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Manana y Noche

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Ante la llamada de la noche, Za’ur cerró los ojos.

Al abrirlos, el paisaje cambió. Ya no veía los árboles y las hierbas doradas que rodeaban el poblado de los Machacacráneos, sino un lugar frondoso, donde el verde prevalecía, con una densa humedad y en una noche cubierta de oscuridad que poco le recordaba a la medianoche en Tuercespina.

– ¡Eh, colega! –.

Su cuerpo dio un leve respingo, tensando sus hombros ante la sorpresa de aquel llamado en un ambiente tan cargado de silencio mortal.

– Corgha… ¿Ya hemos llegado? – le preguntó Za’ur al que era su mejor amigo y hermanado desde que ambos eran un par de cachorros que se divertían quitándoles los sapos a los trolls más adultos.

– Sí, ahora vendrán los demás –.

No tardaron en llegar muchos de la tribu, juntos como una piña, mientras anduvieron por el camino, entre ellos su madre y su hermano.

La ruta parecía peligrosa, con finas hebras de un tono violáceo que marcaban el camino, junto a pequeñas arañas que iban al mismo sentido que ellos, hacia su destino, guiando a los recién llegados para no perderse.

– No miréis más allá del camino – advirtió el sacerdote de Shadra de los Machacacráneos, llamado Dubadu. – Las más grandes que bordean el sendero os pueden atrapar con sus potentes telarañas si osáis adentraros en territorio de Elortha no Shadra sin permiso –.

Za’ur obedeció, aunque el miedo no anidaba en él, siendo el respeto lo que sentía ante tal advertencia. Era un buen castigo para quien osase en salirse de los mandatos de la loa.

Una vez llegaron al emplazamiento, pudo contemplar lo adornado que estaba de motivos a la loa araña, con un altar en medio donde se hallaba una escultura tallada con su forma y rodeada de ofrendas. Los árboles estaban repletos de telarañas y pequeños hijos tejiendolas, de colores chillones y exoesqueleto brillante ante la luz de las antorchas.

Pero lo que realmente llamaba la atención eran los grupos formados y repartidos en puntos concretos, con cada uno representando distintas tribus de otras tierras.

– Hay estandartes que no conozco – le susurró Corgha, dándole un leve codazo en el costado. Poco después, Dubadu suspiró exasperadamente. – Con mis respetos, sacerdote, pero no todos hemos podido salir de Tuescespina –.

– ¿Veis esos trols de bosque a nuestra izquierda? Son los Vilrama –. Se trataba de una tribu un tanto problemática con algunas magias y ritos vudú, pero eran de los más devotos, y de donde provienen gran parte de los sacerdotes al culto de Shadra.

Yendo por orden, de izquierda a derecha, Dubadu fue explicando a los más desconocidos: trols del norte con una gran cantidad de pelaje blanquecino llamados Pielescarcha, trols de bosque repletos de musgo provenientes de territorios infectados por sucias razas, como la humana y la elfa – Fustamusgo, Secacorteza, etc. –, repletos de ladrones y profanadores de tierras ancestrales trol, y tribus aún menos conocidas como los trols oscuros.

Posteriormente ya nombró a los Amani, Drakkari, Zandalari y a las tribus de la propia Tuercespina. Mientras miraban con cierta despreocupación a los Gurubashi y a los Lanzanegra, pasaron a destilar odio cuando reconocieron a los Sangrapellejo.

– Porque está la ley de neutralidad ante las celebraciones a los loa, pero te juro que me llevaba algunas cabezas para reducirlas –. Za’ur escuchó esa frase en boca de su hermano, Maruk.

– Cállate,

cocorroto

– le espetó el sacerdote en voz baja, pero intimidante. – No se debe ni nombrar el derramamiento de sangre mientras estemos en presencia de sus

Hijos

–.
 
Za'ur recorrió con la mirada todo trol presente en aquel misterioso lugar; desde los machos más adustos y más finos, hasta a las hembras más llamativas. No podía evitarlo, sus ojos solían perderse en la belleza y atractivo físico de las féminas, priorizando el color de sus cabellos y en cuán robustas podían llegar a ser. Mientras no fueran pelirrojas

sangrapellejo

, el

machacacráneos

estaba conforme.

Los hilos a sus pies, marcando distintos caminos, brillaban en un fulgor púrpura. Algunos tenían un fulgor muy tenue, casi imperceptible, señalándole presentes que no le decían nada en absoluto; mientras que otros lo hacían con más intensidad y le marcaban como destino a miembros de su propia tribu.

Era lo normal, lo esperable. Su vida estaba ligada a sus seres queridos y sus decisiones podían afectarles también, y más todavía en las batallas sin cuartel en lo profundo de Tuercespina, donde los gurubashi no podían inmiscuirse.

“Lástima que no vaya a conocer, de todas formas, a una hermosa hembra de la gran Zul”

pensó, un tanto decepcionado. La idea de arruinarle el poderío a un macho

gurubashi

resultaba divertido, siempre un tema recurrente en las noches de hoguera con sus camaradas más cercanos.

Un hilo verdoso llamó su atención, haciendo que sus ojos lo siguieran hasta un grupo de trols, cuyos cabellos eran rojos y sus portes le eran desagradablemente familiares. El final de la hebra estaba situado entre los pies de una hembra, casi de espaldas a él, completamente ajena al hecho de que uno de sus enemigos mortales la estaba escudriñando con la mirada. Su cuerpo era esbelto, de mandíbula cuadrada y nariz un tanto desfigurada debido a que, posiblemente, se la había roto en muchas ocasiones y adornada con dos colmillos añadidos en cada una de sus fosas nasales. Pero lo que realmente llamó su atención fue su cabello, rojo como la sangre, ondulado y acabado en su cintura. El tono se le hizo diferente al de los demás

sangrapellejo

, siendo más vivo y hermoso.

Eso le hizo esbozar una mueca de asco, preguntándose cómo era posible que una melena así pudiera llamar su atención de aquella forma y más que un hilo los uniese, cuyo verde iba desvaneciéndose hasta dejar una luz…

...completamente rojiza.

Harto, se alejó del lugar hasta situarse al lado de su madre, Yiya, a la espera que las cortinas de la choza más grande se abrieran e invitaran a aquellos que deseaban conocer algunos de sus posibles futuros.

“Mi mente debe de haberme jugado una mala pasada, o quizá se deba a que en un futuro la mataré...o ella me matará a mí.”

Parecía un pensamiento tranquilizador para justificar aquella unión de hebras, pero a los pocos segundos se convirtió en una punzada intrusiva de asco y negación, queriendo quitarse a esa escoria

sangrapellejo

de su cabeza.

– ¿Es sensato saber el futuro? – preguntó entonces a su ma’da, suspirando ante la idea de tener consciencia de eventos tan misteriosos como el saber sobre su propia muerte, o qué hembra de su tribu tendría sus cachorros. – Sé que no se puede saber con exactitud porque las telas de Shadra son numerosas e inexploradas –.

– Es sensato siempre que pagues un precio acorde y no te salgas de las directrices de sus sacerdotes – le contestó mirándole con el ojo sano, transmitiendo toda su sabiduría en él.

– ¿Y qué pasa cuando un hilo que te lleva a otro trol se pone en rojo? –. Era una respuesta que se imaginaba que le iba a resultar desagradable, pero quería confirmación por parte de ma’da Yiya y Dubadu.

