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Árboles desnudos susurran a sus pasos, salpicados por savia negra; otros, en cambio, se asemejan a la paja, tan secos que podrían prenderse con solo mirarlos. Celedonia se envuelve en la capa y se cubre hasta la nariz, helada, dejando tan solo visibles un par de ojos dorados que se entrecierran por el cansancio. Siente el frío en los huesos y la humedad trepar por su piel. A su lado, Arianna camina distraída mientras repasa en voz alta los posibles nombres que poner a su rana. Celedonia no recuerda cuándo la encontraron, pero sabe, con certeza, que es suya.Sus pies deambulan sobre un rastro de hojas secas y, al crujir una rama, frena en seco.—Espera... ¿Dónde estamos? —Su voz tiene un deje confuso, desesperado, incluso—. No recuerdo haber entrado al bosque. ¿Te seguía a ti? ¿O tú a mí? … ¿A dónde vamos?Su hermana se encoge de hombros y abraza la rana contra su pecho.—Pues a casa.—Pero… por aquí no es. —El pulso de Celedonia se acelera, su respiración helada formando vaho contra la noche—. Nos hemos perdido, Ari.—Qué estupidez —dice, y le quita importancia con la mano—. A casa se vuelve andando, solo hay que seguir.Pero Celedonia no entiende por qué no parece afectada, al igual que no entiende por qué de pronto es tan joven o por qué visten como si viviesen en las montañas. No- eso es estúpido, por supuesto que su hermana es más pequeña que ella, siempre lo ha sido.—¡Cel, escucha! —Arianna toma su mano y tira de ella hasta agacharse tras un tronco, grueso y blanco, salpicado por savia negra—. Alguien está cantando.Sorprendida, cierra los ojos y se concentra; entre el murmullo del viento y el lamento de un arroyo, distingue una voz masculina que entona con melancolía una vieja canción. Un golpe seco rompe el ritmo y Cel reconoce el sonido del metal contra la madera.Un leñador. Una persona. Ayuda.—Hablemos con él.—¿Con el hombre triste? —pregunta Arianna, arrugando la nariz.—Con el leñador, sí —susurra Celedonia—. Es la única persona que hemos encontrado y puede sernos de ayuda.Se levanta y sacude las ramas secas que se han enganchado a su capa. Arianna suspira y la sigue, más resignada que convencida. Se acercan con pasos cautelosos hacia la única luz que parece emanar el bosque, un pequeño destello tintineante que se tambalea al ritmo de la canción. De nuevo, el verso es cortado por el sonido del hacha metálica contra un tronco seco. Este parece gemir, pero Celedonia sabe que eso es imposible, que los árboles no hablan y, mucho menos, lloran. Cuando el leñador baja el hacha para recoger la pila, las hermanas se asoman.—Disculpe… El hombre se yergue hacia ellas y Celedonia trastabilla hacia atrás.Drystan. Drystan Falk.No debería ser posible, no debería estar ahí. Celedonia contiene un grito ahogado conforme el aire parece congelarse en sus pulmones, en sus labios, en su cuerpo. El leñador le tiende una mano, confuso, y su cara parece cambiar por completo. El cabello ya no es negro, sino castaño, y su mirada parece serena, calmada. Cel olvida por completo por qué estaba tan asustada, igual que olvida por qué creía conocerle o por qué ha terminado temblando en el suelo.—¿Estáis bien? —Drystan agarra su mano y tira de ella hasta levantarla. Porta una lámpara de mano que basta para alumbrar sus pies. Es pequeña, redonda, con una abertura para echar aceite y una llama tintineante en el centro—. Estos bosques no son seguros, no deberíais estar aquí. —Se vuelve entonces hacia Arianna y sus ojos se entristecen un poco—. Sobre todo tú.—Precisamente… —Cel carraspea, tratando de recuperar su voz—. Nos preguntábamos si podrías ayudarnos. No sabemos dónde estamos y nos gustaría saber la forma de volver a… llegar a… —De nuevo, en blanco. Su mente se dispersa conforme los límites de la realidad parecen desdibujarse.—A casa. —Completa Arianna.El leñador alterna la mirada entre las hermanas y, finalmente, suspira.—Si seguís hacia el norte, hay un camino que lleva a la ciudad, pero no deberíais transitarlo de noche. Descansad en mi casa, si queréis, y partid al alba.Ninguna de las dos dice nada. Se miran, en silencio, hasta que Arianna se inclina hacia Cel y susurra en un tono imperceptible.—¿No será un acosador de esos raritos, no?Su hermana suspira, cansada, y siente que los párpados le pesan demasiado y el frío va a acabar con ella. Dedica una sonrisa algo triste a Arianna y sabe que algo va mal, que en otra ocasión se habría reído y habría interrogado a ese hombre, pero algo en ella le pide que duerma, que descanse, y no siente la fuerza necesaria para resistir toda la noche.