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Language:
Español
Stats:
Published:
2019-03-21
Words:
23693
Chapters:
2/2

Moths On The Mirror

Entire Work

Work Text

:::
Vienen por el vertedero de cuerpos. Lenguas como cuclillos y ojos como fuego.

Sus sombras en la pared.

Aquí vienen.

Ruido ruido ruido, corre corre corre.
Vienen por el vertedero de cuerpos. Te ven. Te ven.::: El Dr. Joshua Somerville es el Jefe de Psiquiatría del Hospital Red Haven para Criminales Dementes. Es un hombre muy alto, muy delgado y cuando Dean lo mira, piensa en insectos palo. Su voz es muy pausada y a Dean le llevan a verle más o menos una vez al mes. El Dr. Somerville espera ser el que rompa a Dean. Dean piensa que no ha considerado que las cosas rotas tienden a tener bordes afilados.Y está la Dra. Angela Rechtman, que huele a ensalada y a menudo se le queda atrapada entre los dientes. Ella no está, y nunca lo ha estado, impresionada por el estatus de celebridad de Dean. Los otros hablan a Dean suave y cuidadosamente, como si su silencio debiera dar miedo. Ella no. A Dean le gusta un poco por eso. Lleva un brazalete con dijes de plata que Dean puede oír tintinear contra el escritorio cuando saca sus notas antes de que le metan en la habitación. A veces lleva una blusa que se transparenta más de lo que ella cree. Si Dean tuviera ganas de hablar, podría hablar con ella de eso.El recluta más reciente es el Dr. Michael Harrison. Es alto, rubio y tímido. En la punta de su nariz se encaraman un par de gafas de niño friki y es un especialista de alguna clase. Dean no le conoce todavía, pero le ha visto mirándole.Hay una masa informe de enfermeros en el hospital, suaves como mantas y firmes como tiranos. A la cabeza está la enfermera Dominique DuPleiss, que es una señora agradable que le dice a Dean lo buen chico que es cuando se toma su medicación sin obligarla a atarlo con las correas. Tiene una sobrina en Florida que se va a casar pronto; Dean ha visto las fotos.La enfermera Lauren Fischer es una bonita pelirroja con una percha impresionante que es totalmente gay. Es muy infeliz con su trabajo pero solo Dean puede verlo. Mira a Dean como si le pasara algo malo. Mira a Dean como si le pasara algo malo y le tuviera lástima.El enfermero Jim Hooper es un ex militar siseñor noseñor ponte firme cuando me hablas. Tiene el oscuro pelo rizado y reconoce a Dean como un problema. Eso está bien, porque Dean lo reconoce como un problema también. Favorece su lado izquierdo y Dean sospecha que tiene problemas de rodilla. Dean sabe que Jim oye los arañazos, pero se niega a reconocerlo.El enfermero Chet Hayes tiene ojos azules y una cicatriz en la ceja que Dean no cree realmente que se haya ganado en una pelea de bar. Pesa cerca de 120 kilos y es casi todo músculo. Cuando se hace una paja le gusta obligar a Dean a chupar sus dedos. Tiene unas manos grandes que saben al interior de los guantes quirúrgicos. ::: —¿Cómo te encuentras hoy, Dean?Dean mira la ceniza amontonarse sobre el escritorio entre él y el Dr. Somerville. En el techo, Mary está flotando rodeada de fuego como un pez que se ha quedado sin suficiente agua. Las cenizas no saben a nada, se disuelven en nada cuando Dean las respira.—Las enfermeras me dicen que has pasado mucho tiempo en el gimnasio. Tienes muy buen aspecto. ¿Estás pensando en intentar salir de aquí?Salir de aquí no es algo en lo que Dean piense en absoluto. Sabe que tiene que salir de aquí algún día porque tienen trabajo que hacer. Pero es como las fronteras del espacio, ¿qué hay más allá? ¿Hay algún lugar a donde Dean quiera ir? No está seguro si lo hay. Piensa que podría perderse en la nada. Antes solía haber carreteras, pero no está seguro de poder encontrarlas nunca más.—Espero que no estés intentando dejarnos demasiado pronto —dice el Dr. Somerville—. Hay alguien que ha venido a pasar algún tiempo contigo. Hiciste un montón de cosas muy extrañas antes de venir aquí y todavía hay un montón de gente muy confundida acerca de por qué las hiciste. Igual que tú estás confuso. Así que espero que tú y el Dr. Harrison podáis intentar averiguarlo entre los dos.Dean mira hacia arriba desde el escritorio, a través de la silenciosa lluvia de ceniza, y hace frente a la benevolente expresión del Dr. Somerville con una mirada vacía. ::: Si pasas mucho tiempo mirando por la ventana en el solarium, entonces hay cosas que empiezan a mirarte a ti. Solo que no pueden, porque no tienen ojos. Se arrastran de acá para allá por el cristal, tan cerca que Dean espera oír sus frentes chocar contra la ventana.Es una pena, porque fuera hay montañas grises y verdes, y el cielo, y a veces también pájaros.Y también es una pena porque, si Dean no está mirando fuera, entonces tiene que mirar dentro, y hay sombras tenebrosas en el hospital a las que el sol solo mira de reojo y no quiere tocar.Dean mordisquea cuidadosamente los bordes de una pieza del rompecabezas hasta que tiene más o menos la forma que necesita y luego la mete a la fuerza en el espacio vacío. Le gusta esa imagen más que la que viene en la caja. ::: Normalmente ve al Dr. Somerville más o menos una vez al mes. El Dr. Somerville es un hombre muy atareado, pero Dean ha matado a un montón de gente de formas muy interesantes antes de que le cogieran, así que Josh no es gran cosa para él. Fue solo ayer cuando Dean le vio por última vez, y por eso se sorprende cuando Chet le lleva de vuelta a la sala de consulta, esperando a la Dra. Rechtman y un poco atemorizado, porque la mujer es una zorra.Chet empuja de malas maneras a Dean sobre una silla cuando se queda paralizado al ver al Dr. Somerville. No quiere ver al Dr. Somerville ahora porque sabe que no ha pasado un mes y, si le deja andar jodiendo con el calendario en su cabeza, Dean sabe que va a terminar confundiendo miércoles con abril.Lo único que puedes hacer cuando Chet se pone sobón es quedarte fofo, así que Dean hace justo eso y deja que Chet luche para ponerle erguido en la silla, todo el rato consciente del escrutinio del Dr. Somerville. Dean sabe que Chet tratará de vengarse en algún momento, así que no se siente culpable por dejarle en ridículo.Con una serena ráfaga de llamas, Mary se prende fuego en el techo y Dean suspira. Va a ser uno de esos días.El chico nuevo está sentado junto al Dr. Somerville, observando. Sus oscuros rizos de pelo rubio se curvan alrededor de sus orejas y parece demasiado joven, demasiado fresco como para soltarlo en un edificio lleno de psicópatas y lunáticos. Dean aprueba que el Dr. Somerville esté aquí para cogerle de la mano. Dean es un hombre malo, malo.—Este es el Dr. Harrison, —dice el Dr. Somerville—. Se va a quedar aquí con nosotros, para hablar contigo todos los días y tratar de ayudarte a comprender por qué hiciste esas cosas terribles —hay una pausa, el Dr. Harrison ofrece a Dean una sonrisa que Dean estudia con una curiosidad desinteresada. A continuación, el Dr. Somerville mira hacia el Dr. Harrison y continúa—. Dean no ha pronunciado palabra desde que llegó aquí, hace casi un año. Tenía algunos problemas de adaptación pero está mucho más tranquilo estos días.—Hola, Dean —dice el Dr. Harrison—. ¿Cómo estás?En las lentes de las gafas del doctor Harrison, algo se mueve. Dean dirige al instante su mirada hacia el tablero de la mesa y escribe su nombre en la capa de ceniza. ::: Hace frio y Tonny (Tony el caníbal, no Tony el pirómano) en la habitación de enfrente, no quiere dejar de toser. Tos, tos, tos, metálico y ronco como si tuviera una moneda atascada en la garganta.La habitación de Dean no está mal. Las paredes están desnudas y hay una puta cerradura enorme en la puerta. Y normalmente Dean puede mirar la pintura de color azul pálido en las paredes hasta que su mente se va flotando a un lugar agradable y esponjoso.Pero esta noche tiene frío y por debajo del sonido de la tos de Tony algo está arañando la ventana. Rasguña y araña hasta que Dean se da la vuelta y mira su lechoso reflejo en el cristal. ::: Cuando Jim hace entrar a Dean, el Dr. Harrison no está sentado. Está de pie, caminando arriba y abajo, las estúpidas gafas de friki colgando de sus dedos. Se hunde en la silla y sonríe, un poco inclinado hacia delante, los hombros encorvados.Jim es más amable que Chet, no cree que Dean tenga una sucia boca chupapollas como Chet (o si lo piensa, nunca ha hecho ningún comentario al respecto). Pero hay una advertencia en su toque. Dean sabe que Jim está esperando, siempre esperando, el día en que Dean muestre sus verdaderos colores (1), el negro rojizo del asesinato y la profanación.Mary no ha tenido la oportunidad de empezar a arder antes de que Dean se incline hacia el Dr. Harrison.—Mira, no quiero hacer una gran cosa de esto, —dice— pero ella me dijo que te dijera que no deberías andar por aquí con los ojos abiertos.La voz de Dean suena diferente en voz alta a como lo hace en su cabeza. Ha estado es su cabeza durante casi un año. Suena más peligrosa en su cabeza, más competente. Espera que ella no tenga nada más que decir al Dr. Harrison, o que encuentre a algún otro a quien decírselo. Dean no quiere hablar.Jim inspira con fuerza y mira al Dr. Harrison. La boca del Dr. Harrison se mueve inútilmente por un segundo y luego su rostro se funde en una sonrisa, tanto triunfante como cautelosa.—¿Quién es ella?—Cabrón —dice Dean. Eso le gusta más. Esa es la voz que reconoce, esa es la voz que ha estado charloteando por algún lugar de su cabeza.El Dr. Harrison le frunce el ceño, Dean recula en su silla y piensa que podría haber olvidado algo. Algo muy importante.                                                               :::                 Recuerda que son cerca de las 3am. Por lo menos, lo recuerda a un cierto nivel básico y empieza a gritar por eso. Está en la puerta, golpeando con los puños y gritando. —¡Sammy! ¿Dónde está mi Sammy? ¿Tenéis a mi Sammy? ¡Necesito a mi Sammy! ¿Qué habéis hecho con mi Sammy? ¡Sammysammysammy!No sabe qué es su Sammy, qué hace, por qué lo necesita. Sólo que su ausencia le está devorando. Llama a gritos a su Sammy y el panel de plexiglás en la ventana traquetea con simpatía.Unos pasos resuenan fuera, voces alzadas con alarma. El pánico de Dean sube de nivel y la locura gime a su alrededor. No pinches a los escorpiones, que se ponen inquietos. Sin embargo Dean continúa gritando. Todavía está gritando cuando la llave gira en la cerradura y es derribado al suelo. Unas manos retuercen su brazo inmediatamente y sus gritos se convierten en gruñidos. Porque ¿dónde está su Sammy, maldita sea?—Buen trabajo, Harrison —dice alguien—. Consiguió que hablara. ¿Puede conseguir que se calle?Algo araña en el interior del codo de Dean, pincha la piel.—Eh, despacio —espeta Harrison.El mundo se vuelve azul y embotado, se aparta un paso de Dean para que la oscuridad pueda saltar sobre él. La ventana todavía se está sacudiendo.                                                                :::       No es parálisis. Eso es lo que pensó Dean en un primer momento y se siente aliviado al descubrir que todavía puede estirar y doblar. Esas son habilidades útiles: estirar y doblar.Cualquier sensación de parálisis que siente probablemente se deba a las gruesas correas que le sujetan a la cama. No permiten mucho movimiento y Dean tiene el vago recuerdo de haber pasado un montón de tiempo drogado y atado a su cama cuando llegó aquí por primera vez. Pero son recuerdos que surgen de algún lugar borroso y no puede estar seguro de que no se los esté inventando, igual que aparentemente ha hecho con un montón de otras mierdas.Irritado, Dean tira un poco más fuerte. Las correas no ceden. Fuera es de día y todo el mundo está probablemente levantado y haciendo cosas y no atados a la cama.—¡Estoy despierto! —grita. El silencio le contesta, así que lo intenta de nuevo, un poco más alto.Sigue llamando hasta que escucha que alguien se acerca, entonces se queda en silencio y trata de parecer inofensivo. Es Chet, llenando todo el marco de la puerta, y Dean se tensa porque no le gusta estar atado a la cama cuando Chet anda alrededor. Llámalo paranoico, pero cree que alguien que se pirra por follar con sus dedos la boca de Dean podría aprovecharse de él si está inmovilizado en su cama.—Esa fue una rabieta de la hostia, cariño —dice Chet—. ¿Te vas a comportar ahora?Sigue acercándose más y Dean piensa en cómo le haría pedazos si no tuviera correas por todos lados y no hubiera todavía algún tipo de droga lastrando su sangre. Dean puede sentir su labio curvarse para dejar al descubierto los dientes en una mueca salvaje. El Dr. Harrison adelanta a Chet y sonríe a Dean. Las manos de Harrison se contraen inútilmente a sus costados.—¿Podemos desatarte? ¿No me vas a hacer quedar mal y montar un alboroto al minuto que te soltemos?Las drogas han dejado la boca de Dean tan seca como el polvo. Gritar es una cosa, pero hablar con normalidad es difícil. Se pasa la lengua agrietada por los labios y traga con dificultad.—Seré bueno.El Dr. Harrison asiente y toca a Dean en el hombro, con gran osadía, como si supiera que está rompiendo las reglas. Chet hace un sonido de desaprobación, el cual el Dr. Harrison ignora. —Suéltalo —le dice a Chet.A Dean le gusta el Dr. Harrison. ::: Las amarillas son solo para por la mañana. Es muy considerado por parte la compañía farmacéutica que las de la mañana parezcan como el sol levantándose.Las azules son para el desayuno, justo antes del almuerzo y justo antes de irse a la cama. Son algo así como las ‘verduras’ en tanto que tienes que tomártelas sin quejarte, porque son así de importantes. Pero no hacen tabletas verdes por lo que Dean se toma sus azules en lugar de verdes. Es un chico grande y fuerte… que necesita sus azules. Las azules son buenas, como el jazz y la depresión (2).Las hay rosa también, dos veces al día. Pequeñas y con forma de diamante. Si vas a hacer tus comprimidos de color rosa con formas bonitas Dean no sabe por qué en realidad no van a por ello y las hacen con forma de corazón.Las blancas son para todo el día todos los días, más o menos cada vez que Dean abre la boca. Como el oxígeno. ¿Sediento? Toma esta. ¿Hambriento? Toma esta. ¿Quieres reducir este puto lugar a escombros? Toma esta. Las blancas son como nieve dentro de Dean, plumosas y sofocantes.Solía haber unas naranja, pero Dean es un chico muy bueno ahora y no necesitan darle esas.Tiene el espectro completo de pastillas y cuando todas están haciendo lo suyo, entonces la gente del cristal con los grandes agujeros en sus cabezas donde deberían estar los ojos tienen que dar marcha atrás. A Dean le parece bien. Dominique le da su pequeño vaso de papel con pastillas y Chet espera por si Dean se porta mal, si va a tener la oportunidad de ponerle las manos en la cara y abrirle a la fuerza los labios. Dean se toma su medicación dócilmente y da un sorbo del vaso de agua que le tiende Dominique.—Muy bien, corderito. Estas van a hacer que te sientas mejor, si las dejas —le dice Dominique. Chet le da una palmadita en la mejilla, sus dedos dejando manchas rojas en la piel.Detrás de la rejilla de alambre, sobre la pantalla de televisión en la esquina, el reflejo de la sala de recreo se comba por un momento y luego Dean sólo puede ver el reflejo de las cosas que todo el mundo puede ver. Justo como debe ser. ::: Al parecer, en algún momento después de que a Dean le metieran dentro una camisa de fuerza, le chutaran hasta arriba con suficientes sedantes como para echar abajo a una ballena y luego le encerraran en Red Haven, las gafas de niño friki se convirtieron en un artículo de moda para los psiquiatras jóvenes. Esa es la única explicación que puede dar a por qué el Dr. Harrison lleva esas malditas cosas cuando pasa más tiempo mirando por encima que a través de ellas.Con todo el Dr. Harrison es bastante mono y definitivamente mejor compañía que la mayoría de las otras cosas de este hospital (carne y sangre y vidrio), por lo que Dean se encuentra con ganas de perdonarlo.—Así que, ¿de qué quieres hablar hoy?—¿No se supone que tienes que elegir tú el tema? —dice Dean—. Podría querer hablar del mejor tipo de golpe a utilizar cuando decapitas a alguien, o el tiempo que se tarda en quemar un cuerpo. Soy un monstruo enfermo.Los labios del Dr. Harrison se crispan y se aparta el pelo detrás de las orejas.—Eso es lo que me han dicho. ¿Quieres hablar sobre decapitar y quemar cuerpos?”Dean se encoge de hombros y mira hacia el techo, esperando que Mary aparezca. Hoy se está tomando su tiempo. Tal vez sea uno de los días de John. Dean no ha tenido un día-de-John desde hace algún tiempo, no desde que toda la agresividad y la rabia y la necesidad de escapar se consumieron en el silencio. Un día-de-John sería malo. Dean no puede soportar los gritos y la desaprobación.—En realidad no —hace una pausa y luego vuelve a mirar al Dr. Harrison—. ¿No te parece que hay algo un tanto raro en toda esa gente con los ojos arrancados de la cabeza?Algo centellea en la expresión del Dr. Harrison. Un endurecimiento, un nuevo nivel de intensidad. Se inclina un poco hacia Dean y una lenta, vaga llamarada de inesperado deseo ondula en el vientre de Dean. No es más que una respuesta instintiva a los ojos oscuros del Dr. Harrison y su piel avellana, pero es agradable sentirla de todos modos. Le hace sentir más humano.—Te refieres a los asesinatos”.Dean no lo hace. Está hablando de la gente que camina por el hospital cuando no hay nadie en su sano juicio mirando. Pero el doctor Harrison parece saber de lo que está hablando, así que Dean decide seguirle la corriente.—¿Qué puedes decirme sobre los asesinatos, Dean?Dean sacude la cabeza y dice:—Yo no lo hice.El Dr. Harrison vuelve a sonreír, como si no pudiera evitarlo. Pero no es una sonrisa muy feliz. Dean se pregunta si tal vez el Dr. Harrison tenía la esperanza de colgarle  esos asesinatos, si es así va a quedar decepcionado porque Dean nunca hizo locuras de mierda como esa. Ha hecho un montón de locuras de mierda, pero nunca le arrancó los ojos a nadie de la cabeza.—Está bien, hoy, Dean, con lo que necesito que te quedes de esta sesión es que, ni eres responsable de todos los crímenes del mundo, ni que cualquier persona que actúa como tu es mala.Si, a Dean le gusta el Dr. Harrison. Piensa que es un ingenuo, pero le gusta. :::

—Te he dicho que no. No puedes hacer eso. Es demasiado peligroso.

