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—112, ¿en qué puedo ayudarle?—¡Hay fuego, fuego por todas partes!Kibo se ajusta uno de los cascos, sentándose correctamente y apoyando la cabeza por completo sobre una de sus manos tatuadas. En apenas unos segundos tiene abierto el documento para apuntar la información que necesita, pero ya está contactando con el centro de bomberos.—Necesito que se calme, por favor, señor. —Adopta su tono más profesional, dando vueltas a un bolígrafo—. Dígame, ¿tiene una dirección?—¡Sí, en mi granero! —espeta, bastante mosqueado—. ¡Me fui cinco minutos, Leonardo, cinco minutos y está ardiendo mi granja entera!Coge toda la paciencia que ha acumulado en unos cuantos años de servicio mientras se rasca su pelo rapado. A estas alturas, es todo un experto en la psicología que supone trabajar escuchando las emergencias de todo el mundo.—Señor, una dirección. Necesito un lugar al que mandar a los bomberos.—Sí, Carril de las Flores, a las afueras de la ciudad, no tendrá pérdida, se lo aseguro. —Kibo teclea con rapidez.—¿Puede decirme su nombre?—Martín Ballesta, pero si necesitan un culpable de semejante negligencia les mando a mi hijo Leo. —Escucha un golpe y una queja ahogada—. Pedazo de inútil.Kibo ni siquiera se molesta en discutirle nada. Los bomberos están en camino.Dicho y hecho, las sirenas se escuchan por toda la ciudad. Hasta dos estaciones de bomberos acaban desplazándose hacia ese carril en plena huerta de Murcia, aunque el segundo camión se marcha tras comprobar que está todo bajo control.—Merino —habla el capitán, secándose el sudor de la frente—, necesitamos más agua, ve a la boca de incendios.El bombero se gira y no tarda en verla, al otro lado del carril. Está demasiado lejos como para que las mangueras alcancen.—Señor, no sé si...—Es una orden, empiece a estirar. Parecía que sí, pero no remite y no podemos dejar que el incendio se expanda más allá del granero.Bufa, pero asiente. No se permite cuestionar dos veces seguidas las órdenes de su capitán, va por encima de todo.Con la manguera al hombro, comienza a correr los metros que lo separan de la boca de incendios. El alivio lo invade cuando no estira de forma poco natural al acercarse, así que desenrosca la tapa y coloca la manguera.Hace un gesto de manos que sus compañeros interpretan positivamente. En unos segundos, un gran chorro de agua sale disparado contra la ventana por la que continúa saliendo fuego. Se escuchan vítores, celebraciones, juegan un poco con la manguera, sin dejar de apuntar en ningún momento al foco del incendio.Ricky sonríe, con la presión de su estómago ya desaparecida. Otra buena acción, una zona de la huerta casi salvada y nadie sufrirá las consecuencias. Tras confirmar al operador que todo va bien, se une a las celebraciones, desde su posición de vigía.En una cómoda sala llena de operadores, Kibo termina su conversación con una joven cuya abuela casi muere atragantada. Aaron, uno de sus mejores amigos y compañeros de trabajo, corre hacia él.—¿Has hablado antes con un señor que tenía un incendio en su granero? —Se toma un segundo para jadear, el que necesita Kibo para asentir—. Está en la línea tres. Cógelo ya.Poniendo los ojos en blanco, pulsa el botón esperando escuchar más quejas hacia el hijo negligente. Nada más lejos de la realidad.—¿Sí? Soy el operador que le atendió hace media hora.—¡Ah, sí! Es que se nos olvidó avisar de algo. Tengo la sensación de que es importante.—¿De qué se trata? —Se irgue en su sitio, con un nuevo formulario preparado.—¿Sabe el granero de antes? —Apenas hace un sonidito para asentir—. Ahí es donde guardamos toda la comida para los animales, pero también, bueno... —hace una pausa, con un chasquido— los fertilizantes.La sonrisa de suficiencia de Kibo desaparece, convirtiéndose en una fina línea. Contiene el aliento mientras se lame los labios y tamborilea con los dedos.—Eso va a explotar en cualquier momento —susurra, más para sí que para el hombre al otro lado de la línea.—¡Claro, eso es lo que le decía yo al imbécil de mi hijo, que...! No escucha nada más. Corta la línea al instante, presionando varios botones hasta conseguir acceso a la red de emergencias.—Aquí sala de operaciones, 122, ¿me escuchan?—Aquí 122, ¿qué pasa? —Suspira con cierto alivio al escuchar a Merino.—Acabamos de recibir una llamada del dueño del granero. Dice que ahí almacenan fertilizante.—Nitrato de amonio —masculla Ricky, aún junto a la boca de incendios.—Avisa a tus hombres, tenéis que salir de ahí cuanto antes.Sin siquiera apagar el transmisor, el castaño comienza a correr, alzando los brazos y gritando:—¡122, RETIRENSE, RETIRENSE! ¡122! ¡RETIRENSE!Es lo último que dice, lo último que escucha Kibo antes de que una explosión surja desde el interior de un edificio que ya parecía a punto de quedar apagado. Es una onda expansiva que hace que Ricky, que estaba corriendo hacia su equipo, quede suspendido en el aire, para finalmente ser propulsado hacia atrás con tanta fuerza que queda inconsciente.Las explosiones se suceden, unas desencadenando las siguientes. Kibo, que lo escucha todo a través del bombero con el que hablaba, se levanta en plena sala de operativos, llevándose una mano a la boca, conteniendo el aliento por segunda vez en unos escasos dos minutos.—Equipo 122, ¿me reciben?Silencio absoluto. Varios compañeros de trabajo lo miran horrorizados, mientras las llamadas al 112 siguen sonando a su alrededor. Pero él no escucha nada.—Equipo 122, por favor, responda. —Comienza a temblarle la voz—. ¡Equipo 122! ¡Joder! —Se le escapa un sollozo que todos los transmisores de servicios de emergencias escuchan a la vez—. Equipo 122... ¿Ricky?El castaño, con un pitido incesante que le está matando las orejas, entreabre los ojos en ese preciso instante.Madrid. Ocho meses después...Manolo le pasa la manguera enrollada a una de sus compañeras. Observa con atención cómo la coloca en el camión de bomberos. A su lado, otro de sus compañeros limpia la parte superior del mismo.Tras ellos, un joven rubio entra corriendo y jadeando en la estación.— Has estado a punto de llegar tarde a tu turno. Tú sabrás.—Perdona, capitán, es que... —le brillan los ojos.No llega a contarle su excusa, pues una sirena más que reconocible lo interrumpe. Manolo bufa y le hace un gesto para que se suba al camión que él conducirá. Mientras cogen velocidad, el bombero más joven se viste con su ropa reglamentaria.Uno podría decir que, tras muchos años viviendo en la capital de España, ya se habría acostumbrado a todas las locuras que allí ocurren. Ah, pero siempre logra sorprenderte, como en este caso, el obrero que se ha quedado colgando de la señal de Schweppes.Manolo suspira, mirando hacia arriba.—Capitán, ¿qué hacemos?Se le escapa una tos tonta justo antes de responder.—Quiero una colchoneta justo debajo inmediatamente. Subiré yo, ¿alguien...?—Te acompaño. —Se apresura a decir el joven rubio.—Muy bien, Vázquez, vámonos. —Le guiña un ojo antes de acercarse al edificio. Uno de los conserjes lo espera, deseoso de ayudar en todo lo posible.Antes de entrar al edificio para subir desde dentro, se gira y contempla la multitud que ya se congrega alrededor. Hay gente echando fotos, algunos incluso siendo turistas, y no deja de sorprenderle cómo la desgracia humana atrae tanto.Apenas llevan unos segundos en el ascensor cuando se vuelve hacia él.—He llegado tarde por un buen motivo —anuncia.—Bien, más te valía —farfulla—. Sospecho que me lo vas a contar, así que dale a la lengua, chaval.—Voy a pedirle a Álex que se case conmigo. —El capitán apenas alza una ceja—. Acabo de comprar el anillo.—¿No es un poco pronto? Quiero decir, ni siquiera vivís juntos. A veces hay que ir paso a paso. —Se lleva la mano a la boca para toser.—Bueno, de toda la vida las parejas se iban a vivir juntas después de la boda, se puede seguir haciendo.—No me vengas tú con tradiciones cuando eres gay y no precisamente virgen —farfulla.—¿No es lo que dices siempre tú? ¿Grandes gestos? Venga, vivir juntos es lo de menos, sé que le quiero.—Yo tengo dos divorcios a mis espaldas, Raoul.Manolo se rasca la cabeza, con la vista fija en los números del ascensor, mientras el más joven se queja en voz baja. Joder, va muy despacio y se les acaba el tiempo con ese hombre.» ¿Necesitas mi bendición?—No estaría mal, pero sabes que lo haré igualmente.—Ah, digno hijo de tu padre. —Le da un suave codazo, sacándole una sonrisa amplia. El ascensor abre sus puertas y hay alguien para recibirlos—. Mejor nos damos prisa.—Entonces...—Haz lo que te haga feliz, hijo. Te apoyaré en lo que haga falta.Los ojos del rubio se iluminan como dos astros. Mordiéndose el labio para relajar la emoción, asiente y carraspea. Tiene los enganches listos para hacer la bajada y ayudar al obrero a salir de ahí. Cuando Manolo lo ve desde el balcón que han habilitado para la bajada, suelta una carcajada.—Oh, cómo amo Madrid.Murcia, ese mismo díaEscucha las sirenas de policía antes incluso de que aparezca la patrulla por la calle. Es irónico, en realidad. Al fin y al cabo, está a apenas unos metros de la comisaría.Sentado en el suelo de la estación, lo mira todo con los ojos cristalizados. Tiene que tragar saliva varias veces para mantenerse ocupado y no echarse a llorar. A sus espaldas, las cadenas que no le ha costado mucho romper para entrar.Escucha los pasos del policía, pero no se gira. Abrazado a sus piernas y con la barbilla apoyada en sus rodillas, se recrea en lo que una vez fue hogar.—Hola, Ricky —susurra.—Hola, Ago —suena derrotado al echar la cabeza hacia atrás—. ¿Qué te trae por aquí?Lo mira con atención cuando, de uno de los compartimentos de su cinturón, el policía saca las esposas y se las muestra. Pero lo peor no es esto, sino su mirada, que trata de evitar la pena, pero ahí está, molestándolo.—Estás invadiendo propiedad privada, así que tendrás que venirte conmigo. Anda, ponte de pie.—¿Propiedad privada? —gruñe, pasándose las manos por la cara. Acaba apoyando un dedo en el suelo, enfatizando lo que quiere decir—. Este es mi puto hogar. ¡Mi hogar! ¿Qué propiedad privada ni qué hostias? Tengo todo el derecho a estar aquí.Agoney coge mucho aire, juguetea con las esposas en ambas manos, hasta decidir guardarlas. Resolverá mejor la situación sin ellas.—Lo sé —le da la razón con el cuidado de quien ha tenido esta conversación demasiadas veces—. Pero actualmente la estación está cerrada, dado que... —se lame los labios, sin saber qué palabras podrían desencadenar un ataque— no hay bomberos. Así que lo mejor es que te vayas a casa a descansar.—Me gusta estar aquí. —Se cruza de brazos.—No puedes forzar las cadenas cada vez que te dé la gana de pasar aquí un rato. Cuando estés recuperado y reabran la estación, podrás pasarte aquí las 24 horas si así lo deseas.Ricky agita la cabeza, apretando la mandíbula. Solo de pensar en que vuelva a abrir se pone de mala hostia.—Ya hablé con los del ayuntamiento y los del Centro General de Bomberos, que por algún motivo adoran darme todos los detalles de esta mierda. En cuanto reabra, se lo va a quedar algún pijo de la capital, a transformarlo todo... Paso de que venga alguien de Madrid a romper lo que teníamos aquí.—Lo que teníais era muy especial, pero... ya no puede ser —susurra, colocándose de cuclillas.Ricky suspira y gira la cabeza hacia la única pared que no está vacía. La semana del funeral las familias de todos los bomberos fallecidos hicieron un altar allí, y varios policías ayudaron a colgar los retratos de todos ellos.Ver la pared a oscuras, con todos esos rostros, ahora carentes de vida, les pone los pelos de punta. Incluso a Agoney, que nunca tuvo demasiada relación con ellos, le cuesta tragar saliva por el nudo que tiene en la garganta. Se incorpora para besar el pelo de su mejor amigo, notando cómo se relaja a su toque. Se separa y le da una palmadita en el hombro.—Venga, tienes que venir conmigo. Preferiría no tener que usar la fuerza o las esposas contigo.—No hace falta que me esposes, sé el camino a comisaría. Literalmente está al otro lado de esas paredes. Podríamos ir a través de la cafetería donde comíamos juntos, sería divertido.—No voy a llevarte allí. Nos vamos a casa. Marc está preocupado.—Kibo sobrevivirá. —Resopla, corrigiendo para llamarlo como él mismo prefiere—. Es su día de descanso, dejémoslo descansar.—Llamó él porque no te encontraba —revela—. Por eso vine yo desde mi anterior emergencia.—Eso explica las sirenas. —Chasquea la lengua—. Pff, Ago, ¿seguro que no puedo quedarme aquí?—¿Quieres esperar a que aparezca la señora que te denunció las otras tres veces? Porque con otro policía esto no sería lo mismo. —Ladea la cabeza.Aunque todos en la comisaría del otro lado de la cafetería sepan lo que está pasando y lo conozcan perfectamente, solo con Agoney tiene la confianza para llevarlo a su casa y quedarse a comer.Ricky pone los ojos en blanco y se levanta despacio, juntando sus muñecas.—Deténgame, señor agente, total...—Venga, sin esposas, que a mí no te me escapas. —Le da unos golpecitos en la espalda.—Oye, dime que no llevas el coche de policía de los malos.Agoney frunce el ceño.—¿Qué se supone que significa eso?—Ya sabes, el que no tiene asientos traseros cómodos, que eso es tortura.—Lo siento, vuelvo de un aviso, sí que llevo "el de los malos". Haberlo pensado antes de serlo tú. —Le guiña un ojo.Ricky le dedica una mirada llena de significado antes de menear la cabeza y seguir sus pasos fuera de la estación.—¿Me podrías recordar por qué somos amigos? —pregunta cuando le hace sentarse en la parte de atrás que, tal y como esperaba, es lo más incómodo que jamás ha vivido.—Me hago esa misma pregunta cada vez que me llaman para detenerte por invadir propiedad privada. —Suspira con pesadez—. Muy bien, a hacer de Uber, a casa, Ricky.—No pienso dejarte propina, que lo sepas. —Se retuerce. Los asientos son incómodos, normalmente hechos para los criminales.El resto del trayecto transcurre en completo silencio. Ricky mira por la ventana, centrándose en cada edificio, cada parque en el que ha trabajado. Este hiatus lo está matando.Cuando el coche patrulla aparca frente a su edificio, Marc Kibo ya lo espera en la puerta de entrada, de brazos cruzados, pero gesto tranquilo. Es uno de los motivos por los que es tan conocido en Murcia. Ser tan bueno y pacífico te crea una buena reputación en un mundo hostil, a pesar de que, a priori, podría parecer el más chungo del barrio en el que vive, con la cabeza rapada, los pendientes y todos esos tatuajes.Es uno de los motivos por los que se enamoró de él, la bondad más allá de la apariencia.—Menos mal que estás bien. —Se acerca y lo envuelve en un abrazo de los que sanan.—Claro que estoy bien. Solo quería ver mi estación, no colgarme de la barra.Kibo traga saliva y lo aleja, con las manos en sus hombros.—No lo digas ni en broma. Estaba preocupado.—Ya no tienes que estarlo. Estoy bien. Estoy aquí. —Sus ojos oscuros se cruzan con los azules. Tras un asentimiento, vuelve a abrazarlo.Agoney cambia de postura. Debería marcharse, una vez está claro que está bien y en casa, pero la radio está en silencio, así que no hay prisa.—Ago, gracias por esto. Y siento que tengas que estar pendiente.—No te preocupes, me voy acostumbrando a lo de ser niñero. —Le quita importancia con una sonrisa.—Hablando de eso... ¿has sabido algo de Mamen?El policía se encoge de hombros. Seguir el rastro de todo el mundo se está haciendo complicado tras la tragedia. Hay gente como Ricky a la que ve venir a kilómetros. Luego está Nerea, que no tenía demasiado cariño a ninguno de los bomberos, así que ha seguido trabajando en el hospital sin tomarse mucho tiempo de baja.Y luego está Mamen Márquez. Si el capitán Meroño era el padre del equipo 122, Mamen era la madre y el corazón del grupo. La jefa de los paramédicos ha visto cómo toda su prole quedaba calcinada por las llamas de una explosión que vieron venir demasiado tarde. Peor aún, fue llamada junto a Nerea y Alfred como parte de las ambulancias que atendieron a Ricky, el único superviviente.Por supuesto que es imposible localizarla, aunque sepan que siempre está en casa.Unas cuantas calles hacia el centro, una mujer de pelo castaño arrastra un carrito del mercado. Tararea la canción que suena en sus auriculares mientras entra en Gran Vía por la calle del Starbucks. Cruza la calle y la recorre, paralela al Corte Inglés.Gira hacia la izquierda en el banco, callejea un par de calles y, finalmente, llega a su portal.—¡Buenas! —saluda al abrir la puerta de su piso—. ¿Sigues aquí?—Estaba a punto de marcharme —comenta Ed, apareciendo por la puerta de la cocina—. Recuerda que este mes las niñas salen a la una.—Lo sé. —Besa sus labios antes de verlo agarrar una chaqueta—. He vuelto a dar un rodeo al salir del mercado.—Me lo imaginaba. ¿Tienes mono de salir ahí fuera?—Bueno... —esboza un mohín—, echo de menos las sirenas, salir volando a por una emergencia... Echo de menos a mis niños. —Se le humedece la mirada.Ed suspira y aparta la chaqueta antes de estrecharla entre sus brazos.—Volverás antes de lo que piensas. Tú solo dime cuándo y yo dejo el trabajo este de mierda, que tú nos mantienes mejor.Mamen pone los ojos en blanco, pero su marido sabe que lo tiene. Ahí está la sonrisa que tanto le gusta.» Realmente podrías haberte ido a otro equipo, Emergencias es muy grande.—Sabes perfectamente que el 122 es mi equipo y aquí seguiré, aunque sustituyan a todo el mundo. —Se le corta la voz. Adiós a la sonrisa—. En fin, tienes que marcharte al restaurante, ¿no?Ed asiente despacio, deja un beso en su mejilla y se marcha, dejando atrás a una mujer perdida en sus recuerdos.Madrid. Unos días después...—Perdón, ¿puede... repetir eso?Todo se vuelve borroso y solo puede volver atrás. A cuando las toses que no le dejan en paz desde hace meses se vuelven insoportables. De cuando su propio hijo le pidió que fuera a ver a alguien.De cuando le han enseñado las imágenes de sus pulmones.El médico suspira y se acomoda mejor en su sitio.—Usted estuvo como ayuda durante los atentados del 11M, ¿no es así?Pone una mueca antes de asentir. No se olvida con tanta facilidad el momento más horrible de su vida, eso está claro.—Bueno, eso lo pone todo en perspectiva. Supongo que sabe que mucha gente que sobrevivió después ha enfermado y ha fallecido años después. —Contiene la respiración—. Pero hemos tenido suerte, hemos pillado el tumor en la fase más temprana.—¿Eso qué significa? ¿Me curaré?—Es pronto para hacer previsiones positivas, pero hay muchas opciones de que todo salga bien. Tenemos que empezar cuanto antes la quimioterapia, eso sí, con los mejores especialistas.—Claro, sí. —Manolo carraspea—. Cuanto antes mejor, por favor, pero… mi trabajo…—En principio no debería suponer ningún problema. —Le quita importancia con la mano—. Es probable que sufra mareos de vez en cuando, y quizá vómitos, pero estoy seguro de que se puede compaginar ser bombero con esto.—Muy bien, perfecto. ¿Algo más? Mañana tengo turno y quiero descansar.—Sí, bueno, mantenga a sus seres queridos cerca, haga el favor. —Ladea la cabeza—. Mucha gente intenta dejar de lado a quien cree que podría dañar, pero en esta etapa de su vida necesitará mucho apoyo, así que no se cierre.Conforme Manolo sale de la clínica, sabe que incumplirá su última recomendación. Porque no sabe cómo va a decirle a Raoul, que recién estará comprometiéndose, que tiene cáncer.Es más, ¿llegará a la boda?Un restaurante a las afueras de Madrid.Raoul se ha limpiado el sudor al menos diez veces en los pantalones, pero sus palmas siguen segregando como si estuvieran en pleno verano. Pero es normal estar nervioso, notodo el mundo está a punto de comprometerse con el amor de su vida.Su mirada se ilumina al verlo aparecer por la puerta. Está perfectamente vestido con un traje de chaqueta elegante y que le sienta como un guante. Tiene las pequeñas rastas peinadas hacia atrás y su piel oscura brilla con luz propia.Se levanta cuando Alex lo encuentra con la mirada. Se acerca hasta él para dejar un suave beso sobre sus labios.—Hola, cariño.—¿Has estado esperando mucho rato?—Qué va. Apenas diez minutos. —Bromea—. He querido venir con tiempo, tú vas bien.—Genial. —Apoya la mano en su cadera, y el contacto es tan cálido como familiar—. ¿Nos sentamos?Asiente con un gesto dulce y se sienta en el lugar que había ocupado hasta ahora. El estuche con el anillo quema en su chaqueta, pero sabe que tiene que esperar. Que esa sonrisa que ahora lleva su novio se ampliará muchísimo más cuando se declare a la hora del postre.Al día siguiente, Manolo llega tarde a su turno. Sus compañeros y subordinados lo saludan conforme camina hacia su camión. Va a ser un día entretenido.—Al fin lo vemos aparecer, capitán Vázquez. —No llega a dar otro paso—. Ya pensábamos que tendríamos que pedir cita para verle.Una mujer de pelo recogido a la que reconoce a la perfección lo saluda. Va acompañada de un hombre mayor, de pelo grisáceo y piel arrugada.—Buenos días, comandante Bravo. —Hace un gesto con la cabeza—. ¿A qué debo el placer?—Le presento al comandante Fernández, jefe de bomberos de Murcia.—Encantado. ¿Ocurre algo?—¿Podríamos hablar en privado, por favor?Tras unos segundos de estupefacción, asiente y les señala la puerta de su despacho. En él se siente como en casa, estará seguro vaya por donde vaya la conversación.—Supongo que estará al tanto del brutal accidente que sacudió una estación de bomberos en Murcia hace meses.—Sí, por supuesto. Fue una tragedia.—Toda una estación volatilizada, a falta de un bombero que sigue de baja.—Afortunado. —Aunque no sabe si puede decir lo mismo de sí mismo.—No me andaré por las ramas: sabemos que su estación de bomberos aquí en Madrid sufrió un destino muy parecido durante el 11M.Manolo cierra los ojos y se regodea en el dolor antes de asentir.» También sabemos de buena mano que usted reconstruyó la estación de bomberos desde cero, con una nueva plantilla. No conocemos a nadie en España capaz de hacer semejante hazaña.—Estoy seguro de que encontrarían a alguien, no es tan complicado. —Sonríe con falsedad, pues ya se huele por dónde va el asunto.—No lo negaremos, pero… nos gustaría que lo intentara usted. Tendría la oportunidad de ser capitán allí, crear una plantilla a su gusto.—Con todo el respeto, señor, pero en Murcia debe haber gente más que capacitada para ocupar ese puesto. Yo vivo aquí, mi hijo vive aquí, tenemos a nuestra gente aquí… Tiene que haber algo más para que hayan decidido venir hasta aquí.—Bueno, en estos últimos tiempos nos hemos dado cuenta… —el comandante de Murcia mira a la de Madrid— de lo poco diversos que podemos llegar a ser aquí. Nunca nos hemos caracterizado por ser muy abiertos, aunque por supuesto la primera persona es para generalizar. Nos gustaría que trajera un perfil de plantilla más… diverso que hombres blancos en sus cuarenta años.—¿Y le están pidiendo esto al rey de la diversidad? —Alza las cejas. Él mismo es un hombre blanco, empezando los cincuenta.—Estamos seguros de que, con lo abierto que es, conseguiría algo muy grande. No se olvide que el principal motivo es que usted ya ha reconstruido una estación. —Le guiña un ojo—. Piénseselo, no pierde nada por ello.—Podría pensármelo, pero en principio la respuesta sería negativa. —Se levanta y les estrecha la mano—. Muchas gracias por pasarse.El comandante le devuelve el asentimiento de cabeza cuando se marcha y lo deja solo.Tarda un par de minutos en ajustar las cosas de su despacho, más por el nerviosismo que por tener que ordenar algo en realidad. Al menos sabe que se reirá cuando se lo cuente a su hijo.Baja, se toma un café, comprueba que todo está bien en el gimnasio (y que Raoul no está allí) y se pasea por la estación en silencio.Una vez la ha recorrido por completo, tiene el ceño tan fruncido como si le acabaran de dar la segunda mala noticia de la semana.—¿Has visto a mi hijo?—No, capitán. No ha llegado ni con usted.—Conmigo no iba a venir, hace siglos que no vivimos juntos. —Bufa—. Gracias. Si lo ves dile que venga a verme.El bombero asiente y le hace un gesto de “a sus órdenes” que lo pone de los nervios. No es el momento, eso lo puede asegurar.Están teniendo un turno tan tranquilo que, a falta de una hora y sin rastro de Raoul, decide avisar de dónde estará y se va a uno de los barrios más complicados de la ciudad, pero el único en el que su hijo podía permitirse un piso para él solo.Se planta frente a su piso, del que sale música rock muy fuerte. No sabía que le gustara ese tipo de música. Da varios golpes a la puerta, tras comprobar que el timbre casi no se escucha con la música.—¡Raoul! —chilla, y da otro golpe—. ¡Raoul, contesta!Tras soltar un bufido, hace una llamada.No tarda en tener a su equipo con él, con el palo que usarán para abrir la puerta. Son dos golpes los que necesita para que esta se abra, medio rota. Pero en ese momento no le importa. Solo quiere saber qué está pasando.Es el primero en pasar, con el corazón acelerado. Este se desliza por su garganta al descubrir al rubio en el suelo del salón, con un pastillero abierto al lado y con varias pastillas desperdigadas por allí.—¡Me cago en la puta! —Se arrodilla a su lado y acerca la nariz a su boca. Apenas un aliento—. Que suban los paramédicos. Empezaré yo.No espera respuesta, mucho menos queja alguna. Mientras algún bombero avisa a quienes esperan abajo, Manolo comienza las compresiones. No tiene mucha experiencia, pero sí las nociones básicas para salvar una vida.En este caso, la vida más importante del mundo para él.Unos paramédicos lo echan a un lado al llegar, continuando por dónde él lo ha dejado. Sacan también el desfibrilador y una inyección de adrenalina.Varias compresiones, primera descarga. Su corazón late levemente, pero no reacciona. Más compresiones.Raoul despierta, lanzando una gran bocanada de aire. Manolo vuelve a arrodillarse a su lado, con las manos temblando.—¡Papá! —Le tiembla el labio cuando consigue abrazarlo—. Papá…Y solloza en el suelo de su piso, con el temblor de su pecho haciéndose diminuto conforme su padre lo estrecha entre sus brazos, como cuando era pequeño.
----- CHAPTER BREAK -----
—¿En qué cojones estabas pensando?Raoul se encoge en sí mismo. Se abraza a las piernas que ya tiene pegadas al pecho y mira la ciudad desde el mirador que hay a solo unos metros de su edificio.Tras una semana en observación en el hospital y más o menos 500 broncas por parte de ambos padres, al final ha salido y es libre… en parte.Traga saliva, pero el nudo que lleva en su garganta desde que pasó no desaparece. Van a tener que acostumbrarse el uno al otro, porque no se irá rápido. Ni siquiera está hablando más de lo estrictamente necesario, menos para contestar esa pregunta.—Alex está enamorado de otro —confiesa, sin dejar de contemplar la ciudad, como si fuera lo más interesante alrededor.Manolo lo mira con la mandíbula apretada y se sienta a su lado en el banco.—Lo siento, ¿qué…?—No sé. Llevan un tiempo viéndose, iba a dejarme esta noche —escupe con una risa irónica—. Solo que podría haberme interrumpido antes de que hiciera el mayor ridículo de mi vida.—Oh, vamos, no es el mayor ridículo de tu vida, peor sería casarte y que salga como el culo. —Tiene un escalofrío—. Así que… un año de sobriedad a la basura porque te han dejado por otro.Raoul masca su propia saliva, cualquier cosa es preferible a responder a esa pregunta.—Más de un año, en realidad. —Sus dedos se mueven con gestos rápidos sobre su muslo.Sí, para eso no debería haber abierto la boca. No se sorprende de sí mismo, de todas maneras.—Y, a todo esto, ¿de dónde has sacado los opiáceos?—Vivo en Entrevías, papá, solo tengo que tirar una piedra y me salen cuatro camellos. —La mirada de Manolo no augura nada bueno, así que se explica—: No es que lo haya probado hasta ahora, lo prometo.—Te creo, pero ahora mismo no confío en ti. —Raoul va a abrir la boca para protestar, pero él aún no ha terminado—. A partir de ahora estás a mi cargo, y me da igual que te creas muy adulto, no pienso dejarte solo mientras pasas por la abstinencia. —Señala el movimiento de dedos, que con facilidad podría pasar por nerviosismo.—No quiero volver a vivir en tu casa —protesta, aunque lo vea inútil.—No solo eso. —Da tiempo a Raoul a que quiera mirarlo con preguntas en los ojos—. Nos vamos a Murcia.Parpadea, como si no hubiera entendido bien y estuviera procesando.—¿Perdona? ¿A Murcia? ¿Ahora fingimos que existe o algo? —Ante la mirada de “ahora no”, suspira—. Soy mayor de edad, no puedes obligarme.—Raoul —advierte con un tono que no da pie a discusiones—, te encontré en el suelo con una sobredosis, casi la palmas, o sea que te vienes a donde a mí me dé la gana. Ya tengo visto un buen psicólogo, que a su vez me ha recomendado un grupo de apoyo. Irás una vez por semana ahí, y el día antes de cada semana, test antidrogas. No es negociable. —Le roza el pecho con un dedo con cada una de las últimas tres palabras.El rubio arrastra los dientes unos sobre otros, meneando con la cabeza. Se enfadaría y patalearía, pero su padre y él son familia, y eso implica ser cabezotas. No habrá manera de convencerlo.—Pero ¿por qué ahí? ¿No hay manera de que me quede con mamá en Madrid?—Te fuiste de casa justo cuando se mudó con su novio, ahora no te hagas el que te interesa… Además, si trabajamos y vivimos juntos, nos evitamos problemillas.Pone los ojos en blanco.—¿Y para qué vamos allí?—Hijo mío… Vamos a reconstruir una estación.Salen una semana después, habiendo dejado sus pisos y sus vidas atrás. Solo llevan varias cajas y dos maletas cada uno, con toda la vida que han podido meter en ellas. La vida que dejan se quedará en casa de la madre de Raoul y ex de Manolo.El capitán de bomberos le ha ido informando sobre lo que sucedió en la ciudad, y el motivo por el que los necesitan. Raoul, que sabe que no tiene mucha protesta contra la persona más cabezota que conoce, escucha y acepta su cruel destino.Van directos a la estación, sin pasar por la casa en la que van a vivir. Raoul la observa, oscura y cerrada, antes incluso de bajarse del coche. Aun así, tiene que darles el punto de lo bien localizada que está, con dos institutos cerca, un hospital al otro lado del río y, justo a su lado, la comisaría. De hecho, comparten cafetería con los hombres de uniforme.Su padre abre la lámina de metal que les impide entrar. Suspira, con los brazos apoyados en sus caderas.—Esto va a ser todo un reto, compañero.—Menudo eufemismo. —Se cruza de brazos, con la nariz arrugada—. Vamos a tener que limpiar muchísimo.—Y redecorar esto un poco. Ugh, está todo muy pasado de moda.Le dedica una mirada de reojo, mientras avanza hacia una ventana, cubierta de polvo tras demasiados meses sin tocar.—Sabes que odio caer en los estereotipos, pero ¿cómo es que yo soy el maricón de los dos, papá?—Ahora que lo dices, seguro que es por eso por lo que me quieren para traer diversidad. —Chasquea la lengua—. ¿Qué tendrá de malo cuidarse un poco y querer que tu entorno esté cuidado?—No es nada malo, por supuesto. ¿Nos ponemos?Días de limpieza, de tragar más polvo del que debería alguien que tiene que empezar la quimioterapia, y de recibir los curriculums de gente de toda España que espera encontrar trabajo en esa estación en concreto.Tras descartar a gente solo por leerlos, llaman a las entrevistas.Aitana Ocaña. Bombera en Barcelona, Cataluña. Pequeña (o no tanto) influencer en el sector, se ha hecho viral al menos tres veces en los últimos diez meses.—Aquí dice que tienes tendencia a la insubordinación. —Manolo revisa sus papeles—. Pero con cada queja por pasar de lo que te dicen tus jefes, salvas una vida. Es impresionante, en realidad.—¿Qué puedo decir? —Alza los brazos—. Yo estoy aquí para salvar vidas, no para hacer caso.—¿Debería preocuparme si acabo siendo tu jefe?—Depende de lo bien que se porte conmigo. —Se encoge de hombros, ajustándose el flequillo justo después.—Tienes unos tres millones de seguidores solo en Instagram.—Ah, sí, a mis seguidores les encanta ver cosas de los bomberos desde dentro. —Sonríe con cierto orgullo—. Pero le prometo, y esto va con seriedad, que nunca interfiere en mi trabajo. Volverme viral es más bien por mi tendencia a tirarme de puentes para rescatar a alguien.—Estoy acostumbrado al riesgo. —Echa un vistazo a Raoul, que frunce el ceño.—Pero ahora toca mi parte de la entrevista. Ya sabe, esa en la que quiero saber qué me ofrece para dejar toda mi vida en Barcelona para venirme a esta ciudad. —Se mira las uñas, como si no le importara. En realidad, sabe que le interesa demasiado su respuesta, pues ya tiene un pie allí.—Bueno —empieza con aplomo—, para empezar, estamos creando la plantilla desde cero, y pretendemos que sea diversa y abierta. Dentro de lo que es Murcia, estoy segura de que te sentirás más cómoda.—Ajá…—Las instalaciones, como comprobarás, están aún en construcción, pero estamos remodelando para convertir la apertura de nuestras mentes en algo más tangible. Queremos la modernidad por encima de todo.—¿No tiene nada más?—El sueldo será bastante generoso, por cierto. —Esto llama la atención de la joven del flequillo—. Al venir desde fuera, se le dará una remuneración extra por la distancia, así como días extra en sus vacaciones por el viaje a Barcelona.La sonrisa de la joven les indica que la tienen.Miriam Rodríguez. Bombera en Pontedeume, Galicia. Por lo que han leído en los informes, es un poco la “Sherlock Holmes” del grupo, localizando a pirómanos y descubriendo el origen de incendios en poco tiempo.—Tienes un don, por lo que he podido ver.—Sí, bueno, la gente deja pistas y yo tonta no soy.—No voy a negar que me tiene intrigado, especialmente porque nos vendría genial tener a alguien como tú en nuestro equipo.—Sí, medio país me quiere en su equipo. —Sonríe con suficiencia—. Y, por mucho que ame Galicia, me quiero ir de allí un tiempo. Así que convencedme o me voy, que tengo pronto una entrevista en Valencia.Manolo mira a su hijo en busca de ayuda. El rubio se encoge de hombros, sin tener la clave infalible de que no se marche.Miriam suspira y se levanta, dispuesta a cumplir su amenaza.—Ve a esa entrevista. Te aumentaremos el sueldo que te ofrezcan allí.La sonrisa de la gallega se amplía un centímetro, lo justo para entender que no necesita más convencimiento.Las entrevistas comienzan a dar sus frutos y, en unos días más, tienen una plantilla bastante decente de gente diversa, de ambos géneros y variedad de tonos de piel. Esa es la conclusión a la que llega el comandante Fernández cuando se pasea por la renovada estación, ahora culmen de la modernidad de la que tanto presume Manolo.Mientras comentan los cambios y las ganas que tienen de empezar a funcionar, el capitán se fija en la salida de la estación, donde el comandante ha aparcado su coche. Junto a él hay un chico, más o menos de la edad de su hijo, dedicado en cuerpo y alma a limpiar la puerta del vehículo. En concreto, en ese instante está limpiando el interior del agarrador para abrirla, con tanta concentración que no se fija en ellos.—¿Ese quién es? —Lo señala con un gesto de cabeza.—Ah, ese es Juanan. Un gitano sin estudios. —Le quita importancia con la mano, llevándoselo de allí—. Ha intentado unas cuatro veces entrar al cuerpo de bomberos, es muy bueno en lo físico, pero siempre falla en el teórico. Me hace gracia, así que lo tengo de chofer. —Suelta una risita.—Quiero hablar con él. —La risa se corta de golpe.—¿Eh?—Que voy a hablar con él, espéreme aquí.Pronto lo reúne junto a su hijo en su despacho, donde ha ido haciendo todas las entrevistas.—Así que aún no puedes ser bombero.—No, señor. —Se pone recto al instante.—¿Qué te pasa con el teórico?—Oh, bueno… —Agacha la mirada, con las orejas encendiéndose por la vergüenza—. Soy disléxico, así que me cuesta un poco.Manolo asiente, tras dedicarle un vistazo a su hijo.—Ahí fuera —aborda la entrevista por otro lado—, estabas limpiando a fondo el coche de su jefe, incluido el interior del tirador. Eso no lo va a ver nadie, pero aun así lo limpias. ¿Por qué?—Porque yo sabré que está limpio. —Se encoge de hombros.Sonríe, como si fuera la respuesta que estaba esperando. No necesita ni comprobar que Raoul piense lo mismo, ya tiene la última pieza que su tablero necesitaba.O la penúltima. Con la marcha de Juan Antonio y la desaparición de su hijo en los vestuarios recién construidos, Manolo pone camino a la zona de camiones de bomberos. Se queda algo pillado al descubrir a un hombre algo mayor que su hijo allí, con las manos en los bolsillos y la vista fija en una de las paredes.Sabe perfectamente cuál es, pues esta alberga el pequeño homenaje que han decidido hacer para todos los bomberos caídos de la estación 122. Así que, si sus cálculos no fallan, el que ahora mismo lo contempla todo con gesto contrariado debe ser el único que sobrevivió, precisamente por estar demasiado lejos de la primera explosión.Carraspea, cruzándose de brazos. El bombero se gira, con expresión sorprendida.—Buenos días. —Hace un gesto con la cabeza—. ¿Puedo ayudarle en algo?—Eh…, sí. —El hombre se rasca la nuca, antes de dar pasos vacilantes en su dirección—. Supongo que simplemente me parece una estupidez hacer una entrevista para un puesto que ya es mío, pero tenía que intentarlo, ¿no?—Ricardo Merino, ¿es así? —Acerca su mano para que se la estreche.—Sí. Y usted debe ser el que ha transformado todo esto. —Chasquea la lengua—. Está muy cambiado.—Manuel Vázquez, Manolo para los amigos. Nuevo capitán. Espero que le guste lo que hemos hecho por aquí.—Es todo muy moderno —observa, con el gesto torcido—, no parece mi estación.—Parte de lo que vine a hacer aquí fue a modernizar la estación.—La 122 ya estaba perfecta antes de esto —dice, algo más seco—, ¿o cree que puede aparecer aquí y arreglar todo como si nada?—Mi idea es crear un equipo. De hecho, pronto estaremos operativos. Y en cuanto a usted…—No me diga: no tengo sitio dentro de tanta modernidad. Porque yo antes era el gay del equipo, pero supongo que ahora no será la novedad.—No iba por ahí. —Trata de utilizar un tono suave que no pueda usar en su contra—. Tengo entendido que tiene usted vivió una situación muy traumática. Es más que bienvenido a volver a trabajar aquí sin entrevista, pero después de todo lo que ha pasado, y tengo entendido que sin visitar a un especialista…, no sé si está listo para volver a situaciones como las que provocaron… ya sabe.—No, claro que no. Aquí llega el pijo de la capital a cambiar a todo mi equipo por gente nueva, sin tener ni idea de lo que es esta ciudad. —Aprieta el puño—. No tengo estrés postraumático ni ninguna gilipollez por el estilo. Ya pasé mi tiempo de duelo en el hospital, ahora quiero trabajar, como el mejor bombero de Murcia que soy. Pero por supuesto que acepto sus condolencias, señor capitán.Hace una reverencia que acaba saliendo bastante cómica y se marcha por la puerta principal, a grandes zancadas. Desde el altillo de la estación, Raoul aprieta los labios.—Con él te va a costar un poco más.—Mientras esté bien para lo que supone este trabajo…, porque dirá lo que quiera, pero está jodido.Unas cuantas calles a la derecha…Kibo abre la puerta despacio. Ha sido un día complicado, pero nada lo es más que comprobar que Ricky está bien. Eso nunca será algo sencillo.Lo encuentra en el sofá, mirando fijamente la televisión que, por supuesto, está apagada. El rapado suspira y deja su mochila del trabajo aparte antes de sentarse a su lado.—¿Qué tal ha ido el día? —pregunta con toda la dulzura que puede provocar su voz.—He ido a la entrevista esa de mierda con el capitán pijo.Traga saliva. Ahora entiende su actitud, pero necesita más información, así que tantea:—¿Y… tienes el trabajo?—Dice que si estoy bien puedo volver. ¡Claro que estoy bien, me cago en la puta!—Ricky… —advierte, deslizando su mano por el brazo contrario hasta entrelazar sus dedos.—No me ve bien el pijo de mierda porque quiere renovarlo por completo, no tiene ningún interés en tenerme allí. Que tenga trastorno de estrés postraumático es una excusa de pena para no volver a contratarme, que lo sepas.—Cariño. —Esto llama su atención lo suficiente para que lo mire—. ¿Te recuerdo que casi todas las noches me despiertas con pesadillas? ¿Qué llevas desde que se acabaron los calmantes del hospital sin poder dormir bien? Mi vida, has revivido lo que pasó esa noche casi cada día, y aun así te niegas a ir a terapia. Puede que sea un pijo de mierda de la capital, pero deberías hacerle caso y tratarte.—¿Tratarme? —Su voz se agudiza.—Ya sabes que hay un psicólogo muy bueno que sigue esperando que lo llames para poneros al día. No puedes basar tu recuperación en lo físico, cuando no estás tan bien mentalmente como finges que estás.—No lo sé, Kibo. —Aprieta su mano entre las suyas—. No lo veo para tanto.El técnico mira al techo en busca de inspiración. Necesita darle opciones.—¿Y no podrías intentar buscar trabajo en otra estación? Seguro que alguna de otro barrio necesita gente, y todos sabemos que eres de lo mejorcito que tiene Murcia. —Aprieta su brazo.—No. —Es rotundo—. Si me voy de la 122, es como si dejara al equipo detrás. —Consigue controlar su voz—. Si alguien tiene que recordarlos mientras trabaja allí, está claro que debo ser yo.Se muerde el labio y asiente. En realidad, lo entiende a la perfección.—Muy bien… Entonces te doy dos consejos.—Sabes que adoro tus consejos, pero no sé si estoy con ganas.—El primero es que intentes mejorar, pero no por el trabajo, sino por ti. No quiero verte toda la vida despertando con sudores porque has revivido el peor incendio de tu vida. —Ricky aprieta los labios y asiente, sin tenerlo demasiado claro—. El segundo es que vuelvas a intentarlo con el nuevo capitán. No quiero que te rindas, quiero que le demuestres que vales para esto.—No sé si…—Oye, a ver, cuando fuiste a hablar con mi padre por primera vez, ¿qué fue lo que te dijo?—Algo como que no quería que me acercara a su hijo, que él no podía ser maricón.—¿Y tú qué hiciste?—Volví la semana siguiente y vimos futbol juntos —musita—. Una semana después, para pasear con él.—En un par de meses, erais más amigos de lo que él y yo jamás lo fuimos. —Esboza una sonrisilla—. Supongo que lo que quiero decir es que no te rendiste ahí, no lo harás ahora. Sé que te importo yo casi tanto como ese puesto de bombero.Ricky asiente con los ojos cristalizados y recibe con gusto un beso que lo recompone por completo.Un día después, tras el primer turno de la estación después de casi nueve meses, Manolo vuelve más fastidiado de lo esperado. Mamen, a la que acaba de conocer como la capitana paramédica del equipo, cuestionando sus órdenes, porque, por lo visto, “las cosas no se hacen así en Murcia”.Se cabrearía, pero él es el intruso, el que lo ha movido todo para ajustarlo a lo que conoce, así que será mejor no contrariarla.La descubre en su nuevo despacho, hablando con sus compañeros.—¿Puedo pasar?—Sí, claro. Nerea, antes de irte llena la ambulancia para el próximo turno —ordena.La paramédica asiente y se marcha, seguida por su otro compañero. Manolo se lame los labios antes de cerrar la puerta tras él.—Tengo la sensación de que no hemos empezado con muy buen pie —susurra, acercándose a ella—. Lo siento, sigo aprendiendo cómo funcionan las cosas en Murcia.—Disculpas aceptadas —canturrea—. No se lo tome tan a pecho, soy muy seria y profesional cuando estoy trabajando, no quiero un error. Y eso era un ahogamiento, ni siquiera sé por qué los llamaron a ustedes.—Espero que podamos dejar atrás las formalidades, dado que vamos a trabajar juntos en los mismos turnos.Mamen alza las cejas, pero asiente.—Está bien. Manolo, ¿no?—Eso es.—Estoy deseando empezar a trabajar contigo, pero de verdad. —Se inclina hacia él, todavía con el escritorio separándolos—. Creo que podemos funcionar muy bien. Eso no significa que no vaya a costar, porque yo trabajaba con el 122 antiguo.—Oh, bueno… Siento mucho la pérdida. Supongo que aún tenéis mucho que procesar.—Sí. —Se muerde el labio—. Pero tengo ganas de volver al trabajo, así que lo haremos poco a poco, ¿te parece?Es el turno de Manolo de asentir y marcharse sin ni una palabra más. Está claro que todo ese equipo tenía un vínculo muy fuerte. Solo espera poder tener la oportunidad de tener algo así con el nuevo equipo.No tarda mucho en llegar el siguiente turno. En principio su función es permanecer en la estación, entrenar, ducharse y dormir durante las veinticuatro horas que dure, y salir disparados en el momento en que las alarmas suenen. Los detalles los recibirán ya en el camión, a través de un radio transmisor.Así, esa mañana la pasan entrenando, con la intención de dedicar la tarde a algún juego de mesa que les permita estar atentos, pero también conocerse entre sí.—Si más o menos somos el mismo número de chicos y chicas…, ¿no deberíamos dividir un poco los baños? —pregunta Miriam.—Yo no tengo la menor intención de miraros, señoritas —comenta Raoul.—Ah, sí, la carta gay.—Si nos ponemos, yo tampoco quiero mirar a los tíos. —Aitana se encoge de hombros.—Deberíamos cambiarnos divididos según lo que nos gusta —musita Juan Antonio.—O podemos dejarnos de divisiones —aparece Manolo en ese momento— y abrazar nuestra sexualidad sin tapujos.—Papá, por favor… —Se lleva una mano a la boca, con sus mejillas coloreándose—. Intenta no darme vergüenza.—Siento que llevas sin decirme algo así desde que eras adolescente. Vaya bajón.Aitana suelta una risita.—Sigues haciendo eso —protesta.—¿El qué? ¿Comportarme como un padre enrollado?—He cambiado de opinión. Me cambiaré a partir de ahora en… cualquier otra parte. —Desaparece.—Sé que soy el mayor de aquí, pero estos chicos de hoy en día…—Si te sirve de consuelo —comenta Miriam—, a mí me pareces mucho más guay que la mayoría de los señores de tu edad.—¡Gracias! Eso díselo luego a Raoul, que está en negación. Con todo lo que he hecho por él…—No te lo tomes muy en serio, la mayoría trata de desmarcarse de sus padres.Manolo asiente porque lo entiende y lo sabe. Ya lo ha vivido. Raoul pasó mucho tiempo alejado de él, sobre todo en su adolescencia, hasta que acabar su grado superior de emergencias sanitarias, cuando decidió cambiar toda su vida para hacerse bombero junto a él, en Madrid. De hecho, ahora están muy unidos, salvo momentos como este, en los que parece avergonzarse de él.No debería tanto, pues no hay tantos padres de su edad tan abiertos con la sexualidad de él.Sus pensamientos se ven interrumpidos por la alarma de la estación. Se apresuran a vestirse, olvidando cualquier vergüenza anterior. Tienen una nueva llamada.Para cuando llegan, ya hay un par de coches de policía en la escena, tapando el acceso. Uno de los oficiales sale al encuentro del capitán, llevando un casco con linterna.—Señor. —Jadea mientras intenta seguirle el ritmo—. El coche ha dado varias vueltas de campana, pero al final quedó de pie. La mujer se llama Sabrina Gómez y está embarazada, pero no puede salir, las puertas están bloqueadas.—Perfecto, traigan el equipo que necesitamos. Los paramédicos deberían llegar detrás de nosotros. ¿Su nombre?—Oficial Hernández, señor.—Genial. Capitán Vázquez. Para que deje de decir lo de “señor”, que me pone nervioso.No espera una respuesta del policía, sino que se pone manos a la obra. Son Juan Antonio y Miriam los encargados de abrir la puerta con la máquina para cortar el metal, mientras Raoul comprueba todo el coche, por si hubiera algo que se le hubiera pasado al policía.La mujer, mientras, está de los nervios.—No… no puedo moverme.—El volante. —Señala Manolo—. Hay que quitarlo, le está apretando las piernas.—Paso, por favor. —Pide Mamen, arrastrando a los otros paramédicos y el equipo—. Un momento, ¿eh? Ahora seguís. ¿Cómo te encuentras, cariño?—Más allá de no poder moverme… ni tan mal.—Eso son buenas noticias, por supuesto. —Sonríe y comprueba que su corazón esté bien—. Venga, sacadla de aquí para que podamos comprobar mejor que su bebé está bien.—Mi bebé… —Mira en todas direcciones—. ¡Mi bebé, no está mi bebé!—Señora, tranquilícese. Vamos a sacarla y ya verá que todo ha ido bien. Ni siquiera se ha golpeado la barriga, por lo que podemos descartar daños.—Deberíamos sacarla ya.Se pone en marcha la misma máquina anterior, para cortar el volante y liberar las piernas de la mujer. Raoul comprueba la parte trasera del coche, mucho más destrozada que la delantera, pero sin ningún rastro humano.—Mi hijo… —gimotea la mujer una vez es trasladada a una camilla—. Mi hijo, salven a mi hijo.—Enseguida la llevamos al hospital y todo estará bien, se lo aseguro. —Mamen empuja la camilla en compañía de Nerea.—No, ¡no! ¡No se enteran! No hablo de este —se señala la barriga—, sino del que estaba en su sillita en la parte de atrás.El grupo al completo se mira en silencio. Se giran hacia el coche, donde Raoul niega.—Aquí no hay nadie más.—Puede que volara cuando dio vueltas de campana —se giran hacia el policía, que da un paso adelante—. Las ventanas estaban abiertas, por eso no hay restos de cristales, entonces a lo mejor…—Vale, vosotras encargaos de la madre. —Le da un apretón en el hombro de Mamen—. ¡Nuevo objetivo! ¡Buscad una sillita de bebé, con el bebé dentro! Por los alrededores, avanzando un poco por la carretera, lo que haga falta, pero ¡encontramos a ese bebé!El grupo de bomberos se dispersa en búsqueda del pequeño. Esto no dura mucho, pues cuando apenas han rebuscado entre los arbustos, un llanto cruza el cielo.Todos los ojos van hacia arriba, y poco a poco van moviéndose hasta situarse sobre un árbol. Le entra un escalofrío al descubrir el metal de la silla para bebés apoyado en una rama.—Mierda. Acercad el camión de bomberos, ¡hay que subir!Miriam y Aitana corren para acercarlo y subir la escalera. Raoul se gira hacia su padre.—¿Me encargo yo?—No. Esta es la mía, prefiero encargarme personalmente.—Soy muy capaz, ¿eh?—Lo sé —suaviza el tono—. Pero sigo en plena forma, así que allá vamos.Sube a la escalera y poco a poco va avanzando por ella mientras Miriam la alarga para acercarlo a la rama en concreto. Abajo, todo el mundo se mantiene en silencio, conteniendo el aliento. En una camilla, la mujer se debate entre mirar o no hacerlo, mientras los paramédicos la atienden con lo que tienen allí.Esboza una pequeña sonrisa cuando el bebé deja de llorar para verle la cara.—Hola, pequeño —susurra—. Venga, te vas a venir conmigo, que tienes a tu madre asustada ya.Se inclina para cogerlo, dejando atrás la silla. Pero al levantarlo en el aire, la silla se mueve y, con un ruido seco, cae del árbol. Escucha un grito ahogado que solo puede pertenecer a la madre, pero él suspira, apretando al bebé contra su pecho.Hace un gesto para que Miriam baje un poco la escalera y todo el mundo recupere la respiración al comprobar que están bien los dos, que tiene al bebé allí.Raoul lo mira desde la distancia, de brazos cruzados y una sonrisa de orgullo. Agoney se acerca desde un lado.—Es un hombre impresionante. —No sabe si se lo dice a él o a sí mismo.—Es mi padre. —Gira el cuello para sonreírle, sonrisa que es devuelta con facilidad.Tras el turno, Manolo recoge sus cosas en su nuevo despacho. Mamen da varios toques a la puerta abierta para anunciarse.—¡Ah, hola! ¿Querías algo? Me muero por irme.—Ha sido un buen turno. —Aprieta su bolso más contra ella—. Eso que hiciste ahí… fue bastante increíble.—Soy bombero, es mi trabajo rescatar gatitos de árboles… o, en este caso, bebés que vuelan. —Suelta una risita—. Y yo pensaba que en Madrid todo era surrealista.—Murcia te sorprenderá, estoy segura.—Yo también lo creo. ¿Estarán bien el bebé y la madre?—El bebé no tenía ni un rasguño. En cuanto a ella, todo bien, hará recuperación completa, aunque se le recomienda que repose hasta que tenga a su segundo hijo.—Me alegro —es sincero.—Pero no venía por eso. —Se cruza de brazos—. Antes de… ya sabe, lo que pasó. —Manolo asiente—. Antes de todo eso el equipo solía celebrar el fin de un turno en un bar que hay aquí al lado. Algunos lo consideran de policías, pero en realidad vamos todos, bomberos incluidos. El resto de tu equipo quiere pasarse, por si te apetecía unirte.—¿Mi hijo incluido? —pregunta con cautela. No le apetece mucho verlo en un bar.—Se apuntó enseguida. Seguro que los más jóvenes ya se han juntado para ir.Coge mucho aire y asiente. Tendrá que ir, aunque sea por Raoul.Sigue a la paramédica hasta un bar que está al otro lado de la calle, donde ya se escuchan muchas risas y jolgorio. Hay música bastante decente, lejana al reggaetón que escuchan los jóvenes. Localiza a su grupo bailando y Mamen tira de él para que se una.Al que no distingue es a su hijo. Le entra un escalofrío solo de pensar en lo que podría hacer alguien que acaba de recaer en un bar.Al fin, lo localiza en la barra. Cuando sus miradas se cruzan, lo hace poner los ojos en blanco.—Es zumo de piña —asegura, meneando el vaso—. Puedes probar si quieres.—No, quiero confiar en ti. Pero ten cuidado, ¿vale?—Siempre lo tengo. —Suspira—. Nada de alcohol ni drogas de ningún tipo, prometido.—Por eso estamos aquí. —Le recuerda, con una mirada significativa.—Te has ido de tu grupito justo cuando iba a invitarte a bailar —comenta Mamen, acercándose y saludando también a su hijo.—No sé si yo sé bailar…—Oh, aprenderás. —Tira de él, dejando a Raoul con una sonrisa divertida, sorbiendo su zumo.Mientras Mamen dirige a su nuevo compañero al centro de la pista y el hijo de este los observa desde la barra, la puerta del bar se abre. Ricky entra de la mano de su marido, comentando una de las emergencias que el técnico ha tenido que atender.Según su vista recorre la sala, su sonrisa desaparece.—Te juro que si me vuelve a tocar uno de los que cree que somos Flash, pienso… ¿Ricky? ¿Me escuchas? —La mano libre del moreno se aprieta en un puño—. Y luego lo animé a tirarse por la ventana, ¿qué te parece?El bombero pestañea.—¿Qué?—¿Estás aquí o no?—Pensaba que sí, ahora estoy algo confuso.—¿Qué ha pasado?—El nuevo capitán de bomberos.Kibo mira en todas direcciones y comprueba que está lleno de gente del gremio de su marido.—¿Está aquí?—Sí, creo que deberíamos irnos.—Eso ni hablarlo. —Lo mantiene en su sitio—. Salimos una vez por semana, ¿me vas a negar bailar un rato juntos? Porque yo te puedo negar otras cosas.Ricky pone los ojos en blanco, sin ninguna intención de protestar. De todas maneras, tampoco tiene que por qué cruzarse con el capitán Vázquez, el bar no es pequeño.Con ese pensamiento se anima un poco. Recupera la sonrisa al descubrir a su amigo en una de las mesas.—Está Ago. ¿Vamos a saludar?No espera respuesta, se dirige hacia él esperando que Kibo lo siga. Lo hace, tras echar un vistazo hasta localizar al hombre más mayor y que más le parece que podría ser el capitán de un equipo entero. Lo ve bailar con la que reconoce como Mamen, de forma tan torpe que resulta gracioso. Quizá a su marido se le pasaría el cabreo si viera sus pasos de pato.Se propone convencer a Ricky para que vuelva a intentarlo, cuando unas cuantas cervezas hayan relajado el ambiente. Saluda a Agoney, que bebe cerveza, distraído; antes de que la canción cambie y todo el mundo se anime. Las parejas se piden un baile y pronto toda la pista está llena de gente bailando con bastante descoordinación sobre la base de una canción bastante conocida.Raoul los contempla a todos con una sonrisilla divertida. No tiene la menor intención, en principio, de salir a bailar, pues solo ha venido a intentar hacer amigos. Le está saliendo mal, pues lleva todo el tiempo pegado a la barra.Lo de conocer gente no es lo suyo, está claro.Lo que no sabe es que, en una de las mesas más cercanas a la pista de baile, un joven moreno no le ha quitado ojo en toda la noche. Repiquetea con los dedos en la jarra, sopesa sus posibilidades y, tras beberse de un trago lo que quedaba de cerveza, se levanta y se dirige a la barra.Raoul, centrado en sus pensamientos, no se da cuenta de la presencia de Agoney hasta que este no se sienta a su lado. Comparten una mirada tímida que se frustra cuando baja la vista para beber de su zumo.—Hey…—Hola.Le late el corazón con fuerza y ocupa su boca con el vaso para evitar decir alguna tontería. La mirada del policía, curiosa, pero oscura, lo atraviesa y hasta quema, por eso tarda en volver a cruzar sus ojos.—¿Quieres bailar? —Se atreve a preguntar, tragando saliva.Raoul podría decir que no. De hecho, lo tiene en la punta de la lengua, pero su lengua se enrolla y le impide hablar. Es más lista que él. ¿Cuál sería el problema por un baile?El motivo de que ya no estén en Madrid, que hayan cambiado toda su vida, es para tener un cambio de aires, para dejar atrás todo lo malo. Y Agoney no le está haciendo promesas de vida que luego romperá. Solo quiere un baile y, por la forma en que lo observa, puede que también quiera algo más carnal.Él puede lidiar con eso, con el sexo sin sentimientos, con un baile para reírse un rato y empezar a socializar. No con otros pasos.—Sí, claro —responde al fin, dejando el zumo a un lado.Se deja guiar por él, que parece saber mejor dónde colocarse y cómo moverse. La mayor parte del tiempo es él intentando imitarlo y Agoney riendo con los mofletes hinchados y los ojos achinados. Sonríe con fuerza mientras se deja guiar.Hasta le parece ver cómo su padre le guiña un ojo, como sus compañeras lo saludan y lo animan a seguir sus pasos también. Se descubre a sí mismo sonriendo de verdad, por primera vez después de la hostia más importante de su vida.Sí, Murcia puede ser un nuevo comienzo en todos los sentidos.
----- CHAPTER BREAK -----
—Vale, muy bien.Ricky alza una ceja y espera el tiempo suficiente para que rectifique y diga algo más. Lo que sea, pero que hable.—¿Y ya está? ¿No me tienes que decir nada más? El otro día...—Fui mucho más duro —lo interrumpe, con un gesto de mano—. No tengo problemas en que vuelvas, especialmente sabiendo que quieres ir a terapia. Pero necesitaré algo más que tus palabras.—¿Qué quieres? Mi marido te lo conseguirá, solo quiere que me mueva de nuevo.—No debería conseguirlo tu marido, sino tú. —Lo señala—. Quiero un parte con todas las sesiones que vayas haciendo, firmado por tu psicólogo. Quiero ver tu progreso.—¿Ver mi cara de mala hostia por tener que hacer esta mierda no es suficiente?—Voy a hacer como que no lo he oído, prefiero quedarme con que quieres trabajar en ello. Mientras tengas voluntad de mejorar y el psicólogo me lo exprese por escrito, trabajarás con nosotros. ¿Te quedas hoy?No puede ocultar su sorpresa.—¿Hoy?—Sí, claro. Los chicos deberían ir llegando ya, tenemos turno de veinticuatro horas. —Le da una palmada en la espalda—. Eres libre de irte y aparecer en el próximo turno, pero sería interesante empezar a verte en el campo.—No, me quedaré. —Menea la cabeza—. He mentido antes, no es mi marido, soy yo el que se muere por volver a trabajar de lo mío.Manolo asiente, con una sonrisilla.—Me gusta tu actitud. Vamos, que tienes que ir conociéndolos.Desde el altillo de la estación, pueden ver a Raoul aparecer corriendo para llegar a su turno. Lo saludan desde arriba, antes de bajar a reunirse con el equipo.Apenas unas horas después...—112, ¿en qué puedo ayudarle?—Creo que está pasando algo con el gas en mi edificio. Todo huele jodidamente mal. Envíen a alguien, por Dios.En menos de una hora, han acordonado la zona. Muchos curiosos se arremolinan a su alrededor, mientras los bomberos terminan de ponerse los equipos.—Eh... —Aitana mira la maquinilla con la que comprueban los niveles de distintos gases—. Esto podría estallar en cualquier momento, es más sensato alejarnos y esperar a apagar el incendio después.Manolo asiente, bastante de acuerdo, mientras busca a Ricky con la mirada. Este le dedica una sonrisa débil, haciéndole ver que está bien, que la amenaza de explosión no le afecta. Solo aparta la vista cuando ve a lo lejos a Agoney, que se acerca con mirada preocupada.—¡Agente Hernández! —Lo llama. Raoul se gira de golpe—. Dime que está todo despejado.—Ojalá pudiera decírselo, señor. Mis compañeros y yo hemos ido puerta a puerta desalojando.—¿Y entonces?—Es el portero... —Mira atrás.Los guía al interior del edificio. En la planta baja, junto a la portería, hay una puerta que da al único apartamento de esa planta.Agoney vuelve a llamar, dejando caer sus brazos con pesadez. Aitana continúa mirando la máquina, mucho más preocupada que el hombre de unos setenta años que abre en bata y zapatillas de andar por casa.—¿Qué quiere ahora? —Entrecierra los ojos.—Buenos días, señor. —Se adelanta Raoul, apoyando una mano en el hombro del policía—. El edificio está siendo desalojado, necesitamos que salga de su casa.—¿Los bomberos también metidos en esto? —Pega un bufido—. ¡Que ya sé que están desalojando el edificio, todo esto es un plan de ellos!Manolo parpadea. ¿De ellos?—¿A qué se refiere?—¡Al Perro Sánchez de los cojones! —Su frente se dobla en mil arrugas—. Que a mí no me engaña el gobierno socialcomunista, que nos echan para meter a los negros con una paguita bajo el brazo. Los españoles no les valemos para nada, solo quieren meter mierda dentro y yo no lo voy a permitir.El grupo se mira con seriedad.—Oiga, usted crea lo que quiera, pero huele a gas por todas partes, podría estallar y matarnos a todos en cualquier momento —explica Miriam, tratando de mantener la calma y no decir lo que piensa—. Le recomiendo que venga con nosotros, nadie le va a echar de su casa.—A ver, si explota... no sé a dónde va a volver.—¡Juanan!Les cierra la puerta en las narices. La gallega cierra los ojos y trata de calmarse.No van a poder sacarlo de ahí a tiempo.—¿Qué hacemos? —pregunta Raoul.—Deberíamos marcharnos, no tiene sentido que arriesguemos nuestras vidas por alguien que no quiere marcharse. —Ricky se cruza de brazos.—No dejamos a nadie atrás, o al menos no lo hacemos hasta el último momento. —Manolo lo mira con tono serio—. Aitana, ¿alguna idea? Estás muy callada.No solo está callada, ha perdido todo el color de la piel. Les dedica una sonrisa bastante tensa cuando consigue levantar la cabeza de su máquina.—A ver, no nos alteremos ahora, ¿vale? —Todos asienten a la vez—. Me parece que esto pita más fuerte cuanto más acerco la máquina a la puerta.—¿Qué dices?—Creo que el problema está en algún lugar de sus tuberías. Puede que tenga la calefacción rota, o cualquier cosa pueda provocar una explosión.—Esto solo mejora las cosas. —Suspira Ricky.Raoul coge aire.—Puede que tengas razón. ¿Me prestas esto? Y por favor, tomadme en serio y no os riais, lo hago por salvar la vida a un facha.Todos dan un paso atrás cuando se acerca a volver a golpear la puerta, con mucha más urgencia que las anteriores veces de Agoney. Observan expectantes, sin entender por dónde va a tirar el bombero. En esta ocasión, el hombre solo abre lo suficiente para sacar un ojo.—¿Y ahora qué?—Tenía usted razón. —Consigue poner su mejor cara de póker—. He ido a mi camión a traer mi detector y no deja de pitar cuando nos acercamos a su puerta. Están ahí, señor.—¿Quiénes? —Abre la puerta de golpe, con los ojos como platos.—Los comunistas, señor. Están rodeándolo, probablemente intentando entrar por las ventanas. Si no viene con nosotros ahora..., será el fin.Como si pudiera hacer su historia más realista, acerca la máquina, cuyos pitidos se intensifican tal cual entran en el piso. Traga saliva. Debe quedarles poco para que el gas combustione y provoque algo que los mate a todos.—¡Lo sabía! Sabía que ustedes no me harían esto, que la policía solo quería ayudar, ¡pues haberlo dicho antes, joder! —Da un par de pasos hacia atrás y saca una bolsa—. Voy siempre preparado contra los comunistas.Deciden ignorar esas palabras y centrarse en sacarlo de allí cuanto antes. Agoney es quien lo guía fuera del edificio, seguido del grupo de bomberos. Manolo da varios golpecitos en la espalda de un satisfecho Raoul, que respira de alivio cuando el gas que llega a la máquina empieza a disminuir conforme se alejan.—Eres un genio —comenta Miriam.Llegan al camión mientras ven cómo el policía ha conducido al hombre a la ambulancia, para ser chequeado por los paramédicos, al haber respirado el gas.—No, solo he usado su odio contra él. Y ahora...No le da tiempo a darle una conclusión a lo que acaba de pasar, porque, tras él, la primera planta del edificio estalla en mil pedazos. Si bien todos se sobresaltan, Ricky pone los ojos como platos. Comienza a dar pasos de espaldas, hasta chocar parcialmente contra el camión y, sobre todo, contra su capitán.—¿Estás bien? —Acaricia su hombro, que tiembla como el resto de su cuerpo.El bombero pestañea, mientras se difuminan imágenes que ya tenía clavadas en la mente. En todas ellas, la misma explosión, la que lo convirtió en un proyectil durante unos segundos. Los peores de su vida y la de su marido.—Sí, claro, solo ha sido... —Suena débil, así que lo hace sentarse.—Un recuerdo —dice, mascando sus palabras—. Sé lo que es eso. Cuídate, y recuerda lo de la terapia.—Descuida. —Agita la cabeza—. No tengo interés en que se sigan repitiendo.El capitán asiente y se acerca a volver a felicitar a su hijo. Ricky cierra los ojos y se concentra en su respiración, como le ha enseñado Kibo. Parece mentira que él sepa tanto sobre primeros auxilios, para ser incapaz consigo mismo.El resto del turno es mucho más rutinario. Tienen que asistir a un incendio provocado en una zona de picnic, pero no hace viento y apenas se expande por los árboles de la zona. Miriam y la policía hablan hasta que logran las pistas suficientes para pensar que pueden saber de quién se trata.Cuando el bombero va a marcharse, una luz encendida en la parte superior de la estación lo hace variar su ruta. Sube la escalinata hasta llegar al despacho del capitán de la 122, que revisa varios papeles. Tan pronto como toca la puerta, ya abierta, los guarda con rapidez.—Buenas tardes. Me iba ya. ¿Necesita algo?—Eh... —se pasa una mano por la cara—, no, nada. ¿Se ha ido ya mi hijo?—De los primeros, aunque me parece que iba a quedar con Aitana. Parece que se han llevado bien.El capitán suspira. No tiene que ser Miriam, precisamente, para darse cuenta de que le pasa algo.» ¿Capitán?—¿Sí?—¿Necesita algo? Y va en serio, lo noto... preocupado.—Son cosas mías. Pensaba un poco en lo que le pasó al ver la explosión.—Sí —masculla—, el estrés postraumático de los cojones.—De los cojones, sí. —Se lame los labios—. Sé lo jodido que puede ser esto, así que tómate tu tiempo con los casos que más puedan desencadenar algún problema en ti.—Estuvo ayudando en el 11M, ¿no? —Manolo asiente—. Dicen que tuvo que reconstruir su estación, porque...—Porque todo mi equipo murió durante una avalancha. Sí, es muy conocido lo que pasó con mi estación, así que entenderás que puedo comprenderte mejor que nadie.—Supongo que sí. —Se sienta con cuidado—. Aun así, no creo que estuviera preocupado por mí, no me tiene tanto aprecio todavía.—Ricardo Merino..., eres más avispado de lo que parece.—¿Hemos pasado ya de ser formales?—Vamos a ser familia, más vale que sí.—¿Entonces? ¿Qué es?Manolo suspira y se rasca el rostro, haciendo tiempo para que Ricky se arrepienta y lo deje estar. Pero ese no es el estilo del bombero, ya lo puede comprobar.—Yo también estaba en esa avalancha, pero más protegido por algunas barras de metal que colocaron para intentar que nadie se matara. Por suerte, eso funcionó conmigo, y con algún otro de otra estación, pero todos los que no estaban tan protegidos..., bueno, eso. —Se aclara la garganta—. La cuestión es que estaba allí, y todo el humo y el gas que surjan ahí se te mete en los pulmones. Tú piensas que todo está bien, pero... no lo está.Ricky traga saliva y agacha la cabeza.—¿Tiene cáncer de pulmón?—No como tal —aclara, con voz baja—. Solo un tumor, y ya he empezado quimioterapia, así que...—Pero... ¿lo saben los de arriba?—Si hablamos de Dios aquí, supongo que se enteraría hasta antes que yo. —Sonríe, pequeño—. Pero la verdad es que lo llevo en secreto. Solo lo saben mis médicos de Madrid y de Murcia, y ahora tú.—¿Raoul? —Niega con la cabeza—. ¿Cómo no le va a decir nada? Es su hijo.—Raoul acaba de pasar por una muy mala racha. No está preparado para recibir una noticia que desencadene que vuelva a lo de antes. Necesita estabilidad, y yo debo ser su roble.—Con todo el respeto, señor, pero si el roble se vuelve débil por el invierno, de poco sirve el refugio. Necesita apoyo.—Ya te tengo a ti. Así que deja de hablarme tan formal, que ya hay confianza.—Por mucho que estemos compartiendo un momento, no seré yo el que te sujete la mano en una sesión dura de quimio. —La cara de Manolo se endurece—. No seas tonto y díselo, que no se pierde nada.—Se me ocurren algunas cosas, en realidad —gruñe.Unos días después, en una cafetería del centro...Agoney, ya fuera de turno, con chaqueta vaquera y pantalones oscuros, cruza Alfonso X al completo para llegar a una pequeña cafetería situada en una esquina de Santo Domingo. Quiere cogerse algo para llevar y pasear tranquilamente por la zona peatonal de Murcia, y es el mejor sitio. No es muy conocida, y casi nunca está llena, por eso le sorprende encontrarse a Raoul allí, sentado en una mesa junto a la ventana y sorbiendo de una pajita lo que parece un zumo de melocotón.—Algún día tenemos que hablar de tu obsesión por los zumos con más de veinticinco años.Si se ha asustado por su intervención, no lo manifiesta. Da un último sorbo y entrecierra los ojos en su dirección. Así se empieza una conversación.—Están muy infravalorados solo porque la gente los considera infantiles. Yo me encargo de valorarlos.—De acuerdo —alza las manos en señal de rendición. Se muerde la sonrisa al sentarse frente a él—. No he tenido la oportunidad de felicitarte por lo del otro día. Estuviste bastante rápido para sacar a ese hombre de su casa.—No fue nada, en serio. —Se encoge de hombros—. Solo se me ocurrió algo que pensé que serviría... —Suelta una carcajada—. Pensaba que no, pero resulta que soy capaz de que me crean cualquier cosa.—Hay que tener talento para eso. —Ladea la cabeza.Raoul decide dejarlo ganar esa pequeña batalla, con un asentimiento de cabeza. Lo cierto es que no está acostumbrado a los cumplidos, pero podría hacerse a ellos si vienen de él.Agoney aprovecha para pedir una cerveza sin alcohol al camarero. No vuelven a hablar hasta que no la tiene delante.—¿No te importa si me quedo?—Me vendrá bien la compañía. —La sonrisa no le llega a los ojos, pero algo le dice que no tiene que ver con él—. Por cierto —carraspea—, siento lo de la otra noche... Todo culpa de mi padre, como siempre.—¿Llegaste bien? —pregunta, en lugar de decir simplemente que no pasa nada.—Sí, lo siento. Ya lo irás conociendo, pero al capitán Vázquez no le gusta no tenerlo todo bajo su control..., aunque tenga más de veinticinco —masculla.—Deja de repetir que lo sientes. Solo hablábamos, no interrumpió nada, ¿no?Asiente, pero no está del todo de acuerdo. Agoney lo invitó a su casa después de varios bailes y estuvieron hablando todo el tiempo, hasta que Manolo se puso histérico por si se había ido a drogarse por las esquinas y lo llamó hasta obligarlo a volver a casa. La cuestión es que es un fastidio, pero pondría la mano en el fuego porque se siente atraído por él.Con la suerte que tiene, está malinterpretando todo.—¿Y ahora todo bien? Si está tan preocupado, será por algo...Aprieta los labios. Confesar el momento mental en el que se encuentra al tío al que no le importaría tirarse no está en sus planes por el momento.—Si te soy sincero, necesitaba escapar de casa. —Suelta un suspiro junto a la confesión—. Que mi padre sea mi jefe en el trabajo está bien en la teoría, pero a veces me supera verlo en cada esquina de casa.—¿No cobras como para alquilarte un apartamento aparte?Raoul aprieta la mandíbula, antes de menear la cabeza y destrozarse el tupé. Agoney no sabe si es una respuesta afirmativa o negativa.—Llevo sin vivir con mi padre desde que se fue de casa por el divorcio —dice, en cambio—. Dentro de poco harán veinte años, así que... sí, no estoy muy acostumbrado a ello. Sobre todo, con un hombre tan moderno y agotador como él.—¿En Madrid vivías con tu madre?Parece pensarse la respuesta, y ve un atisbo de dolor en su mirada, pero antes de poder asegurarse, ya no está.—No, vivía solo. Necesitaba un poco de espacio después del grado medio de paramédico. Siempre he sido muy independiente.Se muerde las ganas de volver a preguntar por los motivos que le han llevado a mudarse con su padre a una ciudad del sur de España. No quiere que se cierre en banda antes de que pase algo entre ellos.» Bueno, pero ya vale de hablar de mí y de mi padre, que somos muy aburridos. ¿Cómo has acabado tú siendo policía?—¿Qué pasa? ¿No doy el pego?—No, das muchísimo el pego. Me encanta cómo te queda el uniforme.—Vale... Me apunto eso para el futuro. —Parpadea. Se lame los labios antes de contestar—: Mi padre es Guardia Civil. Supongo que lo llevaba en la sangre.—Wow. —Lo contempla en silencio—. Debió ser complicado. Ya sabes, padre guardia civil, hijo gay...—Oh, nosotros no... —se aclara la garganta con urgencia—, quiero decir, lo saben, pero no hablamos de ello.Raoul asiente y, en ese segundo, sabe que él también lo respetará. Como imaginaba, cambia de tema de forma magistral, dejando atrás a los padres que los tienen traumatizados, en menor o mayor medida.Salen de la cafetería una vez se han terminado sus bebidas. Como siempre, es el policía quien lleva la delantera, pues conoce las calles de su ciudad a la perfección. Raoul lo sigue con una mano en el bolsillo de la chaqueta y la otra limpiándose de sudor con los pantalones.No sabe por qué está tan nervioso, no va a ser la primera vez que tenga sexo casual con alguien a quien tendrá que seguir viendo a diario.Pero necesita asegurarse de que lo entienda. Por tanto, cuando llegan a la verja que separa la calle del dúplex en el que vive el mayor, se obliga a agarrarle la mano para que lo mire fijamente.—Esto va a ser solo esto, ¿vale? Sexo y cada uno a lo suyo. —Agoney alza las cejas y asiente—. No quiero que nadie se confunda. Pero podemos ser amigos —añade al notar lo seco que está sonando.—Relájate, tampoco serías el primer bombero con quien me lo paso bien. —Le coloca bien el cuello de la camisa, como excusa para tenerlo más cerca.—Así que eres un habitual de confraternizar con el enemigo.—Yo no soy fraternal con el enemigo. Yo me lo follo —susurra, aprovechando la cercanía para lamer la vena lateral del bombero.«Hasta luego Maricarmen. Si me muero que sea en sus manos».—Pues no te veo avanzar en tu objetivo. —Se encoge de hombros, fingiendo un desinterés que ambos saben que es irreal.Deja tranquilo el cuello de su camisa, al fin, para bajar por sus brazos y notar sus músculos. Traga saliva, pero no dice nada. Nunca dice nada, es que lo va a volver loco.—Tú eres siempre muy directo, ¿no?—Y a ti te gusta mucho calentar la comida. —Roza con un dedo su cuello. Agoney ladea todo su cuerpo para dejarle más espacio de hacer lo que sea que quiera hacer.Sonríe al notar que no piensa hacer nada más. Se acerca hasta que sus labios se tocan y entonces, con una sonrisilla llena de lascivia, responde:—Es que, si no, no está tan buena. —Y ataca.Le gusta pensar que corresponde el beso con la misma energía que muestra el policía, pero la realidad es que va muy por detrás en muchos aspectos. Agoney lo empuja hasta acercarlo a la pared más cercana a la puerta de entrada. Lo besa con fuerza, luchando por tomar un control del beso que, en realidad, ya ha ganado.Le tiemblan las piernas de solo pensar en lo que podrá hacer cuando ya no lleven ropa.El dueño de la casa consigue, tras varios intentos fallidos por numerosos besos en el cuello, abrir la puerta. Sin apenas mirar, lo mete dentro y cierra la puerta con la pierna. Este suelta una risita cuando Raoul lo empuja contra la puerta ya cerrada. Comparten esa carcajada mientras vuelven a encajar sus labios y Agoney ya está encargándose de que la camisa de los cojones desaparezca. Nunca había odiado tanto los botones como ahora, con el moreno intentando tocarle por todos lados y teniendo la tela como impedimento.Acaba rindiéndose, por unos segundos al menos, para poder estamparlo contra la pared más cercana a la de la puerta. Durante un breve instante se plantea si no debería hacerle un tour por la casa, pero sin lugar a dudas le diría que prefiere uno por su cuerpo. Él no se va a quejar de esa respuesta imaginaria, eso sin lugar a dudas.Mientras acuna su rostro para volver a besarlo, Raoul consigue quitarse hasta el último botón. Tira de él hasta la pared contraria, la de la dichosa puerta, y aprovecha la separación para abrirse la camiseta y que caiga al suelo, mientras Agoney lame su cuello. Le estaba volviendo loco.Un empujón más y el rubio está tumbado en el sofá. Rebota, mientras, por un segundo, se queda pillado en la forma en que esos ojos oscuros lo contemplan. Traga con la poca saliva que tiene, consciente de la promesa no verbal que supone esa mirada.Se lo va a comer. Lo sabe cuándo se quita la camiseta por encima de la cabeza y la manda a la mierda. Cuando se abalanza sobre él, con todos los músculos de su abdomen juntándose con el suyo, sintiendo sus pieles sudadas rozándose. Lo sabe con ese beso que lo dice todo, a pesar de que lo único que hace es sostener sus brazos por encima de su cabeza, para que no toque hasta que él le diga.Lo sabe cuándo, de la intensidad del beso, acaban girando y cayendo al suelo, sin que un solo centímetro de sus cuerpos se separe por un instante.Agoney acaba tumbado en el sofá, tratando de recuperar la respiración. Tiene los ojos cerrados, motivo por el cual tarda en darse cuenta de que su amante ya se ha levantado y ha recuperado sus calzoncillos. Le lanzan los suyos al moreno y rebusca por el salón hasta descubrir los pantalones junto a la mesa del comedor.Joder, para no gustarle el baloncesto, sí que los ha tirado lejos.Aprovecha que se los pone para coger una manzana que hay sobre la mesa y pegarle un mordisco. Debería comer algo antes de empezar el turno.—Eso ha sido... —escucha tras él— wow.—Sí, tú tampoco has estado nada mal. —Bromea y ambos lo saben. Ha sido impresionante, sobre todo para no conocerse en la cama. O en el sofá, en este caso.El moreno alza la cabeza y resopla al verlo repasar la sala en busca de su camisa. Mierda, ¿cuándo se la quitó? Tenía tan pocas neuronas funcionales mientras lo besaba que está seguro de que ha perdido la dichosa camisa.—¿De verdad no vas a descansar un momento?—Tengo turno y no puedo permitirme llegar tarde —murmura.Ahí está, al otro lado del sofá, más cerca de Agoney de lo que le gustaría. Le da otro mordisco a la manzana mientras recoge la camisa del suelo.—Podríamos tener una segunda ronda más rápida y luego te llevo yo. —Con esos ojos, si no tuviera turno, volvería a tirarse con él a retozarse por el salón—. Puedo poner la sirena de policía, iremos más deprisa.—Eres muy dulce, pero no puedo. Antes de un turno me gusta relajarme con mi música... en mis auriculares. Y de verdad que tengo que irme, que a estas horas hay más tráfico del que pensaba. Creía que lo dejaría atrás en Madrid, pero la vida te sorprende.—Está bien. —Deja un beso en sus labios y se dirige a la puerta sin volver a mirarme—. ¡Llámame!La puerta se cierra. Agoney suspira, y no puede ni quiere evitar la sonrisilla que se le forma.Aitana y Miriam ven llegar a Raoul de forma acelerada. No es la primera vez que lo ven así, pero es la primera vez que tiene tan buena cara, para haber llegado tarde.—Buenos días, rey —saluda la gallega, apoyándose en la barandilla—. Estás... como más guapo de lo normal.—Pues muchas gracias, reina. —Mira en dirección a las escaleras—. ¿Mi padre ha llegado?—Sí, pero muy temprano, ninguna lo hemos visto. Y no cambies de tema, ¿de dónde vienes, que no aparecéis juntos?—Tengo más vida que vivir con mi padre, la verdad.Las chicas se miran y se inclinan más hacia él.—Entonces... ¿con quién estabas?Alza una ceja, pero consigue mantener la cara neutra.—Conmigo mismo, ¿algún problema?—¿Es una manera extraña de decirnos que te estabas masturbando y por eso llegas tarde?—No, llego tarde porque el tráfico es una mierda —farfulla—. No os montéis historias.La del flequillo asiente y se sube al camión.—Vale, vale, lo que tú digas. ¿Me ayudas a limpiar arriba?—Claro.No han pasado ni cinco minutos cuando la alarma suena.—Parece que tenemos trabajo. —La castaña le guiña un ojo, antes de bajar con rapidez.Raoul suspira y baja detrás. Pronto, Manolo conduce hacia el destino que los técnicos de emergencias le mandan. Un incendio en un barrio residencial.Por la ventana, puede comprobar que no se ve humo, pero una señora de unos cincuenta años sale de una de las casas a recibirlos, así que deben estar en el lugar adecuado.—¡Buenos días! Ay, Dios, ¡menos mal que han venido! ¡Que Dios los bendiga!—Buenas, señora. ¿Y el incendio que ha reportado?—¡Vengan, vengan! ¡Ya verán! ¡Son unos asquerosos, ponen en peligro a toda la comunidad!Tras compartir una mirada ante su forma de hablar, comienzan a seguirla a la parte trasera de su casa. Se dirigen hacia la zona que separa su vivienda de la vecina, donde, efectivamente, sale humo... del suelo.—¿Qué...?Ricky suelta una risita.—Hay algunas culturas que hacen barbacoas bajo tierra.—¡Es aquí, aquí! —Señala la mujer.—¿Eso existe? —Parpadea en su dirección.—Sí, señor pijo —se burla—. En Murcia es más común de lo que parece, sobre todo con el calor que tenemos todo el año.Levantan las placas que hay para poder ver la carne. Manolo suspira, comenzando a mosquearse.De la puerta trasera de la vivienda vecina sale una familia musulmana, capitaneada por el padre, que va con cara de enfado.—Pero ¿está usted bien de la cabeza? Perdón, capitán, es que esta mujer no está bien.—¡Vais a quemarme toda la comunidad!—¡Es una barbacoa! ¡Estaba controlada antes de que llegaran! ¡Racista de mierda!—Uy, tenga cuidado con lo que dice. —Señala con un dedo tembloroso.—Miren, lo siento mucho por haberlos hecho venir. Es que esta señora se dedica a soltar mierda sobre nosotros, a veces llama a la policía sin motivo, pero es madre de uno de ellos, así que nunca le pasa nada.—Muy bien. —Llama la atención de ambos, que estaban a punto de ponerse a discutir—. No tendrá que preocuparse más, porque vamos a realizar un arresto ciudadano. —La mujer suelta una risita de alivio—. Señora, las manos en la espalda, queda detenida.—¿Cómo? ¿Yo?—Raoul, saca las esposas.—No creo que tengamos esposas, capitán. —Arruga la nariz.—Bueno, cualquier cosa servirá para atarla. Se portará bien, estoy seguro.—Pero ¿por qué a mí? —insiste—. Soy una ciudadana española, no me pueden tratar así, con menos derechos que esa gente.—Precisamente porque es una ciudadana de este país, debería saber que es ilegal simular la existencia de una situación de peligro por la que haya que movilizar a la policía o, en este caso a los bomberos. Así que queda detenida.Mientras los vecinos sueltan una carcajada, la mujer se lleva una mano al corazón. Aitana no tarda en acercarse.—¿Señora?—Creo... que estoy teniendo un infarto.—Llamad a Mamen, debe estar de camino, pero que se dé prisa. Ocaña, hazle la respiración boca a boca.—¡No, ella no! Es una mujer, no podría.—Entonces, quizá no esté teniendo un infarto —lo dice con una sonrisa suave.—Uy, sí, sí, sí lo estoy teniendo... —Mira a su alrededor hasta fijarse en Manolo—. Hágalo usted.—No estoy certificado. —Alza las manos.—Entonces... —señala a Raoul—, él, él está bien.—Yo lo haría, pero solo para que lo sepa, soy maricón.Se pone pálida y se dirige a Juan Antonio, que hasta ahora se había mantenido al margen de todo.—¿Y él? —Lo señala—. Para que vean que no soy racista, no tengo ningún problema con los gitanos.—No —dice sin más.Se gira hacia Ricky, el único que queda que serviría.—Yo también soy maricón. —Le dedica una sonrisa tan falsa que casi estallan en carcajadas.Entonces la mujer se pone muy seria y se vuelve hacia Manolo, juntando sus muñecas.—Deténganme.Tras ese turno, Ricky va directo a la consulta del psicólogo. Cuando sale, no espera encontrar un coche de policía que lo espera en la puerta. Agoney no tiene ni que decir nada, se sienta en el lado del copiloto.—¿Qué tal ha ido? —pregunta mientras pone primera.—¿Te ha enviado mi marido para asegurarle que voy a terapia? O peor, ¿te envía mi jefe?—No me respondas con otra pregunta. Soy más que un mensajero, soy tu amigo, ¿o no?—Eres más bien un grano en el culo. —Le echa un vistazo y su ceja se alza sola—. ¿Con qué vampiro te has liado, que te ha dejado el cuello maltratado?—¿Se sigue notando? —Suelta un gruñido—. Mierda.—Tú tampoco respondes.—Ayer tuve una pequeña aventura. Dejémoslo ahí.—Hace mucho que no te lías con nadie, ¿con quién has estado? —Entrecierra los ojos.—¿Qué te parece si nos centramos en lo tuyo? —Trata de que su voz no se agudice demasiado—. ¿Qué tal?—Fatal. Antes de salir he tenido que pasar diez minutos en el baño hasta que he dejado de llorar.—Joder.—Ya.Ahí acaba la conversación durante los minutos que tardan en llegar al edificio del bombero. Su mejor amigo aparca en doble fila.—A ti te la sudan las reglas de tráfico.—Soy policía, me la sudan muchas cosas, pero tú no eres una de ellas. Háblame.—Ago, no sé muy bien qué decir, más allá de lo mal que lo paso. Quieren que recuerde todo, que pase por eso sin más.—Quieren que no te bloquees cada vez que te vienen flashes de lo que pasó —le recuerda—. Para eso estás allí.—Lo sé, pero si para eso tengo que revivirlo con dolor...—Estoy seguro de que podrás con ello. Ese hombre es especialista en esos traumas, no te hará avanzar a mayor ritmo del que puedes aguantar.—A veces eres demasiado sabio para ser mucho más pequeño que yo.—En edad puede, en espíritu soy mucho más maduro.—Lo sé. —Y le sonríe con cariño—. No sabes lo que me alegro de tener un grano en el culo como tú para venir a recogerme hasta cuando no puedo ni con mi alma.—Déjame grabar eso para cuando vuelvas a quejarte, para recordarte que a veces hasta te viene bien tener Uber personal. Kibo me avisó del horario y no me costaba nada, así que...—Gracias —dice con sinceridad—. Y ahora me voy a ir y tú deberías llamar a ese chico que te ha dejado un chupetón de un kilómetro y no te has molestado en tapar.Se marcha antes de que pueda quejarse, dejándolo con un molesto runrún en la cabeza. Raoul no ha tenido tiempo para llamarlo, pues su turno de veinticuatro horas acaba de terminar, pero algo le dice que no tomará la iniciativa.¿Debería...? ¿Sí?¿Qué es lo peor que podría pasar?Se maltrata el labio con los dientes mientras sale de allí, una vez ha confirmado que su amigo está dentro de su edificio. Quizá pueda encontrar la manera de que esta vez no se vaya con la excusa del turno.En otra parte de la ciudad, Raoul y su padre llegan a su piso. Han aprovechado que han salido a la vez para comer juntos y pasear por Murcia, para tratar de hacerse con las calles. Pero al cabo de un rato era inevitable no volver a descansar.—Voy a ponerme una mascarilla y a enchufar música relajante. ¿Te preparo una? Tienes la piel bastante bien, pero nunca es pronto para empezar a cuidarse.—Creo que me ducharé antes que tú y luego descansaré.—¡Tú te lo pierdes! —grita, desapareciendo por las escaleras.A pesar de vivir en la misma casa, no interactúan demasiado en lo que queda de tarde. Su padre aún está metido en el baño que comparten a la hora de cenar, así que se entienden a gritos, él le deja en el horno lo que ha cocinado y después se mete a su habitación.Está a punto de quedarse dormido cuando su pantalla se ilumina con un nuevo mensaje. Se le escapa una sonrisa al ver de quién se trata.«¿Te apetece venir a mi casa ahora? Me parece que ya acabó tu turno».Le da el ok enseguida. No le cuesta mucho cambiarse por una sudadera rosa fácil de quitar y unos pantalones de chándal. Revisa en el pasillo, aunque no sea necesario, porque es lo suficientemente adulto para no tener que dar explicaciones.Cuando ha alcanzado la puerta de entrada, su padre carraspea. Parece que estaba en la cocina, después de todo.—¿A dónde vas a las doce de la noche, si se puede saber?—Tengo casi veintisiete años.—Esa no la respuesta a mi pregunta.—No voy a beber, por si esa era la pregunta implícita. —Suspira, quedándose apoyado en la puerta—. Entiendo que te dé miedo, pero confía un poco.—Confiaba tanto en ti que te permití vivir solo después de la última rehabilitación. Ya sabemos cómo acabó eso.—No voy a beber —repite, incapaz de responder sin rabia—. No me esperes despierto.—Y yo te haré un control de alcoholemia y de drogas cuando aparezcas.Se va de su casa con un nudo en la garganta, que trata de sustituir pronto por la anticipación de pasar una buena noche.En el dúplex de Agoney, este no ha parado quieto en toda la noche. Entre preparar la receta, sacar la mejor vajilla, ducharse y elegir una buena camisa..., le ha llevado demasiado. Por eso no le ha dicho nada hasta que no ha elegido la ropa.Coge mucho aire antes de acercarse a la puerta al escuchar el timbre. No le da tiempo a abrir la boca para saludar cuando Raoul se ha tirado sobre sus labios. Tampoco le disgusta que lo haga, así que le corresponde con fuerza, acariciando sus brazos por encima de la sudadera que lleva.El rubio lo estampa contra la puerta y comienza a besar su cuello. De la rapidez con la que va, se carga varios botones al intentar abrir su camisa, pero eso no lo detiene en sus ganas de comérselo por completo.—Tranquilo, tigre. —Lo separa—. Tranquilo...Le hace un gesto con la cabeza para que mire a su alrededor. Su expresión cambia en cuanto distingue la mesa puesta, con velas y todo. Traga saliva al notar el disgusto.» Ven... —Agarra su mano con un gesto suave y lo lleva hasta la mesa.—¿Qué... es todo esto? —Habría que ser idiota para no darse cuenta de la forma en que su actitud ha cambiado por completo al verlo todo puesto.—He pensado que no estaría mal cenar y tener una conversación tranquila antes de... ya sabes, enrollarnos.Se lame los labios mientras se sienta en la silla que le da visión de la cocina. Nunca llegó a mirar más allá del sofá, salvo por esa manzana que se comió.—Es un poco tarde para eso.Agoney se da la vuelta con una botella en las manos.—¿Champán? —Se la enseña y comienza a buscar una copa.Es lo único que necesita Raoul para tensarse por completo. Pero él no lo mira, así que tiene que hablar:—Prefiero agua, gracias.El moreno asiente, tratando de que no le afecte la forma en la que lo está mirando. Se ha prometido que se lo pasará bien y ya, aunque quizá sea muy tarde para él.—Perfecto, pues de plato principal tenemos salmón... —No le pasa desapercibida la forma en que parece querer desaparecer de su casa—. No te gusta el pescado.—No, no es eso, es que... —Se lame los labios—. Mira, no sé qué esperas de todo esto.—Cenar y mantener una conversación, Raoul.—Eso ya lo has dicho —dice entre dientes—, pero parece que te has hecho una idea equivocada de lo que es esto. Me has llamado después de medianoche.—¿Por qué te pone tan nervioso cenar conmigo?—¿Qué quieres de mí?—Esto no es una propuesta de matrimonio, Raoul. —Puede notar cómo se le tensa la espalda al instante. Suspira—. Solo me apetece conocerte un poco.—Tío, dejé muy claro lo que quería.—Sí, pero no tiene por qué basarse solo en sexo. Podemos ser amigos, tú mismo lo dijiste.—Me has invitado aquí después de medianoche. ¿Qué esperabas que pensara? —Se incorpora para quedar a su altura.—Te he invitado después de nuestros turnos, para que no tengamos prisa —aclara, con los ojos brillando de sinceridad.Se toma un momento para mascar sus palabras y negar con la cabeza. No puede con ello.—Lo siento. —Comienza a alejarse hacia la puerta.—¿Va en serio? ¿Te vas?—Vamos a dejarlo, mejor. Fue una buena primera y última vez, no te desesperes.Agoney pierde toda respiración cuando cierra la puerta con un portazo.—Soy gilipollas.
----- CHAPTER BREAK -----
Siempre ha creído que Madrid era una ciudad de locos, que tanta gente no podía traer nada bueno a sus emergencias. Hasta que ha llegado a una ciudad como Murcia, donde su primera llamada del turno es por intoxicación por mercurio. Una empresa entera intoxicada por mercurio, no está de broma.Esto ha implicado muchas personas intentando autolesionarse y tirándose por las ventanas del edificio. Policía, bomberos y paramédicos trabajan lo más rápido que pueden para salvar el mayor número de vidas, teniendo en cuenta que una planta completa parece contaminada.Por desgracia para Raoul, por supuesto que Agoney está allí y no siente que pueda concentrarse con el moreno siendo un continuo recordatorio de todo lo que está mal en él. No deja de mirarlo como cachorrillo, mientras el policía pasa de él y trata de hacerse útil en la situación estresante.Lo único que le da alivio es que está respetando que parezca haber acabado todo.Vuelve a la realidad al ver a Miriam moverse entre las mesas donde estaban sentados los ejecutivos antes del brote. Se cruza de brazos, acercándose a Aitana y Juan Antonio.—Está haciendo lo suyo, ¿no?—Tiene toda la pinta —musita la chica del flequillo.—¿De quién es este sándwich? —Alza la voz la gallega, llamando la atención de todos. Levanta un bocadillo, para ejemplificar.—Mío. —Levanta la mano un joven asiático, que tiembla, intentando liberarse para cometer un acto que su yo consciente lamentaría.—¿De dónde has sacado esto? Tiene mercurio dentro, joder.—De la mesa de la comida —contesta una mujer, su jefa por lo que recuerdan—. Todos hemos comido del mismo sitio.La bombera se dirige a esta y comienza a inspeccionar todos los ingredientes. El resto se mira con preocupación.—¿Tienes algo? —pregunta Manolo.Miriam lo ignora y se dirige directamente a la jefa.—¿Dónde compráis la comida? Esto es de algún servicio.—Sí, lleva años con nosotros, nos lo traen todas las mañanas.Entonces se vuelve hacia Agoney. El moreno asiente. Están pensando lo mismo.Media hora después, un coche de reparto aparca frente al edificio. Aitana y Raoul son los encargados de salir, aún con su uniforme de bomberos.—¿Diez bocadillos de tortilla de patatas con lechuga y tomate para el servicio de bomberos? —pregunta, a lo que la castaña asiente y se acerca para quitárselos.—¿Es de buena calidad?—De la mejor —presume el hombre—. La hacemos entre mi hijo y yo, pero me gusta encargarme de los repartos personalmente.—Ya. ¿Tiene el extra de mercurio que le gusta añadir?La sonrisa en su rostro va mutando a la estupefacción. Ninguno de los dos bomberos ha dejado su expresión alegre, comprobando que para ellos no hay mercurio. Con la cara pálida, comienza a caminar hacia atrás para alejarse de ellos.Solo que choca con un pecho duro.—¿A dónde ibas? —pregunta Agoney, aclarándose la garganta.Palideciendo todavía más, intenta correr. Y hay que decir que lo intenta, porque de un tirón el policía lo tiene contra la puerta de su propio coche. Mientras le dice sus derechos y lo esposa, Aitana se acerca. Raoul aún no se atreve demasiado, pero ha sentido demasiadas cosas con esa imagen.—¿Por qué? —La del flequillo se cruza de brazos.—Llevo años subiéndoles la comida cinco días por semana. Ni un gracias, ni una sonrisa, solo "déjalo ahí". No saben quién soy, pero ahora no me olvidarán.Agoney pone los ojos en blanco y tira de él para meterlo en el coche.—Menudo chalado —comenta Aitana con su amigo mientras el policía se lo lleva.—Ya. —Su vista no deja de seguir a Agoney, hasta que lo pierde en el coche patrulla. Coge aire por la nariz.—¿Qué te pasa hoy? Estás más fuera de ti de lo normal.—Nada. —Frunce el ceño—. He tenido un par de noches malas, ya está.La bombera lo deja estar mientras estén en campo. Se aseguran de que todos los enfermos estén en las ambulancias, camino del hospital, antes de volver a la estación.—¿Y a este qué le pasa? —pregunta al resto cuando el rubio va directo a la zona de entrenamiento.—No tengo ni idea. —Y debe ser la primera vez que Miriam dice algo así—. En nuestro anterior turno estaba contento, creo yo. Dejamos de verlo unos días y de repente es un alma en pena.—El churri de la otra vez le habrá dejado en visto —bromea Aitana, llevándose una mirada curiosa—. No creo, pero sí que es raro tanto cambio de humor. Siempre evadido de todo, luego contentísimo, y ahora en una nube otra vez.—Estoy seguro de que tiene sus motivos —interviene Juan Antonio—. Mejor vamos a dejarlo, a ver si se relaja con las pesas.Ricky pone los ojos en blanco. En su opinión, el pijo que encima es hijito del capitán no debería tener problemas reales. Es que, seguro que mea colonia, de lo perfecto que parece.—112, ¿en qué puedo ayudarle?—¡Mi edificio está ardiendo! ¡Vengan pronto!A Raoul no le da tiempo ni a terminar una serie en el gimnasio cuando tienen su siguiente llamada. Esta vez sí que los necesitan, pues se trata de un edificio completo envuelto en llamas.Mientras Juan Antonio, Miriam y Manolo entran a localizar a algunas personas perdidas en el interior, el resto se encargan de intentar apagar de las plantas a las que tienen acceso desde fuera. Los paramédicos están a un lado, recibiendo Nerea a la gente que va saliendo junto a los bomberos para encargarse de ellos.Ricky ayuda en todo lo que puede, pero no deja de mirar con ojos de pena el interior, y se permite respirar únicamente cuando ve salir a todos sus compañeros. Algo parecido le pasa a Raoul, tras aparecer su padre junto a una mujer que no deja de gritar. Mientras Mamen sigue atendiendo heridos, Nerea se acerca a ellos.—¿Qué le pasa? ¿Tiene alguna quemadura? —Permite que la coloquen en la camilla, aunque la mujer se levanta.—¡No, estoy perfectamente! —espeta—. Mi bebé está dentro, y nadie está haciendo nada para sacarlo.Manolo pone los ojos en blanco y se aleja de ellos. La paramédica empieza a llevársela hacia una de las ambulancias, pero Raoul les sigue el paso, sin quitarse la idea de la cabeza.—¿Dónde está?—En su habitación. Tercera planta. —Le tiembla el labio cuando dice—: Su capitán dice que esa zona estaba bloqueada por el fuego, pero ¡yo sé que no se estaba esforzando lo suficiente! ¡No quiere salvar a mi bebé!El bombero mira a su padre y después al edificio. Apenas han conseguido nada con el agua que lanzan, pero tienen que seguir hasta apagarlo.—Intentaré hacer algo. —Y se dirige hacia Ricky y su padre, que están preparados para ayudar en el agua—. Tenemos que sacar a ese bebé de ahí.—Raoul —Manolo lo mira con lástima—, lo más seguro es que ese pequeño ya esté calcinado. La zona que ella me señaló estaba completamente en llamas. No hay manera de acceder, y no pienso arriesgar la vida de ningún bombero por algo así.—Puedo entrar yo.Lo miran como si fuera un insecto insignificante.—Tú no vas a entrar a ninguna parte —llega a esa conclusión Manolo—. Anda, ponte a apagar el incendio, que no queremos que se expanda o que sea peor para otros edificios.—No. —Se giran a mirarlo de nuevo—. Tenemos que intentarlo. Voy a entrar. —Esa vez no es una sugerencia.Lo ven dirigirse al camión central y sacar su uniforme completo. Se pone el casco y la mascarilla para evitar respirar humo. Antes de que Ricky pueda detenerlo, ya está entrando en el edificio.—Pero ¿qué...? —pregunta Aitana.—Tú no le has puesto muchos límites a tu hijo, ¿no?Manolo gruñe y se baja, manguera en mano. Lo va a matar en cuanto salga. Si lo hace.En el interior, Raoul consigue alcanzar la tercera planta con ayuda de un extintor. No está apagando nada, pero el tiempo que tardan las llamas a volver al lugar donde apunta es el que necesita para avanzar.Resopla al llegar a lo que cree que es el piso en cuestión. Le sale una sonrisa de alivio al escuchar un llanto incesable. Se deja guiar por el ruido hasta una habitación envuelta en llamas. No sabe ni cómo va a poder llegar, cuando la alfombra que rodea la cuna está ardiendo y llevándose la cuna consigo. Si se da prisa, puede intentarlo.Se ayuda del extintor para llegar a la parte superior de la cuna, que está intacta. El bebé no deja de llorar, ni siquiera cuando lo coge en brazos. Mierda, seguramente haya inhalado humo, tiene que sacarlo de ahí de inmediato.Tapándolo como puede con sus brazos y su cuerpo, vuelve sus pasos para salir de allí.Fuera, Manolo hace todo lo posible por contener la calma. Las llamas de la planta baja están empezando a dejar de resistirse, pero eso no significa que tengan nada hecho. Es más, les va a tocar pasar el resto del turno pendientes del incendio.Y de Raoul, si es que llega a salir.—Venga, jefe, confiemos un poco. —Miriam se acerca a él, cuando este está a punto de subirse a la escalera para ayudar desde allí—. Saldrá.—Es la persona más impulsiva que he conocido en toda mi vida, y lo conocí hace veintiséis años.Ricky menea la cabeza, no queriendo opinar. No diría nada bueno, eso está claro.—Mierda —escuchan a Juan Antonio.Se giran justo cuando los cristales de las ventanas estallan en mil pedazos, planta a planta. Le entra un escalofrío cuando de uno de ellos sale una bomba de fuego que no llega a alcanzar a nadie. Al menos, a nadie que esté fuera en ese momento. Ricky se tambalea, pero trata de mantener la calma, aunque sea por su capitán.A un lado, la mujer se baja de la camilla donde Nerea la tenía, entre llantos.—¡MI BEBÉ! —Solloza.—Mi hijo —susurra él.Saben que no pueden entrar a ayudarlo, sería demasiado peligroso, así que solo pueden quedarse ahí a mirar como pasmarotes. Mientras, los trabajos para apagar el incendio no tienen fin, así que al menos pueden centrarse en la parte útil de la situación. Cuanto antes acaben con esto, antes sabrán qué ha sido de uno de los miembros más jóvenes del equipo.Se les para el corazón cuando la puerta de la entrada, chamuscada, pero apagada, se abre de golpe. Manolo se baja enseguida, entre temblores.—Bueno —llega a la conclusión—, parece que sí se podía, ¿no?—Cállate la puta boca y dame un abrazo. —Lo estrecha entre sus brazos, sin importarle el bebé que no deja de llorar—. La última vez que me asustas así.—Se intentará. —Suelta una risita—. Te juro que no suelo pensar en morirme ni nada.—Pues menudo historial —masculla.Ricky bufa y se aleja a seguir trabajando para acabar con el incendio. Raoul no tarda en acercarse a la mujer y a Nerea, dándoles indicaciones de que no ha podido evitar del todo que siga respirando humo. Tendrán que llevárselo al hospital sí o sí, pero al menos está a salvo.—Ay, mi héroe, mi héroe... —Llora mientras lo abraza.—No ha sido nada, es mi trabajo.—Gracias, de verdad. —Le coge las manos—. No sé cómo podré pagárselo.La deja ir hacia la ambulancia, para ser llevada al hospital, como el resto de gente que respiró humo mientras no podían salir.Los trabajos para apagar el incendio duran toda la noche. Finalmente, sobre las seis y media de la mañana, pueden darlo por apagado.—Cuando haya dormido volveré para intentar averiguar qué ha pasado —comenta Miriam—. Esta mierda no puede quedar impune.Raoul asiente de forma distraída, pero está demasiado cansado para pensar en nada que no sea dormir un rato. No tiene ganas de enfrentar a nadie, mucho menos al conductor del camión. Porque Ricky parece querer quemarlo en la hoguera de un momento a otro.Duerme una friolera de tres horas seguidas, y después se niega a quedarse calentando las sábanas. Prefiere ocupar su mente con algo útil, como limpiar el camión.Es así como lo encuentra Ricky una hora después. En realidad, el bombero solo iba al baño, pero verlo ahí, tan tranquilo en apariencia, que le arde la cara.—Míralo. —El rubio se gira y le hace un gesto que imita un saludo—. El niño que se piensa que puede hacer lo que le salga de los huevos.—Ahora no, Ricardo. Necesito silencio para descansar de todo esto.—¿Qué pasa? ¿Ahora te entran remordimientos de lo que podría haber pasado o te gusta demasiado ser el héroe del cuento?Raoul coge mucho aire. Ha intentado evitarlo con todas sus fuerzas, pero si él quiere pelea, él puede darla.—Tío, soy el héroe de la noche por ser el único —remarca la palabra— con huevos para salvar a ese bebé. Su madre habrá perdido su casa, pero al menos puede irse a un hotel con su hijo en unos días.—¿Eso te gusta? ¿Ser considerado el héroe por desobedecer las órdenes directas de tu propio padre?—Hice lo que creía adecuado para salvar una vida. No espero que lo entiendas.—No lo entiendo. —Niega con la cabeza—. Bueno, de ti me lo espero, porque eres el niño de papá, pero no pensé que llegarías tan lejos.—¿A ti qué te pasa? —Da un paso vacilante—. ¿Niño de papá?—Está claro que nunca te han puesto límites. Has hecho lo que te ha dado la gana en todo, tu vida y tu trabajo. Adivina qué: hay acciones que tienen consecuencias. Un chaval incendió sin querer un granero y se llevó por delante a todo mi equipo.—Lo siento mucho por eso, pero no tiene nada que ver conmigo. —Trata de quitarse de encima el malestar por lo primero que ha dicho.—Va por aquí: me trae sin cuidado que dos pijos vengan aquí a imponer su estilo de estación de bomberos, pero si el pijo de veintitantos se empeña en portarse como un niñato porque necesita experiencias vitales, le partiré la cara.—No necesito experiencias vitales, estaba salvando una vida —mastica cada palabra, para que lo entienda.—Claro que sí, rey, finjamos que no era por tu ego y por las felicitaciones de después.Raoul balbucea, con la cara roja. Está comenzando a mosquearse. El otro bombero no lo conoce, no sabe qué es de su vida y no debería decir todas esas cosas sin saber. Que se haya arriesgado no significa que el resto sea una mentira.—Mejor cállate, anda.—¿O qué? ¿Irás a llorar a tu papi?Se acabó. Se lanza sobre él con un puño por delante, pero Ricky lo esquiva con facilidad, sujetándolo para que no se le acerque.» Venga, niño bonito, venga, inténtalo.Se ven envueltos en una pelea algo estúpida, llena de manotazos y golpes que no hacen verdadero daño. Ninguno de los dos para hasta que Juan Antonio aparece corriendo y se apresura a separarlos. El gitano se queda del lado de Raoul, pues el que parece más rabioso.—¿Qué cojones está pasando aquí?—Estábamos teniendo una conversación —masculla Ricky.—Sí, con muchos signos de exclamación. —Juan Antonio los mira como si no pudiera creerlo—. ¿En qué estáis pensando?—Nada —espeta Raoul—. Yo mejor me voy.—Espero que no te vayas a mitad del turno, ya sería demasiado.El rubio lo mira como si quisiera matarlo. Por suerte para el resto, se mantiene quieto, aunque sea por Juan Antonio.—Voy al gimnasio, pero tú déjame tranquilo. Si estás enfadado con el mundo, no lo pagues conmigo.Pasa de morros el resto del turno y el camino a casa junto a su padre. Manolo tiene que marcharse a su primera sesión de quimioterapia, y le pica la lengua por contárselo, pero lo ve tan enfadado que... no ve que sea el momento.—Voy a pasar unas cuantas horas fuera —informa cuando aparcan frente al edificio donde viven—. ¿Te importa?—No mucho —musita—. Prefiero descansar un rato.—Te vendrá bien —opina—. Hoy has estado muy espeso.—¿Tú también? —Suelta un gruñido—. Por favor, ahórratelo.—Muy bien. —Le da una palmada en el hombro—. Hoy hiciste un buen trabajo, si te sirve de algo. Aunque fuera de auténtico kamikaze.—Lo sé. —Arruga la nariz—. Pero no me arrepiento, ese niño tendrá una recuperación completa, a pesar de todo el humo que respiró.El capitán asiente, mirándolo con cariño. Si fueran ese tipo de padre e hijo, ya lo habría abrazado. Pero no lo son, son esos que se miran con cuidado, como si cualquier cosa fuera a hacer explotar una bomba.Y es todo su culpa.En el hospital donde se realizará el tratamiento, se encuentra más solo que nunca. Todos los enfermos tienen a alguien que los acompañe, ya sea pareja, padres o incluso hijos. Se le forma un nudo en la garganta, que apenas consigue eliminar tragando saliva.—Te noto un poco perdío, forastero. —Se gira, descubriendo a un hombre de unos sesenta años a su lado, recibiendo el mismo tratamiento.—Solo... trataba de familiarizarme con este lugar. Es la primera vez que tengo una sesión.—Se nota que no eres de aquí, te falta acento. —Le guiña un ojo—. Veamos..., catalán no suenas, ni gallego.—En realidad nací en Cataluña —corrige—, pero llevo toda la vida en Madrid, así que... sí, madrileño.—¿Y qué hace un madrileño en Murcia para un tratamiento de cáncer? ¿No tenéis hospitales o es que la Ayuso ya se los ha cargao?Le entra la risa, pero menea con la cabeza.—Tenía que sacar a mi hijo de su entorno —confiesa—. Estará mejor en un sitio donde no tenga distracciones.—¿Y ese hijo tuyo está por aquí?Sabe a lo que se refiere, así que niega con la cabeza.—Aún no lo sabe.—¿Y cómo es eso? ¿Dónde se supone que piensa que estás?—Yo no le pido a él explicaciones de dónde pasa las noches, y él a mí tampoco. Somos adultos funcionales, funciona.Lo mira con ternura, imitando su gesto anterior.—Debería contárselo —utiliza un tono suave, asertivo—. Todo el mundo necesita un poco de apoyo en lo que supone esto y algún día podría arrepentirse de no hacerlo.Todo el mundo le repite una y otra vez que debería sincerarse con él, pero sabe que no puede. Si tiene alguna emoción fuerte y le da por encontrar drogas, las conseguirá. Si no es comprando a algún camello, las sacará de la ambulancia de los paramédicos. Ahora que lo piensa, debería hablar con Mamen para que lo vigile también.—Por el momento creo que estamos bien así. —Se encoge de hombros—. Pero gracias.—Tú verás, muchacho. —Se pone a mascar un chicle hasta que llega su acompañante, una mujer joven que tiene pinta de ser su hija.Los observa interactuar un rato más, preso del aburrimiento. No puede evitar volver a pensar en Raoul, en qué sería de ellos si tuvieran una relación más estrecha. De momento lo único que ha podido hacer es mudarse con él, pero nunca será suficiente.Su hijo, en cambio, ha pasado la tarde durmiendo y mirando al techo, de forma alternativa. Se muerde el labio con tanta fuerza que hace daño.Cuando se pone oscuro en la calle, decide que tiene que salir, moverse, no quedarse encerrado todo el día. Si su padre no va a volver y no puede llamar a Agoney, se le ocurrirá algo.Sus pies lo llevan al bar de la primera vez. En esta ocasión, no reconoce a nadie, por lo que no está ocupado por policías o bomberos que le suenen. Perfecto.Se acerca a la barra, donde un par de hombres gigantes intentan que la camarera les haga un mínimo de caso. Con los labios apretados, se aproxima hasta quedar entre ellos.—Perdona. —Pone su mejor sonrisa, llamando la atención de la joven chica rubia—. ¿Me pones un agua mineral, por favor? —Esta asiente, devolviéndole la sonrisa y se aleja. Al notar la mirada de los hombres, se encoge de hombros en tono inocente, antes de hablar—. No es que no os haya visto, es que no le gustó lo que vio. —Le guiña un ojo.Cuando se giran hacia él, ya es demasiado tarde para intentar esquivar un puñetazo, que lo tuerce hacia la derecha. Se recupera rápido y consigue sortear el segundo, asestando uno él que deja a uno de ellos algo tocado. Pero el otro lo sujeta con fuerza para que le venga el siguiente puñetazo.Raoul consigue contraatacar y tirarlos al suelo, entre los vítores y gritos del resto de personas del local.Media hora después, está esposado a la mesa de un oficial, a la espera de que le tomen declaración. La mujer policía que lo ha detenido le ha dado una bolsa con hielo antes de desaparecer, y está seguro de que nadie tendrá el detalle de cambiársela ahora que se está descongelando.Intenta que el frío sirva para algo, que remita el dolor todo lo posible, pero no está funcionando.Una bolsa de plástico con todas sus pertenencias aparece frente a sus ojos. Cuando los alza para enfrentar al policía de turno, se le va la respiración. No es uno cualquiera, por supuesto que no. Es Agoney. En uniforme de policía, después de haber bromeado varias veces con que le pone llevándolo. Lo mira con una seriedad que solo le dirigió cuando se fue de su casa.—¿Es en serio? ¿No hay más policías en toda la puta ciudad?—Te han detenido en un bar aquí al lado, trabajo muchas noches y no es una ciudad tan grande, Raoul. ¿O debería llamarte Raúl sin la o?—Ugh. —Se aprieta el hielo contra la frente más fuerte.El moreno lo mira en silencio hasta darse cuenta de que no piensa decir nada más que ese gruñido. Coge asiento frente a él, pero ni con esas aparta la mirada.—Hay dos buenas noticias para ti —comenta, llamando su atención—. Esos tíos no quieren poner denuncia, pasan de líos, pero podrían, porque todo el mundo quién empezó.—¿Y la segunda noticia buena? —lo apresura, con el ceño fruncido.—Va junto a una mala —informa, con un suspiro. Comienza a quitarle las esposas, sin buscar su mirada. Raoul traga saliva, con el pensamiento de lo que sería esa imagen si la situación fuera otra—. Has dado negativo en alcohol y drogas. Lo que significa que te fuiste a un bar a provocar a unos moteros rabiosos que te sacan dos cabezas completamente sobrio. ¿En qué momento se te ocurrió hacer algo tan suicida?Los hombros del rubio se hunden al escuchar la pregunta.—No estoy con ánimos de que me den una charla, Agoney, no te ofendas.—No te estoy hablando como novio, ni siquiera como amigo. —Está tan serio que levanta la cabeza, y sus ojos se encuentran. Traga saliva. Se le nota decepcionado, y es demasiado para no conocerse—. Pero sí que deberías hablar con alguien, con quien sea, de por qué decidiste hacer esa gilipollez.Lo mira con seriedad durante unos segundos que se hacen eternos. Su mirada pide ayuda a gritos, pero no será él quien haga algo mientras siga tan cerrado a sí mismo. Raoul recoge sus cosas en silencio.» Por cierto, tienes una mancha de sangre ahí.Con un bufido, agarra un pañuelo y comienza a limpiarse el labio por el lado contrario. Agoney lo observa en silencio, con sus dedos deseando hacer algo.» Por el otro lado. —Señala.Raoul sigue limpiándose como puede, sin dejar de contemplarlo como si hubiera matado a alguien. Está tan serio que no se reconoce a sí mismo. Lo de no saber de relaciones sociales y de cómo arreglar lo que está pasando es parte de él ahora, por lo visto.» Joder, espera.El propio policía coge otro pañuelo de la caja y limpia la mancha que tiene en la comisura izquierda de sus labios. Cuando acaba, le murmura un gracias, pero no apartan la mirada del otro. La electricidad que los recorre desde que se han rozado para limpiarse les hace preguntarse cómo cualquiera de esa sala sigue respirando, pues es como si todo el oxígeno se hubiera vaporizado. En otra situación, sin ese muro que hay entre ellos, sería muy diferente. Pero, al contemplar esos ojos oscuros, Raoul se da cuenta de que no quiere no saber qué podría ser de ellos.—Siento lo de la otra noche. Me comporté como un gilipollas.—Soy policía. —Se pone a leer lo primero que pilla, para no mirarlo a los ojos—. Estoy acostumbrado a lidiar con gilipollas.—Escucha —cierra los ojos. No le gusta que se haga el que no le importa, pero se lo ha ganado. Ahora espera que lo escuche—, mi vida ha sido una locura este último mes. Acabo... de pasar por una mala ruptura. De las terribles. Y... —se muerde el pulgar— entonces recaí —susurra.—¿Acostándote conmigo?—No, con las drogas. —Agoney se obliga a dejar el código que estaba fingía leer y lo observa con ojos cuidadosos. Pronto su expresión muta a la preocupación dulce, lejana de la lástima a la que suele acostumbrarse.—Vale. —Se muerde el interior de la mejilla, sintiéndose un poco idiota—. Eso explica tu reacción al champán. Lo siento mucho, si desencadené algo...—No, no te preocupes, desde que estuve en un centro no tengo esa necesidad. Recaer... fue porque necesitaba dejar de sentir después de esa ruptura. —Menea la cabeza—. Es solo que... está siendo un dolor de cabeza, con mi padre pendiente de mí y estar tan lejos de mi ciudad de siempre... Estoy muy cansado y esta noche solo quería sentir algo. Siento haberte usado a ti o esa estúpida pelea, fui un estúpido.Se levanta, ya con la cartera en el bolsillo, dispuesto a desaparecer para meter la cabeza bajo tierra. Pero él no quiere dejarlo ahí.—La próxima vez que quieras sentir algo, llámame directamente, que lo de crear escándalos en bares es muy de heteros.Le parece distinguir un brillo pícaro en los ojos, así que se permite sonreír, con un asentimiento suave.—¿De verdad? ¿Vas a meterte conmigo por eso?—No lo dudes. —Le guiña un ojo, con una sonrisa ya instalada en sus labios.Raoul vuelve a asentir y se marcha con el alivio en el estómago.Agoney suspira. No ha ido mal, después de todo.Esa misma noche, Ricky se acurruca entre los brazos de su chico. Ojalá todos los problemas desaparecieran simplemente con estar pegado a la mejor persona que conoce.—Muy bien, casi puedo ver la nube sobre tu cabeza, así que tú dirás.Resopla. Odia que, además de ser la mejor persona del mundo, Kibo lo conozca tan bien.—Tú cogiste la llamada al 112 del incendio de anoche, ¿no?—Sí, odio cuando tengo que contactaros a vosotros con un incendio. —Se muerde el labio—. Hasta que no me dices que todo está bien no me quedo tranquilo.—Veo que no soy el único con secuelas del accidente —comenta, sin apenas tensar al rapado—. A lo que iba: el hijo del capitán es gilipollas.Kibo alza las cejas.—Tendrás que desarrollar eso un poco más.Así que pasa los siguientes diez minutos despotricando sobre por qué ha sido un completo inconsciente, que podría haberse matado y provocar un trauma a su padre, por no hablar de su actitud de gallito.—A ver, ¿qué opinas?El rapado echa la cabeza hacia atrás en el sofá.—Supongo que tienes un punto, fue muy peligroso lo que hizo, pero...—No me jodas que hay un pero, Marc Kibo, que se supone que estás de mi lado.Le roba un beso para callarlo antes de que se ponga a despotricar sobre él.—Yo siempre estoy de tu lado, cariño, pero si su padre no le ha dicho nada...—¡No le dice nada porque es un niñato mimado! Lo tiene entre algodones, no me jodas. Cuando se lo dije se puso...—¿Se lo dijiste a Manolo?—No, al propio Raoul. —Pega un bufido—. A ese chaval no le han dicho las cosas a la cara en su vida y se nota.—Dime que no se lo has dicho de verdad, Ricardo Merino. —Se aparta para mirarlo con incredulidad.—Sí, claro que lo he hecho. Anoche fue solo él, un día de estos nos pondrá en peligro a todos. Alguien tiene que decírselo.—Deberías disculparte con él. No puedes soltarle esas cosas a un chaval sin saber la carga que lleva detrás.—¿Yo? No me jodas, ¿qué carga va a tener?—Nunca lo sabremos si te comportas como un insensible. Ricky, vamos, eres mejor que eso. Imagina que, como tú siempre haces como si no pasara nada, la gente creyera que te la suda lo que pasó con tus compañeros. Tienes que disculparte. —Lo pincha con un dedo en el costado.—Ya veremos —farfulla.A pesar de estar enfadado con el mundo, no duda en volver a abrazarse a su marido, dejando que pase la noche con tranquilidad. Ya volverá a pensar en ello más adelante.
----- CHAPTER BREAK -----
—112, ¿en qué puedo ayudarle?—Una mujer acaba de caer encima de mi coche. No sé... no sé qué hacer, salió de la nada desde arriba.Kibo pestañea y niega con la cabeza.—No se mueva, ahora mismo envío a alguien. Dígame la calle.Mamen es la primera en llegar, junto a sus paramédicos. Mientras Alfred saca la camilla, Nerea se aproxima al coche. El hombre está hablando con su acompañante.—¿Sigue viva? Necesito saber si sigue viva —pregunta el señor.—Déjenos trabajar. Ahora vendrá otra ambulancia para encargarse de usted, pero necesitamos espacio.Sube al techo del vehículo, mientras Mamen le va dando instrucciones.—Tiene pulso, Mamen. —Nerea se gira.—Métele un miligramo de morfina. La caída ha sido importante.Antes de que pueda clavar la aguja, la chica toma una gran bocanada de aire. No se puede incorporar, pero intenta balbucear.—Hola, me llamo Mamen y estoy aquí para ayudar. ¿Puedes decirme tu nombre?Los labios de la joven se entreabren. Finalmente, acaba intentando señalar con su dedo. Nerea administra la morfina, pero tardará un poco en hacer efecto.—Mó..., mó...—¿Mónica? Está bien, tranquila, te llamaré así. —La chica sigue señalando hacia arriba, hacia el edificio del que ha volado—. ¿Puedes mover las piernas? O al menos los dedos de los pies.Hace un gesto de asentimiento, antes de mover sus pies.—Muy bien, eso es muy bueno, significa que no está todo tan mal. —Le dedica su mejor sonrisa tranquilizadora—. Ahí viene la policía, les diré que ahora no podemos hablar con ellos, ahora tenemos que sacarte de aquí. Te pondremos un collarín, ¿bien?Se gira. No solo está la policía, sino su equipo de bomberos.—¿Qué tenemos? —Manolo llega caminando a grandes zancadas, con el casco bajo el brazo.—A buenas horas llegáis. Necesito ayuda para bajarla, está viva y estable, pero mucho me temo que su columna vertebral ha sufrido algún daño.El capitán llama a su hijo para ayudarlo con la camilla. Entre ellos y Alfred consiguen subirla a ella sin modificar su postura. Mientras, la chica no cesa en su empeño de señalar al edificio.—Mi... mó... —Toda la movilidad que se le ha quedado perdida en la caída, la mantiene en la gesticulación facial.—Que sí, que te llamas Mónica, lo pillo.Pero ella parece frustrada. Miriam sigue con la vista la dirección que señala.—¿Sabemos cómo ha pasado?—Solo que ha caído en el coche de ese señor que estaba conduciendo.Se le escapa la vista hacia Agoney, que se dirige al edificio y se pone a hablar con un hombre que salía en ese momento. Sin pensarlo dos veces, la gallega lo sigue.—Sí, claro que sé quién es —llega para escuchar—. Es Vega Reyes, vive en el 6ºB. Una influencer un poco molesta, si me preguntan, pero era simpática con todo el mundo.—Entonces no se llama Mónica. —Agoney se sobresalta—. Eso significa que intentaba decirnos algo más. Quizá una chica llamada así la haya intentado matar.El policía se muerde sus palabras antes de preguntar:—¿Hay alguna posibilidad de que pueda subir?—Por supuesto, sí. —Les abre la puerta—. Ahora mismo les doy la llave.Para su disgusto, la bombera no tiene la menor intención de dejarlo solo. Camina a su mismo ritmo, creando teorías disparatadas y colmando su paciencia.—¿Qué se supone que haces? —pregunta justo antes de llegar a su puerta.—Los bomberos también investigamos.—Sí, incendios, no un posible intento de homicidio. Déjaselo a la policía.—Uy, qué aburrido. ¿No follaste bien anoche con Raoul o qué? Porque a él se le veía contentillo y por la miradita que te ha echado cuando ha terminado de subir a la chavala decía otra cosa.Agoney se gira con los ojos bien abiertos.—¿Cómo?—Nada, solo me has confirmado una teoría que tenía: os poneis muy tontos cuando estáis juntos, con esos ojitos que os ponéis, pero estuvisteis de mala hostia a la vez, nivel que no queríais ni miraros, y ahora volvéis a estar bien. De paso te demuestro que soy muy observadora, puedo participar en la investigación.Pone los ojos en blanco y lo deja estar. No tiene la energía para discutir esto.Abre el piso y, con la mano en la pistola, entra primero, siendo seguido por la gallega. Es un piso pequeño, donde la mayor parte está abierto, solo con paredes en la zona del baño y la de la única habitación que hay. Ahí se dirigen, pues la ventana del salón no está abierta.—¿Hay alguien ahí? Somos la policía y estamos investigando...Miriam pasa sin pensarlo dos veces. El moreno se plantea echarle la bronca, pero se obliga a respirar y a mantener la calma.En la habitación la situación es muy distinta. No solo encuentran la ventana abierta, sino que hay un trípode en el que se sujeta un teléfono móvil. Agoney se agacha, descubriendo que lleva media hora grabando en dirección a la ventana.—Puede que lo tengamos, si ha sido tan lista de grabarlo todo.Corta la grabación y pone el vídeo desde el principio. Lo primero que ven es la cara de la chica sonriente de muy cerca. Tras asegurarse de que está grabando, se echa hacia atrás y se presenta.—¡Buenos días, mis amores! Soy Vega, para los que no me conozcan, y hoy vamos a practicar posturas de yoga imposibles. Esto va así.La ven sentarse en el alfeizar de la ventana y alzar las piernas con rapidez. Intenta mantener el equilibrio, pero son testigos de cómo cae por su propio peso. Esperan unos segundos por si sucede algo o ven a cualquiera que provocara la caída, pero solo escuchan un golpe y varios gritos.El policía se pasa la mano por la boca, suspirando.—Bueno..., al final ni tanto misterio, ¿no? —La rubia chasquea la lengua.—Casi me alegro. —Suspira, bloqueando el móvil—. ¿Bajamos? Tengo que informar al inspector que iban a asignar al caso.Miriam asiente despacio y lo sigue al exterior del edificio. Agoney se acerca a la camilla donde la joven sigue con la mano alzada. Le muestra su teléfono y casi parece llorar de felicidad.—Mó... móvil, mi móvil —consigue pronunciar.Mamen pestañea y le dedica una mirada frustrada a Nerea.—No se llama Mónica.—No, solo quería su móvil. —Se lo tiende—. Algunas deberían pensarse dos veces lo que hacen por conseguir unas cuantas visitas.Pero la influencer lo ignora, desbloqueando con la huella y suspirando de alivio. La miran como si se hubiera vuelto loca, pero parece mucho más tranquila, y eso siempre es bueno durante el trayecto, así que se la llevan a la ambulancia.Cuando el policía vuelve a comisaría, tras una conversación y muchas explicaciones con el inspector que habría llevado el caso, descubre a una rubia de pelo corto sentada en su mesa de trabajo.—¿Ya me han detenido a otra amiga? —comenta con una sonrisilla, mientras se quita la chaqueta—. ¿Te han dejado pasar?—He cruzado por la cafetería que os separa de los bomberos. —Le guiña un ojo—. ¿A quién han detenido?Agoney niega con la cabeza. Prefiere que lo deje estar. Nerea entrecierra los ojos, inclinándose, pero no tarda en darse cuenta de que no va a soltar prenda, así que sigue hablando, como si nada:» ¿Cuándo acaba tu turno? El nuestro ha terminado.—Tengo que hacer un informe por lo que pasó con la chica de yoga —explica—. Pero después soy todo tuyo, Nere, ¿qué tenías pensado?—Estuve hablando con Kibo —susurra en tono de confidencia—. Nos apetece sacar a Ricky de casa, charlar un rato..., así que te espero, que sé que te encanta meterte en su vida.—Solo me preocupo. —Pone los ojos en blanco—. ¿Cómo estás tú?—¿Te refieres a normalmente o por el hecho de que un montón de bomberos de todas partes de España han venido a ocupar el lugar de los que murieron?Le entra un escalofrío, pero consigue disimularlo mientras revisa las plantillas. Cuando localiza la que utilizará, la abre y vuelve a mirar a su amiga.—Un poco de todo. Llevamos mucho sin hablar.—No he vivido lo mismo que Ricky, así que no tienes que interrogarme. Es un poco raro, pero el grupo está bien.—¿Sí? —Se muerde la sonrisa.—La mayoría son de mi edad. El mayor es el capitán, y el siguiente es Ricky, así que imagina. Ojalá llevarme más con ellos, que me aburro mucho con Alfred. —Pone un puchero.—Seguro que sí, te tienen que adoptar porque eres la mejor. —Pellizca su mejilla.Trabaja en silencio mientras su amiga le pone al día de todo lo que ha ido sucediendo esos días. Tiene para rato, así que no le molesta tener a su mejor amiga cotorreando. Cuando acaban, Kibo ya les ha mandado un mensaje para avisar de que estarán esperándolos en el restaurante.Ricky no está muy por la labor, pero al menos pone buena cara cuando se acercan a abrazarlo y saludar.—Muy bien, el gruñón que mejore su cara, que ya bastante tengo con desgracias todos los turnos como para verte la cara a ti —ordena la rubia, sentándose frente al rapado.Ricky vuelve a gruñir, pero ninguno se lo toma en serio.—Solo necesito saber si esto es una intervención.—Solo somos cuatro viejos amigos quedando un rato, qué mal pensado.El castaño alza las cejas, sacándole una carcajada al policía.—Anima esa cara. —Le clava un codo en el costado su marido—. Es la primera vez que nos juntamos en muchísimo tiempo.—Han cambiado muchas cosas desde la última vez —musita, llevándose una mirada llena de significado de sus amigos.Hacen una pausa en la evidente conversación para elegir lo que van a comer y pedírselo al camarero. Nerea es la primera en hablar cuando ya tienen las cervezas en la mesa:—¿Cómo estás? Y hablo de verdad, no me puedes decir que bien solo por compromiso, que nos conocemos.La aclaración de su amiga hace que se lo piense antes de contestar. Es curioso el tiempo que lleva dando una respuesta automática para evitarse charlas incómodas. Solo se deja ser con Kibo, y eso tampoco es sano.—Creo que estoy un poco mejor —susurra—. Odio decir esto, pero ir a terapia no está tan mal cuando consigo controlar los ataques de pánico.—Eso está genial. —Aprieta su mano—. ¿Te está ayudando?—Me enseña técnicas para controlarme, me estoy desahogando... El psicólogo dice que estuve tanto tiempo callado que las pesadillas son como un quiste: van a seguir ahí mientras no supere lo que pasó.—Mientras trabajes en ello, sé que estarás bien. —Agoney se inclina sobre él para darle un abrazo lateral.—Gracias. —Coge mucho aire—. También es que tengo a los amigos y al marido más pesados del mundo.—Oye, a mí no me mires, que apenas te he visto hasta que hemos compartido turnos. —Nerea lo señala—. Pero me alegro de que te hayan presionado para ver a alguien, no podías seguir así para siempre.Ricky asiente despacio, dándole vueltas a un tenedor. Los observa en silencio, cada uno pendiente de él y de sus comidas. Se le llena el pecho de calor al pensar en toda la gente que tiene alrededor que se ha volcado con él para que esté mejor. Hasta las mujeres y parejas de los bomberos fallecidos han estado pendientes de él, de traerle tartas y tappers, cuando deberían estar centradas en su propio luto.Es afortunado, y ya era hora de devolver el favor haciendo algo para recuperarse del todo.—El capitán también estuvo muy pesado con eso. No puedo estar seguro de que quisiera que estuviera en su equipo, pero al menos me empujó a intentarlo.—El capitán sabe lo que hace. —Asiente la paramédica—. Parece un poco excéntrico, pero es bueno en lo suyo.—Te tengo que dar la razón. —Carraspea—. Una vez trabajas con él, se le coge cariño.—¿Cuándo conoceré a ese capitán mundialmente conocido? —pregunta Kibo—. Me dais intriga.—Algún día podríamos invitarlo a cenar —ofrece Ricky—. No es mal tipo, os llevaríais bien.—Habrá que hacerlo, sí. —Le devuelve la sonrisa.Agoney los observa en silencio hacer planes con el capitán sin que él esté presente. La conversación varía a algunos dramas del trabajo de Nerea, hasta que, a mitad de la comida, cuando se ha formado un silencio cómodo, repiquetea con los dedos en la botella casi vacía.—Oye, Ago, ¿qué es de tu vida? ¿Estás viéndote con alguien? —Todos se le quedan mirando cuando pone un tono agudo—. Qué divertida es la amistad.Ricky lo observa con una sonrisa divertida expandiéndose en sus labios.—Lo siento, soy muy egocéntrico.—Vale, vamos a probar: oye, Ago, ¿qué tal tu vida? ¿Estás conociendo a alguien interesante? —pregunta Kibo.—No, no lo estoy... o eso creo. —Le da un sorbo a su cerveza, vaciando la botella.—Vale, tienes toda mi atención. —Nerea se inclina, labios apretados y con ganas de cotilleo—. ¿Qué significa que crees que no estás conociendo a nadie?Suelta un bufido. Sonaba todo mejor en su cabeza que ahora que tendrá que explicar lo que sucede.—Me refiero a que conocí a alguien, nos acostamos un par de veces y entre medias... se volvió raro. —Arruga la nariz.—¿No es siempre raro, al menos al principio? —pregunta Ricky.—No, no siempre... —Baja la mirada a su plato.—Venga, deja de dar vueltas y háblanos de ese chico. Pocas veces te vemos así con nadie, así que abre esa boquita.—Ya lo conocéis, más o menos. —Ahora lo contemplan con mayor expectación—. Es Raoul Vázquez...La boca de Nerea se abre, dando golpecitos a la mesa y sus ojos se muestran cómplices. Kibo pestañea, sin entender cuando Ricky pone los ojos en blanco.—No me jodas que te estás follando al niñato.—¡Ricardo! —Se lleva un manotazo de parte de Kibo.—Muy bien hecho —aprueba Nerea—. Está buenísimo, qué buen gusto.—Sí, él es... un diez en todos los sentidos. —Pone una mueca que oculta una sonrisa tímida—. Hasta en responsabilidad emocional, si no fuera porque yo me pillo rápido y no me lo puedo quitar de la cabeza.—¿Puedo hablar? —Intenta tomar la palabra Ricky.—Para quitarle las ilusiones ni se te ocurra —amenaza la rubia, con un dedo puntiagudo sobre su pecho.—Ni se te ocurra ser malo con él. —Su marido le pega un codazo.—Con Ago jamás sería malo —asegura—. Pero debería avisarte de que te estás tirando a un niñato que necesita que todo se haga a su manera y cuando él quiera, solo porque está acostumbrado a que su papi sea su jefe. Te va a joder la vida, con lo estructurado que eres tú.—No es un niñato —murmura—. Tiene mucho más dentro de lo que deja ver.—Voy a ahorrarme el pensamiento guarro que acabo de tener para preguntar por una foto. No puede ser que nuestro mayor tema de conversación sean los Vázquez y aún no sepa cómo son —protesta Kibo.—Dame un minuto. —Nerea ya tiene el móvil en la mano—. Tengo su Instagram, vas a flipar.Pronto dos de ellos se dedican a cotillear al nuevo ligue del policía, mientras Ricky lo fulmina con la mirada y Agoney quiere desaparecer ante los comentarios de sus amigos.—Bueno, pues felicidades, supongo. Está muy bien. Si por dentro es mejor, cásate con él.Suspira, dando vueltas a su vaso.—¿Qué problema hay? —pregunta la rubia.—A ver, es que no creo que busquemos lo mismo. Ya me lo dijo la primera vez que nos acostamos, él quería sexo, y cuando intenté una cena, aunque fuera como preliminar..., huyó despavorido. Así que seguramente me quede con lo que me puede dar hasta que encuentre algo mejor.—Ni se te ocurra. Tienes que ser claro. Invítalo a cenar.—¿No has escuchado la parte de que huyó cuando intenté hacer algo más formal? Estoy destinado a follar de madrugada cuando no tengamos turnos y ya. —Se le corta la voz.—Cariño... —Nerea pone un puchero, acariciando su mejilla—. Nunca te había visto así.—Porque es la primera vez en... ¿toda la vida? que me planteo una relación, que un chico me guste tanto... Que sea "él", no sé si se entiende. Y no creo que pueda aspirar a lo que me gustaría. —Coge mucho aire por la boca—. Pero no pasa nada, no puedo apresurar a nadie.Cogen aire a la vez los tres. No es solo que nunca lo hayan visto así, es que tampoco ha manifestado jamás querer encontrar a alguien. Que empiece a hablar de que sea esa persona especial que todos esperan encontrar... los ha dejado sin saber qué decir, al menos durante un rato.—A ver, habrá niveles de apresurarte —trata de pensar Kibo—. Por lo que dices, no está listo para una relación, para cosas formales..., pero a lo mejor si te lo llevas a un entorno donde se siente cómodo..., podríais interactuar sin compromisos ni nada.Agoney empieza a negar con la cabeza.—No pierdes nada —insiste Nerea—. Yo os he visto bien este último par de días, no puede ser tan malo.—Porque me contó cosas... personales. Y volvimos a pasar la noche juntos —admite—. Pero eso no cambia nada, solo entiendo más por qué no está para ningún tipo de compromiso. Por eso mismo no quiero intentar algo que lo desestabilice.—Vale, pues nada de cena formal. —Kibo se inclina hacia él—. Invítalo a un bar, con unas cervezas, jugando a los dardos o al billar..., puedes meter mano, pero a la vez charlar y conocerlo.—No pierdes nada —repite su amiga—. Así que inténtalo, porfa. —Lo pincha—. No llevas toda la vida viendo a los jugadores mientras estabas en el banquillo para que ahora que alguien te da bola te escondas.—Mira la lesbiana del fútbol...Nerea le saca un dedo, y Kibo le tira un beso. Agoney se muerde el labio, observándolos con la maquinaria de su cerebro funcionando.—Dame unos días para procesar que voy a volver a fracasar, pero vale, está bien. Se lo propondré. Pero tú —señala a Ricky, que estaba refunfuñando en silencio— retira lo de niñato y dale una oportunidad. Merece mucho la pena.—Sí que tiene que gustarte.—Ricardo...—Que sí, que sí, que hablaré con él, pero cuando no tenga ganas de gritarle. De momento me apetece tener el resto de la comida en paz. Demasiado hemos hablado de ese chaval.Deciden darle la razón y vuelven al tema de conversación favorito de Nerea: todas las chicas con los que se lio la última vez que salió.La siguiente vez que les toca turno, Ricky va con la mejor de las intenciones. Saber que una de las personas en las que más confía siente cosas por uno de los pequeños del equipo hace que vaya con pies de plomo al acercarse al rubio, que limpia el camión junto a Juan Antonio.Al verlos interactuar se da cuenta de que, en el fondo, todos ahí parecen haberle cogido cariño al niñato. Claro, con Juan Antonio tiene que ser fácil, con lo tierno que parece, pero el resto...—Cuidado —dice este al verlo aparecer—, si vais a discutir, dejad que al menos me ponga el casco.—Muy gracioso. —Resopla—. Escucha, Vázquez, puede que me haya pasado un poco contigo, pero tienes que entender que me preocupo por el equipo. El lema es "entramos todos, salimos todos", no "vamos cada uno por nuestro lado".—Acepto tus disculpas —murmura, concentrado en la limpieza.Ricky pestañea. ¿Va en serio?—¿No tienes nada que decirme?—Gracias por disculparte, supongo. Oye, estamos haciendo esto, puedes ayudar o puedes hacer otra cosa, pero me molesta un poco tenerte aquí como un palo.«Lo siento, Agoney, lo he intentado».—De verdad que estaba intentando relajar las cosas, pero veo que no tienes mucha intención de cambiar.—Tío, ¿qué quieres de mí? Estoy intentando trabajar.—Ya te veo, ya. —Bufa—. Pero siempre con ese toque de superioridad.—¿Superioridad? Solo te he dado las gracias por disculparte, porque fuiste bastante injusto la última vez que discutimos, pero si solo querías que te devolviera el cumplido..., entonces no acepto disculpas falsas.—¿Yo fui injusto? Intento mantener este equipo vivo, tú haces lo que te sale de los huevos, ¿y yo soy injusto?Raoul pone los ojos en blanco.—Paso, tío, paso.Pero Ricky no lo quiere dejar estar. Y Juan Antonio está cansado, así que se va lentamente para que no lo metan en la discusión. Se niega a elegir bando o a salir herido por la situación.Aitana alza una ceja al escuchar los gritos y al bombero más pequeño apareciendo en la cocina de la estación.—¿Ya están otra vez?—Son como un viejo matrimonio, pero peor, porque son dos tíos fuertes y que podrían arrancarse la mandíbula el uno al otro a puñetazos.—Esperemos que no llegue a ese punto —musita Miriam—. No querría tener que llamar a la ambulancia de Mamen.La alarma suena conforme la gallega termina de hablar, llenándolos de alivio.—No me puedo creer que vaya a tener que agradecer que tengamos una emergencia.El resto no puede sino darle razón.El turno se les hace largo, entre un par de emergencias que consiguen solventar con facilidad y momentos de dormir y de gimnasio. Entre todo eso, Raoul recibe un mensaje del policía, tras acabar este su turno mucho antes que ellos:«Voy al bar de siempre cuando acabes el turno. ¿Te apetece que quedemos? Yo pago los zumos o la versión sana que te apetezca tomar :)»Sentado en la cama que tiene en la estación, se muerde el labio y evita soltar un gritito. Entre tanto mal rollo, necesita algo para despejarse.—¿Y esa carita? —pregunta Miriam, que vuelve de la ducha.—Nada. —Bloquea la pantalla, abrazando el móvil contra su pecho.La rubia le dedica una sonrisa como si lo supiera todo.Probablemente sea así. Es Miriam, al fin y al cabo.Terminan el turno después de la segunda emergencia, mucho más sanitaria que las anteriores. Aitana invita a todos a quedar en el bar, pero Ricky se excusa con que tiene que ver a su marido, y Raoul... él no recuerda lo que dice, solo quiere desaparecer un rato.Solo sabe que vuelve a su casa, duerme un par de horas, se ducha y a la hora a la que han quedado está en la puerta del bar buscando por todos lados. Agoney lo espera dentro, ya sentado en una mesa junto a la ventana.—Ya he pedido mientras esperaba.—¿Llego muy tarde?—No te preocupes. —No pierde la sonrisa en ningún momento, algo admirable.Dos minutos después, una camarera aparece con una bandeja.—Una cerveza sin alcohol por aquí... —se la pone a Agoney delante— y un zumo para el señorito. —Le guiña un ojo.Raoul frunce el ceño, preguntando con la mirada en cuanto la mujer se ha ido.—Es zumo de melocotón, lo prometo —aclara.—¿Vas a tomar una sin alcohol? —susurra.—Sí, claro. Prefiero estar sobrio si tú lo vas a estar. —Se encoge de hombros, bebiendo un sorbo ante la mirada miel de un joven que está sintiendo más en unos segundos que en mucho tiempo—. Además, fría está bastante buena. Anda, prueba ese zumo, ya verás.Tras darle un sorbo y con ello aprobarlo, sonríe con agradecimiento. Ha decidido enfocar la salida como una nueva oportunidad para ir por un lado que había estado evitando hasta el momento.Sigue sin querer algo serio mientras lo ocurrido con Alex le siga afectando, pero quizá Agoney no se equivocaba: no está mal tener una conversación distendida antes del orgasmo. Sobre todo, teniendo en cuenta que es lo más parecido a un amigo que ha tenido desde que llegó, por mucho que en general el resto sea amable con él.Pero todo el ánimo que arrastraba gracias a la expectativa de la quedada se difumina cuando ve entrar al objeto de sus disgustos en los últimos días. Ricky va de la mano de su marido, riéndose sobre algún comentario que el rapado ha dicho. Sus ojos se cruzan y le parece notar un gesto de hastío, pero el bombero mayor lo disimula bien. Raoul no tiene esa suerte.—Me cago en la puta.Agoney alza las cejas al verse interrumpido. No se ha dado cuenta.—¿Ocurre algo?—Nada, que viene hacia aquí.El moreno se gira y sonríe al descubrir a sus amigos. Los saluda mientras se acercan hasta él.—Hey, no sabía que veníais aquí —los observa con un brillo inocente en la mirada.—Sí, yo tampoco —masculla Ricky.Kibo coge aire, consciente de la tensión, y se fija en el rubio, que pretende desaparecer en cualquier momento. Hora de ser amable y de relajar el ambiente.—¡Hola! Tú debes ser Raoul. Me han hablado mucho de ti, pero todavía no había tenido el placer.—¡Oh, hola! Eh...—Es Kibo, mi marido —lo presenta con rapidez—. Trabaja de técnico de llamadas en emergencias, y es amigo de Agoney, por eso dice eso.—Ah, qué guay, no tenía ni idea.—Nos vamos, ¿vale? Estaremos... por allí.Asiente despacio mientras Ricky se lleva a su marido a la otra punta del bar. Agoney se lame los labios, odiando que no parezca que nada haya cambiado, al menos por parte de su amigo.—Ha sido un poco raro eso —habla Raoul—. Lo siento.—No te preocupes. Debería disculparse él, ha estado demasiado seco.—Es normal, no dejamos de discutir.No puede evitar asentir.—Algo me dijeron cuando quedé con ellos el otro día.—Y... —se retuerce los dedos— ¿les hablaste de mí? ¿A eso se refería?—Saliste en la conversación tanto con Ricky como conmigo, sí. Pero no te preocupes, no profundicé en nada tuyo.Cabecea mientras bebe a sorbitos su zumo. Su vista se va un par de veces a la pareja que bebe en la otra punta del bar, pero no quiere permitir que su presencia arruina la salida. Sí, le gusta la palabra salida mucho más que cita. Le quita preocupaciones.Se bebe de un trago lo que queda en su copa y agarra su mano.—¿Alguna vez has jugado a los dardos de verdad?—Soy de Murcia y llevo desde siempre trabajando en la comisaría del otro lado de la calle. Por supuesto que he jugado a los dardos.Se lame los labios. Lo tiene justo donde quería.—Pues tendrás que enseñarme, porque esto en Madrid no lo teníamos por ningún lado.Escucha su carcajada detrás de él y sonríe mientras se acerca para pedir un juego de dardos. Agoney lo espera en la diana, mordiéndose el interior de la mejilla.—Mira, sé que sois amigos —empieza cuando han tirado un par de veces. Ha dado en una de las esquinas, lo que no suena muy prometedor—, pero te juro que me supera ese tío. Me llama todo el puto rato niñato como si supiera algo de mi vida o de lo que ha sido. Yo podría haber admitido que fui un poco kamikaze, sí, pero con cómo se pone, no quiero admitirle nada que le suba el ego y le haga creer que va a tener razón siempre. Es muy prepotente, me niego a darle esa satisfacción.—Yo... supongo que ambos tenéis vuestro punto de razón. —Tira su dardo, con la mandíbula tensa.—¡Pues claro que tengo razón! No suelo incumplir órdenes, pero si veo claro que hay posibilidades de salvar a alguien... ¿cuál es el problema? Lo peor es que en nada hará una semana y el chico sigue con la cantinela.Agoney suspira y espera su nuevo turno. En esta ocasión, a Raoul se le da un poco mejor. El moreno falla su siguiente tiro.» Encima seguro que, en algún momento, cuando se quede solo con mi padre, le va a soltar mierda de mí, lo único que me faltaba para arreglarme la semana —retoma la conversación antes de su siguiente turno—. ¿Sabes que yo en Madrid he tenido que bajar a gente que se quedaba atrapada en zonas altísimas? Peligroso, y no me verás quejarme, porque para eso estoy.—Es impresionante —musita, aprovechando la pausa para recoger sus dardos.—¿Verdad? ¡Dile eso al moralista de Ricky! —Pone los ojos en blanco. Sigue viéndolo al otro lado del bar y lo pone de los nervios.Agoney se acerca y tira su dardo. Da en el centro. El rubio asiente, con reconocimiento.—¿Sabes? —pregunta mientras espera el turno de este—. Si fuera un tío un poco menos seguro estaría desesperado por el hecho de que he reunido todo mi valor para pedirte salir y tú lleves toda la cita hablando sobre otro hombre.—Es que me pone de los nervios —masculla, tirando su dardo. Da en una esquina, otra vez.—Lo he notado —dice en el mismo tono.—Bueno —se cruza de brazos—, parece que tienes algo que decir sobre esto. ¿Tú qué crees?—Parece que ha tocado un nervio.—¿Eso qué quiere decir?—Que nadie te ha hablado así, con las verdades por delante.—¿Crees que tiene razón? —Se inclina en su dirección.Agoney tira hasta tres veces hacia la diana, sin responder. Raoul se muerde el interior de la mejilla y se acerca para recogerlos.—¿Y tú? ¿Crees que tiene razón? —contraataca.Se lame los labios y le muestra un dardo.—¿Sabes que llevo un dardo en la mano?—Y yo tengo una pistola —contesta en el mismo tono.Raoul traga saliva. «Joder, que me folle con esa actitud».—Vale..., eso me ha puesto un poco.Zanjan el momento tenso con un beso y el rubio no se quita lo sucedido de la cabeza en lo que queda de noche. Solo desconecta cuando el policía tira de él para besarlo con más fuerza cuando están en la puerta de su chalet, cuando le quita la ropa y cuando lo hace olvidar los problemas a gemidos.Al menos se siente más cómodo, en un área que domina mucho más que las relaciones.Cierra los ojos mientras trata de recuperar la respiración, con la frente aún apoyada en el pecho del chico. Agoney carraspea para llamar su atención.—Voy a ducharme. —Se lame los labios—. Es tarde, si tienes que estar en casa puedes ducharte primero y marcharte...Asiente, pero permite que empiece él. En cuanto lo ve desaparecer con una muda limpia de ropa, se tumba bocarriba, con los ojos de nuevo cerrados. Menea la cabeza, replanteándose la vida después de todo lo que ha pasado con él esa noche. Lo más inteligente para que su corazón no sufra más de lo necesario sería aprovechar la ducha de su amante para vestirse y desaparecer.Pero son los pequeños detalles los que hacen a la persona, y el hecho de que no haya bebido, que le sea franco y que haya admitido que estaba nervioso por pedirle salir... Joder.Abre la puerta corredera de su ducha, sobresaltando al policía.—¿Todo bien? —No se le escapa que sigue desnudo.—¿Puedo ducharme contigo o es demasiado...?—Pasa, anda.Se sonríen antes de volver a unirse en un nuevo beso, más suave que todos los anteriores.Cuando Agoney se acurruca en la punta contraria del colchón, tras un último orgasmo compartida, él se queda de lado, con sus palabras durante la salida retumbando en su cerebro.—Oye, Ago...—¿Sí? —farfulla, como si tuviera la cara contra la almohada.—¿Crees de verdad que Ricky tiene razón en lo que me dijo?—No creo que seas un niñato, por si te interesa.—¿Y lo de ser un niño de papá, al que no le han levantado la voz en la vida?Lo escucha suspirar y darse la vuelta sobre el colchón. La luz es casi inexistente, pero le llega el brillo cansado de sus ojos oscuros.—No te conozco tanto como me gustaría para poder contestarte a eso. ¿Tú qué opinas?Esta vez no tiene la necesidad de ponerse a la defensiva, así que se encoge de hombros y, cuando se da cuenta de que no va a poder verlo, trata de explicarse:—Me llevo broncas hasta por respirar por cosas como la que hizo que tu amigo me odiara. El tema de las drogas tampoco me ha dado muchas alegrías..., básicamente siento que decepciono a todo el mundo, así que —suelta una risita— yo hago lo que puedo para salvar vidas, que al final es lo único que se me da bien. Y sí, hago gilipolleces, pero no sé si merezco esos ataques por su parte.—Antes que nada... —se aclara la garganta—, tienes que entender que Ricky no habla solo por sí mismo. Habla por los compañeros que perdió en esa explosión.—Lo sé, y lo siento muchísimo, pero...—No creo que ahora mismo le caigas muy bien, pero le dispararía el estrés postraumático si tuviera que enterrarte. —Traga saliva—. Por eso dije que entendía ambas partes. Porque evidentemente tienes mucho más detrás que ser el hijo del jefe, pero él no tiene ganas de ver otro compañero calcinado.—Debería disculparme, ¿no?—Podrías intentarlo. —Suspira—. Él lo apreciará.—¿Algún consejo?—Mmm... —se rasca los ojos—, justifícate lo mínimo posible, lo odia. Y no le hables de sus compañeros, se sentirá atacado —bosteza—. Ahora buenas noches.—Te estoy rompiendo el horario de sueño, ¿no?—Un poco, pero yo quería charlas contigo, me lo busqué solito. —Lo hace sonreír.Lo escucha volver a girarse y prepararse para dormir. Él, en cambio, se muerde el labio.—¿Te importa si me acerco y... te abrazo?—Por el amor de Dios —resopla—, haces lo que quieres conmigo. Sí, pero que no te vuelva a escuchar.Con una timidez que no lo suele caracterizar, se abraza a su espalda. Por un instante, le parece notar cada músculo tensarse, pero enseguida se relaja con un suspiro. Cuando escucha su respiración ralentizarse, deja la barbilla en su hombro y se queda dormido, más cómodo que en mucho tiempo.Por la mañana, Ricky utiliza el día para ir al gimnasio en la estación, algo que tienen permitido siempre que no ocupen demasiado para los que están en ese turno de trabajo. Raoul se acerca también, tras preguntar a Kibo con la inestimable ayuda de Agoney.El bombero se encuentra haciendo pesas tumbado en una de las máquinas, por lo que no ve al pequeño hasta que no se coloca frente a él.—Joder. —Pega un bufido—. No me libro de ti ni cuando no trabajamos. ¿No tienes casa con tu papi, o con tu novio?—No es mi novio. —Arruga la frente. Le extraña que sea lo primero que recalque—. Venía a pedirte disculpas.—Hostias. —Deja la barra con las pesas en su sitio y se incorpora con un gemido. Agarra una toalla y se limpia los ríos de sudor de la frente antes de hablar—. Para esto quiero estar atento.Raoul aprieta los dientes y se mentaliza de lo que tendrá que decir. Si le preguntan, negará que lo ha ensayado con Agoney.—Que vale, que lo siento —masculla—. Que a veces se me va la olla y hago gilipolleces que no debería, porque podría poneros en peligro, o a mí. Pero no tiene que ver con ser el hijo del capitán, es solo que yo soy así y... no creo que mucha gente me haya hablado así jamás.Ricky asiente y hace un sonido con la lengua.—Bueno, es más de lo que esperaba viniendo de ti. Te honra que me pidas disculpas. Y para la próxima, haz el favor de hacer lo mejor para el equipo.—¿No quieres que salve más bebés?Pone los ojos en blanco y se le escapa una risita.—Solo si tu capitán lo considera seguro. No quiero más muertes de compañeros por un tiempo, hazme el favor.Asiente despacio y espera a que el castaño se incorpore del todo. Unen sus cuerpos en un abrazo que, si bien no es lo suficientemente cariñoso, al menos se nota que lo están intentando.
