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Lo que dure una cancion

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Hay momentos a lo largo de la historia en los que se puede decir que el mundo contuvo la respiración. Tal vez sea simplemente una idea que la mente del hombre evoca para explicar la gravedad de las emociones amenazando con hundirlo, tal vez no. Como el mundo aparenta temblar y destruir sus propios cimientos en represalia por la ofensa de la que fue víctima. En nuestros ojos, parecería demasiado cruel que el mundo siguiera adelante con indiferencia, por ende, nos negamos a pensar así. En este ciclo familiar de arrogancia humana, rogamos por que nuestros sacrificios sean honrados a lo largo de los siglos. Tal vez entonces sea un trato justo.La adrenalina se había apoderado de mi cuerpo y mi mente de la misma manera que una tormenta se apodera del cielo de medianoche. Ya no está, es polvo en el viento. Las altas murallas de la impenetrable Troya parecen aún más grandes estando en el suelo como yo. Las observo a través de todo el caos. Me susurran. Se burlan de mí, creo yo, riendose de mí. ¿Quién es él al intentar alcanzarlos? No es un semidiós, ni siquiera un guerrero. Otro Ícaro que voló muy cerca del sol. Pero era gloria la que anhelaba al trepar las murallas como un loco? No, simplemente paz y libertad. Las cadenas de la profecía son pesadas, no me dejan ni a mi ni a él, por eso deseé ser liberado de ellas. Pero claro, no era eso lo que el joven e ingenuo Ícaro también deseaba? ¿Por lo que dio su vida?Los dioses también se están burlando de mí. Si miro más detenidamente, si entrecierro mis ojos de la misma manera que los humanos hacen al mirar al sol, puedo ver a Apolo. Su boca torcida y llena de alegría. Está esperando, aunque no tendrá que esperar mucho. Moriré pronto. El mundo a mi alrededor no parece claro, no con la lanza de Hector clavada en mí y el dolor enroscándose y desenroscándose dentro de mí como una serpiente liberada de la cabeza de la gorgona. Aunque es bienvenido, el dolor. Sólo cuando aparece el entumecimiento sabemos que la muerte está cerca. En el caos del momento, recuerdo débilmente como era esto lo que le preguntaba a cada soldado herido que venía a mí. ¿Sientes dolor? Si no hay ninguno, no hay nada que pueda hacer por ellos. Aún así, lo intento.No tengo esperanzas por mi vida, solo el deseo de verlo una vez más. Se oye un sonido horrible vibrando en la tierra, chocando y resonando en los grandes campos manchados de sangre. Debí de haberme acostumbrado después de 10 años enteros. Todavía lo detesto. El choque de acero contra acero, los gritos de los hombres. Todos ellos son tan fuertes en esta conciencia parpadeante mía, una llama a punto de ser apagada por el viento del norte. Atroz y repugnante es este ruido. Anhelo su dulce voz. Oh, por favor, a cualquier dios que escuche, dejen que toque para mí su lira, la lira de mi madre, una vez más, para que pueda tararear las hermosas melodías cuando deambule solo en el inframundo, esperando a quien sostiene mi corazón.Hay hombres acercándose. Puedo sentir los pasos pesados en la tierra en la que yazco. Siento como me levantan delicadamente del suelo. Creo que es Menelao quien me sostiene. Alguien más está hablando y siento esta repentina necesidad de decirle que se detenga. Me recuerda al insistente zumbido de las abejas.“¡Patroclo!” “¡Patroclo, respóndeme!”Es Odiseo, por supuesto.“¡No cierres los ojos! Te llevaremos a Macaón,” él tartamudea. “Te llevaremos a Aquiles,” él dijo, y su voz se elevó al final, como si estuviera en una obra de teatro, de pie frente a una audiencia cuando su pieza ha llegado a su clímax. Al final, sabe que sólo su nombre puede mantenerme con vida.“Aquiles,” murmuro débilmente, mi voz áspera como la arena, desesperada como la de un huérfano.“Sí, te estamos llevando a él", su voz es ferviente, preocupada como lo estaría por un querido amigo al que no desea ver atrapado bajo las garras de la Muerte. Garras afiladas como las de las aves de Estinfalia contra quienes el poderoso Heracles luchó y venció.
