Umberto Eco que había leído y se sintió identificado con el protagonista, quien al igual que él, debía sufrir constantemente los juicios silenciosos y el reproche en las miradas de quienes le daban clases. Tal parecía que ahí dentro estaba prohibido el deseo de vivir o de hacer que las personas se acercaran a Dios y su gracia divina por otros medios que no fuera el sufrimiento o el cansancio. Era más bien como si la consigna fuera el mostrar una seriedad y gravedad impresionante por todo lo sagrado, como si el mero hecho de estar vivo fuera un pecado y aunque las primeras veces estando ahí, Peter quiso debatir, pronto se dio cuenta de que sería algo inútil y que podría ser expulsado sin haber durado lo suficiente.Tuvo que acostumbrarse a orar mucho aun cuando no lo sentía (se arrodillaba y murmuraba cualquier cosa apenas un presbítero se acercaba), debía andar con la mirada baja todo el tiempo (ya se había ganado dos varazos por parte de uno de los sacerdotes más viejos por caminar erguido y con “aire soberbio”, había dicho el hombre con el parche en el ojo) y tenía que hacer algunas cosas sin protestar. Comer poco y dormir menos. Bañarse con agua helada y agradecer por todo.Cuando le comunicó de todo eso a May en una carta, sonrió al leer la respuesta de su tía. Al menos la mujer ya había aceptado que quisiera dedicarse al sacerdocio, pero no sabía que no era por las razones convencionales, sino por un mero capricho de adolescente. Eso era lo que nadie más debía saber y aunque había días en los que su voluntad empezaba a flaquear, sabía que debía esperar un poco más.Debía resistir con estoicismo lo que fuera con tal de verlo otra vez, porque aun cuando esperaba encontrarse cara a cara con el ahora obispo Anthony Stark, lo cierto es que llevaba días sin verlo. De hecho, nunca lo había visto. Solamente una vez sintió que el corazón se le detenía al ver aquella figura alta y ese perfil de lejos. La barba era inconfundible y aun cuando quiso correr para alcanzarlo y hablarle, tuvo que conformarse con ver esa silueta de lejos entrar en la enorme biblioteca. Esperó el tiempo suficiente y cuando lo vio salir, la decepción no tuvo límites.Ese hombre no era Tony, su Tony. Aquel otro hombre sólo lo miró con cierto desdén y le preguntó que qué hacía fuera de sus aposentos a esa hora en la noche. Peter tuvo que preguntar si podía entrar a consultar un libro de Teología pero el hombre no respondió como él hubiera esperado.“Todos están bajo llave en la oficina del Obispo Stark, pero tendrás que esperar a que regrese y ahora que te veo, no pareces tener mucho tiempo aquí. Esa clase de lecturas todavía no te corresponden. Regresa por donde viniste”.Esa vez, Peter no pudo dormir. Al menos sabía, que sí había posibilidades de encontrarse otra vez con él. No sabía hasta cuando, pero podría verlo y tal vez sólo así, aquellos sacrificios iniciales bien habrían valido la pena.***Tony no veía la hora de regresar a sus aposentos. Aquel Concilio era una de las tantas responsabilidades que debí atender y que no podía evadir. Había pensado en mandar a uno de sus hombres de confianza, pero no debía delegar responsabilidades tan importantes en manos de gente menos preparada por más que lo quisiera.Recogió sus cosas y fue a donde lo estaba esperando su chofer. Durante el camino, iba pensando en la manera en la que debía seguir promoviendo la asistencia a las misas y en qué les diría a los responsables de cada arquidiócesis para que el nivel de feligreses se mantuviera. Si bien no era partidario de solicitar aportaciones y estaba en contra de las limosnas que sabía, iban a las manos equivocadas, debía seguir con ese compromiso. Tony sabía que no era el favorito de muchos porque cuando Rogers lo envistió como obispo, eso hizo que más de uno con una trayectoria más amplia que la suya, protestara. Lo peor, era que ya se sabía que estaba a casi nada de llegar a ser Arzobispo y que era el favorito de Rogers.Tony se veía a sí mismo en menos de cinco años escalando demasiadas posiciones y no por ambición ni hambre de poder, sino porque no tenía nada mejor que hacer. Había hecho un voto hacía muchos años atrás y lo había cumplido casi a cabalidad.Casi.Porque ese pasado tampoco lo dejaba en paz.No se arrepentía de lo que había pasado, pero tampoco se sentía orgulloso de eso. No había sido lo correcto, pues de haber sido fuerte y no haber cedido a la tentación, tal vez no tendría que estarse lamentando ni reprochando constantemente por eso. No tendría que acostarse y levantarse a diario con aquella dulce imagen en su mente que superaba por mucho, la devoción que decía tenerle a Dios y a todas las divinas potestades a las que servía.Debía mantenerse ocupado con mil y un labores para que aquel suave rostro no lo desquiciara en los momentos en los que su mente le exigía dibujarlo con una precisión impresionante y debía sujetar con fuerza su rosario para que las yemas de sus dedos no recordaran el suave tacto de la piel de aquel chico.