Sam se inclina, empieza a follar con su lengua la boca de Dean antes de que pueda discutir. El cráneo de Dean está acunado en las manos de Sam, los dedos dan golpecitos sobre su nuca hasta que la piel de Dean hormiguea con necesidad. Se arquea hacia Sam, abriendo sus piernas más ampliamente por reflejo cuando Sam se mete entre ellas.

Cuando la boca de Sam se mueve sobre la clavícula de Dean, dejando un cálido, brillante rastro de saliva, Dean desliza su mano por la espalda de Sam y cuela la  punta de sus dedos por debajo de la pretina de los vaqueros.

—Puedo encargarme de ello. Hay gente muriendo. Alguien tiene que hacer algo.

Las yemas de los dedos de Sam se clavan en él con tanta fuerza que Dean piensa que Sam está buscando hueso que agarrar. Frota el pulgar a lo largo de la clavícula de Dean donde su boca ha dejado marcas húmedas, rojas.

—No te lo permitiré.

—Entraré y saldré antes de que te des cuenta —dice Dean, y es una promesa.
 No hay hematomas en la clavícula de Dean. Se desvanecieron mientras se encontraba en una habitación acolchada, babeando sobre sí mismo. Y no hay ningún Sammy que ponga uno nuevo allí. Dean se queda mirándose en el espejo y frota la forma delgada del hueso hasta que la piel está enrojecida. El nuevo hematoma es lo importante, no el  chirrido-arañazo de algo en el espejo. ::: De acuerdo con la caja, el puzle estaba destinado a ser una alegre imagen de una casa en un lago con unos gansos vagando por ahí. Dean prefiere su uso de las piezas que, lo cierto es, hace una interpretación irregular y abstracta de algo… bueno, algo grande, verde y azul. No está seguro de lo que es, pero a él le gusta.Lauren le ha traído un nuevo puzle esta mañana. Este quiere ser una emocionante escena de dos aviones de combate, pero Dean piensa que va a terminar siendo algo gris.Se pone a trabajar de inmediato, volcando las piezas sobre el tablero de la mesa y tratando de decidir la pieza central.—Hmm. No te consideraba como alguien a quien le gustaran los rompecabezas.Dean sonríe hacia el Dr. Harrison y luego vuelve a su rompecabezas. No hace comentarios cuando Harrison toma asiento frente a él, aunque quiere advertirle de que sentarse ahí lo dejará frente a las ventanas y nadie quiere ver eso. Aun así, será interesante ver lo que hace Harrison con los monstruos sin ojos en el cristal. Porque van a estar mirándolo. Dean sabe que lo harán. No serán capaces de mirar hacia otro lado.—¿Vienes a jugar con los reclusos?Harrison echa una mirada a través de la sala a los pacientes, algunos silenciosos y otros excepcionalmente ruidosos. Las enfermeras son vigilantes y pacientes, interviniendo para supervisar solo cuando las cosas se descontrolan. Harrison vuelve a mirar a Dean y sonríe, las mejillas ligeramente coloreadas.—En realidad venía a jugar con… venía a verte a ti.Dean se ríe con disimulo y vuelve a su puzle, dando algún tiempo a Harrison para ruborizarse incluso más brillantemente que antes.—Tío, recuerdas que soy un asesino en serie psicópata, ¿verdad? Posiblemente un necrófilo también, todavía estoy esperando a que todos os saquéis la cabeza del culo y me digáis de qué va toda esa profanación de tumbas.—Yo sé quién eres —dice Harrison, y va en serio. No hay juego, no hay flirteo. Sabe quién es Dean y todavía está sentado en la mesa.—Cuidado con ese, Doctor —dice Chet mientras deambula y sonríe a ambos—. Escupe.Dean no está seguro de por qué Chet se está comportando de esa forma, advirtiendo a la gente en su contra. El Dr. Harrison sabe lo que es Dean, ha leído el expediente. Y a Chet nunca le ha preocupado estar cerca de Dean (y de la boca de Dean) cada vez que tiene oportunidad y honestamente, hace mucho tiempo desde que Dean escupió a alguien. No es que no haya escupido a nadie que no se lo mereciera de todas maneras. Pero si Chet quiere portarse raro, Dean tiene derecho a ser raro.—Tengo un buen conjunto de dientes también —dice, y chasquea sus mandíbulas significativamente hacia Chet.—¡Oh! ¿Vamos a tener que ponerte un bozal, cariño?La risa de Chet parece bastante genuina, pero cuando pellizca la mandíbula de Dean, apretando aparentemente en broma sus labios en un puchero, es sólo un poco demasiado rudo para resultar confortable. Harrison levanta una ceja y Chet deja caer la mano. Sin embargo su actitud es más contrariada que escarmentada.El silencio es ligeramente incómodo y Dean vuelve a su puzle. La ventana le susurra y se lo piensa un momento antes de obedecer. Señala con la cabeza hacia Harrison.—Eh, Chet, háblale del vertedero de cuerpos.Los dedos de Chet se curvan ligeramente sobre la porra que cuelga de su cadera. La porra es fina y blanca como el dedo de un cadáver, y deja moretones que llegan hasta el hueso. Dean es un buen chico ahora (abre, chupa, gime), y hace mucho tiempo desde que sintió su golpe sordo. Sin embargo el modo fácil, elegante, en que Chet la agarra todavía le hace hundirse un poco más en la silla.—¿Dónde coño has oído eso?Su tono es curioso, asombrado, pero Dean sigue sin enderezarse. Chet puede canturrear las naderías más dulces que jamás hayas oído, y al mismo tiempo intentar hacer algunas abolladuras en tu columna vertebral. Dean puede sentir los ojos de Chet sobre él y desea que la ventana hubiera mantenido su puta boca cerrada porque no le gusta cuando Chet le mira. Piensa jodidamente alto y todo trata de lo que puede hacer con Dean.—¿Qué es un vertedero de cuerpos? —dice Harrison, mirando a ambos con los ojos como platos de un niño ansioso por aprender.—Es por donde hacían desaparecer los cuerpos —dice Chet y de mala gana aparta los ojos de Dean—. Cuando este lugar fue construido en los años treinta, tenía un vertedero de cuerpos. Un largo túnel subterráneo por donde hacías rodar los cadáveres hasta el coche fúnebre, para que los otros pacientes no los vieran. No se ha utilizado desde hace años. Se menciona en la instrucción del personal, como un aspecto de seguridad, pero… —vuelve a mirar a Dean, aún con esa mirada especulativa en sus ojos claros.—¿Qué pasa con el vertedero de cuerpos? —Harrison pregunta a Dean, todo suave y amable. Dios, sí, a Dean le gusta el Dr. Harrison. Incluso con la ventana susurrando y riéndose ahí atrás, y los vasos de plástico de agua en cada una de las mesas atendiendo a la conversación, Dean está un poco colado por el doctor Harrison.—Es por donde entran —le contesta Dean.Chet se ríe de nuevo y alborota el pelo de Dean, posesivo, como si Dean fuera un perro que ha hecho un buen truco. —Creo que es hora de que alguien tome unos cuantos caramelos.Una mirada abiertamente irritada del Dr. Harrison es suficiente para callar a Chet, pero tarda un rato antes de apartar la mano de la cabeza de Dean. La desliza por la curva de su cráneo, los dedos descansando brevemente en la parte posterior de su cuello, y Dean pone en duda que el Dr. Harrison le4 de mucha importancia, pero Dean sabe lo que le están diciendo.—¿Quién entró de donde, Dean? —dice el Dr. Harrison.El reflejo de Dean se desliza sobre el conjunto de llaves de metal enganchadas a la pretina de Chet. Y entonces no es su cara la que le mira, nada le devuelve la mirada excepto los dos orificios, sangrantes agujeros donde los ojos deberían estar. Mira hacia abajo a su rompecabezas y con determinación empuja una pieza en su sitio.No levanta la mirada cuando Harrison se marcha, pero oye su voz, profunda y enfadada, hablando con Chet.—¿Se comporta siempre de una forma tan personal con los pacientes?No oye la respuesta de Chet, no en ese momento de todos modos. ::: Por debajo el suelo es de baldosas frías y duras. Dean está de rodillas y los pantalones reglamentarios de chándal del hospital están demasiado usados como para ofrecer alguna protección. Esta es la primera vez que Chet folla su boca. Su polla es más grande que sus dedos y sigue empujándola hacia adentro, hasta que la baba gotea por las comisuras de la boca de Dean. Las lágrimas se agolpan en sus ojos y cuando parpadea, una gruesa lágrima rueda lentamente por su mejilla. Chet cree que llora y se ríe de él. Dean no está llorando. Es sólo que es un poco difícil respirar con la polla de Chet empujando la parte posterior de su garganta, como si Chet quisiera deslizarla más abajo.No va a tardar mucho, decide Dean después de un momento de análisis desapasionado, en que la polla de Chet se las arreglará para meterse por su garganta y cuando Chet se corra, Dean no va a tener más remedio que tragar. Ese es el tipo de pensamiento que no ayuda con la renuencia de Dean a vomitar. Odia vomitar. Odia cómo suena, la pérdida de control, el tirón-tirón-tirón en su vientre.Chet engancha el dedo en la esquina de la boca de Dean, al lado de su polla resbaladiza de saliva, y usa su asidero sobre la mandíbula de Dean para hacer palanca y abrir más su boca. Chet inclina la cara de Dean hacia atrás, hasta que el dolor le atraviesa la columna vertebral, y prácticamente monta la cara de Dean, empujando brutalmente sobre él. Es jodidamente doloroso y si Dean no tuviera la boca llena de una polla empujando le diría a Chet que aflojara un poco.¿Y es paranoico por su parte pensar que Chet no haría caso?—Una puta. Todo el mundo piensa que eres un monstruo. Todos están tan asustados de ti. Pero yo sé lo que eres. Sólo una puta. Sólo necesitas que te follen bien a fondo, ¿verdad? Estar bien lleno de polla y no eres más que un gatito.Chet gime mientras su pene baja por la garganta de Dean y Dean se da por vencido de volver a respirar de nuevo. ::: John está inquietantemente tranquilo. Se queda en la esquina de la habitación, mirando a Harrison como si no supiera qué hacer con él. Dean se sienta con la espalda recta en la silla y mantiene un lenguaje respetuoso en la cabeza, no da ninguna razón a John para gritar.—¿Recuerdas antes de venir aquí? —dice Harrison.Es una pregunta difícil, porque Dean no quiere mentir, pero no es que pueda hablar del Negocio Familiar con un completo desconocido. John podría colgarlo por eso. Regla número uno, no se habla del negocio familiar. Regla número uno-a, no se habla del negocio familiar con profesionales de la salud mental. Por lo que se conforma con una inclinación de cabeza que le vale una sonrisa de Harrison.—¿Qué es lo que recuerdas de antes de venir aquí?¿Cómo puede responder a eso? Sabe que las cosas son diferentes de lo que los doctores piensan. Sabe que no puede decírselo porque ese tipo de conversación siempre termina con Dean tan dopado que puede ver la parte de arriba de las nubes. Recuerda mucho, pero es difícil averiguar lo que está recordando y lo que está soñando (¿pesadilleando?). Hay cosas en su cabeza que claramente no deberían estar allí. Cosas demasiado horribles como para que esté permitido que sean verdad. Y hay otras cosas, cosas como ver porno por cable en el motel mientras Sammy se da una ducha, y hamburguesas con queso, y Led Zeppelin. Cosas buenas.—Impala —dice finalmente. Se aclara la garganta y habla de nuevo—. Mi impala del 67. Mi nena. Recuerdo mi Impala.Harrison se queda en silencio un segundo y luego eleva una ceja. —¿Recuerdas un coche? ¿Nada más? ¿Nada más significativo?Eso suena un poco como una acusación viniendo de un psiquiatra. ¿No se supone que tienen que ser puñeteramente neutrales e imparciales? Además, no es que Dean vaya a hablar a Harrison sobre su Sammy. Se encoge de hombros y no contesta.John asiente hacia él desde su esquina. Dean lo ha hecho bien. Ha cuidado de su Sammy y no se ha quebrado bajo interrogatorio. Su corazón se hincha un poco con la sensación de un trabajo bien hecho. ::: En el Hospital Red Haven viven paisanos interesantes.Dean no ha hecho “amigos”. Las amistades no se fomentan, al igual que patear y morder y los insultos. Las amistades son nocivas porque todo el mundo es sólo un tipo diferente de tóxico. Igual que botellas de veneno mezcladas que logran algo aún mejor para retorcerte del revés.Aun así, eso no quiere decir que no puedan hablar. Dean ha estado escuchando durante mucho tiempo. Es lo que más ha hecho en Red Haven: escuchar. Escuchar a los pacientes susurrando entre sí cuando las enfermeras estaban al otro lado de la habitación. Escuchar a los médicos cuando confundían mudez con sordera. Escuchar a la gente en el cristal, escucharla a ella.Y ahora entre los dos, el Dr. Harrison y ella, han desatado la voz de Dean y puede hablar.Un montón de gente con la que hablar, un montón de cosas que decir.Candice es una mujer atractiva con el pelo castaño claro y ojos oscuros con largas pestañas. Cuando se enteró de que su marido tenía una aventura, mató a sus bebés. La única razón por la que no está acechando por ahí vestida de blanco al borde de una carretera es que, después de que retorciera sus diminutos y pequeños cuellos, no se mató a sí misma, en su lugar se desquitó con la persona realmente culpable. En cualquier caso, cuando desenterraron a su marido, no estaba completo. Sólo los pedazos que pudieron encontrar.Dean no aprueba a los asesinos de bebés, por lo general tiene grandes expectativas con las madres, pero Candy está chiflada y Dean la tiene simpatía por eso, incluso si no la tiene por la gente que pone sus manos alrededor de las gargantas de los niños y aprieta hasta que se ponen azules.Ella se enrolla el cabello alrededor de un dedo y tira, experimentalmente. Mira hacia arriba a Dean por debajo de sus grandes pestañas.—Las polillas están en el espejo —dice.Dean asiente y examina lo que ha hecho con su rompecabezas hasta el momento. Es muy gris y no hay un avión de combate a la vista. Entonces se da cuenta de que Candice parece un poco ansiosa, por lo que la sonríe de forma tranquilizadora.—No pueden encontrarla, no mientras siga debajo del cristal. Los reflejos las confunden.—¿Tú crees?” dice Candice, arrancándose unos cuantos cabellos del cráneo.—Seguro. Ella me lo dijo.Candy se frota las yemas de los dedos, dejando que los pelos que se ha arrancado floten hasta el suelo. Sus uñas son romas y redondeadas, recortadas tan cerca de los dedos que debe ser doloroso. De alguna manera, por la forma en que mueve los dedos, se podría pensar que todavía luce una manicura francesa completa. Dean apuesta a que sus uñas eran malvadamente afiladas cuando mató a sus hijos.—Ese nuevo doctor, el tipo que habla contigo.Dean levanta una ceja.—¿Qué pasa con él?Los finos labios rosados forman una bonita sonrisa un tanto rara en la cara de Candice. Hay casi algo juvenil en la mirada que echa a Dean, como si todo esto fuera una gran y enfermiza fiesta de pijamas.—Parece dulce. ¿Lo es?Para ser tan sexi, Candice está fracasando del todo en excitar a Dean. Tal vez su polla está rota. ::: Su polla no está rota.Se despierta duro pensando en las gafas de niño friki del Dr. Harrison, su voz suave y los estúpidos rizos de su pelo alrededor de sus orejas.Su polla no está rota para nada. :::

Sam deja las carpetas sobre la mesa y Dean se aparta de la televisión para prestarles toda su atención. Sam mira hacia él y gira cada una de las carpetas abiertas. Se aparta el flequillo de los ojos y da un golpecito con el dedo a la que parece más antigua, el papel todo arrugado y marrón dorado.
—Red Haven. Construido en 1932. Nada demasiado memorable los primeros años, pero… albergando el tipo de pacientes que hay allí, con todo una historia bastante colorida. Luego, en 1938, se encuentra el primer cuerpo. El nombre del paciente era Elías Giggs, violador en serie. Desapareció de su habitación cerrada con llave en algún momento del viernes por la noche, su cuerpo fue hallado el sábado por la tarde. De vuelta en su habitación, muerto, los ojos extirpados.
Sam vuelve a mirar a Dean para comprobar que está asimilando esto.
— Once víctimas más en un período de casi setenta años. Todos desaparecidos por un corto periodo de tiempo y luego devueltos a sus habitaciones sin los ojos. El último ocurrió hace tres semanas.
Picando el último de sus nachos, Dean asiente lentamente. Se limpia las manos grasientas en la colcha del motel y se pone de pie. Va al lado de Sam y mira por encima de las carpetas con él. Una de las fotos le llama la atención. Es granulada y el contraste es demasiado alto. Inclina la cabeza mientras la estudia.

