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(Antes de nada, para aquellos que les guste escuchar música mientras leen, recomiendo "After you" de Meg Myers)
Eran las dos de la madrugada, las luces estaban apagadas, las ventanas abiertas de par en par y las sábanas se hallaban ahora revueltas. Arthur estaba sentado en el borde de la cama, escuchando como en trance la lluvia torrencial que se hacía con las calles y los bosques de los alrededores. Entre sus manos había una fotografía, pero no la estaba mirando a pesar de tener los ojos sobre esta, pues Arthur estaba ausente, lo había estado desde hacía ya un tiempo. Aún no se había acostumbrado a aquel pequeño escondite en Gibraltar, tan lejos de su tierra... Cerró los ojos por un momento, pensativo, o mejor dicho, melancólico, sí.La vida no había sido fácil. Quería olvidar, volver a empezar de nuevo. Ahora tenía la oportunidad perfecta, pero era difícil acostumbrarse a la calma después de haber vivido tantas tormentas, tantas guerras. Sonrió para sí. Por primera vez podía vivir una vida tranquila y pacífica en un pequeño rinconcito perdido entre las montañas y al mismo tiempo cercano a la playa. Disponía de un apartamento más que cómodo, un trabajo fácil que además le hacía sentir bien consigo mismo y, lo mejor de todo, nuevas compañías.A duras penas se levantó, dejando primero la foto en la mesita de al lado de la cama. Aún a oscuras, cogió del cajón del escritorio un mechero, volvió sobre sus pasos para sostener de nuevo la foto, y entonces, no sin dudas, la quemó. Las pequeñas llamas iluminaron cálidamente su rostro y la fría estancia. Sabía que tenía que haber hecho aquello desde hacía mucho, pero mejor tarde que nunca, ¿verdad? Algo en su interior deseó que a la par que aquella fotografía sus recuerdos se consumieran sin dejar rastro. Dejó caer al suelo enmoquetado las cenizas y el mechero acabó de nuevo en el cajón, definitivamente ya no quedaba nada que lo atase a su oscuro pasado.Con un suspiro y posteriormente un bostezo, regresó a la cama para acurrucarse junto con Antonio, quién, en una curiosa pose, seguía sumido en un profundo sueño.Al estirarse junto al moreno no pudo evitar sonreír. Arthur no sabía como Antonio lograba dormir tan bien a pesar de las extrañas y visiblemente incómodas posturas que adoptaba. Nunca lo había oído quejarse de ningún tipo de dolor físico ni nada por el estilo, y él, que procuraba dormir en la posición más correcta posible (como buen inglés que era) siempre acababa con dolores de cuello o de cervicales, siempre. "Maldito español", susurró, dejando un pequeño beso en la mejilla de su estimado.Lo observó lo que él creyó que tan solo fueron unos segundos, con un brillo en los ojos que solo aparecía al mirar al otro. Para cuando quiso darse cuenta, la lluvia había cesado y el sol amenazaba con expulsar a la luna del cielo. Tan absorbido estaba en las facciones de Antonio que solo se dio cuenta del paso del tiempo cuando un rayo de sol acarició su mejilla, proporcionándole cierto calor, a parte de aquel que mirar a Antonio le había estado procurando. Sí, esa especie de calor que no es calor del todo, si no, calidez. Una calidez que solo Antonio le hacía sentir.