Quizás, después de todos estos años en estas costas maldecida por los dioses, no me odia. Pero sé que no es por eso que su voz suena tan angustiada y tensa cuando siempre ha sido tan tranquila y serena. Si yo muero, entonces quién sabe a quién matará Aquiles, enloquecido por el dolor, con fuerza divina magnificada por su cólera. Una bestia, un dios; ya no un hombre. Todos lo saben.No me doy cuenta del pasar del tiempo, del sol moviéndose lentamente hacia el horizonte, pero después de un momento, un dios está corriendo hacia mí. Dorado y brillante, veloz y ágil. Es él.“¡Patroclo! Dijo él, con voz angustiada y preocupada. Puedo ver el momento exacto en que sus ojos se posaron en la gran herida en mi abdomen, el resto de mis heridas ensombrecidas por la severidad de esta.Él cae de rodillas“¡No, no! Patroclo,” dice, mi mano atrapada en la suya. Desesperado, rogando.“Mi Aquiles,” susurro tan fuerte como mi voz me lo permite y puedo sentir lágrimas amenazando con correr por mi rostro. Puedo sentir mis ojos arder. Esto, pienso, es lo que perderé cuando la muerte me lleve.“¿Cómo pasó esto? ¿Por qué peleaste, Patroclo? ¿¡Por qué!?” Sus lamentos son fuertes y angustiados como los de un dios. Pero no hay ira en ellos, solo un interminable miedo. Nunca lo he visto aterrado. Nueve largos años, su muerte anunciada y esperándolo, pero nunca había mostrado ni un segundo de miedo. Intrépido y valiente como un león, tal contraste con la imagen que tengo ante mí, del glorioso Aquiles, hijo de Peleo, temblando de rodillas como un mendigo por la vida de un mortal, insignificante para todos, menos para él.“Lo siento,” dije débilmente, y realmente lo hago por la perdición que nos he traído a ambos.“No, no lo– vas a estar bien,” insistía, tratando de convencerse a sí mismo más que a mí. “Estarás bien,” se repitió una y otra vez, una esperanza, una oración, un lamento. Sus manos están en mi cabello, acariciándome, los suaves mechones marrones bailando entre sus cálidos dedos, su mirada fijada en nuestras manos agarradas, incapaz de soportar mi mirada.“Sí los dioses tienen la amabilidad de dejarlo vivir, debemos llevarlo a Macaón. ¡Ahora, Pelida!”Odiseo exclamó y sus palabras hicieron que Aquiles entrara en acción más rápido que los truenos de Zeus. En sólo un momento me tomó de los brazos de Menelao a los suyos. Es gentil con sus movimientos, conmigo, y es un gran contraste con el hombre que todos creen que es. No les digo que este es su verdadero yo, que después de nueve años de sangrientas batallas y planes políticos, para mí sigue siendo el chico que me haría promesas bajo un sol de verano. El chico que me susurraría palabras dulces al oído y me besaría como el propio Eros. Un chico confiado y amable, el primer héroe en ser feliz.Ahora, está corriendo hacia la tienda del médico a la velocidad de un dios, y puedo sentir sus músculos moverse con cada paso, puedo sentir como su calidez se filtra en mi frío cuerpo. Mi salvador, creo yo, mi sol. Así como Ícaro, con mucho gusto me quemaría con él. Sus llamas serían bienvenidas por encima de todo. Cualquier cosa suya, un poco de su calidez dorada para lavar la frialdad que se apodera de mí como la sangre caída que es absorbida por la tierra para nutrir espíritus errantes en lugar de flores. Dulce inconsciencia debió encontrarme bajo el reconfortante arrullo de sus alientos, pues ahora me doy cuenta que me están colocando en alguna especie de cama similar a las que tenemos en las tiendas médicas. Puedo oír a Aquiles gritar, lanzando insultos y amenazas a cada alma viviente.“¡Vas a sanarlo! ¡No dejarás que la muerte se lo lleve o juro por Zeus que no vivirás para salvar a ningún otro!” Amenazó a Macaón, y su voz era la de un animal salvaje el cual había aprendido a hablar. Pero su miedo es palpable y se apodera de la tienda como una niebla oscura. Creo que lo tocaría si pudiera levantar la mano.“Haré lo que pueda para ayudarle,” Macaón respondió rápidamente y también puedo oír el miedo en su voz. Es un miedo familiar para los curanderos cuando el paciente es alguien a quien conocen. También es miedo a Aquiles. ¿Qué es lo que hará si– cuando la muerte me lleve?