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Español
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Published:
2024-09-04
Words:
121811
Chapters:
19/?

Una nueva oportunidad

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Work Text

El vacío blanco fue todo lo que sus ojos pudieron ver en cuanto despertó, pero el joven adulto no tenía idea de dónde podía estar. Su cabeza estaba hecha un desastre en ese momento, perdiéndose su mente en una maraña de recuerdos, confundiendo lo que había ocurrido años antes con lo que le había llevado a aquella situación. Tardó minutos, horas, en recomponerse del todo, pero recordaba con claridad su nombre… Edmund Pevensie. Y su título nobiliario en otro mundo, lejano y cercano a la vez; Rey Edmund… el Justo. De alguna manera, sabía que había muerto. Todo lo que se encontraba ahora en su cabeza era un tren descarrilando. Y luego, nada más que oscuridad. Los amigos de Narnia habían fracasado en su misión. Era imposible sobrevivir a un accidente así, y sin embargo, todavía se sentía con vida. En aquel vacío blanco, una infinidad de nieve lo rodeaba en cualquier dirección a la que observara. Por primera vez, en muchos años, se sentía en completa soledad, un sentimiento que ahogaba su corazón. Sin Peter, sin su primo Eustace, sin su hermana pequeña… Lucy. “¡Lucy!” Gritó a pleno pulmón, después de levantarse con todas sus fuerzas. “¡Lucy! Hermana, ¿dónde estás?” El corazón de Edmund se encogió de miedo. Peter y él podían defenderse solos, eran muy buenos combatientes. Las lecciones de Oreius el centauro con la espada, el escudo, la lanza y el hacha habían forjado su cuerpo para la batalla a muy temprana edad. Su hermana era muy valiente, aquello nunca lo pondría en duda. Pero Lucy… era su hermana pequeña. Debía encontrarla y protegerla, porque era su deber como su hermano mayor, además del afecto que sentía por ella. El miedo enturbió su vista, y empezó a correr por todo el lugar, gritando con todas sus fuerzas el nombre de su hermana, y el de su hermano mayor.“¡Peter, Eustace! ¿Dónde estáis?”Si encontrase a Peter, sería más fácil encontrar a Lucy. Peter sabría qué hacer. O a su joven primo Eustace Scrubb, también podría ayudarlo. Algo dentro de sí mismo se lo gritaba. Su mente divagaba, hasta que finalmente, tras lo que se sintió como una eternidad corriendo, escuchó a sus espaldas un rugido atronador que le hizo caer sobre sus rodillas de la impresión. Y su corazón se colmó de un único sentimiento, no de miedo, ni de pánico, sino de esperanza y de valor. Aquella tonalidad la reconocería siempre, en cualquier mundo al que hubiera viajado. Se giró con lágrimas en los ojos, con su corazón más calmado, liberado en gran parte de la carga de la angustia.  Al ver la melena dorada y los ojos del color del oro fundido, su corazón encontró paz de forma momentánea. El majestuoso león se acercó a él con pasos lentos, cerrando la distancia entre él y el muchacho. Era tan enorme como recordaba, Aslan se erguía con majestuosidad sobre todo lo que Edmund hubiera visto alguna vez en su vida.  “Edmund Pevensie.” La voz de aquel ser era algo capaz de hacerle llorar.  Recordando tiempos pasados, en los que junto a sus hermanos, eran reyes de Narnia, desde Cair Paravel. “Lucy está bien. Peter también, y tu primo Eustace y su amiga. El profesor Kirke y su compañera, también. Están a salvo, muchacho.”  “Aslan.” Edmund se acercó más y abrazó la enorme cabeza del felino, mientras sus ojos seguían llorando aquellas lágrimas de angustia liberada. El león había sido su guía en la infancia, cuando con 9 años, entró a Narnia por primera vez. Edmund entonces era un niño que cometía muchos errores después de cambiarse de hogar y de escuela por la maldita guerra, y había sido cruel, abusivo y mentiroso, especialmente con su hermana Lucy.Fue él quien se dejó engañar por Jadis, la Bruja Blanca. Y traicionó a sus hermanos, algo de lo que se arrepentiría toda su vida. Todo por el precio de unas delicias turcas. Delató al señor Tummnus por aquellos dulces, y Aslan murió en la Mesa de Piedra, por su culpa.  “Ha renunciado a su derecho sobre la sangre del hijo de Adán.” Recordó como el león habló en el campamento, intercambiando en secreto su vida por la de Edmund. Entregando su vida a la mismísima Bruja Blanca por la de un traidor. Y todo porque había sido un niño tonto con delirios de grandeza. Y aún así, Aslan lo había perdonado, lo acogió en su campamento, y lo aceptó como uno más de su ejército.Participó en la Batalla de Beruna, donde derrotó a enanos, diablos, lobos, arpías, hombres lobo y minotauros. Y también atacó y quebró la varita de la Bruja, impidiendo que pudiera volver a usarla contra otros seres vivos, aunque aquello también provocó que Jadis lo hiriera de muerte. Pero Lucy logró curarlo con el licor de flor de fuego, y sobrevivió. Y durante 15 largos años, gobernó junto a sus hermanos desde el castillo de Cair Paravel, a orillas del Mar Oriental.  “Has tenido miedo, muchacho, pero todo está bien. Estoy contigo siempre, Edmund, no te preocupes, ya nada puede hacerte daño.” Aslan volvió a hablar. Cada palabra era un bálsamo para el atribulado corazón de Edmund, al menos, hasta que siguió escuchando al gran león, que habló con tristeza. “Has muerto, muchacho.”  Aslan le había confirmado la noticia que, de alguna forma, ya sabía. Fue entonces cuando los recuerdos se hicieron más nítidos. Edmund estaba en el andén de la estación con su familia y con los otros amigos de Narnia. Ocurrió una catástrofe, la maquinaria del tren descarriló, y en mitad del accidente había tratado de proteger a su hermana pequeña. Casi había agarrado a Lucy del brazo antes de sentir como el tren lo aplastaba contra la pared, pero un segundo antes de ello, había escuchado el grito de terror de Peter y del primo Eustace. Luego, el vacío blanco. “Pero, si estoy muerto, entonces… Peter, Lucy…” El león asintió con una mirada triste. 
“También han fallecido. Todos los que estaban contigo, incluidos tus padres, Edmund. Al menos, habéis muerto en tu mundo, pero el viaje no concluye aquí. La muerte es otro sendero que todos han de recorrer. Tus hermanos irán a Narnia de nuevo. A la verdadera Narnia, a mi país, donde esperan los castores, Tumnus, Caspian y Reepicheep. Irán a la verdadera Narnia, a la Narnia inmaculada. Pero tú no, no todavía.”
 Edmund se sorprendió por lo que dijo el león. Por un momento, se sintió agraciado. Sus hermanos estarían bien en Narnia, pero… lo que había dicho Aslan lo excluía a él. ¿Por qué? Tenía tantas preguntas que hacerle. 