– Estás destinado a él, pero no solo en esta vida, sino en las siguientes –. No especificaba qué tipo de predestinación era, por lo que se aferró a ese pensamiento. – Me lo dijo Dubadu hace años, cuando vi el hilo que me ató a tu padre –. Za’ur tensó las venas de su sien, tratando de convencerse más aún de que podía ser cualquier otra cosa de gran impacto.
 
Las cortinas se hicieron a un lado, y los profetas aguardaban a los valientes. Corgha fue de los primeros en entrar, seguido de Maruk y trolls de otras tribus que se habían adelantado. Cuando le tocó a él y se adentró sin titubear, aunque no pudo evitar mirar a su madre, una vez más, antes de perderse entre la oscuridad de la choza.

Le esperaba una hembra entrada en años, con el suficiente cabello blanco para haber visto muchas batallas y conflictos que consumían incluso al guerrero que mejor aguanta el paso del tiempo.

– Za’ur de los Machacacráneos – le saludó, simplemente pronunciando su nombre con un tono carente de emoción alguna. Pese a tener los ojos vendados, le inspiraba una sensación asfixiante proveniente de una mirada dispuesta a devorarlo todo.

Sacó de su bolsa de cuero y puso sobre la mesa una cantidad de insectos incluidos en la dieta de las arañas, además de haber añadido un escarabajo tan largo como su pulgar.

“Más generosidad, supongo”.

Y esperó hasta que la profetisa terminase de palpar y morder su bicho más grande como quien comprobaba una moneda de oro.

– Siéntate –. Y así lo hizo.

Se quedó sentado de rodillas, sobre un pequeño lecho de pieles, mientras ella movía los dedos, donde hilos hechos de seda y luz bailaban al son de sus movimientos, ascendiendo desde una madeja colocada en el centro  de la mesa.

– Toda una vida de lealtad a tu tribu, de entrega a la batalla. Tú, templado ante los ojos de Bethekk, parece ser que alcanzarás a ver la luz del alba y quizá te quemes… –.

Za’ur trató de mostrarse impasible, pero su mano le traicionaba y tuvo que apretar el puño para que no se notaran los temblores que subían por el brazo.

La profetisa abrió la boca, mientras los hilos subían por su rostro, brazos y orejas. Las arañas trepaban, como si quisiesen adentrarse en ella hasta la garganta. Pero no fue una escena que durase mucho, porque aquellas pequeñas hijas de Shadra se colocaron y escondieron entre su mata de cabello blanquecino y los hilos se alejaron de ella hasta formar ramas y ramas, como un árbol en extensión por la superficie de la mesa. En silencio era sofocante, pero la profetisa habló, pero con una voz sombría y siseante:

Entre las hebras del destino la amarás.

Unidos los lazos de luz y oscuridad,

en su bella violácea mirada caerás.

En vuestro amor Lukou os unirá,

y en las cenizas de Ogoun la perderás.

Dos cachorros nacidos serán

recibidos entre tambores guerra,

y pronto separados estarán.

Uno alcanzará el mismo sol,

escalando entre los cuerpos

de pasada sangre derramada.

El otro ante el peso caerá,

por su mente destrozada,

con lágrimas de sangre

sobre las flores blancas

en una cabeza castigada.
 
Y en el agua salada verás

el destino que os aguarda.

Tardó bastante en asimilar lo que acababa de escuchar, quedando inmovil en su sitio, mientras la hembra terminaba de comerse el escarabajo y repartía el resto de insectos para que más arañas se acercaran a darse un festín. Era mucha información, pero a su vez le hacía formularse varias preguntas. Tenía claro, ante todo, que no deseaba indagar más y prefirió que solo fuese uno de sus muchos hilos de su destino, que podía no darse si tomaba una decisión lo suficiente impactante para evitar que un hilo rojo lo llevase hacia la hembra equivocada.

Al salir, vio que las agrupaciones de tribus trol empezaban a desmontarse, con cada uno tomando una ruta hacia la posible salida. Ya apenas quedaban esperando a que les tocase el turno, ya que él fue de los últimos, por lo que se reunió con su madre.

– ¿Estás bien? –. Ella le acarició la mejilla con la ternura propia de una ma’da que ama a su cachorro. No le importó verse

“débil”

ante un gesto tan infantil, porque su experiencia lo había golpeado por completo.

– Solo es un posible futuro – le respondió, aún a sabiendas que no era esa la respuesta que Yiya esperaba. – Volvamos a casa –.

