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Los Misteriosos

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Corría el año 1990 en Tucson, Arizona. Era medianoche de Halloween y el frío envolvía las oscuras calles de la ciudad. Las luces parpadeantes de las casas decoradas contrastaban con la silenciosa tensión en el aire. En medio de esa atmósfera, una inspectora avanzaba con determinación, sus ojos atentos seguían los movimientos de unos ladrones que intentaban escapar entre las sombras.La persecución había comenzado hacía pocos minutos, pero la tensión se sentía como si hubiera pasado una eternidad. Los delincuentes, desesperados por encontrar una salida, corrían por los callejones, creyendo que podrían perder a su perseguidora en el laberinto de la ciudad. Pero la inspectora conocía cada rincón, cada atajo, y no estaba dispuesta a dejarlos escapar.Finalmente, en una callejuela estrecha y mal iluminada, logró acorralarlos. Los ladrones, agotados y sin opciones, se rindieron ante su autoridad. Con manos firmes, la inspectora los esposó, sintiendo el peso de la adrenalina que aún latía en su pecho. La noche fría los envolvía mientras los conducía hacia los calabozos, donde la oscuridad y el silencio les aguardabanLa comisaría era un hervidero de actividad, un caos ruidoso y vibrante. Se encontraba en su último Halloween allí, un lugar que había sido su hogar durante un año, pero del que pronto se despediría. La trasladaban a Phoenix, una ciudad más tranquila, con menos delincuencia y, estadísticamente, menos complicada. Mientras observaba el bullicio a su alrededor, no pudo evitar sentir una mezcla de alivio y melancolía.Cuando el reloj marcó las doce en punto, la comisaría estalló en celebración. Habían preparado una fiesta para despedirla, aunque estaba claro que el verdadero motivo era el festejo de Halloween. Las risas y el sonido de las botellas abriéndose inundaron el lugar, convirtiéndolo en un escenario de alegría desbordante. La inspectora, sin embargo, no compartía ese entusiasmo. Nunca le habían gustado estas fechas, y menos aún el olor acre del alcohol que comenzaba a impregnar el aire.Decidida a escabullirse, buscó la salida entre la multitud, pero su plan se vio frustrado cuando su compañero, el único al que consideraba un verdadero amigo, se acercó a ella con una sonrisa cómplice. Sabía que odiaba esas fiestas, pero aún así, logró convencerla de quedarse un poco más. Resignada, accedió, aunque cada minuto que pasaba le hacía sentir más incómoda. Veinte minutos más tarde, la comisaría era un espectáculo bochornoso de oficiales borrachos, su conducta irresponsable chocaba con su sentido del deber. La vergüenza ajena la invadía. ¿Cómo podían comportarse así, justo en el lugar donde se suponía que debían dar ejemplo?Desde el otro lado de la sala, Logan observaba el comportamiento errático de sus colegas, cuando de pronto notó algo que le hizo detenerse. Tyler, uno de los más imprudentes en su estado de embriaguez, se dirigía con pasos inseguros hacia el superior Smith. La inspectora supo de inmediato lo que estaba por suceder, y una sensación de anticipación, teñida de preocupación, la invadió. Aquella noche, que ya de por sí le resultaba insoportable, estaba a punto de volverse mucho peor.5 Minutos despuésUna ola de "¡Ohhhhhhh!" recorrió la comisaría, seguida rápidamente por el coro de "¡Pelea, pelea, pelea!". Todos sabían lo que estaba a punto de suceder, especialmente conociendo el temperamento explosivo de Tyler.El ambiente, que minutos antes era de celebración, se tensó en un instante. Tyler, en su estado de embriaguez, se abalanzó furiosamente sobre el inspector Smith. Lo que comenzó como una trifulca descontrolada, pronto se convirtió en un espectáculo donde Smith, consciente de las consecuencias de golpear a un agente de menor rango, se limitaba a esquivar los golpes torpes y descoordinados de Tyler. Sin embargo, había un peligro latente que nadie había previsto.De repente, con un movimiento inesperado, Tyler sacó una navaja suiza de su bolsillo. El brillo metálico del arma bajo la luz parpadeante de la sala provocó un murmullo inquietante entre los presentes. La atmósfera se volvió asfixiante, y el tiempo pareció detenerse. Nadie sabía cómo terminaría aquello, pero una cosa era segura: la situación estaba al borde de la tragedia. En ese instante, todos comprendieron que solo uno de ellos saldría ileso de esa confrontación.-1 mes después-Logan estaba de pie en medio de su casi vacío apartamento, rodeada de cajas abiertas, haciendo las maletas para su inminente mudanza a Phoenix. El ambiente estaba cargado de nostalgia y anticipación. Tomó su móvil, dudó un instante y luego marcó el número de la empresa de mudanzas.El sonido del tono de llamada resonó en la habitación silenciosa. Finalmente, una voz algo adormilada respondió:
—¿Hola?
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudar? —dijo el hombre al otro lado de la línea, su voz llena de desgano.—Sí, hola, llamaba por la mudanza a Phoenix —respondió Logan con cortesía, aunque su tono traía consigo una nota de impaciencia.Se escuchó un breve silencio mientras el hombre revisaba el registro. Luego, con un ligero tono de sorpresa, dijo:
—Ah, sí, otra vez usted, señorita Logan, ¿verdad?Logan sonrió levemente, apoyando una mano en su cabeza mientras afirmaba con cierta timidez:
—Sí, soy yo. Me gustaría que vinieran a recoger todo lo antes posible.—Por supuesto. Los camiones llegarán en dos o tres horas a su casa —le aseguró el hombre, más despierto ahora.—Perfecto, muchas gracias.—Gracias a usted por elegir FlashMove —respondió él antes de cortar la llamada.Logan apagó su móvil y suspiró profundamente.