“Dios, ayúdame”.Esa plegaria estaba instalada en su mente todo el tiempo. Ese silente grito de ayuda lo tenía al borde del colapso y al mismo tiempo, era como algo de lo que asirse y no entregarse de pleno a la locura.Por eso necesitaba estar ocupado. Por eso necesitaba tener múltiples obligaciones para no estar encerrado en su oficina en el seminario pensando en aquel muchacho de ojos dulces y labios tentadores. Por eso necesitaba estar haciendo muchas cosas al mismo tiempo, para no entregarse al recuerdo sensual y mundano de aquella piel, de aquel cuerpo que en su inexperiencia le había enseñado mucho.Cerró los ojos y empezó a rezar con todas sus fuerzas. Llevaba mucho tiempo sin pedir por la paz de los otros, más que por la suya. No le interesaba que el hambre mundial siguiera siendo un interminable problema, si el voraz apetito que emanaba del fondo de su ser no podía ser saciado. Necesitaba aquella piel, necesitaba aquella saliva, beber de ese cáliz y comulgar con ese otro, con aquel del que llevaba mucho tiempo sin saber nada.“Te pido Señor que en tu infinita misericordia, te apiades del alma de este, tu pobre siervo y le des la paz que tanto necesita. Te pido Señor, porque su dulce rostro este bien y a salvo, que guíes sus pasos, que bendigas su alma. Que no le falte nada”.Tony siguió con su letanía de peticiones egoístas, porque no eran otra cosa. Siguió pidiéndole a la providencia porque amparara a aquel muchacho, del que suponía, ya se había olvidado de él porque eso pasaba siempre: los jóvenes al igual que la gente ingenua, juraban cosas que no iban a poder cumplir. Sería algo demasiado tonto creer que el chico lo seguiría adorando a la distancia o que no retomara su vida y eso lo hacía consumirse en la impotencia. Tal vez el chico ahora sería alguien distinto y no le extrañaría que en algún momento, fuera alguno de aquellos que terminaban sepultando el ascenso meteórico de la gente como él, como Tony. Le daba temor pensar que lo que él creyó había sido un acto consensuado, en unos años fuera del dominio público y que el muchacho fuera quien alzara la voz y rompiera con el secreto casi sagrado de esos encuentros, que lo hiciera ver como un monstruo y eso no lo soportaría.—Ya llegamos, señor Obispo.Tony sintió que el sudor cubría su frente y esperó a que el chofer le abriera la puerta. Descendió del auto y se encaminó al interior de aquella enorme construcción. El rocío nocturno lo tomó desprevenido y no pudo evitar temblar a causa del frío. Mientras caminaba, escuchaba los grillos y el viento le llevaba el rumor de los cánticos al interior de la amplia parroquia. Imaginó que para esa hora los seminaristas de más tiempo estarían rezando y algunos más, cumpliendo sus penitencias.—Excelencia Reverendísima, buenas noches.Aquella voz lo hizo detenerse y esperó hasta poder contestar el saludo. Era el Vicario general y por tanto, hombre de toda su confianza. Casi toda su confianza.—Sabes que no tienes que hacer eso. Creí que ya éramos amigos.El otro hombre se acercó y lo abrazó. Tony correspondió el abrazo de manera cálida, pese a que el cansancio ya era evidente en su rostro.—Pues sí, pero como eres mi superior debo seguir cuidando algunas formas. ¿Ya cenaste o quieres que ordene algo para ti?Tony se separó lentamente y siguió caminando hacia el interior del enorme edificio.—Una jarra de café es más que suficiente. Tengo que empezar a escribir un informe sobre lo del Concilio y enviarlo a primera hora para el cardenal. No creo poder dormir hoy.El hombre se empezó a reír.—¿No se supone que su eterno brazo derecho iba a ir? ¿O ya lo mandó a Rumania o a donde fuera que lo iba a mandar para que la gente dejara de hablar de lo que muchos sabemos, es cierto?Tony se sintió incómodo con ese comentario.—Lo que el cardenal Rogers y el cardenal Barnes hagan, no es de nuestra incumbencia. Mejor dime, ¿qué fue lo que pasó estos días en mi ausencia, Stephen? Porque me extrañó mucho no haber recibido correspondencia todos los días como te lo indiqué. No sé si mis seminaristas están bien, si tienes todo bajo control o si estamos escondiendo algo que no debemos.El vicario se acomodó la estola y se adentró con paso firme al interior del edificio, que para esa hora ya estaba casi solo y tenuemente iluminado.—Si no te reporté nada, fue porque nada extraordinario sucedió. Todo igual que siempre, ningún seminarista se dio de baja y nadie murió. ¿Por qué tendría que estarte interrumpiendo por algo que no cambia sustancialmente el ritmo de las cosas?Tony sonrió cuando un seminarista de mayor tiempo pasó cerca de ellos y les hizo una reverencia. Esperó a estar lo suficientemente alejado para poder hablar mientras buscaba la llave para abrir su oficina.