“Peter, Lucy, Eustace, Jill… el profesor Kirke y Polly. Todos ellos irán al paraíso que es mi tierra, porque no tienen deudas con nadie, ni siquiera con ellos mismos. Pero tú no, Edmund. Fuiste perdonado por los errores del pasado. Yo te perdoné, tuvimos nuestra charla sobre el arrepentimiento, y sin embargo, no fuiste capaz de perdonarte a ti mismo. Tantos años después, sigues sin ser capaz de perdonarte ahora. Veo en tu interior, que no sientes amor alguno por ti mismo. Sólo desprecio, vergüenza, y falso orgullo. Todo el amor que emana de tu ser está dirigido a tu familia, Edmund.”
 Edmund miró a Aslan a los ojos, y comprendió que el león estaba escudriñando su alma, como si fuera un libro abierto. Trató de hablar, pero las palabras se murieron en su garganta, y las lágrimas que había dejado de llorar previamente volvieron a brotar de sus ojos. “No soy digno de ti. Nunca lo fui.” Edmund habló con voz rota, empezaba a moquear. Se veía patético a sus propios ojos, si le colocaran un espejo delante, podría ver su reflejo. 
“No te atrevas a decir eso nunca, Edmund Pevensie. Porque no es verdad.”
 Ante las palabras y el tono de voz de Aslan, Edmund sintió temor. Se sentía miserable, como nunca antes. 
“No tengas miedo, muchacho. Nunca te haría daño…”
 Aslan dejó que el joven adulto derramara sus lágrimas, hasta que pudiera calmarse un poco. 
“Veo el amor que sientes por tus hermanas y por tu hermano. Por tu primo, por tus padres. Y por las criaturas de Narnia. Edmund, eres un buen hombre que ha cometido errores… Levanta la mirada, hijo de Adán.”
 Edmund terminó obedeciendo. Alzó su mirada, encontrando los ojos dorados del león. Los ojos del humano estaban enrojecidos de tanto llorar. “Ciertamente, no voy a dejarte entrar a la verdadera Narnia hasta que aprendas a amarte en lugar de alimentarte con autodesprecio. Pero tampoco puedo devolverte a la Tierra, y no es mi deseo dejarte solo en este vacío blanco, Edmund.” Aslan rugió levemente, el aire cálido agitó el cabello oscuro de Edmund. “Así que lo que haré será darte una alternativa a este mundo blanco. Hay otros mundos aparte del tuyo y del mío, Edmund. La creación es inabarcable. Extensa como el firmamento, y en uno de esos mundos podrías iniciar una nueva vida, con nuevas oportunidades, no como una prueba, sino para que aprendas a quererte. Que veas tus propias virtudes.” El león se quedó callado por un momento, antes de seguir.“Hay un mundo en particular que necesita ser salvado del invierno eterno. Algo incluso peor que la Bruja Blanca y sus 100 años de invierno, pues la victoria de los Otros conducirá a su mundo a un único destino, el frío eterno, e insondable. Un mundo que, si bien tiene algunos elementos en común con Narnia, no es para nada el lugar en el que gobernaste una vez. Es un sitio con gente honorable y a la vez traicionero, lleno de personas con ambición desmedida, tiranos, y héroes solitarios. Un mundo en el que la gran mayoría bailan al son del juego de poder, aunque ellos lo llaman el juego de tronos. Pero es decisión tuya, Edmund, no te obligaré a aceptar ese destino si tú no lo deseas.” Edmund se quedó quieto cuando escuchó la alternativa. Sonaba como una misión extremadamente peligrosa, y encontró miedo en su corazón. Pero al lado de ese miedo, también había dudas. “¿Podré volver a ver a mis hermanos?” Edmund preguntó. Y Aslan asintió. “ Los verás enseguida, y podrás hablar y despedirte de ellos, si eso te ayuda a decidir. ” Aslan asintió antes de rugir con tal bravura que Edmund sintió como el vacío blanco se rasgaba en torno a él… Como si rayos y truenos explotaran a su alrededor, cerró los ojos y se tapó los oídos. Todo aquello sucedió en unos pocos segundos. “¿Cuándo vas a crecer un poco, Ed?” La voz de Peter le hizo abrir los ojos. Fue entonces que sucedió el reencuentro. Ahí, frente a él, se encontraban sus seres queridos. Al menos, los que habían fallecido en el accidente ferroviario, pues Susan no se encontraba presente. Lucy también estaba allí, y Eustace, así como sus padres. Se levantó para abrazarlos a todos, y el grupo se cerró en torno a él. Les dijo cuánto los quería, a todos. A su familia, incluso a Eustace, aunque a veces fuera un primo insoportable, seguía siendo su primo. “Tengo miedo, y dudas… no sé qué decidir.” Confesó Edmund, despojándose de su casi inexistente orgullo. Peter le colocó la mano en el hombro, con confianza. “Pase lo que pase, eres mi hermano, Ed. No lo dudes nunca. Te queremos, como tú nos quieres.” “¡Eso! Peter tiene razón.” La voz de una adolescente Lucy, de apenas 16 años, brotó con alegría. “Aunque no te gusta que así sea, él la tiene. Ed, te queremos. Más allá de porque eres nuestro hermano, es porque eres una buena persona. Y esa es la verdad, aunque tú mismo no puedas verla.” Lucy se acercó a Edmund para abrazarlo.  Y Edmund respondió, para que luego Lucy fuera junto a Aslan. “Además, Aslan te nombró Rey Edmund, el Justo. Porque has aprendido de tus fallos y no has vuelto a cometer los mismos errores, y gobernaste con justicia, ¿o me equivoco?” Eran las dos personas más importantes de su vida. Lu y Peter. Eran sus hermanos, y le estaban hablando de virtudes que decían que tenía, pero que él mismo era incapaz de ver. “Cierto, primo. Además, también eres quien me enseñó a ser valiente, menos molesto y antipático. Bueno, también Reepicheep… Las cosas extraordinarias solo le suceden a personas extraordinarias, Edmund. Quizás debería consultarlo con Lucy, ella es más abierta que tú.” Una sonrisa infantil se dibujó en el rostro de Eustace Scrubb, pero Edmund no le devolvió la broma. En sus ojos, podía ver que Eustace se entristecía de haber muerto. Pero también veía la alegría de ir a Narnia otra vez, y estar junto a su amigo ratón. Un ratón que enseñó a un niño  a crecer y volverse un hombre, aunque también se transformó en dragón durante la aventura. Edmund recordó aquella aventura con una sonrisa. Hablaron durante varias horas, logrando calmar un poco la ansiedad que reptaba dentro de Edmund, ya que pudo hablar con todos. Le pidió consejos a sus padres y a Peter, y recibió ánimos de parte de Lucy y Eustace, de tal manera que, cuando llegó la hora de la despedida y todos partieron, Edmund se quedó nuevamente solo con Aslan. “ ¿Te sientes mejor, muchacho? ” “A decir verdad, si. Me siento… liberado