—¿Cómo les quitaron los ojos?

—Con las uñas.

—Sé sobre los asesinatos —dice Dean. El Dr. Harrison hace una pausa, inseguro de cómo manejar el abrupto corte. Pero asiente y sonríe. Dean se relaja con la sonrisa. Es una sonrisa de niño pequeño, cauta e inocente.—Vale. ¿Recuerdas dónde lo oíste? ¿Quién te habló de ello?Toda la sensación de comodidad, de contento, de la que Dean estaba disfrutando (la leve sensación de excitación que obtiene de estas sesiones, con Harrison para él solo),  desaparece bruscamente. El nombre de Sammy no debe ser mencionado, no a estas personas. No a los chiflados en las salas. No a las personas en el cristal. No tienen a su Sammy y Dean seguro que no va a atraer su atención sobre él ahora. El Dr. Harrison capta el cambio brusco en el comportamiento de Dean y levanta una mano para evitar que Jim se acerque más. Un Dean con los ojos entornados y hostil siempre pone a Jim en alerta.Dean intenta calmarse de nuevo, pero incluso pensar en Sammy mientras está dejando que Harrison le analice envía una punzada de inquietud por su espina dorsal.—De acuerdo. Dejemos eso. ¿Qué puedes decirme acerca de cómo llegaste aquí?—Probablemente tiene algo que ver con el número de personas que he matado. Por no mencionar que nadie estaba demasiado entusiasmado por la forma en que los maté.Harrison se inclina hacia adelante y mira a Dean a los ojos. Lo que es no es justo porque tiene grandes ojos oscuros por los que Dean es un completo imbécil.—Te trajeron aquí porque pensaban que no estás bien. Que hiciste esas cosas no porque quisieras hacerlas, sino porque no estás bien.—Total y completamente como una cabra(3) —clarifica Dean amablemente.Los labios de Harrison no se curvan en respuesta. A Dean le gusta hacer sonreír a Harrison y odia cuando Harrison insiste en ponerse serio e intenso.—Dean, ¿de verdad crees que estás como una cabra?No tiene derecho a preguntar. No tiene derecho a intentar confundir a Dean así. Harrison no quiere dejar de mirarle fijamente y Dean rehúye. Mira por encima del hombro a Jim, saltándose a Harrison todo lo que puede. —Quiero mis medicinas ahora. Me harán sentir mejor, si las dejo. ::: Mary no estaba en la sala de consulta, pero está esperando en el techo cuando Dean entra en su habitación esa noche. Su cuerpo es una forma oscura, pero Dean sabe que es ella. Deja que las enfermeras lo acuesten en su cama, mira a su madre y escucha el traqueteo del pestillo en la puerta antes de que las enfermeras se retiren.Más allá de la puerta, las enfermeras andan arrastrando los pies por el pasillo y las voces se alzan brevemente cuando alguien tiene un momento raro y necesita ser contenido. Maldiciones y gruñidos lejanos se disipan en ahogadas respiraciones húmedas. Las voces de las enfermeras son calmadas y eficientes.Hay silencio en la habitación de Dean.Y entonces la acometida de las llamas cuando Mary arde. Ella le sonríe a través del beso del fuego. Puede arder y arder durante horas. Todavía está ardiendo cuando Chet entra en la habitación.Chet esposa las muñecas de Dean a la cama. Chet ha vuelto de nuevo a tomar algunas precauciones, ahora que han pasado a la fase de Chet hincando su polla en la boca de Dean. La primera vez que metió los dedos en la boca de Dean, mientras se follaba el puño, Chet había mantenido una jeringa con sedantes cerca. Dean había estado demasiado colgado para pensar en morder, incluso si seguía tratando de escupir el mal sabor de los guantes quirúrgicos. Sin embargo cuanto más a menudo lo hacía Chet, más temerario se volvía, como si así fuera más emocionante.Aun así, Dean no lo culpa por estar un poco más nervioso por poner su polla tan cerca de los dientes de Dean de lo que lo estaba por poner los dedos. Pierdes un dedo o dos y puedes afrontarlo. Perder tu polla, bueno, puede que sea mejor meterte una bala en el cráneo, en opinión de Dean. Por supuesto, es bastante insultante darse cuenta que Chet considera que Dean no tiene dientes en casi todos los sentidos además del literal. Las drogas te hacen eso.Dean reconoce que Chet probablemente tiene una jeringa escondida por algún lado. No le culpa. Dean se está empezando a hartar un poco de esto. Esta bastante seguro que no le hace sentirse mejor, a no ser que ahora la FDA califique el semen de Chet como medicación. Algo que duda.Cogiendo firmemente la barbilla de Dean, Chet le gira la cabeza sobre la almohada y da un tirón hacia abajo a su mandíbula. Dean observa como Chet se saca la polla, ya tensa y húmeda en la punta, se folla el puño con un par de golpes rápidos, y luego la empuja hacia la boca de Dean. Dean continúa mirando incluso cuando sus labios se cierran sobre toda su anchura y Chet mueve sus caderasChet folla la boca de Dean con estocadas rápidas, profundas y todo lo que Dean tiene que hacer es mantener la boca alrededor de él y soportarlo. Breves gruñidos entrecortados se escapan más allá de los dientes apretados de Chet y empuja más fuerte, sacudiendo las caderas con un ritmo corto y brusco.Dean sigue mirando y las cenizas de Mary caen como hojas muertas a su alrededor.—¿Qué miras, cariño? —sisea Chet—. ¿Te gusta esto? Sí, te gusta. Te gusta que me folle tu boca de puta. ¿Quieres que te folle por el culo en algún momento también? Sí, te gustaría eso. Hacerlo como una puta, ¿verdad?Cuando Chet se corre, es sobre el rostro de Dean. Derramándose sobre sus labios hinchados y por la barbilla, goteando en su garganta. Chet utiliza el dobladillo de la camiseta de Dean para limpiar la mayor parte, pero Dean todavía puede saborearlo, todavía sigue sintiéndolo en su piel después de que Chet se haya ido y la puerta está cerrada de nuevo.Y Mary sigue ardiendo. ::: La hora del gimnasio es cuando el cuerpo de Dean intenta recordar a la mente de Dean quién es. Charla con él preguntando ¿cómo de rápido crees que podrías correr si estuvieras persiguiendo un hombre lobo? y ¿no son los cabezazos simplemente lo mejor del mundo? Esa mirada de sorpresa en el rostro de la gente porque nadie se espera un buen cabezazo pasado de moda, ¿no te encanta eso?La hora del gimnasio es la recompensa de Dean por jugar limpio y tomar sus medicinas. Al Dr. Somerville no le gusta tener que permitirselo. Quiere el cuchillo sin filo en lugar de más agudo que nunca. Mala suerte. Dean se comporta, Dean lo aguanta todo, se lame los labios y no derrumba el edificio a gritos. A Dean le deben su puta hora de gimnasio.En el gimnasio, Dean es gracia y poder y líneas elegantes. En el gimnasio, Jim lo mira con fría apreciación y Chet rebulle de un pie a otro. Dean está acostumbrado a la audiencia. Hay largos espejos en las paredes y siempre están llenos de multitudes arrastrando los pies. Dean no sabe lo que están mirando, si no tienen putos ojos. Pero se arremolinan en el cristal, empujando sus caras contra él y dejando manchas rojas de los agujeros abiertos donde sus ojos solían estar.Sólo las sombras los hacen retroceder y Dean tampoco es un fan de esas. Es como si el sol se fuera detrás de una nube de la que sabes que nunca va a salir. Los monstruos se dispersan y Dean golpea su mano sobre el teclado de control de la cinta de correr. Se gira hacia Chet y Jim.—He terminado —dice. Sacadme de aquí. ::: Lauren o es una santa o tiene la cabeza tan jodida como los pacientes. Hizo algún curso o algo así y ahora promueve esta arte-terapia en la que está metida. Lo que básicamente significa que cada bobo al que puede echar el lazo termina garabateando en un papel con ceras de colores. Ceras de colores desde ese incidente desagradable con aquel tío tratando de atravesarse la lengua con el lápiz como si fuera un puñal. Tony el incendiario había apostado con Tony el caníbal cinco dólares a que el tipo no sería capaz de pasar el lápiz limpiamente a través de su lengua. Las enfermeras habían intervenido así que la apuesta fue cancelada, menos mal porque Dean no cree que Tony sea de fiar con el dinero, ninguno de los dos. En esta sesión, Dean ha dibujado una gran espiral de color amarillo. Dos grandes espirales amarillas. Y una pistola. Es posible que sea una polla pero pretendía que fuera un arma de fuego. Es difícil conseguir esos finos detalles cuando estás trabajando con ceras rechonchas. Se pregunta si estas cosas se analizan, si Rechtman y Somerville van a mirar fijamente esto durante horas y averiguar qué es exactamente lo que anda mal en Dean. Aparte del hecho de que su interpretación de una pistola recuerda perturbadoramente a una polla. E incluso Dean puede hacer el análisis de eso.Lauren está recogiendo las hojas, las admira y hace preguntas, mientras que Chet la sigue y recoge las ceras. Están hablando entre ellos y cuando se acercan lo suficiente, Dean se esfuerza para escuchar lo que dicen.—Creo que estás celoso —dice Lauren.—¿Qué coño quieres decir?El tono de Chet, brutal y brusco, hace que ella deje de hacer lo que está haciendo. Se vuelve para echarle una mirada y le ofrece una sonrisa confusa pero indulgente.—Es más joven que tú, es un psiquiatra altamente recomendado y probablemente gana tres veces más que tú. Tú eres sólo músculo. Y no es que él carezca de eso.—Oh ¡Me tomas el pelo! No te estarás poniendo cachonda también por ese idiota, ¿verdad? Ya tiene a Rechtman jadeando como una perra en celo. Y Dominique estaba tratando de pellizcarle las mejillas, en la sala del personal en el descanso.Lauren hace una pausa para hacer un arrullo sobre el dibujo de un jarrón con flores de Candy (Candy siempre está dibujando flores), mientras Chet desenrosca los dedos de Candy y le retira las ceras. Luego Lauren se encoge de hombros y continúa la conversación. Están sólo a unas pocas mesas de distancia de Dean ahora.—Te tienen que encantar sus hoyuelos, Chet —se echa a reír de la expresión de la cara de Chet—. Vamos, no es en absoluto mi tipo. Demasiado equipado, si sabes a lo que me refiero.Cuando llega su turno, Dean le da su dibujo y empuja las ceras a través de la mesa hacia Chet.—Y aquí está su fan número uno —dice Chet—. La razón por la que somos lo suficientemente afortunados de tener al maravilloso Dr. Harrison con nosotros. Ya sabes, Winchester, que nos mandaron a Harrison sólo para que pudiera ser tu amigo especial. ¿No eres un chico afortunado?Dean levanta la mirada hacia él, llena de vacío desprecio.—Vamos, seguid avanzando —les grita Jim.Chet lanza a Dean una última mirada nada cariñosa antes moverse a la siguiente mesa, pero Lauren se rezaga un poco, tocando las espirales de color amarillo que Dean ha dibujado. Pasa la mirada entre él y su “arte” y ofrece una sonrisa tentativa.—Esto es realmente interesante, Dean —comenta—. ¿Puedes decirme qué has dibujado?—Ojos —dice Dean, porque cree que lo mejor es dejar la polla-barra-pistola fuera de la discusión. Lauren no está metida en ese tipo de cosas.Ella vacila y examina las espirales durante un momento más prolongado.—Son amarillos. ¿Ojos amarillos?—Sí. Las ventanas del alma. Excepto que yo le disparé y su alma se fue entre chispas y el hijo de puta está muerto ahora. Eso fue por nuestra madre.Lauren pone esa mirada que hace que Dean se sienta inquieto y estúpido, como si tuviera una enorme herida abierta en alguna parte y Lauren supiera que no va a lograrlo y Dean estuviera parloteando como un idiota que no se da cuenta que sus tripas están colgando hacia fuera.Lauren asiente con la cabeza y aprieta los labios. Entones sigue adelante realmente deprisa. ::: —He encontrado algo en lo que podrías estar interesado —dice Harrison.Hay un montón de cosas sobre Harrison en las que Dean está interesado. Como si permitiría que Dean lamiera esa monada de hoyuelos que pone cuando sonríe y qué aspecto tendría con la corbata un poco más suelta y la camisa un poco arrugada, o a qué huele su piel justo donde la mandíbula se une con el cuello. Ninguna de ellas son preguntas pertinentes, de modo que Dean trata parecer atento.Harrison aparta el expediente de Dean a un lado del escritorio y saca la carpeta que había debajo. La abre.—En 1937, una mujer de cincuenta y ocho años de edad llamada Amelia Morrow llegó a Red Haven. Esto fue después de que tuviera una crisis nerviosa de algún tipo y matara a su marido y a su hija. Les había sacado los ojos con sus manos desnudas.Harrison espera a ver qué responde Dean a esto. Chet hace un ruido como de aclararse la garganta, lo que Dean sabe que significa que no lo aprueba. Pero Chet no aprueba a Harrison en absoluto. Ha alcanzado nuevos niveles de comportamiento gilipollas cuando se mete con Dean después de las sesiones de Harrison.Cuando Dean no dice nada, Harrison ojea rápidamente a través de algunas páginas y saca una foto. El clip resbala por encima de la mesa y Chet hace otro ruido más fuerte de desaprobación. Harrison le lanza una mirada, pero aparta el clip del alcance de Dean.Pone la fotografía delante de Dean.Si no tuviera los ojos abiertos, Dean podría reconocerla. Sin embargo no sabe cómo se va a sentir el Dr. Harrison si se pone a hacer pintadas en sus fotografías. Vacilante, estira la mano para coger la pluma de Harrison. Harrison se lo permite, pero Chet da un paso hacia la mesa.—No se le permiten plumas, Dr. Harrison —dice, con voz irritable y vejada.Dean supone que Harrison es el que tiene un puto montón de títulos y si le hace feliz que Dean tenga la pluma ¿a quién le importa lo que piense un chusquero(4) como Chet? Pero aparta la mano de todos modos. En su lugar coge una hoja de papel y sonríe a Chet.—Una hoja de papel no es un arma letal, ¿verdad? ¿O te vas a mear en los pantalones si se me permite una de estas?Los labios de Harrison se curvan en esa media sonrisa de nuevo y Dean se figura que, sea lo que sea que Chet decida hincarle y lo duro que decida hacerlo, esa pequeña media sonrisa vale la pena.Cubre la mitad superior de la cara de Amelia, de tal manera que está mirando esa boca triste, flácida y temblorosa como si hubiera sido dibujada por un niño, y asiente. Mira a Harrison y asiente de nuevo.—Es ella. ::: No es Chet. Demasiado alto y delgado para ser Chet. Dean se hace un ovillo, porque si no es Chet entonces es algún otro y hay demasiadas cosas en este hospital que Dean no cree que pueda soportar que lo toquen. Dean esconde la cabeza debajo de la almohada para acallar los susurros de la ventana, que son tan fuertes ahora como una pequeña tormenta en la esquina de la habitación. Si no puedo verte, no me puedes ver, le dice con el pensamiento a la figura. Pero sabe que las cosas no funcionan así. La ventana se lo dice, y también lo hacen los espejos y los reflejos en el cristal. Después de cerrar cuidadosamente la puerta detrás de sí, la figura cruza la habitación hasta a la cama de Dean. Su sombra cae sobre él y Dean aprieta fuertemente los ojos.—¿Dean? ¿Estás despierto?
El Dr. Harrison.