—Aún así, si yo doy una orden es porque espero que se cumpla. Cuando tú te quedes a cargo de este lugar, entonces sí puedes dar todas las indicaciones y contraórdenes que quieras, pero si yo te pido algo, eso es lo que se hace. ¿De acuerdo, Stephen?Un resoplido de molestia antecedió la burla que iba a escuchar.—Sí, su Excelencia Reverendísima. No volverá a suceder.Tony entró al amplio lugar que era su oficina y acercó sus manos al fuego de la chimenea. Se estaba muriendo de frío y el temblor de su cuerpo también se debía a otras cosas.—Te he tolerado muchas cosas durante el tiempo que llevas aquí y sé que esa es la menor de tus faltas, pero también sé que muchas veces haces las cosas solo por desafiarme y llevarme la contraria.El vicario fue hacia donde estaba un estante y lo abrió.—¿Coñac o vino de consagrar? —preguntó burlonamente.Tony se puso de pie y se sirvió una copa de coñac.—Sí, lo imaginé —dijo Stephen mientras lo veía beber apuradamente—. Y me imagino que lo que sea que vayas a reprocharme tiene que ver con el hecho de que ese Concilio abordó algún tema que se relaciona directamente conmigo, ¿no?Tony volvió a servirse otra copa y nuevamente la dejó vacía.—Sé que te mandaron de St. Joseph para acá y nunca quise preguntar el por qué, pero hoy todo salió a la luz. Sé que tu nombre figura en una vergonzosa lista y aunque tuve que hablar en favor tuyo y de la labor que has realizado aquí, más de uno se molestó por eso, porque estás aquí, en el seminario conmigo a cargo de la formación de los más jóvenes y que te tengo demasiadas consideraciones – le dijo juntando sus manos sobre el escritorio.Stephen dio un sorbo lento a su bebida y se sentó en uno de los sillones.—Nunca se comprobó nada y todos sabemos que para lograr algunas cosas, hay que dar otras a cambio. ¿No les gustó la manera en la que impartía mis clases? Que no sean ridículos – exclamó sonriendo sin ganas—. Es un seminario, no una academia de buenos modales ni un centro de terapia para fortalecer a los seminaristas diciéndoles cosas dulces o amables. No iba a tratarlos con amor y bondad.Tony se quitó el solideo de la cabeza y comenzó a masajear sus sienes.—Justamente porque hubo un caso en el que pusiste demasiado amor y alguien se dio cuenta, es que te pusieron en esa lista. Y déjame decirte una cosa: eso es algo que a mí no me interesa y quiero pensar que tal vez se trató de una acusación falsa, pero apenas me entere de que en serio hiciste algo que no debías hacer y que no me dijiste toda la verdad, tendré que ser yo quien pida que te remuevan.El vicario parecía no darle importancia a la molestia en la voz del obispo.—Qué hagan lo que quieran. El tiempo que llevo aquí mi conducta ha sido intachable, mi trato con los jóvenes ha sido el adecuado y salvo por no haberte puesto al corriente en estos días, no creo haber cometido ninguna falta.El silencio se apoderó por algunos instantes de la estancia. Tony no podía contener el temblor de su cuerpo y sentía que estaba siendo demasiado duro con aquel al que ya consideraba uno de sus amigos, de los pocos que podía tener en toda su vida.—Mira, Stephen. No es nada personal y lo sabes. Es simplemente que estamos en una posición bastante delicada y cualquier paso en falso, simplemente nos va a costar lo que tenemos. Yo… —suspiró mientras pensaba bien lo que iba a decir—, no tengo nada en contra tuya. Solo te pido que te sigas conduciendo de la manera en la que lo has hecho y que sigas manteniendo muy en alto tu reputación. Es todo.Stephen bostezó y miró a Tony.—Si tú lo dices, está bien. Pero sí debo confesarte algo.El obispo lo miró con cierta reserva. Finalmente, él no era nadie para juzgar a otra persona pues no era perfecto ni infalible.—¿De qué se trata?Stephen sonrió.—Sé que contigo tengo la confianza para decir cosas que ya me hubieran ganado una amonestación o hasta la excomunión, pero sé que por alguna razón que aún no alcanzo a comprender, tú me entiendes.—Sin rodeos —dijo Tony con impaciencia.—Bien, voy a denunciar a mi conciencia: este año al igual que los anteriores, todos los seminaristas nuevos que entraron no tienen nada de especial. Ninguno. Todos se ven como siempre: aburridos, ilusionados, atemorizados, sin gracia… Ya sabes cómo es esto, pero por alguna extraña razón que no entiendo, Dios quiso que yo pudiera ver al ángel más hermoso que ha creado y sí, la verdad por primera vez en mucho tiempo estoy pensando seriamente de dejar los hábitos por decisión propia. Si tan solo lo vieras…Tony frunció el ceño.