----- CHAPTER BREAK -----
Una semana después, Ricky toca la puerta de Manolo, mientras en el gimnasio el resto de los bomberos entrenan y charlan con tranquilidad.—Ah, pasa, ¿todo bien?—Todo mejor. Solo quería avisar que ya está solucionado lo de su hijo.—Me alegro, puede ser un auténtico impulsivo a veces. —Suspira, rascándose la frente—. Pero es de los mejores bomberos que conozco, y no lo digo solo por ser mi hijo.—No lo dudo, señor... —Se lleva una mano a la nuca.El capitán continúa escribiendo sobre el último incendio que tuvieron, para el informe que debe entregar. Pero acaba dejándolo a un lado al notar que su segundo no se ha marchado, sino que sigue observándolo, como si esperara algo de él.—¿Ocurre algo?—Eh... No se lo ha dicho aún, ¿verdad?Manolo se lame los labios, gesto que su hijo ha heredado, y niega despacio, con gesto serio.—No he encontrado el momento, y necesito que esté bien para cuando se entere. No puede pillarle mal.—Con todo el respeto, capitán, pero no sabemos qué va a ser de usted en el futuro. Si de aquí a unos meses fallece, Raoul no debería enterarse en su lecho de muerte. Merece acompañarlo y procesar lo que pueda pasar con tiempo. Y si es porque recaiga en algo..., acabaría pasando si muere y no ha tenido tiempo de hacerse a la idea.Traga saliva, algo culpable. No se había parado a pensar en ello, pero tiene razón, sobre todo en la parte de que Raoul podría volver a las drogas ante cualquier contratiempo, y eso incluye su muerte prematura. Con un nudo en el pecho, asiente. Va a tener que contárselo.No le da mucho tiempo a pensarlo, pues la alarma comienza a sonar. Se levanta como expulsado por un resorte y Ricky lo sigue. Su equipo de bomberos ya ha bajado y se empiezan a colocar los trajes mientras suben.Es Ricky quien conduce, así que tiene tiempo de ponerse al día. Parece ser que hay varios heridos y gente atrapada en un club de striptease masculinos.—Con profesionalidad, por favor —dice al aire antes de entrar.Raoul pone los ojos en blanco al darse cuenta de que va con él. ¿Qué concepto tiene de él? Eso sí, nada le impide echar un vistazo a alguno de los tíos que esperan para declarar ante la policía. Por desgracia para él, Agoney no está para hacer una coña con él.—¿Qué se supone que ha pasado? —Manolo se acerca a una de las chicas, que está encajada a la diadema de otra chica. Forman un cuadro curioso, pero no será él quien lo señale en alto.—Pues la subnormal esta intentó quitarme la diadema, que la gané limpiamente. Es mi puta despedida de soltera, tengo derechos, ¿me oyes?—Sobre el pibón de ahí no.Echan un vistazo a un tío que podría parecer modelo y que solo lleva unos calzoncillos string, que no dejan mucho a la imaginación. Es él quien habla con un policía en ese momento.—A ver, vamos a tener que cortar —aparece Mamen en ese momento, con unas tijeras que le ha quitado a Nerea—. Lo siento por vuestros pelazos, pero os lo habéis buscado vosotras, reinas.Mientras las chicas gimotean y se preparan para dejar de estar enganchadas, Aitana intenta ayudar donde puede. Tiene estudios de emergencias sanitarias, así que no le cuesta nada colaborar con los pocos paramédicos que ha traído Mamen.Se agacha junto a una de las chicas, que no deja de quejarse con los ojos cerrados sin que nadie le preste mucha atención. Pega un respingo cuando le toca el brazo.—Tranquila, te ayudo. —Usa su tono más dulce—. ¿Qué te ha pasado?Pega un bufido, como si estuviera harta de contar su historia.—Que mientras mi amiga se peleaba con la rubia esa, una de sus amigas se quiso defender. Básicamente me disparó con un cañón de confeti y purpurina en la cara.—Si te sirve de algo, estás muy mona así. Parece casi un maquillaje de Euphoria.La chica suelta una risita, lo que le indica que, como mínimo, está de mejor humor.» Venga, voy a limpiarte un poco y ahora intentamos abrirte el ojo. Estoy segura de que no será para tanto.—Bueno... —accede con cuidado.Utiliza un paño que le presta Alfred para limpiar los restos de confeti y purpurina, pero aun así queda algunos trozos pegados en su párpado.—Ahora con cuidado, que esto es una tontería.—Supongo que al menos no me he quedado clavada en el suelo con una gilipollas pegada al pelo.Es su turno de reírse y menear la cabeza.—¿Ves? Hay que mirar siempre el lado positivo de las cosas. ¿Abres el ojo, para comprobar si tenemos que mandarte al hospital?Realiza un asentimiento suave y entreabre el ojo izquierdo. Lo ve todo un poco borroso, pero intenta apurar al máximo. Lo primero que distingue es un flequillo castaño oscuro, recto y que encuadra unos ojos verdes preciosos.—¿Todo bien? —Aitana esboza una sonrisa cerrada.—Todo... fenomenal. —Traga saliva.El resto del turno pasa como una ola de mar en calma. A la mañana siguiente, se encuentran limpiando el camión para dejarlo en condiciones para el siguiente turno de bomberos. Juan Antonio y Raoul están en la parte de arriba, mientras que Aitana está pendiente del motor, en la parte inferior.Es el rubio el primero en distinguir a una joven morena, de rizos infinitos y un parche en el ojo, que se acerca con las manos en los bolsillos y cierto nerviosismo. Se apoya en el lado del camión más cercano a ella.—Perdona, ¿necesitas algo?—Eh..., creo que sí. —Se hace diminuta ante su mirada—. Estoy buscando a una chica, creo que trabaja aquí.—¿En paramédicos o en bomberos?La morena pestañea con confusión. No lo tiene del todo claro. Al fin y al cabo, la ayudó con algo médico, pero no está segura.—Es morena, tiene flequillo y creo que el pelo largo. Y ojos muy bonitos —añade, sintiendo que enrojece.—Ah, espera. —Recorre el camión paseándose por el techo hasta dar una patadita al suelo—. Aitana, reina, creo que tienes visita.—¿En serio? —Es entonces cuando la chica se fija en las piernas que sobresalen de debajo del camión—. Espera un momento.Se impulsa desde dentro para salir. Está usando una plataforma con ruedas, así que no le cuesta mucho.Está a punto de golpearse con la parte inferior cuando la ve. La reconoce, por supuesto, pero no esperaba volver a verla. La dejó con Alfred y Nerea cuando comprobó que sus ojos estaban algo rojos y lo mejor sería que la revisase un profesional.Es preciosa, eso lo tiene claro. Da igual que ahora lleve un parche para proteger el ojo que quedó mejor después del disparo de purpurina.—Anda, hola... —Levanta la mirada, comprobando que sus compañeros están cotilleando—. Ven un momento aquí, estaremos más tranquilas.Camina sintiendo las miradas de Raoul y Juanan, pero no les da el poder de avergonzarse. A ellos les debería dar vergüenza ser tan cotillas.—Perdón por presentarme así —dice nada más se detienen en la zona de la cocina, donde están solas.—No te preocupes, solo me ha sorprendido un poco. ¿Qué haces aquí? ¿Todo bien con eso? —Señala su ojo.—Sí, solo tengo que mantener el parche unos días, para asegurarme de que todo esté correcto, pero en principio fue una tontería. —Arruga la nariz al sonreír. Ha descubierto que le gusta eso.—Me alegro, de verdad.—Yo no venía aquí por eso, por cierto. —Le dedica una sonrisa nerviosa—. En realidad..., me apetecía invitarte a comer algo por ahí, como agradecimiento. ¿Sigues de turno?—Sí, hasta las dos, curiosamente. —Ladea la cabeza—. Son turnos de veinticuatro horas.—Oh, entonces debería dejarte descansar... —Se muerde el labio, algo nerviosa—. ¿Te parece entonces que nos veamos por la noche?—Sería genial.—O, bueno, puede que tenga algo que hacer con mi familia. ¿Cuándo tienes uno de esos turnos de veinticuatro horas otra vez?—En unos dos o tres días, depende de los otros turnos. Espera, que no tiene sentido hacer esto hablando. —Saca su móvil—. Escribe tu número, ahora te escribo yo y vemos cuándo quedamos.—Genial. —Se le escapa una risita nerviosa, así que le quita el móvil de las manos y teclea con rapidez—. Ya estaría.—Pues... vamos hablando, ¿te parece?—Es perfecto. Aitana, ¿no?—Sí. —Sonríe—. Ahora que lo pienso, nunca me dijiste tu nombre.—Oh, soy Josefina, pero prefiero Jose. Me gusta más.—Genial —repite—. Pues ya nos vemos, Jose. Te escribiré.—Más vale que lo hagas. —Le guiña un ojo mientras sale de la estación.Aitana aún se toma un momento para coger aire y evitar parecer una cría pequeña cuando se ponga a saltar de ilusión. Porque es la primera vez desde que llegó a Murcia que encuentra alguien interesante con quien divertirse un rato.Una vez ha dado rienda suelta a su alegría, vuelve a salir. Tiene que ponerse con lo que estaba antes de la aparición de Josefina. No le sorprende para nada que sus compañeras hayan seguido con la mirada a la chica y ahora la observen a ella con picardía.—Así que... —Raoul se agacha por el camión, quedando casi a su altura— has ligado.—No es para tanto... —masculla.—¿Cómo que no? —interviene Juan Antonio—. ¡Nuestra chavala ha ligado!Se ponen a hacer movimientos de baile estúpidos, y sonidos por los que podría matarlos si estuvieran a su altura. Sus mejillas arden con fuerza. Les saca el dedo corazón y lo mueve en círculos.—Os lo dedico, gilipollas.—Ay, no seas mala, que estamos muy contentos...—¿Qué pasa? —Miriam baja de la zona del gimnasio con un moño en lo alto de la cabeza y una toalla alrededor del cuello.—Aitana va a quedar con una chica que conoció en la emergencia de anoche.Las cejas de la rubia se alzan hasta límites insospechados.—Pero ¿la conocías de antes?—No, solo me parece guapa, y creo que le parezco graciosa, lo cual es un plus, así que...—Qué mona ella. —Pellizca su mejilla.—Vamos a tener que hacerle muchas preguntas —comenta Raoul—. Que la peque del grupo no sale con cualquiera.—¿No es Juanan más pequeño?—Eso no es lo importante, sino que nuestra niña ha ligado.—¿Entonces podemos hablar de ti y de los polvos que llevas con Agoney? —La piel de Raoul se vuelve blanca al escuchar a Miriam—. ¿Cuántos son? ¿Diez ya? Uno por noche, seguro, que Manolo dijo el otro día que no estás pasando por casa, pero creo que no tiene ni idea de dónde duermes.Aitana abre la boca, entusiasmada con ese nuevo pedazo de información.—¡Qué fuerte, yo no sabía eso! —Suelta un chillido—. Eso explicaría vuestra actitud con el otro, qué monos, oye.—Creo que voy a pasar. —Se incorpora y agarra un trapo, el que había soltado minutos antes—. Lección aprendida, la vida privada es de cada uno, si alguien no quiere hablar no lo hará.La pequeña suelta una risita, aunque no está del todo satisfecha. Sí que se moriría por saber más de la relación que tiene con el policía más cercano al grupo, aunque sea por su relación con Ricky y por el encoñamiento que parece tener por Raoul. Es curioso, porque siempre lo vio bastante serio para estas cosas, pero por su cara ante su mención...Vuelve a la realidad cuando Miriam le pega un codazo y le señala al hombre que acaba de aparecer por la puerta de la estación.—Parece que es día de visitas —musita, antes de alzar la voz, saludando con la mano—. ¡Hola, Agoney!—Ja, ja, muy graciosas, chicas, ya he aprendido que no hay que meterse en la vida de los demás, no hagáis coñas con...—¿Con qué? —Le hace pegar un salto del susto que casi lo desestabiliza y lo hace caer del dichoso camión.—Agoney... —Está seguro de que ha tenido tres gallos, uno por cada vocal—. ¿Qué haces aquí? Y vosotras dejad de mirar.—No, si yo... —se muerde el labio al ver a las bomberas alejarse. Juan Antonio sigue junto a Raoul, fingiendo que le interesa la barra que está limpiando— venía a buscar a Ricky, ¿qué os ha picado?—Nada, nada... —Se sienta en el suelo, con las piernas colgando—. ¿Qué necesitas de él?—Tiene psicólogo, y tu padre lo deja salir antes. —Se encoge de hombros.—Ah, ¿y tú eres su chofer, guardaespaldas o algo?—Si se lo salta un solo día, Kibo primero me mata a mí y luego pregunta. —Suelta una risita—. Ahora en serio, me gusta comprobar que está todo bien, y soy el único de su entorno que puede, así que...—Fíjate que por un milisegundo pensé que vendrías por mí. —Pestañea, inclinándose más.Agoney, si se sorprende por verlo intentarlo, no lo demuestra, dando un paso vacilante.—Ahora estoy ocupado, pero cuando recuperes algunas horillas de sueño y ya no estemos en nuestros turnos, sabes donde encontrarme.Raoul asiente con un entusiasmo desmedido, mientras el policía se gira, buscando con la mirada. Juan Antonio, al lado del rubio, suelta una risita.—Ni se te ocurra decir nada —masculla.—Lo de "solo sexo" se os está quedando pequeño...—¿¡Qué he dicho sobre decir nada!?Le saca la lengua.—Os veo muy de cháchara hoy —comenta Manolo, saliendo de su despacho y mirándolos desde la planta superior. Desde esa posición puede ver al policía, a las chicas en una esquina y a los chicos peleándose con un trapo—. Chicos, que quede hora y media no os exenta de limpiar y trabajar un poquito, que luego la pasma de al lado dice que no trabajamos.Aitana pone los ojos en blanco, pero desaparece bajo el camión antes de recibir otra queja por parte de su capitán. Miriam vuelve a subir para ducharse, mientras Raoul y Juanan siguen con lo que hacían antes de las intromisiones.Manolo suspira mientras los observa a todos, enfrascados en sus tareas. Ricky se sitúa a su lado, pues acaban de pasar los últimos minutos hablando sobre el presupuesto de la estación y, algo más adelante, sobre sus mejoras en terapia. Distingue a Agoney y suspira, sabiendo que ya es hora de irse.Sin embargo, sus ojos se mueven de su amigo al bombero rubio.—No lo retrases mucho más —pide, con un gesto de confidencia—. Aprovecha cuando acabe el turno y en casa lo habláis. Así tendrá tiempo de procesar antes de un nuevo turno.El capitán lo contempla subido al camión. Le gusta verlo así, risueño, haciendo bromas con Juan Antonio, divirtiéndose en general y disfrutando del trabajo. No se lo ha dicho para no condicionar, pero había temido que se hundiera tras la sobredosis.Por lo que parece, es capaz de rehacer su vida, y la única ayuda que ha necesitado de su padre es el empujón para mudarse al sur de España. Se sentiría orgulloso si no se muriera de pena por no estar ejerciendo un buen papel como padre. Al menos, no al completoAbre la boca para darle la razón a Ricky, pero la alarma suena. Genial, hora antes de marcharse tienen una última emergencia, y sin el habitual conductor, pues tiene que irse.A pesar de conducir rápido hacia la carretera secundaria donde se ha producido el accidente, la policía ya está allí, cortando el paso. Joder, cualquiera diría que salen del mismo sitio.El camión que lo ha provocado está aparcado en una esquina, sin mayor complicación. El coche que se ha llevado la mayor parte del impacto está destrozado, pero, por lo que les explica un policía cuando se acercan a él, la pareja afectada sigue dentro.Tendrán que trabajar ellos, porque ha quedado parcialmente encajado en un árbol con ramificaciones muy gruesas.—Muy bien, Cortés, te quiero sacando la colchoneta para evitar accidentes. Ocaña, Raoul, subís vosotros. Rodríguez, te encargas de sujetar sus cuerdas.Asienten y se ponen manos a la obra. La más pequeña es la primera en subir, agarrada a la cuerda que ya está sujeta a un árbol y a Miriam. Raoul la sigue, pendiente de cada detalle.Consiguen abrir la puerta casi suspendidos en el aire, ante la mirada aterrorizada de la mujer situada en el lado del conductor.—Se metió en medio, no lo vimos venir, yo... —gimotea.—No estamos aquí para juzgar. —Les echa un vistazo rápido—. ¿Pueden quitarse los cinturones?—Me duelen mucho las piernas, pero creo que sí puedo —contesta el hombre.Asienten, compartiendo una mirada preocupada. Les va a costar sacarlos de ahí si tienen alguna herida interna en los muslos. Aitana contempla el volante echado muy para delante, presionando sin pausa por encima de su rodilla. Traga saliva. Cueste lo que cueste, los sacarán de ahí.—Aiti —la llama—, voy yo con el hombre y ahora te ayudo con la mujer, pero tendrás que bajarla tú.La del flequillo le hace un gesto de asentimiento mientras el rubio cruza por el techo hasta abrir la puerta del copiloto. Se hace fácil que el hombre, de unos veinte años mayor a él, se enganche a su cuerpo como si de un salvavidas se tratara. Para él lo es, sin duda.» Ahora subo —indica, antes de tirar de la cuerda y avisar a Miriam para que lo ayude.Aitana contempla a su amigo con preocupación. Hasta que no lo ve en el suelo, y a los paramédicos acercarse a ellos para encargarse del hombre, no se vuelve hacia la mujer.—¿Está mi marido bien?—Está en las mejores manos. Mamen es increíble, se lo aseguro. Así que ahora vamos a concentrarnos en usted, ¿no?La mujer se aparta un rizo oscuro de la frente y asiente. Tiene los ojos azules infestados de lágrimas, y espera que sea por el miedo y no por dolor. No obstante, no es ella la más indicada para decidir eso.—Voy a intentar subir un poco el volante, ¿de acuerdo? Justo en ese momento, te sujetas a mí con todas tus fuerzas y yo tiraré.—¿Me sacarás de aquí? —Su voz suena suave y temblorosa a la vez.—Se hará lo que se pueda —dice, notando un movimiento del vehículo en cuanto posa un pie en su interior. Pero ¿qué puede hacer? Necesita una sujeción para tirar del volante.Después de eso, todo sucede muy rápido. Se empeña en quitarle el volante mientras esta no deja de temblar y de quejarse y, cuando al fin consigue quitárselo, el coche se balancea con mucha fuerza.Abajo, todo el mundo ve cómo el coche se tambalea para acabar cayendo al suelo, a apenas unos metros de donde los bomberos esperaban con la colchoneta gigante. El marido de la mujer atrapada se incorpora en la camilla, gritando el nombre de su esposa con fuerza. Alfred apenas puede retenerlo para que no se mueva.Mientras el corazón de la mayoría se ha subido a sus gargantas, Miriam suspira de alivio. Sigue sujetando la cuerda, con mucho peso.Con todo el cuidado del mundo, comienza el descenso de la bombera, que está muy sujeta a la mujer a la que acaba de rescatar. Sabe que varias personas están grabando, pero decide centrarse en lo tranquila que se ha quedado al salvarle la vida.No respira del todo hasta que no tiene los pies en el suelo. Raoul se acerca corriendo.—¿Estás bien?—He estado mejor. —Jadea—. Pero ella está bien, que es lo importante.—Creo... que se me ha escapado un pis —confiesa entonces la mujer, con la cara roja.Aitana suelta una risita y la suelta en brazos del rubio, que no duda en llevarla con los paramédicos. Una vez libre de toda responsabilidad, coge mucho aire y remueve las manos.—Has estado genial. —Miriam le da un codazo, ya con la cuerda enrollada.—Tú también. —Pone los brazos en jarras, como si gracias a eso pudiera recuperar todo el aire perdido—. Gracias por sujetar bien.—Cielo, lo vi venir antes de que pasara. No ha sido nada.Asiente con fuerza y se dirige hacia el camión de bomberos. Necesita con urgencia volver a casa y darse una ducha. Ese deseo no le impide preocuparse por la pareja, que se recuperará después de pasar una noche en el hospital.Por suerte, tiene tiempo para hacer todo lo que necesitaba antes de que acabe oficialmente su turno en la estación. Aun así, sale de las primeras.—Te veo con mucha prisa. —Raoul la alcanza mientras pasan por delante de la comisaría.—Me muero por tumbarme en mi cama y aparecer por arte de magia en nuestro siguiente turno. Así que eso haré.—¿Vas a pasar los próximos dos días metida en la cama? Me decepcionas.—No todos tenemos una vida sexual activa con un agente de policía. ¿Te ha puesto las esposas ya o qué?—Muy graciosa. No es tan así como parece. —Pero tiene que carraspear porque su mente ha imaginado demasiadas cosas que... no puede compartir con ella—. Y no cambies de tema.—¿Qué quieres que haga?—Que llames a la chica del club de striptease. Queda con ella, pásatelo bien y que sea lo que tenga que ser.—No estoy muy acostumbrada...—¿A tener citas?Se encoge de hombros. En realidad, es eso, pero le da bastante vergüenza pensar en lo poco centrada que ha estado siempre en lo personal. Para ella, su trabajo es su vida, siempre teniendo que demostrar algo por ser de las pocas bomberas en su profesión, y ninguna chica ha sido jamás importante en ese sentido.—Si insistes... —empieza con duda—, la llamaré. Pero no esperes algo espectacular, porque máximo un McDonald's y jugar a los bolos.—Yo no espero nada —musita—. Solo que me lo cuentes luego.—¡No prometo nada! —cruza la calle en la que tienen que separarse, deseando que olvide el tema cuanto antes.Así, tras casi doce horas de sueño y una conversación bastante subida de tono con la chica morena que tanto le ha gustado, ya tienen un plan: cenar y jugar a los bolos en el Thader, el centro comercial de las afueras.Se muerde el labio después de su tercera tirada. Es momento de llegar a la conclusión de que es horrible jugando a ese juego. Quizá debería haber propuesto un karaoke o algún sitio donde poder tontear sin hacer el ridículo.—Parece que vuelvo a ganar este turno —canturrea Josefina, tras comprobar que ha hecho un semipleno.—La suerte de la experta.La morena suelta una carcajada.—Será eso, Aitana. —Cuando sonríe, sus ojos están entrecerrados y se convierte en la persona más bonita que ha conocido.—¿Te burlas de mí?—Oh, jamás osaría meterme con una bombera. —Pestañea, con inocencia bien fingida—. Pero, en caso de que sí me burlara..., ¿qué harías? ¿Mojarme con la manguera?—Sería una venganza terrible con todo ese maquillaje... —da un paso hacia ella, con una sonrisa pícara—, y la minifalda. Uf, la minifalda está hecha de una tela que seguro que no lleva bien lo de acabar empapada. Eso sería horrible, ¿no crees?La morena entrecierra los ojos, acercándose hasta que sus narices se rozan con delicadeza.—Vaya con la bombera... Y yo que pensaba que eras tonta.Aitana suelta una risita y recupera la seriedad justo a tiempo.—Tengo mis facetas.—Me muero por descubrirlas todas.Su corazón salta al escucharla. Eso suena a futuro, a seguir conociéndola. Ella se muere por algo así con alguien, pero es la primera vez que casi puede saborear la sensación.De momento, tiene el sabor de su pintalabios cuando la besa por primera vez, envueltas en luces de colores por la bolera y de gritos por los equipos vecinos, que ganan y pierden con deportividad. Ellas se quedan en ese instante, cuando se separan y se contemplan por primera vez, ante la sensación de que podría ser un muy buen comienzo de algo especial.En Murcia centro, Ricky entra en la casa alquilada por Manolo. Han quedado para hablar de sus mejoras en terapia, pero también para asegurarse de que está bien con su propia enfermedad.—Lo que no entiendo —dice en ese momento, escuchando la ducha en la otra punta de la casa— es cómo no te ha pillado todavía. Todas las salidas, cuando vomitas...—Raoul está pasando muy poco tiempo en casa. —Su sonrisa es sarcástica—. Así que, mientras esté más interesado en los tíos con los que se acueste que en mí, estoy a salvo.Alza una ceja. Así que Manolo no sabe con quién se está viendo su hijo... Bueno, supone que lo mejor es que se entere cuando le toque enterarse, que tampoco será él quien airee los asuntos sexuales de su amigo.—Veo que no tienes pensado contárselo. —Se cruza de brazos, en tono de reproche.—Querría hacerlo, pero si se lo toma mal...—Hola. —Pega un respingo al descubrir a Raoul con el pelo mojado y sin camiseta. Lleva un albornoz en la mano, así como una bolsa con ropa sucia—. ¿Y a vosotros qué os ha picado, que estáis pálidos?El bombero repasa con la mirada a su capitán y sabe que tiene que darle un empujón.—Yo mejor me voy ya, que os estoy haciendo perder el tiempo, Raoulito. —Le da un golpecito en los omoplatos—. Ya me dirás qué tal ha ido la conversación, Manolo.Sabe que se está jugando que le manden limpiar el camión a él solo durante los próximos diez años, pero necesitaba hacerlo. Hay mentiras que están destinadas a acabar para no hacer daño a quienes les afecta. Esa es una de ellas.Raoul termina de recoger lo que ha utilizado para ducharse después de su entrenamiento de tarde. Manolo vagabundea por la cocina, pensando si debería seguirlo. No, seguramente parecería desesperado, y no se puede permitir eso ahora.—¿Te pasa algo? —Vuelve a sobresaltarlo—. Hoy parece que te va a dar algo en el corazón.—No me va a dar nada. —Pone los ojos en blanco, aunque no esté siendo del todo exacto.El rubio lo mira a los ojos con cierta intensidad, pero, cuando cree que hablará, niega con la cabeza y se marcha hacia su habitación. Manolo se queda allí, paralizado un par de segundos, con un regusto horrible en el estómago.No puede permitir que eso quede así.Comienza a seguirlo, hasta alcanzarlo en la puerta de la habitación del menor. Raoul no tiene tiempo de cerrarla, pues ya lo tiene ahí.—Tengo que contarte algo.—¿Es sobre el cáncer? —Está de espaldas, buscando algo en los cajones, cuando lo suelta, como si nada.Y ahí está otra vez la bola en su estómago.Joder, ¿lo sabe? Pero ¿cómo...?—¿Te lo ha contado Ricky?El rubio entrecierra los ojos, con demasiado contenido en su garganta.—No, pero muchas gracias por la sorpresa de que se lo has contado a un bombero al que hace dos meses no conocías. Es bonito saber lo poco que te importo.—Entonces, ¿cómo?—Joder, ¿es lo único que te interesa de todo lo que te he dicho? —Aprieta los dientes—. Fui a buscar algo en uno de tus cajones y encontré un medicamento. Nivolumab. Lo busqué en internet porque me extrañaba un poco lo escondido que lo tenías. Sirve para tratar el cáncer de pulmón, papá. —Se le corta la voz, así que se obliga a coger aire—. ¿Cuándo pensabas contármelo? ¿Cuándo murieras?—No digas eso. —Lo señala, y su dedo tiembla de solo pensarlo—. Lo detectaron pronto, el tratamiento y las previsiones son muy favorables. Yo voy a confiar en la medicina.—¿Y por qué no pensabas contármelo? Porque está claro que yo no he sido el único motivo de la mudanza, ¿no?—Hijo, si quisiera tratarme el cáncer, me habría quedado en Madrid. Murcia fue enteramente por ti. —Resopla—. Y ese es el motivo principal por el que todavía me lo estaba guardando.Por un segundo, Raoul se queda en blanco, sin entender su motivo. Cuando lo hace, su mandíbula se cuadra mientras su frente se arruga.—¿Crees que soy tan débil como para recaer por esto? —Se le corta la voz.—Te dejaron por otro y tuviste una sobredosis, no iba a correr riesgos.—Joder. —Da varios pasos atrás, tirándose del pelo—. Eso fue un momento de debilidad, ¿vale? Estaba cabreado, y triste, y furioso, y no tenía a nadie cerca. ¿Crees que hubiera sido lo mismo si me entero de que...?—Me enteré poco antes de que tuvieras la sobredosis, así que tampoco tuve tiempo de buscar otra opción.—Estupendo —masculla—. Me siento un crío, papá. Ya bastante que vivo pegado a tu culo, es que ahora no confías en mí para nada. ¡Estoy sobrio desde que pasó eso, voy a terapia y a las reuniones, y no tengo pensado volver a tomar nada! ¡Pero para ti no es suficiente!Manolo suspira, sin saber cómo hacerle entender lo difícil que resulta para él la situación. Ya es malo saber lo que tiene y cuáles son las posibilidades de mejora, pero saber lo que podría suceder si no cuida a Raoul lo suficiente..., lo destrozaría.—Lo siento. —Esto descoloca a su hijo, que no esperaba una disculpa del implacable capitán—. De verdad que creía que era la mejor solución. Pero tendría que haber confiado en ti, en que eres maduro... —Observa con detenimiento cada una de sus facciones—. Estás muy mayor, y no me había dado ni cuenta.—Ya. —Su sonrisa se amplía, pero acaba encogiéndose de hombros—. Para trabajar desde hace años en el mismo sitio, nos hemos entendido poco.—Eso es bastante culpa mía. Pero te quiero, que lo tengas claro.—Lo sé, papá. Yo también te quiero.Le echa un vistazo antes de tragar saliva.—Solo quiero que sepas que no me puedo quitar de la cabeza tu cuerpo tumbado en el suelo, con las pastillas que te faltó por tomar a tu alrededor... Cada vez que me imagino lo que podría haber pasado si no hubiera insistido en que viniera todo el equipo de bomberos...—No pensemos en eso. —Se acerca para rodear sus hombros con los brazos—. Estoy bien, y estaré mejor cuando tú lo estés también.Manolo asiente, con los ojos cristalizados, pero no deja escapar ni una lágrima hasta que no se han fundido en un abrazo que ambos necesitaban.
----- CHAPTER BREAK -----
Con la mirada fija en el gotelé del techo, permite suaves caricias en la piel suave, pero dura, de su abdomen. Decirlo en voz alta solo lo ha convertido en algo un poco más real, pero necesitaba alguien con quien hablarlo para no volverse loco.—Mi padre tiene cáncer.No se le ocurrió otra cosa que pronunciar las cuatro peores palabras del mundo justo después de un orgasmo. Al contrario de lo que pensó, se ha quitado el peso de la espalda, pero no desaparece de su estómago.Por el momento, su padre no quiere airearlo por la estación, por la posibilidad de que alguien lo denuncie y lo quiten del puesto por la enfermedad. No está muy de acuerdo con ocultarlo, pero no es su decisión. Pero no ha dicho nada de que no pueda hablarlo con alguien cercano.—Me siento un poco estúpido por estar aquí ahora mismo en lugar de con mi padre, pero no sé qué decir, te lo juro. ¿Decir "lo siento" y mirarlo con cara de pena sirve de algo? —Se gira hacia él.—Yo te lo dije hace un buen rato y tú casi me mandas a la mierda —comenta Agoney, dejando un beso suave en sus labios.—¿Y tienes algún otro consejo?—Dime una cosa, ¿valoras más que te diga lo mucho que lo siento y te mire con lástima, o que esté a tu lado ahora, intentando distraerte?—Lo segundo, pero...—Pues eso tienes que ser para tu padre. Tienes que estar para él cuando lo necesite, animarlo, distraerlo... Mirarlo como si se fuera a morir no cambiará nada.Aprieta los labios, consciente de que tiene mucha razón. Sus ojos se abren al darse cuenta del tiempo que ha estado perdiendo.—Oh, mierda... Debería estar pendiente de cuando tiene sesiones de quimio, no quiero perderme ni una. —Se levanta, buscando en todas direcciones hasta que localiza la ropa que han ido tirando por toda la habitación—. Siento irme así...—No te preocupes, eso es más importante. —Revisa su móvil—. Y yo tengo turno a las ocho de la mañana, así que supongo que estaría bien que yo también empezara a moverme.Asiente, algo distraído, mientras se pone los pantalones. Su corazón va acelerado por las prisas y por el nerviosismo. Lo que va a empezar a vivir es algo que le cambia la vida a mucha gente, y no sabe si está preparado para las consecuencias.» Otra cosa. —Se gira hacia Agoney, que ya lleva la camisa de policía que tanto le pone—. Me alegro de que te tomes en serio lo de llamarme a mí antes de hacer una gilipollez ante una situación así.Se le escapa una sonrisilla.—Es que tus opciones son mucho más divertidas. —Coge toda la valentía que ha estado acumulando desde que empezaron a verse para dedicarle un beso corto, pero suficiente para dejarlo contento durante el resto del día—. Me tengo que ir. Desayunamos a la próxima. ¡Que te sea leve el día!Abre la puerta y sale corriendo, haciendo que el policía apriete los labios para no sonreír. No se quiere ilusionar en ningún momento, pero puede notar una mejora en él.Solo espera que sea real y no su mente jugándole malas pasadas, porque no sabe si puede soportarlo.Raoul llega al hospital después de pasarse por casa y encontrársela vacía. Solo ha podido vislumbrar una nota en la que Manolo ha incluido las palabras «estoy en quimio, por si vuelves antes que yo. Estoy bien».—Te has dado prisa. —Manolo lo recibe con la ceja alzada—. No llevo tanto tiempo aquí.—Siento haber llegado tarde, se me ha ido completamente el santo al cielo. —Se sienta sin preguntar en la silla frente al lugar donde recibe su tratamiento—. ¿Cómo estás?—Como ya te dije en la nota, bien. Esto me hace bien, aunque luego me veas vomitar.Raoul traga saliva y asiente, asumiendo que esa va a ser su realidad los próximos meses.—¿Necesitas algo? —Coge la mochila que traía su padre—. ¿Una barrita de proteínas? ¿Una almohada?—Raoul...—Mejor no, puedo ir a buscarte un café.—Es mejor que no ingiera nada durante el tratamiento. —Le muestra la vía por la que entra todo.—Vale, pues podría ir a por algo para... —rebusca en la mochila.—Raoul, respira. —Lo corta antes de que entre en bucle—. Parece que te va a dar algo, no parezcas un niño asustado.—No estoy asustado. —Frunce el ceño, pero solo necesita una mirada de su padre para suspirar—. Puede que un poco.—Anda, pásame los cascos y tranquilo, no es para tanto. —Le guiña un ojo.El rubio se las tiende con la boca arrugada. Después, se acomoda en su asiento de acompañante, dispuesto a pasar allí el tiempo que necesite su padre.—¿Este es tu hijo? —pregunta un hombre mucho mayor que él, señalándolo sin vergüenza alguna.—El único que tengo. —Le guiña un ojo.—Me alegro de que al final se lo contaras —comenta—. Te vendrá bien tenerlo cerca si la cosa se pone fea.Raoul traga saliva, pero apenas consigue que baje. Solo de pensar en lo peor, se le corta el hambre y la digestión en general.—Yo voy a estar para lo que necesites siempre. —Se inclina para apretar su mano, la que no lleva la vía.Manolo esboza una sonrisa que le suena triste, antes de devolverle el apretón. No le gusta que esté así. Su padre hizo tanto bien hace veinte años que ahora no merece estar en esa camilla.—Así me gusta, chaval. Entonces, ¿trabajas con tu padre?—Desde que me convertí en bombero, sí. —Le sale la sonrisa algo forzada, pero es lo máximo a lo que puede aspirar con su bucle de pensamientos.—Fíjate: bombero y con esa cara..., que tengan cuidado las chicas murcianas, vas a ser todo un rompecorazones.Manolo y Raoul comparten una mirada antes de que el mayor suelte una carcajada, que disimula con una tos. Mal disimulado, pero sirve. El hombre los observa con confusión.—En realidad... —va a tener que decirlo, qué triste—, soy más bien de la otra acera.Las cejas del hombre se alzan, pero no dice nada durante los primeros segundos.—Ah, bueno, en ese caso que tengan cuidado los chicos. —Hace una pausa para evaluar su reacción. Raoul ni se inmuta—. Que yo no tengo ningún problema con los gays, me caen muy bien todos, ¿eh?Asiente, con una energía que no se cree ni él. Salir del armario cada vez que conoce a alguien, lo peor de todo.—Estoy seguro de que ya es un rompecorazones. —Manolo le dedica una sonrisa más real, de compasión—. Casi no pasa noches en casa... y quiero suponer que no está haciendo ninguna tontería.Siente sus mejillas calentarse, pero no dice nada de primeras. Tampoco sabría muy bien qué decir para justificar las noches que duerme con Agoney.—Bueno, Manolo, son jóvenes. No se puede esperar que estén siempre en el nido del papá. —Ahí tiene que darle la razón al señor.—Toda la razón. —Le brilla la mirada—. Solo quiero saber... ¿son muchos chicos? ¿Conoces a alguno o son cosas de una noche? ¿Estás tomando precauciones?Raoul coge mucho aire. Dado que no vivió con él durante la adolescencia, ha conseguido esquivar con maestría cualquier intento de su padre de hablarle de sexo. Parece ser que los veintiséis son los nuevos quince para él en muchos sentidos.—Papá, conmigo es con el que menos tienes que preocuparse, siempre llevo preservativos. —Supone que no es la respuesta que esperaba su padre, que se queda algo pálido—. Y, por si de verdad te interesa, solo hay un chico.Manolo alza las cejas, dejando atrás la incomodidad anterior.—¿Lo conozco?—No vamos a tener esta conversación —advierte, con el dedo índice señalándolo.—¿Estáis saliendo?—No, solo... —carraspea— paso las noches en su casa.«Ya está, es todo lo explícito que pienso ser. Lo demás te lo imaginas tú»—¿Y no me lo piensas presentar nunca?Su sonrisa se vuelve burlona, aunque con un toque de inseguridad por sus últimas experiencias.—Si te lo presentara, implicaría que somos algo serio. —Manolo parece comprender entonces por dónde va—. Aún no estoy listo para eso.—Se me hace hasta raro —comenta, levantando la mirada al techo—. Con lo moñas eres tú, don Relaciones Serias...—Lo sé, pero te juro que después de Alex, es pensar en tener pareja y se me revuelve el estómago. Y no es por ese chico, porque es... perfecto.—Cuidado con ese suspirito que contradice tus palabras, rey.—Es que ya me conoces. Si fuera mi novio de verdad, sería la persona más pesada del mundo, siempre presumiéndolo y hablando de él todo el rato, como el moñas que siempre he sido. Y me gusta, se está bien con él, pero...—No estás listo, ya lo has dicho. —Aprieta su muslo con un gesto cariñoso—. De todas maneras, estar con un solo chico es ya un paso.—Supongo —susurra—. Es que me siento muy cómodo con él, es la persona que menos me ha juzgado desde que estamos aquí.«Y sí, eso te incluye a ti, papá».—¿Lo has hablado con tu psicólogo?—Algo ha surgido. —Arruga la nariz en una sonrisa—. No te preocupes, trabajo en ello cada día.Al capitán esto le basta para dejar atrás una conversación espinosa para ambos. Recordar lo que pasó la última vez que Raoul se apresuró los pone tensos. Lo único que pueden hacer es confiar en que lo lleve mejor en esta ocasión.Y que Agoney sea el adecuado.Tras el descanso, Raoul vuelve para un nuevo turno. En la cocina lo espera Aitana, que podría saltar de felicidad.—¡He estado esperándote! ¿Por qué has tardado tanto?—Joder, qué solicitado estoy hoy —comenta, dirigiéndose a la cafetera—. No me digas nada hasta que no tenga al menos una taza de café en el cuerpo, por favor.—Es hora de comer. —Alza una ceja.—Ya. —Sonríe—. Me gusta aprovechar las mañanas antes de los turnos.—Iba a preguntar, pero como te lo callas todo, prefiero volver a mí. —Se apoya en la encimera, dejando que sus pies no toquen el suelo—. El otro día quedé con Josefina.Raoul se da la vuelta de forma automática, recibiendo la amplia sonrisa de su amiga.—¿Qué dices? ¿Y qué tal?—Jugamos a los bolos. Conseguí una puntuación de 54.—¡Eso es genial, tía!—En realidad es una puntuación de mierda.—Ah. —Pone una mueca—. Lo siento, nunca he jugado a los bolos.—No pasa nada porque... me besó. —Pega botes sobre la encimera.—¿Qué dices? —Se le ilumina la mirada—. ¿Por qué no has empezado por ahí?Aitana se encoge de hombros. Ha tenido tan pocas relaciones, tanto amorosas como de amistad, que a veces le cuesta administrar la información que cuenta sobre las primeras a las segundas.—No sé, no me ha salido. Es que todavía estoy... en una nube, pero una muy rara.—¿No te gustó? —Raoul se inclina hacia ella, ya con su taza de café en la mano.—Sí que me gustó, ella me encanta. —Se muerde el labio—. Creo que tengo poca experiencia y me preocupa no saber actuar. Encima el tema de la fama... no sé.—Cuidado, Beyoncé, que llega Aitana.—No te burles. —Le pega con un trapo—. Para algunas puede ser intimidante que su novia tenga tres millones de personas que saben todo lo que hace la bombera lesbiana.—Teniendo en cuenta que lo llevas todo muy profesional, no creo que nadie pueda molestarse por eso.—Hasta que en junio me vuelvo loca con el activismo, pero sí, la verdad es que nunca muestro casi nada de mi vida.—Pues no te rayes y trata de disfrutar, que te lo has ganado. —Le pega un pellizco cariñoso.Vuelve a encogerse de hombros y coger una manzana.—¿Y qué tal tu descanso?Raoul ocupa su boca con la taza para pensar qué debería decir. Ha pasado bastante poco tiempo con Agoney, en realidad, solo después del anterior turno y su aparición de madrugada, pero es lo único que puede contar sin comprometer a su padre.—Ha sido un poco agridulce en algunas cosas, pero bastante guay, ya sabes...—Sí, imagino que te lo pasaste mejor que yo —mordisquea su manzana—. ¿Agoney bien?—Muy graciosa. —Da vueltas a su taza, por ocupar el tiempo—. No lo vais a soltar, supongo.—¿Por qué iba a hacer eso, si es súper divertido ver lo nervioso que te pones...? —Estira el brazo para acariciar su mejilla—. Cariño, no sé por qué te cuesta tanto centrarte, pero hazlo, porque como se te escape el tío más guapo de Murcia por tonto...—No se me va a escapar nada, porque está más que hablado y si él ha podido entender que solo quiero sexo y quizá algo de amistad, el resto también podéis.Quizá se pasa de seco, pero a veces cansa tener que repetirse.Aitana pone los ojos en blanco y se levanta, dirigiéndose hacia donde el resto descansa en el sofá. Si estaban prestando atención a la conversación anterior, disimulan bastante bien.—¿Qué?—Nada, que me da un poco de pereza esa actitud, no me dabas esas vibras.—¿Qué vibras?—La del típico prototipo de tío que basa su personalidad en gustarle a otros gays y en sexo, muchísimo sexo sin compromiso. No vaya a ser que alguien te ponga un anillo en la mano y te mueras.El rubio se tambalea, con mil imágenes pasándosele por la cabeza. Se obliga a recordar que ella no sabe nada de él, que son cosas que apenas compartiría a menos que estuviera cómodo. Teniendo en cuenta la forma en la que habla de él, no está cómodo, para nada.—No te importa, pero yo solía ser el chico más serio del mundo, de relaciones formales de un montón de años. —Se le corta la voz, llamando la atención de sus compañeros—. Así que te agradecería que no supusieras cosas sobre mi vida sin saber cómo me podría afectar.La sonrisa de Aitana se resiente al notar que no le rebate, sino que se le ve afectado de verdad. Raoul bufa al comprobar que no dice nada y da media vuelta para marcharse. Cierra los ojos.—Mierda, oye, ¡no te vayas!El portazo que da al subir a la zona del gimnasio le da la respuesta.—Joder, Aitana, me parece que te has pasado un poco.—Hostia, mira quién habló, el que casi se pega con él porque salvó a un bebé.—Muy bien —interviene Miriam antes de que Ricky y Aitana pasen a las manos—. Lo que está claro es que ese chico tiene un mundo interior muy complejo, y hacer suposiciones así puede ser dañino. Si de momento solo ha dejado pasar a Agoney a ese mundo interior, será por algo.—¿Agoney, el policía? —pregunta Juan Antonio—. ¿Por qué a él?Todos se le quedan mirando, con un pestañeo confuso.—¿Porque están liados, a lo mejor?—Ah, que iba en serio... Pensaba que solo queríais meteros con él el otro día.—En defensa de Juanan —comenta Ricky—, creo que su padre todavía no lo sabe, y eso que vive con él.—Ya, pero es su padre, se llevan como veinticinco años. —Aitana pone los ojos en blanco—. El resto sabemos de qué palo van esos dos con sus miraditas.—Supongo que tendré que fijarme la próxima vez que los vea juntos —musita el menor, intimidado por el resto.Ricky se acerca para darle una palmadita de apoyo y pedirle que sigan jugando. Siguen así hasta que es turno de salir por una emergencia.Tras esa primera emergencia, la noche es tranquila para todos. Bueno, Aitana y Raoul apenas se hablan para pedirse la sal durante la cena, pero, salvando eso, duermen de un tirón toda la noche.Miriam es la primera en despertar. Aitana la encuentra en la cocina, mirando un vídeo de YouTube con una sonrisa divertida.—Buenos días a ti también. ¿Qué es tan gracioso?—Amiga, te has hecho viral. —Le pasa el móvil—. Esto es maravilloso.—¿Que sea viral?Vuelve a poner el vídeo desde el principio. Desde la esquina en la que los curiosos miraban, se puede ver el coche atrapado entre dos ramas gigantes, el momento en el que una de las ramas se rompe por el movimiento del vehículo, y cuando ella aparece como una superheroína con la mujer en brazos.Luego hacen zoom, la muestran quitándose el casco, con el pelo suelto al aire, como si fuera una diva en un videoclip. Le hace gracia que la gente ponga música en esos edits y la traten como si fuera alguien, pero supone que es mejor que la idolatren a ella que a un famoso sin cerebro y que no hace nada por nadie. Al menos ella salva vidas.—Te han etiquetado en Instagram, así lo he encontrado yo. Es la hostia.—Sí, muevo bastante a veces. —Arruga la frente—. Debería subir yo el vídeo para que la gente entre a mi perfil.—Mírala, menuda influencer estás hecha.La del flequillo le guiña un ojo y saca su propio móvil para promocionarse un poco.—De aquí a un año —comenta, sin fijarse en Raoul, que entra arrastrando los pies—, me pagan por promocionar extintores.—Mira tú qué bien.Aprieta los labios al escucharlo. Discutir no merece la pena.—Muy bien, chicos —aparece Manolo para terminar de descentrarla del todo—. A desayunar que enseguida vamos a hacer unas cuantas series.—Me quieres matar. Yo lo sé. —Miriam se lleva una mano al pecho.—Hay que mantenerse en forma. Somos los que suben a los sitios altos y que entran a lugares imposibles para salvar a la gente, si no nos cuidamos nosotros, ¿quién lo hará?Con una mañana igual de relajada que la noche, tienen tiempo de hacer la sesión de gimnasio completa.Cuando Raoul baja el primero, no le sorprende encontrarse a Josefina, la cita de Aitana. Después de lo bien que se lo pasaron, sabe que era cuestión de tiempo que volvieran a verse. Aunque esté algo enfadado, se alegra por su amiga.—Hey, ¿buscas a Aitana?—Sí. Esperaba encontrarla por aquí, pero está muy vacío todo. —Le sonríe con incomodidad. Genial.—Hemos estado todos en el gimnasio. Si quieres la aviso, se ducha y baja.—Te lo agradecería.Sube las escaleras con rapidez y localiza a Aitana al fondo de la sala, hablando con Miriam sobre algo relacionado con su video viral.—Está tu futura novia abajo —dice tras darle un apretón en los hombros por detrás—. Para que te des prisa en ducharse.La morena abre los ojos como platos y se abalanza sobre los baños, pidiéndose la primera, a pesar de que en realidad tienen duchas de sobra.Baja quince minutos después, con el pelo mojado y pegado a su frente.—Hola —saluda, a apenas unos metros suyos.—¡Dichosos los ojos! ¿Tienes un momento para hablar? ¿Has terminado tu turno?—Me queda hasta las dos, pero, a menos que suene la alarma, podemos hablar. Ven, te enseño la cocina y la zona para comer.Josefina asiente y la sigue por la estación. Se encuentran a Juan Antonio de camino, que las saluda con una sonrisilla de quien entiende por dónde va la cosa. Finalmente, se sientan en los sofás de la zona de juegos.—Bueno, pues aquí estamos. —Se limpia las manos mojadas en los pantalones—. Tú dirás. No esperaba verte tan pronto.—Te iba a llamar cuando calculaba que terminabas tu turno. —Su boca sonríe, pero no le llega a los ojos—. Pero al final sentí que tenía que venir.—Uy, ¿sentiste? ¿Por qué? ¿Eres mística o algo así? Porque me encanta, que lo sepas.—No, para nada. —Agita la cabeza—. Es que he visto el vídeo.—Oh. —Parpadea—. El del rescate del coche, supongo. Sí, se ha hecho bastante viral.—Ya he visto. Ha sido... impresionante.—Gracias. —Peor es que las palabras de aliento no le llegan a los ojos, ya no brillan igual—. Oye, ¿pasa algo?—Gracias a YouTube he encontrado tu perfil. —Aprieta los labios, mientras deja que procese—. Resulta que sueles hacerte viral y te siguen más de tres millones de personas en Instagram.—Sí, es lo que pasa cuando la gente graba cuando hago alguna cosilla espectacular. —Sonríe con sinceridad—. Y porque a veces soy un poco impulsiva, pero me suele salir bien. Aún estoy viva, si eso es lo que te preocupa.—No me preocupa, y me fascina que seas una tía famosa por salvar vidas.—Parece que vas a soltarme un "pero", y no entiendo por dónde vas a tirar, si te soy sincera.—Ya. —Se cruza de brazos—. Mi familia es bastante conservadora, ¿sabías?—¿A qué nivel?—No saben que soy lesbiana, así para empezar, y votan a cierto partido verde que en Murcia parece estar de moda. —Aitana palidece—. Así que comprenderás que esté flipando ante la posibilidad de liarme con una estrella de internet, una que encima tiene fotos con la bandera, tiene un apartado de destacadas con cosas LGBT y... bueno, eso, que no te ocultas mucho.—Eso de estrella es un poco exagerado. —Frunce el ceño—. Soy bombera y a veces subo cosas de lo que hacemos. Que tenga éxito no es algo enteramente intencionado. Y en cuanto a lo otro..., cariño, una vez fuera del armario con mis padres, el resto del mundo me la pela.—Ya, pero no sé si puedo lidiar con esto.—¿Lidiar con qué? ¿Con una novia lesbiana bombera famosa?—Con que mis padres se enteren así de lo mío. He sido muy discreta durante veinticuatro años, no voy ahora a echarlo todo a perder.—¿Por qué crees que yo lo contaría? Si me lo pides, no tengo ningún problema en que no aparezcas en mis redes sociales. Tampoco es tan necesario para una relación.Pero se está poniendo nerviosa. Josefina parece tener muy claro lo que quiere, y no es a ella.—No puedes asegurar que no acabe apareciendo contigo en redes, de una manera u otra. Que yo sepa, tú no pediste que grabaran cuando salvaste a esa mujer —señala su propio móvil, pero te grabaron y ahí está, en todas partes.—Si quieres cortar esto antes de empezar dilo sin tantas excusas. —Se muerde el interior del labio hasta que duele.—No son excusas, es mi realidad. Espero que la aceptes. —Se levanta.—¿Ya está? —Agacha la cabeza, pero eso no significa que su voz no reverbere por toda la sala—. ¿Un vídeo viral y es suficiente?—Que te vaya bien, Aitana, te mereces a alguien que pueda estar para ti.No la ve, pues tiene los ojos en dirección a la alfombra, pero sí escucha sus pasos. Todo se vuelve silencio cuando supone que ya está lo bastante lejos. Un nudo en su estómago comienza a formarse hasta hacer daño. Por supuesto, todo es mental, pero duele igual.—No te merecía. —Se sobresalta. En la puerta, Raoul sigue llevando su ropa de deporte y el flequillo sudado—. Si actúa así con esa tontería, no merecía la pena.—Ya —masculla—, pero no puedo evitar sentirme mal. Tampoco puedo exigirle nada. —Se cruza de brazos—. Si está en el armario...—No habría pasado nada, porque tú no usas tu perfil para cosas personales, solo para temas de la estación o consejos, o vídeos virales.Desplaza sus dientes hasta morderse el labio inferior. Raoul esboza una mueca al notarla apagada y se sienta a su lado. Acaricia su muslo intentando demostrar todo el apoyo que no puede decir en alto.Tras unas pocas caricias, Aitana comienza a sorber por nariz. Antes de que pueda pensarlo dos veces, está llorando en el hombro de su amigo. Miriam, a punto de entrar, da un paso atrás al notar la intimidad de la situación.—Gracias por estar aquí.—No me cuesta nada, boba. —Acaricia su brazo.—Ya, pero después de lo estúpida que me puse contigo sin verdadero motivo..., quizá no me lo merezco.Raoul suspira con fuerza y aparta la mirada.—Escucha, acabamos de conocernos, así que no sabes qué me duele, no podías saberlo. No te tortures a ti misma.—Solo... me pregunto si la cagaré con todo el mundo a esos niveles.El rubio coge mucho aire antes de estrecharla entre sus brazos. Lo necesita ahí para ella.Unas horas después, Agoney aparca frente a la estación. Hace tiempo que acabó el turno de su equipo favorito de bomberos, pero Raoul le ha pedido que se acerque allí, así que debe haberse alargado por alguna emergencia.Es él el primero en aparecer, rodeando su cintura para dejar un beso en la comisura de sus labios. Sin apartarse de esa posición tan cercana, la explica la situación. Él no podría estar más de acuerdo.No tienen que esperar más de diez minutos para que Aitana aparezca, ya con ropa de calle, la bolsa de trabajo en el hombro y rostro limpio de maquillaje. Ha estado llorando y se nota, pero está dispuesta a pasar página.Pestañea al descubrir tanto a su compañero como a Agoney apoyados en el coche del segundo, mirándola como si la esperaran.—¿Y esto? ¿Qué hacéis aquí todavía?—Te llevamos a cenar.—De fiesta —precisa Agoney.—Yo os quiero mucho, pero lo de ser sujetavelas todavía no me va.—Venga, salimos como amigos. Será divertido. —Sonríe Raoul, ladeando la cabeza.Aitana abre la boca para protestar, pero en realidad no tiene ninguna excusa para no aceptar su plan. Se encoge de hombros y se acerca al coche. Agoney da toda la vuelta al vehículo para ponerse en el lado del conductor.—Pero ¿tú sabes...? —pregunta con cierta duda al moreno.—¿Qué eres una lesbiana viral? No eres la lesbiana más molesta que he conocido, aquí no juzgamos. —Le guiña un ojo.Se le escapa una sonrisa, menea la cabeza y sube al coche sin decir nada más. Un rato después, el policía aparca junto a un pub muy conocido de la zona.Aitana baja y sigue a la pareja, que no tardan en conseguir que ella lidere la comitiva. El local está iluminado con luces azuladas, y está a reventar, pero con el margen suficiente para moverse sin tocar a demasiadas personas. La barra es la zona mejor iluminada, y ahí se dirige de primeras.—Creo que nunca había estado en este sitio. —Mira en todas direcciones.—Yo tampoco —admite Raoul—. Fue idea de Ago.—Supongo que ya tocaba enseñaros los buenos locales murcianos. —Les vuelve a guiñar un ojo, pasando el brazo tras su cintura—. No será como esos sitios de Barcelona o de Madrid, pero...—Está genial —se apresura a decir la bombera—. Gracias, chicos, de verdad. Necesitaba despejarme un poco.—Para eso es esta salida, cielo. —Se dirigen a la barra—. Para que te olvides un poco de todo.—Nerea debería estar aquí de un momento a otro, así que...La mirada de Agoney se ilumina cuando descubre un cabello rubio abrirse paso por el pub.—¡Camarero! —Nerea lo llama, sin fijarse en sus compañeros de trabajo a apenas unos metros—. Un Malibú con piña, que tengo ganas de fiesta. ¡Ay, mis amores! —Besa repetidas veces la mejilla de su amigo.—Ya tardabas en aparecer.—Lo siento, no todos tenemos la habilidad de aparcar cerca de los sitios a los que salimos. —Sus ojos, enormes y oscuros, se fijan en Aitana. Su dedo la señala, para que se acerque—. Hola, cariño, siento que hayas tenido que aguantarlos en modo amoroso, pero ya estoy aquí.—Aquí nadie estaba de modo amoroso... —Agoney frunce el ceño, algo avergonzado. Solo se relaja al comprobar que Raoul no parece nervioso por las especulaciones.El camarero trae la bebida de la rubia y pregunta al resto. La única que pide es Aitana, dispuesta a tomarse algo para olvidar su rápido desengaño.—Bueno, que más o menos tengo una visión de la situación, así que aquí estoy yo para pasar un ratillo contigo. —Le agarra la mano, con la otra vacía en su garganta el Malibú y suspira—. Vamos a bailar, amor.La bombera se ve arrastrada por la paramédica, que no tiene ningún reparo en hacerla girar antes de ponerse a bailar.—Pero... ¿y ellos dos?—En diez minutos estarán follando en los baños del pub. Te estoy librando de quedarte sola.Se muerde el interior de la mejilla, echándoles un vistazo. Están todavía sentados, hablando de algo que les hace reír. Deben dolerles las mejillas, porque no dejan de sonreír.Acaba dándole la razón con un asentimiento, que le saca una carcajada y le permite girar sobre sí misma.—No te preocupes tanto —susurra el moreno sobre su oreja, al otro lado del pub—. Confío en mi mejor amiga, en media hora Aitana se ha olvidado de la tía esa.—Yo creo que tu amiga le tiene ganas a la mía —musita, sin quitarles un ojo de encima. Nerea está se acerca tanto que puede notar el pánico de la morena—. A ver, es mutuo, ya lo veo.—Pues déjalas ser. —Se apoya en la barra, tanteando el terreno—. A nosotros no nos ha ido tan mal así, ¿no?—La verdad que no. —Suspira, apartando la vista—. ¿Hoy tampoco bebes? Te vas a hacer abstemio como sigas liado conmigo.—Ya te dije que no me molesta. —Se lame los labios—. ¿Qué hacemos perdiendo el tiempo? ¿Bailamos?Le agarra la mano sin pensarlo mucho. Sus bocas se unen con fiereza antes de que haya terminado la primera canción aleatoria de reggaeton.—Acabaremos dándole la razón a Nerea con lo de que no íbamos a tardar en irnos al baño... —consigue decir mientras la barba del moreno le raspa el cuello. Por la risa que suelta, erizando su piel, sabe que está perdido.
----- CHAPTER BREAK -----
Aitana llega a su siguiente turno con una sonrisa de quien ha estado durmiendo bien. Atrás queda el drama por una relación que no iba a ninguna parte, sobre todo cuando la paramédica más joven de su estación no deja de escribirle y hacerla reír.Si va a ser siempre así de sencillo, compra la ruptura como algo no tan malo.Su sonrisa desaparece cuando descubre a Raoul en la cocina con gesto disgustado. A su lado está Manolo, de brazos cruzados y no mucho mejor expresión. A su alrededor, el resto de los bomberos de la estación, luciendo tan confusos como ella.—¿Pasa algo? ¿Llego tarde? —Se esfuerza por encender su pulsera que le mide los pasos.—No, vas bien de tiempo, Ocaña. Es por otra cosa. Sentaos, que tengo algo que anunciar.Todo el grupo le hace caso, tomando asiento en los sofás de la zona de descanso. Solo Raoul se queda de pie, mirando a su padre como un gatito desamparado. Ricky no parece tan confuso como el resto, pero se mantiene junto a ellos.» Supongo que tengo que contarlo antes de que se haga oficial, es mejor que lo sepáis por mí. Parece que alguien ha querido informar de mi condición a los jefes de bomberos de Murcia y no estoy seguro de que me mantengan desempeñando este papel después de esto.—No entiendo, ¿qué ocurre? —pregunta Juan Antonio, con cara de susto.Miriam lo mira con el ceño fruncido. Sabe algo, pero seguro que ha usado sus superpoderes para descubrirlos con señales que nadie ha averiguado hasta ahora.¿Mi condición? ¿Eso qué significa?—Antes de mi llegada a Murcia me detectaron un tumor en el pulmón.—¿Tiene cáncer?—Más o menos. Pero no pongáis esas caras de espanto, que me estoy cuidando y con el tratamiento bajo el que me encuentro, hay muchas posibilidades de supervivencia.—¿Tú lo sabías? —pregunta directamente a Raoul.Asiente, con el carrillo mordido.—No me enteré hace tanto tiempo. Pero dice la verdad, sé que estará bien.—El problema —Manolo vuelve a tomar la palabra— es que los de arriba no están tan seguros de eso. Podrían inhabilitarme hasta que esté curado por completo si no demuestro que estoy en plena forma.—Es que estás en plena forma —protesta Ricky—. Joder, solo hay que verte trabajar.—Ya, pero los superiores no suelen mancharse las manos, no siendo ya tan mayores, así que lo más probable es que tenga que hacer algún tipo de prueba.—¿No podría hacer la que nos preparamos los bomberos en prácticas para entrar en la oposición?Todos se giran para mirar a Juan Antonio, la mayoría horrorizados. Es un prueba muy dura, que superan los veinteañeros a duras penas a veces. Un hombre de cincuenta años al que hay que sumarle el cáncer de pulmón... no están seguros.Pero Manolo lo contempla como quien encuentra oro en una cueva.—Es una idea muy interesante.—Papá, no sé yo...—Vamos... No hace tanto que te entrenaba para que entraras en el cuerpo. Me sé el recorrido a la perfección.—Yo no dudo que te lo sepas, pero es muy complicado para nosotros, no me quiero imaginar...—Puedo hacerlo —dice muy despacio cada sílaba—. Si no vas a colaborar, será mejor que te pongas a entrenar o a esperar la alarma en silencio.Y se marcha de la zona de descanso sin esperar respuesta. El rubio cierra los ojos y no vuelve a abrirlos hasta que no ha contado varias decenas de números y se ha recordado que no merece la pena discutir con él.—Es un cabezota —deja claro—. Así que será mejor que lo ayudemos, porque hacerlo solo es todavía más peligroso.—Eh —Ricky llama su atención—, lo ayudaremos y le saldrá bien, porque el tío es el mejor en lo suyo. Si sube por una escalera para sacar a un bebé de un árbol, puede con todo.—Solo que ahí no había límite temporal —susurra Juan Antonio. Por la mirada que le echan, está claro que no ha sido buena idea mencionárselo—. Yo lo ayudaré, que para algo me lo estoy preparando también.—Genial. —Raoul asiente varias veces, preso del pánico—. Toda ayuda es bienvenida, porque me niego a que este hombre esté sin trabajar.—¿Es mal vago? —Sonríe Miriam.—Es el peor. Se pondrá a desmontar todos los muebles de la casa y luego intentará montarlos igual, pero algo saldrá mal. Necesita ocupación al menos cada tres días.—Pues vamos a conseguírsela. —Ricky le da un golpecito en el hombro.Raoul decide no volver a hablar del tema hasta llegar a casa de Agoney. El policía tiene claro que no es noche para insinuarse en el instante en que menciona a Manolo para interesarse por eso, y el bombero no se calla en toda la cena.—Es que ya me jodería. Cómo se nota que no lo han visto levantar pesas y trabajar. El tío ni se inmuta, está en la misma forma física que antes de empezar la quimio, no le afecta en absoluto.—Estoy seguro de que tu padre superará lo que le pongan por delante. Es un toro, tú mismo lo has dicho.—Ya, pero me da miedo que se acojan a que está enfermo y a la quimio para dejarlo fuera. No quiero permitir eso.—Para eso lo vais a entrenar, ¿no?—Sí, hemos quedado mañana temprano para empezar. El otro turno nos deja usar parte del gimnasio para armar el circuito. Juan Antonio va a ayudar, así que genial.—Entonces deberíamos irnos ya a la cama, si vais a estar desde muy pronto entrenando...—Ay, sobre eso... —aprieta los dientes y Agoney espera lo peor—, ¿te importa si vuelvo a casa para dormir? Quiero estar para mi padre si le da una crisis y se pone cuarenta mascarillas para la piel o algo así.—No te preocupes. —Se levanta, pero se queda clavado en el sitio, sin recoger los platos, con la ceja alzada—. Entonces..., ¿has venido aquí solo para cenar?—Sí, acabas de decir que no te importa... —Se muerde el labio inferior.—Claro que no me importa.«Es que es la primera vez desde que empezamos en esto que no te da vértigo la comida sin acabar follando, y es una mejora de la hostia, pero seguro que si te lo menciono, reculas».—Genial. —Da la vuelta a la mesa para darle un beso en los labios—. Ya nos veremos, buenas noches.Agoney solo comienza a recoger la mesa cuando la puerta se cierra tras el bombero. Suspira de forma que el sonido reverbera por el salón vacío.Está perdido por ese chico.A la mañana siguiente, Ricky y Juan Antonio esperan a padre e hijo en la zona más apartada de la estación. En ella, el gitano ha estado colocando las herramientas que necesitarán.—¿Qué? —Manolo se planta con las manos en la cintura—. ¿Estamos listos para demostrar que sigo estando tan bien como hace años?—Cuidado, Peter Pan, no te vaya a dar dolor de espalda. —Ricky le guiña un ojo—. Anda, ya casi lo tenemos.El capitán se pone en su puesto. Los otros deciden vigilarlo para que no le suceda nada malo. Raoul se encarga del cronómetro, para ser lo más realista posible en su primer intento.Manolo se coloca en la línea que han pintado como salida y espera a que su hijo le dé la señal. En cuanto lo hace, corre para saltar un trampolín situado a tres metros de él, hacia una barra de equilibrio.Se balancea en la barra unos segundos, y todos aguantan el aliento por si cayera, pero se sobrepone y termina de recorrerla. Ricky le indica que siente hacia la izquierda y da varias palmadas, demostrando que nada lo sujeta.Ponerse de pie es mucho más complicado y le toma mucho más tiempo del necesario. Recorre de nuevo la barra de equilibrio y, ya en el otro extremo, salta a la colchoneta que han situado a su lado.Tras coger mucho aire, apoya las manos en el colchón y trata de realizar una voltereta frontal. Menos mal que está protegido, porque le cuesta varios intentos conseguirlo y pasar al final: las vallas.Pasa por delante de la primera y la rebasa, girando a la izquierda para pasar por su parte inferior, acompañado por toses. Pega un salto mucho más atlético para saltar el plinto y repite las vallas hasta la línea que han considerado de llegada.Raoul detiene el cronómetro con una mueca de dolor, mientras Manolo trata de recobrar el aliento, con las manos en sus rodillas. Juan Antonio busca una botella de agua, mientras Ricky se acerca.—¿Qué tal? —pregunta.—Dos minutos y cincuenta segundos.—Oye, no está nada mal para un viejo, ¿eh? —consigue decir, ya acercándose hacia él.—Papá... Para aprobar, los opositores hombres tienen que hacerlo en 33 segundos.—¿Cómo? —Se le va el oxígeno del cuerpo—. ¿Qué clase de burrada es esa? En mis tiempos así no era.—Yo tuve que hacerlo. —Alza una ceja, mostrando una cara bastante graciosa. Se reiría si no estuviera ahogado—. Me entrenaste, ¿recuerdas?—¿Y cómo sobreviviste a eso?—¿Teniendo diecinueve cuando me presenté?—Vamos, anímate, Manolo. —Juanan le pasa el agua—. Estoy seguro de que en nada estás al nivel de un jovencito.—Yo todavía debería ser un jovencito —refunfuña, pero no duda en beberse la mitad de la botella de un solo trago.—Lo que yo decía —comenta Ricky—, síndrome de Peter Pan de manual.—Intentémoslo de nuevo —anima Raoul—. Y si la cosa mejora, os invito a comer.Todos celebran la propuesta y se preparan para un segundo intento. Pero Manolo todavía necesita algo de tiempo, así que Juan Antonio decide hacer una demostración.—¿Cuándo tienes tus pruebas físicas?—En una semana o así. —Se encoge de hombros—. Pero me preocupa más lo teórico. Nunca se me ha dado bien.—Bueno, ahora porque estamos con el señor mayor este —Ricky señala a su superior sin la menor vergüenza—, pero si sale bien podemos dedicarnos a esto y tratar de ayudarte.—Gracias, porque la academia ayuda lo justo. —Bufa y estira la espalda antes de empezar.Raoul le avisa de la salida y todo sucede muy rápido. Manolo está bebiendo agua a sorbos, pestañea un par de veces, y de repente el aspirante a bombero está en la casilla de llegada.—Tiene que ser una broma.—31 segundos, tío, está genial.Juan Antonio sonríe con la lengua fuera y los jadeos a la orden del día.—Y el otro día lo hice en 29, pero a ver qué tal la semana que viene. Joder, Manolo, tienes un punto con el cansancio.—Lo has hecho en cinco veces menos tiempo, mereces quedarte descansando una semana entera.El moreno niega con la cabeza, sin perder la sonrisa, antes de dirigirse hacia su propia botella de agua. Su hijo solo necesita echar un vistazo a su padre para darse cuenta de que está a punto de perder la confianza que le caracteriza. Y no puede permitir que se quede chafado con la comparación antes de tiempo.—Papá —lo llama—, ni se te ocurra rendirte después de un único intento. Si lo hubiera hecho yo, ahora mismo no estaría aquí.Manolo le dedica una mirada de frustración, algo que puede entender a la perfección.—Es cierto que yo jamás te dejaría abandonar.—Al fin se nota que somos padre e hijo. Venga, que tú puedes.Tras coger un poco de aire y asegurarse de que todo está en su sitio, repasa en su cabeza el recorrido antes de darle un asentimiento a su hijo. Está listo para que sea lo que tenga que ser.Da la señal y su padre esta vez actúa con más rapidez. Ya sabe lo que tiene que hacer y no duda a la hora de llevar a cabo el recorrido, incluida la barra de equilibrio y la voltereta.Cuando pisa la línea de llegada, Raoul sonríe un poco más.—Un minuto exacto. Vamos mejorando.—¿Ves, jefe? —Juanan le da palmaditas en la espalda hasta que le entran toses—. Todo era cuestión de practicar. En nada estarás en lo necesario para entrar a la oposición.Pasan el resto del tiempo libre practicando todo lo posible. Por la noche, cenan todos juntos, ya con los ánimos más tranquilos. Tienen la seguridad de que, poco a poco, llegará a su nivel anterior, y podrá mantener su "síndrome de Peter Pan" sin problemas.—Mira el chico este... —lo llama al ver cómo se marcha—, ¡Raoul!, ¿no te vas con tu padre?El rubio le dedica una sonrisa orgullosa.—Después de ver cómo estás, creo que esta noche no necesito vigilarte, y tengo un sitio al que quiero ir.—Pero bueno —susurra, atónito, mientras lo observa desaparecer—. Y seguirá sin contarme por quién se va por ahí.Ricky se muerde la risa.—¿De verdad todavía no lo sabes?—¿Tú sí? —Se cruza de brazos—. Macho, alguien tendrá que decírmelo.—Si él no lo ha hecho... —se encoge de hombros—, no es mi asunto. Solo te digo que te fijes un poco, porque a veces son bastante obvios.Manolo menea la cabeza mientras lo observa alejarse. Quizá ha estado tan pendiente de sus propios problemas que no se ha fijado en que su hijo ha estado viviendo una pequeña historia de amor.Unos días después, el jefe de bomberos de Murcia entra por la puerta de la estación acompañado de dos de sus subordinados. Manolo sale a recibirlo, vestido de chándal, con la cabeza bien alto.—Vázquez. —Le hace un gesto con la cabeza que quiere ser un saludo—. No puedo decir que me alegre verle en estas circunstancias.—Lo mismo digo —carraspea—. No todos los meses me llevan a la otra mitad de España para después querer echarme.La mandíbula del jefe se marca todavía más por su incomodidad.—Le aseguro que, si hubiera tenido conocimiento de esto antes, nuestra conversación en Madrid habría consistido en pedirle consejo, no que se mudara.Manolo asiente despacio y comienza a caminar. En la parte superior, sus compañeros terminan de colocar el circuito. Bueno, Juan Antonio lo coloca, Raoul se dedica a pasearse por todos lados dando órdenes inútiles y las chicas los miran con cara de susto cuando los ven aparecer.—Señor. —Aitana hace una reverencia extraño.—No perdamos el tiempo. —El hombre llama la atención de todos los presentes—. Las reglas son claras: debe realizar el circuito como lo haría cualquier opositor. Sé que usted tiene treinta años más, pero...—Podré con esto —lo interrumpe antes de que le ofrezca no hacerlo.—Esperemos que sí —murmura Raoul, cruzándose de brazos.Manolo le dedica un pulgar arriba que no le da la esperanza que necesita para superar lo de su padre. Está Raoul más asustado que Manolo.Ricky le da un golpecito entre los omoplatos.—Confía un poco en él. Es muy fuerte, más de lo que crees.El rubio se permite coger un poco de aire, pues sabe que tiene razón. No le gusta la expresión, pero su padre es un toro, de los hombres más fuertes que jamás ha conocido. Podrá superar lo que le echen, está seguro.Manolo se coloca en la línea de salida. Uno de los subordinados del jefe se coloca junto a este con el cronómetro en una mano. El resto se cruza de brazos, expectantes.Da la señal de un momento para otro, pero esto no descentra al capitán de la 122. Prácticamente salta sobre el trampolín, listo para coger velocidad. De hecho, en principio no parece que tenga ningún problema, ni siquiera en aquellos momentos de equilibrio que tanto le costaban las primeras veces.El problema es cuando llegan las vallas y, a medio correr, de repente todos lo ven caer al suelo, sin haberse tropezado, al menos en apariencia.—¿Capitán? —pregunta Ricky con cuidado, consciente de que el cronometro sigue en funcionamiento.—¿Papá? —La pregunta de Raoul es mucho más preocupada e infantil—. Me cago en la puta, ¡papá!Se lanza sobre la zona del circuito, que hasta ahora habían dejado despejada, hasta arrodillarse frente a su padre. El jefe parece darse cuenta de que es grave y pide apagar el cronómetro. Aitana, con el rostro pálido, empieza a correr para bajar las escaleras.—¡Mamen! —La escuchan gritar—. ¡Mamen, emergencia aquí, es Manolo, es el capitán!Los paramédicos no tardan demasiado en aparecer con todo su arsenal. Raoul ha pasado los dos últimos minutos dándole bofetadas suaves en las mejillas a su padre.—Oye, que te despiertes, que no me hace puta gracia la broma, que tienes que dirigir este sitio y a mí.—Aparta, cariño. —La capitana paramédica lo echa de allí, mirando de forma automática a Alfred—. Necesito ver sus constantes vitales, solo espero que no sea...Manolo la interrumpe con un jadeo. Sus ojos se abren con fuerza y se incorpora, sin importar la cercanía a Mamen.—Joder —masculla—, ¿qué coño ha pasado?—Manolo, ahora no, tenemos que comprobar que está todo bien.—¿Cómo va a estar todo bien si se acaba de caer redondo? —Raoul tiene los ojos hinchados de lágrimas—. La última vez que dices que estás bien cuando no lo estás.—Pero si estoy genial.—No lo creo —interviene entonces el jefe de bomberos—. Vázquez, estábamos aquí para que nos demostrara que puede sobrellevar su situación actual con uno de los trabajos más duros que existen. Se ha desmayado en mitad de algo que cualquier opositor podría hacer.—Él no es un opositor, ya es capitán en sus cincuenta años —masculla Raoul.—Sí, pero su padre aseguró que podría con ello. Dígame, ¿qué habría pasado si le sucede eso en medio de un incendio en una vivienda? Ya se lo digo yo: en el mejor de los casos pondría en peligro al resto de su equipo, que lo sacarían de allí. No le describo el peor caso porque se lo puede imaginar.—Esto solo ha sido...—No hay más que hablar —lo interrumpe, con el ceño fruncido—. Le asignaremos algún puesto más administrativo, al menos mientras esté en tratamiento.Manolo se levanta y sigue al jefe por la estación entre quejas, mientras el resto se quedan allí, paralizados, asumiendo la nueva realidad.—Quizá sea lo mejor —susurra su hijo—. Así no se arriesga de más, que a su edad y con el cáncer... lo que le faltaba era aspirar más humo.—Atrévete tú a decirle eso ahora. —Miriam se asoma por la barandilla—. Esta discusión va a acabar con que no le van a dar ni un puesto de oficina.—Mi padre no nació para estar todo el día en un escritorio. —Arruga la nariz—. Que entiendo que ahora mismo es lo mejor para él, pero... está claro que bien no se lo va a tomar bien.—Bueno, niños, ahora solo os queda apoyarlo. —Mamen se levanta del suelo y recoge sus cosas—. Por mi parte, me alegro de que se mantenga con vida.Sale de la zona que los bomberos usan para entrenar ante la atenta mirada de todos. Tras pedirles disculpas, Nerea sale tras ella. Raoul suspira. Él también se alegra.Abajo, la discusión no parece tener fin, pero la vida está dispuesta a ayudarles a acabar con las tonterías de una vez. La alarma suena antes de que la mayoría baje a la zona de los camiones, pero no les pilla desprevenidos.Bajan disparados y Ricky se pone al mando de todo, encargándose de que tengan los trajes preparados para cambiarse en el camión. El conductor es el último en subir, ya vestido.Bueno, en realidad no, porque Manolo se gira hacia el hombre que supone su peor pesadilla.—¿Puedo ir? Es emergencia de bomberos.—¿No acabo de dejar claro que no volverá al campo hasta que su tratamiento acabe con buenos resultados?—No veo que haya firmado ninguna orden de traslado. —Sonríe, zorruno—. Así que creo que me voy a ir con mi equipo, al menos por última vez.El contrario no tiene tiempo de discutirle nada, ya ha pedido que se abran las puertas y Ricky ha suspirado y le ha dejado entrar.» Bien. —Resopla cuando está dentro y ya tiene la mitad del traje puesto—. ¿Qué tenemos?—Parece que un incendio en una zona residencial. La policía está despejando la zona, se encontraban allí —explica Raoul, mirando la información que les han mandado desde la zona de teleoperadores.—Genial. Preparad el respirador, no quiero que nadie dé un paso en falso con esto. —Recibe varias miradas llenas de dudas—. Soy vuestro capitán hasta que alguien diga lo contrario, ni se os ocurra echarme nada en cara.Ricky no tarda en aparcar frente a la zona en llamas. Varios curiosos y afectados se arremolinan alrededor de las cintas colocadas por la policía.—Genial —masculla el conductor—. Estamos muy lejos y a estos no se les ocurre otra cosa que poner la cinta. Raoul, dile algo a tu novio.—Cállate —gruñe, saliendo del vehículo.La policía deja pasar al camión para que se sitúen más cerca y poder usar las mangueras y las escaleras. Una joven de unos veinticinco años corre hacia Manolo cuando este sale del vehículo.—¡Necesito ayuda! —Su respiración es entrecortada y tiene los ojos infestados de lágrimas—. ¡Mi madre sigue dentro, por favor...! Tiene una discapacidad, yo estaba fuera cuando estalló el incendio y no podía entrar sin morir.—Ha hecho lo correcto. Déjelo a los profesionales. —Mira atrás y asiente—. ¿Entramos?Un coche aparca derrapando junto a su camión. Bufa al descubrir al jefe de los bomberos.—Bajo ningún concepto va a entrar usted ahí. —Lo señala con furia—. Es peligroso para usted y para las posibles víctimas de este incendio.Ricky lo mira con el labio mordido. Si se ponen técnicos, está de acuerdo con el jefe, pero decírselo a Manolo no sería un buen instinto de supervivencia.—Por supuesto que voy a entrar. Adelante, equipo, quiero a Ocaña y a Merino conmigo. El resto con las mangueras: tenemos que parar este incendio antes de que se extienda más allá.Raoul ni siquiera se queja de que lo deje fuera de esto, porque al menos se ha llevado a Ricky. Solo espera que salga bien, mientras coge la manguera y se prepara.El equipo que va a entrar se coloca la máscara de oxígeno en el último momento. La zona de entrada de la casa parece intacta, así que por ahí pueden pasar sin ninguna duda.—¿Hola? —Manolo es el primero en gritar—. ¿Hay alguien ahí?—Quizá deberíamos haber comentado antes cómo se llama la señora —dice Aitana, tras apagar la puerta que lleva al comedor.Es la zona de donde más llamas salen, así que quizá sea el origen. No distingue chimeneas, y si se trata de un cigarrillo o de las cortinas, es más complicado provocarlo.—Habría estado bien, pero ahora no es momento de retroceder. ¿Hay alguien ahí? —alza la voz.Una tos. Los tres se callan, con una mirada que indica que todos lo han escuchado. No saben de dónde sale, y tampoco la vuelven a escuchar, pero es mejor que nada.—¡La escuchamos! Si no puede hablar, dé algún golpe a una superficie que no esté en llamas.—Genial consejo, Ricky. —A Aitana le sale la sonrisa.El bombero pone los ojos en blanco y avanza por el lugar. Entre el sonido de la madera y los muebles quemándose, escucha un golpe.—Viene de arriba.—Joder. —El capitán ya está cruzando el vestíbulo para subir por las escaleras—. Espere, no sé si es buena idea...—De alguna manera tendré que demostrar mi valía, ¿no? —Se gira un breve momento, con el brillo en la mirada.—Si eso le mata, no es necesario.Pero Manolo hace caso omiso a sus palabras y vuelve la vista al frente. Ricky traga saliva al verlo desaparecer entre las llamas que llevan a la planta superior.—Nos la vamos a cargar por dejarlo ahí solo.—Es instinto de supervivencia. —Aitana se ve obligada a usar el extintor otra vez—. No me apetece tener que rescatarlo, pero tampoco morir aquí.—Nos debemos a nuestro capitán, Ocaña. Debemos intentarlo.La del flequillo suspira, pero le da la razón con un asentimiento de cabeza. Pero, antes de que puedan dar un paso hacia la escalera, una zona del techo cae con un estallido en medio de las escaleras. Gracias (o por culpa) de las barandillas, el tablón que estaba en el techo queda suspendido en el aire, pero envuelto en llamas, haciendo más difícil la salida.—Espero que los de fuera se den prisa —masculla—. Porque el capitán lo va a tener jodido.Ricky no le puede quitar la razón. Pero no tiene mucho tiempo para pensar en ello, porque comienzan a ver una sombra que se materializa en la parte superior de las escaleras. Casi puede sentir que el aire vuelve a entrar en su cuerpo.El capitán lleva un cuerpo sobre los hombros.—¡Capitán, con cuidado! —Le hace señales con la mano—. Las maderas del techo se están desprendiendo.—Tendremos que ir a por ello —gruñe, o eso les parece escuchar.La sombra da un par de pasos vacilantes, cargando con el cuerpo, se agacha para salvar el tablón de madera en llamas y, cuando está seguro de que la mujer que lleva en brazos estará bien, se la vuelve a colocar en el hombro y empieza a correr.» Salgamos de aquí. —Les hace un gesto con la mano—. ¡Vamos, vamos, joder!No dudan en reaccionar y correr a la salida. El resto son testigos de cómo salen por patas, con el capitán llevando a la mujer que seguía en el interior. Juan Antonio, que estaba conteniendo a su hija, la suelta en ese instante, dejándola correr hacia su madre y el capitán.—La ha sacado... —Se sorbe la nariz—. La ha sacado, por Dios, muchísimas gracias, no tengo suficientes palabras para...—No es necesario. —Se aclara la garganta—. Es nuestro trabajo.—¡Vázquez! —Cierra los ojos al escuchar la voz del jefe—. Venga aquí, tenemos que hablar.—Y así es como este va a dejar de ser mi trabajo. —Le guiña un ojo, se asegura de que esté bien atendida con sus compañeras paramédicas, y se dirige hacia el hombre.Ricky está junto a él, de brazos cruzados y ya sin casco. A su alrededor, todos los bomberos están pendientes de ellos, aunque no dejan de trabajar en el incendio.—Merino me ha contado lo que ha hecho ahí dentro.Alza una ceja. No esperaba que la conversación empezara así.—¿Se refiere a mi trabajo, que es salvar vidas?—Ha llevado a esa mujer, discapacitada y... no demasiado delgada, sobre los hombros, la ha pasado por una zona en llamas sin comprometer su seguridad, se ha agachado... Casi parece que estuviera haciendo un circuito.—Pues ya ve, es lo que me pone delante el incendio. —Se encoge de hombros.El jefe cambia la posición de sus pies al menos tres veces antes de decir aquello que le cuesta tanto.—He pensado, así a voz de pronto, que podríamos pensarnos dos veces lo de dejarle en un puesto de oficina mientras se recupera.—¿Lo dice en serio?—No es algo que me agrade —admite—, pero es usted muy bueno en su trabajo. No solo ha creado este equipo, sino que es un líder natural y sabe lo que hace. Eso sí, no me gustó nada lo que pasó hace unas horas.—A mí tampoco —musita—, pero puedo prometer que buscaré una solución para ello, no me gustaría tener problemas durante el servicio.El jefe parece casi tan aliviado como todos a su alrededor cuando asiente.—Bien, pueden seguir trabajando. Hablaremos más adelante, Vázquez.Apagar el incendio les cuesta gran parte de la tarde, y solo vuelven a la estación, cantando canciones de celebración por su victoria personal, a las doce de la noche.—Ahora abrimos un champán, chicos. ¡Esto hay que festejarlo!—Seguimos de servicio, jefe.—No os preocupéis. —Raoul pone los ojos en blanco—. Yo os abasteceré con mis zumos.—Al fin nos va a venir bien que seas abstemio y todo. —Miriam le da un golpecito en el hombro—. Ha estado brutal, capitán.—Yo no hice más de lo que haría cualquier otro día. —Le guiña un ojo—. Aunque puede que me haya puesto más cabezota de lo normal porque estuviera el jefazo ahí.—Sabía yo... —Ricky agita la cabeza—. Solo disgustos me vais a dar entre todos.—Sigues sin ser el mayor, pero te comportas como tal.—¡Cuidado con Peter Pan!Brindan con botes de cristal de zumo de piña y de melocotón, ponen música y no se acuestan hasta tarde, siempre conscientes de que podrían recibir un nuevo aviso de emergencia. Los astros se alinean para que puedan dormir hasta la hora a la que acaba el turno.Aitana piensa que es la última en salir, pero se toma su tiempo. Tampoco tiene nada que hacer, ni nadie que la espere en su piso del centro.Por eso se sobresalta cuando descubre a Juan Antonio sentado en uno de los taburetes de la cocina, con los codos apoyados en la encimera y los ojos puestos en un libro.—Novato, ¿no tienes amigos o algo que hacer? —Pone los brazos en jarras—. El turno ha acabado.—Ah, sí. —Aprieta los dientes—. Es que mis compañeros de piso siempre están con movidas y no me dejan estudiar, así que... guárdame el secreto, pero a veces me quedo aquí a estudiar y solo vuelvo a casa a dormir.—¿Cuándo tienes el teórico?—Pues con poca diferencia del físico, que lo tengo justo antes de este turno. —Suspira con fuerza—. Estoy preocupado, Aitana.—¿Por qué? Si eres el más listo de todos.—Sobre el campo no sé, pero no lo soy con libros delante. Y me da miedo, es mi última oportunidad.—¿Cómo que es la última?—Hay una serie de veces que te permiten presentarte. Y la condición para trabajar aquí era que me sacara la próxima oposición que saliera. Si no lo hago..., tendría que volver al País Vasco, porque en Murcia no me queda nada.—¿Y tus amigos?—¿Te refieres a la gente de La Fama que se dedica a cosas de las que prefiero no hablar? —Alza una ceja, usando una ironía a la que no está acostumbrada—. Yo ahí no encajo, pero es lo más barato que me puedo permitir sin ser bombero de verdad.Aitana da un manotazo al libro antes de que su compañero cambie de página.—Yo te ayudaré a estudiar.—¿Cómo?—¡Todos lo haremos! Tampoco tenemos tanto que hacer en nuestros días libres, trabajaremos para ayudarte a aprobar.—Mucha confianza tienes tú...—¡Que no, que no, que será genial! Te garantizo que serás bombero oficialmente en nada. ¡Pero seguirás siendo el novato del grupo!Sonríe y evita poner los ojos en blanco. Ha tenido mucha suerte, sin duda.
----- CHAPTER BREAK -----
Un grupo de personas esperan con energía a las puertas de un edificio. Contienen el aliento cada vez que estas se abren y alguien aparece. Solo que se equivocan diez veces hasta que aparece Juan Antonio con una sonrisa.—¿Y bien? —pregunta Aitana, dando saltitos sobre sus talones.—Pues... no sé qué deciros.—Venga, no te hagas el interesante —grazna Raoul.La sonrisa del moreno se va ampliando poco a poco, no haciendo sino aumentar la expectación de sus amigos.—¡Lo he conseguido! —Miriam pega un grito—. No ha ido nada mal para ser yo, todo hay que decirlo.—¿Qué dices, si tú ya eres maravilloso? —Ricky se acerca a darle un abrazo.Este gesto despierta al resto, que se abalanzan sobre él entre vítores y enhorabuenas que se prolongan un buen rato. Juanan se deja hacer, disfrutando de su pequeño momento.—Bueno, ahora nos tomamos unas cañas, pero después —Aitana lo señala de forma amenazante— tú y yo nos ponemos a estudiar.Ahí se le borra la sonrisa poco a poco.—Vaya forma de cortar el rollo.—Novato, hacerlo bien en lo físico no significa que seas bombero. —Juanan asiente con más seriedad—. Y si eso significa que nos vamos a pasar hasta el día del examen estudiando como locos, así será. Todos te ayudaremos.—¿Ah, sí? —Se lleva un codazo fuerte de Miriam—. Sí, claro, te ayudaremos.En otro lugar de la ciudad, los policías de calle colocan la cinta para que los curiosos no se acerquen demasiado. Entre ellos está Agoney, que respondió a la llamada del 112 y encontró el cadáver.—¿Otro más? —Escucha a sus espaldas.El inspector de la policía Nacional que lleva el caso entra, seguido por parte de su equipo. Los conoce desde que entró a trabajar a esa comisaría años atrás, son increíbles en su trabajo y, por supuesto, se llevan todo lo interesante. Es normal, ellos son inspectores y él un simple policía de calle, de detener a la gente que comete delitos en el acto y llegar el primero a la escena del crimen.A veces se permite soñar con un poco más, con que pronto pueda trabajar con ellos y dejar de acudir a las emergencias, pero sin tiempo para prepararse lo tiene jodido. Y últimamente le falta tiempo por todas partes.—Mismo modus operandi. Parece que forzó la puerta, entró y lo mató mientras dormía, sin molestarse en ocultar el disparo. Por eso llamó al 112 una vecina. La policía que acudió lo encontró colgado de la ventana de su piso que daba a la calle.—Sabiendo que vamos tras él, esto es imprudente de su parte —masculla una subinspectora—, y eso nos viene genial.Agoney suspira, con su cerebro funcionando a toda velocidad, y termina con lo que estaba haciendo.—¿Necesita algo más? —Se dirige hacia el inspector. Este lo mira como si fuera la primera vez que repara en su presencia, lo que lo hace sentir diminuto.—Con que mantenga alejada a la gente me basta.Se muerde el carrillo y se gira con un asentimiento suave. Pero la segunda a cargo tiene una idea mejor:—Espera —se vuelve hacia ellos con ilusión—. Echa un par de fotos hacia los curiosos, nos vendrá bien tener imágenes de la gente que ha estado cotilleando. Ya sabéis lo que dicen: a muchos asesinos les gusta volver a contemplar su obra.Asiente, apretando los labios, y se dispone a hacer caso. Ha visto suficiente del caso para saber que, hasta que no se cometa un error, el asesino seguirá matando.Cuando vuelve a casa, lleva un par de carpetas con todos los datos que le gustaría leer. Son todo fotocopias que cualquier compañero puede sacar, Raoul tiene turno, así que no lo va a ver, y le apetece averiguar todo lo que pueda sobre el caso.Pasa la noche en el escritorio leyendo archivos, viendo fotografías y comparando imágenes. No se da cuenta de que ha salido el sol hasta que su alarma suena para recordarle que tiene un trabajo al que volver.Suspira, rascándose los ojos, al notar un suave dolor de cabeza. Se lo ha ganado a pulso, lo sabe, pero ya podría trabajar con el resto de los inspectores y subinspectores en el caso.En la estación, pasaron buena parte de la tarde con un incendio en una tienda de barrio que, por suerte, se apagó rápido. Pero después han tenido todo el tiempo del mundo para hacer preguntas a Juan Antonio en cualquier situación.Y cuando dice cualquiera, es más literal de lo que le gustaría.Aitana abre la cortina de la ducha del novato, sobresaltándolo:—Durante un incendio en un edificio alto, los bomberos deben trasladar a los ocupantes en otra parte del edificio llamada...—Zona segura de refugio. ¡Joder, avisa a la próxima!—No tengo nada que ver aquí, novato. ¡Bien hecho! —Vuelve a cerrar la cortina, tras guiñarle un ojo.Un rato después, ya vestido y con los auriculares puestos para escuchar información sobre el teórico, recibe un toquecito de Miriam.—Novato, emergencia.No duda en quitárselos de golpe y seguir al resto al interior del camión. Allí, Ricky lo espera con otra pregunta, sin dejar de conducir en ningún momento:—A la hora de tomarle el pulso a un infante, es necesario empezar siempre con...—La arteria braquial.Una vez han vuelto, Juan Antonio ayuda a la limpieza del camión cuando Miriam aparece por detrás.—Pregunta de pensar un poco, cariño. Si de esa manguera han salido 350 galeones de agua, ¿cuántos litros corren ahora en la calle? —Le señala todo lo desperdiciado en esa dirección.El moreno pestañea, intentando buscar en alguna parte de su cerebro esa información que se ha perdido entre todos los datos que tiene almacenados.» Venga, va, dime cuánto vale un galeón, cuanto pesa.Pero la sigue mirando con cara confusa. La rubia pone los ojos en blanco y se marcha, no sin antes gritarle:» ¡0,45 litros cada galeón, novato!Bufa, pero asiente e incorpora esa información a su cerebro. Solo espera no olvidar nada por el camino.Sus compañeros, durante los siguientes turnos, aprovechan para preguntar en cada emergencia, en las comidas e incluso mientras está haciendo deporte. Cuando nadie se encarga de él, lleva siempre los auriculares puestos, recordando los grados necesarios para quemar cada tipo de material o cuántos metros hay en una plataforma lateral.Uno de esas noches de turno, Juan Antonio está durmiendo tranquilamente cuando todo su equipo se acerca en todas direcciones, rodeándolo. Es Raoul quién le pone una mano en la boca, sobresaltándolo.—Estáis fatal de la cabeza.—Sí, pero técnica médica para quitar un objeto de la garganta. —Aitana se inclina hacia su cara.—Empuje abdominal.—¿En qué fase del incendio se recogen las pruebas? —pregunta Raoul.—En la fase de revisión.—¿Qué presión se le pone a una boquilla de rociado de cinco centímetros?—75 psi. —Sonríe con algo más de confianza.—Punto de ignición del magnesio. —Ricky se cruza de brazos.—473 grados Celsius. —Le guiña un ojo.Sonríen y se alejan de él tras darle una palmada de ánimo en la espalda.—No seas un listillo, novato —comenta Aitana antes de volver a su propia cama.Juan Antonio vuelve a acurrucarse entre las sábanas, con una sonrisa de satisfacción. Por una vez, se permite dormirse y soñar con que lo conseguirá.A la mañana siguiente reciben la llamada de emergencia por un coche que ha quedado atrapado debajo de un camión que cruzó la carretera sin mirar. A la policía todavía le cuesta un poco parar el camión, que no se ha enterado de nada y ha seguido circulando mientras arrastraba el coche.Mamen baja de la ambulancia mientras los bomberos se ponen a trabajar para romper trozos del coche y sacar a las ocupantes. Con la situada en los asientos traseros no les cuesta mucho. El problema llega cuando la conductora hiperventila y les señala su abdomen ensangrentado.Tras una revisión rápida, la capitana paramédica mira a su compañero con preocupación.—Hay que realizar una transferencia de campo, mucho me temo.—¿No podemos salir ya para el hospital? —pregunta Nerea, algo asombrada ante la simple mención de esa intervención—. Si llamamos ya tendremos un equipo listo para la operación.—Para la operación seguro que los necesitaremos, pero esta mujer se va a morir aquí mismo y no dará tiempo a sacarla. Necesita sangre, la está perdiendo toda.—¿Me... me voy a morir? —Le tiembla el labio.—Seguro que no. —Mamen se inclina hacia ella—. Nerea, trae por favor el equipo de la transfusión.—Pero no tenemos sangre, ¿de quién...?—Soy 0 negativo, es evidente que me encargo yo. —Se arremanga, pero se vuelve contrariada al ver que la paramédica no se mueve—. ¡Venga, que se nos muere!La rubia corre como si le fuera la vida en ello. Alfred sigue comprobando a la otra chica, que parece intacta, y decide acercarse a ver qué sucede.Hasta los bomberos se aproximan cuando entre las dos paramédicos comienzan a transferir sangre a la víctima del accidente. Manolo lleva ya una mano en la boca, dispuesto a llamar a más emergencias si es necesario, en el caso de que salga mal.Pero se trata de Mamen, y ella siempre sabe lo que hace. La joven recupera un poco de color.—Bien, capitán. —Se vuelve al bombero—. Los vuestros pueden trabajar, pero sed rápidos, que tenemos que llevarla al hospital. ¡Nerea!—¿Sí, capitana?—Dame un zumo o algo, que necesito azúcar. Y Alfred, avisa al hospital para que esté el cirujano de guardia en la puerta del hospital.Suspiran de alivio, entre los paramédicos se encargan de las accidentadas y pronto todos están de vuelta.Tras un turno bastante accidentado, Ricky va directo a su cita con el psicólogo. No le gusta admitírselo a Manolo, porque eso sería darle la razón, pero se ha convertido en un refugio de paz cuando toda su vida son emergencias y desastres por todas partes.A la salida, descubre por un mensaje que Kibo ha tenido que quedarse más tiempo en el trabajo, así que le sale rentable dar un rodeo antes de llegar a su casa. Supone que su mejor amigo habrá terminado su turno estándar, así que cambia la dirección para meterse por la misma calle donde empezó el día.Agoney alza las cejas al abrir la puerta y encontrárselo allí.—¿Qué haces aquí?—Buenas tardes a ti también. ¿Has comido?—Eh... —Se rasca los rizos, con ojos culpables—. Creo que se me ha pasado. Estoy trabajando en algo.Vale, esto consigue captar su atención. Por lo general, su amigo es una persona muy centrada en su trabajo, sus amistades, y sus estrictos horarios. Es más, sin contar el deporte (útil para su trabajo) no lo ha visto tener nada lejos de sus principales.—¿Y eso? —Se toma la libertad de pasar. El policía tiene media casa llena de hojas de papel y anotaciones por todas partes—. ¿Estás haciendo limpieza de primavera? Tiene que ser eso, porque vaya lío tienes aquí montado.—No, tengo un caso.Pestañea y da un paso en su dirección.—¿Un... caso? ¿De qué?—¿Sabes el hombre este que está matando a gente y las deja colgando de sus ventanas para que todo el mundo lo vea?—No me jodas, Agoney Hernández.—Escúchame primero, que tiene sentido. Últimamente solo estoy cogiendo los turnos de mañana, soy a los que llaman cuando encuentran cadáveres.—¿Y qué?—Que, aunque parezca que no, me entero de cosas. —Le muestra unas fotos que le hacen tambalearse—. Todos son hombres padres de familia.—Eso lo sabía hasta yo por las noticias.—Pero ¿a que no sabías que las primeras víctimas fueron todas de clase media-alta?—¿No hubo un conserje de instituto?—Exacto, eso vino después de que se anunciara el tipo del asesino. ¿Sabes qué quiere decir eso?—Sospecho que me lo vas a decir, así que adelante.—Este asesino se fija en los detalles, y no solo por las características tan particulares que tienen sus crímenes. Se pasa el día viendo las noticias que hablan de él. Se regodea de ello, pero también aprende. ¿Piensan que solo mata a ricos? Pues mata a alguien que apenas llega a fin de mes. Y antes eran en Ronda Norte, pero ahora se está acercando más a nuestro barrio. De eso también se ha dado cuenta.—¿Y piensas encontrarlo tú solo cuando lo único que sabes es que aprende de sus errores?—No, lo que quiero es saber dónde va a matar la próxima vez y estar preparado.—Estás como una puta cabra. —Da un paso atrás al ver ese brillo de determinación en los ojos. Cuando Agoney lo lleva, cuesta quitarle la idea concreta de la cabeza.—Puede que no llegue a ninguna parte, no soy gilipollas. —Suspira—. Pero me gustaría tener una oportunidad.Ricky se cruza de brazos y vuelve a su posición original, más cerca de su amigo.—Ago, todo el mundo tiene una oportunidad. Se llama oposición a inspector, te llevaría directo a lo que quieres y dejarías de hacer lo que no te gusta.—Pero no puedo esperar —pone un mohín— y tampoco tengo el tiempo suficiente para estudiarla con el trabajo, el deporte...—¿Y Raoul? —Alza una ceja. Al verlo sonrojarse al instante, le sale la sonrisa sola—. Ay, lo que te gusta a ti un bombero enano, rey.—Cállate y no intentes cambiarme de tema. Quiero trabajar en esto, si no me apoyas, largo.Pero Ricky se sienta, apoyando las manos en sus rodillas, con gesto de picardía.—Así que... ¿cómo van las cosas con el bombero buenorro? ¿He mencionado que ya me cae bien y por tanto tienes mi bendición?—Me alegro de que al fin lo veas cómo yo lo hago. Y... no sé, Ri, estamos en un punto un tanto raro.—Desarrolla eso de raro.Agoney coge asiento a su lado, soltando un bufido.—Sé que le gusto, de alguna manera. Está pasando cada vez más noches en casa, a veces incluso hablamos un poquito y el otro día... —Se muerde el labio hasta que sale sangre.—No me dejes con la intriga y suéltalo.—Cenamos juntos, comentando lo de su padre, que podían quitarle el puesto de capitán, y cuando terminó la cena... se fue —dice con boca pequeña e ilusionada.Ricky no entiende nada, como comprenderéis.—¿Y tú ves eso como algo bueno?—Ri, ¿no lo entiendes? Esto significa que confió en mí para hablar de sus preocupaciones, estuvimos cenando, casi una cita, ¡y no se quedó por el sexo, no lo usó de excusa! Si no consideras eso una mejora, no sé qué lo es.—Pues yo no sé qué decirte. En la estación todos sabemos lo vuestro salvo su padre, pero él no tiene mucho interés en investigar lo obvios que sois.—Por lo que sé vais con bromitas por delante, dejad que Raoul se suelte un poco. Ha sufrido mucho.—No me apetece ni discutir sobre el niño pijo. Ve a por él.—No quiero asustarlo, ahora estamos tan bien sin nombres...—Mira, te da por ser egoísta en temas de asesinos en serie, pero no con el chico que te gusta. ¿Tú qué quieres hacer?—¿Con él?—No, con su padre. ¡Claro que con él!—Quiero salir con él de verdad. Que no acabemos siempre en la cama, que podamos cenar, ver una peli y tumbarnos a darnos mimos. Que el sexo es increíble, pero...—Suficiente información sobre la vida sexual de mi compañero de trabajo, gracias.—Lo pillo —susurra—. ¿Te vas a quedar a cenar?—Me lo estás pidiendo un poco pronto, pero ya que insistes...La sonrisa del moreno se amplía cuando se incorpora y pone rumbo a la cocina.—Anda, no te quejes que lo estabas deseando y llama a tu marido, que me apetece cenar tranquilo con mis personas favoritas.—Uy, cuando le diga a Nerea que no la has incluido...—¡Díselo a ella también que me mata!Suelta una carcajada, pero asiente y desbloquea su móvil, dispuesto a hablar por el grupo que tienen todos.Unos días después, Manolo entra al turno solo. No ha pasado por casa desde la tarde anterior, tras comprobar que su hijo no iba a estar allí para hacer preguntas. La mujer a la que está viendo, psicóloga y compañera del terapeuta de Raoul, no tiene ningún problema con él, o con su hijo de veintitantos.Más bien les preocupa cómo reaccionará un chico poco acostumbrado a ver a su padre con otras, a pesar de haber vuelto a estar casado años atrás.No espera descubrirlos a todos allí, rodeando al menor y más novato de toda la estación.—¿Qué ocurre aquí? —Le da una palmadita en la espalda a Juan Antonio.—Mañana tengo el examen. —El moreno agita el libro de normativa—. Esta gente me está ayudando para que lo saque.—Anda, así que eso habéis estado haciendo estos días. —Se cruza de brazos—. Creo que he estado muy distraído, pero eso no significa que no puedas pedirme ayuda en cualquier momento, novato. Cualquier duda o cosa que necesites...—Gracias, capitán, pero ahora sé que estoy más listo que nunca. Hasta a contestar preguntas en la ducha o mientras hago pesas, por si les apetece.—¿Por qué harías eso?—Ni idea, imaginaciones del novato. —Aitana lo abraza por la espalda—. ¿Qué? ¿Nos ponemos un poco?Asiente y no tarda en marcharse con ella a repasar. El resto recuperan sus tareas habituales en la estación, ya sea ejercitándose o limpiando los camiones. Manolo los observa mientras hace algunas cuentas, habla de estas con su compañera paramédica.Tras una pausa para el baño, Aitana se encuentra a Juan Antonio donde lo dejó, en la cocina, pero con la cabeza tan hundida entre los hombros que casi no lo reconoce allí.—¿Todo bien por aquí? —Se coloca a su lado. Su compañero apenas reacciona.—Estoy cansado, eso es todo —musita—. Ha sido muy intenso todo.—Lo sé, si quieres que cortemos un poco dilo, que te lo sabes muy bien y mañana vas a petarlo.Al fin se gira hacia ella, con los ojos apagados.—¿Tú crees que irá bien de verdad? Porque yo veo todo muy negro.—Creo que no volverás a suspender después de lo que te he visto capaz de hacer. Mañana irás a por todas.—Me temo que tenéis muchas esperanzas puestas en mí, y eso es lo que me asusta: decepcionar a todos.La mirada de Aitana se suaviza, inclinándose más hacia su amigo.—No vas a decepcionar a nadie, ¿me oyes?—Pero si creéis que voy a aprobar y a hacerlo maravillosamente bien y luego suspendo...—Si suspendes, seguiremos orgullosos de ti porque te lo has currado durante muchísimo tiempo. Y no pasaría nada porque habrá otras...—No digas oportunidades cuando ya sabéis que no puedo seguir trabajando aquí sin tener la opo de bombero, así que mañana se decide mi futuro entero.—Pero no vas a decepcionar a nadie, ¿lo tienes claro? Vas a hacerlo todo lo bien que sabes. Memento mori, ¿sabes? Recuerda que vas a morir, así que a por todas.—¿Recuerda que vas a morir? Eso es un poco trágico, ¿no?—No, significa que no debes perder oportunidades, que algún día estarás muerto, así que deja de pensar en lo que podría salir mal y céntrate en eso tan bonito que te va a pasar.Juan Antonio sonríe y asiente.—Gracias, Aitana. Significa mucho de tu parte.Después de un turno de veinticuatro horas sin muchos incidentes, nadie vuelve a su casa. Tras dejar margen al opositor para que se duche y se vista con ropa más formal, todos se dirigen hacia al lugar donde los examinados se reúnen para empezar.—Te va a ir genial, novato, así que sin nervios.—Lo sé, lo sé, podría gritar ahora mismo, pero puedo.—Genial, pues a por todas. —Aitana me guiña un ojo.Lo ven desaparecer por la puerta específica y se sientan en las sillas más cercanas.—Vale, ahora que estamos solos, ¿cómo lo veis? —pregunta Manolo—. Que yo reconozco haber estado desconectado.—Ya no falla preguntas y se le ve confiado. —Miriam se encoge de hombros—. Está listo, otra cosa es que se lo crea.—Más le vale que lo esté, con lo que se juega...Se forma un silencio general. Hasta ahí llegan todos, y les dolería perderlo solo por eso.—Solo quiero aclarar que, cuando hice ese pacto de que trabajara con nosotros hasta que aprobara, aún no os conocía a ninguno. Si los de arriba me lo permiten, Juan Antonio puede ser el novato permanente y seguir ayudando en lo que haga falta, en el improbable caso de que no aprobara. Que lo hará.Todos asienten.—Gracias, papá. Significa mucho que lo intentes.Este asiente y menea la cabeza en dirección a la puerta, como si pudiera distinguir en su interior lo que sucede. No es el caso.Juan Antonio se encuentra a solas con el hombre que tantas veces lo ha suspendido, en el aula donde tomará su examen específico como disléxico. Sus amigos lo han preparado al oral en cualquier situación rara, desde la ducha hasta una emergencia, así que no debería asustarle.Pero claro, lo mira así, con esa cara de "te voy a suspender" y podría mearse en sus pantalones.Media hora después, la puerta se abre y todo el mundo salta sobre ella. Intentan analizar su rostro, pero él no parece muy dispuesto a ello.—¿Y bien? —pregunta Ricky, sin poder aguantar la intriga.—Bueno, no ha estado mal.—¿Que no ha estado mal? ¿Qué significa eso?—Creo que he llegado a decirle antes de empezar que todos vamos a morir. —Dedica a Aitana una sonrisa culpable.—Vale, eso se pasa de oscuro, ¿eh, novato? —dice Miriam.—Me parece que tendrías que haber dejado eso entre nosotros. —La del flequillo le da un golpecito cariñoso en la mejilla—. Entonces, ¿todo bien?—Vosotros veréis. ¿94 es suficiente puntuación para el gusto de mis profes?—¡Novato! —chilla con alegría, lanzándose a abrazarlo.—Nos quería asustar, qué cabrón.Juan Antonio suelta una carcajada y se encoge de hombros, permitiendo cada abrazo y felicitación.—Supongo que al fin eres parte del equipo de forma oficial. —Manolo se deja a sí mismo para el final—. Es momento de nombrarte novato oficial del 122.—Sería increíble. —Sonríe, resplandeciente.Entre Miriam y Raoul lo llevan a rastras hasta el bar en el que suelen quedar para tomarse unas cervezas y celebrar que al fin el equipo está completo.