—Bueno, será mejor que me cambie. No quiero que me vean en pijama —murmuró para sí misma mientras se dirigía a su habitación. —De paso, limpiaré la casa a fondo una vez más.Se vistió con ropa cómoda, pero adecuada, y comenzó a limpiar meticulosamente el lugar que había sido su hogar. Mientras pasaba el trapo sobre las superficies, su mente vagaba hacia el futuro. Phoenix, un nombre que sonaba a promesa de paz. Había oído decir que era una ciudad tranquila, casi sin delincuencia, un lugar perfecto tanto para turistas como para agentes policiales que, como ella, buscaban un respiro del caos.En un día se trasladaría a la comisaría de Scottsdale, donde comenzaría su nuevo puesto. Aunque le quedaban cinco días antes de reincorporarse oficialmente al trabajo, tiempo suficiente para instalarse y adaptarse a la vida en la capital, no podía evitar preguntarse cómo sería esta nueva etapa. Logan se detuvo un momento, mirando alrededor del apartamento vacío. Había un cierto consuelo en saber que el futuro prometía menos violencia, pero al mismo tiempo, una parte de ella no podía evitar sentir una inquietud persistente, un leve temor a lo desconocido.Con un último suspiro, volvió a su tarea, preparándose tanto física como mentalmente para el cambio que estaba por venir.En la comisaría de Scottsdale, la jefa Archer Sarah se encontraba en su despacho, sentada con la espalda recta detrás de su escritorio, su expresión firme y profesional. Frente a ella, sus mejores agentes, Alan Laros y Kora O'Hara, escuchaban atentamente. Sarah acababa de informarles sobre la llegada inminente de una nueva inspectora al departamento, una noticia que dejó a ambos agentes visiblemente sorprendidos.Era una sorpresa por varias razones. Para empezar, nunca antes habían tenido inspectores extranjeros en Phoenix. La nueva incorporación, la inspectora Logan, provenía del Reino Unido, lo que ya de por sí era inusual. Pero lo que más les impactaba era su procedencia inmediata: Tucson. Ambos intercambiaron una mirada cargada de preguntas. "¿Qué pinta una inspectora de Tucson aquí, en Phoenix?", se preguntaron en silencio.La situación les resultaba extraña. Tucson era conocida por su nivel de corrupción, muy diferente al ambiente relativamente limpio y ordenado de Phoenix. En un lugar donde se necesitaban buenos agentes, resultaba desconcertante que trasladaran a una inspectora de allí hasta su comisaría. O'Hara, sin embargo, no pudo evitar sentir una chispa de curiosidad. Rara vez se incorporaba nuevo personal a su equipo, y la idea de conocer a alguien con un pasado tan diferente le parecía intrigante. Laros, por otro lado, no compartía ese entusiasmo. El mero hecho de que Logan viniera de Tucson le causaba una profunda desconfianza, como una sombra que se cernía sobre el departamento antes de que ella siquiera llegara.Tras darles la noticia, Sarah cambió de tema, enfocándose en un caso urgente. Les habló de un robo a un banco, en el que se habían sustraído más de doscientos mil dólares. El golpe había ocurrido entre las 3:00 y las 3:30 de la mañana, y hasta el momento, solo tenían información sobre el cabecilla del grupo, compuesto por cuatro integrantes.Laros y O'Hara asintieron al unísono, procesando los detalles mientras se ponían de pie. A pesar de las dudas y tensiones sobre la llegada de la nueva inspectora, su deber era claro. Se miraron, con la determinación reflejada en sus ojos, y sin más palabras, salieron del despacho, listos para enfrentar el nuevo caso que les esperaba.Se encontraban en el banco, inspeccionando el escenario del crimen con la meticulosidad que el caso requería. O'Hara, con su habitual paciencia, se encargaba de interrogar a los rehenes que habían presenciado el asalto, intentando extraer algún detalle que pudiera ser útil. Mientras tanto, Laros, con el apoyo del equipo forense, examinaba cada rincón del lugar en busca de pistas.Pero sus esfuerzos parecían en vano. No encontraron ni una sola pista, ningún testigo que pudiera aportar información relevante, ni rastro alguno de huellas. Laros hablaba con los forenses, buscando cualquier dato que pudieran haber pasado por alto, mientras O'Hara, con su inquebrantable instinto, decidió volver a la escena del crimen para una segunda inspección.Revisó cada esquina, cada objeto, tal como lo había hecho antes, y nuevamente, no encontró nada. Ya resignada, se disponía a salir cuando algo la hizo detenerse en seco. Se giró y, casi por intuición, entró en el baño. Allí, en el suelo, cubiertas de polvo y algo rotas, encontró unas fotos. Eran tan deterioradas que resultaba imposible distinguir qué contenían. Con cautela, se agachó, y usando una bolsa de plástico, recogió la prueba con cuidado.Mientras se preparaba para salir, O'Hara notó un cambio inquietante en el ambiente. La habitación se volvía más fría y oscura a medida que avanzaba, un frío que se colaba por su piel hasta hacerla temblar. El miedo comenzó a recorrer sus venas, cada paso se volvía más pesado, más forzado. Entonces, algo la detuvo en seco. Una figura sombría apareció detrás de ella, una presencia ominosa que la inmovilizó con una mano gruesa y helada sobre su hombro. En su otra mano, la sombra sostenía un arma que presionó contra la espalda de O'Hara.El miedo la paralizó. Sentía cómo su respiración se volvía errática, y el sudor frío resbalaba por su frente. Intentó hablar, pero las palabras se negaron a salir, atrapadas en su garganta. La figura sombría se inclinó hacia ella, susurrando en su oído con un tono que mezclaba indiferencia y furia contenida:—Devuélveme lo que es mío.O'Hara, aterrada y confundida, no entendía qué quería ese extraño. ¿Qué podía tener ella que él deseara? Con la mente nublada por el pánico, pensó en la foto que acababa de recoger. Sacó la bolsita de plástico y se la ofreció con manos temblorosas, pero el sujeto la rechazó. Y entonces, tan misteriosamente como había aparecido, la figura desapareció, como si nunca hubiera estado allí.Nerviosa, O'Hara miró a su alrededor, tratando de encontrar alguna explicación lógica. ¿Cómo había entrado esa persona? ¿Cómo había salido sin que ella se diera cuenta? Todo parecía un sueño febril, pero sabía que había sido real. Agitó la cabeza, intentando despejar esos pensamientos. Tal vez su mente le estaba jugando una mala pasada, después de todo, llevaba dos días sin dormir debido al trabajo.Regresó junto a Laros, mostrándole la prueba que había encontrado. Su compañero la examinó con una mezcla de sorpresa e incredulidad.—¿Dónde la encontraste, O'Hara? —preguntó Laros, atónito.—En el suelo del baño —respondió ella, aún algo distraída por lo que acababa de vivir.—¡Vaya! Y eso que revisamos todo a fondo —dijo Laros, molesto consigo mismo por no haberla visto antes. Luego, al notar la expresión pensativa de su compañera, se acercó con preocupación—. ¿Pasó algo, O'Hara?—¡No, no! —respondió ella rápidamente, sacudiendo levemente la cabeza como para apartar los pensamientos que la acosaban—. Solo pensaba en la inspectora que van a trasladar aquí —añadió con una media sonrisa forzada, intentando disipar cualquier sospecha sobre su verdadero estado de ánimo.Laros la miró, sin estar del todo convencido, pero decidió no presionar más. Algo había cambiado en O'Hara, pero no era el momento de indagar.Tras inspeccionar la escena del crimen, Laros y O'Hara se dirigieron al laboratorio de la comisaría. Allí los esperaba Reed Erik, el forense de 45 años, un hombre delgado con el cabello negro salpicado de canas. Las líneas de su rostro reflejaban la experiencia de los años, y su cuerpo, marcado por cicatrices, contaba historias que él prefería mantener en silencio.Erik se inclinó sobre la foto deteriorada que O'Hara había encontrado, con la determinación de reconstruirla. Trabajó con precisión, como si cada fragmento roto fuera una pieza vital de un rompecabezas complejo. Finalmente, su labor dio frutos, y la imagen empezó a cobrar vida.Lo que se reveló ante ellos era una serie de fotografías de hace dos años. O'Hara y Laros examinaron cada una con atención, sus ojos entrenados para no dejar pasar ningún detalle. La mayoría eran imágenes de distintos lugares de América, aparentemente inofensivas, pero algo destacaba. En una de las fotos, capturada con una simplicidad inquietante, aparecía una familia. Fue en ese momento que ambos inspectores se miraron, con los ojos iluminados por la chispa de una nueva pista.Aquella imagen, aparentemente inocua, podría ser la clave para desenmarañar la identidad de la banda que buscaban. Aunque aún no sabían cómo todas las piezas encajaban, sentían que estaban un paso más cerca de desentrañar el misterio que envolvía el robo. Las sombras que antes parecían indescifrables comenzaban a tomar forma, y con esta revelación, sabían que la caza estaba a punto de empezar.

----- CHAPTER BREAK -----

En la foto reconstruida, se distinguían claramente a cuatro personas de espaldas, posando frente a una tienda de tatuajes. Cada uno lucía un tatuaje distintivo en la espalda desnuda. El primero, un hombre de 1,79 metros, llevaba una pantera ferozmente detallada en la piel. El segundo, más alto, de 1,83 metros, exhibía un guepardo en posición de ataque. El tercero, más bajo, de 1,70 metros, ostentaba la figura majestuosa de un león. Y el cuarto, el más pequeño, de 1,67 metros, tenía grabado en su espalda un tigre, con los ojos llenos de una intensidad salvaje.
La inspectora O’Hara observaba la imagen con detenimiento, su mente trabajando rápido para conectar las piezas del rompecabezas. "Es demasiada coincidencia," pensó, "cuatro personas, cuatro tatuajes de fieras, y todos encajan con la descripción de los integrantes de la banda que investigamos." El grupo de criminales que habían estado siguiendo encajaba a la perfección con lo que esa foto mostraba.