“Aquiles,” digo débilmente para que así dejara de lanzar sus interminables insultos a todos, para que pueda estar cerca de mí, para que pueda tocarme.Sus ojos se fijaron en los míos y en un instante, está aquí, sosteniendo mi mano como si su vida dependiera de ello, agarrándola como un moribundo. Sus ojos están rojos y fervientes, y tiembla bajo mi toque.“Patroclo,” balbuceaba y, a través de su boca apretada por la contención de las lágrimas, las consonantes de mi nombre parecen más agudas de lo que son. Él levantó su mano para tomar mi rostro y acariciarlo. El toque de un amante que podría volver loco al hombre más cuerdo. Más lágrimas caen por sus mejillas.“¡Patroclo, por favor!“Esta bien, mi amor, mi Aquiles,” trato de calmarlo, pero hablar es difícil.“Lo siento, lo siento tanto.” Él está sollozando ahora, aferrándose a mi mano, rogándole a los dioses. “Lo siento tanto, Patroclo.”“No es tu culpa, nunca podrías lastimarme.” Él solloza aún más fuerte ante eso, y su llanto está tan lleno de dolor que mis propias lágrimas amenazan con caer una vez más. No puedo escucharlos. Mi corazón se rompe cada segundo que lo escucho herido. No soporto verlo sufrir. No estoy hecho para verlo llorar."Está bien, la muerte todavía no me llevará. No te dejaré.” Mi voz se puede escuchar apenas por encima de un susurro, pero de alguna forma suena fuerte, al menos más fuerte que antes. Me doy cuenta, con claridad no deseada, que esta es la primera vez que le he mentido.Parece calmarse ante esto. Me mira de nuevo y su mirada es como una lanza inquebrantable en su recorrido.“Júralo.”“Lo juro.” Su rostro está ahora en la curva de mi cuello, colocado allí con delicadeza, del mismo modo que una esmeralda encaja perfectamente en el anillo de un rey. Tiene cuidado de no perturbar el trabajo de Macaón. Por encima de su cabello dorado, puedo sentir los ojos del viejo médico en mí. Sabe que soy conciente de mi condición, después de todo, ambos somos médicos. Asiento hacia él con mirada suplicante, rogándole que guarde silencio. Todo este tiempo pude sentirlo trabajando en mí, cosiendo mis heridas, cubriéndolas, colocando hierbas y ungüentos en otras sólo para apaciguar a Aquiles. Por poco le digo que no las desperdicie en mí, no cuando hay tantos soldados heridos que aún tienen posibilidades de vivir. Aún así, no digo nada. En este momento soy suyo. La muerte me llevará después. Acaricio su cabello.“Creo que Macaon ha terminado. Llévame a nuestra tienda”. Él levanta su cabeza de donde estaba. Parece inseguro y temeroso como nunca lo he visto.¿Estás seguro?” Me pregunta.“Sí.”Él mira a Macaón y también le hace un gesto de asentimiento, aunque un poco de mala gana. No quiero que mi muerte sea en un lugar que ya ha reclamado a tantos. Un deseo infantil se apodera de mí. Un doloroso anhelo de volver a casa. Quiero que volvamos y nos escondemos en el palacio de su padre como lo hacíamos cuando éramos niños. Quiero que volvamos a ver a Quirón, que durmamos en nuestra pequeña cueva y luego, por la mañana, nos atiborremos de higos y luego nos besemos la dulzura de la boca. Añoro esos días cálidos bajo el sol, cuando nuestra felicidad era real y tangible, llena de promesas que nos hacían sentir como dioses, fuertes e intocables. Pero los dioses nunca fueron felices, y ya no somos niños. Nunca volveremos a ver Ftía. Nunca volveremos a casa. Entonces, lo mínimo que puedo desear es volver a sus brazos, dejar que me acueste en nuestra cama y toque su lira para mí. Quiero oírlo cantar, su encantadora voz arrullándome suavemente para dormir.Pero no le digo esto. Es egoísta y cruel, pero no hay tiempo. Puedo sentirlo deslizarse, pasar a través de mí como si ya fuera un fantasma. Un último recuerdo es lo único que puedo ofrecerle.“Gracias a los dioses,” lo oigo decir, sollozando de alivio. “Gracias a los dioses.”La vergüenza me inunda una vez más. Lágrimas llenan mis ojos, rogándome por qué las dejé salir. Acaso las lágrimas se secan al morir, me pregunto. ¿Moriré con estas lágrimas contenidas dentro de las jaulas que son mis pestañas? Aún así, las retengo. No puede saberlo. No puede saber la verdad. Este último recuerdo, se lo regalaré. No permitiré que nuestros últimos momentos transcurran en las tortuosas garras del dolor y el miedo. Es mi último deseo, nada puede quitarme eso.