----- CHAPTER BREAK -----
Las dos siguientes semanas pasan como un vendaval de sus vidas. Mayo llega con algunos asesinatos que apenas están abriendo las noticias locales. Es más, Agoney siente que la mayor parte de la gente, sus inspectores incluidos, están dejando pasar el caso. Mientras, él, atado de pies y manos, se dedica a leer y a investigar sin aventurarse demasiado.Ese día, y para la primera emergencia del turno, Manolo aún no ha llegado. Al principio, los bomberos intentan no preocuparse demasiado y centrarse en el caso, en salvar vidas y que todo vaya bien.Pero luego, cuando ya se están llevando a las víctimas en la ambulancia, Mamen pregunta y nadie sabe responder.—¿No estaba en casa, Raoul?—Qué va. Llevo un tiempo viéndolo raro, así que le dije que me iba a dormir fuera y al final volví. No ha dormido aquí, ni ha pasado por casa antes del turno.Ricky tamborilea los dedos en el volante, sin mucha preocupación.—¿Y si le ha pasado algo? —Se gira Miriam.—¿Habéis pensado, pedazo de dramáticos, que puede estar viendo a alguien y se haya quedado a dormir? —El conductor interviene finalmente.Su hijo arruga la nariz, pero asiente.—Era mi teoría, pero me extraña que él deje de lado el trabajo, con lo que le costó que no se lo quitaran... Puede que lo de la noche esté justificado, pero tiene que haber algo más para llegar tarde al turno.—Espero que nada malo.—Como sea algo del cáncer...Al rubio se le forma un nudo en el estómago.—No va a ser nada malo, ya veréis.El camión de bomberos llega al punto de origen en cinco minutos, que aprovechan para charlar sobre el caso y las distintas posibilidades de lo sucedido con Manolo. El único que no participa es Raoul, que se muere por bajarse del camión para coger el móvil y llamarlo.No tiene la oportunidad de hacerlo, pues cuando entra a la sala de descanso, se encuentra con su padre y con una sorpresa de cuatro patas.—Pero ¿y esta preciosidad? —Se le pone la voz aguda, agachándose para recibir al perro de pelo dorado. El animal le lame la cara, para después pasar a las manos.—Se llama Roma. —Sonríe al ver cómo la acaricia con fuerza.—¡Qué guapa es! —chilla Aitana a distancia—. ¿Va a ser nuestra mascota? Por favor, diga que sí.—Lo será, me la llevaré a nuestros turnos y cuando no, estará en casa.—¿Sí? —A Raoul le brillan los ojos cuando lo mira. No ha quitado las manos de encima a la perra, que vuelve a abalanzarse para lamerle la cara—. Jo, qué bien.—De pequeño siempre decías que querías un perro, pero en los pisos de Madrid...—Sigo queriéndolo, por favor, esto es una monada.—¿De dónde ha salido? —Se acerca Juan Antonio.—Oh, he tenido que ir a una revisión esta mañana, por el tratamiento, y me han hablado de este refugio especial que tienen junto al hospital. Son perros cáncer, han sufrido tumores y ahora están mucho mejor y están listos para una buena segunda vida. Así que he pensado que sería increíble que fuera mi compañero de viaje, así me da suerte, ¿no, Ra?Pero el rubio ha dejado atrás las caricias y lo mira con seriedad. Cuando vuelve a abrir la boca para hablar, Raoul se levanta y sube hacia las duchas.Sin inmutarse, Aitana se arrodilla y comienza a acariciarla también.—¡Eres guapísima, toda una señora! ¡Ya te amo, socorro! Voy a ser la tía Aiti, ya verás como seré tu favorita.—Eso si no le caigo yo mejor —canturrea Miriam, acercándose también.—¿Y a este qué le ha picado? —Ricky señala a las escaleras con un gesto de cabeza.—Ni idea, se le habrá cruzado un cable. Mejor lo dejamos y cuando tenga ganas, que vuelva.—No sé yo si así actuaría un padre responsable.—Tiene una edad para venir a mí si quiere. Si no lo hace, genial, pero yo tengo cosas que hacer.Asiente, frunciendo el ceño. No le convence mucho cómo trata la situación con su hijo, pero no es quien para hablar.Les cuesta ver al rubio durante el resto de la tarde, así que tampoco sirve de mucho.—Entonces, ¿no empezaste el turno con todos porque estabas recogiendo a Roma? —pregunta Miriam durante la cena.—Sí, la recogí, la llevé a que viera su casa y le compré un par de cosas antes de llevármela. Tiene que comer, pero ya me han dicho que no debería humanizarla con nuestra comida.—Con vuestra comida no sé, pero se está cargando una bota. —Señala Juanan, con la boca llena.—Me cago en todo, esa es mía. —Raoul sale disparado hacia ella—. ¡Roma, no, mala, eso no se hace!A Aitana le entra la risa mientras ve cómo persigue a la perra. Esta, eufórica por tener a alguien con quien jugar, empieza a pegar saltitos y a alejarse de él para que la persiga. Esto, por supuesto, no mejora el mal humor de Raoul, que sigue maldiciéndola mientras intenta darle caza.—Pero nene, dale un poco de tregua y no seas tan malo, que solo quiere jugar... —Ricky ladea la cabeza cuando lo ve recuperarla tras unos cuantos tirones mal dados.—Lleva aquí tres horas y ya me está tocando los cojones. —Gruñe.—No me extraña que no te dejaran tener perro —musita Aitana, llevándose una mala mirada—. Joder, chico, no me pegues.—Es que no soporto que me toquen las cosas.—También es que fue hijo único, el pobre.Al cabo de un turno y veinticuatro horas más, Raoul está hasta los cojones. Roma va delante y detrás de él, se sienta en sus muslos cada vez que se le ocurre acomodarse en el sofá, lo espera en la puerta del baño (ya solo faltaba que entrara con él) y se está cargando cualquier prenda de ropa que le pertenezca. No ha vuelto a quejarse en alto para que no lo consideren un monstruo, pero cada vez está más enfadado.—Bueno, papá, me voy a... por ahí. Que os sea leve la noche.—¿Ahora? ¿Con lo mona que está Romita durmiendo contigo?Se muerde la rabia y la transforma en una sonrisa.—Estará igual de mona sin mí.Camina por Murcia a grandes zancadas, como si toda la furia que arrastra pudiera sacarse con tanta facilidad como pisando con fuerza. Llega al chalet adosado del único policía al que soporta y toca el timbre unas dos veces por segundo hasta que escucha pasos.Agoney le abre la puerta con el pelo rizado y gafas de pasta. Joder, directo a la lista de kinks que no sabía que tenía.—¡Anda, qué sorpresa! Buenas noches...Le corta antes de que empiece a hablar y no pare. Une sus labios con fuerza, haciendo que el moreno tire lo que tenía en la mano y se enganche a su espalda.Un millón de besos y mucha cama revuelta después, están tumbados en la cama, tratando de recuperar la respiración. Raoul apenas ha relajado su expresión, lo suficiente para que no haya preguntas.—Voy a tener que ser así de educado siempre, que digo buenas noches y tenemos el sexo más intenso de nuestra vida.—Buf... —Se estira en la cama—. Me quedaría durmiendo, pero mi mente trabaja a mil por hora en estos momentos, así que necesito que me distraigas.Agoney alza una ceja, incorporándose para quedar a su altura. Le roba un beso y se fija en cómo cierra los ojos.—¿De qué te apetece hablar? ¿O prefieres ir a la ducha y forzar una segunda ronda?—En mi caso no sería nada forzada. —Le devuelve el beso con más intensidad—. Pero ahora mismo me apetece más despejarme. El sexo calma un rato, pero necesito quitarme algo feo de la cabeza.Pone una mueca al notar que está poco receptivo para hablar, pero si al menos le apetece escuchar y no solo dedicarse al sexo, no será él quien se queje.» Entonces, cuéntame qué tal. ¿Cómo va en tu trabajo?—En mi trabajo estricto todo normal, no hago nada fuera de lo habitual.—Eso de estricto suena a que tienes algo más. —Lo observa con curiosidad.El moreno se encoge de hombros y sale de la cama. En una mesa frente a esta tiene la carpeta con toda la información básica, la que se ha hecho él mismo.—A lo mejor me llamas loco, o me dices que estoy perdiendo el tiempo, como Ricky, pero estoy investigando por mi cuenta los asesinatos a padres de familia.—Hostia, ¿el asesino en serie? —Se retuerce para intentar acercarse a él—. No irás a perseguirlo tú solo, ¿no? Eso en las pelis siempre acaba mal.—Tranquilo, en principio estoy estudiando el caso teóricamente. —Pone los ojos en blanco, sentándose junto a él en la cama.Raoul termina por imitarlo, tapando con la manta su cuerpo desnudo. Agoney levanta la carpeta y, con el labio mordido, le muestra lo que tiene.—Qué organización...—Es para saber dónde está todo. No sé a dónde va a llegar esto, sé que no voy a hacer un perfil psicológico y acabar averiguando quién es, pero si descubro su próxima víctima...—Ir solo tras él no es una opción —advierte.—¿Por qué? ¿Porque te quedarías sin follamigo? —dice con ironía. Es obvio que es eso.Raoul abre la boca para darle la razón, quizá con un tono gracioso y alguna broma, pero no le sale. Más bien, solo de pensarlo se le forma una bola en el estómago.—No es eso —dice con suavidad, pasando la mano por su rodilla—, pero cuídate, ¿vale?—Soy policía. Siempre lo hago. —Le dedica una sonrisa que lo tranquiliza.Se tumban juntos con la carpeta y el moreno le explica de la mejor forma que puede los detalles del caso y cuál cree que podría ser la solución.—Mi primera teoría estaba un poco equivocada, en parte —le explica—. Pensaba que el asesino había cambiado el tipo de víctima porque en las noticias ya lo ponían como asesino de clase media-alta, pero no, estos últimos casos me dan otra perspectiva. Todos están relacionados entre sí, aunque ninguna familia fuera amiga de las otras.—¿Cómo es eso? —Se inclina hacia él con curiosidad.—Bien, algo que ya sabíamos es que las tres primeras víctimas tenían hijos que estudiaban en un colegio concertado, el Nelva, pero los inspectores que tienen el caso dejaron de investigar en cuanto mataron a alguien de origen más humilde. ¿Quieres adivinar dónde era conserje la cuarta víctima? Vamos más allá, ¿dónde estaban becados los hijos de las siguientes víctimas?—¿En el Nelva también? —El policía asiente con ilusión—. Wow, está todo muy bien pensado. ¿Vas a hablar con los que llevan en caso sobre esta teoría?—No sé muy bien cómo hacerlo. Está claro que van detrás de gente relacionada con el colegio, pero no sé si puedo permitirme contar la teoría y que no me expedienten por meterme.—No has cometido ningún delito mientras investigabas..., ¿verdad?—Verdad. —Le pega un codazo mientras pone los ojos en blanco—. Es solo que... me imponen un poco. Yo solo soy el policía que se encarga de lo más aburrido, de llegar y descubrir el cadáver. Me van a tratar como la mierda.Raoul esboza un puchero y se acurruca junto a él, aprovechando la cercanía para besar sus labios. Agoney se deja calmar con ese toque que es como un bálsamo.—Si te tratan como la mierda me van a escuchar. Pero si no..., creo que es una muy buena oportunidad. ¿O no querías hacer esto para tener la oportunidad de ascender?—Creo que se me va a la fuerza por la boca. —Aprieta los dientes—. Me pasa demasiado, por desgracia.—Bueno... —pasea los dedos por su muslo, como si de una persona paseando se tratara—, eso no te pasa con todo, ¿sabes? A veces me dices que me echarás el polvo de tu vida y efectivamente... —lame el lóbulo de su oreja y de ahí comienza a bajar por el cuello. La sale una sonrisa automática al sentir cómo Agoney pierde el aliento— me follas como si no hubiera un mañana.—¿No te parece un cambio un poco brusco de tema? —Le tiembla hasta la voz mientras sus manos se acercan peligrosamente a su entrepierna.—Nene —enfrenta sus narices, aún con la piel ardiendo por más toque—, ve a por todas con este caso, habla con quién tengas que hablar, que tienes madera de inspector y no tienes por qué quedarte toda la vida en el banquillo de los policías de calle. Ahora, ¿vamos a follar o...?Ahora es el turno de él de dejarlo con la palabra en la boca a besos.El siguiente turno lo empieza mucho más relajado, aunque eso implique no haber dormido todo lo que debería durante la noche. Ha decidido que no quiere que nadie, ni siquiera Roma robándole los calcetines después de entrenar, le estropeen lo contento que está después de una charla reparadora con Agoney.Se da cuenta como a mitad de la ducha de que está sonriendo como un gilipollas, pero no la borra y, por supuesto, tampoco se plantea lo que significa. Eso es problema para el Raoul del futuro, cuando esté solo en una cama sin poder dormir.Esa tarde tienen una llamada por serpientes en una casa en lo más profundo de la Huerta murciana. En cuanto Manolo anuncia el motivo de la emergencia, el camión da una ligera sacudida.—Serpientes tenían que ser... —Ricky tiene un escalofrío al bajar del camión.—¿Qué, grandullón? —Raoul sonríe con condescendencia—. ¿Mucho músculo, pero nos dan miedo los animalitos?—Cállate, moco de ciudad, estas serpientes no son ninguna broma.Entran todos en la casa, donde no se oye ni un alma. Los dueños se están tomando en serio lo de no dejarse ver a la serpiente.—En realidad sí lo son —interviene Juan Antonio—. Solo que no es agradable encontrártelas al salir de la siesta.—Esto va a ser divertido —musita Miriam, llevando el nitrógeno líquido a la espalda.—Desternillante.Tras echarle una mirada al bombero, Manolo les pide que se pongan las máscaras y que tengan como prioridad sacar de allí a los ocupantes de la vivienda. Las serpientes deberían marcharse ante el contacto con el nitrógeno, así que no tendrán ni que tocarlas.—¿Y no podría yo quedarme fuera a ayudar desde ahí?—Venga, Merino, eres un hombre grande, casado y con mucho músculo. Demuestra que puedes vencer un pequeño miedo.Ricky gruñe en dirección contraria a él, pero avanza con el resto del grupo. Aguanta el aliento todo lo que puede mientras las chicas del grupo entran en el sótano. Ellos tardan un poco más en ponerse las máscaras, el tiempo que han tardado en soltar el gas que debería ahuyentar a las fieras.Y eso hacen. La pareja que dormía en esa zona está subida a una encimera, piel pálida y ojos llorosos, así que se dirigen hacia ellos con rapidez.—Por favor, mi hija, llevamos horas sin ver a nuestra hija por estar atrapados con las serpientes. —La mujer llora en brazos de Ricky.—Miriam, encárgate tú. Subo yo.No le da tiempo a escuchar la afirmación de la gallega y ya está subiendo a la planta superior. Prueba en dos puertas hasta encontrar la que tiene una cuna con un bebé dentro. Pero no es lo único que encuentra allí.Su piel palidece a tonos imposibles cuando descubre una serpiente moviéndose por uno de los palos que sujetan la cuna.—Me cago en la puta. ¡Miriam! ¿Manolo? ¿Alguien?—¿Qué pasa? —Escucha la voz de Raoul antes que sus pasos.—El bicho ese se está moviendo —explica con la boca pequeña.El rubio traga saliva cuando llega a su lado y la encuentra ahí.—Vale, nuevo plan. La vamos a distraer para alejarla y justo cuando ya no esté, cogemos a la cría.—Pero lo distraes tú.—No me seas crío, que tienes más de treinta.—Pues a ti tampoco te falta tanto.—¿Me estás llamando viejo con adelanto?—¿Insinúas que yo lo soy?—Joder, ¿queréis dejar de ser unos putos críos? —Se sobresaltan al escuchar a Miriam tras ellos—. Hay que sacar a esa niña de ahí.—¿Sí? Adelanta, crack.La gallega los mira como si no pudiera creérselo. Pero ninguno de los dos parece con ganas de actuar de forma racional, así que es ella quien se acerca, conteniendo el aliento, hasta la cuna.Los dos bomberos también contienen la respiración hasta que se aleja con la bebé.—Oh, gracias a Dios.—A Miriam, mejor agradecédmelo a mí —jadea.Salen de allí cerrando la puerta tras ellos.—¿Vendrá un control de plagas o algo?A Manolo casi le entra la risa.—Me da a mí que nosotros somos el control de plagas.—Ah, genial. Los bomberos encargados de estas tonterías. Menos mal que cobramos.Vuelven a la estación una vez se aseguran de que no queda ninguna serpiente allí, incluida la que dejaron abandonada en la cuna. De camino, se burlan un poco del segundo más mayor del grupo.—Ni se os ocurra, que vosotros sois iguales.—Pero que te asusten tanto a ti, tan fuerte, con tanto músculo como tienes...—Mis músculos no están para luchar contra serpientes malignas.Al resto les entra la risa, así que el conductor se centra en la carretera, pero se pasa todo el trayecto con el ceño fruncido. No se relaja hasta aparcar en su hueco de siempre.—Venga, quitaos los trajes, a ver si comemos algo. —Hace un gesto Manolo.Cuando avanzan por la parte baja de la estación, descubren un montón de papel y algo que parecen calcetines tirados por el suelo y destrozados. Avanzan despacio, como si siguieran en la casa de las serpientes hasta descubrir el origen de todo.Roma está clavada en el suelo, mordiendo con aparente furia un zapato, mientras a su alrededor todo tiene con restos de algodón, perteneciente a un par de calcetines.—Tiene que ser una broma —Raoul es el primero en hablar, a unos segundos de tener un tic en el ojo.Sale disparado hacia Roma. Ella, en cuanto ve a alguien dispuesto, se pone en posición. En el momento en el que se acerca, empieza a correr en dirección contraria. Por suerte para el bombero, no puede llegar muy lejos y enseguida tiene que darse la vuelta.—¿Ya estamos en otro capítulo de Raoul vs Roma? Es por pillar palomitas.—Es increíble que solo me lo haga a mí —masculla, tirando de una cordonera como si eso fuera a cambiar algo mágicamente.—Va, Ra, no te alteres tanto. —Manolo apoya la cintura en el sofá, sin perder ojo a la pelea entre Retrievers que tiene en su salón—. No sé si te has dado cuenta, pero a ti es al único al que hace un poquito de caso. Está claro que eres su favorito, así que deja de quejarte y llévate bien con ella, seguro que solo llama tu atención porque si no, pasas de ella.—Esto no es una historia romántica, papá, la perra no quiere llamar mi atención.—Bueno... —Aitana se encoge de hombros.—¿Tú también lo crees?—Creo que solo le haces caso cuando te roba o te destroza algo. Y mírala, parece encantada de pelear por una zapatilla contigo. Le pone menos entusiasmo a que le haga yo caricias en la tripa.—Seguro que se lo hace Raoul y está más feliz que una perdiz.—¡Ya estoy harto! —Tira muy fuerte y Roma cede, quedándose agazapada, como si esperara que ahora él quisiera jugar más—. Ni le caigo bien a ella ni ella me cae bien a mí. Es una pesada que solo sabe molestar porque me odia. —Le saca la lengua, lo que solo hace que Roma se lo devuelva.—Cariño, la odiaste tú mucho antes de que ella empezara. —Miriam se sienta, algo cansada de llevar el peso de todo ese día—. A lo mejor huele tu odio, quién sabe.—No huele... —Pero la mira y traga saliva—. Voy a ducharme.—¿No vas a recoger los restos de tus calcetines?—No insulto por respeto a mi padre que está ahí.La gallega lo ve marcharse, luego se gira hacia Ricky, que había sido espectador silencioso, y suspira.—Los maricones sois un poco críos en esta estación.—¡Oye! No compares un miedo razonable a las serpientes con lo que está haciendo el niñato.Manolo pone los ojos en blanco antes de pedirles que se pongan a trabajar en lo que sea. Cualquier cosa con tal de no escuchar más quejas. Necesita un descanso, aun en medio de su turno.Un edificio más hacia la derecha, Agoney mira su carpeta por duodécima vez, como si tuviera todas las respuestas o pudiera hablar por él. No sabe cómo iniciar una conversación sobre el caso, cómo explicar que ha estado trabajando de forma teórica por su cuenta y que tiene ideas y soluciones.Pero va directo al despacho del subinspector, con el que se lleva mejor que con el jefe del equipo de homicidios, eso está claro.Toca a la puerta y le pide que pase.—¡Ah, Agoney, hola! ¿Qué tal va todo?—Bien, yo... —Parece un quinceañero queriendo hablar con el director—. Todo bien, sí.—Me alegro. ¿Tienes algo para mí, que parece que te lo quieres fusionar con el pecho?Por un momento se plantea irse, pero las palabras de Raoul se le incrustan en la cabeza. Maldito bombero, que ni así se lo quita de la mente.—Es que... a ver, Jonathan, ¿puedo hablarte directamente?—Sí, claro, somos amigos, ¿no?—Sí, sí, es que... he hecho algo. Por eso he preferido venir a hablar contigo antes que con el inspector, si alguien me tiene que rechazar, que seas tú.—Ay, Dios, ¿has pegado a alguien? Porque asuntos internos se ponen enseguida y todavía te echan, y no queremos eso.—¿Cómo? —Se le agudiza la voz—. No va por ahí, para nada.—Ay, menos mal. ¿Entonces?—¿Sabes que siempre me toca cubrir turnos en los que se encuentran cadáveres?—Ahora es cuando me confiesas que tú eres el asesino de señores. No te vería capaz, pero —entrecierra los ojos — sí que es un poco sospechoso que te toque a ti encontrarlos.Agoney pone los ojos en blanco. Sabe que Jonathan siempre se toma todo a broma, como mecanismo de defensa, pero también porque ayuda a la gente a soltarse. En su caso, le dan ganas de estrangularlo.—Es por mi turno, pero no voy a entrar a debatir esto contigo. Lo importante de todo esto es que he estado mirando la información que tenéis sobre el caso. —Hace una pausa, pero no se atreve a mirar a su amigo—. No estaba clasificada, así que hice un par de fotocopias y he trabajado de forma teórica en el caso.—¿Cómo que teórica?—Que no tienes que preocuparte porque no he ido por ahí haciendo preguntas o revisando cadáveres. Solo he leído mucho.—Ah, bueno, por mi parte no creo que haya mucho problema. Si te apetece entretenerte así, cada cual tiene su hobbie.—Tengo teorías —espeta.Jonathan pestañea dos veces.—Teorías —repite como si lo ayudara a centrarse.—Escúchame —pide con las manos hacia él—, porque he leído todo lo que habéis tenido de esto hasta ayer y en ningún lugar habéis señalado el hecho de que todos los cadáveres están relacionados por el Nelva. O son padres de alumnos o el conserje, da igual el nivel de renta, se dan becas a gente con menos, por eso dejasteis de centraros en eso. Pero es importante, yo lo sé.—No me gustaría que te obsesionaras con esto, tío.—Si no me obsesiono, pero si pudierais intentar mirar en qué estaban metidos todos los padres. Quizá había algún club, el AMPA o algo, hubiera algo turbio y alguien quisiera deshacerse de gente. Mira, no lo sé, pero tenéis que comprobar lo que yo digo.—Ago, escúchame ahora tú a mí. —Traga saliva, anticipando que le va a doler—. Es genial que leas casos y te formes teorías, te mantiene activo, alerta... Algún día serás un inspector increíble.—¿Y el pero?—Pero aún no lo eres —suspira como si le pesara, pero él siente que no lo hace en absoluto—. Eres agente de policía, tío, tu labor es ayudar, no crear líneas de investigación alternativas.—Pero si no estoy investigando de forma práctica, solo he llegado a una conclusión que...—No es tu lugar. Y siento decirlo así, sabes que te admiro mucho, que algún día me encantará trabajar contigo mano a mano, pero no así. Déjalo en nuestras manos y vuelve a tus patrullas o lo que sea que os toque hacer.Le tiembla la lengua de ganas de decir algo, pero al final decide callarse. No tiene sentido echar a perder su amistad por eso. Y al final del día tiene razón, saltarse protocolos puede salirle caro.» Gracias por decírmelo a mí, por cierto. No me quiero imaginar cómo se habría puesto mi jefe si le sueltas tu teoría.Todavía tendrá que agradecer y todo. Si se pusiera a gritar ahí mismo, no sería tan terrible. Menea la cabeza y se marcha sin despedirse, mucho menos darle las gracias.Lo peor es que tiene turno nocturno, lo que significa que no puede ir corriendo a los brazos de Raoul a que le diga algo que le haga sentir mejor.Al menos espera tener una oportunidad después de sus turnos.De vuelta al otro edificio, la mayoría del grupo se prepara para dormir, con Roma pululando entre ellos. Raoul apenas la mira, con la idea de que, si la ignora, se acabará cansando, ya sea de intentar llamar su atención o de molestarlo, la opción más probable.Se mete pronto en la cama, mientras el resto charlan un poco.—¡Roma, bonita! —Saluda Aitana a la perra cuando esta entra, tumbándose en pleno pasillo—. Ven aquí, mi amor, duerme conmigo, con la tita Aitana.—Sí, hombre, que venga conmigo. —Juan Antonio se agacha desde su cama—. Ven, mi niña guapa, a dormir... Está muy blandito...—Que no, que ella me prefiere a mí, chicos, lo siento. ¡Roma, aquí, vamos! —Miriam da varias palmadas.Raoul abre un ojo y ahoga un bufido. No se van a callar en un buen rato, está claro.—¿Queréis dejar de hacer el idiota? Me dais vergüenza ajena intentando obtener la aprobación de una perra.—Lo que tú digas, amargadito.—Chicos, os falta autoridad —habla Ricky—. Es un perro, hay que actuar como el jefe de la manada para que nos respete. —Se estira sobre sí mismo—. Roma, arriba.Inexplicablemente, la perra le hace caso, quedándose de pie.—Hostia, pues tendré que probarlo.—Esto es algo que se tiene o no se tiene, chavales. Ahora, Roma, arriba, sobre la cama. Hoy vas a dormir con el tío Ricardo.Roma hace amago de dirigirse a su cama, pero varía el recorrido en el último momento, sacándoles a todos un suspiro de decepción.Raoul ve aprisionado su cuerpo cuando una perra Golden Retriever de dos años se sube en su cama.—Pero ¿qué coño...? ¡No, Roma, no! ¡Fuera, aquí no! —Ni se inmuta. Apretando los dientes, se levanta rápido—. De verdad, estoy hasta los cojones, ¡que me dejes en paz!Camina para salir de allí. Su mente va a toda velocidad y cada vez está más agobiado por la situación.—¿De verdad, tío?—¿Vas a ser un cabrón con un perro con cáncer?—¿A ti qué te pasa? —Aitana se incorpora cuando se detiene un segundo a su lado—. ¿Por qué lo odias tanto?—¡No lo odio! —grita antes de desaparecer.No va muy lejos, en realidad. Suspira mientras se apoya en la barandilla. Desde ella se puede ver toda la planta baja de la estación, ahora en completo silencio y a oscuras. Eso cambiaría si sonara la alarma, pero de momento no es el caso.Coge aire y lo suelta muy despacio con los ojos cerrados. Repite el proceso varias veces para que sus pulmones se llenen de aire y se calme su ansiedad. Se plantea cruzar la cafetería que une sus estaciones y buscar a Agoney, aunque sea por una conversación absurda, que siempre será mejor que la realidad.Le da tiempo a escuchar los pasos de alguien acercarse, y se pone a la defensiva antes incluso de comprobar que se trata de su padre.—¿No puedes dormir?—No mucho —musita.Mira hacia la zona de las habitaciones. Roma sale en ese momento, buscándolo, y se tumba frente a él.—Tú no te rindes, ¿no?Roma gimotea y se estira. Manolo sonríe, de brazos cruzados.—Te dije que eras su favorito. —Se aproxima para rascar la cabeza del animal.—Si soy su favorito, prefiero que no me quiera tanto. —Se lame los labios con frustración.—Venga, deja de hacerte el duro como si fuera el chico al que te quieres ligar. Sé que amas a ese perro.—No lo amo —farfulla.—Sí, has amado a todos los perros a los que has conocido desde que tenías dos años. Te vi la cara cuando la conociste.—Sí, y aun así la has traído aquí. —Pone los brazos en jarras—. Esta cosa dorada con ojos marrones y que parece que tiene una sonrisa permanente... —La señala y se le corta la voz—. Tú sabías que me iba a enamorar de ella, y a pesar de eso la has traído, sabiendo conscientemente que está enferma, que va a morir de cáncer y me va a romper el corazón. ¿Eso querías, que me rompiera el corazón una perra?—Raoul... —Masajea sus sienes.—No, papá. —Traga saliva—. No quiero enamorarme de otra cosa que sé que voy a perder. No puedo hacerlo. —Y vuelve a señalarla—. ¡No vas a hacer que me enamore de esta perra estúpida!—Bueno... —procesa cada palabra antes de saber qué decir—, está claro que toda esta rabieta va mucho más allá de Roma.—¡Pues claro que es más que esta perra, joder! —Le tiembla el labio cuando lo mira.Manolo no puede evitar sorprenderse. A pesar de todos estos años trabajando juntos, nunca lo había visto tan dolido, tan vulnerable. Sus ojos imploran por un abrazo, que le dará, cuando la conversación acabe.—No me has perdido todavía —murmura, verbalizando solo una parte de lo que le pasa.—Pero podría.—Sí, Raoul, podrías perderme por el cáncer —lo ve encogerse, pero no se arrepiente— o por una emergencia... Podría atropellarme un camión mañana. No hay garantías para nadie. —Suspira y echa un vistazo a Roma antes de devolver la mirada a un desconsolado Raoul—. Esta perra no es un símbolo de mi muerte, sino una afirmación de mi vida, de que sigo aquí, de que estoy luchando. Está bien que la quieras, incluso aunque puedas perderla. Y vale para todo.Raoul aparta los ojos. Le gusta comprobar que observa al animal con mejores ojos que hasta ahora. Deja en la palma de su mano una chuche que iba a darle a Roma. Raoul lo mira con el ceño fruncido.—Que sepas que no te voy a perdonar por esto.—No pasa nada. —Se encoge de hombros.Con el corazón en la garganta, se agacha hasta quedar a la altura de Roma. Esta lo mira con sus ojos enormes y alegres, esperando algo de cariño por su parte. La hace sentarse, darle la patita y entonces le da la chuche y muchas caricias.Acaban tirados en el suelo jugando y dándose mimos. Raoul la contempla, con una mueca, y besa su cabeza.Sí, podría acostumbrarse a ella.En la guardia nocturna, Agoney no ha dejado de parlotear. Ya se le ha pasado cualquier tristeza que pudiera tener guardada, pasando al enfado. Y su pobre compañera de patrulla se está tragando todo su discurso.—Que sí, que yo también creo que los de arriba abusan mucho, pero si no se puede no se puede.Agoney frunce el ceño.—Pensaba que estarías de mi parte.—Nos conocemos desde hace cinco minutos, es nuestra primera guardia juntos, ¿a mí qué me cuentas?Pone los ojos en blanco y se concentra en conducir. Por inercia, ha llevado el volante hasta el barrio de las últimas víctimas.—Solo esperaba tener una oportunidad.—Pues haz lo que todo el mundo: estudia para inspector y ya lo demostrarás. De aquí a ser Laura Lebrel, ya verás.—¿Quién?—Te falta cultura de series policíacas, chato. —Menea la cabeza.Agoney va a protestar, pero el sonido que indica que la radio policial está funcionando lo alerta.—Patrulla, aquí centro de llamadas del 112. —Reconoce la voz de Kibo al instante—. Necesitamos que alguien vaya al número 20 de la calle Tomás Maestre.—Aquí patrulla 122 —coge él la radio, deteniéndose en un semáforo—, estamos por aquí, ¿qué sucede?—Una familia acaba de llamarnos. Hay un hombre que se está paseando en su casa con un cuchillo. Ellos se han encerrado en la habitación de los padres, pero hay menores y un señor mayor. Creen que puede tratarse del asesino en serie.Menos mal que estaba detenido, porque habría pisado el freno de semejante forma... Comparte una mirada con su compañera.—No, por favor.—Somos los únicos que hemos respondido a la llamada. —Señala la radio—. Tenemos que ir a detenerlo.—No vas a descansar hasta tener tu oportunidad, ¿no?—Vale, primero: esto no lo he provocado yo. Y segundo, por supuesto que no pienso descansar. Así es como se consiguen las cosas: intentándolo.A continuación, vuelve a coger la radio, les dice que van para allá, y pone las luces. Prefiere dejar a un lado las sirenas para no alertar a nadie.Se detiene frente al edificio, mientras su compañera se retuerce los dedos con nerviosismo.—¿Qué se supone que vamos a hacer?—Entrar, buscarlo y detenerlo. Si acaba resultando que no es él, al menos habremos librado a esa familia de un loco.—Bueno —se quita el cinturón de seguridad—, vamos a ello antes de que me arrepienta.Sonríe y asiente, algo más contento de saber que no estará solo. Agarra la radio y presiona el botón que le permite hablar.—Aquí patrulla 122. Kibo, ¿sigues conectado con la familia?—Los tengo todavía en la línea, les dije que no cortaran. ¿Por qué?—Necesito saber cómo entrar sin alertar al intruso. No quiero llamar ni decir que somos de la policía, podría intentar llevarse a alguien por delante.—Si es por eso no te preocupes mucho, están encerrados en una habitación y no tiene pinta de que el asesino sepa sacarlos.Agoney echa un vistazo a su compañera.—Está bien, lo intentaremos. Necesitaremos refuerzos de todas maneras. Y un par de ambulancias, por lo que pueda pasar.—Está en ello, pero no me jodas con tonterías, que aquí nadie se va a morir en una llamada mía.—Vale, Kibo, pero este es un canal abierto, no te pongas melodramático.Lo escucha bufar y cortar la conexión. Luego vuelve para llamar a más unidades de policía. A los paramédicos los llama por otra vía.Suspira y aprovecha la salida de alguien para entrar al edificio, dejando la puerta abierta. Su compañera se lleva una mano a la pistola de forma automática.—Relájate, no tiene por qué pasar nada.—Qué feliz eres, hijo mío.Entre conversaciones y retos de miradas, llegan a la puerta en cuestión. Está cerrada y, si no fuera por lo que saben, parecería un piso normal en el que estar en plena madrugada. Pero no, en él deambula alguien con quien Agoney ha soñado más de lo que se considera normal.—Vamos allá. —Da un pequeño empujón, comprobando que está cerrada.El siguiente es mucho más fuerte, alertando a cualquiera que esté despierto dentro de él. No consigue abrir la puerta en esta ocasión, pero alguien le hace el trabajo desde dentro.Todo sucede muy rápido: la puerta se abre, les pegan un empujón y una silueta sale corriendo por el pasillo de la planta.Pero Agoney no se permite ni un segundo para marearse por el golpe contra la pared. No piensa dejar que se escape la vez que más cerca han estado de detenerlo. Así que corre lo más fuerte que puede, siguiendo primero el sonido de sus pisadas y después, cuando lo alcanza, al propio hombre.Tiene que esforzarse un poco más para poder estirar el brazo y agarrar la capucha de su sudadera. Por unos segundos piensa que no lo conseguirá, pero el hombre acaba trastabillando y cayendo al suelo. Él también cae, pero sobre su espalda.Se permite un instante para recuperar el aliento, antes de girarlo y verle la cara. Cualquier aliento se le va, porque reconoce a quien ve.Que nadie crea lo que no es, no es un amigo, un policía o algo así. Es que ha pasado una semana entera leyendo sobre el asesino, sobre sus víctimas, las familias y el colegio al que los hijos iban. También ha visto sospechosos descartados en el momento en que cambió el tipo de víctima.Y él también se hizo una, con todas las caras de todos los profesores y equipo directivo del Nelva. Y ahí está el profesor de matemáticas de al menos cuatro de los hijos de las víctimas, que él haya comprobado.—¡Marta, lo tengo! ¡Lo tengo! —Suspira de alivio.Kibo recibe la noticia de la detención con bastante alivio acumulado. Saber que uno de sus mejores amigos está bien no se compara con nada. Pero entonces la llamada que mantiene con el interior de la casa vuelve a surgir.—¿Operador? ¿Sigue ahí?—Por supuesto, ¿qué necesitan? ¿Han podido salir bien?—¡No, ese es el problema! Estamos atascados dentro y a mi padre... le está entrando claustrofobia, o a lo mejor le está dando algo malísimo.—Están los paramédicos llegando. ¿La puerta está bien?—Hemos quitado el cerrojo, pero no abre.—Llamaré a los bomberos, estarán allí en un abrir y cerrar de ojos. Quédese conmigo, le traeremos ayuda.Los bomberos aparcan frente al edificio minutos después. Mamen ya los espera con el bolso de paramédica listo.—Tenemos que actuar rápido. Si los síntomas que me están describiendo son exactos, puede que el abuelo esté teniendo un infarto.A ninguno le sobra tiempo para darse cuenta de los coches de policía que allí se pueden ver, ni siquiera del moreno que ha llevado a cabo la detención. Ya tendrán tiempo de felicitaciones cuando esté todo el mundo a salvo.Raoul va junto a su padre en primera línea, llevando la herramienta para abrir la puerta.—¿Listo? —Él asiente y mira atrás, donde los tres paramédicos esperan con seriedad.El rubio apuntala bien, hace hueco para la herramienta y empuja con fuerza. Aprieta los dientes, un, dos, tres... Un chasquido perfecto.Abre la puerta con el pie, pero el sonido chirriante queda opacado por uno que les hiela la sangre a más de uno.Un disparo cruza la sala.El niño más pequeño de la familia lo mira asustado, pistola en mano. Raoul abre la boca, tembloroso, y se lleva una mano al pecho. Automáticamente esta se llena de sangre y sus rodillas tiemblan.Manolo no consigue sujetarlo, preso del shock, cuando cae al suelo de espaldas.
----- CHAPTER BREAK -----
Jonathan acaba de ganarse un premio al amigo del año. En cuanto han vuelto y han confirmado que el profesor de matemáticas detenido tiene en su casa restos de sangre y un bote con recuerdos de otras víctimas, no ha dudado en llevar a los jefes hasta su mesa.Ahí se los ha encontrado él cuando ha vuelto de llevar a una celda al asesino, revisando su carpeta con teorías y con fotos de todos sus sospechosos habituales. Por un momento, se le revuelve el estómago ante la posibilidad, pero Jonathan lo mira con esa sonrisa tan suya, que le pone de los nervios.—¿Ocurre algo? —Se apoya en el escritorio, tratando de reprimir los nervios.—Ballester nos ha estado enseñando lo que estuviste trabajando estos días. Parece que ibas tras una buena pista.Comparten una mirada. La de su amigo parece querer decir: "ni se te ocurra decir que casi te echo para atrás, que gracias a mí saben que eres un genio". La suya muestra mil emociones, sin saber por cuál decantarse.—Sí, señor, estuve revisando datos, pero tampoco ha sido...—No se quite importancia, si hubiéramos sabido esto podríamos haber hecho algunas preguntas en el colegio. —Toquetea sin parar su carpeta, poniéndolo de los nervios—. Me alegro de que al final haya tenido su oportunidad con este caso, Hernández.Traga saliva y se esfuerza por sonreír.—Muchas gracias, señor. Hago lo que puedo.El inspector lo mira, con los ojos brillantes. Acaba por señalarlo, como si hubiera tenido una buena idea.—Usted sería un muy buen inspector.—Algún día me gustaría serlo. —Se sonroja. No esperaba que la conversación fuera por ahí.—Espero que sea pronto. Me encantaría trabajar contigo, así que ya sabes. Yo puedo hablar con gente de los que examinan para que sean majos, en un par de meses...—¿En serio? —Su corazón se acelera, por una vez con ilusión.—En serio, Hernández, ya verás como muy pronto estaremos trabajando juntos. De momento sigue así y estudia, que si todo va bien te metemos en nada.Le falta un poco más de azúcar en sangre para salir volando en cuanto el grupito de Homicidios desaparece, no sin antes darle todos una palmadita en la espalda.—Oye —Jonathan se queda para el final—, que siento haberte echado para atrás, está claro que necesitamos a alguien que piense... fuera de la caja, creo que se llama.—No te preocupes, alguien tenía que bajarme de la nube en la que me estaba montando demasiado rápido. —Se encoge de hombros.—Ah, entonces de nada. Disfruta el momento, ¿eh?Se lleva otra palmadita antes de perderlo de vista. Únicamente cuando se ve solo en su escritorio consigue respirar y deslizarse en su silla. Cierra los ojos, sintiendo la comodidad del respaldo en su espalda. Es perfecta.Y conforme piensa en lo que ha vivido en las últimas horas, una sonrisa cruza su rostro, al mismo tiempo que el cansancio comienza a invadirlo. Deben ser las cuatro o las cinco de la madrugada, no ha descansado antes del turno nocturno y han sido demasiadas emociones.Abre los ojos ante el sentimiento de que lo único que le apetece es llamar a Raoul. Quiere que sea el primero en saber lo que ha conseguido.Saca el móvil. Sus cejas se alzan a límites insospechados cuando descubre muchísimas llamadas perdidas. Hay unas cuantas de Ricky, de Kibo y demasiadas de Nerea. Los mensajes no le ayudan mucho, pues todo el mundo parece agobiado.Está a punto de devolverle la llamada al técnico del 112 cuando alguien tapa la luz de su escritorio con su cuerpo. No le cuesta mucho darse cuenta, con el olor a cigarrillo y a colonia barata, que se trata de su comisario.—A la orden, comisario. —Carraspea, levantándose como si necesitara ponerse firme.—Me han dicho que ha detenido usted al asesino en serie que nos lleva la cabeza loca el último mes y medio.—Sí, señor. Pero podría haber sido cualquiera, yo solo estaba en el barrio patrullando.—Tonterías, Hernández, no seas tan modesto, no me gusta. Te puedo tutear, ¿verdad?—Si usted lo desea.—¡Pero tutéame tú a mí, no seas tan formal! —Le da un golpe seco en el omoplato, obligándolo a toser—. En fin, Hernández, que me han comentado que tú tenías unas teorías sobre el caso y queremos valorar eso como se merece.—¿Con una ayudita para la oposición a inspector? —pregunta, esperando no haberse sobrepasado.—¿Cómo? —Genial, se ha sobrepasado—. No, eso aún no, aunque me encantará hablar con quién haga falta. He estado hablando con el inspector Herrero y nos gustaría condecorarte. Un policía tan joven, que ni siquiera es subinspector, y ya está colaborando activamente... No podemos dejar eso pasar.Pestañea, tratando de asumir sus palabras lo más rápido posible. Aunque no sabe qué se le ocurriría si pudiera hablar, seguro que solo balbucea o algo.—Eso... eso sería genial, señor.—Perfecto, pues ya está arreglado. —Da una palmada que lo aturde aún más—. En otro momento hablamos, que me acabo de despertar con la noticia y aún me queda mucho que hacer. Pero te espero en mi despacho, Hernández.No sabe cómo tiene la autonomía necesaria para asentir. Ahora sí que está en una nube. Está tan alta que podría precipitarse en cualquier momento, pero decide disfrutar de las vistas.Recoge su móvil de nuevo cuando una nueva llamada de Kibo invade la pantalla. Contesta con una sonrisa amplia, deseoso de contarle las novedades desde la última vez que hablaron.Pero su sonrisa se borra poco a poco cuando escucha lo que el rapado tiene para decirle.En la Arrixaca, todo el grupo espera sentados en sillas pegadas a la pared del pasillo. Ninguno aparta la mirada de una puerta que tienen al otro lado, a pesar de no poder escuchar nada y que tampoco salga nadie a decirles nada.En el interior, Manolo mantiene una conversación importante con el doctor encargado de su hijo. Una vez fuera de peligro, con la bala en un botecito de plástico que se van a quedar, ha tenido que explicarle lo de su adicción. Conoce a Raoul lo suficiente como para saber que jamás le perdonaría si volviera a empezar de cero por haber tenido que inyectarse algún tipo de calmante.—¿Está seguro de que podrá soportar el dolor tras la operación? Aún ni siquiera ha despertado.—Pues póngalo en un coma hasta que esté mejor, me da igual, pero nada de calmantes ni ningún tipo de opioide.—No es necesario ponerlo en un coma cuando la herida de bala ya ha hecho su trabajo en ese sentido. —Esboza una mueca.—No es lo ideal, pero sé que es lo mejor. Es muy fuerte, no se preocupe por el dolor.—Si usted lo dice... —musita, alejándose hacia el chico.Manolo también se gira para observarlo. Con ojos cerrados y una vía en el brazo, parece sereno, pero a la vez es un tercio de lo que suele ser el Golden Retriever que tiene por hijo.—¿Se va a poner bien? Más allá de los calmantes, digo.—Aún es pronto para saberlo —decide ser realista, algo que Manolo agradece—. La bala no perforó ningún órgano vital, pero perdió mucha sangre, por mucho que los paramédicos lo atendieran enseguida. Creo que ahora le toca luchar un poco, nosotros no podemos hacer más sin calmantes. —Hace una pausa para regular la temperatura—. ¿Le importa si me marcho? Tengo que revisar unos cuantos pacientes más, y quiero volver tener tiempo de volver a revisarlo antes de marcharme a casa.—Por favor... —Le señala la puerta.Lo primero que hace cuando se queda solo es masajearse la frente con los dedos. Luego los pasea por su cara, ojos y mejillas, rascándose hasta ser inútil.Coge aire y lo suelta despacio, intentando no olvidar cómo se hace. No aparta la vista de su hijo hasta que sale fuera. Necesita despejarse.Mamen se sienta a su lado en cuanto tiene ocasión.—No he tenido ocasión de darte las gracias —susurra el capitán—. Si no llegas a estar ahí, a lo mejor no estaríamos esperando novedades, sino buscando un ataúd.—No digas tonterías, que Raoul es un chico muy fuerte. —Aprieta su hombro—. Pero me alegro de haber estado y de poder ayudar. ¿Cómo va?—Dormido tras la operación. —Se aclara la garganta mientras se cruza de brazos y mira al suelo—. ¿Es normal sentir esta bola de ansiedad en el pecho?—Tu hijo está debatiéndose entre la vida y la muerte después de un disparo. Lo raro sería que estuvieras tan tranquilo.—Es que... —se le corta la voz— hace unas horas estábamos hablando sobre el cáncer, que yo voy a morir antes o después y que Roma es una celebración de que estoy vivo. Y ahora estoy aquí, rezando a dioses en los que no creo para que mi hijo salga de esta.—Bueno, yo sí que creo, así que cuando salga de aquí pondré una vela por Raoul. Y pienso rezar todo lo que pueda.—Te lo agradezco mucho, Mamen. —Aprieta su mano—. Aún sigo sin creerlo.—Nadie se lo cree, fue totalmente inesperado.—Eso me recuerda —interviene Juan Antonio, frente a ellos—, ¿qué ha sido del niño que disparó?—Parece que se asustó, pensaba que el asesino había vuelto y quería proteger a su padre, así que usó su pistola. No creo que nadie le guarde rencor, lo vi bastante triste.—Sí, creo que estaba con una psicóloga infantil abajo —señala Aitana—. No tiene culpa alguna, pobre.Manolo se muerde el labio, con el corazón doliendo a cada latido. Solo de pensar que los de Raoul podrían ser los últimos...A lo largo de los siguientes minutos, permiten que todo el grupo pase a verlo, uno a uno y sin molestar demasiado. Ya ha quedado claro que Manolo se quedará el tiempo que haga falta, al menos mientras no localicen a su madre.Dado que el turno ha finalizado para ellos, deciden quedarse allí a esperar a que despierte.Cuando el capitán está dentro de nuevo, velando el sueño de su hijo, escuchan unos pasos apresurados por el pasillo. Ricky levanta la cabeza, solo para descubrir a un descorazonado Agoney.—¿Qué ha pasado? —Le tiembla la voz, pero no saben si es por el miedo o por la velocidad a la que ha cruzado la ciudad—. Kibo me ha dicho lo del disparo, pero creo que no me ha dado tiempo a escuchar más.—Anda, siéntate. —El bombero le señala una silla—. Que esto va para largo.Le explica lo sucedido, logrando que el policía se vaya sintiendo cada vez peor.—Y él diciéndome a mí que tuviera cuidado, y al final... —Se lleva las manos a la cara.—No ha sido culpa de nadie. Lo hizo un crío asustado porque un asesino estaba en su casa, tú no podías haber hecho algo para evitarlo.—¿No? —Lo mira con esperanza.—Por lo que me han contado, ya tienes bastante con tu propia historia. —Le pega un codazo—. No me creo que al final lo detuvieras tú.—Podría haberlo hecho cualquiera, eso no es emocionante. —Suspira—. Lo guay es que se está enterando todo el mundo de mi lista de sospechosos y eso sí que no lo hizo cualquiera.—Habrá que brindar porque eres el policía más listo de todos.La sonrisa de Agoney desemboca en una mueca cuando mira hacia la puerta cerrada.—No me siento con muchas ganas de celebrar mientras él esté aquí. ¿Os han dicho algo?—Solo que ya no hay bala. Se lo cuentan todo a su única familia en Murcia.—Claro. —Aprieta los dientes—. Y él y yo ni siquiera somos algo. Joder, no puedo ni reclamar entrar por ser su novio.—No sé si es el mejor momento de tener una crisis de identidad, pero nosotros hemos entrado —comenta Miriam—. Tú pregunta, seguro que a Manolo le hace ilusión.Su piel adopta un tono pálido.—Genial, él no sabe ni que existo.—Tú ponte en la puerta y míralo, aunque sea desde ahí.Acaba haciendo caso al grupo, con un nudo en la garganta y los ojos llorosos. Solo de pensar en cómo ha debido estar mientras él se recreaba en halagos...La puerta está entreabierta, así que no le cuesta empujarla para pasar la cabeza. En un primer momento no ve a Manolo, así que empuja un poco más para ver bien a Raoul.Lo acompaña el suave pitido de su corazón, con ese aura angelical que siempre lo rodea, pero ahora con piel pálida, enfermiza. Da un par de pasos para verlo mejor.—¡Oficial Hernández! —El moreno se sobresalta. Parece que su padre no estaba tan lejos después de todo, sino que se había sentado en una silla que él no veía—. ¿Quieres quedarte un rato con él?«Lo sabe. No sé cómo, pero lo sabe».«Será por la cara de susto que llevo».—No quiero molestar...—No digas tonterías. Estoy seguro de que él apreciaría mucho que estés aquí. —Traga saliva al mirarlo. Ve al capitán con ojos apagados, casi como si se rindiera antes de empezar—. Voy a ir a tomarme algo, os dejo.Asiente porque no sabe qué otra cosa educada debería hacer. Se cruza de brazos y avanza hasta colocarse en la silla más cercana a la cama del hospital.Tras unos segundos decidiendo si es buena idea, agarra su mano. Está suave, pero inerte, lo que no mejora su angustia.—Hey —susurra, con el tono más dulce y cariñoso jamás mostrado. Normalmente no quiere pasarse por si Raoul se pone nervioso, pero ahora no parece ser el problema prioritario—. Vaya susto nos has pegado a todos. A mí. —Suspira—. Lo gracioso es que estaba a punto de llamarte, porque sin ti... Bueno, seguramente no me habría atrevido a hablar con el subinspector. Que me dijo que no, pero al menos gracias a eso lo sabía. Y al final tenía un poquito de razón, ¿sabes? No me dio tiempo a investigar más, pero el asesino estaba entre mi primer grupito de sospechosos.Hace una pausa para mirar sus constantes vitales como si entendiera algo. Le duele verlo y tenerlo así.» En fin, que nunca podré darte las gracias lo suficiente por haberme apoyado y dado esperanzas con esto. Significa mucho, sobre todo porque en realidad apenas somos un poco más que amigos. —Aprieta su mano—. Me da rabia que no hayamos podido tener una conversación en serio. La última vez que lo intentamos acabó mal, pero sé que después, estos meses... Ha estado bien, ¿no? Hemos... avanzado un poquito, aunque sea.Más silencio. Traga saliva. No sabe ni por qué lo intenta.»No he dormido nada, pero me voy a quedar aquí, ¿vale? Hasta que despiertes y podamos tener esta conversación.Acaricia la palma de su mano, antes de acomodarse mejor en el sofá junto a él. Desde ahí tiene buena perspectiva de su rostro, que se mantiene impasible ante el contacto. Con un suspiro de resignación, se coloca bien, listo para pasar ahí el tiempo que sea necesario.En el pasillo, Manolo vuelve con un vaso de plástico relleno de café.—Así que... —se sienta junto a Ricky— el policía es el novio de mi hijo.—No lo son —aclara, sin apartar la vista de la puerta—, porque tu hijo no está listo. Pero, por si te alivia, Agoney está muy metido, creo que podría enamorarse, si no lo está ya. No le va a hacer daño.El capitán procesa sus palabras y asiente.—Con lo mucho que me habéis estado ocultando quién era, empezaba a preocuparme por si era un narco.Ricky resopla con una risita.—No te preocupes, este es de los buenos. De los buenos nivel blanco nuclear, es buen tío.—¿Todo esto me lo dices porque es tu amigo o de verdad?—Porque es mi amigo y hemos hablado de Raoul, sé que lo va a querer mucho, si el ojito derecho del jefe se deja. —Le da un codazo.—Genial, si es así me despreocupo. Lo voy a dejar un rato a solas con él. Todo el mundo merece una posible despedida—¿Está mal la cosa? —Aitana no duda en meterse en la conversación.—Podría despertar en cualquier momento, o no hacerlo. Ya no hay bala, ahora es cuestión de que su cuerpo luche.—O no lo haga —musita la bombera, con el nudo subiendo por su garganta. Se levanta sin pensarlo dos veces—. ¿Puedo entrar yo también?—Vale, pero no hagáis mucho ruido. En el caso de que solo esté reponiendo fuerzas, prefiero que esté tranquilo.Aitana asiente, asegurándole que será silenciosa y rápida como ninguna. Entra con cuidado de no hacer chirriar la puerta.Descubre a Agoney sentado junto a la cama, con la cabeza enterrada en algún punto del colchón y una mano entrelazada con la de Raoul. Suspira, haciéndose notar, y solo entonces se acerca y acaricia el hombro de su amigo.El policía la mira, en busca de una esperanza que no parece llegar con mucha facilidad. Aitana se esfuerza por sonreír y darle ánimos.Pasan un buen rato en silencio observando al bombero, cuyos latidos los mantienen alerta y relajados.Después de pasar varios días en el hospital, llega el siguiente turno del equipo. Apenas han dormido, pero su capitán les pide que sigan su trabajo mientras él está de baja para cuidar de su hijo. Mientras él esté fuera, Ricky se encargará de dirigir el equipo, honor que acepta sin poner muchas pegas.En cuanto a Agoney, ser algo así como un héroe en su círculo de trabajo le ha permitido tomarse unos días libres que no le hubieran dado en otra situación. Manolo y él únicamente han hablado para repartirse los turnos de cuidar a Raoul, motivo por el que el capitán de bomberos cada vez está más convencido de que el policía es el adecuado, si su hijo lo acepta.Eso sí, han establecido un acuerdo tácito de no mencionar la relación, demasiado avergonzados como para hablarlo así como así.En ese turno concreto, tienen una llamada que para la mayoría es de lo más raro que han tenido.—Os falta calle murciana, chicos. —Ricky baja del camión, con una sonrisa divertida tras haber escuchado sus exclamaciones estupefactas.—Cuando lo saquemos necesito saber cómo ha acabado dentro de ese pozo.—Bienvenida al verano en la huerta, Ocaña.—Y yo pensando que en Barcelona pasaban cosas raras —musita.Es ella, por ser la más delgada y pequeña, la encargada de bajar con una cuerda.—Tened mucho cuidado. —Indica el capitán en funciones mientras Juan Antonio y Miriam la bajan—. Solo tenemos otra, así que hay que intentar hacerlo de una.—¿Está ahí el niño? —pregunta la gallega cuando su amiga les indica que ya ha llegado al fondo.—¡Sí, pero un poco asustado! —Su voz retumba por las paredes—. Venga, que tu padre nos ha llamado para sacarte de aquí.—Pues que venga él.—Él no puede porque no es bombero y no cabe en el pozo, cariño. Por eso. Estoy yo aquí, para ayudarte.El niño frunce el ceño, mirándola como si no pudiera creerse que es bombera. Finalmente, alza los brazos y se deja subir. Aitana da un tirón a la cuerda que les indica que tienen que empezar a tirar.Un agonizante minuto después, consigue sacar al niño del pozo.—Uf, gracias a Dios. —Su padre corre hacia él—. Si mi mujer se entera nos mata.El grupo comparte una mirada de hastío ante la verdadera preocupación del padre.—Venga, vámonos que necesito saber si hay novedades de Raoul.—No la ha habido en los últimos tres días. ¿Qué va a cambiar ahora?Agoney lleva la última hora dormitando en el sofá. Con los ojos entrecerrados, tiene una perspectiva ideal de Raoul, permitiéndole estar siempre prestando atención por si se moviera o abriera los ojos.No sabe cuándo tiene Manolo que cambiarle el turno, pero todavía deberían quedar unas horas cuando escucha voces por el pasillo.—Siento mucho tener que hacer esto. ¿Sabes? Me pasa mucho lo de no decir las cosas cuando me toca y luego lidiar con esto.—No te preocupes, por favor, no me habría enfadado para nada. Es tu hijo, tienes que estar para él.Escucha un suspiro antes de que doblen la esquina y entren.—No había visualizado que esta sería la forma en la que os presentaría, pero allá vamos. Te aclaro que no está en su mejor momento.—Algo me figuraba...La puerta, hasta ahora entornada, se abre por completo, dejando paso a la pareja. Primero aparece Manolo, vestido con más elegancia de la que ha tenido en los últimos días, y va seguido de una mujer de su edad, rubia y de pelo rizado, que lleva un vestido muy "profesora de inglés".Es curioso, no recuerda que Raoul mencionara que su padre tuviera una novia.—¡Ah, Ago, que seguías aquí! —No se le nota molesto, así que se relaja—. Cata, aquí el único que ha conseguido que me pueda tomar un descanso. Este es Agoney, trabaja en la policía y es... un muy buen amigo de mi hijo.«Eso ha dolido, pero es la única verdad».—Encantado. —Se incorpora para darle la mano—. Voy un momento a por un café y os dejo solos con él.Da un apretón a la mano pálida del bombero antes de desaparecer por los pasillos del hospital. La mujer se vuelve hacia su cita con las cejas alzadas.—¿Muy buen amigo de tu hijo? ¿Después de la carita con la que lo ha mirado?—Ya sabes, a los jóvenes de hoy en día les encanta no ponerse etiquetas... —Se encoge de hombros—. Pero se quieren mucho, he podido comprobarlo por cómo se está portando aquí.—Normal, si está aquí haciendo turnos para no dejarlo solo... no es solo un amigo.Echa un vistazo a Raoul y agita la cabeza.—Le viene bien tener a alguien así en su vida. Su última relación... digamos que dudo mucho que estuviera dispuesto a pasar las noches pegado a él.—¿Eso está haciendo?—Sí, y eso que yo me quedo algunas, pero no hay manera de mandarlo a su casa y no me atrevo a contradecirlo. —Se cruza de brazos—. Al parecer, descubrió y detuvo a un asesino en serie.—Joder, vaya partidazo de yerno. —Da un par de pasos en su dirección—. Parece tan tranquilo...—Solo espero que eso signifique que se está recuperando, no quiero ni imaginar que se esté apagando poco a poco.—Seguro que no. —Acaricia su hombro, sin dejar de mirarlo.Manolo la aparta para acercarse a la puerta del baño y mojarse la nuca. La situación lo agobia demasiado.—Una vez más, siento haberte hecho venir hasta aquí. No tienes por qué pasar nuestra cita en el hospital con mi hijo.—¿Me crees si te digo que no es la peor cita que he tenido?—Vaya suerte. —Se desliza junto a ella—. Te lo compensaré, lo prometo.Catalina va a hablar, pero las palabras se le van de la cabeza cuando ven al chico postrado en la cama mover la mano. Le hace un gesto para que se gire y entonces Manolo lo ve.Raoul esboza un suspira, retorciéndose un poco para acabar recolocado en la cama. Se siente vivo, respirando, pero a la vez es como si me hubiera pasado un camión por encima. Joder, cómo duele.—Ey, tranquilo, no te muevas mucho. —Su padre se acerca a la cama, acariciando su frente. Al menos no hay fiebre de por medio—. Voy a llamar al médico para que te revise, ¿de acuerdo?—Me duele todo —gimotea, entreabriendo los ojos. No ayuda a su dolor de cabeza que sea de día.—Ya lo sé, campeón, pero imaginé que no te gustaría recaer así como así.Raoul vuelve a gemir de dolor, pero asiente. Ha tomado la decisión correcta, por mucho que se quiera morir ahora mismo.Mientras Manolo llama al médico, se fija en la mujer que hay en la habitación, observándolo desde una distancia prudencial. Como no sabe cuánto tiempo ha pasado, porque todo le da vueltas, quizá sea ella.—¿Ella es mi médico?—¿Yo? Oh... —Se vuelve para mirar a su padre con cara de susto.—¿Ella? No, no, Ra, ella es...—Yo solo estaba...—Es... mi cita, por así decirlo.Raoul entrecierra los ojos.—¿Te has traído a tu cita al hospital?Abre la boca, pero ninguna excusa parece con sentido suficiente como para explicarlo.—No pensaba que fueras a despertar ahora mismo como para presentártela... —Aprieta los dientes.—Estoy demasiado cansado como para protestar. ¿Qué ha pasado? ¿Está el niño bien?—¿El que te disparó? —Asiente—. Está en casa, con remordimientos por lo que ha pasado, pero todo bien.—Me gustaría hablar con él en algún momento —musita—. Tiene que ser horrible vivir con la carga de algo así, y tan pequeño...—Solo a ti se te ocurriría preocuparte más por el niño que por ti, es momento de descansar. —Acaricia su pelo—. Esperaré a que llegue el médico.Asiente y se deja mecer por sus caricias un poco más. No llega nunca al estado ideal de relajación que le gustaría, porque pequeños ramalazos de dolor invaden su pecho de vez en cuando. Es horrible, pero también lo mantiene alerta y sin dormir.Cuando Agoney vuelve con tres vasos de café, Manolo y su cita están junto a la puerta cerrada, de brazos cruzados, a la espera.—¿Ha pasado algo? —Se teme lo peor.—Ha despertado. —Su corazón se salta un latido—. Vaya ojo tienes, chaval, toda la tarde aquí y te vas justo a tiempo para que se despierte.Suelta un suspiro y les da los cafés.—¿Cómo está? ¿Habla?—Creo que ha mantenido hasta su tono de humor habitual. —Chasquea la lengua—. Ya dije yo que este chico es a prueba de bombas, pero espero no tener que comprobar la fiabilidad de esa frase.—¿Y... —se le ve azorado por preguntar— cuándo podré verlo?—Ahora le están haciendo pruebas, viendo que todo esté correcto. Pero después puedes pasar tú, que seguro que se alegra de verte.Asiente con tanta energía que podría quedarse sin cuello, y espera con paciencia, bebiendo su café a sorbitos pequeños. Durante el tiempo que duran las pruebas, tiene tiempo de avisar a Nerea y Ricky, seguro de que ellos pondrán al resto al corriente.Acaba sentado entre Manolo y Catalina, que miran al frente sin prestarle casi atención. Él sigue bebiendo, como si eso hiciera menos incómodo algo de todo esto.Se levantan cuando el médico sale de la habitación, cerrando la puerta tras él.—¿Cómo está? —pregunta sin poder evitarlo, antes que su propio padre.—Se pondrá bien... Tenemos que mantenerlo en observación al menos otro día, revisar de vez en cuando los puntos de la herida..., pero el chico va a estar bien, se le nota fuerte. Eso sí, si no van a darle calmantes prepárense para sus quejas los primeros días.—Años con él, creo que sobreviviré. —Manolo les saca una sonrisa.—Genial, pues eso sería todo. En un rato vendrá una auxiliar a traerle comida y una enfermera a revisar que todo esté bien. Sé que lo han estado cuidando muy bien, así que sigan así.—¿Podemos pasar? —Su boca vuelve a funcionar con independencia de su cerebro.El médico esboza una sonrisilla.—Por supuesto, le vendrá bien que lo distraigan. Eres su pareja, ¿no?Duda por un momento. No sabe cómo está Raoul con el tema de las relaciones y jamás forzaría nada, pero por el otro lado..., ha dormido junto a él varias noches, esperando a que despierte, cree que puede fingir un poquito más.—Sí, no estaba con él cuando despertó y se morirá por verle —le ayuda Manolo.—Pues adelante. Yo me voy con otro paciente, pero me pasaré antes de la cena.Si el médico sigue hablando o dándole indicaciones a Manolo, él ya no lo escucha. Cruza la puerta como una exhalación, calmándose solo al descubrir a Raoul sentado en la cama y peleándose con el mando a distancia.—Puta mierda de tele para ser un hospital... —Al escuchar un carraspeo, se gira y se sobresalta—. ¡Ago! ¿Qué... qué haces aquí?—Bueno, llevo como tres días haciendo guardia para verte despertar. Lo único que me jode es habérmelo perdido por un café.Raoul abre la boca y balbucea cosas sin sentido. Agoney baja toda defensa al verlo más vulnerable que nunca. Pronto entiende por qué.—¿Has estado tres días aquí? —susurra.—Claro. Vine en cuanto me avisaron y no he salido del hospital más que para coger una chaqueta del coche.—Pero ¿por qué? —susurra con expresión confusa.Ahí está la cuestión, el hecho de abrirse el pecho y mostrarle su corazón. No es una metáfora muy acertada cuando Raoul tiene puntos no muy lejos, pero así lo siente.—¿No es obvio? Porque me importas muchísimo. Si no hubiera podido por el trabajo, habría pasado las noches aquí. ¿Estás llorando?—No, es que me duele la herida y no me puedo tomar ningún calmante. —Casi consigue hacerle reír—. También es que poca gente haría eso por mí.—Pues has tenido a todo el 122 aquí todos los días. Hoy tenían su primer turno desde que pasó todo, pero seguro que salen corriendo a verte en cuanto acaben.Raoul suspira, agotado por la información y abrumado por tanto cariño. Cuando levanta la vista y ve allí al moreno, inamovible, pero a distancia, sabe que ha tenido mucha suerte en Murcia.—¿Vas a quedarte esta noche también?—A menos que me eches... —responde con duda.Con una mueca de dolor, Raoul se mueve en la cama para dejar un hueco en el lado más cercano a Agoney.—Ven, métete conmigo.—No sé si deberías...—Me duele el pecho y el costado y no puedo tomarme nada, dame al menos un poquito de cancha. Me apetece estar contigo.No tendría que hacer caso a sus palabras, pero es que ni siquiera necesita la cara de cachorro desamparado que pone después para meterse bajo la fina sábana de hospital. Raoul no tarda en acomodarse y quedar con la cabeza sobre el hombro del mayor.—¿Mejor? —Recibe un asentimiento suave—. Vale, pero avísame si te rozo o hago algo que duela.—No te preocupes, ahora ponme al día.—¿De qué?—He estado vegetal desde el anterior turno, quiero saber qué se ha cocido desde entonces.—Serás cotilla... —recrimina, mordiéndose la sonrisa—. No sé si llegaste a saberlo, pero atrapé al asesino.Los ojos del rubio brillan tanto que podría echarse a llorar ahí mismo.—Algo escuché antes de entrar y que un niño me convirtiera en un colador. ¡No sabes lo orgulloso que estoy de ti!—No hagas bromas con eso, lo pasamos fatal.—Lo importante es que has resuelto un caso gordo. ¡Y sin ser inspector ni nada! Vamos, de aquí a un ascenso directo, espero que se lo piensen.—Me están insinuando que hablarán bien de mí si decido presentarme a la opo de inspector —confiesa, bajando la cabeza.—¡Pero eso es genial! Oye, alegra esa cara que de aquí a nada estás resolviendo crímenes como el genio que eres.—Basta, por favor.—¿Qué pasa? —Se le borra la sonrisa al notar su tono serio—. ¿He hecho algo?—No, pero si no te callas voy a tener que comerte la boca muy fuerte, y tú tienes puntos por todos lados.Recupera la sonrisa con la misma facilidad con la que la había perdido y le roba un beso. Es un simple pico, pero relaja su rostro.—Me duele todo, pero me alegra que estés aquí. —Hace círculos en la piel del muslo del moreno—. Así alguien me dice que no pida lo que me encantaría pedir.—Raoul... —advierte con seriedad.—Tú piénsalo. No estoy en plan drogadicto, estoy en plan: me acaban de agujerear, necesito algo que me ayude a sobrellevar el dolor.Pone los ojos en blanco ante su dramatismo, pero no se permite bajar la guardia. No cuando está dando síntomas de querer volver.—Eres un tipo duro, sobrevivirás.—Ago, por favor... Solo pide un poco de morfina, si es que mañana seguramente me darán el alta y vuelva a casa... Solo necesito dormir, y no me veo capaz sin algo que me calme.—¿Sabes que justo ahora estás sonando como drogadicto con mono?Raoul pega un bufido. Es consciente, pero le duele todo y a estas alturas no es una situación habitual.—Pero ¿me entiendes?—Entiendo el dolor y eres súper valiente por enfrentarte a esto así. Por eso mismo vas a seguir igual, porque el Raoul sobrio no se perdonaría un error que te hiciera volver a la casilla de salida.—¿Sabes? Tienes razón, pero me caes mal por decirlo tú.—Soportaré la tristeza, cariño. —Acaricia un mechón de pelo, logrando que cierre los ojos y se relaje—. Igual que tú soportarás el dolor.El rubio gruñe algo imposible de descifrar, pero encontrar su talón de Aquiles en las caricias que le dedica es suficiente para que lo deje estar.Pasan la noche los dos tumbados en la cama del hospital, con visitas periódicas de enfermeras y médicas de guardia que se aseguran de que todo esté correcto. Nadie les dice nada por lo incómoda de su postura, pero sí les advierten que tengan cuidado con rozar la herida y que se abran los puntos.Por la mañana, cuando Agoney necesita desesperadamente una ducha y un desayuno, Manolo vuelve.—¿Has dormido bien? —pregunta, sentándose en la cama junto a él.—Creo que ya no me duele tanto, así que bien, pero ha habido momentos en los que eso era insoportable. No me extraña que existan los opioides.La gravedad en su mirada indica que debería dejar de bromear, pero solo se encoge de hombros.—Por si te alegra un poco, dice el médico que, si las pruebas de la tarde van bien, te dan el alta. Pero necesitarás reposo hasta que los puntos cierren bien.—Con estar en casa y no oliendo a desinfectante me vale. Ahora a lo importante —juguetea con los dedos de su padre—, ¿cuándo me ibas a decir que tienes novia?—¿Cuándo me ibas a decir tú que estás saliendo con el policía?Raoul abre la boca, vuelve a cerrarla y acaba por protestar por lo bajo, rascándose la frente. Se tapa la cara por completo, con sus mejillas calentándose poco a poco.—Lo pillo, dejamos la conversación aquí.—Sí, casi mejor. —Mueve las cejas de forma alternativa. Acaban riéndose juntos, con una energía renovada después de la nueva experiencia vivida.
----- CHAPTER BREAK -----
—Cuidado, no se vaya a golpear con eso.—Lo tengo.—Sabéis que tengo piernas funcionales, ¿verdad?Manolo y Agoney ignoran la queja del rubio. Mientras el capitán le coloca bien los cojines para que esté cómodo en el sofá, el policía lo sujeta, manteniéndolo pegado a él. Normalmente no diría nada, pero ha llegado un punto en el que se están pasando de castaño oscuro.Aun así, deja que lo tumben en el dichoso sofá, no sin volver a quejarse:—Vale, ya está, estoy bien aquí, no me molestéis más cambiándome un cojín porque os juro que muerdo.—La mala leche mientras estás convaleciente se queda en nada. —Manolo lo despeina, sacándole un gruñido—. Anda, voy a por unas cosas del coche. Llama a tu madre.—Ahora mismo estará de juicios. —Se recoloca él solo en el sofá hasta encontrarse cómodo, y arrastra a Agoney con él—. Roma, ¡ven aquí!La perra corre a sentarse junto a él. Ahora que le hace caso, se ha vuelto menos invasiva, así que da gusto tenerla cerca. Pasa los dedos sobre su piel para acariciarla.—Uf, Agoney, no sabes lo que es su madre... ¿Te ha dicho Raoul que amenazó a los médicos por teléfono con palabras de abogada?El moreno asiente, mirándolos uno a uno con una sonrisilla. Son idénticos en tantos aspectos que le resulta curioso.—Algo me ha comentado, pero a mí me pareció maja.—Solo espero que lleves chaleco a prueba de balas cuando la conozcas —dice Raoul con seriedad, mientras su padre se parte el culo.Acaba dejándolos solos para coger el resto de sus cosas. El rubio cierra los ojos y trata de relajarse, algo ya de por sí difícil.—¿Te duele?—Estoy mucho mejor que cuando me desperté, ya te lo dije... —asegura, mirándolo directamente a los ojos—. Solo necesito reposo, aunque me está matando no hacer nada.—Disfruta un poco de la baja. ¿O es que quieres ponerte ya a trabajar?—No —responde rápido—. En realidad no.Agoney pestañea, sorprendido por su rapidez. Por lo que tenía entendido, le encantaba su trabajo.—¿Qué quieres decir con eso?—Nada, solo que... esta experiencia de estar al borde de la muerte me ha hecho pensar en mi trabajo, en por qué lo hago... —Se detiene al darse cuenta de que está compartiendo demasiado de sus pensamientos—. No me hagas mucho caso.—Estoy aquí por ti, te voy a hacer caso, así que desembucha.—No sé ni cómo expresar esto sin que suene horrible, o que mi padre me mate —confiesa, mirando por encima de su hombro. Manolo aún no está, pero llegará y no sabe cómo podría reaccionar.—Inténtalo, que yo estoy aquí de prueba.Raoul coge mucho aire, siente un pequeño pinchazo de dolor, así que se desinfla antes de hablar:—Simplemente no estoy seguro de que este sea mi camino. No por el hecho de que me hayan disparado, sino porque he basado todo mi trabajo y mi personalidad desde que acabé el instituto en acercarme a mi padre de la manera que sea. Y eso ha acabado incluyendo convertirme en bombero, así que no estoy seguro de que esto sea lo que quiero.Agoney asiente despacio. No tiene muy claro qué podría decir para mejorar la situación Por desgracia, no tiene que hacerlo.—No sabía que te sentías así. —Se sobresaltan al escuchar la voz de Manolo.El capitán lleva las bolsas con todas las pertenencias de su hijo. Las deja muy despacio en el suelo y observa a Agoney como si no entendiera qué hace allí todavía.—Creo que me voy a ir —susurra, apretando con cariño su rodilla—. Cuídate, te llamo luego.—Pero, pero —balbucea con estupefacción al ver que se está marchando, así sin más—, ¿tú no eras el que estaba aquí por mí?—Esta conversación no es mía. —Se encoge de hombros—. Será mejor que la tengas con quién debes tenerla.Se cruza de brazos, ceñudo, mientras ve cómo se marcha. Lo llamaría cobarde, pero si él pudiera lo seguiría. Seguro que estará mejor en el chalet de su... algo que allí, enfrentando a su padre.—Raoul —lo devuelve a la realidad, sentándose en el hueco que ha dejado Agoney—, ¿qué pasa?—¿No lo he dicho ya? —Suelta una risita nerviosa.—Venga, seamos serios. ¿No te gusta ser bombero?Abre la boca y se encoge de hombros.—Yo pensaba que sí, es que ahora mismo... estoy un poco confuso, la verdad. Es lo que has oído: no sé cuántas de mis decisiones vitales han sido por mí y cuántas porque mi padre también trabajaba de eso. Desde pequeño mi única obsesión era convertirme en bombero, como tú, porque nunca te veía, porque era lo que te alejó. —Aparta la mirada—. Y acabó pasando, pero no por los motivos adecuados.Se atreve a levantar la cabeza tras decirlo. Manolo asiente, pero no parece muy feliz. Normal, en realidad. Es que a quien se le ocurre hablar de eso con tu casi algo mientras tu padre está a punto de volver del coche.—No puedo decir que me alegre lo que me estás diciendo —murmura—, pero estás siendo sincero conmigo y eso lo valoro. También que hayas intentado acercarte a mí, aunque sea con algo que no te gusta.—No sé si me gusta, no confundas conceptos. —Lo señala—. Hasta ahora siempre había disfrutado mi trabajo, pero es que siempre he estado en la misma estación que tú, entonces...—Lo entiendo. Necesitas un tiempo lejos de tu propio padre.—Pero no lo digas así... —pide, con ojitos de cordero—. Mira, tengo unas cuantas semanas de baja. Pensaré en ello, buscaré opciones, todo saldrá bien.Manolo le dedica una sonrisa dolorosa.—¿Sabes que siempre te voy a apoyar la opción que decidas? Como si acabas siendo policía o algo así. Ugh, qué horror, espero que no acabes siendo policía.—No está en mis planes. —Recupera un poco la sonrisa—. Pero sí que me gustaría tener un poco de margen para conocerme a mí mismo.—¿Para qué está la baja si no? —Le devuelve la sonrisa—. Aprovecha y conócete, y si al acabar no vuelves...—Será increíble haber trabajado a tu lado tantos años, papá —susurra.Manolo asiente despacio y se inclina para abrazarlo. No aumenta la intensidad del abrazo hasta asegurarse de que no le hará daño.—Te quiero mucho, que lo sepas. Y hagas lo que hagas, siempre estaré orgulloso del hombre en el que te has convertido.Raoul oculta un puchero en el hombro de su padre. Lo prefiere así.Pasa la siguientes semanas en un estado de limbo constante. Manolo vuelve a trabajar en el siguiente turno y Agoney, entre el trabajo y que ha decidido tomarse en serio la oposición para ser inspector, tampoco es una buena opción.Sí que se han visto un par de veces, pero siempre en la calle y sin la pasión que suele caracterizarlos. No lo ha dicho en alto, pero, aunque su prioridad es averiguar qué quiere en su vida profesional, no quiere descuidar lo que le está pasando con Agoney.Cada vez que lo piensa mucho, vuelve a su mente la ruptura con Alex, lo mal que lo pasó en esa situación, pero tampoco quiere esconderse tras un trauma. Lo que no sabe es si está listo, más allá del trauma, para llamar novio a otra persona, con el que ya actúa como si lo fuera.Sus amigos del 122 van a verle de vez en cuando, pero está tan en su mundo la mayor parte del tiempo que acaba siendo inútil tener una conversación con alguien que no tiene ganas de tenerla.Así, entre conversaciones con su madre, evitar a su padre todo lo que puede e intentar que los momentos con Agoney no sean incómodos, mayo termina y empieza un caluroso mes de junio. Para cuando acabe su baja debería tener una decisión tomada, pero se siente cada vez más confuso.El dichoso descanso no le está ayudando nada.Cuando el moreno le pide quedar para tomar algo en una cafetería de Santo Domingo, imagina que podría funcionar.Eso no le impide dar vueltas para no tener LA conversación en mayúsculas.Agoney lo observa, removiendo su batido, mientras el bombero le explica con todo lujo de detalle las propiedades que tiene.—Raoul, a ver, para. —Suspiran a la vez—. ¿Qué estás haciendo?Menea su batido, como si eso lo explicara todo. Cuando este pone cara de no entender, se obliga a explicar de la forma más estúpida que sabe:—Es que me gusta mucho esta marca de batidos. Soy fan, con esto de no poder tomar alcohol...—Lo he notado —masculla entre dientes—, llevas diez minutos dejando claro lo mucho que te gusta el batido y todo lo que sabes sobre sus proteínas.—¿Pasa algo? —Se encoge un poco al escuchar un tono duro que no está acostumbrado a tener.—Pasa que te he invitado a una plaza linda de Murcia a tomar batidos y tener una conversación importante y, como lo sabes, estás haciendo todo lo posible para retrasarla. —Hace una pausa en la que se observan con seriedad—. Así que, si me vas a mandar a la mierda o quieres dejar esta pseudorelación, lo dices ya y te dejas de propiedades del batido.—¿Qué quieres tú exactamente? —pregunta en su lugar.—No, qué quieres tú, Raoul. Yo quiero saber si esto va a alguna parte, si existe siquiera un "nosotros" o se lo está inventando mi cabeza.—Es más complicado que todo eso, yo ahora mismo... no tengo la cabeza para muchas cosas, pero si has visto señales en mí, es que las hay, solo que necesito tiempo.—¿Cuánto?—Hace cuatro meses que nos conocimos, tampoco hace falta presionar más de la cuenta, joder. —Apoya las manos en la mesa—. Ahora mismo no tengo claro ni quién soy yo, ni si ser bombero es lo mío, como para ponerme a pensar en qué quiero para los dos.—A veces creo que sería más fácil si me dijeras que es solo sexo, al menos me ayudaría a mentalizarme.—No puedo decirte que es solo sexo porque los dos sabemos que no lo es. Somos más que eso, pero no puedo darte una respuesta hoy. Es más justo para los dos que procese estas últimas semanas y tengamos la conversación cuando pueda decírtelo.Agoney suspira, con gesto ya no tan contrariado. Asiente despacio y ocupa su boca con la pajita del batido, para evitar hablar.Al darse cuenta de que de verdad que no piensa decir palabra, bebe él también, sin apartarle la mirada.Cuando viene el camarero con la cuenta, ambos sacan la cartera al mismo tiempo. No han vuelto a hablar desde que se pusieron a beber como locos.—Deja que al menos invite yo, ya que esto ha salido como el culo —pide el bombero.—No digas tonterías, te he invitado antes de tiempo y para forzar una conversación para la que no estabas listo. —Le guarda el billete dentro de la cartera—. Pago yo, no te preocupes.Suspira y le permite darle el billete. Cuando se marcha a buscar el cambio, pretende hablar. Aún no sabe lo que va a decir, pero necesita que no se vayan de Santo Domingo con un mal sabor de boca.Pero, antes de poder hacerlo, sienten como el suelo bajo sus pies se mueve. Literalmente hablando, tienen que sujetarse a la mesa, que tampoco es muy estable, para no caer al suelo. A un lado, junto a uno de los árboles más antiguos de Murcia, las baldosas del suelo comienzan a desconcharse.—¿Qué está pasando? —pregunta Agoney.—Parece un terremoto. Joder.Se levantan de golpe cuando, a unos metros de la zona peatonal, en la calzada comienzan a formarse grietas y un camión vuelca.—Esto tiene que ser una broma.En la estación, el terremoto les pilla en mitad del entrenamiento. Ricky tiene que evitar que a Juan Antonio le aplaste una pesa, justo cuando Manolo les pide que salgan corriendo antes de que el techo caiga sobre sus cabezas.—¿Qué cojones? —pregunta Miriam una vez los camiones están fuera.—Aquí no podemos hacer nada, tenemos que salir a ayudar. —Saca la radio—. Aquí Vázquez, capitán de la 122. ¿Alguna emergencia que podamos atender?—Llamas en el momento perfecto, capitán —responde un operario—. Varios edificios cerca de vuestra estación tienen los pasillos destrozados y la gente no puede bajar las escaleras. Os envío la ubicación. Suerte y con cuidado.—Venga, arriba todo el mundo, que toca ayudar un poco aquí.No tardan ni cinco minutos en plantarse frente al edificio, que parece la versión dantesca de lo que les explicó el operario del 112 por radio. De alguna manera, está partido por la mitad, como si se hubiera hundido en un desnivel bastante feo.—Ajustaos esos trajes, que entramos todos. —Da una palmada—. Venga, los paramédicos están llegando y nosotros tenemos que ponernos las pilas.Asienten y se colocan el casco, avanzando tras su capitán, que dan órdenes a diestro y siniestro. Tras ellos, escuchan ya las sirenas de ambulancias, policía y bomberos, todos listos para sobrellevar la crisis formada en un momento.Mientras un segundo terremoto sacude Murcia, consiguen sacar a la gente atrapada en la primera planta, que mandan directos a la ambulancia que ya está aparcada fuera, solo por revisión.—¡Ayuda! ¡Se me quedó la pierna atrapada aquí!Manolo mira a Aitana, que asiente y corre en dirección a la voz. Él mantiene a Miriam cerca, mientras Ricky y Juan Antonio cogen el camino de la última planta, donde nadie tiene posibilidades de bajar.A lo lejos, el capitán les va dando órdenes para que monten una pasarela desde lo más alto para bajarlos a todos. Necesitan la ayuda de otra estación de bomberos completa, pero consiguen sacar, uno a uno a todos los atrapados.—¿Estáis todos bien? —pregunta una vez ha localizado a todo su equipo. Asienten, algo cansados—. Bien, voy a preguntar dónde más podemos ayudar. ¡De momento todo el mundo lo más lejos posible de los edificios, no es un simulacro!—La tele ya está diciendo que el grado ha sido enorme, capitán. Debe haber destrozos por todas partes.El segundo terremoto pilla a Raoul y Agoney tratando de sacar a la gente de los locales. Si todo el mundo se mantiene en el centro de la plaza, no deberían tener problemas.Pero cuando llega el segundo y un autobús se sale de la carretera que da a la universidad dando varias vueltas de campana en la plaza, saben que está todo fuera de control. Y ellos, fuera de servicio y sin nada para protegerse, van a tener que hacerlo todo solos.—Mierda, el autobús... ¿Tú tienes señal? —Se gira hacia el moreno, que también revisa su móvil.—No hay manera. Algo habrá hecho el terremoto a las torres eléctricas.—Joder, pues hasta que aparezca alguien tengo que ver si puedo sacar a la gente de ahí. —Señala el autobús—. ¿Te encargas de mantener a la gente lejos de los edificios?—Y del tráfico si hace falta. —Comienza a caminar hacia la carretera, dispuesto a parar a la gente que ha seguido conduciendo como si nada—. Tú ten cuidado y salva vidas.Asiente, con una mueca seria, y corre hacia el autobús. Por suerte, ha acabado volcado con la puerta hacia arriba, así que pide a la gente que se aleje y se sube encima para abrirla. Al ser mecánica, le cuesta un poco, pero parece que no ha perdido la fuerza durante la baja.—¿Está todo el mundo bien? —Mete la cabeza.Escucha varios murmullos, un sí y un sollozo. Entra con cuidado y hace señas a la primera pareja que ve, en perfecto estado.» Vayan saliendo y pónganse en el centro de la plaza, ¿de acuerdo? Si tienen línea llamen al 112.—¿Y tú quién eres para decirnos cuándo salir? —pregunta un señor mayor, con el ceño fruncido.—Pues cuando trabajo soy bombero, así que le aconsejo que salga pronto antes de que se me quiten las ganas de ayudarlo.El viejo se calla de golpe y se deja ayudar a salir por la puerta situada en el techo. Después de encargarse de los más mayores ayuda a varias personas más, demasiado asustadas como para moverse de sus asientos.En la última fila, una mujer lleva a una niña con sangre en la frente.—Se ha golpeado contra el cristal en uno de los giros —le explica, con lágrimas en los ojos.—Venid, vamos fuera.Coge en brazos a la pequeña y las saca a ella y a su madre. Se fija en que la conductora del autobús está atrapada, así que le pide un poco de paciencia.Una vez fuera, se arrodilla frente a la niña, poniendo la linterna del móvil.—A ver, ¿puedes seguir la luz con los ojos? —Se agarra la barbilla—. Así, sin mover la cabeza, muy bien... —Se vuelve hacia la madre—. No parece que tenga un traumatismo, pero mis conocimientos son básicos. Si encuentran una ambulancia o se la pueden llevar al hospital, sería lo mejor, pero por el momento cuídense y póngale hielo.La mujer asiente y arrastra a la niña con ella. Agoney se acerca cuando lo ve solo.—¿Cómo vas? ¿Todo bien?—Sí, la niña se pondrá bien, solo es un golpe. Me preocupa la conductora, está atrapada por la compuerta que la separa del resto del autobús.—¿Necesitas ayuda?—Necesito a alguien con un poco de autoridad para controlar ahí fuera todo. ¿Has conseguido llamar a alguien?—Yo al menos no tengo línea. ¿Vas a poder con esto?—Deja que yo me encargue de salvar vidas, tú encárgate de todo lo demás.—Eso haré. Cuídate mucho.—Siempre. —Le guiña un ojo antes de entrar de nuevo en el autobús—. ¡Hola, me llamo Raoul! ¿Está consciente?Escucha un gruñido que pretende ser un sí. Es buena señal, sea como sea.—Me parece que sí, y te veo bien. ¿Eres el bombero que ha callado la boca al facha de antes?—Sí, señora. No estoy de servicio así que me faltan cosas que podría necesitar, pero voy a hacer todo lo posible por sacarla de ahí. ¿Cómo se llama?—Angélica, chaval. Encantada.—Encantado, Angélica. ¿Le duele algo?—Un poco la pierna, pero ¿podrías dejar se tratarme de usted? Me hace sentir vieja.—Lo siento, lo intentaré. —Esboza una sonrisa culpable mientras trata de forzar la puerta de cristal en la que se encuentra la cabina del conductor—. Mierda, ahí dentro hay agua.—No es agua. —Tose un poco, tratando inútilmente de incorporarse—. Es gasolina, puedo olerla.Se le eriza la piel al escucharla. Mierda, mierda al cuadrado. Si no la saca pronto, cualquier cosa podría provocar que explotara y ardiera.—Muy bien, voy a intentar romper la puerta para sacarte de aquí, Angélica. Necesito que se tape con algo, podrían saltar cristales.—Me las apañaré, chaval.Una vez se asegura de que no le hará daño, usa el hacha del extintor que tiene el autobús para romper la puerta. Usa varios golpes para desencajarla, aunque eso incluya romperla en varios pedazos. Con ayuda de una chaqueta, retira los restos.—Ya estamos un poquito más cerca. —Se pone en cuclillas—. ¿Dónde te duele?—En las piernas... Creo que algo se me cayó encima, pero no lo veo.—Voy a ver qué puedo hacer. —Pasa con cuidado hasta quedar junto a ella.—¿Qué pasa, aparte de bombero sabes de medicina?—Mis verdaderos estudios son de paramédico, mientras me preparaba esto. No soy un experto, pero... sí, voy a tener que usar la fuerza bruta de bombero para levantar este panel. ¿Cómo se ha desplazado esto?—Si lo supiera, chico, tal vez no estaríamos teniendo esta conversación.Tras coger mucho aire, se zambulle en gasolina para tratar de empujar con todas sus fuerzas. Apenas lo mueve un centímetro, que supone un mundo para la conductora.—¡Ah, mierda!—¿Estás bien?—Chico, espero que tengas una ambulancia esperándome en la puerta, porque esto duele que te cagas.—Un momento —dice con la mandíbula apretada.Sale del autobús mirando en todas direcciones.—¿Cómo va todo? —pregunta Agoney, deteniéndose a su lado. Va con dos niños que parecen algo perdidos.—No puedo sacarla yo solo, pero tampoco puedo pedirte a ti que dejes esto.—La buena noticia es que la madre de la niña del golpe de cabeza tiene línea y ha llamado a tu padre. Vienen hacia aquí desde el Infante.—Genial, me vendrá bien el apoyo y las herramientas. —Traga saliva—. Voy a entrar.—Ra. —Lo llama—. Haz todo lo que puedas, pero no más de lo que puedas. Sigues mal por el disparo, cuídate.Asiente con seriedad y vuelve a entrar por la puerta que da al cielo.—La buena noticia es que mi equipo está viniendo, pero seguiré intentándolo yo.—¿Y esa sangre?Baja la cabeza a la zona que señala la conductora. Su camisa blanca, ahora mojada por la gasolina, tiene una mancha de sangre justo debajo del pecho. Genial, normal que Agoney se haya puesto serio con él.—Ah, me han disparado —le quita importancia y trata de empujar todo lo posible.No ha podido evitar darse cuenta de que el nivel de la gasolina está subiendo, y cada vez le llega más al cuello. La ansiedad va subiendo por su pecho.—Joder, y yo pensaba que estaba teniendo un mal día.—No hoy —se corrige a sí mismo—, me dispararon hace tiempo, se habrán saltado los puntos por el esfuerzo. —Suspira—. Me van a matar por esforzarme demasiado.—Chico... —Niega con la cabeza—. Mejor vete, en cualquier momento acabaré o ahogándome o tragando gasolina, es inevitable.—No me voy a ir sin haberlo intentado hasta el final.—Como veas... —Suspira y lo deja trabajar.Raoul vuelve a zambullirse para empujar el panel que la aprisiona. Tiene que salir varias veces a respirar, pero le tranquiliza saber que se está moviendo, que va a poder sacarla de ahí.» Ya casi lo tienes —dice la última vez que sale fuera—. Increíble que seas tan cabezota que esté funcionando.—Por supuesto que está funcionando. —Pone una mueca. El dolor está volviendo, ya sin puntos que sujeten la herida—. Voy... voy a bajar.—¿Estás bien?Pero ya no responde, sino que vuelve a empujar. Está tan cerca que aumenta sus esfuerzos todo lo posible para quitárselo y poder sacarla del autobús. Esos esfuerzos acaban nublándole la vista, por la unión con el dolor de su herida.En determinado momento, la conductora se da cuenta de que el rubio ya no está empujando de ella, ni hace amago de salir.—Eh... Chico, sal ya, que si es una broma no hace gracia. Ya lo que me faltaba... —La gasolina le llega al cuello, tiene que estirarse para poder respirar.Raoul está a punto de perder la consciencia, cuando siente una mano que lo saca de golpe fuera del estanque que se ha formado dentro del autobús. Entre dos bomberos lo sacan para llevarlo con la ambulancia, mientras Manolo, el que le ha hecho volver a respirar, termina el trabajo que empezó su hijo.Fuera, la normalidad se ha estabilizado. Los dos terremotos han dado paso a la calma, mezclada con todo el mundo queriendo volver a sus pisos (si es que siguen teniéndolos). Mientras Nerea tumba a Raoul en la camilla para revisar su herida, este parpadea.—¿Está bien?—Tú estarás bien, pero anda que no eres burro. Las bajas están por algo, ¿sabías? Lo bueno es que podría ser mucho peor, en el hospital te pondrán los puntos de nuevo.—No, yo no, Angélica...Suspira de alivio cuando echa un vistazo al autobús. Su padre sale con la mujer en brazos, siendo recibida por Mamen y Alfred, que ya tienen una camilla para ella.—¿Has visto? Está bien, así que cálmate o te regaño —le pide Nerea.Agoney termina de hablar con un compañero de servicio, al que manda dirigirse al resto. Manolo se acerca a él con una mirada cómplice, y ambos se quedan observando a Raoul, que se ha incorporado para hablar con la conductora.—Es un chico impresionante. —Agoney se muerde el labio.—Es mi hijo. —Le guiña un ojo.Tras volver a ponerse los puntos y asegurar a todos los médicos y enfermeros que no necesita quedarse en observación, va directo a la estación de bomberos. Sabe que todo su equipo estará allí, y necesita verlos antes de marcharse a casa.De camino, manda un mensaje a Agoney, más seguro que nunca.Descubre a todos alrededor de la mesa, cenando y celebrando que no ha habido tantos destrozos entre cervezas y pinchos.—¡Pero mirad quien ha venido a honrarnos con su presencia! —chilla Juan Antonio.—¿Cómo estás? —Se interesa Aitana.—Sobreviviré, no ha sido nada. —Se señala la mancha de sangre que aún conserva.Ricky aparece con una nueva ronda de cervezas. Se queda algo parado al ver a Raoul, pero acaba por sonreír.—Quería hacer un brindis algo especial —informa, pasándoles a todos cervezas.Raoul coge un botellín de agua, listo para brindar. El bombero carraspea al ver todas las miradas pendientes de él.» Sé que la mayoría no os acordaréis, tampoco estabais aquí, pero hoy hace justo un año del accidente que acabó con todo el equipo del 122. —Se lame los labios, buscando la mirada cómplice de Mamen, que suspira con una sonrisa triste—. Sinceramente, si me llegan a decir el año pasado que hoy estaría aquí, tan bien rodeado, me reiría, porque yo en ese momento no concebía mi vida sin ellos. Eran mi familia.—De todos nosotros —interviene la capitana.—Ricky, siento mucho que haya coincidido todo.—No pasa nada, casi parece una señal que este año hayamos tenido un terremoto. —Suspira—. A lo que voy es a que vosotros no sois ellos, pero sois mi familia, y me cuesta imaginar mi futuro sin teneros a todos cerca. Sí, Raoul, también va por ti.—Jamás pretendería sustituir al antiguo equipo 122 —asegura Manolo.—No sustituís en lo personal, solo complementais de manera diferente. Me habéis ayudado mucho a crecer, pensad que el antiguo equipo eran todo señores de tu edad, capitán, y ahora tengo un grupo joven que me enseña cada día algo nuevo. Así que un brindis por el 122, porque sigamos juntos y que por favor no muera nadie más.Les entra la risa nerviosa, pero todos brindan y se desean los mejores deseos. No es año nuevo, sino los primeros días de junio, pero parece un buen momento para un comienzo de cero.Raoul carraspea una vez todos han bebido.—Si estamos siendo sinceros, yo tengo un par de cosas que decir. —Lo miran con sorpresa—. Sé que habéis estado preocupados por mí estas últimas semanas, pero lo que ha pasado hoy me ha hecho reflexionar.—¿Que no hay que esforzarse tanto cuando sigues herido?—No...—¿Entonces?—Puede que en un primer momento sí quisiera ser bombero por mi padre, para acercarme a él, pero estar hoy a pie de calle tratando de ayudar a la gente de ese autobús, incluida la mujer por la que casi me da algo... Esto es lo mío: ayudar a la gente.—¿Eso qué significa? —pregunta Manolo, algo ansioso.—Me he dado cuenta de que quiero seguir siendo bombero y ayudando a la población en el día a día. Pero no podré salvar a todos siempre, necesitaré ayuda de mi equipo.—Hombre, ¿qué te pensabas?—Ya se quería hacer el héroe el niño.Manolo le da un sonoro beso en la mejilla, cuando Aitana recuerda:—¿Qué era lo otro que querías decirnos?—Ah. —Se sonroja—. Creo que esto es algo que debería haberos dicho antes, pero no surgió, y tampoco quería que tuvierais una idea preconcebida de mí sin conocerme. Soy adicto a los opioides. —Hace una pausa, con toda la estación en silencio—. Hace tiempo que ya no me afectan de la misma manera, voy a terapia y todo para estar seguro de que no me pillará otro mono, pero quiero mejorar. De hecho, llevaba una racha muy buena cuando tuve una sobredosis. Y por eso nos mudamos a Murcia, para alejarme del círculo que me incitaba a esto.La estación se queda en silencio, con todos procesando sus palabras.—¿Y ahora estás bien, cariño? —pregunta Mamen. Agradece la pregunta con una sonrisa.—Sí, creo que sí. No hagáis caso a Agoney, que hice algunas bromas sobre volver a tomar cuando me dolía por el disparo, actualmente no tengo ninguna necesidad de tomar.—Bueno, eso explica los zumos.—Sí, también es que son mi pasión, pero sobre todo es por mantenerme sobrio. ¿Alguna pregunta más?—¿Nos pegarás un puñetazo si volvemos a hablar de esto?—Preferiría que me tratarais como siempre, salvo si tengo que estar ingresado. Entonces aseguraos de que no me inyecten nada.—Se hará lo que se pueda. Entonces, ¿todo bien?—Mejor que hace cuatro meses, sí, pero os prometo que tengo más fuerza de voluntad de la que parezco. Si hemos acabado con las preguntas, me encantaría hablar con mi padre.Aitana pone las manos en alto, en señal de rendición. Cuando se retiran a la parte más cercana a la entrada de la estación, Manolo lleva una sonrisa de orgullo.—Pensaba que nunca querrías contarlo. Estoy orgulloso, que lo sepas.—Ya, es que he decidido que me la suda lo que piensen de mí. Eso y que confío en ellos. Sabía que ninguno actuaría raro.—Todavía queda la prueba de fuego de cuando vayáis a un bar. —Chasquea la lengua.—Si no han dicho nada en todo este tiempo, no cambiarán mucho su aptitud. Aunque a lo mejor se rayan por si algún comentario desencadena algo en mí...El capitán suspira y aprieta su hombro antes de volver a hablar:—¿Estás seguro de esto?—Sí, papá, tú mejor que nadie deberías saber que son buena gente y me cuidarán...—Ya no estoy hablando de tu confesión.Entonces, ¿de qué...?Oh, vale. Ese otro tema.—Bastante seguro. No he tenido una crisis existencial por nada, ¿sabes?—Lo sé. Por eso mismo me extrañaba que tuvieras tan claro volver a lo que conoces.—Es el único camino. Lo que ha pasado hoy, ese intento a la desesperada por salvar a una mujer a la que en realidad no conocía... Es lo mío, papá, quiero ser bombero porque me gusta ayudar a los demás, cuidarlos cuando más lo necesiten.Y ahí está esa mirada de nuevo, la del orgullo que lo hace levitar. Sí, es lo suyo y encima está junto a su padre, ¿qué más se puede pedir?—Si es lo que quieres, te apoyaré, y me alegro de que sigamos trabajando juntos.—Yo también. Aunque me tenga que tomar otra semana de baja después de hoy.—Tómate el tiempo que necesites, me niego de verte sangrar en pleno curro por una herida mal cerrada. —Hace una pausa, mirando hacia la puerta—. Me parece que hay alguien que quiere verte.¿Qué más se puede pedir? Pues que el chico más bueno del mundo quiera esperarte aun después de varias hostias contigo. El paraíso debe ser algo así, y ahora se le está cumpliendo.—Ah, le he pedido que venga a buscarme. —Aprieta los labios en una sonrisa.Agoney se ha cambiado la ropa que llevaba durante el terremoto, pero sigue en modo causal, con una camiseta con el símbolo de alguna banda que le gusta y las manos metidas en los vaqueros. No solo es el tío más bueno del mundo, es que además lo está.—¿Cuántas decisiones vitales has tomado en las últimas horas? —bromea.Agita la cabeza con una sonrisilla culpable.—Una por día, papá.Pero no se lo cree ni él. Se despide de él con un asentimiento de cabeza, pues tampoco han sido siempre los más cariñosos, y cuando se lo devuelve camina hacia el moreno. Agoney lo recibe con una sonrisilla y un abrazo, que deriva en un beso suave.Tras este se quedan mirándose a un par de centímetros de distancia.—Hola.—Hola. —Le sonríe de vuelta—. ¿Nos vamos o necesitas más tiempo con tu padre? Nos está mirando.—Que mire. —Le quita importancia con la mano—. Vamos a tu casa. Creo que ya tengo una respuesta.Esa noche, como para calmar las aguas tras los terremotos, el cielo se llena de estrellas que vuelan por el firmamento, parecido a las perseidas, pero sin ser las fechas. En la ciudad es más difícil, con la cantidad de iluminación que hay, pero tumbarse en el balcón a verlo se vuelve imprescindible.El equipo tiene que verlo desde la estación, todos juntos y acostados para disfrutar del espectáculo.—¿Qué habéis pedido? —pregunta Juan Antonio tras su quinta estrella.—Si lo decimos no se cumple, novato.—Ah, cierto... —Se muerde el labio—. Entonces mejor me lo guardo yo también.Todo el grupo ríe y se mete un poquito con él, siempre con ese aura de hermanos que los caracteriza. Manolo los observa desde el lado, agachándose para acariciar a Roma.—Fíjate, preciosa... Va a ser un buen verano, esto ya lo vaticina.En otra zona de la ciudad, Agoney sube a Raoul al tejado de su casa para ver las estrellas desde allí. Tras una conversación intensa y que ha desembocado en más de un beso, ahora se mantienen en silencio, con los brazos pegados y la respiración relajada, mirando las estrellas pasar.Tras un rato que se le hace eterno, el bombero se gira un poco. Desde esa posición apenas puede ver el perfil del chico, pero le provoca una paz en el pecho que le encanta.Cuando Agoney se da cuenta de que lo observa, le devuelve la mirada con una sonrisa torcida.—¿En qué piensas?Probablemente la pregunta más cliché del mundo, y a veces la más complicada, pero era necesaria en ese punto.—Estaba pensando... —se toma su tiempo, entrelazando sus dedos— en que hacemos muy buen equipo.El moreno termina de entrelazar sus manos y las coloca sobre el abdomen del más pequeño. Solo con la forma en que lo mira, ya se siente pleno, y lo que está a punto de empezar con él va a merecer la pena.—Sí que lo hacemos, ¿verdad?—Eso me temo. —Pone una mueca que se convierte en sonrisa más pronto que tarde.Sube sus manos entrelazadas hasta su pecho, no sin antes besar sus nudillos. Es el momento que Agoney aprovecha para inclinarse hacia él y darle un beso dulce. Atrás queda la pasión que siempre los ha caracterizado, porque este beso sabe diferente, a futuro, a un amor de dos personas que al fin están en la misma página.Aprovechando que el turno de Manolo continúa, Raoul decide arrastrarlo de la mano hasta la casa que comparte con su padre. Ha decidido que es otra forma de hacerlo todo más serio: pasar la noche en su casa suena perfecto, sobre todo cuando está vacía.—Ya verás. Con la tontería de estar mal, me quedé con la habitación grande —le va contando mientras avanza para abrir la puerta con llave—. Claro que la pequeña era la que tenía baño, pero a mí no me importa caminar un poco más si a cambio tengo esa cama...—Seguro que es genial, cariño, pero intenta no hiperventilar.—Perdona. —Sus mejillas se vuelven fuego—. Estoy un poco nervioso.Esto solo se incrementa cuando el policía da varios pasos en su dirección y captura su labio inferior entre los dientes. Menos mal que el pasmo solo dura un instante y que él se maneja mucho mejor en el área de los besos y la pasión.Ya tendrán tiempo de aprender de amor junto a él.Está a punto de arrastrarlo y presentarle su habitación en más de un sentido cuando se gira y descubre una silueta. Su primera reacción es gritar y situarse tras el policía, como si Agoney pudiera solucionar algo sin la pistola.Pero se calma al distinguir una maleta a su lado.—Es que me hago más de cuatro horas de viaje y ni saludas. —Hace una pausa para gruñir mientras Raoul intenta encontrar algo útil que decir—. Vamos, tener que venir porque te disparan y tu padre es incapaz de evitarlo, y encima nadie viene a recibirme. ¿Y ahora ni saludas?—¿Mamá?Eso definitivamente no entraba en sus planes.
----- CHAPTER BREAK -----
Una semana y media después, Agoney sale del baño en casa de su novio. Por culpa de Raoul y de una de esas tormentas de verano, únicamente lleva una toalla, pero tiene que bajar las escaleras para encontrar la ropa que llevaba puesta cuando llegó a su casa. Según Susana, ya debería estar limpia después de lavarla anoche.La semana ha sido una completa locura en todos los aspectos. Con el rubio retrasando su vuelta al trabajo para que termine de cicatrizar su herida, el trabajo se ha multiplicado en la 122.A lo largo de la semana se han sucedido diversos miniseísmos por toda la Región de Murcia, provocando accidentes, rotura de carreteras y desalojo de edificios. Todo el mundo está alerta por si sucede uno más fuerte. Sobre todo, Susana.Tras la aparición de la madre de Raoul sin avisar, la mujer ha dejado claro que no piensa marcharse hasta asegurarse de que está bien. Da igual las veces que el bombero le haya recordado que hace años que superó la mayoría de edad y que es capaz de cuidarse solito. Ella lo mira, alza una ceja y le recuerda que ha acabado con un agujero de bala en el cuerpo.A Agoney solo le queda reírse por la situación que le ha tocado vivir, compartiendo espacio con dos de los padres más abiertos que ha visto nunca, que avergüenzan a un hijo poco acostumbrado a tenerlos bajo el mismo techo.Se encuentra a Raoul en la cocina abierta de la casa que comparte con su padre, removiendo la leche de un tazón con aburrimiento. Este desaparece de su rostro en el momento en que lo ve ahí, desnudo salvo por la toalla.Sí, encuentra bastante divertida la situación de tenerlo así, con las mejillas ardiendo solo por verlo así, como si nunca se hubieran visto todavía más desnudos.—Ago —musita, centrándose de repente en el tazón de nuevo—, que no estamos solos, que mi madre llega de su sesión de jogging en nada.—Mmm..., no me molesta mucho. —Se acerca y coloca los brazos a ambos lados de su cuerpo, apoyados en la encimera. Nota cómo el ritmo de su respiración cambia. Sonríe, encantado por la atención que le está dando—. ¿Te molesta a ti?—Tenerte así no —es claro—. Pero se me hace raro que estés así con mi familia pululando por todos lados.—El de la familia abierta. —Se separa con una sonrisa, dejando a Raoul a medio gas, con ganas de un beso que no ha llegado.—Siendo yo el maricón, acabaré siendo menos abierto que ellos.Le saca una sonrisa antes de desaparecer en el pequeño cuarto que tienen para la lavadora y la secadora. El rubio lo observa en silencio, queriendo grabarse cada centímetro de su cuerpo en la retina.—La baba, cariño. —Se sobresalta al escuchar a Susana, que aparece con una botella de agua bajo el brazo.—Joder, mamá. ¿Tú no avisas?—Sí, la próxima vez que vaya a hablar te avisaré... hablando. Gracias por la idea, cariño.Agoney elige ese preciso instante para aparecer, llevando la ropa apretada contra el pecho.—¡Buenos días, Susana!—Oh, cariño, buenos días. —Le da un pescozón a su hijo—. ¿Has visto tu novio? Él si da los buenos días, no como tú, que solo te asustas.—Sí que lo veo, sí... —susurra cuando se vuelve a acercar a él. La mujer ya no lo escucha, dispuesta a aprovechar la ducha vacía.—Deja de darle tanta importancia a eso. —Deja un beso en su frente—. Tu madre no es tonta, sabrá que follas.—Pero una cosa es que lo sepa y otra... —se atraganta con su propia saliva al tener el pecho moreno tan cerca—. A partir de ahora, cuando durmamos juntos será en tu casa, que tiene una cama muy chula también.—Es cómoda, ¿eh?—Sé que intentas avergonzarme, pero ya no está mi madre, así que sí, es comodísima para saltar y sus variantes sexuales.—Gracias por la información que me mantendrá despierto por las noches. —Pega un saltito cuando Manolo habla de la nada. ¿Estaba antes ahí? Peor, ¿Agoney lo sabía? Lo mata—. ¿Está la señora esa todavía aquí?—Si te refieres a mi madre, está duchándose.Pega un bufido. El moreno solo puede fijarse en lo mucho que se parecen en esos detalles tan adorables.—Espero que le quede poco aquí. Estoy seguro de que tiene muchos juicios a los que debería atender, en lugar de seguir aquí vigilando. ¡Como si yo no supiera cuidar a mi hijo!—¡Te recuerdo que dejaste que le dispararan! —Se escucha el grito de Susana desde la planta superior.—¡Como si tú pudieras haberlo evitado!Y a partir de ahí la casa se convierte en un intercambio de insultos. Agoney le roba un cereal a su novio.—Creo que mejor voy a cambiarme ya de ropa.—Por mi salud mental, por favor —implora, con ojos de cansancio.Se marcha antes de que al bombero le dé un síncope. Así al menos se calmarán un poco las cosas. Para cuando vuelve, ya listo para empezar su turno en media hora, padre e hijo comparten espacio sin ningún problema. La televisión está encendida y muestra los incendios que azotan España. En Murcia hay uno en la zona de la sierra que no han conseguido controlar.—Como no se pongan las pilas va a acabar fatal —comenta, dejando su bolsa sobre la encimera.—Tienen muy pocos efectivos, lo que no sé es cómo no piden refuerzos —masculla el mayor.—¿Vosotros no podéis ir? —pregunta el policía con curiosidad.—Raoul por supuesto que no —interviene Susana.El rubio pone los ojos en blanco.—Por última vez, no soy un crío pequeño, puedo trabajar como siempre.—Eso habrá que verlo.—En realidad en dos días me quitan los puntos... —Juguetea con sus propios dedos—. Eso significa que ya podría trabajar en el próximo turno.—Si tú te ves bien, a mí me parece genial, que siempre se necesita un par de manos extra. —Manolo le da un cariñoso apretón.La madre bufa y se marcha, murmurando insultos hacia su exmarido. Raoul lo mira a él en busca de apoyo, por lo que le besa los labios y aprieta sus hombros.» A lo que iba, Agoney. Los encargados de estos incendios son los bomberos forestales. En principio nosotros y ellos nos encargamos de situaciones distintas, pero podemos colaborar en incendios como estos. El problema es que se está descontrolando y no nos llaman.El policía asiente con educación, entendiendo por dónde van los tiros. Revisa su reloj y suspira.—Tengo que marcharme, entro en veinticinco minutos y tengo que pasarme por casa para ponerme el uniforme. ¿Te veo luego? —Acaricia la nuca de su chico con cuidado.—Me paso yo por tu casa. —Suena casi a amenaza, pero a él le parece bien.Raoul suspira cuando se ve solo con esos dos. El hecho de que lleven veinte años sin compartir espacio hace que cada pequeño conflicto se intensifique. Él no está preparado para eso, no cuando hace cinco meses vivía de forma independiente.También tenía planeado casarse, pero la vida da muchas vueltas.Se toquetea la herida mientras presta atención a la información que están dando sobre los incendios. Manolo observa cómo su mirada va directa hacia el fuego y resopla.—Escucha, tengo tratamiento hoy. ¿Te parece si después vamos a revisar esos puntos?Por cómo le brillan los ojos cuando asiente, podría haber sido un niño de diez años al que le prometen un helado de chocolate.A la salida del hospital, Manolo tiene que alejarse para responder una llamada de uno de sus jefes. Raoul se queda apoyado en el coche mientras lo ve hablar y moverse de un lado a otro, gesticulando demasiado. Es muy su estilo y le saca una sonrisa.Pero se borra en cuanto lo ve volver con la cara apagada y el gesto serio.—Sube al coche, que tengo que dejarte en casa.—¿Qué pasa? —Rodea el vehículo para sentarse en el lado del copiloto—. Oye, no me ignores, es mi trabajo también.—Han pedido refuerzos, como le explicaba a tu novio antes que podría pasar. Parte de los bomberos de ciudad nos vamos a la sierra a ayudar a apagar el incendio y a desalojar la zona. Hay un campamento por allí al que no consiguen llegar.—Voy contigo.—Raoul, tu madre...—Tengo veintisiete años, haz el favor de darme un poco de cancha. Mi madre no controla tanto mi vida.—Entre los dos me vais a llevar por la calle de la amargura. —Arranca el coche—. Pero puedes venir.—Genial. ¿Pasamos por la estación antes?Aitana es la primera en verlo entrar, y la que más celebra cuando se entera que va a colaborar en el incendio.—Todo el mundo a los camiones. El equipo al que le tocaba hoy seguirá con su turno hasta que esto esté solucionado. El resto de los equipos estamos convocados para trabajar en distintos puntos de la sierra, pero nuestra prioridad va a ser el salvamento. Los bomberos forestales están con los helicópteros ahora mismo.—Pues vamos allá. —Ricky ya está apoyado en el volante, con rostro relajado—. ¿El señorito está ya mejor de sus heridas?—Supuestamente ya no tengo puntos —pone una mueca—, así que no escatiméis, quiero colaborar.—Descuida, dudo que alguien aquí te trate como un niño de cristal. —Le da una palmada cuando se sienta a su lado.Cuando todo el equipo está dentro, salen con la sirena puesta para facilitar el transporte. Tienen que salir de Murcia y cruzar por varios pueblos hasta llegar a Algezares, donde el monte arde más que nunca. Es curioso, pues está rodeando el edificio blanco más importante de la zona, casi tanto como la catedral: el Santuario de la Fuensanta; sin llegar a quemarlo.—¿Sois los de la 122? —pregunta un hombre unos años mayor que Manolo, acercándose a ellos con el casco bajo el brazo.—Sí, señor. Soy el capitán, Manolo Vázquez.—Genial, Vázquez. ¿Ve lo que pasa allí? —Solo ve llamas, pero se obliga a asentir—. Tenían organizado un campamento de verano, quince días en pleno monte para reconectar o no sé qué mierdas. Bien, pues llevamos horas sin poder contactar con ellos. Nosotros somos pocos y estamos centrados en apagar la zona más cercana al Santuario. Queremos un par con mi grupo y que el resto se encargue de salvamento.—Podemos hacerlo. —Se gira hacia su grupo—. Os venís todos conmigo. Juan Antonio, Raoul, vosotros os quedáis.—¿Por qué yo? —protesta al instante.—El principal motivo es porque lo digo yo, que para algo soy tu jefe. El secundario es que no quiero que tu vuelta al trabajo sea con algo tan gordo como meterte de lleno en el incendio. Quedas al mando del capitán de los forestales.Abre la boca para volver a quejarse, pero Manolo vuelve a girarse, sin darle ningún margen a quejas. El otro damnificado por su decisión le da una palmadita en la espalda, en un intento algo pobre de animarlo.—Venga, seguro que nos entretenemos. Algo habrá que hacer.—Sí —gruñe—, pero nada tan interesante como lo suyo.—Vázquez, Cortés. —Se vuelven hacia el hombre con el que antes hablaba el capitán—. Ya me ha informado vuestro jefe que os quedáis aquí. Perfecto, porque necesitamos unas cuantas manos extras para limpiar el monte de vegetación, ¿de acuerdo? Así evitamos que se expanda a los árboles más cercanos. Arriba se están encargando de apagarlo, pero lleva su tiempo y el viento es fuerte para ser junio.Raoul se muerde el interior de la mejilla tras escucharlo, pero solo asiente mientras él está delante. En cuanto se marcha para mandar a alguien más hacer otra cosa, se cruza de brazos hacia su amigo.—Así que... vamos a entretenernos, ¿no?—No será para tanto.—Vamos a hacer trabajo de campo, literalmente hablando —masculla—. ¿Cómo no va a ser para tanto? Tengo más posibilidades de que se reabra mi herida haciendo esfuerzos de ese tipo que salvando vidas de ese campamento.El gitano pone una mueca, incapaz de contradecirle eso. Pero el resto del equipo ya se ha marchado junto a un par de paramédicos, así que no hay nada que puedan hacer, salvo obedecer.La siguiente vez que lo ven, ya con azadas en las manos, el capitán de los forestales les presenta a un par de bomberos de su zona: Buck y Mateo, con los que trabajarán.Mientras estos comienzan en su pequeña aventura eliminando vegetación, Manolo y el resto del equipo suben en un coche de ruedas anchas hacia la zona en la que debería estar montado el campamento. Esquivan todo lo posible el fuego, pero a veces tienen que sofocarlo lo suficiente para poder salir de allí sin quemarse.—Necesitamos estar enfocados en esto, ¿de acuerdo? Tenemos los nombres apuntados, así que iremos gritándolos por si alguien nos escucha. Una vez lleguemos a la zona afectada, nos separaremos en grupos para ampliar la búsqueda.—¿Y si encontramos a alguno y necesita asistencia médica?—Para eso me tenéis a mí. —Se giran hacia Enriqueta, la paramédica del otro equipo—. Estaba pensando en quedarme junto al jeep por si alguien aparece y necesitan asistencia médica inmediata.—En realidad, podría venir con nosotros —propone Ricky—. Sería de mucha ayuda si nos encontramos con una emergencia inmediata, pero de verdad.La mujer, de piel oscura, sopesa sus opciones mientras Manolo conduce, sin dar su opinión. De vez en cuando, los bomberos van gritando los nombres de los monitores y de parte de los niños, esperando una contestación.—¡Esperad, ahí! —chilla Aitana, llamando la atención de todos—. Ahí, junto al río ese pequeñito. Eso es una persona.—Joder. —Pisa el freno con fuerza—. Ocaña, Merino, vais vosotros. Vamos a dejar aquí el coche y vamos a ir avanzando de dos en dos. Rodríguez, tú conmigo, vamos en dirección contraria. Si el niño está aquí, el resto no puede estar lejos. Enriqueta...—Voy con vosotros. —Pone un pie fuera del vehículo antes de que siga hablando—. Primero me aseguraré de que ese niño esté bien, pero entonces quiero seguir ayudando.—Está bien. —Suspira—. Vamos allá, supongo.Aitana es la primera en llegar junto al niño. Le sale el alivio por todos los poros de su cuerpo cuando comprueba que no está inconsciente, sino solo agazapado.—Mis papás me enseñaron que me tumbara para no oler el humo si estaba en un incendio —explica ante la pregunta de Ricky.—Tus padres son muy sabios. —Besa su frente en un ataque de nervios, llevándose una mirada divertida del conductor del camión—. Ven con nosotros, vamos a ponerte a salvo.Se deja llevar hasta donde sigue aparcado el coche. Enriqueta los observa con algo de tranquilidad.—Parece que está bien —comenta Ricky—, pero es mejor que alguien lo saque de aquí.—Puedo bajarlo yo, pero tardaré un poco en volver. —Miriam levanta la mano.Manolo agita la cabeza y se agacha hasta quedar a la altura del niño.—Esto es importante, ¿sabes dónde están tus amigos y tus monitores?Su mirada se ensombrece.—Esos no son mis amigos. No les gusto y ellos tampoco me gustan a mí. Ni siquiera sé qué hago aquí, odio los campamentos.Genial, era justo lo que les faltaba.—Vale, los odias, lo pillamos. —Aitana se inclina también—. Pero ¿sabes dónde están?Se encoge de hombros.—En cuanto escuché gritos, corrí a esconderme junto al río. Que ni siquiera tiene agua, así que ha sido inútil al final.Manolo coge mucho aire y mira en todas direcciones. No se ve ni un alma en la zona en la que antes había un grupo completo de niños que jugaban y se divertían.—Bien, Miriam, llévatelo. Nosotros intentaremos encontrar a más gente. Buscaremos en alguna cueva o sitio donde se hayan podido resguardar por parejas. Tenemos todos la radio, ¿verdad? —Asienten, mostrándola—. Perfecto, pues ya sabéis. Vosotros id en dirección al río. Enriqueta y yo cogeremos el camino contrario, por si encontramos a alguien en el campamento. Miriam...—Lo sé, me lo llevo y vuelvo. ¿Necesitaremos algún refuerzo para sacarlos de aquí, si son muchos?—Si pidieras un helicóptero de rescate, no te lo reprocharía.La gallega hace un gesto casi militar antes de subir al coche con el niño y ponerse en marcha en sentido contrario. El equipo la observa hasta que solo es un punto, cuando ya no pueden retrasar más el momento de separarse para trabajar.Con numerosos gritos para llamar la atención de los monitores, se van alejando del punto central de encuentro. Ricky y Aitana siguen el río prácticamente inexistente en búsqueda de gente escondida allí para evitar el fuego.Tienen suerte cuando ya han caminado más de diez minutos. Una mujer con la cara y la ropa chamuscadas sale ante sus gritos alzando las manos para llamar su atención. Comparten una mirada antes de correr hacia ella.—¡Aquí! ¡Joder, aquí! —La escuchan llorar antes incluso de llegar a su lado—. Llevamos días sin poder movernos, es imposible sin quemarnos.Ricky está a punto de preguntar de cuántos están hablando, pero se responde él solo. El hueco que la mujer escondía tras su cuerpo revela una cueva bastante grande, donde muchos niños y otro adulto los miran con esperanza.—Tenemos una compañera preparando un helicóptero de rescate, pero de momento tenemos que sacarlos a todos de aquí —explica Aitana.—No podemos... Algunos han perdido sus zapatos con las prisas de salir corriendo y está todo demasiado ardiendo para salir de aquí. Yo misma tengo la ropa ardiendo por salir a por uno de los míos.—Dejadnos ayudar. De aquí no nos vamos sin todo el grupo.Se ponen manos a la obra sin pensarlo mucho más. Entre los cuatro adultos, consiguen trasladar a todos los niños. Les lleva más de una hora poner a todo el mundo a salvo, pero cuando llegan a la mitad Miriam está allí para ayudar y enviar a todos los niños a la base de operaciones donde hay más ambulancias listas para atenderlos a todos.—Este es el último.Es el más pequeño, tiene la cara manchada de tierra y los ojos cristalizados. Se había negado a marcharse sin un peluche, pero la fuerza de un hombre de treinta años supera la del crío de seis.—¿Vamos, pequeño? —Aitana hace amago de darle la mano, pero el niño gruñe y se aleja—. ¿Qué te ocurre?—Que no me voy sin Lucifer.La morena pestañea y busca una explicación en su monitor.—Tiene un mono de peluche. Lo perdió cuando salimos corriendo y ahora, cada vez que intento explicarle que estará quemado por el incendio, se pone a...—¡Lalalalala! —El niño se pone los dedos en las orejas—. ¡Calla chucho, que no te escucho!—Se pone a hacer justo eso —masculla, señalándolo—. Miren, he visto casos como estos. Se le pasará en unos días, no merece la pena preocuparse mucho más.Pero Aitana se muerde el labio con fuerza. Ricky suspira, pues la va conociendo.—Dime que no vas a hacer una tontería.—No pierdo nada por buscar ese peluche.—Aitana, está su campamento ardiendo. No hay peluche —le tapa los oídos al niño—, por mucho que nos joda, así que vamos a sacar a todo el mundo y vamos a buscar al capitán para acabar con esto y poder ayudar en otra cosa.—Déjame un rato. Reviso toda la zona del campamento y nos vamos.El conductor del camión de bomberos entrecierra los ojos. En el fondo, sabe que no tiene mucha opción más que dejarla ser.—Pero te acompaño, no quiero que vayas sola en medio de las llamas.Escuchan el helicóptero lanzando agua a su alrededor, así que lo observan, mientras Miriam los mira a ellos con mala cara.—¿Nos vamos?—Ve adelantándote tú. Vamos a buscar el puñetero juguete.—¡Ha dicho una palabrota! —Lo señala el niño.—Sí, pero no te quejarás tanto si te encuentro a Lucifer, ¿a que no? —Este niega, algo pálido—. Pues vete con mi compañera y ya veremos qué podemos hacer.Ricky la observa como si se hubiera vuelto loca, una vez comienza a caminar hacia el campamento en llamas. Se pone la máscara antes de llegar, permitiéndose respirar. Tras esbozar un resoplido, se dirige hacia ella.—Aitana, ¿tú estás segura de esto?—No estoy segura de nada, pero tenemos que intentarlo. Puede suponer una diferencia con un niño que se ve muy tímido.—Vale, pero cuando se lleve la hostia se lo vas a explicar tú.La bombera le saca el dedo corazón, mientras fija su vista en el suelo. Distingue a lo lejos varias telas, que en su momento debieron ser parte de las tiendas de campaña. Se le eriza la piel mientras se acerca a ellas y las agita para librarlas de las llamas.Pero el peluche no aparece por ninguna parte.Hay prendas de ropa que no puede salvar ni tocar, incluso llevando puesto el traje, así que con bastantes zonas del campamento se rinde antes de empezar.Entonces, como si de una aparición se tratara, descubre lo que en su momento fue el círculo en el que se hacían las hogueras por la noche. Esa zona también arde, por exceso de zarzas y por los troncos que se usaban para que los niños y sus monitores se sentaran.Pero la aparición no tiene que ver con eso, sino con el peluche chamuscado que descansa junto a uno de los troncos. Se le va todo el aire del cuerpo cuando corre hasta él.Aprovecha su traje y el suelo seco para intentar cortar el fuego que está destrozando el peluche.—Si es que te lo dije —masculla Ricky, tambaleándose hacia allí—. Trae aquí.Aitana le deja el peluche con el ceño fruncido. Pero el bombero la sorprende, una vez más, pues saca una botella de agua de uno de los bolsillos interiores y empapa el peluche. Deja de arder al instante.—Joder. —Recupera el aire—. Lo tenemos.—Sí, si le gustan los monos de peluche con media oreja quemada. Pero algo es algo, ¿no?—Algo es algo, sí. Deberíamos marcharnos, que sin los helicópteros cerca...—Sí, mejor salvar la vida ahora.No les sorprende demasiado encontrar el vehículo que conduce Miriam en el lugar donde los dejó. La gallega los observa con la cabeza fuera de la ventanilla, con una sonrisa orgullosa.—Anda, entrad, que me tenéis contenta.Consiguen respirar una vez tienen las puertas cerradas y su compañera los lleva a un lugar seguro. Es una pequeña victoria, traerle el peluche al niño y saber que todo el campamento está bien.Eso sí, cuando se encuentran con Raoul y Juan Antonio en la zona utilizada por emergencias, se dan cuenta de que faltan dos de los que fueron. Manolo aún no ha vuelto, ni tampoco la paramédica que iba con él.Media hora antes, el capitán de la 122 avanza con cuidado, a grandes zancadas, por toda la zona. Enriqueta resopla mientras intenta con todas sus fuerzas alcanzar su paso. Es imposible, pero al menos lo intenta.De vez en cuando gritan los nombres de los monitores y comprueban que nadie les avise de nada por la radio. Así que, o se ha roto por el calor, o el resto aún no ha encontrado nada.—Espera. —Se detiene de golpe, haciendo que la paramédica se golpee contra su espalda—. ¿Has escuchado eso?La morena alza una ceja, pero agudiza el oído con paciencia, deseando encontrar a alguien y que todo merezca la pena. Pero ella lo máximo que consigue escuchar son las llamas crepitando a su alrededor. Le pone la piel de gallina estar en esa situación.—No escucho nada. ¿Qué escuchabas tú?—Un ¡ayuda! muy flojito. Como si estuviera lejos... ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?Mantienen el silencio unos segundos, pero no se escucha ni un alma.—Es posible que te estés sugestionando porque llevamos un buen rato sin tener resultados —explica, en un intento algo inútil por animarlo.—No, yo no invento sonidos. Alguien ha gritado.Enriqueta suspira y asiente. Por lo poco que sabe de Manolo, está caracterizado por no darse por vencido, así que no sirve de nada llevarle la contrario. Cuando ve al capitán adentrarse por una zona donde las llamas cubren los árboles, se plantea si no debería haber seguido a la chavala del flequillo en vez de al mayor del grupo.—Espera, tampoco es cuestión de dejarte solo. —Llega a su altura con rapidez—. ¿Qué quieres hacer algo?—Por allí hay unas cuevas pequeñas. Son varias, cada cual más alta que la anterior, pero si conseguimos llegar...—Podría no haber nadie y quedarnos encerrados por las llamas. Esto se está descontrolando, capitán. —Señala a su alrededor con un dedo.—Tenemos que hacer un esfuerzo. —Se quita la mochila para sacar una máscara—. Toma, esto debería darte oxígeno unas cuantas horas. Y puedes marcharte si lo prefieres, no me gustaría que te pasara algo por mi culpa.Enriqueta observa la máscara en manos del bombero, antes de agarrarla y pedirle que le ayude a ponérsela. No va a abandonarlo a su suerte, no cuando podría haber alguien tan encerrado como ellos. En fin, si tiene que morir, al menos será ayudando a alguien.Avanzan por la cuesta en llamas, descansando cada vez que la fatiga los gana. Y acaban llegando a la primera.—¿Hola? —vuelve a preguntar Manolo, alzando la voz—. Si hay alguien, es un buen momento para avisar.Nada, completo silencio, al menos por parte de la paramédica. Porque el capitán de los bomberos se yergue como si fuera una escoba, con los ojos muy abiertos.—¿Pasa algo?—Aquí no, es en otra cueva. —Y sigue caminando, sin aceptar ni una excusa.Porque ella no ha escuchado absolutamente nada, y es más joven que él.Menos mal que con su equipo tiene que practicar el arte de la paciencia todos los días, porque es increíble lo acostumbrada que está.—¡Es en esta! ¡Los gritos vienen de esta! —Pega saltitos como un crío, señalando la que tiene enfrente.Enriqueta trata de escuchar, pero solo escucha ramas partiéndose por el fuego, que sigue avanzando hacia ellos. Si siguen así, no van a salir de ahí de pie.—Yo no escucho nada, Manolo. —Se encoge de hombros.—Que sí, mujer, que está por aquí.Bueno, empieza a sonar un poco a loco, pero aun así toma aire de la máscara y lo sigue hasta el interior de la cueva. A pesar de tener una entrada bastante pequeña, una vez dentro se va expandiendo y pueden caminar bien lejos uno del otro.—Aquí no hay nadie. —Y su voz reverbera por la cueva, escuchándose ecos durante quince segundos.—Es muy raro, porque te juro que yo escuché...—A lo mejor escuchaste tu propio eco —masculla, poniendo los brazos en jarras— y estamos aquí jugándonos la vida por un eco.—Sonaba infantil, Enriqueta —dice con seriedad.La mujer alza las manos y sigue recorriendo la cueva. A estas alturas están tan lejos que sería imposible escuchar a alguien que estuviera fuera o viceversa. Cada vez tiene más claro que el hombre ha escuchado mal. Quizá tantas horas ante el calor de las llamas le han fundido un par de neuronas, o le han vuelto sensible a sonidos que solo él escucha.Sea como sea, se le eriza la piel cuando escucha un estruendo. Se gira de golpe, a la vez que Manolo. La luz de las llamas, que iluminaba el interior, ahora ha desaparecido.Corren hacia la entrada de la cueva, ahora tapada casi en su totalidad por unas cuantas rocas.—Tiene que ser una cámara oculta de esas.—Parece que no. —Trata de empujar, hasta que la fatiga gana la batalla—. Estamos atrapados.Enriqueta se aleja de él con las manos en las caderas. Está a unos segundos de arrancarle la cabeza a alguien, en concreto al único que tiene a mano. Es lo que le pasa por hacer caso a señores que escuchan cosas inexistentes.» Pero podemos pensar en positivo. —Se quita la chaqueta del traje de bombero—. Aquí no se respira mal.—Estamos atrapados aquí y poco a poco el oxígeno irá disminuyendo —recita, dando vueltas en una línea que se acaba de inventar—. Todo porque oyes voces. Así que no voy a pensar en positivo.Manolo se quita también la camiseta térmica y, una vez sin camiseta de tirantes, la coloca en la única abertura que dan las rocas, su único portal al exterior.—Alguien verá la camiseta —asegura, una vez comprueba que está bien colocada—. Y entonces nos rescatará.—¿Será antes o después de morir asfixiados?Prefiere no contestar esa pregunta. Ni quiere tenerla cabreada ni mucho menos sabe si es buena idea hacer promesas que no sabe si se cumplirán.En su lugar, se sienta en la cueva, con la espalda apoyada en lo que podría constituir la pared. Tras unos segundos fulminándolo con la mirada (y acabando con su vida, si se pudiera), Enriqueta lo sigue.Se hace la noche, con ellos cada vez más nerviosos por la falta de oxígeno. Las máscaras no han durado tanto como esperaban y no pueden mantener la calma como las personas adultas que son.En la parte inferior del monte, donde están todos los servicios de emergencia trabajando, el capitán de los forestales da órdenes a diestro y siniestro, con Ricky a su lado. A falta de Manolo, se está encargando de que todo vaya bien, a pesar de que tiene a casi todo su equipo con él.Raoul avanza apartando a todo el mundo hasta plantarse frente a su compañero. Se dedican un ceño fruncido con la misma intensidad.—¿Cuándo piensas hacer algo?—Estoy haciendo algo. —Le muestra la radio en su mano—. Una llamada cada minuto. Y cada minuto, nadie me contesta.—La radio se habrá estropeado por el calor o porque se habrá quemado. Tenemos que salir a por ellos.—Es de noche —dice, como si eso lo explicara todo.—¡Por eso mismo! —Mueve los brazos con fuerza—. No podemos dejar a mi padre ahí fuera toda la noche.—Es peligroso para cualquier equipo de rescate hacer las cosas por la noche. Por eso, esperaremos a la mañana. Si no han vuelto, yo mismo lideraré el equipo.—Para cuando lo hagas, podría estar muerto, joder. —Se le cristaliza la mirada, pero Ricky no cede, al menos en apariencia—. Es mi padre, tienes que entenderlo.—Sí, yo también protegería a mi padre de todo, pero no a costa de la vida de otra gente.—¡Mándame a mí!A un lado, Aitana pone los ojos en blanco al escucharlo. El que está al mando está a punto de hacerlo, pero a él lo puede ver y tampoco le apetece un puñetazo. Los chicos del equipo de forestales, entre los que se encuentra el tal Buck, sueltan una carcajada al ver las caras de todos.—Entonces tu padre me mata. Acabas de salir de una operación, no voy a arriesgar tu vida y luego la mía porque te salga de los huevos.—La operación fue hace tanto tiempo que me aburres con tus excusas. Ya ni siquiera tengo puntos, estoy bien.—He dicho que no. —Se inclina hacia él, haciendo que su frente se arrugue todavía más—. Así que vete a descansar, que mañana seguiremos apagando el incendio y ya iremos a buscarlos.Raoul se muerde el interior de la mejilla con fuerza. No se puede creer que le esté haciendo esto. Está a punto de sacar a Kibo, o cualquiera que podría importarle al hombre de hielo, pero una mirada de Miriam le indica que mejor mantenga la boca cerrada, que estará más guapo.Se marcha con las mismas zancadas con las que empezó su camino. No tarda en sentarse en una zona tranquila, donde no queda ya nadie. Se cruza de brazos y se queda ahí hasta que alguien requiera sus servicios. Tampoco cree poder dormir sin saber dónde está su padre.Le pican los dedos de ganas de llamar a Agoney para que le relaje, pero no quiere pelear con él, porque él será de la misma opinión que Ricky.—Escucha. —Se salta un latido al ver aparecer a su lado a Buck, el bombero con el que ha estado toda la tarde. Han charlado sobre sus trabajos y comparado las diferentes situaciones que han tenido que vivir, se han reído y han discutido sobre cuál de los trabajos es más importantes—. Yo también quiero que Enriqueta salga viva de esta.—Ya. —Alza una ceja—. ¿Y qué se te ocurre a ti? Porque no nos van a dejar salir solos, vamos a ser como los críos de emergencias.La sonrisa de Buck se amplía.—Resulta que sí tengo un plan. ¿Te apuntas?—¿De qué se trata?—Tengo esto. —Menea unas llaves frente a su nariz.—¿Son de uno de los camiones? —Ladea la cabeza.—Exacto. Lo sacamos despacio y nos ponemos en marcha. Los helicópteros están empezando a funcionar y cada vez hay menos fuego, así que podremos avanzar.—Nos van a pillar y nos van a matar.—Pero quieres buscar a tu padre, ¿verdad?—Verdad —admite a regañadientes—, pero si sale mal...—No tiene por qué salir mal. —Hace un gesto con la mano—. Es más, si nos lo montamos bien, solo se enterarán cuando tengamos ya a nuestros jefes a salvo.Raoul se muerde el labio. Suena tentador. No quiere pasar la noche mirando las estrellas y a los helicópteros trabajar mientras su padre está atrapado en alguna parte. Demasiado ha dado por él para ahora abandonarlo a su suerte.—Está bien. —Asiente con determinación—. Pero vamos ya, que no quiero que venga Ricky a buscarme.La sonrisa de Buck se ilumina cuando hace un gesto para que lo siga.Raoul va directo a uno de los camiones de los forestales, el que ha visto usar a los compañeros de su nuevo amigo. Pero este chasquea la lengua y niega con la cabeza.—Sigue avanzando, todavía queda un poquito.—¿No cogemos tu camión?—¿Estás de coña? Mi capitán me mata si le hago un simple arañazo. —Mueve las llaves hasta llegar al número 122—. Vamos a usar el vuestro.—No te jode —farfulla al verlo apoyarse con sorna en él—, así cualquiera.—Venga, vamos...Hace amago de abrir la puerta del conductor, pero una linterna los ilumina de golpe, sin avisar.—A ver, tonto número 1 y tonto número 2, ¿de verdad pensabais hacer esto y esperar que no me enterara?Se tapa con una mano para poder distinguir a Ricky. De verdad, a veces es un grano en el culo, lo siente mucho por Agoney.—Está claro que no conoces a Buck. —Por otro lado, aparecen compañeros del nombrado, que sonríe, dedicándole un saludo alegre al recién llegado.—¿Qué pensabais? ¿Escaparos en mitad de la noche para salvar a Manolo?—¿Sí? —Traga saliva.Ricky suspira y mira a Miriam, antes de que esta se encoja de hombros.—Vamos con vosotros, pero conduzco yo. —Le arrebata las llaves antes de que puedan quejarse—. Estás tú que os dejo mi pequeño con las pocas neuronas que juntáis entre los dos.Buck protesta, pero el rubio sabe que no hay nada que hacer. Además, es mejor tenerlo de su lado. Se sienta en el lado del copiloto y espera a llevar varios minutos arrancados para pronunciar palabra.—Tú también estás preocupado, ¿no?—Mira, es raro que no conteste y yo no voy a poder dormir así. —Le echa un vistazo de reojo y bufa—. Pero no te creas que te voy a hacer caso muchas más veces, ¿eh?—Me vale con que lo hagas ahora. Gracias.—Sí, lo que sea.Pero Raoul sonríe. En el fondo le tiene cariño, y se lo piensa sacar a él o a Agoney.Dejan el camión en pleno campamento y bajan todos con las linternas encendidas. El fuego ha acabado tras la actuación de los helicópteros, así que pueden avanzar con cuidado.—¿Cómo se supone que vamos a encontrarlos? —pregunta Aitana.—No lo sé, pero se hace el esfuerzo. Manolo ha hecho todo por nosotros.Asienten y se ponen a ello. Raoul comienza a subir una cuesta que lleva a varias cuevas. Las va revisando todas, pero las más altas están rodeadas de rocas. Está a punto de marcharse sin haber obtenido ningún resultado, pero algo es más claro que el resto.Sin escuchar lo que le dicen el resto de sus compañeros, se acerca para ver de qué se trata. Tiene que trepar entre varias rocas hasta encontrarse a distancia prudencial. Se le eriza la piel al comprobar que se trata de una camiseta blanca, posiblemente de tirantes.Tiene que haber sido su padre.Empieza a dar voces hasta convencer al resto de que merece la pena comprobar si están allí. Una vez allí, se ponen manos a la obra: tienen que retirar las rocas.Intentan gritar sus nombres, pero nunca obtienen respuesta, así que siguen trabajando. El primer grito ajeno lo suelta Miriam, que es la que descubre los dos cuerpos tumbados. Se apresuran a quitar las rocas necesarias para poder entrar.Raoul es el primero en saltar al interior, mientras el resto tratan de hacerlo más accesible.—Papá, papá, escucha, mírame. —Le da un par de bofetadas flojas. Al ver sus ojos entrecerrados, suspira—. Sí, muy bien, me tienes que mirar, porque si no te voy a perder y por ahí yo no paso, ¿me escuchas?—Eso creo —musita.—Bien, ¡está despierto, chicos! ¡Hay que sacarlos de aquí!Sus compañeros se encargan de Enriqueta, que también reacciona rápido. Entre todos los sacan y vuelven al camión de bomberos en completo silencio.Para cuando Manolo despierta, está en la zona de emergencias habilitada para los que han tragado humo o, como es su caso, se han quedado sin oxígeno. Cruzar una mirada con Mamen lo sorprende.—¿Sigo teniendo alucinaciones?La paramédica alza una ceja.—No sé de qué me hablas, pero soy muy real. He vuelto en cuanto he podido de mi descanso, quería ayudar. ¿Estás bien?—Mejor de lo que parece —resopla—. ¿Encontraron a los niños?—Aitana y Ricky, según tengo entendido. —Asiente—. ¿Todo bien? ¿Has tenido alucinaciones?—Escuché la voz de un niño, incluso cuando ya estábamos dentro de la cueva. —Suspira, rascándose la cara—. Está claro que tragué mucho humo.—Puede ser, mejor te dejo descansar.—¿Mi hijo está bien?Mamen sonríe con ternura, algo que no entiende en un primer momento.—Raoul lleva desde ayer por la noche exactamente igual. Padre e hijo, está claro. Y él está perfecto, solo un poco cansado.Sonríe con alivio y la deja marcharse.A las afueras de la tienda de campaña gigante que han montado, Raoul respira aire puro, a la espera de poder pasar a ver a su padre. Pero antes descubre un coche de policía aparcando con un derrape junto a un camión de bomberos.Agoney lo mira con cara de susto antes incluso de bajar del coche. Recibe un abrazo fuerte que casi lo tira de su sitio.—Joder, Ra. —Mete la nariz en su cuello—. ¿Cómo se te ocurre no avisar de nada?—Pasó todo muy rápido y quería ayudar...El policía se separa tan rápido como lo abrazó y lo escanea, manteniendo la sujeción en sus hombros hasta comprobar que no tiene ninguna herida visible.—¿Estás bien?—Dale las gracias a mi padre y a Ricky, que no me han dejado hacer nada. ¡No sonrías así! —Le pega un manotazo en el pecho—. Es Manolo el que me preocupa, ha estado encerrado en una cueva.—Pero ¿tragó humo?—Que yo sepa no, pero estaba tan atrapado que el oxígeno le faltaba.—Joder, todos los Vázquez tenéis una vista especial para estar a punto de morir.—Y que lo digas. —Echa un vistazo hacia atrás—. Voy a ir a visitarlo, ¿me acompañas?—Claro, ya tengo un pase de visitaros.—Deja la bromita ya... —advierte, entrecerrando los ojos.Se lleva un beso en la frente y un abrazo que le hace sentir en casa. Sí, ahí con él siente como si todo estuviera bien. Al fin.
----- CHAPTER BREAK -----
Murcia, más de cuatro meses después...Raoul presiona el timbre con fuerza, tantas veces que parece que quiere cargárselo. Es Juan Antonio el que abre, con su mirada brillando desde el momento en que le ve.—¡Al fin! —exclama, con la vista fija en la bolsa que lleva en la mano. El rubio pasa por su lado sin hacerle mucho caso—. ¿Has comprado Cheetos de queso?Pone una mueca. Bueno, sabía que se le olvidaba algo. Misterio resuelto.—No, no he comprado Cheetos.—¿Por qué no? —El moreno comienza a seguirlo por la casa.A mano izquierda, en lo que es el salón, Aitana y Miriam juegan a un videojuego prestado por el dueño de la casa. No saludan ni le prestan la menor atención cuando pasa por su lado.—Porque mi novio se ha esforzado por preparar un montón de comida para picar sana para que podamos pasar un rato todos juntos y no voy a arruinar eso... con Cheetos de queso.Deja la bolsa sobre la encimera mientras su chico le echa un vistazo, con curiosidad. Agoney lleva un buen rato tras los fogones echándole vistazos mientras avanzaba, pero no tarda ni dos segundos en darse cuenta de la cara de mala hostia que trae.» Además, se me han olvidado. —Abre el frigorífico para sacar algo para beber, pues lo único que hay en la mesa son cervezas.El policía le hace un chasquido con la lengua, llamando su atención. Se toquetea los labios hasta que el rubio se acerca para refugiarse en un beso suave.—Dime que al menos has traído el zumo de naranja que te pedí.—Eso sí lo he comprado. —Sonríe con satisfacción, señalando la bolsa.—¿Compras zumo de naranja, pero no Cheetos de queso? —vuelve a insistir Juan Antonio.—Dame paciencia —implora a su chico, que le acaricia la mejilla antes de dejarlo marchar—. Sí, Juanan, eso es exactamente lo que he hecho. Ya lo siento.—Te noto un poco mosqueado —comenta Agoney, una vez ha traído la primera ronda de comida a la mesa donde las chicas siguen jugando con su videojuego.—¿Tanto se nota? —Le roba un par de frutos secos, mordisqueándolos con furia.—Yo lo he notado, y estoy segura de no haberte mirado desde que has entrado por la puerta —comenta Aitana.—¡Yo he notado que ella lo ha notado! —Miriam suelta una carcajada con el siguiente sonido que emite la pantalla—. ¡Vamos, he ganado! Chúpate esa, chavala.—Ha sido cuestión de suerte —farfulla la del flequillo, dejando el mando a un lado—. Cuéntanos, Raoul Vázquez, ¿qué te molesta en este bonito día de otoño?El rubio no tarda en coger sitio frente a ellas, y su novio apretarle unos hombros que están bastante tensos.—Todo es culpa de los señores que me dieron los apellidos. —Mastica con fuerza.—¿Ya se están peleando tus padres otra vez? —pregunta Agoney, sentándose a su lado en el sofá.Han pasado casi cinco meses desde que su madre volvió a irrumpir en sus vidas. Todo el mundo pensaba que se marcharía en cuanto Raoul ya no tuviera puntos, pero ha acabado sorprendiéndolos (para mal, según a quién preguntes) y se ha quedado de forma indefinida en la habitación de invitados de su casa.No es que él se queje, porque ella siempre ha sido uno de sus modelos a seguir, y la única que de verdad estuvo durante su infancia, y la que consiguió sacarlo de su adicción en primer lugar. Le debe mucho, pero el problema es que sus padres juntos se convierten en algo para lo que no está preparado. Después de haberlos visto discutir sobre quién puede usar las cremas antiarrugas de Manolo, estaba preparado para lo que sea.Hasta que un día, su novio tuvo un turno nocturno extra y nadie sabía que él volvería a casa para dormir.Su idea esa noche era no hacer ningún ruido para no despertar a nadie, deslizarse en su habitación y aparecer mañana a desayunar explicando el cambio de planes. Pero los planes se los cambiaron a él cuando, al pasar por la habitación de su padre para llegar a la suya, empezó a escuchar gemidos.Por un momento, se detuvo, creyendo haber escuchado mal. Luego creyó que se habría llevado a alguien a casa aprovechando que él no estaba. Pero escuchó su voz y no le quedaron muchas dudas.—¡Oh, Dios, Manolo! —Si explica cómo se le revuelve el estómago en ese momento, más de uno vomitaría—. ¡Me encanta, por Dios, sigue!Esa es la voz de su madre, sin duda. Para evitar malos momentos, prefiere no mencionar qué le dijo Manolo a Susana justo después, pero le hizo correr y refugiarse en su cuarto, con la almohada en la cabeza como cuando tenía siete años y sus padres peleaban.Un hijo no tendría que saber y escuchar esas cosas, menos de sus padres divorciados.En otro lugar de la ciudad...—Ups... —Se separan al acabar—. Parece que lo hemos vuelto a hacer.—Se siente mejor que pelear, ¿no? —Le quita un mechón sudado de la frente.—Un poco. —Manolo sonríe—. Podría acostumbrarme, ¿sabes?Susana le devuelve la sonrisa un poco más forzada y se separa para ir al baño. Su exmarido se queda mirándola desde la cama, con pestañeos largos y confusos.—Mejor no nos acostumbremos. ¿Raoul había salido?—Sí, ha quedado con sus amigos en casa de Ago, así que lo más probable es que no le vea la cara hasta el turno de mañana. Pero deberíamos tener un poco de cuidado, cualquier día...—Lo tenemos, pocas veces lo hacemos con él en casa.—Esas veces tampoco escatimamos en gritos. —Alza una ceja.—¿Y de quién será la culpa?Manolo entrecierra los ojos y coge mucho aire. Tampoco es cuestión de pelearse de buena mañana por eso, ¿no? Es mejor hacerlo por otras cosas mucho más importantes.—¡Aléjate de mis cremas! —grita a la nada. Que Susana esté en su baño tanto rato solo puede significar una cosa.—Ni siquiera puedes saber si te las estoy tocando, estás obsesionado.—¡No necesito verlo para saber lo que haces!La mujer rubia pone los ojos en blanco y deja la crema en su sitio. Vuelve a la cama como Dios la trajo al mundo, sin el complejo que le otorga que Manolo ya la conozca desnuda. Se sonríen cuando esta se tumba de nuevo en la cama, un beso lleva a otro y...—¿Ellos saben que tú lo sabes? —pregunta Aitana, sin dejar de picotear en la bandeja del queso.—Creo que no. No me apetecía anunciarme. El problema es que están ahí ahora, me lo imagino y... —Tiene un escalofrío—. Mejor vamos a hablar de otra cosa.—Eso, que yo pensaba que tu padre estaba con esa mujer... ¿Catalina se llamaba? —Juan Antonio entrecierra los ojos, tratando de recordar.—La vi un día en nuestra casa. —Se encoge de hombros—. Pero luego desapareció, así que supongo que lo dejaron y no me avisó.—¿No te molesta que no te cuente las cosas?—Si no fuera por el disparo, a saber cuándo se habría enterado de lo mío con Ago. —Lo señala, haciéndolo alzar las cejas—. Tenemos una tregua no escrita de no hablar de cosas personales, nos va bien.—Los Vázquez, tan abiertos para unas cosas y tan desastres para otras. —Aitana se lleva un golpe—. Enfádate todo lo que quieras, rey, pero tenéis la responsabilidad emocional un poco perdida. Los tres.—Pues mi madre no es Vázquez —farfulla.—Como si lo fuera.—¿Dejamos ya el tema de nuestro capitán? Por mucho cariño que le tenga, hablar sobre con quien se acuesta no está dentro de lo que me apetece hacer en nuestro descanso.—Amén. ¿Dónde está Ricky, por cierto? —Miriam se gira hacia Agoney, que ya tiene un hombro encogido.—No sé si llegará. Tenía terapia después de una comida con sus suegros, así que puede que se le haga tarde o no haya sido una buena sesión y prefiera volver a casa. No me preocupa, ya lo celebramos el otro día con unas cervezas.—¿Entonces Nerea tampoco vendrá?—No son una extensión una del otro, Aitana. —Su sonrisa se vuelve felina—. Pero si te apetece verla, podrías invitarla tú misma, seguro que le pone más ganas a aparecer por aquí.La bombera balbucea algo sin mucho sentido, mientras sus mejillas se convierten en bolas de fuego. Aprovecha que sigue quedando comida para llenarse la boca con el picoteo preparado por el anfitrión. De forma tácita, deciden cambiar de nuevo el tema de conversación, en un intento por no incomodarla en algo que es obvio con lo que no se siente cómoda.Vuelven al motivo de celebración, a brindar porque Agoney, en su primer intento, está a punto de recibir su cargo de inspector.Unos días después, en el siguiente turno del equipo, Kibo recibe una llamada del 112.—112, ¿en qué puedo ayudarle?—¡Se acaba de escapar!—A ver, señor, cálmese un momento, que no lo entiendo. ¿Qué se está escapando?—¡El tanque del museo nacional! ¡Se lo ha llevado un puto loco!—Espere un momento. ¿Dice que una persona ha sacado un tanque antiguo de un museo?—¡Eso es exactamente lo que digo! —Lo hace pegar un saltito—. Que venga la policía, porque creo que va a hacer una locura.El operador suspira, masajeándose las sienes. Ya tiene marcado el número de la radio para avisar a varias patrullas. Nunca dejarán de sorprenderle las llamadas que recibe.Los bomberos también reciben la voz de alarma, y no tardan en ponerse en marcha.—Y yo pensaba que en Barcelona pasaban cosas raras —murmura Aitana.—La policía cree que se está dirigiendo a Gran Vía.—¿Y qué coño pretende?—A saber —el capitán revisa lo que le van diciendo por la radio—, pero tiene una dirección fija y está destrozando todo lo que pilla a su paso, no le interesa esquivar nada.—Tiene poco que perder.—Recordad que nosotros no somos policía. Nos encargamos de cuidar que todo el mundo esté a salvo, pero nada de ponernos en medio.—¿Eso son órdenes del inspector Hernández? —Miriam le clava un codo a Raoul—. Seguro que a ti te encanta recibir órdenes suyas, pero ahora también en el trabajo... uf, espero que sobrevivas a estar cachondo.—Calla, por favor. —Le arden las mejillas. Su padre está pendiente de la conversación y no le apetece que siga enterándose de nada más—. Está ahí.Todos ignoran la forma en la que ha cambiado de tema para girarse. Efectivamente, ahí se encuentra el tanque, que avanza sin importar nada ni nadie. Son testigos de cómo pasa por encima de varios coches aparcados junto a la acera, haciendo que una pareja salga despavorida.—Tenemos que asegurarnos de que no haya heridos, paramos aquí. La radio nos mantendrá informados.Bajan del camión y pasan un buen rato rescatando a gente que podría haber sido aplastada junto a los coches y dejándolos al buen recaudo de las varias ambulancias que se dirigen a la zona.—Va directo al Corte Inglés de la Avenida Libertad —escuchan entonces, con una voz inconfundible para todo el equipo—. Tenemos que pararlo como sea, ahora mismo está lleno de gente.—Uy, sí, tarea sencilla: detener un tanque militar. ¡Si no se lo cargan ni otros tanques en la guerra!—Dejemos trabajar a los profesionales.—Pero vamos a acercarnos, ¿verdad?—Verdad. —Manolo pone los ojos en blanco.Agoney aparca con rapidez frente al edificio gigante. Se muerde el labio mientras lo observa. Son cuatro plantas repletas de gente que disfruta de las rebajas, ajenas a lo que está pasando. Ya escucha de fondo el tanque arrasando con todo y, aunque tiene a un par de patrullas siguiéndolo, no quieren provocar un tiroteo sin saber lo que quiere.—Jonathan —lo llama antes de tomar una decisión—, ¿te han comentado algo desde la central? ¿Se sabe quién es el loco?—Sí, me han hecho biografía de Wikipedia completa, pero para resumir, se llama Alan Rodríguez, batalló con los franquistas durante la Guerra Civil y no le hace gracia que hayamos olvidado su historia. Al principio los de la central pensaban que iba a ir a la sede del Gobierno, pero en Murcia no gobierna la izquierda, así que...—¿El Corte Inglés? —grazna—. ¿Qué tendrá eso que ver con nada?—Pues para hacer ruido, yo qué sé. —Se encoge de hombros.El inspector pone los brazos en jarras mientras observa el edificio. Su mente trabaja a mil por hora.—Eh..., señor. —Lo llama otro compañero—. ¿No deberíamos pedir que se desaloje? Puede que no consigamos sacarlos a todos, pero cuanta menos gente haya.—No, aún no. ¿Tenemos el megáfono?—Sí, pero ¿qué pretendes? —Jonathan mete la cabeza en el vehículo para buscarlo.—Bueno, hasta ahora solo está rompiendo coches, buzones y algún árbol. Está intentando evitar a la gente, no quiere matar, solo dar un golpe de atención.—¿Lo vas a escuchar?—Voy a intentar que se detenga a escucharme a mí —subraya.—Espero que no salga mal eso —musita el subinspector.Él también lo espera, pero allí tiene que ser el jefe, el que tiene las ideas claras. Si duda, se lo comerán.Saca la pistola cuando lo tienen enfrente. Ha cruzado toda Gran Vía sin que nadie lo detenga. Es más, parece que el resto de las patrullas han estado escoltándole.—A lo mejor deberías alejarte un poquito...—Entonces se cargará un edificio entero. —Agita la cabeza—. Esto se hace a mi manera.—Joder. —Le sale un chillido. El cañón que precede al tanque está cada vez más cerca de la cabeza del inspector.Pero Agoney ni pestañea, ni aparta la pistola. Sabe que disparar es inútil, que como mucho le pincharía una rueda, pero a él no lo rozaría. Esto es más bien como una declaración de intenciones, de que no se va a mover y piensa dar guerra.Como ya había teorizado un rato antes, antes de que llegue a rozarle, el tanque se detiene. Casi puede ver el ceño fruncido del hombre en su interior. Pero no se permite sonreír, es momento de usar el mejor don que tiene: la palabra.Enciende el megáfono, tomándose su tiempo para llamar su atención, más de lo que ya lo está haciendo.—Buenas tardes, señor Rodríguez. —Carraspea—. Siento mucho que tengamos que conocernos en una situación tan tensa, pero estoy seguro de que entenderá que no podemos dejar que continúe el paso.—¡Por Dios, salga de ahí! —Lo escucha gritar—. ¡Mi problema no es con usted!—Ni el mío con usted. Lo que no quiero es que mate o deje atrapadas a las personas que están comprando sin enterarse de nada. Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo y puede devolver el tanque al lugar al que pertenece.—¡Yo no voy a devolver nada! —grita como un crío que tiene una pataleta—. ¡Este gobierno socialcomunista se lo está cargando todo, así que he decidido subirme al barco yo también!—¿Vas a intentar de verdad negociar con un facha que está como una cabra y que te está apuntando con su cañón?—Jonathan, que esto estaba en un museo, no tiene munición —dice entre dientes, y se vuelve hacia el tanque—. O eso espero. ¡Escucha, Alan! ¿Puedo llamarte así?—¡Haz lo que quieras, pero déjame pasar!—Me temo que no puedo hacer eso, Alan. Pero que sepas que te entiendo, ¿vale? Todos hemos tenido algo que nos ha jodido y hemos querido destrozarlo todo para cambiar las cosas. Lo que pasa es que yo lo gestiono diferente.—¿Cómo lo gestionas tú?—Pues... no sé, lo hablo con mis amigos, me quejo con ellos de todo lo que me molesta, voto cuando tengo que hacerlo...—Eso, tú anima a un facha a votar.—¡Jonathan!—Que sí, que ya me callo.—Mira, Alan, no sé si sigues escuchándome, pero matar a varios cientos de personas lo único que hará será que pases los años que te queden en una cárcel. —Tiene una idea, así que se arriesga—. A lo mejor ni siquiera en Murcia, todavía te mandan... al País Vasco o a Cataluña.Se hace el silencio y, por unos segundos, piensa que la ha cagado de alguna manera. Pero entonces escucha la escotilla del tanque abrirse, y un hombre muy mayor, con pelo únicamente en los laterales y cara de mala hostia, lo mira con gesto compungido.—A mí no me van a llevar al País Vasco —asegura, saliendo con una agilidad no correspondiente a su edad—. Vamos, yo me voy ahora mismo detenido por lo que sea, pero a mí ahí arriba no. Yo en mi Murcia querida, que no me muevan.Pone los brazos en alto, muy juntos, así que Agoney hace un gesto y uno de los policías que lo observaban todo en silencio corre para esposarlo y leerle tus derechos.—Já. —Jonathan se cruza de brazos—. Quién lo diría.—Yo lo diría. —Alza una ceja—. Confía un poco en mí.—Te la has jugado totalmente, que lo sabemos los dos.—Pero me ha salido bien, ¿o no?—Tú recuérdame que no mire mucho cuando te estén apuntando con un cañón. A la próxima te quedas sin cabeza.—No quiero una próxima, muchas gracias.Su amigo le da una palmadita en la espalda y se giran juntos hacia el coche en el que han venido.—Entonces, ¿qué? ¿Te ha molado tu primer día como inspector de policía?—No lo voy a olvidar en la vida, la verdad.El equipo de bomberos, que observaba la escena con algo de tensión sobre los hombros y una sonrisilla, respira hondo cuando ven que se disuelve el problema.—Vaya huevos tiene tu novio, Raoul —comenta Juan Antonio.—Sí que los tiene, sí. —Se queda callado y, al ver a Miriam abrir la boca, añade—: Ni se te ocurra hacer la bromita tonta, que nos conocemos.—Lo siento, es que me las dejas a huevo... —Y se ríe sola de su propio chiste, haciéndole gruñir.Tras un turno agotador en el que, además, deben atender en las afueras por las consecuencias de uno de los microseísmos que azotan la ciudad desde hace meses, Raoul vuelve a casa de su novio, que lo espera con ojos cansados.—Te advierto que no estoy con ánimos para sexo.—Me parece bien. —Le roba un beso tan dulce como la miel—. Dormir contigo me parece un planazo.—¿Todo bien? —pregunta, activando sus sentidos al verlo ir de un lado para otro antes de llegar a su habitación.—Ah, sí, es que... hoy mi padre tiene una reunión con su doctora. Van a ver qué tal está el tumor después de las últimas sesiones del tratamiento.Se rasca el pelo de forma compulsiva. Con una mirada de comprensión, el policía le quita la mano de esa zona y la aprieta, antes de hacerlo sentarse junto a él al borde de la cama. Raoul coge mucho aire y lo expulsa despacio, consciente de cada caricia suave que le hace sentir como en casa.—Amor —susurra—, sé que no hay mucho que pueda decir para que te sientas mejor, pero nada depende de ti ahora. Tu padre se ha portado como un campeón estos meses, ahora solo va a recoger lo que ha sembrado. O eso espero.—No hace falta que digas nada. Solo quería tenerte cerca mientras él está allí. Yo no puedo ir y si me hubiera quedado en casa habría mareado a Roma de las vueltas que quiero dar.—Ya te he visto. —Suelta una risita—. ¿Qué te parece si nos damos mimos y descansamos un poco? Tengo entendido que has dormido poco en tu turno, con todo el tema del seísmo.—Me parece buenísima idea. —Deshace el contacto de sus manos solo para pasar los brazos por detrás de la nuca del moreno. Le encanta tenerlo así—. Te quiero.—Y yo a ti. —Besa sus labios un breve instante—. Así que venga, a descansar un rato.—También podríamos hablar de la pasada que fue lo que hiciste ayer...El moreno pone los ojos en blanco y niega. Raoul le dedica uno de sus pucheros más convincentes, pero ni así.—No hablo de mis casos con civiles.—Sí, hombre, yo civil después de todo... —Le saca la lengua—. Vale, no lo hablamos, pero que sepas que eres la hostia y que estoy muy orgulloso de ti.Lo cree dormido cuando revisa su rostro después de hablar, pero la sonrisa se le va ampliando hasta el punto de pegarse a él en un abrazo lleno de cariño. Era justo lo que necesitaba.A las afueras de la ciudad, Manolo está sentado mientras le muestran dos radiografías. Antes y después, eso ha dicho su doctora habitual. Solo que no entiende qué significan.—Este era tu tumor cuando te lo diagnosticaron en Madrid. Y este sería actualmente. —Señala con una sonrisa enorme.—¿Eso es bueno?La sonrisa de su doctora se resiente.—No tienes ni idea de qué significa, ¿verdad?—Hasta donde yo sé, no hice ninguna carrera, mucho menos Medicina, así que si pudieras iluminarme...—Manolo, ¡que se ha ido!—¿El qué?—¡El tumor! —Puede notar que está empezando a exasperarse—. El tratamiento ha funcionado, Manolo.Por un momento, sus pulmones pierden algo de fuerza. Ni siquiera está seguro de haber escuchado bien, pero el corazón le va a mil por hora y eso solo puede suponer algo bueno.—¿Cómo? ¿Ya no está?—A ver, el tumor está porque no lo hemos extraído, para eso hace falta una operación —explica, algo más relajada—, pero ha remitido muchísimo. No es ni un cuarto de lo que era, ya no te hará más daño.—¿Y ya está? ¿Estoy bien?—Tendremos que seguir viéndonos en revisiones cada pocos meses, pero en principio no tendría que ser más un grano en tu culo.—Joder, me acabas de hacer el más feliz del mundo. No por no verte, por supuesto.—Ay, Manolo, con un trabajo como el mío, mejor no verme mucho...Pone una mueca. Tiene razón.—Pero, a partir de ahora, para arriba. —Aprieta su mano por encima de la mesa, con una sonrisa de ilusión—. No tener que verte varias veces por semana implica que estás bien, así que aprovecha cada segundo.Lo primero que hace tras salir de la consulta es sacar el móvil. Por un momento, ve el chat que tiene con su exmujer, pero acaba agitando la cabeza. Aunque se muera de ganas, hay otra persona que merece enterarse lo antes posible.—¿Diga? —Lo escucha con la voz pastosa, como si se acabara de despertar—. ¿Papá?—Sí, perdona... ¿Te he despertado?—¿Me llamabas para algo? —Puede sentir la ansiedad en su voz, así que debería ser rápido—. ¿Cómo está todo?—Más que bien, Raoul. Ese débil tumor no ha podido con tu viejo.—¿Eso qué significa?—Que me tengo que operar para que lo quiten, pero... ya no es maligno, ya no me hará daño.Todavía hay un silencio bastante revelador antes de que salga de la cama de forma desordenada (lo sabe por la forma en que su pareja se queja ante la forma en que se desliza fuera de las sábanas y de su cuerpo) y pega un chillido. Casi puede imaginarlo con una mano en la boca, caminando de lado a lado sin ser capaz de serenarse.—¿Va en serio? Porque no puedo con una broma así.—Me conoces muy poco si crees que bromearía con algo así.Y solo necesita eso para estar seguro y que se le llene el pecho de oxígeno y alivio al mismo tiempo. Sentimiento compartido por un padre que no puede esperar a volver y abrazarlo.Mientras tanto, en un turno de los paramédicos, se encargan de una mujer en un accidente de coche. El airbag no ha funcionado como debería y hay tanta sangre que hasta el que tiene menos problemas con eso se tambalea.Al final es Alfred el encargado de colocarle las vías y estar preparado para cuando Nerea y otro paramédico vuelvan con la camilla.—Venga, tenemos que prepararnos para trasladarla —comenta Mamen.La mujer tiembla por el labio y las manos, mirándolos con cara de susto. Mientras la capitana se aleja para buscar con la mirada al resto, ella aprieta el brazo del paramédico.—¿Me voy a morir? Necesito saberlo, necesito hablar con mis hijos por última vez.—No se va a morir, la vamos a llevar al hospital y recuperará la sangre que ha perdido. Ya no le duele, ¿a que no?—No, pero porque me has pinchado esa cosa rara que no entiendo mucho. —Tiembla al señalarse la vía—. No me gusta ver eso, me da angustia.—Pues míreme a mí, ¿de acuerdo?, y ya verá que esto pasa rápido.—Pero si me voy a morir...—No se va a morir —repite Alfred con poca paciencia.—¿Me lo promete?Abre la boca, la vuelve a cerrar y echa un vistazo a su alrededor, antes de empezar de nuevo. Mamen escucha con atención:—Le prometo que va a salir de esta perfectamente, y no solo por mí, es que tenemos un equipo médico que la va a esperar en las puertas... un equipo increíble, ya verá.Esto parece dejar tranquila a la mujer, que asiente con rapidez, aún con el gesto serio impreso en el rostro. Mamen no tarda en volver a acercarse y, juntos, suben a la señora en la camilla. Solo entonces aprieta los dientes por el dolor.—Eso que me habéis pinchado no sirve para todo, ¿eh, chico?—Aumenta un tanto la dosis —avisa la capitana.Alfred asiente y sigue órdenes, como siempre ha sido.El viaje de vuelta del hospital es particularmente silencioso. Ni siquiera Nerea, que está muy parlanchina, consigue acabar con una tensión extraña entre los otros paramédicos de la ambulancia. Cuando bajan en la estación, la rubia desaparece con los ojos en blanco, deseándoles que hablen lo que sea que les pase cuanto antes.Alfred aún tiene cosas que hacer, así que se dedica a reponer los medicamentos utilizados con la víctima, que necesitarán en caso de una nueva emergencia. Llega a abstraerse tanto con su trabajo, casi mecánico, que no se da cuenta de que Mamen se ha situado a su lado, a la espera de poder tener una conversación.Por eso, al girarse a coger más opioides, se le va el hipo que no tenía por el susto.—Joder, capi, avisa, que casi me matas. —Se lleva una mano al pecho.—¿Podemos hablar de lo que ha pasado antes?—¿Qué ha pasado antes?—La mujer del accidente, que ya está en el hospital.—Ah, sí. —Sonríe con timidez—. Dicen que tendrá una recuperación completa, es genial, ¿verdad?—Es genial, y me alegro por ella, bastante ha tenido que dolerle ese accidente. Esto es más bien por lo que pasaría si no se recuperara.—¿Qué quiere decir?—Que todo va a salir bien, hemos sido rápidos y va a estar bien, pero ¿y si no? —Alfred abre la boca, pero su capitana ya no está para andarse con indirectas—. Nosotros no prometemos, ¿te enteras?—Pero...—No, no prometemos cosas que no están en nuestras manos. Se puede prometer que haremos todo lo posible, que vamos a trabajar en ello..., pero no se promete una recuperación, no cuando en unos minutos la persona podría estar muerta.Se le eriza la piel ante el tono y la imagen mental.—Lo entiendo. Lo siento, es solo que...—Querías hacerla sentir mejor, sí, lo entiendo, he estado ahí. Pero es una cuestión de principios, no podemos salvar a todo el mundo y por tanto no podemos asegurar nada a gente débil.Alfred asiente con la boca apretada en una fina línea.—Perdona, no pensé lo que podría haber sido.—Es evidente. —Asiente con seriedad—. Pero ahora me vale con que no se repita.—No se repetirá —asegura—. A partir de ahora, nada de eso.—Genial. Eres muy bueno en tu trabajo, que pequeños detalles no empañen eso. —Le da una palmadita en la espalda antes de marcharse por el mismo sitio que Nerea minutos antes.El catalán suspira al verse solo en la zona de aparcamiento de las ambulancias. Pero el nudo de su estómago no se deshace con facilidad.Termina de reponer todo, pensando en las palabras de su capitana. Antes de que pueda cerrar las puertas traseras de la ambulancia, el suelo tiembla bajo su pies, en un nuevo terremoto que promete ser algo más que los anteriores.