Dean se incorpora y se le queda mirando fijamente. Harrison le sonríe, pero está tenso y sigue mirando hacia la puerta.—No deberías estar aquí —le dice Dean.—Tenía que hablar contigo sin que nos estén escuchando. Ahora, esto es importante, Dean, así que escúchame.—No deberías estar aquí.La expresión de Harrison se vuelve tensa y ansiosa. Se inclina un poco más cerca y Dean capta su olor y empieza a pensar que tal vez esté bien tener a Harrison aquí después de todo. Si Chet aparece, Dean puede decirle que simplemente Harrison está haciéndose cargo de esas profundas necesidades de polla que aparentemente tiene.—Las drogas que te están dando, no te ayudan. No las necesitas. Tienes que dejar de tomarlas.Esas pastillas van a hacer que Dean se ponga mejor, si las deja. Y una vez que Dean esté mejor podrá ir a buscar a su Sammy. Harrison es mono y eso y a Dean le gusta más que casi cualquier otro en el hospital, pero no puede quitarle las pastillas.Harrison ve como se desmorona el rostro de Dean y apoya la mano en su mejilla, se inclina aún más cerca y por un loco momento Dean piensa que va a besarlo. Dean estaría perfectamente conforme si Harrison lo besa. Apuesta a que besa bien, lento y profundo cuando lo necesitas y brusco y mordiendo cuando eso es por lo que te mueres.—Estoy aquí para ayudarte y te lo aseguro: esas drogas no son lo que necesitas. Tienes que cooperar conmigo en esto.Dean siente la repentina compulsión de chupar la lengua de Harrison. Esto es a lo que se refieren cuando dicen que Dean tiene impulsos inapropiados. Se pregunta si sería aún más inapropiado meter sus manos por los pantalones de Harrison y encontrar su polla, hacerle una paja bien y fuerte hasta que se corra en su traje caro. Dean cree que tendría aún mejor aspecto follado sin cuartel.—¿Me estás escuchando? —exige Harrison.—En realidad no. Estoy pensando en cuánto me gustaría estar lamiendo tu leche de mis dedos.Harrison se queda con la boca abierta. Los ojos como platos. Las ventanas del alma, ya sabes y qué le dijo ella a Dean antes, acerca de no dejar que Harrison paseara por ahí con los ojos abiertos. Tiene esa impresionante mirada aturdida y Dean se lame los labios. —Jesús, Dean… ¿sabes siquiera lo que me haces?Estudia a Dean través de la oscuridad y luego toma una decisión. Se abalanza y aplasta su boca contra la de Dean. Se aprieta con fuerza contra él, sujeta la parte posterior de su cuello y le atrae contra él, mientras mete la lengua entre sus labios. Sigue moviéndose hacia adelante hasta que empuja a Dean sobre su espalda y Harrison se cierne sobre él. Es el tipo bueno de miedo, como perderte a ti mismo en algo tan impresionante que sabes que no importa que nunca regreses.Dean se enrolla la corbata de Harrison en la mano y lo arrastra más cerca hasta que el cuerpo de Harrison cubre por completo el suyo. Los besos de Harrison son hambrientos y desesperados y Dean responde a cada beso con una necesidad que no sabía que sentía. El pulgar de Harrison sigue moviéndose sobre el pómulo de Dean en una caricia realmente perturbadora y Dean quiere inclinarse sobre él, porque es muy agradable, pero le gusta la boca de Harrison en la suya.Alguien pasa fuera por el pasillo y Dean se aparta con una sacudida. Harrison hace un sonido pequeño, quejumbroso y trata de perseguir su boca.—No deberías estar aquí —dice Dean. Harrison está todavía tendido sobre él, sin aliento y ruborizado, y eso no hace que sea especialmente fácil para el cerebro de Dean recuperar el pensamiento desde su polla—. Si Chet te encuentra aquí te meterás en problemas. Te obligarán a irte.Las cejas de Harrison se juntan y sacude la cabeza. —¿Por qué podría encontrarnos Chet?—¡Si entra!Harrison se incorpora sobre los codos y mira fijamente a Dean.—¿Por qué entraría?Bueno, esa es una conversación que Dean no desea mantener. Así que empuja el hombro de Harrison de nuevo hasta que recibe el mensaje y se baja de Dean.—Estoy loco, tío. No quieres estar aquí dentro conmigo. Vamos, tienes que irte.Harrison lo atrapa y Dean se retuerce con torpeza, porque no le gusta la fuerza con que le agarra Harrison. Había pensado que Harrison estaba cuadrado, pero no en forma y la fuerza de sus manos hace que Dean se sienta incómodo. La mandíbula de Harrison se ha puesto tensa, un “no juegues conmigo”. ¿Es que no hay nadie en este puñetero hospital que se dé cuenta de que Dean es un hombre muy, muy malo, por el amor de Dios? ¿Cuándo van a dejar de intimidarle todos estos gilipollas y de invadir su espacio?—¿Por qué podría entrar? —frunce el ceño cuando todo lo que hace Dean es poner cara de irritación—. Mira, hablaremos de eso más tarde. Pero ahora, solo trata de dejar de tomar las drogas. ¿Sí? ¿Por mí?Después de que se vaya, la ventana deja de chillar a Dean y puede hacerse una paja en paz. ::: Ahora, corrígelo si se equivoca, pero Dean está bastante seguro de que Harrison no debería tomárselo con tanta calma en su presencia. Harrison y Dean se lo montaron anoche, Harrison rompió un cargamento completo de reglas, se coló en la habitación de Dean, le dijo que no se tomara sus medicinas y se besaron. ¿Eso no merece algún tipo de rubor en sus mejillas cuando ve a Dean?Mierda, antes de que Sammy hiciera que todos los demás salieran de la ecuación, Dean solía ligar con la gente todo el tiempo ¡e incluso él siente un poco de calor bajo el cuello al ver a Harrison!Pero no, Harrison es el mismo de siempre. Tal vez una pizca algo más asustadizo por la forma en que está actuando, pero no hay miradas persistentes o contacto accidental. Dean se siente engañado, lo que lo pone de mal humor. Debería haber causado más impresión que eso.—Bueno —dice Harrison—, la próxima semana vas a ver al Dr. Somerville…—¿Por qué?La expresión del Dr. Harrison vacila, como si reconociera la nota en la voz de Dean que advierte que Dean se va a poner difícil.—Mi plaza aquí está financiada por el gobierno. Es importante que sepan que estas sesiones te están ayudando.—¿Y qué si no lo hacen?Eso borra la sonrisa de la cara de Harrison y de una manera confusa Dean se siente como un capullo. Harrison mira su bloc de notas frente a él, coge su pluma y luego la vuelve a dejar. Levanta la mirada de nuevo hacia Dean y no hace falta ni que diga las palabras porque Dean las oye igual. Lo estoy haciendo lo mejor que puedo.El pobre chico probablemente lo esté haciendo. ¿Qué clase de puto gobierno de mierda envía a alguien tan joven e inocente como el Dr. Michael Harrison a vadear por la cloaca que es la psique de Dean?—Van a dar por terminada la financiación y llamarme de vuelta —dice Harrison.—Nunca me has preguntado por qué —dice Dean—. Nunca me preguntas por mi madre o mis sueños. Solo… solo hablas conmigo de asesinatos y me preguntas qué recuerdo y tú…Recordando la presencia de Jim en la habitación, Dean se deja caer hacia atrás en su silla y se pasa la mano por el pelo. Deja escapar un suspiro y gira los hombros, deseando apartar el dolor.—Así que, dime qué tengo que decir para que sigas aquí.El ligero tirón de una sonrisa en las comisuras de los labios de Harrison es suficiente para que Dean se sienta perdonado.—Bueno, si puedes evitar sugerir que te he dado las respuestas, eso podría ayudar.Dean le sonríe y ahí está: el más leve indicio de rubor.—Seré sutil —le promete Dean. ::: Resulta que Dean es una persona remarcablemente sutil. ¿Quién iba a decirlo? Y después de algo así como un año, los ojos de Dominique no son tan vigilantes. Ella le da a Dean su pequeño vaso de pastillas y mira para asegurarse de que inclina la cabeza hacia atrás y su garganta se mueve, pero no insiste en comprobar el interior de su boca.Dean es un buen chico y sabe que las pastillas le harán sentirse mejor, si las deja. Salvo que el Dr. Harrison dice que no, y por eso Dean no ha vuelto a tragárselas. Se mete las pastillas debajo de la lengua hasta que puede encontrar un lugar donde deshacerse de ellas. La primera vez fue una putada, pero Harrison suele andar mucho alrededor ahora y ha terminado por llevárselas él.Harrison está corriendo un gran riesgo y Dean no está seguro de lo que Harrison gana con ello. Dean tiene un culo excelente, seguro, pero se niega a creer que Harrison no pueda encontrar otro que esté (vale, quizás no tan bueno, pero) lo suficientemente bueno y que no esté actualmente institucionalizado por un período indefinido de tiempo debido a la locuras homicidas variadas.Dos días más tarde Dean se da cuenta de por qué no es una buena idea. Por qué su cordura, en particular, podría realmente querer esas malditas pastillas.En la esquina de la habitación, Chet está hablando con el Dr. Harrison, con esa gran sonrisa en la cara. Tan amistosos. Tan buenos amigos. Harrison no lo está mirando. No está mirando a Dean tampoco, pero está haciendo un buen trabajo en ignorar a Chet por completo.Y en todas las ventanas, los monstruos sin ojos están golpeando las manos contra los cristales. ::: —¿Sabes de dónde vienen las polillas?Harrison levanta la mirada. Su expresión sobresaltada no se alivia por la mirada de leve curiosidad en el rostro de Dean. Niega con la cabeza lentamente.—No, Dean —dice—. No lo sé.Dean no había esperado que lo supiera, así que asiente con la cabeza amablemente.—Está bien. Ni siquiera ella lo sabe.John ha vuelto de nuevo hoy. Está sentado en la silla junto a Harrison, a pesar de que Dean está bastante seguro que no hay una silla allí, y está mirando a Dean. No parece contento. Parece como si se supusiera que Dean tendría que haber dicho algo a estas alturas. Algo especial, algo específico. Dean no sabe lo que es y puede sentir que se está poniendo ansioso, así que empieza a parlotear.—Mira, su mente suele divagar. Suele divagar como uno de los solos de guitarra de Jimi. Arriba, abajo, dando puñeteras vueltas por todos lados. Y se fue a algún lugar que no debería. Es cuando las vio.—¿Las polillas? —aclara Harrison en voz baja, uniforme.Dean asiente y se humedece los labios, evitando mirar a John a la cara. John parece cabreado pero Dean tiene que contarle esto a Harrison. Aquí no está Sammy para ayudarles. Harrison es todo lo que tiene Dean.—Y ellas la vieron. Vieron su luz —Dean hace un gesto vago y Harrison frunce el ceño y entonces sus ojos se estrechan cuando lo capta—. Las ventanas del alma. Y los suyos eran muy brillantes. La siguieron de vuelta. La siguieron todo el camino de vuelta hasta aquí.Dean se queda en silencio, porque la cara de Amelia está en las lentes de las gafas de Harrison. La pequeña boca fruncida y dos puntos de oscuridad en los ojos. Los monstruos están detrás de ella, chocando entre sí a medida que tratan de acercarse.—¿Y qué hizo ella entonces? —apunta Harrison cuando Dean no dice nada durante un rato.—Se escondió. Detrás del cristal. De los reflejos. No pueden verla detrás del cristal.—¿Y ella es la que se lleva a los pacientes y les quita los ojos?John pone los ojos en blanco, como si esto fuera una enorme pérdida de tiempo y Dean se siente agraviado y se pone a ello. Se trata de una cacería, ¿verdad? ¿No es esto lo que está destinado a hacer? Y tal vez John no aprueba a Harrison porque es un psiquiatra, pero es agradable y a Dean le gusta ¡y puede ayudar! ¿Qué otra puta cosa es más importante sino que Dean arregle esto?Harrison inclina la cara y trata de atrapar la mirada de Dean.—¿Dean? ¿Es ella?Dean echa una mirada malhumorada a su padre y luego asiente a Harrison.—Está sola. ¿Qué te parecería andar topando por ahí en los reflejos de Red Haven solo? Ella se los lleva dentro del cristal, les quita los ojos para que ellas no puedan seguir su luz, y los guarda. Son sus amigos. Sólo se lleva a los que no quiere nadie.Harrison asiente con la cabeza, como si comprendiera que eso es perfectamente razonable. Dean siente lástima por la vieja chica si la mejor compañía que puede conseguir son locos criminales. Aun así, ella ha estado mangoneando a Dean, y sus monstruos han estado arrastrando los pies detrás de él, por lo que la simpatía de Dean es limitada.El sonido de Harrison garabateando en su libreta se prolonga durante un tiempo y John se sienta en la silla, con los brazos cruzados sobre el pecho, una sonrisa sardónica en los labios. Tómate tu tiempo, hijo, está diciendo. Cuando estés listo. Dean podría seguir sus órdenes si supiera cuáles son.Entonces Harrison deja su pluma y mira a Dean de nuevo. —¿Entonces por qué ella está todavía aquí, Dean?Dean lo mira y se pregunta si Harrison ha prestado atención en absoluto a lo que Dean ha estado tratando de decirle. Se hace una idea de cómo debe sentirse John cuando alguien aparentemente se las arregla para esquivar el punto, aunque sea de  cincuenta putos pies de ancho.—Porque ellos todavía están aquí. ::: Así que, sin presiones, pero si Dean jode esto entonces estará de vuelta al punto de partida, excepto que con algo menos de esperanza. Así que, claro, no hay presión. Sólo tiene que convencer a Somerville de que Harrison está logrando que Dean sea un sujeto un poco menos peligroso, un poco menos jodido.Harrison había estado terriblemente nervioso última vez que Dean lo había visto. Incapaz de quedarse quieto en su silla, volviendo sobre el mismo tipo de preguntas que Dean había tenido que soportar cuando fue admitido por primera vez. Dean nunca se ha preocupado por la universidad o los estudios, pero piensa que esto es lo que se debe sentir cuando preparas un examen. Excepto que, por lo general, pasar un examen no supone que haya más probabilidades de que te marques un tanto con el sexy psiquiatra asignado a tu caso.El Dr. Somerville está leyendo su expediente cuando Chet hace pasar a Dean. Dean se comporta con Chet, no suelta una queja, ni siquiera intenta sonreír amablemente al Dr. Somerville. Lo cual probablemente es una mala idea, ya que parece que le ha acojonado un poco.—Hola, Dean. Tienes buen aspecto.—Me encuentro bien, gracias.El Dr. Somerville asiente lentamente y vuelve a mirar las notas. No parece convencido y Dean se remueve en su silla. Al instante Somerville se pone de los nervios y Chet está preparado para saltar sobre Dean e inmovilizarlo si las cosas se ponen violentas.Probablemente esto no va a ser la cosa más fácil que Dean haya hecho en su vida. ::: Al día siguiente no hay ninguna sesión con Harrison y el efecto amortiguador de los fármacos sobre el temperamento de Dean está empezando a desaparecer. Todavía está lo suficientemente confuso para no protestar por la mano que Chet mete entre sus piernas cuando lo encierra por la noche.Dean mira fijamente al techo para ver si Mary va a hacer una aparición, pero parece tímida últimamente. Tal vez ha encontrado el techo de otra persona donde arder. Tal vez Dean no fuera un público agradecido. Dean tiene que admitir que había perdido su factor de choque con él hacía algún tiempo.Aun así, de alguna forma lo echa de menos porque sería algo a lo que mirar ahora, ¿verdad?Alguien se detiene en el pasillo frente a su puerta y Dean suspira porque es como si el karma quisiera castigarlo por estar aburrido enviando a Chet para hacer la vida interesante de nuevo.Es Harrison. Y está sonriendo.Que les jodan por no haberse conocido durante más tiempo… Dean está totalmente enamorado de esa sonrisa.—El Dr. Somerville dice que va a aprobar mi estancia aquí durante otros seis meses.Una felicitación sería adecuada y Dean la estaría dando excepto que Harrison ha apoyado una rodilla sobre la cama y está cogiendo en un puño la parte delantera de la camiseta de Dean para atraerlo lo suficientemente cerca como para besarlo. Dean agarra un puñado de cabello rubio y empuja la boca de Harrison contra la suya. Si el último beso fue feroz, éste es francamente brutal. La boca de Harrison es tan ávida contra la de Dean, que está bastante seguro de que va a terminar con un labio partido. No es que vaya a quejarse.Mete la rodilla entre los muslos de Harrison y se frota contra él hasta que Harrison está jadeando contra sus labios. Los pantalones del hospital son tan delgados que Dean se siente como si estuviera desnudo, pero no lo bastante desnudo. Necesita piel contra piel. Eso es lo que necesita y es un peligroso criminal, maldita sea, así que eso es lo que va a tener.Mientras Harrison intenta chupar y morder a lo largo de la línea de la mandíbula de Dean, Dean aprovecha para sacar la camisa de Harrison de sus pantalones y poner sus manos sobre algo de piel. Se las arregla para encontrar el increíble hueso angular de la cadera de Harrison y justo está planeando cómo puede poner sus dientes allí para mordisquearlo sin apartar la boca de Harrison de su mandíbula, cuando Harrison se aparta de un salto.—No, Dean, vamos, no me hagas esto… no podemos…A pesar del tono de súplica en su voz, sus ojos siguen fijos en la boca de Dean y, tomando ventaja desvergonzadamente, Dean se pasa la lengua por los labios. Los ojos de Harrison se ponen vidriosos y comienza a inclinarse de nuevo.—No —dice otra vez, echándose hacia atrás bruscamente—. No podemos hacer esto aquí. Quiero que podamos follar sin tener que mantener un ojo en la puñetera puerta todo el rato —arrastra la lengua a lo largo del pómulo de Dean y la boca de Dean se afloja de deseo—. Mereces toda mi atención. Por tanto. No podemos hacer esto aquí.—¿Entonces dónde? Mis opciones están bastante limitadas, tío. Es aquí o con un par de enfermeros de público.—¿Como Chet?Dean deja de intentar arrastrar a Harrison más cerca y se balancea hacia atrás sobre los talones. Se pasa la mano por la cara.—¿Por qué tienes que meterle en esto? —suena más petulante de lo que le habría gustado.La cama se balancea ligeramente cuando Harrison se levanta y se pone de pie. No mira a Dean mientras vuelve a ponerse bien la camisa y se aparta el pelo de la cara. Pero no se dirige a la puerta y eso es algo, ¿verdad?—Dean, dime qué te ha estado haciendo. Sé que te ha hecho algo. He visto la forma en que estáis juntos. Si te ha hecho daño…—Mira, soy un asesino en serie que habla de demonios y ve a su madre muerta ardiendo en llamas en el techo con bastante regularidad. Si comienzo a señalar con el dedo a un buen y respetable miembro del personal, no voy a verme exactamente desbordado con gente me crea.Harrison se le queda mirando sin decir nada y es difícil, en la oscuridad, distinguir su expresión. Eso pone a Dean de los nervios.—Yo te creo”, dice finalmente.Dean suelta una carcajada, un sonido brusco pero no exento de afecto.—Sí, bueno, tengo algunas dudas sobre tu cordura a estas alturas —cuando Harrison sigue sin hablar, Dean intenta una sonrisa burlona—. Puedo totalmente manejar a Chet. :::