—Está bien. Es cierto que hace frío y no vemos… nada. Igual con una lámpara como la tuya… —Celedonia se acerca al farol y Drystan lo aparta con premura—. Perdona, no quería… Pero Drystan no dice nada. Carga la leña al hombro y echa a andar en dirección contraria. Arianna le sigue, de cerca, y Celedonia se encoge un poco, preguntándose por qué esa luz le es tan familiar. La cabaña es antigua y está descorchada, pero resiste lo suficiente para mantener el frío fuera. Entre sus paredes, el calor de una hoguera las acoge y Drystan les acerca un par de mantas gruesas. Les sirve té, galletas y recoge de nuevo el farol antes de salir.—Tengo que volver fuera, aún no tengo suficiente aceite —dice, y señala el farol con la cabeza—. Vosotras quedaos aquí y, pase lo que pase, no salgáis. La Bestia acecha estos bosques.—¿¡La Bestia!? —Arianna hace una mueca de terror exagerado y se abraza a su hermana.—La Bestia. Acecha en cada rincón, en cada susurro. Habita la noche y conoce tu alma, tus deseos… tus miedos. Si estáis aquí, ya os busca.Celedonia siente un frío familiar bajar por su cuello.—¿Qué quieres decir con eso? ¿Nos ha traído ella?Drystan niega, al principio, después se detiene y las observa por un largo tiempo antes de contestar.—La Bestia no nos “trae”, pero si estamos aquí, es porque hemos sido tocados por la oscuridad. En cierto modo, se podría decir que nos guía al precipicio… pero, al final, somos nosotros quienes decidimos saltar.Cel calla. Porque siente culpa, pero no la recuerda. Siente nostalgia, melancolía, y una canción que resuena con tristeza en sus entrañas. No lo entiende, pero sabe que algo ha ido terriblemente mal para que las dos hayan acabado ahí, perdidas en el bosque. Sopla la humeante taza que sostiene entre sus manos y sonríe ante las ocurrencias de Arianna. Reyac, Ímamor o Ronun son algunos de los nombres propuestos para la rana, pero ninguno le termina de convencer. Celedonia no entiende de dónde saca nombres tan extravagantes y cree firmemente que el mejor es “rana”. Le gusta el nombre, porque le gusta el animal; pequeño, redondo y verde. Siempre saltando, siempre croando.Arianna se tumba boca arriba y la rana se desparrama en su regazo; tranquila, sosegada.—Oye Cel… ¿A ti te gusta alguien?Celedonia escupe el té ante la inesperada ocurrencia. Se atraganta, tose y se limpia la boca con una servilleta de tela.—¿¡Se puede saber a qué ha venido eso!?—No lo sé… Estaba mirando a Ímamor y pensé que era importante. Ella me lo ha dicho.—¿La rana? … ¿Es hembra?—Claro que lo es. —Arianna pone los ojos en blanco como si fuese el dato más obvio del mundo y Cel no puede evitar reír.—Sabes, a veces me recuerdas a Morona.—¿A quién?—A… nadie. Qué raro. —Se frota la nuca, nerviosa—. No sé por qué he dicho eso.Arianna se encoge de hombros y muerde una de las galletas.—Ug, pasas… odio las pasas. —Saca la lengua en una mueca de disgusto y da un buen trago al té—. Estás rara hoy, Cel. Primero te olvidas de dónde estamos, luego que a dónde vamos, ahora hablas de una tal Morona… ¡Y todo por no responder a mi pregunta! ¿Sientes algo por alguien o no? Puedes ser sincera, no voy a venderte a la Saludos.La sonrisa ladina de su hermana relaja lo suficiente a Cel como para conseguir que ría. Se tumba también, a su lado, y admira las vigas del techo con el leve terror de quien reconoce cuándo debería haber termitas.—La verdad… es que no lo sé —confiesa—. Recuerdo algo cálido en mi pecho, algo que ha enraizado y crecido y empezado a florecer, pero… de pronto, se corta, ¿sabes? Como si alguien hubiese podado el tallo.—Hmmm… suena a que te ha sentado mal el té. Es cálido y está en tu pecho, pero debería estar en tu estómago.Celedonia suspira, resignada, y se envuelve en las mantas de lana antes de girarse hacia la pared.—Da igual, de todos modos tampoco lo recuerdo. No sería importante.Lady Ímamor croa y Arianna calla, confusa. Siente que quiere decir algo, pero que quizá no es el momento. Se envuelve también en las gruesas mantas de lana y apaga la vela. Cuando ambas llevan un rato calladas, Arianna se vuelve a girar hacia su hermana.—¿Cel…?—¿Sí?—... ¿Me seguirías queriendo aunque hiciese algo malo? ¿Aunque me equivocase y te hiciese daño?Celedonia calla unos segundos, preocupada por qué pueda pasarle por la cabeza. Quiere preguntarle mil cosas, pero no es el momento, no así. En su lugar, responde:—Por supuesto. —Sonríe, y sabe que es verdad—. Eres mi hermana, Ari… no voy a dejarte nunca atrás.Arianna calla, Lady Ímamor también, y, entre las mantas y las vigas de madera, las hermanas comienzan a dormirse al amparo de los grillos y el crepitar de las llamas.