Él me levanta, y puedo registrar débilmente el mundo moviéndose a mi alrededor. Los colores son apagados, menos brillantes. Las voces son distantes, como si estuviera bajo el agua. Es algo que los humanos sentirán solo una vez en sus vidas, algo que los dioses nunca sentirán. No es como el suave tirón de la inconsciencia hacia un cuerpo cansado. Es la vida, cálida y brillante, siendo succionada del cuerpo, dejándolo atrás como nada más que una cáscara, vacía y fría como sangre sobre la nieve. Puedo sentir el mundo desvanecerse. ¡No! Pienso. No, necesito un poco más de tiempo. Lo que dure una canción. Quiero decirle que vaya más rápido, pero antes de que me de cuenta, me ha dejado en nuestra cama, la tienda ya pintada de un color brillante y cálido por el toque del sol.Él me mira de la misma forma que un devoto mira la estatua de su dios. Ya lloro por él. Cuando llegue mi muerte, la suya será la siguiente. Trato de imaginar el mundo sin su luz dorada. No puedo. Me alegro enormemente de no tener que verlo.“Philtatos,” él dijo, tocando mi frente antes de inclinarse y besaría.Ya no hay miedo en su mirada, solo hay simple preocupación y mucho amor en su lugar. Es hermoso, pienso. Tanta belleza… Si pudiera arrancar mi corazón y entregárselo como ofrenda, lo haría. Si fuera un dios, tomaría las estrellas del cielo nocturno y las colocaría en su cabello. Si las olas del océano bailaran a mis pies, les pediría que se muevan de la misma forma que sus cabellos lo hacen cuando son acariciados por los vientos del norte.“Lo siento tanto, Patroclo,” su voz se quiebra. “Si tan solo hubiera escuchado–” Admite con nostalgia, con la respiración entrecortada y su cabeza entre sus manos, alejándose de mí, avergonzado de mí. “Oh, ¿Por qué te dejé ir?”“Shh.” Digo y acaricio su rostro con mis dedos hasta donde puedo alcanzar. Necesita entender que no lo culpo, necesita ver que no es su culpa. Si no logro convencerlo, no la sobrevivirá cuando muera.“No es tu culpa, mi amor. Te lo ruego, detén esta culpa, no puedo verlo. Hazlo por mí.”Ante esto, cesa su llanto y levanta su mirada para encontrarse con la mía. Él recuerda la última vez que le pedí que hiciera algo por mí y lo que le costó no escucharme. Él asiente, y es tan pequeño y tímido que mi corazón se rompe poco a poco. Tomo su barbilla entre mis manos y me levanto lo más que puedo para mirarlo a los ojos. Mis fuerzas me fallan.“No te culpo por esto. Quiero que lo sepas.” Él intenta alejarse. “¡Mírame, Aquiles!” Me mira sorprendido de que haya levantado la voz. Sólo sujeto su cara con más fuerza.“Esto no es tu culpa. Necesito que me prometas que no te culparás por esto.” Él trata de alejarse una vez más.“No, no me pidas eso, no puedo. Te hice esto.” Dice entrecortadamente, con fervor.“Te lo ruego, Aquiles. Por favor, ¡Promételo!” Y ahora mi voz no suena fuerte en lo absoluto, sino desesperada y al borde de romperse y siento unas cuantas lágrimas escapar de mis ojos. Ya no puedo retenerlas más. Él se queda quieto al mirar mis lágrimas.“Por favor.” Le vuelvo a decir, pero ahora es más débil.“Está bien, está bien, no lo haré. Solo no llores. No puedo soportarlo,” dice él y seca mis lágrimas, una por una con sus dedos suaves, acariciando la piel debajo de ellos como si fuera la piedra más preciosa. Entonces él se acerca y las besa mientras sus propias lágrimas caen lenta y silenciosamente de sus hermosos ojos verdes.Es una escena tan intima que sería un sacrilegio que alguien más sea testigo de ella. Mi cuerpo se elevó un poco hacia el suyo, Mi puño se alojó en su túnica con todas las fuerzas que me quedaban, rogándole que esta vez me escuchara, y él se inclinó hacia mi rostro, sus dedos acariciaban ansiosamente mi piel de manera reconfortante, secando mis lágrimas.Es cuando recuerdo una vez más que moriré, que lo dejaré. No quiero existir sin él, no puedo. Y él… ¿A qué desgracia le he condenado? Su madre tenía razón, pienso amargamente. Lo he destruido. Después de mi muerte, pondrá al mundo de rodillas antes de que tome su vida de alguna forma u otra. Quiero llorar un poco más por nuestro tiempo perdido, por a lo qué lo condenaré, por el dolor y la cólera que seguirá, pero no hay suficiente tiempo. Pronto me llevará la muerte, y todavía no he oído mi canción.Siento como toca mis labios con los suyos como lo hizo tantas veces en el pasado. Él se levanta.“Te traeré agua y comida.”