de gran parte del peso que llevaba dentro. Mi pecho se siente liviano, ligero, pero…” “ ¿Pero? ” Aslan mantenía su mirada serena y calmada, como si supiera por lo que pasaba por la cabeza del muchacho, y Edmund dejó de observarlo, dirigiendo su mirada a su derecha. “Sigo teniendo miedo. El mundo del que me has hablado parece miserable, y sin salvación posible, como… como yo.” “ No digas eso, muchacho .” Dijo Aslan, acercándose nuevamente al hijo de Adán. “ Está bien tener miedo, pero no por ello debes pensar que tú o ese mundo no merecen la salvación .” Edmund asintió levemente, y abrió la boca para preguntar dudas que tenía sobre aquel mundo. Había decidido en su corazón que viajaría a aquella especie de oportunidad, más allá de para salvarse a sí mismo, para poder ayudar a personas, pero Aslan lo interrumpió. “ Tendrás que aprender del mundo al que vas desde niño. Porque ahí tendrás una nueva vida, empezando desde la misma concepción. Poca información puedo darte, Edmund, ya que tienes que hacer este viaje por ti mismo. No por nadie más, ni siquiera por mí. Ve a ese mundo, vive, progresa, haz amigos, y aumenta a tu familia. Protege el mundo, a los seres queridos y la nueva familia que allí tendrás. Guarda a Peter, Lucy, Susan, Eustace, y a tus padres en tu corazón, y atesora tus memorias. Tendrás un nuevo nombre, un nuevo cuerpo, y una familia y vida totalmente diferente a la de Narnia o a la de tu mundo, aunque vas a un lugar medieval con gente que cabalga dragones, te aconsejo que actúes con sabiduría .” Cuando escuchó todo aquello, Edmund se quedó perplejo. ¿Una nueva familia? Como si pudiera tener otro hermano al que admirar como a Peter, o una hermana que fuera de mente tan perspicaz como Susan o tan curiosa y de corazón tan sincero como Lucy.  Además de todo eso, ¿dragones? Su primo se había convertido en dragón, pero conservaba la inteligencia humana. Un dragón salvaje sería peligroso, pero uno domado por alguien de gran ambición y sed de poder sería el equivalente a las bombas atómicas de Estados Unidos, empleadas en la guerra. ¿Y Aslan lo iba a enviar a un lugar así? Aquello podía ser considerado el mismísimo Purgatorio. “Pero Aslan… El lugar del que me hablas es…” Edmund se encontraba mejor que antes. Pero eso no impedía que lo que acababa de escuchar le generase nuevas dudas y miedos que antes no tenía. El león pareció sonreír, antes de interrumpirle nuevamente.  “ No pienses que te enviaré a un mundo desconocido sin nada, Edmund .” Dijo el magnífico león antes de hacer un leve gesto con la cabeza. Edmund entendió el mensaje, y miró detrás de él, sobre su hombro. Escuchó cascabeles, renos, y vio a un hombre vestido de rojo, gordito y sonriente, con una característica barba nívea que le cubría hasta el pecho. Era Papá Noel. O Santa Klaus… no recordaba cómo referirse a él. “Al fin he llegado, pequeño Edmund.” El hombro sonrió, y también ladeó la cabeza, en forma de reverencia. “Aslan. Traigo lo que me pediste.” Edmund se quedó callado, quieto, ante la solemne y pacífica presencia del hombre de rojo. De los 8 renos marrones colgaban cascabeles, y el trineo era inmenso, con un saco igual de grande, lleno de todo tipo de regalos.  El hombre se giró y bajó con sorprendente facilidad la enorme carga del trineo, como si su peso fuera el de una pluma. “Recuerdo que fue hace mucho tiempo, cuando les di los regalos a tus hermanos, al final del invierno de la bruja.” Empezó a sacar cosas del saco. Juguetes nuevos y relucientes hechos de madera tallada, cajas de música con detalles artesanales, además de pasteles, bollería, y otros glaseados típicos de Navidad. “Brindásteis esperanza a Narnia, aunque no recuerdo haberte hecho un regalo, joven Edmund. Ven, acércate.” Edmund dudó por un momento, pero Aslan le empujó por la espalda levemente, usando su pata. Edmund tropezó, aunque recuperó el equilibrio. Se encontraba nervioso, y tragó saliva. Papá Noel sacó entonces 3 objetos del saco. Tres obsequios que reconocía perfectamente. “Tus hermanos usaron sus herramientas con sabiduría, Edmund. Ahora, es tu turno de usarlas. Recuerda que son herramientas, no juguetes.” Le pasó el frasco de cristal con forma de manzana, con un tapón de león dorado, lleno hasta el tope de líquido rojo. La bolsa de cuero rojo rodeaba el frasco, y se podía ajustar a un cinturón. “Esto lo conoces bien. El líquido de la flor de fuego, capaz de curar cualquier herida o enfermedad, incluso de aquellos al borde de la muerte. No sé si a donde vas puedes encontrar flor de fuego, así que úsalo con prudencia, pues tendrás usos limitados. No es una bebida, es una medicina. Espero que le des buen uso.” Entonces, Papá Noel le entregó el vial, y en su mano ahora descansaba otro objeto.  El cuerno era blanco, de marfil puro, con un detalle de oro alrededor de la boquilla, y la boca ancha tenía forma de cabeza de león. “Sopla este cuerno en momentos de necesidad, y estés donde estés, alguien, humano o bestia, acudirá en tu auxilio.” Edmund guardó ambos objetos, agradecido y en silencio solemne, antes de recibir el último regalo. El que mejor conocía, pues él mismo tuvo que empuñarla en más de una ocasión. “Tu hermano no la necesita allá donde va, Edmund. Pero en un mundo en el que hay guerra constante, es bueno tener entre tus manos un arma de gran calidad. Llegará el momento en que tengas que empuñarla, en defensa de lo que es justo, de tu propia vida, o la de otros. Rhindon, la espada del Rey Peter, el Magnífico.” Edmund tomó la espada que el hombre le entregó. La vaina estaba forrada en piel de cabra, el pomo era dorado con la figura de cabeza de león, un anillo dorado separaba en dos mitades la empuñadura, recubierta en tela roja, y el filo brillaba con el color de la plata.  Era la espada que Peter usó en Beruna, y más tarde como rey. Había permanecido mil años en Cair Paravel, y aún en los tiempos de Caspian, no había acumulado óxido o perdido su filo. Y a pesar del paso de los años, era de un tamaño adecuado para que Peter o Edmund pudieran usarla, como si creciera con ellos. Una espada que hacía parecer de juguete a las de acero telmarino, y tenía grabados a los lados en narniano antiguo oraciones de esperanza. 
Cuando Aslan muestra sus colmillos, el invierno encontrará la muerte.
 
Cuando agite su melena, a nosotros volverá la primavera.