Sam está de lado detrás de él, follándolo perezosamente con los movimientos lentos y profundos que sabe que vuelven loco a Dean. Su mano está en el muslo de Dean, empujándolo más hacia arriba, estirándolo y abriéndolo para su miembro. La respiración de Dean se pega a su garganta. Ni siquiera puede ver correctamente, la habitación del motel bañada por el sol gira ante sus ojos.

Siente un dolor sordo en su vientre. Necesita que Sam golpee sus caderas contra él, necesita a Sam profundamente dentro de él, llenándolo y arreglando todo ese caos en su interior. Necesita ser follado a muerte, follado tan fuerte y rudo que no pueda coger aliento, que no pueda pensar en otra cosa.

Y a veces es justo así como lo hace Sam, echándole un polvo sucio y brusco en un servicio o empujándolo de rodillas a un lado de la carretera para que se la chupe. Pero a veces se pone así. Manos lentas y tacto suave. Tendiendo a Dean y tardando eones simplemente en abrirlo con los dedos y la lengua. Y la energía nerviosa se estrella bajo la piel de Dean, pero Sam es un mandón hijo de puta y se toma su tiempo, así que cuando finalmente logra pasar y deslizarse dentro de Dean, Dean se ha reducido a gemidos desesperados a punto de romperse.

—Calla, amor —susurra contra la concha del oído de Dean—. Te tengo. Te tengo.

Y Dean le ama tanto que piensa que eso va a matarle.

El brazo de Sam se aprieta contra su cintura, tirando de él hacia atrás para que su miembro entre un poco más profundo. Da un golpecito en el pezón de Dean con el pulgar y besa el lado de su garganta. Dean trata de suplicar, pero sólo logra sonidos incoherentes sin aliento.

El sonido grave de la risa de Sam estremece el cuerpo de Dean. Su boca se desliza sobre el hombro de Dean, gira sus caderas hasta que Dean está lleno de él. Pero no se mueve. Parece feliz simplemente sosteniendo a Dean, el pene en su culo y dando besos suaves sobre su piel resbaladiza de sudor.
— “Te tengo, amor. Está bien. Suéltalo. Te tengo.
 
Dean se despierta con lágrimas en las mejillas. Se limpia la cara con la almohada, se da la vuelta y se muerde el labio hasta que la necesidad de gritar desaparece. ::: Tanto John como Mary parecen haber desertado. Harrison todavía sigue aquí, sin embargo, sonriendo y mirando a Dean de una manera que deja bastante claro lo que está pensando. Dean se estira en su silla, inclinándose hacia atrás y abriendo las piernas, mirando cómo se oscurecen los ojos de Harrison.—Vale —dice Harrison después de un momento. Se tira de la corbata y vuelve a mirar sus notas—. ¿Quieres hablar algo más sobre Amelia o estás listo para pasar a algo diferente?—Creo que hemos acabado con Amelia, ¿no es así?Harrison asiente, aun mirando sus notas.—Ah, tal vez estés interesado en saber que murió en el 38, una apoplejía aparentemente. Fue incinerada —Harrison echa una mirada a Dean al decir eso, se calla un momento como si estuviera esperando la respuesta de Dean, entonces asiente—. Vale, así que podemos dejar a Amelia por ahora. ¿De qué quieres hablar?—En serio, colega, no eres muy bueno en esto. ¿No se supone que tú deberías escoger? Se supone que deberías preguntarme acerca de mis sueños o algo así, ¿verdad?Todo complaciente, Harrison se encoge de hombros y levanta su pluma, la punta suspendida sobre el bloc, listo para garabatear un profundo insight sobre Dean que a Dean no le gustará en absoluto.—De acuerdo, ¿qué soñaste esta noche?Bueno, eso simplemente no va a pasar. No vamos a hablar a Harrison de follar con Sammy. No es una conversación que Dean vaya a tener nunca. Simplemente no. No trates de obligarle porque va a tomar medidas muy firmes en contra de esa idea. Niega con la cabeza y se cruza de brazos.—Flojo, tío. Solo porque yo hable de sueños no quiere decir que tengas que preguntarme por ellos. Elige alguna otra cosa.Los labios de Harrison se contraen, pero lo considera un segundo y luego garabatea algo en su bloc de notas. Dean siente una especie de picazón por ver de qué se trata.—Vale. Vale, ¿qué puedes contarme acerca de tu relación con tu padre?—¿Por qué?A pesar del tono beligerante en la voz de Dean, Harrison continúa tranquilo y razonable.—Tu madre murió cuando eras muy joven. Supongo que tu padre fue una influencia importante para ti en tus primeros años. Estoy interesado en escuchar lo que pensabas de él.Por alguna razón, Dean tiene la impresión de que Harrison está jugando con él. Lo estudia durante un largo rato, tratando de distinguir qué hay de broma en todo esto. Pero la cara de Harrison es afable y sus labios están entreabiertos con una expresión de amable interrogación.—Mi padre no aguantó ninguna mierda —dice finalmente—. De nadie.No necesitas ser psiquiatra para analizar eso.        ::: Con el Dr. Harrison, John siempre había estado callado. Por lo general obviamente bastante poco impresionado, pero callado. Dean se había acostumbrado a eso.Dean puede oír a John gritando mientras le llevan por el pasillo y, cortando a través de la letanía de maldiciones de borracho como una diminuta guadaña, está el ruido de la pulsera de dijes de la Dra. Rechtman. Sus piernas se aflojan por debajo de él y Chet agarra su bíceps y le pone de nuevo sobre sus pies.La Dra. Rechtman ofrece a Dean una sonrisa de labios apretados y hace un gesto hacia la silla, como si Chet no estuviera ya dejándolo caer sobre ella. Le dice algo a Dean, pero es difícil saber qué sobre los gritos de John. Ella frunce el ceño cuando Dean se encoge atemorizado lejos de su padre y garabatea una nota. Con un tenso esfuerzo, Dean enfoca su mente en Rechtman y desea que John desaparezca.John no desaparece, pero sus berridos disminuyen hasta convertirse en un distante rumor de desaprobación.—…haciendo buenos progresos. ¿No crees que es así?Dean sacude la cabeza y se encoge de hombros.—Lo siento, ¿qué?Rechtman hace una pausa. Su expresión está en blanco y hay un trozo de espinaca entre sus dientes. Escribe algo más abajo y la pulsera cascabelea furiosamente como campanas de alerta en miniatura.—El Dr. Harrison dice que estás haciendo grandes progresos. ¿Piensas que es así?—Sí. Sí, me encuentro… me encuentro mejor.Ella no le cree. Dean no esperaba que lo hiciera, en realidad no. Ella ve a través de él mejor que casi todos los demás, lo ve tan claramente como Harrison podría si no supiera a qué sabe la boca de Dean bajo la suya. Pero Dean tenía que intentarlo. Ha dejado sus medicinas por Harrison, no puede permitir que le quiten a Harrison ahora.—¿Recuerdas una de nuestras primeras conversaciones? —dice ella.El hospital Red Haven es como estática en la memoria de Dean. Hay imágenes, destellos de algo antes. Pero entonces ahí está Red Haven y está completamente formado y Dean está aquí y siempre lo ha estado.Sacude la cabeza y espera a su siguiente movimiento.—Te pregunté por tu hermano.El estómago de Dean se anuda tan fuerte y tan tenso que es un dolor físico. Se siente sin aliento. Como si quisiera enroscarse hacia dentro de sí mismo. Lo único a lo que puede agarrarse es al borde de la mesa y observarla.—Respondiste de una forma muy hostil a mis preguntas la última vez. Si te encuentras mejor, ¿podemos hablar de él ahora?Es difícil respirar. Sus huesos se le están clavando, el pecho demasiado apretado para que sus pulmones sean capaces de llenarse correctamente. Los gritos de John  alcanzan un nivel máximo y Dean cierra los ojos contra ellos. Grita demasiado alto, demasiado. Comienza a alzarse, para levantarse de la silla y escapar, pero Chet está allí, las manos pesadas sobre sus hombros, manteniéndolo en el sitio.—Desde que estás con nosotros, tu hermano ha estado relacionado con varios asesinatos. Asesinatos muy similares a los que cometiste tú mismo. ¿Cómo te sientes acerca de eso?
…sammysammysammysammysammy…
John esperaba más de Dean, de su chico. Dean tenía un trabajo que hacer y no hay tiempo para debilidades ni incertidumbres. Dean tenía que cuidar de su hermano. ¿Qué creía que estaba haciendo aquí? No es así como John le ha educado.No hay suficiente aire en la habitación. Dean se siente mareado, siente su cabeza hinchada y caliente. Se va a desmayar. Lo sabe. Los bordes de su visión se están volviendo borrosos. Dean lucha contra ello, pero todo lo demás no acaba de cerrar la puta boca y quedarse quieto el tiempo suficiente para que él pueda poner su mierda en orden.—¿Estás orgulloso? ¿Decepcionado? ¿Te ha defraudado?Cuando la sala desaparece por debajo de Dean, lo último que ve son las sombras arrastrándose por las paredes. ::: Todo parece demasiado alto. Dean nunca ha sido una flor delicada, pero se ve incapaz de acomodarse en la sala de recreo. La televisión le está berreando y la gente charla y farfulla excesivamente alto. Incluso los arañazos de las patas de las sillas en el suelo lo ponen de los nervios.Se acurruca en su silla y siente algo serpenteando tensarse dentro de él.Harrison se agacha a su lado y trata de atrapar su mirada.—¿Dean? —dice.Dean mira a otro lado. Después de un momento, Harrison se levanta de nuevo y lo deja en paz. Dean es lejanamente consciente de que Harrison se aleja a través del penetrante y áspero ruido de la sala de recreo. Dean se hunde dentro de sí mismo y trata de buscar la cara de Sammy entre toda la basura de su cabeza pero no lo consigue. Sammy es sólo una idea, sólo un concepto.La voz de Lauren es suave como un susurro mientras se inclina hacia Harrison pero se desliza hacia Dean de todos modos.
Ataque de pánico. Pregunté por su hermano.
Dean gira la cara hacia la ventana y mira fijamente a las cosas sin ojos detrás del cristal. ::: Mary es un ardiente cometa brillante en el techo. Hay sangre en la ceniza. Dean la siente gotear sobre su rostro, húmeda y cálida. La ve recubriendo los hombros de Chet como una manta vieja.Se siente como si no tuviera huesos cuando Chet lo arrastra y se abalanza sobre él, chupa los dedos, luego la polla, lo acepta todo con una obediencia muda. Cuando Chet pone su boca sobre la de Dean, Dean cierra los ojos y finge que es Harrison. Finge que es un eco de Sammy.Su piel se seca, pegajosa y viscosa, cuando Chet la limpia por encima con su bata blanca y se inclina sobre él para desabrochar las correas de las muñecas de Dean. Su llave está en la cerradura de la puerta cuando mira hacia atrás.—Tú y Sammy estabais realmente unidos, ¿verdad?Algo se rompe. Dean piensa que podría ser un espejo en alguna parte, pero puede estar equivocado. ::: El desayuno huele bien. Hay tostadas y cereales, y el café no está tan caliente como a Dean le gustaría pero es amargo y negro. Mataría por algo de beicon en este momento. O una hamburguesa. O tarta.Chet va a buscarle a la mesa y Dean se queda mirando a la comida, las manos curvadas alrededor de la parte posterior de la silla.—Vamos, princesa, no tenemos todo el día.La mirada de Dean se fija súbitamente en él y, de repente, de alguna manera, el puño de Dean está golpeando la mandíbula de Chet. Una y otra vez hasta que siente los nudillos como si estuvieran ardiendo y hay un rugido húmedo, sangriento, atravesando toda la habitación. Hay más ruido y alguien (Harrison) gritando: Dean no no Dios no, y entonces Jim y los otros arrancan las piernas de Dean de debajo de él, lo empujan contra el suelo y Dean está mirando pies descalzos y suaves zapatos blancos mientras recupera el aliento.Hay manos por todo su cuerpo, una rodilla en su espalda y los brazos estirados a los lados.—Oh Dios mío, ¿está…?—¡Sedadlo!—¡Jesús!  El cabrón me ha roto la mandíbula. ¡Maldito hijo de puta! ¡Oh Jesús, mi mandíbula!”El café huele bien. ::: No hay ventanas, no hay espejos. No hay cristales.Paredes blancas acolchadas.Cuerpo hecho de trapos húmedos, demasiado pesado para moverlo. 
—Cuando esto acabe voy a pegarte una paliza —Sam saca el termómetro de la boca de Dean y lo mira. Cara de mala leche—. Correcto. Así que tienes fiebre. Espero que pienses que valía la pena cavar para sacar el Impala.

—La nieve es mala para los coches.

Sam se estira en la cama junto a Dean, la espalda apoyada contra la pared y la cara inclinada hacia él.

—No ha hecho exactamente maravillas contigo tampoco.

Dean sorbe estrepitosamente y la cara de Sam se ablanda. Acaricia la frente húmeda de Dean y trata a continuación de no ser demasiado obvio, limpiándose la mano en los vaqueros. Dean se arrastra lo bastante cerca para tocarle con la nariz y luego se la limpia en el muslo de Sam.

La risa de Sam es distante y cálida.

—Dios, ¿podrías ser más basto?

Su mano sobre la cabeza de Dean es estable y familiar, le ayuda a dormirse.