—¿Estás enamorado de alguno de los jóvenes? —preguntó casi con cautela y las carcajadas del vicario lo incomodaron.—¿Enamorado? No, por favor. Pero para todas las cosas que me gustaría hacerle, se requiere que uno de los dos tenga un pie afuera de todo esto y la verdad, a diferencia tuya, yo no me veo sentado a la derecha de Rogers, nuestro Dios y salvador —se burló descaradamente—. Sabes que eso de ser un lambiscón nunca ha ido conmigo y hace mucho tiempo que perdí la fe en eso que tanto te empeñas en defender. Tengo mis motivos para quedarme un poco más de tiempo y sacar de aquí, todo lo que le he regalado a la “Santa Iglesia”. Es lo menos que me deben por tantos años desperdiciados; pero si Dios en su infinita misericordia ya me mandó una señal en la forma de un seminarista, no voy a despreciar sus designios. No soy quién para oponerme.Tony lo miró con severidad.—Ten cuidado con lo que dices y más con lo que haces. Yo no voy a quedarme inmóvil cuando hagas algo que no debes y sabes que seré el primero que levante la mano y te señale.Stephen se levantó y dio un vistazo hacia donde estaban los libros de Teología.—Claro, lo sé y te digo de una vez que no te guardaré rencor por eso. No suelo albergar sentimientos negativos hacia las personas que se conducen con moralidad en sus actos. Tiene años que no lo hago. Ah, por cierto —dijo mientras caminaba hacia la salida—, ¿sería mucho pedir que devuelvas los libros de Teología a su estante? Los alumnos los necesitan. Tú no. Buenas noches.Tony suspiró apenas la puerta se cerró. Eso era lo que lo tenía inquieto, saber que no era el único que había sucumbido a algo que no era lo adecuado y que no era el único cínico en ese seminario que se suponía, debía albergar las almas más puras e incorruptibles en el mundo. Eso era lo que lo había puesto tan nervioso ese día: saber que a diferencia suya, había quienes se regodeaban en sus faltas y no tenían miedo en absoluto. Ni reprimían sus impulsos y deseos.***Al día siguiente, todos los seminaristas fueron convocados de manera extraordinaria por el mismo cardenal Rogers para impartir lo que sería la clase introductoria al siguiente módulo del seminario y que requería de la pericia y el conocimiento certero de quienes pudieran formarlos como lo que eran: Misioneros de Dios con una gran encomienda a cumplir. Los jóvenes ya no tan recién llegados no cabían en su emoción al saber que los encargados de ésta serían, efectivamente, el vicario Strange y el propio obispo Stark. El último de verdad no podría desear más faltar el primer día, ya que no había dormido en toda la noche por pensar y recordar al joven que aun tenia gran parte de su corazón consigo. Recordaba haber bebido del cáliz con él, una unión simbólica que representaba demasiado. Recordaba la suavidad de su piel y la tibieza de sus labios. Su suave voz a merced del placer y el amor. Su alma se partía en mil pedazos al pensar en que tal vez nunca podría olvidarse de Peter en todo lo que le quedaba de vida y que no importaba que tanto lo intentara, simplemente no podría dejar de pensar en él.Tony caminó por los pasillos de la institución hasta llegar al aula y tomó asiento en el enorme y elegante escritorio, mientras terminaba de llenar unas planillas. Cuando solo faltaba un minuto para que diera comienzo la clase, Stephen hizo acto de presencia. El hombre solía llegar casi siempre sobre la hora, y Tony ni quería saber que estuvo haciendo antes como para llegar tan tarde, pero lo suponía por la cara de cinismo y satisfacción que llevaba ese día.Poco a poco, varios de los seminaristas fueron entrando en el lugar y tomando asiento en los escritorios. Tony intentaba terminar el programa que usarían esa semana y, de vez en cuando, se dedicaba a darle una mirada a los jóvenes para ir memorizando sus caras. Ninguno destacaba demasiado, simplemente eran de rostros comunes tal y como Strange le había dicho. Pero aun así, notó como este se devoraba descaradamente con la mirada a un par de estos chicos. Parecía que no le importaba demasiado si estos eran atractivos o no, ya que sus ojos recorrían desde la cintura para abajo, y en especial si es que estos se daban la vuelta. Su consciencia le dijo que debería reprocharlo, decirle algo, pero… ¿quién era el para juzgar a un pecador cuando el mismo también lo era?—Oh, ahí está —exclamó el de ojos claros con interés.Tony levantó la vista de su lectura y miró a Stephen. Su mirada apenas interesada se había oscurecido completamente, adoptando un tinte de puro morbo y lujuria. De perverso deseo.—Dime cual de todos es, así ya sé a quién tengo que cuidar en especial – le dijo Tony retirándose sus lentes de lectura.Stephen se acarició la barba y, aun con la vista fija en aquel desconocido, le respondió a Tony.