----- CHAPTER BREAK -----
Cuando Manolo llega esa tarde al turno, lo primero que ve es a Susana y a Agoney charlando con sonrisas risueñas y amplias. Antes de poder preguntarse qué hacen ellos dos en su estación, Aitana pega un chillido:—¡Ay, que está aquí!No le da tiempo a sobresaltarse, porque de todos lados aparecen sus compañeros de trabajo y gritan un gran:—¡Sorpresa!—Pero... —pestañea, mirando en todas direcciones— ¿y esto?—Queríamos celebrar lo de tu tumor —explica Juan Antonio, aunque acaba por borrar su sonrisa—. Quiero decir, lo de que ya no tienes uno.—Sigue ahí. —Le guiña un ojo—. Solo hay que extirparlo.—Y vas a pedir cita pronto, ¿a que sí? —Raoul entrecierra los ojos.—Por supuesto. —Pone los ojos en blanco—. ¿Para qué tendré padres en Barcelona si estás tú aquí?—Pues justo para eso.Al notar la tensión, Miriam da una palmada y se coloca las manos sobre la boca para hacer de altavoz:—¡Que hable, que hable!—¡Eso! —El novato aplaude.—Muy bien, muy bien... No sé qué decir, en realidad. —Se rasca la barbilla—. No me lo esperaba para nada. Supongo que solo puedo daros las gracias por el apoyo continuo, por preocuparos e interesaros... Cuando me mudé hace tantos meses no esperaba encontrar aquí una segunda familia, a mí me bastaba con que mi hijo estuviera bien. —Raoul sonríe, apoyado en el hombro de su novio—. Pero teneros aquí, organizando esto como si fuera mi cumpleaños... Me emociona saber que os tengo.El rubio se separa para hacerle una señal a Aitana. La pequeña empuja como puede una bandeja gigante en la que hay lo que parece una tarta... con una forma particular.» Vale, ¿qué se supone que es eso? —Ladea la cabeza para encontrarle el sentido.Todo el mundo empieza a reírse como locos, haciéndole alzar una ceja.—Es tu tumor —explica Raoul, señalándolo—. Llevé el escáner de cómo estaba cuando te lo diagnosticaron a la pastelería y lo han replicado bastante bien.—Já. —Pone las manos en las caderas y lo observa desde distintos ángulos—. Pues qué feo era, ¿no?—Y qué raro probar esto sabiendo que ha estado dentro de él.—Novato, es una réplica con mucha nata y chocolate.—Igualmente... —Tiene un escalofrío.—Muy bien, ¿quién va a querer tarta? —Susana se acerca con un cuchillo especial para partirla—. Vamos, que no muerde y tiene buena pinta.Manolo es el primero en acercarse, recibiendo un abrazo muy sentido por parte de su exmujer. Agoney, ya sentado junto a la encimera de la cocina de la estación, los observa con un asentimiento pensativo.—Hola, guapo. —Raoul se sitúa a su lado y besa sus labios un breve instante—. ¿Tienes un zumo para mí?—Es todo lo que hay en mi frigorífico desde que duermes allí como mi novio. —Se lleva un codazo—. Había uno por ahí, ahora te lo busco.El rubio asiente y se gira cuando el policía le señala la zona de la tarta, donde sus padres charlan con una sonrisa mientras la mujer va dando tarta a todos los miembros de la estación. Posiblemente ellos sean sus siguientes víctimas.—Ha sido muy tierno que quisieras venir a su fiesta de ser libre del tumor.—¿Quién se resiste a una buena tarta de tumor gratis? —Le dedica una sonrisa amplia, de la que podría enamorarse un poquito más.—Pues estuviste de acuerdo, así que menos guasa.Agoney se encoge de hombros y se fija de nuevo en sus suegros.—Es muy guay cómo se apoyan, a pesar de todo. —Suspira—. Sé que no te hace gracia, pero hacen muy buena pareja.—No caigas en eso. —Avisa con el dedo índice de la mano que no sujeta su zumo—. Ahora mismo todo son sonrisas y sexo, porque están en la etapa luna de miel.—Esas pueden durar un tiempo. —Le guiña un ojo.Por un momento, su mente se desestabiliza por lo que implica la conversación.—Da igual, porque en cualquier momento volverán al punto inicial, el de los enfados y gritos por todo. Y le tocará al hijo único aguantarlo solo. Solo que ya no tengo siete años.—Y como no tienes siete años, mi cama tiene tu nombre escrito en el lado derecho. Puedes huir cunado quieras.—Lo sé —musita—, pero no me gusta en lo que se van a convertir cuando el sexo deje de ser suficiente.Agoney suspira y rodea la encimera para situarse a su lado. Pasa un brazo por su cintura, apretándolo contra él antes de dejar un beso en la frente del pequeño.—Si deja de ser suficiente, son adultos como para solucionar las cosas sin hacer daño a su hijo —asegura, a apenas unos centímetros de él.—La primera vez no se les dio muy bien —protesta, demasiado derretido para pensar mucho más.—Lo harán, porque si no se las verán conmigo.A Raoul le da por reír, estirando la cara para besar la comisura de sus labios.—Pero si tú eres un osito de peluche.—¿Perdona? —Cierra los ojos, profundamente ofendido—. ¿Te recuerda cómo soy en el trabajo?—Uf, sí, tu cara a cara con un viejo facha que te podría haber reventado la cabeza me puso cerdísimo.—¡Raoul! —Finge escandalizarse, solo porque eso provocará una nueva carcajada.Le encanta verlo así, con los ojos achinados y la sonrisa que le cubre la cara por completo.—Ahora hablando un poco más en serio y de padres... ¿cuándo conoceré a los tuyos? —Se pone de puntillas para llegar a su altura.Chasquea la lengua, antes de llevarse una mano a la frente.—Voy a por tu zumo, que al final no te lo he cogido.Mantiene la frente arrugada mientras Agoney trastea en la cafetería hasta obtener el zumo que le había guardado a su chico. Pero lo besa de nuevo y cambia de tema, y se obliga a dejarlo estar. Cuando tenga que ser, será.—Míralos —murmura Susana, dejando un plato a un lado para su hijo—, qué carita tiene nuestro pequeño.—Los veo todos los días. —Suspira—. Si te soy sincero, me siento aliviado de que haya encontrado a alguien así, que le está cuidando, pero tampoco le permite que se pase ni un pelo. Me temía que se quedara clavado en lo que le pasó con Alex, sin querer avanzar.—Ese chico no me gustó nunca.—A mí tampoco. —Gruñe.Le recuerda a aquellos tiempos en que Raoul estaba dejando las drogas por primera vez y a su entonces novio no le importaba que bebiera lo que le diera la gana. No tenía ningún tipo de control por parte de la persona más cercana a él y eso provocó más de una recaída. Si no fuera por la intervención de Susana...—En fin —suspira la mujer— voy a darles un poco de tarta de tumor. Y tú mejora esa cara, que estamos aquí por ti.Sin embargo, la madre de Raoul no llega a su objetivo. El suelo comienza a moverse, desestabilizando a todo el mundo. Consiguen sujetarse, pero no tienen tiempo ni de preguntar.La alarma de la estación comienza a sonar con violencia.—Mierda, tenemos que prepararnos. —Revisa su radio—. Emergencias médicas y de bomberos, ¿dónde están los paramédicos?—¡Ya vamos! —grita Mamen en algún punto de la estación.Agoney, aun recuperándose del susto del terremoto, aprieta los hombros de su chico.—Ten mucho cuidado.—Lo sé —susurra—. Por mí no te preocupes.—Eso lo decidiré yo. —Estampa sus labios sin pensarlo un momento.Raoul permite que el mundo se detenga unos cuantos segundos, los suficientes para que la calma que siempre le trae besarlo lo invada por completo. Después recuerda la alarma, le repite que le quiere y sale corriendo hacia un camión de bomberos que Ricky ya tiene arrancado.—Muy bien, nos toca a las afueras. —No solo se escuchan las sirenas de su camión, sino de otros. Parece que se ha puesto en jaque toda la ciudad—. Campo de minigolf, se han destrozado varios juegos y hay gente atrapada.Un nuevo golpeteo al camión los mueve a todos de sitio.—¿Qué ha sido eso? —Se incorpora Miriam.—Un segundo terremoto. Parece que esto va para largo —masculla Ricky.Suspiran y se sujetan mejor, ante la posibilidad de que haya un tercero. Por suerte, durante el resto del camino no tienen más sustos.Aparca sin mucho cuidado frente al puesto de entradas del campo de minigolf. Una mujer sale llorando y llamándolos con la mano alzada.—¡Por aquí! ¡Por aquí, por favor! —Después de cada palabra, añade un hipido de cosecha propia—. ¡Es mi marido!Manolo les hace un gesto para que lo imiten y camina tras ella. Mientras tanto, se pone el casco y lo ajusta bien.—¿Qué ha ocurrido?—Estaba... —le tiembla la voz— estábamos jugando todos juntos y se acercó al final del gorila para recuperar su pelotita. No conseguía encontrarla, de repente se movió todo y se hundió el gorila.Está a punto de preguntar a qué se refiere con lo del gorila, pero le queda claro en unos segundos. Un niño, a apenas unos metros, observa en el interior de un agujero gigante que ha provocado el terremoto. Del agujero solo sobresale una cosa: la cabeza de un gorila que los mira con furia.Debe ser uno de los hoyos por los que deben meter la pelota.—¿Qué mierda? —Ricky pone los brazos en jarras—. ¿Cómo ha acabado esto así por un terremoto?Manolo pega un pisotón en la zona que puede pisar, pero que ya no tiene césped, y esta se resquebraja.—Algo me dice que esto se ha construido con poca revisión de lo sólido que es este suelo. —Chasquea la lengua—. En fin, a trabajar. ¿Traes la cuerda, Raoul?—Aquí, capitán.—Bien, Aitana, bajas tú. Si vemos que no puedes, lo intentará otro.Pero la del flequillo se pone manos a la obra antes de que se arrepientan. Ricky aprovecha la preparación para hacer pasar su camión y atar ahí la cuerda, haciendo que no tengan que estar tan pendientes de ella.Una vez listo, la más pequeña del equipo avanza despacio, con las manos recubiertas por guantes y el casco bien puesto. Manolo la observa desde el límite del agujero. Ya se han asegurado de que la mujer y el hijo estén lejos, por lo que puedan encontrar, y los paramédicos no están demasiados lejos, así que está todo en marcha.—¿Ves algo, Ocaña?—Eh... No escucho a nadie aquí —explica, mientras termina de deslizarse por la cuerda—. Aquí hay mucho gorila y mucho suelo y rocas, pero poco señor.—Busca y llámalo, anda, no puede desaparecer. Andrés se llama, así que ya sabes.La morena se pone a ello, quitando tablones del gorila de por medio, así como muchas rocas. Mientras tanto, lo va llamando por si lo escuchara.Desde fuera, todo es tan lento que exaspera a los bomberos, que no tienen mucho más que hacer allí.—¿Cómo vamos? —pregunta Mamen, acercándose en ese momento.—Ocaña está buscando al hombre. No bajamos más porque el suelo ya es muy inestable de por sí. No quiero poner en peligro a ningún bombero.Antes de que termine de pronunciar la última palabra, Aitana pega un chillido que los pone en alerta.—¡Está aquí! —Una pausa de demasiados segundos—. Vale, vale, tiene pulso, chicos, preparad las cuerdas de rescate porque está inconsciente pero vivo.—¿Cómo está? ¿Puedes sacarlo bien?—Ya, sobre eso... —Otra pausa dramática que les viene fatal en ese momento—. Digamos que el gorila está sentado en él, para que me entendáis.Suelta un insulto por lo bajo, negando con la cabeza.—Tienes que tirar de él.—Me da miedo hacerle daño, pero lo intentaré, no os preocupéis.—¿Bajo? —Raoul se inclina también.—Tú estate quieto. —Le hace un gesto con la mano—. No sabemos cuándo podría haber un nuevo terremoto, es mejor teneros a la mayoría fuera.El bombero tamborilea sus dedos sobre los muslos, sabiendo que eso solo es parcialmente así. Está seguro de que ser su hijo y haberlo visto casi muerto también ha tenido algo que ver. Pero él no se va a quejar, no cuando Aitana no tarda mucho en volver a chillar.—¡Vale, lo tengo fuera! ¡Tiene las piernas destrozadas y como mínimo una contusión en la cabeza!—De eso nos encargamos nosotros. —Mamen señala a sus compañeros—. Tú súbelo.Una segunda cuerda se desliza por el agujero sin ningún problema. Todo el mundo contiene el aliento mientras la bombera se encarga de atarlo bien a la camilla portátil que han preparado. Luego Juan Antonio y Raoul lo suben, mientras Aitana ayuda desde abajo. Sobre todo, se asegura de que el hombre no se caiga, a pesar de sus ataduras.Nadie respira bien hasta que la camilla llega al borde en el que antes se encontraban los bomberos. Su mujer empieza a llorar y hace amago de acercarse, pero Alfred la detiene para que no interfiera. Nerea corre junto a su capitana para encargarse de sus signos vitales y comprobar qué necesita.Aitana pone un pie en suelo con la lengua fuera por el esfuerzo.—Lo has hecho genial, Ocaña.Les dedica una sonrisa de alivio mientras comprueba las atenciones de las dos paramédicas. Sí, está a salvo ya, y es gracias a ella.Los paramédicos no tardan mucho más en irse a llevarlo a un hospital, siendo seguidos por un niño que no entiende mucho y su madre que llora más de lo que debería para haber escuchado a los profesionales decir que lo tienen todo bajo control.Mientras tanto, en la sala del 112, Kibo no ha dado abasto con las llamadas. Son varias decenas de operarios los que están allí atendiendo, pero en cuanto cuelga una y avisa, ya tiene la siguiente en espera.—112, ¿en qué puedo ayudarle?—Eh... No sé cómo explicar esto, pero ¿es posible que en Murcia haya escorpiones?Pestañea y revisa que se trata de una llamada desde un número fijo. Esta debe ser la más rara del día, y eso que están en medio de un terremoto y ya van dos que se han quedado atrapados en la ducha.—Es posible —dice con calma—. Con un clima tan cálido, es posible que en las zonas más desérticas...—¡No es posible, está pasando! —le chilla en la oreja—. Que me he quedado dormida en mi camión de comida a domicilio y cuando me he despertado el suelo está lleno de estos seres.—A ver, por favor, un poco de calma. —No es lo mejor que le puedes decir a una chica histérica, pero al menos lo está intentando—. ¿Tienes acceso a la puerta?—Está todo el suelo lleno de escorpiones, tío. No dejan ni un hueco de más de un dedo pulgar entre uno y otro.Coge mucho aire y abre una pestaña en el ordenador para buscar algo de información.—Vale, ¿me puedes describir a los escorpiones? ¿Son diferentes o de una misma especie todos?—Eh... pues creo que son todos iguales. Son así marrones en el cuerpo y... —supone que está mirándolos con atención— las patas y el aguijón son amarillentos, pero tienen anillas marrones alrededor de la cola que no me gustan nada, ¿eh?—Vale, muy bien. —Acota la búsqueda—. Debe ser un escorpión amarillo y...«Y es uno de los más venenosos para los humanos. Perfecto».Sigue buscando algo que pueda eliminarlos, o al menos alejarlos lo justo para que la chica huya de allí. Pero pierde un par de segundos en hacer una llamada a un coche patrulla.—Dime, tengo mucho lío. Se está descontrolando en el centro.—Hay una chica atrapada en un camión de comida y los escorpiones están muy interesados, aparentemente.—¿Y no hay como cinco estaciones de bomberos trabajando ahora mismo? Ya no soy policía de calle.—Ago...—Que sí, que voy. —Se mantiene callado unos segundos, en los que supone que habla con alguien más—. Tú mándame la dirección.Sonríe antes de dictársela. Mientras tanto, sus ojos vuelan por la pantalla, intentando encontrar una solución.—¿Hola? ¿Sigue ahí? —Prácticamente grazna la chica.—Estoy aquí. He mandado ayuda y estoy buscando... —Contiene el aliento—. Vale, de acuerdo, podría tener una solución. Dices que estás en un camión de comida, ¿verdad?—Eh..., sí, es mío.—¿Tienes ajo?—Sí, claro, hago bocadillos con eso todo el tiempo.Kibo se muerde el labio antes de asentir para sí mismo.—¿Y spray de ajo?—Eh..., no, creo que no. —Pestañea.Pero el operador no se achanta ante la dificultad.—Creo que vamos a tener que fabricarlo nosotros —comenta como si nada—. Espero que tengas botellas de agua.—Espera un momento. —Escucha un sonido de cosas cayendo—. Sí, me parece que sí tengo. Pero es complicado sacarlas sin matarme antes.—Genial, vamos a intentarlo. Necesito que metas una cabeza de ajo en la botella de agua.—Ya —dice tras un minuto de silencio.—Vale, dejémoslo macerar. ¿Tienes algún recipiente con el que se pueda rociar agua?—Limpiacristales hay debajo de la encimera —masculla.Supone que su mosqueo va porque ella está encima, así que chasquea la lengua. Esto coincide con el suelo moviéndose con un estruendo que la hace gritar.—¿Estás bien?—Casi se me cae la botella de mi salvación antes de tiempo, pero sí, de una pieza. Eso sí, los escorpiones no están muy contentos con los terremotos de los cojones.—Nadie lo está.—¿Cuánto tiempo tengo que mantener el ajo ahí?—Internet dice que un par de horas.—¿QUÉ? —Tiene que apartarse el auricular de operador un segundo—. No, no, yo no aguanto tanto.—Consigue algo para rociar y entonces hablamos.Los terremotos están aumentando de frecuencia, así que teme que haya uno mayor, uno que la deje allí atrapada, sin posibilidad de ayuda por parte de su amigo.Para dejar pasar un poco de tiempo, se encarga de un par de llamadas del 112, envía a bomberos y policía y, para cuando vuelve, la joven ya tiene en sus manos un spray de limpiacristales, que ha vaciado en el fregadero.—Muy bien, aceleremos esto. Se supone que, una vez en ese recipiente, solo deberías rociar a los escorpiones. Lo ideal sería en puertas y ventanas, pero a situaciones desesperadas...—Medidas desesperadas, sí, me sé el refrán —masculla—. Y con esto se marcharán, ¿no?—La mezcla debería asfixiarlos y que no quieran volver, así que dale a tope.Le parece notar un asentimiento, que en realidad no ve, y escucha el sonido del spray funcionando. Contiene el aliento mientras está pendiente del móvil, por si Agoney le dijera algo.—¡Esta mierda sirve! —Consigue respirar—. ¡Se están dirigiendo a la puerta a toda velocidad, bua, menos mal!—Genial. Intenta no salir de ahí hasta no asegurarte de que no los pisarás. He mandado a un compañero a por ti, te llevará a un lugar seguro o a casa, si no está mal por los terremotos.Le llega la risa nerviosa de la chica.—Este lugar era mi casa.Traga saliva. No sabe qué decir, nada parece suficiente.Tras menear la cabeza para quitarse el pensamiento de esta, se desliza por las encimeras hasta la más cercana a la única puerta del camión. Los escorpiones se deslizan por debajo de la puerta con una facilidad pasmosa, ya le gustaría a ella.La puerta se abre con cuidado y un hombre vestido en uniforme de policía la contempla con alivio.—Ven, dame la mano. Salgamos de aquí. —Echa un vistazo, con la piel pálida, a los escorpiones que salen por patas.—Gracias a Dios. —Agarra su mano y se desliza fuera.Cierra los ojos por un momento al tocar tierra firme. Nunca pensó que lo necesitaría tanto.Se lleva el móvil a la oreja de nuevo.» ¿Sigue ahí?—¿Estás a salvo?—A punto de entrar en un coche patrulla sin ser detenida, así que guay.Kibo sonríe con el alivio llenando su pecho.—Me alegro mucho.—¿Cómo te llamas?—Kibo, ¿por qué?—Para saber a quién tengo que agradecer. Así que gracias por salvarme la vida.—Es mi trabajo.Pero no se le borra la sonrisa de la cara en lo que queda de turno, con el orgullo propio caldeando su pecho.En pleno Murcia, Mamen conduce con energía para llegar a su siguiente emergencia. Hace rato que perdieron al camión de bomberos correspondiente a su estación, pero no tienen prisa. Normalmente, es mejor que empiecen los bomberos a trabajar y luego lleguen ellos para cuidar a las víctimas.En este caso, es un edificio que se ha derrumbado, con casi todo el mundo dentro. La mujer solo puede lamentarlo, pues la ciudad todavía no se ha recuperado de la primera tanda de terremotos antes del comienzo del verano. Y esta tiene pinta de ser mucho peor.En la parte de atrás, Nerea rehace una coleta que se deshizo en mitad del anterior accidente que han tenido que atender. Alfred mira al frente, con el gesto serio de siempre, o al menos que ha tenido desde que le echó la bronca.Y pensar que eso fue hace menos de unas horas...Vuelve a la realidad cuando una llamada se conecta automáticamente a la ambulancia.—Es mi marido, un momento. —Presiona el botón de contestar y sigue prestando atención a la carretera—. ¡Ed, dime! ¿Todo bien?—¡Hola, mami! —gritan al unísono dos niñas.—Clara, Isa... ¿Estáis bien?—Claro, mami. Estamos viendo en las noticias los terremotos.—Está muriendo gente, ¿a que sí?Se lame los labios antes de asentir.—Sí, mis vidas, hay gente falleciendo, pero no os preocupéis.—¿A ti no te podría pasar algo?—Por supuesto que no, yo siempre guardo mis espaldas —bromea.—¿Seguro?—¿Lo prometes?Se muerde el labio y coge algo de aire, dejándolo en sus pulmones por un segundo.—Sí, lo prometo. Voy a estar bien, pero vosotras tenéis que prometer que también lo estaréis. Haced mucho caso a papá y cuidaos.—¡Lo prometemos! —dicen a la vez.—Cariño —Ed toma el control del teléfono—, va en serio, cuídate, pero no te preocupes por nosotros. Estamos en un parque, lejos de cualquier cornisa o edificio que pudiera derrumbarse.—Es la mejor decisión que podrías haber tomado. Seguid así. Os llamaré en cuanto pueda. Te quiero.—Y yo a ti, cariño.Cuando cuelga, la mirada de Alfred se cruza con la suya en el espejo del retrovisor interior. Aparta los ojos al darse cuenta de la ironía de lo que ha pasado. Pero no es lo mismo, en absoluto.Aparca frente a la residencia de estudiantes, que tiene tan mala pinta como les describió el operador cuando recibieron la información que necesitaban. Los bomberos ya están desplegados, analizando la situación, cuando ellos salen con sus medicamentos.—Escucha —Manolo se acerca a ella con los brazos en jarras—, creo que podemos encargarnos varios de nosotros de las plantas inferiores, sin mayor dificultad. Son las plantas superiores las que me preocupan, está todo lleno de universitarios y pocos responden.—¿Qué propones?—Ya he mandado a Cortés y Rodríguez a la parte inferior, pero me gustaría tener a un par de paramédicos conmigo para ayudar arriba. Mi hijo viene conmigo.Asiente despacio, mientras observa la segunda ambulancia llegar. No le hace falta pensarlo mucho antes de llamar a sus paramédicos.—Nerea, Alfred, vais a subir con los bomberos mientras yo me quedo aquí a organizar y recibir a los que bajen. —Se vuelve hacia Manolo—. Les daréis el equipo que necesitan, en caso de derrumbe...—Intentaremos que no pase nada, pero sabes que no puedo prometer...—Sé las reglas, capitán, solo quiero seguridad.—Tampoco puedo darte eso. —Echa un vistazo al edificio—. Pero tenemos que sacar a esa gente de la residencia.En eso están de acuerdo. Pronto, ambos paramédicos están equipados para entrar a un edificio en ruinas, y siguen a Raoul y Manolo sin mucha preocupación. Alfred es el último en salir, con el ceño fruncido.—Con respecto a lo de antes...—Supongo que creerás que es lo mismo —la interrumpe—, pero al final todo se basa en lo mismo: intentar que la otra persona no lo pase mal, aunque sea durante un rato. Me voy, que tengo que trabajar.Nerea lo espera con el ceño fruncido y la pregunta en los labios. El moreno niega con la cabeza y se acerca a los bomberos para preguntar algo.Les cuesta un buen rato pasar la zona que todavía está en pie para llegar a la que está en las últimas. Por la forma de decorar las paredes y el techo destrozado, se nota que estaban en algún tipo de fiesta de iniciación. Mientras el resto de los bomberos sacan y ponen a disposición de los paramédicos a los universitarios, ellos avanzan en silencio, asegurándose de que no haya nadie bajo los escombros.—Quizá no hubiera nadie en las plantas superiores, por el tema de la fiesta... —comenta Raoul.Manolo le hace callar con un gesto de un dedo y agudizan el oído. Al contrario que en el incendio de un tiempo antes, todos escuchan el grito desesperado de un chico.—¡Ayuda, por favor! —Escuchan un sollozo y corren en la dirección de la que proviene—. Por favor, me duele muchísimo.Manolo traga saliva. Un pedazo de techo se ha desprendido y le ha caído sobre las piernas al chaval, que intenta sin éxito liberarse.—Deja de moverte o será peor —avisa Nerea, arrodillándose junto a él—. ¿Te has golpeado la cabeza?—No, ¡solo las puñeteras piernas!—Vale, tranquilo. —Se gira hacia su hijo—. Coge las herramientas, tenemos que levantar ese techo.El rubio se pone a ello enseguida, clavando el gato en el suelo para intentar subir el techo. No tienen que alzarlo mucho, solo lo suficiente para que puedan sacarlo de ahí. Tras tomarle las pulsaciones y la tensión, no hay mucho que Nerea pueda hacer, salvo comprobar que podría perder el riego sanguíneo al cabo de una hora, y lleva tanto tiempo que no podrían controlar el tiempo.Pero el techo no se mueve, da igual lo que intenten, y el dolor se va incrementando.—Deberíamos haber cogido algún sedante —comenta la rubia—. Creo que voy a bajar a por algo yo, Alfred, te dejo a cargo.—Ningún problema.—Voy contigo. —Manolo se levanta también—. Necesitamos algún refuerzo si queremos sacarlo de aquí, y no hablo solo de máquinas.Así, salen de allí, dejando a Raoul y Alfred solos. El paramédico sigue comprobando sus signos vitales mientras el bombero hace esfuerzos imposibles por levantar el techo de hormigón de su pierna.—Voy a perder la pierna, ¿verdad? —Le tiembla el labio al hablar. Ya ha dejado de llorar con histeria, pero sus mejillas se mantienen mojadas.—Aún no lo sabemos —explica el moreno con paciencia—. Cuando salgas de aquí te pondremos con los mejores médicos y es posible que con mucha rehabilitación.—Yo no puedo permitirme eso —revela, con un deje que indica que podría volver a llorar—. Joder, estoy en la UCAM con una beca de deporte, empezamos pronto los campeonatos universitarios, no puedo permitirme rehabilitación.—Es eso o que no haya y directamente no pueda caminar. —Chasquea la lengua.—O que no salga de aquí. —Agita la cabeza.—No seas fatalista —interviene Raoul—. Tienes a una estación de bomberos trabajando para salvarte la vida...No llega a terminar la idea que tenía en la mente, pues todo a su alrededor se mueve como si estuvieran agitando un tarro. Se agarran a lo primero que pillan, pues parece el peor terremoto hasta ahora.—¡Mierda! —El universitario deportista cierra los ojos, con los dientes apretados—. Duele mucho, joder.Pero ninguno presta atención a sus quejas. Tienen demasiada ocupada la mente en los trozos de techo que se han caído a su alrededor, sobre todo el que ha caído, bloqueando la puerta por la que han pasado.—Raoul —lo llama el paramédico.—Sí, lo sé. —Está pálido—. Estamos aquí atrapados.—¡Si es que lo sabía! —Bufa el chico, aún tumbado. Para su desgracia, el nuevo terremoto solo ha servido para hacer aún más daño en su pierna—. Voy a morir aquí, yo no me lo merezco...—No digas eso —le pide Alfred—. Como ha dicho mi compañero, su estación estará trabajando en sacarnos de aquí. No será muy difícil con las herramientas adecuadas.—Venga, ya ha parado el terremoto. —El rubio se incorpora—. Tienes que ayudarme, tenemos que sacarlo de aquí. Entre los dos...—Si no podías tú con tu padre, que sois como máquinas de músculos...—Tú ayuda y calla.Utilizan músculos que no sabían ni que tenían, con las caras rojas y los dientes apretando, pero apenas consiguen mover el techo unos milímetros.—¡Eh, he podido mover la pierna!Alfred se mantiene en posición, pero con algo de alivio.—Eso es buenísima señal. ¿Crees que puedes moverla fuera de aquí?—¿Con tan poca separación? Da gracias que me he dado cuenta de que puedo sentirla.—¿Puedes mover al menos los dedos de los pies?Tras unos segundos de prueba, el universitario asiente, algo más tranquilo.—¿Esto significa que puedo sobrevivir a esto?—Bueno, lo estamos intentando con todas nuestras fuerzas.—Literalmente, además —masculla Raoul, apoyándose un poco para descargar peso.—Joder, esperaba algo más sólido que "hacemos lo que podemos".Los profesionales se miran con duda, pero Alfred niega.—No podemos prometerte algo que nunca es seguro del todo —explica el paramédico—. Podemos hacer lo que esté en nuestro mano, y si pones de tu parte...—Entiendo, pero...Nueva sacudida al edificio por completo. No escuchan nada de fuera, pero varias paredes se caen por su propio peso. Raoul, que está más cerca del universitario, ve su oportunidad de sacarlo de allí cuando ve que el nuevo meneo está levantando el techo sobre su pierna con más facilidad que ellos dos juntos.Justo cuando escucha el golpe seco de un trozo de techo cayendo sobre el suelo, tira de la víctima lo suficiente para sacarlo y se coloca sobre él para protegerlo. Ambos jadean, nerviosos y agotados por el esfuerzo. Por un momento, el universitario solo se centra en intentar sentir su pierna, mientras el bombero trata de recuperar la respiración.—Alfred, lo hemos conseguido, está fuera. —Le sale una risita histérica—. ¿Alfred...?No llega a preguntar de nuevo. A un lado, donde ha escuchado el golpe antes, el techo ha sepultado casi por completo un cuerpo. Solo sabe que hay alguien ahí por un brazo inerte que se escapa del trozo de roca.—Hostia puta —musita el universitario—. Si al final he tenido suerte de la parte que me ha dado.Pero Raoul no es capaz de contestar. Su boca se abre y cierra sin ton ni son. Trata de tomarle el pulso, pero es imposible. No sabe si sería mejor gritar o intentar ayudar a salvar lo insalvable. Al final, gana una mezcla entre ambas.—¿Alfred! ¡Alfred, quédate conmigo, joder! ¡Te voy a sacar de aquí!Coge todas las fuerzas que le quedan y las emplea para intentar levantar el dichoso techo. Va a acabar odiando el hormigón, o eso piensa mientras sus ojos se llenan de lágrimas y la ansiedad lo invade.—¿Raoul? —Se gira con la tez blanquecina hacia su padre. Ha conseguido abrir la zona en la que estaban atrapados y viene acompañado de Miriam, Nerea y Mamen—. ¿Alfred? Venimos con ayuda.—He conseguido sacarlo, pero Alfred... —Se le cristalizan los ojos y una lágrima sale, rebelde.Todas las miradas van hacia el brazo que sale de la roca. Las manos de Nerea se van a su boca, mientras empieza a negar con la cabeza.Mamen sale disparada hacia él y agarra su brazo. Con los ojos cerrados, intenta contar pulsaciones, como el bombero minutos antes. Nadie se mueve durante un minuto que se hace eterno. Hasta la víctima del dichoso terremoto está rezando porque uno de sus salvadores no esté muerto.Pero la capitana niega con la cabeza, empezando a sentir la misma tristeza agobiante que ya lleva Raoul clavada en el pecho. Ya no tienen que salvarlo como prioridad, así que se encargan de la víctima inicial de todo esto. Una vez en la ambulancia, sin querer quedarse a que los bomberos saquen su cadáver, Mamen llora en silencio, sintiéndose inútil.—¿Cómo ha podido pasar? —susurra Nerea. Parece ida.—Pues como pasan todas las cosas a la gente buena: por casualidad y por joder. Podría haber sido cualquiera, Raoul incluso.—Al menos murió en el acto —interviene el universitario—. Lo mío duele más.Por un segundo, la capitana de los paramédicos se plantea callarlo con una buena dosis de morfina. Luego se da cuenta de lo que acaba de pensar, se pone pálida y se recuerda que está trabajando, que no puede dejar que el duelo la afecte de esa manera. Tiene que ser objetiva hasta que ese chico esté a salvo.Pero no solo es el duelo. Es que lo último que compartieron antes de los terremotos fue una bronca por su parte, por algo que ella hace a menudo con su familia, aunque nunca con las víctimas de una emergencias. Así que lo último que habrá pensado Alfred de ella es que ha sido demasiado dura.Nerea parece darse cuenta de sus pensamientos, porque niega con la cabeza.—No te martirices ahora con eso. Ahora una pequeña bronca no es nada comparado con lo ocurrido.Tiene razón, y se siente fatal por poner su propio dolor por encima del de su compañera. Está claro que la joven parece afectada, pero lo mantiene para dentro.Está claro que no es sano la actitud de ninguna de las dos, necesitan soltarlo, pero tendrán que esperar al final del turno para tener un momento de luto.Hasta los terremotos se detienen en señal de respeto, esta vez de forma indefinida. Esto da margen a todo el mundo para ir al hospital si lo necesita. En unas pocas horas más, toda persona atrapada ya se encuentra en contacto con sus seres queridos, los turnos acaban y todo el mundo se permite respirar un poco.Manolo los manda a todos a casa, sobre todo después de ver la cara destrozada de su hijo.Él aprovecha para recoger a Roma de la estación, se asegura de que está perfectamente y se marcha a pasear.Mamen corre por las escaleras de su piso, que apenas ha sufrido algunas grietas que necesitarán reparación. No consigue respirar bien hasta que no tiene ante sus ojos a sus pequeñas. Las abraza con fuerza, alzándolas en el aire con todo el amor que puede reunir.—Tu promesa se cumplió —susurra Isabel—. Estás aquí y estás bien.—Sí. —Se esfuerza por dedicarles una sonrisa al dejarlas en el suelo—. Yo estoy aquí, mi vida, aquí siempre.Ed sale de la cocina al oír su voz y coge mucho aire antes de hundirla entre sus brazos.—Lo he oído en la radio. ¿Cómo estás?—Estoy —aspira su olor indeterminado, que siempre le hace sentir en casa— y eso es lo importante.En la estación, que Manolo pensaba que ya estaba vacía de su equipo, Nerea se mantiene sentada en una de las plataformas. Lleva media hora mirándose la punta de las botas con una apatía poco propia de ella.No escucha el sonido de los pasos hasta que descubre unas botas junto a su cintura. Levanta la cabeza y sus ojos cristalizados se cruzan con unos verdosos y llenos de duda.—Hey —saluda Aitana—. ¿Puedo sentarme?—No soy muy buena compañía ahora mismo. —Pero hace un gesto que indica que le da permiso.La bombera se acomoda a su lado y deja que pase el tiempo en completo silencio. No sabe qué podría decir que lo arreglara, es la primera vez que está tan cerca de la muerte, aunque a Alfred en persona no lo conociera demasiado.Así que se quedan ahí, con las piernas colgando de la plataforma y las mentes llenas de pensamientos tan ruidosos que temen que la otra escuche los gritos internos.En determinado momento, Nerea no puede más. Se sorbe la nariz y comienza a sollozar con fuerza. La morena la observa con cuidado, como si decir algo fuera a empeorar lo que le está pasando. Acaricia su hombro y se queda allí hasta que la paramédica pide un abrazo muy necesitado por ambas.En otro lado de la ciudad, Raoul no tiene ni que llamar al timbre para que Agoney aparezca frente a sus ojos.—Cariño... —susurra, apartando la lágrima solitaria que crea un río por sus mejillas.Se permite desahogarse entre sus brazos. El policía lo lleva con cuidado hasta las escaleras de su casa y se sientan ahí, con el pequeño encogido para recibir el abrazo, siempre entre sus piernas.Se quedan ahí hasta que Raoul tiene la suficiente estabilidad para separarse y dejar que bese su frente. Siempre se siente mucho mejor después de ese gesto tan simple.—Es mi culpa —consigue pronunciar—. Tendría que haber podido hacer algo.—Ni se te ocurra —pide con las cejas muy pegadas—. No ha sido culpa de nadie, es un fenómeno natural y le ha pillado a él.—¿Y por qué no he sido yo? —Se le corta la voz, erizando la piel contraria.—No digas eso ni en broma. —Señala su pecho—. Te quiero vivito y coleando, ¿me oyes?—Ya. —Traga saliva—. Estoy rodeado de muerte, siempre me afecta de alguna manera, estoy maldito o algo, porque si no, no me lo explico.—Cariño, mírame. —Consigue que sus ojos conecten—. No es tu culpa, tienes un trabajo que, por desgracia, se basa a veces en ver la muerte muy de cerca. Pero también ayudas a tantísimas personas..., que por eso lo haces. ¿Recuerdas?Asiente muy despacio, sin quitarle la mirada de encima. Siente que, si no lo tiene así de cerca y no lo sigue escuchando, se volverá loco. La pena de haberlo descubierto primero y haber estado ahí no le deja respirar, así que se queda apoyado en su pecho hasta que el cansancio lo vence.La ciudad se queda silenciosa, de luto por unas muertes que nadie puede recuperar, y con demasiados cimientos por levantar de nuevo.Un nuevo comienzo para todos, por mucho que empiece doliendo.
----- CHAPTER BREAK -----
Un mes y medio después, la sombra de Alfred sigue pesando sobre todos, pero la vida ha seguido. Los terremotos cesaron ese mismo día. Es como si la naturaleza se hubiera dado cuenta de que había llegado demasiado lejos y hubiera decidido dejarlos en paz.Nerea había sido a la que más le había costado superar lo ocurrido, pero eso había provocado que se acercara más a todos los bomberos de la 122, especialmente a Aitana. Las dos están empezando a pasar cada vez más tiempo juntas, incapaces de librarse del rumor interno entre sus amigos de que están saliendo.Es por esa cercanía que la rubia está invitada a un pequeño torneo de tenis entre policías y bomberos. La mayoría del grupo decidió no participar, pero Aitana no dudó en hacerlo, así que está todo el equipo animándola en las gradas.A ninguno de ellos le sorprende su agilidad en el campo, acostumbrados a verla en el trabajo, pero es que la catalana es muy buena jugando.—¡Vamos, Tana! —gritan, entre aplausos, cuando hace un punto de los buenos.Nerea pega saltitos y aplaude cuando tiene que hacerlo, aunque no entienda muy bien cómo funciona el juego. Se guía por el resto de sus amigos, que no evitan descubrirla con ojos brillantes mientras observa a la bombera.En pleno punto, Miriam se fija en un chico de pelo rubio oscuro, situado unas butacas por delante del grupo. También está de pie y anima a Aitana como si fuera su mayor fan. Entrecierra los ojos mientras clava un codo a Raoul, situado a su lado. Tanto él como Ago se giran.—Parece que Aitana tiene un admirador.—¿Y ese de dónde sale?—Eso me gustaría saber a mí —murmura la gallega—. Pero compite con Nerea por ser su mayor fan.Se mantienen en silencio, vigilándolo un buen rato mientras las raquetas siguen funcionando en la pista.El partido de tenis termina un rato después, dando como vencedora a la bombera. Más allá de sus principios, hasta Agoney se levanta entre aplausos de orgullo. La del flequillo mira a sus amigos y hace una reverencia y les manda un beso. A un lado, Nerea recibe ese beso y se lo guarda en el bolsillo. Se le borra la sonrisa al ver al resto alzando las cejas.—¿Qué pasa? Me lo guardo para luego. —Pero sus mejillas arden en un tono nuevo de rojo.El resto asiente y le da palmaditas en la espalda mientras bajan de las gradas pasando por su lado. Se mueren por felicitarla en persona.Sin embargo, el fan de Aitana llega antes hasta ella. Por un momento, la ven frunciendo el ceño, pero eso cambia en una milisegundo. La morena se tira sobre él con un gritito, fundiéndose en un abrazo que los hace dar vueltas.Pero Nerea no se achanta, así que agarra el brazo de Miriam y casi todo el grupo avanza hacia ellos. Raoul se dirige a la barra mientras, en busca de las bebidas que querían pedir.—Hey... —comenta Juan Antonio, una vez están a su altura—. Has estado increíble, tía.—Jo, Juanan, muchas gracias. —Pone un puchero y se aleja de su admirador para abrazarlos a todos.—Y... —Nerea se queda para la última, esperando poder pronunciar la pregunta sin morir de vergüenza— ¿él quién es?Aitana parece perder el buen tono de piel que estaba manteniendo, a pesar del invierno, al girarse hacia el rubio.—Bueno, pues os presento a Miguel..., mi prometido.Raoul se apoya en la barra un par de segundos, hasta que un camarero aparece frente a sus ojos, con una sonrisa gigante.—¿Qué te pongo?—Cuatro cervezas, una Coca Cola light y una botella de agua mineral. Muchas gracias.—Ahora mismo. —Se aleja hacia una nevera gigante, pero sigue hablando—. Me suenas de algo, ¿sueles venir por aquí?—Creo que hace tres semanas tuvimos que rescatar a una tenista que se quedó atrapada en la red. —Arruga la nariz—. Soy de la parte de los bomberos de la gente que está por aquí.—Oh, bombero. —Coloca las botellas de cristal, mientras le hace un repaso más que obvio—. Apúntame para un calendario.—Y su novio es policía. —Agoney pasa un brazo por su cintura, con una sonrisa tensa. Raoul entrecierra los ojos.—Genial. —Se gira para buscar la lata de Coca Cola.—¿Tenías que ser tan... así? —musita, acercándose a su rostro para que no los escuche.—Estaba ligando descaradamente.—No puede ligar si yo no le doy bola. —Menea la cabeza antes de robarle un beso lento—. Pero si te vas a poner así tan a menudo, quizá deberíamos empezar a jugar al tenis por aquí.El policía le saca la lengua justo cuando el camarero vuelve con el resto de las bebidas. Mientras Raoul paga, él coge la mitad.—Gracias. —Sonríe Agoney, como si no hubiera pasado nada.—Claro. —Se rasca la cabeza, mientras el rubio coge la otra mitad de las bebidas.Cuando vuelven con todo, se encuentran al grupo en círculo, más callados de lo normal.—Ey, ¿qué nos hemos perdido? —Raoul se hace un hueco en el círculo, para meterse él y su novio.Miriam abre la boca y acaba por agitar la cabeza, aún sin poder creerlo.—Por lo visto, este de aquí se llama Miguel.—Y están prometidos —añade Juan Antonio.Los recién llegados pestañean, sin entender nada. Buscan la mirada de Nerea, que de repente parece muy interesada en el suelo.—¿Cómo?—No puede ser... —Menea la cabeza—. Pero si ella es...—Pues sí. —La sonrisa de Aitana es tan tensa que podría explotar en cualquier momento—. Os lo explicaré en otro momento, si os parece.—Yo mejor me voy. —No espera que nadie responde, Nerea sale por patas, con las manos apretadas en un puño.El supuesto prometido no tarda en marcharse, no sin antes recordarle que sus familias han ido a Murcia solo para cenar y hablar del compromiso. Aitana no se libra de las miradas de confusión durante el resto de la velada, pero nadie intenta sacar el tema, aunque las preguntas se arremolinan en sus mentes.El siguiente turno es bastante tranquilo en cuanto a emergencias. En la planta superior, Mamen se encuentra revisando unos documentos cuando Nerea entra por la puerta entreabierta.—¿Me llamabas?—Ah, sí, esperaba tener un poco de ayuda con esto. —Le dedica una sonrisa amarga—. Así que ven, siéntate.—¿De qué se trata? —Coge asiento.—Tienes aquí todas las opciones de paramédicos que han mandado curriculums a nuestra oferta de trabajo. Tenemos que seleccionar a quienes darles una entrevista, pero...La rubia ya no escucha.—¿Paramédicos?Mamen levanta la cabeza y suspira.—A ver, no podemos ser uno menos eternamente, ¿a que no? Necesito alguien más que ayude en nuestra ambulancia.—O sea, sustituir a Alfred.—Te repito: no podemos...Nerea se levanta de golpe. Son demasiadas hostias en muy poco tiempo, sobre todo cuando al fin se sentía mucho mejor. Joder, ¿por qué tiene que ser todo tan complicado?—No estoy lista.—Nerea —susurra—, no dejes el psicólogo especializado si no te ves preparada. Ahora, necesito trabajadores competentes así que voy a seleccionar los que tengan las mejores referencias y tú me ayudarás en las entrevistas. No era una petición, es una orden.La rubia aprieta los labios con fuerza, formando una pequeña línea con ellos. Está claro que no le está dejando otra opción, ni en lo del psicólogo ni en lo de ayudarla con las entrevistas.—Bien —espeta—, pero no esperes que esté lista para ello.Camina a grandes zancadas hacia la puerta, pero no llega a estamparla contra el marco con un portazo. En su lugar, la mira con mosqueo y niega con la cabeza, antes de salir de allí en busca de alguien con quien hablar.Es triste volver a la zona donde están las ambulancias aparcadas y no encontrarse a Alfred reponiendo los medicamentos, pero ya está acostumbrada. Lo peor es saber que no puede llamarlo y que él se gire con una sonrisilla, deseando escuchar su verborrea habitual. Él siempre decía que ella hablaba mucho, pero bien, de ese tipo de personas a las que daba gusto escucharlas.No lo quería de esa manera, pero le hacía sentir bien tener amigos más allá de su grupo de maricones.En cambio, encuentra a Raoul, que limpia la parte de abajo del camión de bomberos de forma distraída. Lleva un buen rato dando vueltas en el mismo trozo, con la mirada perdida. La paramédica carraspea para llamar su atención.—Oh, hola. —Su sonrisa le arruga la nariz y achina sus ojos—. ¿Qué tal todo?—Como el culo. ¿Tú sabías lo de Aitana?—Me enteré un minuto más tarde que tú, me parece. —Suspira—. ¿Lo habéis hablado?—¿Para qué?, si no éramos nada. ¿Cómo íbamos a serlo, si resulta que no es lesbiana?—Sí que lo soy. —La rubia pega un respingo, girándose muy despacio para tardar más en cruzar sus ojos con los de la bombera—. Si no salieras corriendo a la primera de cambio...—Bien, ahora estoy aquí. —Se cruza de brazos—. así que tú dirás.Aitana coge aire muy despacio, clavando sus ojos en un Raoul que parece mucho menos preocupado y que, por tanto, lo juzga menos.—A lo mejor esto os suena raro, pero mi familia es muy importante en algunos negocios de Barcelona. Y la familia de Miguel también.—Estamos en el siglo XXI, dime por favor que esto no va de una boda concertada porque...—Es algo así. —Asiente con energía—. Pero no nos vamos a casar, ¿vale? Él sabe que soy lesbiana. Solo tenemos que fingir una vez más, en una cena dentro de poco, con nuestros padres, y ya después les diríamos por mensaje que no estamos juntos, que no vamos a seguir con esto.—¿No estáis juntos? —Da un paso tambaleante hacia ella.—¡Claro que no! Somos amigos desde pequeños, nos llevamos súper bien, de hecho fue de las primeras personas con las que salí, pero ya está. Ya está —susurra.—¿Este es el momento en el que me voy? —interviene Raoul, viendo que están a punto de comerse la boca. No le apetece estar en medio.—No, no hace falta. —Nerea niega con la cabeza—. No me gustan mucho estas situaciones, yo soy una chica simple, de "me gustas, te gusto, salgamos", y esto es demasiado.Un plomo cae sobre el estómago de la más alta, bajándola al suelo.—¿Crees que no lo sé? Joder, nunca he podido hablar de esto con mi familia. Miguel sí, pero eso no sirve de nada si no arreglamos esto. Pero yo lo haré, mi familia me dejará en paz y entonces...—Si todo eso sucede hablaremos. Por el momento prefiero mantenerme alejada.Aitana aprieta los labios, pero acepta su decisión con un asentimiento suave. Se retira por donde ha venido, dejándolos de nuevo solos.—No ha ido tan mal —comenta el bombero—. Pensaba que la matarías.—Si lo que dice es verdad y tiene que fingir frente a sus padres..., no voy a ser yo la que la haga sentir más culpable. —Se encoge de hombros—. Pero eso no significa que no vaya a proteger mis sentimientos.—Te entiendo perfectamente. Yo lo hice mucho tiempo, y mírame ahora.—¿En una relación demasiado empalagosa con mi mejor amigo?—Algo así. —Ladea la cabeza—. Pero ahora en serio, a ti no solo te preocupa eso.La paramédica suspira, apoyándose en el lado del camión que su amigo ya ha limpiado.—No tiene que ver con Aitana —avisa, pero al bombero no parece importarle—. Es que Mamen quiere hacer entrevistas para sustituir a Alfred.Raoul deja de limpiar al instante, soltando el trapo en uno de los cubos. La observa con gravedad, con un nudo en la garganta. De alguna forma, han sido los dos más afectados por lo ocurrido, aunque por diferentes motivos.—¿Ya ha cogido a alguien?—No, solo tiene un montón de currículums, va a revisarlos y luego hacer entrevistas a los que considere más aptos. Y quiere que ayude.—Eso es que valora tu opinión —susurra con cuidado.—Si la valorara, me escucharía cuando le digo que es demasiado pronto. —Le echa un ojo y suspira al ver su cara—. Tú también piensas que exagero.—Cuando se trata de llorar una pérdida, dudo que haya una forma correcta. No exageras, te duele y no quieres sentir que lo sustituyen. —Asiente, agradecida de que alguien ponga en palabras tus pensamientos—. Pero es el trabajo, ¿sabes? Ahora mismo en tu ambulancia solo sois vosotras dos, y no pasa nada por tener un par de manos extra. En mi estación de Madrid teníamos que buscar gente nueva cada poco tiempo, cuando alguien se marchaba, porque no se podía mantener la situación con uno menos.—Entiendo eso, pero no puedo hacer que deje de doler.Raoul le dedica una sonrisa de entendimiento.—Puede que te cueste un poco, pero sé que podrás con ello. Siempre te he visto muy madura, con mucha cabeza, ¿sabes?Le dan ganas de poner una mueca, porque eso es algo que podría decir Alfred, pero se promete que no duela y sigue la conversación como si nada.—Sí, pues entre la chica que me gusta y un amigo muerto, últimamente no lo estoy demostrando.—Date tiempo —repite—. y háblalo con alguien. Si prefieres con un amigo, yo siempre estoy disponible en tus turnos... y si no, un psicólogo siempre ayuda.Asiente con agradecimiento.—Creo que eso haré. Tampoco puedo dejar que esto afecte a mi forma de relacionarme. Seguro... que el paramédico que contratemos es increíble.—Eso es, así se habla. —Sonríe con orgullo.—Trae, te ayudo. —Le quita un trapo del cubo y se pone a ayudar con energía. El bombero la observa, como si quisiera descifrarla, pero termina por acompañarla en la limpieza del camión.Tras ese turno tan revuelto en lo personal, Raoul se permite pasar el día con su chico. Es jueves, día del mercado en el centro de Murcia, así que el policía utiliza su día libre para comprar acompañado de un pegajoso rubio.Con varias bolsas de frutas y verduras, pasean por la Fama, esquivando a señoras que charlan con los vendedores sobre el kilo de naranjas y se quejan de cómo está subiendo todo de precio. Ellos hablan de varios temas, incluso uno a corazón abierto, de dudas y una pequeña esperanza.—¿Hablaste con Nerea? —pregunta una vez cerrado el cajón de las dudas anterior.—¿Te ha dicho algo? —El moreno asiente, así que arruga la nariz—. Sí, estuvimos hablando de lo de Aitana, pero sobre todo de la sustitución de Alfred. Lo está llevando mal.—Es normal, pero ya le he dicho que vaya al psicólogo.—Parece que hemos tenido la misma idea.—Una misma mente tenemos. —Le guiña un ojo, logrando que el rubio agarre su mano—. Lo de Aitana... es raro por todos lados, ¿no?—Es raro porque me extraña que hoy en día haya empresarios montando bodas entre hijos para ampliar el negocio o hacer alianzas, pero que la pobre no haya dicho nada...—Según dice Nerea, se acaba pronto.—Ojalá que sí. La pobre ya se ha llevado una hostia.Agoney arruga la boca, antes de suspirar.—Si Aitana termina su farsa, espero que lo hable con ella, porque han pasado demasiado tiempo rotando alrededor de la otra sin decir nada.—Eso sí que es raro. Ni un beso, mucho menos sexo...—Claro que lo ves raro, como si nosotros hubiéramos esperado un minuto antes de enrollarnos.A Raoul le entra la risa tonta, que se contagia rápido a su pareja. Cruzan hacia una calle donde hay varios puestos de calabazas, así que Agoney lo dirige directo a ellos.—Podríamos hacer una tarta de calabaza al volver a casa —murmura.—Ay, sí, y luego la repartimos en la 122 y con Jonathan y tus amigos.—Estaría guay... —Observa las opciones.—En fin, lo que hace uno por la familia. —Su mente vuelve a la situación de Aitana.—Cuando uno los quiere... —Pone una mueca.—Ah, sí, por supuesto, querer a esa gente de nuestra sangre. —Pone los ojos en blanco—. Yo sería más feliz si no viviera con dos conejos de casi cincuenta años que han decidido redescubrir su relación.Sonríe al comprobar que le saca una carcajada sincera.—A mí me parece bonito... ¿Te imaginas que esta vez les sale bien?—Solo espero que me dejen independizarme contigo antes de que renueven los votos matrimoniales —musita, cotilleando hasta coger una de las calabazas—. Por Dios, lo triste que es decir "que me dejen", como si fuera un crío.—No creo que sigan tan preocupados por ti a estas alturas. —Pellizca su mejilla, y deja un beso corto en su boca—. Podemos coger esa y otra un poco más pequeña.Pero entonces, todo cambia con la rapidez de un rayo. Suelta su mano como si quemara y se gira de golpe hacia el puesto, de repente muy interesado en la vendedora, a la que pregunta por el precio de las que tienen vistas.—¿Qué te pasa?—Nada, que prefiero que nos demos prisa, eh...—¡Aguito!Es testigo de cómo su rostro cambia por completo. Nunca había visto al policía tan pálido, ni todas las veces que estuvo a punto de morir. Pero consigue disimular y girarse con una sonrisa más falsa que un billete del Monopoly al que jugaron la noche anterior.—¡Mamá, papá! —El rubio se vuelve también, con los ojos iluminados—. No os había visto, ¿qué hacéis por aquí?—Tu madre tenía que hacer la compra y me ha arrastrado con ella —gruñe un hombre enorme, como un armario de barba y pelo oscuro. Tiene los ojos negros, como su hijo.—No hagas caso de sus quejas. —Y palmea su abdomen sin ninguna vergüenza—. Lo tengo a dieta porque se pasó con el helado todo el verano... y el otoño también, así que, si lo puedo poner a caminar, lo haré.Vale, la personalidad la ha sacado de su madre, sin duda.—No te pases, que no es para tanto —farfulla.Entonces, Gloria ladea la cabeza, fijándose en el único del círculo que no ha pronunciado palabra.—Hola, ¿y tú eres? —pregunta con dulzura impregnada en la lengua.—Oh, casi se me olvida. —Raoul se hincha de orgullo—. Este... es Raoul. Es un compañero de trabajo. Raoul, estos son Gloria y Benito, mis padres.Se desinfla a la misma velocidad que se hinchó, intentando buscar una mirada que Agoney no le está permitiendo. ¿Ha dicho de verdad lo que cree que ha dicho?—Anda, ¿tú también eres policía? —El hombre lo escanea, seguramente fijándose en su baja estatura.—No, soy bombero. Pero compartimos muchas emergencias y... —se aclara la garganta, tras un último vistazo a su novio, que parece asustado por su elección de palabras—, la estación de bomberos y la comisaría comparten cafetería, así que...—Ah, claro, es fácil llevarse bien. —Asiente la mujer, como si lo supiera.—Pues encantado de conocerte, Raoul. —Le estrecha el brazo—. No sé si mi hijo te lo ha dicho, pero yo soy parte de la Guardia Civil.—Algo me dijo, sí.Se le acelera el corazón. La primera vez que hablaron sin alcohol o emergencias de por medio, antes de su primera vez. Por supuesto que se acuerda.Pero está claro que no tienen la misma importancia en la vida del otro.En casa de Manolo, la situación es diferente, pero la conversación no lo es tanto.Susana levanta de la cama, tratando sin mucho éxito de llevarse con ella una manta. No le gusta la idea de pasear desnuda, por si su hijo llegara a aparecer. Saben que lo más probable es que no lo vea en unos cuantos días, pero tiene que asegurarse.—¿De verdad no puedes quedarte un rato más?—Me ducho y me preparo para la reunión con el despacho de abogados de Madrid. Que esté aquí no significa que esté de vacaciones, querido.—Podrías estarlo. A mí me va muy bien.—Y yo soy demasiado feminista para permitirte pagarme todo. —Pero se gira despacio, con el ceño fruncido—. A menos que quieras algo más.—¿Algo más?—Sí, ya sabes... —Vuelve, caminando con el cuidado de una diosa—. Nadie lo deja todo por un poco de sexo, pero aquí estoy, meses después de la recuperación de nuestro hijo y de que tú estés recuperado del tumor.—Creo que no te estoy entendiendo.—Es sencillo: ¿qué me queda aquí, Manolo? Raoul pasa más tiempo con su chico y en el trabajo que aquí con nosotros.—Lo que tenemos ahora mismo... —Acaricia su hombro con una suave línea—, a mí me parece suficiente.—Te lo repito: nadie lo deja todo por sexo. Por muy bueno que sea, es que no.—¿Significa que te quieres marchar?La abogada pone los ojos en blanco.—¿No se te ocurre ninguna teoría mejor?—¿No? —responde con tono de pregunta, una vez se ha tomado un minuto para pensarlo.—Lo explicaré para tontos: quiero algo serio, Manolo.El capitán pestañea, como si no conociera ninguna de esas palabras.—¿Perdona?—Tengo ya casi cincuenta años y la vida se me pasa volando. Ya no estoy como para tener sexo sin que signifique nada. Y sé que Raoul es mayorcito, pero también es raro tenernos por casa como conejos, cuando somos sus padres y lo dejamos fatal con la ruptura.—Pero... ¿por qué? No es que no signifique nada, somos dos amigos que disfrutamos del sexo en común sin que suponga mayor drama. Si ambos estamos de acuerdo...—Una cosa es estar de acuerdo con lo que hacemos, y otra que sea lo único que quiera. Quiero estar contigo, quiero que sea serio.—Qué necesidad de cambiar lo que ya funciona, mujer...Susana entrecierra los ojos y se marcha con toda la dignidad que puede. El bombero se queda en la cama, mirando la puerta por la que ha desaparecido con una mueca. ¿Qué se supone que tiene que hacer con esa información? Joder, con lo fácil que sería mantener la relación que ya tienen y que no da dolores de cabeza...Esa noche, Aitana se despide de sus padres en el restaurante, abandonándolo sola para poder tener un rato para ella. La cabeza le da vueltas, y no por haber bebido, sino por la situación. Está deseando que se marchen a Barcelona a sus líos y la dejen tranquila. Lo único que la alegra es que Miguel esté igual que ella, desesperado por poder hacer su vida de una vez.Se detiene de golpe al cruzarse en plena calle con Nerea. La rubia lleva una gabardina que tapa casi todo su cuerpo y deja a la imaginación su verdadera ropa. La observa con un gesto inocente y soñador antes de avanzar hasta ella.—Hola. —Se mete las manos en los bolsillos—. ¿Cómo vas?—¿La verdad? Estaría mejor si mi familia no estuviera en un restaurante decidiendo mi futuro. ¿Tú?—Igual que tú. Pero contigo —se apresura a explicar—. Quiero decir...—Te he entendido, tranquila. Estamos en las mismas..., pero te prometo que yo querría que todo fuera diferente.—Ya. —Tuerce el gesto—. Espero que consigáis acabar con esto pronto.—Yo también lo espero. —Se pone de puntillas y vuelve a la posición original un par de veces—. Porque..., ya sabes, me apetece pedirte salir sin sentir que estoy engañando a todo el mundo.—A mí ya me empiezas a engañar poco. —Sonríe con los labios apretados—. Creo que te voy captando, Aitana Ocaña.—¿Ah, sí, Nerea Rodríguez? ¿En qué pienso ahora? —Da un paso hacia ella.La rubia entrecierra los ojos, fingiendo una concentración que en realidad se traduce en ganas de reírse. Se lo pasa bien con ella, ¿por qué tienen que estar destinadas al desastre?—Piensas que... te encantaría desaparecer y marcharte a otro lugar solo para poder ser tú.—Es una buena opción, pero no. Eso es más bien lo que me llevó a Murcia —confiesa, haciéndola alzar las cejas con auténtica sorpresa—. Pensaba que me apetece mucho tomarme un helado contigo, sentadas en un banco.—¿Con este frío?—Nunca hace suficiente buen tiempo para tomarnos algo rico. ¿Te apuntas?—Sí, seguro que al menos podemos pillar el Llao llao abierto y tomarnos algo. —Entrelaza sus brazos con gesto resuelto—. Venga, desaparezcamos un ratito para poder ser nosotras.Aitana asiente, sin apartar la mirada de sus labios. ¿Con ella? Con ella cualquier lugar es suficiente.En otra zona del centro, Raoul camina lo más rápido que le permiten las piernas sin resultar ridículo. A apenas un par de metros y recortándole distancia a cada paso, Agoney se queja y le pide que se tranquilice.Como tiene llave, no tiene que esperar mucho para abrir la puerta del chalet de su novio y ponerse a buscar sus cosas.—Oye, ¿puedes ir un poco menos acelerado? —Se apoya en el marco de la puerta, jadeando por el esfuerzo—. ¿Qué se supone que haces?—Recoger mis cosas —explica, sin mirarlo—. No son tantas, solo unos zapatos y un par de pantalones en tu habitación, terminaré pronto, no te preocupes.—Pero ¿quién te ha dicho que tengas que marcharte? —Menea la cabeza—. Pensaba que íbamos a hacer la tarta y que dormías aquí hasta el próximo turno.Raoul lame sus propios labios antes de girarse hacia él.—¿Un compañero de trabajo? ¿Eso soy?—¿No estarás enfadado por eso de verdad...?—Mira, tío, no te mando a la mierda porque prefiero estar más en frío para eso. ¿Un compañero de trabajo? ¿En serio? —repite—. Pues si soy tu compañero de trabajo, lo que hicimos ayer después del Monopoly y esta mañana es muy poco profesional.—Desde luego que a Recursos Humanos no les gustaría nada. —Sonríe.—Me voy. —Mete los pantalones en la mochila—. No me merece la pena seguir aquí cuando le estás quitando importancia.—No, espera. —Lo detiene con el brazo—. Vamos a hablarlo, te tomo en serio, lo prometo.—Muy bien, pues explícame lo que ha pasado con tus padres.—No esperaba encontrármelos en el mercado, me ha pillado de sorpresa —masculla.—¡Claro! Porque te los has encontrado de casualidad, porque tú no pensabas presentármelos. Supongo que no soy lo suficientemente importante como para ser presentado, seguro que pensabas que de aquí a unos meses...—Te voy a cortar ahí, porque no. Eres importante, más de lo que nadie lo ha sido. —Apoya una mano en su mejilla, y Raoul se deja, con los ojos cerrados—. Mira, lo siento, he sido un capullo, pero con mis padres..., es complicado hablar de estos temas.—Pensaba que estabas fuera del armario.—¡Y lo estoy!—¡Ah, genial! —Le aparta la mano con brusquedad—. Estás fuera del armario, pero no soy lo suficiente como para presentarme como tu novio.—Raoul, es que tú esto no lo entiendes. Yo no he tenido la suerte de tener unos padres de ciudad grande y mente abierta, aliados LGBT y todo eso. Yo salí del armario a los diecisiete con mucho miedo. Esa noche me dieron un abrazo y un "te quiero", y ¿sabes lo que me dijeron a la mañana siguiente? Nada, me pidieron que les pasara la sal para la tostada y ya. Decidieron ignorarlo —susurra—, y no han vuelto a mencionar el tema. Es más, hemos tenido eventos sociales donde me han preguntado por novias, y mis padres no han hecho ningún esfuerzo por corregir a nadie. ¿Cómo quieres que actúe si ellos no quieren ni repetir en alto que su hijo es gay?Raoul consigue coger una gran bocanada de aire, que le permite pensar bien lo que quiere decir. Tampoco le apetece culpabilizarlo de esto, pero sigue enfadado.—Siento mucho que se lo tomaran así, pero en el momento en el que sales tendrías que dejar de preocuparte por las apariencias con ellos.—Es muy difícil para mí contárselo sin más.—¿Para ti es difícil contarles que tienes a un chico que te quiere y te cuida muchísimo? —Da un paso hacia él, con el alma rota—. No sé qué hago aquí todavía.—Sabía que no lo entenderías. —Niega con la cabeza—. Tienes razón, deberías marcharte.El rubio aprieta los labios para no sollozar cuando asiente y pasa junto a él, dejándolo solo y destrozado.
----- CHAPTER BREAK -----
La primera mirada que comparte Manolo con su hasta ahora ex es bastante incómoda, por decir algo. La abogada bufa al notar que se está alargando el momento y no duda en sentarse en el taburete para tomarse su desayuno en paz.Pero el bombero no puede más con esa situación tan rara entre ellos. Menea la cabeza y apoya las manos sobre la encimera, quedando frente a ella.—No quiero que estemos así eternamente.—¿Así cómo? —Alza una ceja, mientras bebe un sorbo de café—. Yo estoy muy tranquila con todo lo que he hecho hasta ahora. ¿Tú no?—No te pongas en modo abogada, porque esto es serio. Me parece que el otro día soltaste una bomba y desapareciste antes de poder procesarla.—Sí, porque dejaste claro cómo te sentías al respecto. —Arruga la nariz—. No pasa nada, soy una mujer adulta, con cierta edad, puedo soportarlo. Pero me voy.—¿Te vas? —Se le salta un latido.—Sí, vuelvo a Madrid. No tiene sentido seguir aquí, cuando no tengo nada serio o importante que hacer. —Le echa un vistazo con desdén—. En fin, Raoul pasa más tiempo con su novio que en esta casa y está claro que no tiene secuelas del disparo, así que... se acabó.Manolo intenta pensar algo que decir, algo que termine con esa conversación estúpida. Él no sabe si quiere algo serio con ella, pero solo de pensar en que se vaya todo a la mierda, así como así... Tienen algo muy especial, demasiado como para dejarlo estar.Está a punto de abrir la boca para intentar algún movimiento que los arregle de una vez, pero Raoul aparece por la puerta, arrastrando los pies y con cara de no haber dormido apenas esa noche.—¡Hombre! No te esperábamos aquí. Creía que te quedabas con Ago hasta el próximo turno.—Ya... —Se rasca la parte de atrás de la cabeza—. Hemos discutido, así que era mejor alejarme un poco.—¿Qué me dices? —Susana lo hace tomar asiento en el taburete contiguo—. ¿Qué ha ocurrido, cariño?El rubio coge una bocanada de aire, encogiéndose de hombros. En realidad, no se siente con tanta energía como para rememorarlo, pero quizá pueda pedirles consejo sobre cómo debería llevar la próxima conversación que tengan. Sin duda, no quiere repetir el mal sabor de boca que se le quedó al salir de la casa de su chico.—Resulta que ayer estuvimos haciendo las compras juntos —Manolo y Susana asienten, prestando atención a cada palabra— y nos cruzamos con sus padres por casualidad. Total, que hablaron un poco y Agoney me presentó... como su compañero de trabajo.La pareja cambia su expresión en apenas dos segundos.—¡Dime que no! —Susana se lleva una mano a la boca—. ¿Por qué?—No lo sé, te juro que no entiendo en qué momento decide que es buena idea. —Se le corta un poco la voz, así que se tranquiliza y entonces sigue explicándose—. Quiero decir, estoy hablando del mismo tío que consiguió que admitiera que me moría por él y que quisiera tener pareja después de la hostia con Alex. El mismo tío que ha sido un sol desde el minuto uno, ahora finge que no somos nada con las personas más importantes de su vida.—Quizá no lo sean —interviene su padre—. A lo mejor la situación ha sido difícil con el tema de que le gusten los chicos. ¿No es su padre guardia civil? Porque no quiero ser prejuicioso, pero... es todo mucho más conservador por esos círculos.—Sí, pero hasta donde yo sé, ha salido del armario, aunque sea complicado. No debería esconder lo nuestro.—Por supuesto que no debería. —Susana le da la razón con el ceño fruncido—. Tú mereces que la persona con la que estés te presuma cada día y crea en lo vuestro, no te esconda en los momentos serios.—Bueno —Manolo chasquea la lengua—, pero a veces esa persona puede no estar preparada para que las cosas cambien. Una vez te encuentras cómodo en una situación, salir de ese confort, y más con un padre así...—Acomodarte en no querer algo serio porque eso lo estropearía todo es de ser muy crío, y ya tienen una edad. Raoul debe sentirse... poco seguro en una relación en la que no puede ser él al completo. —Le aprieta los hombros en señal de cuidado—. Pobrecito mío.Raoul se muerde el interior de la mejilla, mientras gira su cabeza, como si de un partido de tenis se tratara, cada vez que uno de ellos interviene en la discusión. Al menos él ya está fuera de ella, aunque lo que digan le afecte de la misma manera.—Tendrán la edad que sea —masculla el capitán—, pero estas situaciones son complicadas para todos los involucrados.—Chicos —decide cortarlos hasta que dejen de ser neutrales y usen sus propios nombres—, ¿por qué tengo la sensación de que esta conversación ya no va sobre Agoney y yo?Susana imita su gesto anterior, mordiéndose el hueco de la mejilla.—No nos hagas caso, cariño. —Le quita importancia con la mano—. Vamos chocheando, es la edad.—Vale, voy a ignorar por dónde ibais y volver a mí, si no os importa. ¿Algún consejo? Como veo que tenéis opiniones diferentes, me vendría bien saber qué pensáis los dos.La pareja comparte una mirada con un punto de complicidad que casi le da envidia. Casi, porque él sabe con quién tiene ese nivel de conexión. Y también están peleados.—Deberíais hablarlo, sentaros y discutir sin gritos ni tonterías.—Lo que dice tu madre. —Señala Manolo—. Es lo mejor, darle vueltas solo alarga un dolor que es inútil. No se vive para siempre, y menos siendo un Vázquez, así que hablad y arregladlo.Susana le da una colleja por sus palabras, pero el rubio asiente con una sonrisilla.—Sea lo que sea, habladlo vosotros también. —Los señala de forma alternativa—. Que me vais a volver loco.—Oh, hijo, es que tú no sabes...—Me parece que sé demasiado. —Le roba la taza de café para tomarse lo que queda.—¿Qué sabes tú? —Lo miran con susto conforme se levanta hacia el frigorífico.—¿Todo? —Les dedica una sonrisa culpable—. Las paredes no son tan gruesas como pensáis. Lo sé desde hace tiempo, lo que sea.—Aún no sabemos muy bien...—Si ya imagino, y que conste que me parece genial. —Alza las manos—. Pero arreglad vuestros asuntos, que ya estáis mayorcitos.Y vuelve a su habitación con una manzana en la mano y la sonrisa satisfecha de quien los ha dejado sin palabras.Esa misma mañana, Agoney consigue quedar a desayunar con Kibo. Ha tenido que desplazarse hasta la zona de trabajo del operador, pero sabe que, en cuanto acaben, él podrá empezar su jornada en apenas unos metros.—Vale, ya tenemos nuestras tostadas con aguacate, ahora ¿puedes explicarme cuál es la prisa de quedar a desayunar de mala manera en mi trabajo y sin el resto?Es una pregunta excelente para empezar a abrir la boca. En primer lugar, porque no ha dormido ni media hora desde que su novio salió de su piso. En segundo, porque Nerea tiene sus problemas propios con Aitana y es mejor dejarla solucionarlos sin drama extra, y Ricky nunca es totalmente objetivo cuando se trata de Raoul.Así que pasa directo a la parte donde le explica lo gilipollas que ha sido con su chico y lo poco que se merece estar con alguien como él. El rapado lo escucha en silencio, dando mordiscos suaves a su desayuno y asintiendo cuando lo cree necesario.—Eso sería todo. —Acaba soltando todo el aire acumulado—. ¿Puedes insultarme ya? Me agobia que estés tan callado.—Solo estoy procesando lo que ha pasado, ya está. Supongo que si quieres que te insulte es porque estás más de acuerdo con Raoul que anoche.—No sé, sí, supongo. Es que me fastidia haberla jodido por una tontería así, pero a la vez..., me da miedo cómo pueda salir con mis padres.—¿Crees que se lo tomarían muy mal? —Kibo alza una ceja.—Creo que el 99% del tiempo se olvidan de que soy gay. Viven genial fingiendo que todo está bien, yendo a la iglesia y seguro que presumen de su hijo policía, sin mencionar ese pequeño detalle que constituye toda mi vida.—Bueno, como inspector recién ascendido que ha resuelto más de un caso gordo..., me parece que te infravaloras si crees que tu personalidad es ser maricón.—Pero Raoul sí es parte importante de mi vida —susurra, escondiendo la cara entre los brazos, apoyados en la mesa—. No quiero que lo traten mal, o que le miren con asco o algo.—Pero te ha costado mucho que sea tu novio, y ahora que lleváis más de seis meses buenísimos, ¿de verdad vas a joderlo todo por no presentarlo como lo que es?—Por eso debería entenderme. —Lo señala con vehemencia—. Él no estaba listo para ser mi novio y yo lo esperé lo que hizo falta, a lo mejor yo no estoy listo para decirles que lo es.Kibo suspira con tanta energía que poco más y tira todas las servilletas al suelo.—Vale, creo que deberías contarle eso, pero también escucharlo.—Si yo sé por qué está enfadado, joder, solo que no estoy preparado para solucionarlo ahora.—Tú habla con él —El rapado se termina la tostada de un bocado— y ahora, si me disculpas, voy a salvar vidas de gente con problemas reales.El policía abre la boca para protestar, pero el operador ya está camino de su escritorio, listo para trabajar respondiendo las llamadas. Ni siquiera le pide que se marche, así que se toma su tiempo para salir de allí e irse al trabajo. Por suerte, aún queda un día para el turno de Raoul, así que tiene margen para volvérselo a encontrar, antes de que todo empiece a ser raro.Uno y otro se descubren a sí mismos revisando el móvil a menudo, en busca de un mensaje que ansían y no parece llegar. Acaban bloqueando el teléfono con mal gesto, solo para entrar en bucle un rato después. Para el rubio es aún peor, porque, a falta de turnos y con su padre de un lado para otro, no tiene mucho que hacer.Intenta quedar con Aitana, pero ella tiene sus propios planes. De hecho, se dirige a ellos a primera hora de la tarde, aún con la lasaña en el estómago.—Hey. —La saluda Miguel, con dos besos que ella no niega.—¿Llevas mucho esperando?—Qué va, he dado un par de vueltas para intentar llegar a tiempo. Estoy algo nervioso.—No tiene por qué serlo. —Agita la cabeza—. Es hablar con ellos y explicarles que somos mayorcitos para que jueguen con nosotros a las muñecas. No nos vamos a casar y punto.Da un paso al lado para cruzar la entrada del hotel en el que se están alojando, pero Miguel da uno a la derecha y se lo impide.» ¿Te pasa algo?—Es que me apetecía hablar contigo antes de tener esa reunión. Sobre todo porque me gustaría que lleváramos la misma versión de los hechos.—¿Versión? Pues la que hemos tenido desde hace años: que no nos gustamos de esa manera, que de todas formas a mí no me gustarías y que queremos hacer nuestra vida. Y que algún día nos casaremos, o no, con quien nos dé la gana.—¿Y si yo no pensara lo mismo?Vale, puede que esto sí haya desarmado un poco sus planes, pero ella no le da a nadie la satisfacción de que piensen que la han pillado por sorpresa.—Si quieres decir que estás enamorado de otra persona para ayudar a mejorar la explicación, tienes mi permiso. Quizá hasta yo añada algo así —dice para sí misma.—No. Quiero decir... —cierra los ojos— sí que estoy enamorado de alguien.—Eso es fantástico...—... de ti.Aitana entreabre la boca, pero esta se cierra por la gravedad, porque no consigue pronunciar ningún sonido. Esto sí ha sido un desarme de manual.—¿Cómo que de mí? —Ponerse recta no hará que sea más alta, pero al menos se siente más intimidante—. ¿Cómo...? ¿Cómo ha pasado esto?—Con el tiempo, supongo. Aiti, tú eres la hostia, pasábamos mucho tiempo juntos antes de que te mudaras a la ciudad que no existe para trabajar. Pero tú perteneces a Barcelona, a mí.—No soy una posesión de nadie, si acaso soy mía. —Aprieta el puño—. Y ahora mismo estoy muy a gusto aquí, la verdad.—No lo niego, pero tú y yo... siempre hemos tenido una conexión especial.—Claro, porque somos amigos...—Yo ya no puedo ser tu amigo.Y no la deja volver a protestar, pues une sus labios con un gesto lento, manteniendo agarrada su nuca para evitar que se aparte inmediatamente. En cuanto puede hacerlo, le pega una bofetada.—¿Qué coño haces?—Besarte como siempre había deseado hacerlo.—Soy lesbiana.—Pero eso se puede solucionar.Coge aire por la nariz y lo suelta por la boca. Se está tomando su tiempo para no arrancarle la cabeza ahí mismo, aunque no se ha ganado esa compasión.—Voy a entrar, hablaré con nuestros padres y romperé el compromiso de los cojones. Échame la culpa si te sientes mejor y no te apetece escucharlos, pero yo tampoco te quiero escuchar nunca más. —Casi deletrea las últimas palabras.Sube a la habitación de hotel, ya sin los impeditivos de Miguel, e irrumpe con fuerza y la cara enrojecida.Para cuando sale, no sabe si ha conseguido su objetivo, pero al menos ha dejado claro su postura. Y nadie la podría hacer cambiar de opinión.Va tan acelerada que le cuesta unas diez veces encender su móvil y reabrir la última conversación en la que escribió. Raoul contesta a su única pregunta en apenas un minuto, lo que refleja su nivel de aburrimiento.También le envía un «qué envidia, vais a ser las mejores novias, cabronas», y le saca una sonrisilla.Se planta en el edificio en diez minutos, justo a la vez que una familia bastante numerosa está saliendo. Uno de ellos, el más adolescente, le sujeta la puerta, así que sonríe en agradecimiento y busca el ascensor para llegar a su destino.Nerea lleva toda la mañana haciendo una limpieza gigante de su piso, con música de Melendi de fondo, cuando el timbre suena con fuerza y sin detenerse, por encima de la música. Frunce el ceño, apaga la radio que estaba en pleno salón, y se acerca a la entrada sin quitarse los guantes de limpiar.—Aitana, ¿qué...?No le da tiempo a preguntar pues, igual que a ella una hora antes, le roba un beso, apretando su boca con la contraria. Puede sentir cómo Nerea se relaja de forma progresiva al darse cuenta de lo que pretendía al aparecer allí y empieza a corresponder el beso. Y menos mal, porque a veces le entra la ansiedad de no gustar y estaba a punto de separarse y pedir disculpas.Pero no le hace falta: la rubia pasa las manos por su espalda y la estrecha contra sí. Solo entonces su respiración se tranquiliza bastante como para entreabrir la boca y dejar que sus lenguas se crucen por el camino. Y vaya si se cruzan, se hacen mejores amigas en un segundo y al siguiente ya conocen cada recoveco de la contraria.Todo esto sin moverse la puerta.—¡Toda la tarde con el puto Melendi de los cojones y ahora las bolleras enrollándose en la entrada! —Nerea pega un respingo, mordiéndole el labio a la chica—. ¡Vaya falta de respeto!Aprietan los labios, pero eso no evita que la carcajada llene el pasillo comunitario del edificio. La rubia tira de la morena y cierran la puerta tras ella. En esta ocasión comparten un beso mucho más sentido y menos abierto, pero que las hace separarse con una sonrisa que les cruza la cara por completo.—Eh..., eso ha sido intenso.—Perdona, yo no voy por medias tintas, y encima me han cabreado... ¿Te ha molestado?—Ahora voy a empezar a esperar abrir la puerta y que todo el mundo me coma la boca. Sería decepcionante otra opción después de la mejor experiencia de mi vida..., de abrir la puerta, me refiero.—Debería patentarlo. —Se rasca la barbilla, haciéndola reír.—Ahora quitando la broma..., ¿qué ha cambiado?—Supongo que mi familia ya sabe que no me interesa Miguel, él también se ha enterado de la peor manera posible y...—¿Cómo se ha enterado él? Pensaba que estabais en el mismo punto.—Es una historia muy larga. —Se permite un segundo para coger aire y mirar a su alrededor—. ¿Estás desinfectando todo?—Mañana tengo turno, limpio cuando no toca. —Se encoge de hombros—. Pero ¿qué te voy a contar, si tenemos el mismo? En fin, siéntate, te escucho mientras pongo este lugar presentable.Así que coge asiento en el sofá, se acomoda hacia atrás y empieza a hablar y a explicarle cómo se ha cagado en los muertos de dos de las familias más importantes en la Barcelona empresarial.Tras una noche intensa en sentidos poco sexuales, Aitana tira de la paramédica para llegar a la estación donde trabajan juntas.—¡Adivinad qué ha pasado!Miriam entrecierra los ojos, enfocando las manos entrelazadas, la mirada sonrojada de Nerea y la ilusión de los ojos verdosos de la bombera. Mientras esto sucede, Raoul llega a la misma conclusión y pega un bufido que se puede malinterpretar con facilidad.—Al fin habéis dado el paso y ya no sois solo amigas.Aitana guiña la mirada, algo molesta por la facilidad de razonamiento.—Odio cuando te pones en modo Sherlock.—Tú preguntaste. —Se encoge de hombros.El rubio se apoya en el camión con un gesto desconsolado.—¿Y a este qué le pasa?—Aún no ha hablado con Agoney y está en modo drama —explica Juan Antonio, que no ha dejado de limpiar el camión del que se encargaban juntos.—¿Me he perdido cosas? —Pestañea Nerea.—Uy, habrá que ponerte al día.—No, no hace falta que arruinemos su día especial por mi drama. —Le quita importancia el bombero—. Chicas, enhorabuena, sabía que en algún día pasaría, así que solo puedo ponerme feliz por vosotras. Eso sí, me encantaría no sentirme un imbécil porque yo he tenido esto y lo he arruinado.—El que no quería arruinarlo con drama. —Suspira y busca un abrazo que está claro que necesita.—Lo voy a hablar con él después de este turno, cuando sepa que él no está de guardia nocturna. Pero de momento vamos a pasar del tema, ¿vale? —La aleja con toda la delicadeza que puede.Aitana pone una mueca, pero lo deja estar. Sabe lo que es que todo el mundo te pregunte y te apresure sobre algo que ya es bastante doloroso de por sí. Lo mejor para su amigo es tratar de vivir el turno sin entrar en bucle, y luego solucionarlo con la única persona con la que debe hablar.A las afueras de la ciudad, junto a la autovía que lleva a la zona universitaria y de centros comerciales, una niña se acuesta cuando su madre se lo dice. Apenas protesta, y eso que sus ojos están abiertos, sin ni una pizca de sueño.—¿Lucía? —Su cabeza se levanta de golpe al escuchar una voz grave y distorsionada que sale de uno de sus peluches—. ¿Estás despierta?—Hola... Sí, no tengo nada de sueño. —Sale de la cama sin pensarlo dos veces, pero queda sentada al borde para poder hablar con él.—Eso está bien... Así podemos charlar un rato sin que nadie nos moleste... ¿Le has contado algo a tu madre?Se apresura a negar con la cabeza, pero no sirve de mucho cuando no lo ve, así que lo verbaliza.» Perfecto. ¿Le robaste el mechero? Ya sabes que no nos gusta que fume tanto.—¡Sí, lo tengo por aquí! —Corretea por la habitación y no duda en volver con él, una vez está segura de que nadie entrará en la habitación.—¡Eso es estupendo, cariño! —sigue diciendo la voz grave que tan contenta la pone siempre—. Ahora vas a tener que ayudarme con una cosita de nada más...Lucía asiente despacio, con los ojos entreabiertos, mientras la voz le explica con exactitud los pasos que debe seguir. Y así lo hace, girándose con el mechero en las manos y usándolo tal y como le describe.La cámara en el peluche es testigo de cómo las cortinas comienzan a teñirse del anaranjado color de las llamas. La persona al otro lado de la imagen sonríe, preparada para salir.El sonido de las sirenas de bomberos irrumpe en el silencio de una noche bastante tranquila, ante la llamada de los vecinos. Para cuando aparcan frente al edificio, la familia al completo ya ha salido a la calle, con un par de mantas sobre los hombros y los ojos abiertos como platos.—¿Están todos fuera? —pregunta Manolo, apretando con cuidado el brazo de la madre de familia.—Mi hija... —Se sorbe la nariz—. Mi nena pequeña, solo tiene seis años, no la encontramos, no estaba por ninguna parte y tuvimos que salir, no se podía respirar.—A partir de ahora nos encargamos nosotros. —Hace un gesto al grupo de bomberos, que estaban ya con el casco puesto—. Cortés, Rodríguez, empezad los trabajos de apago de incendio. Merino, Vázquez, entráis a buscar a la hija pequeña de la familia. Ocaña, tú conmigo desde otra puerta.Todos asienten y se ponen manos a la obra. Mientras el camión sube las escaleras para poder apagar el fuego desde las alturas, Ricky y Raoul suben por las escaleras, esquivando a los vecinos del edificio, que bajan sin ningún orden ni prioridad.Localizan la puerta del piso, abierta y emitiendo calor con solo acercarse. Se echan una mirada de preocupación: es imposible que una niña tan pequeña sobreviva a algo así sin equipo protector. Hasta ellos lo están notando con los trajes puestos.Dividen el espacio para avanzar con rapidez, muriendo de ganas de salir de ahí lo antes posible. Raoul se encarga del salón y una de las habitaciones, mientras que Ricky revisa la cocina y las otras dos habitaciones, cada una con un baño. Se cruzan en una ventana que tiene balcón incorporado, con la muestra de preocupación cada vez más grabada en la cara.—Aquí no hay nadie, ¿verdad?—Ni siquiera un cuerpo calcinado. —Ricky niega despacio, mordiéndose el labio—. Esto me huele raro.—¿Has comprobado en los armarios?Vuelven sobre sus pasos y registran cada lugar con el espacio suficiente como para esconder a una niña muerta de miedo. Para cuando salen del piso con las manos vacías, están seguros de que algo va mal.La familia que vive allí está hablando con la policía, y Raoul no necesita ni que se gira para reconocer a su novio. Esto lo hace retroceder, pero su compañero no tiene la menor intención de dejarlo ignorar a su mejor amigo.—Joder, Ricky... —masculla, pero tiene que cambiar la cara cuando la madre los mira con cierta esperanza—. Ahí no había nadie.—¿Eso qué quiere decir? —Pueden ver cómo se tambalea, así que Agoney tiene tiempo de sujetarla antes de que sus piernas cedan.—La buena noticia es que no está muerta, al menos no por el fuego o el humo. La mala...—Que no la encontramos, básicamente. —Ricky arruga la nariz—. Lo sentimos, señora Ramírez.—Pero eso no puede ser, no... —Le tiembla el labio—. Yo la dejé en su habitación a las diez de la noche, estaba dormida, no puede ser...—Lo trataremos como una desaparición —asegura el inspector, adoptando su tono más profesional—. No se preocupe. Hágame caso, estará en buenas manos.El bombero tiene que apretar los dientes para no soltar un sonido que delate lo que piensa de su tono profesional. Pero es que el conductor de su camión no tiene pensado dejarlo en paz mientras se esté comportando como un crío. O eso le dice un rato después, cuando los trabajos con el incendio ya están mucho mejor.La familia que vive allí ha pasado todo el rato junto a los paramédicos, en revisión, mientras varios policías, entre ellos Agoney, les toman declaración de lo sucedido. Es él quien acaba primero y se gira, resuelto, hacia los dos bomberos que entraron.—Que me mate un camión —suspira al ver cómo se acerca.—Si me das una hora, yo mismo te hago el favor. —Ricky le da un codazo.—Vale, necesito un mapa mental de lo que ha pasado. —Se rasca el ojo con un cansancio que solo dejaría entrever frente a gente en la que confía. Qué pena que él ya no sepa si puede confiar en el moreno—. Vosotros habéis entrado, así que contadme. ¿Nada de armarios ni baúles?—Hemos revisado hasta los de la cocina de su tamaño, inspector. —Raoul hace rechinar sus dientes—. Ahí dentro no está.—Si me lo creo, pero no sé cómo ha podido ocurrir todo... —Se gira hacia la ventana que da a la calle en la que se encuentran. Ya está casi apagado todo, pero el equipo sigue trabajando a dos bandas para acabar lo antes posible—. Pensar en una desaparición en un barrio como este, viviendo ella en un edificio de varias plantas...—¿Qué piensas? ¿Que la han secuestrado y han quemado todo para disimular?—Sí, porque esto les ha dado unas cuantas horas para desaparecer sin dejar rastro, mientras la calle entera se volvía loca por el incendio.—Pero sin incendio les habría dado tiempo igual, ¿no? —Ricky se cruza de brazos—. De hecho, su madre no tiene pinta de ir a vigilarla hasta la mañana siguiente, así que...—También es un buen punto. —Se vuelve hacia Raoul, que parece muy interesado en la punta de sus botas—. ¿Tú qué piensas, Ra? Estás muy callado.—No lo sé, inspector, somos compañeros de trabajo, pero este no es mi campo de conocimiento.—¿Vas a seguir con eso hasta en el puto trabajo? —masculla, inclinándose hacia él para que solo ellos dos, y Ricky, escuchen sus palabras.—¿Cuándo quieres que siga con esto? —Pestañea, con un tono inocente más que fingido—. Si somos compis de curro, está claro que tendremos que hablar de estas cosas en el trabajo.—Sabes que no quería...—¡Muy bien, ya vale! —Con su grito, Ricky ha llamado la atención de más de uno, pero no parece muy preocupado—. Aquí tengo que estar de acuerdo con Agoney, estamos en el trabajo, así que no es momento de que os pongáis a discutir como unos críos. Una niña está desaparecida, así que quien tenga que trabajar por ello, que lo haga. Tú ven conmigo, que seguro que podemos ayudar a tu padre.Se lo lleva a rastras a la parte de atrás del edificio, donde Manolo y Aitana trabajan en apagar el piso, con más suerte que los de delante.Para cuando han terminado, aún no hay ni rastro de la pequeña Lucía.El grupo de bomberos no tiene nada que hacer allí, así que se marcha. Los policías se quedan un rato más, bajo las órdenes del inspector, que va directo a Tráfico para pedir varias grabaciones de cámaras. Si esa niña no está en el incendio ya apagado, ha tenido que salir por alguna calle, acompañada o no.Los bomberos no duermen demasiado, sin dejar de pensar en la única emergencia que han tenido en todo el turno. Es Mamen la que los despierta, con varias palmadas y tirando de la cama a algunos de ellos.—¿Qué...?—Media noche trabajando y ahora nos tratan así —gruñe la morena.—Tengo alguien aquí a quien me gustaría que conocierais —explica.—Si tienes un novio nuevo, espero que al menos Ed lo sepa —masculla Ricky.—Dejad de vaguear, que son casi las diez de la mañana.—Muy temprano.—Luego dicen que si los bomberos son unos vagos... —Pone los ojos en blanco, pero sus palabras se clavan en ellos y los obligan a levantarse.—Lo que hay que hacer por la capitana. —Juan Antonio se estira, antes de ir tras ella.Nerea ya está allí cuando todos entran en la sala de descanso de la estación. Junto a ella, un hombre alto, de pelo castaño oscuro y barba de varios días. Los observa sin mucho entusiasmo, pero sí sonríe a la capitana paramédica cuando se acerca.—Bien. —Se aclara la garganta—. Sé que estos últimos meses han sido algo jodidos, que la pérdida de Alfred se ha notado, pero también ha sido un problema haber postergado encontrar un nuevo paramédico para mi ambulancia. Por eso he estado entrevistando a varios candidatos junto a vuestra compañera Nerea y me gustaría presentaros a Luis, Luis Cepeda. Adelante, preséntate.—Pues... —duda, echando un vistazo a todo el grupo— me llamo Luis, eso ya lo ha dicho, y llevaba un tiempo buscando un cambio de aires. Sois el primer sitio que ha respondido, así que estoy deseando empezar, ya en vuestro próximo turno.—Para que lo sepáis, Luis tiene un porcentaje del 100% de vidas salvadas en todos sus años de trabajo como paramédico —explica la capitana con orgullo—. Estoy muy feliz de tener a alguien que aporte tanto en nuestro equipo.—No me gusta presumir. —Su sonrisa es torcida y orgullosa, aunque no lo exteriorice—. Todo lo que he hecho en los últimos doce años ha sido trabajar duro y nunca rendirme con ningún caso que empiezo. No espero menos del resto del equipo que me acompañará.—No tendrás muchas quejas nuestras, te lo aseguro.Mientras el grupo al completo se va presentando, Ricky se lleva a Raoul a una esquina, con el ceño fruncido.—Ay, no me marees que estoy cansado...—Habla con mi amigo.—¿Qué? —Se despeja de golpe.—Me niego a que estéis mal por una gilipollez, así que nada más acabar el turno te quiero en su casa de rodillas. —Hace una pausa y rectifica—. Pero nada de rodillas en el suelo hasta que no seáis los moñas de siempre, ¿me escuchas?—Te escucho, y ya era mi plan. —Suspira, apoyando las manos en su cintura—. No te preocupes que yo también odio esto.—Para odiarlo tanto, bien que has provocado en pleno incendio.—¿A ti no te jodería que tu novio te presentara como un compañero de trabajo después de tanto currárselo para ser mi novio? Joder, no es por nada, pero yo presumo cada vez que puedo, y era yo el que tenía dudas al principio.—Claro que me jodería, pero por eso mismo tienes que hablar con él, porque no todo es blanco o negro y él lo explicará mejor que yo.Asiente, con el interior de la mejilla siendo maltratado por sus dientes.Como el turno se está haciendo repetitivo, a la vez que aburrido, aprovecha la estación para ducharse y salir cambiado para ir directo al chalet de su chico. A las dos en punto sale de allí, no sin antes recibir mil consejos no solicitados y varias "suerte" que no lo hacen estar menos nervioso.Una vez en la puerta, duda en si debería llamar. Hay luz dentro, y algo de movimiento, pero espera que solo sea su chico y no haya una tercera persona que lo haría todo más raro.Pasan catorce segundos desde que toca la puerta con el puño hasta que Agoney abre con la mirada algo cristalizada.—Hey... —Carraspea, cruzándose de brazos.—Hola. —Se inclina hacia el marco, sin llegar a apoyarse—. ¿Puedo pasar?—Tienes llave —musita.—Ya, pensaba que a lo mejor querrías que te la devolviera.—¿Por qué? ¿Se supone que esto es una ruptura?—No —se apresura a negar, cambiando todo el peso de su cuerpo de un lado a otro—, es decir..., espero que no.Agoney suspira y abre la puerta por completo.—Pasa. —Le hace un gesto de cabeza.Camina despacio por un salón que ya conoce como el suyo propio, ahogando momentos mientras el policía cierra la puerta y se gira para mirarlo.—Mira, sé que he sido un gilipollas...—No... —Cierra los ojos, dispuesto a aceptar las culpas.—Sí, lo he sido, y solo quería decir que no lo siento.El moreno pestañea, con su frente arrugándose como en la última discusión.» No lo siento, Ago. Sé que me he comportado como si la relación con tus padres fuera sobre mí, pero en realidad es sobre los dos. ¿Sabes a lo que me refiero?—Estoy más perdido que antes de que entraras.Raoul se lame los labios y comienza a pasearse por el salón hasta llegar a la mesa de la cocina.—Eh... Cuando no le dijiste a tus padres que yo soy tu novio, me sentí muy inseguro con nuestra relación y lo que significo para ti...—Y eso me mata... —Suspira, acercándose para tomar sus brazos, sentado en uno de los sillones del salón—. Por eso mismo estaba evitando presentaros, porque no quería que eso pasara y al final... al final ha pasado.—Sí, pero ¿tiene que pasar? Se supone que saben que eres gay.—Lo saben, sí. —Balbucea algo inteligible mientras se retuerce los dedos—. Ya te lo dije, después de salir del armario no volvieron a mencionar el tema. Ni a la mañana siguiente ni nunca más. Por su parte, es como si nunca les hubiera dicho nada.—Parecen gente tan maja... —susurra, con la culpabilidad cada vez más presente, frente a la inseguridad que le provocaba antes.—Y lo son, son gente majísima. —Su sonrisa sabe a mueca dolorosa—. Pero no son perfectos.—¿Sabes? Mis padres podrán ser muy abiertos en todo tema queer, pero tampoco son perfectos. Antes del último turno me intentaron ayudar con una charla que iba más sobre ellos que sobre mí.—Eso explica mucho sobre ti también. —Sonríe.Raoul no duda en buscar la mano de Agoney, dejando un apretón antes de acariciar su palma. Es justo lo que necesitaba.—Hubo algo que mi madre dijo... —Suspira—. Dijo que me sentí atacado porque no me siento a salvo en esta relación.El moreno traga saliva. Quiere llorar.—Siento mucho escuchar eso —susurra.Raoul le gira la barbilla para que sus ojos se crucen y pueda seguir hablando.—A lo que me refiero es que cuando me lo dijo pensé que había algo que no había considerado en ese momento: lo poco seguro que has estado tú durante tanta parte de tu vida. —Hace una pausa para tomar sus manos por completo entre las suyas—. Quiero que sepas que estoy por y para esto al 100%. Puedes decirles a tus padres que somos amigos, compañeros de trabajo —al moreno le entra la risa tonta, mezclada con alguna lágrima—, que soy tu... entrenador de gimnasio. Me da igual, ¿vale? Por el tiempo que necesites, para que estés seguro en esta relación.—¿Y si eso nunca cambia? —Lo mira con un miedo que lo destroza. Odia haberlo hecho sentir así por su propia inseguridad.—Las cosas nunca se mantienen iguales, Ago.Y, sin separar sus manos, acerca sus cabezas hasta poder juntarlas en un beso. Puede notar como todo el cuerpo del mayor se relaja bajo un tacto conocido y cariñoso, especialmente después de haber creído que iba a llevar a una ruptura.Se separan enseguida, acomodándose juntos en el mismo sofá. Raoul acaricia el pelo de su novio con dulzura, expresando con estos gestos todo el amor que no le cabe en palabras.Ahí se quedan durante buena parte de la tarde, con la angustia disipándose conforme lo van teniendo más claro.Esa misma noche, Manolo espera en la cocina de su casa a la llegada de su exmujer. Sabe que ha tenido algunas reuniones, pero eso no le importa. Aguantará lo que sea necesario con tal de tener una de las conversaciones más importantes de su vida.Se pone recto al escuchar el sonido de la llave y los mil llaveros en la cerradura. Deja unos segundos de margen para que se quite el abrigo y deje las bolsas, antes de aparecer.—Ah, hola. —Pasa por su lado para coger agua del frigorífico—. He hablado con Raoul, parece que lo han arreglado.—Me alegro por esos dos. Parecen tener algo muy real entre manos.—Eso parece —musita, echándole un vistazo antes de alejarse.—Espera, Susana. —La rubia se detiene—. He estado pensando en nuestra pequeña discusión delante de Raoul.—¿En serio?—Sí, y un poco de razón tenías en algunas cosas... No puedo estar siempre escondiéndome detrás de una relación sin ataduras.—Eso está bien, ya era de que la madurez te llegara, Manolo. —Le sonríe con cariño.Él se la devuelve, pero no se queda ahí. Tarda un par de segundos en arrodillarse y sacar un estuche dorado.—Susana García, estoy harto de que juguemos sin ponernos serios, así que ¿quieres casarte conmigo?La abogada abre la boca, cambiando su mirada de su rostro al anillo una y otra vez. Cuando parece dispuesta a hablar, no tiene la respuesta que esperaba:—Estoy embarazada.
----- CHAPTER BREAK -----
La cantidad de tiempo que pasa mirando sus ojos castaños sin decir nada empieza a resultar incómoda. Supone que ella espera una respuesta, pero nada sale de su garganta, que se ha cerrado de golpe.—¿Y bien? —Susana golpetea su muslo con un dedo—. ¿Piensas decir algo?—¿Cómo... cómo es posible? —Agita la cabeza y se levanta con la cara de susto plasmada en la cara—. No es por ofender, pero tienes casi cincuenta años.—Lo sé, cuando me empezó a faltar la regla pensé que era el ansiado momento de la menopausia. —Se cruza de brazos—. Pero algunas náuseas y mareos después... ya no lo tuve tan claro.—¿Cómo ha pasado esto?—¿Te lo tengo que explicar? Me parece que fuiste tan participativo como yo.—Dios mío... —Se lleva las manos a la cara, estirándosela con el horror clavándose en sus facciones—. ¿Y qué se supone que vamos a hacer?—No sería seguro tener un hijo así —empieza con cuidado—, pero por otro lado... me gustaría tener esa oportunidad. Quiero decir, solo tuvimos un hijo.—Al que traumatizamos un poco con nuestro divorcio.—Oh, vamos, Raoul siempre ha sido mucho más maduro que eso...Se quedan en silencio un segundo. Por muy maduro que sea siempre, hay un punto de diferencia entre eso y tener que explicarle que van a tener un segundo hijo veintisiete años después.—Contárselo sí que va a ser una aventura —murmura, y se lleva un manotazo de su exmujer.Esa noche, con el rubio ya de nuevo en su vida, el inspector de policía se pone manos a la obra con un caso que le está volviendo loco. Pasó el resto del turno recopilando grabaciones y pidiendo a cada compañero del equipo que se encargue de un trozo de metraje, para intentar abarcar la mayor cantidad posible.La única conclusión a la que llegó en comisaría es que la niña sí salió antes de que alguien llamara a los bomberos, corriendo por delante de una de las cámaras con un objetivo claro, que no aparece en ninguna imagen, a pesar de que las han revisado todas a conciencia.—Estamos empezando a valorar que la cría creara el incendio —comentó Esperanza, una de sus nuevas compañeras en el equipo que lidera—. Aunque los motivos son un misterio.—Puede que alguien de fuera la incentivara. —La invitó a acercarse y repitió para ella esos segundos de vídeo en los que se puede ver a Lucía—. ¿Ves cómo corre?—Sí, como si acabara de hacer su primer trabajo de pirómana infantil y no quisiera que la pillaran.—No —corrigió, con una sonrisilla—, corre hacia alguien a quien conoce. Se nota muchísima en su postura, como aumenta la velocidad...—Pero no se ve a nadie en ninguna cámara —murmuró— y llevamos horas revisándolas.—Creo que esa persona sabía lo que hacía. Probablemente conoce el barrio y sabe cómo esquivar cámaras. No hay suficientes para cubrir todo, hay cientos de puntos ciegos. Está claro que no ha dejado nada al azar.—Vale, supongamos que tienes razón y alguien a quien conoce la ha obligado a quemar su piso... ¿Cómo piensas demostrar eso?Lo último que hizo en su turno, antes de encontrarse con Raoul, fue volver al piso a visitar a la familia. Habían quedado allí para recoger todo lo que aún fuera útil, para llevárselo al hotel donde pasarían el tiempo mientras decidían qué hacer con ese lugar.Tras una breve conversación con la madre, que seguía conmocionada, se paseó por la habitación de Lucía con ojos de gato. Y estos no tardaron en clavarse en el peluche que presidía la estancia. No era muy grande, pero estaba orientado hacia la cama de la niña y, lo que de verdad le llamó la atención, la cámara que tenía en la frente.—La teníamos para vigilar a la niñera cuando estaba aquí con la niña, y después... supongo que la dejamos porque a Lucía le gustaba mucho. —Le tembló el labio antes de rectificar—. Le encanta ese peluche, sería capaz de irse de casa antes de que se lo quitáramos. Sus palabras, no las mías.—¿Han seguido usándolo para vigilarla?—No he vuelto a tocarlas desde que despedimos a esa mujer. No tengo nada que ver ahí, lo que juegue o hable ella con sus muñecas... no es tan interesante.—¿Y tiene las grabaciones? —insistió, con el corazón acelerado. Esa podría ser la clave de todo.—Desde el día en el que instalamos el peluche.Así, tras un sexo de reconciliación que se le antoja el mejor que ha tenido en mucho tiempo, sale de la cama, dejando a Raoul acurrucado con una almohada, y busca las grabaciones que se ha llevado a casa.Como no quiere molestar, baja al salón y se pone las gafas y los auriculares, antes de comenzar a escuchar grabaciones. Estas empiezan con una mujer rubia y la que debe ser Lucía tomando el té con otros peluches.—¿Un poco más de azúcar, señorita Paredes?—Por supuesto que sí, Luci-lú... —Con una sonrisa amplia y quizá exagerada, le echa azúcar a la taza de la pequeña niña, que aplaude con energía.Agoney suspira y adelanta un poco el vídeo. No tiene sentido que haga caso a cada segundo de la grabación, tiene que centrarse en descubrir qué pasó.Cuando ya ha pasado la hora de revisiones, su cuerpo por completo se incorpora en el sofá, con ojos muy abiertos.A las ocho de la mañana en punto, está entrando en comisaría con su portátil a cuestas y la mirada inyectada en sangre.—Me sé de alguien que no ha dormido mucho esta noche —comenta Jonathan, que siempre llega cinco minutos antes solo para perderlos en la máquina de café.—Calla, puede que tenga algo.Varios compañeros se acercan cuando coloca el portátil en su escritorio y lo abre, mostrando un minuto concreto del metraje que ha tenido que revisar.—Dime que no has pasado toda la noche haciendo eso... —Bufa el otro inspector.—Eso hice, pero ha merecido la pena. Escuchad esto.Presiona al play, sentándose bien en la silla. El resto se inclinan para escuchar mejor.En la imagen, la pequeña Lucía está jugando con una muñeca al borde de la cama, todavía sin mucho sueño como para dormir, a pesar de que pone que son las diez y media de la noche. Entonces, de repente, una voz muy grave.—¡Buenas noches, Luci-lú! —La niña se sobresalta, mirando en todas direcciones—. Soy yo, el señor Susurros.—¿Qué mierda es eso? —pregunta Jonathan.—Calla y escucha.—¿Quién es usted? —susurra, mirando hacia la cámara.—Soy un amigo... Alguien que te quiere mucho, que no te quiere dejar sola nunca jamás.—¿Eres mi amigo? —La mirada de Lucía se ilumina.—¡Pues claro que sí! Pero si somos amigos, tendremos que confiar el uno en el otro.—Claro. —Asiente, en tono serio.—Eso significa que no puedes contarle a nadie que estoy aquí, que te estoy cuidando, ¿entiendes? Tu madre..., ella no lo entendería.—Es verdad que a veces es un poco aburrida —explica, encogiendo un hombro—. De acuerdo, no le diré nada.Agoney corta ahí el vídeo, esperando alguna reacción de sus compañeros. La mayoría tienen los ojos como platos, la boca desencajada y no entienden muy bien qué está pasando.—Tengo más preguntas.—Antes de que las hagas, espera que te ponga esto. —Desliza el ratón por la pantalla y recorre horas y horas de metraje, hasta llegar a casi el final, cuando el peluche se ha roto por el fuego.—¿Por qué vas al final?—Porque necesitaba comprobar si estaba relacionado. Lo está —hace un pequeño spoiler antes de reproducir el vídeo.Todo el grupo es testigo de cómo el señor Susurros convence a Lucía de la buenísima idea que es quemar la casa, empezando por las cortinas. Las ven arder y a ella desaparecer corriendo, por la puerta, como si nada.—Así que fue esa cría... —musita su compañera.—Incitada por ese ente raro. —Señala el inspector Herrero.—No es un ente, es un perturbado que ha estado viéndola a través de la cámara durante... ¿meses?—Dos meses. —Asiente—. No he tenido tiempo para revisar todas las noches, pero por lo que he podido ver, le hablaba cada una de ellas.—Bastante has hecho ya, esto es... increíble.—Y perturbado —repite Jonathan—. Habrá que hablar con la madre, por si sabía algo.—¿Te vienes conmigo?—¿No deberías descansar? Tiene pinta que has venido directamente de revisar esto.—Algo así —admite, con la frente arrugada.Pero no cede, y pronto los compañeros están de camino al edificio, esperando encontrar una respuesta plausible a lo que está pasando.Después de haber visto el vídeo y lo que le dijo el señor Susurros a la pequeña, no les sorprende demasiado la palidez de la madre cuando le explican lo que han descubierto. Les cuenta que a veces la oía hablar con alguien, pero pensó que tenía un amigo imaginario, no que habría alguien espiándola a través de la cámara.Solo de pensar que ha podido verla mientras se desvestía..., la mujer tiene que sentarse para no acabar desmayada.Una vez interrogar a toda la familia, salen del piso con más preguntas que respuestas. La única solución para responderlas, por el momento, es intentar encontrar algo que identifique al sujeto en las horas de grabación que tiene por delante.Cuando Raoul llega a casa, después de haber dormido todo lo que ha querido en la casa de su novio y despertarse con una nota y un desayuno ya frío, Manolo y Susana llevan horas dándole vueltas a la situación que tienen entre manos.—¡Buenos días, pareja guapa! —Se acerca para besar ambas mejillas, antes de dirigirse al frigorífico para coger uno de sus zumos—. ¿Habéis dormido bien?—Ya podemos ver que tú sí —comenta la mujer, cruzándose de brazos. Sus ojos pueden distinguir perfectamente el morado que tiene su hijo en el cuello, así que los dramas por esa parte de la familia han terminado.—Sí, Ago me ha dejado dormir, pero se tenía que ir al trabajo, así que... aquí estoy.—Ah, cómo me gusta cuando admite que somos su segundo plato. —Suspira Manolo.Raoul pone los ojos en blanco y vuelve a besar su mejilla, antes de sentarse sobre la encimera.—Ayer lo arreglamos.—Algo me dijo tu madre. ¿A qué conclusión habéis llegado?—He decidido que estaba siendo egoísta con todo esto... —Pone una mueca—. No me importa el tiempo que tarde en contarles a sus padres quién soy para él, eso no va a cambiar que nos queremos y que estamos seguros de esto.—Bueno, me alegro de que estéis contentos y en el mismo punto.—Ajá... —Da un sorbo largo al zumo, sin apartar la mirada del curioso dúo que forman sus padres. Polos opuestos, siempre complementándose en el peor momento—. ¿Vosotros habéis solucionado vuestro problemilla? Ya sabéis, ese que usasteis a través del mío.—No del todo —musita—. A ver, en el mismo punto estamos, pero ahora no sabemos cómo decírtelo.—No me vais a asustar. Ya sé que folláis y he tenido que escucharos, no puede haber nada peor.—Estoy embarazada.El rubio se atraganta, sin poder evitarlo, con el zumo que estaba volviendo a beber. Tose durante casi treinta segundos, sin que sus padres se atrevan a pronunciar ninguna otra palabra.Para cuando consigue recuperar la respiración, la estancia se queda en un silencio incómodo, de esos que pesan y que no se pueden arreglar de casi ninguna manera. Raoul los observa alternativamente, como si solo así pudiera desbloquear lo que esté pasando.—¿Puedes repetirme eso? —Susana no tiene tiempo de abrir la boca, porque rectifica—. Déjalo, no vuelvas a decirlo, me entran traumas cada vez que abrís la boca. ¿Cómo ha pasado esto?—Tú mismo nos habrás oído crearlo...El bombero se lleva las manos a las orejas, con los ojos muy abiertos. No quiere saber nada.—Pero... —ahora se centra en su madre— ¿eso es posible? Quiero decir, no te ofendas, pero eres...—Veo que me voy a ofender.—... casi un dinosaurio —completa su hijo—. Eres muy mayor, ¿no deberías tener la menopausia o algo? ¿Cómo que embarazada? ¡Que yo estoy más cerca de los treinta que de los veinte!—No es como si estuviera planeado —interviene Manolo—. A ambos nos ha pillado por sorpresa, yo no he dormido en toda la noche con la tontería.—A mí no me parece una tontería. —Sus ojos se abren todavía más—. Madre mía, ¿vais a tenerlo?—Aún no lo tenemos claro —explica Susana—. En principio..., bueno, tu padre y yo hemos hablado y pensamos ir a la ginecóloga de aquí y que nos expliquen todo. Si antes de que acabe el plazo hubiera alguna dificultad...—¿Eso significa que, si no la hay, vais a seguir? Por Dios, podría ser mi hijo, pero en realidad será mi hermano...—Veo que te va a costar asimilarlo un poquito.—¿Un poquito? —Aprieta los dientes—. No era esto lo que esperaba encontrarme al volver a casa.—Ni tú ni nadie, hijo. —Manolo le da un golpecito en el omoplato—. Pero hay que ir a por todas con los errores.Los vuelve a mirar de un lado a otro, menea la cabeza y se dirige a las escaleras, todavía con la botella de zumo en las manos.—Voy a seguir durmiendo, si os parece. A ver si cuando me despierto esto ha sido una pesadilla.Pero no lo es, por supuesto. Cuando vuelve a abrir los ojos con un mensaje de su novio, por si le apetece pasar la noche en casa, todo sigue en su mente. Sus padres lo miran con cierta culpabilidad al verlo bajar las escaleras, como si lo creyeran capaz de una locura.—Voy al gimnasio y de ahí directo a casa de Ago. Mantenedme al tanto de lo que pase con el bebé. Os quiero —añade, intentando suavizar la preocupación de la pareja.Se lleva consigo un par de besos sonoros antes de salir de casa, pero merecen la pena, por muy pegajosos que parezcan.Agoney le supone un cambio de perspectiva que necesitaba como agua en un desierto. Sentados en el sofá con comida china que han pedido, comentan todo lo que ha ocurrido y el moreno no tarda en hacerlo entrar en razón. No puede comportarse como si él fuera el bebé solo porque haya uno en camino.—Pero mi madre tiene como... cincuenta años. Va a ser un embarazo de riesgo, no sé por qué tiene ganas de esto.—Quizá se lo está tomando como una nueva oportunidad para hacer las cosas bien con tu padre. —Ladea la cabeza.—Un bebé no arregla una familia rota. Yo no lo hice —susurra— y créeme, me costó entender que ellos estaban mejor separados, como para que ahora les dé por jugar a los médicos.El policía le aprieta la mano y deja que se acurruque junto a él, para terminar de desahogarse. No se separan hasta que no toca lavar los platos y ducharse para dormir.Raoul es el primero en caer, agotado por lo que han sido los últimos días para su vida. Ha pasado de casi romper con su novio a estar mejor que nunca, a descubrir que sus padres están embarazados. No es la vida más estable que podría pedir, eso está claro.Una vez se asegura de que se ha quedado dormido, Agoney baja las escaleras y abre su ordenador. Le sale directamente la pantalla con el vídeo abierto por donde se quedó antes de que llegara su novio, así que se pone los auriculares, para evitar despertarlo, y empieza a reproducir.—Muy bien, Luci-lú. Eres una chica muy buena, ¿te lo han dicho antes?—Mi madre a veces, pero en general creo que no le gusto.—¿A veces solo? Ella sí que no es buena, ¿cómo te va a hacer de menos así?La niña se encoge de hombros. Ante los ánimos del señor Susurros, Lucía continúa cortando la cabeza de sus peluches con las tijeras. Niega con la cabeza y reproduce desde el principio la escena, clavándose cada palabra en el fondo de su cerebro.Está tan ensimismado con la conversación entre la pequeña y el perturbado que no se da cuenta de una silueta que se desliza por su casa hasta situarse tras él. Cuando una mano roza su hombro, en una caricia, salta de golpe.—Joder.—Perdón, perdón, no quería asustarte —susurra Raoul, con los ojos entrecerrados.—No pasa nada, no estaba prestando atención a nada más. —Señala el ordenador—. ¿Ha pasado algo?—Sí, que estás aquí a las tres de la madrugada. —Se acuclilla frente a él—. Vamos, amor, ven a la cama.—No podría dormir ni aunque lo intentara —murmura—. Esto... me está matando, necesito saber quién está haciendo esto.El bombero asiente despacio, antes de hacerle un gesto para que se mueva hacia la izquierda. Agoney hace caso sin entender qué pretende, hasta que Raoul coge el hueco entre su cuerpo y el sofá para hacerle la cucharita desde allí.El moreno se quita los auriculares para que él también pueda escuchar.—A ver, ¿qué buscamos? —Se inclina con atención, pero tiene los ojos tan guiñados que caerá dormido en cualquier momento.—Busco cualquier cosa que me ayude a identificar de quién se trata. Me han dado mil datos sobre la familia y amigos, pero... estoy perdido. Y escuchar esto es terrorífico, todas las cosas que consiguió que la niña hiciera...—¿Y no serán simplemente unos hackers rusos que quieren obtener imágenes de niñas para páginas porno?—Lo pensé —asiente, con un nudo en el estómago—, pero los hackers no necesitarían secuestrarlas.Vuelve a pulsar el botón de play, concentrándose en sus palabras.—¡Hola, Luci-lú! ¿Qué tal ha ido el cole hoy? ¿Presentaste tu trabajo sobre las plantas?—Sí, pero algunas niñas se rieron de mí. Son muy tontas, señor Susurros.—¿No me digas? Habrá que hacer algo al respecto, Luci-lú.Agoney pestañea para intentar no quedarse dormido entre conversaciones y momentos espantosos. Raoul babea ya en su hombro y está empezando a conseguir que se le duerma el brazo, pero se siente bastante cómodo teniéndolo ahí, así que no lo aparta.Por muy raro que parezca, empieza a pensar que la persona que está detrás del señor Susurros en realidad quiere mucho a Lucía, y la quiere cuidar, a su manera. Por eso hace que queme la casa en la última noche de grabación, porque todos en la familia de la niña la tratan como invisible y la ignoran durante horas. O al menos eso confiesa la pequeña de seis años a su mejor amigo en más de una ocasión.La madrugada pronto da paso al amanecer, uno bastante luminoso con todas las ventanas abiertas y ninguno de ellos en la cama.—¡Qué bonito dibujo has hecho, Luci-lú!—¿Te gusta? —Sonríe, amplia e ilusionada—. Muchas gracias, jo.Corta la grabación de golpe, con los ojos entreabiertos. Vuelve a repetir la conversación varias veces, escuchándolo todo, con un presentimiento instalándose en él. Ya no lo dejará en paz hasta que no lo compruebe.Vuelve a las primeras horas de grabación del peluche-cámara y asiente, levantándose tan de golpe que Raoul despierta, cayendo mal del sofá.—¡Oh, Dios mío!—¿Qué...? —Se rasca un ojo—. ¿Hemos llegado a alguna conclusión?—Siento haberte despertado. —Se agacha para besar su frente—. Puedes dormir aquí el tiempo que quieras, yo tengo que irme a comisaría. Creo que sé quién se la ha llevado.No lo deja protestar o devolverle el beso, pues ya está saliendo de la casa sin pensar en nada más, ni siquiera en su móvil. Una vez allí, puede llamar desde el fijo a todo el que necesita que se reúna con él. Empieza con Jonathan, que lo mira con una mezcla única entre suspicacia y admiración.—¿Recuerdas este vídeo? —Le muestra el que sacaron de una cámara de la calle, donde se puede ver a Lucía corriendo tras provocar el incendio—. Parecía que iba hacia alguien, ¿no?—Pff, supongo que sí, pero nunca lo tuve demasiado claro. ¿Tú qué ves?—Veo que iba hacia alguien a quien conocía. Alguien que le hacía tanta ilusión volver a ver que corre hacia esa persona después de haber hecho arder su piso entero.—Vale... —Ladea la cabeza—. Te voy a hacer caso porque parece que te has tomado un Red Bull y estás convencido de esto. ¿Y qué más?Ahí se toma un poco más de tiempo, pues tiene que buscar el vídeo gigante y buscar dos momentos. Uno es sencillo, pues el señor Susurros ha hablado con Lucía cada noche durante dos meses. Hace que lo escuche varias veces y entonces va hacia el principio del vídeo, cuando estaba la niñera a la que después despidieron.—Dios mío... —Se rasca la nuca al escuchar un par de conversaciones entre ambas.—Eso mismo dije yo. ¿Crees que...?—Que tenemos que hablar con la madre.—Está en camino.—Eres un genio, ¿por qué no te lo digo más a menudo?—Porque se me subiría a la cabeza. —Esboza una sonrisilla más tranquila—. Voy a tomarme otro café antes de que llegue, porque llevo dos días sin dormir.—Por favor, que alguien te dé un día libre.Respondería "amén", pero prefiere enfocarse en lo importante. Ya tendrá tiempo de descansar cuando encuentren a Lucía.La madre de la criatura desaparecida aparece con la piel pálida y muy agarrada a su bolso. El resto del equipo, que ya sabe de qué va el asunto, la llevan a una sala más tranquila en la que poder hablar.—La niñera por la que puso el peluche con cámara..., ¿por qué la despidió? —No se recrean con saludos.—Para eso sería mejor explicar por qué puse el peluche. —Su sonrisa es tan tensa que podría romperse en cualquier momento—. No me fiaba de ella. Se comportaba de forma muy extraña con Lucía. Una vez la pillé acariciándole la cabeza mientras dormía y diciéndole que algún día estarían juntas para siempre. No sé si es algo perturbado o si la quería tanto que le gustaría ser su madre, pero no me hacía gracia en absoluto. Al final el trabajo me dejó el tiempo suficiente para estar con ella, así que la despedí y no volví a verla. ¿Por qué esto ahora?—La señorita Paredes, su niñera, siempre la llamaba Luci-lú, en modo cariñoso.—Sí, lo recuerdo.—Es el mismo apodo que utiliza el señor Susurros. ¿Sabe dónde vive la niñera?Asiente, aún más pálida que antes. En menos de cinco minutos, varias patrullas salen con la sirena puesta en dirección al edificio donde vive la mujer.Prueban a llamar al timbre, pero nadie responde, así que hacen que un conserje les abra la puerta y se despliegan por la planta donde vive. Es Jonathan el encargado de abrir la puerta del piso a la fuerza, una vez son conscientes de que nadie les abrirá la puerta.Los policías comienzan a registrar el lugar, habitación por habitación, hasta notar que allí no hay ni un alma. Pero el subinspector se fija en un detalle en una de las habitaciones, así que se lleva a Agoney a rastras hasta el lugar.—Mira. —Señala con la cabeza. Hay un par de dibujos colgados de las paredes, hechos por una niña de la edad de Lucía, en los que se muestra una mujer rubia y a una niña—. Aquí debía tenerla hasta hace poco.—Pero ahora podrían estar en cualquier lado —masculla.—Hemos llamado a la madre y tenemos su número. —Entra en la habitación una de sus compañeras—. Vamos a intentar llamarla, a ver si le sacamos dónde se encuentra.—O al menos, comprobar si la niña sigue viva.—Por lo que he visto, tiene toda la pinta de que sigue viva, probablemente siendo más feliz que en toda su vida, con una mujer que está obsesionada con ser su madre.—Gracias, Jonathan, me lo imaginaba.—Siempre un placer. —Le guiña un ojo.Esperan para hacerlo a la vuelta de comisaría. Deciden dejar de lado a una madre que se mueve de un lado a otro como si le hubiera dado la corriendo, y usar su número de teléfono en uno de los fijos de comisaría.El tiempo de espera entre tonos son los segundos que más despacio se le han pasado en toda su vida. Se muerde la uña con los ojos abiertos como platos.—¿Diga? —Escuchan la voz rasgada de una mujer—. ¿Hola...?—Devuélveme a mi hija, pedazo de zorra. —No consiguen evitar que la madre de Lucía dé varios pasos hacia donde tienen el teléfono en altavoz.—Ah, Aurora, hola. —Su voz ahora suena un poco más dulce, pero es tan irónico que duele—. No te preocupes, está todo bien por aquí. Nos lo estamos pasando genial juntas, ¿a que sí, cielo?Agudizan el oído, pero no llegan a escuchar ninguna vocecita correspondiente a una niña. El otro inspector asiente, como dándole permiso a él para hablar.—Escúcheme, señorita Paredes, soy el inspector Hernández. Su madre está muy preocupada por Lucía, ¿podríamos hablar con ella?—¿Para qué? —Prácticamente escupe—. Me tiré año y medio con ella y no la vi preocuparse ni una vez por ella, salvo porque pagó para que fuera su niñera. No le presta atención, ni la entiende, es una mala madre, así que es mi obligación darle una mejor vida.—Yo puedo mejorar —admite, ladeando la cabeza—, pero no pienso permitir que te lleves a mi niña.—No es tu niña, no después de todo. Y cuando te diste cuenta de que yo era mucho mejor que tú, me echaste.—¡Te eché por tus actitudes raras! Y visto lo visto, no estaba muy equivocada.—Señorita Paredes... —se quedan callados al escuchar una voz dulce e infantil, algo amortiguada por la lejanía—, ¿podemos volver a casa? Estoy muy cansada de tanto dar vueltas.Agoney entrecierra los ojos, dejando que otro inspector tome las riendas de la conversación. Trata de centrarse en todo lo que se escucha a través del altavoz, y a todo lo que dicen. Tras escuchar un frenazo y un pitorrón, se vuelve hacia el informático encargado de intentar localizarlas.—Están en un coche —musita—. ¿Puedes encontrarlas así?—Es un poco más complicado. —Le dedica una mueca—. La señal no deja de rebotar por antenas muy diferentes, se está moviendo por toda Murcia.—¿Cuánto tiempo llevarán en movimiento? —interviene Jonathan—. Ha dicho que no dejan de dar vueltas...—Es muy posible. Si solamente supiéramos la zona exacta... —echa un vistazo al informático, que pone los ojos en blanco.—Cinco minutos —pide.Y los tiene. La madre no pierde oportunidad de enfadarse con su antigua niñera y ella está demasiado ocupada conduciendo para contestar. Agoney se acerca de nuevo con la intención de sacarle algo de información a la pequeña.—Lucía, ¿estás ahí?—Sí, señor. ¿Usted es el inspector de antes?—Ese soy yo. —Esboza una sonrisilla que podría ayudar si la tuviera delante—. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás bien?—Estoy muy cansada —repite—, me apetecía de verdad jugar con la señorita Paredes, pero ya empieza a ser aburrido. Quiero irme a casa, con mi mamá y los tontos de mis hermanos.—Pero ¿cómo vas a decir eso? —La voz de la niñera se ha vuelto cada vez más aguda—. Nosotras nos lo pasamos genial juntas, vamos a tomar helado todos los días y a jugar con muñecas hasta que seamos viejas.—Quizá deberías empezar a pensar en lo que quiere ella. —Se lame los labios—. Es una niña muy pequeña, está agotada, si es que la has mantenido de un lado para otro desde el incendio, así que lo mejor que podrías hacer es devolverla, no solo por ella, sino por una futura condena.Hay un silencio tan amplio que llega a creer que ha vencido en la batalla más difícil del mundo. Pero escuchan un sonido y el teléfono empieza a comunicar. Cierra los ojos, esperando que haya sido suficiente.—¡Eh! —Se gira sobre sus pies al informático—. Lo tengo. Vais a tener que daros un paseo por el Barrio del Carmen.—Voy demasiado poco por esa zona. —Da una palmadita a su compañero y le indica que se mueva.Cogen los coches patrulla en tiempo récord, con el corazón acelerado y sintiendo que el tiempo se les escapa. No se molestan en poner las sirenas, pero sí las luces, haciendo que la gente se aparte a su paso y les permitan entrar en el barrio más cercano al suyo.Sus ojos van fijándose en cada uno de los vehículos que por allí pasan. Todos tienen imágenes recientes de la exniñera, pero es complicado localizarla en un lugar tan lleno de coches y de gente en general.—Podría estar en cualquier parte —masculla Jonathan mientras giran hacia una calle poco concurrida—. Podrían hasta dejar el coche y caminar.—Entonces las encontraremos —asegura. Jamás se atrevería a prometer algo así a la familia, pero con sus compañeros es más fácil—. Ya te digo yo que las encontraremos.—Quizá podríamos haber ido con coches de paisano, porque se va a dar cuenta...—Por favor, deja la negatividad para otro momento. —Se fija entonces en una furgoneta negra que gira a la izquierda en cuanto los ve—. Puede que tengamos bingo.Acelera sin preocuparse por esconderse. Si la niñera ya sabe que están tras ella, no merece la pena no alertar a gente para no atropellar a nadie.Callejean un buen rato persiguiéndose, hasta que la mujer no tiene más remedio que entrar en la calle principal del barrio, a tanta velocidad que varios coches le pitan. Al coche patrulla no le hacen mucho caso, sobre todo porque ya se oyen las sirenas de los otros vehículos policiales que han sido avisados por el subinspector, que está de copiloto.—Como alguien no le corte el paso..., no lo veo.—¿Qué te he dicho sobre la negatividad? —Presiona el acelerador con fuerza, haciendo ruido al motor, pero logrando recortarle distancia.De todas formas, al final sucede lo que pronosticaba Jonathan: uno de los coches se interpone en su camino, haciendo que la mujer frene de golpe. A ellos les falta muy poco para chocar contra ella, pero los reflejos son suficientes para acabar deteniéndose a un lado de ella.Antes de sacar la pistola, se gira hacia su equipo.—Hay una menor dentro. Es nuestra prioridad, nada de disparar con ella en medio.La puerta de la conductora se abre de una patada, y la señorita Paredes sale con los brazos alzados. Con un vistazo se dan cuenta de que la niña no está con ella en la parte delantera. Con la tensión en la espalda, se acercan a ella para esposarla.—Esperad, esperad, por favor. —Mantienen todos los sentidos alerta, sin querer que se la juegue—. Solo... quiero despedirme.Varios policías la esposan y le leen sus derechos, mientras Agoney recorre los escasos metros que lo separan de la puerta trasera de la furgoneta. Al abrirla, sus ojos se cruzan con unos enormes, brillantes y asustados.—Ya estás a salvo, pequeña. —Se agacha frente a ella para quitarle el cinturón de seguridad—. Ven, te llevaremos con tu mamá.—Por favor —susurra—, la echo mucho de menos.Se la lleva en brazos, incluso en el coche patrulla que ahora conduce Jonathan. Y así se mantiene hasta que su madre aparece corriendo en la puerta de comisaría. Al soltarla en el suelo, Lucía corre a la misma velocidad.—Mi pequeña... —La abraza, sin llegar a tomarla—. Última vez que pasa algo así, es que a partir de ahora todo va a ser muy diferente. Te lo prometo.—Te quiero mucho, mami.Jonathan suspira de alivio, poniendo los brazos en jarras mientras observa la enternecedora escena. Él lo acompaña, con una sensación de plenitud instalándose en su pecho. Está en el lugar en el que debe estar.—Otro gran trabajo del genio Agoney y sus ideas. —Su amigo le da un golpecito en el hombro.—¿Eso significa que me puedo ir a dormir? —Ladea la cabeza, con los ojos entrecerrados por el cansancio.—Te lo pido por favor, no salgas de la cama hasta recuperar los días de sueño. Voy a llamar a Raoul para que no te deje salir de casa. Bueno, eso si estáis bien.—Lo estamos —susurra—. Al fin lo estamos.Hablar con su novio antes de caer rendido le viene bien, pues, entre tantas dudas, estar frente a alguien que ha encontrado su trabajo soñado, haciendo eso que tanto le apasiona es emocionante. Solo puede soñar con que le salga bien, más o menos.Por la mañana, Raoul tiene tiempo de ayudar a su novio con algunas tareas de la casa antes de marcharse a su turno como bombero. Saluda a Luis, que ha llegado primero, antes de meterse a los vestuarios. Pretende pasar todo el tiempo que pueda en el gimnasio, a menos que alguna emergencia se ponga en su camino.Durante la tarde solo hay una, pero solo requiere la presencia de los sanitarios, así que puede quedarse charlando con el resto de sus compañeros. Para cuando vuelven, Mamen tiene una sonrisa de satisfacción.A la salida de la ducha, puede escuchar como los dos capitanes hablan de ello.—Ha sido increíble. Es un chaval metódico, inteligente, observador... Sabe lo que hace, sabe de alergias y podrá ayudarnos muchísimo en estos casos que no se ven a primer ojo.—Se te va a caer la baba, cariño. —Bromea Manolo, llevándose un manotazo lleno de cariño—. Me alegro de que tengas a tu nuevo paramédico y te haya salido bien. A veces es complicado.—Y tanto que lo ha sido: Nerea y yo entrevistamos a seis que eran un desastre. Había uno que tenía miedo a la sangre, ¿qué hacía buscando trabajo de esto? —Agita la cabeza—. Así que he tenido suerte, cada vez entiendo más por qué nunca ha perdido a un paciente.Lo iba a entender mucho mejor unas horas después, cuando una llamada al 112 los despierta a primera hora de la mañana.—Parece que unos chavales estaban aprendiendo a usar su dron, se les cayó en un campo privado y estaba lleno de minas.—¿Minas? ¿Están vivos? —Aitana alza las cejas.—Sí, pero parece que uno está herido, por eso vienen los paramédicos. Ya he pedido a Kibo que se encargue de avisar a la policía. Vamos a necesitar que desconecten unas cuantas bombas.Se mantienen en un silencio aterrador mientras el camión llega a la zona donde un granjero los espera, con el ceño fruncido.—Hasta los huevos de los críos estos, que siempre tienen que meter las narices en todo —así los recibe— y ahora llorando porque les duele, pues que no se hubieran metido.—Ya hablaremos en otro momento del uso en los campos de minas que podrían matar a cualquiera. Ahora enséñenos donde están.Los conduce a la parte trasera de la granja. Ha tenido la decencia de marcar con una cinta roja el lugar en el que comienzan las minas, pero se puede ver a la pareja de niños en el suelo, a unos diez metros.—¿No sabe dónde están las minas exactamente? —masculla el capitán, mientras da la bienvenida a los paramédicos.—No del todo. Siempre las separo por unos pocos metros, pero no tengo muy buena memoria —se rasca la cabeza—. Podrían estar en cualquier rincón.Manolo asiente despacio, analizando sus opciones. Mientras tanto, Mamen habla a distancia con el chico que no está delirando por la fiebre.—Se le está infectando —musita Nerea—. Hay que sacarlo de aquí ya.—Tenemos que esperar a los anti-bombas de la policía.—Por lo que sé, podrían tardar horas. —Bufa Manolo—. Vamos a improvisar.—Papá... —Raoul lo mira con preocupación.—Os diré qué haremos: un bombero y un paramédico iremos hasta allí y conseguiremos estabilizarlo. Para ello... —se gira hacia el camión y saca una bolsa muy pesada—, voy a ir tirando esto delante de mí. Si no explota, pintaremos un círculo y sabremos que esa zona es segura.—¿Y si explota?—Pues seguiremos por otro camino. O no, porque esa mina ya habrá explotado. No te preocupes tanto, me encargaré yo de ser el bombero.—Eso es justo lo que me preocupa.—Bien, si os parece —comenta Mamen, algo más resuelta— propongo a Luis como paramédico. Está perfectamente capacitado para tratar al chico y es fuerte para ayudar en el traslado.El paramédico alza una ceja cuando todos lo miran, bastante convencidos ya por todas las cosas buenas que han escuchado sobre él.—Perfecto. Preparad una mochila con todo lo que va a necesitar y...Luis camina tras Mamen mientras ella se dirige a por una mochila donde meter todos los medicamentos necesarios para controlar al pobre chico mientras no llegan al hospital. Carraspea para llamar su atención, a lo que la capitana sonríe.—Dime, que tenemos prisa. —Sigue metiendo cosas en la mochila.—Eh..., esto va a sonar un poco mal, pero me parece una locura que de verdad os estéis planteando esto como solución.—Es una locura, pero se puede hacer con cuidado, para que nadie salga herido. —Se encoge de hombros.—Ya. —Sus dientes rechinan—. Creo que no me voy a sentir cómodo haciéndolo, lo siento.Solo entonces se permite dejar quieta la mochila, volviéndose hacia él.—Aquí nadie te va a obligar a nada que no quieras hacer. Y que sepas que esto no te penalizará de ninguna manera, no pasa nada. Entiendo que no sea cómodo, pero estamos aquí para salvar a la gente, que para eso hicimos un juramento.—Ya, si lo sé, pero creo que debe haber situaciones... No tengo un porcentaje de 0% de muertes bajo mi cargo por hacer locuras.—No, está claro —lo repasa de arriba abajo—. Voy entendiendo por qué tienes ese porcentaje tan bajo: no haces nada que no consideres seguro.—Así es como seguiré vivo al final del día, ¿no? Y teniendo en cuenta cómo murió el chico al que estoy sustituyendo, creo que deberíais seguir mi consejo.La sangre de sus venas se vuelve sólida, a la vez que le pone mala cara. Coge la mochila y se dirige hacia la otra paramédica de su ambulancia.—Nerea, ¿te animas a ir tú con Manolo?—¿El nuevo no quiere? —pregunta el capitán.—No lo ve seguro. —Se encoge de hombros y cambia el semblante—. Tampoco quiero penalizarlo de ninguna manera, es respetable.—Supongo que sí. —Se gira hacia la rubia con una sonrisa—. ¿Qué? ¿Nos vamos?—Vale... —Pero observa el campo de minas con terror.—Podría ir yo.Se giran hacia Raoul, que ni siquiera se ha quitado el casco, a pesar de que no lo necesitará.—¿Cómo dices? —Pestañea su padre.—Tengo formación de paramédico, sé poner una vía y podría hacerle un torniquete para cortar la hemorragia mientras no llegan al hospital. Puedo hacerlo. En Madrid, antes de que me sacara mi padre, hacía ambos papeles.Mamen duda, pero ve a Nerea tan pálida que no tiene más remedio que asentir.—Deja que vaya, Manolo. El chico es listo y fuerte.—No creo que esos adjetivos sirvan de algo si le estalla una mina en los pies.—Estamos juntos en esto, ¿no? —Le guiña un ojo—. No me seas hipócrita, que tú ibas a ir el primero.No le queda más remedio que darle la razón y permitirle acompañarlo. Con los pies pisando la cinta roja que ha colocado el dueño del campo, tiran la bolsa por primera vez, apenas un metro frente a ellos. Cierran los ojos, esperando lo peor, pero nada sucede.Saltan hasta esa zona y Manolo dibuja con una tiza a su alrededor. Es el primer espacio seguro en el que pueden moverse. Raoul aprovecha para recolocarse la mochila con los medicamentos. Su corazón late a velocidad desorbitada, pero si hay alguien en quien pueda confiar, ese es su padre.Repiten la acción varias veces, en todas con buen criterio. Cada vez más cerca, el chico herido no deja de quejarse y murmurar cosas sin sentido.En la última tirada, hay un momento de titubeo, pero finalmente la bolsa explota a apenas un metro y medio de donde se encuentran los chicos. Raoul traga saliva solo de pensar que podría haber sido él.—Genial, ahora deberíamos poder pasar por ahí. —Manolo tira de él hacia donde se encuentran.No tarda en arrodillarse frente a ambos, permitiendo el sano que se encargue él de todo. Hasta ahora, se sentía bastante responsable de lo sucedido y no había querido separarse de él, pero ver la mirada determinada de Raoul ha bastado para conseguir que lo deje trabajar.Mamen observa desde los metros que los separan cómo le toma el pulso, le pone una vía y empieza a suministrarle un calmante. Sin esperar a que haga efecto, baja hasta su pierna. Traga saliva, pues tiene mal aspecto, pero esto no impide que utilice las vendas para hacer un torniquete lo suficientemente útil para que la hemorragia cese.Consiguen sacarlos de allí a través de los círculos que han dibujado un rato antes. La ambulancia sale disparada en dirección a la Arrixaca.Al acabar el turno, Mamen se encuentra rellenando algunos informes que tiene que entregar por las emergencias en las que ha tenido que trabajar ese día. Por eso, no se da cuenta de que su nueva incorporación la mira desde la puerta, antes de tocar.—Oh, Luis, pasa, por favor.El paramédico asiente y se sienta en las sillas sin que esta le haya dicho nada al respecto.» ¿Necesitabas algo?—Quería comentar lo que ha ocurrido hoy.—Luis... —lo mira con gravedad—, si es por sentirte culpable, ya te he dicho que nadie te va a penalizar por creer que era poco seguro. Nerea tampoco lo ha hecho y no pasa nada, ya está, al final ha salido todo bien.—No me siento culpable —niega—, en absoluto. En realidad, venía a presentar mi renuncia a este equipo.Mamen tiene que agudizar el oído, no muy segura de haber escuchado bien.—¿Cómo dices?—Eso. Después de leer mi expediente, tengo ofertas de trabajo por toda la Península.—Pero... ¿no estás cómodo aquí?—No mucho. Tengo un récord de salvamento de víctimas por un buen motivo, no puedo permitir que vosotros tomando riesgos innecesarios me quitéis eso. No me gusta vuestra forma de trabajo, así que aquí se separan nuestros caminos.—Bueno, eh... —no le salen las palabras— supongo que, si es lo que quieres, aquí se separan. Pero me gustaría que te lo pensaras un poco, porque nos ha gustado mucho trabajar contigo y creo que podrías aportar mucho a este equipo.—He tenido desde que he rechazado hacer el trabajo para pensar. —Se encoge de hombros—. Será poco tiempo, pero me ha bastado para darme cuenta de que este no es mi sitio.—Espero que lo encuentres.Luis se despide con un gesto de cabeza y se marcha sin decir nada más. La capitana suspira y se pasa las manos por la cara. Otra vez en la misma situación, genial.Quita los papeles del informe, dispuesta a ponerse a escarbar entre los curriculums que enviaron paramédicos de toda España. Tiene que haber alguien a quien no haya entrevistado que sea perfecto para el puesto.Su frente se arruga al descubrir uno que no estaba allí hace unas horas, cuando entró al acabar la emergencia de las minas para intentar relajarse. Es totalmente nuevo.Y, por lo que puede leer, es perfecto para el equipo.