O’Hara levantó la mirada y se encontró con los ojos de Laros. No necesitaban palabras; ambos habían llegado a la misma conclusión. La tienda de tatuajes, ese lugar que había sido escenario de la imagen, podía ser la clave para avanzar en su investigación.—Mañana iremos a esa tienda —dijo Laros, rompiendo el silencio, su voz llena de determinación.O’Hara asintió, sabiendo que ese sería su siguiente paso.Lunes 3 de Diciembre de 1990 / 10:07 amEl inspector Laros estaba desayunando tranquilamente en su casa, absorto en sus pensamientos sobre el caso y las pistas que habían descubierto el día anterior. Aunque su turno no comenzaba hasta más tarde, decidió llegar temprano a la comisaría para aclarar algunas dudas persistentes.
Sentado en su escritorio, Laros repasaba mentalmente cada detalle del caso. Si alguien pudiera describir su escritorio con una sola palabra, esa sería caos. Los papeles estaban desparramados por toda la superficie, y algunos habían caído al suelo, formando un pequeño desorden a sus pies. Parecía el reflejo físico del torbellino de ideas que tenía en la cabeza. Estaba tan absorto que ni siquiera se dio cuenta de que un marco de fotos estaba a punto de caerse. Fue entonces cuando O’Hara apareció, atrapando el cuadro justo a tiempo.—Gracias —murmuró Laros, sin apartar la vista de los documentos, mientras ella lo ayudaba a ordenar el desastre.
En pocos minutos, ambos habían restaurado el orden en la mesa, y poco después, se dirigieron al coche de Laros, listos para ir a la tienda de tatuajes que aparecía en la foto. Mientras conducían, una inquietud comenzaba a crecer en el interior de O’Hara.—Laros —comenzó ella, rompiendo el silencio desde el asiento del copiloto.—Dime, O’Hara —respondió él, con un tono de indiferencia.—¿Crees que encontraremos alguna pista allí? La foto tiene uno o dos años… —dijo ella, expresando la preocupación que había estado sintiendo por la escasez de pistas.
Laros mantuvo la vista en la carretera, su rostro impasible.—No lo sé, O’Hara. Pero tenemos que intentarlo. Mi intuición me dice que esa tienda está relacionada con los sucesos extraños que han estado ocurriendo. —Su tono, aunque serio, no dejaba de ser enigmático.O’Hara frunció el ceño, confundida por la mención de “sucesos extraños”.—¿Sucesos extraños? —repitió, inclinando la cabeza hacia un lado.Laros se dio cuenta de que ella no estaba al tanto y la miró brevemente antes de volver a concentrarse en la carretera.—¿No te has enterado? —preguntó, algo sorprendido.—No, Laros. No tengo idea de lo que hablas —respondió ella, ahora con curiosidad.
Laros continuó, su tono más sombrío.—A principios de septiembre, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas aquí en Phoenix y en los alrededores. Casos que no tienen explicación lógica. —Había una gravedad en su voz que hizo que O’Hara sintiera un escalofrío.—Vaya, no tenía idea... —murmuró ella, su mente volviendo involuntariamente a la experiencia que había tenido en el banco. La figura sombría, la voz susurrante, la pistola fría presionando contra su espalda. ¿Había sido real? ¿O solo un truco de su mente agotada?La duda comenzó a carcomerla. ¿Podría alguien realmente desaparecer de una habitación cerrada? ¿O había algo más en juego?—¿O’Hara, estás bien? —preguntó Laros, notando su silencio y la expresión en su rostro.—Sí, sí, estoy bien —contestó ella rápidamente, apartando esos pensamientos.—Últimamente estás muy rara —comentó él, mirándola brevemente con preocupación.—Solo estoy preocupada por algo, nada más —dijo ella, intentando desviar la conversación— Cambiando de tema, ¿qué tipo de sucesos extraños han ocurrido?
Laros, con un tono serio, decidió no profundizar en el tema en ese momento.—Te lo contaré cuando terminemos este interrogatorio. Ahora no es el momento de distraernos —dijo, poniendo fin a la conversación.—De acuerdo, Laros —respondió O’Hara, aceptando la decisión.El inspector Laros y la inspectora O’Hara se encontraban de pie frente a la tienda de tatuajes. A primera vista, el local parecía antiguo, con una fachada que delataba el paso del tiempo, pero se mantenía sorprendentemente bien conservado. Laros fue el primero en empujar la puerta, y O’Hara lo siguió de cerca, ambos con el aire de quienes están acostumbrados a buscar respuestas donde otros solo ven callejones sin salida.El interior de la tienda estaba impregnado con el olor de la tinta y el desinfectante. Las paredes estaban cubiertas de diseños de tatuajes, algunos desgastados, otros nuevos y brillantes. Detrás del mostrador, el recibidor, un hombre de mediana edad con el rostro marcado por la vida, los observaba con recelo.—Necesitamos hacerte unas preguntas —dijo Laros, sacando una foto arrugada del bolsillo de su chaqueta. La imagen mostraba a cuatro hombres, todos con tatuajes distintivos— ¿Conoces a estos hombres?El recibidor entrecerró los ojos y negó con la cabeza.—No, nunca los he visto —respondió, su tono plano, casi mecánico.O’Hara, que estaba observando su lenguaje corporal, no se dejó engañar.—Sabes quiénes son. No mientas —insistió, con una mezcla de seriedad y molestia en su voz.—¿Sabes que ocultar información a la policía es un delito? —añadió Laros, con tono burlón pero con una amenaza subyacente.El hombre vaciló, sus ojos parpadearon nerviosamente antes de dejar escapar un suspiro derrotado.—Está bien —dijo finalmente—os lo contaré.Los inspectores se chocaron los puños brevemente.—Pero no intentes engañarnos —advirtió Laros, su tono ahora grave— Responde con la verdad.El hombre hizo un chasquido con la lengua, molesto, y bajó la vista.—Tsk... está bien. Empezaré desde el principio.O`Hara llamó a Laros, para susurrarle un dato al oído.—Voy a tomar notas. Si descubrimos que nos está mintiendo, lo usaremos en su contra.
Laros asintió casi imperceptiblemente.—Me parece bien —respondió en un susurro— Pero deja que hable primero.
Laros se dio la vuelta y se dirigió al recibidor.—Puedes comenzar.El hombre se frotó la nuca, como si intentara aliviar un dolor invisible, antes de comenzar a hablar —No hay mucho que contar, en realidad. Esos tipos eran clientes míos, nada más —Su tono era resignado, pero había algo más, una sombra de temor en su voz.O’Hara se percató de ello al instante y lo interrumpió.—¿Eran? —recalcó, enfatizando la palabra.—Sí —asintió él, casi con desgana— Teníamos una especie de amistad, hasta que... —Se detuvo, como si las palabras se negaran a salir.
—Cuando quieras continuar... sin presión —dijo Laros con ironía, lo que provocó que O’Hara le diera un codazo, instándole a ser más amable.O’Hara se acercó y lo invitó a sentarse en un viejo sofá en el lobby.—Por favor, continúa —le pidió con un tono más suave.El hombre suspiró profundamente, como preparándose para un recuerdo doloroso —Éramos un grupo de seis amigos. Hacíamos tonterías, lo típico. Pero un día, el cabecilla del grupo comenzó a decir cosas extrañas. Ya no era el mismo, era como si... como si alguien más hubiera tomado el control de él. Empezó a hablarnos de formar una banda criminal. Parecía una locura, ¿verdad? Dos días después de esa conversación, nos reunimos para aclarar lo que todos creíamos que era una broma de mal gusto, pero para mi sorpresa, todos, excepto otro amigo y yo, aceptaron la idea. Fue como si... —hizo una pausa, buscando las palabras— como si les hubieran lavado el cerebro. Mi amigo, Ángel, y yo nos negamos a participar. Intentaron convencernos, pero no lo lograron. Después de eso, el grupo se disolvió. Perdimos contacto con los demás... hasta que...Su voz se quebró, pero continuó.—Una noche, Ángel y yo nos reunimos en su casa. Todo parecía normal, hasta que de repente, se cortó la luz. Las sombras en las esquinas de la casa parecían volverse más densas, el ambiente cambió de cálido a opresivo. Fui a buscar a Ángel, pero cuando bajé a la cocina... —Su voz se apagó, el miedo volviendo a su rostro— Lo encontré decapitado. Y junto a su cuerpo, una carta que decía: “FUE SILENCIADO POR ELLOS”.El silencio cayó sobre la tienda, pesado e impenetrable. O’Hara y Laros se miraron, ambos procesando el giro inesperado en la historia.—Después de eso, me mudé a Phoenix —añadió el hombre, su voz apenas un susurro.O’Hara fue la primera en hablar, su voz contenida.—Entonces… ¿el asesinato no ocurrió aquí?—No —negó él con la cabeza— Ocurrió en Tucson, hace unos años.—Lo sabía... —Laros susurró para sí, con una expresión de angustia en su rostro.O’Hara se inclinó hacia adelante, su tono más firme.—Una última pregunta antes de irnos. ¿Quiénes son... “ELLOS”?El hombre se estremeció visiblemente.—Lo siento, pero ya no puedo decir más... —comenzó, pero Laros lo agarró por la camiseta, sacudiéndolo.—Escucha, imbécil, he sido paciente hasta ahora, pero estás agotando mi paciencia. Responde la maldita pregunta —gruñó Laros, con su enojo apenas contenido.—¡De verdad no puedo! Si lo hago, estaré... —El hombre dejó la frase inconclusa, el miedo palpable en sus ojos.O’Hara puso una mano en el brazo de Laros, instándole a soltarlo.—Está bien, lo dejaremos por ahora. Volveremos si necesitamos más información. Gracias por tu colaboración —dijo, mientras se levantaba y se dirigía hacia la puerta.