::: Las personas van y vienen, pisoteando a través del círculo desenfocado del suelo donde están fijos los ojos de Dean. Dentro y fuera, hablando con él algunas veces y Dean responde, pero las palabras se pierden en gemidos mal articulados.Poco a poco, se hace más fácil no seguir esfumandose. Pasa largos períodos de tiempo consciente de su mejilla pegada al suelo, más consciente de las líneas regulares del acolchado blanco en las paredes. Llega a comprender que no es sólo su cuerpo que se rebela quien está haciendo que sea difícil moverse, sino que tiene puesta una camisa de fuerza.La inconsciencia de las drogas se disipa en un sueño normal, aunque no hay forma de que Dean pueda mantener la noción del tiempo. Después de volver a dar respuestas lúcidas cuando las enfermeras vienen a ver cómo está, el Dr. Somerville viene a verlo. Baja la mirada hacia él y Dean se la devuelve mirando hacia arriba fijamente hasta el final.—Bienvenido de vuelta —dice Somerville—. ¿Cómo te encuentras?—Genial. ¿Puedo irme a casa ya?Somerville ladea la cabeza hacia un lado y hace un ruido pensativo.—Estamos bastante preocupados por ti, Dean. Lo estabas haciendo muy bien, pero eso fue un gran paso hacia atrás. Creemos que tal vez lo que el Dr. Harrison estaba intentando no ha funcionado tan bien como pensábamos. Así que hemos estado pensando qué podemos intentar ahora.Dean se humedece los labios y trata de levantar la cabeza.—¿Como qué?La sonrisa de Somerville no es del todo tranquilizadora.—Lo que sea para que te pongas mejor. Sabes que todos estamos solamente tratando de ayudarte. ::: Probablemente es de noche. Por la noche es cuando el hospital está más tranquilo, cuando solo hay un ocasional arrastrar de pasos cuando las enfermeras hacen la ronda y los distantes arañazos de Amelia y sus monstruos debajo del cristal. Dean no está durmiendo. Está disfrutando de la sensación de su cuerpo que vuelve a estar bajo su control. Flexión, contracción, flexión, contracción. Habilidades importantes.La llave gira en la puerta y al instante Dean se pone en guardia porque ni siquiera había oído a nadie acercarse. La sombra de Harrison se recorta a través del brillo escaso, eléctrico, de las luces de noche. Se apresura a acercarse a Dean y sus dedos largos y ágiles se ponen manos a la obra con las hebillas a su espalda, cosquilleando como arañas.—Eh —dice Dean—. ¿Vamos a alguna parte?—¡Shh, calla! Sí, vamos a alguna parte. Te voy a sacar de aquí. Nos vamos.Eso parece emocionante y a Dean le gusta Harrison, así que no se resiste. Además es agradable salir de la camisa de fuerza. Deja que Harrison le incorpore sobre sus pies, Harrison, que está manteniendo un ojo cauteloso en la puerta, y rueda los hombros experimentalmente. Su cuerpo todavía funciona, es inestable y va a tener que tener cuidado, pero su cuerpo todavía funciona. Eso va a ser útil si van a ir a alguna parte.Harrison le echa un rápido repaso, moviendo las manos expertamente sobre él como si buscara lesiones. Parece satisfecho con lo que encuentra, ya que vuelve a la puerta y comprueba ambos lados antes de llamar con señas a Dean.Algún viejo instinto toma el control del cuerpo de Dean. Sus músculos reaccionan, igual que cuando está en el gimnasio. Conoce esto. Y siente sus manos vacías cuando agarra la manga de Harrison antes de que pueda salir de la habitación.—Dime que tienes un arma de algún tipo.Harrison vacila y Dean cree que el momento para decidir si confías en un asesino en serie psicópata probablemente sea antes de sacarle de su camisa de fuerza y la habitación acolchada. Entonces Harrison extrae un pequeño bisturí de su manga y lo da la vuelta, ofreciéndoselo a Dean por el mango.—Es lo mejor que pude hacer pasar por seguridad —dice ante la ceja levantada de Dean.—Tío, ¿qué haces pasando cuchillos de contrabando por seguridad?Los labios de Harrison se curvan en una sonrisa, tan brillante y llena de vida que Dean quiere besarlo allí mismo.—¿Te haces idea de lo peligrosas que son algunas de las personas que tienen encerradas aquí?El corredor está vacío, inundado por la pálida luz azul de la noche. Por debajo de los pies descalzos de Dean el suelo está frío y hace que su piel hormiguee, demasiado sensible. El escalpelo hace que se sienta algo menos vulnerable. Y lo mismo ocurre con Harrison. Harrison se mantiene unos pocos pasos por delante de Dean, ligero de pies, pero manteniendo un paso regular. Lleva aún su traje, ancho de hombros y bien cortado, y Dean siente una punzada momentánea por arruinar la carrera del chico. Esto es el tipo de cosa con la que no puedes dar marcha atrás.En la primera puerta hay indicios de que Harrison ya ha pasado por allí. El enfermero del puesto está desplomado sobre su escritorio, roncando de manera irregular, hay una jeringa vacía desechada en el suelo. Harrison da una patada a la jeringa apartándola de la vista y vuelve a cerrar la puerta tan pronto como Dean pasa por ella.Se deslizan contra la pared al sonido de las pisadas, manteniéndose pegados a ella y escuchando hasta que la enfermera pasa de largo. A medida que los pasos se alejan, Dean lanza una mirada hacia Harrison.—Dime que tienes un plan… uno que no sea la puerta principal.Un músculo se contrae en la garganta de Harrison y Dean logra reprimir un suspiro de desesperanza. Una cosa es arriesgar la carrera de Harrison, y otra completamente distinta si tienes de escasas a cero posibilidades de que merezca la pena. Sin embargo, eso es en lo que los Winchester son buenos, ¿verdad? Atrapar a la diosa Fortuna desprevenida. No hay una dama en el mundo que se pueda resistir a Dean, después de todo.Se arrastran a través del silencio y Dean hace caso omiso de los reflejos de Amelia y sus amigos, corriendo por las ventanas junto a ellos. Son como niños en un patio de recreo, agitando los brazos y abriendo sus bocas con aclamaciones que nunca llegan a través del cristal.El corredor hace un giro brusco frente a ellos, Dean y Harrison están casi allí cuando los de seguridad dan la vuelta a la esquina. Harrison se detiene con un patinazo y retrocede un paso.—¡Oh, mierda!Dean cree que eso no lo resume del todo, porque no sólo hay una carga completa de auxiliares con sus crueles putas porras, sino también policías. Policías. Con armas de fuego. Somerville está allí y también Jim pero… Policías. Y… ¿qué coño?… ¿Ese tipo es un agente del FBI? FBI y policías. Todo esto hace que Dean se sienta nostálgico, y asustado.Hay una avalancha de órdenes a ladridos, todas ellas dirigidas a Dean en sus pantalones y camiseta de hospital con su cuchilla pequeñita.—¡Quieto donde estás! ¡Manos arriba! ¡Manos arriba! ¡No te muevas!Harrison está empezando a poner las manos en alto cuando Dean decide hacerse cargo de la situación. No es justo que agites la libertad frente a él y luego se la arrebates. Si enseñas el maldito caramelo, es mejor que estés preparado para entregarlo.Antes de que Harrison pueda entregarse, Dean envuelve su brazo alrededor de su cuello, arrastrando un poco hacia abajo al alto hijo de puta, porque nadie toma a un secuestrador en serio cuando tiene que ponerse de puntillas para llegar a su rehén. La cuchilla del bisturí parpadea con malicia a la luz, descansando encima de la yugular de Harrison. Harrison está tenso y pegado a lo largo de la línea del cuerpo de Dean. Cuando respira, la cuchilla se balancea contra su piel.—¡Atrás! —grita Dean—. ¡Atrás ya!Avanza un poco, Harrison lo tiene más difícil con sus largas piernas y postura encorvada para moverse con él y mantener un ojo en la hoja en todo momento.Los policías no se mueven.—¡Atrás de una puta vez o le abro la garganta! ¡Se la rajo de oreja a oreja!El agente del FBI ladea la cabeza y levanta una ceja.—Vas de farol, Dean. Todos lo sabemos. No vas a hacerle daño.¿Cuándo diablos ha dejado Dean de ser una amenaza? ¿Le ha ido Chet contando a la gente su teoría sobre Dean y las pollas? Dean es un hombre malo malo, joder. Tiene un cuchillo en la garganta de su psiquiatra y quiere salir. No importa que el agente tenga razón y Dean no tenga intención de lastimar al pobre tipo. La cosa es que Dean es un loco asesino en serie impredecible y nadie lo está escuchando.—¿En serio? —exige—. ¿Estás seguro de eso?El agente levanta su arma significativamente.—Deja de joder, Dean. No estás engañando a nadie. No vas a hacerle daño.—¡Él no me reconoce! —Harrison brama al agente, su voz profunda y atronadora—. Las drogas, el trauma… él… ¡Él no me conoce!El pánico vibra a través de Harrison y Dean lo mira con curiosidad, ya que no sabe qué hacer con eso, no sabe qué se ha perdido. Y en el segundo en que la atención de Dean se rompe, hay un destello del cañón del arma cuando se da la orden. ::: En retrospectiva, saltar hacia una ventana irrompible podría haber parecido realmente zumbado. Rebotar y caer en el suelo no habría hecho mucho por su reputación. Y Harrison probablemente nunca le habría vuelto a dirigir la palabra. Y eso es por lo que Dean no había pensado mucho en ello y simplemente lo había hecho.Todavía está tambaleándose ante la sensación del cristal volviéndose fluido y frío cuando él y Harrison se deslizaron a través de él. Y se está preguntando donde ha ido la policía y el FBI, por qué solo está él tirado en el suelo del hospital, con Harrison despatarrado, como un gorila, encima de él.Se pone en pie y estudia los alrededores. Es el mismo corredor. Incluso si… Dean parpadea y se frota los ojos. Está sesgado de alguna manera. Si se queda mirando durante demasiado tiempo, todo empieza a moverse. Cambia. Lo mejor es mantener la mirada en movimiento. Que es cuando ve los reflejos en la ventana.Harrison gime y se pone de pie, sigue la dirección de la mirada de Dean y gime aún más fuerte.—Oh tío, no puedo creerlo. Estamos a través del espejo. Impresionante.Los policías y el FBI se arremolinan frente al cristal, confusos, la gente está gritando, pero sus voces han desaparecido. Sus reflejos están deformados pero inconfundibles. Y por  todas partes, las sombras se deslizan a través de Red Haven.Harrison suspira y mira a su alrededor. Torpemente, Dean extiende la mano y enjuga la diminuta gota, de color rojo oscuro de sangre que hay en la garganta de Harrison. Harrison le mira al instante y Dean siente la necesidad de mirar a cualquier otro sitio.—Así que, no te reconozco —dice—. Supongo que debe ser bastante insultante.Harrison hace un pequeño ruido entrecortado, aun explorando su entorno. De alguna manera, ha apoyado su espalda contra la de Dean. Eso es seguro y tranquilizador.—No tienes ni idea —le echa a Dean una rápida sonrisa pero el afecto que hay en ella no oculta completamente el dolor—. No te preocupes por eso. Has estado totalmente ido por las drogas durante casi un año. Vamos a concentrarnos en salir y luego vamos a…—¿Presentarnos y saludarnos? —ofrece Dean.Harrison echa una carcajada y asiente, se detiene a recoger el escalpelo que Dean ha dejado caer.—Algo por el estilo. Bien, supongo que aquí es donde se fue Amelia. Debe haber sido una psíquica de la leche para hacer esto.Se inclina más cerca de la ventana, con los ojos entrecerrados. Las sombras cubren todas las cosas, gruesas y alargadas, como oscuras gotas de melaza. Rápidas. Frenéticas. Mira de nuevo a Dean.—¿Esas son las polillas? No me extraña que no quiera salir.Llega un rumor desde algún lugar más abajo en el pasillo. Suena como algo rasposo, como si algo tuviera que navegar a través de montones de basura. Pero el pasillo está limpio. Dean y Harrison se acercan uno a otro y lentamente, dando tumbos de un lado del pasillo al otro, rebotando ciegamente en las paredes, llega uno de los monstruos sin ojos.Harrison contiene el aliento pero la mano que sujeta el escalpelo no vacila.Eso se acerca más y Dean le echa un buen vistazo. Es todavía reconocible como humano, pero su piel está gris y floja, arrugada como papel mojado. Los agujeros en la cabeza son desiguales y rojos, las líneas de arañazos irradian hacia fuera como un estallido, y el estómago de Dean da un vuelco con desaprobación. Los ruidos que se deslizan de su boca, suaves y farfullantes, le hacen preguntarse si Amelia solo cogió los ojos.Pasa rozando justo a su lado y Dean se tensa para romperle el cuello si trata de tocar a cualquiera de ellos, pero sigue su marcha y, finalmente, desaparece por el pasillo.Harrison exhala y mira a Dean.—Bueno, estoy seguro de que son una compañía brillante —dice y Dean ahoga una risa en su puño.—Vamos, encontremos a Am…—Los jóvenes, tan irreflexivos días —comenta una voz femenina jadeante—. Vagando por ahí con los ojos abiertos. Iluminando el lugar como si fuera el 4 de julio. Sin pensar, sin consideración.Cada vez que la había visto, Dean había pensado que Amelia había perdido sus propios ojos. Pero ahora que puede verla apropiadamente, no como una imagen distorsionada en el espejo, se da cuenta que sus ojos solo están cerrados. No es una mujer vieja y hay una cierta cualidad infantil en ella. Sus pies están descalzos y el largo cabello gris que se derrama sobre su cara está perfectamente arreglado.Ella se tambalea más cerca, y aunque vacila sobre sus pies, no da la sensación de que no sea por completo consciente de lo que la rodea.—Oh no, —dice ella, tocando la cara de Harrison—. Tú no puedes quedarte. No, tú solo… oh, tendríamos el doble de problemas juntos. ¡Vamos a eclipsar el sol juntos! —se echa a reír, un sonido agudo y extrañamente falso. Luego se vuelve a Dean y el corte de su boca se reconfigura en una sonrisa—. Sin embargo me quedaré contigo. Pobre pequeño. Abandonado para que te pudras. Lo has aguantado todo con tanto valor. Un niño tan valiente.Sus dedos dejan de ser suaves como la mantequilla cuando se deslizan sobre el hueco de los ojos de Dean para convertirse en curvadas garras. Dean siente correr un cálido hilo de sangre por un lado de su cara y sólo puede emitir un sorprendido sonido de protesta.—¡No! —dice Harrison—. "¡No, no puedes! Tú… tú solo te llevas a los que nadie quiere… a los que nadie viene a buscar. ¡Yo he venido! Y tardé demasiado tiempo, lo sé. Sabía que llegaba demasiado tarde. Pero no lo entiendes, ¡ni siquiera pude acercarme durante una eternidad! Tuve que falsificar registros, ¡crear una identidad y falsificar los registros que iban con ella! Y… y eso cuesta, ¡cuesta más dinero del que nunca hemos tenido! Pero lo hice. He venido a por él. No puedes quedarte con él ahora.Ambos, Amelia y Dean, miran la afligida cara de Harrison con una leve confusión. Harrison respira con dificultad, los ojos de cachorro muy abiertos. Un reguero de sangre corre de manera constante por la mejilla de Dean. Desde el punto donde el dedo de Amelia descansa como una aguja al lado del ojo.—Soy Sam —dice Harrison—. Sammy. Sé que no me reconoces, pero todavía estás… te han llenado de tantas drogas que ni siquiera me conoces. Pero irá mejor. Las drogas desaparecerán y te pondrás mejor y empezarás a acordarte de mí. Sé que lo harás.No es que Dean no le crea, pero tampoco lo hace. Es solo que necesita pensar en ello y ese tipo de pensamiento resulta difícil cuando los dedos de Amelia forman una cuchara detrás de tus ojos. Así que levanta la mano y agarra la mano de Amelia con la suya, la aparta. Las yemas de sus dedos están oscuras de sangre y Dean no quiere saber qué tipo de desastre ha dejado en su cara.—Me voy con él —dice—. Gracias por la invitación de todos modos.Ella se inclina hacia él y Dean puede sentir la mohosa humedad de su aliento sobre su piel. Es raro estar siendo tan descaradamente estudiado por alguien cuyos ojos están cerrados. Por debajo de los pliegues como de papel de sus párpados, hay movimiento, como en el sueño REM. Ella deja escapar otro suspiro y deja caer su mano.—No se permiten ojos aquí. Tienes que irte. Coge tus ojos y vete.Dean da un paso para alejarse lo más posible de ella, pero Sam no se mueve. Hace un movimiento con la cabeza hacia la ventana.—¿Qué son? —dice—. Las polillas ¿de dónde vienen?—¿Alguna vez has mirado una imagen y te has dado cuenta de que te está mirando? —Sam y Dean la miran fijamente y su tono se vuelve más impaciente—. Mi mente se perdió una vez cuando estaba soñando, y se dirigió hacia ellas… y ellas me vieron mirando. Me persiguieron cuando eché a correr. Me han seguido desde entonces.—Sí —dice Sam, perfectamente razonable e imperturbable, como si estuvieran hablando de una puñetera película o algo así—. Pero ¿de dónde vienen? ¿Por qué te estás escondiendo de ellas?Probablemente sea Sammy. Dean no cree que sepa de cualquier otra persona capaz de hacer flipar a una psíquica muerta escondida en un bizarro mundo-en-el-espejo de su propia creación. Sólo Sammy podría ser así de raro.La cara de Amelia está totalmente arrugada con confusión.—Quieren mi luz —dice—. Quieren…—¿Cómo lo sabes? —insiste Sam. Toma una inspiración, se rastrilla los dedos por el pelo y el gesto (algo que Dean ha visto hacer a Harrison cientos de veces) de repente adquiere nueva familiaridad—. Todo lo que estoy diciendo es que no sabes de dónde vienen esas cosas, no sabes lo que quieren. Sólo corriste a esconderte. Y no te puedes esconder para siempre.—¿Por qué no?Y solo Sammy puede hacer que viejas mujeres asmáticas se vuelvan petulantes e irritables.—Porque —dice—, este lugar no va a estar aquí para siempre. Con el tiempo será derribado, todo lo es, y no quedará ningún espejo. No quedarán cristales. Y entonces tendrás que hacerlas frente.Si no fuera una mujer loca loca que ha estado asesinando a otras personas locas locas y arrancándoles los ojos, Amelia sería digna de un poco de lástima en este instante. Ella aspira en un suspiro tembloroso y niega con la cabeza. Y sí, debe ser un poco Sammy porque el muy bastardo extiende la mano y agarra por los hombros a Amelia, hablando con ella como si fuera una persona corriente.—Sabes que no puedes quedarte aquí para siempre. Puedes salir con Dean y conmigo, vamos a acompañarte, y luego puedes correr. Y van a seguirte, pero creo que sólo quieren volver a casa. Y si no lo hacen, si quieren hacerte daño, puedes quemarlas. Eso es lo que ocurre con las polillas que se acercan demasiado a la llama, Amelia. O puedes correr más rápido que ellas, eres lo suficientemente rápida para eso.Dean tiene que apartar la mirada de Amelia en ese momento porque el pasillo alrededor de ella está empezando a resbalar. Sus ojos lagrimean y mira en su lugar a las polillas en el reflejo. Se pregunta la forma en que las habría visto Amelia en su propio terreno. Casi quiere preguntarlo, porque sabe que son más que manchas de oscuridad, pero Sam ya la tiene bastante confundida.Pero aun así, toca el hombro de Sam y echa a Amelia una amable sonrisa que en realidad no debería ser capaz de ver con los ojos cerrados, pero a la que ella corresponde de todos modos.—Necesito hablar un momento con… uh, él.Arrastra a Sam a otro lado, aunque probablemente sea una pérdida de tiempo porque, si la vieja chica puede ver sin ojos, probablemente tiene un aterrador buen oído también, y levanta una ceja.—¿Estás seguro de esto? Tal vez solo están perdidas, tal vez quieran hacer amigos, ¿estén más asustadas de ti que tú de ellas? Ya sabes, en realidad podrían estar interesadas en comerse su cerebro, o su alma, o lo que sea.Sam mira de soslayo a Amelia. Está encorvando la espalda de nuevo. Harrison realmente nunca se encorvaba. Curioso que Harrison fuera más honesto acerca de ser un bigfoot de lo que lo es Sam.—Mira, puede que no sea tan psíquico como ella, pero ya has oído lo que ha dicho. Yo todavía… —hace una mueca y se ruboriza, como si esperara que Dean se burlara de él por lo que va a decir a continuación, pero decidido a decirlo de todos modos—. Todavía tengo un montón de luz. Y he estado cerca de Red Haven durante meses y… las polillas no me han tocado. Ni siquiera he tenido algo parecido a un mal sueño. Es a ella a quien quieren, de una manera u otra.Esa declaración no debería sonar tan desagradable como lo hace, incluso si Dean está dispuesto a aceptar que es verdad. Su malestar se muestra claramente en su rostro porque Sam intenta una sonrisa y añade:—Ni siquiera pueden comprender lo que es un reflejo, han sido retenidas por el cristal durante setenta años Tal vez son malévolas… pero definitivamente no son listas.Dean asiente lentamente y la sonrisa de Sam se ensancha un poco, como si la aprobación de Dean le diera automáticamente la razón. Dean ruega a Dios por que sea así.—Ya sabes, creo que podría tener razón —le dice a Amelia—. Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero algún día vas a tener que salir de aquí. ¿No prefieras que sea cuando yo y uh… él, estamos aquí contigo? Vamos a salir contigo.—Pero… pero… —su labio inferior tiembla como si fuera a caer en cualquier momento—. Aquí estoy a salvo.—No, solo estás escondida —dice Sam—. Hay una gran diferencia.Ella echa un vistazo al pasillo que cambia lentamente y está a punto, Dean sabe que lo está. No sabe si Sam tiene derecho a presionarla, pero está bastante seguro de que Sam va a salirse con la suya en este caso. Amelia levanta la mano y arrastra un dedo a través de la masa pegajosa a un lado de la cara de Dean.—¿Y qué pasa con mis amigos?—Sólo siguen aquí por ti —dice Sam—. Nada les retiene. Me he asegurado de eso. Tú los estás manteniendo aquí. —sonríe, todo dulzura y grandes ojos oscuros—. Vamos, Amelia, déjanos sacarte de aquí. Es mejor fuera. ::: No hay luz al final del túnel, pero hay una salpicadura de algo que no es tan oscuro. Se hace más claro cuanto más lo mira Dean, cuanto más cerca caminan hacia ello. Podría hacerse una bonita metáfora al respecto, pero Dean no está para toda esa mierda poética. Deja ese tipo de cosas para Sam, que actualmente tiene las manos llenas con Amelia. No hay tiempo para hacer metáforas cuando tienes que acompañar a una vieja loca fuera del local.Ella camina entre los dos, cada uno de ellos sosteniendo una de sus manos. Es una cosa pequeña en comparación con cualquiera de ellos, pero su paso es firme, más firme de lo que cabría esperar de alguien que debería, con todo derecho, estar muerta y enterrada. Dean odia cuando las cosas no ocurren conforme al jodido orden natural y siguen muertas como deberían. Siempre complica la maldita situación.—Es solo un poco más allá —murmura Sam—. Casi estamos.Su voz es suave y rica y Dean no está seguro de si está tratando de calmar Amelia o a él, pero funciona.El vertedero de cuerpos es un sitio jodidamente horripilante. No es el lugar más espeluznante en el que Dean haya estado, pero es húmedo y oscuro, y huele a una áspera esterilidad. Hay una camilla abandonada a mitad de camino y hay algo debajo de la sábana, pero Dean no sabe si realmente está allí o si es sólo la basura de la mente de Amelia.Al final de la rampa la luz se ha convertido en una piscina de gris. Dean casi cree que puede ver las sombras de las ramas que se mueven en el viento. Hay árboles fuera. Recuerda el olor de las hojas, casi le duele la necesidad de saborearlo.Y entonces comienza el traqueteo. Algo alejado al principio, persiguiéndolos por la rampa. Pero se hace más próximo, un traqueteo metálico hueco. Las sombras saltan sobre ellos de las paredes, extrañas formas alargadas que no tienen ninguna relación con nada en el mundo real.—Vale —dice Sam, y Dean puede oír la afilada nota de ansiedad en su voz—. Creo que pueden haberlo notado.Dean toma a Amelia en sus brazos y es delgada e insustancial como el papel. Hay lágrimas en su rostro y aprieta los labios en una línea blanca. Empieza a correr, Sam a su lado, mirando hacia atrás por encima del hombro. El ruido chirría subiendo de volumen sobre ellos y Dean lo bloquea. Se concentra en el ritmo constante de su corazón mientras corre. Esto es lo que eres. Esto es lo que haces. Y este es tu hermano junto a ti. No un psiquiatra. No Michael Harrison. Este es tu Sammy.La luz crece delante de ellos, pero no es tan hambrienta como las sombras que manchan las paredes a su alrededor. A este ritmo, las polillas estarán sobre ellos antes de que Dean llegue a ver los árboles de nuevo. Lo que es un poco triste.—¡Para! ¡Para! —grita Sam. Tira de los brazos de Dean hasta que tiene a Amelia otra vez de pie y acurrucada contra él—. Abre los ojos —la dice—. ¡Vamos, abre los ojos! ¡Míralas! ¡Deja de correr y míralas!—¡No! ¡No! ¡Me verán! ¡No puedo!Amelia gime mientras Sam casi la sacude por los hombros. Dean se da la vuelta para poder ver aproximarse a las polillas. Tienen pequeñas gotas de fuego por ojos. Inestables y ciegas incluso con esas llamas oscilantes por ojos.Todo es oscuridad, pero Dean no puede dejar de mirar.
—¡Abre los ojos! ¡Maldita sea, Amelia, abre los ojos y míralas! ¡Tienes que abrir los ojos! ¡No puedes seguir adelante, no puedes huir de ellas, no puedes enviarlas a casa si no abres tus malditos ojos!
Para Dean eso no tiene ningún sentido, pero él no es como Amelia y Sam. Su alma brilla pero sólo en de una forma corriente, brilla como la hoja de un cuchillo o el cristal a la luz del sol. No con chispazos como un petardo de la forma en que lo hace la de ellos. No devora la oscuridad con su propia luz.Entonces todo se vuelve demasiado brillante para Dean. Brillante y en movimiento y un torrente de sombras se vierte en la luz. Es tan brillante que es como si el vertedero de cuerpos no pudiera contenerlo todo, como si fuera a explotar con una ceguera atómica. Tiene que cerrar los ojos. Tiene que hacerlo. Pero eso está bien porque no es como Amelia y Sam.Cierra los ojos, apretando fuerte, y espera a que Sammy le diga que es seguro salir ahora.Atiende a cómo su pecho asciende y desciende al respirar, al latido de su corazón. Tal vez puede sentir una brisa en la cara, la misma brisa que movía los árboles.—¿Dean? —la mano de Sam está en su hombro—. Eh, ¿estás bien?” La mano se posa sobre su cara.Lentamente Dean abre los ojos. Todo es diferente y todo es lo mismo. Amelia se ha ido y también las polillas. La luz al final del túnel es cálida y acogedora. El vertedero de cuerpos está deteriorado, pero no es más siniestro que cualquier otro pasaje subterráneo en el que Dean haya estado.Sam le sonríe, un ligero suspiro de alivio escapa de sus labios. Dean se frota los ojos, parpadea para borrar el efecto residual de toda esa luz.—¿La han cogido?—No lo creo. O… —Sam se calla y mira a su alrededor—. Se fueron juntas. No se… solo se fueron juntas. Ella y ellas.No es una clara victoria. Pero tampoco es una clara derrota y Sam todavía le está mirando, todavía tiene las manos sobre su cara. Dean piensa que tal vez sea el momento de que ellos se vayan también. Y así es como se siente una clara victoria. ::: Al parecer, Sam no confía en que Dean tenga clara la cabeza (tío, no, te has pasado  colgado la mayor parte de un año), y no quiere dejarle conducir. Dean hace una protesta simbólica pero en secreto as siente demasiado feliz simplemente de fundirse en el Impala, de sentir el roce áspero del cuero en su piel, el golpeteo rítmico de la carretera bajo sus pies embarrados.Sam en realidad había sugerido llevar a Dean a través del bosque de vuelta a donde había escondido el Impala. En realidad había sugerido llevarlo a cuestas. Pies descalzos o no, Dean Winchester no necesita a nadie que cargue con él y menos su hermano pequeño.
Su hermano pequeño que ha venido a buscarlo.
Conducen durante horas, rápido, constante, Red Haven un punto cada vez menor en el horizonte hasta que desaparece completamente. Dean duerme y se pierde la madrugada. Es de buena mañana cuando Sam le mete prisa a través del estacionamiento y dentro de una habitación de motel. Hay pequeñas piedras en el estacionamiento que muerden los pies de Dean y siente su cuerpo pesado y dolorido pero lo consigue. Llega hasta la cama.Se deja caer boca abajo, presiona la cara contra la almohada de poliéster barato. La cama huele a cuerpos, a personas que vinieron antes. Se balancea cuando Sam se sienta detrás de él. Acaricia la nuca de Dean, girando suavemente los dedos sobre la parte superior de su columna vertebral.—Son los medicamentos. Vas a sentirte bastante raro por un tiempo. Tienes un montón de los que sobreponerte. Voy a estar aquí, sin embargo. Te ayudaré a pasar por ello —duda, los dedos se introducen en el cabello de Dean y tiran ligeramente—. La próxima vez que te diga que algo es arriesgado, estúpido, peligroso, ¿me vas a escuchar? Apuesto a que no. No sé cómo te metes en estas situaciones… encerrado bajo llave y tan enloquecido que ni siquiera me reconociste. Si te hubiera dejado allí te habrías vuelto loco. Sólo… sólo escúchame la próxima vez, ¿vale?"Dean se da la vuelta para mirarlo y se encuentra con una sonrisa. Sam sonríe mucho cuando está mirando a Dean. Es agradable. Un poco de chicas. Pero agradable. Trata de mantenerse despierto mientras Sam le limpia la sangre de la cara y venda las heridas pero sus párpados se cierran. Sam trata de conseguir que Dean se dé una ducha, pero se da por vencido cuando las piernas de Dean se niegan a cooperar.Dormir es bueno, maldita sea.Cuando vuelve a estar consciente Sam lleva pantalones vaqueros y una sudadera con capucha, el pelo rubio mojado de la ducha y peinado retirado de su cara. Su traje de Harrison es un montón arrugado en la otra cama y las gafas de niño friki están apoyadas, con las patillas cruzadas cuidadosamente, sobre el televisor. Los trajes son para mentir, fingir. Los trajes son un disfraz. Dean se siente menos gruñón por no haber reconocido a Sam. Lo habría reconocido antes si Sam hubiera usado sus vaqueros desaliñados y una sudadera con capucha.—Tu astuto disfraz —comenta lentamente—, eran gafas y teñirte el pelo de rubio. Me siento un poco avergonzado de ti en este momento. ¿No podías siquiera haberte dejado bigote?—Te ha engañado, ¿verdad? —se queda en silencio, ambos reconociendo todo lo que está mal en ello—. Supongo que ninguno de ellos pensó que estaría lo bastante loco como para entrar directamente en el edificio —deja escapar un suspiro—. Había intentado otras cosas para sacarte. Esto… Entrar a por ti era mi último recurso. Resulta que era más fácil conseguir entrar que sacarte a ti. Iba a hacer un intento para sacarte a final de mes, hay un par de lagunas en el procedimiento de evacuación de incendios que podría haber usado.Sam se sienta en el extremo de la cama, encima de sus largas piernas. Parece cansado y Dean se pregunta cuándo fue la última vez que durmió, la última vez que comió. Se pregunta quién ha cuidado de él, mientras Dean estaba babeando y contestando preguntas tontas sobre por qué es un hideputa tan desagradable.—Pero después… después de que atacaras a Chet, Somerville comenzó a hacer preguntas sobre mí. Estaba tratando de deshacerse de mí, supongo —Sam se muerde el labio, mira a Dean, con risa debajo de sus palabras—. Supongo que consiguió lo que quería. Divertido, cuando piensas que sólo estaba tratando de probar que era un psiquiatra inútil. Dio en el blanco con eso.Es agradable sólo mirar a Sam, buscar trozos de piel que recuerda, redescubrir la línea de la mandíbula de Sam. Cuando Dean no dice nada durante un rato, Sam se ruboriza y aparta la mirada. Se aclara la garganta. Vuelve el rostro hacia las ventanas, donde la luz se filtra a través de los huecos donde las baratas cortinas rojas no se juntan.—Descansa un poco. Deberíamos movernos pronto.—Tenemos tiempo —dice Dean, y se sienta. Su cabeza da vueltas y siente una extraña ingravidez en el cuerpo. Como si no estuviera correctamente anclado al suelo, como si la gravedad no le estuviera prestando suficiente atención. Se pondrá mejor. Es mejor resurgir de lo que cree que fue hundirse.Sam deja escapar un suspiro tembloroso, la oscura punta de la lengua asomando brevemente sobre los labios y dejando el inferior reluciente. Instintivamente se inclina hacia adelante mientras se mueve para reunirse con Dean justo cuando los labios de Dean se abren para apretarse contra los suyos, Sam apoya una mano en su cara, el pulgar deslizándose justo debajo de la mandíbula y los dedos extendidos y fuertes sobre su mejilla.—Di mi nombre —dice, su voz casi ronca de deseo. 
Dean mira hacia arriba y más allá de la rejilla de alambre, más allá de las enfermeras a donde el Dr. Somerville está haciendo el tour con el chico nuevo. El chico nuevo lo mira y sonríe, apoyando los dedos en los orificios de la malla entre ellos.