 Edmund miró al león y al hombre de los regalos, con sus ojos azules llenos de agradecimiento. Sin ser capaz de hablar, las mejillas con las marcas de lágrimas que habían recorrido la piel. Aslan no necesitaba escuchar palabras para saber que el joven Edmund agradecía de corazón aquella nueva oportunidad, y aquellos presentes tan valiosos. Papá Noel empezó a reírse, agitando la barba blanca y mostrando las mejillas rojas. “Miles de Navidades he vivido, y siempre veo las mismas caras. Puede que algunos crezcan y se vuelvan adultos huraños, pero la magia de recibir un regalo sincero y de agradecer dicho regalo no muere nunca.” Fue lo último que dijo el hombre, acariciando a uno de sus renos.  “ Edmund, antes de que te vayas, recuerda que hay gente buena y mala allí donde vas. Pero también hay muchos que, simplemente, están a medio camino, entre uno y otro. Es un mundo de grises, Edmund, debes aprender a distinguir qué gris es más blanco o negro.” Aslan se colocó en posición, antes de rugir hacia Edmund. Un aliento cálido rodeó al muchacho, quien seguía sosteniendo la espada envainada con ambas manos. Notó como el calor se introducía dentro de su ser, en su cuerpo, y en su alma. Cerró los ojos debido a la potencia de aquel hálito. “ Cuenta con mi valor, hijo de Adán. Siempre, allí donde estés, recuerda que estoy caminando a tu lado.” La voz seguía siendo potente, pero Edmund sintió que empezaba a sonar lejana. Y además, se sentía arrastrado hacia algún lugar. A través del espacio y el tiempo, de una forma muy distinta a cuando atravesó el armario de la casa del profesor Kirke. Abrió los ojos, y Aslan ya no estaba. Tampoco Papá Noel o sus renos. Volvía a estar solo, en un vacío negro, y además, inmóvil. Además, sentía que no tenía consigo los regalos de Papá Noel. Aunque su mente amenazó con el terror de estar solo otra vez, y sin nada para defenderse, su corazón y su fe refulgían con el calor del aliento de Aslan, y con el amor que tenía por sus familiares y amigos. Intentó respirar, trató de abrir la boca. Y aunque no pudo hacer nada de eso, algo dentro de él lo terminó tranquilizando.   “Descansa, Hijo de Adán.” Podía escuchar dentro de su propia mente, y decidió obedecer. Cerró los ojos, y entró en un largo sueño.

----- CHAPTER BREAK -----

A mediados del año 114 después de la conquista de Aegon I. Alicent Hightower
 Alicent Hightower se quejó de los dolores de parto durante horas. Empujó mientras la matrona y sirvientas asistían al alumbramiento de otro hijo. El cuarto de su matrimonio con Viserys I, actual Rey de Poniente. Sentía que sudaba demasiado, más que en los otros partos. Estaba siendo una situación complicada. Escuchaba de la matrona que el niño venía en mala posición. Podría ser que tuvieran que abrirla para sacar al bebé. Y sintió miedo, mucho miedo. “¡¡¡NGHHHAAAAAAHHHHH!!!” Gimió de dolor, a punto de llorar. Sus manos apretaron las sábanas, y quedó al borde de la inconsciencia. Estuvo a punto de desmayarse, pero a base de rabia y de orgullo, aguantó el parto con tenacidad. Ya había alumbrado a dos niños y a una niña, este no sería distinto. Sintió como de repente gran parte de sus esfuerzos habían terminado, escuchando los murmullos de las doncellas."Es un niño." Escuchó además del llanto del niño."Felicidades, alteza. Tiene buenos pulmones, y parece sano." Dijo el Gran Maestre, mientras que la matrona acunaba entre sus brazos al niño recién nacido, tratando de calmar el llanto.Y notó entonces que aquella mujer le acercaba a su hijo al pecho. Pelo plateado, pelo de Targaryen. No como el hijo de Rhaenyra, nacido un mes antes. El niño al que habían llamado Jacaerys Velaryon había nacido robusto y con el pelo y ojos castaños. Nada de la esbelta constitución valyria, los ojos violetas o los pelos plateados que tenían tanto Rhaenyra como Laenor Velaryon. Ella lo sabía, el hijo de Rhaenyra era un bastardo. ¿Quién era el padre? Ni lo sabía, ni le importaba. Tenía sus sospechas con Sir Harwin Strong y con otros 20 caballeros de la corte cercanos a la Delicia del Reino, pero no podía confirmarlas del todo. Tampoco era como que la identidad del padre tuviera que ser descubierta para saber que Jacaerys era un bastardo. Al contrario que su tercer hijo, que entre sus brazos se sentía liviano. Fue entonces cuando pudo sostenerlo finalmente contra su pecho, observó el cabello de plata y los ojos… azules. No era el violeta Targaryen o el color del índigo. Tampoco era de verde oscurecido como los suyos. Aquellos ojos eran totalmente azules, como estanques profundos. El niño que recién había nacido la miraba directamente, casi sin llorar. Como si la estuviera observando con nitidez, y durante un momento de silencio, la abrumó. Le estaba manteniendo la mirada y había ganado. Alicent solo se desmayó poco después, agotada por todo el trabajo de parto.

“Es un niño precioso, Alicent.” Fueron las primeras palabras que pudo oír de su marido, el rey Viserys I Targaryen.  “Se lo agradezco, esposo.” Dijo Alicent, todavía con cansancio, en la cama. “Y parece bastante sano, me lo han comunicado el Gran Maestre y la matrona.” Nuevamente el rey habló, con los ojos fijos en el niño a la par que lo acunaba. “Necesitará una nodriza. Mi nieto, Jacaerys, tiene una edad muy cercana, solo uno o dos meses de diferencia. Compartirán nodriza.” La decisión estaba tomada, y Alicent no podía evitarlo. Su hijo más joven, un príncipe de la realeza, tendría que alimentarse junto a un bastardo. Tolerar aquel insulto la obligó a hacer acopio de toda su paciencia. Le había dado 3 hijos y 1 hija a Viserys, pero él parecía totalmente hechizado por su hija mayor, su antigua amiga, Rhaenyra Targaryen. “Si ese es tu deseo, así se hará, esposo.” Dijo Alicent con falsa amabilidad, si es que podía mostrarla del todo. Por suerte, su marido era fácil de complacer en ese sentido. Aegon y Aemond serían mejores compañeros para el pequeño Daeron que ese joven bastardo, pero por entonces, le daría el placer a su esposo de que su hijo y su nieto fueran alimentados por la misma nodriza.La misma leche alimentaría a un príncipe y a un bastardo.