----- CHAPTER BREAK -----

Azura se había despertado con una sensación extraña, como si alguien la hubiese estado acechando al dormir. La noche de Shadra se le hizo lejana como un sueño, pero con una clara imagen de los hilos que la conectaban a con otros trolls, de llamativos colores. Recordó, sobre todo, el rojizo, pero no llegó a ver quien estaba al otro lado, ya que al ladear el rostro, ya no vio a nadie.Era sin duda el alma al que estaba predestinada, de una forma u otra, pero parecía ser que se quedaría en un misterio.– Azura –. Su madre entró en la choza sin avisar. – ¿Ya estás lista? –.La miró extrañada.– ¿Para qué? –.– El nuevo jin quiere conocerte –. Ante aquella respuesta, se limitó a gruñir.– ¿Sigues con eso? –.– Ya te lo dije, ha posado sus ojos en ti. Compartimos nuestra devoción por la gran Shirvallah … –. – Ahora voy, deja por lo menos que me vista… –. Entrecerró los ojos, mirando con desafío a su ma’da. – …como yo quiera –. – Tienes una túni… –.– Si me quiere como futura madre de sus hijos, me tendrá que respetar tal y como soy –.La tensión podía cortarse con una daga, pero ninguna de las dos hizo el ademán de seguir aquella discusión. Azura se limitó a colocarse unas improvisadas vendas de cuero alrededor de su torso para mantener sus pechos sujetos y ocultos, seguido de un arnés que hiciese de sujeción. Un taparrabos, y las tallas de madera adornando sus brazos y tobillos, eran también más que suficientes.– Es tu ropa de caza –. Ayoka, el nombre de su ma’da, siempre parecía encontrar una excusa para demostrarse que su hija era una desobediente incapaz de seguir las leyes de la tribu. Azura sabía que aquello era una exageración y una excusa para poderla moldear como fue ella misma en su juventud.– Tiene sentido, sigo los designios de Shirvallah y la honro cazando. Voy a mostrarme como tal, porque así es la forma en la que tengo que presentarme ante él – explicó con orgullo. Ayoka soltó un suspiro y se encaminó hacia la cortina que daba al exterior.–Desayuna y presentate enseguida –. El jin, Jokimu hijo de Fekarra, esperaba en la parte más alta de Zul’Kunda. Como la gran mayoría de los sangrapellejo , su cabello era rojizo, y rizado, pero de un tono tan oscuro que las raíces de su melena se veían completamente negras. Era un macho muy atractivo de nariz prominente, mandíbula cuadrada, pómulos marcados y colmillos de gran longitud y gruesos, casi tanto como el brazo de un cachorro. En ellos tenía formas talladas que representan a Shirvallah y aros incrustados con un colmillo de crocolisco que cazó únicamente con sus manos, en cada uno.Pero sin duda su voz, grave y áspera, era lo que realmente atraía a su hermana más joven, Ayomi, quien sabía perfectamente que sí estaría dispuesta a darle descendencia y calor por las noches. “Mira, ma’da podría convencerle de que ella sería mejor partido” . Pero sabía que iba a ser una batalla perdida dado que Jokimu’jin estaba más interesado en la primogénita.– Godeshi, Jokimu’jin – se presentó Azura, altivamente. Si la hubiese pillado con unos pocos años menos, quizá sí que hubiese compartido con él lecho, tiempo de caza y la carne de sus presas; pero la visión del hilo rojo y la inesperada sensación de anhelo hacía un trol que no conocía ni sabía de su existencia empezaban a pesar en ella.Era como si un rostro se dibujara dentro de su mente, borrosa, pero llamativa. Cada vez que trataba de darle forma, lo estaba empeorando y eso la estaba dejando agotada.– Godeshi, Azura hija de Ayoka – respondió al saludo con una sonrisa ladeada y expresión maliciosa. Justamente la forma que había tenido de ir de cara a la hora de atraer a sus amantes pasadas. No se llevaban mucho, solo unos cuatro años, por lo que había estado más presente en sus años de recién alcanzada la adultez. Le había visto llevarse a su mejor amiga de la infancia en volandas, mientras reían, en dirección a su catre. Y también a una de sus primas mayores hacia las cascadas cercanas a la zul. 
“¿Realmente les hará gracia que sea yo a quien desee para formar una relación macho-hembra? Diría que no…”
 – …me han llegado hechos de tus hazañas en el templo de Shirvallah. ¿Salvaste la vida de todos aquellos novicios cuando fueron acorralados por los humanos? –. Era una pregunta que le gustó, porque presumir era algo que en el fondo le gustaba.– Sí, además de conservar sus cabezas reducidas en mi choza, adornando las paredes y recordando mis increíbles dotes de caza – afirmó con una sonrisa pícara. – Así es como me gusta que me cortejen, con numerosas presas, más de las que yo podría atrapar –. Los presentes, entre ellos sus padres y su hermana mediana, se quedaron ojipláticos ante su directa.– ¿Me estás desafiando, tigresa? –. La miraba con una expresión de querer devorarla allí mismo. – Sería una alegría que me pusieses a prueba –. “Para derrotarte y enseñarte que soy indomable” .– Acepto las condiciones, ¿qué quieres apostar? Así es más divertido –. Y estaba entrando en su terreno.– Si me superas, tomaré aptitudes como una demostración certera sobre ser tu hembra, pero si gano, tendrás que seguir intentándolo hasta que lo consigas –.Por un momento creyó que aquello le haría sentirse un tanto insultado, como si la entrega rápida y total a sus brazos no llevada a cabo hubiese sido la ofensa mayor.Pero no, Jokimu’jin estaba contento.– Me encanta que quieras darme guerra, Azura, y seguro que nos llevaremos muy bien –.– Me halagas –. Asintió con la cabeza antes de intercambiar unas últimas palabras, acordando el momento y el lugar, antes de volver a sus asuntos. La comida se hizo en la cabaña de sus padres, donde chaa’ko había improvisado con dos tablas de maderas encima de dos bloques de piedra, usadas para restaurar más destrozada de los muros. Ma’da colocó en el centro un surtido de peces atrapados esa misma mañana, y cocinados hacía escasos segundos en una hoguera. Por último, trajo tres cocos a compartir entre toda la familia.Una vez sentados, empezaron las conversaciones exasperantes.– Me has sorprendido, Azura – empezó diciendo Ayoka. – Pensaba que entrarías en contestaciones propias de una cachorrita enfurecida–.– ¿Ah, sí? Venga, lok’dim, no te hagas la dura –. Gor’kha, cabeza de familia, pero más afín a los intereses de su hija más mayor, miraba a ma’da con una expresión divertida. – Estás orgullosa porque sabes que hay que imponerse. Azura no es una hembra fácil de cazar –. La miró y le guiñó un ojo.– Gracias, chaa’ko – respondió más animada, entre risas cómplices. Los motivos eran tenerle descartado, evitando una relación en la que se sentiría incómoda y fuera de lugar.Realmente no sentía que los machos de la tribu fuesen lo suficiente aptos para amoldarse a sus extravagancias.– Bueno, no lo puedo ocultar – dijo Ayoka con una falsa tos. – Esta vez me ha gustado tu táctica. Vas a hacerte más de desear, e incluso si le ganas, le dejarás con la leche de coco en los labios… –.– ¡Tú no le dejes nada, tú machaca! – gritó, ante el susto principal, Gara. Era la mediana de las tres hermanas, más impetuosa que la propia Azura – ver para creer – pero más alegre y con una facilidad casi absurda para ganarse amigos.En sus manos tenía uno de los cocos, que había partido con tan solo golpearlo en la rodilla. No solo no parecía que le hubiese dolido, sino que sus piernas estaban tan fibradas que podía incluso hacer añicos los tablones de madera que hacían de mesa.– Gara, vas a echar a perder el coco – le regañó chaa’ko mientras tomaba uno de los peces por el palo que lo tenía incrustado, pegando un señor bocado. – Y todavía estamos con ésto –.– Consigues que tu hermana sea una hembra serena y todo a tu lado – le dijo ma’da, pero con un tono más divertido.  
“Ya podría ser igual conmigo”
 La única que se había quedado en silencio había sido Ayomi, quien se limitó a comerse el pescado y a mirar como el resto hablaba y bromeaba. Por ello, Azura estaba intranquila, porque lo último que deseaba es que su pequeña tigrecilla sufriera los malos de Lukou hasta el punto de alejarse de ellos.Quería decirle algo, pero calló porque intuyó que no era el mejor momento para sacar aquel tema. Por una parte entendía que al haber pasado hace menos de un año por su rito de adultez, aún se veía demasiado joven para alguien como Jokimu’jin – Azura tenía veintinueve años, y él treinta y tres – ya más experimentado y deseoso de hembras que pudieran medirse contra sus habilidades.

Una vez ordenado todo y con el resto de los pescados lo suficiente deshechos para dárselos a los raptores y tigres de la tribu, Azura se despidió, pensando en acercarse a la playa. El tacto de la arena en sus pies le encantaba, pero más cuando la brisa salada levantaba su ondulada melena y acariciaba su piel. Siempre encontraba allí el momento idóneo para pensar en sus cosas.Y en ese momento, su mente funcionaba como los tambores de guerra. 
“¿Por qué le estoy sacando tanta importancia a esa hebra roja?”
 Azura hija de Ayoka siempre ha sido más propensa a ver las cosas desde una visión más… táctica. No pensaba en enamorarse, sino en buscar un macho lo suficientemente apto para darle cachorros fuertes y leales seguidores para Shirvallah, La Luz del Alba; ante todo, era la supervivencia de la tribu contra las constantes guerrillas de los machacacráneos . Pero aquellos meses en los que se presentaban esos resquicios de trol durante sus sueños parecían que la habían dejado más descentrada.Jokimu’jin era el candidato perfecto, y para garantizar un linaje poderoso no necesitaba atarse a él, ni siquiera amarlo. Todo por los Sangrapellejo.En ese momento ya no sentía con fuerzas. Solo quería humillarle para que pensara en otra candidata y la dejase tranquila.–¿Azura? –.La hembra giró la cabeza. Se trataba de Ayomi, quien se estaba arrugando nerviosamente la falda de su túnica.– ¿Qué ocurre, peque? – le preguntó con tono tranquilo y cariñoso. Sus hermanas eran lo más importante que tenía en su vida.Le ofreció asiento a su lado, pero Ayomi se negó.– ¿Lo has hecho por mí? –. Aquella cuestión la dejó parpadeando perpleja unos segundos.– ¿Cómo? –.– No quiero sonar chalada, ¿pero el ponerle obstáculos al jin ha sido por mí o por orgullo? –. La respuesta la sabía bien, y en principio, se trataba de simplemente anteponerse y no entregarse tan fácilmente como hembra; pero tampoco quería el sufrimiento de su tigrecilla . – Ambas –.Ayomi parecía no haber comprendido.– ¿Am-ambas? –.– Me importas más tú que él. No puedo tranquilizar tu mal de Lukou porque nadie…elige de quien…se enamora, pero también sabes como soy y no me gusta ser una presa. Y menos para un macho, por muy jin que sea –. Estiró el brazo para tratar de alcanzar su mano, temblorosa. – ¿Me crees? –.– Te creo, eres la mejor hermana primogénita de toda Tuercespina – contestó aceptando su gesto y ambas se sentaron.– Puedes decir “hermana mayor” –. – Está Gara, recuerda –.– Bueno, pues ella es la mejor hermana mediana de toda Tuercespina –. Le pasó el brazo por su cuello y disfrutaron del tiempo juntas.