----- CHAPTER BREAK -----
Tres días después, el grupo de bomberos se toma un descanso para merendar en la cafetería que conecta los edificios. Hay risas y buen rollo en el ambiente, como hacía bastante que no lo había. La entrada de Nerea dispara los comentarios, pues está claro que la joven solo ha aparecido por allí para ver un rato a su novia, dado que los paramédicos no son muy dados a juntarse con ellos. A pesar de las bromas, las dejan un poco a su aire, pensando en lo monas que son.Manolo es el siguiente en aparecer, a paso lento y algo confuso. El grupo al completo se gira hacia él. Raoul se salta un par de latidos antes de preguntar.—¿Qué tal ha ido la ecografía?Suelta un suspiro que rellena la cocina durante el tiempo suficiente para poder encontrar las palabras.—Tu hermano está perfectamente. —Le sale una sonrisilla aliviada—. Está sano, creciendo a un ritmo natural... Pronto sabremos incluso si es niño o niña.Raoul se obliga a morderse la lengua, pues hay cosas que siguen sin hacerle gracia.—¿Eso significa que...?—Vamos a criarlo juntos. Entendemos que puedas estar preocupado por la salud de tu madre, pero se va a cuidar muchísimo, te lo prometo.—Felicidades, capitán. —Ricky se acerca para darle un abrazo—. Seguro que tenéis un segundo hijo pijo maravilloso.—Eres muy gracioso, Ricardo —masculla el rubio—. Yo también me alegro mucho por ti, por los dos —rectifica—. Si sois felices con ese bebé, yo también.—También estamos orgullosos de ti. —Pellizca su mejilla hasta que el bombero se ve obligado a quejarse—. Aunque no te lo creas.Raoul asiente despacio, procesando sus palabras. No se lo suele creer, pero porque ha pasado toda la vida desapercibido para su propia familia, siendo independiente en cuanto tuvo que serlo.Mamen entra con una carpeta bajo el brazo, alegre al comprobar que están todos allí.—Me alegro de encontraros a todos aquí. —Saluda a Nerea, que se asoma desde la sala contigua, donde estaba con su novia—. En los últimos días, como sabéis, se fue Luis porque su política de trabajo no coincide mucho con la nuestra. Pensaba que tendríamos que volver a las entrevistas, pero he recibido un currículum muy interesante. —Se aclara la garganta—. Este chico se graduó con honores en el Grado Medio de Técnico de Emergencias Sanitarias, ha trabajado durante años en Madrid y tiene muy buenas referencias. Además, dudo que tenga algún problema con cómo hacemos las cosas por aquí.—Parece un sueño —suspira Nerea—. ¿Cómo es que todavía no está contratado?—Estaba esperando a poder tener una charla a solas con él. ¿Qué dices, Raoul, te apuntas?Todas las miradas pasan de la capitana al rubio, que abre los ojos con fuerza.—¿Yo? ¿Estoy seleccionado? —Casi no consigue disimular su emoción.—A falta de hablar de unas condiciones de trabajo que ya tienes más que mascadas..., sí. —Esboza una sonrisa feliz—. No me puedo imaginar a alguien mejor para trabajar con nosotros que alguien que ya conoce la dinámica de la 122.—¿Cómo que paramédico? —reacciona entonces Manolo—. ¿En qué momento...?—Ahora habláis, que me lo llevo. —Le guiña un ojo.Y ahí se queda el capitán, con la vista fija en sus espaldas cuando suben las escaleras y se encierran en el despacho de Mamen.—¿En qué momento? —pregunta a la nada—. ¿Vosotros sabíais algo?—Primera noticia. —Aitana se encoge de hombros.—Sí, a mí no me dijo nada, ni Ago —explica Nerea.Espera con paciencia junto a los camiones. La mayoría de los bomberos se van directos al gimnasio, a falta de nada más que hacer, y Nerea tiene que seguir haciendo recuento de los medicamentos, así que está solo.Raoul toma asiento al otro lado del escritorio de la capitana. Mamen se toma su tiempo, aun con su currículum en las manos. Eso lo pone de los nervios.—¿Entonces..., estoy dentro de verdad?—Antes de hablar de eso, tengo que preguntar por qué te sacó tu padre de paramédicos en Madrid.Se lame los labios. Genial, ha durado poco.—Supongo que sabes que soy adicto. —Mamen aprieta los labios y asiente—. No siempre buscaba camellos a los que comprarles. A veces hacía gilipolleces, como coger algún medicamento extra de la ambulancia. Cuando volví de rehabilitación, que me llevó mi madre a rastras, mi padre me mantuvo en el puesto de bombero, pero básicamente me prohibió acercarme y sé que me ha tenido vigilado hasta ahora, que no he tenido ese puesto. —Sonríe con amargura.—¿Y cómo te ves ahora para volver? Quiero decir..., estás recuperado —afirma.—Lo estoy, de verdad. —Asiente con energía—. Sigo haciendo todo lo que me pidieron al llegar a Murcia, tengo padrino, voy a las reuniones... Si te sirve, mi novio tiene alcohol en casa y a veces me deja solo porque tiene turnos temprano, y nunca tengo la tentación. Estoy mucho mejor, soy una persona diferente al que era antes del centro de rehabilitación.La observa en silencio mientras ella cotillea su currículum.—Es una pena que perdieras tanto tiempo en otros puestos, porque esto no es algo que se lea todos los días. —Suspira—. ¿Estás seguro de dejar a tu padre?—Mi padre estará bien. —Pone los ojos en blanco—. No puedo vivir toda mi vida a su sombra, ¿no? —Al ver su cara de circunstancias, se inclina hacia ella—. Sé que mi vocación es salvar vidas, lo tuve claro en el primer terremoto que viví aquí, pero quizá no tengo que hacerlo siempre como bombero. Quizá tengo que alejarme un poco del que ha sido mi referente toda la vida y tener un jefe nuevo. O en este caso, una jefa.Sonríe, algo más convencida, y entonces empieza la verdadera charla, la del salario y las condiciones, que ya conoce porque tendrá los mismos turnos que antaño, pero desde el lado de los paramédicos.Cuando sale, Raoul lleva una sonrisa más amplia que antes de acercarse a la capitana para hablar de su futuro. Esta se va disipando al darse cuenta de quién le espera en la planta baja.—¿Cuándo pensabas contármelo? —pregunta, sin apartar los ojos de su bota izquierda.—No pensaba ni que me fuera a tomar en cuenta —susurra, de pronto avergonzado por no haber pensado en su padre—, que de repente me diga que estoy dentro... es un shock, si lo piensas.—Vio lo que hiciste con el chico herido por las minas, por supuesto que te iba a contratar al instante. ¡Y más con tus notas! ¿Hace cuánto lo pensaste?—Cuando murió Alfred le estuve dando vueltas —admite—, pero como no contrataban a nadie, decidí dejarlo estar. Lo consulté con Agoney, y cuando estuvimos hablando sobre lo que disfrutaba ser inspector y ayudar a gente desde esa posición..., supe que tenía que buscar mi propio camino. Uno que no esté marcado por ti —aclara.—Así que volvemos a hace seis meses. —Se pasa una mano por la cara, evitando todavía mirarlo—. Cuando decías que no querías seguir los pasos de tu viejo, pero luego te diste cuenta de que querías ayudar a la gente.—Y es cierto. Siendo paramédico puedo hacer algo que me encanta, que encima se me da bien, y no estoy todo el día detrás de ti. Si lo piensas, siempre has sido mi jefe. A lo mejor es momento... de que eso cambie.Manolo se lame los labios antes de levantar la cabeza. Lo primero que encuentra es una mirada preocupada y dulce de tono miel, la de un hijo que busca aprobación, aunque a la vez pretenda emanciparse.—Citando a alguien importante para mí: "si eres feliz, yo también". —Se sonríen, algo más relajado—. Ahora en serio, ve a por todas, vas a ser el mejor paramédico del mundo.—Una parte de mí va a echar de menos esto —admite, mirando al camión—, salvo por lo de entrar en incendios, me alegro de ese cambio.Su padre suelta una risita nerviosa, antes de negar con la cabeza y provocar un abrazo que está claro que necesitaba para reafirmar que esa es una buena decisión. Puede notarlo por la forma en que sus hombros se relajan de golpe en cuanto él lo acaricia ahí.—Estoy orgulloso de ti, de que sigas tu camino, pero no te olvides de tu viejo.—Papá..., es imposible que te olvide cuando cada vez que entro a un baño te preocupas más por tus cremas que por mí.—Lo digo porque cada vez pasas más noches en casa de Agoney... En algún momento tendréis que hacer oficial que te vas a vivir con él.—Dame tiempo. —Se sonroja—. Las mejores decisiones no se toman de un minuto a otro.Manolo sonríe, viendo que ha aprendido la lección. Sí que está preparado para volar por su cuenta.La primera vez que Nerea ve a Raoul en su ropa de paramédico, es por la mañana, ya en la ambulancia, haciendo ese tipo de cosas de las que solía encargarse Alfred. Se traga su nudo en la garganta antes de acercarse.—Hey —saluda el rubio, con una sonrisa despreocupada—. ¿Has dormido bien?—Eh..., sí. Tú te has levantado temprano.—Estaba muy emocionado por empezar la mañana ya como paramédico, así que he estado reorganizando los medicamentos que podemos necesitar. Espero que no te moleste.Nerea pestañea despacio, intentando evitar que un tic se instale en su ojo y se quede ahí toda la vida.—¿Cómo dices? ¿Reorganizar?—Sí, mira. —La hace subir a la ambulancia—. Es hasta gracioso organizar todo en orden alfabético, pero a la hora de trabajar es poco práctico. Por ejemplo —se mueve hasta alcanzar dos cajones—, estos medicamentos de aquí suelen ir de la mano de jeringuillas, así que los he colocado juntos. Creo que es importante ser práctico si vamos a trabajar a contrarreloj para salvarle la vida a alguien.—¿Has cambiado el sistema que Alfred y yo llevamos utilizando desde hace tres años?Se acabó. Lo va a matar. Le da igual que su mejor amigo y él sean novios, que el propio Agoney le haya pedido que le eche un ojo, por el tema de que esté rodeado de opioides; que en el fondo tenga buena intención.No está preparada para que las cosas que hacía con Alfred cambien.—Eso llevo un minuto diciendo. —Se encoge de hombros, sin perder la sonrisa—. Escucha, al principio es un poco confuso, pero si no tenemos emergencias esta mañana, podría ir enseñándotelo.Acaba de llegar y ya le quiere enseñar cómo hacer el trabajo que lleva ejerciendo durante casi cuatro años. Odia a los hombres.La alarma de la estación los sobresalta antes de que pueda insultarlo como se merece.Raoul estira el cuello para comprobar si se trata de una emergencia sanitaria o de bomberos. Se le hará raro a partir de ahora, pero tiene muy buenas sensaciones. Mamen le da la respuesta más pronto que tarde, caminando a paso rápido.—Venga, que nos toca. Ahora os cuento.Por ser la primera vez, la capitana se encarga de conducir y de explicarles la situación: ahogamiento por algún tipo de pimiento muy picante. Nerea da vueltas por la ambulancia, buscando lo que cree que necesitarán. Cada vez que Raoul hace amago de ayudarla, señalándole lo que está buscando, ella le gruñe. Acaba apartando la mano y dejando que ella se busque la vida. Total, si lo necesitan, él también puede sacar cosas.La capitana aparca en una esquina del parque, atrayendo las miradas de curiosos. El chico que llamó sale a su encuentro con cara de susto y algo de alivio por tenerlos allí al fin.—No sabemos qué hacer —explica—. Le pusimos por las bromas uno de los pimientos más picantes, no sabíamos que se quedaría...Llegan a la altura de la víctima. El hombre está tumbado en el suelo, con el cuello hinchado y enrojecido. Mamen se arrodilla, ya mandando diferentes tareas a sus paramédicos. Raoul no tarda en ponerle la vía, mientras ella comprueba lo que se estaba temiendo.—Se le ha quemado la garganta —dice en voz alta—. Nerea, ¿dónde está lo que te he pedido?—No lo encuentro... —Se muerde el labio.—Aquí, espera. —Raoul se inclina hacia ella y abre uno de los cajoncitos—. ¿Ves? Junto a esto va genial para no perderlos nunca de vista.«A ti sí que te quiero perder de vista».Se llevan al hombre al hospital una vez se aseguran de que puede respirar. El camino en la ambulancia es tenso, y ni siquiera la capitana puede arreglarlo alabando a su nuevo compañero. Es más, si sigue diciéndole cosas bonitas, se tirará de la ambulancia en marcha.Al finalizar su turno, Nerea se dirige a una cafetería muy bonita a pocos metros de allí. Tiene que pasar frente a ambos institutos del barrio, que acaban de terminar su jornada escolar, para llegar a su destino.Ya la esperan sus tres mejores amigos, que ríen comentando algo sobre el trabajo de Kibo.—Os prometo que si alguien vuelve a usar las llamadas del 112 como desahogo me cambio de trabajo.—¿Lo mandaste a la mierda?—No, al teléfono de la esperanza, por si acaso. —Niega con la cabeza—. Hasta me daba pena, pero yo tengo vidas que salvar de otra manera, esto solo impide que alguien se comunique conmigo.—¡Hola, Nere! ¿Qué tal el trabajo?—¿Y el primer día de Raoul? —pregunta Agoney de forma genuina.Sabe que no es con mala intención, pero de su garganta se escapa un gruñido que deja poco a la imaginación sobre lo que piensa del tema.—Ago, tú sabes que a ti te quiero muchísimo, ¿no?—Eso espero. —Frunce el ceño—. ¿Qué pasa?—Que me va a volver loco, eso pasa. Lo cambia todo de sitio y de repente se cree el que más sabe. Hasta ayer era bombero, o le bajas tú los humos o lo haré yo.—A ver, él en Madrid ejercía de bombero y paramédico, cuando era necesario...—Me da igual, es molesto y está en el medio. Alfred y yo... —se le corta un poco la voz, así que se permite coger aire— teníamos una manera de trabajar que funcionaba.—Vale, pues ahora tendrás que encontrar la forma de que funcione con él. —Ante la mala cara que le dedica, se encoge de hombros—. Hacía mucho que no lo veía tan ilusionado con algo, y solo estuvimos hablando de la posibilidad. Yo creo de verdad que esto podría ser lo suyo, así que dale margen y quizá... ayúdalo a adaptarse.—Para mí que tiene demasiada ilusión, pero supongo que podría hacer el esfuerzo de colaborar. Pero sigue sin gustarme.—Me daría mucha pena que mi mejor amiga y mi chico no se llevaran bien. —Pone un puchero.—No pongas esa cara, no funciona conmigo.—¿Seguro? —Acentúa el gesto, sacándole una carcajada a Ricky.—A veces eres insoportable. ¿No podemos cambiar de tema y hablar del asesinato que te esté tocando resolver, inspector?—No hay caso, me dedico a aburridos informes. Tu vida es más entretenida.—Sí, con Raoul a mi alrededor es divertidísimo todo. —Esboza una sonrisa irónica, que provoca la llegada de un puntapié a su espinilla—. Vale, lo pillo, dejamos el tema.Kibo vuelve a su trabajo y a explicarles con pelos y señales otra de las llamadas que tuvo que atender. Olvidan el drama con Raoul y se centran en algo que los incluya a todos y donde puedan estar tranquilos.Para cuando Manolo vuelve de su turno, decenas de cajas se almacenan por todas partes, esperando a ser abiertas. Antes de intentar buscar a Susana, se promete coger mucho aire y no gritar.—¿Te has llevado Madrid entero aquí? —pregunta al localizarla en la cocina. Está sacando muchos objetos que considera y dejándolos sobre la encimera, sin siquiera mirarlo.—Solo lo imprescindible —asegura—, pero si voy a vivir de forma oficial aquí, necesitaré todas mis cosas.—No las necesitaste durante los casi siete meses que llevas por aquí —masculla.—Esto es diferente —resuelve antes de casi enterrar la cabeza en la caja para sacar cosas.Farfullando por lo bajo, se pasea por la cocina hasta sacar una estatua pequeña, del tamaño de un dedo.—¿Esto qué se supone que es? ¿Una nutria o algo?—Es un perezoso —explica, tras echarle un vistazo de reconocimiento—, pero no uno cualquiera: metes el té en él y luego lo introduces en el vaso para que se vaya haciendo. Es precioso y muy original.—Y también bastante inútil. Susana... —advierte, mirando a su alrededor—, mi casa ya está amueblada, no necesitamos todo lo que tú tienes.—Ya veremos qué puede servirnos. Evidentemente no voy a cambiarte los sofás, pero si se puede añadir decoración..., ahí estaré yo.—Por supuesto que estarás —murmura, alzando la voz después—. Tienes que deshacerte de cosas, yo así no puedo.—¿Por qué? ¿Te agobia una mujer que sabe lo que quiere?—Me agobias tú trayéndote toda tu vida y pretendiendo encajar con la mía, así sin más.Susana se queda un poco pillada ante esto. No tiene mucho tiempo para procesarlo o decir una respuesta, pues la puerta de la entrada se abre.—¡Hola! —Alarga la última vocal—. Ya estoy aquí. ¿Necesitáis ayuda con las cajas?Manolo se obliga a respirar hondo. Su hijo ya se llevó una decepción cuando era pequeño por sus numerosas peleas, no quiere que se desencante por una tontería.—Estamos en la cocina —avisa—. Y sí que vamos a necesitar algo de ayuda, sí...—Wow, sí que hay cosas... —comenta el rubio, paseando las manos por algunas que no están abiertas—. ¿Por dónde empezamos?—Por clasificar lo que no podemos tener aquí —habla antes de que lo haga la mujer—. La casa no es tan grande.—No, pero decorar un poco... —Echa un vistazo a una de las cajas y le da el visto bueno con un asentimiento—. No está nada mal.—Y por eso te quiero tanto. —Susana besa su mejilla, dirigiéndose hacia la entrada para buscar una de las cajas.—¿No has quedado con Agoney hoy?—Eh..., no, iba a comer con sus amigos, así que he preferido volver, por si mamá necesitaba algo.Manolo suspira. Puede ver su futuro lleno de paredes sobrepobladas y todo lleno de perezosos para el té. A menos que lo corte antes de tiempo.—Hijo..., ¿de verdad te parece todo esto tan necesario? —Señala a su alrededor—. Con que se hubiera llevado su ropa bastaba, no necesitamos todo su piso de Madrid.—Supongo que no es necesario, pero si hace que se sienta cómoda... —Se encoge de hombros—. Piensa que lo está dejando todo en Madrid para vivir con nosotros y que crieis a mi hermano juntos. Debe ser difícil.—Sí, pero además del trabajo, tampoco tenía nada allí. Ya no estaba con Enzo, ¿verdad? —Recuerda en ese instante.—No, papá, lo dejaron hace meses. —Suspira—. De hecho, sospecho que por eso vino con tantas prisas a quedarse con nosotros.—¡No digas tonterías! —Susana aparece con una caja en los brazos—. Yo me vine porque alguien tiene que cuidar de ti, que eres un descerebrado. Encima eres bombero, es que todo mal nos tenía que salir.Padre e hijo comparten una mirada. Todavía no han hablado de eso con ella, a pesar de que ya está firmado el nuevo contrato de trabajo.—En realidad..., ya no voy a volver a ser bombero. Por un tiempo largo, al menos.Susana abre los ojos, dirigida hacia su exmarido.—¿Lo has despedido? Sea lo que sea que haya hecho, se puede arreglar...—No me ha despedido —entrecierra los ojos—. He decidido coger el puesto libre que tenía Mamen como paramédico. Seguiré trabajando en el mismo sitio, participaré en casi todas las mismas emergencias..., pero como ayuda sanitaria.—Oh, qué alivio. —Se deja caer sobre un taburete—. Eso suena a mucho menos peligroso, me alegra mucho que vayas a hacer algo así, más tranquilo.—Sí, creo que es el cambio que necesitaba. —Esboza una sonrisilla—. Pero no por ser más seguro, sino porque es lo que yo quería: ayudar a la gente y alejarme un poco de lo de siempre.Susana echa un vistazo a Manolo, que no los está mirando a propósito. Coge mucho aire, imaginando cómo debe sentirse ante el cambio de futuro que tiene decidido su hijo.A pesar de que le encantaría hablar con él, la siguiente hora es bastante silenciosa, solo interrumpida por alguna queja ante el descubrimiento de alguna escultura rara que Susana, por supuesto, va a colocar en el lugar que le dé la gana. Raoul se va a última hora de la tarde, ya con una casa libre en la que dormir.Ninguno de sus padres le vuelve a mencionar el tema de una posible mudanza, pues no quieren que el buen humor que está teniendo se vea alterado por un cambio demasiado brusco. Imaginan que Agoney sabrá llevar ese tema mejor que ellos.Durante el siguiente turno, Nerea se encarga sola de renovar los medicamentos. Los del último turno asistieron en un accidente, así que están en las últimas, pero eso no le preocupa. Lo que le molesta es que está todo ordenado según un sistema que no entiende y que no tiene la menor intención de entender. Raoul no puede llegar allí y revolverlo todo como si nada.Por si fuera poco, no se ha molestado en ayudar, que es lo que debería hacer después de cambiarlo todo de sitio.Tras equivocarse por tercera vez y poner las jeringuillas donde ahora van los apósitos, se harta. Cierra el cajón de mala manera y se baja de la ambulancia en busca del nuevo paramédico.No tarda en descubrirlo apoyado en una pared, mientras bromea con los bomberos que están limpiando el camión.—Juanan, creo que te has dejado una mancha por allí.El gitano le saca el dedo corazón, antes de efectivamente intentar limpiarla a toda costa. El rubio esboza una risita.—Te veo demasiado en modo pijo, ahora que no tienes como tarea limpiar el camión... —refunfuña Ricky.—¿Qué puedo decir? —Se encoge de hombros—. El cambio ha sido para mejor en todos los ámbitos. No me echéis mucho de menos.—Qué capullo.—Venga, limpiad, que tenéis que aseguraros de que esté reluciente para cuando tengáis un incendio.—¿Y ayudar con la ambulancia no es una opción?Se sobresalta, al no haber sido consciente de que Nerea estaba justo a su lado. Los bomberos empiezan a descojonarse en su cara, hasta el punto de que Juan Antonio casi cae de la parte superior.—Ey, ¿estamos ya renovando medicamentos? —Adopta un tono mucho más dulce, lejos de la burla hacia sus amigos.—Sí, los paramédicos anteriores lo dejaron todo bastante vacío, y necesitaría tu ayuda para no volverme loca con tus cambios —masculla.—Sí, claro, ahora mismo voy.Gira y la sigue hasta la zona del aparcamiento de ambulancias. Trabaja en silencio y con una diligencia admirable, ayudándola a aprender dónde va todo y sus motivos. Al comprobar que no está de muy buen humor, solo se dedica a eso, sin subir el tono o intentar alguna broma cariñosa.Al menos, para cuando tienen todo cubierto, Nerea parece haber aprendido cómo funciona su sistema, aunque no le guste demasiado. Sabe que no le hace gracia, pero es que además está de mala hostia con él y no lo entiende muy bien. Quiere decir, siempre ha intentado llevarse bien con ella, siguiéndola y colaborando en todo lo que puede.No soportaría no haberlo ni siquiera intentado con una de las mejores amigas de Agoney, así que da un paso hacia ella mientras la ve cerrar la nevera donde guardan las últimas reservas de un vial.—Oye, ¿te pasa algo conmigo? —La paramédica gira un ojo en su dirección, sin mover otro músculo—. Es que... te noto un poco tensa, solo me gustaría saber si he hecho algo mal, para poder arreglarlo. Vamos a trabajar juntos mucho tiempo, no me gustaría que hubiera mal rollo.Nerea suspira hondo, antes de levantarse y observarlo con la boca apretada. Cuando habla, lo hace con ganas:—No voy a mencionar el tema de que hayas organizado todo como te dé la gana, o que estés aquí sustituyendo a una de mis personas favoritas del mundo, teniendo en cuenta además que estuviste con él cuando murió.—Yo no sustituyo, nadie podría...—Ya, si lo sé, nadie puede sustituir a Alfred, pero aquí estás. En realidad, es guay que ahora estés con nosotros, no me caías mal.Ha usado un verbo en pasado, genial. Llevarse bien con la mejor amiga de su novio de momento es un suspenso para él.—Yo... también me alegro de estar aquí.—Sí, es interesante que hayas dejado la mesa de los chicos populares y guais para pasarte a la de los pringados empollones.Pestañea. No esperaba que fuera por ahí, pero tampoco entiende qué significa.—No entiendo muy bien a qué te refieres. —Mantiene su sonrisa intacta, como si eso fuera a servirle de algo. Una vez le han echado la cruz, no hay vuelta atrás.—Alfred tenía una teoría curiosa. —Arruga la nariz—. Decía que la estación de bomberos es básicamente una cafetería de instituto americano. Los bomberos son los deportistas, nosotros... los empollones.Arruga la frente, intentando comprender.—No me había dado cuenta de que hubiera división de clases en la 122.—Los chicos guais nunca se dan cuenta. —Le guiña un ojo y sube a la ambulancia de nuevo, dejándolo con la palabra en la boca.Tras un turno bastante largo y tener que llevar a su madre al hospital para una revisión, decide pasar el resto de la tarde con Agoney. El policía tiene una película preparada para ambos, así que se tumban en el sofá, pegados el uno al otro, intentando concentrarse.Bueno, en realidad lo de intentar concentrarse es cosa del moreno. Raoul no se calla un momento, comentando todo lo que pasa como si fuera personal. Agoney acaricia su muslo y trata de callarlo con pequeños besos. Algo le pasa, y le está arruinando la película, así que necesita que se abra más pronto que tarde.Finalmente, la cuestión sale por su propio pie, sin que él tenga que preguntar.—¿Crees que hice bien al cambiarme de equipo al de los paramédicos?El moreno le echa un vistazo de reojo y besa su mejilla antes de contestar con otra pregunta:—¿No te está gustando?—El trabajo me encanta. —Es lo único que piensa decir en principio.—¿Y cuál es el problema?Raoul aprieta los labios, encogiendo el hombro que no está apretado contra el sofá.—Creo que con los bomberos me llevaba mejor. Como que teníamos una buena relación... y todo estaba bien.Agoney lo aparta para acabar los dos sentados, sin la cercanía provocada por hacer la cucharita.—¿No te gustan Mamen y Nerea?—No, en realidad es que Nerea me odia.—Dudo mucho que ella te odie... —Niega con la cabeza.—Pues te equivocas. Me odia muchísimo. Puede que yo me lo haya ganado, pero es así.—¿Qué has hecho tú? —Lo sabe, pero prefiere escucharlo de él.—Solo le he reorganizado los medicamentos para mejorar el tiempo que tardamos en responder a las emergencias. Mamen tiene mi apoyo y Nerea no lo ha cambiado todavía, así que eso significa que lo acepta, pero me mira como si me quisiera matar. Además, tiene una teoría estúpida.—¿Una teoría? —Se le escapa una sonrisa por los labios apretados.—Sí, dice que la 122 es como un instituto americano, que los bomberos son los populares y los paramédicos son los empollones. Eso es estúpido.—¿Tú crees?—¿Qué significa eso? Vamos, Ago, no sé otras estaciones, pero la 122 es una familia: bomberos y paramédicos, todos unidos.El policía hace un ruidito que lo hace volver la cabeza.» ¿Mmm? ¿Qué significa mmm?—Nada, cariño, solo que... —suspira, acariciando su mejilla antes de decirlo— ella es mi mejor amiga y, respóndeme a esto, de todas las veces que habéis hecho quedadas en mi casa todos los bomberos de nuestra edad, para pasar un rato divertido... ¿cuántas habéis invitado a Nerea? ¿O a Alfred?Raoul abre la boca, pero la cierra con la misma rapidez. Le toma varios segundos conseguir una excusa buena.—A ver, Nerea y Aitana estaban raras al principio, la invitábamos, pero no venía por ella...—Sí, se la invitaba por ser mi amiga, no como miembro de la 122. Decís que sois una familia, pero soléis olvidaros de los paramédicos.Apoya la espalda en el sofá por completo, aturdido por esa revelación. Ahora se siente fatal con ella.—Soy un capullo, ¿cómo no me había dado cuenta antes?—No pasa nada. —Deja que se tumbe del revés, para quedar de nuevo mirando en dirección a la película, pero esta vez el rubio le hace la cucharita—. Los chicos guais normalmente no se dan cuenta.Raoul entrecierra los ojos, dándole un manotazo.—No te hagas el listo ahora.—No me lo hago, cariño. Solo espero que tengas en cuenta esta conversación a partir de ahora.—No me voy a permitir olvidarla en la vida. A partir de ahora la invitaremos siempre —recapitula en su cabeza—, sobre todo ahora que está saliendo con Aitana...—Así me gusta. —Besa su frente lo mejor que puede—. ¿Podemos ver la película ahora?—Te prometo que dejo de gruñir.Casi puede escuchar su sonrisa, así que se aprieta contra él y besa su nuca de vez en cuando, como recordatorio de que sigue ahí, y muestra pequeña de lo que sucederá una vez salgan los créditos de la dichosa película.Manolo pasa toda la tarde sumido en la preocupación. Sabía que Susana tenía una revisión, pero que se alargue tanto y que no lo haya llamado automáticamente para que la recoja, sobre todo sabiendo que Raoul no iba a estar disponible.Cuando entra como si nada hubiera pasado, a las diez de la noche, le falta poco para comérsela con patatas.—¿Dónde habías estado? Estaba preocupado, joder.Susana alza las cejas.—Buenas noches a ti también. —Se toma un momento para quitarse el bolso y dejarlo a un lado—. He aprovechado que se ha retrasado todo para cenar fuera, tranquilízate.—Podías haber llamado para avisar.—Tengo una edad para llamar a casa y avisar de dónde estoy.—También tienes una edad para tener un bebé y aquí estamos, así que por su seguridad.—He estado hasta la cena en el hospital, calma los huevos que se te van a poner morados. —Esto lo deja descolocado durante casi un minuto—. Ahora siéntate, que tenemos que hablar.—¡Lo sabía! Ha pasado algo, ¿verdad?—Sienta y calla.Lo hace sin rechistar. Nunca le ha gustado mucho que le hablen así, mucho menos Susana, pero nota que hay algo diferente en el aire. Como que tiene que asentir sin mucha discusión.—Tú dirás.—Manolo —le echa un vistazo por encima de las gafas que se acaba de poner—, es un niño.Le toma unos segundos darse cuenta de lo que significa eso. Esperando la peor noticia de la historia, el anuncio dicho de forma seria lo desestabiliza.—¿Un niño? ¿Nuestro bebé va a ser un niño? —Suelta una carcajada—. ¡Pero esa es una noticia increíble! Si fuera una niña también sería genial, porque tendríamos la parejita con veintiocho años de diferencia, pero esto es maravilloso, podré enseñarle muchas cosas, hacerlo todo mejor que con Raoul...—Manolo, aún no he acabado.La sonrisa se va volatilizando. Si esa no es la noticia que quiere darle, es que debe haber un lado malo.—Dime que no está mal, que no tiene alguna enfermedad o... o que es incompatible con la vida. Dime que no es eso. Ahora que ya me he ilusionado.—No, sigue igual de sano que en la primera ecografía.—¿Entonces?—¿No te parece raro que se pueda saber ya el sexo del bebé?—No te estoy entendiendo. —Se inclina hacia ella.—En la primera ecografía, cuando descubrí que estaba embarazada, me dieron una fecha aproximada de concepción. Así imaginé que era tuyo.—Ajá...No le gusta nada lo que está insinuando, pero quiere esperar el tiempo que sea necesario para que ella se lo explique. No armará una escena sin tener la imagen completa.—Pues cuando fui esta semana..., hubo un error en esa aproximación. Es más de una semana mayor de lo que pensábamos todos.—¿Y qué? Llevamos más de tres meses acostándonos.Se hace el silencio. No puede debatir eso, pero sí que no haya ningún problema. Porque lo hay.» Susana, me estás asustando. Dime qué cojones pasa.La abogada se lame el interior de la mejilla, incluso repasando los dientes con la lengua. Pocas veces se pone tan detallista con esos gestos, así que debe estar nerviosa. Es su forma de controlar los nervios, lo hizo hasta antes de leer sus votos en la boda.—Enzo vino a Murcia a traerme unos papeles que necesitaba para un caso. Tenía que estudiarlo y no los tenía en ordenador, así que me hizo ese favor.—¿Os acostasteis?—Sí —es todo lo brutalmente sincera que siempre ha sido—. No tengo nada por lo que disculparme, dado que tú y yo no teníamos nada serio, ni nos lo estábamos planteando. Solo... surgió, estuvo bien, pero luego él se volvió a Madrid y yo he seguido muy bien aquí, con mi familia.—¿Es suyo?Susana empequeñece, algo que sí es nuevo para él. Si por algo está caracterizada ella, es por la fuerza y tener la barbilla siempre hacia delante.—No lo sé. —Aunque sea mucho más ambigua que su anterior respuesta, sabe que puede fiarse de esta—. Por aquella época tú y yo lo hacíamos bastante, así que en realidad podría ser de cualquiera de los dos.Es el momento que elige para levantarse. No quiere armar una escena mientras la tiene frente a él así de vulnerable, pero tampoco puede quedarse quieto después de la revelación del día.—¿Y qué vamos a hacer?—He pedido un análisis —susurra—. Deberíamos saberlo en menos de una semana, pero no sé cómo irán estas cosas. Enzo ya lo sabe.—Ya, Enzo. —Cada vez le chirría más el dichoso nombre—. Pues qué bien.—No quiero que esto cambie nada entre nosotros. Ahora tenemos algo serio, un compromiso...—Lo que teníamos era un bebé en común, Susana. —Ha sonado lastimero, así que recula—. ¿Sabes qué podemos hacer? Olvidarnos del análisis y que yo lo críe como hijo.—¿Harías eso? —Recupera su tono de voz habitual.—Ya iba a hacerlo de todas maneras. En principio no tengo forma de saberlo, sin ese análisis. Claro, puede que acabe calvo a los veinticinco años y entonces sepamos que es hijo de Enzo, pero si tiene pelazo está claro a quién ha salido. Solo hay que ver a Raoul.—Manolo... —advierte, pero tiene claro que está más animada que antes—. Gracias, de verdad.—Eh. —Se acerca y acaricia su mejilla—. Esto lo hago por toda la familia, porque quiero estar contigo, pase lo que pase.Susana asiente despacio, con la sonrisa ampliándose en su cara. Se permite recibir un abrazo que la relaja lo suficiente para llorar por el estrés acumulado en su hombro. Se quedan ahí hasta que deciden moverse a la cama, porque siempre estarán más cómodos abrazados en esa posición.Para el próximo turno, Nerea ha tenido la oportunidad de hablar más de una vez con Agoney sobre el mal rollo que parece existir entre ella y su querido novio. No le ha prometido que de pronto vaya a convertirse en una fan incondicional suya, pero al menos le dará la oportunidad.A media tarde, cuando los bomberos llevan media hora alrededor de la isla de la cocina, entre risas y charlas sin importancia, la alarma suena. Es una emergencia sanitaria, sencilla en principio, así que solo Nerea y Raoul abandonan la estación, acompañados de Mamen.Es en uno de los parques del Barrio del Infante, donde mucha gente se arremolina alrededor de un cuerpo tumbado en el suelo. La capitana tiene que dar voces para conseguir apartar a todo el mundo y poder trabajar bien.Una vez colocada la vía por parte de la nueva incorporación, Mamen va dando órdenes a sus paramédicos, con el ceño fruncido al comprobar como sus vitales van cayendo,—Tenemos que inyectarle un mililitro más o lo vamos a perder.Como ya se han quedado sin ese medicamento, Nerea hace la carrera hacia la ambulancia, aparcada en el borde de la entrada al parque. Una vez dentro, usa todos los conocimientos aprendidos con Raoul para localizar enseguida una jeringuilla de la anchura adecuada.«—Es mucho mejor tenerlas separadas de las jeringuillas de anchura mayor, porque alguien podría equivocarse y escoger la que no es sin querer.—Eso nunca ha pasado.—Pues ahora ya nunca pasará».Sonríe para sí misma y le da un poco la razón. Separar determinados medicamentos o herramientas para evitar confusiones es una muy buena idea, pero decírselo a él le subiría el ego. Ya tendrá tiempo para eso, seguro.Vuelve corriendo antes de que sea demasiado tarde, y es la encargada de inyectárselo. Todo parece estabilizarse en cuanto su cuerpo reacciona al medicamento, así que se permite respirar.—Buen trabajo, Rodríguez. —Mamen sonríe con cansancio—. Vamos a por la camilla, hay que llevarla al hospital.Van las dos mujeres, mientras el paramédico sigue pendiente de que esté bien. Eso sí, después las ayuda y se encarga de subirlo a la ambulancia y cerrar las puertas.Ya aparcados en la estación, Raoul no duda en querer marcharse con los bomberos. Si su compañera no tiene el menor interés en conocerlo, él tampoco va a insistir hasta molestar. Lo único que le jode es Agoney y cómo reaccionará cuando sepa el mal rollo que hay entre ellos.Pero, en esta ocasión, Nerea lo llama antes de que cruce la puerta que separa los aparcamientos.—¡Espera! —Suspira de alivio cuando se detiene—. Quería hablar contigo, de verdad.—¿Qué he hecho ahora?La rubia se traga un nudo en la garganta. Puede que haya sido un poco dura con él.—Solo... quería felicitarte. Tu sistema funciona. Aún hay cosas que no tengo muy claras, pero es eficiente y acorta el tiempo que tardamos en sacar lo que necesitamos. Así que gracias.—No es nada, yo... —Sus mejillas se colorean con rapidez—. Lo aprendí en Madrid y pensé que podría ayudar. Porque solo quiero ayudar, no fastidiar.—Lo sé, y lo siento muchísimo... —Raoul niega con la cabeza, pero ella insiste—. No le quites importancia, sé que tengo que trabajar mucho para superar a Alfred y lo que pasó, pero eso no es excusa para tratarte a ti mal, que solo querías ayudar. Con lo emocionado que estabas con el nuevo trabajo...—Sigo estándolo. Me encanta lo que hacemos aquí. Lo único es que... me gustaría que nos lleváramos bien. —Sus ojos muestran sinceridad—. No solo porque sí que me caes bien, sino porque Ago es importante para ambos.—Ya no tengo ningún problema contigo, así que no te preocupes. Y dile a él que no se preocupe tampoco, que me lleva la cabeza loca.—Pobre, él solo quiere que dos personas importantes para él se lleven bien...—Dile que misión cumplida. —Le guiña un ojo y se dispone a ir a la cocina para picar algo allí.Raoul asiente, pero entonces recuerda algo y se vuelve hacia ella.—Una cosa más... —Nerea se da la vuelta, expectante—. Cuando acabe el turno vamos todos a merendar y a pasar unas horas en casa de Ago. ¿Te apetece venir?La paramédica se queda sin palabras por un periodo de tiempo bastante largo. Su compañero espera con paciencia a que sea capaz de decir sí o no.Pero es que nunca la habían invitado y con los que no tiene relación casi ni se habla, y ahora...—Eh..., sí, claro. Me encantaría.—Te vas a llevar genial con todos, ya verás —la anima, ante el pensamiento acertado de que le preocupa no encajar—. Además, está Ago.—Claro, seguro... seguro que todo va bien.Unas horas después, mientras el grupo de veinteañeros de la estación 122 son recibidos por un Agoney que ya llevaba un par de horas preparando algún snack saludable para los obsesionados del deporte, Manolo vuelve a casa. El grupo se lo pasa bien, y logran hacer sentir querida a una Nerea que apenas tenía vínculos entre ellos, pero que acaba cogiendo mucho cariño a cada uno.Al entrar por la puerta, descubre un sobre dejado en la mesa de la entrada. Solo tiene que ver el logo del hospital para saber de qué se trata. Él no tiene ya muchos más tratos con ellos, a menos que sea un recordatorio de que tiene que operarse.Pero no, el sobre va a nombre de Susana García, así que solo puede ser una cosa. Suspira antes de dejarlo sobre la encimera y sacar una botella de vino del frigorífico, así como una copa. La va a necesitar.Susana ha aprovechado la soledad para comprar. No le apetece quedarse quieta en un rincón, sobre todo con esos análisis que han llegado y que no puede abrir, porque Manolo y él llegaron a un acuerdo.Aparca el coche y saca un par de bolsas. Si su pareja ya está en casa, tendrá que ayudarla, pues su cuerpo está empezando a notar el dichoso embarazo. Casi saborea el alivio que siente cuando lo descubre sentado en el sofá, con una copa en la mano.—Ayúdame a sacar cosas del coche, que tengo que meter lo del congelador ya y me duele todo.—¿Has visto esto? —Su voz suena tan amarga que se gira hacia él.Sobre la mesilla del café está el sobre que ella ha dejado a plena vista, pero abierto, y con varios papeles encima. Traga saliva. solo espera no tener que saborear el vómito.—Lo has abierto —acusa—. Dijiste que no querías saberlo, que serías su padre sin importar nada.—Ya, puede que mintiera un poco. Pero estaba aquí solo, y una copa de vino llevó a otra... —Cuando la mira, puede sentir el dolor que lleva dentro y que no está reflejando en su forma de hablar—. No es mío, Susana.—¿Cómo? —Le tiembla el labio.—Que el bebé no es mío. Ha dado positivo para Enzo, pero no para mí. Así que ya sabemos quién es el afortunado. —Aunque le suene a broma, su sonrisa es tan amarga que asusta.
----- CHAPTER BREAK -----
La Navidad cae como una tormenta de agua fría sobre todos. O quizá usar esa metáfora solo sirva para describir cómo es el final de año de Manolo y Susana.Ante el reciente descubrimiento de la verdadera paternidad del hijo de Susana, que los ha golpeado con fuerza, ninguno se siente con ánimos de interactuar. Ni siquiera hay gritos o peleas, lo que ha llevado a su único hijo a creer que están entrando en una etapa mucho más madura y menos llena de peleas infantiles poco correspondientes a su edad.Enero pasa sin que ninguno se atreva a abrir el melón que los tiene tan tensos. Como motivo principal, como siempre, está él. Raoul ha encontrado su sitio entre los paramédicos. Es un trabajo que disfruta, sobre todo ahora que se lleva genial con su compañera. Esto no ha supuesto que se aleje de los bomberos, pues quedan varias veces por semana, ya sea para que el resto tomen cañas o para ver alguna peli en casa de su novio.Agoney ha empezado a pasarse de nuevo por casa, durmiendo algunas noches e interactuando con ellos. Total, que han podido comprobar muy de cerca lo bien que se complementan esos dos, lo feliz que lo hace el policía.Explicarle lo ocurrido y que cada vez están menos cómodos en la presencia del otro no es una opción a corto plazo. No con las fechas que se acercan.A principios de febrero se cumple el aniversario de una fecha un poco dura para el recién estrenado paramédico. Solo de pensar en el año anterior, en su fallida pedida de mano y en la última sobredosis, se estremece.Por suerte, ese año se siente mucho mejor rodeado cuando llega el día. Han aprovechado que tienen turno para que Miriam le prepare una tarta, siguiendo la receta de Susana, y celebren alrededor de la mesa.—¡Qué hable el único sobrio! —corea Ricky, llevándose una peineta de regalo.—Por favor, que el único que no está trabajando soy yo... —protesta Agoney.Raoul menea la cabeza, con las mejillas calientes por la vergüenza. Todas las miradas están sobre él, y tiene la de su chico a apenas unos metros. Eso es lo único que le da un poquito de valentía para carraspear.—Primero de todo, muchas gracias por estar aquí. Sé que no tenéis otra opción, porque la mayoría trabajáis aquí, pero no es solo eso. —Les saca una risa que no se extiende demasiado—. Mi vida hace un año era muy diferente, y no solo porque me encontraran al borde de la muerte. Es lo de menos, aunque fuera el impulso que necesitara mi padre para sacarme de allí.» Hace un año, mi red de apoyo ante situaciones así era mi madre y ya está. Era la que me sacaba de todos los líos, no he querido preguntar si como abogada o solo como madre —más risas, pronuncia un "te quiero" a la mujer rubia que lo mira con orgullo—. Hoy..., bueno, supongo que el hecho de que haya tanta gente aquí demuestra que las cosas han cambiado. Que ahora mi padre y yo tenemos una relación más estrecha, aunque no lo parezca. —Manolo le guiña un ojo—. Que tengo unos compañeros de trabajo con los que disfruto muchísimo, tanto aquí como fuera, de fiesta o lo que sea, incluso aunque sea el único que no bebe una gota de alcohol.» Y tengo a mi lado a un chico increíble, que me cuida y me valora como no lo han hecho y sí que me merecía. —Le echa un vistazo, recibiendo una sonrisa amplia y algo emocionada—. En serio, gracias a todos, porque no sé qué sería de mí sin vosotros. —Saca del bolsillo una placa pequeña, del tamaño de una chapa de cerveza—. Ayer en la terapia grupal en la que estoy lo celebramos con un poquito de adelanto y me regalaron una medalla. Lo llevaré siempre conmigo, para recordarme por qué hago esto.Hay aplausos, pero la mayoría lo conocen lo suficiente para saber que necesita un abrazo ahí mismo. Aitana es de las primeras en tirarse sobre él, dándole muchísimos besos, hasta que acaba cansado de tanto contacto.Sus padres deciden esperar, apoyados en la encimera de la cocina, observando lo alegre que está recibiendo pequeños obsequios y los abrazos de todo el mundo.Susana suspira al ver a Agoney besarlo despacio, una vez el resto ha dejado al paramédico en paz.—Míralo. —Se cruza de brazos—. Está tan feliz...—Es lo que siempre hemos querido para nuestro chaval, ¿no?—Sí, pero eso lo hace más complicado todo. —Se muerde el labio, sin dejar de observar a la pareja, que ahora escucha lo que dice Mamen, con un brazo del mayor sobre los hombros del rubio.—¿A qué te refieres?Suspira. No puede retrasarlo más. Sin querer decir nada más allí, tan cerca de su hijo, agarra la mano de Manolo y tira de él hasta salir a la zona de los camiones. Se quedan en la puerta, donde corra aire frío y sea más difícil que alguno se acerque por casualidad.—He estado hablando con Enzo estas últimas semanas.Esto supone mayor bote de agua fría que el aire que hay fuera. El capitán se estira, por hacer algo, antes de enfrentarlo.—¿Sí? ¿Y qué dice el madrileño?—Quiere participar en la crianza del niño y... yo quiero permitírselo.—Lógicamente, sería un poco feo que los alejaras sin motivos.—Ya, pero es que... —mueve tanto las piernas que empieza a ponerlo de los nervios— quiere darle otra oportunidad a lo nuestro.—¿Y tú quieres eso? —pregunta, mientras siente que la respuesta lo golpea en la espina dorsal.—No me importaría —susurra.—Joder, Susana...—Por eso decía..., que esto lo hace más complicado. Raoul está en su mejor momento, con su chico, su trabajo soñado y se lleva genial con los dos. Si volvemos a romper y yo me vuelvo a Madrid..., podría no soportarlo. Dime qué piensas, porque odio sentirme una exagerada.—Con respecto a lo de Raoul..., me parece que subestimas. El tío tiene más calle que la mayoría. No va a recaer porque su madre se vaya de Murcia. Con lo de Enzo..., supongo que no puedo retenerte aquí, así que si crees que es lo que tienes que hacer..., tienes todo mi apoyo.Susana transforma su mueca, con cuidado, en una sonrisa agradecida. Sigue nerviosa, casi temblando, pero tener el apoyo de alguien tan importante la calma.—Gracias, de verdad.—No tienes que darlas. Somos familia, aunque sea por él. —Señala la puerta interior con la cabeza—. Siempre voy a estar para ti, tenlo claro.La rubia asiente despacio, dándole vueltas a otra cosa. Es Manolo quien le pide que lo saque fuera.—¿Cómo se lo vamos a decir?—¿Cuándo te mudas?—Me gustaría irme pronto. Quiero tener al padre cerca cuando me ponga de parto. Sé que quedan meses, pero...—Así que tenemos un margen de menos de cuatro meses. —Chasquea la lengua—. Siempre podemos sentarlo en el sofá y explicárselo.—No me lo va a perdonar... —Se pasa las manos por la cara.—No digas tonterías. Eres su favorita.No pueden evitar compartir una sonrisa llena de recuerdos. Nadie va a vivir lo mismo ni con la misma intensidad que ellos dos. Todo lo que fueron antes de que la reconstrucción de una estación los separara se queda para el recuerdo.Al ver el silencio que se ha formado y la manera en la que se miran, Manolo suspira y retiene las lágrimas.» Podrías empezar a recoger tus cosas en uno de los turnos y al acabar se lo explicamos todo.—Se va a quedar flipando si ve la casa otra vez llena de cajas. Dos veces en dos meses...—Lo superará. —Le da un golpecito en el hombro—. Es muy fuerte, más de lo que piensas.Vuelven a la fiesta poco después, recibiendo el abrazo grupal con su hijo, que se moría de ganas de verlos un poco más y estar con ellos. Ninguno menciona nada de por qué han salido fuera y el rubio tampoco pregunta.A la mañana siguiente, una empleada de banco hace saltar la alarma. Segundos después, un hombre sale por patas por la puerta trasera. Sabía que no tenía que haberse confiado con la mujer al mando del mostrador. Tenía que haberla atado, pero necesitaba a alguien que lo ayudara con las bolsas.Un error que no puede permitirse en esa situación.En el tiempo que tarda en arrancar su viejo coche, las sirenas de policía ya se escuchan a lo lejos. Tras maldecir a lo alto, presiona el acelerador y cambia de marcha a trompicones, intentando entrar en una calle secundaria por la que perder a la pasma.Por unos minutos, piensa que lo conseguirá, sobre todo cuando deja de distinguir las luces a través del retrovisor. Respira hondo, más tranquilo, movimiento que provoca que tenga que frenar de golpe cuando otro coche patrulla se le pone delante.Por mucho que tenga que arriesgar por esto, no piensa llevarse por delante a ningún policía.Agoney baja del asiento del conductor, sacando la pistola.—¡Manos en alto y salga del vehículo! —Hace caso a la primera parte, pero se queda quieto—. No se lo repetiré. Salga del coche y no haga nada raro, que estamos en ventaja.Jonathan ya ha salido de su lado, pero tarda un poco en sacar la pistola. Tras tragar saliva, el hombre sale del vehículo, sin soltar una de las bolsas de dinero.—Queda detenido por robo con violencia e intimidación. Tiene derecho a guardar silencio...—Esperad, esperad un momento —interrumpe al subinspector, que lo observa con las cejas arqueadas—. Por favor, tengo que irme ahora mismo. Si no hago lo que dicen...—¿Lo que dice quién?—No lo sé. Me metí en algunos líos y tengo que entregar este dinero en un sitio dentro de poco o se cargarán a toda mi familia. Saben dónde trabajan y estudian, saben dónde vivimos, no estamos seguros. Solo sé que es gente muy importante, que tiene mucho poder por La Fama.—Claro que sí, drogata. —Que Jonathan diga eso después de haber celebrado el año de sobriedad de su novio es como una patada en el estómago—. Venga, a dormir la mona a comisaría, que tenemos un catre preparado para ti.—Espera —murmura Agoney, deteniéndolo de golpe. Si hay algo que es su amigo, es leal hasta la muerte—. ¿No tienes ninguna información de esa gente, algo con lo que podamos localizarlos? Quizá no tengas que hacer esto.—Qué va. Ya me estoy retrasando, se preguntarán dónde estoy... Uf, seguro que ya se imaginan que estoy hablando con la pasma. Tengo que irme o los matarán y me dejarán a mí vivo para que sufra por ello y luego pague.Se muerde el interior de la mejilla. Tiene ante sus ojos una de las situaciones más difíciles que ha visto como policía. Para una vez que está patrullando, desde que es inspector, y le toca eso. Porque sería demasiado fácil no creerlo y detenerlo sin más, como está pensando su amigo en hacer. Pero tiene un presentimiento, uno de esos que no aparece muy a menudo, y que cree que le dice la verdad. Que está en peligro de verdad, y no quiere ser él quien le arruine la vida.—Agoney, ¿qué hacemos?—Vete —pronuncia la palabra antes de que su mente pueda procesarla dos veces—. Vete, dale el dinero y ya intentaremos encontrarlos.Jonathan lo mira con cara de estupefacción mientras el hombre vuelve a subir al coche, sin dejar de dar las gracias. Para cuando arranca y desaparece a toda velocidad, ya tiene los brazos en jarras.—¿Me explicas qué mierdas ha sido eso? ¿Eh, Agoney?—He tenido un presentimiento —musita.—¿Sí? Yo también tengo uno: eres el tipo más inocente que ha llegado jamás a ser inspector. ¿Cómo te vas a creer semejante mierda?—Parecía sincero... —Pero ya empieza a dudar de su decisión.—Claro que parecía sincero, si tenía toda la pinta de necesitar una raya o dos de coca para funcionar. Estaría tan ansioso que ha sonado realista. Joder, Agoney. —De fondo, se escuchan las sirenas de los otros coches patrulla que estaban tras el ladrón—. Joder —concluye.—No te preocupes. Asumiré las culpas.—No esperaba otra cosa. Joder, Agoney —repite—, como te jodas la carrera por un presentimiento, te juro que te mato.El moreno se cruza de brazos, de pronto con muchas ganas de llorar. No puede evitar plantearse si no ha cometido un error que le cueste su trabajo soñado.Unas horas después, espera en un silencio inquietante en el lado incorrecto de la sala de interrogatorios. Tamborilea sus dedos en la mesa de metal, incapaz de mantenerse quieto más de un minuto. Ha confesado sin ningún problema, ha explicado toda la conversación y su decisión; y ahora la decisión la tienen que tomar otros.Levanta la cabeza cuando escucha la puerta abrirse. Su corazón se congela al ver el rostro que aparece por ella, a pesar de que él le dedica una sonrisa amable. Más de la que se merece, pero aun así no puede creer que esté allí.Es una pesadilla, tiene que serlo. Ahora se despertará y estará enredado con Raoul entre las sábanas.—Buenas, Agoney. No era la situación en la que esperaba que nos volviéramos a ver desde Navidad.—Hola, papá —murmura, como un niño ante una travesura—. Yo tampoco lo imaginaba así.—Teníamos que haberte invitado a comer después de Reyes, pero ya sabes cómo es tu madre...Se ha estado mordiendo la lengua desde que ha aparecido, pero se niega a tener esa conversación cotidiana con él en el lado del delincuente.—¿Me van a echar del cuerpo?El guardia civil alza una ceja y se sienta frente a él.—No creo —asegura, antes de abrir una carpeta—, pero lo que has hecho es una gilipollez.Ahí está. Estaba tardando la pulla sobre su estupidez. Genial, papá, ya tengo para el resto del mes.—Solo seguí mi instinto. ¿No es algo que debería valorarse en los policías?—Cuando el instinto lleva a la detención de un criminal muy peligroso que se escondía desde hacía semanas, por supuesto. Pero dejar escapar a alguien que ha cometido un delito "tonto" y lo hemos pillado in fraganti...—¿Qué haces aquí? —Se le escapa. Al notar su mirada tirante, carraspea—. No sé si esto es competencia de la Guardia Civil.—Tú cometiendo errores no es nuestra competencia. Lo que estoy investigando, en cambio...—¿Es algo referente a ese chico? —Se inclina hacia él, con visible interés.—Agoney, te están investigando por dejar escapar a alguien que podría estar relacionado con ellos. No puedo compartir esto contigo.—Vamos... —insiste, estirándose los dedos—. Puedo ayudar. Soy bastante bueno en esto. Estoy seguro de que habrás visto los casos que he resuelto desde que me hice inspector.—Algo he visto, pero todo queda opacado por tu error. —Suspira al ver su cara de decepción—. Escucha, estamos ante una banda organizada. Es poca gente, pero están aprovechando la información que tienen sobre gente de poco dinero para robar a través de ellos. Lo que no sabemos es si ese chico se ha inventado lo que te ha dicho o ha sido chantajeado también.—Vale, ¿cómo puedo ayudar?—Manteniéndote al margen.—Pero... —balbucea.—Ya has hecho suficiente. Bastante que he conseguido que no haya consecuencias. Seguramente quedes sin ninguna mancha en el expediente, así que dame las gracias y aprovecha esta oportunidad.Se levanta y se marcha con la misma energía con la que llegó: la de destrozar todo a su paso. Y siempre en el plano emocional.Lo dejan ir poco después. El inspector Herrero, que ya no es su superior, pero se comporta como tal, le pide que se tome el resto del día libre. Sabe lo que significan esas miradas, son las de "mejor vete, que ya has hecho suficiente".Solía lanzárselas su padre cuando era pequeño. También se la ha dedicado en el interior de la sala de interrogatorios, pero supone que esta vez están mejor justificadas.Como ya no puede seguir trabajando hasta el día siguiente (o cuando los de arriba decidan), cruza la cafetería que suelen usar los policías hacia la estación de bomberos. Necesita un rato con Raoul para recuperar su fe en sí mismo.Empieza buscando en el aparcamiento de las ambulancias, pero falta la suya, así que se dirija a la zona habitable de la estación. Ahí descubre a Manolo, que se prepara un sándwich saludable con música en sus auriculares. Por eso, tarda un poco en notar su presencia y en quitárselos, con una sonrisa agradable. Joder, si su novio se diera cuenta de la suerte que tiene con ese padre...—Ago, ¿en qué puedo ayudarte?—Capitán, estaba buscando a Raoul. Hoy he salido pronto —revela, sin dar muchos más detalles.—Pues él ha salido hace un rato. Emergencia sanitaria, ya sabes. Puede tardar un rato.—No pasa nada, esperaré a que acabe el turno. —Mira el reloj, aún quedan dos horas, pero puede aguantarlas—. Dígale que he estado, para que se pase por casa.—Vale, primero: nada de hablarme tan formal, ni de decirme capitán. Soy Manolo, hombre, un poquito de confianza, que somos casi familia.Solo de pensar en la poca confianza que le ha dado siempre su padre... Le entraría la risa.» Y segundo, de momento los bomberos estamos desocupados, así que a menos que nos salga una emergencia, puedes esperar aquí y hacerme compañía. Venga, te prepararé otro sándwich.Está a punto de negarse, pero su estómago gruñe. Apenas ha desayunado, así que supone que no pasa nada por dejarse mimar por la única figura paterna que no le hace llorar por dentro. Manolo canturrea mientras le prepara algo a él, que se sienta en un lado de la isla. El bombero le hace compañía en cuanto lo tiene todo listo.—Y bien, ¿de qué se trata?—¿El qué? —Mordisquea con satisfacción el bocadillo.—El motivo por el que venías a ver a mi hijo y no podía esperar a que acabara el turno.—Oh... En realidad, no me importaba, era solo por si podía... —pero le echa una mirada que lo desarma—. Creo que hoy me he dejado llevar por un instinto y la he cagado de forma impresionante.—¿Sí? ¿Qué ha ocurrido?Le narra sin demasiados detalles lo ocurrido con el ladrón del banco y la conversación con su padre. El capitán lo escucha con interés, sin dejar de mirarlo a los ojos y de masticar.—Suena a que has hecho lo que creías más justo y te estás castigando por ello.Casi siente mariposas. Es lo que le gustaría que le dijera otra persona, apellidada como él, pero que no va a suceder.—Parece que me voy a librar, pero la bronca y la advertencia la tengo delante.—Están siendo demasiado duros contigo —declara—. ¿Y qué si al final fuera un error? Como si ellos no se hubieran cagado en los pantalones alguna vez.El moreno suelta aire por la nariz, ahorrándose la carcajada. Le gusta mucho.—Gracias, capitán..., digo, Manolo. Perdón. Es la costumbre.—Voy a tener que ir quitándotela. También puedo ser "suegro", si te va más ese rollo.Enrojece, provocándole una risita que deriva en una tos molesta.—Pero va en serio el gracias. Ahora mismo lo veo todo negro, que me animes así... Se nota a quien ha salido tu hijo.—Algunos discutirían eso, Susana y él tienen mucho en común. —Sonríe, risueño—. Y ahora sin coñas..., sé que no hemos tenido muchas oportunidades de hablar, pero puedes contar conmigo para lo que sea.—Lo tendré en cuenta. —Su boca sigue muy tensa como para sonreír, aún demasiado tímido para relajarse por completo.—Y en cuanto a lo del caso..., ojalá puedas trabajar en él y demostrar que no te equivocabas. El instinto es importante.—Mi padre no piensa lo mismo.—Pero él no está aquí ahora. —Le guiña un ojo.Asiente, y con cada movimiento de cabeza se va convenciendo cada vez más de lo que tiene que hacer. Como mínimo, investigar por su cuenta, y demostrar a su padre que sí sirve para esto.A pesar de no tener muy claro si puede volver al trabajo, se presenta al día siguiente como si nada. No saluda a nadie, sino que enchufa su ordenador y se mete en la base de datos.Algo bueno que tienen los distintos cuerpos policiales nacionales es que comparten información, por si los datos de una persona sirvieran a otro cuerpo distinto. Por tanto, no tarda en encontrar la última carpeta agregada al equipo de su padre, descargarlo en su ordenador y ponerse a leer.Durante un rato, nadie lo toma en cuenta o cuestiona por qué está allí. Hasta que unos brazos se posan sobre su silla, sobresaltándolo.—Joder, ¿qué haces aquí? —Se lleva una mano al pecho.—Eso me gustaría saber a mí. ¿Qué hago aquí? Pues vigilando al tonto de mi hijo, que no hace caso a lo que le advierto ni aunque estemos a punto de morir todos —masculla, con la voz tan tirante que lo hace sentir mal.—Nadie dijo que no volviera hoy a trabajar.—Es verdad, hoy es un día como cualquier otro... Me refiero más bien a esos documentos que estás revisando. Los he escrito yo, ¿lo sabías?—Algo suponía —musita, sin levantar la mirada hacia él—. ¿Qué pasa? ¿No es de dominio policial?—Pero no de dominio de Agoney. Te he solucionado el problemilla para evitar algún tipo de sanción por lo que hiciste. Da las gracias y olvídate del tema.—Pero yo puedo...—Me da igual lo que puedas, no es tu caso. Ponte a trabajar en lo tuyo y deja que mi equipo se encargue. Te mantendré al tanto si hacemos alguna detención, pero solo si te portas bien.No dice nada más, a sabiendas de que no serviría de nada. Es la persona más cabezota que ha conocido en siglos, aunque siempre pensó que él ocupaba el segundo puesto. Ahora empieza a dudarlo, ante su falta de iniciativa en cuanto su padre le habla un poco mal.El trabajo transcurre con normalidad una vez se olvida un poco del tema. Queda con su novio para cenar en un par de días y aprovechar que en San Valentín Raoul estará en pleno turno. Necesita una alegría, y él es la que tiene más a mano.En casa de los Vázquez, Susana ha conseguido un extra de tiempo. Cuando en principio su idea era recoger sus cosas durante el turno de su hijo, y explicárselo al final, el tiempo disponible se ha alargado cuando Raoul decidió dormir con su chico y luego pasarse la mañana con algunos amigos y en el gimnasio.Son las cinco de la tarde, la casa está llena de cajas de nuevo y ella no puede esperar a meterlas en un camión y mandarlas de vuelta a Madrid. Esta vez, a un piso de soltero que van a remodelar para que su pequeño tenga habitación propia. Atrás queda el piso que compró antes incluso de que Raoul se hiciera mayor y se independizara.Está tan distraída que no se da cuenta de que podría volver en cualquier momento. Y eso hace, deteniéndose por un momento en la entrada ante la presencia de tantas cajas. No se ha equivocado, pues solo una llave abre esa puerta, pero no entiende nada.—¿Hola? —pregunta con cierta duda—. ¿Mamá? ¿Papá?Susana palidece al escucharlo, dejando de lado el perezoso para el té que estaba a punto de guardar. Se limpia las manos sudorosas en el delantal que llevaba y camina hacia la entrada, donde Raoul sigue con la mano en el picaporte.—Hey, pequeño... No sabía si ibas a venir.—No, hoy no me quedo a dormir —susurra, sin dejar de mirar las cajas—. Lo dejamos para el pre-San Valentín.—Ah, eso es genial...—Mamá, ¿qué pasa? —Señala las cajas con la cabeza.Susana suspira y le hace un gesto para que lo siga. Manolo está en la parte de atrás, intentando trucos con Roma y tratando de no sentirse mal por la inminente mudanza. En cuanto los ve, imita el suspiro de su ex y entra con ellos. Roma los sigue y se acomoda junto a Raoul. Supone que es el confort que necesita.—A ver, no era esta la mejor manera de que lo supieras, pero es otra forma de arrancar la tirita, así que... —Echa un vistazo al capitán de los bomberos, que se encoge de hombros— tenemos algo que contarte.—¿Te marchas? —dice a media voz, rompiéndoles un poco el corazón—. Tenéis que estar de broma. Entiendo que lo vuestro no haya funcionado, era algo que me esperaba, pero ¿irte cuando vais a tener un bebé? No le podéis hacer esto.—Hijo, mejor escucha a tu madre, que te lo explique.—¿Recuerdas a Enzo?—He vivido más años de mi vida con él que con papá, claro que lo conozco. —Se cruza de brazos—. ¿Qué pasa, volvéis? Porque ya lo que faltaba era que te mudaras a Madrid. Papá también merece participar en la crianza de mi hermano.—Esa no es la cuestión. —Trata de razonar con él, con el corazón en la garganta—. Él... vino a Murcia hace meses a traerme algo de trabajo. —Intenta encontrar una reacción en sus ojos, pero solo encuentra expectación—. Cariño, el bebé no es de tu padre, es suyo... Tuvimos algunas dudas, ya sabes que con Manolo fueron bastantes meses intensos..., pero bastó una sola con Enzo para plantar una semillita.—Paso de ese tipo de discursos. —Arruga la frente—. Entonces, ¿ya está? ¿Te mudas a Madrid?—Ahí tengo mi trabajo, a los mejores doctores y a Enzo. Quiero criarlo con él, quizá podamos solucionar lo que no pudimos antes de que viniera aquí.Raoul se levanta del sofá, haciendo gruñir a una Roma extremadamente cómoda. Su mente va a toda velocidad, pero con una advertencia clara: necesita salir de allí.—Al final sí que me voy a dormir a casa de Ago —anuncia—. Ya nos veremos, supongo.—Hijo... —Pero su paso es rápido, y avanza hacia la puerta sin mirar atrás—. ¿No decías que era maduro y que se lo tomaría bien?—No había previsto esto, es verdad. —Antes de que Susana pueda llorar, la detiene—. Pero vamos a pensar en esto como un proceso.—¿Qué tipo de proceso?—El tipo de proceso en el que ahora está en shock por lo que acaba de descubrir y necesita distancia. Él vendrá cuando lo necesite, siempre lo hace.—¿Te das cuenta de que ya te has equivocado una vez sobre cómo es la personalidad de nuestro hijo?—Hazme caso en esto. Necesita espacio, quejarse con su novio sobre lo malvados que somos, pero entrará en razón. Tú ahora cálmate, que no te viene bien para el embarazo, y ya solucionaremos esto.La abogada se deja arrastrar hacia la cocina, principalmente porque se ha quedado chafada por lo ocurrido. No es fácil que ella se deje manejar así, así que más le vale aprovechar para calmarla.Al día siguiente, Manolo se pasa por la estación para revisar algunos informes que necesita. No es su turno, y el equipo que está de guardia lo saluda, pero necesitaba salir de casa. Estar siempre con Susana histérica por la mudanza y por su hijo no es bueno para su salud mental.Agoney va a verlo al enterarse de que está perdiendo el tiempo en su despacho. Le explica que se está quedando con él, según el paramédico "de forma indefinida".—Pero creo que se le pasará, solo necesita...—Tiempo, sí. Es lo mismo que le digo a su madre, pero ella está de los nervios por si la odia.—Dudo que pueda odiaros a cualquiera de los dos. —Tuerce el gesto, a pesar de sus buenas palabras—. Supongo que ya estaba un poco ilusionado con teneros juntos después de tantos años. Que él siempre decía que esperaba que rompierais en cualquier momento, pero no creo que lo quisiera.—Ya —espeta—, nunca hemos sido muy compatibles a largo plazo. ¿En la cama? Puro fuego, pero no sabemos conectar cuando la cosa va de familia y hogar.—Siento mucho escuchar eso.Puede percibir que está algo incómodo, supone que porque se está abriendo con él en temas que un suegro no debería mencionar frente a su yerno.—Gracias por venir a informarme. Me alegro de que Raoul tenga a alguien como tú. No soportaría que se quedara solo en esto.—Siempre que me deje estaré —asegura, con un gesto servicial—. Bueno, tengo que volver, que tengo mucho trabajo.—Oh, a lo mejor esto es un poco intromisión, pero ¿qué tal el caso en el que trabaja tu padre? ¿Has investigado?Quizá ha metido la pata, porque el policía es transparente y su mirada parece dolida.—Lo intenté, pero se enteró enseguida y tengo aviso de que me quede quieto.—Siento oír eso. —Ladea la cabeza—. Está claro... que lo vuestro es complicado.—Era más fácil lidiar con Raoul al principio. —Sonríe con amargura, antes de poner un pie fuera del despacho—. Ahora sí que me tengo que ir, gracias a ti por tus consejos. Significan mucho.Asiente a modo de despedida mientras lo ve marchar a través de las paredes de cristal. Le da mucha ternura ese chico. Salvando los problemas de drogas de su hijo, le recuerda mucho a él. Pero ellos nunca se han llevado mal, aunque sí estuvieran alejados durante muchos años.El siguiente turno que comparte con él es tenso. Hay varias emergencias de accidentes y una en un hospital, por irónico que sea. Raoul no le dirige la palabra, pero tampoco le hace ascos cuando están cenando juntos, así que podría ser peor.A las dos, Manolo es el primero en marcharse, dispuesto a hablar con Susana. Si puede retrasar un par de meses su marcha, quizá les dé tiempo a arreglarlo con él. Juntos, como un equipo. Ni siquiera tienen que ser pareja para cuidar de su pequeño. Cuando lo hace, Raoul aún no ha vuelto de una emergencia, pues la cosa se les ha alargado al llevar a la víctima al hospital.—112, ¿en qué puedo ayudarle?—Creo que me estoy poniendo de parto, por favor, necesito ayuda. —Kibo escucha el grito doloroso de la misma mujer que le está hablando.—Muy bien, mandaremos una ambulancia para que la recoja. ¿Dónde vive?—Donde vivo no importa porque me había ido de compras —lloriquea—. Estoy en el parking del Carrefour de Atalayas. El problema es que no encuentro mi coche, necesito ayuda.—Ahora mismo mandamos a alguien. No se preocupe.El operador se pone en contacto con la primera ambulancia que le sale disponible. Sonríe al comprobar que es la que corresponde a Mamen, Nerea y Raoul.—122, ¿seguís trabajando?—Estábamos volviendo a la estación. Dime —responde la capitana enseguida.—Me sale que estáis cerca del Carrefour. Necesito que retraséis el final de vuestro turno un rato más...Escuchan con atención la descripción que les da la mujer y asienten antes de que acabe. Total, ya llegan tarde, no pasa nada por ayudar. En unos segundos, el rubio cambia de dirección y se mete por varias rotondas para poder llegar al centro comercial.Nerea tiene que gritarle cuando está a punto de entrar en el parking interior con la ambulancia.—Ay, pero ¿qué te pasa?—Mira la altura. —Señala—. La ambulancia no puede pasar.—No importa. —Mamen hace un gesto para que salgan del vehículo—. Lo dejamos aquí y nos llevamos la camilla y todo lo que vamos a necesitar. Vamos a buscar a esa mujer.Entre los dos compañeros llevan todos los medicamentos y la camilla, mientras la capitana comienza a avanzar por la rampa.A esas horas el parking está lleno de coches, ya sea por la comida o porque la gente haya aprovechado para salir de compras. Pero está todo en silencio. No sabían qué esperar de una mujer a punto de dar a luz, pero seguro que no tanto silencio.—Esto es muy raro... —murmura Raoul, apretando la bolsa con las cosas más contra él.—Seguro que está por aquí, no puede faltar mucho... —los anima la capitana, con una sonrisa que hasta a ella le cuesta mantener.Nerea ni se molesta en decir nada, solo mira en todas direcciones. Prueba a llamar en alto a la mujer, o al menos saludar para llamar su atención.—¡Somos los paramédicos! ¡Venimos para llevarla al hospital!Escuchan un golpe raro junto a un coche. Se giran de golpe, apareciendo una mujer rubia, con los ojos inyectados en sangre. Se les va la mirada a su tripa, tan plana que les entra un escalofrío. Entre eso y que parece drogada, no tiene buena pinta.—Vaya, vaya, vaya... Mucho han tardado en venir.Los tres tratan de hacer memoria, como si conocerla fuera a cambiar algo. La mujer los mira de una forma que solo indica problemas. Aún no saben por dónde va con ellos, pero no pueden fiarse de nada.—No estás embarazada. —Mamen no sabe de dónde saca la voz para hablar.—Nop. Supusimos que sería la mejor forma de que solo mandaran ambulancia, nada de polis ni mierdas.La capitana está a punto de preguntar otra vez, pero obtiene respuesta antes de abrir la boca. Un hombre se coloca junto a su compañera. Lo primero en lo que se fijan es la pistola sin seguro que lleva en una mano, apuntándoles directamente a ellos.Raoul da un paso atrás, lo que solo hace que la levante más.—Ni un movimiento, que hoy estoy hasta los huevos.Se fija más en él. Tiene el pelo largo y enredado, barba de muchos días poco cuidada, no como la de su novio. Sus ojos también indican la presencia de drogas en su organismo, pero él lleva una pistola, lo que no mejora nada. La mano con la que no apunta está sujetando un punto concreto en su abdomen.—¿Qué necesitáis? ¿Drogas? —pregunta Mamen—. Os podéis llevar todas las que tenemos, no pasa nada. Lo único que pedimos es que no nos hagáis daño.La mujer suelta una risita que les eriza la piel.—No nos interesa, al menos no ahora. Está herido. —Señala a su compañero—. Tenéis que curarlo.—¿Qué ha sido? —se interesa.—Casi nos pillan los de la puta Guardia Civil —gruñe—. Ha habido disparos... Espero haberme llevado a alguno por delante, pero a mí también me han herido.Se quita la mano del abdomen, mostrando una herida que traspasa la vieja camiseta que lleva. En cuanto la ha apartado, la sangre ha empezado a salir con más abundancia.—Dios mío, tenemos que llevaros a un hospital.—Nada de eso. —Ajusta el agarre de su pistola hacia la capitana—. Si vamos allí, nos detendrán en cuestión de minutos. Para algo estáis aquí. Me vais a curar aquí mismo, y sin quejas que hoy tengo el dedo muy suelto.Tragan saliva, sin saber cómo va a salir esto.—¿Dónde se supone que vamos a hacerlo? La ambulancia no pasa en el parking.—Aquí mismo. —La mujer palmea el capó de una furgoneta negra tras ellos. Tiene peor pinta que los drogadictos.—No tiene pinta de ser muy higiénico.—No lo he pedido —rebate—. Anda, entrad y ayudadme a curarme.—Somos paramédicos —lo intenta entonces Nerea, que había estado callada hasta el último segundo—. Podemos ponerte una vía y asegurarnos de que estés bien un rato, pero lo de sacarte la bala y cerrar la herida es trabajo de médicos, cirujanos y el resto de los especialistas...—Pues hoy toca clase práctica, porque nadie se marcha de aquí hasta que yo no esté bien cosido y sin bala. —La apunta a ella, haciendo que su compañero se apresure a tirar de su brazo para que entre en la furgoneta.Mientras ellos están metidos en una furgoneta maloliente, intentando salvar a un delincuente, Agoney organiza la cena con bastante tiempo. No ha recibido ningún mensaje de que su chico haya acabado su turno y venga ya, lo que le viene bien para terminar de dejarlo todo perfecto.Pero las horas pasan, él tiene la cena en el horno y las velas encendidas, pero nadie abre la puerta con la llave que ya usa a diario. Prueba a mandar un par de mensajes, que a las nueve se convierten en cinco llamadas seguidas. No le sale apagado, ni fuera de cobertura, simplemente suena todos los tonos y se pone automáticamente el contestador.Se muerde las uñas, dándole vueltas a un millón de motivos por los que podría estar desaparecido. Puede que esté en medio de una emergencia que se haya complicado y sea imposible usar el móvil. Puede que sus padres se hayan reconciliado con él y estén disfrutando de una cena. Pero no, él no se olvidaría de que iban a celebrar San Valentín unos días antes.¿Entonces? ¿Qué le queda?El drama con sus padres que lo ha vuelto a decepcionar. Que haya pasado algo con ellos, algo peor.Pone rumbo a su casa antes de pensarlo dos veces.Una hora antes, los intentos de Mamen por arreglar lo roto son infructuosos. No puede trabajar así, en esas condiciones, y así se lo hace saber.—¿Sí, princesa? ¿Y qué quieres? ¿Una habitación de operaciones como en las pelis? No todo es tan glamuroso como nos gustaría que fuera.—Al menos un sitio más luminoso podríamos buscar —aprieta las tuercas todo lo que puede.—¿Tienes uno?—El restaurante de mi marido. No está tan lejos de aquí, es luminoso en la cocina y tiene congelador. Nos podría venir bien para la herida.La pareja de delincuentes comparte una mirada, antes de asentir despacio. Lo ven lo más lógico, después de todo.—Está bien, capitana —imita las palabras usadas por los otros paramédicos—. Llévanos a ese restaurante..., pero si intentas algo raro, pum.Mamen asiente sin pensarlo dos veces. Salen de la furgoneta con la intención de dejarla ahí y caminar hasta el restaurante. La pareja los hace cargar con todos los medicamentos y los llevan a punta de pistola. Raoul aprovecha haberse quedado el último para llevarse una mano al bolsillo. Saca su placa del año de sobriedad y la tira al suelo sin pensarlo dos veces.Puede que sea la única oportunidad que tengan de que alguien sepa dónde estaban.Mamen tumba al hombre en la camilla una vez están en la cocina de su restaurante. Hace mucho que no lo pisa, pero siempre tienen una llave escondida, así que ha sido fácil. Ahora sí que puede coger unas pinzas y asegurarse de que todo salga bien.Manolo y Susana no dejan de discutir sobre qué deberían hacer cuando el timbre suena. Por un momento, se quedan congelados. Ninguno de los dos espera a nadie, o eso creen.Por eso, encontrarse con la mirada ansiosa de Agoney los preocupa.—Hey, Ago, pensaba que hoy tenías una cena con Ra...—No ha venido, ¿está aquí?Sabe que es una pregunta estúpida, al menos cuando procesa que Manolo pensaba que estaría con él. Pero iba tan acelerado que no le daba tiempo a reformular.—¿Cómo que no ha venido? Aquí tampoco está, llevamos toda la tarde solo.—¿No terminó su turno?—Cuando yo me marché todavía no había vuelto. Tuvieron que llevar a la víctima al hospital, así que deberían haber terminado tarde.—Sí, aceptaría a las tres, pero son las nueve de la noche...—¿Qué pasa? —Susana se acerca, de brazos cruzados.Durante un fragmento de tres segundos, se plantea cómo de buena idea es contarle la verdad. Luego se da cuenta de que no sabe mentirle y suspira.—Raoul no aparece. Tenía que llegar a una cena en casa de Agoney.—¿Cómo? —Grazna, abanicándose con la mano—. Joder, lo sabía, mira que lo sabía. Pero tú quitándole importancia, diciendo que es maduro, que se le pasaría...—Todavía no sabemos qué ha pasado —comenta el moreno.—¿Cuántas posibilidades hay de que haya recaído?—Tiene dónde conseguir opioides —admite Manolo— y hay bares en todas partes...Sabe que no debería haber sido sincero ahí cuando palidece y hace amago de desmayarse. Entre el policía y él la tumban en el sofá.—Esto es culpa nuestra. —Los señala sin parar—. Hemos jugado con sus sentimientos, no debería haber hecho esos análisis, ahora seríamos felices...—Raoul no haría algo así, creo en su recuperación por completo —asegura el policía.—Vamos a tranquilizarnos y a pensar con calma. —Manolo se sienta a su lado—. Mira, voy a llamar a la estación, a ver si la ambulancia ha vuelto.Lo ven desaparecer por la cocina y escuchan un murmuro de fondo. Agoney arruga el labio, arrepintiéndose de haber ido allí. Lo que menos le gustaría sería que el embarazo de su suegra se viera amenazado por la ansiedad de que su hijo haya desaparecido, o de haberle metido una idea errónea en la cabeza.—¿Y bien? —Se levanta al verlo volver.—No ha vuelto todavía. —Suena tan aliviado que casi todos sus músculos se destensan—. El que está a cargo dice que ha estado a punto de llamar, porque les falta una ambulancia desde hace horas.—Esto es buena señal. —Aprieta la mano de Susana—. Eso es porque habrán tenido una última emergencia y se les habrá retrasado todo.—Repito: ¿seis horas?Manolo suspira, pero lo manda a llamar. Ya solos en la cocina, se desinfla.—¿Tienes algún contacto en los operarios del 112? Porque nos vendría genial y me suena que sí.—Dame un minuto. —Entiende lo que pretende y tarda unos segundos en ponerse en contacto con él—. Kibo, ¿estás en el trabajo?—¿No? —Hay una pausa incómoda—. Estoy cenando con mi marido, con perspectivas de sexo salvaje después. Tú dirás.—Tengo que pedirte un favor.Media hora después, el operario vuelve a llamarlo. Todos respiran.—Sí, a las dos y media los mandé a una emergencia sencilla. Una embarazada que no encontraba su coche en un parking subterráneo y estaba a punto de parir. No debería haberles llevado mucho tiempo. ¿Os envío la dirección?Manolo coge el coche antes incluso de que se envíe la ubicación de un Carrefour que ambos conocen bastante.—Va a estar todo bien, ya verás —asegura el capitán de bomberos—. Ahora que sabemos que es por una emergencia, ningún problema, habrá habido complicaciones, ya está.—No sé, tengo un mal presentimiento... Ni siquiera debería haber venido.—No digas tonterías, sin ti no estaríamos buscándolo... ¿No lo coges?Agoney se da cuenta de que su teléfono vibra sobre el salpicadero. Pone los ojos en blanco al comprobar que se trata de su padre.—Ugh, no es el momento de que me echen la bronca por alguna gilipollez. Ahora solo quiero pensar en Raoul.—Quizá es importante. Nadie llama a estas horas si no lo es —indica.Vale, puede que su suegro tenga razón. Otra cosa es que le apetezca escucharlo. Para evitar cualquier mal futuro, pone el altavoz.—Papá, estoy con Manolo en el coche, en altavoz —avisa.—Escucha, hoy hemos conseguido acorralar a la banda que estábamos persiguiendo. Hemos herido a uno de ellos, pero han conseguido escapar. Van en una furgoneta negra, algo vieja, con matrícula MU-1456-BC. Pensé que te gustaría saberlo.—Ahora no es el momento, estoy en algo importante.Hay una pausa antes de que el guardia civil se atreva a preguntar.—¿Quién es ese con el que estás?—Mi... —carraspea— el capitán de bomberos de la 122. Ha venido a buscarme porque su hijo ha desaparecido, historia larga.Manolo lo observa contestar de reojo, con algo de lástima en la mirada. Lo que ha tenido que vivir para responder así, con tantas vueltas a la realidad.—¿Necesitáis refuerzos?—No, tenemos una pista. Te llamaré mañana, ¿vale?No lo deja contestar y ya está colgando. Ninguno de los dos habla hasta que entran al parking exterior del Carrefour y descubren la ambulancia parada frente a la entrada del subterráneo.—Han estado aquí. —Bajan, ante la imposibilidad de paso.—Joder —susurra, aumentando la velocidad.Entran y se dividen el espacio. Sigue bastante lleno, pero cada vez hay más vehículos marchándose. Entonces, suceden dos cosas. La primera, que Manolo se queda pillado en una matrícula que le acaban de decir por teléfono.La segunda, que Agoney se agacha a recoger una placa circular que conoce muy bien.—Manolo —llama con rapidez—, es la placa de un año de sobriedad de Raoul. La ha tenido que dejar aquí para que lo encontráramos.Escucha una maldición antes de verlo acercarse a él y revisarla. No hay duda en la inscripción.—Pues tú vas a tener que llamar a tu padre, porque creo que sé quiénes se lo han llevado.Esta llamada con el guardia Hernández es mucho más tensa que la anterior. Tiene que dar muchos malabares para explicar que cree que lo han secuestrado, que tienen frente a ellos la furgoneta negra de la que él hablaba, con esa misma matrícula.—No os mováis de allí. A partir de ahora nos encargamos nosotros.Pero él se mueve, en círculos, preso de una ansiedad que lo está matando. Si unos tíos muy peligrosos y heridos tienen a su chico..., no se imagina lo que podría pasarle.—¿Qué te ha dicho?—Que nos quedemos a esperarlo, que ellos se encargan —repite, con rabia en cada palabra.Manolo suspira y abre la puerta de la furgoneta. En el interior no hay nada muy destacable, salvo algo de sangre que espera que sea del hombre al que han herido.—¿Y tu instinto qué te dice? —pregunta, sorprendiéndolo.—Pues... que quiero ir a buscarlo, Manolo. No soporto saber que está metido en esto.—Bien, vamos fuera. Cogeremos el coche.—¿A dónde vamos?—Si Raoul nos dejó la placa ahí, es porque lo iban a trasladar de sitio. Solo tenemos que saber a dónde lo llevarían.—¿Solo? —Aprieta la placa dorada en un puño. No se piensa separar de ella hasta que no se la entregue a Raoul.—Vamos a conectar los puntos. Kibo recibió una llamada por una embarazada. Para ese tipo de emergencias no se necesita a la policía, con que venga una ambulancia a llevársela basta. Eso, sumado al delincuente que está herido, nos dice que querían sanitarios para obligarlos a que lo curen, porque no pueden ir al hospital.Agoney piensa en su razonamiento. Es muy inteligente, en realidad. Lo que le jode es que estén ellos en medio. Ahora que lo piensa, no es solo su pareja, sino su mejor amiga y Mamen, a quien quiere como a una madre.» La clave está en buscar un lugar donde pudieran estar tranquilos para operarlo de alguna manera... Tú eres de Murcia, ¿se te ocurre alguno?Abre la boca, con la mente trabajando a su máxima potencia. Suspira, con una opción poco plausible.—El marido de Mamen ya no trabaja —explica—, pero hasta hace nada tenía un restaurante. Creo que aún está alquilado el local, si no han quitado nada... sería el sitio más tranquilo para operar sin que nadie los moleste.—¿Me llevas? —Ya le ha tirado las llaves antes de que responda.En el restaurante, Raoul se está volviendo loco. No puede controlar las vitales del hombre, pero al menos han conseguido adormecerle un poco la zona con anestesia, así que el dolor es mínimo. De todas formas, se está manteniendo a un lado, mirando hacia todas direcciones como si fuera a encontrar una solución. En la cocina no hay teléfonos ni salidas rápidas.Si va hacia la zona de restaurante, podrían alcanzarle, así que no es muy útil.En cambio, la otra puerta, la que lleva a la parte de atrás, donde están los contenedores... No es rápida, pero podría servir.Observa a Nerea colaborar en todo lo que puede, con la mirada de la mujer siempre pegada a ella. Es él el menos vigilado, lo que le puede venir bien...Toma la decisión cuando empieza a hacerse insoportable. Lo lento que trabaja Mamen debe ser una estratagema, porque alguien tiene que hacer algo. Paso a paso, va deslizándose por la cocina hacia la puerta. Como ha dicho, no es algo rápido, tiene que abrirla con un pasador bastante reforzado, pero si lo hace y sale de allí...Se gira para tener mejor acceso al pasador, lo que impide que vea la cercanía que tiene la mujer a él. No lo nota hasta que lo golpea en la cabeza, cayendo al suelo semidesmayado, con el grito de Nerea de fondo.Cuando despierta, están todos de pie y Mamen sentada a su lado. Parece que el hombre está más estable.—Hey, pequeño... ¿Sabes dónde estamos? —Le acuna las mejillas.—¿La casa de Ed? —Entrecierra los ojos. Le bombea la cabeza.—Me vale. —Sonríe—. Venga, vamos a revisar cómo estás.Le hace varias pruebas mientras la delincuente habla en voz baja con su compañero. Nerea se queda en medio, con el ceño fruncido.Una vez se asegura de que todo está bien, a pesar del golpe rojo que tiene en la frente, consigue incorporarlo y sentarlo en una de las sillas que hay allí. Pide a Nerea que vaya recogiendo, que se marchan cuanto antes.—Eh, eh, ¿a dónde se supone que vais?—He hecho lo que me habéis pedido. No hay bala, te he cosido y estás de pie, así que no estás mal. Mis compañeros y yo nos marchamos, que mi amigo aquí sí necesita asistencia en un hospital.La mujer suelta una risita, pidiéndole la pistola a su compañero. Solo entonces, Mamen se fija en las jeringuillas que tiene Nerea tras la espalda. Si son lo que cree que son, dejarían dormido a un elefante.—No podemos dejaros salir, ¿había mencionado eso? ¿No? Ups, qué pena.—¿Qué más queréis?—Tenéis restos de nuestra sangre, sabéis de nuestra existencia y no os lo vais a callar. De aquí no salís con vida.Se hace el silencio, donde los paramédicos procesan que esas personas no se andan con chiquitas.—No vamos a decir nada —asegura Mamen—. Si nos dejáis marchar, diremos que se nos fue la hora con una emergencia, no os mencionaremos.La mujer niega con la cabeza.—No tenemos ninguna seguridad de que eso se vaya a cumplir. —Agarra el brazo de Raoul, que se encuentra mucho más débil y se le maneja más rápido—. Luka, encárgate de las chicas. Estoy segura de que sabrán valorar una buena mano dura.El hombre, del que al fin saben el nombre, aprieta su brazo con fuerza. Nerea espera hasta el último segundo para sacarse una de las jeringuillas de la espalda y clavársela en el cuello. Forcejean unos segundos, pero sí que consigue vaciar todo el contenido de esta.Se escuchan varios disparos, que no saben cómo no dan en el blanco. Raoul también se ha revelado, a pesar del dolor, con ayuda de Mamen.Pero la mujer se aleja antes de que Nerea pueda usar otra de sus jeringuillas con ella. Le tiembla la mano, pero está claro que no tiene ningún problema en disparar.—Cuidadito, porque mi paciencia está bajo límites y vosotros os lo acabáis de cargar todo.—Él se recuperará —comenta la rubia, como si nada—. De hecho, no le viene mal descansar después de la operación.Esto la enfurece, cargando sobre ella con su cuerpo antes siquiera de disparar la pistola. Mamen consigue separarla de su paramédica y entonces escuchan un disparo.La mujer cae al suelo, con una herida comenzando a sangrar en el hombro. Está tan en shock que es fácil quitarle la pistola antes de fijarse en qué ha pasado.En la puerta que da a la zona de restaurante, Agoney continúa apuntándola con una pistola. A su lado, Manolo jadea por el esfuerzo realizado, mientras revisa que todos estén bien.Bajan sus guardias una vez tienen a la delincuente fuera de juego, y Agoney sale disparado hacia su novio. Mamen consiguió ponerle una venda en la herida antes de que todo pasara, lo que no disminuye la preocupación del policía.—Mi amor. —Lo abraza, pero está tan débil que tiene que sentarlo enseguida—. Mi amor, ¿estás bien?—Sí, estoy bien. Soy inmortal, ¿recuerdas? —Le dedica una sonrisa temblorosa. Sigue mareado.—Pues dame un poco de eso, porque me vas a provocar un infarto un día de estos.Raoul suelta una risita y se deja abrazar con fuerza. Se siente mucho más seguro entre esos brazos.Mientras estos dos tienen su reencuentro, Manolo se acerca a su compañera capitana.—¿Estáis bien?—Estaría mejor si estuviera en el salón de mi casa en pijama. —Chasquea la lengua—. Pero un poquito de aventura no hace daño a nadie. Salvo a tu hijo, que no sé cómo se las apaña.—Es un don Vázquez. —Le guiña un ojo.—¿Y cómo nos habéis encontrado?—El sabueso ha olisqueado a Raoul por toda la ciudad. —Señala a la pareja con un gesto de cabeza. Ante la mirada confusa, explica—: Vimos la furgoneta, sabíamos de quienes era, imaginamos que os habían secuestrado porque mi chaval dejó caer su plaquita y luego probamos el único sitio donde tú podrías llevar a un delincuente herido sin que nadie te molestara en horas.La policía no tarda en llegar, alertada por los vecinos. De uno de los coches patrulla sale Benito Hernández. No tiene tiempo de quejarse porque no le han hecho ningún caso, pues un chico que recuerda bastante está sentado junto a una ambulancia mientras un par de compañeros le revisan la herida. Junto a él, su hijo escucha todas las recomendaciones médicas que le están haciendo, incluida la de pasar la noche en observación en el hospital.—Es mejor asegurarnos allí de que no se dormirá y no tiene alguna contusión mayor —explica en ese momento una paramédica de más de cuarenta años.El guardia civil espera a que el moreno se aleje y lo vea. Ya traga saliva antes de acercarse.—Así que tú solito los has localizado.—Solo tuve una suposición —se excusa, algo avergonzado—. Podrían no haber estado allí, y entonces habría estado perdido.—Buen instinto, entonces. Debería fiarme un poco más de ti, en vez de tanta bronca —reflexiona en alto—. Has estado increíble ahí dentro, me han contado.Agoney se encoge de hombros. Está muy poco acostumbrado a sus halagos, no sabe qué decir sin hacerse de menos, y tampoco es plan.—Hice lo que tenía que hacer.—Ya. ¿Vas a irte con tu novio en la ambulancia, o quieres que te lleve?Al policía se le va todo el aire del cuerpo.—¿Qué? ¿Lo sabías?—Desde que nos cruzamos en el mercado, fingimos no ver el beso porque tú no decías nada. Hijo, nadie se mira así si solo son compañeros de trabajo. Y la cara que se le quedó al pobre cuando tú dijiste eso también me dio una pista. —Suspira—. Además, tú no desobedecerías órdenes salvo que amaras a quien está en peligro. Parece que no, pero te conozco.—¿Y... te parece bien? —Aguanta la respiración.—Parece un buen chico. Vamos a tener que invitarlo a cenar porque Gloria está deseando que nos lo presentes formalmente.Agoney se apresura a asentir, con la felicidad haciéndolo casi levitar. Pronto se despide para, tal y como su padre dijo, irse al hospital dentro de la ambulancia.A la llegada, ya los esperan Susana y Manolo, que aguantan hasta que han terminado de hacerle pruebas y lo tienen en una habitación para hablar con él.—Por favor —masculla—, si esto es una charla de que me queréis mucho y eso no va a cambiar por mucho que os separéis, ya me la sé, así que ahorrádsela al pobre Ago.—Es un poco eso —admite su madre—, pero es que hoy hemos estado histéricos de preocupación porque te hubiera pasado algo.Raoul suspira. No es tonto, sabe por dónde van los tiros.—Uno no puede ser secuestrado tranquilamente, que ya pensáis que me estaba drogando.Susana lo mira con gravedad, pero acaba acercándose para darle un montón de besos sonoros.—Solo queríamos decirte que eres muy valiente por superarlo todo tan bien. Y por estar aquí ahora, con el dolor de la herida sin ningún tipo de calmante.—Soy inmortal, no lo vayáis a olvidar. —Les guiña un ojo, haciéndolos reír—. Y mamá..., Enzo va a ser un gran padre. Lo fue para mí todos estos años, no tengo dudas de que será genial.
----- CHAPTER BREAK -----
Dos meses después...Juan Antonio abre un ojo ante el hedor que le entra en las fosas nasales. Todo parece estar bien, en teoría. Su habitación tiene el nivel justo de orden para que una madre no se muera de histeria, pero la famosa silla está llena de ropa que no sabe si puede lavar, pero tampoco está tan bien para volver al armario.Fuera de las cuatro paredes de su habitación se escuchan voces, así que sus compañeros de piso deben estar despiertos. Bufa al descubrir que son las cuatro de la mañana. Genial.Abre la puerta con fuerza, pero ni siquiera eso llama la atención de nadie. Se escuchan risas en el salón-cocina, así que allí se dirige, con el ceño fruncido.Efectivamente, allí están. Tiene tres compañeros de piso, con los que se suele llevar bien. Es difícil vivir en un barrio como la Fama y no acabar mal por algún motivo, pero era el único que se podía permitir. Claro, con tres compañeros adictos a la fiesta (y a alguna sustancia desconocida para él), pero es mejor que volver a casa.—¡Juanan! —Uno de ellos lo saluda, arrastrando las vocales—. Qué guapo estás, ven aquí, vamos a cantar. ¿Cómo era esa canción? "A puro dolor".—¿Sabéis que en unas horas entro a un turno? —Aprieta los dientes para que su tono no se convierta en una amenaza.—¡Felicidades, tío!—¡Tengo que dormir! No sé si podré hacerlo en las próximas veinticuatro horas, necesito descanso. —Vuelve a olisquear, pues desde que está allí se ha vuelto más fuerte—. ¿Y qué mierda es eso que huele?—No sé, será alguna planta nueva que se ha traído el Joaquín, no le hagas mucho caso.—Mira, me da igual, necesito descansar y dormir todo lo que pueda, así que todo el mundo fuera de aquí.—Va, tío. —El segundo en hablar lo abraza por los hombros—. No seas aguafiestas, que estamos en viernes.—A mí no me hace gracia trabajar sábado y domingo, pero aquí estamos. Fuera.Se acerca a la cocina para beber un poco de agua, mientras alguno de ellos empieza a salir sin oponer mucha más resistencia. Pero ahí el olor se incrementa, lo que empieza a preocuparle. Pocas veces ha olido algo así.Abre uno de los armarios clavados a la pared, puesto ahí para esconder la máquina del gas, que calienta en las noches de invierno y que cada vez necesitan menos, con abril abriéndose paso.Se le eriza la piel al instante.—¿Quién ha quitado la válvula que regula esto? —Se gira de golpe, deteniendo a todos los presentes.—Tío —uno de los amigos de sus compañeros levanta la cabeza, mostrándola. La estaba usando para tocar la guitarra, como si de una púa se tratara—, me sobraba la pieza y me molaba para tocar un ratito. ¿Era importante?—¿Importante? —alza mucho más la voz—. Ahora sí que tenéis que salir de aquí. El gas se está escapando. Esto podría explotar en cualquier momento.Algunos palidecen, otros se lo toman a broma, pero todos lo siguen cuando empieza a instigarles para que salgan del pequeño adosado en el que viven todos. Su corazón va a toda velocidad antes de recuperar su móvil y salir por patas. Quizá todavía pueda llamar a los bomberos y evitar...Nada. Explota antes de poder girarse hacia el único sitio que había podido llamar hogar hasta ahora.—¡Bua, menuda pasada! —grita uno de sus compañeros de piso.El resto de la fiesta chilla también, entre risas. Como si esto no supusiera que podrían haber muerto todos. Como si no significara que se van a quedar sin casa y sin fianza.A la mañana siguiente, Raoul está empezando a cogerle manía a las cajas de mudanza. Estos últimos dos meses han supuesto la despedida de su madre, que se ha marchado junto a un camión lleno de ellas. Aún la echa de menos, a pesar de saber que está mejor que nunca, habiendo recuperado la relación con Enzo y sintiendo que está donde tiene que estar.No la culpa, él también ha encontrado su lugar.Han decidido aprovechar el sábado por la mañana, pues por la tarde los de la 122 tienen turno, para llevar cosas. Dado que su novio no trabaja, era idóneo para ponerse manos a la obra.Y sí, las mudanzas siguen dándole asco, pero pueden tener otro sabor cuando están acompañadas de risas y algún tonteo.Lo último en cambiar de la casa de Manolo a la de Agoney es la bicicleta estática, que usa cuando no le apetece ir al gimnasio (cada vez con más frecuencia) y no tiene turno en la estación. La pareja la saca de la furgoneta del padre del moreno y redirigen hacia la entrada de la vivienda.—Vale, espera un momento... A la derecha. —Agoney le hace caso y choca contra el marco de la puerta. Pone cara de circunstancias—. Vale, mi derecha.—Espero que no se te dé tan mal llevar camillas y dar indicaciones en el trabajo como aquí. —Lo pica un poco.—Bueno, está claro que Nerea tiene mejor sentido de la orientación que tú.—¿Ah, en serio? —Alza las cejas, fingiendo indignación.Le guiña un ojo, con esa sonrisa cómplice que tanto les gusta. Dejan la bicicleta junto a la escalera, sin que estorbe para subir.» Aquí estará bien, al menos hasta que veamos cómo organizar todo.Señala detrás. Está todo el salón lleno de cajas, toda una vida envuelta en cartón y celo barato. Da vértigo ver en cuánto cabe una vida entera.—¿Estás seguro de que quieres tener mi bicicleta en medio de tu salón?—Oye —se queja—, nuestro salón. Ve aprendiéndote el concepto —susurra, pasando los brazos por su cuello.—Se me hace raro, pero ni se te ocurra pensar que no me encanta la idea de compartir vida contigo. —Sabe que ha dado en el clavo con sus palabras, porque la sonrisa le llega a la mirada.—Lo mismo digo. —Acaricia su hombro antes de unir sus labios.Es un beso corto, no les da tiempo a profundizar, porque la voz de Manolo les llega rápido.—Y esta sería la última caja. —Lo ven entrar con una caja como las demás, pero con un lacito por encima.Raoul entrecierra los ojos y avanza hacia él, que la deja en la mesa que separa el salón de la cocina. Apoya las manos en esta, analizando lo que tienen entre manos.—¿Y esto? Yo no lo he empaquetado.Pregunta a su novio con la mirada, pero él se encoge de hombros. No ha visto esa caja en su vida.—Me parecía importante que tuvierais un regalo de comienzo de independencia juntos. Abridlo.Tras compartir una mirada de curiosidad, se acercan a esta y le quitan el lazo. El rubio ahoga una exclamación.—¡Papá, tu cafetera! ¿Estás seguro? —Se pone serio—. Sé que no puedes vivir sin ella.—No hay nada que te guste más que despertarte y tener un café caliente listo. Le paso la pelota a Ago, estará bien aquí.—Gracias, de verdad.Lo abraza con fuerza, suspirando.—Bueno, yo tendría que marcharme ya. Quiero descansar un poco antes de entrar al trabajo. —Carraspea—. Te veo en unas horas, que seguro que tenéis mucho que organizar.—Eh..., sí, tenemos que colocarlo todo, pero tiene pinta que lo voy a dejar con el marrón. —Señala a su chico.—Creo que lo soportaré. —Les guiña un ojo—. Ah, Manolo, antes de que te vayas, mis padres insisten en que quedemos para cenar y celebrar que nos mudamos juntos.—Diles que allí estaré. Será interesante cruzarme con ellos de nuevo.Asiente despacio, preparado para llamarlos y avisar de que vayan organizando fechas. Él decide marcharse y dejarles espacio. Van a necesitar mucho trabajo para convertirlo en un hogar que sea de ambos, así que él sobra.Pero Raoul lo alcanza antes de que salga por la puerta.—Espera un momento, porfa. —Se apoya en el marco—. Deberíamos hablar de tu operación.—¿Otra vez?—¿Crees que no sé que llevas meses retrasándola? Que hasta hace un día era tu compañero de piso, no se me escapan tantas cosas...—Hijo... —Odia tener que explicarse—. El tumor está muerto, no hace ningún daño, y yo no me quiero permitir estar de baja.—Sabes que Ricky cuida del equipo en tu ausencia.—Sí, pero...—Pero nada. Es la semana que viene, después de un turno. Si te tengo que acompañar, lo haré, pero te vas a quitar el tumor.Le cierra la puerta en la cara, con un tono que no admite réplica alguna. Suspira, pero la sonrisa se le escapa. Es hijo suyo, sin duda.Podrían haber dicho que el siguiente turno es bastante tranquilo, salvo por rescatar a una mujer cuyo brazo se había quedado atrapado en una máquina de helados. Entre eso y que la gente de fuera se estaba haciendo viral subiendo vídeos, esa mañana se hizo larga.Por suerte, después de eso es tan tarde que llegar a la estación es solo una excusa para que todos cojan sus coches y sus cosas y marcharse a descansar a casa.Manolo lo hace, de verdad que sí. Se sienta en mitad del salón, con Roma a su lado, y observa el silencio que se forma de forma natural. Se le encoge el estómago solo de pensarlo.Lo peor es que no es raro volver solo a casa. Raoul tiene una vida social activa, solo con sus compañeros de trabajo, por no hablar de cuando decide pasar las tardes y noches con su novio.El problema es que siempre acaba volviendo a casa, aunque sea para cenar o para estar un rato jugando a las cartas con él. Pero esta vez es la primera que tiene la conciencia de que no lo hará. Que su casa está en otra parte.Mira a Roma, que lo observa con la lengua fuera.—¿Sabes qué? Yo tampoco quiero estar aquí sin él. ¿Te apetece un paseo?La perra salta al instante, ante la mención de la única palabra que reconoce. Coge la correa y es prácticamente arrastrado por Roma fuera de la casa.Una vez ha hecho sus necesidades, empieza a hacerle más caso y pueden moverse por el barrio. Sin querer, pero a la vez sabiendo lo que hace, han acabado frente a la estación de bomberos. Está bastante callada, quieta, mientras que la comisaría de al lado es un bullicio de coches entrando y saliendo.No lo piensa mucho antes de entrar y esquivar al equipo que trabaja ese turno. No sabe muy bien qué hace allí, con gente a la que apenas reconoce de algún intercambio, pero le sienta bien estar en un lugar donde se le valora.Lo que no espera es encontrarse a Juan Antonio en la zona de descanso, durmiendo en un sofá, con una manta sobre él. Suelta a Roma. Al reconocerlo, se tira sobre él, lamiéndole la cara hasta que despierta.—¿Qué...? Oh, hola, capitán.—Buenas tardes, novato. —Pone los brazos en jarras—. ¿Qué haces aquí?—¿Descansar?—¿No tienes una casa para eso?—Es una buena pregunta. —Sonríe, pero la fina línea cae por su propio peso—. Explotó antes de este turno. Ya no hay alquiler, pero se han quedado la fianza porque, bueno, se han cargado la casa por imbéciles.—Perdona, ¿explotó? ¿Está todo el mundo bien?—Sí, me di cuenta de lo que pasaba con el gas justo antes y saqué a todo el mundo. El único problema ahora es económico.—¿Y no habías dicho nada?—Me da vergüenza... —Manolo no lo entiende, así que coge aire—. Soy bombero y mi casa ha explotado y han tenido que venir otros bomberos a apagarlo. Es para avergonzarse.—Suena a algo que podría pasarle a cualquiera —dice con todo el cuidado que puede.—Gracias. —Arruga la nariz—. No pasa nada, ya está.—Entonces... ¿no tienes sitio donde quedarte?—No. Mi idea era quedarme a dormir, si no es mucha molestia.—Dudo que lo sea —asegura—, pero se me ocurre alguien que podría necesitar un compañero de piso.—¿En serio? —Recupera un poco la esperanza—. ¿Quién?—Yo. —Se roza el pecho con el índice.—Oh, pero... ¿eso no es raro? Eres mi jefe, básicamente. Además, Raoul... ¿le parecerá bien?—Acaba de terminar la mudanza. Ahora vive a tiempo completo con un policía y a mí me verá en ratos libres o en el trabajo. Ya no tiene nada que decir sobre a quién meto en mi casa.Juan Antonio se muerde el labio. Se muere de ganas de decir que sí, pero aún le cuesta un poco.—Bueno, supongo que puedo mudarme para no quedarme a vivir en el trabajo mientras encuentro algo mejor...—¿Mejor que mi casa? Lo dudo mucho, venga, recoge tus maletas o lo que tengas.Resulta que no tiene mucho, así que se mueven rápido y se instala a todavía más velocidad. Se nota que la alegría está más presente en ambos. La soledad se acabó para un Manolo cada vez más arrastrado por ella.Una semana más tarde, tras uno de esos turnos para olvidar, Juan Antonio y él se dirigen juntos a casa, comentando lo último que han hablado con el resto de los bomberos. En determinado momento, el novato se pone serio y trata de desviar el camino que llevan.—Capitán, ¿y si mejor vamos por aquí? Se ven unas vistas del río preciosas.—Estoy de acuerdo, chico, pero me duele la espalda de tanto trabajar, prefiero descansar y ya veremos si paseamos más tarde.—Que no, Manolo, de verdad, que es precioso, ya verás.Frunce el ceño cuando es empujado en la dirección que quiere su subordinado. Aunque no entienda nada, sí que imagina que no le interesa tanto ver el río. Tampoco es tan bonito, no se van a engañar.La respuesta le llega poco después, cuando la puerta de un coche se abre y Juan Antonio lo mete dentro de un empujón. Cae con el abdomen en los asientos, clavándose los cinturones.—Au, ¿qué se supone que es esto...?—¡Gracias, Juanan, te debemos una!Entrecierra los ojos. Cría cuervos y te sacarán los ojos. Hazlo con los hijos y mandarán secuestrarte.La puerta ya está cerrada y el coche se ha puesto en marcha cuando él se incorpora y resopla. Agoney está al volante, mientras que su hijo gira la cabeza para saludar.—Hola, papá. ¿Qué tal el paseo?—¿En serio, Agoney? —apela a la parte política de la relación—. Yo confiaba en ti, eres el mejor yerno que he tenido ¿y así me lo pagas?—Lo siento, capitán, pero no se podía retrasar mucho más. —Se encoge de hombros—. Vamos al hospital.—Me lo figuraba —gruñe—. Dime una cosa, tú que conoces los delitos, ¿esto no se puede considerar secuestro?—Técnicamente es posible. —Ladea la cabeza, sin apartar la vista de la carretera—. Pero alguien tenía que darle un empujón, que estaba en negación.—¡En negación! —Se gira hacia Raoul—. ¿De dónde se supone que sacáis eso?—De cuando te emborrachaste con Juan Antonio y te pusiste a llorar borracho ante la posibilidad de morir porque algo salga mal.Abre la boca, pero cambia de opinión. No merecen ni que les dirija la palabra. Sobre todo, su compañero de piso ha demostrado ser todavía peor que su hijo. ¿Qué hace contándole confidencias que le hizo borracho? Puede sonar infantil, cruzado de brazos y de morros, pero se lo ha ganado. Lo están haciendo operarse en contra de su voluntad.—Muy bien —dice cuando su yerno está aparcando—. Lo haré, me operaré, pero no tengo ningún problema. Era solo que me daba pereza pensar en todo el postoperatorio, dejar de trabajar, coger baja...—Voy a decir que vale solo porque es la única forma de que salgas del coche. ¿Me esperas aquí, cielo? —Suaviza su voz al agacharse en la ventanilla para hablar con su chico.—Puedo entrar y esperar en el vestíbulo.Los tres se dirigen a la entrada del edificio. Los Vázquez ya van reconociendo los pasillos del peor área del hospital, pero el moreno tiene que seguirlos hasta llegar a una puerta donde la doctora de siempre sonríe. Parece muy complacida de verle.—¡Ah, Manolo Vázquez! Ya pensaba que no querías ponerte bajo mis manitas. ¿Estás listo?—Lo estaría más si me hubiera preparado mentalmente —se queja a los hombres a su lado.—No te preocupes, no durará mucho y estarás dormido. Pasa por aquí, que tienes que desvestirte. Te dormiremos aquí. Iré a decir que dejen lista la sala de operaciones.Cada palabra se le clava en el pecho. Si no tuviera a cierto dúo a cada lado, saldría corriendo. No está listo, puede haber complicaciones, puede que descubran que el tumor no está tan pequeño como la última vez que se lo revisaron...Se le cortan los pensamientos cuando su hijo aprieta su brazo, con una sonrisa de entendimiento. Consigue que el oxígeno le llegue a los pulmones y asiente cuando le piden que se desvista en otra sala, antes de entrar en cama y luego en quirófano.—Os espero fuera. Suerte, Manolo, aunque sé que no la necesitas. —Le guiña un ojo.Cuando sale de la pequeña habitación con la bata de hospital, Raoul sigue allí, sentado en la silla de acompañante. Aprieta los labios y se acerca para sentarse en el borde de la cama.—¿Estás asustado?—¿Tú qué crees? Esto podría salir mal.—Hay tan pocas posibilidades que no me puedo creer que te lo estés planteando. —Pero su mirada se suaviza—. Voy a estar aquí, al otro lado de la puerta, así que no tienes nada que temer.Sonríe con amargura. Odia sentirse un niño pequeño, pero tiene un límite en que su propio hijo lo trate como si lo fuera. Tiene que ser fuerte, aunque sea por él.—No te vas a ir de aquí hasta que salga sin tumor, ¿verdad?—Vas pillándolo. —No le sale otra cosa que no sea sonreír.Se tumba por completo sin decir nada más. No lo necesitan, han aprendido a entenderse con muy poco.La anestesista interrumpe la conversación silenciosa, preparada para empezar a dormirlo. Se supone que, una vez en contacto con el aire que le ponen con la máscara, tiene que contar desde diez hasta cero.No llega al cuatro y todo se vuelve oscuro.Como si hubiera pasado un minuto, abre los ojos despacio. Le cuesta parpadear muchas veces para dejar de ver borroso. Lo primero que distingue es la sonrisa de Raoul, que trata de aguantar la emoción hasta que esté más despejado.—¿Qué tal ha ido todo? —pregunta una vez se ha acostumbrado a la luz. Joder, hay demasiada en esa habitación, ¿para qué tanta ventana?—Ha ido genial, papá. Tienen lo que quedaba de tumor en un botecito, por si quieres verlo.—Uf, mejor luego. Ahora me da vueltas todo. No me apetece ver algo que ha estado ahí dentro. —Se señala el pecho—. ¿Cuándo me dan el alta?—Oye, no vayas tan deprisa. Voy a avisar a tu doctora.—Voy yo, no te preocupes. —Ah, Agoney también estaba ahí. Ni se había dado cuenta—. Tenéis mucho de lo que hablar.Manolo entrecierra los ojos.—¿Ha pasado algo más mientras yo dormía?—Solo que me he quitado los nervios con mi novio, nada importante. ¿Necesitas algo? ¿Te acomodo la almohada?—Por favor... —Pone los ojos en blanco—. No te pongas en modo madre conmigo, que tengo mis cincuenta años.—Lo sé, lo siento. —Se sienta de golpe—. Quería que estuvieras cómodo, sobre todo porque estabas histérico hace apenas unas horas.—Claro, pero ahora que he visto que estoy vivo... no hay nada por lo que preocuparse.—Me alegro del cambio de actitud.La doctora, que sigue a Agoney, los interrumpe, por lo que la pareja es echada y Manolo puede consultarle dudas sobre la operación y el postoperatorio. De momento, quieren dejarlo en observación durante la noche, pero en principio a primera hora su hijo puede venir a recogerlo, con el papeleo del alta hecho.La baja es lo que más le jode, pero sabe que es para mejor, así que asiente como un niño bueno. Lo que sea para poder estar sano y no recibir más malas miradas de su hijo. Sí, con énfasis en lo segundo.Vuelve a casa a las diez de la mañana, con Juan Antonio y Roma esperándolo en la puerta.—A mamá le habría encantado estar aquí —asegura Raoul al aparcar frente a esta.—Ya tiene bastante con su bombo, no tiene que estar dando vueltas a nada de dar a luz. —Le quita importancia.Salen del vehículo solo para asegurarse de que todo esté bien. El rubio se está tomando su papel de padre muy en serio, porque no deja de pedir que le llame pase lo que pase. Manolo acaba tumbándose en el sofá, con un suspiro amplio.—Ve a retozarte con tu novio o lo que sea que hagáis ahora los jóvenes, que voy a estar bien.Es una verdad a medias, en realidad. Al principio sí que está bien. Se encuentra cansado y con poca energía tras la operación, así que estar tranquilo es una bendición. Su equipo viene a verlo y cenan todos juntos, lo cual es genial. Juan Antonio siempre está ahí para él, con una sonrisa.Pero entonces llega el primer turno en el que no podrá trabajar. Ahí no tiene a su hijo siendo un pesado, o a sus bomberos para alegrarle el día. Cuando la casa se queda sola, le queda pasear y odiar no poder estar con ellos.Un coche se sale de la carretera, pero no hacia un precipicio o algo por el estilo. No. Es en pleno Murcia y hay un puente de por medio.Si por algo se caracteriza el río Segura es por no ser el más caudaloso de España, precisamente. Ni de Murcia en sí, pero no vamos a meternos con él. Se ha mantenido a duras penas todos estos años, y por suerte no suele tener un coche flotando en el aire sobre sus cabezas.Los bomberos aparcan junto al puente. La policía ya ha cortado el tráfico, pero nadie se ha atrevido a acercarse mucho.Ricky, el capitán en funciones mientras Manolo está de baja, analiza la situación en un par de segundos, antes de acercarse al policía al mando.—Un hombre y una mujer dentro. De momento parecen conscientes, pero no hemos establecido mucho contacto. El problema es que las cuerdas en las que están sujetos ahora mismo se están rompiendo, así que tendrán que trabajar rápido.El castaño asiente, dispuesto a lo que haga falta. Pasan el camión al interior del puente, para tener menos margen de error.—Ocaña, bajas tú con Cortés. Cada uno se encarga de uno de los dos. No tenemos cuenta atrás exacta, pero existe y esto es peligroso. Preparaos. Rodríguez, tú encárgate de controlar las cuerdas de nuestro propio camión.Todos asienten, manos a la obra en unos segundos. Los que van a bajar se colocan los arneses y el casco, por si ocurriera algún tipo de accidente. Aitana está en ello cuando la gente que cotillea empieza a llamarla.—¡Soy tu fan! —grita un chico.Esboza una sonrisa tímida antes de saludar con la mano.—Muchas gracias.—Llevo siguiéndote desde hace un montón, me flipa lo que haces.—¿Vas a salvar a esa gente?—Ahora mismo vamos a bajar un compañero y yo, así que no os preocupéis, porque está todo bajo control. —Les guiña un ojo, con una seguridad espectacular. Quizá es porque es un personaje en redes, no tan parecido a quién es cuando no hay cámaras delante.Pero en esta ocasión la hay. Gente la graba y gente empieza a hacer fotos, para las que ella posa, junto al camión y poniéndose el casco.—Ocaña, vamos.—Allá voy, a salvar una vida. —Esboza su mejor sonrisa, antes de dejar que Miriam le coloque la cuerda, se asegure de que está bien puesta, y les haga caer.La sensación de no tocar el suelo siempre es rara, pero su amiga y compañera los baja de forma suave, hasta detenerse cuando avisan que ya están a la altura del vehículo. La pareja los mira con un brillo de esperanza que los enternece. Tienen que poder hacerlo, por ellos.Consiguen abrir la puerta del coche, que ya de por sí estaba aplastada por el golpe con el lado del puente.—¿Están bien? —pregunta Juan Antonio—. ¿Van a necesitar asistencia médica?—Yo estoy genial —asegura el hombre, que a pesar de todo tiembla—. Mi mujer está atrapada en el volante, no sé si puede salir por su propio pie.—Voy a intentar ayudarla —asegura Aitana—. Usted no se preocupe y concéntrese en salir.Eso hacen: encargarse cada uno de su lado del vehículo. Pero mientras el bombero solo tiene que quitarle el cinturón e ir sacándolo poco a poco, la morena tiene que desencajar el volante.Cuando Juan Antonio consigue sacar al marido, enganchado a su alrededor como un koala asustado, ella apenas está rasgando la superficie. Se frustra, pero pone buena cara para no añadir sufrimiento a la pobre mujer.—¿Necesitas ayuda?—Sube al hombre, ponlo a salvo, y si eso ahora bajas otra vez —masculla. Quitar el volante sin equipo es complicado.—Sí, es lo mejor —accede su compañero, dando un tirón a la cuerda para que Miriam lo suba.—Voy a morir, ¿verdad? —pregunta cuando se quedan solas.—Aquí nadie va a morir —gruñe—. La voy a sacar de aquí. Su situación es un pelín más complicada que la de su marido, pero vamos a conseguirlo, ¿le parece?Asiente a duras penas. Tiene las mejillas llenas de lágrimas, pero quiere confiar en esa chica tan delgada como un palillo que dice tenerlo todo bajo control.Aitana suspira cuando consigue quitar el volante.» Ahora debería tener mayor movilidad —explica—, así que vamos a aprovechar para sacarla de aquí y que la vea una amb...El coche tiembla. La morena sale un momento, arrastrada también por la cuerda, solo para comprobar cómo lo que sostenía el vehículo se rompe. Antes de poder avisar o pedirle que salte, el coche cae en picado hacia abajo, hacia el río con menos profundidad que ha visto en bastante tiempo. Suelta un gritito, aún suspendida en el aire, cuando el golpe y la explosión llegan.Su cara de conmoción aún es visible cuando la suben muy despacio. Todo el mundo contiene el aliento hasta verla subir la barandilla del puente sola, con lágrimas en los ojos. No lo ha conseguido.—¿Qué ha pasado? —Ricky se apoya en la barandilla para ayudarla a cruzar.—No me ha dado tiempo, el volante la tenía muy atrapada, me ha sido imposible... —balbucea.El capitán en funciones suspira y le da una palmadita en la espalda.—No te preocupes, podría pasarle a cualquiera.Pero empieza a pensar que quizá debería haberse encargado Juan Antonio de la mujer y ella del marido. De hecho, es la primera mirada que busca, pero no encuentra. Mamen lo tiene monopolizado, entre pruebas de que está bien.Pero ella no es capaz de apartar la mirada de él.Consigue relajarse cuando suben al camión, una vez hay gente encargada de recuperar el cuerpo y sacar el coche del río. Miriam no deja de parlotear sobre temas de su vida personal, tonterías que hacía con su hermano cuando vivían en Galicia. Se lo agradece, pero sabe que lo hace para animarla, y eso no le viene bien.No necesita compasión externa.Apenas cena y se mete en la cama, con los ojos abiertos de par en par y el malestar en el pecho. No se da cuenta cuando el resto de los bomberos y paramédicos se meten en sus camas, ni cuando Nerea se acerca para asegurarse de que está bien. Está tan abstraída que nada puede molestarla.Para cuando sus ojos consiguen cerrarse, sin apenas ayuda, ya es de madrugada. Por la mañana, nadie la molesta al verla durmiendo con semblante relajado. Prefieren darle el descanso que necesita. Al menos, mientras duerma, no la perseguirá lo ocurrido.Llega a la cocina a las once, ante la relajación de que no ha sonado la alarma en toda la noche. Raoul y Nerea comentan un programa de la tele, distraídos, hasta que la ven aparecer.Su novia es la primera en levantarse.—Ey, ¿cómo estás?—He dormido como un bebé, así que genial. —Su sonrisa se sale de su rostro—. ¿Y esas caras?—Supongo que no has visto el vídeo —masculla Raoul.—¿Qué vídeo? —Intenta que no se note, pero su buen humor se tambalea.Nerea suspira y pasa un brazo por sus hombros. Tras besar su mejilla varias veces, la lleva hasta la encimera para que se siente y esté cómoda. Luego, hace que su amigo les muestre un vídeo.Es de ella, lo que no es algo nuevo; y se está haciendo viral, que tampoco es una novedad.El problema es que aparece justo antes de bajar al puente a salvar a la pareja, alardeando de conseguirlo, tomándose unos segundos para posar hasta que Ricky la llamó para que se subiera. Traga saliva, pero siente que apenas baja.Entonces, la imagen cambia. Aparece un hombre que no tarda en reconocer: el marido de la mujer, al que Juan Antonio salvó, hablando con la prensa.—Sí, he visto el vídeo de esa chica —gruñe.—¿Y qué piensa?—¿Que qué creo? Que, si hubiera bajado antes a salvar a Estefanía, en lugar de posar como una gallita de corral, ahora ella estaría viva. —Se le corta la voz y pide un momento—. Y no, no pienso presentar cargos, pero la odio, y espero que acabe despedida y bajo el puente por el que cayó mi mujer.El vídeo acaba ahí. Raoul lo corta y aparta el móvil muy despacio. Aitana se muerde el labio con fuerza.—Tiene razón.—Oye, no digas eso, porque no lo es. Está dolido, por eso dice esas cosas.—No, es que tiene razón. Me encanta la atención pública. Me encanta que me feliciten por mis heroicidades, ser viral de vez en cuando por un rescate. Supongo que esperaba que este fuera uno de esos, con tanta gente que había... y al final me ha salido por el culo, porque no puedo salvar a todo el mundo, pero quizá con ella podía haberlo evitado.—Aitana... —advierte Juan Antonio, que aparece entonces—, no podrías haber solucionado lo del volante en menos tiempo, no tienes la culpa, ni si me hubiera encargado yo de ella.—Ya, ¿y por qué me siento culpable?—Porque jode perder a alguien en servicio —responde Nerea, entrelazando sus dedos—. A veces pasa, yo he perdido a gente por tardar un poco en encontrar un medicamento, y jode muchísimo, pero se hace lo que se puede. No somos robots, no tenemos todas las respuestas al instante, y no pasa nada.Pone un puchero, dejándose abrazar. Le encanta pegar su oreja a su pecho y contar latidos. Es lo que más la ha relajado en situaciones de estrés. La paramédica acaricia sus mejillas y le susurra mensajes de ánimo.Le va a costar un poco superarlo, pero al menos los tiene a ellos, a ella.Al finalizar el turno, Ricky cambia su ruta habitual de volver a casa y descansar un poco. En su lugar, se pasa por una casa mucho más grande, donde una perra lo recibe con entusiasmo.—¡Vaya! —Manolo sale tras un árbol, con un sombrero de paja—. ¡Mira quién ha venido a presumir!El bombero suelta una risotada y lo abraza, antes de que el capitán le invite a pasar. Se recrea en la luminosidad de la planta baja, así como todo el espacio que tiene. Hay mucho dinero puesto en ella, eso seguro.» ¿Qué te trae por aquí, Merino?—Entre una cosa y otra no había podido venir a visitarte. Quería comprobar que estabas vivo y que tu hijo no te había enterrado en el jardín.—No, todavía no ha tenido mucha suerte —dice, irónico—. Pero estoy bien, como puedes comprobar. Me encargo de los árboles que ya tenía la casa, aunque me veo un poco perdido.—¿Te aburres mucho?—Demasiado —admite, con la boca apretada—. No sé qué más hacer para entretenerme, pero me queda demasiado de baja.—No llevas ni tres días completos...—Pero es desesperante, Ricardo... Yo soy un hombre de acción, de hacer cosas. No puedo estar quieto tanto tiempo sin saber que tengo que volver al trabajo a la mañana siguiente.El castaño pone una mueca y suspira, con algo en la cabeza. Manolo parece captar que tiene algo entre manos, así que lo espera, con las orejas abiertas ante cualquier opción.—Mira, yo estuve muchos meses de baja cuando el accidente de la 122. También tenía un cuadro de depresión y todo lo que ya sabes, por ser el único superviviente, pero no quiero hablar de ello. A parte de quedarme en la cama todo el día, mi marido me obligaba a salir y a pasear con él.—Ricky, he corrido diez kilómetros antes de las nueve de la mañana, y no me permiten hacer entrenamientos de fuerza, estoy desesperado.—Vale, espera que llegue a donde quiero. Cuando estaba aburrido en cama, pero no tenía ganas de salir, me gustaba escuchar la radio de emergencias.Manolo pestañea, de pronto sacudido por el interés.—¿Tienes acceso a la radio fuera de horario de trabajo?—Esa es la cosa que muy poca gente sabe: hay una aplicación en la que se puede sintonizar y te llega todo: las comunicaciones de los operadores a los bomberos y policías, las de los policías entre sí... Puede ser curioso, como un podcast. Aunque si no te apetece ponerte nostálgico, siempre puedes empezar un podcast. Eso siempre engancha.—Creo que me gusta más la primera opción. A ver, enseña a este pobre viejo a descargarse esto.—Muy bien. —Se sienta junto a él y le dice el nombre para que la ponga en el buscador. Una vez se está descargando, se vuelve hacia él con seriedad—. Eso sí, Manolo, me gustaría que no te obsesionaras. Estás de baja para volver con más fuerza, como Raoul cuando le dispararon o yo después del accidente. No te hace peor por estar en casa, no tienes que sentirte mal por esas emergencias que no podrás atender.—Por mí no tienes que preocuparte. Soy mayorcito.—Supongo, solo quería asegurarme...—Gracias, Ricky. —Sonríe, afable—. Podré con esto.Tras su marcha, habla un rato con su hijo. No va a poder pasarse a comprobar que está bien porque van a organizar una cena para intentar animar un poco a Aitana. Sabe lo que ha pasado por las noticias, y no se puede creer lo rápido que los periodistas han usado el dolor de un hombre para tirar mierda de la bombera. Le pide que le dé un abrazo de su parte y se despide.Cinco minutos después, se ha tumbado con Roma en el sofá y tiene la radio encendida, sonando directamente en sus auriculares. Sonríe al escuchar una conversación de besugos entre policías, se le tuerce la boca al escuchar sobre un accidente con ya un par de víctimas mortales.Se prepara la cena escuchándola de fondo. No siempre hay cosas tan interesantes, pero le gusta ser parte de ello. Ante la insistencia de Roma, coge la correa y salen a pasear. Por supuesto, lleva los auriculares en las orejas, reproduciendo en todo momento las desgracias que van comentando.Entonces, un operador hace un llamamiento a su estación. Claro, es otro turno, pero eso le hace prestar más atención:—122, necesitamos un camión ahora a las afueras. Un cobertizo está ardiendo y creemos que el que ha llamado sigue en su interior. Intentaremos comunicarnos. La dirección es...Manolo se detiene, haciendo gemir a una activa Roma. Esa dirección está muy cerca de donde él se encuentra. ¿Y si se pasa por allí? Quizá pueda ayudar. Siempre se ha llevado bien con los bomberos encargados del otro turno, no cree que tengan problema.—Vamos, chica, a echar un vistazo sin más.Ni ella se lo cree, pero Roma no tiene nada que hacer con él, así que lo acompaña a paso rápido. Ve el fuego antes de escuchar nada. Para cuando lo hace, el grito se ha vuelto histérico.—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Suelta la correa de su perra, que se sienta de forma automática.—¡Estoy aquí! —La voz suena ahogada, pero amplia. Tiene pulmones, de momento—. ¡Por favor, sáquenme de aquí!Agudiza el oído, por si escuchara las sirenas de los bomberos. No quiere hacer su trabajo, y menos estando de baja. Ahora que lo piensa, podría meterse en un lío.Pero ni siquiera Roma ladra por escuchar un sonido que le llegaría más rápido que a él, y no puede dejarlo ahí. ¿Y si es demasiado tarde para cuando lleguen los de la 122?Niega con la cabeza y se dispone a abrir la puerta. Mete la nariz en la sudadera, en un intento por protegerse de una intoxicación por humo. También se pone la capucha, porque cualquier cosa servirá.Avanza en las zonas con menos fuego, preguntando hasta que localiza al hombre en una esquina. Tiene un brazo sobre los ojos, y solo se los quita cuando lo agarra de este.—Tenemos que irnos.—Mi pierna... —La señala, con un dedo tembloroso.Traga saliva al comprobar que tiene quemaduras y tendrá que tratarse. Pero esto no implica que no puedan luchar. Pasa el brazo por sus hombros y lo empuja hacia la salida.—Vamos, ya te tratarán en un hospital, no es lo más importante ahora.Consiguen salir a los pocos segundos. El hombre toma una gran bocanada de aire, y él no tarda en imitarlo. Una vez vuelven a la realidad, las sirenas les llegan con claridad. Manolo suspira.—Tengo que irme.—¿Qué? Pero tienen que saber...—¡No debería estar aquí!Coge la correa de Roma y salen disparados, dejando al hombre con una mirada de estupefacción.Él solo se relaja una vez tiene su casa más cerca. No tienen que saber lo que ha pasado. Incluso... podría ayudar más a menudo.