—... Gracias. No sabe si ha dormido, si ha despertado o si no ha dejado de soñar.La oscuridad rodea sus sentidos y escucha un silbido agudo en sus oídos. Trata de incorporarse, pero no puede. Está despierta, está tumbada… y de pronto, está en el mar. Bracea, pero no nada. El agua la envuelve, oscura, y de pronto está de pie en la cabaña. Camina hacia la puerta y, al abrirla, ya no está allí. No hay bosque, sino estrellas, esparcidas por el suelo conforme se apagan y sangran. Cierra la puerta. El pomo se convierte en arena en sus manos y cae al suelo. Escucha a Drystan llorar. Se vuelve. La hoguera está encendida pero en ella no hay luz. Oscuro, devora la sombra que avanza entre las llamas. Mar, arena, estrellas. Drystan, noche, luz. El farol, roto. Grita. Y no suena. Bracea, y no nada. Se hunde, se hunde, se hunde… Cel.Despierta. Las vigas de madera siguen en su sitio y no hay oscuridad sobre sus cabezas. Hay luz, de hecho. Ha amanecido y un tenue sol blanco se cuela por la ventana. No calienta tanto como el sol dorado de su hogar, pero es suficiente, tiene que serlo.Observa el hueco vacío en la otra mitad del sofá y se levanta para buscar a Arianna. Al no encontrar a nadie más en la casa, se echa la capa al hombro y sale al patio.Drystan tala de forma rítmica un árbol blanco conforme Arianna, sentada en el porche, le cuenta algo sobre Avelon y un muelle.—¡Hey Cel, acércate! —Arianna saluda con el brazo y sonríe despreocupada—. Le estaba contando a Drystan los sueños tan raros que he tenido. ¡En uno salías tú y todo!Celedonia se aferra más a su capa y frunce los labios, sintiéndose aún incómoda, con el amargor de la ceniza en la boca. Drystan baja el hacha y se vuelve hacia ellas, tiene manchas de hollín por la cara y los dedos negros del aceite. El farol cuelga a su cintura, encendido pese a la claridad.—Deberíais partir ya y aprovechar el día, la Bestia solo actúa de noche.Celedonia asiente, preocupada.—Entonces, al norte… ¿verdad?Drystan señala el río y, después, el sendero que se cruza el bosque de cipreses blancos.—Seguid la senda y llegaréis a Pottsville.—¡Perfecto, gracias! —Arianna da un salto y estrecha su mano, satisfecha—. Venga Cel, que tengo mucha hambre y si llegamos pronto aún podremos desayunar.—Sí, claro. —Sonríe, y se gira hacia Drystan de nuevo—. Adelántate un momento, Ari, tengo que preguntar algo más.—¡Como quieras!Drystan enarca una veja, curioso, y se limpia las manos en el pantalón antes de sentarse en el porche.—¿Y bien, qué es? Llevas mirándome raro desde ayer.Celedonia da un par de pasos hacia él y siente cómo sus emociones bullen en una mezcla de miedo e ira que no comprende.—¿Por qué te conozco?Silencio.Drystan la mira, confuso, pero también cansado. No parece ocultar nada, del mismo modo que tampoco parece ser la misma persona que ella cree conocer. Pero lo sabe, lo conoce de algo, de algún recuerdo, de alguna vida, y las pesadillas de esa noche solo confirman lo que ya sospecha: la oscuridad sabe algo que ella no.—Yo tampoco sé por qué me suenas. O tu hermana —añade, mirando hacia Arianna—. No recuerdo cómo llegué aquí, ni recuerdo nada de antes, pero sé que buscaba a alguien… y supongo que no la encontré. —La nostalgia en su voz le recuerda a Celedonia el polvo de la casa, el crujir del suelo, y los marcos vacíos que parecían querer albergar algo—. Pero te daré un consejo: no te obsesiones. Nadie aquí recuerda cómo llega, es lo que La Bestia quiere, que nos perdamos en la confusión, en el dolor, hasta no ser capaces de recordar a dónde queremos volver o por qué. Mi carga es mantener encendido este farol, la tuya… —calla, su mirada perdida en el río— devolver a tu hermana. Eres responsable de lo que le pase, no lo olvides.Celedonia siente sus pies sumergirse en un lodo pantanoso que sube y trepa hasta enredarse en su estómago. De nuevo, pesa. De nuevo, arde. Lo sabe, tiene que hacerlo, tiene que ayudarla, siempre ayudar, igual que en Walton, igual que en Arrswyd… Un zumbido vuelve a taponar sus oídos y tarda tres respiraciones en poder reaccionar. Cuando reenfoca la mirada, Drystan la está sosteniendo. Sus ojos la miran con verdadera lástima.—No esperaba… que tú también acabases aquí —dice, y algo en ellos resuena como un recuerdo muy lejano—. Pero recuerda no rendirte, es lo que La Bestia quiere.Asiente, confusa, y se aparta para echar a andar hacia su hermana. Un sentimiento de urgencia la envuelve y de pronto siente que no puede esperar, que no debe dejarla sola, que el alma de Arianna la está llamando y se deshace efímera entre sus propias manos. Debe correr, volver a casa y ponerla a salvo.Deben cruzar el bosque.Deben abandonar lo desconocido.