----- CHAPTER BREAK -----

– Espero que lo que esté viendo sea una buena pelea – espetó Corgha mientras zarandeaba su brazo.

La parte este de Zul'Mamwe, donde estaba situado el mercado, parecía una batalla entre trols rabiosos en busca de un mismo tesoro. Lo “divertido” era que no era algo extraño que más de un

machacacráneos

terminase con parte de la tribu encima de él por llevarse el último trozo de carne de raptor cazado del día.

– Ya me lo digo yo, la mejor carne es la que cazas con tus medios, no tomarla de ahí – respondió el propio Za’ur mientras le daba una palmada en la espalda a su mejor amigo. Empujaron  algunos para abrirse camino y ver a los escandalosos de aquella mañana.

Dos machos poco más mayores que ma’da Yiya, junto a una hembra joven, subida en la espalda de los protagonistas de aquel lamentable espectáculo . Uno en el suelo tratando de apartarle mientras que el otro le tomaba del colmillo con fuerza, como si tratase de arrancarlo de cuajo.

– ¡¡Suéltale!! – gritaba la hembra mientras golpeaba la cabeza calva del agresor. – ¡¡Él no te ha robado el puto amuleto!! –.

– Esa garra la conseguí de un enorme tigre que desgarró mi cuello casi hasta la muerte, ¡y cómo tu chaa’ko no me lo devuelva, le arrancaré todos los dientes y colmillos que pueblan esa asquerosa boca! –. Sin parecer ceder a la fuerza del cabreado trol, ella le pegó un enorme mordisco en la oreja.

El grito parecía resonar hasta en Zul’Gurub y en segundos, él trataba de quitársela de encima: dando vueltas sobre sí mismo, con ella colgando como un simio, quien le golpeaba hombros, cráneo, cara…

Incluso le había tomado los prominentes colmillos como quien tomaba las riendas de una montura. Corgha ya no parecía entretenido ante aquella escena, centrado en la hembra.

Za’ur le vio y suspiró con pesar, al ver que no le resultaba lo suficientemente  indiferente para quedarse sin hacer nada.

– ¡APÁRTATE! – el grito de aquel trol enfadado le hizo girar bruscamente la cabeza, solo para ver cómo daba marcha atrás, aún con la hembra aferrada en su espalda y se lanzó contra uno de los muros, tratando de aplastar la cabeza.

– ¡O’pal! –. Aunque había mirado al padre de la susodicha, aún en el suelo y semi-inconsciente por la paliza, el nombre había salido de los labios del propio Corgha. Za’ur tuvo que apoyar la mano en el pecho de su amigo para detenerlo. Se intercambiaron miradas de tensión e incredulidad, pero él sabía qué hacer.

Dio unos pasos hacia delante, saliendo de la multitud y plantandose en pie delante del mercader apaleado.

– J’enzho, ¿ya has terminado? – dijo, sin mostrarse altanero, pero dispuesto a que se le escuchase bien. – Tengo que comprar unos afiladores para mis dagas porque ya no pueden pinchar ni un trozo de manteca de crocolisco, pero si tienes a No’ku tirado en el suelo y estás tratando de bailar con su hija, se me pasará el tiempo y habré perdido un día muy valioso –.

Éste le miró al principio con una mirada de pura molestia, seguramente viéndole como una mosca revoloteando por su cara cuando duerme, pero luego pareció sonreírle con malicia.

– Bak’tok’ako – le nombró, escupiendo en el suelo y  pasándose la lengua por los dientes. – Como si no hubiese tenido suficiente con el

vask

de tu padre que ahora debo tratar con sus cachorros –. Se quitó a la hembra de encima de una sacudida. – Hasta que no me devuelva lo que me ha robado, tendrás que seguir esperando –.

Za’ur sonrió de medio lado.

– He visto cachorros solucionar mejor los problemas – lanzó el comentario como una flecha una vez teniendo a la presa acorralada. No había mucha diferencia de altura entre ambos, pero al encararse mutuamente, el contraste de ambas fisonomías era llamativo. Mientras de J’enzho era fornido y corpulento, con un rostro alargado lampiño y cabeza sin ningún atisbo de pelo, Za’ur era más esbelto, de larga melena azabache cayéndole por la espalda y barba dispersa por todo su mentón.

– No te pases, pedazo de zagota, o puedes hacer compañía a este vekk de mala agua –.

– Buena demostración de fuerza y presencia apaleando a un simple vendedor, junto con su hija recién salida de un ritual de adultez –.

– …no me iré sin mi garra –.

Los presentes estaban escudriñando con sus miradas expectantes, seguramente deseando que alguno de los dos perdiese algo por el camino. Za’ur hizo un ademán de mover su brazo, casi como si fuese un acto tan reflejo como el respirar, acercando la mano hasta una de las trabillas de su cinturón y tomando una daga con la que apuntó en una danza de destreza hacia la barbilla de su contrincante.

J’enzho masculló un sonoro

“yudo”

que le hizo arrugar la nariz por aquella fragancia a estiércol con guindilla que aromatizaban su aliento, pero se mantuvo impasible, mirando con malicia.

–¡S-serás…! –. No fue tan rápido como para responder con violencia, más propenso a parecer intimidante que demostrarlo. Incluso sentía que estaba decidiendo si entrar al trapo.

“Con alguien que sabe jugar ya no te gusta tanto, ¿verdad”

– ¿Ves? No tengo apenas punta, si quieres que te pinche por aburrimiento… –. Za’ur miró a  No’ku. – Colega, solucionamos esto y luego me aconsejas, al fin y al cabo eres el experto –. Le tomó de los brazos y con cuidado lo levantó hasta dejarlo apoyado en una de las columnas.  – No hay nada más que ver, mon, No’ku ya está en pie, en breves seguirán sus ventas – le dio unas sacudidas en el hombro para quitarle la arena impregnada sus túnicas y volvió a encarar a J’enzho.

– No sé que estás tratando de demostrar con esto, pero juro que terminaré por romperte los huesos, no sabes nad… –. Antes de dejarlo seguir, pronunció un

“yeeep”

mientras levantaba la mano y separaba con ella la proximidad de sus caras.