—La hora de las pastillas, cariño —dice Dominique.

Dean toma el pequeño vaso, inclina la cabeza hacia atrás y se las traga. Cuando mira hacia atrás, el chico nuevo está entregando las llaves al encargado del motel y atravesando el aparcamiento donde Dean está esperando en el Impala.

—Muy bien —dice Sam—. Podemos conseguirlo antes de que caiga la noche, lo que nos da tiempo para encontrar su nido. ¿Y por qué me miras de esa manera?

—Porque te has olvidado de la parte más importante del día: el desayuno. No me voy sin él.

Sam se ríe y le da una ligera palmada en el pecho.

—¡Bien, bien! Todo debe doblegarse ante el estómago de Dean Winchester.

La cara de Harrison se funde con la de Sam, o tal vez la de Sam rompe la superficie de la de Harrison. En cualquier caso, Dean está mirando a una cara que conoce mejor que cualquier otra en el mundo. Conocía esa cara antes de conocerse él mismo. Y tal vez no son las drogas las que hacen que se sienta sin peso y libre.—Sammy.   END     N.T.:(1) “the day that Dean shows his true colours”  se traduce como “el día que Dean de la cara”, pero he mantenido una traducción más literal para no perder el sentido del párrafo.(2) “Blues are good, like jazz and depression” juego de palabra con “blues”, que se puede traducir como azules pero también como blues (música) y como tristeza.(3) “Batshit crazy," literalmente loco mierda de murciélago. La expresión viene a cuento de los campanarios de las iglesias abandonadas. Los murciélagos detestan el ruido y no anidan más que en campanarios abandonados. Decir que una persona tiene “murciélagos en el campanario” (bats in the belfry) es como decir que no tiene nada donde debiera haber un cerebro. Una persona batshit crazy está además tan pirada que tiene el “campanario” lleno de mierda de murciélago (me encanta esta expresión, no he podido dejarlo correr)(4) “a grunt like Chet”, en términos militares un grunt es algo así como un soldado de infantería, un “basic rifleman”, un soldado de a pie, es decir, un chusquero.