—A ver si adivinas cual es. Lo primero que vas a notar son sus rizos castaños, lo que daría por poder sostenerlos entre mis dedos. Oh, y esos ojos tan adorables. Pero lo que más me interesa son sus finos labios rosados ¿Cómo crees que se verían estirados alrededor de mi…?—Suficientes detalles – exclamó Tony cerrando su biblia con fuerza y dedicándole una mirada seria a Stephen, quien solo chasqueó la lengua.—Dale una mirada y dime si no pensarías lo mismo que yo con sólo verlo—Stephen revisó la lista y sonrió—. Fíjate en la fila del medio, del lado derecho.Tony, movido más por la furia causada por aquellas palabras que por el morbo en sí, siguió las indicaciones de Stephen y buscó con la mirada al misterioso joven. Solo había uno que se encontraba de espaldas y concordaba con la descripción tan asquerosa que el vicario había hecho. El muchacho parecía estar hablando con uno de los chicos de atrás y estaba completamente ajeno a ese obsceno desfile de palabras que el vicario había hecho sobre su persona. El obispo de puso de pie para imponer presencia y notó que todos se enderezaron para prestarle atención.Fue ahí que el muchacho se dio la vuelta, y no pudo creer lo que sus ojos veían.Aquel pálido pero bello rostro, aquel cabello peinado hacia atrás que aun así se esforzaba por rebelarse, aquel largo y delgado cuello que lucía una hermosa cruz dorada con un rubí en el medio.El joven tampoco parecía poder creer lo que veía, y una sincera sonrisa adornó su rostro evidentemente cansado y ojeroso aun a su corta edad. El rostro se le iluminó, y Tony tuvo deseos de correr sin importarle nada para envolverlo entre sus brazos, para tantearlo y ver que fuera real, y no un producto de sus desesperadas fantasías. Pero aquel ferviente deseo tuvo que ser refrenado como todo impulso natural dentro de aquel seminario. Aquella expresión de puro amor y extrema devoción debió ser aplacado y reprimido para no exhibir los verdaderos anhelos del alma, esa que estaba a punto de abandonarlo apenas lo vio y supo que Dios en serio podía ser muy misericordioso o cruel según se le antojara.—Peter Parker es su nombre – le murmuró el vicario para que solo Tony pudiese oírlo—. ¿Acaso no es como un ángel?Tony asintió en silencio sin dejar de contemplar aquella divina creación que pensó jamás volvería a ver en toda su maldita vida. Un suspiro disfrazado de palabras fue todo lo que su boca alcanzó a murmurar, como si aquel amor contenido por tanto tiempo pudiera al fin ser expresado y los planes de Dios fueran perfectos aun en su fragilidad e incomprensión.—Sí… Sí que lo es.
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Todos los demás jóvenes notaron aquellas miradas conectadas, como de complicidad entre el obispo y el seminarista. El sórdido murmullo de expectación ya llenaba el espacio y aun así ambos no dejaban de mirarse a los ojos, como si aquel grupo de personas simplemente no existiera y nada se interpusiera entre ellos. Tony sintió una leve palmada en el hombro la cual lo sacó abruptamente de su idilio. Stephen sonrió al grupo y juntó sus manos, intentando reanudar la clase.—Espero que disculpen al obispo Anthony, pero lo que pasa es que anoche no durmió demasiado bien pues recién llegó del Concilio y ustedes supongo, saben lo que esa enorme responsabilidad significa, ¿verdad?— lo justificó el vicario.Tony carraspeó luego de unos segundos y asintió, ahora cabizbajo y sintiendo que todos lo miraban como lo que era ante los ojos de Dios: un desvergonzado pecador que estaba regodeándose en aquel raro e insano placer de saber que sus plegarias al fin habían sido escuchadas. El vicario supuso que el cansancio o la impresión por haber descarado sus pensamientos habían causado mella en el imponente obispo y aprovechó la situación para poner las cosas a su favor.—Bueno, déjenme presentarme. Pueden llamarme padre Stephen a partir de ahora y aunque el curso exige cierta solemnidad, tanto por las asignaturas como porque su Excelencia Reverendísima nos estará acompañando, quiero que se sientan en confianza conmigo, como si estuvieran conversando con un amigo y que justamente sea eso lo que nos permita avanzar en nuestro cometido. Como les había dicho el Cardenal Rogers cuando vino hace unos momentos, la intención de que ustedes estén aquí es que consigan templar su espíritu y fortalezcan su vocación antes de salir al mundo y extender las Buenas Nuevas de Dios Nuestro Señor. Se trata de que ustedes…Tony hizo oídos sordos a aquel panegírico que Stephen estaba desarrollado a la perfección. Todo lo que le importaba era saber el motivo por el cuál se había encontrado con Peter ahí, en ese último lugar en el que pensó, podía volver a verlo después de tanto tiempo.Luego de las presentaciones tanto de sus cargos