“¡No!” Agarro su brazo, desesperadamente. Entonces me doy cuenta de cómo debe parecer esto y digo con más calma.“Quiero decir, dentro de poco. Primero quiero algo.” Me mira de forma implorante, un poco vacilante pero deseoso de hacer lo que le pediré."Lo que sea."“Quiero que me cantes mientras tocas la lira de mi madre”.Me mira casi confundido, pero obedecerá. Fue solo una vez que no lo hizo y casi le cuesta todo. No sabe que aún lo hará.“Está bien, pero después debes prometerme que beberás y comerás. Necesitas recuperar tus fuerzas. Has perdido demasiada sangre.” E incluso mientras lo dice, se acobarda ante la verdad, ante lo cerca que estuvo de perderme. Su alivio por no haberlo hecho.“Por supuesto. Ahora ven. Siéntate aquí en nuestra cama, yo acostaré mi cabeza en tu regazo, así como lo hacíamos cuando éramos niños, recuerdas?”"Sí", dice con nostalgia, una pequeña sonrisa pinta sus adorables rasgos y ahora mismo se parece tanto a ese chico que casi me hace llorar de nuevo.Él va al otro lado de la tienda para traer la lira. Puedo verla brillando en sus manos, del mismo color que su cabello. En los primeros años aquí en Troya solía tocarla para mí muy a menudo y yo disfrutaba cada segundo de ello. Después, podrían pasar semanas sin escuchar su dulce voz bendecida por las musas de Apolo llenando nuestra tienda, las notas rodando en el aire como olas bailando con el viento del norte.Se sienta en nuestra cama y levanta con cuidado mi cabeza en su regazo, y yo lo miro, tratando de memorizar todo de este momento, para pintarlo y encerrarlo dentro de mí para ser el único en presenciarlo. Mi amor debe estar reflejándose en mi mirada, y volvemos a tener dieciséis años, jóvenes e ingenuos. Me sonríe una vez más antes de inclinarse para dejar otro beso dulce en mis labios. Luego sostiene la lira. Su mirada se aleja a diferentes tiempos, a diferentes planos, como tantas veces lo hace antes de empezar a cantar, como si hubiera un canto de sirena que solo él puede oír y trata de escuchar con atención antes de unirse a ellas en su melodía. Su boca esculpida se abre y comienzaEs una hermosa canción. Una que cuenta historias de mitos y leyendas, que elogia sus logros antes de lamentar sus desapariciones. Heracles y sus tareas, Jasón y el vellocino de oro, el impávido Argo y las hermosas melodías de Orfeo. Entonces la canción se vuelve melancólica; Heracles muriendo por un enemigo ya muerto, el fuego tortuoso que lo consumió. Jason quedándose solo, su esposa y sus hijos asesinados por una vieja traición que regresó para perseguirlo. Orfeo llamando a la muerte con un canto como éste, clamando por la pérdida de la mitad de su alma.No se puede escapar del destino de uno ni de su perdición. Todo este tiempo creímos que engañamos al destino, que esos diez años fueron un regalo que nos hicimos a nosotros mismos, un momento para honrar nuestro amor y devoción y crear más recuerdos. No pudimos estar más equivocados. No hay manera de engañar a las Moiras. Nuestro destino se desarrolló exactamente como tenía que ocurrir. Sólo momentos antes de mi muerte y todo parece tan claro, como nunca antes. Hasta ahora, había una enorme incertidumbre al mirar hacia el futuro, un miedo vacío. Ahora sé que la profecía no podría haberse cumplido de otra manera. Fueron diez años los que pasé preparándome para el momento en que lo perdiera. Nunca pensamos que yo sería el primero.Siento que la canción llega lentamente a su fin y sé que es el momento. Al principio es lento. Las notas de la canción comienzan a arrastrarse apenas un suspiro, la luz en nuestra tienda ya no es tan brillante y una frialdad aterradora me invade poco a poco, comenzando desde mis extremidades y avanzando hacia mi corazón. Pero mi corazón está fuera de mi cuerpo. Lo estoy mirando y es como si estuviera mirando al mismo sol. Lo miro por última vez. No hay nada más en el mundo, sólo él, sólo él para siempre. Nunca lo olvidaré, lo prometo. Lo esperaré abajo; en los oscuros pasadizos donde descansan las almas perdidas. Esperaré por él, y escucharé su hermosa voz cantando esta canción de mitos y leyendas y nos colocaré en ella junto con todos los demás héroes. Estoy feliz, creo. Pero tal vez no sea un héroe. Él es un héroe, pero nunca volverá a conocer la felicidad. Lo juro.Rompí mi promesa.