Edmund Pevensie/Daeron Targaryen
 Estaba terriblemente cansado. El esfuerzo de nacer había supuesto a su cuerpo un agotamiento que nunca antes había sentido. Parecía que dormía durante todo el día, salvo cuando despertaba para comer. Durante el primer mes de vida, ni siquiera era consciente de su propio entorno. Solo estaba seguro de una cosa.  Él era Edmund Pevensie. Daba igual el nombre que le hubieran dado en este mundo, una parte de él siempre sería Edmund Pevensie. Pero eso no impediría que viviría esta vida buscando la redención que no pudo alcanzar en la anterior. Aprovecharía la oportunidad que Aslan le había dado, y salvaría a aquel mundo, y a sí mismo. Su visión era borrosa, y pocas eran las actividades que podía hacer con su cuerpo. Comer, dormir, y llorar. Cuando cumplió el mes de vida, empezó a fijarse más en el ambiente. Todos los días era alimentado por una mujer que no se trataba de su madre, sino de una sirvienta que también se dedicaba a amamantar a otro niño. “Príncipe Jacaerys Velaryon.” “Príncipe Daeron Targaryen.” Eran nombres diferentes. Daeron era el nombre que le habían puesto, si no se equivocaba, y el otro era el del chico que estaba con él. Eran príncipes, pero no compartían apellido, y tampoco rasgos físicos. El otro niño era robusto y de ojos muy castaños. ¿Acaso eran personas de la realeza de distintos reinos? La duda no tardó en resolverse. Era un par de meses más pequeño que el príncipe Jacaerys, pero de hecho se trataba de su tío, ya que el príncipe de cabello oscuro era el primogénito de su hermana mayor, Rhaenyra. Era extraño, sabía que tenía padre, pero sentía que su progenitor no le prestaba atención a él, sino que tenía más atenciones con su nieto. Lo interpretó como algo normal. Es más fácil ser un abuelo cariñoso que un padre cariñoso. Además, Viserys tenía un aspecto viejo, aunque según los comentarios que escuchaba, no tenía todavía los 40 años, pero le faltaban 4 dientes y 2 dedos. Afecciones que el líquido de flor de fuego habría curado con una gota. Los meses pasaban, y trataba de estar despierto la mayor cantidad de tiempo posible, para poder escuchar las conversaciones a su alrededor. Su entorno era el de un palacio que muchos consideraban digno de reyes, pero a su vista era considerablemente más pequeño y con menor magnificencia que Cair Paravel. Se llamaba el Torreón de Maegor, un bastión dentro de la Fortaleza Roja, el verdadero castillo de los reyes en la ciudad capital del reino, Desembarco del Rey. Donde su ancestro Aegon y sus hermanas empezaron su conquista. Aprendió que el continente que gobernaba su familia estaba dividido en varias provincias del tamaño de países, y que la casa Targaryen había conquistado todo el continente, a excepción de los desiertos y montañas de Dorne, territorio del sur más lejano, empleando a sus dragones. Las Grandes Casas Stark, Arryn y Lannister sobrevivieron a los Targaryen y pasaron de ser reyes de sus dominios a ser grandes señores. Los Greyjoy, los Tully, los Tyrell y los Baratheon habían ascendido a esa posición después de que las casas gobernantes anteriores fueran arrasadas bajo el fuego de dragón.  Dragones. Él mismo tenía un huevo de dragón, una enorme figura redondeada con escamas diminutas y de color azul cobalto, pero con detalles de cobre. Lo habían puesto al lado de su cuna, era lo primero que veía al despertar, y lo último que observaba al irse a dormir, si es que no llegaba dormido a su cuna. Los brazos de Alicent, su madre, eran realmente cómodos. Parecía que su familia controlaba a los dragones, que cada miembro de su familia tenía su propio dragón. El dragón de Viserys había muerto 20 años atrás, pero su tío Daemon montaba a Caraxes, una bestia roja, delgada y enorme, según escuchaba de la gente que conversaba en la corte. Una criatura con la que había ganado una guerra en un archipiélago cercano.  Incluso sus hermanos mayores, Rhaenyra, Aegon y Helaena, tenían sus monturas en edad de crecimiento. Syrax, una dragona que ya había puesto huevos, Fuego Solar, un dragón hermoso y joven de escamas doradas, y Fuego Ensueño, una hembra enorme y azul que tenía más de 80 años, y era superada por pocos dragones en tamaño. Al parecer, su media hermana Rhaenyra era la heredera al trono, pero por otro lado, había muchos partidarios de colocar a Aegon, el hermano mayor de Daeron, en el poder. Entre ellos, su familia materna, los Hightower. Sin embargo, había un pensamiento que no abandonaba la cabeza de Edmund. Aslan lo había enviado allí como una nueva oportunidad en la vida, y además, para salvar aquel lugar. Tendría que aprender todo lo que pudiera, especialmente, sobre aquellos que perturbaron al mundo en tiempos pasados y volverían a hacerlo en el futuro. Aquellos que eran como la Bruja Blanca debían ser eliminados. Y para ello, debía informarse. Era evidente que los dragones serían de gran ayuda en un conflicto así, recordaba que Jadis había podido eliminar fácilmente la barrera de fuego del fénix, en Beruna. Quizás los dragones eran capaces de crear un fuego superior al del fénix, o quizás, los llamados Otros tendrían menor poder bruto que la Bruja Blanca. Edmund no tenía forma de saberlo. Solo sabía que no iba a dejar que aquel mundo tuviera un destino tan cruel como un invierno eterno, en el que solo encontrarían muerte. Sus hermanos y él salvaron a Narnia. Ahora, él estaba solo, con poca confianza, en un cuerpo vulnerable. Y sin los regalos de Papá Noel. Los había perdido por el camino, pues la transición de un mundo a otro le había arrebatado sus regalos, aunque de cierta forma podía sentirlos. Como si de alguna manera, su nuevo cuerpo tuviera algo mágico. No era capaz de comprenderlo, pero ahí estaba. Solo, en un cuerpo nuevo, y sin regalos.  Pero su mente seguía despierta, con todos sus recuerdos como gobernante almacenados en la parte más profunda de su cerebro, y las enseñanzas marciales del general Oreius vivas dentro de él. Pero más allá de todo aquello, en su corazón, sentía el calor del hálito de Aslan. "Siempre estoy contigo, muchacho." No le hacía falta nada más.

Año 118 después de la Conquista. Patio de armas de la Fortaleza Roja.