– Tu garra de la suerte te la dejaste en la choza de Bana, y ha sido ella quien me lo ha dicho esta misma mañana por si te veía haciendo de las tuyas –. Bana era la curandera más veterana de la tribu y estuvo sanando a estos últimos guerreros de heridas ocasionadas por la última guerrilla

sangrapellejo

. Como una historia propia para hacer reír en una noche de hoguera y familia, No’ku y J’enzho estaban interesados en ella, pero uno de los dos estaba más obsesionado con el tema y veía enemigos donde no los había.

Ante un leve silencio, un estallido de carcajadas sofocó los insultos e improperios que J’enzho le gritaba antes de irse de allí entre fuertes empujones y golpes secos. Le vio dedicarle un gesto amenazante con su dedo en el cuello y se perdió entre los muros. Cuando fue a ver cómo estaba el resto, O’pal se había quedado abrazada a su padre, mientras Corgha les atendía.

– Vas a conseguir que ese idiota te mate

“por accidente”

en una caza – le echó en cara su amigo, pero la sonrisilla le delató, por lo que Za’ur soltó una sonora carcajada.

– Necesitará algo más que fuerza bruta para poder alcanzarme – quitó hierro al asunto. – Ojalá el Jin no fuese tan permisivo con él, por muy buen guerrillero que fuese –.

Za’ur sonreía levemente mientras trataba de infundir ánimos tanto al padre como a la hija.

– Obeah, Bak’tok’ako – se refirió a él No’ku, limpiándose la sangre de la nariz con el dorso de la mano.

– Llámame Za’ur. Que fuese el hijo del anterior Jin no hace que tengáis que hablar tanto… con un palo metido en el culo –.

Miró a los tres y suspiró.

– ¿Entonces miramos que tienes ahí para afilar mis dagas o lo dejamos hasta que se te pase el dolor de cabeza? – se permitió una vez más bromear con aquel asunto. – Será mejor que vayas a ver a Bana, se te está poniendo la cara más hinchada que una boca comiendo ortigas –.

– Pero mi puesto… –.

– Ayudaré a O’pal, ve – añadió Corgha. A No’ku no le hacía mucha gracia la idea de dejar al que podría ser el primer macho que abriese sus puertas espirituales solo con su

“cachorra”

, que ya rondaría los diecinueve años. El único que no se percataba de que se notaba bastante el encaprichamiento de ambos era el propio Corgha.

– Tendrá las manos donde se puedan ver – se despidió Za’ur, dejando a su amigo cohibido y a No’ku yéndose con la mosca detrás de la oreja. 
 
Lo siguiente que hizo fue ir a la choza de su ma’da. Yiya estaba trazando en la mesa un par de líneas con la sangre de una cría de crocolisco fallecida al nacer, tratando de escribir la palabra

“E’ko”

. Za’ur le había preguntado bastantes veces su obsesión por aquella palabra, por la esencia de la vida misma, pero caían en saco roto porque siempre le respondía con un silencio.

– J’enzho se ha ido hace nada – dijo la hembra, aún ensimismada en su extraña práctica de escritura. – Habéis vuelto a tener roces – y no era una pregunta.

– Se está volviendo más paranoico y peligroso, hoy le ha pegado una paliza al afilador y por poco a su hija también – contestó, contrariado. – Y que venga a llorarte como un cachorro lastimero me pone de muy mal coco –.

– Sus gritos ya no me afectan, no nos une nada debido a que tu padre camina en el

Otro Lado

– paró su mano, dejando a medio escribir su palabra. – Y a ti tampoco debería, quizá sea vuestro tío y hermano de chaa’ko, pero no te rebajes a su nivel –.

– No voy a dejar que siga haciendo daño, solo porque se lleve bien con Gunkra’jin – dio un golpe en la misma mesa. – Tantos golpes y heridas le han hecho perder el juicio, está enfermo y un día ocurrirá una desgracia. Esperar a su exilio cuando sea tarde no debería ser una opción –.

– ¿Lo vas a detener tú? Ir directo supondría tu propio exilio, mi Za’ur – reanudó su escritura, sin haberse inmutado con el golpe. – Deberías ser más…taimado, porque te pueden acusar de

matasangre

–.

– Yo no he intentado matarlo –.

– Si vas a ir señalando su gaznate con tus dagas, invitas a ello –.

– No tiene punta –.

– ¿Y eso suele importar cuando la intención puede ser quitarte de enmedio? –.

“E’ko”

Za’ur leyó y se quedó mirando como ma’da Yiya avanzaba hasta completar una frase que no pudo comprender por su mala caligrafía.

– Vete al altar de Bethekk si lo que necesitas es despejar tu mente, quizá la sabiduría de Dubadu te sea liberadora –.

– Puede… Y luego quizá le haga alguna visita a alguna gurubashi que ronde por la selva – dijo más con amargura que con la certeza que el sacerdote pudiese realmente ayudar en su constante rabia.

Cumplía los designios de su loa a rajatabla, pero odiaba que le echasen hacia el altar como quien hablaba tonterías y buscaban la forma de callarle.
 
Había preparado su lanza, después de haber puesto a punto sus dagas, esta vez bien afiladas, para cazar. Dubadu le había dicho lo de siempre – si debía acechar antes de atacar directo, asegurarse de que su presa estuviera indefensa – pero sus consejos no siempre iban  bien con su forma de pensar. Za’ur dejaba esas habilidades para las bestias de Tuercespina y para sus enemigos, no para darle una encerrona a su tío. Su intención no era darle un bocado que lo matase y aprovechar sus recursos, sino la de mantenerlo alejado de cualquier cargo de importancia en la tribu.

J’enzho aún le guardaba rencor a su padre, porque en sus años de liderazgo, nunca le nombró como alarion’jin. Gunkra si lo hizo, más propenso a usar la violencia que el pensar de una buena estrategia.

Y con la forma que menospreciaban a las hembras de la tribu y se burlaban de ellas, no le extrañaba que no entrasen en sus gustos o que estuvieran manteniendo su ideal de

“macho de gran mojo”

por miedo de mostrar sus debilidades.

Su lugar de caza preferido era el norte de Mizjah, lo que antaño fue un poblado asentado más, actualmente dejado de lado por estar tan peligrosamente cerca del foco de las guerrillas entre su tribu rival. Allí había un amplio campo de lilas, rodeados de buena vegetación e imponentes árboles donde trepaba y esperaba a encontrar la presa perfecta.

Fue donde consiguió matar a su primer

sangrapellejo

.

“¿Qué podría encontrarme esta noche?”

se preguntó, de camino, mientras pensaba hacerse con la piel de algún tigre, o con unos dientes de murloc para adornar un collar-amuleto y ofrecerlo como ofrenda a Bethekk. O podría ser otra cabeza de trol, cortando ese asqueroso rojo que les caracterizaba hasta el cuero cabelludo y que adornaran su choza, reducidas.

Como si los loa escuchasen sus pensamientos y le atendieran sus peticiones, cosa improbable pero curiosa, vio algo moverse de refilón. Ya podía divisar aquellas flores liláceas bañadas bajo la luz de la luna, por lo que una criatura incauta había entrado en su

“coto de caza”

.