Laros lo soltó con un gruñido, lanzándole una última mirada de advertencia antes de seguir a su compañera fuera de la tienda.Mientras caminaban hacia el coche, el viento helado de diciembre los envolvió, pero el frío que sentían provenía de algo más profundo. Sabían que lo que acababan de escuchar no era solo una historia de terror, sino el primer indicio de un misterio mucho más oscuro y peligroso de lo que habían anticipado.El viaje en coche de regreso a la comisaría fue envuelto en un silencio tenso. Ambos inspectores estaban sumidos en sus pensamientos, reviviendo la extraña confesión del tatuador. Las palabras del hombre habían dejado una marca profunda, y ahora, sin una nueva pista clara, O’Hara sentía el peso de la incertidumbre cayendo sobre sus hombros.
Finalmente, el coche se detuvo frente a la comisaría, y sin intercambiar palabras, ambos se dirigieron directamente a la sala de archivos. O’Hara comenzó a revisar los registros, buscando cualquier información relacionada con el asesinato de Ángel. Laros se unió a ella, hurgando entre carpetas polvorientas, pero, tras una búsqueda exhaustiva, no encontraron nada que hiciera referencia a aquel crimen.—¿Encontraste algo, O’Hara? —preguntó Laros, su voz revelando una mezcla de frustración y agotamiento.—Nada, Laros… nada —respondió ella, sintiéndose derrotada. Apretó las sienes con ambas manos, tratando de pensar en alguna pista que se les hubiera pasado por alto—¡Debe haber algo! —exclamó con desesperación.De repente, una idea cruzó la mente de Laros, una chispa de claridad en medio del caos.—¡Espera un momento! —dijo de pronto, con una sonrisa triunfal en los labios. Recordó un detalle de la conversación en la tienda de tatuajes.Flashback—Entonces… ¿El asesinato no fue aquí? —O’Hara le quitó las palabras de la boca a Laros.—No —el tatuador había negado con la cabeza—. Ocurrió en Tucson, hace unos años.Fin del Flashback—¡Eso es! —exclamó Laros, girando hacia su compañera— Los papeles del caso deben estar en algún archivo de Tucson. ¡El asesinato no ocurrió aquí!
O’Hara levantó la vista, comprendiendo de inmediato.—¡Tienes razón! El caso debe estar en Tucson. Eso explica por qué no encontramos nada aquí.Decididos a seguir esta nueva pista, los inspectores se dirigieron al despacho de la jefa de la comisaría. Tras explicar la situación, la jefa asintió con comprensión.—De acuerdo, dejar que consulte con el jefe del departamento en Tucson para averiguar quién manejó el caso —les informó— Esto podría llevarme unas horas. Mientras tanto, pueden tomarse un descanso. Ya casi son las cinco.Laros, sorprendido, frunció el ceño.—¿Cinco ya? —repitió, casi indignado.O’Hara, sorprendida por lo rápido que había pasado el tiempo, murmuró para sí.—Hace un momento eran las diez de la mañana…La jefa sonrió comprensiva.—Les avisaré tan pronto tenga la información —concluyó, despidiéndolos con un gesto de la mano.O’Hara y Laros salieron del despacho, decidiendo que un café les vendría bien para despejarse. Se dirigieron a Hidden Track, una cafetería conocida por su ambiente tranquilo y su excelente café. Al llegar, se sentaron en una mesa cerca de la ventana, desde donde podían observar cómo el cielo empezaba a teñirse de colores naranjas y púrpuras.
Mientras esperaban su pedido, comenzaron a hablar de cosas triviales. El peso del caso pareció disiparse temporalmente, reemplazado por una conversación más ligera. Laros pidió un Espresso Intenso, mientras que O’Hara optó por un café Lugo y una porción de su tarta de manzana favorita.O’Hara tomó un sorbo de su café, disfrutando del sabor antes de hablar —Entonces, Laros… —dijo, su tono mezclando sorpresa y curiosidad—. ¿No te gusta el pan?Laros bufó, fingiendo molestia —Sabes que fuera del trabajo me puedes llamar Alan, ¿verdad?—Perdona, la costumbre —respondió O’Hara, riendo suavemente mientras se llevaba la mano a la nuca— Pero no has respondido a mi pregunta.—Tsk… sí, Kora, no me gusta el pan —admitió, con un toque de resignación en la voz, como si estuviera cansado de que le preguntaran lo mismo una y otra vez.Kora soltó una carcajada, disfrutando de la rareza de su compañero.—Vaya, eres más raro de lo que pensaba —bromeó, con una sonrisa divertida.Laros esbozó una media sonrisa, un gesto raro en él, pero que O’Hara siempre encontraba reconfortante. Hubo una breve pausa en la conversación, un momento de silencio cómodo que O`Hara aprovechó para cambiar de tema.—Alan —dijo, en su tono más serio—, quería preguntarte algo. Ahora que tenemos un poco de tiempo… ¿qué sabes sobre los sucesos extraños que mencionaste antes?
Laros, que había estado disfrutando de su café, levantó la vista, intrigado.—Bueno, no hay mucho que contar… —dijo Laros, tomando un sorbo de su café—. Solo casos raros, cosas que no tienen explicación lógica.
O’Hara frunció el ceño, un poco desilusionada.—Lo dijiste de una manera tan misteriosa en el coche, parecía algo… no sé, más interesante.Laros sonrió con picardía, disfrutando de la curiosidad de su compañera.—Si mal no recuerdo, llevas dos años como inspectora y cinco como agente, ¿verdad?O’Hara lo miró con curiosidad, inclinando la cabeza hacia un lado.—¿Y a qué viene esa pregunta de repente?Laros negó con la cabeza, como si hubiera hablado en voz alta sin querer.—Nada, solo pensando en voz alta —respondió, terminando su café.Después de acabar sus respectivos cafés, se levantaron para pagar y regresar a la comisaría.Dos horas más tarde, el ambiente en la comisaría era una mezcla de rutina y expectación. Ambos inspectores, Laros y O’Hara, estaban en sus respectivos escritorios, sumidos en la tediosa tarea de completar formularios de denuncias y cerrar expedientes de casos resueltos. El sonido de las teclas y el rasgueo de bolígrafos llenaba el aire, mientras el reloj en la pared avanzaba con lentitud.
De repente, la puerta del despacho se abrió de golpe, y el joven agente Akins Lindsey asomó la cabeza.—Chicos, la jefa os llama —informó con prisa, su tono mostraba que no era una simple llamada de cortesía.Laros y O’Hara intercambiaron una mirada, sin necesidad de palabras. De inmediato, se levantaron y se dirigieron al despacho de la jefa Archer, sintiendo una ligera tensión en el aire.