como del plan de clase, ésta prosiguió en armonía. Entre los dos hombres explicaron los detalles de lo que sería aquel curso y respondían a cualquier interrogante por más vana o compleja que ésta fuera. Sin embargo, Tony no podía evitar sentir la penetrante e insistente mirada del joven sobre él, pero con toda la fuerza de voluntad que tenía, fue capaz de no sucumbir a sus encantos y de evadirla completamente. Solo una vez, Tony se atrevió a tomar la palabra y reencauzar el propósito de esa clase de presentación, diciéndoles a los seminaristas cuál era el verdadero motivo por el que estaban ahí y que esperaba, tuvieran el talante para seguir hasta el final con su misión o con ese llamado que habían escuchado y que los distinguía del resto de la gente normal, de esa que seguía siendo imperfecta a las tentaciones y que se dejaba llevar ante sus encantos y seducciones; sintiendo que realmente se reprendía a sí mismo y no a aquellos ávidos jóvenes.Al terminar, Strange les indicó a los jóvenes que podrían tomarse un descanso hasta la siguiente clase, que seríaTony vio cómo su compañero se dirigía a interactuar con un grupo de jóvenes que habían quedado en el aula, acercándose y ganándose su confianza en pocos minutos, y resopló molesto al saber cuáles eran realmente las intenciones del respetable y severo vicario. Pues claro, mientras más rápido éstos cayeran en su cama, mejor para él. Pero no podía acusarlo por simples sospechas, porque tal vez solo estaba siendo amable con los muchachos y aunque nunca lo había visto desempeñarse como docente, supuso que era una estrategia para mantener el interés de los jóvenes y ganarse su confianza como alumnos. O al menos, eso quiso pensar, por lo que solo tomó sus cosas y se fue de allí, directo a encerrarse a su oficina por lo que quedaba del día.Él hubiera querido hacer lo mismo y aprovechar esa racha de camaradería que siempre lo había caracterizado a él como docente, pero las circunstancias no le brindaban un panorama propicio. Sabía que pese a haber trabajado arduamente en su templanza, nada le garantizaba que no fuera a acaparar la atención de aquel joven cuyo atractivo sólo se había intensificado con el tiempo y que no pudiera evitar írsele encima y abrazarlo, y después, acariciar su hermoso rostro que lo había atormentado por mucho tiempo y finalmente, prendarse a ese hermoso par de labios que seguían torturándolo con sólo verlos.Tony sabía que no podría contenerse de al menos, besar su frente y acariciar sus cabellos y eso simplemente no tendría una explicación lógica. ¿Cómo diría él que conocía a aquel joven que realmente destacaba de todo ese montón de insípidos y desangelados seminaristas? ¿Cómo explicaría que toda su fe y devoción estaban depositadas en aquel rostro dulce, inocente pero que realmente era una careta que cubría el verdadero rostro de la impunidad y el pecado? ¿Cómo podría justificar lo que para los demás sería un descarado acto de pecaminosidad pero para él y aquel muchacho, se trataba del acto más puro de amor que hubiera existido jamás?Porque para Tony no había sido la unión y el placer carnal de una fatídica noche. Para él había sido el acto más sublime que superaba por mucho el rapto y todos los éxtasis que los santos habían vivido. Para él, era el verdadero significado de la pasión, de la locura y la cordura en un solo acto divino, bendecido por el creador y santificado por la gracia divina de aquellos mártires que, sin dudarlo, darían su aprobación apenas supieran lo puro y noble de su intención. Para Tony no había sido una obscena noche en el confesionario, ni después una desvergonzada vez en su oficina cuando era sacerdote ni tampoco había sido una sola noche en la sacristía que ocupaba. Para él, había sido la consumación y la prueba más fehaciente de que el amor podía expresarse de otras formas que las mentes cerradas jamás comprenderían por lo puro y complejo que era todo eso.Para Tony, había sido la locura y su avasallador torrente envolviéndolo con aquel que era el alma que Dios había dispuesto para que fuera su compañero hasta el fin de los días porque no podía ser de otra forma. Para él había sido aquella poderosa sinfonía de acordes y disonancias encarnada en la suave y joven piel de un chico que sentía exactamente lo mismo que él y con la misma intensidad. Para él, era un designio divino haberse encontrado con Peter y no quería evitarlo, pero debía hacerlo.Si quería verlo y tenerlo cerca, entonces debía mantenerse alejado y más, sabiendo que un animal que solo obedecía a los apetitos que su cuerpo y su malsana mente dictaban, deseaba tener lo mismo que él había gozado por derecho divino. Debía protegerlo manteniéndose distante para tener cierta cercanía aun en esa paradójica decisión. Debía cuidarlo estando desinteresado y apático, para que no lo traicionaran sus más sublimes pero bajos instintos. Debía apartarse para poder estar juntos otra vez aun sin saber si eso sucedería, pero por lo mientras era lo mejor para él y para el seminarista con aquella cruz en el pecho.Debía cubrir las huellas del pecado disfrazándolas de aquella aura que los santos tampoco tenían, pues al final todos habían sido pecadores redimidos al igual que él.