----- CHAPTER BREAK -----

Hay un silencio bendito, una quietud antinatural que dura todo un momento, el nacimiento del universo. Entonces vuelvo a existir en otra forma completamente diferente, incorpórea y ligera. De alguna forma, no existo, pero ahora puedo verlo y no siento dolor. ¿Cómo podría? Dejé mi cuerpo con él. La nota final de la canción sigue vibrando en toda la tienda sin querer irse, como si supiera lo que seguirá después de que la dulce melodía haya terminado. Sus ojos siguen cerrados, perdidos en los cuentos de héroes y los ecos de las Musas. Es hermoso. Yo también estoy ahí, en su regazo, durmiendo. Me cantó una canción de cuna y me quedé dormido en sus brazos. No sería la primera vez.Sus ojos se abren y lo veo observándome. Al principio no se alarma, pues él también cree que su voz y todo el cansancio del día me han arrullado hasta el dulce sueño. Pero luego se inclina para besarme la frente y retrocede como si se hubiera quemado. Está fría, tan fría como la de un cadáver.Me toma en sus brazos y coloca mi boca en su oído para buscar mi respiración. No encuentra nada. Empapado en temor, mueve su cabeza hacia mi pecho buscando una vez más algo que no está allí.“¡No! ¡Dioses, no! ¡Patroclo, por favor!” Todavía no lo cree, puedo oírlo en su voz. Realmente lo había convencido de que estaría bien.Un grito desgarrador sale de él, y se puede escuchar desde la montaña donde residen los dioses, hasta las frías aguas del mar donde nació su madre. El mar y la tierra tiemblan con sus gritos, con la fuerza de su dolor. Cada uno de los hombres de nuestro ejército se ponen de pie y la gente se reúne fuera de nuestra tienda, pero nadie entra, aterrados de lo que presenciarán y de lo que les hará, tan loco como ahora parece. Él abraza mi cuerpo y llora, luego vuelve a gritar. Me toca con desesperación. Mi cabello, luego mis brazos, mi pecho, mis ojos, mis labios. Pero están tan fríos. Me levanta hacia su pecho para esconderme del mundo, para evitar que la muerte me lleve, pero ya lo hizo.
Su madre está en algún lugar bajo las oscuras y frías olas, escuchando a su hijo llorar como un dios. No sé lo que estará pensando. Quizás esté feliz por mi muerte, quizás ahora se da cuenta del cruel cumplimiento de la profecía y llora por su hijo, sabiendo que ya lo perdió.Aquiles se arranca el cabello y sus mechones dorados caen sobre mi cuerpo sin vida como una ofrenda, como oro que llueve del cielo. No necesito monedas para darle a Caronte, pienso. Tengo sus cabellos dorados, no existe oro más puro que ése.Finalmente, algunos hombres entran a la tienda. Odiseo, Menelao y Ájax. Ellos miran los dos cuerpos frente a ellos, sin que se note ninguna conmoción en sus rostros endurecidos. Todos sabían lo que había sucedido en el momento en que comenzaron los gritos. Menelao mira hacia otro lado, como si el dolor fuera un remolino, oscuro y poderoso, que lo arrastraría hacia lo profundo si lo observa por mucho tiempo. Áyax no aparta la mirada de Aquiles, impactado por la fuerza del sufrimiento del joven héroe. Una agonía tan aguda que nada podría aliviarla. Odiseo está más cerca que ambos y sé que pronto abrirá la boca. Todos sus ojos brillan ligeramente. No es tanto por la pérdida de mi vida, aunque los tres hombres me respetaban, sino porque se trata de la más oscura de las tragedias que se desata ante ellos. Un dolor y un sufrimiento tan poderosos, oscuros y devastadores que el mundo nunca ha visto algo así. Nadie puede permanecer impasible ante una escena como esta.Aquiles, quien hasta ahora no se dio cuenta de los tres hombres, ahora se fija en la correa de Odiseo. En un instante está ahí, arrebatándole su espada y volviéndola hacia él mismo para cortarse la garganta. Los tres hombres lo agarran desde diferentes lados, y al final es Ajax quien logra quitarle el arma en el último segundo y nunca me he sentido más aliviado por su fuerza divina. Aquiles cae de rodillas, pero Odiseo sujeta su rostro, tal vez temeroso por que salga y busque alguna otra forma de tomar su vida. Pero no debería estar preocupado. Fue solo un instante, un desliz, un acto de locura provocado por una pena y dolor inimaginables. Ahora ha regresado y una furia divina se apodera de él. Él empuja a Odiseo y Menelao, haciéndolos caer y temo que los vaya a matar en ese instante.“¿¡Quién hizo esto!? Le grita a todos y a nadie, a los hombres frente a él y a los dioses de arriba.