  En los 4 años que habían pasado desde la llegada de Edmund a aquel mundo, había logrado acostumbrarse a su nuevo nombre. Daeron Targaryen, en cierta manera le gustaba, sonaba melodioso, valiente. Como si fuera el nombre del protagonista de un relato de caballeros, o el de un héroe de épocas pasadas. Dedicó gran parte de su tiempo consciente al estudio, aunque esto se reducía a cuentos del folclore de Poniente, debido a su edad. En ese tiempo también se había dado cuenta de que sus hermanos poco podían compararse a Peter, y definitivamente, sus hermanas no eran como Lucy o como Susan. Eran muy distintos, aunque eso no tenía que ser necesariamente malo. Helaena era distante, como si viviera sumida en una constante melancolía. Tenía chispas de felicidad, momentos que eran tan fugaces como algunas estrellas brillantes que surcaban el cielo. Tenía un especial gusto por los insectos, las mariposas, y un amor profundo por su dragona, aunque todavía no la había montado. Sin embargo, el vínculo entre humano y criatura era evidente, y era feliz cuando frente a ella ponían un pastel de limón.  Rhaenyra era una muchacha joven y orgullosa de unos 21 años en aquel momento, que gustaba de vestir sedas y terciopelos de las llamadas Ciudades Libres. Daeron sentía que gran parte de la personalidad de Rhaenyra se basaba únicamente en que era la heredera al trono, y en que era madre de 3 niños. Jacaerys, Lucerys, y Joffrey Velaryon. Conocía más su faceta de madre que su faceta como hermana, ya que tenía poca interacción directamente con ella. El vínculo que al parecer tuvo Rhaenyra con Alicent se había roto hacía tiempo. Una amistad que se había quebrado en el momento que Viserys eligió casarse con Alicent. Daeron tenía bastante más cercanía con sus sobrinos, Jace y Luke Velaryon, también por la edad, y porque Viserys les hacía compartir vida, asistiendo a fiestas juntos, a lecciones en el patio de armas o con el maestre y el septón. Una cercanía forzada que no estaba dando buenos resultados con los hermanos mayores de Daeron. Aegon y Aemond se diferenciaban mucho de Peter. Peter era bueno, leal, devoto a su familia y actuaba como un líder responsable, alguien a quien seguir en el campo de batalla sin dudarlo. Sin embargo, Aegon era todo lo contrario. Era un hermano mayor perezoso y que se aprovechaba de mala manera de algunas sirvientas, que se enojaba con facilidad cuando no conseguía lo que quería, y perdonaba con lentitud. Algunos de esos defectos Edmund los había tenido en la niñez, pero realmente pensaba que Aegon era malicioso. Y Aemond era un niño feroz, audaz, casi salvaje. Aunque Daeron pensaba que se debía a que no tenía dragón. Como si el chico quisiera compensar la falta de dragón con un comportamiento agresivo y marcial. Aunque era en gran medida por culpa de Aegon, que se burlaba constantemente de él. Nuevamente, otro defecto del hermano mayor. Peter nunca había menospreciado a Edmund, al menos no de aquella manera, y Aegon parecía divertirse cuando hacía un comentario hiriente sobre Aemond. “Victoria para Aemond.” “En pie, Jace.” Daeron ayudó a Jacaerys a levantarse después del combate de práctica, aunque no había sido su rival. Aegon se jactaba y pavoneaba por el patio por la derrota del hijo de Rhaenyra, a pesar de que era Aemond quien había combatido. “Buen combate, Aemond.” Dijo Sir Criston Cole, un Guardia Real y el hombre que les enseñaba a luchar. Lo había visto pelear, definitivamente Cole era un guerrero excepcional, más fuerte que Miraz . “Aegon, Aemond, los dos contra mí. A ver si podéis tocarme.” “Me ha vuelto a vencer.” Jace se quejó. “Aemond es muy fuerte. Siento que no sirvo para esto.” “No. No lo pienses así, Jace… Dime, si yo y Joffrey tuviéramos un combate, ¿quién ganaría?” Preguntó Daeron, tratando de consolarlo. “Tú.” Jace lo miró como si fuera un idiota. “Exacto, porque yo tengo 4 años, y Joff tiene 1, apenas ha aprendido a andar. Lo mismo ocurre aquí, Aemond es mayor que nosotros dos. Tiene más tiempo entrenando, es más fuerte, más rápido. Es nuestra… segunda lección este mes. Desde que empezamos a entrenar, han pasado unas 2 lunas. Aemond y Aegon nos sacan años de ventaja.” Daeron tomó a Jace del hombro, tratando de animarlo.  “Es normal que perdamos ahora. Tenemos 4 años, Aemond 7, y Aegon tiene 11, pero mira qué ocurre cuando Aegon se enfrenta a Cole.” Señaló hacia Aegon, que arremetió tres veces contra Cole. Y las tres veces acabó de espaldas al suelo, totalmente derrotado por un solo contragolpe. Aemond apenas podía moverse, pues las acometidas de Aegon entorpecían por completo sus movimientos. Claramente, no sabían trabajar en equipo. Eso le sacó una pequeña risa al joven Jace. Negó entonces con la cabeza, buscando hablar con su sobrino. Le resultaba extraño, Jace era mayor en edad, pero a la vez era su sobrino. Además, otra cosa que le chocaba era que la familia Targaryen tenía muchos lazos internos, según lo que había aprendido en aquellos años. Aegon y sus hermanas, Jaehaerys y Alysanne, Baelon y Alyssa. Incesto permitido solo en la familia debido a una ley excepcional, que estaba amparada en el hecho de que los Targaryen eran de origen valyrio. “Practica conmigo, será mejor que no hacer nada. Que esos dos tardarán en darle un golpe a Cole.” “Si es que llegan a darle.” Replicó Jace, en tono bajo, pero burlón e infantil. Daeron se puso en guardia, imitando la posición que Cole les había enseñado a los dos, una postura muy parecida a la guardia de arado. El guardia real tenía mayor afecto a los hijos de la reina Alicent que a los de Rhaenyra, y eso se notaba en el entrenamiento. No dudaba de su calidad como guerrero, pero como maestro dejaba mucho que desear. No era equitativo, parecía que odiaba a Jacaerys y a Lucerys. Pero Daeron tenía en su mente las lecciones de Oreius, el centauro. No necesitaba las lecciones de Cole, y si era necesario, él mismo podía inculcar en sus sobrinos las lecciones de la espada y de la doma de caballos. “Venga Jace, arriba esa espada. La pierna hacia atrás, la posición es importante. Y el equilibrio.” El primero en atacar fue Jace, pero Daeron se agachó, esquivando el golpe. Dio un paso hacia atrás, veía todos los puntos descubiertos de su sobrino. Si así lo deseara, podría derrotarlo de un golpe, pero se contuvo en sus movimientos. Empezó a chocar su espada contra la de su rival, madera contra madera. Se adaptó al nivel de su sobrino, de tal manera que Jace pudiera aprender de aquella lección, y crecer en habilidad.“Eso es, ¡así! Más rápido, ¡por la derecha!” Un nuevo choque de madera contra madera.Jace era físicamente más robusto. Mantenía algo del esbelto aspecto Targaryen de su madre, pero tenía una fuerza mayor de la que Daeron podía esperar. Eso le hizo retroceder algo de terreno. “Buen golpe, pero tus piernas deben moverse más.” Le señaló el error, antes de agacharse, estirarse, y tocar el tobillo de Jace con un suave golpe de su espada. “Punto.” “Maldita sea.” “Venga Jace, arriba esos ánimos.” Daeron le enseñó entonces la palma de la mano, levemente enrojecida. “Siento cada uno de tus golpes. Tus ataques a dos manos son devastadores, casi me haces tener que soltar la espada. Quizás yo sea más rápido, pero en fuerza, me superas con creces.” Daeron continuó hablando, y también llegó a darle un consejo para mejorar su juego de pies. Después de eso, sonrió amistosamente y ambos rivales volvieron a posicionarse para combatir. Pero entonces, la voz de Cole se hizo presente. “Príncipe Aegon, con Jacaerys. Hijo mayor contra hijo mayor.” Cole avanzó hacia Jacaerys, lo tomó del peto de forma brusca y lo arrastró hacia la arena. Daeron intentó interponerse, antes de que Aemond lo detuviera. “Daeron, no es nuestro turno.” Dijo el hermano mediano, señalando a la banca. “Debemos esperar a que ellos terminen.” “Me temo que no puedo considerarlo un duelo justo, Sir Criston.” Protestó Daeron. Cole se giró entonces. “Difícilmente encontraréis duelos justos en la guerra, mi príncipe. Mi deber es instruir a la casa real en el aspecto marcial. Y eso haré.” El hombre de capa blanca habló con una mezcla de condescendencia y autoridad, como si no pudiera ser desobedecido.  “Espadas arriba, y haced caso de mis comentarios.” Dio la orden. Jacaerys sostuvo su espada con dos manos, Aegon solo necesitaba una para su mango. Desde el principio, el mayor tomó una postura más agresiva, llena de aperturas, pero no salió ningún comentario de Cole. Daeron podría derrotar a su hermano con facilidad. Aegon tenía la espada muy elevada, dejaba muy al descubierto las piernas y abdomen. Era una postura muy deficiente. La de Jace era más sólida, igualmente con puntos vulnerables, pero se debía a la inexperiencia. El orgullo de Aegon sería su perdición algún día. “Peleen.” Ante la señal, Aegon avanzó. Asestó tres golpes contra Jace, aunque el pequeño pudo defenderse, deteniendo la espada de Aegon con la suya propia. Sin embargo, debido a la obvia diferencia de fuerza y tamaño, empezó a retroceder terreno.Chocó contra un muñeco de paja, y entonces, Aegon dio un golpe a dos manos desde arriba, desestabilizando a Jace. Lo siguiente fue un fuerte empujón que hizo que Jace se cayera. Aegon, en respuesta, se reía burlonamente. “No eres lo bastante fuerte, ¿eh?” Aegon fue a su posición inicial, pero Jace se levantó, lleno de valor. Cole no había detenido la pelea, y Jace se arrojó contra Aegon. El mayor, desprevenido, casi recibió el golpe, antes de volver a cruzarse las espadas.  “¡Usa tus piernas Jace!” Daeron había observado demasiado tiempo. “¡No vayas directamente! ¡Hacia los lados y mantén la guardia alta!” Jace pareció escucharle, y le hizo caso. Al no quedarse quieto todo el rato, esquivando con pasos cortos laterales, pudo evitar los fuertes golpes descendentes de Aegon sin llegar a perder del todo su equilibrio y postura. Y aquello le permitió tomar un enfoque más agresivo. Fue entonces que Daeron observó a Cole. Estaba sonriendo ladinamente, antes de empezar a darle órdenes a Aegon. “Si, ¡usa las piernas Aegon! ¡Pegaos a él, que retroceda, acercaos más!” Cerrando tanto la distancia, los movimientos laterales perdieron su eficacia. La fuerza de Aegon y su altura eran muy superiores. Aegon parecía burlarse en cada golpe que daba, acorralando a Jace. “¡Sin cuartel!” Un siguiente golpe de Aegon contra la espada de Jace hizo que el menor soltara la espada. Daeron escuchó el quejido de su sobrino. “¡Usad los pies!” Aegon obedeció, levantó su pierna y asestó una patada contra el pecho de Jace, y logró tumbarlo cerca de donde estaba el banquillo. “Que no se levante, ¡no le deis tregua!” Aegon golpeó con su pierna a Jace otra vez, esta vez en el costado, y Velaryon se quejó del dolor. “¡Acabad con él!” La orden de Criston y la situación tan desigual hizo despertar algo en Daeron, que decidió que aquello ya había acabado. Sabía que su hermano mayor no se detendría aunque se lo dijera. Tendría que pararlo. No se lo pensó dos veces. Aquello no era justo. Aegon elevó su espada sobre su cabeza, el golpe que iba a asestar a Jacaerys iba a doler mucho. Demasiado. Jace estaba rendido sobre el suelo, no tendría forma de defenderse del golpe. “¡No!” Jace se protegió el rostro cruzando ambos brazos. Aegon sonrió en respuesta. Ni siquiera Edmund había sido tan cruel con Lucy en el pasado.  Daeron se levantó en un salto, y corrió hacia su hermano, espada en mano. En mitad del frenesí, Aegon bajó la espada hacia Jace, con todas sus fuerzas. Daeron se movió, quedando justo sobre Jace, y colocó su espada en posición de defensa. Había una gran diferencia de estatura y de fuerzas entre ellos dos. Pero Edmund, con sólo 9 años, se había enfrentado a los poderosos minotauros y a los feroces licántropos en la batalla de Beruna, más fuertes que un adulto, pero con velocidad y habilidad, les había ganado. Mantuvo sus hombros relajados y sus pies firmes en la postura de guardia de buey mientras recibía el golpe de Aegon con su propia espada, los consejos de Oreius, el centauro, rugían en sus recuerdos. 
“Cuando os hagan un ataque con las dos manos, no penséis sólo en bloquear, majestades. No podéis enfrentar a un enemigo más fuerte de forma directa. Debéis desviar el golpe hacia un lado, así la espada enemiga irá hacia el suelo con fuerza. Y la cabeza de vuestro oponente quedará expuesta. Entonces, haréis el contraataque.”
 Logró desviar el golpe de Aegon hacia el suelo, protegiendo a Jace. Pero por instinto, elevó su espada inmediatamente después. Lo que seguía a la defensa era el contragolpe a una cabeza totalmente desprotegida. Detuvo la madera a menos de dos dedos de distancia del rostro de Aegon, quien abrió los ojos con pavor, temeroso de recibir el golpe. Avanzó con la espada un poco más, y Aegon cerró sus ojos. Cobarde. “Suelta la espada, ¡AHORA!” Le gritó con la voz cargada de ira, de una manera que no era propia en un niño. Daeron no quería lastimar a su hermano, pero no iba a dejar que se fuera de rositas. Quería darle una lección por abusón. ¿Un castigo físico? No, debía ser de otra manera. No podía castigar a su hermano haciendo lo mismo que Aegon había estado a punto de hacer.  Y Cole, un caballero que claramente había incitado a Aegon de hacerle daño a Jace. También tendría su merecido. Su ceño estaba fruncido, cabreado ante la incompetencia o el sadismo de Cole. Observó al dorniense, sus ojos azules mostraban su ira, pero los de Cole, de verde pálido, no transmitían sentimiento alguno. “Jace ya ha caído, Aegon. Ganaste… pero no de la manera más honorable. La próxima vez, recuerda que estamos entrenando en familia, no en una guerra contra Dorne o los piratas de Peldaños de Piedra. Jace es nuestro sobrino, no nuestro enemigo. Le diré a mamá que incrementes tus lecciones con el septón.” Bajó la espada, y dirigió su atención a Jace, a quien ofreció su ayuda para incorporarse. “Venga, arriba Jace. ¿Te ha hecho daño?” “N..No. Pero gracias, Daeron.” La respuesta de Jace fue corta, mientras Daeron le limpiaba un poco la suciedad de los pantalones.  “No tienes que agradecer. Somos una familia. Debemos cuidarnos entre nosotros, aunque algunos a veces lo olviden.” Fue la respuesta de Daeron, elevando bastante su voz en las últimas palabras. Miró a Aegon, quien se sentó protestando. Aemond solo tenía cara de sorpresa. Criston seguía sin expresar nada. "Hemos terminado por hoy, Sir Criston. Vámonos de aquí Jace. Quiero que el maestre te vea el tórax. Aegon se ha pasado con esa patada." El patio de armas había quedado en silencio mientras los dos príncipes se marchaban. Jace se quejaba del dolor en el costado, pero Daeron sabía que no sería nada grave. Un moratón como mucho. Las personas que prestaban atención al entrenamiento de los príncipes habían visto algo magnífico aquel día. Una defensa perfecta por parte de Daeron. 