Al entrar, la jefa Archer los recibió con una sonrisa de satisfacción.—¡Vaya! Habéis llegado rápido —comentó, sorprendida por su velocidad.—Imagino que nos ha llamado por el caso del banco —dijo O’Hara, con tono firme, pero con un destello de anticipación en sus ojos.—Exacto —confirmó Archer, y su sonrisa se amplió, denotando que tenía buenas noticias—. Están de suerte. La persona que manejó el caso de Tucson es la inspectora Logan.
—¿Logan? ¿La que trasladaron desde Tucson? —Laros se adelantó a preguntar, recordando el nombre con claridad.—Así es —asintió Archer—. Volverá al trabajo dentro de cuatro días. Sin embargo, si creen que esta información es urgente… —La jefa sacó un pequeño trozo de papel y lo entregó a O’Hara—. Aquí tienen la dirección de su apartamento.—Gracias, jefa —respondió O’Hara, tomando el papel con una ligera inclinación de cabeza.—Nos pondremos en marcha de inmediato —añadió Laros, decidido.Con esa última palabra, ambos inspectores se giraron y salieron del despacho.En otra parte de Phoenix, la inspectora Logan estaba terminando de desempacar en su nuevo apartamento. Había sido un día agotador, pero finalmente, estaba comenzando a asentarse en su nuevo hogar. Aunque más grande que su antiguo apartamento, este nuevo espacio tenía un encanto minimalista que la atraía. Cada habitación estaba cuidadosamente diseñada, y eso le daba una sensación de orden y calma, algo que Logan necesitaba desesperadamente después de su reciente traslado.
Con un suspiro de alivio, dejó caer la última caja al suelo.—¡Por fin! —exclamó, estirándose—. Esta era la última caja.Logan se quedó en el centro de la habitación por un momento, observando su alrededor. Había trabajado sin parar todo el día, y ahora que todo estaba en su lugar, sentía una mezcla de agotamiento y satisfacción.—Es hora de explorar un poco —se dijo a sí misma, su voz suave rompió el silencio del apartamento.Caminó hacia la cocina, ubicada a la derecha del salón principal. Los tonos en blanco y negro dominaban el espacio, creando un contraste moderno y elegante. Más allá, a la derecha de la cocina, un pasillo estrecho conducía al baño. La habitación blanca y luminosa tenía una bañera antigua, algo que Logan había buscado específicamente cuando eligió este apartamento.
De vuelta en la cocina, alzó la vista y observó el comedor. Una mesa simple con cuatro sillas, ubicada estratégicamente cerca de un gran ventanal que dejaba entrar la luz del atardecer. Frente a la mesa, dos sofás dominaban la sala de estar: uno tipo hamaca y otro más grande y cómodo, ideal para relajarse. Una pequeña mesa de centro completaba el conjunto.
Regresando al punto de partida, Logan dirigió su mirada hacia las escaleras situadas a la izquierda que llevaban a la planta superior, donde se encontraba su habitación. Subió lentamente, notando el suave crujido de los escalones de madera bajo sus pies. Al llegar a la habitación, no pudo evitar sonreír al ver la cama de dos plazas perfectamente tendida, esperándola. A la izquierda, un espejo adornado con luces incorporadas brillaba suavemente, reflejando la cálida luz de la tarde. Frente a la cama, un armario grande, con tres puertas y cajones, ofrecía más espacio del que necesitaría. A un lado, un zapatero esperaba ser llenado con sus pares favoritos.Logan se dejó caer sobre la cama, sintiendo el suave acolchado bajo su cuerpo. Cerró los ojos, permitiendo que el cansancio la envolviera.—Dios, necesito un pequeño descanso… —murmuró para sí misma, mientras sus párpados se volvían cada vez más pesados.
En cuestión de minutos, cayó en un sueño profundo, dejándose llevar por el silencio y la tranquilidad que ahora reinaban en su nuevo hogar.Mientras la tarde avanzaba lentamente, el ambiente en la comisaría se tornaba cada vez más tenso. Laros, con la paciencia ya desgastada, lanzó una mirada significativa a O’Hara.
—Bueno, O’Hara. ¿Vamos para allá? —preguntó, su impaciencia evidente en el tono.O’Hara lo miró con una mezcla de exasperación y comprensión. Sabía que Laros estaba deseando cerrar este caso cuanto antes, pero no podía dejar que la prisa nublara su juicio.—¿Tanto apuro tienes, Laros? —replicó, con un toque de reproche en su voz—. Entiendo que quieres quitarte este caso de encima, pero la inspectora Logan acaba de llegar a Phoenix hace unas horas. Probablemente aún esté lidiando con la mudanza.Laros apartó la mirada, visiblemente frustrado. Alzó las manos en un gesto de rendición.—Bueno, está bien, O’Hara. Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó, buscando una solución.O’Hara dirigió su atención hacia la jefa Archer, quien seguía inmersa en sus papeles detrás del escritorio.—Jefa, ¿podría darnos más información sobre la inspectora Logan? —preguntó, adoptando un tono más formal.Archer levantó la vista de sus documentos y les indicó que tomaran asiento.—Claro, siéntense, por favor —invitó, acomodándose en su silla mientras los inspectores tomaban asiento frente a ella—. Mmmmmm, ¿por dónde empezar?
Laros, aún con la inquietud evidente en su rostro, fue el primero en romper el silencio.—¿Por qué la trasladan a Phoenix? —preguntó, esperando una respuesta clara.Archer hizo una pausa, como sopesando sus palabras —Si les soy sincera, yo tampoco lo sé con certeza —admitió, sorprendiendo a ambos inspectores—. Solo conozco su historial laboral y algunos detalles personales. Nada más.—¿Ni siquiera usted lo sabe? —exclamó O’Hara, incrédula.—No, mis superiores no me dieron esa información. Incluso pregunté al respecto, pero fui ignorada.
Laros murmuró algo inaudible, apenas disimulando su desconfianza.—Ya sabía yo que esa inspectora tenía algo raro... —refunfuñó, más para sí mismo que para los demás.
O’Hara decidió llevar la conversación a un terreno más concreto.—Está bien, entonces cuéntenos sobre su experiencia laboral —sugirió, esperando encontrar alguna pista en el historial de Logan.—Es... bastante sorprendente, y diría que incluso inusual —comenzó Archer, con una ceja levantada—. Solo trabajó dos años como agente y luego pasó siete años como inspectora.
Laros quedó boquiabierto.—¿Me está diciendo que esa inspectora tiene más experiencia que yo? —preguntó, claramente atónito.—Así es —confirmó Archer, sin rodeos—. ¿Alguna otra pregunta?O’Hara no dejó pasar la oportunidad.—Sé que no le han dicho por qué la trasladaron aquí, pero... ¿tiene alguna sospecha de la razón? —inquirió, con la mirada fija en Archer.
La jefa hizo una pausa prolongada, como si estuviera considerando cuidadosamente su respuesta.—Creo que sí... —dijo al fin, pero su tono cambió a uno más reservado—. Pero no debería decirlo.O’Hara abrió la boca para preguntar por qué, pero Archer la interrumpió antes de que pudiera formular la pregunta —Bueno, se acabaron las preguntas. Vuelvan a la investigación —dijo, claramente dando por terminada la conversación, mientras volvía su atención a los papeles frente a ella.Laros y O’Hara intercambiaron una última mirada antes de salir del despacho de la jefa Sarah Archer. El eco de la conversación aún resonaba en sus mentes mientras se dirigían de nuevo a su oficina, donde los esperaba una montaña de papeles y la falta de pistas frescas.De vuelta en sus escritorios, los inspectores repasaban las pocas pruebas que tenían sobre el robo en el banco, pero cuanto más avanzaban en la revisión, más claro se hacía que estaban atrapados en un callejón sin salida. Cada pista revisada resultaba ser un camino muerto, cada hipótesis, un mero espejismo. Las horas pasaban rápido, y con cada minuto que transcurría, el caso se tornaba más oscuro, más impenetrable.O’Hara dejó escapar un suspiro, mientras Laros fruncía el ceño, su paciencia ya casi agotada. Se quedaban sin opciones, sin huellas que seguir.Lunes 3 de Diciembre de 1990 / 20:12—¡AGH! ¡Nos estamos quedando sin pistas, O’Hara! —gritó Laros, frustrado, mientras se revolvía el cabello con ambas manos.O’Hara, sentada frente a él, dejó que su mente buscara alguna opción que aún no hubieran explorado —¿Qué tal si volvemos a la tienda de tatuajes? Quizás el dueño pueda darnos más información —sugirió, intentando mantener la calma.Laros la miró, visiblemente cansado.—Te recuerdo que esa tienda está a dos horas de aquí, como mínimo. Y la verdad, no estoy de humor para conducir hasta allá —respondió con un tono que denotaba su fatiga.