Ni corto ni perezoso, el

machacacráneos

trepó en un árbol cercano con todo el sigilo que su naturaleza de pantera podía permitirle y se apoyó en una gruesa rama, con el pie tocando la corteza del tronco para impulsarse. Posteriormente contuvo el aliento mientras sostenía la lanza con la mano libre y mantuvo la punta dirigida arriba.

Su instinto le hizo tragar saliva, notando como su corazón acelera en sus latidos, sin saber cómo podía ser que estuviese tan inquieto. Las bestias que cazaba no solían provocar esas sensaciones de peligro en él.

“¿Es realmente eso…?”

Pudo ser un yuute o una criatura maldita, pero fue fácil desecharlo cuando vio la figura de un trol, deslizándose por las lilas y trepando por las gruesas raíces del árbol más antiguo, conocido, del norte de Tuercespina. La visibilidad no era lo suficiente buena para ver a su nueva presa en su totalidad, pero sí que pudo avistar un color rojizo, casi negruzco.

Estaba seguro de que era un

sangrapellejo

y eso le hizo dibujar una sonrisa maliciosa.

“Que comience la caza…”

----- CHAPTER BREAK -----

Azura había pasado media mañana preparando las pieles para una gran ofrenda a Shirvallah, para contentar a la loa y tener su favor cuando tuviese que medirse contra Jokimu’jin. También había traído garras, colmillos, ojos y algunas orejas de trol. Lo había estado guardando todo y curtiendo durante más de una semana, con ayuda de mucha sal y tratando de trabajar en un lugar seco (no muy fácil estando en plena costa), pero había conseguido montar una habitación con piedras que aislaran el calor y mantenerlo fresco.

– Llevas así desde el primer rayo del Alba, ma'di –. Al levantar la cabeza vio a Ayomi entrar. Tenía las manos detrás de la espalda, como si escondiera algo.

– Antes del anochecer, me gustaría tenerlo todo preparado para llevarlo al templo de Shirvallah. Cuanto más generosa sea, más buenos tiempos pueden llegarnos… ¿no? –.

– Y para salir victoriosa también – añadió su

tigrecilla

, sin preguntar. Únicamente soltando aquella afirmación clara y concisa, sin medias tintas mezcladas en sangre.

– También – le respondió con una sonrisa maliciosa. – No tengo ninguna intención de unirme al jin y me aseguraré de ello –.

– Pero, ¿y si él ofrece algo que guste más? –. Se sentó a su lado, mirándola con mucha curiosidad.

– Será el jin de una tribu, pero es incluso más orgulloso y terco de lo que Shirvallah suele esperar de sus fieles – no tenía intenciones de quedarse sin respuestas.

Jokimu era pura palabrería, encanto y mojo para conquistar a cuantas quisiera, pero no resaltaba más allá de su fuerza y fiereza. No sabía si le gustaba más la carne de raptor o la de simio, o si prefería dar largos paseos o compartir conversaciones profundas sobre el porvenir que tenían los loa reservados para ellos. Le parecía simplemente una figura de todo lo que se ha de esperar de un “

buen macho”

, pero más allá de eso, Azura seguía pensando que necesitaba más.

– …se que sonará raro, mim'di, pero he cambiado de alguna forma –.

– ¿Qué quieres decir? –.

– ¿Te acuerdas que ma’da siempre decía que debíamos pensar más en traer cachorros fuertes que entregarnos a los placeres del amor? –.

– Claro, aunque Gara y yo no hemos hecho mucho por ello, tú… –.

– Yo sí estaba dispuesta a seguirlo. Las poquísimas veces que un macho me ha tocado ha sido simplemente por curiosidad de saber lo que se siente… y dejarse llevar por la lujuria de Ezili, pero nada – se explicaba un poco más apurada. – Ninguno me despertaba interés ni conseguían que mi corazón latiera como un tambor de guerra, por lo que aceptar estar con el jin únicamente por buena sangre y buen mojo sería más propio de mí, ¿verdad? –.

– Azura – la interrumpió Ayomi con cautela. – Si no fuera porque te conociera bien, diría que te…¿te has enamorado? –.

Dio un leve bote de la sorpresa, por lo directa que estaba siendo últimamente su pequeña, pero recobró la compostura. – No, es algo más que eso. No puedo decir que me haya enamorado de alguien a quien no conozco ni sé su aspecto… –. Al verla muy confusa, retomó la palabra antes de ser interrumpida de nuevo. – Llevo un tiempo soñando con un macho, pero del que apenas puedo discernir su aspecto ni su voz. En esos sueños hablamos, reímos, entrenamos juntos… Siempre en un mar violáceo bajo nuestros pies, mientras las arañas tejen cerca de nosotros hebras, de colores cálidos. No se ven hostiles, sino que tratan de unirnos en un solo hilo rojo – tomó una bocanada de aire. – Ahí siento que todo se mueve rápido, que me falta el aliento y con la tentación de acariciarle… –.

– Vamos, describes un enamoramiento, pero… – la vio frotar sus sienes. – Pero las arañas, los hilos que os unen, la cercanía que te lleva a ponerte con el trapo ca… –.

– No des tantos detalles, que ya me siento ridícula por haberlo contado – espetó, dejando caer su larga melena ondulada por todo el rostro.

– No me voy a burlar, ma’di, puede ser un mensaje de

Elortha no

Shadra. Ya fuimos a su festividad hace escasos días y los profetas estuvieron indagando en nuestros futuros –.

– Lo que te comento lo padezco de tiempo antes. Ese día en concreto yo no participé, solo di mis ofrendas y recé por un porvenir próspero para la tribu – añadió, pensando en lo único que pudo ver era un hilo que la guiaba pero que no alcanzó a ver a quien la estaba uniendo.

– Entonces deberías indagar más –. Ayomi le dio una fuerte palmada en la espalda. – Nunca te quitarás esa sensación si no consigues dar con la respuesta a esos sueños –.

– Lo dices como si fuese lo más sencillo del mundo, pero no sé por dónde buscar – no las veía todas consigo, teniendo que ir dando palos de trol ciego para dar con un trol que ni siquiera existiría.

– A ver, piensa, ¿dónde te sitúa ese sueño? –.

– Pues… Donde estamos hay flora, arañas, un mar vi… – enmudeció, empezando a unir piezas. – Conozco ese lugar: ¡es el campo de lilas que hay entre nuestra zul y Mizjah! –.

– ¡Si no hay más lugares así en territorio trol, puede ser ese sitio! –. No frecuentaba mucho aquel paraje, pero sí que conocía las historias de muerte entre

sangrapellejo

y

machacacráneos

.

“Un lugar muy sombrío para iniciar un amorío, ¿no?”

– Iré bien protegida entonces, y puede que incluso añada una cabeza más en mi ofrenda por si se complicaran las cosas – terminó por añadir la atal’Shirvallah, buscando entre sus pertenencias su máscara tributo, ideal para infundir temor y respeto a aquellos que se les cruzase tan sola la idea de medirse contra ella.

Era una locura, por lo que iría a esa zona únicamente para buscar una potencial presa y bañar su lanza en sangre.

El crepúsculo dio paso a la noche más estrellada que recordase en meses, después de haber pasado semanas bajo húmedos días de lluvia que perlaba las pieles en sudor, incluso entre desnudos. Azura les había dicho una media verdad a su familia – iba a acechar para una ofrenda – pero ocultó el hecho de que bajo su semblante fiero y decidido, había un leve destello de esperanza en encontrar las respuestas que tanto deseaba. Gara se había propuesto acompañarla, pero denegó su ofrecimiento con la excusa de acostumbrarse a cazar sola, porque sola estaría contra Jokimu’jin. No le pusieron pegas, pero rezaron por ella para que regresase a la zul sana y salva, además de una buena captura.