----- CHAPTER BREAK -----
Agoney termina de preparar los aperitivos y se los pasa a su novio para que lo coloque todo en la mesa del salón. Han decidido que estaría bien jugar al Monopoly para que todos se centren en otra cosa, más allá de lo de Aitana.—¿Lo tenemos todo? —pregunta, volviéndose hacia él. Raoul ya está de vuelta, apoyado en la encimera.—Está todo perfecto. —Se inclina por encima del mueble para darle un beso suave y corto—. Deja de preocuparte por todo.—Perdona por querer que todo sea perfecto en nuestro espacio. —Le guiña un ojo.—Lo va a ser. Aitana se va a relajar entre amigos, se va a olvidar de todos esos vídeos virales...—Espera, ¿todos? ¿En plural?—Hacen uno nuevo cada hora. —Pone una mueca—. Hay hasta remixes, poniéndole música o alterando su voz. Probablemente no necesita saber eso. —Asiente con un gesto serio—. Ah, y por lo que más quieras, no le pongas tus ojitos de cordero degollado.Pestañea con confusión mientras observa cómo se marcha después de soltar eso.—¿Ojos de cordero degollado? ¿Qué significa eso?—Ya sabes... Esa carita que pones cuando te da lástima alguien, como si quisieras protegerla de todo y cuidarla... Eres adorable, pero no es lo que necesita. Rompes a la gente.—Yo no hago eso —refunfuña.Raoul sonríe y lo atrae hacia sí para darle un beso que se alarga hasta que el timbre los interrumpe. Se miran antes de esbozar una carcajada. Le da un golpecito en la mejilla antes de dirigirse a abrirla.Lo primero que ve es la sonrisa de Miriam, que lleva una botella de vino y otra de zumo de piña.—Siempre pensando en todo. —Se acerca para darle dos besos.—Creo que hoy te voy a copiar, amor, porque yo mañana trabajo. —Le coge las botellas a su amiga y las mete en el congelador, para intentar que estén frías.Se mantienen ahí hasta que el resto del grupo aparece, todos charlando tranquilamente, como si no hubiera pasado nada. Se sientan en los sofás y empiezan el juego como si nada.Pero, durante un silencio entre turnos, Aitana esboza un suspiro que llena la casa entera.—¿De verdad vamos a estar aquí sin tocar el elefante de la habitación?—Vaya, y yo que pensaba que lo había guardado antes de quedar —bromea Agoney.—Queríamos un poquito de normalidad, cariño —explica Nerea, acariciando su mejilla. De pronto, es como si el resto sobraran.—Eso no cambiará el hecho de que todo el mundo me odia.—Eso no es verdad —asegura Raoul.—Me están cancelando en Twitter, Aitana lleva siendo Trending Topic desde que se supo lo que había pasado. Me han bajado los seguidores, que es lo que menos me importa, pero si ellos también están decepcionados, entonces...—La gente lo ve todo desde la tranquilidad de su casa. —Miriam se cruza de brazos—. No tienen ni idea de lo que supone estar colgado ahí para intentar salvar una vida. Si lo supieran, nadie te diría nada, porque es dificilísimo lo que te tocó hacer. Bastante suerte tienes de que el coche no te arrastrara a ti.Se muerde el interior de la mejilla antes de asentir, algo más convencida.—De todas maneras, sigo sintiéndome fatal.—Ya sabes cómo es internet. En una semana la gente pasará al siguiente drama y nadie se acordará de ello. Has hecho más por el mundo de lo que has hecho mal, así que te prohíbo estar de bajón. —Nerea señala su pecho, con el ceño fruncido.—De acuerdo...El juego continúa con algún que otro pique, hasta que Juan Antonio recibe un mensaje que lo tiene preocupado.—¿Ocurre algo?—Raoul, ¿tu padre dónde está?—Supongo que en casa, ¿por qué? Deberías saberlo tú, que para algo vivís juntos...—Es que hoy no he pasado por casa, he venido aquí directamente. Me acaba de avisar una amiga del otro turno de bomberos. Dice que el hombre que estaba en un cobertizo en llamas fue salvado por un señor de cincuenta años con sudadera que tenía una perra Golden Retriever. ¿Cuántas posibilidades hay de que sea el loco de tu padre?Entreabre la boca, antes de negar con la cabeza.—No me puedo creer que sea tan inconsciente, es que ahora no, porque no quiero arruinar la noche, pero mañana se va a cagar. Ya me jodería tener que echarle la bronca a mi propio padre.Por la mañana, Manolo no enciende la radio. Echa la comida a Roma y se prepara el desayuno de forma mecánica. Lo único en lo que puede pensar es en el incendio de la noche anterior, ese que casi mata al dueño del cobertizo. Se le plantean demasiadas preguntas: ¿estaba dentro cuando comenzó el incendio? ¿Por qué no salió antes? ¿Puede que fuera provocado desde fuera?Por falta de otra cosa que hacer, se obsesiona con esa idea, sin haber tenido la oportunidad de hablar con el hombre al que salvó. Ugh, tendría que haber preguntado antes de salir por patas.El timbre sonando como si fuera una alarma lo devuelve a la realidad. Apenas ha probado bocado y alguien tiene intenciones serias de cargarse su timbre por usarlo demasiado. A grandes zancadas, anuncia que ya va y se dirige hacia la entrada.No, no esperaba encontrarse a su hijo furioso en la puerta.—Hola, ¿a qué ha venido eso?—¿En qué estabas pensando? —Pasa por su lado tras espetarle esa pregunta.Se le va todo el aire del cuerpo. Es obvio por dónde va. Ahora solo tiene que disimular.—No sé a qué te refieres. Si es porque he tardado mucho, perdona, el desayuno me ha distraído y me ha costado oírte.—Olvídate del desayuno. ¿En qué pensabas para irte a una emergencia de la 122 y actuar sin equipo de protección, ni compañeros, y estando de baja? ¡Joder, sobre todo estando de baja!—Lo puedo explicar.Raoul se sienta en el sofá con mal gesto y acaricia a Roma, que estaba deseando verlo de nuevo.—Espero tu explicación.—Ricky me instaló una app. Puedo saber qué emergencias hay, escuchar lo que dicen en la radio... Yo estaba paseando a Roma cuando nos acercamos a esa zona. No tuve apenas que desviarme, y pensé que, si tardaban un poco más, él podría morir.—¿Y tú piensas en ti alguna vez?—¿No puedes sentirte orgulloso de tu viejo por una vez?—Estás de baja, papá —susurra—. Eso significa paseos, descansar en el sofá y poco más. No recuperarte bien puede ser perjudicial, me lo dijiste cuarenta veces cuando me dispararon, así que hazte caso a ti mismo.—Ya lo hago, hijo, pero es que me entretiene esa aplicación...—Si vas a volver a acercarte a una emergencia, haré que te la desinstales —amenaza.—No lo haré. —Pero tiene los dedos cruzados por detrás.Raoul asiente, aún serio, y se levanta para darle un beso en la mejilla.—Ahora me voy, que tengo mucho que hacer, pero te llamaré más tarde. Y recuerda que al final de la semana tenemos la cena con los Hernández. Ni se te ocurra faltar.—¡No se me ocurriría!Se desinfla cuando su hijo se marcha con la misma rapidez con la que llegó. Suspira con los ojos cerrados.Su mente vuelve a ese cobertizo. Necesita comprobar si hubo algún elemento de incendio provocado, y si no lo puede conseguir en la estación (pues Raoul no tardaría en enterarse), entonces tendrá que ir a la supuesta escena del crimen.Recuerda el camino exacto hacia el cobertizo, así que no le cuesta mucho ponerse en marcha y localizarlo. La zona es tan solitaria que entra sin ningún tipo de problema, sorteando la cinta colocada por su equipo.El interior se puede resumir en restos: estanterías ennegrecidas, bolsas de abono en las que apenas se distingue el logo, un montón de objetos que han quedado irreconocibles... Se agacha en la esquina contraria a la ventana. Allí hay algo que no le encaja con el resto, y que reconoce por llevar años en el negocio.Saca el móvil y echa un par de fotos al artefacto que bien podría haberse lanzado por la ventana y provocado que toda la estructura de madera ardiera, con su dueño dentro. Con un asentimiento de cabeza, sale de allí y va directo a la Jefatura de Bomberos.Cuando el jefe de bomberos escucha sus conclusiones, solo le queda pestañear y mirar en todas direcciones por si se tratara de una broma de mal gusto.—¿Qué se supone que estás haciendo, Manolo?—Investigar esto. Me diréis que vosotros lo habéis comprobado ya.—No, no nos han llegado imágenes hasta ahora de ningún incendio provocado. ¿Cómo dices que has descubierto esto?—Me pilló de paso el incendio y me pareció muy raro todo —explica—, así que he vuelto y he descubierto esto.—Está un poco cogido con pinzas, ¿no te parece?—Me parece que es la única explicación posible. El dueño estaba dentro, haciendo no sé qué, cuando el incendio empezó. ¿Me estás diciendo que no le dio tiempo a salir antes de que se extendiera? —Niega con la cabeza, como para convencer al jefe—. Esto fue mucho más rápido, provocado. Lo debieron lanzar por la ventana y explotó con fuerza.El hombre al otro lado del escritorio lo mira con gravedad. Casi puede imaginar lo que está pensando, el mosqueo que lleva encima porque "estás de baja, Manolo".—Voy a avisar a la estación para que lo investigue —comenta con tono conciliador—, pero a ti te quiero fuera de esto. No más apariciones en incendios, ni salvar vidas de ninguna manera. Estás...—De baja, sí, lo sé, me lo recordáis cada tres segundos.—Haz caso y no tendremos problemas, ¿eh? —Le da una palmadita al incorporarse—. Ahora puedes irte. Disfruta del tiempo que te estamos dando, pasea, dibuja, tócate los huevos a dos manos. Te lo has ganado a pulso, ¿no?Manolo bufa y se marcha sin despedirse. Tampoco sabe hasta qué punto puede prometerle nada. No tarda mucho en encender la radio de nuevo y escuchar todo lo que no le permiten de otra manera.A la mañana siguiente, baja a la ferretería a primera hora de la mañana. Tiene fotos del pequeño artefacto y buen ojo, así que no debería costarle encontrar lo que busca. Cuando pone todo lo que va a comprar sobre el mostrador, el hombre que lo preside lo mira raro, pero con aburrimiento.—Serán 40,85.Paga sin pensarlo mucho y vuelve a casa. En la parte trasera, monta dos paredes de madera, una muy similar a la del cobertizo, y consigue crear algo parecido a una bomba. No debería explotar, sino arder llegado el momento.Así que coloca el artefacto en la esquina entre las dos paredes y se sitúa a distancia prudencial. Roma lo observa todo desde más lejos, secretamente preocupada por lo que sea que esté haciendo su dueño. Cuando la extraña cosa que está haciendo arde, quemando las paredes, esta ladra hasta que su amo lo apaga con rapidez. No quiere que se extienda y tener que responder preguntas.Pero lo hace con una sonrisa, una de quien está seguro de que tiene la clave de todo.Un par de noches más tarde, con una serie de policías de fondo y Roma junto a él en el sofá, la radio se escucha con más fuerza que todo lo demás.—Atención, 122, bomberos —una operadora habla atropelladamente—, calle de la Reina, no tiene pérdida porque las llamas lo invaden todo. Ha llamado un vecino, así que no sabemos si hay alguien dentro. Si lo hubiera, es posible que no haya sobrevivido, pero máxima prioridad.Manolo se incorpora. Ha escuchado hablar de otros incendios, pero este pone alerta a sus sentidos. Aunque no han sido muy descriptivos, algo le dice que podría ser obra del mismo tipo. Quizá tengan un pirómano en serie y no se lo estén tomando en serio. Y la calle no está tan lejos de donde él vive, en sentido contrario a donde paseó la última vez.—En camino —responde en la radio Ricky.Insulta por lo bajo. Había olvidado que hoy le tocaba turno a su equipo. Si lo pillan, le echarán la bronca de su vida y no se librará nunca de ellos. Vuelve a sentarse en el sofá, en una posición que molesta a Roma. Por suerte, no se lo toma muy personal y se sienta sobre sus muslos como si nada.Se queda en casa, atento a si hubiera novedades. El capitán en funciones vuelve a hablar un rato después:—Sí que había una persona aquí dentro. No hemos podido hacer nada, pero en el interior hay signos de que han provocado el incendio. Requerimos a la policía aquí para colaborar en lo que podría ser un homicidio.Traga saliva. Se ha vuelto más serio, por lo que parece.Por eso mismo, no le extraña en absoluto que al día siguiente lo manden llamar a la Jefatura. Entra por la puerta con una sonrisa, descubriendo a Ricky, Raoul, el jefe y un hombre que no reconoce.—Manolo Vázquez, te presento a Juan Carlos Madrid. Lleva años investigando incendios provocados, y creemos que podrías estar en lo cierto.—Claro que lo estoy —asegura—. Lo he comprobado un millón de veces con ese primer incendio.—Ya, pero ahora tenemos un segundo —dice, hosco—, y ese segundo ha tenido una víctima mortal, así que no se pueden cometer errores.—¿Quieren mi ayuda?—No, queremos saber si viste a alguien cuando estuviste en ese primer incendio, ayudando. —Madrid lo observa con ojos inquisitivos.—Solo al hombre al que salvé. —Se encoge de hombros—. Si a Roma le hubiera extrañado algo, habría ladrado, y tampoco. Tuvo que marcharse nada más tirar el artefacto, porque para cuando yo llegué, el sitio estaba vacío por fuera.Asiente, procesando y apuntando sus palabras al mismo tiempo.—Muy bien, pues hasta aquí. Si necesitáramos algo más, no dudaremos en volver a llamarte. De momento, tienes que continuar como hasta ahora con la baja.—No os preocupéis tanto por mí. —Pone los ojos en blanco—. La operación no fue para tanto.—Hasta que no te den el alta, para nosotros es como si estuvieras con ambas piernas rotas. Aprovecha y disfruta, Vázquez, que pocas veces se dan oportunidades tan buenas de descansar del trabajo. —Le guiña un ojo.Manolo frunce el ceño. A él le encanta su trabajo. Son veinticuatro horas intensas, seguidas de un descanso más que merecido. No podría pensar en otra cosa que hacer con su tiempo.Pero asiente y sale del despacho detrás de su hijo y de Ricky. Se gira en el último momento. La mirada del investigador de los bomberos no le ha gustado y, efectivamente, ahí sigue, escaneándolo de forma terrorífica.—Al final ha servido de algo que estuviera ahí —comenta, una vez fuera del edificio.—Sí, porque no es sospechoso de por sí. —Ricky se gira, con un suspiro—. Haz caso y céntrate en tu recuperación. Meterte en esos líos no te va a venir bien. Creo que me equivoqué al enseñarte esa aplicación.—Sí, ¿en qué pensabas? —interviene Raoul—. Es un adicto al trabajo, era obvio que algo así podría pasar.—Chicos, soy un hombre adulto con muchas hostias a mis espaldas. Creo que puedo manejar esto. Así que no discutáis y volved al trabajo al que a mí no me dejan volver.El rubio gruñe de nuevo en su dirección, pero se marcha. No puede culparlo por enfadarse, él sería igual si fuera el paramédico el que estuviera en una baja.Vuelve a casa y espera con paciencia la vuelta de Juan Antonio. Se muere por preguntar por los detalles del incendio. Cuanta más información tenga, más puede delimitar de quién se trata.No hace mucho caso a sus compañeros y mantiene la radio encendida. Lo distrae cuando los pensamientos provocados por la soledad lo llenan. Mientras no tenga a nadie, piensa usar su tiempo como le dé la gana.Su compañero de piso tampoco se queda mucho. Ha quedado con algunos amigos. Tampoco abre la boca sobre el caso en el que trabajó, por órdenes de Ricky. Por supuesto que se han asegurado de que nadie le diga nada. Son profesionales y lo conocen demasiado bien, sobre todo su hijo.Así que, una vez se queda solo, decide ir al cobertizo. Verlo todo más de cerca quizá le dé otra perspectiva sobre el caso. Con una sudadera negra que le cubre el pelo e impide que se le identifique, se pasea por el barrio hasta llegar a la zona ennegrecida por el incendio. Hay un silencio tan notable que le cuesta pasear sin que cada pisada se escucha a varios metros de distancia, por culpa de los palos de madera que hay en el suelo.Entra sin mucha dificultad. Está empezando a acostumbrarse a esto de allanar propiedades, pero cuando tenga una solución, todos lo admirarán. Sí, será una manera genial de volver al trabajo.Está tan concentrado en investigar la zona en la que se produjo la primera llama que no se da cuenta de que alguien ha estado observándolo un buen rato desde la ventana por la que se tiró el artefacto por primera vez. Cuando se agacha para echar nuevas fotos (ya no está la bomba de fuego, pues se la llevaron los investigadores), algo rompe otra ventana e impacta a pocos metros más allá de él.Lo siguiente que ve es fuego, por todas partes. Tose sin poder evitarlo, mientras trata de recubrirse la boca con la sudadera. Debería ser suficiente, ya lo ha sido antes, pero la cercanía de la explosión y estar en el mismo lugar que las llamas hacen que empiece a ver borroso.Cuando se ve ya muerto, un rostro se aparece ante él entre tantas llamas. Le grita algo, pero tiene los oídos taponados, así que se deja arrastrar fuera del lugar. Una vez al aire libre, respira hondo, dejando que el oxígeno llene sus pulmones.Solo entonces se fija en su acompañante. Un furioso Ricky lo mira con el ceño fruncido.—Ey, amigo...—Ni amigo ni hostias. Venía a visitarte y te encuentro saliendo de tu casa con ropa sospechosa. Lo siguiente que veo es esto. ¿Qué querías? ¿Acabar el trabajo?—¿Qué? —Pestañea—. Espera, ¿piensas que he sido yo? Estaba dentro cuando me han lanzado esa bomba asquerosa.—¿Qué haces aquí, Manolo? —pregunta, con el cabreo marcado en cada palabra.—Quería investigar, ¿vale? Sé que no me lo tenéis permitido, que tengo que descansar porque la baja blablabla... Me ha pillado por sorpresa, pero yo no tengo nada que ver.—Eso me gustaría pensar, de verdad. —Resopla—. Escucha, si yo te he visto, podría haberlo hecho cualquiera. No puedes estar aquí. No puedes ni aparecer cerca de un incendio de estos hasta que no lo solucionemos, porque pinta mal.—¿Pinta mal? ¿Qué significa eso?—Que puede que alguien se esté aprovechando de que eres un culo inquieto de mierda y te vaya a tirar el crimen a la cara. ¡Ha muerto una persona, Manolo!—Ya lo sé —masculla—. Pero te aseguro que yo no tengo nada que ver., estuve en casa cuando el segundo incendio, te prometo que no me moví.—Y nosotros no deberíamos dejarnos ver por aquí, menos tú. —Empieza a empujarlo antes incluso de oír las sirenas de bomberos—. Oye, ¿tú no tenías una cena con los padres de Agoney?Su rostro palidece en cuestión de segundos.Media hora antes...—¿Quién es más nervioso, tu padre o tú? Porque lo empiezo a dudar.Raoul le saca la lengua, terminando de dejar los aperitivos sobre la mesa. Comprueba mentalmente que está todo listo antes de asentir y volverse hacia su novio.—Es la primera vez que los juntamos a todos.—Nuestros padres ya han coincidido.—Sí, poco rato y porque vosotros nos salvasteis. —Suspira al notar sus brazos alrededor de su cintura. Su espalda se pega al pecho de su chico—. Esto es más formal, de presentación... Se me revuelve todo.—¿Muy formal para ti? Con el año que ya llevamos juntos...—Amor, sabes que no hablo de eso. —Gira entre sus brazos para unir sus labios—. Es raro. Además, es la primera vez que veo a tu madre desde que me llamaste "compañero de trabajo". Supongo que ya sabe que no va a una cena de empresa.Se lleva un manotazo, que le saca una carcajada. Se besan entre tonteos un buen rato, hasta que la puerta suena.—¡Ay, qué nervios!—No me robes las frases.—Calla. —Se acercan a la puerta. Son los padres del moreno—. ¡Papá, mamá!—¡Mi pequeño! —Gloria se acerca hasta darle numerosos besos en las mejillas—. Qué guapo estás, se nota que te estás alimentando bien.Mientras su novio se pone al día con ella, Benito le tiende la mano. Raoul se la estrecha con fuerza, tratando de parecer una persona segura. El guardia civil le dedica un asentimiento. Respira un poco, pues esto es casi como darle el visto bueno y es lo único que pide.—Sí, está todo bien en el trabajo. —Vuelve a la realidad, donde ellos siguen hablando.—Menos mal, ay, todos los hombres de la familia dándome disgustos con sus trabajos. —Entonces se gira hacia él—. ¡Raoul, cariño! Dame dos besos, hombre, que la última vez no nos presentaron bien, como el novio de mi hijo.—No te preocupes, Ago y yo ya tuvimos una conversación sobre eso. —Ladea la cabeza. Por mucho que use ese tonito dolido, en realidad está pletórico. Le encanta que no tengan que esconderse nunca más.—Bueno, Manolo aún no está aquí —comenta el policía, tratando de huir de la conversación.—Hemos llegado muy temprano, si yo lo sabía... —Gloria pone una mueca.—Culpadla a ella, que no se estaba quieta en casa. Quería ver si podía ayudar en algo —aclara su marido.—No nos importa, ya está todo preparado. La cena la sacaremos del horno cuando esté mi padre. Ya me ha comentado Ago lo que podéis o no comer, con el tema de las dietas.—¡Eso son cosas que se inventa esta mujer! —farfulla.—Papá... —advierte el moreno.Raoul suspira al notar el silencio incómodo formado por una tontería como las dietas. Si es que no sabe estarse callado. A pesar de todo, ya está yendo mejor que su primera cena con los padres de Alex. Eso sí fue un desastre.—¿Qué os parece si nos tomamos algo mientras lo esperamos? ¿Os apetece algo?—A mí me obligan a decir algo sin alcohol. —Benito levanta una mano con timidez—. Una cerveza sin, si tenéis.—Eh... Yo prefiero tomar zumos, pero puedo llamar a mi padre para que compre una caja de camino.—No, si tienes que comprarla no hace falta... —Pero el rubio ya tiene el móvil en la mano, así que lo permite.Agoney busca la botella de vino para él y para su madre, mientras Raoul se apoya en la encimera. En dos tonos, le recibe la voz ronca de su padre. De fondo, se escuchan los coches, así que debe estar en la calle.—Estoy de camino.—Genial, no te preocupes. Llamaba para pedirte un favor. Si te pilla de paso y no es mucha molestia, ¿podrías comprar una caja de cervezas sin alcohol? Mi suegro tampoco puede beber y dudo que le parezca muy adulto tomar zumo de piña.—Lástima, con lo delicioso que está. —Le saca una carcajada—. Enseguida voy para allá con tus cervezas, tranquilo.—Gracias... —Escucha unas sirenas que suenan a bomberos y frunce el ceño—. ¿Estás en el centro?—Sí, había salido a pasear y se me ha ido el santo al cielo. —Se aclara la garganta.—Ah, vale, espero que no sea muy grave lo de esas sirenas.—Seguro que no. Bueno, te dejo, que tengo que buscar una tienda.Susurra un "vale" a la vez que Manolo le cuelga. Aprieta los labios y se gira con una sonrisilla. Su novio no tarda ni un segundo en darse cuenta de que algo pasa y acercarse para besar su mejilla.—¿Pasa algo?—Mi padre está raro —considera—, pero traerá las cervezas, así que no quiero pensarlo. ¿Vamos con tus padres?Consiguen distraerlos un poco hasta que surge el tema que Raoul estaba deseando quitarse de la cabeza.—Nos han asignado el caso del pirómano en serie —comenta Benito—. Vamos a trabajar junto a los investigadores de los bomberos, pero en principio tenemos prioridad. Ya sabéis, por eso de la muerte.—Dios mío, ¿cómo ha podido ocurrir algo tan horrible? —Gloria se santigua.—Ya tenemos varias teorías, pero seguimos trabajando. —El guardia civil lo mira a él sin vacilar.—Ojalá lo encontréis pronto. —Y lo dice con sinceridad. Necesita que su padre olvide el tema.—Tenemos una especie de perfil, ya hablado con los bomberos. Creemos que podría ser un hombre de mediana edad, quizá más mayor. Podría estar jubilado o en algún tipo de baja, pero no es lo más importante. La clave es que es alguien que acaba de sufrir un traspiés en la vida: un despido, jubilación forzada... En fin, algo que lo haya vuelto algo loco, con ganas de jugar con fuego, literalmente.Traga saliva y no mueve un músculo. Ni siquiera se gira hacia su novio, porque teme que haya caído en lo mismo que él. No soportaría que alguien lo creyera de verdad.—Joder, qué detallista para dos incendios, ¿no?—Eso pretendemos: que no haya un tercero. —Pero un mensaje lo interrumpe. Tuerce el gesto de forma inmediata—. Parece que he hablado muy pronto. Han incendiado de nuevo el primer cobertizo víctima del pirómano.—No me digas. —Recuerda las sirenas que se oían por el teléfono.—Sí. Por suerte, parece que estaba vacía cuando han llegado los bomberos, pero los que han llamado al 112 han visto a dos hombres frente al cobertizo justo cuando estaba en llamas.—¿Dos? —Esto interesa a Agoney—. A lo mejor es un equipo.—Es una teoría interesante, a ver si mañana tengo tiempo para comprobarla. —Ahora su sonrisa es más culpable hacia Raoul—. Siento mucho estar destrozando la cena hablando de trabajo.—Por favor, la cena no ha empezado y aún esperamos a mi padre.Cinco minutos después, su padre aparece con camisa de cuadros y una caja de cervezas en la mano. Benito las recibe como agua de mayo y pronto se reúnen alrededor de la mesa para charlar y comer. Gloria alaba el pollo mareado que ha preparado Raoul, pidiéndole la receta. El paramédico no cabe en sí de felicidad.Eso sí, hay algo que consigue empañar todo lo bueno que le está pasando. Mantiene la sonrisa hasta que se marchan, cerca de las doce de la noche, con promesas de una segunda cena y peticiones de que tengan buena noche. Pero cuando se queda frente a la puerta cerrada, la sonrisa desaparece poco a poco.No se puede quitar de la cabeza el olor a humo que desprendía su padre. Está seguro de que Benito también lo ha olido, es imposible de ignorar.Pero lo olvida todo cuando el moreno rodea su cintura y besa su cuello.—Te veo pensar desde aquí. A la ducha, que siempre despeja preocupaciones.—Juntos —pide con un puchero.—No tenía pensada otra opción. —Le sonríe, antes de arrastrarlo con él por las escaleras.Veinte horas después, tras salir de la cafetería donde han quedado para merendar juntos, varias furgonetas de policía bajan de golpe y colocan a Manolo contra el suelo.Al principio, no responden a ninguna de las preguntas de Raoul, hasta que se acerca el mismísimo Benito y lo entiende todo.—No. —Niega con la cabeza.—Lo siento. Tenemos testigos, y algunos bastante fiables.Va directo a la estación en cuanto pronuncia el nombre de Ricky. El bombero y capitán en funciones no puede más que confirmarle lo que pasó el día anterior.—Lo tuve que sacar yo. Se ahogó en su propio incendio, poco más y la palma.—Eso no significa que él provocara ese incendio, ni los otros. —Le tiembla el labio.—Es posible, pero tienes que entender que es todo muy raro, Raoul. Él sacó al dueño la primera vez, ¿no es demasiada casualidad que estuviera paseando por esa zona? Ni siquiera está tan cerca de su casa.—¿Y qué hay del segundo incendio? Mi padre no es un asesino, él no haría algo así.—No sabemos dónde estaba, él dice que en casa, pero estando solo nadie puede confirmarlo.Niega con la cabeza. No piensa dejar que toda esa gente que no conoce a su padre como él se forme ese juicio de valor. ¿Basado en qué? ¿En que le gustó escuchar la radio y se obsesionó con un caso? Eso no es raro, están hablando de Manolo. Siempre se obsesiona con cosas raras.Escucha unos pasos que lo hacen girarse. Agoney lleva cara de susto y todavía el uniforme.—Me acabo de enterar de lo que ha pasado. ¿Estás bien?—¿Bien? —masculla. Se acerca hasta él con paso rápido, pero se detiene antes. Él no tiene la culpa—. Tu padre ha encerrado a mi padre, así que más te vale que te las arregles para que lo saquen de ahí.—Ra..., si está detenido es por orden del juez.Su cuerpo entero se tambalea, pero el moreno está pendiente por si cayera.—¿Cómo? ¿Con qué pruebas? Lo que tienen es circunstancial. —Ante la forma en que se muerde el labio, gruñe—. Sea lo que sea, dilo.—Parece que tenían suficiente contra él para hacer un registro en su casa —revela—. Han encontrado material para provocar un incendio. Parece que hizo pruebas en paredes falsas.—No. —Agita la cabeza—. Ni de puta coña, no.—Cariño...—¿Tú lo crees? —Le hace pegar un respingo—. ¿Piensas que mi padre sería capaz de algo así? ¿Que mataría?—Yo no creo nada, amor, sé que Manolo no es mala persona —susurra—. Voy a seguir el caso de cerca para ver qué ha pasado ahí, pero no es de mi competencia. Lo que no puedes negar es que los dos nos lo hemos planteado al menos una vez.Se le endurece el rostro. No quiere seguir escuchándolo. Está claro que alguien quiere incriminarlo, porque es imposible que él sea capaz de algo así.—Vete de aquí.—Raoul...—Ni Raoul ni hostias. Fuera de aquí, no quiero saber nada. Si vas a pensar que mi padre es un pirómano y un asesino, no quiero ni verte.El policía recoge mucho aire en su pecho y asiente, volviendo por donde ha venido. Él aguanta, estoico, hasta que sabe que lo tiene lo bastante lejos como para sacar un sollozo de dentro. Ricky acaricia su hombro, pero también se aparta.» De ti no quiero ninguna pena.—Yo fui el primero en avisar a Manolo que podrían estar tendiéndole una trampa. —Lo deja callado, así que continúa—: Me dijo que le tiraron la bomba cuando estaba dentro, investigando por su cuenta. Yo podría creerlo, y ni siquiera iba a decir nada de lo de anoche, pero como encontraron todo eso en su casa...Niega con la cabeza.—Necesito hablar con él.Manolo saca la cabeza de sus brazos cuando Benito Hernández y el investigador, Juan Carlos, entran a la sala de interrogatorios.—Aquí tienes la cena. Todo orgánico y vegano. ¿Algo más?—Sí. ¿Qué mierdas hacéis persiguiendo al sujeto equivocado?—Parece que la cosa pinta mal para ti, Manolo. —Suspira el guardia civil—. Sería mejor que colaboraras.—Ya lo he hecho: dije toda la verdad.—Eso no explica por qué estabas en la cabaña quemada anoche.—Quería investigar, ver si el verdadero pirómano había dejado algún rastro. Pensé tarde en que os habríais llevado la bomba que yo descubrí.—O que tú colocaste —señala el investigador—. Seamos sinceros, capitán, no está en su mejor época. Una operación que ni siquiera era urgente te ha dejado incapacitado para trabajar un mes entero. Eso te ha jodido, así que empezaste a experimentar con fuego. Lo más probable es que vieras explotar tu bomba casera, se te pusiera palote y decidieras repetirla en otros lugares.—No lo entendéis —se inclina a través de la mesa, quedando más cerca—: hice eso como prueba después de los incendios. Necesitaba estar seguro de qué provocó esas quemaduras en la pared del cobertizo. Y tenía razón, como en todo. Como en que no soy yo el hombre al que estáis buscando.—Te va a costar demostrar todo eso. —Le dedica la sonrisa con más mala espina de la historia.—Lo haré, no te preocupes mucho por mí.—Manolo, llegaste tarde a la cena, cuando solo tenías que comprar unas cervezas, oliendo a humo. No tienes coartada para ningún incendio. Se ha encontrado material inflamable en tu casa —enumera con gesto cansado—. A mí me duele por lo que nos une, pero esto es ridículo.—¿Tenéis algún tipo de relación? —pregunta Juan Carlos.—Nuestros hijos están saliendo —gruñe.—Vale, si fuera el pirómano, respondedme esto: ¿por qué iba a ser yo el primero en investigar si se trataba de uno? Yo reporté lo que podía estar pasando cuando solo había un incendio.Benito lo mira, torciendo el gesto.—Muchos pirómanos tienen delirios de grandeza. Lo más seguro es que te jodiera que no descubrieran que lo eras y tuvieras que poner el foco en ello.Manolo entrecierra los ojos. Si de verdad se cree sus propias palabras, está jodido, pero debe haber una manera de demostrar que él no fue.Benito se levanta al ver que ya no tiene más ganas de hablar.—Está bien. —Suspira—. Si no quieres hablar, ya volveremos. Vamos, Madrid, no merece la pena seguir aquí.Es testigo de cómo se marchan, tras echarle una mirada de seriedad. La puerta se cierra y queda solo. Se derrumba sobre sus brazos, como un rato antes. No tiene ni idea de qué puede hacer, más allá de pedir un abogado y hablar con su hijo la próxima vez que aparezcan.Lo que no espera es que la puerta se abra de nuevo tres minutos después, pero esta vez solo entra Juan Carlos. Está a punto de preguntar por su compañero de aventuras cuando le dice que se mantenga en silencio. Apoyado en la pared, se desliza hasta la esquina donde está la cámara. Quita un cable y entonces se separa.En la mesa, aparte de sus manos esposadas, hay un micrófono. Se supone que es para ambos, así que lo ve apagarlo y ya no le sorprende. Sí que le asusta un poco, pero porque ha oído hablar de la violencia policial y ahora espera un par de guantazos. Lo que no creía es que el propio padre de su yerno fuera capaz de algo así.La vida lo sorprende, pues el investigador se sienta frente a él.—Me estoy arriesgando muchísimo al hacer esto —le informa con gesto serio, casi mortal—. Estoy de tu parte, todo lo que he investigado es demasiado perfecto para que no sea preparado. Ni siquiera tú eres tan tonto.—Vaya, gracias.—Escucha, necesito toda la información que tengas tú, detalles que nos falte por tener. Quiero llevar una investigación paralela y demostrar que hay un pirómano no perteneciente al cuerpo de bomberos.Manolo vacila un poco. Podría creérselo y compartir un par de datos, pero no sabe si puede confiar en él. Por lo que sabe, Juan Carlos Madrid podría trabajar con Benito y estar allí haciéndose el amigo (o poli bueno, como en las pelis) para sacarle información y meterle más delitos. Ya lo van a procesar por allanamiento de morada, los incendios y el homicidio.—¿Cómo sé que puedo confiar en ti? —Tamborilea con los dedos en la mesa.Lo ve dudar, pero acaba inclinándose para hablar con más claridad.—Mira, no estoy con Benito en esto. Creo que se ha obsesionado un poco con el caso y con encontrar un culpable rápidamente, para no preocupar a la ciudad. También creo que todo, incluido el tercer incendio, ha estado planeado para pillarte a ti de por medio y tener pruebas en tu contra. Puedes confiar en mí. ¿Tienes algo más que no hayas contado en el interrogatorio oficial?Traga saliva. Acaba asintiendo.—Creo que el incendio del cobertizo no fue el primero que llevó a cabo el pirómano. He estado investigando y ha habido algunos provocados que otros equipos de bomberos dieron de lado al no tener ninguna pista. Fue antes de mi operación. Puede que alguno no tenga nada que ver, pero he visto esa bomba de cerca, Juan Carlos. Ha quemado más de lo que pensamos.Asiente, manteniendo ese tono serio. Es mejor que la sonrisa de otras veces, pero sigue sin gustarle. No obstante, si va a tener que trabajar junto a él, es mejor llevarse bien.—Voy a investigar esos posibles fuegos. Si tienes mejor coartada para esos y demostramos que son del mismo hombre, estaría hecho.—Genial. —Carraspea.La puerta de la sala de interrogatorios se abre de golpe, dejando pasar a un Benito Hernández de muy mala hostia. En esta ocasión, dirigida hacia su compañero.—¿Qué se supone que está pasando aquí? Me acaban de avisar de que has apagado las cámaras y el sonido.—Solo charlábamos. —Sonríe Juan Carlos—. Nada muy importante, no le he sacado nada nuevo.—Ya —masculla—, pero no pasa nada, porque tenemos otra forma de acabar con esto. La testigo del segundo incendio acaba de despertar en el hospital.—¿Hubo una testigo? —pregunta Manolo.—Sí, la hemos mantenido lejos de la prensa por lo que pudiera pasar, pero ya está todo bien. Tenemos tiempo de margen mientras le hacen pruebas, pero nos vamos a ir los tres al hospital a que identifique a Manolo como el pirómano.El capitán sonríe, a pesar de las caras de circunstancias de los otros dos. Es imposible que lo identifique porque él estaba en su casa cuando ocurrió. Allí no intervino para salvar a nadie, no se entrometió. Es su mejor baza, sin duda.—Bueno —carraspea Juan Carlos—, yo aquí ya he terminado. Voy a salir a tomar un poco de aire. Avisadme cuando nos vayamos a por la testigo.Ambos consuegros comparten una mirada, pero no dicen nada. El guardia civil conecta de nuevo audio y vídeo para que no haya dudas de la transparencia que tienen con él.—Supongo que es momento de que te entregues, antes de que alguien te haga el trabajo sucio.—En realidad, la testigo es la mejor idea que habéis tenido. —Menea la cabeza—. Estoy deseando verla, ¿cuándo decías que nos íbamos?En el hospital, un hombre con ropa negra y la capucha de una sudadera cubriéndole la mayor parte de la cara entra sin ningún problema. Ya le han chivado el número de habitación, así que ahora solo tiene que entrar, clavarle la jeringuilla en el cuello y nadie se enterará de que ha muerto asesinada.Tampoco se enterarán de que ha sido él todo este tiempo.Saluda con un gesto de cabeza a los guardias de la entrada, que lo dejan pasar sin ningún problema. Saca la jeringuilla de la parte de atrás de sus pantalones y acaricia el borde de la manta, que tapa a la paciente casi por completo.Su sonrisa se difumina cuando la separa y descubre la cabeza de una muñeca. Al escuchar el sonido del seguro de una pistola quitándose, sabe que ha perdido.—Juan Carlos Madrid, queda detenido por tres incendios provocados y por el asesinato del dueño del segundo cobertizo.—No había testigo, ¿verdad? —masculla el investigador. Benito niega mientras le pone las esposas.—Pero siempre es un placer comprobar cómo corréis a eliminarlo.La sala de interrogatorios parece diferente cuando Manolo tiene la oportunidad de sentarse del lado de los investigadores. Juan Carlos tiene cara de mosqueo, complementario a su sonrisa anterior.— Aquí estamos. —Carraspea el capitán de bomberos—. ¿Por qué?—Manolo —advierto el guardia civil—, deja que yo lleve esto. ¿En qué estabas pensando? Te va bien en la vida, tienes familia, un trabajo con buen sueldo...—Sí, supongo que sí. —Su suspiro es melancólico, lo que los mantiene alerta—. Decidme una cosa, Benito, Manolo, hasta ahora, ¿sabíais de mi existencia? Porque lo normal es que llegue, haga mi trabajo en silencio, colabore con quien tenga que hacerlo, y me vaya. Nadie me conoce. No soy importante para nadie, a pesar de que he investigado a los pirómanos más peligrosos durante los últimos diez años.—Eres importante para tu familia.—Por favor, los chavales ya son adolescentes y mi mujer me detesta. —Chasquea la lengua—. Esto era lo único que me daba un poco de vida, saber que, por una vez, me estabais buscando, hasta sin saber que era yo.—Has matado a una persona y permitido que otra fuera detenida por ese delito.—Pero sospechabais de mí. —Por el brillo en sus ojos, se nota que está deseando una respuesta afirmativa.—Necesitaba comprobar una corazonada, como diría mi hijo. Pero ya está, has tenido tus cinco minutos de fama y ahora irás a la cárcel.El brillo de su mirada se acentúa. Se toma un instante para beber un poco de la botella que tiene enfrente, pero acaba derramándose bastante sobre su ropa y cara.—Lo dudo mucho. —Se encoge de hombros—. Ya tengo lo que quería, pero no pienso entrar a una celda de esas. Me voy a ir al más puro estilo pirómano. Pero antes... pienso llevarme lo que más queréis.De uno de sus bolsillos saca una cerilla, que prende en unos segundos su ropa, y pronto su cuerpo. No pierden un segundo, gritando en busca de un extintor, mientras el pirómano arde en llamas.Para cuando llega un policía con extintor, ya es demasiado tarde. Apagan las llamas de un cuerpo inerte. Está muerto.Manolo sale de allí con las manos en los bolsillos. Distingue a Benito hablando por teléfono, así que espera para abordarlo a solas.—Gracias por haberme dado la oportunidad de explicarme. —Le dedica un asentimiento de cabeza—. Significa mucho.—No es por ti, es por mi hijo, que me pidió revisar el caso. Tenéis razón en que estaba todo demasiado preparado para ser real. Tú eres más listo que todo eso.Sonríe. Se apunta mentalmente agradecer a Agoney la oportunidad. Su hijo tiene a alguien increíble.Pierde la sonrisa cuando Ricky lo llama muy alterado. Le cuesta varios intentos que se calle y poder preguntarle por lo que sucede.—Había una bomba en la estación, capitán. La mayoría estábamos fuera con los camiones y lo hemos apagado rápido, no se ha extendido...—¿Pero?Escucha el suspiro, que se clava en su oído.—Pero hay varias zonas muy destrozadas. Aquí no se puede dormir, ni vivir durante los turnos de veinticuatro horas.Corta la llamada con un insulto clavándosele en la lengua. Repite en su cerebro lo mencionado por Juan Carlos y lo entiende todo. No hay nada que él quiera más que a su estación y a la gente que allí trabaja. Su hijo, Mamen, Ricky y el resto de los bomberos... Todos significan familia para él, es obvio que ha querido ir por ahí.Tras explicárselo a Benito, decide que una patrulla se acercará a comprobar que nada más pueda estallar.Con pocas ganas de volver a casa, y tras comprobar que su familia está bien, decide aceptar la invitación de Ricky a comer con él y Kibo. La casa de la pareja es acogedora, lo suficiente para que se le detenga la bola en su estómago.—Hemos tenido suerte, en el fondo —comenta, con la boca llena de la tortilla de patatas que han preparado para cenar—. Estabais todos fuera, así que no ha sido para tanto. Trabajaremos para reformarlo y se quedará igual o mejor que antes. Ya tenía yo ganas de una reforma, si al final nos habrá hecho un favor.—Lo que no entiendo es por qué ha querido hacer eso. —Ricky frunce el ceño—. Es tu trabajo, dudo que supiera de la relación que tiene todo el equipo como para asumir que es lo que más quieres.—Yo en ese momento no lo asumí, pero como pasó justo después... —Se queda a medio de beber agua. Deja el vaso en la mesa muy despacio—. Lo que dijo fue "me llevaré a lo que más queréis".—¿En plural? —Kibo abre los ojos como platos.—Sí, estaba Benito conmigo. Quizá haya colocado algo en la comisaría o...Se detiene antes de coger el teléfono para dar un aviso. No va a poner nada en la comisaría.—Dime en qué estás pensando, porque tu cara me asusta.—Estábamos yo y Benito cuando dijo eso —empieza muy despacio, con su piel volviéndose blanca—. Y habló en plural. ¿Sabéis cuál es la única cosa que tenemos en común ese guardia civil y yo?—Vuestros hijos —Kibo es rápido.—Que viven juntos en la misma casa. —Se levanta, arrastrando la silla con fuerza—. Tengo que llamarlo, intentad avisar a Raoul, pero vamos para allá.Diez minutos después, Benito está subiéndose a su coche.—No consigo que conteste.—Prueba con Raoul.Cinco minutos antes...El paramédico no ha tardado en disculparse. De hecho, ha ocurrido en cuanto su chico le ha abierto la puerta de casa. Están empezando a acostumbrarse a eso de no usar la llave cuando uno de los dos la caga, pero de alguna forma parece correcto.—No me puedo creer que seamos víctimas de nuestros padres tratando de demostrar que era otro tío. —Bebe de un trago lo que quedaba en la botella de agua.—Por eso mismo no tienes que darle tantas vueltas. —Besa su mejilla—. Además, me hizo caso a mí, así que en realidad no han fingido tanto tiempo.—Por eso eres el mejor. —Le devuelve el beso antes de alejarse.Agoney sonríe, pequeño, apagando luces a su paso. Se muere por meterse entre las sábanas con su chico y olvidar los malos rollos del último día. Pero Raoul no tiene tanta prisa, deteniéndose frente al sistema de alarmas y anti-incendios que tiene su casa. Teclea el número que acordaron al mudarse juntos, recibiendo solo negativas.—¿Y a esto qué le pasa?—Lleva todo el día actuando raro. —Pone una mueca—. Mañana vienen a revisarlo, no te preocupes. ¿Subimos?—Espera, a ver si puedo arreglarlo...Bufa, viendo que sigue tecleando y obteniendo resultados negativos. Pone los ojos en blanco y se acerca hasta situarse detrás de él. Espera a tener su boca junto al lóbulo de su oreja para susurrar:—¿O prefieres que te retuerza el brazo?Raoul se queda congelado por un momento ante la forma que su voz lo traspasa y eriza su piel. Su mano baja del panel de seguridad y gira muy despacio.—Por favor, hazlo.Hace un gesto con la mano para invitarlo a subir las escaleras con él. De espaldas, va subiendo y observando cómo lo sigue, con hambre en la mirada. Antes incluso de que cierren la puerta de su habitación y unan sus labios, un pequeño estallido provoca llamas, que se van extendiendo por todo el sofá, donde estaba el móvil de Agoney.—No lo coge —repone Benito.—Sigue intentándolo. Alguno debería tener el móvil cerca.Vuelven a intentarlo con Raoul. Su móvil está en la mesilla del café del salón, rodeada de llamas.En la planta de arriba, la pareja se besa con lentitud. Esa noche no tienen demasiada prisa, así que quieren que cada beso y cada embestida sea lenta, como merecen. La camiseta de Raoul es la primera en desaparecer, junto a muchos besos que el moreno va dejando por su cuello.En el coche de Manolo, que cada vez coge más velocidad, las llamadas se suceden sin descanso. Ven inútil mandar un mensaje de voz, pues empiezan a temerse lo peor.La radio del móvil del capitán se enciende.—Reportan posible incendio en vivienda unifamiliar al sur de la ciudad. 129, responda. Calle...No escucha nada más.—¿Por qué están mandando a la 129? Está en la otra punta de la ciudad, tardarán muchísimo en llegar.—Porque la 122 está cerrada por la explosión de la tarde —masculla Manolo—. Ese hijo de puta lo tenía todo previsto y nos va a joder hasta muerto.—No si yo puedo evitarlo. —Presiona el acelerador.En casa de Agoney, los zapatos ya han desaparecido. Con el rubio tumbado sobre el colchón, se arrodilla para colocarse sobre él y dejar que le quite la camiseta. Después de eso, no duran ni un segundo sin pegar sus pieles. Besan cada hueco, ya más que conocido, pero que les encanta reconocer una y otra vez. Sobre todo, lo disfrutable son los gemidos, los jadeos contra su oído, sentir que muerde más fuerte por un lametón que le gusta especialmente...En la planta baja, las llamas han arrasado con todo. No hay zona que no esté cubierta, y empieza a aventurarse por las escaleras.Con el moreno escondido entre besos y lametones en el cuello de Raoul, le cuesta ver qué pasa. Pero el paramédico se tensa y eso sí lo nota.—Amor, espera.—¿Qué? ¿Estás bien?Se toma un segundo para olisquear y asegurarse. No le gustaría interrumpir lo bien que están por un espejismo. Pero no lo es, lo huele perfectamente.—Huelo humo.Agoney frunce el ceño y se aleja para recuperar un poco el resto de los sentidos. Se había abstraído tanto en él que es entonces cuando su cara cambia.—Yo también lo huelo.Se levanta corriendo y abre la puerta. Solo tiene que acercarse a las escaleras para ver las llamas, que lo invaden todo. Con los ojos muy abiertos, tira de su novio para volver a entrar. Lleva el corazón acelerado cuando se vuelve a poner la camiseta, colocándosela en la nariz para intentar no respirar humo. Han tenido suerte: aún queda para que las llamas lleguen a su habitación.—Dime que tienes un extintor.—Solo tengo uno abajo —musita, descorazonado.—No pasa nada. —Agita la cabeza—. Por la ventana, tenemos que salir...Una explosión los sobresalta. La última mini bomba que colocó el pirómano era en su escritorio, así que ahora las llamas empiezan a invadir la habitación, sin orden ni permiso. Se miran con miedo. Los ojos de Agoney están cristalizados, pero no deja que lo vea.La ventana se le resiste, así que pega un par de codazos que podrían dejarle secuelas, pero consigue romperla. Solo entonces se gira hacia su chico, que no tarda en darse cuenta de cómo está.—Baja tú primero. Si no salimos de esta...—Eh. Yo también te quiero, pero ni se te ocurra pensar que no saldremos de esta. Aún te quedan muchos "te quiero" por darme.Ninguno se mueve. Tras negar con la cabeza, sus labios se rozan. Atrás queda la pasión anterior, ahora solo quieren demostrarse que se tienen, que se quieren más allá de lo que pase.La puerta se abre, sin darle tiempo a Raoul a saltar. Manolo es el primero en aparecer, llevando una braga como máscara.—Vamos, venid por aquí. ¡No hay tiempo!Ricky también entra y ayuda a guiarlos. Están tan en shock que han estado respirando humo, así que son llevados sin apenas decir nada.Kibo y Benito los esperan fuera. La pareja no ha podido evitar seguirlos, así que son cuatro los que se aseguran de que estén bien hasta que llegan las verdaderas emergencias.Media hora después, Agoney observa el trabajo incesante de los bomberos de la 129. Tiene los ojos llenos de lágrimas que no salen y no ha pronunciado palabra desde que salieron y apareció una ambulancia les ha hecho exámenes para comprobar que estén bien.Luego les han puesto unas mantas alrededor del cuerpo y los han dejado ir.Raoul se sitúa a su lado después de un rato contemplándolo desde la ambulancia. Se ha llevado una bronca de su padre por no tener el móvil cerca, pero a la vez no deja de llorarle porque al final todo ha salido bien.—¿Cómo estás? —murmura, inclinándose hacia él. Es lo más íntimo que podría hacer y que mejor se siente para ambos.—Estoy bien —dice con un hilo de voz.—Vamos... —Consigue que lo mire—. A mí no tienes que mentirme.Agoney traga saliva a duras penas, antes de negar con la cabeza y dejar escapar varias lágrimas. Con un suspiro, lo estrecha entre sus brazos y deja que se desahogue. Su sollozo se acentúa cuando se ve más protegido, y ahí se quedan un rato, hasta que sienten el nudo del estómago más suelto.—Pensaba que no íbamos a sobrevivir —confiesa la siguiente ver que se le queda mirando, tras sorberse los mocos—. Que era la última vez...—Claro que no, habríamos saltado por la ventana. Un hueso roto siempre es mejor que morir quemados.—Todo por mi culpa. —Se vuelve hacia la casa en llamas—. Porque no tenía un puñetero extintor en la habitación. Tendría que haberlo pensado.—No es lo habitual, bastante que tenías uno, y no habría solucionado nada, cariño. ¿Viste esa potencia?—Intento no pensarlo mucho —gimotea.—Oye —lo llama—, va a estar todo bien. Haremos de otro sitio nuestro hogar, no pasa nada.Esboza un suspiro antes de apoyar la cabeza en su hombro.—Me parece bien. ¿Podemos irnos de aquí?Sonríe antes de afirmar y tirar de él hasta Benito. Él no tiene que quedarse allí, así que los lleva a la casa de Manolo, donde se quedan a dormir.
----- CHAPTER BREAK -----
Raoul abre la puerta solo para descubrir que la persona que le está fundiendo el timbre no tiene mejor cara que él después de la última semana.—¿Has visto lo que ha dicho? —Aitana entra sin saludar, pasando por su lado como Pedro por su casa.—¿Quién ha dicho qué? —Se gira hacia ella, a punto de cerrar una puerta en la que todavía espera gente.—El marido de la mujer que falleció en el accidente —responde Nerea, sujetando la puerta para que no se la cierre—. Ha dado otra entrevista.—Joder —alza las cejas, y camina tras ellas una vez está seguro de que nadie más está en el camino a la vivienda de su padre—, ¿no tiene otra cosa que hacer? Entiendo que cada uno tiene su forma de lidiar con el duelo, pero esto...—No, hijo, no... —Nerea se acomoda en el sofá, como si se le cayera el mundo encima—. No deja de insistir en las culpas de Aitana y no va a parar hasta que la echen.—No te pueden echar —asegura el rubio—. Lo que pasó le pasa a todo técnico de emergencias, no pudiste hacer más.—Ya —masculla, tomando asiento junto a su novia—, pero no lo necesita. Tiene a mucha gente enfadada y no me dejan en paz. Al final conseguirán que me vaya.—No lo digas ni de broma. —La rubia se inclina hacia ella, apretando su mano, con el ceño fruncido—. Lo que tienes que hacer es dejar de leer todo lo que te llega y seguir trabajando.—Tienes razón, no quiero seguir pensando en ello. —La aparta con delicadeza—. ¿Dónde está Ago y el resto?—Tiene turno esta noche. Y el resto..., ni idea, deberían estar aquí con vosotras.—¿Turno ahora? —Mira el reloj de su móvil, como si no supiera que son las nueve de la noche.—Sí, creo que no le hace mucha gracia mudarse a vivir con su suegro, así que se está proponiendo coger todos los turnos que le impidan dormir en esta casa —admite entre dientes.—Normal, ese pirómano le ha quitado toda la gracia a vivir juntos, pobre. —Aitana pone un puchero.—Y acabáis de reducir la cantidad de polvos que podéis echar a... esperar a que tu padre no esté.—No me lo recuerdes. —Gimotea.El resto de la 122 no tarda en llegar para pasar una noche todos juntos. Aún tienen reciente lo sucedido con la casa de Agoney, y no han vuelto a pensar en lo que implica que su estación haya sido destruida por una bomba.—Manolo me dijo que haría una reunión para organizar la reconstrucción —comenta Ricky.—No será su primera vez —ironiza su hijo.—Pero mientras tanto nos deberían mandar a otras estaciones, ¿no? Eso hicieron con vosotros. —Miriam interroga a Nerea.—Yo me fui al hospital a prestar mis servicios ahí, con Mamen y Alfred. —Se encoge un poco al decir su nombre—. Pero supongo que esta vez me iré con vosotros, ya que todos estamos bien.—Sí —suspira Ricky—, al menos esta vez fue solo un susto.Asienten, convencidos.Poco después de las doce de la noche, se van marchando, dejando a Raoul y a Juan Antonio solos en casa. Nerea y Aitana van juntas, aunque no tengan pensado dormir en la misma cama, al menos por esa noche.—Todavía estás un poco mustia, cariño —observa la paramédica.—No me quito de la cabeza a ese pobre hombre —murmura—. Ver cómo su mujer se despeñaba de ese coche, porque no fui lo suficientemente rápida...—Deja de decir eso —pide, con ojos tristes—. Ella estaba más atrapada que él. Si te hubieras encargado de él, las culpas serían para Juanan, sin tener nada que ver en esto.—Lo sé, pero solo de pensar en lo que podría haber sido.—Como paramédica que ha perdido a más de uno por el camino..., no hagas eso. No podemos cambiar nada, bastante tenemos con este trabajo tan complicado. Las decisiones de un segundo cambian vidas, y a veces ni siquiera son suficientes.—Me gustaría hablar con él.Nerea pega un respingo, sin esperarse esa determinación por su parte.—¿Qué dices, loca? ¿Quieres que te eche en cara más cosas?—Solo digo que si pudiera entender cómo me siento yo por perderla... Que sé que no se podrá comparar con lo que él siente al perder a su mujer, pero necesito que lo entienda.Aitana se mantiene con la mirada segura el resto del trayecto, hasta el edificio donde vive Nerea. Ella se cruza de brazos al llegar al portal.—Me voy a arrepentir de esto, pero te acompañaré.—¿Me acompañarías a hablar con él?—Prefiero estar ahí, por si pasa algo o te dice alguna burrada. Yo sabría manejarlo mejor.—¿Insinúas que no puedo con él?—Lo que digo es que te haces la dura, pero te va a hacer daño si te dice cualquier cosa que tú, en tu cabecita, consideres cierta. Por eso estaré yo, para cortarle los humos si se le ocurriera.Un poco más contenta, se inclina hacia ella, pasando los brazos tras su nuca.—¿Te dicen lo suficiente lo maravillosa que eres?—No te creas —bromea, recibiendo gustosa un beso dulce de los labios de su novia—. Descansa esta noche, que mañana buscamos la información de ese hombre.—¿Y no puedo descansar contigo...? —Pone ojos melosos, sin haberse separado ni un centímetro.Nerea entrecierra los ojos, fingiendo indignación, antes de llevársela de la mano al interior del edificio.Al día siguiente, después de un descanso que ambas empezaban a necesitar, Nerea usa los contactos que Kibo les provee para encontrar al hombre que perdió a su mujer en ese accidente. Tras asegurarse de que estará con ella, ponen camino al edificio donde vive.—Todavía puedes dar marcha atrás —advierte la rubia.Pero Aitana ya no tiene dudas. Quiere hablar con él y llegar a un acuerdo para que deje de destrozarla en público. Él tiene que aprender a vivir con lo que pasó, y así ella también podrá pasar página.Entran al edificio gracias a una mujer que salía en ese momento y no tardan en localizar la puerta.—Es ahora o nunca. —Coge mucho aire y toca la puerta tres veces.A la tercera, la puerta se abre sola, como si estuviera entornada. Se miran, algo preocupadas.—No deberíamos pasar, ¿no? —pregunta la rubia, al ver que su novia parece dispuesta.—Es un poco raro que esté así. Quizá haya pasado algo.—O a lo mejor se ha olvidado de cerrar la puerta. Debe estar agobiado, en su mundo...Mira la hora. Son las nueve y media de la mañana. No le parece muy normal, es demasiado temprano.—Nerea, voy a llamarlo. Si me pide que me vaya, me voy, pero me huele mal.Se encoge de hombros y la deja avanzar. Apenas es un metro en el interior de la vivienda, de la que apenas se ve nada. Está todo cerrado: las persianas, las ventanas...» ¿Hola? —Da un paso más—. ¿Señor Torres? Soy Aitana, la bombera que estuvo en el accidente de tráfico que...Mejor no mencionar lo de la muerte.No escucha nada, así que mira en todas direcciones, por si distingue algo.—Aitana, no sé yo...—Espera un momento. ¿Señor Torres? —Avanza hasta una puerta entreabierta desde la que puede ver una mano en el suelo—. ¡Dios mío!—¿Qué pasa? —Se atreve a poner un pie en la casa al escucharla gritar y correr—. ¡Aitana, no me asustes!Pero tiene motivos para estarlo. En cuanto Aitana abre la puerta, descubren al señor Torres tumbado en el suelo, con un bote de pastillas tirado junto a él.—¡Mierda! —La del flequillo se lleva las manos a la cabeza—. ¿Qué hacemos?—Voy a llamar al 112. —Saca el móvil—. Mira si respira ahora mismo.La morena asiente y se arrodilla junto a él, posando la cara sobre su boca.—Me llega su aliento. Aún está vivo.—Empieza a practicarle RCP. ¿Hola? Sí, estamos en la Calle Miguel Hernández, número 13. Un hombre se ha tragado no sé cuantas pastillas. Soy paramédica y mi compañera es bombera, pero no estábamos de servicio y necesitamos ambulancia ahora mismo.Presa de los nervios, hace caso a su novia mientras esta le indica al operador cómo llegar. Empieza las compresiones a toda velocidad, deteniéndose para infringirle un poco más de oxígeno con la boca.Es a la tercera repetición cuando el hombre empieza a toser, expulsando un líquido blanquecino, proveniente de los restos de pastillas. Lo coloca de lado para que no se ahogue, mientras Nerea los mira con alivio en la mirada y una mano en el corazón.—¿Qué...? ¿Qué ha pasado? —Se detiene un segundo, el que tarda en enfocar y reconocerla—. ¿Qué ha hecho? ¿No hizo ya suficiente?—No puede dejar que su vida se vaya por la borda por esto. —Se le escapa una lágrima, que viaja solitaria por su mejilla—. Siento lo que pasó, pero esta no es la manera.—Me... me has salvado. —La señala, con más vulnerabilidad que antes—. ¿Por qué?—Porque es lo que hacemos. —Se encoge de hombros—. No siempre se pone todo a nuestro favor, pero yo siempre voy a velar por salvar a cualquiera que lo necesite.—Yo... Gracias.—No voy a olvidar a su mujer en la vida, al igual que no suelo olvidar a nadie a quien pierdo. Eso no quiere decir que sea más sano recordar lo que pasó, porque fueron muchas circunstancias que se juntaron. Lo mejor es vivir en su recuerdo, al menos usted, para que yo pueda también superarla.Asiente, muy despacio, mientras va procesando lo sucedido. Solo se aparta cuando llegan los paramédicos, guiados por una Nerea que se había alejado en cuanto la conversación se había vuelto personal.Aitana observa la ambulancia marcharse con el alivio llenando su pecho.—Al final lo he conseguido —murmura cuando su novia se coloca a su lado—. No esperaba tener que salvarle la vida...—Es una buena manera de que te entienda, hay que admitirlo.Se miran y se echan a reír, mucho más tranquilas.***Raoul y Agoney pasan casi tres meses viviendo a ratos en la casa de Manolo, ante la insistencia de este. Agoney no tiene demasiada ilusión por volver a casa de sus padres, después de cómo salió por patas nada más empezar a trabajar, pero tampoco está entusiasmado con compartir casa con su suegro. Lo siente como retroceder, sumándole la incomodidad de dormir a una pared del capitán de bomberos.Comparten también la casa con Juan Antonio, que ha dicho varias veces que tiene que empezar a buscarse su propio espacio, pero acaba por no hacerlo. Ellos también deberían buscar un sitio donde vivir, pues es inconcebible mantener la situación durante demasiado tiempo.El verano es complicado, lleno de incendios forestales que mantienen a los bomberos ocupados. Como Raoul ya no trabaja de eso tiene mucho más margen de vacaciones, pero siempre acaba de voluntario cuando hay que socorrer y curar heridas de los bomberos implicados. El tiempo que no está trabajando, lo pasa en Madrid, con su recién nacido hermano y su madre.En cuanto a la estación de bomberos, la reforma tuvo que llevarse a cabo por parte de todos los miembros de la 122, que usaban sus huecos libres, lejos de las estaciones a las que habían sido asignados, para colaborar en la reconstrucción.Para la llegada de septiembre, la estación es todavía más moderna que después del primer cambio de Manolo tras su llegada año y medio atrás. Tras obtener la confirmación de la Jefatura de Bomberos, bastante contentos por el desempeño del capitán en el descubrimiento del pirómano, empiezan a trabajar la primera semana del mes de los nuevos comienzos.Además, Agoney ha estado buscando en distintas páginas web hasta encontrar su nuevo hogar. A las dos en punto, aparca su coche frente a la estación, justo cuando el turno de Raoul acaba. Es uno de los primeros que hace de nuevo allí, así que la ilusión es infinita.—¿Y eso que vienes a recogerme? —Lo acompaña una sonrisa alegre, que se encarga de besar antes de sentarse en el lado del copiloto.—Es que no vamos a casa de tu padre.—Uy, ¿comemos por ahí? —Mueve las cejas de forma alternativa.—Algo así. —Se muerde la sonrisa.—¿A dónde me llevas, canalla? —Entrecierra los ojos mientras este arranca.—No me sacarás nada. —Le saca la lengua.El trayecto es rápido, pero marcado por un nervioso Raoul, que habla sin parar sobre las emergencias del último turno. Cuando se detienen, Agoney lo mira con el ceño fruncido, sacando un pañuelo de la guantera.—¿Me vas a amordazar porque me he portado mal?—Raoul... —Las mejillas le arden—. Es para los ojos. Te los tienes que tapar, que no creo poder hacerlo yo todo el rato.—Pero si los he llevado puestos todo el rato...Mira a su alrededor. Están en el borde de una calle peatonal, donde en las plantas bajas hay muchos comercios, bares y cafeterías, pero después edificios enormes de viviendas. No hay nada que pueda identificar, ni siquiera conoce esa zona.—Póntelo, hazme caso.Salen del coche y el rubio empieza a verlo todo negro. Con la mano de su novio para guiarlo, se deja arrastrar durante un tiempo indeterminado. No es mucho, porque no le duelen los pies cuando lo mete en algún edificio, pero tampoco muy poco, porque ha contado unos cuantos.Su corazón se acelera ante la posibilidad de que le pida matrimonio. A lo mejor es muy pronto, pero todo en ellos ha sido intenso desde la primera vez que se vieron. Y están viviendo juntos, aunque por desgracia sea en el mismo lugar que vive su padre, eso tiene que significar algo. Tiene que ser mejor que lo que pasó con Alex.—Ahora te voy a dejar un momento para encender unas luces —avisa en su oreja—, así que quédate quieto y ni se te pase por la cabeza quitarte la venda, que te conozco.—Soy cotilla por naturaleza, no prometo nada.—Raoul, hazme el favor.—Vale, quejica...Escucha el sonido de varias luces encenderse y tiene que controlar todos sus instintos para no quitarse un trocito de pañuelo y ver de qué se trata. No cree que lo haya llevado a un edificio para pedirle matrimonio, así que no entiende qué pretende.Cuando vuelve junto a él, con una caricia para no asustarlo mucho, lo guía unos pocos metros hasta que parece localizar el mejor lugar en el que quedarse. Se separa y sonríe muy amplio.—Ya puedes quitarte el pañuelo. Abre los ojos, amor.Muy despacio, se lo aparta, parpadeando para adaptar sus ojos a la luz. Cuando se da cuenta de lo que es, suelta un jadeo nervioso.—¿Qué...?Se trata de un piso muy bien iluminado, lleno de ventanas en la parte que está mirando. Con un espacio abierto y lleno de columnas de madera, el lugar es bonito, dando un ambiente familiar que no esperaba encontrar en otro lugar en mucho tiempo.Sonríe mientras se mueve por el piso. Ya está amueblado, con sofás muy de su estilo y mesas de comedor bastante similares a las de la quemada casa del policía.—¿Cuándo ha pasado todo esto?—Te dije que estaba buscando un sitio para dejar de molestar a tu padre.—A Manolo no le molestaríamos estando con él ni en mil años, pero... —gira sobre sí mismo, descubriéndose a sí mismo sonriendo— este lugar es... ¿esa es mi manta?—Sí. —Pone las manos tras su espalda.—Y esa es mi bicicleta estática. —La señala. Ahora está situada en un lugar estratégico para no molestar.—Eso parece.—¿Has robado todas las cosas de mi casa? —Le entra la risa tonta. Está pletórico.—Juanan me dejó las llaves, tu padre lo sabía y lo demás ha sido un turno tuyo bastante intenso, de muchos viajes y de no pedir mucha ayuda a nadie. Pero lo bueno del incendio es que apenas he tenido cosas que trasladar, así que...—Me has mudado.—Te he mudado, sí.—Las mudanzas son una mierda. —Se muerde el labio, pero la sonrisa sigue avanzando por su cara. Sabe que odia las cajas y mudarse; y lo ha hecho por él, se lo va a comer.—Bienvenido a casa, Raoul.Lo estrecha entre sus brazos antes de besarlo despacio. Posa las manos en sus mejillas para mantenerlo ahí el máximo tiempo que puede. No es mucho, pues él todavía tiene pregunta.—Pero ¿cómo...?—A ver, estamos en hipoteca, porque mis ahorros estaban puestos en el chalet en el que vivíamos. —Tuerce el gesto—. Ya he pagado la entrada con mi dinero, pero si hace que te sientas mejor, las próximas cuotas las pagas tú. Cuando el seguro me dé el dinero por el incendio, podremos adelantar bastante pago.No puede seguir enumerando detalles técnicos, aburridos y cortarrollos porque Raoul vuelve a unir sus labios. Esta vez es más intenso, aunque las manos del otro están en su cara. Cuando se separan, tiene una sonrisa que no le cabe en la cara.—Esto de la hipoteca, de pagar los dos, suena muy serio.Agoney se encoge de hombros, aún enredado en sus brazos.—¿Asustado?—Ni un poquito. Ya no. —Aclara, para recordarle que ha cambiado, que el chico que huyó de su casa tras la primera cita fallida ya no está.—No esperaba menos, aunque me tenías un poco nervioso —admite, apartando la mirada—. Con todo lo que queda por hacer aquí para hacerla nuestra, más lo que cuesta... —enumera—. Me faltaba lidiar contigo dudando.—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que me pones cuando te pones en plan loco del control?Al policía le entra la risa y le da un beso corto.—Entonces tendré que seguir actuando como tal. —Se encoge de hombros.—Por favor. —Le pide con un gimoteo que no tarda en tragarse, con un beso dulce—. Es que todo esto... de verdad que eres el loco del control más grande del mundo. —Le da toquecitos en la mejilla, como si diera más realidad a sus palabras.—Sí, sí, pero te encanta, ya me lo has chivado.Comiéndose la sonrisa, unen sus labios y acaban cayendo al sofá, con las piernas entrelazadas y deseosos de estrenar cada parte de su nuevo hogar.Dan la bienvenida al nuevo centro de reuniones con una fiesta en la que entran hasta los bomberos y paramédicos más mayores. Cualquier excusa es buena para reunirlos a todos con un poco de alcohol y la felicidad de estar de nuevo en el buen camino.Ya comenzado octubre, uno de sus superiores pone una carpeta gigante sobre su escritorio, aplicando tanta fuerza que todos en la sala se giran a mirar. Agoney se sobresalta, pero no se queja hasta saber qué quieren de él.—La familia Ramírez fue asesinada en Cartagena hace un mes y medio, durante una tormenta de verano bastante intensa —explica, como si de recitar se tratara—. Al principio los policías de allí pensaron que se trataba de un accidente, porque un árbol cayó sobre la cara, pero las balas no engañaban, por muy bien montada que estuviera la escena.—¿Por qué me cuenta esto? ¿No se encargan los de Cartagena?Como respuesta, sobre la primera carpeta tira una segunda.—Hace tres días, los Octavio fueron encontrados muertos en su casa. Viven aquí, en Murcia. ¿Sabes qué pasó hace cuatro días?—Hubo una tormenta con mucho viento.—Exacto. —Sonríe, complacido—. El asesino intentó disimularlo, cada vez se le da mejor, pero los asesinó a punta de pistola, antes de colocar la escena para que pareciera que había sido un desastre natural.Agoney asiente muy despacio. No se atreve aún a ojear las carpetas, aunque es lo que más le apetece hacer.—Dos casos muy parecidos en mes y medio —comenta en un susurro—. ¿Asesino en serie?—No lo sabemos, pero a partir de ahora es tuyo.Se irgue como una vela. No sabe si sentirse halagado o preocupado.—¿Cómo que mío?—Que te encargarás tú de llevar el caso. Puedes reclutar al equipo que quieras dentro de tus compañeros, incluso podemos avisar a un par de policías de Cartagena para que te ayuden con temas de allí, para que no tengas que moverte mucho y tal.—Pero ¿cómo me voy a encargar yo? —Le tiembla el labio—. Apenas llevo un año de inspector, no puedo...—Puedes y se hará. —Tras echarle un vistazo a su cara de susto, suspira—. Los jefes han visto todo lo que has estado haciendo este último año, lo bien que llevas tus casos. Te has encargado de algunos bastante importantes, incluido un secuestro de paramédicos por parte de una pequeña banda criminal.—Pero eso no supuso...—Deja de quitarte importancia. Serás el jefe de la unidad, así que te quiero leyendo toda la información. Lo que te he contado es solo la superficie, para que entiendas lo grave que es esto. Hay mucho detrás.Asiente despacio. Su superior se marcha como ha venido, silencioso y dejando una conmoción en él. Es diferente, porque esto es un caso importante y no un simple susto, pero le revuelve las tripas igual. Si confían en él, más le vale apechugar.Con todo lo que tiene que hacer de su jornada laboral, ese día no toca las carpetas hasta llegar a casa. Raoul ya lo espera con un olor delicioso en la cocina. Tras darle todos los besos que cree merecer, se sientan en la mesa, uno frente a otro y con las piernas entremezcladas, y le habla de lo que ha pasado en comisaría, de su nuevo caso y de las carpetas que ha dejado en su habitación por el momento.—¡Pero eso es genial! —Le brillan los ojos con sinceridad—. Va a ser un gran salto para ti, en cuanto lo resuelvas te van a empezar a valorar.—¿En qué punto es genial? Es un caso gordo, de esos que encargan al FBI si estuviéramos en Estados Unidos. Si la cago...—Ya estás asumiendo que la cagarás —apunta con el tenedor a su pecho—, así que para de hacerlo. Vas a hacerlo increíble, eres muy listo y organizado. Eso debe servir para llevar un caso así.—Lo que pasa es que tú me tienes en muy alta estima.—La mínima que mereces. Valórate como yo lo hago y ya verás que irá genial.Agoney sonríe. Va a trabajar con tantas ganas como si de verdad se valorara y se creyera digno para ser el inspector al mando, pero eso no significa que esté preparado. Claro que decirlo en alto implica una bronca de su novio, así que continúa comiendo y recibiendo pataditas cariñosas de la persona que más cree en él.Después de fregar y secar los platos juntos, Raoul decide tumbarse en el sofá a dormir. Él no tiene sueño, pero le apetece acompañarlo, así que saca las carpetas y las coloca sobre la mesilla del salón. El rubio echa un vistazo.—Parece todo muy de película.—No mires mucho, que ya bastante hice contándote algo que ahora mismo no están diciendo al público. Además, los cadáveres son... —Pasa una hoja para encontrar las fotografías.Raoul no insiste, adormecido como se encuentra. Agoney coge una libreta aparte, quiere apuntar cada detalle para que nada se le escape.Empieza por los Ramírez. Una abuela, el matrimonio y tres hijos: dos hijos y una hija, que fueron encontrados en la misma sala, todos tumbados en el suelo y las cabezas señalando en una misma dirección. Entrecierra los ojos, porque le encantaría saber si es una concreta o simplemente quiso colocarlos como si estuvieran en fila, sin importar la dirección. Se apunta que quiere preguntar eso antes de pasar a la información de la autopsia.A pesar de que sus cabezas estaban aboyadas, fruto de la caída de un árbol sobre la casa en la que vivían, la verdadera causa de la muerte había sido un disparo en la cabeza. No había un lugar concreto, a cada miembro se le encontró la bala en un punto diferente, pero estaba claro que había un patrón ahí. La pistola debía ser de calibre 22, por lo que pudieron extraer de la única bala que no quedó destrozada por el impacto contra un cráneo.Vuelve atrás a echar un vistazo a la escena del crimen. Hay varias desde distintos ángulos, pero no hay nada tan llamativo alrededor de las víctimas. Revisa entre todos los documentos de la carpeta, pero nada indica que se recuperara la pistola con la que se disparó.Ya en el caso de los Octavio, la historia se repite: una abuela, el matrimonio y el mismo número de hijos con el mismo sexo que en los Ramírez. La familia está colocada en orden, todos en la misma dirección. Lo más llamativo de esta escena es que hay un violín al fondo, pero también ve un piano, así que no importa mucho porque deben estar en la sala de música o algo por el estilo.La pistola es del mismo calibre que la del anterior caso, pero en esta ocasión la encuentra en las fotos. Se plantea si dejará el arma después de dos crímenes o será otra cosa.Tras una pequeña revisión, sin prestar mucha atención a los detalles, descubre que procesaron la pistola y pertenecía al señor Octavio, policía local aún en activo. También detallan que no parece la misma que la del primer crimen, pues estas balas tenían una abolladura provocada por el interior de la pistola.Así que, si el asesino utilizó en uno de los casos el arma del padre, ¿cuál utilizó para el primer crimen? Por lo que ha leído, los señores Ramírez eran agentes inmobiliarios con bastante dinero. Nada que justifique tener una pistola en España.Torciendo el gesto y sin saber por dónde empezar, se vuelve hacia su chico, que duerme profundamente. Solo esa imagen angelical del rubio con los labios entrecerrados y soltando suspiros de vez en cuando logran calmarlo. Va a tener que poder con ese caso, aunque sea porque él confía en que lo hará genial. A veces odia que confíe tanto, pero consigue levantarlo hasta cuando no se ve preparado y eso es digno de admirar.Sigue recopilando datos hasta que el paramédico se despierta de la siesta y lo arrastra con él hasta que están tumbados juntos, dándose besos perezosos que los relajan.Después, Susana llama y Raoul se pasa la siguiente hora hablando sin parar con ella, paseándose por todo el piso. Le cuenta todas las novedades, lo bien que están allí, y pregunta por Álvaro. Desde que nació, el rubio solo ha visto a su medio hermano en pleno verano, cuando Agoney tenía imposible tomarse unos días libres y no pudo acompañarlo.Se le nota entusiasmado con el tema, incluso le pide a su madre que le pase al bebé para poder esa voz tan aguda con la que habla siempre. Él lo veía una estupidez, no pensaba que hubiera que tratarlos como si fueran tontos, pero desde que es su novio quien lo hace, le encuentra el lado adorable.Casi al final de la conversación, cuando el policía se ha quedado sin cosas que hacer para no entrometerse, Raoul exhala un gritito, apoyando la mano en la encimera en la que él se encuentra. Lo observa con la pregunta en la mirada, pero él tiene la cabeza puesta en la conversación, así que espera hasta que dice un par de "vale, genial, te quiero" y cuelgue.—¿Qué pasa?—Quiere venir a pasar un par de días en Murcia, ¿no es genial? Dice que se aburre mucho con la baja, pero sus jefes no quieren que vuelva hasta que sepa que va a poder trabajar todas sus horas, así que quiere venir, que mi padre y tú lo conozcáis.—¿De verdad quiere que tu padre conozca al hijo que tiene con otro hombre? —Arquea una ceja.—Ya, es un poco raro, pero yo me muero por volver a cogerlo en brazos, es adorable, te lo juro.—Basta de crearme necesidades. —Pellizca su torso, haciendo que salte hacia atrás.—¿Qué necesidades te creo? —Pestañea con inocencia.—La de verte con un bebé en brazos todos los días de mi vida —murmura.Raoul se muerde la sonrisa y la oculta saltando la encimera para poder besarlo. Él también se muere de amor solo escuchándolo hablar de esas cosas, aunque sean del tipo que todavía no se plantean. Todavía, tienen toda la vida para estar juntos.Unos días más tarde, coincidiendo con el final del turno de su hijo, Susana pone su maleta de mano y su carricoche en suelo murciano. Todos los que tienen que saberlo ya se han enterado de que llega hoy, pero no ha avisado a nadie de que llega en tren, así que coge un taxi y se planta en la dirección que Raoul le envió.Agoney lleva un delantal con un dibujo de un musculitos cuando le abre la puerta. Se le ilumina la mirada.—¡Pero Susana! —Se lanza a abrazarla con una carcajada alegre—. ¡No sabíamos cuándo llegabas! Iba a preguntarte tu hijo.—Por eso se le llama sorpresa, cariño. ¿Dónde está el chiquillo?—Terminando de ducharse, que acaba de volver del turno.Susana asiente, pues eso sí lo sabe. Aprovecha el espacio que ha dejado el policía para hacer pasar su maleta y el carricoche, donde un bebé ya con las mejillas bien formadas y unos ojos enormes lo observa con curiosidad. Ya se puede ver el color, de un tono miel parecido al de su medio hermano.—Ay, por favor, es una monada... —Se agacha—. Hola, chiquitín.—Está muy espabilado. Cógelo si quieres.—¿No será mucha molestia?—No digas tonterías, Ago, eres familia, coge al bebé, ya verás que le encanta.Es cierto, lo de que le encanta y lo de que está espabilado. En cuanto hace amago de cogerlo, sube los bracitos, como para facilitar que lo suban en brazos. con una sonrisa, lo coge y se lo recoloca con ambas piernecitas alrededor de su cuerpo.—¡Pero qué enorme estás!—Vale, me he enamorado. —Se giran hacia Raoul, que lleva el pelo mojado y una camiseta vieja. Se lo termina de secar y corre a darle un beso a su madre—. Anda que avisas para que vayamos a por ti.—Sabía que tenías turno, no quería molestar. ¿Has visto a Álvaro?—La luz de mis ojos, por favor... —Pone un puchero al quedar a su altura. Agoney se está dedicando a moverse de lado a lado para mantenerlo entretenido—. ¿Qué tal el viaje?—Ha dormido una mitad, ha llorado la segunda mitad —resume su madre, con diligencia—. Nada que no arregle yo después de haberte tenido a ti de bebé.—Por favor, vamos a sentarnos y nos cuentas más de Raoul bebé llorón.A pesar de recibir un manotazo, que el bebé imita flojo, no pierde el buen humor. Tienen comida de sobra, así que la sirven en tres platos y charlan alrededor de la mesa. Susana los obliga a quedarse sentados con el pequeño mientras ella recoge y friega. Es lo mínimo que puede hacer cuando la están dejando quedarse con ellos.—Solo digo que sería raro quedarme con Manolo después de todo.—Te entendemos, mamá. —Pero está más concentrado en hacerle muecas a Álvaro para ver su reacción. No ríe, pero está atento.—Y, además, estaba viviendo con ese chico del equipo, ¿no? —Se gira hacia ellos—Sí, con Juan Antonio. Pero está bien, él tiene mucha paciencia y sabe llevar bien a papá. Bastante tiempo tuvo Ago que aguantar que se quejara por sus cremas.—Tu padre y sus cremas. —Pone los ojos en blanco, girándose con un trapo entre las manos—. Bueno, pues ya que voy a pasar pocos días aquí, me encantaría conocer a tu familia, Agoney. Sé que Manolo ya ha tenido la ocasión un par de veces, sobre todo con tu padre, pero yo también quiero formar parte de esto.—Les encantará conocerte, Susana. —Sonríe, ajustando mejor al hermano de su novio en sus muslos—. Puedo preguntarles si tienen alguno de estos días libres para quedar a cenar.—Sí, pero esta vez en un restaurante, que es mucha presión estar organizando todo.—Lo sé. —Le pellizca la mejilla.La mujer los observa en silencio, tonteando con el bebé delante, pero también haciéndole carantoñas y entreteniéndolo. Son adorables y se merecen el uno al otro.No tienen que esperar mucho, pues el propio viernes ya están todos preparándose para salir a un restaurante. Manolo aparca frente al edificio de su hijo, pero el llegar pronto le cuesta esperar casi media hora hasta que Susana baja con el carrito y aparecen su hijo y el novio de este con el bebé en brazos.Por suerte, consiguen un buen aparcamiento y caminan hasta llegar allí. Benito ha avisado a su hijo de que tardarán un poco más, por retrasos de vestuario de última hora, pero aun así deciden coger la mesa reservada y tomarse algo mientras esperan. Manolo se queda en la puerta, a la espera de la llegada de sus consuegros.Su exmujer no tarda en aparecer a su lado, sin el niño. Ha tenido la oportunidad de conocerlo, pero tampoco tenía mucho que decirle.—Tienes a Raoul enamoradísimo de su hermano. —Suspira.—Lo sé, siempre le han entusiasmado los críos, debe estar pletórico.—Lo sé, lo sé, es solo que los miro y no sé cómo sentirme. —Se cruza de brazos. Junto a la barra, ahora es el turno de Raoul de coger al bebé en brazos y hacerle saltar para divertirlo—. Parecen casi más sus padres que yo, casi debería ser abuela, pero aquí estamos.—No digas tonterías, apenas has pasado los cincuenta...—Pero míralos. Ra con veintiocho, Agoney...—Cumple veintinueve este mes —advierte el capitán.—Pues eso. —Se le arruga la boca—. Edad de formar una familia. Nosotros empezamos antes que ellos.—Por irresponsables. Ellos van dando pasos lentos pero seguros. —Suspira. Observándolos, se da cuenta de lo mucho que parecen una familia, con el bebé entre ambos.—En fin, me voy con ellos, que quiero darle pecho y que se duerma antes de cenar. —Susana se rasca los ojos. No podría poner la mano en el fuego de que no haya llorado.El capitán de bomberos asiente y la deja ir. Una parte de él sufre, no por lo mayor que está para criar a un hijo, sino porque no lo hará con él. Susana siempre será el amor de su vida, por mucho que sus personalidades no terminen de casar correctamente. Cree que ella también lo sabe, pero hace lo mejor para el bebé.Una persona se pone frente a él en la puerta, así que se aparta sin mirarlo mucho para dejarlo pasar. No se da cuenta hasta unos segundos después que no tenía ninguna intención de pasar, sino de hablar con él. Cuando levanta la cabeza, sus ojos se abren con fuerza.Es moreno de piel, se ha dejado barba, todavía más oscura, y tiene el pelo recogido en una coleta. Nunca le gustaron sus rastas, de todas formas.—¡Señor Vázquez! —Intenta abrazarlo, pero él se lo impide con el ceño fruncido.—¿Álex? ¿Qué haces aquí?Su rostro se torna serio, dejando atrás la alegría de volver a verle.—Fui a su casa, me abrió un chaval que no conocía de nada y me dijo que estarían aquí. Pero dijo que Raoul ya no vivía con usted.—No, ya no vive —masculla—. Pero yo me preguntaba qué haces en Murcia. No se te ha perdido nada aquí.—El chico que estaba tan enamorado de mí como para pedirme matrimonio. Eso se me ha perdido. ¿Dónde está?Ladea la cabeza y se estira para intentar mirar dentro del restaurante. Manolo supone que ya no tiene mucho sentido, así que él también mira en una dirección clara. Susana se ha llevado a Álvaro al baño para cambiarle el pañal y alimentarlo, así que la pareja está sola en la barra. Aprovechando que no molestan a nadie, se besan entre risas por alguna broma interna de la que ellos nunca podrán formar parte. Son besos suaves, apenas picos porque no pueden contener las ganas de observarse, pero a la vez sin poder quitarse las manos de encima.Es una de esas burbujas en las que todo el mundo a su alrededor sobra. Pero en ese momento no le sale sonreír. Está tenso por el hombre que hizo daño a su hijo y que los observa como la mayor traición del mundo.Raoul suelta los labios de su chico para apoyar la cabeza en su hombro. Es un gesto íntimo que siempre lo relaja, así que eso pretende hacerlo. Pero su sonrisa, una fina línea, se difumina cuando se fija en los dos hombres que lo miran desde la puerta.—¿Álex?
----- CHAPTER BREAK -----
—¿Qué mierdas haces aquí?Se han alejado del resto, dejando que Manolo entretenga a Agoney mientras tanto. Solo espera que no se lo tome muy mal. Él... no sabe ni cómo se siente. Le duele todo, los recuerdos, tenerlo frente a él, que se haga el ofendido...—Lo he dejado con mi chico y pensé que podría volver a estar en tu vida. Ya sabes que mi trabajo se puede hacer desde casa, puedo estar en cualquier parte de España o del extranjero. No me importa mudarme a Murcia si estás bien aquí.Se lame los labios, contando hasta diez antes de estallar. Su novio estaría orgulloso de él.—A ver si me aclaro —consigue pronunciar con falsa calma—: el tío por el que me dejaste ha roto contigo y vuelves arrastrándote porque no te queda nadie.—Oye, lo de arrastrándome es demasiado, ¿no crees? No me creo que me trates con esa frialdad, tenemos una historia, yo te traté lo mejor que pude. No rompí contigo tratándote como el culo.—No, tienes razón, solo dijiste que estabas enamorado de otro —le recuerda, entre dientes—. Mira, ha pasado el tiempo, tengo mi vida hecha y tú no entras en ningún hueco de ella.—Ya he visto que has rehecho tu vida muy rápido —masculla. La vista se le va al moreno, que toma sorbitos de cerveza con la cabeza gacha—. Es mono, pero no es tu tipo.A Raoul solo le sale reír.—Tú ya no sabes cuál es mi tipo, pero te daré una pista: es una persona que me cuida y que me hace sentir bien.Álex chasquea la lengua.—Has cambiado.—Solo estoy más tranquilo conmigo mismo. Tuvieron que sacarme de Madrid después de...—Sí, me enteré de la sobredosis. —No le deja acabar, pero la pronuncia él. Por algún motivo, suena más sucio en su boca—. Siento no haber dicho nada, no sabía con qué cara plantarme allí después de ser el culpable.El rubio hace amago de hablar, pero la puerta del restaurante se abre y Gloria y Benito hacen su aparición.—¡Raoul, cariño! —Su suegra se lanza a besar sus mejillas.—Gloria, estás especialmente guapa esta noche. —Le guiña un ojo—. Así merece la pena la espera.—Qué zalamero eres. —Le da un golpe en el brazo—. Ay, voy a saludar a mi hijo. Ahora quiero conocer a tu madre, que no me olvido.Asiente, complacido, y se vuelve justo para saludar a Benito con un leve apretón de manos. Tras un asentimiento de confirmación, se alejan para saludar al resto de la familia. Susana saca al bebé y ya consiguen toda la atención.—Como puedes ver, me pillas en una reunión importante, de familia. —Le da énfasis a la última palabra con intención—. Te agradecería que te marcharas.—Puede que ahora sí, por no joderles la fiesta, pero quiero que hablemos. Me encantaría recuperarte.—Ya hemos hablado, has dejado claras tus intenciones, así que aquí van las mías: tengo una relación estable con un chico al que amo. Tú casi me jodes la vida, por mucho que no me empujaras a tomarme esos opioides. No quiero verte, ni que aparezcas de nuevo por mi vida.Álex aprieta los labios, antes de asentir. Da un par de pasos vacilantes hacia atrás, sin dejar de observar al moreno que acerca al bebé hacia sus padres, para que puedan cogerlo.—Sí que nos volveremos a ver —promete—. Tú y yo estábamos destinados, ¿recuerdas?Lo ve marcharse con el estómago revolviéndose cada vez más.La cena transcurre, por suerte, con poco ajetreo. Las madres hablan bastante, preguntándose por sus vidas, dándose consejos para lidiar con el bebé de una y con las obligaciones de la otra, pero los hombres, por un motivo u otro, se mantienen en completo silencio. Ni siquiera hay interacciones entre sus padres, lo que es un alivio.Agoney echa miradas de reojo a su novio, que no aparta la mirada del plato. Tampoco está comiendo, pues solo remueve la comida hasta apartarla al borde del plato. Suspira, bajando la mano izquierda para acariciar su muslo. Si le ha sorprendido, Raoul no lo manifiesta, pero al menos parece respirar. Ese toque continuo y familiar le permite probar bocado, aunque su estómago esté tan revuelto que le cuesta hasta tragar.Susana es la primera en levantarse, tras pagar parte de la cuenta. Da dos besos a Gloria y a Benito, cogiendo el carricoche donde ya duerme Álvaro. Está tan adorable y relajado que nadie lo toca para despedirse. Ha decidido volver a casa dando un paseo, así que empieza antes.—Tenemos que repetir pronto —asegura su suegra—. Esto me ha sabido a poco, hay que juntar a las familias.—La familia completa no te gustaría tanto —bromea Manolo.—Seguro que tenemos otras oportunidades pronto —interviene Benito—. ¿Os llevamos?—En realidad, creo que Ago y yo vamos a pasear también. Podéis iros los dos.Manolo intenta quejarse, pero dado que su consuegro no insiste, acaba dejándolos ir y volviendo a su casa directamente.Agoney suspira con alivio al comprobar que quiere ir con él, pero lo sigue en silencio, sin que tenga la menor intención de abrir la boca. Él aguanta con paciencia, con las manos en los bolsillos por el repentino aire que da frío. Raoul le echa un vistazo y se acerca a él para abrazarlo por la cintura y darle calor.—¿Quieres hablar? —decide preguntar, arrancar la tirita de golpe.—Estoy enfadado —masculla el rubio—. ¿Por qué tiene que aparecer ahora para joderme cuando mejor estoy?—¿Estás jodido por él? —tantea.—No estoy enamorado de él, Ago. Lo que sentía por él se acabó hace bastante. Mucho antes de enamorarme por completo de ti. —Clava un dedo en su pecho—. No tienes nada de qué preocuparte.—Me preocupa que te deje así de apagado.—Es que era complicado, ¿sabes? —Le dedica una mirada vacía—. No solo por cómo acabó, por cómo acabé yo.—¿Quieres hablarlo?Asiente de forma rápida y tira de él hacia el banco más cercano. No quiere hablar en casa, donde estará Susana, por más de un motivo.—Esto no lo saben mis padres, porque sería lo que les faltaba para terminar de odiar a Alex y tampoco hace falta. Yo aquí tenía bastante poder de decisión, no fue solo su culpa.—Empieza a hablar. —Frunce el ceño.—¿Sabes que yo antes era muy adicto? ¿Qué tuve que estar en un centro de desintoxicación varios meses? —Asiente, sin querer interrumpirlo más de la cuenta—. Pues, hasta la ruptura, en teoría estaba limpio desde hacía unos dos años.—¿En teoría? —Se muerde la lengua. No quería hablar.—Que opioides no tomaba, pero sí mis cervezas y algún vino para ponernos a tono y disfrutar alguna ocasión especial... —Rodea un dedo suyo con el cordón de la chaqueta—. Al principio no quería, ya fue bastante malo que mi madre me descubriera drogado por primera vez, pero me decía que no pasaba nada, que era una tontería no poder tomarme una cerveza con la comida, o al salir del trabajo con sus amigos. Repito que no me obligó, porque me las tomaba cuando yo quería, y cuando no siempre tenía una Coca Cola esperándome, pero... me hace sentir débil. No quiero ser el Raoul que se toma cualquier cosa porque se siente mejor con él. Me gusta quién soy aquí, con mis zumos, siendo más fuerte que nunca.—Cariño... —Suspira, apoyando la frente en la contraria.—No digas nada, no hace falta que me digas lo que ya sé sobre él. No lo voy a dejar entrar, si vuelve a aparecer lo mejor es ignorarlo y ya.—¿Vas a estar bien? Se nota que te afecta muchísimo.—Lo estaré. —Se encoge de hombros. Por primera vez desde antes de ver a su ex, sonríe—. Te tengo a ti. Y mi padre siempre estará listo para darme una colleja si la cago con mi sobriedad.Agoney menea la cabeza. Si él lleva mejor la situación con bromas, no se quejará, pero le gustaría que no lo hiciera. Bromear con cagarla, con volver atrás en el tiempo, después de año y medio sobrio... Su piel se eriza solo de pensarlo.Retoman el camino una vez se encuentran mejor. La distancia externa que llevaban al salir se volatiliza en cuanto sus manos se encuentran a medio camino, entrelazándose de forma automática, como si fuera su lugar en el mundo.En el piso, Susana ya ha acostado a Álvaro en la cuna que ha traído y se prepara un vaso de leche caliente para ella misma. Les sonríe con afabilidad al verlos aparecer. No pregunta nada, no hace falta, así que solo coloca su dedo en la boca para que no hagan mucho ruido.Se desvisten con cuidado y se meten juntos bajo las sábanas. Sus cuerpos también encajan como si se tratara de un rompecabezas, y todo parece en su lugar cuando el ruido de sus cabezas se apaga con un beso dulce en el cuello del menor.Raoul se queda durmiendo para aprovechar unas horas más antes de su turno, así que Agoney desayuna con su suegra y con un entusiasmado Álvaro. Lo han sentado en el sofá y se dedica a balbucear y a mirarlos para llamar su atención.—Está todo bien —asegura el moreno—. Solo quiere que se marche.—Uf, pues eso es un problema. Álex siempre ha sido muy cabezota, no paraba hasta conseguir lo que quería. Primero fue su número, después ganar las discusiones... —Menea la cabeza—. Yo también quiero que se marche, pero necesitará un buen motivo.—Podría hablar con él.—No te lo recomiendo, pero no eres mi hijo, así que supongo que tampoco puedo prohibirte nada.Se queda pensando en ello hasta acabar el desayuno. Friega su parte, se cambia a su vestuario habitual y sale para el trabajo. Le da vueltas hasta que llega a la puerta del lugar. Allí, se obliga a detenerse al comprobar al moreno que se dirige a él.—Genial, había preguntado por ti y no habías llegado. —Jadea al llegar a su altura.Tiene que ser una broma.—¿Qué quieres?—Agoney, ¿verdad?—Qué rápido vuelan las noticias. ¿De dónde lo has sacado?—Tenía silenciado a mi ex, así que no sabía nada sobre ti. Se encuentra mucha información cuando vuelves a cotillear su perfil. —Lo escanea sin la menor vergüenza—. Así que ahora le van los policías.—No tengo nada que hablar contigo y tengo trabajo, así que con tu permiso...—Yo creo que sí. —Lo detiene antes de que lo rodee—. Eres el único con el que puedo hablar de esto. Si te importa Raoul, deberías escucharme.No tendría que caer en esas amenazas tan vagas, pero sus pies no se mueven y la sonrisa de Álex se amplía. Solo con eso, lo odia.—Tengo trabajo, sé rápido. —Pide con el ceño fruncido.—En realidad es sencillo, así que lo seré. —Asiente despacio. No parece esforzarse por ser todo lo rápido que necesita que sea—. Raoul y yo tenemos una historia, fueron muchos años juntos, lo vi sobreponerse de la droga y hacer de sí mismo una persona funcional. Hemos sido uno tanto tiempo que...—Me parece de tener mucha cara.—¿Perdona? —Se inclina hacia él, como si eso fuera a suponer que se asustara o algo.—Te gustaba otra persona y lo dejaste. Es respetable, dentro de lo que cabe, pero le rompiste el corazón y cometió uno de los mayores errores de su vida por el dolor. Tú lo viste salir de la droga, yo lo he visto justo después de una sobredosis y de una ruptura. Lo he visto dolido con el mundo entero, incapaz de confiar en nadie para más allá del sexo. He estado a su lado hasta que lo vi capaz de avanzar y ahora tenemos una puñetera relación. No sois uno y vuestra historia ya es eso, historia, así que déjalo.Sonríe, pareciendo divertido por la propia conversación.—La verdad es que no esperaba que tuvieras cojones para decirme algo. Ayer te vi tan apagado...—Álex, vuelve a Madrid. —Agita la cabeza—. Raoul no te necesita aquí y tengo miedo de que le afecte. Me ha contado que sí bebía alcohol después de salir de la droga, porque tú le quitabas importancia.—¿Desde cuándo eso está prohibido? No le di a probar nada que él no quisiera.—Tiene que mantenerse sobrio —masculla—. Eso implica alcohol y droga, no quiero que cualquier tontería, como una cerveza con la comida, lo haga recaer en algo más duro.Álex amplía su sonrisa, como si tuviera ganada la discusión. Eso él no lo entiende, porque sabe que tiene razón, y ese imbécil no se la va a quitar.—Es una pena que digas eso. —Vuelve a estar inclinado hacia él—. A Raoul le encanta la cerveza con la comida, sobre todo después de un turno de trabajo caluroso. Vivís en Murcia, hace calor siempre, por lo que veo. Si le estáis quitando eso...—Se lo quita él solo, no te preocupes por nosotros. —Se permite sonreír—. Nosotros solo se lo recordamos a los camareros antes de que traigan algo que no pueda tomar.—Es una pena —repite, torciendo el gesto. Le echa un vistazo antes de girarse para acabar la conversación—. No le pegan tampoco los policías, pero supongo que algo debes tener.—Lárgate y no le hagas más daño, si tanto lo quieres. —Se estira para aumentar aunque sea un centímetro su tamaño.—A mí no me amenaza ningún policía.—Es que no te lo digo como policía. Te doy un consejo como su novio. Lo tomas o tendremos problemas. Ahora déjame, que algunos tenemos cosas que hacer.Su boca se entreabre, pero no consigue sacar ninguna palabra funcional. Entra en comisaría, tras echar un breve vistazo a la estación. Les queda día y medio para volver a verse fuera de emergencias, pero lo necesita ahora mismo. Cualquiera diría que él es el más estable de la relación.Se sienta en su escritorio de golpe, con el ceño fruncido y decidido a continuar con su investigación. Ha quedado a las nueve para hablar por teléfono con el inspector que iba a llevar el caso cuando se trataba de un asesinato de familias aislado, así que se encarga de revisar los informes de Cartagena hasta que agarra el teléfono.Ya con las imágenes del segundo asesinato frente a él y tras comentar lo que ya saben, decide preguntar por los pequeños detalles que ya tiene en el segundo.—Necesito que intente recordar todo lo que pueda sobre la escena del crimen —pide, sin apartar la mirada de la pantalla—. Pequeños detalles que le hicieron sospechar que esto no era un simple asesinato, si es que se le puede llamar así.—No creo que jamás me lo planteara como algo más de lo que fue —dice con algo de vergüenza—. Me pareció espantoso, pero ya de por sí me centré en la gente que pudiera odiar a los padres. No estaban en ninguna banda ni eran de esas familias de matones. Eran una familia normal, con sus más y sus menos, pero no había nadie que pudiera desearles la muerte en serio.Agoney asiente despacio, golpeando la mesa con la punta de un bolígrafo. Su mente vuela a Álex, a cómo sonreía como si lo supiera todo y fuera mejor que él en todo.» ¿Sigue ahí?—Sí, perdón. —Cierra los ojos con fuerza, odiándose por dejar que interfiera en la investigación—. Familia normal, claro, eso fue lo que tenemos del segundo caso. Son exactamente iguales. Hasta son los mismos miembros de la familia.—¿Sí? ¿Son seis?—Seis: la abuela, los padres y tres hijos —repasa una de las fotos con el bolígrafo.—Entonces puede que quiera matar un determinado tipo de familia porque es sustitutivo de la suya. —Hace una pausa en la que Agoney se odia por estar tan despistado—. Lo he visto en series de estas americanas: el sujeto se sentía corrompido por su propia familia, o le hicieron daño de pequeño, así que ha decidido cargarse a sustitutivos.—Tiene muchísimo sentido, felicidades. Ahora solo tenemos que averiguar cómo conseguía entrar en las casas.—Sí, porque no había rastros de puertas forzadas.—Podrían haber conocido a su asesino.—Había tormentas por todas partes y algunas casas habían sufrido daños. Es posible que se hiciera pasar por un miembro de emergencias dispuesto a ayudar y le abrieran la puerta sin problema, hasta ilusionados.Por supuesto que eso tiene más sentido. Tras dedicarle alguna frase suelta más, se despide con prisa. Una vez está solo con sus pensamientos, se lleva las manos a la cabeza y se masajea la frente.—Parece que estás en la mierda. —Ni se inmuta al escuchar a Jonathan—. ¿Tan feo está el caso?—No es el caso, soy yo —masculla—. El ex gilipollas de Raoul ha venido a Murcia a recuperarlo.El subinspector silba con preocupación.—¿Se está planteando dejarte o algo?—¿Qué? ¡No! —Le da un manotazo—. Él me quiere, no me dejaría por ese...—¿Y entonces por qué pareces un muerto en vida?—Porque ese tío lo conoció durante la etapa más fuerte de las drogas, no una sobredosis puntual —musita, consciente de tener cuidado con quien pueda estar cerca—. No sé, tienen una historia.—Tío, llevas desde febrero del año pasado dando por culo con ese chico hasta que accedió a salir contigo y ahora vivís juntos. También tenéis historia, y una bastante intensa.—Lo sé. Supongo que... me preocupaba un poco que no fuera lo bastante importante.—Lo eres. Después de todo lo que ha tenido que vivir, no ha visto la cara de ese capullo en las camas de hospital y recogiéndolo de reuniones de alcohólicos anónimos. Te ha visto a ti, está contigo, así que quítate eso de la cabeza y ponte en lo que tienes que estar. —Le da un golpecito a una pantalla.—¿Me ayudas? —Pone un puchero.Jonathan esboza un suspiro antes de sentarse a su lado.—Cualquiera diría que eres el mismo tío al que todo el mundo tiene en tan alta estima, como el inspector con más proyección.—¿No se me permite tener mis inseguridades? —Alza una ceja.—Se te permite. —Asiente con fuerza—. Pero también tienes que hablarlo con él. Y trabajar.—Qué pesado, venga, vamos.El subinspector da un par de palmaditas, en forma de aplausos, antes de leer parte de la información que ha copiado en un documento en blanco, con tal de ordenarla.—Digas lo que digas, este caso es un hueso.—Lo sé. —Se masajea la frente—. Pero tengo que poder con ello, no me gustaría que volviera a matar.—¿Por dónde quieres empezar?El moreno suspira y abre el parte meteorológico de toda la semana. Llevan anunciando tormentas fuertes por el norte de la Región.—Voy a llamar a los jefes de varias comisarías de las principales ciudades del norte. Necesitaré listas de familias con las mismas características que las dos asesinadas. Sería buena tenerlas alertadas para no dejar entrar a nadie debidamente identificado.—Es buena idea. —Asiente despacio—. Venga, empieza a llamar, yo voy a buscar casos parecidos.Agoney se queda un poco pillado. Está tan distraído que no se ha dado cuenta que podría haber casos más lejanos en el tiempo que correspondieran con el mismo asesino.—Vale, pero busca los elementos que forman la escena por separado —ordena—. Es posible que hiciera pruebas antes de tener una metodología tan clara, así que podemos encontrarnos casos en los que falten elementos.—¿Cómo cuáles? —pregunta, ya tecleando.—Como... —lo piensa un momento— que no estuvieran todos los miembros de la familia en el momento del asesinato. O que ni siquiera hubiera tantos hijos, o no hubiera abuela. También podría servir que no hubiera tormentas o fenómenos naturales de por medio.—¿Busco violines?—Sí. —Se muerde el labio—. Sí, cada elemento por separado, incluso trasládate a lo nacional, por si hubiera comenzado lejos de Murcia. Necesitamos el máximo posible de crímenes para investigar.A partir de ahí, trabajan en completo silencio. Jonathan es eficiente cuando quiere, sobre todo al tener las claves de su trabajo tan claras. Agoney se aleja de vez en cuando para hablar con los comisarios de diversas comarcas. Le explica la situación, habla con ellos sobre el protocolo que tienen organizado para las tormentas y le pide que extremen las precauciones. Deja su número personal para que puedan localizarlo y luego cuelga.Cuando su compañero lo llama, con el brillo marcado en sus ojos, vuelve a su asiento y trata de relajar su cuerpo inquieto.—Dime qué tienes.—Por muy raro que te resulte, no tenemos tantos casos de familias asesinadas todas a la vez. La mayoría suceden en barrios bajos, sobre todo en Cartagena y en La Fama, pero suelen ser temas de drogas y es fácil localizar a los asesinos.—Vale, ¿tienes alguna coincidencia fuera?—Varias, pero no me interesan tanto como las que sí he visto en la Región. Atento, tres casos de familias asesinadas en los últimos cuatro años. La primera ocurrió hace cuatro años en Jumilla. Mataron a cinco miembros de la familia. Había abuela que vivía con ellos, pero estaba de compras con una adolescente. Fueron las que encontraron los cadáveres.—¿Y el resto de los elementos del crimen?—Nada de violines, ni estaban colocados en orden ni en dirección al norte —enumera.—Muy bien, háblame del segundo. —No se lamenta, pueden ser los comienzos de un asesino.—Pues fue en septiembre del año pasado, en Mazarrón. Hubo una tormenta fuerte, el mar de la zona estaba embravecido y los encontraron en la terraza de su casa, frente a la plaza. Todos con las cabezas dirigidas al norte, sí, pero solo eran cinco. Esta vez no había abuela.—Es un curioso cambio —musita, apoyando el codo en la mesa—. Y tardó mucho entre la primera y la segunda.—Quizá estaba muy tranquilito y no lo necesitó.—La tercera tuvo que ser hace poco.—No te creas. —Chasquea la lengua, pasando a otra página de sus propios apuntes—. Ocurrió en diciembre del año pasado, apenas tres meses después del anterior. Este podría haber sido una copia exacta de los que tienes que investigar tú.—¿Podría?—Abuela, dos padres y tres hijos viviendo en la misma casa. Solo que ya no todos vivían en la misma casa.—¿Ya no?—Justo en septiembre el hijo mayor se mudó a Madrid a estudiar en la universidad. Tuvo varias peleas familiares porque su familia no estaba segura de que fuera necesario, pero él se moría por salir, y eso al final le salvó la vida.—Puede que eso no lo supiera el asesino —susurra—. ¿Este caso de dónde es?—De aquí, de Murcia. No está tan lejos del caso de los Octavio. Pero escucha esto. En un principio no deberíamos considerarlo, porque, para el inspector que se encargó, fueron todos asesinados por el padre, solo por tener la pistola junto a él, solo con sus huellas. Pero el hijo volvió en cuanto se enteró y no deja de decir que fueron asesinados, que su padre sería incapaz de hacer algo así, que todo estaba mal.Asiente despacio. Se apunta mentalmente que quiere hablar con ese chico.» Muchos no creerían a sus padres capaces de auténticas burradas, pero aun así las harían.—Pero todo coincide. Hablaremos con él. —Su voz no deja espacio a ninguna duda. Jonathan les esboza una sonrisa para relajarlo y sigue mirando.—Así que este tío casi consigue su crimen perfecto, pero el chaval le arruinó los planes porque él no sabía que se había mudado. Y luego pasó nueve meses sin hacer nada, hasta el asesinato de la familia cartagenera.—Se lo ha pensado bien esta vez. —Arruga la nariz—. Y ya no falla, no está dejando nada al azar.Se toman un instante para pensar, el que necesita su comisario para aparecer con el rostro compungido. Se planta frente a ellos.—Hernández, te vas a Lorca ahora mismo.—¿Ahora? —repite, apoyándose en los brazos de la silla para incorporarse—. Señor, tengo mucho trabajo del caso...—Ya, eso vas a hacer. Acaban de llamar. Han asesinado a otra familia. Mismo modus operandi.—¿Puedo ir? —Jonathan se levanta también.—Lo necesito allí —explica Agoney, antes de que el comisario le diga algo innecesario—. Hemos descubierto un par de cosas interesantes juntos.Acaba por darles permiso con un asentimiento. La pareja de compañeros sale corriendo a por un coche de paisano. Estarán más cómodos así.—¿A ti no te espera tu novio en casa? Con todo el lío que tenéis por el ex...—Tiene turno a partir de las dos, no me echará de menos el próximo día. —Entra en el lado del conductor—. Le envío un mensaje y ya está.Llegan a Lorca una hora después, aunque encontrar la comisaría del barrio donde se ha cometido el asesinato les cuesta un poco más. Los recibe una mujer morena. No saluda ni hace ningún gesto de reconocimiento, solo les indica que suban al coche patrulla que lleva.La mujer, poco habladora por naturaleza, aparca frente a una cabaña de madera que tiene el tejado desencajado y ninguna ventana con cristales. Hay varios policías tomando huellas y prestando atención a los detalles fuera, pero ninguno les presta atención cuando se dirigen al interior.No es demasiado grande, como ya podían adivinar ante el exterior, así que en unos pasos ya se encuentran en la zona habilitada como salón. La familia de cinco está tumbada en dirección norte, con arañazos y huesos rotos, presuntamente provocados por el huracán y los árboles que han caído en la zona.Pero todos saben lo que hay detrás: un disparo por persona, una pistola de calibre 22 que el asesino que quitó al padre de familia antes de matarlos uno a uno.Agoney escanea la sala hasta localizar el violín que ahí se encuentra. Suspira. Ha completado su ritual una vez más, y no sabe cuántas pruebas necesitará antes de atacar lo que de verdad quiere. Porque están en otra ciudad de la Región, porque todas esas familias no tienen nada en común, más allá del número de miembros...—Falta la abuela —musita.El inspector al cargo levanta la cabeza al escucharlo. Se presenta como Flavio Fernández y le explica lo que ha podido averiguar en tan poco tiempo.—Los Guerrero no tenían abuela, ni del lado paterno ni del materno.—¿No la tenían? —Mira en todas direcciones, sintiendo más que nunca el calor de la estancia—. Pero no puede ser. A estas alturas no cometería un error de este tipo.—Quizá no lo sea —comenta Jonathan.—¿Por qué lo dices?El subinspector señala la mesa. Cuando estalló la tormenta, estaban a punto de empezar a comer. Hay seis platos, seis vasos y seis juegos de cubiertos. No hay ni rastro de la comida, pero eso no es lo importante.—Aquí había una sexta persona. —Se vuelve hacia los cinco cadáveres, sintiendo que la ropa se le pega al cuerpo por el sudor. Se está empezando a hacer insoportable estar allí—. ¿Dónde está?—Aquí no hay nadie más. —Se encoge de hombros—. Ya les digo que no tenían abuela, vivían ellos solos.—¿Podrían preguntar en alguna casa cercana si vivía alguien más? Es evidente que no tiene toda la información.—Perfectamente podría ser el novio de un hijo, que iba a venir a comer antes de que estallara la tormenta ayer. O un amigo de la familia.Pero la mirada de Agoney no admite réplicas, así que el inspector Fernández manda a un par de policías a preguntar en las casas vecinas y los deja a su aire. No parece muy contento de que vengan de fuera a mangonearle, pero él también preferiría pasar la hora de la comida en su propia casa.Se agacha frente al violín. Está en perfecto estado.—Deberíamos comprobar dónde se pueden comprar.—¿Esos violines? —Jonathan suelta una carcajada—. Todo el mundo puede. Están en la mayoría de las tiendas medio-musicales, ya no hablemos de las dedicadas a eso. Y en Amazon está este mismo modelo. —Le guiña un ojo—. ¿Qué? Hago mi trabajo.—Estoy bastante impresionado.—No lo estés. Me gusta pensar que tenéis mejor concepto de mí del que tenéis en realidad.No puede disculparse, porque los policías enviados a preguntar aparecen, algo apurados.—Tenía razón, inspector. Nos han contado que una amiga de la madre de ella —señala a la madre de la familia— lleva años viviendo con ellos y ejerciendo de abuela. Por lo visto, era como una segunda madre para ella y no quería dejarla sola cuando se quedó viuda, así que empezó a vivir allí.—Ya tenemos la abuela.—Pero sigue sin estar aquí —apunta Fernández.—Ya. —Se muerde el interior de la mejilla antes de mirar al cielo despejado—. ¿Sabéis dónde estará el tejado?—¿Tienes alguna idea, jefe? —pregunta Jonathan.—Antiguamente, cuando el catolicismo estaba más presente en la sociedad, existía la creencia de que no podía enterrarse a los niños sin bautizar en el mismo cementerio que al resto. Entonces se habilitaba un lugar. En muchos sitios era el tejado.—Lo conozco. —Fernández le dedica una media sonrisa—. ¿Cree que la dejó bajo el tejado porque no pertenecía de verdad a la familia?—Es una teoría.—Pues busquemos ese tejado. —Jonathan es el primero en salir.La cabaña se encuentra antes de entrar a Lorca, así que tienen que caminar por el campo hasta localizar un tejado que ha volado por la tormenta y los vientos. Uno de los policías que ha traído las buenas noticias hace amago de levantar el tejado, pero él lo detiene. Desde una de las esquinas se puede ver las piernas de una mujer.—Con la cabeza en dirección norte. —Señala—. Ni siquiera después de apartarla del resto deja atrás sus planes.Vuelven a Murcia a última hora de la noche, con la mente llena de preguntas y deseando empezar a trabajar en ello. Sin embargo, el subinspector, tiene otros planes para él cuando se detienen para recuperar sus propios coches.—Vete a casa, descansa mucho, y mañana vas a ver a tu novio.—Pero si está en un turno... —Señala al edificio de al lado, donde los bomberos y paramédicos deben estar durmiendo.—Por eso no te digo que lo hables con él al llegar a casa —le habla como si fuera una obviedad y él un crío pequeño.A pesar de querer trabajar para saber qué está pasando en el caso, se toma el tiempo de dormir en casa y ducharse por la mañana. Hasta que no sale con la toalla a la cintura no recuerda que su suegra sigue allí.—Siempre es bonito verte con las mismas pintas que cuando dormíamos todos de prestado en casa de Manolo. —Le sonríe con tranquilidad. Se toma su café mientras mece la silla donde está Álvaro—. No te oí llegar anoche.—Acabé tarde, tuve que viajar a Lorca y cuando volví tampoco quería molestar. —Suspira, consciente de que ha pasado casi veinticuatro horas trabajando y ahora tiene que volver a ello.—Está bien, espero que estés descansando.Bosteza, mirando la hora. Va bien de tiempo para llegar a su hora habitual. Sabe que le permitirían incorporarse más tarde después de la intensidad del día anterior, pero no quiere perder tiempo cuando los asesinatos se están concentrando en el tiempo.Al llegar a los edificios de emergencias que presiden el barrio, duda. Acaba por dirigirse a la izquierda, consciente de que cualquiera le disculparía en comisaría.Tiene algo importante que hacer, por muy personal que pueda parecer ante el resto.Los bomberos están desayunando cuando aparece por la cocina. Todos lo saludan y lo invitan a cogerse un donut, aludiendo a la típica broma de los policías y su rosquilla favorita. Él se calla la broma de que ellos se la pasan durmiendo y descansando porque en el fondo los quiere a todos. Pregunta por los paramédicos y le comentan que acaban de volver. Emergencia complicada, han perdido a una de las dos víctimas de un accidente.Se dirige hacia la zona de ambulancias justo cuando la capitana de los paramédicos lo saluda con un gesto de cabeza. En la ambulancia correspondiente, Nerea y Raoul se turnan para reponer los medicamentos que han desaparecido después de sus intentos infructuosos por salvar una vida. Se respira la incomodidad en ese silencio, pero él se hace notar con sus pisadas.El paramédico esboza una sonrisa relajada al comprobar de quién se trata. Su compañera le hace un gesto de cabeza antes de desaparecer con la excusa de que faltan jeringuillas. Raoul sabe que no.—Hey, ¿qué tal Lorca?—Te comento en otro momento, más tranquilos. Solo quería hablar contigo, y ya de paso comprobar cómo estás. Me han dicho que ha ido mal tu emergencia.—Bastante mejor de lo que pueda parecer. —Se encoge de hombros—. Se hizo lo que se pudo, pero había perdido mucha sangre y de eso no podemos encargarnos nosotros. Si no hubiera habido tormenta...Asiente, pensativo. En Murcia nunca había habido tanta lluvia seguida, pero está claro que su asesino necesitará poco para atacar, así que deben atraparlo antes de que acaben las tormentas.—Sé que hicisteis todo lo que pudisteis. —Besa su frente—. Has estado genial, estoy seguro.Raoul se toma un instante para recrearse en ese gesto tan familiar y que siempre le hace sentir genial. Acaba acoplado entre sus brazos. Cuando se separa, recuerda algo:—¿Qué querías hablar conmigo?—Ah, es verdad... —Se rasca la cabeza—. Ayer me crucé con Álex y se moría por tener una charla conmigo.—Oh, no me jodas... Voy a tener que dejarle claro con quien estoy, pero no sé si me cree.—Yo tampoco lo sé. —Junta sus manos para calmar el nerviosismo—. No dejaba de repetir que vosotros tenéis mucha historia, habéis vivido mucho juntos.—Sí, los peores errores de mi vida. —Agita la cabeza antes de agarrar los hombros de su chico—. Ago, después de la sobredosis me di cuenta de los errores que cometí por idiota. No debería haber bebido, porque de alguna mantuve una adicción que culminó en lo que ya sabes. Ahora estoy mucho más sano, más feliz y mejor rodeado, y va en serio y por todos. Por ti sobre todo, porque me has apoyado hasta cuando no me lo había ganado.—No sabía que mi apoyo fuera un premio por el que competir. —Alza una ceja, antes de suspirar y coger mucho aire—. Sé que estoy siendo irracional teniendo inseguridades por un tío al que no le importaba tu adicción, pero...—No, es normal. —Acuna sus mejillas y deja un beso en cada lado—. Suele encandilar a todo el mundo, poca gente escapa a ese brillo natural que tiene. Mi padre lo odiaba de antes, pero la mayoría se sienten hasta intimidados. No dejes que lo haga nunca más, pero te entiendo.—Gracias —susurra—. ¿Cuándo decías que se iba?—Espero que lo más pronto posible. —Le saca una risita que se traga sus labios—. Ahora escúchame bien, porque estoy a tope con esto, con lo nuestro. Me ha desestabilizado porque me hizo daño, pero no tengo dudas.—Te creo. —Sus narices se rozan—. ¿Debería irme al trabajo?—Si tienes tiempo te puedes quedar un ratito —propone, con los dedos acariciando los músculos de su espalda—. Sé que cuando tengo turno nos vemos poquito, pero hoy te he echado de menos más de lo normal.Sonríe con tristeza.—Creo que me ha pasado exactamente lo mismo. Ese chico...—No es nada. Ni una mención más quiero. —Pide, logrando hacerlo claudicar.Se concentra en sus labios, tan familiares que puede repasarlos con los ojos cerrados. Eso hace, primero con la lengua hasta que no aguanta más para besarlo como necesita. Se contienen bastante, de todas formas, pues son conscientes de dónde están.En la zona de camiones, Manolo está terminando de hablar con Ricky sobre las pruebas que quiere hacerle a uno de ellos, cuando un hombre de piel oscura y coleta baja aparece a paso lento. Se tensa de forma instintiva, antes de cortarle el paso o que cualquier otro pregunte.—No creo que pintes mucho aquí.—Exsuegro, por favor... —Le guiña un ojo, pero con el capitán no funciona—. Solo quiero ver a Raoul. Sé que tiene un turno, debe estar aquí.—A él no le viene bien verte. Márchate con tus cervezas y todo lo malo que has hecho con mi hijo desde que lo conoces, porque él está mejor que nunca.Álex traga saliva. Nunca lo había visto tan serio, y eso que lo odia. De hecho, nunca pensó que esas palabras saldrían de su boca, pues siempre se había mostrado muy "Suiza" en todo lo referente a su relación.Por mucho que le duela que le diga que ha hecho mil cosas malas por su hijo, quiere intentarlo. No lo detiene cuando lo rodea y busca con la mirada. En primera impresión, no está en la zona más abierta de la estación. No quiere ser demasiado aprovechado y subir a la planta superior, así que decide que lo intentará en la puerta que da a las ambulancias y, si no lo encuentra, desistirá.Sus pies se detienen cuando llega a la puerta. Ahí está, pero no solo. El paramédico está sentado al borde de una ambulancia, con las piernas entreabiertas. Entre ellas, el cuerpo de su novio, ya con el uniforme policial. Se besan despacio, entre risas y comentarios que no alcanza a escuchar.—Escucha, terminemos este turno del demonio. —Agoney señala su pecho con un dedo—. Salgo antes para recogerte y nos vamos a comer por ahí.—¿Y mi madre?—Estará bien. Después volveremos a pasar tiempo con ella y con tu hermano. —Besa su nariz—. Pero, llámame egoísta, después de días como hoy necesito tenerte un ratito solo para mí.—Entonces yo también soy egoísta, porque me muero porque cumplas tu promesa.Vuelven a besarse mientras el moreno se aleja de espaldas. Tiene un nudo en la garganta, pero no le ha costado entenderlo. La forma de mirarse, la confianza y el amor que desprendían... Ellos nunca han tenido algo así, siempre sentía que faltaba algo...Está claro que son el uno para el otro, así que solo le queda despedirse de Manolo y pedirle que no diga nada de que ha estado allí. Al padre de su ex no le cuesta nada hacer esa promesa. Allí no tiene nada que hacer, ya lo saben.
----- CHAPTER BREAK -----
La semana transcurre lenta y sin avances reales en el caso. Más allá de los cuatro casos que ya tienen, y a pesar de las tormentas, ninguna familia completa fallece. Lo único relevante es que Alex parece haberse volatilizado, incluso cuando Manolo les dijo que había venido a hablar con él, nunca apareció, o eso creen.Agoney aprovecha la tranquilidad para visitar al único hijo superviviente del que creen que pudo haber sido el primer asesinato completo. El chico, de diecinueve años, lo recibe con una fina línea por boca.—¿De verdad cree que lo de mi familia no lo hizo mi padre? —pregunta, y eso lo desarma. A pesar de su actitud seria, el chico ha depositado toda su esperanza en él.—Tiene todos los elementos para tratarse de un asesino que ha estado atacando a lo largo de la región. ¿Puedo sentarme?—Por favor. —Le señala el sofá. Él se sienta en la mesilla del café—. Se me hace raro estar aquí y saber que ellos no van a volver.—Antes de empezar con las preguntas, quería darle el pésame personalmente. Sé lo duro que puede ser enfrentarse a esta situación solo.—Ya —espeta—, ¿qué quiere saber?—He podido comprobar que su familia no es procedente del centro de Murcia —murmura.—Somos de Totana. Mi padre recibió un ascenso y todos nos mudamos. No estuvo nada mal el cambio.—¿Alguien se lo tomó mal? ¿Su madre, quizá?—Qué va. Es periodista, está acostumbrada a moverse mucho para cubrir las noticias. Era —corrige con un nudo en el estómago.—¿Y sus hermanos?—Mi hermana acabó haciendo amigos, por lo que sé. Y yo no he tenido tampoco tanto tiempo para acostumbrarme a vivir en el centro, porque ya estaba decidido que estudiaría en Madrid.—Tenemos constancia de que su hermano pequeño no lo llevaba tan bien como el resto.—Le estaba costando un poco hacer amigos. —Tuerce el gesto—. Sé que hizo alguna gamberrada, pero nada que no hayamos hecho todos.Agoney revisa el informe que Jonathan ha sacado para él y alza las cejas.—Aquí pone que destrozó todo el jardín de su vecino, flamencos, gnomos de jardín... Uno a uno y parece que con bastante furia.—Como he dicho, el cambio le estaba costando. —Se cruza de brazos, con clara señal de no estar tan cómodo—. Pero se habló con el vecino y mi padre pagó los desperfectos, así que sacar esto ahora...—Lo siento, me gusta tenerlo todo junto para llegar a alguna conclusión.El chico mueve la cabeza, sin dejar claro si lo ha entendido o no. Suspira, lo está perdiendo y necesita que estén del mismo lado.» ¿Recuerda diciembre? —El chico asiente despacio, con pesadumbre—. Ya estaba viviendo en Madrid, pero se acercaba la etapa navideña. ¿Pensaba ir a pasarla con ellos?—Por supuesto que sí. Ese no fue el problema —murmura.—¿Cuál lo fue? —Se inclina hacia él.El chico suelta un suspiro mucho más profundo y se masajea las sienes despacio. Agoney le da el tiempo que necesite, consciente de lo que debe suponer contarlo, hacerlo real mediante las palabras.—También iba a ir durante el Puente de la Constitución —revela—. Eran mis planes, estaban los billetes de tren comprados, pero entonces el hijo de puta de un profesor decidió que no, que teníamos que entregar la última práctica, de la que nunca habíamos oído hablar, para el primer día después del puente. Y yo en casa no puedo trabajar, estaría todo el mundo encima de mí por ser la novedad.—Así que se quedó.—Y lo siguiente que sé es que todos están muertos y a mí me ha salvado un profesor con su práctica extra —masculla. Con un pestañeo logra aguantar las lágrimas.—Lo siento mucho. —Es sincero—. ¿Cree que la gente del entorno de sus padres sabía que venía por el puente?—Le aseguro que sí. —Su sonrisa es tan amarga que duele verla—. Estaban entusiasmados, se lo contarían a cualquiera que quisiera escuchar, hasta al pescadero de barrio.Asiente, procesando los últimos datos. El asesino creyó que tendría su familia completa, se encontró con el cambio una vez allí y tuvo que seguir con el ritual como si nada. Pero debió ser doloroso, y no volvió a intentarlo hasta varios meses después. Nueve, en concreto. Los mismos que un embarazo.Se le ocurren muchas preguntas que hacerle, pero tampoco quiere preocuparlo demasiado o ahondar mucho en su dolor. El chico se le adelanta, desarmándolo por segunda vez con una pregunta que le dice que sabe lo que hace:—¿Encontraron el violín?—¿El violín? —Sabe a lo que se refiere, pero no entiende por qué lo saca ahora.—Cuando volví a casa, un vecino me acompañó. Ya no estaban mis padres, los habíamos enterrado justo antes, pero todo lo demás seguía allí. Ahí fue cuando supe que mi padre no había matado a nadie.—¿Por el violín? —trata de indagar más en ello.—Nadie de nuestra familia lo toca. —Esboza una sonrisa tímida—. Eso simplemente no pega ahí. No es nuestro, ya está.—¿Se lo dijo a los que investigaban?—Dijeron que, mientras yo estaba fuera, el crío podría haber empezado a tocar. Que no era relevante. Pero ahora todos los casos tienen un puto violín, así que yo estaba en lo cierto, ¿verdad?No quiere dar esperanzas, pero es que está tan seguro...—¿Vio algo más que le pareciera raro?—No que yo sepa. Mi familia ya no estaba allí, colocada como sea que la colocaran, así que eso es todo.—Muchísimas gracias por su colaboración. Es muy importante lo que está haciendo.—Con tal de que descubran quién cojones se cargó a mi familia y permitió que todos pensaran que mi padre sería capaz de algo así...Asiente en su dirección. Sigue muriéndose de pena al pensar en todo lo que ha tenido que hacer y que vivir a los diecinueve años por la muerte de su familia. Se despide con un apretón de manos, la promesa de que se mantendrán en contacto, y sale de la casa del primer asesinato oficial. Tras echarle un vistazo desde fuera, sube al coche.Ya ha pasado su horario de trabajo, así que se dispone a volver a casa. Susana ya ha vuelto a Madrid con su hijo y Raoul no tiene turno todavía, así que le cocinará algo rico y luego podrán tumbarse a vaguear hasta que sea una hora decente para cenar y hacer el amor. La opción que más les guste en ese momento.Mientras conduce, no puede evitar pensar en los nuevos datos que han recibido durante la semana. Jonathan y él han investigado a fondo a cada una de las familias, con la intención de conocerlas tanto como el asesino. Sí, ya sabían que el hermano menor del superviviente había cometido alguna gamberrada en el barrio, también de un par de accidentes domésticos (nada que ver con violencia intrafamiliar de ningún tipo) por lo que habían tenido que llamar al seguro.A esa conclusión habían llegado: a pesar de la apariencia perfecta de las familias, todas tenían su pequeño problemilla, su necesidad de que un inspector de seguros les revisara la casa y decidiera si entraba dentro del contrato firmado. Por eso antes de salir él solo a hablar con el hijo superviviente, habían pedido cierta información al director de la compañía de seguros que todas parecían compartir. Se había mostrado muy agradable y con tremendas ganas de colaborar, pero no solía trabajar desde su oficina, así que iban a esperar una llamada al día siguiente.Sentía que estaban cada vez más cerca. Prueba de ello era el sol que parecía instalado en la región. Era buena señal, sin tormentas o ventiscas no haría nada. Esa es una ventaja que tienen que aprovechar todo lo posible.Entra al piso sintiendo el suave aroma del pollo mareado y cubierto de especias. Aspira el olor con los ojos cerrados antes de recibir la mirada divertida del rubio, que lo observa con ojos brillantes.—A buenas horas te veo la cara. ¿Qué tal ha ido?—Muy bien. —Recibe su beso de buenas tardes—. Vamos por el buen camino, al fin.Raoul suspira. Se ha estado esforzando demasiado, a falta de otros casos de los que encargarse, y siempre que lo hace acaba obsesionado. Eso nunca es bueno para él, pero tampoco es capaz de hacerlo dormir sin más.—Me alegro, pero ahora vamos a comer... —Le desabrocha la chaqueta que llevaba sobre el uniforme—. Y luego de la cama no sales hasta que yo lo diga.La sonrisa que le dedica le hace ver que no va por el mal camino. Él también tiene ganas de relajarse.Al contrario de lo que le dice la cabeza, se toma la tarde libre para pasarla con su chico. Necesitaba algo así, charlar sobre sus trabajos, en los que cada vez coinciden menos, y sentarse a cenar sabiendo que, cuando acaben, no se dedicará a repasar datos del caso, sino que la ducha conjunta suena genial, sobre todo si va acompañada de un par de orgasmos.Esto no le impide levantarse temprano para ir a comisaría. Jonathan ya lo espera en su mesa, con las carpetas abiertas y los ojos todavía más.—Escucha, acaba de llamar el jefe de la compañía de seguros. ¿Lo pongo en altavoz?—Por favor. —Se sienta de golpe.El subinspector pulsa un par de botones y saluda.—¡Buenos días! Soy Eduardo Salinas, estoy encantado de poder colaborar con la policía en lo que haga falta para localizar a ese asesino. ¿Qué necesitan?—Buenos días, señor Salinas. —Ladea la cabeza—. ¿Tiene toda la información delante?—Aquí la tengo, en todos mis libros de cuentas y en las pantallas del ordenador de mi despacho. —Su entusiasmo lo pone más nervioso que otra cosa, pero en estos momentos es mejor tenerlo de buen humor—. Ustedes dirán.—Hasta donde yo sé, los inspectores de las compañías se encargan de visitar las casas aseguradas cuando tienen que hacerse cargo de algún accidente, para asegurarse de que está todo en regla, que no haya ninguna estafa.—Está en lo cierto. Nuestros inspectores son de lo mejorcito de todo el país.—Bien, su sede está en Madrid, ¿no?—Veo que se ha informado usted bien.Asiente despacio, aunque este no lo vea.—¿Los inspectores van viajando por toda España o van por zonas?—No sé si lo entiendo, pero sí que se desplazan.—Me refiero a si están todos en Madrid, dado que es la sede, y de ahí se mueven por España, o si tienen inspectores por toda España y simplemente envían al más cercano.—Oh, pues es un poco como lo segundo que ha contado. —Hace una pausa—. En general asignamos zonas a diferentes inspectores, porque tenemos sucursales en casi todas las provincias de España.—Bien, entonces supongamos que podría tratarse de uno que es de Murcia —susurra hacia su compañero.—¿Cómo dice?—Creo que ya nos lo comentó el otro día, pero ¿los inspectores tienen acceso a todos los datos de las casas aseguradas?—Depende de lo que consideremos "todos los datos" —repone—. Saben el número de miembros de la familia que vive allí, posibles objetos de valor y todo lo que refiere al seguro.—¿En qué sentido?—Pues... accidentes domésticos, cosas que afecten al precio del seguro. Ya sabrá que no somos una ONG, no vamos a cobrar lo mismo a alguien de familia tranquila que no da problemas a, por ejemplo, aquella en el que los críos se dedican a pintar las paredes y rompen muebles.Jonathan y Agoney comparten una mirada, antes de asentir despacio. Está claro de dónde sacaba a sus víctimas, cómo las elegía.—Estamos buscando a un hombre de entre cuarenta y cincuenta años que sea de Murcia o que al menos trabaje aquí.—Eso es como no decir nada, con perdón. —Se quedan en silencio hasta que explica—: En este trabajo valoramos la experiencia y la confianza, así que tenemos una amplia plantilla de hombres y mujeres con bastantes años de experiencia. Vamos, que lo único que puedo es descartar a las mujeres.—Hágalo y... —relee sus datos— de esos, quite aquellos sin mujer ni hijos.—Quito poco —avisa.—¿Y que tengan tres hijos? En concreto, si se puede, dos hijos y una hija.—Puedo intentarlo, conforme se van reduciendo las opciones, me voy acordando de caras y nombres... Sí, tengo una persona que tiene dos chavales y una cría, pero también tengo un hombre que está de baja por paternidad cuya mujer estaba embarazada del tercero. No sé si es hijo o hija.Comparten una mirada de ilusión. Eso bien podría ser la clave. Agoney se inclina hacia el altavoz del teléfono.—¿Hace cuánto está de baja?—Se lo tomó hace un par de días. Bueno, se ha tomado bastantes días de permiso durante todo el embarazo, parece ser que es de riesgo. Joder, siempre les pasan las cosas a las mejores personas.—Hábleme de él.—Eh... Se llama Roberto Muñoz, lleva diecisiete años en la empresa y su mujer y él son grandes amigos. Como ya le digo, tiene un chaval de doce años, Tomás, y una niña de nueve. Se les ha hecho tarde para el tercero, así que ella tiene que cuidarse bastante...Jonathan aprieta la mandíbula y masculla algo que al inspector le cuesta captar.Los crímenes oficialmente empezaron en diciembre, y están en octubre. Si bien han pasado casi diez meses, bien es posible que la mujer empezara a planearlo antes y él se volviera loco, pero les falta información. Necesitan saber quién es ese Roberto Muñoz y por qué un embarazo lo ha trastornado tanto para empezar a matar.—¿Inspector? —Vuelve a la realidad—. No sé si necesitan algo más de mí, pero estaré para cualquier cosa que necesiten.—Muchísimas gracias por su colaboración. —Esboza una sonrisa confundida—. ¿Sabe si ha estado últimamente en alguno de los lugares que le pedimos que revisara?—Oh, sí, hace poco estuvo por la zona haciendo una inspección de todas las casas que tenemos aseguradas por la tormenta... Hay que estar siempre alerta, ¿sabe? Nunca ves venir cuando te la van a jugar.«Lo mismo que dirían los asesinados si estuviesen vivos».Vuelve a darle las gracias y cortan la comunicación.—Tenemos que ir a buscarle —constata Jonathan con una impaciencia propia de él.—Primero tenemos que atarlo todo mejor. El juez no nos va a dar una orden de detención así como así.—Están muriendo familias enteras, por supuesto que nos la dará. Incluso si le ponemos la cara del Presidente de la Comunidad lo firmaría, con tal de quitarse el marrón de encima.—Vale, pero antes de correr al juzgado, siéntate otra vez. Circunstancialmente, tiene toda la pinta de ser nuestro tipo. Ha estado en las mismas ciudades donde se produjeron los asesinatos, con la excusa de ver cómo habían quedado las casas aseguradas tras la tormenta. Está a punto de tener una familia numerosa, posiblemente con los mismos miembros que ha estado asesinando. ¿Qué nos dice eso?—Que es culpable y que estamos perdiendo el tiempo.—No, porque no puede ser que haya estado previendo su propia familia. Aquí se nos escapa algo.—¿Cómo qué? —Su impaciencia cada vez se le marca más en las cejas y los ojos expresivos que lo observan.—Hasta ahora solo hemos visto la información desde el punto de vista de su jefe y su trabajo. Es hora de revisar nuestros registros. Tengo un buen presentimiento.—¿Y no puedo adelantar mientras tanto la orden de detención?—Hasta que no tengamos algo más sólido, como un motivo, no.El subinspector refunfuña mientras se va hasta su propio ordenador. Según él, dos ordenadores son mejor que uno en cuanto a la revisión de documentos e información, si es que la tienen. Por lo que han oído, tiene pinta de ser un hombre muy aburrido.Pero la felicidad de Jonathan se multiplica al descubrir que, por mucho que su vida de adulto sea un conjunto de clichés del adulto medio aburrido que trabaja en una oficina, su infancia tuvo algo más de chispa. De la mala, por desgracia.No les cuesta descubrir la obsesión de Roberto por el número mágico de hijos y la abuela: él vivía con ella, sus padres y sus dos hermanos, un niño y una niña, ambos mayores que él. La información no sería de su conocimiento si no fuera por las denuncias que interpusieron varios vecinos a finales de la década de los ochenta. Parece que al padre de familia le gustaba golpear a todo el que se cruzaba en su camino, sobre todo si llevaba un par de cervezas extra en el cuerpo.Sin embargo, la historia tuvo un final feliz... para Roberto. Un día de excursión, que no volvió a casa para comer, se oyeron disparos en toda la casa. Los vecinos llamaron a la policía, que se encontró a toda la familia muerta, todos tumbados en la misma dirección en la sala de música, con la pistola del padre al lado de su cadáver.Agoney se pega a la pantalla hasta casi hacerse uno con ella. En las imágenes antiguas, ya de principios de los noventa, se ve perfectamente el violín blanco. Puede que no sea exactamente idéntico al que han colocado en cada uno de los escenarios, pero se entiende la intención.—Ago —lo llama Jonathan—, no te vas a creer de quién es vecino nuestro querido amigo Roberto.Se vuelve hacia él, preguntando con la mirada. Pero esta vez, a pesar de sus prisas anteriores, el subinspector tiene ganas.—No lo sé, sorpréndeme.—Te lo voy a poner mejor. ¿Recuerdas el vecino al que el hijo pequeño les rompió gnomos y mierdas, y que acompañó al único superviviente a casa y se dio cuenta del error con el violín?—No me jodas.Jonathan asiente despacio, recreándose en el descubrimiento que ha hecho.—Hizo su primer intento, algo fallido, con sus vecinos.La emoción le dura lo suficiente para plantearse otra cuestión.—Pero ¿cómo no iba a saber que el mayor estaba en la universidad?—Porque es su segunda residencia, él normalmente vive en Alcantarilla.—Genial. —Se muerde la uña del pulgar.—¿Puedo llamar ya al juez?—Por favor...Se levantan a la vez, el mayor cogiendo la chaqueta y el pequeño el móvil. Ya ha conseguido que se la envíen al correo electrónico cuando arrancan el coche.—¿Crees que habrá tenido ya al bebé? —pregunta Jonathan.—No lo sé, pero si la perspectiva de tener la misma familia que tanto daño le hizo le ha hecho matar...—Puede que acabe con su propia familia, lo sé, he visto los suficientes episodios de Mentes Criminales. La pregunta es ¿cómo lo averiguamos?Agoney esboza una sonrisilla mientras se detiene en un semáforo demasiado afluido para saltárselo usando las sirenas.—¿Sabes cómo averigüé yo que mi suegra ya había tenido al bebé, a pesar de que quería mantenerlo en secreto? —Jonathan niega con la cabeza—. Llamé al hospital, pregunté por una fecha posterior y me dijeron que me la habían dicho mal, porque ya había entrado al paritorio. Dos horas después, ya tenía flores enviadas por mí en su habitación, sin que ella supiera cómo había sido.Sin pensarlo un momento, decide hacer caso mientras avanzan por el barrio para salir de la ciudad. Mientras se pone en contacto con el hospital más cercano a Alcantarilla, el inspector conduce lo mejor que puede, esquivando a todo el que le molesta. No va muy rápido, pero tampoco quiere dormirse en los laureles en esa situación.—Tenías razón, fingiendo un poco te enteras de todo —masculla—. Ya han salido del paritorio.—Has preguntado por el género para los globos, ¿qué han dicho?—Es un niño. —Bufa—. La historia se repite.—Esperemos que no con el mismo resultado. —Aprieta el volante.A las afueras de Murcia, la discusión de un padre y una hija por la universidad acaba con una distracción, suficiente para que ninguno vea el camión que se acerca por el carril de aceleración. El morro del coche choca sin poder evitarlo con la parte trasera de este, apenas tambaleándolo. Sin embargo, sí se detiene en una esquina de la autovía.Los paramédicos son los primeros en llegar, incluso aunque necesiten la ayuda de los bomberos para sacarlos de allí. Mamen se acerca allí con Raoul, ya cargando una camilla. Sonríe de alivio al comprobar que ambos están conscientes. Eso lo facilita todo.—¿Cómo estamos?—Me duele mucho... —gimotea la chica, que no puede tener mucho más de dieciocho años.—Encárguense de ella —señala el padre—. Yo estoy bien, pero sálvenla.—Vamos a ello —acaba diciendo, tras echarle un vistazo superficial y comprobar que no hay sangre.Nerea ya está llegando al otro lado del vehículo, junto a Juan Antonio. Usando una máquina, consigue arrancar una puerta ya bastante aplastada e inaccesible. La hija sí que tiene sangre, al menos en un par de cortes en la frente, pero no es eso lo que duele. Se repite la situación que tantas veces ha visto: con el cinturón mal puesto, ha acabado haciéndose abrasiones en los muslos. Sabe que en ese momento duele horrible, pero estará bien. Aun así, decide priorizarla y pide a Raoul que le ponga una vía.Entre dos bomberos, consiguen sacarla y ponerla en la camilla. Solo cuando Mamen está a su lado, trasladándola hacia la ambulancia, el paramédico cambia de lado. La puerta del conductor está mucho mejor que la contraria, así que la abre sin destrozar más el coche. El padre le dedica una sonrisa amable, pero con poca vida.—¿Cómo estamos?—He estado mejor —masculla, y un hilillo de sangre se escapa de su boca.Empalideciendo por momentos, baja la mirada hasta su abdomen. No sabe hasta dónde llegó la inspección que realizó Mamen para decretar que la hija merecía asistencia inmediata, pero lo que tiene la chica no es comparable con el trozo de metal que tiene el hombre clavado en el abdomen.—Dios mío. —Le tiembla la voz—. ¿Cómo no ha dicho nada? Tenemos que sacarlo de aquí, quitarle esto aquí es...—Déjelo. —No le da importancia, negando con la cabeza—. Teníais que sacar a mi pequeña de allí, ella tiene un futuro.—Señor, con una pomada su hija se recuperará —no mantiene las manos quietas, incapaz de decidir si puede hacer algo—, daba igual el tiempo, porque se trata de quemaduras de bajo grado. Lo suyo...Pero el hombre vuelve a negar con la cabeza. Raoul mira atrás, donde las paramédicas están aplicando pomada a la chica, sin saber lo que se está cociendo allí.—¿Quiere... —se le corta la voz— que le ponga una vía? Puedo meterle algo para que no duela.—Irme en paz suena bien. Gracias. —Le dedica un asentimiento de cabeza.Con las manos temblando, le cuesta un par de veces encontrar una vía y poder meterle uno de los medicamentos que tiene en la riñonera del trabajo. Se le escapa una lágrima, a pesar de que él intenta animarlo.—Eres un buen chaval. Gracias por todo —repite, toqueteando el volante. Su mirada parece lejana a todo lo que sucede a su alrededor. Tampoco es que nadie se haya acercado para comprobar por qué no lo está sacando de allí. La respuesta fácil es que no puede—. ¿Puedes decirle a mi hija una cosa?—Claro, sí.—Estábamos discutiendo por la universidad. Quiere dejar la carrera, estudiar Bellas Artes. —No oculta su decepción en la mueca—. Dile que olvide todo lo que le dije. La vida son dos días, que haga lo que le dé la gana y que sepa que estaré orgulloso, esté donde esté.¿Cómo de profesional es ponerse a llorar ahí mismo? No tiene tiempo a planteárselo, porque Mamen lo llama mientras se acerca. Quiere saber qué pasa, por qué no se están moviendo. Tampoco se lo dice.—Oye, que te estoy hablando. Tenemos mucho que hacer, no quiero que estés de chachara. ¿Qué pasa aquí? —Y las palabras se le quedan atascadas en la garganta al comprobar que tiene un tubo de metal clavado en el abdomen. Apenas hay sangre, solo la de la boca, pero eso no ayuda—. Joder, ¿en qué estáis pensando sin decir nada?Se fija en la vía puesta y en la sonrisilla del conductor.—No se preocupe, estaré bien.—Hemos llegado muy tarde, sacarlo ahora lo haría desangrarse.Mamen traga saliva, de acuerdo con la afirmación de su paramédico. Eso no significa que no le escueza el corazón al verlo así.—¿Qué podemos hacer?—Su compañero me ha relajado un poquito, ya no duele. —La sonrisa sale torcida, pero con aceptación. Saber que vas a morir y esperarla sentado te deja en un estado mucho más tranquilo de lo que cabría esperar.—En algún momento tendremos que sacarlo de ahí —musita la mujer.—Ahora no —le devuelve el susurro Raoul. Solo al mirarlo se da cuenta de lo mal que lo está pasando, acariciando su espalda.Aguantan ahí, de pie, como si de una muralla infranqueable se tratara, hasta que el último aliento se escapa de sus labios. Raoul se traga el llanto, pues siente que no le corresponde, y se aleja.—Llama a quien tengas que llamar. Yo tengo que hablar con ella. —Señala a la ambulancia.Avanza a paso lento, mientras Mamen se acerca al padre del paramédico para comentarle que tendrán que llevarlo a la morgue directamente, que no tiene sentido de otra manera. Nerea le sonríe con timidez al verlo.—Ey, estáis tardando mil años, ¿vamos a llevarlos en la misma ambulancia?—¿Me dejas un momento a solas con ella? —pregunta despacio.La chica, de diecinueve años, los mira con el ceño fruncido. Ha escuchado lo que ha dicho el chico a la perfección y su corazón se acelera. No sabe si quiere pensar lo peor, pero su corazónLa rubia se marcha sin oponer mucha resistencia, suponiendo lo que ha ocurrido. Se acerca a Mamen para confirmarlo, pero un sollozo tras ella la sobresalta. La joven llora sobre el hombro del paramédico, que se agita con fuerza. Se le pone un nudo en la garganta, así que se aleja hacia su capitana.Una vez se le ha pasado, Raoul la separa y le cuenta, palabra por palabra, todo lo que dijo su padre, lo que quería que supiera antes de morir.—¿Por qué? —Tiene los ojos tan aguosos que en cualquier momento se echarán a llorar. Los dos—. ¿Por qué fingió que estaba bien para que me atendieran a mí primero? Lo mío ya ni siquiera duele.—Quizá no quería que lo vieras cómo estaba. Quería protegerte, que estuvieras bien.—Pues no me parece justo... —Las lágrimas vuelven a escapar de sus ojos, dejándolo callado.Ir en la ambulancia no cambia las cosas. Han decidido llamar a refuerzos para encargarse del padre, así que ellos solo llevan a la joven que no ha parado de llorar desde que los bomberos y paramédicas le dieron el pésame. Raoul conduce con los labios apretados y muchas ganas de gritar, odiándose a sí mismo por no ser capaz de salvar esa vida.A la vuelta del hospital, tras asegurarse de que la chica está con su madre y todo estará bien, la situación no ha mejorado mucho. Mamen suspira y niega, antes de llamar la atención de ambos rubios.—Me niego a que nos victimicemos. Yo he cometido un error al no ver lo que tenía ese hombre, y lo tenía delante, solo con la puerta de por medio. Pero no habríamos podido hacer nada, sacarlo sería la muerte inmediata y más dolorosa. Raoul, hiciste bien.—¿En qué, exactamente? ¿En quedarme quieto, como un pasmarote, mientras él se moría?—En darle la muerte más digna posible, teniendo en cuenta cómo estaba clavado a ese asiento por el tubo. —Lo escucha tragar saliva—. No será la primera ni la última.—Lo sé, me siento estúpido. —Gruñe por lo bajo al terminar de hablar.La ambulancia se queda en silencio hasta que la radio vuelve a sonar.—¿Ambulancia disponible cerca de Alcantarilla? —Reconocen la voz de Kibo—. Han disparado de gravedad a un inspector en pleno operativo para la detención de alguien.Raoul casi frena de golpe, pero consigue sobreponerse y coger la radio.—¿Qué inspector?—¿Cómo?—Que qué inspector ha sido disparado, Kibo, venga, no me jodas.—No me dicen nada, pero necesitamos una ambulancia. ¿Estáis...?No llega a decir "disponibles" porque escucha a las paramédicas gritar. Raoul da un giro de 180 grados, llevándose varios pitorrones, pero ningún golpe. Es lo único que hacía falta para que cogiera velocidad, esquivando a cada coche que, a su consideración, está yendo demasiado despacio.—Baja la velocidad, Vázquez. —Se pone seria Mamen. Ella nunca se pone así, la última vez le costó una pelea con un paramédico que acabó falleciendo, pero le preocupa.—No hasta saber que está bien.—Ago ni siquiera trabaja en Alcantarilla... y su turno acabó hace varias horas. —Revisa el reloj Nerea.—Tengo un mal presentimiento. ¿Cuántos operativos puede haber cuando a mi novio le quedaba poco para pillarlo? Porque me parece que es mi novio quien lo estaba buscando.No tienen más remedio que callarse y dejarlo ir.Unas horas antes...Aparcan en la puerta del hospital, sin molestarse en explicar nada. El personal solo tiene que ver los uniformes para saber que no tienen que inmiscuirse. En cuanto Agoney pone las manos sobre el mostrador, la administrativa deja el teléfono.—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?—Estamos buscando a una mujer que acaba de tener a su hijo. Eh... —busca la mirada de Jonathan por ayuda.—Marta Ibáñez, su marido es Roberto Muñoz.—Un momento. —Teclea un par de veces en su ordenador—. Sí, ya ha dado a luz.—Lo sabemos. —Asiente con nerviosismo—. ¿Puede decirnos el número de habitación? Es urgente.—Se lo diría, pero ha sido todo muy apresurado. —Deja el ratón a un lado para apoyar la barbilla en ambas manos—. Resulta que ha venido su madre y la ha recogido. Han pedido el alta voluntaria, y como no se encontraba mal y el parto no ha tenido complicaciones...—¿No los tienen que retener aquí al menos un día o algo así?La recepcionista se encoge de hombros.—Yo de eso no sé nada. Solo que ya tienen el alta, voluntaria, por supuesto, y ya deben estar volviendo a casa con el nuevo miembro de la familia.El moreno aprieta los dientes, frustrado. Jonathan acaricia su hombro mientras hace otra pregunta:—¿Sabe si estaba el padre con ellas?—Que yo sepa solo estaba con la abuela de la criatura, pero por los papeles del alta. No se menciona al marido, pobre, seguro que le dará pena haberse perdido el parto.—¿El padre no ha estado durante el parto?La recepcionista relee lo que tiene enfrente y niega.—Aquí dice que no. ¿Necesitan algo más, agentes?—Un respiro. —Sale de allí con rapidez.Agoney se apoya en el capó del coche mientras respira hondo. Su compañero camina hacia él con lentitud, sin saber qué esperar de él en esa situación.—¿En qué piensas?—En que podríamos haber ido a su casa, pensando en esperarlo allí, y que estamos perdiendo un tiempo precioso. —Sus propias palabras lo hacen reaccionar, abriendo la puerta del coche—. Y en que estoy completamente seguro de que se ha perdido el parto a propósito.—¿Tú crees? —Lo sigue dentro del coche.—Creo que necesitaba procesar que estaba a punto de llegar a la familia que le arruinó la vida. Y que es más limpio si los espera en casa para cargárselos a todos. ¿Has oído? La madre vuelve con ella, se va a cumplir otra vez.—¿Se suicidará?—Lo dudo mucho, pero tenemos que movernos.Decide no escatimar en esfuerzos, con las sirenas y las luces a tope. Eso les permite un camino más despejado hacia una pequeña ciudad a las afueras de Murcia capital, donde apagan el sonido. Cuanto más cerca estén, menos quieren asustarlo. Aparcan junto a un Seat rojo y valoran opciones.—Deberíamos pedir refuerzos.—Empieza a pedirlos. —Abre las puertas del coche para dejarlo salir—. Nosotros nos vamos a adelantar, de todas maneras.Jonathan no se molesta en discutirle nada, pues sabe que el tiempo es oro y su amigo un cabezota de cuidado. Una vez usada la radio y con varias patrullas en camino, revisan la ventana.Una mujer, que debe ser Marta, charla entre risas con su madre. Lleva un bebé en brazos, recién nacido, al que mece con suavidad. En el sofá, un niño y una niña juegan a algún videojuego, sin prestarle mucha atención al recién llegado.Comprueban varias veces que el marido aún no ha llegado antes de llamar a la puerta. Presentarse y explicar los motivos por los que están allí, quitándole la sonrisa de golpe a la madre, es lo más duro de todo.Por la tarde, un coche se aproxima por la calle. Va despacio, sin prisas en esa zona residencial donde el mundo parece haberse convertido en una farsa. No ve nada raro, ningún coche de policía en la entrada ni a nadie desconocido paseando por la calle. No sospecha nada, pero de todas formas pasa casi diez minutos dentro del vehículo, observando su pistola.No querría tener que hacerlo. Ha mejorado la familia del hijo de puta de su padre en un millón de aspectos. Eran cuatro, la parejita más Marta y él, y eran felices. Él tenía un trabajo que los mantenía a todos, su mujer se quedaba en casa, como debía ser. Y entonces llegó su suegra. Al principio no lo entendió, pero en diciembre su mujer le contó que quería tener un tercer hijo, pero siempre que ambos estuvieran de acuerdo. Iban a tener la colaboración de su madre, que estaría con ellos hasta que fuera necesario. No pudo negarse sin un motivo válido, así que lo intentaron... y consiguieron al poco tiempo.Y ahora tendrá que repetir lo que pasó con su padre, acabar con su familia imperfecta antes de que empiece a cometer sus errores. Pero él es más listo, él no quiere suicidarse.Abre la puerta de casa con la llave, recreándose en cada paso que da. distingue a toda su familia en el salón. Frente a él, su mujer y su hija, que juegan con el bebé en brazos. De espaldas, su suegra y su hijo mayor.Empezará con la abuela, como siempre. Ni siquiera pertenece allí, ha venido a ocupar un lugar que no le corresponde. Saca la pistola cuando ya no es visible para los de enfrente y la coloca sobre la nuca de su suegra.—Roberto Muñoz, dese la vuelta y tire el arma.Se gira muy despacio, justo cuando el llanto que su mujer estaba conteniendo sale a la luz. El policía que porta un arma es bastante joven, no debe llegar a los treinta. Tiene barba, es moreno y en sus ojos brilla la determinación del que sabe que tiene la razón.A pesar de estar completamente girado, no hace amago de apartar el arma.—Se lo repito: deje el arma en el suelo y levante las manos donde pueda verlas en todo momento.Sonríe. Algo le dice que está solo, que tiene una oportunidad solo por ese diminuto detalle. Con un brazo hacia atrás, logra enganchar el cuello de la mujer mayor, que chilla por el susto. El resto de la familia se aleja más de él.—Váyanse a otra habitación y cierren la puerta, yo les diré cuándo salir. En cuanto a usted...—No voy a tener una conversación a corazón abierto con un policía que encima es un crío. Deje que me vaya y yo dejo a la puta de mi suegra.Agoney niega con la cabeza. No piensa dejar escapar a nadie en esas circunstancias. Jonathan espera su momento desde el único cuarto de baño de la planta baja, así como los numerosos policías que están por los alrededores de la casa, sin atreverse a entrar hasta que los necesiten.—Deje el arma, no se lo vuelvo a decir. No tenemos por qué hacer esto por las malas.—Eso mismo pienso yo, fíjese. —Chasquea la lengua—. ¿Por qué se empeña en hacerlo todo de mala manera?Pero se agacha, con una intención que quizá Agoney confunde con cooperación. Es un error de apenas unos segundos, pero que cuesta que un disparo llene la sala. La abuela grita de nuevo, temblando de arriba abajo, hasta asegurarse de que a ella ni lo ha rozado.Varios policías entran en la sala a la vez que Jonathan sale para averiguar qué ha pasado. No se preocupa mucho por el asesino, que es abatido en unos segundos, sino que se arrodilla frente a su mejor amigo en comisaría.Al moreno le tiembla la boca y se aprieta el abdomen. El castaño se paraliza al comprobar cómo una mancha de sangre se va extendiendo.—Oye, no, ni se te ocurra. —Lo sostiene para que se siente mejor en el suelo y saca la radio—. ¡Necesitamos una ambulancia urgente en Alcantarilla, Calle Miguel Hernández! ¡Inspector herido!—Pero tenemos al asesino —repone otro de los que estaba colaborando.Jonathan no se permite ni dedicarle una mala mirada. Tiene que mantenerlo consciente.—Oye, tú, mírame. Tienes que seguir siendo el mandón de siempre, ni se te ocurra irte. —Le da golpecitos en las mejillas hasta que bufa—. Mírame, qué majo que soy y qué pesado a veces.Ni diez minutos después, una ambulancia frena de golpe frente a la casa, saliendo los paramédicos disparados. Jonathan ha hecho buen trabajo manteniéndolo consciente, pero el dolor se extiende y no sabe cuánto durará sin desmayarse. Y sin ver sus ojos despiertos, Raoul se moriría.—Joder —tiembla, arrodillándose frente a él para sacar la vía, como le pide Mamen de fondo—, ¿qué ha pasado?—Ahora no es el momento. ¿Podéis salvarlo?El rubio lo mira con ojos cristalizados, mientras comprueba sus vitales. Está muy débil, tienen que sacarlo de ahí ya.—Ponle un calmante, Nerea —pide Mamen—. Tú y yo vamos a ponerlo en la camilla, tened preparado el desfibrilador por si lo necesitamos.Raoul tiene la piel pálida cuando la escucha, pero obedece. Lo suben a la camilla y se mueven con rapidez hacia la ambulancia. No hay minuto que perder y él no piensa perder a nadie más.Al ver cómo está, la capitana coge el control del vehículo, permitiendo que se quede junto a su novio. Nerea también se ve preocupada, pero en ese momento solo puede centrarse en sí mismo.—Te vas a poner bien, por mis huevos que tú no me dejas ahora. —Se sobresalta al escuchar los pitidos más lentos—. Joder, joder...Lo único que lo aleja de un pitido más largo es la adrenalina de escuchar su voz y saber que está ahí.