O’Hara apretó los dientes, tratando de no perder la paciencia.—¿En serio, Laros? No me jodas... —su molestia empezaba a notarse en su voz.—¿Y por qué no manejas tú? —replicó él, con una sonrisa burlona en los labios.O’Hara lo fulminó con la mirada.—¿Le recuerdo, señor, que no tengo coche? —respondió, con un tono que rayaba en lo sarcástico.
Laros alzó una ceja, divertido.—Qué lástima que yo sí tenga —dijo, haciendo tintinear las llaves del coche en el aire.O’Hara le arrebató las llaves de un tirón, claramente irritada, y le hizo un gesto despectivo con la mano antes de girarse hacia la puerta. Laros, riéndose, la siguió de cerca.El trayecto en coche, a pesar de las tensiones iniciales, se desarrolló sin problemas. Ambos inspectores intercambiaron comentarios sobre el caso, cada uno exponiendo sus frustraciones y teorías sobre los escurridizos ladrones del banco. Parecía increíble que un simple robo se estuviera complicando tanto, con tan pocas pistas para seguir.—Uf, al final, el viaje se hizo corto. Solo una hora —comentó O’Hara, algo aliviada.—Y menos mal, porque cierran a las diez —respondió Laros, mientras estacionaba el coche frente a la pequeña tienda de tatuajes.
Justo antes de entrar, Laros detuvo a O’Hara, levantando una mano.—Espera... —susurró—. Huele a sangre.O’Hara se detuvo en seco y olfateó el aire. Su expresión se tornó seria.—Mierda, tienes razón —murmuró, desenfundando su pistola. Laros hizo lo mismo.Ambos se movieron sigilosamente hacia la entrada de la tienda. Las luces estaban apagadas, y el ambiente se había vuelto sofocante, cargado de una tensión que O’Hara reconocía demasiado bien. Era la misma sensación que la había invadido al encontrar el cadáver en el banco: una mezcla de horror y presagio.

----- CHAPTER BREAK -----

POV KORA
Este ambiente… me recuerda demasiado al banco. No, no, no... O’Hara, no pienses en eso. Eso fue solo tu imaginación... o al menos, eso espero.
Encendí las luces de la tienda y le hice señas a Laros para que me siguiera hacia la zona de tatuar. Con cada paso que daba, la opresión en mi pecho aumentaba. Era como si el lugar estuviera impregnado de una energía oscura, como si cada rincón de la tienda escondiera un secreto macabro.
Y entonces lo vi. El dueño de la tienda... o lo que quedaba de él.
El cuerpo desnudo estaba tirado sobre la camilla, cubierto de agujas clavadas en cada centímetro de su piel. Sus dedos y orejas habían sido cortados y colocados meticulosamente cerca de él, como si formaran parte de algún ritual siniestro. Mosquitos zumbaban alrededor del cadáver, atraídos por el olor a sangre. Y sus ojos... Dios, sus ojos habían sido mutilados, reemplazados por dos crueles X grabadas en su carne. Pero lo que más me heló la sangre fue la inscripción en la pared a su izquierda, escrita con la sangre de la víctima: "FUE SILENCIADO POR ELLOS".
Laros sacó su radio del bolsillo, su voz baja pero urgente.
—10-50 en **, vengan rápidamente —ordenó, mientras su mirada permanecía fija en el horror frente a nosotros.
Intenté no perder la compostura. Justo entonces, noté algo debajo de la camilla.
—Laros, mira esto —le señalé un pedazo de papel ensangrentado.
Laros se agachó para recogerlo, examinándolo con cuidado.
—Es una carta... pero está escrita en otro idioma —dijo, frunciendo el ceño.
Levanté una ceja y le extendí la mano para que me la pasara.
—Déjame ver... Esto parece alemán —murmuré, intentando descifrar las palabras.
Laros negó con la cabeza, señalando las vocales con diéresis.
—No, tiene más pinta de ser sueco —observó, su voz cargada de seriedad.
Asentí lentamente.
—Bueno, que lo confirmen los forenses —dije, intentando mantener la calma.
De repente, algo cambió en Laros. Su mirada se oscureció y comenzó a murmurar palabras extrañas, como si estuviera hablando en un código indescifrable.
— .- -.-- ..- -.. .- — dijo, su voz volviéndose cada vez más extraña — -.-. .- .-.. -- .-
—¿Laros...? —pregunté, comenzando a sentir un escalofrío recorrer mi espalda.
— -.. --- .-.. --- .-. — continuó, sus manos tensándose, sus ojos vacíos. — - ..- . .-. . ... .-.. .- .-.. .-.. .- ...- . -.. . - --- -.. --- -- ..
—¡ALAN, NO ESTOY PARA JUEGOS! —grité, pero él no respondió. En cambio, sus manos se cerraron alrededor de mi cuello.
El aire comenzó a faltar. Intenté pedirle que se detuviera, pero las palabras apenas salían de mi boca. Su agarre se hizo más fuerte, y la oscuridad empezó a nublar mi visión. Pateé, intenté resistirme, pero cada movimiento solo hacía que mi mundo se desvaneciera más rápido.
De repente, sentí un golpe en la cara. Una bofetada fuerte que me sacudió hasta la médula.
—¡O’HARA, DESPIERTA! —gritó Laros.
Abrí los ojos de golpe, jadeando por el aire. Estaba en el sofá del lobby, mi cabeza palpitando con un dolor insoportable.
—¿Qué… qué ha pasado? —pregunté, mi voz temblorosa.
Laros me observaba, su expresión mezcla de preocupación y alivio.
—Estábamos hablando de la carta, y de repente te desmayaste —explicó, suavizando su tono—. Últimamente te he visto muy cansada, con ojeras... O’Hara, ¿te pasa algo? Si quieres, después del trabajo podemos hablar.
Intenté sonreír, pero sabía que no engañaría a Laros tan fácilmente.
—No, no es nada —respondí, intentando sonar convincente mientras intentaba levantarme. Pero Laros no me dejó.
—Tú te quedas ahí. El equipo forense está en camino, no te preocupes por nada —ordenó, con un tono de voz que no dejaba lugar a discusión—. Y no creas que te vas a librar de hablar conmigo.
—De verdad, Laros, estoy bien —insistí, intentando calmarlo.
—Insisto —dijo, y su mirada reflejaba una preocupación profunda, mezclada con un enfado apenas contenido.
Lo miré, sabiendo que no cedería.
—Si te digo que sí, ¿me dejarás en paz? —pregunté, ladeando la cabeza.
Laros levantó una mano, como si estuviera jurando.
—Te lo juro.
Suspiré, rendida.
—Está bien, hablaremos después del trabajo.
Él asintió, pero con un suspiro de alivio.
—En tu casa, porque la mía está hecha un caos —admitió, avergonzado.
No pude evitar reírme.
—Está bien —respondí, sintiendo una extraña calma mientras la noche avanzaba, sabiendo que lo peor aún estaba por venir.Después de que el equipo forense llegó, les explicamos la situación con todos los detalles que pudimos recordar. Ellos comenzaron a investigar minuciosamente la escena del crimen, revisando cada rincón, cada detalle que pudiera servir como pista. Nos informaron que podíamos retirarnos, ya que las pruebas estarían listas para el día siguiente. Así que Laros y yo nos dirigimos de vuelta a la comisaría. Esta vez fue él quien condujo. El trayecto fue silencioso, ninguno de los dos parecía tener muchas ganas de hablar. A decir verdad, disfrutaba del silencio de la noche, de la tranquilidad que me ofrecía, aunque solo fuera un respiro temporal.