Le llevó un par de horas llegar en condiciones, de forma sigilosa y evitando obstáculos innecesarios, pero terminó dando con su destino. Era demasiado llamativo ver un campo de lilas en plena selva o al menos, eso le decían los ancianos que vieron más allá de Tuercespina.

Encontró árboles grandes, cuyas raíces sobresalían de la tierra, recorriendo como tentáculos todo el lugar, dándole un toque más místico. Las lilas estaban en el centro, donde también pudo discernir huesos. Se agachó para tomar lo que parecía ser un peroné demasiado corto para un trol.

“Un humano, ¿quizá?”

Lo guardó porque una vez dejado rastro de ella, no quiso dejarlo a merced de algún rastreador, por lo que enganchó el hueso, con un hilo de paja, a su cinto. Se lo daría a alguno de los médicos brujos de la tribu. Sabía que rallarlo en polvo daba propiedades perfectas para muchas pociones vudú e incluso podría llevarse algo a cambio, siendo aficionada a los trueques.

Tuvo que dejar de centrarse en su nueva adquisición porque sintió que algo trepaba por su pierna. Al mirar, solo se trataba de una araña, pero sin morderla y únicamente rondando por sus dedos hasta que se bajó de ella y fue deslizándose hasta uno de los árboles.
 
Y allí lo vio.
 
Arremetió con su lanza por los aires hacia la extraña sombra proyectada en una de las ramas, pero éste esquivó el lanzazo. Azura bufó, pero no permitió que el primer golpe se lo llevase ella, por lo que rodó por el suelo para recuperar su arma mientras esquivaba la de su recién estrenado enemigo.

Se colocó bien su máscara con motivos de tigre, color cobre, para tener una vista precisa entre los huecos de los ojos y lanzar su siguiente ataque. La luz de la luna dejó entrever su misteriosa forma y vio a un trol de cabellos azabache, muy característico entre los

machacacráneos

. Aquello era un motivo más para no dejarle escapar, por lo que fue a matar hacia su cuello, consiguiendo que ambas lanzas chocasen furiosamente mientras se aplacaban para tirarse al suelo el uno al otro.

El macho arremetió con su cabeza, chocando contra su máscara. Notó como se le clavaba en ambos lados de su rostro, pero sin sentir un dolor intenso ante aquel ataque tan sucio. Azura apoyó el pie en su vientre para hacerlo girar hacia ella, rodando ambos, y dejarlo tirado para luego cortar su gaznate. Consiguió tirarlo torpemente, pero esquivó su lanzada y le hizo una zancadilla, haciendo caer a ella también.

Los segundos se le hicieron eternos, porque veía en él una agilidad asombrosa, como un digno rival, incluso atrayendo más que patear a Jokimu’jin en su propio terreno. La pelea se llevó a cabo entre las raíces, arrastrándose mientras se daban golpes y patadas que hacían escurrirse las armas de ambos – dagas incluidas –.

No podía quitárselo de encima, quien trataba de agarrarla desesperadamente del cuello, aún con las patadas y los puñetazos.

– Tu melena arrancada va a ser un buen decorado para mi tribu, sucia

sangrapellejo

– le susurró, tratando de arrancarle violentamente la máscara. – Quiero ver como tu vida se escapa a través de tus ojos –.

La tomó y la lanzó por los aires con una mano, mientras que la otra apretaba su cuello. Azura le dedicó una mirada envenenada y se negó a morir así, a manos de un

machacacráneos

de aquella forma tan pueril.

– Ma'tuba, vask vekk… –insultó mientras arañaba sus antebrazos, luchando por respirar y deshacerse de su agarre.

Lo que encontró cara a cara la sorprendió. El macho la miró de una forma que le hacía parecer consternado, casi incrédulo. Había aflojado el agarre y casi parecía que hubiese visto un yuute.

– ¿Te parezco horrible sin la máscara, zagota? – se burló amargamente, rasgando la piel de su muñeca, entre risas maliciosas.

Esta vez fue ella quien le respondió con un cabezazo, pillando desprevenido al macho, soltandola y dándole la oportunidad perfecta. Se quedó arrodillada mientras buscaba a tientas alguna cosa que sirviera para asestar el golpe final. Tomó una piedra que cabía a duras penas en su mano y se dispuso a aplastarle aquella cabeza hueca…

…cuando…

– Eres más guapa cerca que lejos – espetó el machacacráneos, dejándola esta vez a ella sin palabras. Pensó que se estaba burlando de ella, pero él no calló. – Te vi el día de Shadra, entre aquellos hilos tan rojizos –.

Tragó saliva, dejando caer su brazo y soltando la roca.

– Eres tú…

“El de mi sueño”

–.

Se quedaron sentados mirándose mutuamente entre desconcierto y dudas. El olor de las lilas, desprendidas ante la suave caricia de la brisa nocturna, refrescando sus pieles sudorosas y levantando sus cabellos.

– ¿Ya me conocías? – le preguntó el macho, rascándose la cabeza, completamente desmelenado.

– Se… se puede decir que... ¿Sí? –. Trató de recuperar el aliento, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Pensar que Ayomi acertó con algo tan irreal y descabellado era una de las múltiples cosas que necesitaban una respuesta urgente.

----- CHAPTER BREAK -----

La mirada de Za’ur se perdía entre los mechones de aquella larga cabellera roja, como la sangre. Estaba midiendo las palabras adecuadas, sin estar acostumbrado a tratar a un

sangrapellejo

de una forma completamente distinta a matar. Contemplaba el marfil que llevaba como pendientes en su nariz y en el labio inferior, dándole un aspecto más fiero. También se percató de sus ojos, de un violáceo claro, y en su mandíbula marcada. Todo en ella le parecía salvaje, propia de un tigre – más allá de la máscara, sus ropas tenían colores que le recordaban a tan imponente bestia – y peligrosa.

– Me…– trató de decir, pero le parecía poco sensato pronunciar su nombre, por muy impactado e interesado que estuviese en comprender más lo que las arañas trataban de unir. – No sé realmente qué hacer ahora. Tendría que matarte pero el instinto me dice otra cosa… –.

– No tendrías la misma suerte tratando de asfixiarme, antes te habría desgarrado ese cuello tan delgado que tienes – la oyó bufar, desafiante.

Sentados el uno frente al otro, apoyados en las raíces, se observaron mutuamente. Al menos, Za’ur no perdía detalle en su complexión esbelta y fibrosa.

– Vamos a tener que buscar respuestas juntos, aunque eso sea ponernos en riesgo – añadió el

machacacráneos

frotándose la nuca. – Daré tres toques a la corteza del árbol y al tercero, diremos nuestros nombres a la vez –.

– Es más propio de cachorros pero no nos ve nadie, que yo detecte. Vamos –.

Un golpecito.

Dos y…

¡Tres!

– Za’ur –.

– Azura –.

Quitado un peso de encima, el macho ya podía darle un nombre más allá de

“sucia sangrapellejo”

.

– ¿Y ahora? – preguntó, sin saber qué hacer a continuación.