----- CHAPTER BREAK -----

TIMESTAMPS
  
I. Antes de que comience Moths on the Mirror
 La primera vez que Sam ve a Dean en Red Haven, han pasado nueve meses. Sam ha tenido el día completo con la introducción del Dr. Somerville, basura interminable y trivial sobre salidas de emergencia y simulacros de incendio y Sam ha atendido a todo porque todavía está buscando ese pequeño detalle que podría usar para sacar a Dean de aquí. Y ha estado tan absorto en escuchar y ser Harrison y hacer todo lo que se supone que tiene que hacer como Harrison que cuando dobla una esquina y ve a Dean, se le escapa el aire de los pulmones.Su hermano está justo al final del pasillo con un enfermero que lo está escoltando Dios sabe adónde. Sam siente que empieza a temblar de nervios y de anticipación. No sabe si Dean será capaz de afrontar el súbito shock de verle, si lo delatará por accidente. Y ni siquiera sabe si él se va a delatar a sí mismo porque se trata de Dean. Su hermano.Quizá sea demasiado cuando se acerque y vea realmente a Dean. Lo vea bien. Tal vez la desesperación se apodere él y agarre a Dean y no lo suelte y termine en una celda al lado de la de su hermano. Su respiración se vuelve rápida y superficial y tiene que luchar para avanzar a zancadas, porque no puede esperar el minuto o así que falta para alcanzar a Dean.Trata de distraerse concentrándose en el enfermero que acompaña a Dean. Es muy corpulento y Sam recuerda su sonrisa engreída cuando les presentaron. Sam también recuerda que no le cayó muy bien. Pero no puede ponerle nombre. En realidad no importa. No está aquí para hacer amigos.Está aquí por Dean, que ahora está lo suficientemente cerca para que Sam pueda ver su cara, ver el débil ceño que junta sus cejas mientras observa cómo sus pies descalzos se mueven por el suelo. Su hermano no se mueve como solía. Hay demasiado arrastrar de pies en la forma en que camina. Tampoco se mantiene erguido. Dean solía llamar la atención incluso cuando intentaba no hacerlo, simplemente porque esperaba que la gente lo mirara como siempre lo ha hecho. Solía comportarse como alguien acostumbrado a atraer miradas. Pero esa autoconciencia ha desaparecido por completo. Dean no está aquí.De da cuenta de ello justo cuando llega el momento en que se encuentran uno frente al otro. Nueve meses perdidos y Sam ha hecho lo imposible para entrar en Red Haven.—Buenas noches —dice Sam al enfermero, su voz falsamente cordial.El enfermero lo toma como la tonta táctica conversacional que es y le devuelve una sonrisa superficial, pero Sam está atento a la respuesta de Dean. Esperando. La mirada de Dean se desliza a lo largo de Sam y Sam traga saliva mientras los ojos verde-dorados se fijan en él.Y luego su corazón se muere.No hay nada. Dean lo está mirando directamente y no hay nada en sus ojos. Sigue sin haber nada cuando el enfermero agarra el brazo de Dean y le dice:—Vamos, cariño, no nos entretengamos. Es hora de llevarte a la cama.Dean se marcha con él, sin siquiera mirar atrás.  
II. Sam intenta ayudar a Dean a superar los efectos de su estancia en Red Haven
 Pasan dos días antes de que Sam se atreva a dar medicación alguna a su hermano. Sabe que Dean la necesita. No se puede dejar que alguien pase un año consumiendo un cóctel de drogas y luego retirárselo sin ningún período de gracia. Sam ha leído los libros, ha investigado. Ha sacado a Dean de Red Haven, pero el trabajo no termina ahí. Dean está dañado en formas que Sam apenas está empezando a entender y antes de que pueda arreglar cualquiera de esos problemas, tiene que conseguir que Dean deje sus medicamentos de forma segura y adecuada.Pero eso no significa que le guste meter más drogas por la garganta de Dean.Cuenta las pastillas en la palma de la mano y vuelve a mirar las notas que tomó para comprobar que la dosis es correcta. Le preocupa un poco que Henrickson sea capaz de rastrearlos sólo por el rastro de farmacias que Sam va a tener que asaltar. No se puede evitar. Ya se ocupará de ese problema cuando llegue el momento.Dean está dormido otra vez. Duerme un montón. Egoístamente, Sam lo prefiere así. Duele demasiado ver la mirada perdida de Dean, mirarle a los ojos y saber que su mente trabaja febrilmente en algo que Sam ni siquiera puede empezar a descifrar.Sentado en el borde de la cama junto a Dean, Sam se da un breve capricho dejando que las yemas de sus dedos se deslicen sobre el plano del pecho de Dean. Luego le coge el hombro y lo sacude suavemente. Sonríe cuando las pestañas de Dean se agitan y emite un ruido suave y contrariado.—Eh, —dice. Le tiende las pastillas—. Tienes que tomártelas. Te…Se interrumpe porque Dean ya ha cogido las pastillas de la palma de su mano y se las ha metido en la boca. Sam parpadea cuando Dean lo mira expectante. Los ojos de Dean aún están turbios de sueño y Sam espera que no esté viendo a Harrison en su lugar. Harrison se ha ido y no va a volver. Sam puede hacer esto sin él.—Se supone que tienes que tener preparado un vaso pequeño de agua, —dice Dean—. Me gusta tomar mis medicinas con agua. A veces se me atascan en la garganta si no bebo agua.Sam respira hondo.—¿No quieres saber para qué son las pastillas que te acabo de dar? —pregunta, intentando sonar razonable.Dean sigue mirándolo y Sam suspira, se levanta de la cama y le trae un vaso de agua. Se lo tiende a Dean y espera. Dean bebe un pequeño sorbo, casi educado, del vaso y se lo devuelve. El ya familiar impulso de volver a Red Haven y destrozar algunas cosas le invade a toda velocidad.Cuando Dean empieza a tumbarse en la cama, Sam le agarra del hombro.—Basta, —sisea. Dean abre los ojos confundido y Sam deja caer su mano. Se pasa los dedos por el pelo, apartándose los mechones de la cara—. No tienes que tomar pastillas sólo porque yo te las doy. Puedes ser un idiota testarudo. Puedes negarte. Puedes tirarlas al otro lado de la habitación.Dean se queda mirándolo un momento y luego abre lentamente la boca y levanta la lengua para mostrarle a Sam las pastillas que tiene ahí debajo. Las escupe y se las ofrece a Sam.Es de locos cómo Dean, siendo tan obediente, hace que Sam se vuelva tan jodidamente fuera de sí. Mira las pastillas, que brillan húmedas en la palma de la mano de Dean, y luego mira a Dean, con una ceja arqueada.—Dijiste que no me estaban ayudando, —dice Dean—. Dijiste que tenía que dejar de tomarlas.El deseo de destrozar todo en Red Haven se convierte en la ensoñación en toda regla de quemar todo el edificio hasta los cimientos.  
III. Una breve reseña desde el punto de vista de Dean.
 Bueno, no es que Dean se lo vaya a decir, pero Sam se ha convertido en una especie de dios para él durante estas últimas semanas. Le sonroja y le revuelve el estómago pensarlo, pero es verdad. El mundo es un desierto gris y plano, como una estática interminable y silenciosa, y entonces Sam le toca y literalmente saltan chispas, como cohetes plateados y dorados. Todo el maldito mundo cobra vida con el simple roce de los dedos de Sam en su nuca.Y sí, los caminos del dios Sam son misteriosos, porque Dean no tiene ni puta idea de dónde está su hermano, ni de lo que está haciendo, pero le espera, sintiéndose como una maldita flor que se esfuerza por alcanzar la luz del sol. Joder, se está comparando con una flor. Esto es en lo que le convertido necesitar a Sam tanto que es como un dolor físico constante.En el fondo, a Dean le preocupa que tal vez deja de existir cuando Sam no lo toca. Como si se desvaneciera en la nada y Sam tuviera que buscar en el espacio donde solía estar para traerlo de vuelta. Y la plenitud de sentir la polla de Sam dentro de él, tan lleno que no puede moverse, que ni siquiera puede respirar, eso también le convence de que aún existe.Sabe que probablemente parezca una puta, haciendo ruidos quejumbrosos jodidamente ridículos, y espera que Dios Sam no se avergüence o se sienta humillado por su culpa, pero se siente totalmente indefenso cuando se trata de Sam. Se abre de par en par y se envuelve en Sam, le da todo lo que tiene porque Sam lo mantendrá real, da al mundo forma y sustancia, da a Dean una razón de ser.La ducha murmura sobre su piel y las yemas de los dedos de Sam se deslizan a través del agua, marcando moratones en su carne que Dean desearía poder ver. Y a veces es la lengua de Sam, e incluso pensar en ello, por no hablar de la sensación deslizante y caliente, hace que la polla de Dean se engrose entre sus piernas.Quiere besar a Sam, pero Sam decide cuándo quiere besos y cuándo quiere más, y eso está bien, maldita sea, está muy bien. Dean quiere lo que Sam quiera, siempre que eso implique el cuerpo de Sam pegado al suyo. Puede sentir las puntas afiladas de los huesos de la cadera de Sam, los músculos fibrosos del brazo con el que Sam le rodea el vientre.Cada maldita cosa que puede sentir significa mucho más porque es todo lo que le queda.Los dedos de Sam amasan su vientre y eso le provoca un estremecimiento frenético. Y sabe que ese estremecimiento no va a parar hasta que Sam se lo folle contra la pared.No puede guiarse por las expresiones de Sam ni por su forma de decir las cosas, no puede juzgar así la situación, pero hay una avidez en la forma en que Sam le toca que le hace pensar que tal vez Sam esté perdiendo el control igual que él. Está mal esperar que Sam esté tan atrapado como Dean, pero Dean lo espera igualmente. Si pudiera ver u oír, lo interpretaría como es debido, haría todo lo posible para asegurarse de ser exactamente lo que Sam quiere que sea.O tal vez, tal vez sea mejor que Dean se vea obligado a jugar a esto honestamente. Se trata de Sammy después de todo.  
IV. Sam y Chet discuten asuntos pendientes
 La fuga ocurre mientras Chet sigue de baja. Se siente reivindicado. Siempre supo que Harrison era demasiado maravilloso para ser real. Nadie más se dio cuenta, pero Chet sí. Tipos como ese, son los peores. Al menos Chet es un bastardo honesto. Tiene sus defectos, como cualquiera. Pero no pretende ser mejor que el los demás.—Era su hermano, —dice Lauren cuando le llama—. Su hermano. Estuvo allí todo el tiempo. Es tan… espeluznante. No me extraña que Dean tuviera problemas.—Cabrón retorcido, —dice Chet, y Lauren hace una pausa, tal vez porque no está segura de a qué Winchester se refiere Chet.—El FBI probablemente querrá hablar contigo, —añade Lauren—. Han estado aquí hablando con todo el mundo. Pero no creo que tengan ni idea de adónde han ido.A Chet le gustaría decir que no le importa adónde han ido, pero le pone nervioso pensar que Dean y su hermano están ahí fuera, en alguna parte. Es una amenaza que no necesita ser dicha o siquiera insinuada. Simplemente está ahí. El loco Dean y su habilidoso y aún más loco hermano.A medida que pasan las semanas, Chet se relaja un poco. Vuelve a Red Haven, a su trabajo. Habla con el FBI un par de veces pero no les aporta nada que no sepan ya: Dean es un chiflado y su hermano es peor. Intenta estar atento a las noticias, por si aparece la cara de Dean. Incluso llega a echarle un poco de menos, o mejor dicho, echa de menos su atontada obediencia y sus labios de chupapollas.Las semanas se convierten en meses y los Winchester pasan a formar parte de la historia de Red Haven. Hay un nuevo huésped en Red Haven, un joven de pómulos afilados y piernas que se alargan hasta la semana que viene, que casualmente tiene la manía de prender fuego a las cosas. Chet lo observa en la sala de recreo y piensa en domarlo, un animal más al que hay que meter en cintura.Con el fin de semana libre, vuelve a la ciudad, a su pizzería de comida para llevar y a su cutre apartamento. Entra, deja las llaves a un lado mientras hojea el correo basura de la semana. Cierra la puerta de una patada y tira las cartas a la basura.—Hola, —dice Sam, apoyándose en la puerta de la cocina—. Siento haber tardado tanto en ponerme en contacto contigo. Pero Dean ha estado bastante mal y no podía dejarle solo mucho tiempo.Para ser un cabrón tan grande, Winchester es rápido. Más rápido que Chet. Se interpone entre Chet y la puerta antes de que Chet se dé cuenta de lo que está pasando. Chet está a punto de lanzarle un puñetazo, pero siente un arañazo agudo en la nuca y, de repente, su cuerpo empieza a pesar más. Sus rodillas se tambalean bajo su cuerpo como si el suelo se hubiera convertido en agua.—¿Qué has…?—Sólo un relajante muscular suave, —dice Sam y su voz es tranquilizadora. Tranquilizadora. Excepto que Chet se está hundiendo en el suelo y sabe que eso no puede ser bueno. De ninguna manera es bueno—. No te preocupes, no vas a perder el conocimiento. Estarás despierto para lo que va a pasar.Chet se da de bruces contra el suelo y balbucea palabras que no se concretan. Se da cuenta de que Sam se mueve detrás de él, que le agarra por los tobillos y lo arrastra hasta el espacio principal de su apartamento. Sam le mete un pie por debajo, en el estómago, y le da una patada para que caiga de espaldas. Chet se queda sin aliento y sólo puede permanecer tumbado, mirando a Sam.En ese segundo, se da cuenta de lo falso que era Harrison. Un chico dulce, remilgado y un poco cobarde. Ese era Harrison. Eso es lo que pretendía Sam aparentar.Los labios de Sam están apretados y tensos. Está tan quieto cuando mira a Chet… El tipo ni siquiera hace un mínimo movimiento. Eso no es natural. No es humano.—Así que, dice Sam—. Mírate. Indefenso, asustado… sin saber muy bien qué voy a hacerte. ¿Te recuerda a alguien? ¿A mi hermano, tal vez?Chet parpadea, aletargado y lento. Su cuerpo parece haberse hundido, sólo el corazón le salta en el pecho. Intenta arrancar un grito de su garganta: hay una pareja viviendo al lado, puede oír el parloteo amortiguado de su televisor. Le oirían. Al menos podrían llamar a la policía. Si Chet pudiera sacar este grito. Logra emitir un gemido sordo cuando Sam saca un cuchillo corto y grueso. Sam se lo enseña y se inclina para observar su expresión.El sudor se acumula en las axilas de Chet. Cuando Sam se agacha y tira del dobladillo de su camiseta, Chet siente que se le suelta la vejiga y un chorro de pis resbalar por su muslo. Sam ni siquiera parece darse cuenta. Está absorto con el cuchillo.—Tú le violaste. ¿Los demás? Sólo eran estúpidos. Pensaron que tenían que arreglarle. Tú… —Sam da un golpecito con la punta de la hoja la carne curvada del vientre de Chet. Su frío atraviesa el calor brumoso—. Tú le usaste como si fuera tuyo. Sam suelta un suspiro tembloroso y sacude la cabeza como si intentara despejarla—. Le hiciste daño. Nadie le hace daño. Nadie.La hoja se balancea de un lado a otro y entonces Sam hace un giro de muñeca y Chet siente cómo entra. Sisea, con los ojos en blanco, pero es más por el susto que por el dolor. No le duele. Sólo siente un zumbido sordo cuando la hoja se desliza a través de su piel. No puede mover la cabeza para ver la profundidad del corte, pero siente resbalar la sangre.—Iba a matarte, —dice Sam, con los ojos fijos en el cuchillo—. Quería hacerlo. No te haces idea. Cada vez que él… Dios, quería matarte.Su mirada se clava en Chet.—No voy a matarte, aunque puede que mueras.Se pone en pie y coge una toalla de la cocina que pasa por encima de la hoja hasta que se oscurece de sangre. Luego la dobla cuidadosamente hacia dentro y la agita en dirección a Chet.—Esto es por Dean. Supongo que le ayudará a dormir mejor por la noche.La sangre sigue goteando por los costados de Chet. Puede sentir cómo se acumula a su alrededor, una lenta y constante hemorragia. Todavía puede oír la televisión en la habitación de al lado, están en casa. Pero ni siquiera puede golpear el suelo con los talones, las piernas no le responden.—Quizá se te pase el efecto del relajante muscular antes de que te desangres, —dice Sam. Se encoge de hombros y sonríe, la sonrisa de Harrison, todo hoyuelos y dientes brillantes—. Puede que no. Me encantaría esperar contigo, pero tengo que volver con mi hermano.Sam saluda con la mano al marcharse. Cierra la puerta con un clic y Chet oye sus pasos en la escalera. La televisión no para de sonar en el piso de al lado y la sangre sigue corriendo.

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