***Peter sólo lo vio marchar con el dolor reflejándose en sus brillantes ojos. Después de todo ese tiempo ¿eso era todo lo que obtenía? ¿Una simple mirada? No, claro que no. Debía ir y hablar con Tony a como diera lugar. Por lo menos quería saludarlo, o preguntarle cómo estaba y pedirle una explicación por su desdén, pero no esperaba que una mano se posara en su hombro para hacerlo darse la vuelta. Se encontró de frente con el otro padre encargado del seminario, el vicario Strange. Peter no podía evitar notar el leve parecido entre los dos hombres, más que nada por la barba y también por el porte algo altanero.—¿Necesita algo, joven Parker?—Hmmm – el chico pareció meditarlo y asintió fingiendo aplomo y esperando que sus sentimientos no lo traicionaran – Sí. De hecho, quería hablar con el padre Anthony. Es por una duda que tengo.Strange se rio con gracia y apretó levemente sus dedos sobre el hombro del chico.—¿Y que puede responderte él que yo no? Te recuerdo que también soy tu tutor.—Oh – Peter emitió una pequeña risa nerviosa – Claro, emm. Aun así… creo que no importa. No era algo urgente.No se esperaba que el hombre lo tomase levemente de la barbilla para cruzar miradas. Aquel brillo en sus azules ojos lo puso incomodo, porque eran tan fríos como el hielo pero un brillo conocido ardía en ellos. Lascivia.—De verdad Peter, si necesitas algo… solo puedes pedírmelo. Estoy dispuesto a lo que sea con tal de ayudarte y hacerte sentir bien.Aquel tono de voz lo conocía bien, pues él mismo siendo más joven de lo que era, lo había usado para seducir al que ahora buscaba. El joven se separó sutilmente del agarre y tomó sus libros del pupitre.—N-no se preocupe, padre Strange. Es que ahora mismo debo irme a dejar algunas cosas a mi cuarto. Aun así, gracias por su ayudaY así sin más, se fue, dejando al hombre solo en el aula, sin darse cuenta de que aquel se quedó relamiéndose los labios y mirándolo con morbosa fascinación, porque ya empezaba a atraerle mucho más que por el simple físico. Peter no supo que le gustaba al vicario también por el aura de inocencia que anhelaba corromper, sin saber que alguien se le había adelantado hace un tiempo.***Peter había pasado el resto de la tarde y algunos días más pensando en Tony. Aún en clases, aun mientras hablaba con sus compañeros o con su tía por teléfono, simplemente pensaba en aquel hombre. Aunque no había pasado mucho tiempo, ya comenzaba a presentar algunos cabellos plateados y líneas de expresión por su maduro rostro. Oh, y eso era lo que más le encantaba de él. Que pese a la edad, se conservaba estupendamente.Una noche, se quedó conversando con sus compañeros de habitación durante un largo rato. Pero poco a poco, las voces se fueron apagando hasta llegar al absoluto silencio. Todos dormían pacíficamente, excepto Peter, quien no pudo pegar un ojo. Revisó su reloj y maldijo al ver que eran las tres de la mañana. Se pasó las manos por el rostro, enojándose por no poder dormirse. Tal vez si solo salía a tomar un poco de aire fresco, podría conciliar el sueño. Salió de la habitación y bajó la escalera para dirigirse a uno de los patios. En el trayecto, notó las luces encendidas en la capilla y se asomó por el marco de la puerta con curiosidad. Vio un hombre sentado en la fila de adelante, y su corazón comenzó a latir apresuradamente.Caminó intentando hacer el menor ruido posible entre las bancas. Y cuando ya estaba a menos de un metro de distancia, aquella persona se dio un poco la vuelta y lo miró de perfil.—No deberías haber venido aquí.Peter sintió que las palabras se ahogaban en su boca al verlo ponerse de pie y acercarse a él. Ahora lo tenía a solo unos pasos de distancia. Eran tan simple como estirar su brazo y ya podría tocarlo, ya podría volver a sentir su piel.—¿Por qué Peter? – le preguntó el hombre de forma cansada— ¡¿Por qué?!Peter tragó saliva al escuchar aquella voz que había imaginado mil y un veces, en sueños o a cualquier hora del día, pronunciando su nombre otra vez.—¿Por qué? ¿Quieres saber por qué? – le preguntó débilmente por la emoción contenida – Vine hasta aquí para buscarte… para volver a verte, para volver a estar contigo.Tony se pasó las manos por el rostro cansinamente y exhaló.—No estás haciendo esto nada fácil. Ni para ti, ni para mí.