----- CHAPTER BREAK -----
En un acto de crueldad bastante innecesario, en su opinión, no le permiten dejar su turno inmediatamente para quedarse en el hospital haciendo guardia. No. Mamen, bastante afectada porque tenía cariño al chico (pero no lo suficiente para ayudarlo), le pide que cene, que duerma en la estación y que, en definitiva, haga su trabajo.Pero él no duerme, no come ni desayuna, y tampoco habla, ni siquiera cuando su padre lo intenta. Lo único que hace es mirar a la zona donde se activaría una alarma de inmediato de haber una emergencia sanitaria. Si la hay, podrá ir al hospital y escaquearse para ver a su chico. Pero eso nunca sucede. No, en todo el resto del turno no hay ni una sola emergencia, más allá de las dos que han tenido seguidas y que se han cobrado una vida, de momento.No quiere plantearse que ese turno se le muera alguien más.Lo único que ha podido hacer es estar en contacto con los padres de Agoney, que llegaron al hospital un buen rato después de que él se marchara, dejándolo en manos de los mejores cirujanos posibles.A las dos de la tarde del día después de que le dispararan, él ya está vestido con ropa de calle. Saca un café de la máquina de la estación y se va con ella en la mano. Cruza el río y suspira con alivio al ver el hospital Reina Sofía. Nunca se había sentido tan aliviado de tenerlo tan cerca.Se acerca a la recepcionista, que parece algo cansada de lidiar con familiares de pacientes. Aun así, le pregunta por lo que necesita.—¿Sabe dónde puedo encontrar a Agoney Hernández? Ingresó ayer por la tarde, tuvieron que operarlo. Sus padres no me han dicho dónde está.—Con un nombre así no debe ser muy difícil... Aquí está. —Entonces levanta la cabeza del ordenador y frunce el ceño—. ¿Quién has dicho que eres?—Soy su pareja... de hecho —añade en el último momento. Vivir juntos por una vez sería una ventaja.—Vale, muy bien, está en la tercera planta. De momento no estamos dejando entrar a mucha gente a la habitación, pero tienes un par de amigos del chico esperando en el pasillo.Asiente con energía y busca el ascensor con la mirada antes de dirigirse a él. El tiempo que tarda en llegar se le hace eterno, pero se consuela pensando que sus amigos están allí.Sonríe con alivio al ver a Kibo. Al contrario que él, sí puede moldear sus turnos a su gusto, así que supone que se ha tomado el día para hacer guardia.—Raoul. —Se levanta para recibir un abrazo que el menor necesita, sin ninguna duda—. Sus padres se fueron hace horas, pero no quería dejarlo solo, aunque no me dejan entrar...—Tranquilo, muchas gracias por estar. ¿Te han dicho algo?—Está sedado, pero si quisiera despertar, podría.—¿Si quisiera? Es Agoney, por supuesto que quiere.—Bueno, hay que prepararse para lo peor, que no tenga fuerzas.—Él siempre las tiene. —Su tono seco mata la conversación.Consigue presentarse al médico que está cuidándolo tras la operación. Entran juntos a la sala mientras el hombre le cuenta detalles de la operación que, si entiende, no se empeña en demostrarlo. Tiene mejores cosas en las que interesarse, como, por ejemplo, en su novio tumbado en una camilla, con los pitidos demostrando que su corazón sigue latiendo.Se le escapa un jadeo tembloroso. Nunca lo había visto tan apagado, ni siquiera las mil noches que han dormido juntos.—Ahora mismo no hay mucho más que podamos hacer —le comenta el doctor—. Ha respondido bien a la operación, no debería correr peligro, pero la pérdida de sangre, los daños internos y todo lo que ha supuesto...—¿Qué quiere decirme con eso?«Como me diga algo del estilo de Kibo, quemo el hospital».—Quiero decir que nosotros ya solo podemos esperar, pero el trabajo más duro le toca a este de aquí. —Señala a su novio—. Estoy seguro de que se recuperará, pero es importante que él ponga de su parte.—La pondrá, solo está cansado —asegura.Logra identificar la mirada que le echa, casi de lástima.—Eso seguro. ¿Se va a quedar a dormir?—No me pienso mover hasta que no lo vea despierto, así que apúnteme como su acompañante esta noche y las que hagan falta.Mientras se sienta en la incómoda butaca en la que tendrá que dormir en unas horas (si es que puede), avisa por mensaje a Gloria de que él se encarga, que no pasa nada si prefieren no volver hasta el día siguiente.Tras una merienda consistente en una barrita cutre de proteínas, el equipo de bomberos aparece por completo, con ramos de flores y la pena clavada en la mirada.—¿Cómo está? —pregunta Aitana—. Nerea está aparcando, está cagada.—Pues no está tan lejos el hospital —espeta— y yo llevo desde las dos y cuarto aquí.—Bueno —Juan Antonio pasa sin permiso, intentando relajar el ambiente tenso—, lo importante es que estamos aquí. ¿Cómo se encuentra?—Sigue dormido. No saben cuándo despertará, pero la operación ha ido bien.—Qué alivio —comenta Ricky, pasando también y dejando un ramo junto a su cama. Tras mirarlo encamado un par de segundos, besa su frente—. Yo también quiero quedarme con él.—Se supone que no dejan pasar a mucha gente —masculla.—Tío, entiendo que estés mosqueado —interviene Miriam—, pero no la pagues con quienes vienen a ver cómo está. Somos gente con un mismo objetivo: que esté bien.Se le cristalizan los ojos, momento en el que la rubia no puede evitar estrecharlo entre sus brazos. Su abrazo es más suave que el de Kibo, pero también familiar.—Va a estar bien... —asegura Aitana, al lado de ambos, pero sin querer meterse.—¿Seguro?—Es Agoney —responde Ricky—. Saldrá de esta.Se encoge de hombros, librándose del abrazo con rapidez. De repente le agobia demasiado. Deja que pasen y no bloqueen la puerta, pero él se sienta en su butaca. Ricky vuelve a su sitio inicial, al otro lado de la camilla, sujetando la mano del moreno sin decir nada. Durante un buen rato, nadie habla, casi ni respiran. Se dedican a observar al policía, que no hace amago de moverse.La tarde se hace más larga que las horas de siesta que ha pasado solo. Hablan un poco, le cuentan cosas al que está en una especie de coma, por si los escuchara, picotean comida de la máquina del pasillo. Nerea y Raoul se turnan para estar sentados y estar de pie a su lado, como si fuera a mejorar la situación. Solo ellos saben lo que es atender en la ambulancia a alguien tan importante para sus vidas, así que es la única a la que todavía no ha hablado mal.Conforme pasan las horas, la gente se marcha y viene a visitar al enfermo. Mamen aparece brevemente, y Raoul tiene que morderse la lengua para no soltar veneno. Manolo se acerca a última hora de la tarde junto a sus consuegros, que no tienen intención de quedarse, no con el rubio decidido a no moverse de allí.Cuando Aitana convence a Nerea de que deberían volver a casa e intentar descansar, va al baño adyacente a la habitación. Ricky se queda solo el tiempo que tarda, pero cuando sale no lo está. Jonathan se gira con los ojos enrojecidos.—Nadie me quería decir nada de a dónde lo habíais llevado —explica, con la voz temblorosa—. Joder, esto de no tener tu teléfono es una mierda.—Deberíamos intercambiarlo, por eso de que solemos pasarnos mucho por los hospitales.La sonrisa del subinspector es una breve línea. Ricky les hace un gesto y sale de la habitación para dejarles privacidad.—Me han dicho que la operación ha salido bien. —Jonathan se sorbe la nariz.—Sí, pero antes de eso perdió mucha sangre —musita, animándolo a acercarse a la camilla, cada uno desde un lado—. No saben cuándo despertará.—¿Sabe el muy capullo que ha resuelto un caso importantísimo y que va a recibir una medalla policial por ello?—Así que eso hacía allí. —Suspira. Ha estado tan preocupado que no ha querido pensar en las circunstancias—. ¿Tenéis al tipo?—Por supuesto. Por desgracia, tuvo que ser después de que le disparara. Tienes un novio con muchos cojones.—Me gustaría que tuviera menos y que pudiera hablarme. —Roza con la yema de los dedos su mano—. Lo echo tanto de menos...—Lo sé. —Tuerce el gesto—. Pero vamos a centrarnos en lo positivo, en que cuando despierte se va a llevar todas las felicitaciones del mundo y va a subirle el ego.Raoul consigue sonreír.—Por favor, necesito que se empiece a creer de lo que es capaz. —Hace una pausa para tragar saliva y mover su mirada de su chico a Jonathan—. Gracias por contarme esto. Que al menos merezca la pena lo que ha pasado.—No es nada. Es lo mínimo que puedo hacer después de sentirme tan inútil. —Es su turno de tragar saliva, de brazos cruzados—. Los que estábamos de apoyo tendríamos que haber entrado antes.—Por experiencia te digo que es mejor no recrearse en eso. Ayer se me murió una víctima de accidente sin que pudiera hacer nada por él. No puedo perderlo a él también. Especialmente a él.—Lo siento mucho...Raoul niega con la cabeza y se lleva un mano a la cara para quitarse las lágrimas que vuelven a invadirlo. Tiene la cara roja y mojada, debe dar una imagen lamentable. Si le importara, hasta se apartaría del compañero de su novio.—Da igual, no le demos más vueltas. Sé que él estará bien y punto.Jonathan no dura mucho más tiempo allí, sobre todo porque se va haciendo tarde. Promete volver lo antes posible, pero él no se puede tomar días libres por alguien que no sea familiar, así que Raoul tiene claro que no volverá a verlo hasta la tarde siguiente. Con suerte, Agoney lo podrá ver también.Para cuando se ha ido, Ricky entra con las manos en los bolsillos.—¿No te has ido todavía? —musita, de brazos cruzados—. No te van a dejar quedarte, por mucho que merodees.—He visto que las visitas son hasta las diez. Si tengo que irme a esa hora en punto, lo haré. De momento, ¿quieres cenar?—No tengo hambre.—Tío, no te he visto comer desde el anterior turno. No cenaste, ni desayunaste...—Tengo el estómago cerrado, Ricardo. Si quieres seguir aquí, mejor cállate.Se marcha y vuelve con dos platos con comida básica de hospital. Raoul se queda sentado en la butaca, con los brazos cruzados, como un crío con rabieta. Observa al mejor amigo de su novio comer despacio, sin quitarle la mirada de encima a Agoney.Suspira, con la conciencia de que él es la única otra persona que se preocupa por él hasta el punto de aguantar hasta el último segundo para no perderlo de vista.Alarga el brazo para coger el plato, ignorando la sonrisa petulante de Ricky. Iba en serio con lo de que no tenía hambre, pero en cuanto el primer trozo de patata pasa por su garganta, es como si se activara algo en él. Se termina la comida en menos de cinco minutos, después de haber zampado como un muerto de hambre. Es verdad que no ha tomado nada, salvo un par de barritas al comer y merendar. Esto sienta mucho mejor.A las diez, una enfermera se acerca para comprobar sus vitales y que todo esté bien. Pide al que no sea familiar o acompañante que se marche, así que Raoul aprovecha que no está solo para acompañarlo fuera.—Siento estar comportándome como un imbécil.—No sé cómo estaría yo si algo así le pasara a Kibo, así que acepto tus disculpas, pero también lo entiendo.—Si pasa algo esta noche, serías el primero en saberlo —asegura—. Después de sus padres, pero eso.—Por favor, si me lo vas a contar y no voy a poder visitarlo hasta por la mañana, aguántatelo y déjame dormir.Asiente, grabándose su deseo en las entrañas. Se despiden con un abrazo que se hace raro entre dos personas que nunca han sido especialmente amigos, más allá de todo lo que comparten. Les queda mejor el asentimiento de después, con un respeto que se han ido ganando durante meses.Vuelve despacio a la habitación. Cierra la puerta tras él y se sienta en la butaca, que consigue acercar más a la camilla. Se lleva la mano de Agoney a los labios, besando sus nudillos uno a uno.—¿Has escuchado lo de antes de Jonathan? —susurra, apoyando la frente en sus nudillos—. Eres un puto héroe, que habéis sacado a un asesino en serie de las calles, has salvado a una familia. Estoy tan orgulloso de ti, cariño... Más lo voy a estar cuando te den esa medalla, porque vas a ir tú a recogerla y yo estaré entre el público aplaudiendo y diciéndole a todo el mundo que eres mi novio. ¿Vale? No me hagas recogerla a mí de forma... póstuma —casi se atraganta con la palabra—, porque no lo haré. Si tú no estás, no merecerá la pena. Despierta, mi amor...Observa su rostro dormido. Parece estar en paz, relajado, pero él no quiere verlo así en esa cama. Quiere que le gruña por despertarlo, que se ría de alguna de sus tonterías, que lo estreche entre sus brazos y le dé besos sonoros. Le da igual la parte del cuerpo. Solo lo quiere de vuelta.Con un suspiro, entierra la cara en el colchón, dejando la mano de su chico lo más cerca posible. Quiere estar lo más pendiente que pueda, en caso de que se moviera.Duerme de forma irregular durante la noche. La primera postura elegida le destroza la espalda, pero sentarse con la espalda pegada a la butaca no lo ayuda a conciliar el sueño. Cuando lo consigue, es despertado poco después por unas auxiliares que lo asean.Ricky llega a las nueve en punto, con dos cafés de máquina en las manos. Solo le sale sonreír y recibirlo con algo de mejor humor. No ha habido cambios en toda la noche, pero quiere pensar en positivo. Se lo debe a él, aunque sea.Sale a estirar las piernas cuando una enfermera procede a curar la herida de bala, ya cosida tras la operación. Coge el segundo café de la mañana mientras respira aire puro en una de las ventanas del pasillo. Mientras están allí, Gloria y Benito aparecen con una bolsa con almohadones.—Esta noche yo me quedo —deja claro la mujer—, si tú también te quieres quedar, podemos hablarlo, pero necesito tenerlo cerca.Traga saliva y asiente. Nunca le quitaría la oportunidad a la madre de Ago a estar con él en esas circunstancias. Sabe que no siempre han tenido la relación más cercana, pero ahora que se está arreglando todo, tiene que estar ahí para él.Como el día anterior, sus amigos van pasando por allí para visitarlo y comprobar si hay alguna novedad. Raoul ha dejado de contestar mensajes, ni siquiera sabe dónde tiene el móvil, así que es la mejor forma de asegurarse: en persona. Nerea es la única que se queda, permitiéndole el resto estar sola con él cuando Manolo saca a rastras a su hijo para llevarlo a comer y que le dé el aire de la calle.Raoul se dirige solo a la habitación. El resto no ha querido acompañarlo, quizá se marchen a sus casas, pero él necesita relevar a Nerea, por mucho que pretenda imitar a Ricky. Pero, cuando va a entrar, se da cuenta de que su amiga y compañera no está allí. En su lugar, dos auxiliares, un chico y una chica, se encargan de cambiarle las sábanas al moreno y las almohadas. Ese no es su problema, porque se dedican a eso. El problema es lo que hablan y capta a la perfección en cuanto cruza la puerta.—Yo me muero de pena, de verdad. Es tan joven...—Ya ves, dicen por ahí que es un héroe, que salvó a una familia entera, pero con el disparo que recibió ya debería estar muerto.—Lo están alargando mucho. Esto solo lo va a hacer sufrir. —La chica menea la cabeza—. No deberían haberse esforzado en reanimarlo ni llevarlo al hospital.—Pues sí, y ahora toca torturar a la familia y los amigos durante tres días hasta que muera.—¿Tres días? Yo he visto a delincuentes que aguantaron tres semanas después de un disparo de la policía.—¿En serio? ¿En ese estado?—Sí. Las primeras prácticas que hicimos en el grado.—Bueno, da igual. —El chico le quita importancia—. A estas alturas, es cuestión de cuándo fallecerá, no...Se ha girado, contemplando al rubio, con las manos escondidas en los bolsillos de la chaqueta de su novio y los ojos cristalizados.—Yo...—El doctor vendrá pronto, seguro que tiene noticias. Perdónanos. —Tira de su compañero fuera de la habitación.No lo rozan, pero Raoul se tambalea como si le hubieran empujado con fuerza. No ha sido algo físico, de eso no hay duda.Camina hacia él y besa su frente antes de nada. Con un suspiro nervioso, se arrodilla a su lado y entierra la cabeza en el colchón.—Por favor... —pide, pero ya no sabe si es a él o a Dios o a alguna entidad que lo ayuda—. No me dejes, no ahora.Tras dejar la mejilla caliente y húmeda sobre la mano de su chico, levanta un poco la mirada. Sigue con los ojos la vía que tiene en el brazo hasta el gotero, donde la enfermera le pone lo que el médico considera adecuado. Ahora mismo, por lo que sabe, tiene unos cuantos calmantes que conoce a la perfección, que harán que, si despierta, no sienta dolor. Le da envidia.Ese pensamiento lo hace incorporarse. Agoney sigue completamente dormido, ajeno a él, al dolor que lo invade. Besa su mano antes de colocarla en la posición anterior a su llegada. No se despide, porque no pretende dejarlo solo mucho rato.Baja a la planta baja del hospital sin pensarlo mucho. Una vez fuera, se dirige a la zona por la que entran las ambulancias. Allí siempre hay gente preparada para recibir algún herido de emergencia y trasladarlo a un quirófano o algo más leve, dependiendo del caso. Es un garaje, bastante similar al que tienen en la estación de bomberos, pero con varios almacenes de medicamentos.Algunos paramédicos aprovechan que han terminado su trabajo para tomarse algo en la cafetería del hospital, siempre con la radio al cuello, y dejar ahí las ambulancias. Luego, ya que están, rellenan allí los medicamentos que siempre deben llevar para las emergencias. Él no suele hacerlo, Mamen prefiere encargar los medicamentos y hacer inventario ya en la estación, pero sabe en qué almacén guardan los calmantes.Por suerte, no encuentra ninguna ambulancia allí, así que tiene vía libre para entrar en el almacén, siempre abierto y sin llave para facilitar la entrada y salida de compañeros. Traga saliva, todavía con las lágrimas agolpándose por salir. No quiere permitirse un momento de debilidad, va a decepcionar a todo el mundo, pero él también necesita un descanso. Y el dolor de su pecho por lo ocurrido no desaparecerá a menos que se tome algo a la altura de las circunstancias.Apenas ha empezado a rebuscar en las estanterías, con todo a oscuras, cuando una linterna alumbra su espalda. Se queda paralizado hasta escuchar una voz que reconoce.—Ni se te ocurra.Ricky. Mierda, mierda al cubo.Se da la vuelta muy despacio, con las manos en alto, como si hubiera sido pillado como delincuente. Con el dolor que siente en el estómago, está claro que hasta su cuerpo lo cree.—No es lo que piensas.—Sal de aquí, vamos. —Lo agarra del brazo y salen juntos del almacén, cerrando tras ellos.Se quiere echar a llorar. No solo sigue con ese dolor de espíritu, sino que ahora se le va a complicar todo porque ha estado a punto de hacer algo a lo que solo recurre cuando todo a su alrededor es demasiado doloroso.No se queja de los tirones hasta que Ricky lo deja en un banco cercano a la puerta de Agoney. Desde allí podrán fijarse si aparece el doctor, pero tener privacidad.—¿Me vas a explicar en qué estabas pensando?—No pensaba. —Se cruza de brazos—. Por favor, no me hagas hablar de esto.—Raoul —consigue que levante la cabeza para mirarlo—, entiendo el dolor de verlo así, pero nada justifica...—Venga, sé lo que piensa todo el mundo. Nadie cree que se vaya a recuperar. Todos lo dan por muerto, da igual tres días que tres semanas, pero hay fecha de caducidad y... —se le escapa un sollozo, así que se tapa la cara con ambas manos.—Ey. —Acaricia su hombro, como si quisiera apoyarlo—. A Agoney no le habría gustado despertar y descubrir que has recaído.—¿Crees que no lo sé? —Echa un vistazo a la puerta, pero la ve borrosa, por las lágrimas—. Joder, Ricky, no es la opción más agradable que se me ocurre.—¿Y por qué lo haces?—No lo sé, se supone que lo tengo superado. —Se sorbe la nariz—. Siempre me la suda estar rodeado de gente bebiendo cervezas, ahora trabajo en una ambulancia y nunca jamás, te lo puedo prometer, he tenido necesidad de coger algún calmante. Nunca. Pero el dolor de esto..., supongo que es lo que siempre me pasa, que no soy capaz de aguantar el dolor y recaigo. —Se muerde el interior de la mejilla durante un tiempo que a Ricky se le hace eterno—. Gracias por salvarme.—Ni de coña vamos a tener otra fiesta de un año de sobriedad. Eso ya pasó, y tienes mucha gente con la que hablar si te sientes a punto de recaer.—Lo sé. —Sus ojos se encuentran, con el agradecimiento marcado en los ojos miel—. Hoy no, porque se hace tarde, pero creo que debería llamar a uno de los padrinos de mi grupo de anónimos.—Llámalo, que no te dé vergüenza la hora. —Lo empuja—. Y no vuelvas a acercarte a un medicamento sin estar trabajando, porque te corto la mano.A pesar de la constante amenaza, solo le sale sonreír y alejarse con el móvil en la mano. Tiene que ponerse serio para tener una conversación bastante vergonzosa, pero ahora sabe que puede pedir ayuda. Ricky se piensa asegurar de ello, eso está claro.El bombero lo acompaña hacia la habitación, donde su suegra ya espera en la butaca, sin dejar de observar a su hijo con ojos cristalizados. Raoul intenta convencerla de que se marche a descansar, pero es tan cabezota como él, así que decide cederle por completo el asiento y quedarse él de pie, siempre alerta a su chico.—Yo me marcho ya —anuncia Ricky, pidiéndole con la mirada que se acerque—. Pasa la noche bien. Si tienes la necesidad de hacer una tontería...—Llamaré a mi padrino, lo sé, sé cómo funciona.—Yo iba a pedirte que me llamaras a mí, pero supongo que los padrinos están para eso, así que adelante. Cuídate. —Lo mira con más cariño de lo que nunca lo ha hecho.—Lo haré —susurra, con la tranquilidad de quien ya ha asumido cómo van a comportarse con él a partir de ahora.Quedarse solo con Gloria es fácil, pues las únicas palabras que pronuncia en alto son las referentes a sus rezos y credos, que pronuncia con devoción. Él camina por la habitación con nerviosismo, solo centrándose en su novio cuando ella lo deja estar.No duerme en toda la noche, como era de esperar sin tener un sitio donde sentarse o tumbarse, pero al menos le da para reflexionar. Cada vez que piensa en la estupidez que ha estado a punto de hacer, le da un vuelco horrible al estómago.Por la mañana, se ofrece para comprar algo de desayuno y dejarla un rato a solas con él. Sabe por experiencia que no es lo mismo pasar la noche a su lado que hacerlo a solas. Tener un momento para decirle una confidencia, algo entre los dos, o llorar a gusto, todo se hace mejor sin intrusos. Por mucho que se lleven bien, Gloria debe considerarlo un intruso para su dolor.Desayuna solo abajo para darle tiempo, antes de comprar lo mismo para su suegra y subirlo. Se la encuentra bastante entera, saliendo del baño, y recibe la comida con una sonrisa amable.Esa mañana es exactamente igual que las otras, con numerosas visitas de gente que acabará cansándose si la situación se alarga. Jonathan llega temprano a pasar unas horas con su compañero y amigo. Ricky aparece con ganas de tirarse allí el día entero, aunque ya no saben si es por él o por Agoney. El policía sigue en el mismo lugar, con el mismo rostro relajado, y ningún avance físico, pero tampoco retroceso. Debería significar algo.Ni siquiera Manolo logra sacarlo de allí a la hora de comer, así que Ricky se ofrece a hacerle compañía, tras comprar comida china para llevar. Raoul se recrea en el sabor, pues es lo que más ha sentido desde que le dispararon.—¿Cómo te encuentras? —pregunta tras una comida copiosa.—Mejor —admite, en tono bajo. Echa un vistazo a su novio, que se ve enorme desde el suelo, donde han preferido sentarse—. Sigo teniendo esa ansiedad todo el tiempo, pero no quiero que me domine. No quiero tener que recurrir a algo que me hará daño y que se lo hará a él.Ricky asiente despacio, observando también la camilla.—A mí Agoney me mataría si te hubiera dejado drogarte. A cualquiera que hubiera tenido la oportunidad de evitarlo, en realidad.—¿Por eso estás aquí haciéndome de niñera? ¿Porque la última vez que me quedé solo casi me drogo?—No tengas tanto ego, quiero estar aquí por Ago. —Se rasca los ojos—. Ha pasado toda la vida sintiéndose solo, me niego a que se despierte y no vea a nadie.—Cualquier cosa será mejor que lo mío, que me desperté y descubrí a mi padre con una cita que se había llevado al hospital.Esto consigue hacerles reír y despejar un poco el ambiente. Recogen juntos los restos de comida, salen un poco al pasillo cuando una enfermera tiene que darle más dosis de calmantes, tras revisar el gotero, y vuelven para pasar el resto de la tarde. Es triste, pero tienen mejor relación que nunca, y ha tenido que ser uniéndose por el chico encamado, que quizá no despierte nunca.Ricky le cede el sillón tras comprobar que se muere de sueño. Él no dice nada de su noche de dar casi diez mil pasos por toda la habitación, pero acepta sentarse y tumbarse con la cabeza sobre la camilla. Como las otras veces, coge la mano de Agoney, que sigue cálida a pesar de todo, y la coloca cerca de su cabeza.Horas después, aunque no podría asegurar cuantas, porque se ha quedado dormido, despierta con unas suaves caricias sobre su pelo. Se despeja de golpe y se gira, solo para comprobar que es la mano pegada al brazo que ve moverse el que se las hace.—Hey... —Se incorpora despacio, permitiendo que las caricias continúen, mientras su corazón va a una velocidad totalmente opuesta—. ¿Cómo te encuentras, amor?—¿En una nube? No sé, muy mareado —musita a duras penas, tosiendo un poco—. ¿Cuánto tiempo ha pasado?—Es lo mejor, créeme. —Sonríe solo de pensar en lo que debe ser el dolor—. Voy a buscar a alguien, tienen que verte.Solo entonces se fija en que está solo en la habitación. Es tarde, pero todavía no es la hora del fin de las visitas, así que Ricky se habrá cansado de contemplar a gente dormida.No le dejan pasar mientras le hacen algunas pruebas y le quitan el respirador que le había hecho toser. Debe ser incómodo, con él no llegaron a tanto. Observando desde la puerta, marca el número de Benito para avisarlo. Después va al grupo de bomberos y paramédicos.«Ha despertado» son las mejores palabras que podrían haber leído.
----- CHAPTER BREAK -----
Esa noche no puede hablar con él, pues para cuando le permiten pasar, ya lo han vuelto a dormir.—Necesita descansar —asegura una enfermera.Protestaría diciendo que ha descansado durante tres días, pero sabe que tiene razón. Su cuerpo tiene que recuperarse de lo que acaba de vivir.Lo que es una buena noticia es que le hayan bajado un poco los calmantes, lo que significa que no le dolerá, pero estará más despierto la próxima vez que lo haga. Duerme a su lado, con la seguridad de que Agoney lo despertará con caricias.Cuando Gloria y Benito cruzan la puerta a las nueve en punto, se los encuentran en la misma posición en la que han dormido los últimos días, pero despiertos. El moreno acaricia el rulo que se escapa del pelo de Raoul, estirándolo, enrollándolo en su dedo para después dejarlo flotar hasta caer en su frente. Raoul no aparta la mirada de él ni un instante, como si se estuviera grabando su imagen a fuego.—Gracias a Dios. —A la mujer le tiembla la voz cuando entra y abraza a su hijo—. Gracias a Dios que estás bien y despierto. Pensé que te me ibas.—Hey, tranquila... —Es la primera vez que habla desde que despertó por segunda vez y nota la boca pastosa, así que carraspea un par de veces y prueba a segregar saliva—. ¿A dónde me voy a ir yo sin Raoul?Gloria no sabe si reír o llorar, pero por el momento se queda con la sensación de tenerlo entre sus brazos. El médico aparece buscando hablar con un familiar, así que Benito sale. Raoul lo hace detrás, para dejarlos un momentos a solas.Nerea es la siguiente en llegar, con los ojos cristalizados. Ese gesto se convierte en un sollozo en cuanto le permiten abrazar al policía. Se pone a hablar de cómo se sintió cuando lo vio allí tirado y entre ella y Raoul tuvieron que salvarle la vida y llevarlo hasta la ambulancia. El moreno aprieta la mandíbula y la deja desahogarse. Él ha estado dormido, sin sentir nada gracias a los calmantes. El verdadero reto es estar al otro lado, sufrir por alguien a quien no puedes ayudar. Ha estado ahí también.A lo largo de toda la mañana, con pequeños huecos que tiene en blanco porque las enfermeras aumentan la dosis, todos sus amigos se pasan por allí. Ricky se queda demasiado tiempo para su gusto, hasta acabar ahogándolo en abrazos. Es Raoul quien lo defiende, con la mirada húmeda. Supone que han vivido el mismo calvario.Jonathan espera a la hora de comer, pues la mayoría tienen que irse a un turno de emergencias y él acaba el suyo. Se sonríen con una camaradería que le impide quedarse mucho tiempo.—Así que ahora te ha dado por traer flores —comenta, señalando el ramo de flores con su nombre. Está débil, pero tiene su sentido del humor—. No te tenía por un romántico.—Ya ves, tío, me pones sentimental. —Se sienta a un lado de la camilla sin mucho cuidado—. La última vez que me pides que me esconda, voy a ser tu puta sombra, ¿me oyes?Agoney pone los ojos en blanco.—No fue para tanto.—Casi te desangras ahí mismo. —Apunta con un dedo a su pecho, sin llegar a rozarlo—. No me digas que no fue para tanto. Hemos estado... Raoul ha estado...—Me lo imagino —masculla, bajando la mirada a sus manos, que juguetean con la manta—. Lo he vivido, sé que es una mierda tener a quien quieres en el hospital sin poder hacer nada. Y ambos por herida de bala. —Le sale una sonrisa irónica.—¿Y tú cómo te encuentras?—Estoy muy cansado —susurra—. Me da vueltas casi todo, se presenta mucha gente dándome abrazos y solo me apetece dormir..., pero siento que llevo años haciendo eso, no quiero asustar a la gente.—Si lo necesitas... —aprieta los dientes—, pídelo. Piensa que te abrió un boquete en la barriga.Agoney bufa, pasando las manos sobre su cuerpo. Le entra un escalofrío, así que deja de hacerlo. Jonathan suspira al verlo así, tan confuso y mareado por todo lo que lleva encima.—Voy a irme, ¿vale? —Baja el tono—. Descansa y ponte fuerte, que tenemos que seguir resolviendo asesinatos juntos.Lo último que ve antes de salir es una sonrisa tranquila. Lo primero, a Raoul ansioso.—¿Qué tal lo has visto? Eres el único que no estaba rodeado de más gente, estará más tranquilo.—Seguro que sí, lo han mareado mucho antes. —Señala al interior—. Está cansado, así que mejor no le hables mucho. ¿Has comido?—Algo, pero no me entraba mucho. —Se muerde el labio con el nerviosismo siendo notable en cada poro de su cuerpo—. Voy a estar un rato con él. Apenas hemos hablado.El subinspector asiente despacio y se marcha tras despedirse con un gesto de mano. Raoul no entra hasta que se queda solo en el pasillo. Entonces, con la respiración suave del moreno de fondo, respira. Ahora puede permitirse hacerlo al mismo ritmo que su chico.Avanza hacia la camilla y observa sus pestañas cerradas, en un sueño provocado por los dichosos calmantes. Se debe pasar demasiado tiempo mirando el gotero, porque Agoney se aclara la garganta y él se vuelve hacia él.—Sabes que eres un tío muy fuerte, ¿no?Se le paraliza el cuerpo. Lo sabe, está decepcionado, pero ¿cómo lo sabe? Él estaba cuando Ricky, no ha podido contárselo...—¿Qué quieres decir?—Te dispararon —musita, tan flojo que solo lo escucha por la cercanía y el silencio de la habitación— y pasaste días enteros sufriendo sin ningún calmante, sin pedirlo en ninguna ocasión. Eres el tío más fuerte del mundo.Cierra los ojos, sintiendo cada palabra de admiración como una puñalada. No es fuerte, casi cae en la peor situación posible. Tenía que estar ahí para él, y en lugar de eso, fue a evadirse, estuvo a punto.—No fue para tanto. ¿Te duele a ti ahora? ¿Necesitas que te lo aumenten?—No, por favor... —Pide, alzando una mano que él recoge y aprieta entre las suyas—. Sé que me sientan bien, que sin ellas dolería como mil demonios, pero me siento muy cansado todo el tiempo. No quiero más dosis. Solo quería darme cuenta de lo increíble que eres, de decirlo en alto, perdón. Hablo muy raro.—Yo te noto bastante lúcido. —Aprieta su mano y se la lleva a la boca para besarla con cariño—. Pero te equivocas. No soy increíble, ni fuerte. En realidad, soy más débil que nunca.—Pero ¿qué dices? —Frunce el ceño. Es irónico, pero en ese momento Agoney parece dispuesto a defenderlo de sí mismo, de su propio auto odio.Él coge aire y hace que sus pulmones se llenen de este. Se lo va a decir, porque no siente que pueda ocultarle nada, y él decidirá si es fuerte o no.—Ago, he estado muy mal estos días, pero creía que lo llevaba mejor, hasta que oí a unas auxiliares decir que quizá no pasabas la noche, que no sabían por qué te habíamos salvado en lugar de dejarte ahí morir. Yo ya dejé morir a un hombre esa tarde, a ti sería incapaz —asegura.—Cariño...—No, déjame. —Le pone una mano en la cara—. Me quedé tan en shock que fui al único lugar donde podría sentirme un poco en paz. Un lugar a donde pensaba que no volvería jamás.—Dios, Raoul...—Estuve a punto de recaer, Ago —confiesa, con una lágrima navegando por su mejilla. Esto hace que el moreno pueda respirar.—¿No has recaído? —Se le escucha esperanzado, pero a él ya le cuesta mirarlo a la cara.—Dale las gracias a Ricky. Me encontró, me sacó del almacén antes de que encontrara lo que yo siempre consideraba lo mejor para colocarme y me echó la bronca.—Vale, pues en lugar de gracias a Dios, gracias a Ricky, joder, menos mal... —Se tapa las manos con la boca.—¿Por qué no pareces enfadado? —La voz es temblorosa.—Porque estoy aliviado de que no te hicieras eso a ti mismo, mi vida... —Se incorpora, tambaleándose, hasta poder borrar las lágrimas de su cara—. Siento tanto que te encontraras tan mal como para tener que recurrir a esa mierda.—Ahora sé que no me lo perdonarías si hubiera pasado.Agoney menea la cabeza. Las palabras se le acumulan y no sabe muy bien qué decir para hacer que se sienta mejor. Lo que tiene claro es que su novio se ha estado odiando a sí mismo, mentalizándose de que iba a recibir una bronca por hacerlo.» Quiero que sepas que ya he llamado a mi asociación y tengo un padrino. —Se sorbe los mocos, sin apartar la mano que sostiene su mejilla—. Se supone que puedo llamarlo cuando sea, si volviera a sentir la necesidad de hacer una tontería.—También puedes hablar conmigo. Estoy aquí, ya puedes comprobar que estoy vivo.Raoul sonríe, con un tono melancólico al que hacía tiempo que no estaba acostumbrado.—Necesito mejorar. Pienso que lo tengo superado, que no necesito la puñetera cerveza al final del turno, que me dan igual las drogas que guardamos en la ambulancia, pero cada vez que algo personal me golpea... Soy más débil de lo que ambos pensábamos.Baja su mano por su brazo hasta entrelazar sus dedos con los del rubio. No sirve mucho, pero el contacto siempre los ha calmado mucho.—No voy a retirar nada de lo que te he dicho hace un rato —aclara, con el tono serio que pocas veces saca a pasear—. Raoul Vázquez, eres el tipo más fuerte que he conocido. Y valiente, sobre todo valiente. La cagas, lo asumes y haces lo que puedes para mejorar. Cuando la sobredosis, creo recordar que te pusiste a disposición de tu padre, haciendo lo que hiciera falta para no recaer en nada más. Te lo repito: con un disparo como este, si no estuviera sedado, me estaría muriendo por dentro, y tú parecías bastante entero cuando despertaste. —Sonríe ante sus ojos nublados por las lágrimas—. Que me estés contando lo que ha pasado, que te martirices a ti mismo... Sabes que fue un error y, aunque no haya pasado nada, te estás currando estar todavía mejor.—Me haces parecer una persona maravillosa.Agoney lo mira con ojos brillantes. No hay lágrimas visibles, sin embargo. Es la cara de alguien enamorado, que sabe ver los defectos, pero, sobre todo, cómo se sobrepone a ellos.—No conozco a nadie que sea más maravilloso que tú. —Suspira y se mueve un poco a la izquierda, dejando un hueco en la cama—. ¿Te quieres acostar? Por los viejos tiempos.Le sale la sonrisa sola. También se acuerda del año anterior, cuando compartieron pequeños momentos en una cama de hospital. Aún no estaban juntos de forma oficial, aunque cada vez se les hiciera más fácil sentirse bien con el otro.Con los recuerdos en la cabeza, se descalza para entrar y meterse bajo la única manta que tiene. Se desliza entre sus brazos, pasando uno por su abdomen. En cuanto lo hace, Agoney pega un respingo.—¡Au!—¡Ay, no, mierda! Soy lo peor, lo siento muchísimo. ¿Duele mucho?—Raoul... —Lo mira con una sonrisa divertida—. ¿Te recuerdo que no siento nada?—Joder —farfulla—. No me hacen gracia las bromas, gilipollas. —Le da un golpe en el hombro, cuidadoso a pesar de todo. No le gustaría que se abriera una herida.—Perdona, es que sabía que picarías. —Besa su frente, suspirando sobre esta—. Aunque he mentido un poco. A ti te siento muy cerca.Pasa los dedos por su pelo, como si de un peine se tratara. Raoul cierra los ojos un rato, relajado ante su toque. Nunca se han tomado un momento para acariciarse el pelo el uno al otro, pero necesita que se vuelva un imprescindible en su relación. No podría imaginar algo más íntimo y familiar que estar juntos haciendo cualquier cosa y que uno de los dos acaricie su cabeza de forma distraída.—Dentro de unos meses, cuando termine de cicatrizar la herida, tendremos cicatrices a juego, y ambas de bala.—Qué emoción. —Suelta una carcajada.En esos momentos, Agoney está concentrado, arrastrando la uña para provocar un placer calmado. No se detiene hasta que la respiración de su novio cambia. Se fija entonces en que el nivel de relajación ha subido a quedarse dormido y sonríe de alivio. Si lo vivió como él, habrá dormido poco y de mala manera. La forma en la que lo encontró al despertar lo demuestra.Debe ser la primera vez que duerme en una cama en días enteros, así que no mueve un músculo hasta quedarse dormido junto a él.Una vez más, así los encuentran los padres del verdadero paciente cuando pasan a verlo por última vez en toda la noche. La mujer hace amago de acercarse, pero Benito niega.—Me parece que este chico necesitaba un descanso. Vamos a dejarlos dormir, mañana será otro día.Raoul es el primero en despertar la mañana. El reloj le devuelve la hora: las 10:12. Se incorpora, moviendo sin querer la cabeza de su chico, que se había desplazado hasta su pecho en algún momento de la noche. Ha dormido muchísimo, más que los últimos tres días juntos.Agoney frunce el ceño con el movimiento, pero se resiste a abrir los ojos. Se encuentra tan cómodo que resulta complicado decidir si quiere liberar a su novio para que vaya al baño. Acaba permitiéndoselo, solo con la promesa de que volverá a su posición original.—Creo que anoche nos saltamos la cena. —Señala la bandeja con una pechuga y algo que parece puré de verduras.—Lástima. ¿A qué hora vendrá el desayuno?—No sé, pero esta mañana quieren hacerte algunas pruebas para ver que todo está bien.—¿Eso significa que te voy a ver poco? —Su puchero es infantil, pero es lo que le sale después de todo lo que acaba de vivir.—Significa que me van a obligar a dar un paseo y respirar aire puro. —Tuerce el gesto, como si la idea le desagradara profundamente.—Te voy a obligar yo al final —farfulla—. Cariño, tienes que salir un poco, no quedarte aquí.—Cuando sepa que solo te tienen aquí por observación. Mientras estés mal, aquí estaré.No discute porque le apetece estar un ratito pegado a él. Raoul vuelve a tumbarse y, por tanto, él está con su oreja en el pecho contrario. Ninguno habla o discute la conversación que tienen pendiente. Se quedan en esa posición hasta que aparece una auxiliar con la bandeja del desayuno. Se nota que es su segundo intento de traerlo, y parece algo turbada al encontrarlos en esa situación tan íntima, pero el rubio se incorpora y la ayuda a ponérselo a su novio sobre las piernas.Él se va a desayunar en cuanto aparecen sus suegros, pero acaba volviendo con una magdalena solo por pasar un rato más con él hasta que los médicos se lo lleven.—No es justo que me restriegues en la cara que tú tienes comida de calidad.—Lo tuyo es una tostada. —Suelta una carcajada—. Es lo que desayunas cada mañana, cielo.—Sí, pero esa magdalena tiene tan buena pinta... y no me van a dejar comérmela.—No seas crío, ¿eh? —replica su madre—. En una semana cumple veintinueve y míralo, un crío.—Me parece que se lo puede permitir. —Benito acaricia la espalda de su mujer.Agoney le dedica una mirada de agradecimiento. Desayunan en silencio, observándose desde la distancia. Después, a las once, Manolo irrumpe en la habitación.—Tienes mucha mejor cara que ayer.—Creo que me están bajando la dosis de los calmantes —susurra, señalando el gotero— y ahora que como y tengo a Ra cerca estoy algo mejor.—Claro. —Sonríe, divertido, tras echarle un vistazo al rubio—. Tenerlo cerca siempre viene bien. Ahora me lo tengo que llevar para que se despeje.—Te lo pido por favor. —Son sus palabras, cuando el capitán esperaba que lloriqueara un poco—. Necesita despejarse más que nadie, así que le haces un favor a él, y a mí, que no me preocupo tanto.—No tienes que preocuparte por mí, que estoy sanísimo, sino por ti. —Ladea la cabeza.—Por mí ya se preocupan los doctores. —Le guiña un ojo y se dirige a su suegro—. Manolo, ya sabes...El rubio ni siquiera hace amago de resistirse. Le saca la lengua, demostrando que tiene la misma madurez que su novio, y se marcha detrás de su padre.Las pruebas van todo lo bien que podrían ir con un disparo en el abdomen. Su recuperación va encaminada, pero las curas son complicadas, así que deciden mantenerlo en el hospital una semana más. Cada día, los sedantes que lo mantenían mareado el primer día van disminuyendo en su dosis hasta que la herida en cicatrización deja de doler.Raoul empieza a dormir en casa de Manolo y permitir que los padres de su chico se encarguen de él. También vuelve al par de turnos que le tocan durante esos siete interminables días, hasta que puede ir a recogerlo.Agoney lo saluda con un documento en la mano y la venda cubriendo su cuerpo. Todavía no se ha puesto toda la ropa que le trajo él el día anterior, le falta la camiseta, pero está tan entusiasmado que no le dice nada.—Con todos ustedes... ¡los papeles del alta!—Estabas ya desesperado, ¿eh?—Desesperado es una palabra muy pequeña. —Se acerca para unir sus labios en un breve pico—. No sabes las ganas que tengo de volver a casa. Mis padres se fueron hace un rato, mi niño, ¿dónde estabas?—Perdona, he tenido que volver a coger la ropa que he dejado en casa de mi padre estos días.—Sigo sin entender por qué no te has quedado en la nuestra. Porque ya no puedes poner la excusa de que yo compré la otra: esta es nuestra de verdad.—No me sentía cómodo volviendo sin ti allí. Si fuera por un turno nocturno me daría igual, pero dadas las circunstancias... —acaricia su cintura antes de besarlo con ganas. Aun así, lo deja con ganas de más—, he preferido volver a entrar de tu mano.Agoney asiente, emocionado. No suele sentirse así de querido, de importante para los demás, así que se guarda muy dentro cada pequeño gesto.—Gracias por todo lo que estás haciendo por mí. Veinticuatro horas al día pendiente de mí y cuidándome todo lo posible... no te he dado las gracias lo suficiente.—Para eso estoy, ¿no? —susurra, devolviéndole una mirada llena de amor—. Ya sabes, en el improbable caso de otra emergencia, estoy aquí.Le sonríe tan amplio que no puede evitar besarlo con ganas.Aunque el dolor de la herida ha remitido bastante, caminan despacio hasta el ascensor, y luego hacia el coche del moreno, que ha estado usando Raoul para moverse por Murcia. Solo suspira de alivio al subir en el lado del copiloto.—Si te duele, solo tienes que decirlo, ¿eh?—Cuando lleguemos a casa me tomo un Ibuprofeno, el doctor dijo que puedo —murmura—, pero no te preocupes, a estas alturas es soportable. Solo creo que me voy a acostar en la cama y me voy a quedar hasta que deje de doler.—Descansar vendrá bien, sí... —lo dice distraído, ya arrancando para salir de un edificio al que no quieren volver en un buen tiempo. Es irónico, porque Raoul se dedica a llevar a gente al hospital, ya sea este o la Arrixaca.El silencio del coche durante el trayecto solo desaparece por las canciones de una cadena de radio que pone música antigua. Raoul supone que no estará de mucho humor, cansado de estar siempre en las cuatro mismas paredes, así que se muerde el labio, sin saber si han hecho bien.Aparca en el garaje y salen juntos del vehículo. Está muy pendiente por si se tropieza o tiene algún mareo. Se supone que no los tiene, que las drogas desaparecieron el día anterior de su organismo, pero estar tanto tiempo sentado puede provocar desvanecimientos.Agoney abre la puerta con el ceño fruncido y ganas de meterse en la cama y recibir mimos el resto de la tarde. Lo que no espera es recibir mil gritos, serpentinas y, cuando consigue centrarse, distingue el cartel: ¡Felices 29, Ago!Exhala un suspiro, llevándose una mano al pecho. Ha estado a punto de lamentar no tener su pistola cerca.—Joder, ¿y esto?—¿No te extraña que nadie te haya felicitado en toda la mañana! —Se acerca para abrazarlo con fuerza, hasta que se queja y lo suelta.—Ni me acordaba —confiesa—. Tenía la cabeza en mi alta y en volver a casa, ni se me había pasado por la cabeza que hoy era mi cumpleaños.—Muy mal —le riñe su madre, que se aproxima. Su abrazo es más cálido y sin apretar, así que lo recibe un poco mejor—. Mira que te lo recordé la semana pasada.—Cuanta más sorpresa mejor —interviene Raoul.—¿Tú estabas al tanto de todo esto? —Entrecierra los ojos. Lo que más le apetecía era pasar un rato a solas con él, y eso le corta un poco las ilusiones.—Amor, yo les abrí la puerta antes de venir a por ti. —Besa su mejilla—. Feliz cumple. Ya volvemos a llevarnos un año.—Los seis meses que nos separan. —Pone los ojos en blanco.Se permite recibir más abrazos, con gente más comedida por la preocupación por su herida y otros, como Ricky o la propia Nerea, que no tienen problema en espachurrarlo de lo mucho que lo echaban de menos. No vuelve a quejarse, porque estar de pie entre ellos es algo que había echado de menos.Tras mirarlos a todos, rodeándolo y perdiendo una tarde de sus vidas para celebrar su cumpleaños, deja de querer que se marchen todos para descansar en su cama con un Ibuprofeno entre pecho y espalda. Tiene un grupo de amigos maravilloso, sin duda. No quiere dejarlos ir, no después de darse cuenta de lo efímera que es la vida.Se toma una foto con la tarta, brindan con zumo de piña para no forzar a Raoul a ver nada que no le haga bien y luego la parten. Entonces aparece Jonathan, con su típica ropa desgarbada y su sonrisa enorme dedicada a él.—¿Qué? ¿Cuándo vuelves a dar por culo en comisaría?Agoney gime. Le han sacado el tema que duele más que meter un dedo en su herida.—No me puedo incorporar hasta que no esté bien para cualquier cosa que requiera el trabajo —admite a regañadientes—. Les dije que podría pasar un tiempo en oficina, sin nada que implique correr detrás de un tío o llevar pistola, pero nada, que me quede en casa.—Enseguida estarás en forma. Te conozco bien. —Le da una palmadita en el brazo.—Gracias. En cuanto la persona rubia que me da por culo de maneras que no siempre me gustan me deje, empezaré a entrenar para ponerme en forma.—¿De qué habláis? —Raoul se cuelga de él, haciéndole soltar una carcajada.—De que Agoney piensa que solo le das por culo de la forma que no le gusta: dándole órdenes o diciéndole cosas que no quiere.—Para el otro tipo, que esté totalmente recuperado. —Besa su mejilla, en tono inocente—. Y créeme, cariño, sobrevivirás.Agoney le da un codazo flojo en el costado, sacándoles una carcajada a su amigo y su chico.Después, se concentra en disfrutar de tener a toda la gente que le importa en el mismo espacio, bailando con casi todo el mundo y haciéndose mil fotos.Las semanas de baja van pasando. En un primer momento, sí que se lo toma todo con calma, pues se niega a que se le abran los puntos y tener que volver al punto de inicio. Una vez la herida ha cicatrizado y puede volver a hacer deporte, sus jefes ponen fecha a su vuelta, después de Navidad. Se le antoja eterno, pero la recuperación era justo lo que necesitaba.El primer día después de tantos meses coincide con uno de los turnos de Raoul, así que van juntos al trabajo y se separan en la separación entre los edificios.Jonathan le sonríe con cuidado al verlo aparecer en el despacho. El inspector mira en todas direcciones, como si necesitara empaparse de todo lo que ve.—Se hace raro, ¿eh?—Un poco —admite—, pero necesitaba volver, no aguanto otro día más encerrado en casa esperando a que alguien me saque como a un perro.—Inventaste el drama, amigo. —Suspira el castaño—. ¿Qué? ¿Listo para el maravilloso mundo de los informes? Te van a poner muchos los primeros días, hasta que tengas algo en lo que trabajar.—Mientras sea solo los primeros días, lo agradezco. —Se sienta en su mesa con un gemido de satisfacción—. Pásame uno de esos.Jonathan sonríe y desliza una de las carpetas más gordas, por uno de los casos que acabaron hace poco. Después de escucharlo, no le sorprende que no se queje, pero el moreno se toma su tarea muy en serio y no deja el escritorio hasta que no ha informatizado todo lo que incluía la carpeta.Varios días después, con Agoney ya plenamente incorporado a todas sus funciones anteriores (aunque sin casos importantes abiertos), Raoul entra en la cocina de la estación con el ceño fruncido. Es el último en llegar al comienzo del turno, pero nadie se lo toma en cuenta.—Dichosos los ojos que te ven —musita Ricky, sentándose bien en una de las butacas—. ¿Te has perdido de camino?—No... —Su sonrisa es irónica—. Es sábado, tu amigo del alma no trabaja...—No digas más, no necesito saber de vuestra vida sexual. —Alza una mano para que se calle.—No tiene nada que ver con nuestra vida sexual —masculla, abriendo el frigorífico para sacar algo de picar—. Hemos tenido una pelea muy estúpida, pero es que yo sigo flipando.—Oh, no, problemas en el paraíso... —Juan Antonio menea la cabeza.—¿Qué ha pasado? —pregunta Ricky, algo más interesado (y siempre con más tacto).—Nada, estábamos hablando de todo lo que pasó en octubre y, como si nada, me dijo que quería actualizar su testamento. —Hace una pausa, pero nadie parece muy sorprendido—. Tiene veintinueve años, ¿qué pretende teniendo un testamento tan joven?—¿Cómo? ¿Que el tío que casi no lo cuenta hace tres meses quiere poner su testamento al día? Me pinchas y no sangro —interviene Miriam, que se había mantenido callada en una esquina. Le pasa la bolsa de pipas, que acepta, hambriento—. Yo también tengo uno, no es tan raro.—¿Tú también? —Se lo toma como una ofensa.—Claro. Trabajamos en algo muy arriesgado, Vázquez. —Se sienta junto a Juan Antonio—. Toco madera porque no suceda, pero en cualquier momento podríamos palmarla. Solo quiero tener mis asuntos en paz.Raoul la mira como si estuviera loca, aunque a la vez lo entienda. Se vuelve hacia Ricky, que asiente, dándole la razón.—Yo también actualizo mi testamento a menudo —confiesa—. De momento no lo toco, todo va a mi marido, salvo un poco de dinero, por si mis padres lo necesitaran.—Así que todos tenéis uno.—Sí, siento no poder respaldarte en esto. —El novato le da una palmadita en la espalda.—¿Y la discusión de enamorados por qué ha sido?—Porque le dije que yo no tengo ni pretendo hacer uno pronto.Aitana se incorpora, alzando las cejas. Al verla, se encoge de hombros, esperando que le explique qué mosca le ha picado.—¿Tú no tienes testamento? ¿Precisamente tú?—¿Qué significa eso?—Bueno, que tienes tendencia a estar a punto de morir...—Solo me han disparado una vez, y ya hace bastante tiempo de eso —refunfuña.—¿Y cuándo nos secuestraron? —apunta Nerea—. Ahí iban a matarnos a todos.—O tu sobredosis.—O cuando os quedasteis atrapados en vuestra antigua casa por el fuego. Casi morís ahí.Raoul tiene un escalofrío. Ahora que le enumeran todas las veces que ha estado a punto de morir, sí que son unas cuantas.—Da igual, es que yo no veo que esté bien. Es como llamar a la muerte.Manolo entra en ese momento. Frunce el ceño al escucharlo, sin entender por dónde va. Tras coger una cerveza sin alcohol, se gira hacia ellos.—¿De qué habláis?—Tu hijo no tiene testamento.—¿En serio? ¿Precisamente tú?—¡Otro igual! No tengo tanta tendencia a la muerte. Además, que tú tengas no me extraña, eres mayor y has tenido cáncer.Manolo sonríe.—Tengo testamento desde que me casé con tu madre. Lo actualizo muy a menudo y lo tengo todo en regla. Ahora mismo, todo es para ti. ¿Sabes por qué lo tengo todo bien atado?—¿Por si acabas muriendo mientras ejerces de bombero?—Porque tu madre es abogada y me niego a que encuentre algún hueco para quedarse algo —farfulla—. Todo mi dinero será para mi único hijo, si no he tenido otro con ella, que se joda que no lo va a oler.Aitana silba en voz baja.» Ahora, ¿qué es eso de llamar a la muerte que has dicho cuando yo he entrado?—Porque sí, hasta ahora he tenido algunas experiencias cercanas a la muerte, pero al final he sobrevivido bien, no me quedan secuelas de ningún tipo. Y a lo mejor, se me ocurre, que podría ser porque no lo tengo todo atado. Si hago testamento y lo dejo todo bien puesto, para saber a quién va mi dinero y mis cosas, entonces ya no me quedaría nada por hacer, y la próxima vez podría ser la última.—Eso es una estupidez. —Manolo menea la cabeza—. Yo tengo desde hace años y aquí sigo, incluso sobreviviendo al cáncer. Deberías hacerte uno, haz caso a tu viejo.—Si no hace caso a su novio... —Ricky menea la cabeza.Raoul le saca un dedo, aun pensando en todo lo que acaba de hablar con ellos. Manolo aprieta sus hombros en gesto cariñoso y le pide que se lo piense más.Al acabar el turno, Ricky y él salen a la vez. Ambos esperan a sus parejas, pero por diferentes motivos. El bombero suspira al observarlo tan callado, pendiente de la carretera sin intentar entablar conversación. Suelen ser al revés: él quien no pronuncia palabra, Raoul el que no se calla hasta que consigue sacarle algo. Esos momentos entre ellos han aumentado bastante después de compartir tanto tras lo ocurrido con Ago.—Sí que se te ha metido en la cabeza que si lo haces es casi una sentencia de muerte, ¿no?El rubio pega un respingo, encogiéndose de hombros.—Solo sé que me da mucho vértigo. Tengo veintiocho, soy joven para pensar en a quién quiero legárselo todo.—Yo no lo dudé cuando me casé. —Le guiña un ojo, alzando un brazo a su vez. El coche de Kibo aparca frente a ambos.El bombero entra enseguida al vehículo, y la pareja se despide con la mano. El rubio entrecierra los ojos, aún con sus palabras clavadas en el cerebro. Le dará muchas vueltas el resto de la tarde.Tras una comida copiosa y una siesta en la que ambos están a lo suyo, Kibo vuelve a coger el coche. Ricky se pasa las manos por los vaqueros, intentando eliminar un sudor que no se va con tanta facilidad. El operador aguanta todo lo que puede, dejándole tiempo para ordenar sus pensamientos. Al final, la conversación no fluye hasta que no se detienen frente al edificio que tienen previsto.—¿Estás listo?—Creía que sí —susurra, sin dejar de mirarlo. Es enorme, de esos que parecen tocar el cielo con el techo—. ¿Sabes?, al principio me moría porque me permitieran marcharme de una vez, por no necesitarlo, pero ahora... es un lugar seguro.—Te entiendo. Siempre puedes volver cuando necesites encontrarte a ti mismo... —El rapado alarga el brazo para entrelazar sus manos—. Pero que sepas que estoy muy orgulloso de que vayas a dejar terapia por tu propio pie, sabiendo que estás bien para hacerlo.—¿Qué puedo decir? Si es que al final me ha venido bien hacer caso al capitán —bromea.Kibo se acerca hasta besar sus labios. Es un movimiento lento, dulce, que pretende dejar claro lo mucho que lo apoya siempre. Ricky se recrea, más por la necesidad de sentir esa familiaridad que por otra cosa.—¿Quieres que me quede y nos tomemos algo a la salida? Podría servir para celebrar.—Solo si me prometes que no me espera una fiesta sorpresa por dejar de ir al psicólogo y estar recuperado del estrés postraumático.Kibo suelta una carcajada, pero asiente, relajado. No le miente, no ha querido preparar nada para su chico porque sabe cómo lleva ese tipo de situaciones. Hace unos dos años y medio que perdió a su equipo, casi dos años desde que empezó la terapia para volver a trabajar... y ha mejorado muchísimo. Solo puede darles las gracias a todos los miembros de la 122, porque lo han cuidado y lo han devuelto al hombre que era antes de la explosión.Lo ve bajar del coche con decisión, pero se detiene en la puerta, mientras espera a que el psicólogo le abra la puerta. Levanta la mano y lo saluda despacio, con una sonrisa nerviosa. Sabe cómo se siente, solo le queda procesarlo. Quizá sería una buena forma de acabar terapia.Es testigo de cómo desaparece en el edificio, momento que aprovecha para aparcar mejor en el único hueco que hay en toda la calle. Es consciente de la suerte que ha tenido, pues el centro suele estar petado de coches.Aprovecha que la cosa va para largo para sacar el móvil y ponerse a revisar sus redes sociales. Una furgoneta de una empresa de gas pasa por su lado y se detiene en doble fila en el otro lado de la calle. Él no le presta mucha atención, pero el conductor se baja, justo cuando el portero del edificio sale a abrirle.—Por aquí. Es abajo donde está el problema.—¿Han pedido desalojar el edificio? —pregunta el que se nota que entiende.—Aún no hemos avisado a los bomberos, pero queremos asegurarnos de que no será necesario. No queremos molestar y desalojar a todo el mundo por nada —explica el portero, estirándose de los dedos por el nerviosismo.La calle se mantiene en silencio los siguientes minutos. El portero vuelve a aparecer y le da unos golpecitos en el cristal que lo devuelven a la realidad.—Usted no es residente de esta calle —acusa, haciéndole mirar el suelo. Las líneas verdes no engañan.—No, estoy aquí esperando a alguien. Saldrá en cualquier momento, se lo aseguro. Y si aparece alguien que lo necesite, arranco y me voy.El portero del edificio entrecierra los ojos, como si lo juzgara duramente. Él se mantiene quieto, y solo respira cuando le da el visto bueno y se aleja hacia el edificio. Parece tener mucha prisa. Solo entonces su mirada cae en la furgoneta aparcada en doble fila.» A ese no le dice nada —masculla, antes de centrarse en su móvil de nuevo.El hombre encargado del edifico baja las escaleras hasta llegar al sótano donde está el garaje. En una de las puertas antes de entrar al mismo, el técnico del gas revisa que todo esté bien.—¿Cómo va?Se rasca la cabeza antes de sacarla.—No sé qué decirle. Esto pinta mal, yo llamaría a la policía para ayudar a desalojar este lugar. En cualquier momento...No tiene que hablar más o dar otra recomendación, porque la caldera, ya en plena efervescencia, explota en ese momento, lanzándolos a ambos en sentido contrario.Fuera del edificio, Kibo, que ya tiene las ventanas abiertas para escuchar cualquier coche o persona que necesite que se quite, es el testigo principal de como una explosión hace bajar el edificio al menos dos plantas, derrumbándose ante sus ojos confusos.
----- CHAPTER BREAK -----
Aitana se arrodilla en el colchón en el que su chica descansa. En realidad, la rubia no tiene ninguna intención de dormir, solo de estar tumbada mientras observa a la morena dar tumbos de un lado a otro. Por eso, se ha fijado en su mano tras la espalda. Esconde algo, la ha visto cogerlo de un estuche que tiene bajo la tele. Lo único que le falta es saber qué es.—¿Me vas a decir qué pasa? —Se incorpora con un codo sobre la cama—. ¿Qué escondes ahí?—Esto va a sonar un poco típico, y no creo que seas de esas a las que te gustan los discursos..., pero me gustaría hacer uno.Nerea alza una ceja, pero le hace un gesto para que continúe:» Vale, a ver... Llevamos un tiempo juntas. Bastante, en realidad. Hemos retrasado el momento demasiado tiempo, pero la realidad es que ya estamos asentadas juntas y nos va bastante bien...—Aitana... —se obliga a interrumpirla, a pesar de saber que eso solo la pondrá más nerviosa de lo que ya está—, no me molesta un discurso, pero podrías ir al punto directamente. No me importan mucho los detalles de lo que quieres preguntarme.—¿Sabes lo que...?—Prueba... —Le guiña un ojo.La del flequillo se lo peina varias veces antes de sacar la mano de su espalda. Lo hace a cámara lenta, como si no se atreviera, como si alguien pudiera pararla con una llamada. Pero eso no sucede. Nerea sonríe de oreja a oreja al localizar una llave plateada, sin mayores adornos.—Quiero que nos mudemos juntas. Y antes de que te pongas nerviosa, no tiene por qué ser ya. De momento, me vale con que tengas esto. —Alza la mano para que le coloque la llave en la palma—. Quiero que puedas entrar cuando quieras, que este sea tu hogar, así como el mío. No hace falta que nos mudemos mañana mismo, pero puedes ir trayendo ropa, que tengas aquí cosas para no tener que marcharte antes por las mañanas porque no tienes ropa aquí.—Aitana. —La interrumpe de nuevo, pero esta vez va acompañada de un beso dulce y lleno de sentimiento—. Vale, hagamos eso. Poco a poco me voy mudando aquí.Se bebe su sonrisa en un beso más apasionado que el anterior, haciéndola caer sobre ella en la cama. se besan las sonrisas un buen rato.—Ya te puedes dejar el pijama —ofrece la morena, haciéndose la inocente—. Así no tienes que llevártelo a casa.—Tienes razón. —Se rasca la barbilla, fingiéndose pensativa—. También debería comprarme un cepillo de dientes. Podríamos salir ahora, ya que tengo pensado pasar la noche aquí.—¿Ahora? —Ladea la cabeza, mientras su mano sube con cuidado por su muslo. Se hace la inocente, pero no tiene un pelo de eso—. Fíjate, yo pensaba que podríamos encontrar algo más interesante que hacer...—Eh... —Nerea tiembla cuando la yema de su dedo la roza por encima de las bragas—. Sí, suena bien, podemos ir más tarde. Además, cepillarse los dientes está sobrevalorado.Se venga por la risa que le suelta con un mordisco en el labio inferior. Pensándolo mejor, no se le da muy bien lo de la venganza, pero al menos se lleva un gemido encantador.Apenas ha comenzado a desnudar su parte de arriba cuando el teléfono comienza a sonar. Es el de Nerea, lo saben por la voz de Whitney Houston en el estribillo de su canción favorita. Abren un ojo y se echan a reír. La más rubia se inclina para mirar de quién se trata.—Uf, es Ago. Seguro que quiere contarme qué tal sus primeros días de trabajo. —Bufa.—No seas mala.—No lo soy, pero mañana íbamos a quedar con Ricky y Kibo. Yo lo quiero mucho, pero preferiría escuchar la conversación sobre sus informes una sola vez.Hace amago de volver a besarla, pero Aitana le hace la cobra y besa su mejilla. Solo tiene que arrastrarse un poco para coger el móvil.—Es tu amigo, dale un poco de bola.—Si no tenías ganas de sexo, decirlo no cuesta nada, que a mí no me importaría... —refunfuña.Pero la mirada de su novia no admite réplica, así que coge el móvil y se incorpora. Mientras se abanica con la mano para quitarse el calentón que no desaparece así como así. Aitana la escucha saludar.—Escucha, ha explotado un edificio en el centro de Murcia. Tienes que venir.—¿Y qué? No quiero sonar poco empática, pero mi servicio acabó a las dos de la tarde. ¿No hay paramédicos suficientes?—No lo entiendes. —Se le escucha tan nervioso que trata de prestar atención—. Es el edificio donde Ricky hace terapia.Se le corta la respiración.—Hoy era su último día, ¿no?—Kibo me ha llamado. —Su voz suena seca, dolida—. Él estaba enfrente, está todo fatal por ahí. El resto del equipo quiere ir a colaborar con su estación. ¿Vienes y avisas a Aitana o prefieres quedarte?Nerea suspira, temblorosa, y asiente. Tras darle una respuesta verbal, corta y se gira hacia su novia. Ha estado escuchando su parte, así que ya tiene el ceño fruncido.—Sé que acabamos de terminar un turno de veinticuatro horas, cariño, pero vamos a tener que hacer un pequeño esfuerzo. Ricky. —Es la primera explicación que le da.Ya en el coche, le cuenta lo poco que le ha contado Agoney mientras conduce. No quiere perder un momento. Ya se siente bastante mal porque ha estado a punto de no cogerle el teléfono. No va a quedarse en casa ahora.Juan Antonio y Manolo están bajando del coche cuando ellas llegan. Han pasado por la estación y han recogido sus trajes, así como el de Aitana. Le da las gracias con un asentimiento.—Miriam está de camino, pero tenemos que hablar con el jefe de este turno. —Manolo los dirige hasta cruzar la cinta.Localizan a Agoney en el interior, hablando con el que parece el jefe.—¿Cuál es la situación?—Capitán —le hace un gesto de respeto—, por lo que sabemos, un técnico ha estado manipulando en la zona de la caldera. Parece ser que olía a gas. Ni él ni el portero han aparecido.—¿Y los residentes?—Este es mayormente un edificio de oficinas. Hay despachos de abogados, de psicología, hasta un dentista. Solo hemos podido sacar a un par de profesionales de la primera planta, que ya están siendo atendidos por la ambulancia. Para el resto de las plantas, que están bastante destrozadas, todavía no tenemos estrategia.—Ya le aviso que parte de mi turno está a su disposición. Seremos cuatro bomberos y una paramédica.—Genial, toda ayuda será bienvenida. Usted puede irse con sus compañeros. Han llegado con el inspector.Nerea no tiene que levantar mucho la cabeza para localizar a Raoul. Está revisando a un hombre de camisa y corbata que no deja de lloriquear. No parece que tenga ninguna herida física, pero el shock debe haber sido terrible. No tarda en ponerse a su lado para ayudar en lo que haga falta.Una hora antes...—Pues ya estamos aquí... —rompe el hielo, con las manos todavía sudorosas. No se ha librado de ese nerviosismo ansioso ni después de una conversación con su novio.—Sí, Ricardo. Última sesión en espero que mucho tiempo. —Sonríe.—Pensaba que te encantaba sacarme los cuartos cada semana —se esfuerza por bromear.—Ah, qué recuerdos las primeras semanas de terapia. —Lo mira con una ternura poco típica de alguien casi desconocido—. Has evolucionado muchísimo, lo quieras admitir o no. Antes te morías por salir de aquí, y ahora te cuesta decir que dejarás de venir.—Han pasado más de dos años. —Se encoge de hombros—. Mi corazón siempre tendrá un hueco para ellos, fueron mi familia, pero no puedo llorarles eternamente. Ya ni siquiera me sale.—Eso es bueno: los recuerdas con cariño, pero ya no te sale llorar. Estoy muy orgulloso de la persona en la que te has convertido. Espero de verdad no tener que verte en mucho tiempo de forma profesional, y que eso signifique que tienes la paz mental suficiente.—La tendré, estoy muy bien rodeado. —Se esfuerza por sonreír—. Sé que es una estupidez, pero mi marido y yo hemos empezado trámites para adoptar. Sé que se tirará tres años fácil para que tengamos a un pequeño Merino, pero... me hace ilusión. ¿Quién iba a decirlo cuando tenía el estrés postraumático en el pecho?—¡Eso es una noticia increíble! —Se nota que lo dice de verdad, así que solo puede sonreír de vuelta—. Aunque queden tres años, solo me queda darte la enhorabuena. Con todo lo que has aprendido estos años, serás un padre genial.Asiente. No le gusta decirlo en alto, pero él también lo cree. Al menos, será justo y tendrá una inteligencia emocional que ya les gustaría a muchos padres. La ha aprendido a base de hostias, pero ahí está.—Entonces, más allá de estas noticias tan maravillosas, ¿de qué deberíamos hablar en esta última sesión? ¿Te parece una pequeña recapitulación?Vuelve a asentir y escucha a ratos mientras deja que el psicólogo lleve la carga de la palabra. Sabe que debe hablar, para eso está allí, pero pensar en la última sesión lo pone nostálgico.Deja de escuchar cuando algo parecido a una explosión lo remueve todo. Cae de la silla donde estaba sentado, junto al resto de cosas del escritorio. El psicólogo, en su sillón, no se mueve, pero empalidece.—¿Qué ha sido eso?Está a punto de echarle la culpa a un terremoto, y quejarse de que esos ya se habían acabado para ellos, pero la explosión resuena con más fuerza y el suelo se mueve bajo él. Es algo más potente que eso, sea lo que sea.Tiene que lanzarse sobre el psicólogo cuando ve que el techo sobre ellos se cae, apartándolo justo a tiempo. No consigue evitar que una lámpara le caiga en la cabeza, dejándolo inconsciente.Fuera y en el presente, Kibo está de brazos cruzados, observando con cara de pena el edificio. Ya no se mueve nada, lo que significa que el gas ha hecho lo que le ha dado la gana para luego detenerse.Ha intentado ponerse en contacto con su novio, pero no ha obtenido ningún resultado. Si su móvil sigue intacto, sí que sería un milagro, pero cualquier objeto material se puede comprar. No tendrá otro Ricky, no necesita vivir una situación así, menos justo ahora.Raoul se acerca a él una vez se asegura de que los primeros en ser salvados están todos bien. A un lado, los bomberos se organizan, bajo el mando de Manolo, para ir subiendo planta a planta a buscar supervivientes. Nadie lo dice, pero la prioridad extraoficial es Ricky. Necesitan saber si está vivo, si van a salir de allí con él en ambulancia o...—Va a estar bien —asegura en un susurro.Le sale una sonrisa sarcástica. Hace no tanto, estaban en la situación contraria. No está seguro de haberlo llevado de la mejor manera posible, pero se alegra de que esté allí por él.—Claro que estará bien —dice en voz alta, para autoconvencerse—. Ricky tiene la cabeza muy dura, sobrevivió a sus compañeros, sobrevivirá a esto...Raoul aprieta los labios antes de dejar una caricia en su omoplato. Pasa un par de minutos en su compañía, hasta que Manolo y Miriam deciden entrar tras otro grupo de bomberos. En ese momento, eso es prioridad.—Oye, cuídate, ¿vale? —Se acerca corriendo a su padre—. No me apetece vivir otra vez lo de mi novio, pero contigo.La sonrisa del capitán es suave cuando besa su frente descubierta.—Estate siempre alerta. Nosotros volveremos pronto.Mientras los bomberos van pasando entre las plantas destrozadas en busca de víctimas a las que salvar, Ricky parpadea para tratar de ver algo. Siente como si su cabeza estuviera a punto de estallar. Le cuesta algunos segundos recordar lo que ha pasado, que ya no está en un sitio seguro.Cuando consigue soltar la primera bocanada de aire, esta viene acompañada de una tos seca.—¿Hay alguien ahí? —pregunta, arrastrándose entre los escombros. Por el momento prefiere no ponerse de pie, porque no sabe cómo de estable está el suelo—. ¿Hola?Su cuerpo lo obliga a toser de nuevo, pero esta vez consigue ponerse la mano encima de la boca. Como si hubiera alguien a quien molestar...Su mente le hace recordar que no estaba solo en ese despacho, que estaba su psicólogo. Hace un barrido general, pero en principio no logra ver nada. Busca piernas o brazos, o cuerpos en general que estuvieran parcialmente atrapados por algún trozo de techo. Se le forma un nudo en el estómago solo de pensar en que le haya pasado algo.Le parece escuchar sirenas de fondo, así que su corazón se tranquiliza un poco. Si ya ha venido la caballería, debería estar fuera de allí en poco tiempo. Quizá lo mejor sea quedarse quieto hasta escuchar a alguien que venga a salvarlo.Pero entonces escucha una tos. Se parece bastante a la suya hace un rato, provocada por el polvo que ha tenido que tragar en tan poco tiempo. Aguanta hasta que las toses se apagan para avanzar hacia ellas.—¿Hola? —Alza la voz más que antes—. ¿Señor Martínez? ¿Está por ahí? ¡Grite si puede hacerlo, quiero buscarle!—¡Sí, estoy aquí!Vale, ha tenido que malinterpretar el lugar por el que llegaban las toses, porque la voz llega de otra dirección, más cercana a donde se encontraba él al despertar. Se arrastra con cuidado, cerrando los ojos por el miedo cuando el suelo se tambalea.—¿Cómo se encuentra?—¡He estado mejor! —Trata de ponerle humor a la situación—. Creo que tengo algo aplastándome la pierna, pero no tengo muy claro el qué.La pequeña sonrisa de Ricky se volatiliza cuando llega hasta él. Una de las piernas de su psicólogo está destrozada por lo que antes era parte del precioso techo de estrellas. La otra, fuera del techo que ha caído sobre él, permanece intacta.» Está mal la cosa, ¿verdad? —gime, más por la rabia que por el dolor—. A mí no me lo tienes que pintar bien, soy psicólogo.—Si usted lo dice... —musita, antes de hablarle—. Si no vienen a por nosotros pronto, podría perder la pierna.En realidad, no sabe si todavía es posible salvarla, no tiene estudios médicos más allá de hacer la maniobra de Heimlich. En ese momento, con su propio psicólogo soltando una risita histérica, cree que lo mejor es dar un mínimo de esperanza.—Ah, perfecto, genial, lo único que me faltaba ahora mismo, oye. —Suspira—. Hazme el favor, Ricardo, ¿tú no eras bombero?—Sí, pero ahora mismo...—Intenta quitarme el techo de encima, anda. Cualquier cosa debería ayudarme ahora mismo, pero es que ni siquiera quiero tenerlo.—¿Le duele?—No siento nada en esa pierna —masculla, y no tiene que mirar la cara del bombero para saber que eso es mala señal—. Me duele un poco la cabeza y siento un hormigueo en la otra, pero... nada.—Joder. —Se arrastra hasta llegar a su altura—. Tengo que avisar que una sola persona puede ser complicado.El hombre sonríe con un brillo triste en los ojos.—Haz lo que puedas —susurra.Miriam ha salido fuera para acompañar a un hombre al que han tenido que rescatar de una de las habitaciones más intactas de todo el edificio. El único problema es que se había quedado atrapado en esa habitación, sin poder salir.Tras echar un vistazo a esa planta, Manolo recuerda lo que ha hablado con el jefe provisional de la 122 cuando no es su turno. Dos personas, el técnico del gas y el portero del edificio, no volvieron después de bajar al sótano a arreglar algo relacionado con la caldera. Traga saliva y da media vuelta. Quiere comprobar si es posible pasar y salvar a alguien.Mientras que el resto de las plantas son un revuelto de muebles y techos destrozados, una vez llegado el sótano todo se vuelve de lo segundo. Miles y miles de trozos de cemento por todo el suelo. De hecho, es imposible distinguirlo, así que, cuando baja y comienza a abrirse paso, lo más probable es que esté nadando entre cemento a un metro de este.Con la respiración agitada, va llamando y preguntando si hay alguien ahí. Todo en esa zona parece más inestable que en ninguna otra, a pesar de ser la planta más cercana al suelo. Ha tomado la precaución de ponerse la máscara, pues si ahí es donde se ha originado la explosión, no quiere aspirar el tipo de aire que debe quedar tras una bomba de gas así. Solo con lo que ha ocasionado en el edificio, es suficiente para tenerle respeto.Agudiza el oído, pero se ve incapaz de escuchar a nadie. Si hay alguien ahí, o está inconsciente o... muerto.Avanza un poco hasta llegar a una puerta que está sobre el cemento, arrancada de su lugar por la explosión. Por el tipo, es bastante probable que fuera la habitación de la caldera, así que, si salió disparada en aquella dirección, todavía tiene alguna oportunidad de encontrar a alguien. Si consigue recuperar, aunque sea un cuerpo que alguien pueda velar, se da por satisfecho.Empieza a plantearse escarbar y quitar cemento en busca de los dos hombres desaparecidos, pero se le va de la cabeza cuando escucha un ruido. No tiene nada que ver con una persona, es el edificio. Es tan inestable tras la explosión de sus cimientos que se mueve sin motivo alguno, más allá de asustarlo.Pero entonces, sin verlo venir, una viga ya medio rota cae sobre él, sobre su cabeza protegida por el casco. A pesar de este, que ayuda a no provocarle ninguna herida, Manolo pestañea y comienza a verlo todo negro.Para Ricky, ese movimiento estructural le viene bien en su ayuda al psicólogo. Tras un par de empujones fuertes, consigue librarlo del techo sobre su pierna. El señor Martínez aprieta los dientes para no soltar un grito. Parece que sí que podía sentir cosas en esa pierna, después de todo. Él ha tomado la decisión de no mirar la pierna por el momento. Suele tener buen estómago para estas cosas, pero no se quiere ni imaginar lo que puede encontrar.—Joder —jadea con fuerza. Todavía intenta no quejarse.El bombero le deja un momento antes de mirar a su alrededor.—¿Cree que podría arrastrarse conmigo?—Por favor, deja de ser tan formal, estamos en pleno accidente explosivo. ¡Ah, joder!—Mira, solo tienes que dejar la pierna muerta y arrastrarte. Te será más fácil que intentar moverla activamente.Con los ojos cristalizados por el dolor, asiente despacio y comienza a seguirlo cuando se da la vuelta. Al principio le cuesta un poco, siempre intentando mover ambas piernas para ayudarse a avanzar, pero cuando se da cuenta de que eso solo le ocasionará más dolor, la deja muerta y reza porque sea la última vez que la tenga así.Avanzan a buen ritmo, dadas las circunstancias. El psicólogo ha conseguido dejar de llorar, pero todavía se queja por lo bajo.—¿Por dónde vamos a bajar? —Comienza a hiperventilar en determinado momento—. Ni siquiera sé si encontraremos las escaleras, si estarán presentables, pero yo no puedo arrastrarme por ahí.—Si llega el caso, lo tomaré en brazos, no se preocupe. —Ricky está tan serio que se obliga a creerle—. Lo hago a menudo, es parte de mi trabajo.Sonríe, irónico, antes de contestar:—Pero ahora mismo no está de servicio.—Ser bombero, por desgracia, a veces implica estar de servicio hasta cuando no te gustaría. Me llevo mis conocimientos y lo que sé hacer a todas partes, así que vamos, sigamos. Si podemos facilitar el trabajo al equipo de rescate, lo haremos.El señor Martínez se deja convencer por su tono fuerte y autoritario. Con alguien así, cualquiera va al fin del mundo, incluso con el dolor más intenso de toda su vida en la pierna.Abajo, Miriam está lista para subir a las plantas más altas, donde ellos se encuentran. Suponiendo que Manolo ha empezado sin ella, se lleva a un par de bomberos para ayudarla a transportar heridos. Mamen les ha cedido la camilla, así que es un buen comienzo.—¡En esta planta no hay nadie! —grita uno de los bomberos—. Está bastante intacta, ya podría todo haberse derrumbado así de bien.—Claro que sí, Reyes, porque la explosión va a actuar exactamente como a nosotros nos gustaría que lo hiciera. —Chasquea la lengua—. Sigamos. Queda un compañero aquí dentro.—¿Qué hacía aquí? —pregunta una joven bombera de otra estación—. ¿Ver a un abogado?La gallega se muerde la respuesta. Ella no va a ser la que airee lo del psicólogo, aunque todo su equipo de la estación lo sabía perfectamente.—Centrémonos en encontrarlo, de momento no responde a las llamadas, así que debe estar en una planta superior y el móvil en la mierda. Es prioridad salvar a todo el mundo, pero de él tenemos constancia, así que vamos a encontrarlo.El resto de los bomberos asiente y se dispone a subir. El edificio se ha estabilizado después de las explosiones, así que dan pasos firmes y mueven trozos de cemento para pasar entre las escaleras y las entradas de los pisos. De vez en cuando aparece alguien inconsciente, así que mandan a un par a sacarlos fuera. Pero Miriam sigue hacia delante. Si Manolo ha continuado, ella debe seguirlo.Sin embargo, según van subiendo y los bomberos vuelven para ayudarla, se queda sin opciones. No escucha nada en ninguna dirección y solo le quedan dos plantas, las más destrozadas. En algunos puntos, se puede ver la luz del sol ya, de lo destrozados que han quedado los techos. Deben tener mucho cuidado en cada paso para no acabar atrapados por los trozos más inestables.Cuando está a punto de darse la vuelta, pues hay zonas que son imposibles, escucha un sonido como de metal. Es como si alguien golpeara una tubería. Sus orejas se activan, dando vueltas sobre sí misma mientras intenta localizar desde donde le llega el sonido.—¿Qué pasa? —Aitana llega a su lado, ajustándose bien el casco y poniendo una mueca al comprobar que el suelo bajo ella se mueve—. Esto está muy inestable, tendríamos que darnos por vencidos.—Sssh, espera. —Agarra su brazo, reteniéndola en un silencio que la ayuda a volver a escuchar esos golpes—. ¿Oyes eso?—Como si alguien golpeara un cuenco de metal.—Yo creo que tiene toda la pinta de ser una tubería, pero sí, es ese sonido.—Viene de allí. —La morena señala un muro semiderruido. Ni la puerta ha quedado intacta—. Sí, estoy segura.—Yo también lo creo —musita, entrecerrando los ojos—. Pero esa zona está en la mierda.—Si tenemos constancia de vida, tendremos que intentarlo.No puede estar más de acuerdo, así que pone a todo el mundo en marcha. Comienzan a quitar escombros hasta conseguir un hueco donde antes estaba la puerta. La estructura de madera ahora está en el suelo, y todos pasan agachados sobre ella para entrar en lo que, hasta hace unas horas, era la oficina de un psicólogo.Se acercan a lo que era un mostrador. Ahí debería haber al menos otro trabajador, pero allí no hay ningún cuerpo. Con un suspiro, da unos cuantos pasos antes de gritar:—¿Hola? ¿Ricky? ¿Estás ahí?—¡Sí! ¡Estoy aquí, soy Ricky! —Las chicas suelta un suspiro de alivio—. Estoy en el despacho, al final del pasillo. Esta zona está fatal, hay que tener cuidado. Y no estoy solo, mi psicólogo está aquí y tiene la pierna destrozada. Yo no estoy tan mal.Miriam asiente, como si fuera lo que necesitara para empezar a trabajar. Se gira hacia dos bomberos y avisa para que tengan la camilla preparada. Tendrán que sacarlo con prioridad.—¿Tú estás bien? ¿Seguro? —pregunta Aitana mientras se preparan para seguir esquivando escombros y quitar todos los posibles.—Sí, o sea, he tragado algo de humo y me dio en la cabeza algo, pero me explotó un granero en la cara, esto no es nada.Si el psicólogo no fuera tan profesional, haría un comentario sobre la ironía de que la última vez que estuvo en peligro semejante fue lo que provocó que acudiera a terapia en primer lugar, y por tanto que estuviera allí en su última sesión. Pero como es prudente, sigue avanzando hasta los límites del despacho.Una vez ahí, se obliga a tragar saliva. Los restos de techo se han acumulado ahí, formando una montaña tan grande que es imposible salir por su propio pie. Tampoco es que él pueda ponerse en pie sin ayuda profesional, pero es que ni siquiera Ricky, que está de una pieza, puede hacer algo.Al otro lado, los bomberos trabajan en apartar los escombros. Por no hacer de más y ahorrar fuerzas, hacen lo imprescindible para avanzar por el pasillo y poder sacar a los atrapados allí. Es un trabajo tedioso, pero saben que tendrá su recompensa, pues los dos están conscientes y bien, dentro de sus posibilidades.—Ricky, una cosa más —Miriam alza la voz cuando se van acercando—, ¿has escuchado al capitán en los últimos minutos?—Sois las primeras personas a las que escuchamos desde que estalló esa explosión de mierda —responde con cuidado—. ¿Manolo venía para acá?—Está feo decirlo, pero el único motivo por el que estamos haciendo horas extra es por ti. Se suponía que tenía que ir subiendo a buscarte.—Aquí no ha estado —asegura—. ¿Creéis que le habrá pillado un trozo de techo? Hace rato estaban cayendo bastantes.—Aquí cerca no hay ningún cuerpo, vivo o muerto. No ha subido, o al menos no hemos sabido verlo.Se muerde el labio con precaución. Su jefe no es la persona más descuidada del mundo, siempre va preparado para toda situación. Haberse ido solo ya es una imprudencia por su parte, pero desaparecer sin avisar... Le ha tenido que pasar algo, lo que le preocupa.Manolo se va de su mente cuando empieza a escuchar a los bomberos más cerca, quitando piedras y restos de paredes y techos. Les piden que se alejen lo suficiente para que los siguientes golpes no les afecten. Dicho y hecho, la pared de piedras que se ha formado desaparece tras un par de golpes con uno de los palos que tenían preparados.Lo primero que ven es el gesto serio de Miriam, que se ha autodenominado jefa durante esa emergencia. Tras abrir el agujero para que cualquier persona pueda pasar de pie, un par de bomberos se llevan al psicólogo en la camilla. La gallega se pone de cuclillas frente a él.—¿Puedes ponerte de pie?—Con un poco de ayuda sí. —Pide la mano, que su compañera no tarda en cederle—. Pero me va a estallar la cabeza.—Seguramente saldrá una ambulancia para llevarse al pobre hombre, que bastante tiene con su pierna. —Lo acompaña por el pasillo, que sigue lleno de escombros—. Vete con él y que te hagan una revisión. De físico estás bien, así que los paramédicos poco podrán hacer.Asiente y accede a un poco más de ayuda de Aitana cuando se acercan a la salida del piso. Se le encoge el estómago al comprobar que todo está destrozado. Es peor que un edificio en esqueleto, porque este tenía vidas en él.Una camilla lo ayuda a llegar a la ambulancia, donde lo recibe Raoul.—¿Respiras bien?—Sí, creo que sí. Me entró algo de polvo, toso a veces, pero respiro bien.—Te llevaremos de todas formas al hospital para que te hagan un examen completo. —Tras escuchar sus latidos, asiente y levanta la cabeza. Parece contar mentalmente, con el ceño fruncido—. ¿Y mi padre?—¿Qué?La pregunta coincide con Miriam acercándose, solo para asegurarse de que está bien. Ricky traga saliva.—Miriam, ¿y mi padre? Iba a entrar contigo, pero no lo veo por ninguna parte. ¿Sigue dentro?La rubia ladea la cabeza para compartir una mirada con Ricky. Raoul, que no es idiota, se empieza a poner nervioso.» ¿Qué ha pasado?—A ver, tranquilidad, que no sabemos nada. —Hace una pausa necesaria, en la que el paramédico comienza a ponerse pálida—. Es lo que sabemos, que ha desaparecido.—¿Desde cuándo? —Le tiembla la voz.—Cuando empecé a subir, tu padre ya debería estar adelantado un rato. Pero hemos pasado por todas las plantas, incluso las más destrozadas, hemos mandado a toda persona a la ambulancia o a donde se pueda certificar su fallecimiento..., y no hay rastro de Manolo.—Eso es bueno —interviene Ricky—. Es mejor que esté en paradero desconocido que ir a por él al tanatorio.—No me ayudas —susurra—. Joder, no quiero vivir esto otra vez.—¿Qué pasa? —Aitana llega y se queda algo cortada al ver a Raoul con lágrimas en las mejillas—. Ay, mierda, ¿se sabe algo de Manolo?—No, y ese es el problema. —Se gira hacia Miriam—. Dame un traje, entraré yo.—No digas tonterías, ya no eres bombero.—Igual que ejercí de paramédico antes de serlo oficialmente, tengo formación de bombero, así que voy a entrar. Llevaré mi bolsa de paramédico por si tengo que salvarle la vida ahí mismo. No voy a pasar el mismo disgusto de la última vez con Ago.Al final, sabiendo que lo hará con o sin traje, le prestan uno, pero ambas chicas se ofrecen para acompañarlo. A eso no se piensa negar, así que, con una bolsa al hombro, entran juntos en el edificio.—¿Dónde podríamos mirar? —pregunta Aitana.—¿Decís que arriba no quedaba nadie?—Ni vivo ni muerto —asegura Miriam—. Mandé a todo el mundo con los cuerpos, así que es imposible.Raoul asiente despacio. Ellas lo dejan pensar porque no deja de mirar en todas direcciones, como si supiera exactamente lo que tiene que hacer. Al final, sus pensamientos llegan a buen puerto.—Hay sótano —murmura.—Sí, ahí está la caldera que el técnico iba a arreglar. Ya ves lo bien que salió eso —masculla.—Mi padre no se quedaría quieto. Lo conozco, es capaz de bajar por si puede salvar a alguien, incluso aunque esa explosión sea mortal. Tenemos que ir abajo.—Si vamos a bajar, será bajo mis condiciones. —Se da la vuelta, expectante—. Necesitaremos máscaras de aire. Dame un minuto.Cuando Manolo abre los ojos, nota el aire mucho más pesado que la última vez. Tiene que poner su cerebro a funcionar para recordar lo que estaba haciendo allí. Sí, el técnico del gas y el portero del edificio estaban desaparecidos. Según todo el mundo, estaban juntos abajo revisando lo que le pasaba a la caldera. Él llegó hasta allí, pero... a partir de su llegada lo tiene todo muy borroso.Se gira para quedar bocabajo y se ayuda de las manos para incorporarse un poco. Está todo oscuro y vacío. Traga saliva ante el recuerdo de la última vez que estuvo rodeado de escombros en un sitio así. Toda una estación muerta por los derrumbamientos posteriores al ataque del 11M. Después de tanto tiempo, todavía lo asusta pensar en ello.—¿Hay alguien ahí? —Carraspea para que su voz no suene a camionero fumador—. ¿Hola?—Aquí... —Es un susurro, pero el silencio del sótano lo ayuda a localizarla.Una mano se mueve entre los escombros, así que corre (aunque no se pueda definir a lo que hace como correr) para apretársela e intentar sacarlo de ahí. Al verlo imposible, se guía por sus palabras entrecortadas para apartar todo lo que lo retiene allí, empezando por la cabeza. Una vez puede respirar, se va encargando de todo su cuerpo hasta liberarlo.Retiene oxígeno en sus pulmones cuando descubre que el hombre, bastante regordete, tiene una mancha de sangre que se extiende desde el cuello de su camisa hasta su pantalón. También tiene la nariz rota y un hilillo de sangre que se escapa de esta. No sabe cómo no está muerto.También le suena de algo, pero resulta imposible concentrarse en recordar con tanto pasando al mismo tiempo.—¿Usted es el portero? —Niega despacio—. ¿El de la caldera? —Se encoge de hombros. Lo mira de forma tan profunda que lo asusta un poco, pero decide que su prioridad es sacarlo de allí—. Vale, me da igual quien sea. ¿Había alguien más aquí?—No lo sé, no me acuerdo. ¿Se acuerda usted, capitán?—¿Cómo sabe...? —Le señala el "capitán" que tiene bordado en la camisa del traje—. Vale, perdón, me estoy sugestionando. Tenemos que salir de aquí, tiene que verlo un sanitario inmediatamente.—No creo que pueda salir de aquí. —Se sienta sobre un escombro mucho más grande, como si se hubiera rendido. Los ojos del capitán se abren con fuerza.—No podemos rendirnos. Yo tengo un hijo, no pienso quedarme aquí.La sonrisa del hombre se incrementa, pero cada vez es más tétrica. Le está dando pánico mirarlo, pero a la vez no puede dejar de hacerlo.—También tenías un hijo hace dieciocho años, Manolo.La sangre se le hiela mientras todos los recuerdos vuelven a él con una velocidad desmesurada. Hace dieciocho años, cuando quedó atrapado en el metro de Madrid y la mayoría de sus compañeros moría, tomó la difícil decisión de permanecer junto a varios heridos de gravedad. La bomba había explotado bastante cerca de todos ellos, así que la muerte era inminente, si no allí, en el hospital.Él era uno de ellos, con los que más habló para tratar de distraerse. Le habló de su pequeño y único hijo, de casi nueve años por aquellas fechas. Le habló de su mujer, antes de que el trabajo los alejara más de lo que ya lo estaban.—Tú no puedes estar aquí. —Lo señala, pero esto solo evidencia el miedo que tiene, porque le tiembla—. Tú estás muerto.La boca del hombre se abre. Tiene la dentadura muy brillante, casi que brilla en la semipenumbra en la que se encuentran.—Claro que estoy muerto. Llevo muerto desde que abandonaste a toda esa gente en el metro de Madrid. Dieciocho años ya, qué cosas, ¿no?Traga saliva. No puede concentrarse en nada teniendo a un muerto frente a él. A un muerto al que vio morir.—¿Estoy yo muerto? —Le tiembla la voz, pero no hace amago de ocultarlo esta vez.—Tú sabrás, capitán.Trata de coger oxígeno. Hay cosas que tendría que notar si estuviera muerto y esto fuera su paso por el purgatorio. Se pellizca. Apenas duele, pero tampoco es que tenga mucha fuerza. Niega con la cabeza.—Estoy vivo, no puedo estar muerto. Tú no serías lo primero que me aparecería al morir.—¿Seguro de eso? —Se levanta con pereza y da un paso hacia él—. ¿No tienes ninguna cuenta pendiente conmigo?Aprieta los labios. Por supuesto que la tiene, no hay que ser un genio para saberlo. No pudo hacer nada por salvarlos, ni siquiera se movió una vez los escombros los rodearon. Llegó un momento que pensó en escribir una carta de despedida, por si él acababa por sucumbir.Pero no le pasó nada, solo se desmayó. A él nada se le había caído encima, no había recibido la bomba porque estaba en la estación cuando se produjo el atentado. A pesar de todo, del cáncer, de perder a su mujer y a sus compañeros, cree que fue el hombre más afortunado de todos los que pasaron por esa estación ese fatídico once de marzo.Se le cristalizan los ojos y comienza a negar con la cabeza.—Lo siento tantísimo... Hice todo lo que pude, estábamos atrapados... Todo empezó a ser demasiado hasta para mí.—Vaya mierda de capitán estás hecho si desapareces cuando las cosas te sobrepasan. Mírate, aquí, en lugar de ayudando a buscar a Ricky.Es su subconsciente. No sabe si está durmiendo o muerto, pero su propio cerebro le está echando la mierda que llevaba tiempo ocultando.—Quería ver si podía salvar a alguien más. Estoy seguro de que Ricky tiene mucha gente buscándolo, no me necesitan... Miriam es muy buena líder, muy lista.—A estas alturas, ¿quién no es mejor líder que tú?Vuelve a agitar la cabeza. Necesita quitarse esa voz de dentro. Está seguro de sus elecciones. Siempre hace lo que cree que es mejor, aunque a veces se equivoque. Es humano, ¿no? Debería tener la oportunidad de errar y repetir.—Soy un buen líder —repite con voz firme—. Puedo equivocarme alguna vez, pero la gente me respeta y sé cuándo tengo que tomar decisiones difíciles. Creía que sí, pero nunca te he olvidado. Eres mi pendiente con la vida, tú y el resto de los que estábamos en ese metro. No creo que os olvide nunca.El gesto de la cara del hombre se suaviza, pero él no se relaja hasta saber que está todo bien.—Eso debes hacer: no olvidar aquellos errores que te salieron caros para hacerlo mejor cada día. Y perdonarte a ti mismo, que ningún familiar guardó rencor.Se muerde el labio, asintiendo despacio. Le cuesta tragarse las lágrimas, mantenerse sereno, pero consigo mismo no necesita fingir.—¿Algo más?—Sí, claro. ¡Papá, despierta, joder!Sus ojos se abren de golpe. Raoul está frente a él, colocándole una máscara de aire de los paramédicos. Su frente se alisa con alivio.—¿Qué...?—Ahorra saliva de momento —le indica, mientras avisa a Miriam para que se acerque—. A la de tres, lo subimos a la camilla.La bombera es muy participativa, saludándolo con alegría al verlo despierto. Manolo se recrea en cada bocanada de oxígeno, como si llevara demasiado sin hacerlo.—Menos mal que estás bien —comenta Aitana, ayudando a transportarlo sin muchas contemplaciones—. No sabes lo pesado que ha sido Raoul hasta que hemos entrado aquí a buscarte.Se le escapa una sonrisa que ninguno llega a vislumbrar.—Ya sabéis que los Vázquez somos muy cabezotas —lo excusa—, sobre todo cuando se trata de alguien que nos importa.El rubio menea la cabeza, sonrojado. El resto del trayecto hacia la ambulancia es silencioso, pero en cuanto Nerea lo recibe, dispuesta a llevárselo de allí, tiene que incorporarse para preguntar.—¿Y el hombre?—¿Qué hombre? —Pero la mirada se le entristece de forma automática.Tiene que tomarse un momento para ordenar sus pensamientos y recordar que solo estaba teniendo una alucinación por el golpe de cabeza. Reformula la pregunta sin pestañear.—Fui a buscar al portero y al de la caldera. ¿Estaban allí?—Muy cerca de donde caíste redondo, papá. —Aparta los ojos de él, subiendo a la ambulancia—. Fallecieron por la explosión, lo siento mucho. Sé que lo intentaste hasta el último momento.—Sí. —Suspira mientras la puerta de la ambulancia se cierra—. Es justo eso.Los doctores del hospital, entre los que se encuentra su oncóloga. Tiene que abandonar a su hijo y a su equipo para que le hagan muchas pruebas. Después de lo ocurrido, no quieren correr riesgos.Cuando vuelve a la habitación donde tendrá que estar en observación veinticuatro horas enteras, Raoul no parece tan preocupado. Más bien, se le ve molesto.—¿Ocurre algo?—¿Cuándo pensabas contarme que te habían detectado algo raro en los pulmones? —Le pone en el pecho las radiografías que tuvo que hacerse, y que le han facilitado después de avisar que era el hijo.—Quería asegurarme, que me hicieran una biopsia... Hice muy bien, no me arrepiento de nada.—¿Por qué? ¿Yo tengo que contarte cada trozo de mi vida, pero si tú pudieras morir por otro tumor, me tengo que enterar después de un derrumbe en...?—Mi querida doctora me acaba de dar los resultados. Era una tontería, nada que ver con el tumor. —Le pasa unos documentos—. Puedes leerlo tú mismo si no me crees.Con las cejas alzadas, se toma su tiempo para leer todo lo que pone en el informe. No quiere saltarse nada importante.Suspira de alivio antes de abrazarlo.—No quiero más sustos —masculla en su oreja.—Ojalá pudiera asegurártelo, pero no suele depender de mí. —Se encoge de hombros—. Se hará lo que se pueda, supongo.En una habitación contigua, Ricky recibe las mil atenciones de Kibo. Su marido ya ha dejado claro que no piensa separarse de él, que tendrá que estudiar para bombero, porque se niega a alejarse de alguien que, cada vez que lo dejan solo, acaba mal por una explosión.—No seas exagerado, que esta vez estoy aquí por observación. No tiene nada que ver —asegura.—Me da igual —refunfuña—. No se me olvida esa sensación de ver el edificio explotar y derrumbarse, no me convencerás de lo contrario.La conversación acaba ahí, con Agoney tocando la puerta abierta para anunciar su presencia. Ha comprado flores en nombre de todo el mundo, pero venir ha sido simplemente por el alivio de verlo bien.—¿Tanta envidia tuviste cuando todo el mundo me prestaba atención después de mi disparo, que tienes que acabar tú también en el hospital, cabrón?Ricky suelta una carcajada y le pide que vaya con él. Necesita un abrazo.» Me alegro de que estés bien —susurra.—Yo también. Todo se lo debo al resto de mi equipo, pero gracias por llamar a todo el mundo.Agoney asiente, en tono serio. Haría lo que fuera por ese bombero que tanto ha sufrido en su vida.Después de veinticuatro horas en observación, tras asegurarse de que estarán bien, tanto Manolo como Ricky vuelven a casa.La noche después pilla a Raoul desvelado. Tiene la espalda recta en el aire, las piernas cruzadas y los ojos abiertos. Por su cabeza no dejan de pasar mil opciones, y solo una correcta. Traga saliva y asiente.Su mirada vuela hasta el moreno, que duerme profundamente de lado, como si esperara que en algún momento alguien lo abrazara por la espalda. Le sale una sonrisa automática al verlo tan relajado. Mirar a su alrededor y darse cuenta de que, poco a poco, han convertido ese piso en su hogar y lugar seguro lo pone muy feliz.Alza la mano con cuidado y la posa sobre el hombro del policía. Agoney suspira, pero no se inmuta, así que se obliga a mover su hombro para despertarlo. Tampoco sirve de nada.—Ago —murmura, como si no estuviesen solos en el piso—. ¡Ago, despierta!El moreno pega un respingo, despertándose de golpe al escucharlo y tener su mano meciéndolo.—¿Qué...? —Se incorpora de golpe—. ¿Qué pasa? ¿Está el piso en llamas? ¿Estás bien?—No, no pasa nada, relájate. —Le entra la risa tonta.—Ya estaba relajado, ¿qué ocurre? —Guiña los ojos, aprovechando para rascárselos.Su respiración se va calmando una vez sus ojos se adaptan a la oscuridad y comprueba que el piso está intacto, así como Raoul. Bufa, cerrando los ojos. Está a punto de volver a caer sobre el colchón, pero el rubio no lo deja.—He estado pensando mucho y no puedo dormir.—Lo siento. —Acaricia su barbilla con el pulgar—. ¿Quieres que te abrace y lo hablamos mañana?Raoul niega, ampliando su sonrisa. Esto lo obliga a centrarse un poco, aunque sea por la sensación de que trama algo.—Estoy listo para hacer mi testamento.Pestañea, pero acaba asintiendo. Se alegra de que haya entrado en razón.—Vale, genial, pues una tarde te acompaño al notario... —La mirada de Raoul no da lugar a dudas—. Espera, ¿ahora? —Se da la vuelta para mirar el reloj del móvil—. Son las tres de la madrugada, mi amor, creo que, si has llegado hasta el día de hoy, podrás sobrevivir una noche, estoy seguro.—Es que no puede esperar, al menos para decírtelo.—Está bien... —Se rasca los ojos, con el sueño cayéndole encima sin piedad.—Será fácil, no te estreses. Solo tengo que dejárselo todo a mi marido.Agoney detiene su proceso de quitarse las legañas. Aparta muy despacio la mano de sus ojos, con el ceño fruncido. No entiende nada.—¿Cómo?—Cásate conmigo.Su corazón da un vuelco antes de empezar a funcionar con fuerza, golpeando su pecho con una fiereza propia del nerviosismo que siente. Sin embargo, se obliga a actuar como la voz de la razón en esta situación.—A ver, amor... Sé que los últimos días han sido muy estresantes, que ver a tu padre inconsciente, y a Ricky, a punto de morir..., y sigues un poco traumatizado por mi disparo. Es normal que te haya calado hondo todo este drama, pero no es necesario que...—Sí que me ha calado hondo, pero no por la explosión, sino porque hablar con Ricky antes de que ocurriera me hizo darme cuenta de que quiero pasar toda mi vida contigo. —Agoney aprieta los labios para no interrumpirlo, a sabiendas de que tiene mucho más que decir—. Mi amor, al fin no hay drama. Por primera vez, estoy tranquilo porque sé que esto es lo que quiero, es lo que me pide el alma. Eso es amor —explica como si el moreno no lo hubiera sentido desde la primera vez que se vieron—, uno del que no quiero escapar, porque sé que aquí estoy en mi sitio, a tu lado.» Mi vida ha estado llena de drama, de semanas de mierda como esta, de estar a punto de morir o de casi perder a las personas más importantes de mi vida. Es un miedo que tenemos siempre, ¿no? —Sonríe, pequeño—. Por primera vez en mi vida, el amor que siento por ti es muchísimo más grande que el miedo a perderte. Así que cada minuto que no estamos casados, es un minuto perdido. —Coge sus manos entre las suyas—. Teniendo en cuenta mi historia, cada día...—Raoul Vázquez —lo interrumpe—, ¿puedo decir que sí ya?—Eso esperaba —masculla, soltando una lágrima—. Ya me estabas asustando, tratando de disuadirme.Le saca una carcajada, que se mezcla con sus lágrimas. Las mejillas de Agoney están empapadas cuando asiente.—Entonces sí, mil veces sí, mi amor. —Lleva las manos a su cara, sujetándola para que sus frentes choquen, quedando cerca el uno del otro.Solo tienen que girar un poco las narices para unir sus labios en un beso suave y delicado, tranquilo, pero lleno del amor del que no pueden escapar.Raoul se separa un breve instante, con el humor mejorado, aunque siga llorando.—No me habrás dicho que sí para poder volver a dormir, ¿verdad?Agoney se muerde la risa, que tan poco pega, pero a la vez es tan ellos.—Es posible. —Acaricia su nariz con la propia antes de besarlo de nuevo, arrastrándolo entre las sábanas para quedar tumbados juntos.Se abrazan, en sentido contrario a como estaban antes, con una sensación de paz que pocas veces habían experimentado.A la mañana siguiente y, por petición de Raoul, deciden quedar todos los de la estación para celebrar que todos están bien después de los últimos acontecimientos. A nadie parece extrañarle que propongan el piso que comparten, en lugar de una casa más grande, como la de Manolo.La pareja va de un lado a otro sacando la comida, poniéndola en boles y dejándola en mesas del salón.—¿Hemos pensado en cómo lo vamos a anunciar? —Agoney abre el frigorífico para sacar la botella de champán sin alcohol que piensan beber para celebrar.—¿Hacemos un discurso? —pregunta desde el salón.—Podríamos, no es mala idea. —Deja las botellas y vuelve a por un plato.—Algo... conmovedor, y así les agradecemos que hayan estado ahí para nosotros.—Suena bien. —Agoney revisa que no falte nada, motivo por el que tiene que volver de nuevo a la cocina.—O también podríamos ponerte un anillo en el dedo y preguntarles: ¿esto me hace parecer prometido?El moreno lo mira, enternecido por su creciente emoción.—Vamos a quedarnos con el discurso conmovedor. —Se inclina para besarlo despacio.—Vale. —Sigue sonriendo cuando se separan y suena el timbre.Van juntos a abrir la puerta, encontrándose de lleno con los padres de ambos. Benito lleva en las manos una botella de vino, que casi le clava en el pecho a su hijo al pasar.—Papá... —masculla, yendo tras él—. Hoy quería que todos tomáramos lo mismo y Raoul no bebe... y tú tampoco, no me olvido.—Pues para las noches solo, hijo, que se hacen largas.Todavía en la puerta, Gloria besa las mejillas de su yerno antes de seguir a su marido. Por estar cerca, es Raoul el encargado de abrir la puerta cuando vuelve a sonar las dos siguientes veces. Primero son Ricky y Kibo, que llegan juntos y de la mano. En la segunda ocasión, son Miriam y Juan Antonio, que llegan juntos.—No llegamos tarde, ¿no?—Qué va. —Le da un abrazo a la gallega—. ¿Y Aitana y Nerea?—Ah, se estaban liando en el aparcamiento, así que, cuando ha sido hora de coger el ascensor..., puede que no las hayamos esperado. —La sonrisa de Juan Antonio cruza su cara.—Anda que no sois malos. —Le da una palmadita en la espalda—. Id pasando, que solo quedan ellas y Mamen.Al final llegan las tres a la vez. Nerea hace un comentario sobre su falta de espera en el ascensor, pero todos están demasiado contentos como para dejarse llevar por pequeñas disputas.—Madre mía, pero vaya despliegue —admira Aitana la mesa llena de platos.—¿Has visto? Alguien valora toda la comida que he preparado. —Agoney pone los brazos en jarras.—Yo la valoro. —Besa su mejilla.—Bueno, parejita, ¿brindamos porque al fin estamos todos vivos? —Ricky hace amago de coger la botella.—Antes de eso... —lo corta el moreno, buscando la mano sudorosa de su chico para darse ánimo—, queríamos aprovechar que os tenemos a todos aquí para agradeceros el apoyo que habéis supuesto en estos meses. No todo ha sido fácil y...—Esperad un momento —Aitana los interrumpe, ojos entrecerrados por la sospecha—, ¿esto es jamón del bueno? ¿Cortado a mano?—Sí que lo es. —Se esfuerza por sonreír, pero los nervios se lo están comiendo vivo—. A lo que iba, agradecemos...Pero no tienen ninguna intención de seguir escuchándolo. La siguiente en hablar es Miriam, que se cruza de brazos antes de señalar la botella que Ricky iba a abrir:—Y eso es champiña de críos, porque Raoul no bebe alcohol...—Eso significa que habrá un brindis, ya lo sabíamos. —Juan Antonio se encoge de hombros.Nerea escanea a la pareja en silencio. Las manos entrelazadas, el claro nerviosismo de Agoney al intentar dar un discurso dándoles las gracias...—No puede ser —cae de golpe, soltando una risita.El resto los miran, expectantes. Agoney bufa, odiando la forma en que le han chafado el anuncio. Pero Raoul no puede ocultar un segundo más su sonrisa.—Sí puede ser. —Se muerde el labio.Nerea pega un gritito mientras las bomberas se llevan las manos a la boca para ahogarlo mejor. Mamen se acerca a ellos enseguida.—Mis hijos, estoy contentísima.—Pero que estoy flipando, de verdad... —Aitana los mira, alucinada.—Eh..., yo estoy un poco perdido —interviene Juan Antonio, viendo que nadie tiene la intención de explicar de qué se han dado cuenta todos menos él.—¡Están prometidos! —gritan todos a la vez.—¡No puede ser! —Se le ilumina la mirada. Mientras todos ríen, se abalanza sobre ellos para achucharlos como se merecen.Durante los siguientes minutos, todo es alegría y sonrisas, y enhorabuenas que creen más que merecidas. Manolo aprieta tan fuerte a su yerno que podría reventarle una costilla, pero luego lo arregla con una caricia cariñosa en el hombro y todos ríen por ello.—¿Nos vais a contar cómo ha sido? —pregunta Ricky, una vez le ha dado un abrazo muy necesario a su mejor amigo.—Solo diré que aún no tenemos anillo, porque fue muy precipitado.—Y que me despertó a las tres de la mañana, por si os ayuda ponerle hora. —Lo mira con mala cara.—Lo superará —asegura Raoul, volviendo a besarlo con cuidado.El capitán es el encargado de abrir la botella y su consuegro de ir repartiendo las copas. Pronto tienen todos una bien cargada, así que alzan las copas y las chocan entre sí.—Por un próspero matrimonio.El moreno pone un puchero al escuchar a su madre, que le guiña un ojo.—Porque a la segunda va la vencida.—Oye, que hasta donde yo sé no he estado casado todavía, papá —se queja Raoul.—Pues porque a la segunda te has podido declarar.—Porque no acabemos en el hospital hasta mucho, muchísimo tiempo después de la boda. —Agoney alza la copa mientras acerca a su chico por la cintura.—Amén a eso. —Chocan sus copas y se besan, como si fuera una nueva tradición después del brindis.Vuelven a chocarlas con el resto y beben de las copas hasta que quedan vacías. Benito saca su botella de vino para los que quieran probar algo un poco más fuerte, y más de la mitad se cambian a este. Solo que quedan los recién prometidos, Manolo y Aitana, que tienen que conducir.—Vaya traición —musita Raoul cuando se va tras su chico a la cocina. Está empezando a llevarse platos ya vacíos para no dejar mucho desastre en el salón—. Todos bebiendo.—Así nos lo pasamos mejor y los vemos hacer el ridículo y luego se lo recordamos. —Le guiña un ojo.—Si te apetece tomarte algo, no pasa nada. Vives aquí, no tienes que coger el coche.—No me molesta. —Se encoge de hombros—. También es que intento hacértelo más fácil.—No tienes que hacerlo —asegura, apoyándose en la encimera—, pero gracias. No te digo lo suficiente lo mucho que te quiero.—Si me quisieras más, me habrías pedido matrimonio durante el desayuno —bromea, llevándose un beso—. Ahora en serio, estoy bien así. Estoy feliz.—Me alegro. —Asiente despacio, manteniendo el equilibrio entre observarlo a él y al resto de su pequeña familia, que siguen haciendo brindis por estar vivos—. Vamos a estar bien, ¿verdad?—Eh, mírame. —Se gira y suspira al notar sus dedos acariciando su mandíbula—. Vamos a estar bien. Da igual si es un año o seis meses, pero lo haremos a nuestro ritmo.Vuelve a mover la cabeza para dejar claro que lo entiende, que lo escucha.—Yo también soy muy feliz —vuelve a una frase que dijo él antes—. Tanto tiempo de drama en drama, ya sabes...Sonríe, pequeño y comprensivo.—Y que después de tanto drama, ya es hora de un poco de arcoíris solo para nosotros.—¿Solo para nosotros? —Alza las cejas, divertido.—Me merezco ser un poco egoísta en esto. —Da la vuelta a la isla para abrazarse a él.—Un poquito solo —susurra sobre su oreja. Besa la zona, después la mejilla y se recrea hasta poder besar sus labios como le apetece.Se separan cuando empiezan a echarlos de menos. Se sonríen, con la complicidad más amplia que nunca, y vuelven con ellos, de la mano, como una extensión complementaria del contrario. Solo tienen que recibir a sus amigos para tener claro que estarán bien mientras estén tan bien rodeados.Aitana se arrodilla en el colchón en el que su chica descansa. En realidad, la rubia no tiene ninguna intención de dormir, solo de estar tumbada mientras observa a la morena dar tumbos de un lado a otro. Por eso, se ha fijado en su mano tras la espalda. Esconde algo, la ha visto cogerlo de un estuche que tiene bajo la tele. Lo único que le falta es saber qué es.—¿Me vas a decir qué pasa? —Se incorpora con un codo sobre la cama—. ¿Qué escondes ahí?—Esto va a sonar un poco típico, y no creo que seas de esas a las que te gustan los discursos..., pero me gustaría hacer uno.Nerea alza una ceja, pero le hace un gesto para que continúe:» Vale, a ver... Llevamos un tiempo juntas. Bastante, en realidad. Hemos retrasado el momento demasiado tiempo, pero la realidad es que ya estamos asentadas juntas y nos va bastante bien...—Aitana... —se obliga a interrumpirla, a pesar de saber que eso solo la pondrá más nerviosa de lo que ya está—, no me molesta un discurso, pero podrías ir al punto directamente. No me importan mucho los detalles de lo que quieres preguntarme.—¿Sabes lo que...?—Prueba... —Le guiña un ojo.La del flequillo se lo peina varias veces antes de sacar la mano de su espalda. Lo hace a cámara lenta, como si no se atreviera, como si alguien pudiera pararla con una llamada. Pero eso no sucede. Nerea sonríe de oreja a oreja al localizar una llave plateada, sin mayores adornos.—Quiero que nos mudemos juntas. Y antes de que te pongas nerviosa, no tiene por qué ser ya. De momento, me vale con que tengas esto. —Alza la mano para que le coloque la llave en la palma—. Quiero que puedas entrar cuando quieras, que este sea tu hogar, así como el mío. No hace falta que nos mudemos mañana mismo, pero puedes ir trayendo ropa, que tengas aquí cosas para no tener que marcharte antes por las mañanas porque no tienes ropa aquí.—Aitana. —La interrumpe de nuevo, pero esta vez va acompañada de un beso dulce y lleno de sentimiento—. Vale, hagamos eso. Poco a poco me voy mudando aquí.Se bebe su sonrisa en un beso más apasionado que el anterior, haciéndola caer sobre ella en la cama. se besan las sonrisas un buen rato.—Ya te puedes dejar el pijama —ofrece la morena, haciéndose la inocente—. Así no tienes que llevártelo a casa.—Tienes razón. —Se rasca la barbilla, fingiéndose pensativa—. También debería comprarme un cepillo de dientes. Podríamos salir ahora, ya que tengo pensado pasar la noche aquí.—¿Ahora? —Ladea la cabeza, mientras su mano sube con cuidado por su muslo. Se hace la inocente, pero no tiene un pelo de eso—. Fíjate, yo pensaba que podríamos encontrar algo más interesante que hacer...—Eh... —Nerea tiembla cuando la yema de su dedo la roza por encima de las bragas—. Sí, suena bien, podemos ir más tarde. Además, cepillarse los dientes está sobrevalorado.Se venga por la risa que le suelta con un mordisco en el labio inferior. Pensándolo mejor, no se le da muy bien lo de la venganza, pero al menos se lleva un gemido encantador.Apenas ha comenzado a desnudar su parte de arriba cuando el teléfono comienza a sonar. Es el de Nerea, lo saben por la voz de Whitney Houston en el estribillo de su canción favorita. Abren un ojo y se echan a reír. La más rubia se inclina para mirar de quién se trata.—Uf, es Ago. Seguro que quiere contarme qué tal sus primeros días de trabajo. —Bufa.—No seas mala.—No lo soy, pero mañana íbamos a quedar con Ricky y Kibo. Yo lo quiero mucho, pero preferiría escuchar la conversación sobre sus informes una sola vez.Hace amago de volver a besarla, pero Aitana le hace la cobra y besa su mejilla. Solo tiene que arrastrarse un poco para coger el móvil.—Es tu amigo, dale un poco de bola.—Si no tenías ganas de sexo, decirlo no cuesta nada, que a mí no me importaría... —refunfuña.Pero la mirada de su novia no admite réplica, así que coge el móvil y se incorpora. Mientras se abanica con la mano para quitarse el calentón que no desaparece así como así. Aitana la escucha saludar.—Escucha, ha explotado un edificio en el centro de Murcia. Tienes que venir.—¿Y qué? No quiero sonar poco empática, pero mi servicio acabó a las dos de la tarde. ¿No hay paramédicos suficientes?—No lo entiendes. —Se le escucha tan nervioso que trata de prestar atención—. Es el edificio donde Ricky hace terapia.Se le corta la respiración.—Hoy era su último día, ¿no?—Kibo me ha llamado. —Su voz suena seca, dolida—. Él estaba enfrente, está todo fatal por ahí. El resto del equipo quiere ir a colaborar con su estación. ¿Vienes y avisas a Aitana o prefieres quedarte?Nerea suspira, temblorosa, y asiente. Tras darle una respuesta verbal, corta y se gira hacia su novia. Ha estado escuchando su parte, así que ya tiene el ceño fruncido.—Sé que acabamos de terminar un turno de veinticuatro horas, cariño, pero vamos a tener que hacer un pequeño esfuerzo. Ricky. —Es la primera explicación que le da.Ya en el coche, le cuenta lo poco que le ha contado Agoney mientras conduce. No quiere perder un momento. Ya se siente bastante mal porque ha estado a punto de no cogerle el teléfono. No va a quedarse en casa ahora.Juan Antonio y Manolo están bajando del coche cuando ellas llegan. Han pasado por la estación y han recogido sus trajes, así como el de Aitana. Le da las gracias con un asentimiento.—Miriam está de camino, pero tenemos que hablar con el jefe de este turno. —Manolo los dirige hasta cruzar la cinta.Localizan a Agoney en el interior, hablando con el que parece el jefe.—¿Cuál es la situación?—Capitán —le hace un gesto de respeto—, por lo que sabemos, un técnico ha estado manipulando en la zona de la caldera. Parece ser que olía a gas. Ni él ni el portero han aparecido.—¿Y los residentes?—Este es mayormente un edificio de oficinas. Hay despachos de abogados, de psicología, hasta un dentista. Solo hemos podido sacar a un par de profesionales de la primera planta, que ya están siendo atendidos por la ambulancia. Para el resto de las plantas, que están bastante destrozadas, todavía no tenemos estrategia.—Ya le aviso que parte de mi turno está a su disposición. Seremos cuatro bomberos y una paramédica.—Genial, toda ayuda será bienvenida. Usted puede irse con sus compañeros. Han llegado con el inspector.Nerea no tiene que levantar mucho la cabeza para localizar a Raoul. Está revisando a un hombre de camisa y corbata que no deja de lloriquear. No parece que tenga ninguna herida física, pero el shock debe haber sido terrible. No tarda en ponerse a su lado para ayudar en lo que haga falta.Una hora antes...—Pues ya estamos aquí... —rompe el hielo, con las manos todavía sudorosas. No se ha librado de ese nerviosismo ansioso ni después de una conversación con su novio.—Sí, Ricardo. Última sesión en espero que mucho tiempo. —Sonríe.—Pensaba que te encantaba sacarme los cuartos cada semana —se esfuerza por bromear.—Ah, qué recuerdos las primeras semanas de terapia. —Lo mira con una ternura poco típica de alguien casi desconocido—. Has evolucionado muchísimo, lo quieras admitir o no. Antes te morías por salir de aquí, y ahora te cuesta decir que dejarás de venir.—Han pasado más de dos años. —Se encoge de hombros—. Mi corazón siempre tendrá un hueco para ellos, fueron mi familia, pero no puedo llorarles eternamente. Ya ni siquiera me sale.—Eso es bueno: los recuerdas con cariño, pero ya no te sale llorar. Estoy muy orgulloso de la persona en la que te has convertido. Espero de verdad no tener que verte en mucho tiempo de forma profesional, y que eso signifique que tienes la paz mental suficiente.—La tendré, estoy muy bien rodeado. —Se esfuerza por sonreír—. Sé que es una estupidez, pero mi marido y yo hemos empezado trámites para adoptar. Sé que se tirará tres años fácil para que tengamos a un pequeño Merino, pero... me hace ilusión. ¿Quién iba a decirlo cuando tenía el estrés postraumático en el pecho?—¡Eso es una noticia increíble! —Se nota que lo dice de verdad, así que solo puede sonreír de vuelta—. Aunque queden tres años, solo me queda darte la enhorabuena. Con todo lo que has aprendido estos años, serás un padre genial.Asiente. No le gusta decirlo en alto, pero él también lo cree. Al menos, será justo y tendrá una inteligencia emocional que ya les gustaría a muchos padres. La ha aprendido a base de hostias, pero ahí está.—Entonces, más allá de estas noticias tan maravillosas, ¿de qué deberíamos hablar en esta última sesión? ¿Te parece una pequeña recapitulación?Vuelve a asentir y escucha a ratos mientras deja que el psicólogo lleve la carga de la palabra. Sabe que debe hablar, para eso está allí, pero pensar en la última sesión lo pone nostálgico.Deja de escuchar cuando algo parecido a una explosión lo remueve todo. Cae de la silla donde estaba sentado, junto al resto de cosas del escritorio. El psicólogo, en su sillón, no se mueve, pero empalidece.—¿Qué ha sido eso?Está a punto de echarle la culpa a un terremoto, y quejarse de que esos ya se habían acabado para ellos, pero la explosión resuena con más fuerza y el suelo se mueve bajo él. Es algo más potente que eso, sea lo que sea.Tiene que lanzarse sobre el psicólogo cuando ve que el techo sobre ellos se cae, apartándolo justo a tiempo. No consigue evitar que una lámpara le caiga en la cabeza, dejándolo inconsciente.Fuera y en el presente, Kibo está de brazos cruzados, observando con cara de pena el edificio. Ya no se mueve nada, lo que significa que el gas ha hecho lo que le ha dado la gana para luego detenerse.Ha intentado ponerse en contacto con su novio, pero no ha obtenido ningún resultado. Si su móvil sigue intacto, sí que sería un milagro, pero cualquier objeto material se puede comprar. No tendrá otro Ricky, no necesita vivir una situación así, menos justo ahora.Raoul se acerca a él una vez se asegura de que los primeros en ser salvados están todos bien. A un lado, los bomberos se organizan, bajo el mando de Manolo, para ir subiendo planta a planta a buscar supervivientes. Nadie lo dice, pero la prioridad extraoficial es Ricky. Necesitan saber si está vivo, si van a salir de allí con él en ambulancia o...—Va a estar bien —asegura en un susurro.Le sale una sonrisa sarcástica. Hace no tanto, estaban en la situación contraria. No está seguro de haberlo llevado de la mejor manera posible, pero se alegra de que esté allí por él.—Claro que estará bien —dice en voz alta, para autoconvencerse—. Ricky tiene la cabeza muy dura, sobrevivió a sus compañeros, sobrevivirá a esto...Raoul aprieta los labios antes de dejar una caricia en su omoplato. Pasa un par de minutos en su compañía, hasta que Manolo y Miriam deciden entrar tras otro grupo de bomberos. En ese momento, eso es prioridad.—Oye, cuídate, ¿vale? —Se acerca corriendo a su padre—. No me apetece vivir otra vez lo de mi novio, pero contigo.La sonrisa del capitán es suave cuando besa su frente descubierta.—Estate siempre alerta. Nosotros volveremos pronto.Mientras los bomberos van pasando entre las plantas destrozadas en busca de víctimas a las que salvar, Ricky parpadea para tratar de ver algo. Siente como si su cabeza estuviera a punto de estallar. Le cuesta algunos segundos recordar lo que ha pasado, que ya no está en un sitio seguro.Cuando consigue soltar la primera bocanada de aire, esta viene acompañada de una tos seca.—¿Hay alguien ahí? —pregunta, arrastrándose entre los escombros. Por el momento prefiere no ponerse de pie, porque no sabe cómo de estable está el suelo—. ¿Hola?Su cuerpo lo obliga a toser de nuevo, pero esta vez consigue ponerse la mano encima de la boca. Como si hubiera alguien a quien molestar...Su mente le hace recordar que no estaba solo en ese despacho, que estaba su psicólogo. Hace un barrido general, pero en principio no logra ver nada. Busca piernas o brazos, o cuerpos en general que estuvieran parcialmente atrapados por algún trozo de techo. Se le forma un nudo en el estómago solo de pensar en que le haya pasado algo.Le parece escuchar sirenas de fondo, así que su corazón se tranquiliza un poco. Si ya ha venido la caballería, debería estar fuera de allí en poco tiempo. Quizá lo mejor sea quedarse quieto hasta escuchar a alguien que venga a salvarlo.Pero entonces escucha una tos. Se parece bastante a la suya hace un rato, provocada por el polvo que ha tenido que tragar en tan poco tiempo. Aguanta hasta que las toses se apagan para avanzar hacia ellas.—¿Hola? —Alza la voz más que antes—. ¿Señor Martínez? ¿Está por ahí? ¡Grite si puede hacerlo, quiero buscarle!—¡Sí, estoy aquí!Vale, ha tenido que malinterpretar el lugar por el que llegaban las toses, porque la voz llega de otra dirección, más cercana a donde se encontraba él al despertar. Se arrastra con cuidado, cerrando los ojos por el miedo cuando el suelo se tambalea.—¿Cómo se encuentra?—¡He estado mejor! —Trata de ponerle humor a la situación—. Creo que tengo algo aplastándome la pierna, pero no tengo muy claro el qué.La pequeña sonrisa de Ricky se volatiliza cuando llega hasta él. Una de las piernas de su psicólogo está destrozada por lo que antes era parte del precioso techo de estrellas. La otra, fuera del techo que ha caído sobre él, permanece intacta.» Está mal la cosa, ¿verdad? —gime, más por la rabia que por el dolor—. A mí no me lo tienes que pintar bien, soy psicólogo.—Si usted lo dice... —musita, antes de hablarle—. Si no vienen a por nosotros pronto, podría perder la pierna.En realidad, no sabe si todavía es posible salvarla, no tiene estudios médicos más allá de hacer la maniobra de Heimlich. En ese momento, con su propio psicólogo soltando una risita histérica, cree que lo mejor es dar un mínimo de esperanza.—Ah, perfecto, genial, lo único que me faltaba ahora mismo, oye. —Suspira—. Hazme el favor, Ricardo, ¿tú no eras bombero?—Sí, pero ahora mismo...—Intenta quitarme el techo de encima, anda. Cualquier cosa debería ayudarme ahora mismo, pero es que ni siquiera quiero tenerlo.—¿Le duele?—No siento nada en esa pierna —masculla, y no tiene que mirar la cara del bombero para saber que eso es mala señal—. Me duele un poco la cabeza y siento un hormigueo en la otra, pero... nada.—Joder. —Se arrastra hasta llegar a su altura—. Tengo que avisar que una sola persona puede ser complicado.El hombre sonríe con un brillo triste en los ojos.—Haz lo que puedas —susurra.Miriam ha salido fuera para acompañar a un hombre al que han tenido que rescatar de una de las habitaciones más intactas de todo el edificio. El único problema es que se había quedado atrapado en esa habitación, sin poder salir.Tras echar un vistazo a esa planta, Manolo recuerda lo que ha hablado con el jefe provisional de la 122 cuando no es su turno. Dos personas, el técnico del gas y el portero del edificio, no volvieron después de bajar al sótano a arreglar algo relacionado con la caldera. Traga saliva y da media vuelta. Quiere comprobar si es posible pasar y salvar a alguien.Mientras que el resto de las plantas son un revuelto de muebles y techos destrozados, una vez llegado el sótano todo se vuelve de lo segundo. Miles y miles de trozos de cemento por todo el suelo. De hecho, es imposible distinguirlo, así que, cuando baja y comienza a abrirse paso, lo más probable es que esté nadando entre cemento a un metro de este.Con la respiración agitada, va llamando y preguntando si hay alguien ahí. Todo en esa zona parece más inestable que en ninguna otra, a pesar de ser la planta más cercana al suelo. Ha tomado la precaución de ponerse la máscara, pues si ahí es donde se ha originado la explosión, no quiere aspirar el tipo de aire que debe quedar tras una bomba de gas así. Solo con lo que ha ocasionado en el edificio, es suficiente para tenerle respeto.Agudiza el oído, pero se ve incapaz de escuchar a nadie. Si hay alguien ahí, o está inconsciente o... muerto.Avanza un poco hasta llegar a una puerta que está sobre el cemento, arrancada de su lugar por la explosión. Por el tipo, es bastante probable que fuera la habitación de la caldera, así que, si salió disparada en aquella dirección, todavía tiene alguna oportunidad de encontrar a alguien. Si consigue recuperar, aunque sea un cuerpo que alguien pueda velar, se da por satisfecho.Empieza a plantearse escarbar y quitar cemento en busca de los dos hombres desaparecidos, pero se le va de la cabeza cuando escucha un ruido. No tiene nada que ver con una persona, es el edificio. Es tan inestable tras la explosión de sus cimientos que se mueve sin motivo alguno, más allá de asustarlo.Pero entonces, sin verlo venir, una viga ya medio rota cae sobre él, sobre su cabeza protegida por el casco. A pesar de este, que ayuda a no provocarle ninguna herida, Manolo pestañea y comienza a verlo todo negro.Para Ricky, ese movimiento estructural le viene bien en su ayuda al psicólogo. Tras un par de empujones fuertes, consigue librarlo del techo sobre su pierna. El señor Martínez aprieta los dientes para no soltar un grito. Parece que sí que podía sentir cosas en esa pierna, después de todo. Él ha tomado la decisión de no mirar la pierna por el momento. Suele tener buen estómago para estas cosas, pero no se quiere ni imaginar lo que puede encontrar.—Joder —jadea con fuerza. Todavía intenta no quejarse.El bombero le deja un momento antes de mirar a su alrededor.—¿Cree que podría arrastrarse conmigo?—Por favor, deja de ser tan formal, estamos en pleno accidente explosivo. ¡Ah, joder!—Mira, solo tienes que dejar la pierna muerta y arrastrarte. Te será más fácil que intentar moverla activamente.Con los ojos cristalizados por el dolor, asiente despacio y comienza a seguirlo cuando se da la vuelta. Al principio le cuesta un poco, siempre intentando mover ambas piernas para ayudarse a avanzar, pero cuando se da cuenta de que eso solo le ocasionará más dolor, la deja muerta y reza porque sea la última vez que la tenga así.Avanzan a buen ritmo, dadas las circunstancias. El psicólogo ha conseguido dejar de llorar, pero todavía se queja por lo bajo.