“Fue Hector,” dijo Odiseo y tras eso, él se marcha fuera de la tienda como un león listo para destrozar a sus presas, como un dios de la venganza listo para pintar una historia con la sangre del enemigo, como un hombre que sufre ahora que solo le queda la mitad de su alma.Odiseo lo sigue y trata de tomar su brazo para que lo escuche, pero lo piensa mejor. Es un animal salvaje, sin freno, sin razón, podría matarlo en un segundo ahora que la mejor parte de él ha muerto.“Mañana, Pelida. Ahora él está dentro de la ciudad. Escúchame. Mañana puedes matarlo. Ahora debes comer y descansar. Laméntate hoy y véngalo mañana”.En ese momento, Aquiles se detiene y permanece completamente quieto durante varios segundos, segundos en los que el sol se acercó aún más a la tierra como para presenciar el desarrollo de un destino predicho hace tanto tiempo. Luego se da vuelta y avanza hacia nuestra tienda, hacia mí una vez más. Odiseo ordena llevar comida y agua a su tienda. Debería haberlo sabido mejor. Él ni las tocará.Ahora la luna se posiciono en el cielo y aquella ira que parecía tan abrumadora y ardiente antes, lo había dejado por completo. Lo dejó más rápido que la vida dejó mi cuerpo moribundo en el momento en que me sostenía, acostado sin vida en nuestra cama. Ahora sé sienta junto a mi, una vez más con mi cabeza en su regazo. Un recuerdo, una imitación de lo que una vez fue. Sus manos están en mi cabello, jugando con mechones mientras terarea una canción que es interrumpida demasiadas veces por suaves sollozos. La canta una y otra vez, empezando desde el inicio una vez la canción llega a su final. Es un sonido desolado, como si se obligará a que salga de él. Entonces decide que mi cabeza en su regazo no es suficiente así que me toma en sus brazos y me mece hacia adelante y atrás como lo haría con un niño. Ahora tararea una canción de cuna, pero los muertos no duermen. Puedo verlo pretender que no es más que una pesadilla, que mis ojos están cerrados gracias a Hypnos, y que se abrirán en un momento. Y entonces sonreirá y lo miraría como si sol una vez más. Sería un hermoso sueño de no ser por la frialdad de mi cuerpo, el helado toque de la muerte que ni el calor del sol podrá cambia. Entonces continúa su canto y recuerda, y recuerda… Pienso que parece un niño, tratando de consolarse de las tragedias que la vida le ha deparado. Ahora no está llorando, pero tiene los ojos inyectados en sangre y rojos, y las lágrimas todavía caen en cascada por su rostro esculpido, acariciándolo como se supone que deben hacerlo mis dedos.Si pudiera llorar y gritar en esta forma incorpórea mía, lo haría. Si tuviera lágrimas, si los espíritus errantes pudieran llorar, mi sufrimiento habría llenado un río. Sé que el destino al que lo condené es peor que la muerte. Al menos la muerte es rápida. Por un momento estás ahí y luego no. Pero esta agonía y dolor parece interminable desde mi lugar a su lado, acariciando su cabello mientras acaricia el mío. No sabía que sería capaz de observarle después de mi muerte. Al principio me alegré de no tener que dejarlo realmente. pero esto? Ser maldecido a ver a quien más amo convertirse en otra persona. Para presenciar como el dolor y la rabia lo alteran, conviértelo en un dios, conviértelo en un monstruo. Asistir a su cruel destino y las oscuras garras de la locura nacidas del sufrimiento tan grande lo consumen entero, pero no pueden hacer nada al respecto. ¡Oh dioses! Mi Aquiles, mi amor, digo a pesar de que nadie pueda oírme, y coloco mi rostro en sus cabellos dorados. Si tan solo pudiera sentirlos… Si tan solo pudiera esconderlo tan bien de esta tragedia que hasta el viento y la tierra susurran en la oscuridad de la noche. Si tan solo me amara un poco menos. Lo que sea, lo que sea para salvarlo de este destino. Pero es imposible. Lloramos el uno por el otro de la misma manera que un alma llora un cuerpo, la forma en que el cielo nocturno llora la ausencia de la luna.Las horas pasaron, y sus lamentos no han cesado. Pero ahora que el sol se encontró con el mar en el horizonte y el brillo de la luna de medianoche oculta sus secretos a cualquier alma que escuche, la melodía ya no se parece a una canción. En la oscuridad de la noche, él grita y llora una vez más para que todos los dioses escuchen su sufrimiento y bajen para acabar con su vida. Se enfurece por el mal