—Pues discúlpame por querer estar con el hombre que amo – le espetó Peter acercándose un poco, pero decepcionándose cuando el hombre retrocedió.Tony se apretó el tabique de la nariz y suspiró. Peter aun así lo admiraba en silencio, su corazón era una avalancha de emociones: tristeza, felicidad, nostalgia y duda. Porque realmente no se esperaba la reacción de Tony al verlo de nuevo. Sería un mentiroso si negara estar esperando un beso apasionado como si de una película romántica se tratase.—No está bien que estés aquí. Y menos que estemos hablando solos a esta hora de la madrugada.—¿Cuándo íbamos a poder hablar entonces? Si saliste corriendo del lugar luego de la clase.—Eso fue porque te estoy protegiendo, aunque no lo entiendas.—¿Protegiéndome? ¿De quién?—De mí - Le respondió Tony dándose la vuelta.No esperaba que Peter le abrazara por la espalda. Aquel pequeño y cálido cuerpo por fin contra el suyo lo hizo cerrar los ojos por un segundo. Aceptando el calor que le proporcionaba suspiró emocionado. ¡Cuánto tiempo lo había ansiado!—No sabes cuánto te extrañé – confesó el muchacho con la voz angustiada – Lo único que tenía para recordarlo era esta cruz que tanto cuidé. Nunca me la quité desde el día en que me la regalaste. Ni una sola vez. Cada vez que sentía que iba a morir de la tristeza, simplemente la veía y me decía a mí mismo que pronto te volvería a ver, que pronto volvería a estar contigo. Y ahora que por fin llegó el momento ¿simplemente me das la espalda?—No es eso, Peter – le respondió dándose la vuelta y mordiéndose el labio ante los ojos llorosos del muchacho. Por un momento flaqueó y deseó rodearlo con sus brazos para nunca más dejarlo ir, y demostrarle todo el amor que le guardaba de la única manera que sabía—. Es más complicado de lo que crees. Ahora mi posición es más comprometedora. Se supone que debo cuidar a los jóvenes como tú, que debo guiarlos hasta que se conviertan en aquello que les fue encomendado aún antes de nacer y no debería estar haciendo esto contigo. Y mucho menos de que han estado sucediendo… cosas.Peter suspiró.—Cosas… como las que hicimos usted y yo hace tiempo, ¿verdad? — cuestionó el joven retomando el tono solemne con el que se había dirigido a él desde la primera vez que lo conoció.Tony asintió pesadamente. Peter siguió.—Usted sabe que de todas formas lo nuestro fue diferente, porque yo quería ser suyo. Yo mismo se lo pedí y nunca me arrepentiría de eso. ¡Eso y más es lo que yo quería y aún quiero de usted!—No me puedes decir esas cosas, de verdad que no puedes – exclamó el hombre intentando no mirarlo—. Yo… también esperaba volver a verte, aunque eso me comprometiera y me hiciera quedar mal ante esto que ahora tengo y lo que ahora soy, pero no hubo un día en que no quisiera volver a verte.Peter se acercó más al hombre, ahora a pocos centímetros de distancia. Tomó el maduro rostro con ambas manos con el fin de hacerlo ceder y doblegarse ante sus deseos.—Entonces… si yo lo extrañé, y usted a mí… ¿Quiere ir a su habitación? ¿O podemos volver al confesionario? Usted dígame en dónde y cómo que yo lo seguiré ciegamente y sin protestar.El hombre se hizo a un lado cuando Peter quiso besarlo y obviamente, la decepción en su rostro era más que evidente. Peter sabía que aún era demasiado pronto. Debía tentar al hombre como había hecho tiempo atrás, debía hacerlo ceder y caer de rodillas nuevamente, tenerlo a su merced.—No me iré de aquí, si eso es lo que piensas que voy a hacer – le espetó soltando su rostro—. Esperé más de dos años para volver a buscarte. No me rendiré tan fácilmente – le dijo alejándose—, porque te amo y no pienso rendirme ante nada ni ante nadie y porque sé que vamos a volver a estar juntos, cueste lo que cueste. Lo juro a ojos de Dios.Tony vio al chico marchar hacia su habitación y apenas quedó solo, se arrodilló frente al altar. Lo único que podría hacer ahora, era rezar por su pobre alma pecadora y su corazón en llamas, el cual había sido reavivado con la presencia de Peter en su vida nuevamente. La tentación, el deseo, la esperanza, todo volvía a aparecer, pese a que nunca se habían ido.Cuando se refirió a “protegerlo”, obviamente no hablaba simplemente de él mismo. Le daba asco e impotencia oír la forma obscena con la que Strange se refería a Peter, queriendo poseerlo y apropiarse de su cuerpo, hablando de él como si de un cualquiera se tratase. La perversidad en sus ojos al verlo simplemente era algo que no podía tolerar. Se le retorcía el estómago al simplemente imaginarse al tipo poniéndole un dedo encima al niño, o mejor dicho joven, el cual, aunque no lo admitiera en voz alta, consideraba suyo. Y más ahora que este lo había venido a buscar desde el otro lado del país.Y no sabía si esa era la mejor, o la peor parte.