—¿Por dónde vamos a bajar? —Comienza a hiperventilar en determinado momento—. Ni siquiera sé si encontraremos las escaleras, si estarán presentables, pero yo no puedo arrastrarme por ahí.—Si llega el caso, lo tomaré en brazos, no se preocupe. —Ricky está tan serio que se obliga a creerle—. Lo hago a menudo, es parte de mi trabajo.Sonríe, irónico, antes de contestar:—Pero ahora mismo no está de servicio.—Ser bombero, por desgracia, a veces implica estar de servicio hasta cuando no te gustaría. Me llevo mis conocimientos y lo que sé hacer a todas partes, así que vamos, sigamos. Si podemos facilitar el trabajo al equipo de rescate, lo haremos.El señor Martínez se deja convencer por su tono fuerte y autoritario. Con alguien así, cualquiera va al fin del mundo, incluso con el dolor más intenso de toda su vida en la pierna.Abajo, Miriam está lista para subir a las plantas más altas, donde ellos se encuentran. Suponiendo que Manolo ha empezado sin ella, se lleva a un par de bomberos para ayudarla a transportar heridos. Mamen les ha cedido la camilla, así que es un buen comienzo.—¡En esta planta no hay nadie! —grita uno de los bomberos—. Está bastante intacta, ya podría todo haberse derrumbado así de bien.—Claro que sí, Reyes, porque la explosión va a actuar exactamente como a nosotros nos gustaría que lo hiciera. —Chasquea la lengua—. Sigamos. Queda un compañero aquí dentro.—¿Qué hacía aquí? —pregunta una joven bombera de otra estación—. ¿Ver a un abogado?La gallega se muerde la respuesta. Ella no va a ser la que airee lo del psicólogo, aunque todo su equipo de la estación lo sabía perfectamente.—Centrémonos en encontrarlo, de momento no responde a las llamadas, así que debe estar en una planta superior y el móvil en la mierda. Es prioridad salvar a todo el mundo, pero de él tenemos constancia, así que vamos a encontrarlo.El resto de los bomberos asiente y se dispone a subir. El edificio se ha estabilizado después de las explosiones, así que dan pasos firmes y mueven trozos de cemento para pasar entre las escaleras y las entradas de los pisos. De vez en cuando aparece alguien inconsciente, así que mandan a un par a sacarlos fuera. Pero Miriam sigue hacia delante. Si Manolo ha continuado, ella debe seguirlo.Sin embargo, según van subiendo y los bomberos vuelven para ayudarla, se queda sin opciones. No escucha nada en ninguna dirección y solo le quedan dos plantas, las más destrozadas. En algunos puntos, se puede ver la luz del sol ya, de lo destrozados que han quedado los techos. Deben tener mucho cuidado en cada paso para no acabar atrapados por los trozos más inestables.Cuando está a punto de darse la vuelta, pues hay zonas que son imposibles, escucha un sonido como de metal. Es como si alguien golpeara una tubería. Sus orejas se activan, dando vueltas sobre sí misma mientras intenta localizar desde donde le llega el sonido.—¿Qué pasa? —Aitana llega a su lado, ajustándose bien el casco y poniendo una mueca al comprobar que el suelo bajo ella se mueve—. Esto está muy inestable, tendríamos que darnos por vencidos.—Sssh, espera. —Agarra su brazo, reteniéndola en un silencio que la ayuda a volver a escuchar esos golpes—. ¿Oyes eso?—Como si alguien golpeara un cuenco de metal.—Yo creo que tiene toda la pinta de ser una tubería, pero sí, es ese sonido.—Viene de allí. —La morena señala un muro semiderruido. Ni la puerta ha quedado intacta—. Sí, estoy segura.—Yo también lo creo —musita, entrecerrando los ojos—. Pero esa zona está en la mierda.—Si tenemos constancia de vida, tendremos que intentarlo.No puede estar más de acuerdo, así que pone a todo el mundo en marcha. Comienzan a quitar escombros hasta conseguir un hueco donde antes estaba la puerta. La estructura de madera ahora está en el suelo, y todos pasan agachados sobre ella para entrar en lo que, hasta hace unas horas, era la oficina de un psicólogo.Se acercan a lo que era un mostrador. Ahí debería haber al menos otro trabajador, pero allí no hay ningún cuerpo. Con un suspiro, da unos cuantos pasos antes de gritar:—¿Hola? ¿Ricky? ¿Estás ahí?—¡Sí! ¡Estoy aquí, soy Ricky! —Las chicas suelta un suspiro de alivio—. Estoy en el despacho, al final del pasillo. Esta zona está fatal, hay que tener cuidado. Y no estoy solo, mi psicólogo está aquí y tiene la pierna destrozada. Yo no estoy tan mal.Miriam asiente, como si fuera lo que necesitara para empezar a trabajar. Se gira hacia dos bomberos y avisa para que tengan la camilla preparada. Tendrán que sacarlo con prioridad.—¿Tú estás bien? ¿Seguro? —pregunta Aitana mientras se preparan para seguir esquivando escombros y quitar todos los posibles.—Sí, o sea, he tragado algo de humo y me dio en la cabeza algo, pero me explotó un granero en la cara, esto no es nada.Si el psicólogo no fuera tan profesional, haría un comentario sobre la ironía de que la última vez que estuvo en peligro semejante fue lo que provocó que acudiera a terapia en primer lugar, y por tanto que estuviera allí en su última sesión. Pero como es prudente, sigue avanzando hasta los límites del despacho.Una vez ahí, se obliga a tragar saliva. Los restos de techo se han acumulado ahí, formando una montaña tan grande que es imposible salir por su propio pie. Tampoco es que él pueda ponerse en pie sin ayuda profesional, pero es que ni siquiera Ricky, que está de una pieza, puede hacer algo.Al otro lado, los bomberos trabajan en apartar los escombros. Por no hacer de más y ahorrar fuerzas, hacen lo imprescindible para avanzar por el pasillo y poder sacar a los atrapados allí. Es un trabajo tedioso, pero saben que tendrá su recompensa, pues los dos están conscientes y bien, dentro de sus posibilidades.—Ricky, una cosa más —Miriam alza la voz cuando se van acercando—, ¿has escuchado al capitán en los últimos minutos?—Sois las primeras personas a las que escuchamos desde que estalló esa explosión de mierda —responde con cuidado—. ¿Manolo venía para acá?—Está feo decirlo, pero el único motivo por el que estamos haciendo horas extra es por ti. Se suponía que tenía que ir subiendo a buscarte.—Aquí no ha estado —asegura—. ¿Creéis que le habrá pillado un trozo de techo? Hace rato estaban cayendo bastantes.—Aquí cerca no hay ningún cuerpo, vivo o muerto. No ha subido, o al menos no hemos sabido verlo.Se muerde el labio con precaución. Su jefe no es la persona más descuidada del mundo, siempre va preparado para toda situación. Haberse ido solo ya es una imprudencia por su parte, pero desaparecer sin avisar... Le ha tenido que pasar algo, lo que le preocupa.Manolo se va de su mente cuando empieza a escuchar a los bomberos más cerca, quitando piedras y restos de paredes y techos. Les piden que se alejen lo suficiente para que los siguientes golpes no les afecten. Dicho y hecho, la pared de piedras que se ha formado desaparece tras un par de golpes con uno de los palos que tenían preparados.Lo primero que ven es el gesto serio de Miriam, que se ha autodenominado jefa durante esa emergencia. Tras abrir el agujero para que cualquier persona pueda pasar de pie, un par de bomberos se llevan al psicólogo en la camilla. La gallega se pone de cuclillas frente a él.—¿Puedes ponerte de pie?—Con un poco de ayuda sí. —Pide la mano, que su compañera no tarda en cederle—. Pero me va a estallar la cabeza.—Seguramente saldrá una ambulancia para llevarse al pobre hombre, que bastante tiene con su pierna. —Lo acompaña por el pasillo, que sigue lleno de escombros—. Vete con él y que te hagan una revisión. De físico estás bien, así que los paramédicos poco podrán hacer.Asiente y accede a un poco más de ayuda de Aitana cuando se acercan a la salida del piso. Se le encoge el estómago al comprobar que todo está destrozado. Es peor que un edificio en esqueleto, porque este tenía vidas en él.Una camilla lo ayuda a llegar a la ambulancia, donde lo recibe Raoul.—¿Respiras bien?—Sí, creo que sí. Me entró algo de polvo, toso a veces, pero respiro bien.—Te llevaremos de todas formas al hospital para que te hagan un examen completo. —Tras escuchar sus latidos, asiente y levanta la cabeza. Parece contar mentalmente, con el ceño fruncido—. ¿Y mi padre?—¿Qué?La pregunta coincide con Miriam acercándose, solo para asegurarse de que está bien. Ricky traga saliva.—Miriam, ¿y mi padre? Iba a entrar contigo, pero no lo veo por ninguna parte. ¿Sigue dentro?La rubia ladea la cabeza para compartir una mirada con Ricky. Raoul, que no es idiota, se empieza a poner nervioso.» ¿Qué ha pasado?—A ver, tranquilidad, que no sabemos nada. —Hace una pausa necesaria, en la que el paramédico comienza a ponerse pálida—. Es lo que sabemos, que ha desaparecido.—¿Desde cuándo? —Le tiembla la voz.—Cuando empecé a subir, tu padre ya debería estar adelantado un rato. Pero hemos pasado por todas las plantas, incluso las más destrozadas, hemos mandado a toda persona a la ambulancia o a donde se pueda certificar su fallecimiento..., y no hay rastro de Manolo.—Eso es bueno —interviene Ricky—. Es mejor que esté en paradero desconocido que ir a por él al tanatorio.—No me ayudas —susurra—. Joder, no quiero vivir esto otra vez.—¿Qué pasa? —Aitana llega y se queda algo cortada al ver a Raoul con lágrimas en las mejillas—. Ay, mierda, ¿se sabe algo de Manolo?—No, y ese es el problema. —Se gira hacia Miriam—. Dame un traje, entraré yo.—No digas tonterías, ya no eres bombero.—Igual que ejercí de paramédico antes de serlo oficialmente, tengo formación de bombero, así que voy a entrar. Llevaré mi bolsa de paramédico por si tengo que salvarle la vida ahí mismo. No voy a pasar el mismo disgusto de la última vez con Ago.Al final, sabiendo que lo hará con o sin traje, le prestan uno, pero ambas chicas se ofrecen para acompañarlo. A eso no se piensa negar, así que, con una bolsa al hombro, entran juntos en el edificio.—¿Dónde podríamos mirar? —pregunta Aitana.—¿Decís que arriba no quedaba nadie?—Ni vivo ni muerto —asegura Miriam—. Mandé a todo el mundo con los cuerpos, así que es imposible.Raoul asiente despacio. Ellas lo dejan pensar porque no deja de mirar en todas direcciones, como si supiera exactamente lo que tiene que hacer. Al final, sus pensamientos llegan a buen puerto.—Hay sótano —murmura.—Sí, ahí está la caldera que el técnico iba a arreglar. Ya ves lo bien que salió eso —masculla.—Mi padre no se quedaría quieto. Lo conozco, es capaz de bajar por si puede salvar a alguien, incluso aunque esa explosión sea mortal. Tenemos que ir abajo.—Si vamos a bajar, será bajo mis condiciones. —Se da la vuelta, expectante—. Necesitaremos máscaras de aire. Dame un minuto.Cuando Manolo abre los ojos, nota el aire mucho más pesado que la última vez. Tiene que poner su cerebro a funcionar para recordar lo que estaba haciendo allí. Sí, el técnico del gas y el portero del edificio estaban desaparecidos. Según todo el mundo, estaban juntos abajo revisando lo que le pasaba a la caldera. Él llegó hasta allí, pero... a partir de su llegada lo tiene todo muy borroso.Se gira para quedar bocabajo y se ayuda de las manos para incorporarse un poco. Está todo oscuro y vacío. Traga saliva ante el recuerdo de la última vez que estuvo rodeado de escombros en un sitio así. Toda una estación muerta por los derrumbamientos posteriores al ataque del 11M. Después de tanto tiempo, todavía lo asusta pensar en ello.—¿Hay alguien ahí? —Carraspea para que su voz no suene a camionero fumador—. ¿Hola?—Aquí... —Es un susurro, pero el silencio del sótano lo ayuda a localizarla.Una mano se mueve entre los escombros, así que corre (aunque no se pueda definir a lo que hace como correr) para apretársela e intentar sacarlo de ahí. Al verlo imposible, se guía por sus palabras entrecortadas para apartar todo lo que lo retiene allí, empezando por la cabeza. Una vez puede respirar, se va encargando de todo su cuerpo hasta liberarlo.Retiene oxígeno en sus pulmones cuando descubre que el hombre, bastante regordete, tiene una mancha de sangre que se extiende desde el cuello de su camisa hasta su pantalón. También tiene la nariz rota y un hilillo de sangre que se escapa de esta. No sabe cómo no está muerto.También le suena de algo, pero resulta imposible concentrarse en recordar con tanto pasando al mismo tiempo.—¿Usted es el portero? —Niega despacio—. ¿El de la caldera? —Se encoge de hombros. Lo mira de forma tan profunda que lo asusta un poco, pero decide que su prioridad es sacarlo de allí—. Vale, me da igual quien sea. ¿Había alguien más aquí?—No lo sé, no me acuerdo. ¿Se acuerda usted, capitán?—¿Cómo sabe...? —Le señala el "capitán" que tiene bordado en la camisa del traje—. Vale, perdón, me estoy sugestionando. Tenemos que salir de aquí, tiene que verlo un sanitario inmediatamente.—No creo que pueda salir de aquí. —Se sienta sobre un escombro mucho más grande, como si se hubiera rendido. Los ojos del capitán se abren con fuerza.—No podemos rendirnos. Yo tengo un hijo, no pienso quedarme aquí.La sonrisa del hombre se incrementa, pero cada vez es más tétrica. Le está dando pánico mirarlo, pero a la vez no puede dejar de hacerlo.—También tenías un hijo hace dieciocho años, Manolo.La sangre se le hiela mientras todos los recuerdos vuelven a él con una velocidad desmesurada. Hace dieciocho años, cuando quedó atrapado en el metro de Madrid y la mayoría de sus compañeros moría, tomó la difícil decisión de permanecer junto a varios heridos de gravedad. La bomba había explotado bastante cerca de todos ellos, así que la muerte era inminente, si no allí, en el hospital.Él era uno de ellos, con los que más habló para tratar de distraerse. Le habló de su pequeño y único hijo, de casi nueve años por aquellas fechas. Le habló de su mujer, antes de que el trabajo los alejara más de lo que ya lo estaban.—Tú no puedes estar aquí. —Lo señala, pero esto solo evidencia el miedo que tiene, porque le tiembla—. Tú estás muerto.La boca del hombre se abre. Tiene la dentadura muy brillante, casi que brilla en la semipenumbra en la que se encuentran.—Claro que estoy muerto. Llevo muerto desde que abandonaste a toda esa gente en el metro de Madrid. Dieciocho años ya, qué cosas, ¿no?Traga saliva. No puede concentrarse en nada teniendo a un muerto frente a él. A un muerto al que vio morir.—¿Estoy yo muerto? —Le tiembla la voz, pero no hace amago de ocultarlo esta vez.—Tú sabrás, capitán.Trata de coger oxígeno. Hay cosas que tendría que notar si estuviera muerto y esto fuera su paso por el purgatorio. Se pellizca. Apenas duele, pero tampoco es que tenga mucha fuerza. Niega con la cabeza.—Estoy vivo, no puedo estar muerto. Tú no serías lo primero que me aparecería al morir.—¿Seguro de eso? —Se levanta con pereza y da un paso hacia él—. ¿No tienes ninguna cuenta pendiente conmigo?Aprieta los labios. Por supuesto que la tiene, no hay que ser un genio para saberlo. No pudo hacer nada por salvarlos, ni siquiera se movió una vez los escombros los rodearon. Llegó un momento que pensó en escribir una carta de despedida, por si él acababa por sucumbir.Pero no le pasó nada, solo se desmayó. A él nada se le había caído encima, no había recibido la bomba porque estaba en la estación cuando se produjo el atentado. A pesar de todo, del cáncer, de perder a su mujer y a sus compañeros, cree que fue el hombre más afortunado de todos los que pasaron por esa estación ese fatídico once de marzo.Se le cristalizan los ojos y comienza a negar con la cabeza.—Lo siento tantísimo... Hice todo lo que pude, estábamos atrapados... Todo empezó a ser demasiado hasta para mí.—Vaya mierda de capitán estás hecho si desapareces cuando las cosas te sobrepasan. Mírate, aquí, en lugar de ayudando a buscar a Ricky.Es su subconsciente. No sabe si está durmiendo o muerto, pero su propio cerebro le está echando la mierda que llevaba tiempo ocultando.—Quería ver si podía salvar a alguien más. Estoy seguro de que Ricky tiene mucha gente buscándolo, no me necesitan... Miriam es muy buena líder, muy lista.—A estas alturas, ¿quién no es mejor líder que tú?Vuelve a agitar la cabeza. Necesita quitarse esa voz de dentro. Está seguro de sus elecciones. Siempre hace lo que cree que es mejor, aunque a veces se equivoque. Es humano, ¿no? Debería tener la oportunidad de errar y repetir.—Soy un buen líder —repite con voz firme—. Puedo equivocarme alguna vez, pero la gente me respeta y sé cuándo tengo que tomar decisiones difíciles. Creía que sí, pero nunca te he olvidado. Eres mi pendiente con la vida, tú y el resto de los que estábamos en ese metro. No creo que os olvide nunca.El gesto de la cara del hombre se suaviza, pero él no se relaja hasta saber que está todo bien.—Eso debes hacer: no olvidar aquellos errores que te salieron caros para hacerlo mejor cada día. Y perdonarte a ti mismo, que ningún familiar guardó rencor.Se muerde el labio, asintiendo despacio. Le cuesta tragarse las lágrimas, mantenerse sereno, pero consigo mismo no necesita fingir.—¿Algo más?—Sí, claro. ¡Papá, despierta, joder!Sus ojos se abren de golpe. Raoul está frente a él, colocándole una máscara de aire de los paramédicos. Su frente se alisa con alivio.—¿Qué...?—Ahorra saliva de momento —le indica, mientras avisa a Miriam para que se acerque—. A la de tres, lo subimos a la camilla.La bombera es muy participativa, saludándolo con alegría al verlo despierto. Manolo se recrea en cada bocanada de oxígeno, como si llevara demasiado sin hacerlo.—Menos mal que estás bien —comenta Aitana, ayudando a transportarlo sin muchas contemplaciones—. No sabes lo pesado que ha sido Raoul hasta que hemos entrado aquí a buscarte.Se le escapa una sonrisa que ninguno llega a vislumbrar.—Ya sabéis que los Vázquez somos muy cabezotas —lo excusa—, sobre todo cuando se trata de alguien que nos importa.El rubio menea la cabeza, sonrojado. El resto del trayecto hacia la ambulancia es silencioso, pero en cuanto Nerea lo recibe, dispuesta a llevárselo de allí, tiene que incorporarse para preguntar.—¿Y el hombre?—¿Qué hombre? —Pero la mirada se le entristece de forma automática.Tiene que tomarse un momento para ordenar sus pensamientos y recordar que solo estaba teniendo una alucinación por el golpe de cabeza. Reformula la pregunta sin pestañear.—Fui a buscar al portero y al de la caldera. ¿Estaban allí?—Muy cerca de donde caíste redondo, papá. —Aparta los ojos de él, subiendo a la ambulancia—. Fallecieron por la explosión, lo siento mucho. Sé que lo intentaste hasta el último momento.—Sí. —Suspira mientras la puerta de la ambulancia se cierra—. Es justo eso.Los doctores del hospital, entre los que se encuentra su oncóloga. Tiene que abandonar a su hijo y a su equipo para que le hagan muchas pruebas. Después de lo ocurrido, no quieren correr riesgos.Cuando vuelve a la habitación donde tendrá que estar en observación veinticuatro horas enteras, Raoul no parece tan preocupado. Más bien, se le ve molesto.—¿Ocurre algo?—¿Cuándo pensabas contarme que te habían detectado algo raro en los pulmones? —Le pone en el pecho las radiografías que tuvo que hacerse, y que le han facilitado después de avisar que era el hijo.—Quería asegurarme, que me hicieran una biopsia... Hice muy bien, no me arrepiento de nada.—¿Por qué? ¿Yo tengo que contarte cada trozo de mi vida, pero si tú pudieras morir por otro tumor, me tengo que enterar después de un derrumbe en...?—Mi querida doctora me acaba de dar los resultados. Era una tontería, nada que ver con el tumor. —Le pasa unos documentos—. Puedes leerlo tú mismo si no me crees.Con las cejas alzadas, se toma su tiempo para leer todo lo que pone en el informe. No quiere saltarse nada importante.Suspira de alivio antes de abrazarlo.—No quiero más sustos —masculla en su oreja.—Ojalá pudiera asegurártelo, pero no suele depender de mí. —Se encoge de hombros—. Se hará lo que se pueda, supongo.En una habitación contigua, Ricky recibe las mil atenciones de Kibo. Su marido ya ha dejado claro que no piensa separarse de él, que tendrá que estudiar para bombero, porque se niega a alejarse de alguien que, cada vez que lo dejan solo, acaba mal por una explosión.—No seas exagerado, que esta vez estoy aquí por observación. No tiene nada que ver —asegura.—Me da igual —refunfuña—. No se me olvida esa sensación de ver el edificio explotar y derrumbarse, no me convencerás de lo contrario.La conversación acaba ahí, con Agoney tocando la puerta abierta para anunciar su presencia. Ha comprado flores en nombre de todo el mundo, pero venir ha sido simplemente por el alivio de verlo bien.—¿Tanta envidia tuviste cuando todo el mundo me prestaba atención después de mi disparo, que tienes que acabar tú también en el hospital, cabrón?Ricky suelta una carcajada y le pide que vaya con él. Necesita un abrazo.» Me alegro de que estés bien —susurra.—Yo también. Todo se lo debo al resto de mi equipo, pero gracias por llamar a todo el mundo.Agoney asiente, en tono serio. Haría lo que fuera por ese bombero que tanto ha sufrido en su vida.Después de veinticuatro horas en observación, tras asegurarse de que estarán bien, tanto Manolo como Ricky vuelven a casa.La noche después pilla a Raoul desvelado. Tiene la espalda recta en el aire, las piernas cruzadas y los ojos abiertos. Por su cabeza no dejan de pasar mil opciones, y solo una correcta. Traga saliva y asiente.Su mirada vuela hasta el moreno, que duerme profundamente de lado, como si esperara que en algún momento alguien lo abrazara por la espalda. Le sale una sonrisa automática al verlo tan relajado. Mirar a su alrededor y darse cuenta de que, poco a poco, han convertido ese piso en su hogar y lugar seguro lo pone muy feliz.Alza la mano con cuidado y la posa sobre el hombro del policía. Agoney suspira, pero no se inmuta, así que se obliga a mover su hombro para despertarlo. Tampoco sirve de nada.—Ago —murmura, como si no estuviesen solos en el piso—. ¡Ago, despierta!El moreno pega un respingo, despertándose de golpe al escucharlo y tener su mano meciéndolo.—¿Qué...? —Se incorpora de golpe—. ¿Qué pasa? ¿Está el piso en llamas? ¿Estás bien?—No, no pasa nada, relájate. —Le entra la risa tonta.—Ya estaba relajado, ¿qué ocurre? —Guiña los ojos, aprovechando para rascárselos.Su respiración se va calmando una vez sus ojos se adaptan a la oscuridad y comprueba que el piso está intacto, así como Raoul. Bufa, cerrando los ojos. Está a punto de volver a caer sobre el colchón, pero el rubio no lo deja.—He estado pensando mucho y no puedo dormir.—Lo siento. —Acaricia su barbilla con el pulgar—. ¿Quieres que te abrace y lo hablamos mañana?Raoul niega, ampliando su sonrisa. Esto lo obliga a centrarse un poco, aunque sea por la sensación de que trama algo.—Estoy listo para hacer mi testamento.Pestañea, pero acaba asintiendo. Se alegra de que haya entrado en razón.—Vale, genial, pues una tarde te acompaño al notario... —La mirada de Raoul no da lugar a dudas—. Espera, ¿ahora? —Se da la vuelta para mirar el reloj del móvil—. Son las tres de la madrugada, mi amor, creo que, si has llegado hasta el día de hoy, podrás sobrevivir una noche, estoy seguro.—Es que no puede esperar, al menos para decírtelo.—Está bien... —Se rasca los ojos, con el sueño cayéndole encima sin piedad.—Será fácil, no te estreses. Solo tengo que dejárselo todo a mi marido.Agoney detiene su proceso de quitarse las legañas. Aparta muy despacio la mano de sus ojos, con el ceño fruncido. No entiende nada.—¿Cómo?—Cásate conmigo.Su corazón da un vuelco antes de empezar a funcionar con fuerza, golpeando su pecho con una fiereza propia del nerviosismo que siente. Sin embargo, se obliga a actuar como la voz de la razón en esta situación.—A ver, amor... Sé que los últimos días han sido muy estresantes, que ver a tu padre inconsciente, y a Ricky, a punto de morir..., y sigues un poco traumatizado por mi disparo. Es normal que te haya calado hondo todo este drama, pero no es necesario que...—Sí que me ha calado hondo, pero no por la explosión, sino porque hablar con Ricky antes de que ocurriera me hizo darme cuenta de que quiero pasar toda mi vida contigo. —Agoney aprieta los labios para no interrumpirlo, a sabiendas de que tiene mucho más que decir—. Mi amor, al fin no hay drama. Por primera vez, estoy tranquilo porque sé que esto es lo que quiero, es lo que me pide el alma. Eso es amor —explica como si el moreno no lo hubiera sentido desde la primera vez que se vieron—, uno del que no quiero escapar, porque sé que aquí estoy en mi sitio, a tu lado.» Mi vida ha estado llena de drama, de semanas de mierda como esta, de estar a punto de morir o de casi perder a las personas más importantes de mi vida. Es un miedo que tenemos siempre, ¿no? —Sonríe, pequeño—. Por primera vez en mi vida, el amor que siento por ti es muchísimo más grande que el miedo a perderte. Así que cada minuto que no estamos casados, es un minuto perdido. —Coge sus manos entre las suyas—. Teniendo en cuenta mi historia, cada día...—Raoul Vázquez —lo interrumpe—, ¿puedo decir que sí ya?—Eso esperaba —masculla, soltando una lágrima—. Ya me estabas asustando, tratando de disuadirme.Le saca una carcajada, que se mezcla con sus lágrimas. Las mejillas de Agoney están empapadas cuando asiente.—Entonces sí, mil veces sí, mi amor. —Lleva las manos a su cara, sujetándola para que sus frentes choquen, quedando cerca el uno del otro.Solo tienen que girar un poco las narices para unir sus labios en un beso suave y delicado, tranquilo, pero lleno del amor del que no pueden escapar.Raoul se separa un breve instante, con el humor mejorado, aunque siga llorando.—No me habrás dicho que sí para poder volver a dormir, ¿verdad?Agoney se muerde la risa, que tan poco pega, pero a la vez es tan ellos.—Es posible. —Acaricia su nariz con la propia antes de besarlo de nuevo, arrastrándolo entre las sábanas para quedar tumbados juntos.Se abrazan, en sentido contrario a como estaban antes, con una sensación de paz que pocas veces habían experimentado.A la mañana siguiente y, por petición de Raoul, deciden quedar todos los de la estación para celebrar que todos están bien después de los últimos acontecimientos. A nadie parece extrañarle que propongan el piso que comparten, en lugar de una casa más grande, como la de Manolo.La pareja va de un lado a otro sacando la comida, poniéndola en boles y dejándola en mesas del salón.—¿Hemos pensado en cómo lo vamos a anunciar? —Agoney abre el frigorífico para sacar la botella de champán sin alcohol que piensan beber para celebrar.—¿Hacemos un discurso? —pregunta desde el salón.—Podríamos, no es mala idea. —Deja las botellas y vuelve a por un plato.—Algo... conmovedor, y así les agradecemos que hayan estado ahí para nosotros.—Suena bien. —Agoney revisa que no falte nada, motivo por el que tiene que volver de nuevo a la cocina.—O también podríamos ponerte un anillo en el dedo y preguntarles: ¿esto me hace parecer prometido?El moreno lo mira, enternecido por su creciente emoción.—Vamos a quedarnos con el discurso conmovedor. —Se inclina para besarlo despacio.—Vale. —Sigue sonriendo cuando se separan y suena el timbre.Van juntos a abrir la puerta, encontrándose de lleno con los padres de ambos. Benito lleva en las manos una botella de vino, que casi le clava en el pecho a su hijo al pasar.—Papá... —masculla, yendo tras él—. Hoy quería que todos tomáramos lo mismo y Raoul no bebe... y tú tampoco, no me olvido.—Pues para las noches solo, hijo, que se hacen largas.Todavía en la puerta, Gloria besa las mejillas de su yerno antes de seguir a su marido. Por estar cerca, es Raoul el encargado de abrir la puerta cuando vuelve a sonar las dos siguientes veces. Primero son Ricky y Kibo, que llegan juntos y de la mano. En la segunda ocasión, son Miriam y Juan Antonio, que llegan juntos.—No llegamos tarde, ¿no?—Qué va. —Le da un abrazo a la gallega—. ¿Y Aitana y Nerea?—Ah, se estaban liando en el aparcamiento, así que, cuando ha sido hora de coger el ascensor..., puede que no las hayamos esperado. —La sonrisa de Juan Antonio cruza su cara.—Anda que no sois malos. —Le da una palmadita en la espalda—. Id pasando, que solo quedan ellas y Mamen.Al final llegan las tres a la vez. Nerea hace un comentario sobre su falta de espera en el ascensor, pero todos están demasiado contentos como para dejarse llevar por pequeñas disputas.—Madre mía, pero vaya despliegue —admira Aitana la mesa llena de platos.—¿Has visto? Alguien valora toda la comida que he preparado. —Agoney pone los brazos en jarras.—Yo la valoro. —Besa su mejilla.—Bueno, parejita, ¿brindamos porque al fin estamos todos vivos? —Ricky hace amago de coger la botella.—Antes de eso... —lo corta el moreno, buscando la mano sudorosa de su chico para darse ánimo—, queríamos aprovechar que os tenemos a todos aquí para agradeceros el apoyo que habéis supuesto en estos meses. No todo ha sido fácil y...—Esperad un momento —Aitana los interrumpe, ojos entrecerrados por la sospecha—, ¿esto es jamón del bueno? ¿Cortado a mano?—Sí que lo es. —Se esfuerza por sonreír, pero los nervios se lo están comiendo vivo—. A lo que iba, agradecemos...Pero no tienen ninguna intención de seguir escuchándolo. La siguiente en hablar es Miriam, que se cruza de brazos antes de señalar la botella que Ricky iba a abrir:—Y eso es champiña de críos, porque Raoul no bebe alcohol...—Eso significa que habrá un brindis, ya lo sabíamos. —Juan Antonio se encoge de hombros.Nerea escanea a la pareja en silencio. Las manos entrelazadas, el claro nerviosismo de Agoney al intentar dar un discurso dándoles las gracias...—No puede ser —cae de golpe, soltando una risita.El resto los miran, expectantes. Agoney bufa, odiando la forma en que le han chafado el anuncio. Pero Raoul no puede ocultar un segundo más su sonrisa.—Sí puede ser. —Se muerde el labio.Nerea pega un gritito mientras las bomberas se llevan las manos a la boca para ahogarlo mejor. Mamen se acerca a ellos enseguida.—Mis hijos, estoy contentísima.—Pero que estoy flipando, de verdad... —Aitana los mira, alucinada.—Eh..., yo estoy un poco perdido —interviene Juan Antonio, viendo que nadie tiene la intención de explicar de qué se han dado cuenta todos menos él.—¡Están prometidos! —gritan todos a la vez.—¡No puede ser! —Se le ilumina la mirada. Mientras todos ríen, se abalanza sobre ellos para achucharlos como se merecen.Durante los siguientes minutos, todo es alegría y sonrisas, y enhorabuenas que creen más que merecidas. Manolo aprieta tan fuerte a su yerno que podría reventarle una costilla, pero luego lo arregla con una caricia cariñosa en el hombro y todos ríen por ello.—¿Nos vais a contar cómo ha sido? —pregunta Ricky, una vez le ha dado un abrazo muy necesario a su mejor amigo.—Solo diré que aún no tenemos anillo, porque fue muy precipitado.—Y que me despertó a las tres de la mañana, por si os ayuda ponerle hora. —Lo mira con mala cara.—Lo superará —asegura Raoul, volviendo a besarlo con cuidado.El capitán es el encargado de abrir la botella y su consuegro de ir repartiendo las copas. Pronto tienen todos una bien cargada, así que alzan las copas y las chocan entre sí.—Por un próspero matrimonio.El moreno pone un puchero al escuchar a su madre, que le guiña un ojo.—Porque a la segunda va la vencida.—Oye, que hasta donde yo sé no he estado casado todavía, papá —se queja Raoul.—Pues porque a la segunda te has podido declarar.—Porque no acabemos en el hospital hasta mucho, muchísimo tiempo después de la boda. —Agoney alza la copa mientras acerca a su chico por la cintura.—Amén a eso. —Chocan sus copas y se besan, como si fuera una nueva tradición después del brindis.Vuelven a chocarlas con el resto y beben de las copas hasta que quedan vacías. Benito saca su botella de vino para los que quieran probar algo un poco más fuerte, y más de la mitad se cambian a este. Solo que quedan los recién prometidos, Manolo y Aitana, que tienen que conducir.—Vaya traición —musita Raoul cuando se va tras su chico a la cocina. Está empezando a llevarse platos ya vacíos para no dejar mucho desastre en el salón—. Todos bebiendo.—Así nos lo pasamos mejor y los vemos hacer el ridículo y luego se lo recordamos. —Le guiña un ojo.—Si te apetece tomarte algo, no pasa nada. Vives aquí, no tienes que coger el coche.—No me molesta. —Se encoge de hombros—. También es que intento hacértelo más fácil.—No tienes que hacerlo —asegura, apoyándose en la encimera—, pero gracias. No te digo lo suficiente lo mucho que te quiero.—Si me quisieras más, me habrías pedido matrimonio durante el desayuno —bromea, llevándose un beso—. Ahora en serio, estoy bien así. Estoy feliz.—Me alegro. —Asiente despacio, manteniendo el equilibrio entre observarlo a él y al resto de su pequeña familia, que siguen haciendo brindis por estar vivos—. Vamos a estar bien, ¿verdad?—Eh, mírame. —Se gira y suspira al notar sus dedos acariciando su mandíbula—. Vamos a estar bien. Da igual si es un año o seis meses, pero lo haremos a nuestro ritmo.Vuelve a mover la cabeza para dejar claro que lo entiende, que lo escucha.—Yo también soy muy feliz —vuelve a una frase que dijo él antes—. Tanto tiempo de drama en drama, ya sabes...Sonríe, pequeño y comprensivo.—Y que después de tanto drama, ya es hora de un poco de arcoíris solo para nosotros.—¿Solo para nosotros? —Alza las cejas, divertido.—Me merezco ser un poco egoísta en esto. —Da la vuelta a la isla para abrazarse a él.—Un poquito solo —susurra sobre su oreja. Besa la zona, después la mejilla y se recrea hasta poder besar sus labios como le apetece.Se separan cuando empiezan a echarlos de menos. Se sonríen, con la complicidad más amplia que nunca, y vuelven con ellos, de la mano, como una extensión complementaria del contrario. Solo tienen que recibir a sus amigos para tener claro que estarán bien mientras estén tan bien rodeados.
----- CHAPTER BREAK -----
La llegada de Raoul lo pilla pendiente del horno, así que no tiene tiempo de salir en su encuentro, cuando ya está dejando las llaves sobre la encimera.—Hola, preciosísimo.—Dame un momento… —Alarga la última vocal mientras levanta la bandeja, solo para dejarla a un lado—. Ya está, ahora puedes.—Ay, que está la comida ya hecha… —Lo estrecha entre sus brazos, con un suspiro de alegría—. Así da gusto salir de un turno, te amo. —Besuquea su cara.—¿Qué tal ha ido, que apenas te he visto en el turno?—No ha estado nada mal, además, traigo una sorpresa… —Mueve sus cejas arriba y abajo alternativamente, sin apartar las manos de su espalda.Agoney entrecierra los ojos.—Miedo me da esa carita…Pero adora esa cara de emoción por cualquier cosa, así que espera con paciencia a que saque un taper de plástico transparente de su bolsa del trabajo. Está a punto de quejarse por haber traído algo de comer cuando ya tienen comida del horno, pero entonces lo ve.Pega un saltito hacia atrás de forma automática.—Eh…, ¿qué es eso?—Te presento a Lou. —Alza la bandejita para ponerlo a la altura de sus cabezas.La sonrisa del paramédico llega a cada esquina de su cara.Con el ceño fruncido, ladea la cabeza para observarlo mejor. El lagarto le devuelve la mirada con sus ojos espantosos de lagarto oscuro que conoce todos tus secretos y miedos.Y sabe que él es uno de ellos.—Vale… ¿Y qué hace el lagarto Lou en nuestro piso?—Hemos tenido una emergencia curiosa. Básicamente, le hemos quitado este lagarto del interior de la pierna a un montañista.Agoney pierde todo color en la piel, dando otro paso atrás.—¿Has traído un lagarto come-personas a nuestro piso?—No se estaba comiendo a nadie, solo estaba… pasando el rato. —Su sonrisa se amplía.—Pasando el rato —repite, haciéndolo asentir con alegría y despreocupación—. El lagarto no parece muy amigable.—Tonterías, le hemos hecho pruebas y está sano, no puede contagiarnos nada y no es agresivo. Así que… —se aclara la garganta— he pedido llevármelo, Nerea no tenía ningún interés y Mamen lo quería lo más lejos posible, así que no hemos tenido mucho problema.—Ahora mismo me identifico mucho con Mamen —masculla, sin apartar un ojo de él en ningún momento.—Vamos, Ago, tú querías una mascota.—Sí, preferiblemente de sangre caliente. —Tiene un escalofrío.—No me digas que te da miedo… —Hace amago de acercársela, pero él es más rápido echando la espalda hacia atrás—. No me puedo creer que, a un policía musculoso, que te podría reventar con ese brazo, le asuste un reptil indefenso. —Pone un puchero.—Sí, sí, búrlate lo que quieras, pero si te lo vas a quedar, lo quiero lo más lejos posible de mí.—Claro, me encargaré de la comida y de que esté bien, tú… podrás observarlo desde la distancia, no tendrás que mover un dedo por él si no quieres.—Menos mal. Me da miedo perderlo —dice mientras vuelve a coger la bandeja, para llevarla hasta la mesa.—Genial… —Se detiene un momento—. Oye, ¿no tenías una vieja pecera en el trastero del edificio? Podrías subirla, con un poquito de tierra y alguna planta creo que Lou estaría genial ahí.Se escucha un suspiro que llena el piso, teniéndolo aún de espaldas a él.—Y este soy yo no moviendo un dedo…A pesar de las quejas iniciales, pronto lo tienen todo montado para hacer que la estancia del reptil sea lo más cómoda posible. Eso no significa que la mente deno esté llena de recelo por el animal, pero ver a su prometido tan contento le hace quitarse la pena.Total, mientras esté en esa pecera, que han tapado con un plástico lleno de agujeros, todo estará bien.Unos días después, Raoul vuelve a casa de su siguiente turno. Lleva un par de bolsas de tela, pues ha aprovechado para pasarse por el mercado antes de llegar allí.—Hola, amor…—Hola, cariño —murmura Agoney, desde el sofá. Está concentrado en la revista, pero no duda en apartar la mirada al verlo dirigirse a la cocina—. ¿Qué traes?—He comprado un par de cosillas de camino a casa… Pan para tostadas en el desayuno, pimientos, cebolla y… gusanos de la harina para el nuevo integrante de la casa.El moreno tiene un escalofrío.—Por favor, ni se te ocurra ponerlos cerca de los granos de café.—Tranquilo… —Le da una caricia cariñosa en la mejilla antes de acercarse a la pecera rehabilitada para el lagarto—. Lou…, tengo una sorpresita… —su sonrisa va desapareciendo conforme rastrea la pecera, que tampoco es muy grande, y no encuentra ningún ser vivo— especial para ti.Traga saliva, mientras vuelve a revisar, como si la pecera no midiera dos palmos suyos y no tuviera ningún lugar donde esconderse. Se incorpora despacio, comprobando que una de las partes superiores del plástico que lo solían tapar está suelta, teniendo un escalofrío.Agoney lo va a matar, solo después de haber matado a Lou en cuanto lo pille.Y todo eso si no los mata el lagarto antes como venganza por haberlo encerrado ahí.—Oye, ¿has visto que van a echar un nuevo programa de organización de bodas en la tele? Podríamos verlo juntos esta noche, por coger ideas. —Levanta la mirada, encontrándose a su novio sobre sus rodillas, buscando por el suelo—. A no ser que tengas planes, entonces me quedo con las revistas.—No, no… —Se incorpora despacio, sin dejar de escanear la sala. Por un momento piensa que lo ha perdido para siempre, que el piso es demasiado grande y no hay paredes ni puertas salvo para la habitación y el baño—. Estoy libre, completamente libre… Sí, podemos verlo.—Genial. —Vuelve por un momento a su revista.Aprovechar para echarle un vistazo a su chico es lo que le hace ver a Lou. Está ahí, sin inmutarse por nada ni nadie, a apenas medio metro de Agoney, en el sofá. Traga saliva de nuevo. Él no lo ha visto y esa es su oportunidad.Va a tener que actuar con cautela para no asustarlo y que le dé algo.—Ago, amor… —Consigue toda su atención, en dirección contraria al lagarto. Bien—. ¿Por qué no… hacemos eso ahora?—¿El qué?Raoul se sienta en el sofá a su lado, con las rodillas rozándose. Desde ahí tiene plena vista de Lou, y mientras Agoney lo mire así de confuso, no lo podrá ver.—Lo de la tele…—Es muy temprano y… —estira el cuello hacia la zona de la cocina— no has terminado de guardar la compra.—Ven aquí. —Besa con suavidad la comisura de sus labios, para pasar muy poco a poco a su mandíbula, y de ahí a su cuello. Suspira sobre él, sacándole un jadeo—. Hoy estás especialmente guapísimo.—Pero… ¿la compra? —Recibe un gruñido mientras los besos se convierten en su lengua recorriendo una vena el cuello y le da un mordisco sobre la zona más mojada—. Vale…Se abraza a él para pegarlo más. Raoul aprovecha la nueva posición para alargar su brazo todo lo que puede para intentar coger al lagarto. No tiene ningún plan una vez lo haya atrapado, pero al menos no estará perdido.Da un par de manotazos hacia donde cree que está, pero solo toca la tela del sofá. Se obliga a alejarse unos centímetros del cuerpo de su chico para comprobar que, efectivamente, ya no está allí. Cuando se vuelve hacia él, este lo recibe con una mirada confusa, de “¿por qué has parado?”.Y entonces aparta el brazo que todavía lo rodeaba, con demasiada rapidez.Lou ha llegado hasta el hombro de Agoney. Ya está. Muertísimo.—¿Qué? —Frunce el ceño.—Eh…No hay forma de evitar que, cuando Lou avanza hacia abajo, Agoney baja la mirada hacia donde él está mirando y lo vea. El grito es instantáneo, pegando un salto hacia la otra punta del salón.—¡Oh, Dios mío, oh, Dios mío! —Hace una pausa para restregarse con las manos, como si pudiera eliminar el asco que le provoca el animal—. ¡Raoul! ¡Esa cosa estaba encima de mí, ¿Y TÚ NO ME HABÍAS DICHO NADA?!—¡No quería asustarte! —Se agacha para buscarlo. Con el salto de su novio, se ha vuelto a volatilizar.Agoney se lleva las manos a la boca, todavía temblando del susto.—¿Cómo se ha escapado?—No lo sé, se habrá arrastrado.—No se te ocurra volver a decir eso. —Lo señala—. Dime que lo encuentras.—Como si se hubiera esfumado. Joder, estos bichos son rápidos.—Podría estar en cualquier lugar. —Mira en todas direcciones con un temor que jamás había visto en los ojos del policía—. No pienso volver a dormir aquí hasta que no aparezca.—Pues ayúdame a encontrarlo.Tras asegurarse de que no está en ninguna de las habitaciones más cerradas, revisan el salón-comedor de un lado a otro, hasta que llega una hora donde se hace insostenible seguir buscando.—Yo creo que a estas alturas sería más sano que le regaláramos el piso y nos mudáramos a otro lugar.—Ago… —se queja, tras abrir los armarios de la cocina—. Solo es un lagarto, no va a ser para tanto, aunque lo perdamos de vista unas horas.—Repito, por si no te había quedado claro: no voy a poder pegar ojo si no está encerrado.Raoul suspira y asiente. No tiene nada que hacer contra eso, así que solo puede seguir buscando.Acaba haciéndose demasiado tarde, así que optan, al menos por esa noche, por dormir en casa de Manolo. A Raoul le daría bastante igual, pero tampoco quiere quedarse solo o dejarlo solo a él. Además, dar explicaciones de por qué le han dejado su piso al lagarto es mucho más fácil si las da el hijo del capitán.Por mucho que el más asustado sea el policía.Al día siguiente, Raoul tiene algunas cosas que hacer en la ciudad, así que Agoney le promete que volverá al piso él solo, a ver qué puede hacer. Manolo se ofrece a ayudar, pero ya es bastante humillante por sí solo, así que prefiere intentarlo por su cuenta.Cuando el paramédico llega a casa, se la encuentra patas arriba, literalmente. Cosas fuera de sus cajones, las sillas dadas la vuelta, una lámpara tirada… Por un momento se le pone un nudo en el estómago, hasta distinguir a su novio tumbado en el suelo, con la cabeza apoyada en el sillón.—Ah, hola… —Se gira hacia él y le sonríe, cansado.—¿Nos han robado? —Mira en todas direcciones, sin comprender nada.—No, he estado buscando a Lou, como te dije que haría. —Se toma una pausa bastante larga, en la que le da tiempo a sonreír con la victoria escapándose de sus labios—. Lo he pillado.—¿Lo has pillado? —Lo mira con cara de susto—. ¿Está…? —Se le rompe la voz.—¿Qué? No, claro que no. —Pone cara de estar muy ofendido porque lo haya pensado—. No soy un monstruo. Está en su pecera. —La señala con la cabeza.—Ay, menos mal… —Se acerca muy despacio, sonriendo al descubrirlo allí—. Hola, Lou, nos tenías asustados…—Sobre todo eso, sí.—¿Dónde estaba? —Se gira hacia el moreno, que ya se incorpora.—Junto a la lámpara. —Señala—. Parece ser que le gusta el calorcito que emite cuando la encendemos.Raoul suspira de alivio y asiente de forma repetida.—Como me alegro de que haya acabado bien la cosa —recibe un beso suave en la mejilla—, pero no entiendo por qué no te lo has cargado, después de los sustos que nos ha dado…—Porque es importante para ti, por mucho que me repugne. —Arruga la nariz.—Eres el mejor. —Coloca los brazos alrededor de su cuello. Agoney asiente, dándole la razón, lo que lo hace suspirar—. Deberíamos soltarlo en el monte, ¿no?—Te lo pido por favor… —Apoya la frente en su hombro, llevándose un beso en un lado de la cabeza.
----- CHAPTER BREAK -----
Raoul entreabre los ojos, recreándose en la bonita sensación de no tener ningún lugar al que ir, al menos hasta que empiece su turno. Tampoco quiere darle muchas vueltas a la hora, por si tuvieran que llegar a su cita con su padre, para los dichosos preparativos de boda.Desde que se enteró de la fecha y de que todavía no se habían puesto en serio a nada que no fueran las invitaciones, su padre se estaba volviendo algo insoportable y no tiene ganas de lidiar con él, al menos por un buen rato más.Se da la vuelta para contemplar su imagen favorita, que sigue dormida. Acaricia su mejilla, contemplando sus pestañas infinitas hasta que los párpados del policía se mueven, y escucha el primer suspiro.—Buenos días, guapo.Agoney le sonríe, perezoso, y pasa la mano que no tiene bajo sus cuerpos por su espalda, para acercarlos un poco más.—Buenos días... —Bosteza, volviendo a cerrar los ojos—. ¿Cómo vamos de tiempo?—Para los turnos vamos genial... —Aprieta los labios, pero la risa se le escapa—. Para lo de mi padre no sé, pero tampoco tengo mucha prisa por verle manejarlo todo.—Yo tampoco...Sube su mano hasta la nuca del rubio, apretándolo con él en un beso que se vuelve apresurado por segundos. Suspiran en la boca contraria, mientras se deshacen de las mantas y el más pequeño se encarama sobre su cuerpo.Por un momento, los besos de Raoul bajan hasta su cuello, pero su prometido no tarda en demandar un beso en los labios que no duda en darle como se merece. Una vez lo tiene donde quería, Agoney baja las manos por su espalda, por un momento para recorrer su piel por debajo de la camiseta, pero no tarda en detenerse en su culo, que amasa sin miedo alguno.Deja caer gemidos sobre su boca, mientras se restriega contra su entrepierna como mejor puede. Sin haberse quitado partes de ropa, ya son un amasijo de jadeos y gemidos que los van a llevar no muy lejos si siguen frotándose sin más.Pero, antes de que puedan quitarse las camisetas el uno al otro, la puerta de la habitación se abre.—¿Quién está listo para hablar de bodas? ¡Vamos, novatos, será... ejem!—¡Papá! —chilla a media voz, apartándose de encima—. ¿Qué mierdas haces sin llamar al timbre?—¿Y para qué me habéis dado llave? Por cierto, no hay nada de lo que avergonzarse, explorar los cuerpos es algo normal, pero... ¿tenía que ser cuando habíais quedado conmigo?—¿Le has dado llave? —masculla Agoney a media voz, completamente rojo.—No pensé que fuera a hacer esto, precisamente —susurra.—Ugh, veinteañeros... —Le quita importancia con la mano—. Venga, vestíos que tenemos que hablar del traje.Y cierra la puerta tras él, como si nada.La pareja comparte una mirada agotada, antes de volver a tumbarse sobre la cama, de golpe y a la vez.—Lo voy a matar. —Raoul se pone la almohada sobre la cara.—Puedo ayudarte para que parezca un accidente. —Suspira, mientras esconde también la cabeza—. Raoul, ¿te das cuenta de que a estas alturas tus dos padres me han pillado metiéndote mano? —Le entra la risa—. No te rías, no es gracioso, me voy a morir de vergüenza.—Un poco sí, dos veces, wow, debe ser un récord.—Pues que me den un premio. —Se aparta para levantarse, dejando caer parte de las sábanas al suelo—. Anda, vamos a ponernos los trajes para que al menos la interrupción valga para algo.El rubio asiente, aún mosqueado, dirigiéndose hacia su armario. Fuera de la habitación, Manolo abre la puerta a Ricky y Aitana. A falta de ajustar los preparativos, tienen claro que quieren que sean ellos quienes los acompañen, aunque sea por callar a su padre más de una vez.—Muy bien, ¿estáis listos?—Sin desayunar, pero vestidos, sí.—Genial.—Dejad que ponga la música para que entremos en mood. —Ricky se estira para darle al play.En cuanto empiezan a sonar las primeras notas, la puerta de la habitación de la pareja se abre y aparecen de la mano, vistiendo esmóquines negros, clásicos, pero que los estilizan. Aitana suelta un suspiro, con las manos sobre la boca.—Me voy a poner a llorar de lo bonitos que sois.La sonrisa de Raoul, que hasta entonces estaba retenida, sale libre, apretando la mano de su chico. Balancea sus brazos, a punto de salir volando de los nervios, mientras Agoney suspira de alivio.—¿Qué tal? —pregunta, sin mirar a nadie en concreto.—Wow, estáis increíbles —responde Ricky—. No me puedo creer que tenga que estar de acuerdo con Aitana, pero la música y vosotros entrando así..., joder, voy a llorar.Raoul se vuelve hacia su padre.—¿Y... bien?—Pf... —Menea la cabeza. Agoney sonríe un poco, viéndolo emocionado—. No tengo palabras.—Esa es nueva, no tiene palabras. —Habla con su prometido—. Debe ser bueno.—Es clásico, es atemporal, es precioso... —se cruza de brazos, apretando los dientes con un mal gesto—, pero no funciona.La sonrisa de Agoney, que poco a poco se estaba relajando, cae el suelo por el impacto.—¿Es todas esas cosas y no funciona? —pregunta el rubio. Ricky quita la música, con disimulo.—No me gustan los pañuelos de bolsillo.Se los miran. Los han doblado lo mejor que pueden, pero son blancos y están impolutos.—Bueno, podríamos buscar de colores más vivos, para dar un toque. —Su hijo se encoge de hombros.—Claro, no hay problema. —Agoney lo señala—. Podemos... cambiar los pañuelos de bolsillo.—No son los pañuelos de bolsillo.—Pero acabas de decir...—Lo sé, lo sé, me refiero a que no es solo los pañuelos de bolsillo. —Les echa un vistazo, mientras mueve las manos como si eso ayudara a expresarse—. Me parece que tenemos un problema con la paleta de colores, así en general.—¿Qué problema? —Raoul suspira, ahora al borde de los nervios de verdad.—Son demasiado sosos, no tienen alma.—Pero capitán, si son la hostia, y les quedan genial.—Gracias. —Señalan a Ricky a la vez.—No estamos aquí porque "sean la hostia" o les queden genial. Aquí buscamos que sean trascendentes. —Aitana se toma una de las copas que han dejado en la mesa, buscando huir de la conversación, mientras Manolo se coloca frente a ellos—. Escuchadme, sé que debe ser frustrante lidiar con todo esto, pero hacedme caso en esto, que para algo llevo dos bodas más que vosotros. Esta boda va a estar fuera de control.Se marcha a donde ha dejado las ideas que tiene, no sin antes quitarles los pañuelos de bolsillo sin preguntar. Se giran para verlo alejarse, con el mosqueo fluyendo por dentro.—Me parece que alguien ya está fuera de control —masculla Agoney, recibiendo una caricia de ánimo.Al día siguiente, todos tienen turno o jornada de trabajo, pero eso no impide al inspector pasarse por la estación, con unas bolsas de comida, para pasar un rato con su prometido.—Estos tacos están muy buenos. —El rubio se chupa un par de dedos.—Los míos llevan picante, ¿quieres intercambiar?—Por favor... —Raoul le hace un gesto para que se lo pase, haciendo el cambio en unos segundos—. Vas a tener que pasar por esa calle más a menudo.Le hace soltar una carcajada. No ha terminado de llevarse a la boca el taco que ha comprado para el paramédico cuando el resto del grupo aparece de la parte de gimnasio.—¡Hombre, Ago! ¿Tú por aquí?—¿Y esa comida?—Estuve en una llamada cerca de un restaurante mexicano, así que pensé en comprar algo y comer con Ra, que, si no, no lo veo hasta mañana.—¿Y has traído para nosotros?—Sí, claro, están en esa bolsa. —La señala con un movimiento de cabeza.—Joder, hay para todos. —Juan Antonio cotillea, sacando los diferentes paquetes—. Raoul tiene mucha suerte, ¿eh?—Lo sé. —Besa la mejilla del moreno, no sin antes guiñarles un ojo.Se colocan alrededor de la mesa, abriendo sus paquetes con tacos de diferentes sabores. El único que faltaba, Manolo, llega entonces.—Anda, no sabía que estabas por aquí. —Le da una palmada en la espalda, sacándole una tos angustiada.—Manolo —carraspea—, ¿te apetece un taco? He traído para todos.—No, gracias, estoy de dieta ya por la boda. Vosotros deberíais. —Por un momento, se marcha.—No estará llamando gordo a uno de los tíos que más entrena y que mejor suele comer de nosotros, ¿no?—Da igual, yo ni caso, que esos comentarios no hacen bien a nadie.—Por cierto... —pegan un respingo al verlo reaparecer—, ahora que hablábamos de boda, cuando acabemos este turno había pensado en hacer las pruebas de la tarta de boda.A la pareja le cambia la expresión de golpe, compartiendo una mirada de preocupación que no pasa desapercibida para el resto. Por suerte o por desgracia, Manolo no se da por aludido.—¿Es... es necesario? —pregunta Agoney—. Ya habíamos hablado con mi hermana Glenda para que nos hiciera el mismo pastel de su boda...—Ya, pero quiero añadir otra candidata. He encontrado una en una tienda a las afueras, no tan lejos, que es sin gluten, sin azúcar y sin lactosa. —Va enumerando con los dedos.—O sea, sin sabor —completa Ricky, sacándoles una carcajada a todos.—Reíros lo que queráis, pero el sabor que tiene sin añadirle mierdas... —Hace un gesto con la boca y las manos para indicar que es delicioso.—Papá... —Ladea la cabeza.—Solo tenéis que probarla, no hace falta un compromiso aquí mismo. —Su mirada se posa sobre su yerno, que traga saliva.—Bueno, podemos probarla, sin compromiso.—¡Es lo que necesitaba! ¡Será genial! —Da una palmada y sale disparado hacia su despacho.Raoul suspira tan alto que podría haberlo escuchado desde la planta superior.—Está definitivamente fuera de control. No nos va a dejar decidir nada.—¿No exageráis un poco? —pregunta Juan Antonio—. De momento, parece que simplemente quiere ayudar a que sea genial.—No sé qué decirte, Juanan, ayer se le fue la pinza con los trajes —comenta Aitana.—¿Y no habéis pensado... en hablar con él? —sugiere Ricky.—Lo haría, de verdad, pero nunca lo había visto tan ilusionado por algo en su vida. —Se lleva una mano a la cara—. Me da pena hacerle sentir mal.—Sí, por eso nos toca a nosotros sentirnos mal.—Oye —le pega un codazo a Agoney—, tú también puedes decirle algo, ¿sabes?—¿Y arruinar la relación con mi suegro antes de casarme contigo? No, gracias. —Bebe un trago de agua.—Escucha, mi suegro y yo tuvimos un par de charlas duras antes de la boda con Kibo.—Ah, ¿sí? ¿Y cómo salió eso?—No nos hablamos en dos años.La mayoría suelta una carcajada, pero Agoney tiene que tragar más agua. No quiere empezar su incursión en esa familia así de mal.—Entonces está descartado. —Se lame los labios—. ¿Que tu madre intervenga no está en las opciones, Ra?—Sería genial, porque lo torturaría y es su pasatiempo favorito, pero está muy liada en Madrid y no podrá acercarse hasta que no estemos ya en los días previos a la boda.El moreno esboza un mohín, mientras sigue pensando cómo solucionar el problema. Alza las cejas cuando se le ocurre algo.—Creo que ya sé a quién podemos liar para esto...Un día después, tras haber recogido a su chico del final de su turno, se dirigen a su destino.—Vaya, vaya... —La mujer los espera en la puerta, ya avisada por su hijo de su inminente llegada—. Así que ahora venís arrastrándoos.—Mamá... —Agoney corre a besar sus mejillas muchas veces—. Perdona, hemos estado muy liados.—Sí, probando cositas de bodas con otras personas que no son tu madre... ¡Te parecerá bonito!—¿Vamos dentro? —pregunta Raoul, aún algo apartado y cohibido—. Queríamos preguntarte algo, Gloria.Con un café en las manos, se sientan alrededor de la mesa y exponen el problema.—Así que no os está dejando elegir nada, lo impone todo... ¿y qué queréis que haga yo?—Habla con él, de consuegra a consuegro, dale opiniones contrapuestas... Creo que a ti podría escucharte más. Y si no funciona por las buenas, le cantas las cuarenta, que se te da genial.—Con ese tonito no os ayudo, ¿eh?—Mamá, a estas alturas solo queremos poder elegir la tarta de Glenda y un traje con el que nos sintamos cómodos. Esta tarde tenemos una cata de tartas y va a acabar consiguiendo la que él quiere.—No sé qué quieres que te diga, a lo mejor lo que él dice no es tan malo...—Gloria —interviene Raoul—, quiere una tarta sin azúcar.La boca de la mujer se abre con fuerza.—Por encima de mi cadáver. —Da una palmadita a la mesa—. ¿Dónde es esa cata?La pareja se mira con complicidad, ocultando la sonrisa de satisfacción. Raoul saca el móvil y revisa lo último que le ha mandado su padre.—Ha comprado varios trozos y es en su casa. Podemos estar ahí en diez minutos, si nos ponemos.—Muy bien, os ayudaré. Vamos ahora mismo.Raoul pone la palma y su prometido se la choca, dejando escapar una sonrisa de sus labios.—Lo tenemos hecho, lo va a destrozar.—Eso espero...Manolo está en la búsqueda de flores para la boda cuando la pareja entra en la casa con la llave de su hijo, siendo seguidos por Gloria. La mujer los adelanta una vez están dentro y avanza hasta colocarse frente a él.—¡Gloria! ¡Ay, qué ilusión, no te esperaba! ¿Vienes a unirte a los planes de boda?—Me habían hablado muy bien de esas... tartas, y he pensado que podría aportar mi granito de arena.—Por supuesto que sí. —Se levanta, dejando a un lado al silla—. Cuantos más mejor. —La lleva hasta la isla de la cocina, donde descansan un par de platos con tartas—. Aquí tenemos las dos opciones, lo que me comentó tu hijo y la que he encontrado yo. Estoy dispuesto a demostrar que es increíble y mucha mejor opción.Gloria echa la vista atrás, donde los chicos levantan su pulgar, dándole ánimos.—Muy bien, probémoslas...—No será tan sencillo. Tapaos los ojos para que no sepáis cuál es cuál, que son idénticas.Sus ojos se cruzan, pero se encogen de hombros y se giran. Gloria no tarda en imitarlos.—Estoy hasta arrepintiéndome de esto...—Tengamos fe en tu madre, Ago.—¡Ya está!Cuando se giran, Manolo les empuja uno de los platos, con un trozo de tarta blanca partida en triángulos. Gloria es la única en acercarse en un primer momento, cogiendo el tenedor y partiendo un trozo. Con total cuidado, la observan masticar y saborear.—No está nada mal. —Termina de tragar—. Tiene su saborcillo, se deshace en la boca..., sí, está bien.—Bien, ahora la otra.La mujer asiente y lleva el tenedor al segundo plato. Los segundos se mascan tensos, con ella masticando y procesando mientras los demás la observan.—Joder —suelta un gemido bajo—, esto está buenísimo. Qué sabor, qué cantidad de detalles puedo notar en tan pequeño trozo... Lo siento mucho, Manolo, es imposible engañar a una experta de la repostería y esto tiene azúcar.—Pues parece que acabo de hacerlo, porque estás tomando la que no lo tiene.Les cambia la cara. A los tres.—¡Mentiroso! —Toma otro trozo—. Pero ¿cómo es posible?—Hay muchas maneras de enfatizar un sabor sin tanta artificialidad. —Le guiña un ojo—. ¿Vosotros dos no queréis probar? Porque parece que tenemos ganadora.A regañadientes, se acercan. Raoul coge otro tenedor, pero Agoney va directo a la mano, cogiendo el trozo que han dejado los demás. A pesar de notar ese sabor tan especial del que hablaba su madre, ninguno esboza una sonrisa, sintiéndose perdedores.—Supongo que está bastante bien.—Supone, dice... ¡Es perfecto!—La verdad es que no lo tenía nada claro, pero después de esto me ha convencido bastante —comenta Gloria, sin notar la afilada mirada de su hijo.—¡Sabía que te encantaría! Una repostera nata como tú no podía fallarnos... ¿Te apetece ver lo que estoy buscando de las flores?Raoul se pone alerta, buscando la mirada de su novio para asegurarse de que no ha escuchado mal.—¡Ay, me encantaría!—Eh, papá —lo llama, y consigue una mirada al menos—, ya lo estuve hablando con Ago y quiero rosas.—Demasiado típico, aquí hay que innovar.Al borde del tic en el ojo, coge mucho aire y vuelve a intentarlo:—Pero es lo que me gustaría, creo que podría quedar muy estético y especial...—No me convence, lo siento. Pero mirad estos tulipanes.—Oh, ¿a ver? —Gloria ladea la cabeza hacia el ordenador—. Hay que admitir que en ese jarrón es elegante y clásico, pero en un buen sentido.—¡Mamá!—¿Qué? Ago, ¿tú qué opinas?—Que nos gustan mucho las rosas. —Esboza la mejor sonrisa que le sale en ese momento—. Y nos gustaría mantenernos en nuestra idea original.Por un momento, los más mayores lo observan con seriedad y se plantea haber dicho una estupidez o, mejor, que le vayan a hacer caso.Por supuesto, está en lo cierto, pero no como él querría.—Podríamos juntar tulipanes y orquídeas —vuelve a hablar, dirigiéndose a su consuegra.—No quedaría mal, no... —Asiente la mujer.—Pero... —Raoul balbucea.Se sientan junto al ordenador y se ponen a hablar en voz más baja, excluyendo e ignorando de forma deliberada a los verdaderos protagonistas de la boda.—¿Qué acaba de pasar? —Se inclina hacia su novio.—Nuestra peor pesadilla, eso ha pasado —masculla Agoney.Una vez los padres se han puesto de acuerdo, consiguen organizar una cita para ver a la florista que les hará los arreglos. A pesar de que imaginan que no tendrán voto, la pareja va detrás de ellos.Los observan girar alrededor de la mesa donde han colocado el arreglo floral estándar para la boda.—¿Es como te lo imaginabas? —pregunta Manolo.—Uf, es hasta mejor. —Gloria se lleva una mano a la boca—. Es espectacular.Raoul, que lleva media hora mordiéndose las uñas, menea la cabeza.—¿Va a haber uno de estos en cada mesa? —Lo señala con la mano libre.—Salvo en la mesa de los novios —responde la florista—. Ahí tendremos tres.—Ah, genial. —Se gira hacia Agoney—. Son más grandes que yo, me van a tapar.—Claro que no. —Le pellizca la mejilla—. El tupé se verá.—¿Y no podríamos hacerlo más grande? —pregunta Manolo, ajeno al tonteo de la pareja.—No, así está bien. —Niega Raoul.—Ni de coña.—Podríamos hacerlo... un 15% más grande. —Gloria hace un gesto con la mano.—¡Sal de mi cabeza! Iba a decir justo un 15%. —Manolo se ríe.Raoul se gira, desesperado. Tras echarle una mirada, Agoney decide intervenir.—Chicos, estos ramos son preciosos, pero todo parece... un poco caro —susurra.—Eh, nada de lo que preocuparse. —Le agarra el hombro—. Lo pagamos los padres, que para eso estamos.—Exacto, entre cuatro padres saldrá bien de precio.—Ya, pero es que no hace falta...—Por supuesto que hace falta, vosotros preocupaos por estar guapos ese día y ya está.La pareja comparte una mirada. Están perdiendo la poca paciencia que tienen.—Es muy amable de vuestra parte, pero, dejando de lado el dinero... —Raoul suspira— todo esto me parece demasiado.—No es tanto, Raoul... —Gloria pone una mueca.—Mamá, hay más flores que en la puñetera Fiesta de las flores —masculla Agoney.—Bueno, uno solo se casa una vez..., salvo Manolo, ahí van dos.—Es muy generoso, de verdad —comenta el rubio, inclinándose hacia ellos para evitar que la florista los escuche—, pero nosotros queremos algo más clásico y sencillo, como... rosas y lilas.—¿Y no es ese el punto de la boda, mamá? ¿Hacer lo que queremos?La mujer suspira ante la mirada inquisitiva—Supongo que podríamos hacer algún ajuste para... hacerlo más a su gusto. ¿Qué opinas, Manolo?El hombre parece pensárselo, mientras el resto, florista incluida, lo observa con ojos de inquisición.—Algún ajuste podría hacerse, sí... —Y se dirige hacia la empleada—. ¿Tienen posibilidades de hacer arcos de flores? Sería espectacular poner rosas y lilas como quieren los chicos.Si se les pudieran caer las mandíbulas al suelo, ya habría pasado.—¡Por supuesto! Es un extra, pero a muchas parejas les gusta...—Espera, espera... ¿Ahora un arco de flores? —Los detiene Raoul.—Cuatro, en realidad.—A mí me encantan los arcos de flores... —opina Gloria—. Son tan románticos y mágicos...Raoul coge asiento en uno de los sofás de la tienda, tratando de no estallar.—Exacto, son mágicos... ¿A quién no le gusta un arco de flores? —Y su consuegra le da la razón con un gesto de cabeza.—Eh..., pues a mí no me gustan, papá.—¿Por qué no?—No creo que nos estéis escuchando. —Mueve mucho las manos—. No nos gustan los arcos de flores ni las orquídeas. Lo que sí que nos gustan son las rosas y los pañuelos de bolsillo, ¿te acuerdas de eso?—Vale, amor, tranquilo... —Agoney acaricia su hombro.—No, Ago, es que estoy cansado. Esto no somos nosotros. Nada de esto lo es.—Sé que todo esto es muy estresante, créeme, lo he vivido. —Manolo se acerca a él—. Pero cuando llegue el día y todo luzca espectacular, ahí agradeceréis nuestro esfuerzo.—Eso es.Raoul menea la cabeza.—Además, lo estamos haciendo todo por vosotros...—No, no lo estáis haciendo... —Vuelve a levantarse, sobresaltándolos a todos—. Lo estás haciendo por ti, para poder controlarlo todo como siempre lo haces. Y estoy cansado de eso. Y estás despedido, papá.—¿Despedido de qué?—¡De planear la boda!—Y tú también, mamá.Se giran para marcharse, dejando a los adultos y a la florista estupefactos.—¡No podéis despedirnos, porque no estamos contratados!Raoul se toma un momento para darse la vuelta por última vez.—¡Exacto!El portazo se escucha por todo el edificio.Gloria suspira, con los ojos cerrados.—Ay, Manolo... Tendríamos que haber escuchado lo que querían decirnos.Salen juntos del edificio, tras disculparse con la mujer y prometerle que volverán. El capitán de bomberos arrastra los pies, bastante silencioso.—No entiendo qué ha pasado... Parecía estar todo bien.—Supongo que eso es lo que dicen: que no los escuchas. Ellos no querían nada de esto. Has tenido suerte que no hayan amenazado con casarse en el juzgado con dos testigos que no seamos nosotros.—¡Eso sería terrible!—Escucha... —lo sienta en un banco, con cara de preocupación—, no sé por dónde va lo tuyo, pero Ago y yo hemos tenido una relación complicada estos años, desde que salió del armario. He intentado muchas veces formar parte de su vida, parece que lo estaba consiguiendo este último año y medio, pero con todo lo de la boda..., parece que nos hemos vuelto un poco locos.—¿Tú crees?La mujer se encoge de hombros.—Me ilusionó que me llamaran para ayudar y se nos ha ido de las manos. Yo voy a llamar a mi hijo para hablar con él... Tú piénsalo, no vayas a perder la oportunidad de formar parte de la mejor experiencia de la vida del tuyo.Sin pronunciar palabra más, se levanta y se marcha en dirección a su coche. Manolo abre la boca, pero no sabe por dónde empezar, así que se lo guarda, para procesar sus pensamientos y poder hablar con Raoul cuando lo tenga todo claro.En el apartamento de la pareja, el portátil está abierto sobre la mesa del café. Están en la misma página de la floristería que sus padres, pero en la sección de las rosas. Mientras Raoul está al teléfono, Agoney apunta los datos más relevantes que van a necesitar.—Ya he pedido disculpas a la florista, dice que podemos volver nosotros solos cuando queramos. —El paramédico se sienta de golpe a su lado, dejando un beso en su mejilla.—Será mucho menos dramático, seguro —murmura—. ¿Te gustan más estas rojas o prefieres rosas?—Prefiero verlo en persona, pero... —apoya la barbilla en el hombro de su chico—, sí, podría quedar muy bonito una rosa y otra blanca por cada mesa, en el centro.—Apuntado... —Hace un círculo sobre el color en su libreta.El moreno trabaja en silencio mientras él se relaja, apoyado en él. Esto dura al menos hasta que Agoney recibe un mensaje.—Mi madre quiere disculparse con nosotros —comenta, tras echar un vistazo, sin desbloquear el móvil.Raoul resopla por la nariz.—Ya es más de lo que voy a tener yo con mi padre. Es increíble como puede ser tan egoísta y no disculparse cuando la caga.—Ya sabes lo que dicen... Cuanto más mayores, menos nos apetece que nos contradigan, más nos cuesta admitir nuestros errores.Asiente, convencido, y se distrae rápido por un nuevo mensaje en el móvil de su prometido. Tras varios seguidos, Agoney acaba por cogerlo de la mesilla.—Está abajo. Quiere ir a cenar conmigo. —Se gira hacia él—. ¿Te importa?—No, acabo yo con lo que estabas haciendo y me tomo un té.—¿Solo un té? —Entrecierra los ojos hasta convertirlos en una fina línea.—Tengo el estómago todavía revuelto con lo que ha pasado, prefiero tomarme algo calentito y meterme en la cama. —Le roba un beso—. ¿Te espero?—Yo te voy avisando. —Le devuelve el beso antes de apartar la libreta y levantarse—. Voy a cambiarme, dile que espere.Mientras Raoul contesta a su suegra, el moreno vuelve a cambiarse para dejar la comodidad de su hogar. Vuelve con una camisa a cuadros y vaqueros oscuros. El rubio silba una sola vez.—Quizá deberías retrasar un poco la cena con tu madre... —Agarra la tela que sujeta el cinturón de su chico, con pestañeos poco inocentes.—Raoul... —advierte, dejándose besar sin más—. Voy a salir, así que no hagas que mi madre se santigüe.La risa del paramédico todavía se escucha cuando está saliendo por la puerta.Apenas diez minutos después, Raoul se acerca hacia el insistente timbre.—No me digas que te has dejado las llaves... —Se queda un segundo parado—. Hola, papá.—Hey, pensé en pasarme un momento para hablar contigo. —Su sonrisa se muestra tensa, como si le supusiera un gran esfuerzo—. ¿Está Ago?—No, se acaba de ir a cenar con su madre. —Se detiene un momento y se da cuenta de que sigue en medio de la puerta—. Perdona, pasa.—Vale... —Camina hacia el interior, pasándose las manos por los vaqueros para limpiarse el sudor—. En realidad, será mejor así, prefiero que hablemos a solas.—Si es para reafirmar tu postura...—No, no va por ahí. —Alza las manos, calmándolo—. Quería contarte por qué me he puesto así, y no tiene nada que ver con el control.Bufa, pero le pide, con un gesto, que tome asiento. Se dispone a recoger lo que tenía Agoney en la mesilla, aunque no evita que su padre lo vea todo.» ¡Vaya! Parece que os estáis tomando en serio lo de hacerlo solos... Está bastante bien organizado esto...—Papá, habla, porque no vas a convencernos con halagos.Manolo se toma un momento, mordiéndose el carrillo. Echa un vistazo, ya no al piso, sino al joven frente a él. Lo reconoce como su hijo, pero no es el mismo chaval consumido por la tristeza con el que se mudó a Murcia. Es un hombre nuevo y es el momento de dejarlo ir del todo.—He estado muy pesado, intentando controlarlo todo, puedo admitirlo —suspira—, pero solo quería que tuvieras la mejor boda de la historia, que todo mereciera la pena.—Y nosotros te dijimos un millón de veces que era perfecto como nosotros lo queríamos: simple, centrado en nosotros y no en ramos más grandes que yo y en tartas que no nos representan.—Ahora lo entiendo.—¿Eso es todo? —Raoul se inclina hacia él.—No, hijo, es que... es complicado para mí.—Pues si no hablas, no sé cómo vamos a solucionarlo.—La razón por la que quería que todo fuera perfecto, pero a mi manera, es que... mírate. Has crecido muchísimo, tienes... estabilidad económica, un futuro marido que es un amor y va a cuidar de ti genial... Mi trabajo como padre habrá terminado, y organizar la boda es lo último que puedo hacer por ti.—¿Es una broma? Papá, por mucho que nos alejemos, que ahora lleve una vida algo separada a ti, nunca voy a dejar de necesitarte.—¿Tú crees?—Hombre, de aquí a un tiempo espero adoptar con Ago, y no tengo ni idea de qué hacer con un bebé o con un niño. Ahí voy a necesitar a mi padre.Manolo balbucea, luchando contra las palabras, contra todo lo que le encantaría decir. Aprieta los labios, finalmente, y niega con la cabeza.—Yo tampoco es que haya sido el mejor padre del mundo.—Puede ser. —No lo niega, pero su tono es suave, casi paternal—. Pero puedes reaprender conmigo, ayudarnos... Nunca va a sobrar una mano amiga.Manolo esboza una sonrisa aliviada.—Me encantará ayudar en todo lo que esté en mi mano. No te decepcionaré.Raoul se deja abrazar, con el nudo que lleva arrastrando desde la discusión en la floristería disipándose.—Eso sí —añade, antes de que pueda separarse—, con un loco del control tengo bastante, así que sigues fuera de la organización de la boda.Esto le saca una carcajada y se aparta para menear la cabeza.—Tienes un tipo, ¿verdad?—Lo que me faltaba ya. —Le saca la lengua.
----- CHAPTER BREAK -----
Dado que su padre se mudó a Madrid en cuanto empezó a trabajar, conoció a su mujer allí y él ya nació en la capital, nunca ha tenido demasiada relación con su familia catalana. Eso no les ha impedido quedar y conocer al resto de su familia, y él siempre ha tenido muy buena relación con sus primos, sobre todo con Sam.Es el padre de Sam quien se presenta sin avisar a pasar una semana con Manolo, y ya de paso decide aprovechar para conocer al hombre con el que su querido sobrino se va a casar. La pareja los invita a cenar para ponerse al día, aprovechando el fin de semana y que ninguno de los dos tiene cerca nuevos turnos.—Pues nada —suspira su tío, acercándose para darle un apretón de manos a Agoney—, ha sido un placer conocerte, Ago. Estoy deseando ver cómo lo tenéis montado para la boda, que ya queda poquito.—Yo también me muero por verlo, ya que no me dejáis colaborar.—¿Lo vas a superar alguna vez, papá? —Raoul se apoya en su chico, con una sonrisa conciliadora—. Ago se encarga y no hay ningún problema. Va a ser una boda de diez.—Solo con esa idea vuestra del invernadero ya estoy intrigado. —Les guiña un ojo—. No hagáis mucho caso a Manolo, que le gusta que todo sea muy él.—A mí me lo vas a decir. —Se inclina y le da dos besos a su tío—. ¿Te quedas aquí mucho más?—Eh..., no lo tengo claro, pero eso es lo bueno de la jubilación anticipada, te da la gran ventaja de poder viajar y no estar continuamente mirando el reloj. —Se gira hacia su hermano—. A ti no te quedará tanto.—No lo digas muy alto, prefiero mantenerme ocupado.—Bueno, cada cual... —Se encoge de hombros—. Nosotros vamos a irnos ya, que hay que dejaros descansar. El turno debió ser duro.—Hemos tenido peores. —Sonríe Raoul—. Disfrutad de Murcia, si vais a visitar cosas estos días.—He cogido todas las recomendaciones de Agoney, así que seguro que sí.La despedida que se alarga un poco más, pero terminan marchándose y los dejan solos. Solo entonces la pareja recoge la mesa y, entre piques y besos, friegan antes de enredarse entre las sábanas.Solo un par de días después, Manolo deja a su hermano en la estación de tren y se dirige, no muy lejos de allí, al piso de su hijo. Es lunes, así que Agoney tiene que trabajar y Raoul todavía no, dados sus turnos de veinticuatro horas.El rubio le abre la puerta, dejando escapar música suave que tenía de banda sonora mientras pasaba tiempo en la cocina.—¡Buenas! ¿Y eso que estás aquí?—He dejado a Roberto en la estación, se quería ir ya a casa con su mujer y sus hijos. —Carraspea—. Escucha, tengo que hablar contigo de algo importante. Ago no está, ¿no?—Que va, su turno es de mañanas a menos que coja guardias... —Su frente se arruga con preocupación—. ¿Ocurre algo?—¿Estabas haciendo algo en la cocina?—Sí, quería dejarle la comida lista a Ago antes de irme yo a mi turno. Ahora déjate de vueltas, ¿qué pasa?Su padre bufa y lo persigue por la cocina hasta quedar a lados enfrentados de la isla en la que suelen desayunar. Raoul lo observa, intentando descifrar sin mucho éxito qué se le pasa por la cabeza.—No sé muy bien cómo decir esto, yo estoy hasta mareado.—Me estás empezando a asustar...—A ver, chico... —Apoya las manos en la isla, acercándose más a él—. Tu tío está enfermo. Por eso lo han jubilado antes de tiempo.—¿Enfermo de qué?Lo ve coger mucho aire antes de decirlo:—Tiene la enfermedad de Huntington, cariño.Raoul detiene la música enseguida, dejando que el silencio más oscuro se apodere de su piso. Apenas pestañea mientras contempla a su padre, que está tan serio como requiere la ocasión. No es una broma de mal gusto, eso lo tiene claro.—¿Cuándo... se la diagnosticaron?—Hará unos meses. Todavía es capaz de ocultarla un poco, pero si te fijas a veces tiene esos espasmos que le están dificultando todo.—Joder. —Se pasa una mano por la cara, pero se la quita al pensar en algo—. Papá, ¿esa enfermedad no es hereditaria?—Sí que lo es. —Carraspea—. Por lo visto mi padre la tenía, pero no llegó a morir de eso.Tapándose la boca con ambas manos, coge asiento antes de enfrentar de nuevo su mirada. Ahora tiene un nudo en el estómago en forma de pregunta que podría cambiar su vida por completo.—¿Y tú...?—Me hice las pruebas en cuanto me enteré, pero todavía quedan varios días para que lleguen los resultados.—Pero podrías tenerla.—Es perfectamente plausible, pero no es seguro. Los genes se reparten como la genética quiere, cariño.—O sea, que, si tú la tienes, yo podría tenerla también —susurra la segunda mitad de la frase.Aprieta los labios antes de asentir. Eso es lo que más le jode: preocupar a un chico que está en el mejor momento de su vida por algo que no le afectará hasta dentro de bastante.» Podrías haberte esperado a tener los resultados y no asustarme así, sin saber nada —masculla, levantándose del taburete—. ¿Cómo se supone que me lo tengo que tomar?—De momento, con calma, porque nada es seguro hasta que lleguen mis resultados. No se salta generaciones, así que, si yo no lo tengo, tú estás a salvo y no tendrías que hacerte pruebas.—Vale, bien, ¿cuánto dices que queda para saber eso?—Unos días, no es seguro. Te llamaré o iré a buscarte en cuanto me entere. Hey, no estés asustado.—Me acabas de decir que mi tío se va a ir deteriorando mentalmente poco a poco hasta morir, que es hereditario así que tanto tú como yo podríamos tener la enfermedad, estoy a punto de casarme, ¿y quieres que no esté asustado? —Empieza a dar vueltas por la cocina—. ¿Cómo le explico esto a Ago?—Quizá puedas esperar unos días.—No sé si estaré cómodo estando callado respecto a algo tan fuerte. —Niega con la cabeza—. Es que me va a ver la cara y va a pillar al vuelo que me pasa algo, y entonces vamos a estar los dos en la mierda.—Tú respira hondo.—Podrías habértelo callado hasta saber más para no preocuparme —repite, con la vista fija en el suelo.—Pensé que querrías saberlo.—Ya, no sé si así. —Chasquea la lengua—. Gracias por contármelo, espero que el tío Roberto esté bien.—Él aún no se lo ha dicho a Sam —avisa—, ni a las niñas, así que ten cuidado si hablas con ellos.—Pues eso sí que es una putada. Merecen saberlo, y más si parece que le queda poco.—Sé que hablará con ellos pronto, pero quedó con su mujer en esperar a la boda, para no arruinar nada a nadie.—Claro, es mejor arruinárselo al novio de la boda, lo pillo. —Pone los ojos en blanco—. Tengo que seguir con la comida y luego a prepararme para el turno.—Indirecta captada, me voy, que yo también tengo cosas que hacer. Hoy me incorporo otra vez.Asiente y deja que se marche sin acompañarlo a la puerta. Ya no vuelve a poner la música, lo que le vendría muy bien para eliminar ese ruido en su cabeza que le indica que todo va a salir fatal.Pasa el siguiente turno sin pena ni gloria, atendiendo a las instrucciones de su jefa paramédica, pero sin prestar verdadera atención a nada. Las palabras de su padre, la lista de síntomas de una página especializada de internet... lo quiera o no, se están llevando todo su interés ese día.Lo bueno de tener turno, por una vez, es que apenas tiene tiempo para ver a Agoney. Solo se lo cruza a la hora de almorzar, porque ambos se han acostumbrado a frecuentar la cafetería que separa sus edificios y esta vez no ha sido la excepción.Agoney aprovecha para contarle por encima algo sobre un nuevo caso en el que está trabajando, y está tan emocionado que no se fija en su mirada perdida y poco interesada en algo que no sea el pequeño secreto que todavía guarda.Cuando termina su turno, aún tarda un poco en volver a casa. El resto de sus compañeros lo invitan a tomar algo, a sabiendas de que no tiene la cabeza donde debería. Nadie consigue sacarle nada de lo que le sucede. Eso está reservado para Agoney, si es que consigue pronunciar las palabras mágicas sin ponerse a vomitar.A mitad de la comida, recibe un mensaje de su chico, anunciándole que ha quedado con Jonathan para la cena y que tardará en llegar a casa. Es justo lo que necesita para mentalizarse, por mucho que cada minuto en el que no sabe nada es tortura para él.Cena cualquier cosa que encuentra en la nevera para no estar hambriento, pero la realidad es que no le entra nada en el estómago. Se ducha, se pone el pijama y vagabundea por la casa, a la espera de que su prometido vuelva. Nunca había tenido tantas ganas de que lo dejara todo para volver a su lado, pero sabe que le viene bien despejarse y no estar pegado a él.Solo de pensar en cómo irá el curso de la conversación se pone enfermo, y cada decisión que podría tomar Agoney según su cerebro no lo ayuda demasiado a controlar su flujo intestinal.Su corazón se salta un latido cuando escucha las llaves y, poco después, Agoney entra, tratando de ser cuidadoso para no despertarlo. No dura mucho, pues lo descubre pronto sentado en el sofá.—Ey, ¿me has esperado despierto? —susurra.—No podía dormir. —Se pasa las manos por la cara.—¿Todo bien? —Sonríe, dejando el chaquetón gordo a un lado.—Sí... —Le quita importancia con la mano—. ¿Qué tal con Jonathan?—Bien, ha estado guay quedar los dos solos. He aprendido mucho sobre su última novia, pensaba que no se atrevería a dar el paso con nadie después de la anterior. —Revisa su móvil, responde un mensaje y se dirige a la cocina—. ¿Quieres algo de agua?—No, estoy bien... —Deja que el silencio se apodere de ellos mientras escucha los pasos de Agoney por la cocina, abriendo el frigorífico para sacar una botella de agua—. Sí que estaba esperándote.—¿Sí? —Se gira, ya con un vaso en la mano.—Sí, no sé por qué te he dicho que todo estaba bien, cuando... no lo está. —Se le corta un poco la voz.Le cambia la mirada, preocupándose, y se odia por tener que hacerle lidiar con esto. Aun así, el moreno se mantiene de pie, acercándose hasta el sofá, pero dándole espacio para que hable.—Raoul..., ¿qué pasa?Sabe que no está ayudando cuando deja salir su verdadera cara, de preocupación y susto entremezcladas. Agoney se queda quieto, esperando que le dé permiso para acercarse, o que hable, lo que suceda antes.—Puede que no sea nada, no sé por qué estoy actuando así, pero... si acaba siendo algo, es bastante malo.Deja el vaso de agua en la mesilla del café, sin apartar la vista de él.—Vale, oficialmente estás empezando a asustarme.No quiere retrasarlo mucho más, y se siente al borde de las lágrimas, así que coge aire y lo dice en alto:—Mi tío Roberto... tiene la enfermedad de Huntington.Apenas se toma un par de segundos con el ceño fruncido, tratando de recordar lo que sabe al respecto:—Huntington... Esa es... una enfermedad neurológica, ¿no?—Neurodegenerativa, más concretamente... y hereditaria.Agoney cierra los ojos con fuerza, lo que tarda en concentrarse y dar la vuelta al sofá para buscar asiento en el sillón junto a este. Solo entonces se fija en que apenas lo está mirando, que tiene la cara de estar sentenciado cuando de momento no tiene ninguna certeza.Le parte el alma eso.—¿Hay alguna forma de saber si la tienes? ¿Algún test o algo? —Se inclina hacia él, sin llegar siquiera a rozarlo.—Eh..., sí, mi padre está esperando los resultados de sus tests. —Se muerde el interior del labio—. Todavía tardará varios días.Agoney asiente y busca sus ojos. Este le devuelve la mirada.—Y... ¿cuáles son las probabilidades?—Para mi padre es del 50%... Si él está sano, yo también.Pero no se les quita la cara de susto a uno y de tristeza al más pequeño.—¿Y si no lo está?—Entonces me toca a mí tirar una moneda —pone una mueca— y hacerme las pruebas.Es el turno de Agoney de llevarse las manos a la cara, tratando de procesar lo que le está contando.—Joder... ¿Cuáles son los síntomas exactamente?—Además del tema mental y cognitivo..., están los problemas para caminar, para comer, hablar, respirar... —se le corta la voz y esta vez va acompañada de lágrimas—, todo empieza a empeorar muy progresivo hasta... la muerte.—Es muy difícil de procesar —susurra.Raoul asiente, masajeándose las sienes.—Lo sé. —Se levanta del sofá y se mueve hasta situarse frente a él, sentado en la mesilla, junto al vaso de agua—. Por eso, si llego a tener la enfermedad, quiero que sepas que no tengo expectativas contigo. No quiero que ese diagnóstico sea una sentencia de muerte para los dos.—¿Eso qué significa? —Se estira en su sitio, más protector que nunca.—Significa que no tienes que preocuparte por nada y que... —esto le duele más de lo que esperaba, pero lo llevaba preparado— no espero que quieras seguir adelante con la boda.Agoney, frente a él, menea la cabeza con la frente y las cejas arrugadas, incrédulo.—¿Por qué no querría seguir con la boda?—¿No has escuchado nada de lo que te acabo de decir, Agoney? No quiero ser tu responsabilidad, que tengas que cuidarme cuando todo esté en la mierda. No quiero que me alimentes o que me bañes...—Bueno, eso último no suena tan mal... —Intenta bromear para rebajar la tensión.—¿Y qué hay de llevarme al váter cada vez? —espeta, mosqueado al considerar que no se lo está tomando en serio. Se le escapa una lágrima—. Esto no es una broma, Ago.Él suspira con una pequeña sonrisa, mientras observa al paramédico levantarse y empezar a dar vueltas alrededor del sillón, siempre cerca, pero con las manos en las caderas y la mente muy lejos de allí.—No me lo estoy tomando como una broma, amor. —Espera a que este se gire, todavía con mala cara, para seguir—: En la salud y en la enfermedad, ¿no es eso lo que se dice? A eso vamos. No importa lo que traiga el futuro, lo enfrentaremos juntos, Ra.—Ya, pero es posible que tengas que lidiar con esto tú solo. Lidiar conmigo, porque, cuando vaya progresando, puede que no recuerde nada. Puede que no recuerde ni siquiera quién eres tú. —Las lágrimas escapan sin control en cuanto lo señala.Agoney coge mucho aire, con más cosas que procesar, pero más tranquilo que nunca. No porque lo esté del todo, hay mucha información que todavía provoca que le duela el estómago. Es que sabe que ahora le toca ser el fuerte, el que relaje el ambiente y consiga que pueda respirar.—Entonces tendré que presentarme a ti todos los días. —Se acerca, arrodillándose en el sofá y quedando unos centímetros más bajo que el rubio. Agarra sus manos y besa sus nudillos—. Diré: "¡hola!, tú eres Raoul, yo soy Ago y somos almas gemelas".—¿Almas gemelas? —dice a media voz—. Nunca me habías dicho eso.—Pero es verdad. —Sonríe, con orgullo y alivio al ver que parece estar pasándosele la angustia que lleva dentro desde que él entró por la puerta.—¿Cuánto tiempo llevas pensándolo?—Probablemente... —hace como que piensa, pero lo tiene claro— desde la primera tarde que te llevé a mi casa.La sonrisa de Raoul se amplía y asiente.—Yo también.—Eres un mentiroso. Saliste de ahí lo más rápido que pudiste.Arruga la nariz en una sonrisa y se sorbe los mocos.—¿Por qué crees que hui?Aprieta sus manos y acaba acariciando la palma de estas.—Pues yo no voy a huir, Raoul. Estoy aquí, da igual lo que pase, amor.Asiente, creyéndolo un poquito y con más alivio en su corazón. Se deja abrazar, aún con la diferencia de altura que le permite esconder la nariz en su cuello. Se quedan ahí hasta que prefieren acurrucarse en el sofá más grande, aún con el corazón un poco angustiado.Haber terminado el turno el día antes le permite pasar unos días en casa más relajado. Agoney sigue teniendo trabajo, pero esos días no se entretiene para comer, vuelve a casa a acompañarlo. Al segundo día, incluso van a pasar parte de su tarde con Manolo, que todavía no tiene noticias.Es al cuarto día, cuando la comida ya ha dejado el plato y se disponen a fregar cuando les llega una videollamada de Manolo.—¿No lo coges? —pregunta, ya en el fregadero con sus dos platos.—¿Y si son los resultados? —Observa el móvil, que ha dejado sobre la mesa, con piel pálida.—¿No quieres saber lo que le han dicho?—Si fuera positivo me mandaría un mensaje y ya, no una llamada. Ay, Dios, ¿y si la tiene?—Raoul, ya lo hemos hablado, sácate la espinita y todo será mucho mejor.Coge aire y asiente, acercándose hasta poder darle hacia arriba al botón verde. La cara de su padre ocupa casi toda la pantalla.—¡Buenas tardes, hijo querido!—Hola, papá. —Coge el móvil y lo coloca frente a su cara. Tras lavarse las manos, Agoney se une a él.—Ay, Ago, hola... ¿Adivináis por qué os llamo?—Preferiría que no me diera un infarto y me dijeras qué ha pasado. ¿Los resultados ya?—Acaba de llegar mi correo, sí.Raoul le permite unos segundos de cortesía, que se vuelven tan largos que hasta Agoney se empieza a impacientar.—¿Y qué dicen esos resultados?—Que más allá de ser un ex paciente de cáncer, hijo mío, estoy más sano que una lechuga.Raoul se lleva una mano al pecho, devolviendo todo el aire que se había guardado hasta el momento. A su alrededor, Agoney lo aprieta más contra sí.—¿No la has heredado?—Eso he dicho, sí. —Su sonrisa se amplía—. Perdón por tardar tanto, hijo, le estaba dando emoción, después de tanto sufrimiento.—A la próxima anuncias primero y luego le das emoción —avisa Agoney.—Oído cocina. Bueno, os dejo con la buena noticia. Yo voy a hablar ahora con Roberto, y con tu madre, que parecía preocupada también.—Estoy tan aliviado que no voy ni a quejarme de que hayas ido a contárselo a mamá solo por asustarla.—¡No lo he hecho por eso! —Pero no les deja contraatacar, porque cuelga, dejándolos con la palabra en la boca.Raoul deja el móvil en la mesa y se gira en los brazos de su chico. Se lleva las manos a la boca para evitar sonreír con más fuerza. Aún tienen un caso en la familia, pero de momento es una victoria para los dos.—Estoy sano. —Suena a suspiro más que a palabras—. Dios, no me había sentido más aliviado en mi vida.—Ven aquí —murmura, estrechándolo bien entre sus brazos y respirando en su cuello—. Me alegro tanto, mi niño.—Al menos no seré un problema para nadie.—Para mí no lo serías nunca, que se te meta en la cabecita. —Le da toquecitos en la frente con el dedo—. ¿Te parece si salimos a celebrar?—Sí, pero... —Agoney ya se está girando para buscar sus cosas—, primero dame un beso.No tiene tiempo de sonreír, porque ya ha estampado sus labios en él, en un baile que es perfecto para lo que ellos han sido siempre. Se sujetan por los hombros hasta que consideran que han pasado ahí suficiente tiempo.» No vamos a salir de casa, ¿verdad? —susurra el moreno, tras tenerlo completamente aprisionado contra la mesa.—No tienes muchas ganas tú y por lo visto yo tampoco. —Su sonrisa es zorruna—. En la cama también se puede celebrar.—Oh, sin ninguna duda. —Lo agarra de las caderas solo para bajarlo de la mesa y acercarlo más a él—. Será mucho más divertido.De la mano, tira de él los metros que lo separan de esta, deseando poder celebrar como merecen las buenas novedades.
----- CHAPTER BREAK -----
Tres semanas después del capítulo anterior...Lo que al principio iba a ser una maratón, una carrera de fondo; ha acabado convirtiéndose en una carrera donde los dos se apresuran por terminar de establecer todos los detalles antes de que llegue la fecha prevista. Sí, eso quiere decir que se lo tomaron con mucha tranquilidad durante los primeros ocho meses, en los que apenas decidieron que comienzos de primavera era una fecha ideal para casarse.Empezaron a centrarse tras la intervención de Manolo, pero eso fue hace solo cuatro meses. Y ahora llegan las prisas, el estrés, y tener que tomarse días libres para visitar el lugar donde celebrarán la boda y la comida, probar el menú, y las mil cosas que resulta que implican una boda.Si Raoul llega a saber en qué tipo de persona se iba a convertir su prometido, le habría dicho de escaparse a Las Vegas un fin de semana en el que ninguno trabajara.El moreno, una vez el susto de estar en diciembre y tener que organizar una boda para marzo, se puso las pilas. Cogió muchísimas horas de trabajo durante la Navidad para poder tener libre cada día que su novio no tuviera turno de paramédico en los primeros meses del año.En estos meses, Agoney se ha convertido en un esclavo de las invitaciones de boda, los menús, los globos y las flores. Y a él lo está volviendo un poco loco, aunque supone que es su venganza personal por pedirle matrimonio en plena madrugada.Lo único bueno es que Raoul también tiene voz en todo lo referente a la boda, lo que no implica que no sea una locura.A un día de la boda, Ricky se ofrece a acercarse a ayudar en el recinto en el que han organizado todo. Raoul le ha advertido media docena de veces de cómo está su prometido, pero el bombero tiene ganas de riesgo, o eso opina él, porque no le ha hecho ni caso. Agoney, en cambio, ha aceptado de buen agrado la ayuda que, según él, su prometido no le da.Para la boda han escogido algo bastante natural, en una propiedad privada que solía ser un invernadero de los antiguos y bonitos. Eso significa que tienen una estructura de cristal preciosa que, una vez limpia y trabajada, servirá para ofrecer la ceremonia, para después pasar fuera, donde estarán las mesas y el escenario para la banda que han contratado.El mayor disgusto se lo llevó Gloria al darse cuenta de que no podrían casarse por la iglesia. Agoney había conseguido convencerla de que la idea que tenían era mucho mejor, que el invernadero por dentro haría las veces de iglesia y que, de todas maneras, su novio no era muy religioso. Él sí que lo es, pero nunca le ha importado en temas de bodas o celebraciones especiales. Al final, se quedó tranquila y pudieron seguir con los preparativos sin que le diera un disgusto cada vez que mencionaban el invernadero.Una vez allí, los tres se han puesto manos a la obra junto al resto de trabajadores. Su idea es tener las mesas colocadas, pero dejar un pasillo para que la gente entre al invernadero para la ceremonia. Mientras Agoney se encarga de todo eso, los deja a cargo de las sillas interiores. Se han tomado su tiempo para decorarlas con florecillas, así que, aunque en principio podrían parecer algo cutres, al final parecen campestres, pero con estilo.—¿Lleva siempre este nivel de intensidad? —pregunta el bombero cuando se quedan a solas y comienzan a poner las sillas en filas.Tienen cada uno un mapa con el sitio que debe ocupar cada uno de los ciento veinte invitados, pero eso no les sirve de mucho mientras las sillas no tengan carteles. El rubio asiente, distraído con el mapa.» Desde aquí te mando mis más sinceros ánimos.—Dime que no te vas a ir. —Pone un puchero infantil—. Necesito alguien aquí conmigo, no te rajes ahora.—Hoy no me voy, pero dudo mucho que vuelva.—La boda es mañana, ni se te ocurra hacerle creer a tu mejor amigo que no vienes después de trabajar cerca de mí.—Es que míralo. —Se gira hacia la entrada, donde Agoney da órdenes sin parar, mirando su carpeta con su listado de tareas.—Duermo con él cada noche, ya lo he visto. —Se calla el suspiro—. Solo quiere que todo quede perfecto, a su control. Es lo mínimo que podemos hacer.—¿Es lo que tú quieres? —Ricky hace la verdadera pregunta.—Quiero casarme con él y que sea feliz. Sé que parece que va a explotar y que eso no es felicidad, pero ya lo conoces. Le gusta tenerlo todo bajo control. Ya ha tenido bastantes disgustos, así que esta es su oportunidad de que todo salga como él quiere.Ricky asiente, comprendiendo, aunque sabe que es una locura.—¿Estás haciendo algo por calmarlo, al menos?—Si le digo que se calme, me ladra —farfulla, sacándole una carcajada—. Ya tomé la decisión de que no seremos de esas parejas que se pelean los días previos a la boda, así que voy a dejar que sea feliz con su organización y yo seré el chico florero al que preguntará cuatro cosas para que todo esté a mi gusto también. Es más de lo que tenía con mi padre.—Por lo menos, trata de que baje un poquito la intensidad.Se encoge de hombros. Supone que puede probar. Lo peor que puede pasar es que le tire una silla. Ha vivido experiencias peores.—¡Ago! —El recién nombrado ni se inmuta, así que va a por la artillería pesada—. ¡Creo que tenemos una emergencia!Esas son las palabras clave para que el moreno deje de lado todo lo que tiene entre manos y se dirija hacia él en menos de cinco segundos. Sus ojos están abiertos por la anticipación.—¿Qué emergencia?, ¿qué ha pasado? ¿Son los globos? Fijo que es por esa señora de los globos. Sabía que era mala idea confiar en esa mujer, no parecía buena profesional, pero como te empeñaste...—Un beso —lo interrumpe con tanta seriedad que obliga a Agoney a detener su verborrea, pestañeando para tratar de comprender.—¿Cómo dices?—Necesito un beso urgentemente. Es una emergencia. —Está tan serio que podría matarlo.—Ra, amor... —Suspira. Visto de cerca, no parece tan intenso o enfadado como esperaban—. No es el momento, tenemos mil cosas que hacer... ¡Y vosotros qué habéis estado haciendo? —Sube un tono la voz—. ¡Faltan la mitad de las sillas!—Mi beso —repite. Cada vez le cuesta más mantener la cara de algo de vida o muerte—. Ahora seguiremos, te lo prometo, pero necesito que quites esa cara de mosqueo permanente y disfrutes de esto.Sin dejar de fruncir el ceño (justo lo que le está pidiendo), se acerca para besarlo. En un principio, espera que sea un pico cortito, para satisfacer la extraña y repentina necesidad de su chico. Pero Raoul lo profundiza, tirando de su cabeza para mantenerlo pegado.Ricky se aleja para buscar más sillas y, sobre todo, dejarles un momento para ellos.Cuando se separan por falta de oxígeno, la mirada de Agoney se ha dulcificado. Él no va a alardear, pero sus besos causan ese efecto.—Ahora, antes de que vuelvas al modo mandamás —pasa los brazos por su cuello para poder acercarlo y susurrarle—, recuerda que es nuestra boda, el día más feliz de nuestra vida.—Lo será —asegura, asintiendo para dar mayor confirmación a sus palabras.—Vale, lo sé, pero necesito que lo sea para los dos. Eso significa, y no me interrumpas antes de tiempo, que no quiero que te estés preocupando por cada pequeño detalle. Obviamente ambos tenemos que estar pendientes de todo hasta que tengamos a todo el mundo sentado, pero tampoco hace falta obsesionarse. Te quiero entero, no con un tic en el ojo en nuestra boda. Y recuerda, me voy a casar contigo, no con mi padre, así que relaja el tono.Agoney se obliga a asentir, pues sabe que es lo que está esperando de él. No está del todo convencido, su mente sigue funcionando a mil por hora, pero supone que no puede hacerle mucho daño tomárselo todo con más tranquilidad.—Está bien, pero coloca esas sillas. —Le da un golpecito en la mejilla.—Ahora mismo nos ponemos, amor —coincide con la aparición de Ricky.Agoney comienza a caminar hacia la salida, pero se vuelve.—¡Y recuerda que a las tres tienes que recoger a tu madre en la estación!Pone los ojos en blanco y le saca una peineta. No se lo toma muy en serio, está claro, porque se marcha sin devolvérsela.Tras un día entero encargados de los últimos preparativos, vuelven con Susana y el pequeño Álvaro al piso donde dormirán la última noche sin estar casados.Cuando Raoul abre los ojos el 3 de marzo, ya esperaba que Agoney hubiera desaparecido, lo que no implica que no esté decepcionado. Lo mejor de despertar cada mañana con él es vaguear los minutos entre la primera y la segunda alarma, darse besitos y abrazos hasta que toque levantarse para que el policía se vaya al trabajo.En esta ocasión, ni siquiera lo encuentra en la cocina cuando consigue levantarse. Susana intenta, sin mucho éxito, que Álvaro se tome la papilla que le ha preparado.—¡Oh, hola, cariño! —Sonríe con ternura—. ¿No es maravilloso que hoy se case uno de mis hijos mientras el otro llora si no le doy la comida jugando al avión?Sonríe, alegre, y besa la mejilla de la mujer.—Cosas de tenernos con tantos años de diferencia. —Le guiña un ojo—. ¿Has llegado a ver a Ago antes de que se fuera?—Sí, claro. Ha dicho algo de que tenía prisa porque los novios no tienen que verse hasta la boda. ¿Le has explicado que las tradiciones con vosotros no funcionan?—Mamá... —menea la cabeza—, ya me costó convencerlo de que no se fuera a dormir a casa de Ricky, porque "los novios no duermen juntos la noche antes de la boda". Tuve que apelar a que nuestra relación empezó con sexo y que es una tradición ridícula en nuestro caso.—¡Eh! —Le tapa los oídos a Álvaro, que se ríe sin entender nada—. Delante del peque nada de palabras prohibidas.—Escríbeme la lista y te lo prometo. —Echa leche en un tazón—. En fin, que estará en el invernadero hasta que tenga que vestirse, así que no puedo ir allí porque le da algo. ¿Alguna idea?—Vestirte aquí y luego correr a la boda.A Raoul no le queda más remedio que asentir. Se ha quedado sin opciones para que todo salga bien.En el invernadero, los amigos más cercanos han llegado y admiran las vistas del lugar.—Lo cierto es que se han lucido —admite Aitana, comprobando cada paso que da para no caer con los tacones—. Este sitio es precioso, ¿nos lo copiamos nosotras?—¿Eh? —Las mejillas de Nerea palidecen con rapidez.—Dicen que de una boda sale otra boda —comenta Miriam, uniéndose a ellas—. Es broma, cariño, que te va a dar algo.—Ya veremos —masculla la paramédica, aún nerviosa.Agoney va en chándal cuando sale a recibirlas, aunque en realidad no ha bajado por ellas. Una furgoneta de la floristería que localizaron hace meses se detiene frente al invernadero. Entre los dos trabajadores y el moreno llevan los ramos que se colocarán en el interior del edificio de cristal, mientras esperan unos jarrones con las rosas para las mesas. Ellas, ya vestidas, lo observan todo desde la admiración.—¿No piensa descansar ni el día de su boda?—Mejor ni lo intentemos, que le dará un algo. —Nerea suelta una risita—. Hay que dejarlo, seguro que hasta se lo pasa bien.Cuando se acerca la hora y cada vez hay más gente aparcando en la zona habilitada para ello, el novio sale disparado al lugar donde se cambiará y ya se preparará para entrar acompañado de su madre. Ricky, como padrino y persona encargada del mapa, empieza a colocar a la gente en los sitios que han asignado.Solo entonces, con todo el mundo en sus lugares, Susana deja de dar vueltas por las calles cercanas y aparca con sus dos hijos frente al invernadero. La música cambia, «Your Song» comienza a sonar y el pequeño Álvaro avanza por el pasillo con una cesta de pétalos de flores, que va tirando por donde le da la gana.No tarda en ser seguido por Raoul, del brazo de su madre, que observa a todo el mundo con una sonrisa marcada por las lágrimas a punto de caer. Una vez terminado su paseo triunfal, se gira, pues es el turno de su prometido.Agoney ha aguantado en el edificio anexo hasta el último segundo. Esquivando a los trabajadores que terminan de preparar toda la comida en las cocinas, baja corriendo al ver el coche de Susana. Ha evitado ver el traje de su chico, a pesar de que es otra norma estúpida que a ellos no les afecta, porque la primera prueba la hicieron juntos.Gloria lo espera en la puerta, con una sonrisa.—¿Estás listo?Coge aire y asiente.—Extrañamente, sí. Más que nunca.—Pues ahora no estés nervioso. —Se cuelga de su brazo y comienzan a caminar—. Este es el paso más fácil del resto de tu vida, cariño.Lo sabe, y está tan seguro de ello como de respirar. La emoción acrecienta su seguridad cuando sus ojos se cruzan al cada lado del pasillo. Avanzan con la canción de Elton John sonando, hasta que su madre lo deja junto a su novio, con un beso en la mejilla.—Hola —susurra Raoul, con una sonrisa llena de nervios.—Hola. —Ladea la cabeza—. Estás increíble.Al paramédico no le da tiempo a decirle que él también lo está, pues el juez de paz que han escogido para llevar a cabo la ceremonia se coloca entre ambos, dedicándoles una sonrisa de quien sabe lo que está haciendo.—Familiares, amigos de la feliz pareja, bienvenidos. Antes de proceder a leer los artículos sobre el matrimonio y los posteriores votos, tenemos unos cuantos discursos preparados, un amigo por cada uno de vosotros.Ricky está a punto de levantarse y comenzar el suyo, que lleva escrito en el bolsillo del traje. Pero no lo hace, porque un hombre en traje completo de bombero entra en el invernadero, distrayéndolo. Raoul gira su cabeza para ver qué está mirando y palidece.«Por favor, un imprevisto no, por favor, que le va a dar algo y me quedo sin marido»Manolo se levanta.—¿Ocurre algo?Lo reconoce. Es el capitán de la 129, la estación más cercana a donde se celebra la boda. Nunca han tenido mucha relación, y no esperaba verlo precisamente en la boda de su hijo.—Eh..., sí. Acaba de llamar al 112 el cocinero del edificio que tienen justo al lado. Hay posibilidades de fuga de gas, ya hemos desalojado ese edificio y ahora tenemos que pedirles que se vayan, porque si explota y llega a esta estructura de cristal, podrían acabar todos muy malheridos por los cristales.Agoney saltea su mirada entre Raoul y el capitán de bomberos, en shock. No le sale ninguna palabra, pero en su cabeza no deja de reproducirse «todo mal, no va a salir nada bien», en un bucle constante que lo tortura por dentro.—¿Está seguro de que podría explotar? —interviene el rubio—. Quizá si alguien lo revisa y encuentra el problema...El capitán frunce el ceño.—Entiendo la situación, están en una boda y no tiene que ser agradable que se lo desmonten todo. Pero no tengo que recordarles lo que pasó la última vez que un operario del gas vino en el último momento, cuando ya había dudas, y no se desalojó.Comienzan a escuchar cómo Agoney respira de forma entrecortada, algo que se incrementa al sentir las miradas de todos sobre él. Con los ojos llenos de lágrimas, evita el contacto con Raoul cuando este se lo pide y sale corriendo fuera del invernadero.—¡Ago!—Empezad a sacar a todo el mundo —ordena Manolo con seriedad.—Alguien debería ver cómo está...—Voy yo, Ricky. —Raoul agita la cabeza—. Soy el que más lo va a entender.Mientras la gente comienza a levantarse, entre murmullos de decepción y de no saber qué hacer, el rubio cruza el pasillo de nuevo. Una vez fuera, mira en todas direcciones. A la derecha desde su posición está el edificio donde se estaba preparando la comida, lista para servir tras la boda. A la izquierda, todo es campo, pero distingue una silueta que cada vez es más un punto.Con un suspiro, corre hacia él al paso que le permiten los zapatos. Conforme se acerca, se da cuenta de que está andando en círculos, con las manos pasando continuamente de la cara al pelo.—Hey... —intenta su aproximación.—Todo mal, es que siempre tiene que salirnos todo mal, ni en estas...—Agoney —alza la voz. Sí que llama su atención, pero esto no le impide seguir lamentándose:—Lo siento tantísimo, cariño. Esto tenía que haber salido bien, era la boda ideal, pero por supuesto siempre tiene que explotar algo. ¡Si no, el mundo no se queda tranquilo!, ¿verdad? —grita al cielo. Raoul le permite desahogarse.—Oye —lo llama de nuevo—, no te preocupes, encontraremos la manera de hacerlo funcionar.—¿Cómo? Ya ni siquiera podemos casarnos.—¿Cómo que no? Que no haya invernadero no significa que no podemos buscar otro sitio.—¿Qué sitio vamos a buscar el mismo día de la boda? Joder, Raoul, sé realista, estamos jodidos ahora mismo.—No lo estamos, estamos juntos y sanos, que eso es lo importante.—Pero no está saliendo nada bien —masculla, dando un paso vulnerable en su dirección.Raoul suspira, muriéndose de pena. Lo único que ha querido el otro es hacer de ese día el mejor de la vida de su pareja, así que le duele verlo tan decepcionado por no haber cumplido unas expectativas inexistentes.Lo único que él quería era tenerlo a él, casarse con él.—Que todo salga perfecto está sobrevalorado. —Se obliga a sonreír, para al menos quitarle hierro al asunto.—No lo es, Ra, que todo salga perfecto era una recompensa por lo mucho que hemos trabajado. ¿Ahora qué? Los globos que tú querías, las rosas que ambos queríamos, las mesas... Todo pagado, todo para nada.—Oye, que de momento nada ha explotado, todo puede servir.—Las mesas quizás, pero las rosas son naturales, estarán muertas y tendríamos que pagar otro paquete. Por no hablar de los globos, no hay manera de que aguanten hasta que encontremos un sitio...—Pero si nos casamos hoy...—¿Cómo nos vamos a casar hoy, si todas las salas deben estar usadas? Tuvimos que recurrir a esto, que al final acabó siendo un sueño hecho realidad, porque no había lugar para casarse cuando queríamos.—Eso podemos resolverlo ahora, pero primero necesito que me escuches y dejes de verle el lado negativo a todo. —Agoney aprieta los labios y asiente. Lo ve acercarse y colocar sus manos en su nuca, acariciando la piel con cariño—. Me da igual casarme en la playa, en un invernadero o en el juzgado más feo que te puedas imaginar. Me da igual que se haya arruinado tu plan perfecto, porque en realidad este día ya es perfecto porque me voy a casar contigo. Y escucha, entiendo que necesites tener el control de la situación, por eso mismo te lo he permitido estas semanas, pero ahora mismo necesito que me digas que ya es todo perfecto porque estoy aquí o algo así.Se hace el silencio, uno cómodo, pero a la vez impaciente.—Pero no nos vamos a casar en un juzgado feo, ¿no?Entrecierra los ojos.—A veces tienes suerte de que te quiera.Agoney sonríe y pasa los brazos por su cintura, antes de susurrar:—Sí que es perfecto porque eres tú con quien me voy a casar, cariño. Siento haberte agobiado con mis dramas.—Gracias. —Besa su mejilla, y se queda en la rugosidad de su barba un buen rato.—Ahora, por muy perfecto que sea, seguimos sin puñetero lugar para la boda.—Ya se nos ocurrirá algo. —Solo le sale reír por la situación.—En realidad, puede que yo tenga una idea.Se giran hacia Manolo, que ha estado avanzando en silencio para no molestar el momento de la pareja. El hombre sonríe como quien guarda un secreto, así que ellos se acercan a él, intrigados.Un buen rato después, todos los invitados de la boda cogen los coches hacia una nueva ubicación. La pareja es la última en salir, después de que los empleados de la floristería se lleven todos los adornos florales.Raoul escucha el suspiro mientras ve como todo el mundo se marcha.—Esto va a salir genial, deja de dramatizar.—Es mucho más pequeño —masculla, como si no lo supiera perfectamente—. La ceremonia ya va a ser complicada, imagina dar de comer a toda esa gente.—Todavía podemos escaparnos y casarnos en el juzgado.Agoney entrecierra los ojos. Si tuviera el poder, podría matarlo ahí mismo.—Supongo que esto no será mala opción.—Por supuesto que no. —Pasa un brazo por sus hombros—. La idea ha sido de mi padre, era obvio que sería una buena idea. —Susana los llama a lo lejos—. Anda, vamos, que mi madre nos lleva.—Esto va a salir fatal —comenta, una vez la mujer ha arrancado. Están sentados cada uno en un lado, con Álvaro en la silleta de bebé en el centro.—No seas tan catastrofista —se queja Susana.—¡Pero si es verdad! Se nos arruina el lugar de la boda, tenemos que trasladarnos a un patio cutre en el que no sé si cabremos los ciento veintidós y, además de todo, ya nos hemos visto vestidos.—Pues algo que nos alegra la vista. —Le guiña un ojo—. Ahora en serio, estás genial. No te quites el traje nunca.—Claro, y voy al trabajo en traje blanco. —Suelta una carcajada.—Dejarías a todo el mundo tan embobado que no se te escaparía ni un delincuente —asegura, con una seriedad que no se corresponde con la situación en la que están.—Ba, ba, chi —balbucea Álvaro.—¿Ves? Él está de acuerdo.El moreno niega con la cabeza, pero la sonrisa amplia ocupando toda su cara. A pesar de la locura de boda que va a tener, tiene mucha suerte de tenerlo a su lado. No hay tante gente capaz de soportar a un Agoney histérico, así que a estas alturas son tal para cual.Cuando aparcan en la casa en la que Raoul pasó su primer año en Murcia, todo el mundo está dentro y preparado.—Han tenido que improvisar un poco, casi nadie está sentado, pero están listos —explica Susana, mirando lo que le ha dicho su ex—. ¿Queréis entrar juntos o llamo a Gloria para repetir la entrada con las madres?Comparten una mirada con la que no necesitan decirse nada más. Sí que se lo tienen que explicar a la mujer que está sacando a su hijo de la silleta mientras hablan con la mente.—Entramos juntos. ¿Te aseguras de que tengan puesta nuestra canción?—Un momento. —Con Álvaro en brazos, entra a la casa corriendo.Hacen tiempo paseando del brazo, aunque saben que pueden entrar a la vivienda. La ceremonia se va a realizar en el patio, así que el resto de la casa debería estar libre de intrusos. Solo cuando Susana avisa que todo está listo se atreven a entrar, sin soltar el brazo contrario.—Esta debe ser la boda más rara del mundo —musita, antes de pasar por la puerta de cristal que da al patio.—Puede que lo sea —admite el rubio, dando un paso hacia delante—, pero nosotros tampoco hemos tenido la historia de amor más convencional, así que le pegaba.—Por eso quería una boda más perfecta. Y sí, sé que lo es porque estamos juntos, no me lo repitas.—Cualquiera diría que no te gusta oírme hablar. —Caminan al mismo ritmo, por un pasillo improvisado.—Me encanta. —Coge todo el aire que puede acumular en su pecho—. Estoy flipando un poco con tanta gente, en el invernadero no parecía tanta. ¿Cómo me has dejado invitar a tanta gente?—Yo solo quería que estuvieras cómodo, pero sí, con estar nuestros padres y los compis de la estación estaría más que bien.—A buenas horas lo dices —sisea Agoney, esforzándose por sonreír. Están caminando juntos hacia el altar con una canción que los ha representado siempre.A pesar del caos que los rodea, la idea de hacerlo en un lugar tan familiar para ellos acaba siendo todo un acierto. Los discursos de Ricky y de Manolo hacen llorar a la gran mayoría de los invitados, Nerea da el punto y final como persona que mejor los conoce a ambos, Roma se pasea por el patio sin entender por qué hay tanta gente en su sitio y acaba refugiándose bajo las piernas de Raoul durante casi toda la ceremonia.Tras la lectura de los artículos relativos al matrimonio y sus obligaciones, llegan los votos. No es una sorpresa para el otro, pues los escribieron juntos, aunque cada uno le diera su toque especial:—Agoney Hernández, durante mucho tiempo, fuiste un rayo de sol en una etapa demasiado oscura. Incluso cuando no tenía el corazón preparado para alguien como tú, tú me esperaste, me tendiste tu hombro y alumbraste mi vida de formas que no puedo ni expresar con palabras. Cuando nos conocimos por primera vez, me miraste como si supieras algo sobre mí que yo no sabía sobre mí mismo. Me veías como el hombre en el que todavía no me había convertido. Iluminaste mi camino para llegar ahí. Pasé tanto tiempo sintiendo que no merecía felicidad o un futuro, que estaba demasiado roto. Pero tú cambiaste eso. En cualquier momento que estoy contigo, que te veo, me siento completo.Aprieta los labios para no sacar el sollozo. Se ha prometido terminar antes de llorar.» Mi vida, te amo tal y como eres y, por esa razón, prometo escucharte en todo momento y aprender de ti cada día de nuestra vida. Creeré siempre en ti y celebraré cada uno de tus triunfos y gozaré de todo aquello que el futuro nos depare. —Tiene que coger algo de aire para la siguiente parte—. Te elijo como mi compañero de vida, mi amigo y confidente en las buenas sabiendo que soy tu complemento perfecto, y en las malas estar a tu lado hasta que la muerte nos separe.—Raoul Vázquez, cariño —se le escapa la sonrisa de la cara. Está encantador así, adorable y emocionado—, no tengo muchos recuerdos de la primera vez que nos vimos, solo que hubo un accidente de por medio. Ahora lo veo con perspectiva y nuestra vida, con sus más y sus menos, ha estado marcada por los accidentes y las emergencias en las que trabajamos. —Coge mucho aire—. Eres el sueño que no me permitía tener. He vivido mi vida con demasiado miedo, encerrado y callado en formas que ni siquiera notaba. Eres la llave que me desbloqueó. El hecho de que esté aquí parado ahora mismo, contigo, ante Dios, nuestros amigos y familia, es nada menos que un milagro. Eres un milagro, Raoul Vázquez, mi milagro... y la mejor aventura de mi vida. —Se le corta la voz.Tarda unos segundos en recomponerse, con todos los invitados aguantando (o no tanto) las lágrimas.» Amor, te quiero tal y como eres y, por esa razón, prometo escucharte en todo momento y aprender de ti cada día de nuestra vida. Creeré siempre en ti y celebraré cada uno de tus triunfos y gozaré de todo aquello que el futuro nos depare. Te elijo como mi compañero de vida, mi amigo y confidente en las buenas sabiendo que soy tu complemento perfecto; y en las malas estar a tu lado hasta que la muerte nos separe. Pero que la muerte se tome su tiempo, que te quiero mil vidas a mi lado.Esto último saca alguna carcajada a varios invitados. Gloria se limpia las lágrimas con disimulo, llevándose un beso cariñoso de su marido. Susana y Manolo comparten una mirada de orgullo. Lo han hecho bien.—Bien, pues si no hay más discursos preparados... —carraspea el juez, ocultando una lágrima con su dedo—, podemos dar por finalizada la ceremonia.Las pocas personas que estaban sentadas se levantan, con las miradas llenas de emoción.» Así que, por el poder que me ha otorgado el Estado y Dios —le guiña un ojo a Gloria—, yo los declaro marido y marido... Eh... —los mira de forma alternativo—, el novio que quiera puede besar al novio.Se escuchan algunas risas, pero ellos ya no tienen oídos para nadie más. No saben quién besa al otro, quizá sea algo mutuo, al mismo tiempo, porque para algo son complementarios hasta en lo más pequeño.Es un beso suave, de labio contra labio, sin ninguna pretensión de avanzar mucho más hasta estar durmiendo en su casa como matrimonio esa noche. Vuelven a la realidad por los pétalos rosados que los rodean. Cuando consiguen recuperar la audición, todo son gritos y aplausos, y algún silbido. No saben qué pintas tiene el resto, porque no consiguen apartar la mirada del otro.Hay algo paradisiaco en observar al amor de tu vida mientras lo rodean pétalos de flores, así que no apartan la vista hasta que alguien no se acerca para ser la primera en felicitarlos. Por supuesto, es Nerea la que rompe el hechizo, pero están tan contentos de tenerla allí que la abrazan hasta que se queja:—Entre los dos, con lo fuertes que estáis, me vais a aplastar —refunfuña, pero unos segundos después vuelve a pedir un abrazo—. Ay, estoy tan contenta por los dos, mis padres.Después de ella, son sus respectivos padres quienes buscan el abrazo y las felicitaciones. Estas se suceden, empezando con muchos familiares, para seguir con sus amigos, los de la estación y algunos de Madrid o de la carrera de Agoney.Cuando lo dejan un poco tranquilo (y Raoul parece encantado con el cariño de todo el mundo), se dedica a observarlo todo desde una esquina, como si fuera un espectador y no el protagonista de la boda. Piensa en la locura que ha sido el viaje hasta allí, no solo por los preparativos, sino de toda su historia.Sonríe al pensar en lo prendado que quedó del bombero rubio con el que charló un minuto en aquel accidente. A pesar del encoñamiento, si le llegan a decir al Agoney de tres años atrás que iba a acabar casándose en el patio de un chalet con ese mismo bombero (ahora reconvertido en paramédico), se echaría a reír.Benito le da un golpecito cariñoso en el omoplato, sacándolo de su ensimismamiento.—Al final ha ido todo increíble.—La verdad que sí. —Suspira—. ¿Cómo vamos a comer aquí, papá?—Todavía podemos mandar a casa a los menos importantes. —Suelta una carcajada al ver su cara de susto—. Es broma, sé que hay gente que ha venido de lejos, haremos lo que podamos. Tenemos mesas para muchos, si hay que estar un poco apretados, se estará.—Esto es un cuadro.—Me niego a que sigas diciendo eso —aparece Raoul por detrás—. Es mi boda, así que un respeto.—También es la mía, ¿se te ha olvidado?—En el momento en que te metes con mi boda, es mía. —Le saca la lengua, cual niño pequeño—. Ahora hazme el favor de disfrutar. ¿Te apetece que nos hagamos las fotos ahora mientras nos ponen las mesas?—Por favor —deja que le agarre la mano—, haz que me distraiga.—¡Y nada de desaparecer para hacer guarrerías! —advierte Benito, haciendo que se sonrojen.Pasan el tiempo hasta la hora de comer echándose fotos en el photocall que han podido rescatar. No es lo mismo que en pleno campo, pero el patio de Manolo tiene su encanto y las apariciones sorpresa de Roma dan un toque especial a las fotografías.Después de muchas ellos dos solos, unen a la familia de uno, luego del otro, y luego se juntan todos. Los amigos llegan después, y logran clasificarlos entre los de la estación y después los que no comparten. Jonathan insiste en hacerse una foto a solas con ellos y luego con Agoney, aunque sea por todo lo que ha tenido que aguantarle de cuando no estaban juntos.Al final, las mesas que han podido colocar sirven muy bien para reunir a todo el mundo. No tienen el mismo mapa que habían ordenado con tanto cuidado y esmero, pero, igual que las fotos, pueden clasificar a todo el mundo según de qué conocen a los novios. Estos, al contrario de lo que suele ocurrir en estos casos, tienen su propia mesa, cercana a la de sus padres, pero ellos solos.—¿En qué piensas? —pregunta Raoul, a mitad de la comida.—En que estoy bastante impresionado con lo que ha organizado tu padre en nada de tiempo. A lo mejor nos equivocamos con él hace meses y es competente. A la próxima me relajo.—Tampoco te pases. —Lo señala con el tenedor—. Él ha puesto el lugar, pero todo lo que tenemos, incluidos los empleados del catering y de la floristería, son porque lo hemos organizado nosotros antes. Pero me gusta eso de que te relajes. No me quiero imaginar de aquí a unos años, cuando queramos adoptar.—Más despacio con eso. —Se mete un trozo de cordero en la boca—. Quiero comprobar qué tal les va a Kibo y Ricky antes de hacer ningún movimiento.—Pero... ¿te gustaría? —tantea, solo para asegurarse.—¿Tener hijos contigo? Claro. Lo raro sería no querer verte en modo padre. Eres adorable.—Te basas en verme tomar a Álvaro y hacerle carantoñas. Eso es... un 1% de lo que supone ser padre.—¿Eso es que tú no estás listo?—Yo estoy listo, a punto de cumplir treinta, así que perfecto momento para planteárselo, pero... solo quiero que estemos en el mismo punto.Agoney toma su mano y se la besa en un movimiento tan efímero y delicado que parece que se lo ha inventado su mente.—Mi amor, llevamos en la misma página desde que empezamos a salir oficialmente. Cuando tú quieras. —Lo mira a los ojos de forma tan profundo que le cuesta volver a respirar. Asiente y lo besa.Un rato después, Agoney tiene la oportunidad de buscar un momento a solas con sus amigos.—Uy, este quiere algo. —Ríe hasta que Kibo le da un golpe en la nuca—. Qué malo eres a veces.—Quería haceros una preguntita de nada.—Ahora nos quiere pedir dinero.—Ricky... —advierte su marido—, déjalo hablar. Di, Ago.—Vale. —Suspira—. Quería preguntar por los trámites de adopción, ¿cómo van con todo ese tema?El bombero se esfuerza por no bufar, por si se lleva otra advertencia de su chico.—No queríamos anunciarlo, porque podríamos ser acusados de robaros la luz el día de vuestra boda, pero tenemos que coger un avión en un par de días.—¿En serio? —Sus ojos se abren con fuerza—. ¿Tenéis ya un bebé? ¿No duraba más años el proceso?Es el turno de Kibo de asentir, con una sonrisa brillante, que le llega a los ojos.—En cuanto están todos los trámites anteriores hechos, solo es cuestión de esperar. La niña nació hace un par de meses en Vietnam, la madre ya sabía que quería ponerla en adopción, así que contactaron con nosotros hace no tanto. Decidimos retrasar el momento por vuestra boda, no queríamos que se alargara el viaje y perdérnosla.—Sois los mejores. —Pone un puchero antes de juntarlos en un abrazo.—Yo dije lo mismo, pero queda mejor si lo dices tú. ¡Ay, Kibo, deja de pegarme cada vez que no quieres que hable!—Ahora en serio —Agoney se separa—, no sé si volveremos nosotros antes de la luna de miel o vosotros de adoptar a esa pequeña, pero en cuanto estemos en la misma ciudad, quiero conocerla. Va a ser ahijada, al fin y al cabo.—Mucho supones tú. —Solo requiere una mirada para agitar la cabeza—. Ni se te ocurra creerte mis palabras, serás el mejor padrino del mundo. Mejor que yo en tu boda, fíjate.—Eso es difícil, pero gracias.Vuelve a abrazarlos antes de volver con su marido y contarle las novedades. Al final no ha preguntado mucho sobre trámites, solo sabe que ellos llevan más de un año esperando en una agencia internacional, pero ya tendrán tiempo de pensar en ello cuando vuelvan de su luna de miel.Gloria aparece en ese momento, haciendo sonar sus tacones, para arrastrarlo al momento de la tarta. Al final consiguieron salirse con la suya, usando una versión mejorada de la que tuvo Glenda en su boda, pero eso no impide a Manolo quejarse en todo momento.—¡Venga, atención! —Nerea alza la voz lo suficiente para que todos le presten atención—. ¡Que van a partir la tarta!La parten juntos con el cortador especial para tartas, ante cien miradas y otras tantas cámaras de móviles. Todos aplauden cuando la tienen en un plato, y se disponen a hacer la típica tontería de darsela de comer el uno al otro.—Eh —avisa Agoney—, ni se te ocurra mancharme.—No lo haré. Prometido. —Levanta la mano.El moreno asiente y coge un pedazo grande, mientras su marido ha escogido un trozo mucho más pequeño. De esto no se da cuenta hasta que le va a dar su trozo y acaba con toda la tarta que ha cogido Agoney esparcida por la cara.Mientras algunos ríen y todos aplauden, Raoul se aleja, limpiándose un poco las mejillas. Se lame los labios y sonríe al ver que el contrario parece orgulloso y contento. No querría nada menos.—Quiero el divorcio. —Esto solo consigue que el patio de la casa de su padre se llene de todavía más risas.—No quieres entrar en ese bucle, te lo aseguro —advierte Manolo.Agoney se acerca a él con una servilleta y lo limpia con delicadeza. Luego lo besa con dulzura, relamiendo en sus labios los restos de tarta que han quedado.Llega pronto el momento de la música, donde una banda versiona a pop-rock una selección de canciones que tardaron una semana en recopilar en una playlist compartida. Tienen también preparado un baile con «Tu refugio», pero eso ya será cuando la noche se ciña sobre ellos.Ese momento llega sobre las nueve de la noche, cuando Raoul le pide la mano a su marido y tira de él hasta situarlo en medio del patio. Ya han quitado la mayor parte de las mesas, así que hay espacio para bailar como ensayaron durante horas en su piso, hasta desfallecer de la risa o de ganas de empotrarse.—Pues oye —lo llama, una vez lo primeros acordes suenan—, al final lo hemos conseguido. Un poco made in casa, pero ni tan mal.—Ha sido precioso —admite—. Al final, ha sido hasta adorable, tan casero y cuadro.—Has admitido que es adorable, punto para mí.Agoney sonríe antes de darle un beso, arrancándole un suspiro al llevarse parte de su labio inferior.—Todo lo que tenga que ver contigo es adorable siempre. Da igual la locura que sea, va a ser genial a tu lado.Raoul se muerde el labio, pero se da cuenta de que no tiene que aguantarse las ganas y lo besa mientras sus cuerpos se mecen al ritmo de la canción.Solo se separan al escuchar las sirenas de un camión de bomberos. Se miran con cara de susto.—Tú ahora no tienes turno, ¿verdad?—No digas tonterías. Es mi boda, todo mi equipo tiene prohibido acercarse a una emergencia que no nos afecte directamente. Y tú también.Asiente con energía.—Ahí estoy de acuerdo. Mañana será otro día lleno de emergencias.—¡Pero si mañana nos vamos a Lanzarote! —Le saca una carcajada—. Ah, ahora me desquicias como quieres, muy bonito, sí.—Te quiero. —Besa su mejilla repetidas veces.—Lo sé. —Sonríe, alegre—. Pero no más emergencias hasta después de Lanzarote, por favor.—Hecho.Y se besan despacio y con todo lo que tienen, mientras «Tu refugio» sigue sonando y las sirenas de bomberos se alejan hacia el lugar de la emergencia, que, por una vez, no los sigue allá donde van.