que le ha hecho el príncipe troyano, y es sólo esta promesa de violencia lo que le impide cortarse el cuello justo encima de mi cuerpo frío y sin vida, para que así nuestros miembros se abrazaran incluso en la muerte.Ambos estamos acostados en la cama y él me abraza contra su pecho. Él no me suelta, implacable en su agarre, tratando de mantenerme con él como si mi cuerpo fuera a recuperar su alma sólo por la fuerza de su angustia. Todo lo que dice es apagado por mi cabello, porque ha enterrado su rostro en ellos incluso si ahora está mojado por sus lágrimas. Puedo escuchar débilmente palabras saliendo de su boca, oraciones incoherentes y sin señales de que él sea consciente de haberlas pronunciado. Es una diatriba larga y dolorosa de "lo siento", "por qué" y "por favor, perdóname". Y mi corazón se rompe una vez más por sus palabras. ¡Me lo prometió! Le hice prometer que no se culpará a sí mismo, y aún así lo hace. Una vez más no me escuchó. ¿Por qué, amor mío? ¿Por qué? ¿No me lo prometiste? ¿No te dije que no te culpo? Oh, ¿por qué debes lastimarme de esta manera?Nunca lo he visto así, y desearía no haberlo hecho nunca. Espero que el sueño lo domine en algún momento de la noche, pero debería saberlo mejor. No dormirá, ni comerá, ni beberá. Si su cuerpo no lo hiciera solo, habría dejado de respirar también. Solo han pasado un par de horas desde mi muerte, pero ya se ve mucho más delgado, especialmente su rostro. Siempre es hermoso, incluso en la angustia nunca podría parecer menos en mis ojos, pero ahora lleva cicatrices de su dolor sin fin. Sus ojos parecen más grandes, los huesos de su semblante más prominentes y sus mejillas huecas. Es normal, razono para mí mismo, no ha dejado de llorar durante horas. No sabía que era posible que un cuerpo ocultara tantas lágrimas detrás de sus párpados. Mil vidas por valor de lágrimas que ha derramado en las horas desde mi desaparición. Todavía no ha bebido un sorbo de agua y me preocupa que se desmaye cuando se enfrente a Héctor. Pero él no es completamente humano, a veces incluso yo lo olvido. La sangre divina fluye a través de él, rica, vibrante y poderosa. Con esa ira divina que sé que se apoderará de su cuerpo mañana será más un dios que humano, y temo por las atrocidades que cometerá y cómo mancharán su nombre, un nombre que ambos hemos muerto para proteger. Su corazón aún puede latir, pero él es un cadáver de todos modos. Es una cosa cruel incluso pensar eso. Desearía que no fuera cierto.“¿Por qué me dejaste, Patroclo?” Toma un aliento doloroso que quema sus pulmones. “¿Qué no prometiste que me seguirías donde fuera? ¿Por qué me dejaste?” Repetía una y otra vez, sacudiendo la cabeza como si estuviera en negación y me doy cuenta de que nunca me he sentido más impotente que ahora.“¡Por favor, vuelve! Por favor, vuelve a mí. Nunca me negaste nada, lo vas a hacer ahora?” Él mira mis ojos cerrados mientras acaricia mi rostro, y lo dice con una expectativa tan infantil de que incluso yo estoy esperando que los ojos del cadáver frente a él se abran.Él espera y espera, sin siquiera parpadear o respirar. El silencio es bienvenido en la tienda después de la eternidad de gemidos y gritos incesantes. Pero los minutos pasan y mis ojos siguen sin abrirse, y él se desmorona una vez más. Solo solidifica la dolorosa verdad dentro de él, que estoy muerto y nunca volveré. Que por una vez, él está en un lugar al que no puedo seguir. Al final es solo la muerte, fría y cruel, la que me haría negarle cualquier cosa.Existe una oscuridad escondida en lo profundo del alma humana que incluso los dioses temen. Es una oscuridad eterna como la que se esconde entre la luz brillante de las estrellas cada noche, en el río donde la Muerte va en busca de paz. Nacen monstruos y los dioses quedan olvidados a su paso. Está en sus ojos ahora. Quizás para reconocer esos matices bajo su mirada sólo hace falta comprender el alma y el sufrimiento del hombre. Pero las eternidades pasan como el agua en un río, y nadie se ha atrevido a acercarse tanto. ¿Y por qué lo harían? Es una mentira reconfortante, todos los monstruos y dioses fuera de nosotros, luchando contra nosotros, matándonos. Sería una verdad demasiado condenatoria darnos cuenta de que los creamos a nuestra propia imagen y semejanza para que también puedan consumirnos por completo.

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