Al llegar a la comisaría, informamos a la jefa Archer sobre lo que habíamos encontrado. Su rostro se tensó, pero nos dejó marchar, conscientes de que poco más podíamos hacer hasta que las pruebas estuvieran disponibles. Finalmente, nos dispusimos a dirigirnos a mi casa.
En el ascensor, mientras subíamos, un pensamiento cruzó por mi mente.
—Oh, ahora que lo pienso, alguien se mudó recientemente a mi edificio —mencioné, más para romper el silencio que por otra cosa.
—¿Ah, sí? ¿La has visto? —preguntó Laros con curiosidad, mientras descendíamos del ascensor al llegar a mi piso.
—Todavía no, pero no creo que tarde en saber quién es, conozco a casi todos los que viven aquí —respondí.
No tuve tiempo de terminar la frase cuando, de repente, me choqué con alguien. Antes de que pudiera procesar lo que sucedía, sentí que la gravedad me jalaba hacia el suelo. Sin embargo, unos brazos firmes me sostuvieron antes de que llegara a caer.
—Perdona, ¿estás bien? —preguntó una voz femenina, llena de preocupación.
Me enderecé, agradecida y al mismo tiempo un poco desconcertada.
—Sí, estoy bien, gracias a ti —respondí, aunque en mi mente pensaba que si no me hubiera chocado con ella, no habría necesitado ser salvada.
La chica arqueó una ceja, como si hubiera leído mis pensamientos.
—Tampoco exageres con los agradecimientos —dijo, su tono era seco, pero no hostil.
Antes de que pudiera decir algo más, Laros intervino, molesto por la situación.
—Oye, la próxima vez ten más cuidado por dónde caminas —le soltó, tratando de intimidarla con su mirada.
La chica, sin embargo, no pareció inmutarse. Mantuvo su compostura y, con una leve inclinación de cabeza, respondió:
—Lo tendré en cuenta, señor —dijo, antes de seguir su camino. Al pasar junto a Laros, su hombro chocó ligeramente con el de él, dejando claro que no le tenía ni un ápice de miedo.
Laros soltó un bufido, visiblemente irritado.
—Tch, esa chica me ha puesto de mal humor —dijo, girándose para observarla mientras se alejaba hacia el ascensor.
Yo también la observé mientras se iba. Era un poco más alta que yo, con el cabello negro y ojos verdes que resaltaban en su rostro. Su físico denotaba que hacía ejercicio regularmente, y había algo en su porte que la hacía destacar.
—Esa chica es mi nueva vecina —afirmé, más para mí que para Laros.
—Pues vaya vecina… —murmuró él, aún enfadado.
Sacudí la cabeza, restándole importancia al encuentro, y me dirigí a la puerta de mi apartamento.
—Vamos, entremos —dije, sacando las llaves y abriendo la puerta. Dejé que Laros pasara primero, algo que aceptó sin decir nada. Una vez que ambos estábamos dentro, cerré la puerta detrás de nosotros, sintiendo que, al menos por esa noche, podríamos dejar atrás las tensiones del día.Le di señal a Laros para que se acomodara en el sofá. Él se sentó con una expresión pensativa y yo me uní a él. El silencio se hizo pesado entre nosotros, una incomodidad palpable que parecía estirarse interminablemente. Los minutos pasaron, cada segundo alargándose en un silencio que, sin duda, era el más largo que había experimentado. Agradecí cuando finalmente Laros, tomando la iniciativa, comenzó una conversación trivial que, aunque ligera, ayudó a disipar el aire tenso. Poco a poco, me fui relajando mientras disfrutaba de un vaso de jugo de naranja.
—Y bueno, La…— Comencé, pero Laros me detuvo con una mirada que claramente decía que lo llamara por su nombre.
—Alan, sí, me quedé con la duda de algo sobre esos misteriosos casos— continué, sintiendo que el tema era importante.
—¿Aún sigues con eso en la cabeza?— preguntó con un tono ligeramente molesto.
—Sí— respondí con determinación— Tengo el presentimiento de que está relacionado con todo esto.
—Uhhh, cuidado, el sexto sentido de Kora está atacando— bromeó Alan, pero su tono no ocultaba por completo una pizca de burla.
—Es en serio— le manifesté, notando que mi paciencia se estaba agotando.
—Bueno, bueno, al punto— dijo Alan, ya más calmado— ¿Qué duda tienes?
—Sobre el cuerpo que vimos hoy— comencé a decir. Al recordar la escena, la sensación inquietante que había experimentado en el banco se intensificó, como si todo estuviera conectado de alguna manera.
—Oye, Kora, eso me recuerda cuando te desmayaste— dijo Alan, manifestando su preocupación evidente.
—Al punto, Alan— le pedí, elevando la voz con algo de frustración— Pienso que está relacionado porque es un suceso raro, algo que no ocurre todos los días.
—Podría ser— aceptó Alan— no te voy a quitar la razón— se levantó del sofá y se acercó a la otra punta, posando su mano en el reposadero del sofá donde yo estaba. Sin que ninguno de los dos pareciera darse cuenta, me había acorralado en la esquina del sofá.
—¿Alan?— pregunté, sobresaltada por el rápido movimiento.
—Lo siento por asustarte— se disculpó, dándose cuenta de su invasión personal— Pero me vas a contar lo que te pasa, AHORA.
No sabía qué decirle. ¿Debería confesar que me sentía perdida, que había visto cosas que no podía explicar? ¿Debería admitir que sentía que estaba perdiendo el control?
—Kora— me llamó de nuevo, su voz implacable— ¿Qué pasa?
—Llevo sin dormir unos días seguidos por el trabajo. Eso es todo, Alan— le respondí, tratando de mantener un tono cansado pero convincente.
—¿Seguro que es solo eso?— preguntó con seriedad.
—Sí, sí, de verdad, Alan— insistí, intentando tranquilizarlo.
Aunque no mentía del todo, omití las partes más perturbadoras de mi experiencia. La falta de sueño había afectado mi juicio, pero no quería que Alan pensara que estaba perdiendo la cabeza. Necesitaba seguir trabajando, me encantaba este trabajo, y no podía permitirme ser una carga.
—Bueno, te creo, Kora— dijo Alan finalmente— ¡Qué tarde es! —exclamó sorprendido al ver la hora— Ya son casi las 12 de la noche.
—Sí, deberías irte a tu casa, Alan— le aconsejé.
—Tienes razón— aceptó— Además, debes descansar bien para evitar esos desmayos y esa cara tan cansada— dijo, dándome un suave codazo en las costillas, lo que me hizo soltar una risita involuntaria.
—¡Vale, vale!— levanté las manos en señal de rendición— No sigas con eso.
Ambos nos levantamos. Le abrí la puerta a Alan y me despedí de él. La conversación había sido necesaria, aunque el tema no se resolvió del todo.
Una vez sola, me pregunté si había tomado la decisión correcta al no contarle toda la verdad. Pero ya era tarde para arrepentimientos; necesitaba descansar, y el día siguiente sería largo.
Entré nuevamente en mi apartamento y lo primero que hice fue dirigirme al baño para una ducha reconfortante. Encendí el grifo y me dejé envolver por el calor del agua. Mientras me relajaba, no podía evitar pensar en lo que me esperaba al día siguiente: la investigación del robo del banco, el caso del hombre asesinado en la tienda de tatuajes, y dentro de poco conocer a la nueva inspectora. Mañana prometía ser un día agotador.
Después de la ducha, me sequé con una toalla blanca y me dirigí al espejo. El vapor de la ducha había cubierto el cristal, y no podía verme claramente. Tomé una toalla más pequeña y la pasé por el espejo para despejar el vaho.
—A ver si con esta toalla se quita este tonto vaho— murmuré en voz alta.