Como movido por un resorte, abrió los ojos y se incorporó, su respiración estaba agitada, ojos abiertos como platos. La lluvia torrencial parecía nunca querer descansar y por las ventanas se colaba un frío que calaba hasta los huesos. Arthur logró calmarse y volver a estirarse en la cama, relajó su cuerpo y volvió a cerrar los ojos. Tanteó el espacio restante de la cama, ese que no ocupaba su cuerpo, ese que no ocupaba otro cuerpo. Él no estaba.Un largo suspiro escapó de entre sus labios mientras sus ojos seguían cerrados.Aún era noche cerrada cuando decidió levantarse a hacerse un café de la máquina, pero desde… desde entonces sus horarios habían desaparecido por completo, así que le daba igual despertarse a una hora u otra. Con un suspiro cansado, volvió al colchón.Sus amigos se preocupaban por él, intentaban acompañarle en el luto, pero Arthur no admitía llamadas ni visitas, ni siquiera a Francis, quien fue muy cercano de, bueno, de "él".Después de haberse tomado su tiempo para indagar en los recuerdos con los que su memoria tantas veces le tentaba, sorbió un par de veces el líquido caliente que contenía el vaso de entre sus manos y con una mezcla entre ira, tristeza e impotencia se levantó con violencia de la cama, cogió la botella de whisky, ahora vacía, y la estampó contra la pared. Gritó, gritó y gritó, expulsando todo el aire que sus pulmones le permitían, vocalizando un nombre que para él ya solo significaba dolor.Acabó arrodillado en el suelo, lágrimas corriendo por sus mejillas y esquirlas de la botella clavándose en sus piernas.-Maldito español. ¡Maldito español! -se llevó dos nudillos de la mano derecha a la boca, apretándolos entre sus dientes y cerrando los ojos en respuesta al dolor tanto físico como emocional- Si nunca hubiese dejado mi país por ti, si nunca te hubieses cruzado en mi camino, si nunca nos hubiesen reclutado a ninguno de los dos, si nunca hubiese tenido piedad, ¡si nunca hubieras nacido!Abrió los ojos y dejó caer ambas manos sobre sus muslos, rozando con las muñecas el tejido de los calzoncillos, que era lo único que llevaba puesto… desde hacía Dios sabe cuánto. Su mirada estaba ahora fija en algún punto de la oscura habitación.-Si nunca hubieras nacido no estaría así, no te hubiese conocido y por ende jamás me habría enamorado de mi enemigo, jamás habría traicionado a mi patria y jamás me hubiese tenido que sentir así. Así que, maldito español, todo es culpa tuya, como de costumbre. Si nunca... -tuvo que pausar un momento, tomar aire y parpadear un par de veces antes de proseguir, sus dedos se aferraron al borde de la tela de la ropa interior como si su vida misma dependiera de ello. Con los ojos vidriosos continuó su monólogo- Si nunca nos hubiésemos visto aquella primera vez en alta mar ciertamente nunca hubiese sentido lo que tu me hacías, no, lo que tu me haces sentir. Todas aquellas batallas entre nosotros y nuestra tripulación para después escabullirnos y encontrarnos en secreto en las estancias del otro, aquellas palabras que nos susurrábamos en el lecho mientras nos acariciábamos, todas las tonterías que poblaban tu mente y que escupías por esa vulgar boca tuya -lágrimas amenazaban con escapar de sus ojos mientras una tímida sonrisa asomaba de entre sus labios-, todo el conocimiento que gratamente compartías conmigo, el enemigo. Si no hubieses nacido me habría perdido tantas cosas en realidad: no hubiese aprendido a apreciar el buen vino español, ni el jamón serrano, ni vuestras estúpidas fiestas o costumbres… no habría sabido lo que es el amor, ni lo que se siente al perderlo -Arthur tose en su mejor intento para contener el llanto-. ¡Joder! ¡Jamás me habría enamorado de tus ojos verdes, ni de tu sonrisa de niño bueno, ni de ese rostro tan afable, ni de tus putos ronquidos que me despertaban cada dos por tres! ¡Cojones, si te despertabas incluso a ti mismo! Y no te creas que no te veía cuando te hurgabas la nariz, guarro, juro que creía que cualquier día te sacabas el puto cerebro, ni cuando te metías la mano en los calzoncillos y te rascabas los huevos y ni siquiera tenías la decencia de lavarte las manos, maldito español, ¡cavernícola sin principios ni educación!Finalmente, tras haber dicho aquellas últimas palabras, estalló. Parecía un niño pequeño al caerse en el parque, llamando a su madre entre gritos y gimoteos, pero en este caso él era un hombre adulto que llamaba a su esposo. El molesto líquido en sus ojos apenas le permitía ver, pero sabía lo que hacía cuando se dirigió al armario para sacar cualquier prenda de ropa de Antonio. Se acomodó en la cama y hecho un ovillo se abrazó a sí mismo, sosteniendo entre sus brazos una camiseta del español. Dado a que el olfato era el único sentido que le permitía sentirse más cerca de Antonio. Inclinó la cabeza para capturar toda la esencia de su pareja. Esnifar aquel olor le llevaba a tiempos muy distintos, le hacía revivir todas aquellas aventuras que había vivido con aquel imbécil que siempre vestía vergonzosamente mal. Aún se preguntaba cómo podía ser que aquel hombre no sintiera ningún tipo de vergüenza al llevar semejantes harapos, y que, aún así, cómo podía ser que él mismo se hubiera enamorado de dicho cavernícola desvergonzado.