– Comprender lo que nos ha llevado a la misma situación –.

Azura empezó explicando los sueños que tenía con una extraña figura que resultaba ser él mismo. A juzgar por el desvío de su mirada, parecía que daba pocos detalles intencionalmente, como cohibida. Narraba sobre raíces grandes y sobresalientes, de un campo violáceo sobre sus pies, y la sensación de protección mutuo. La conclusión era clara: éste era el lugar predestinado.

“Pero, ¿para qué?”

En cambio, Za’ur le habló sobre la noche de Shadra, cuando la vio con su tribu desde la lejanía, marcando su distancia a través de una hebra roja.

– Me fui antes de convencerme de que definitivamente algo me unía a ti –.

– Yo traté de alcanzarte con la mirada, pero te perdí de vista – respondió la hembra.

– Ya veo, hemos sido unos zagotas de alguna manera. O quizá sensatos, porque tan solo el intento de saludarnos, habríamos iniciado otra reyerta y cabreado a una loa –.

– Pues ahora mismo no lo estamos siendo mucho, solo mira como hablamos como dos trolls tratando de conocerse bien en vez de hacer lo que debemos: liquidarse mutuamente – rió amargamente Azura.

– No es que seamos “como dos”, sino que es ESO lo que estamos haciendo exactamente, pero es que no puedo evitarlo, quiero saber – suspiró, tragando saliva.

– ¿Y ahora qué? –.

– Indaguemos –.

Pasó el tiempo y ambos hablaron de detalles nimios de su vida, sin nombrar seres queridos ni ambiciones personales. A Azura siempre le había gustado el intercambio equivalente – trueque mejor dicho – para ganar lo que le interesaba conseguir, pero también disfrutaba de momentos de tranquilidad mientras ella misma se confeccionaba sus propios ropajes de caza.

Za’ur le comentó de sus salidas con su mejor amigo, al que bautizó como

“C”

y de las múltiples travesuras que hicieron en su juventud. Le dijo que su loa era Bethekk, haciendo que la dualidad entre ambos fuese más llamativa, siendo ella de Shirvallah.

La noche y el día.

– Como si la situación no se pusiese más interesante – carcajeó él, más tranquilo.

– Tribus enfrentadas entre sí, con loas cazadores, macho y hembra… – enumeró ella, también en calma. – Sin lugar a dudas, el destino ha sido muy irónico con nosotros dos –.

– Incluso divertido, según quien lo mire. Shadra seguro que lo ve así –. Suspiró nuevamente, mordiéndose el labio. – ¿Cuándo te podré volver a ver? –.

Con expresión sorprendida, ella se quedó con la expresión congelada, haciendo que la espera se le hiciese eterna.

– Dentro de cinco lunas, a partir de ésta, al mismo sitio. Nos tenemos que asegurar de que no nos vean juntos –.

– Hecho, te veré ese día, no lo dudes –.

“¿Qué vakks estoy haciendo?”

No solo iba a volver con las manos vacías, sino que debía digerir lo que acababa de ocurrir. Se estaba arriesgando demasiado en enfurecer a su tribu, como si tratar con su tío enfermo y envilecido por la amargura, no fuese suficiente. Evitar seguir en compañía de Azura le resultó ser todo un reto, porque su cuerpo le decía que se quedase más, que tratase de conocerla… e incluso preguntarse si realmente podría amarla, en caso de que aquel hilo rojo la uniese como riva’dim o como un igual en alma.

Hablar con su ma’da cuando algo le perturbaba siempre le daba una sensación de confort, a quien nunca le ocultaba sus pesares, como aquella vez que le abrazó como una eternidad, sin hablar, mientras él lamentaba la muerte de su primer amor en manos de los

sangrapellejo

. Tenía diecisiete cuando sucedió, aunque pudo vengarse de sus verdugos arrancándoles los ojos, con ayuda de su hermano Maruk y de Corgha, dejándolos desangrarse o a merced de las bestias.

Pero conocer a una trol de sus grandes enemigos cambiaba las cosas, no podía arriesgarse a contarle algo tan delicado a su propia madre. No por miedo a su rechazo, sino para no meterla en una situación tan peligrosa. Bana fue descartada enseguida, por muy experta en amores que fuese, y en sanar heridas tanto físicas como de espíritu, la confianza era menor y otro riesgo a que lo contase inmediatamente a Gunkra’jin.

Corgha era su chaa'ei, pero como a ambas nombradas, no quería exponerlo, decidiendo mantenerlo en secreto, por mucho que sintiera el peso de sus mentiras cara a su gente. El consuelo era que esto lo estaba haciendo para comprender su propio destino, unido por fuerzas que él no conocía, a una hembra que podría ser su perdición o su alma gemela.

– Tan solo escuchar su nombre me fascina – se dijo a sí mismo, ya en su montón de pieles donde dormía, sin querer ver a nadie. – ¿Por qué los loas han decidido esto? ¿Qué planes tienen para los dos? –.

Su mente viajó hacia el lugar donde había estado antes. No tenía imágenes claras, pero sí colores y figuras que daban vueltas, de todo tipo de tonalidades. Lo que parecían dos melenas – una rojiza y otra negra – se fundían entre un mar de flores y flora que les ataba los cuerpos. Dos perlas borrosas que parecían ser sus sonrisas vistas desde la lejanía de su onírica visión, ansiaban acercar sus bocas y terminar de unirse a una sola sombra, para toda la eternidad.

Al despertar de aquel sueño, se quedó con una sensación de pesar, incluso dolorosa, que le oprimía el pecho. No sabía qué hizo en otra vida para merecerse pasar una situación así.

– Za’ur – le llamaron. Yiya estaba sosteniendo un trozo de pan con carne recién cocinado en fuego de hoguera. – Tu hermano y Corgha ya están desayunando –.

– ¿Corgha está aquí también? – preguntó, aunque no le extrañaba en realidad. Era uno más en la familia.

– Creo que he sido lo suficiente clara dándote la respuesta antes – bromeó su ma’da. – Ven, te espera un día movidito –.

– ¿Por qué? –.

– J’enzho está gruñón y el jin quiere verte –. Za’ur tragó saliva.

– Lo que me faltaba, ahora tengo que lidiar con ese maldito calvorota zagota de mal yuyu – se quejó llevándose ambas manos a la cara, estirando sus párpados hasta los pómulos –.

– Bueno, aparte de este suceso, no tendrías que quejarte, que siempre has estado tranquilo con tus viejas juergas y con los catres que has visitado – siguió Yiya entre bromas, extrañando a Za’ur, dada la tensión de lo que estaba por ocurrir.

– No ha sido tanto, exagerada – resopló. – Pero a lo que vamos, ¿no te preocupa? –.

– Si J’enzho está cabreado, malo no será, piensa –.

Algo de razón tenía.

“Aunque si me expulsaran de la tribu y me convirtiese en fon, quizá podría estar con Azura sin miedo…”

“¡No! Deja de decir vasks, zagota.”

– Ojalá sea eso y no porque vayamos a salir escaldados los dos por igual. Gunkra’jin tratando de ser más cauto a quienes mantiene a su lado me parece un buen paso hacia delante… pero lástima que no me lo crea –.

Yiya movió la mano que sostenía el pan.

– Ya hablaremos cuando estemos reunidos, ahora levanta de ahí y termina de vestirte, que tengo hambre y no quiero que tu hermano se coma mi parte –.

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