Pero cuando pasé la toalla, algo me hizo detenerme en seco. Una mano gris y ensangrentada golpeó el espejo desde el otro lado. El corazón me dio un vuelco. ¡Clonc! ¡Clonc! ¡Clonc! Los golpes continuaron, el espejo se quebraba lentamente, dejando un rastro de cristales rotos y sangre carmesí en el suelo. Con la toalla aún en mi piel, salí corriendo del baño sin mirar atrás.
—¡AHHHH!— grité instintivamente al salir.
—Es solo una alucinación, Kora. Es por la falta de sueño— me dije a mí misma, intentando convencerme de que lo que había visto no era real.POV LoganLunes 3 de Diciembre de 1990 22:24Después de un largo día de ordenar cajas en mi nuevo apartamento, miré el reloj y me di cuenta de que ya eran las 22:24. Mi estómago rugía, reclamando algo de comida. Me puse el abrigo y salí del departamento, preguntándome qué cenaría.
—¿Pizza? No, me llenaría demasiado. ¿Una hamburguesa? Tampoco, no me apetece— reflexioné, buscando en mi mente una respuesta adecuada.
Mientras pensaba, choqué accidentalmente con una chica pelirroja que tenía casi mi misma altura. Por suerte, la sostuve antes de que cayera.
—Perdona, ¿estás bien?— pregunté con tono de disculpa.
—Sí, sí, estoy bien, gracias a ti— respondió, sonriéndome con una mezcla de gratitud y humildad.
—Tampoco me eches flores— respondí, intentando mantener un tono ligero.
De repente, un chico castaño más alto que yo apareció. Con una mirada fría.
—La próxima vez, ten más cuidado por dónde caminas.
Su actitud me desagradó de inmediato. Pensé que estaba siendo innecesariamente rudo. Me dirigí al ascensor y, antes de entrar, le choqué el hombro ligeramente a modo de queja, al tiempo que él me miraba con desdén hasta que las puertas del ascensor cerraron nuestro contacto visual.
En el ascensor, continué pensando en qué cenar y, finalmente, decidí que lo mejor sería ir a un bar de sushi cercano. Mientras paseaba por las calles iluminadas por las farolas del distrito, me pregunté por qué me habían trasladado a la capital de Arizona. Algo no cuadraba, y ninguno de mis superiores estaba dispuesto a darme una respuesta clara. Al llegar frente al bar de sushi, estaba lista para entrar.
El local no estaba muy concurrido; solo había dos clientes bebiendo y una pareja disfrutando de sushi mientras conversaban. Me dirigí a la barra y me senté. No tardé en recibir el menú, y decidí no complicarme: pedí un plato variado de sushi con salsa de soja y una empanadilla.
Mientras disfrutaba de mi comida, escuché la campanilla de la puerta al abrirse. Un chico con el cabello castaño oscuro entró y, curiosamente, se sentó justo al lado mío, a pesar de que había lugares libres más alejados. Ignoré su presencia y continué saboreando mi comida.
Cuando casi no quedaba nada en mi bandeja de sushi, el chico se giró hacia mí y, con un gesto amable, me tocó levemente el hombro.
—Disculpa— dijo, mirando con curiosidad— ¿Eres por casualidad la inspectora Astrid Logan?
—¿Cómo sabes mi nombre?— pregunté, sorprendida. Apenas llevaba dos días en Phoenix y ya había alguien que me conocía.
—Trabajaremos en la misma comisaría, en Scottsdale— explicó con una sonrisa amistosa.
—Oh— respondí, sorprendida de encontrarme por casualidad con alguien que vería con frecuencia— ¿También eres inspector?
—Oh, no, ¡para nada!— se rió— Solo soy un agente menor. Me llamo Martin Crane— y extendió su mano.
Agradecí el gesto y le di la mano— Un gusto conocerte, Crane. Espero que nos llevemos bien.
—Igualmente— respondió, sonriendo ampliamente.
—Wow, sí que soy famosa— pensé para mis adentros.
—Bueno, inspectora, me voy a dormir. Fue un placer conocerte— dijo Crane, levantándose para pagar su bebida. Movió la mano en un gesto de despedida.
—Igualmente— respondí mientras él se dirigía hacia la salida, y la campanilla de la puerta anunció su partida.
Miré el reloj; ya eran las 11:50. Me decidí a regresar a mi apartamento también. Aunque aún no comenzaba a trabajar, era importante que conociera bien la ciudad.
Pagué mi comida y salí del local, disfrutando de la fría noche de invierno. El aire frío acariciaba mis mejillas, enrojeciéndolas por la falta de calor. Mientras caminaba, no pude evitar mirar al cielo estrellado. Cada estrella parecía una nueva vida, un nuevo universo. Pensé que, si no hubiera estudiado para ser policía, probablemente habría optado por la astrología.El ascensor subía lentamente mientras mi mente vagaba por las memorias del día. Todo parecía tranquilo hasta que, justo al llegar a mi piso, un grito desgarrador rompió la calma.
—¡AHHHH!— el eco del grito resonó en el pasillo, agudizando mis sentidos.
Sin pensarlo dos veces, corrí hacia la puerta de donde provenía el grito. Toqué con fuerza, esperando que la persona dentro me escuchara y respondiera.
—¡Toc, toc!— Golpeé de nuevo, con más urgencia.
El silencio que siguió fue perturbador. Decidí intentar una vez más antes de rendirme.
—¡Toc, toc!— Mi mano tembló ligeramente al golpear la puerta.
Estaba a punto de alejarme, pensando que tal vez me había equivocado, cuando escuché el crujido suave de la puerta al abrirse. Regresé apresurada y, al hacerlo, me encontré con la chica que había chocado más temprano esa noche, su rostro pálido y sus ojos abiertos como platos.
—¿Estás bien, chica?— pregunté, la voz cargada de preocupación.
Sus ojos, de un celeste inquietante, se clavaron en los míos. A pesar de la situación, reconocí su rostro; era la misma joven a la que había encontrado antes. Sin embargo, algo en ella parecía diferente ahora, más vulnerable, como si el grito hubiera roto algo dentro de ella.
—Sí, perdón por el grito— respondió en voz baja, pero su tono denotaba algo más profundo, un temor que no podía esconder.
Miré hacia su mano, manchada de sangre, y antes de poder reaccionar, la sentí aferrarse a mi brazo con fuerza, su agarre casi desesperado.
—Perdón, pero...— Su voz tembló ligeramente. —¿Podrías entrar un momento a mi piso?—
Algo en su mirada, en su voz quebrada, me hizo asentir sin vacilar. Crucé el umbral y sentí cómo la atmósfera del lugar cambiaba. Ella me condujo al baño, casi sin palabras, y me pidió que revisara si había algo fuera de lo normal.
Al entrar, lo primero que noté fue el espejo roto, sus fragmentos esparcidos por el suelo. Eso explicaba la sangre en sus manos. Sin embargo, a pesar del desorden, no había nada más que llamara mi atención. Con cuidado, recogí los cristales rotos con un recogedor que encontré y los deposité en la basura.
Volví a la sala de estar, encontrándola de pie, nerviosa, con las manos entrelazadas.
—No te preocupes, solo había unos cristales rotos. Los recogí por ti— intenté tranquilizarla, observando cómo la tensión en su rostro disminuía un poco, aunque sus ojos seguían mostrando una inquietud palpable.
—Gracias— susurró, casi para sí misma.
La pregunta que rondaba en mi mente no tardó en aflorar.
—Oye, ¿por qué...?— Empecé, pero ella me interrumpió antes de que pudiera terminar.
—¡No, por favor! No fue nada. Solo estaba cansada y sin querer lo rompí— respondió rápidamente, su voz desesperada por cerrar el tema. Era evidente que mentía, pero no quería presionarla.
—Está bien, no diré nada— prometí, observando cómo un suspiro de alivio escapaba de sus labios.
Me acompañó hasta la puerta, su agradecimiento era sincero, pero algo en su actitud me hacía sentir que esta noche era solo el principio de algo más grande. Mientras regresaba a mi apartamento, no podía sacudir la sensación de que me había metido en algo más profundo de lo que podía entender.

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