Criston Cole.
 No recordaba haberle enseñado a defenderse así. Daeron no llevaba tanto tiempo entrenando, y apenas le había enseñado los conceptos básicos del combate. Era pronto para decirlo, muy pronto. Pero era la realidad, había visto la totalidad del combate.  Jace se movía mejor de lo esperado, mucho mejor de lo que realmente creía que podía moverse. Él se encargaba de adiestrar a los príncipes en el combate, y permitía que Jacaerys estuviera allí. Pero no lo entrenaba, se centraba en los hijos de la reina, no en el primogénito de Rhaenyra. Cualquier cosa antes que hacer algo que beneficiara a la princesa de alguna forma. Si lograba convertir a Jace en un total incompetente en el combate, mejor. Lo que fuera para denostar su imagen como príncipe. Y aún así, el niño había logrado defenderse de Aegon con un desempeño muy competente. No solo eso, había hecho buenos movimientos laterales. ¿Era posible que tuviera otro maestro de armas? No. El rey no era precisamente alguien muy inteligente, y quería que los niños pasaran el tiempo juntos. El único maestro de armas en la Fortaleza Roja era él. Y la mayoría del tiempo, era Daeron quien entrenaba contra Jacaerys. Pero eso no era lo que más le preocupaba. ¿Quién le había enseñado a Daeron ese contraataque y aquella postura? Un niño de 4 años había derrotado a uno de 11 en un movimiento.  Aegon no era precisamente un genio del combate, pero era decente y de brazos fuertes. Aemond era alguien que tenía mejores capacidades marciales, pero no superaba todavía a Aegon. Con el tiempo, Cole era consciente de que eso cambiaría, parecía que Aemond había nacido para la espada. ¿Pero Daeron? Lo había vigilado de cerca desde que era un bebé. Desde que el chico tuvo suficiente conciencia, no jugaba con los otros niños de forma normal, parecía preferir los libros sobre cuentos y antiguas leyendas a los juegos que implicaban mucho movimiento. No pensaba que tuviera buenas aptitudes marciales, creía que sería un erudito, como su abuelo Otto Hightower. Un caballero solo de título, sin fuerza, pero que tenía una mente elevada y gran capacidad de gobierno. Negó con la cabeza. El pensamiento racional solo le hacía suponer que el logro fortuito de Daeron debió haber sido solo eso. Suerte, nada más. Pero aquel cambio de postura y el movimiento de desvío habían sido prácticamente perfectos. Había hecho una defensa y contraataque extremadamente precisos, rozando la perfección. Él era un guardia real, con nutrida experiencia en batalla. Las marcas de Dorne eran, junto al Norte, la zona de mayor cultura marcial y tradición bélica. Llevaba desde los 12 años participando en la defensa contra las incursiones de bandidos y jinetes dornienses. Y había visto a buenos hombres morir en combate por errores tontos. Tendría que hablarle a la reina de la actitud de su hijo aquel día. No le gustaría saber que el más pequeño y gentil de sus hijos había atacado a Aegon para defender a Jacaerys. Y a él tampoco le gustaba que el niño se relacionara con el bastardo de la puta de Rocadragón.

----- CHAPTER BREAK -----

A mediados del año 118 después de la Conquista. Alicent Hightower.
 El incidente en el patio de armas fue el tema de conversación de aquel día, en todo el castillo. Tanto los más humildes sirvientes como algunos caballeros de renombre hablaban de una pelea entre hermanos, entre los hijos del monarca. Y eso no podía tolerarlo. Ella, Alicent Hightower, era la reina. Cada uno de los participantes le había dado una versión distinta, Aegon fue el primero en hablar, decía que solo estaban entrenando, y que Daeron se volvió loco e interrumpió su duelo con Jacaerys. Criston Cole, el confiable guardia real, dijo que los muchachos entrenaban como siempre, en duelos simples de uno contra uno. La defensa de Daeron sobre su comportamiento era que Aegon iba a hacerle daño a Jacaerys, y que simplemente, impidió que hubiera más daño del necesario. El más pequeño de sus hijos también había presentado una queja sobre el comportamiento totalmente parcial de Cole, y del injusto duelo que era Aegon contra Jace.  “Aegon debería tener más lecciones con el septón. Las lecciones de la fe no son difíciles de entender, el Padre nos dice de ser justos, y el Guerrero de ser valientes. ¿Qué valor o justicia mostramos si atacamos a un oponente que ya se ha rendido, madre? ¿Qué clase de maestro permite que uno de sus alumnos se sobrepase de semejante manera? Desde luego, no el mío. Me niego a aprender bajo la tutela de Sir Criston Cole.” Fue la queja final de Daeron. Alicent no sabía muy bien a quién debía creer. Por un lado, sabía de los malos comportamientos de Aegon, pero no estaba dispuesta a ceder ante uno de los bastardos de Rhaenyra. Además, las anécdotas que le llegaron de parte de algunos sirvientes y del propio Criston fueron bastante poco apropiadas. Daba igual lo que le dijeran, Aegon realmente se había sobrepasado con un niño al que triplicaba en edad. “¡Daeron detuvo el ataque de Aegon y lo hizo ceder en un movimiento!” Le mencionó uno de los hombres de armas. Criston aprobó aquella versión, pero no tenía sentido. Su hijo, Daeron, no tenía mucha experiencia con las armas, solo habían dejado que se uniera al patio de armas un par de meses antes. Ella era su madre, le gustaba pensar que conocía a sus hijos mejor que cualquier otra persona. Aemond era el guerrero valiente y fiero que crecería para convertirse en un caballero. Aegon era… el mayor de sus hijos, y había entrado en el periodo difícil de la adolescencia. Necesitaba una mano que pudiera guiarlo con gentileza.  Helaena era femenina a la vez que melancólica, pero feliz con sus gustos extravagantes, aunque a veces decía cosas sin sentido sobre su familia, momentos en los que parecía no prestar atención al mundo que la rodeaba. También tenía una colección propia de insectos capturados, pero a pesar de esa rareza, ella era muy buena en las artes femeninas. También disfrutaba alimentando a su enorme dragón, diciendo que pronto sería el momento de montarlo. Daeron era un lector nato, como su abuelo Otto. Crecería para ser un erudito, desde que tuvo la capacidad de hablar, pedía libros de la biblioteca del castillo. Fue el niño que desarrolló su mente antes que su cuerpo, pero como a todo niño de su edad le gustaban las historias infantiles de tiempos pasados. Era el tercer hijo, el tercer príncipe, el que crecería para ser maestre, poeta, o incluso un consejero del rey. Del futuro rey… por un momento, se pasó por su cabeza la imagen de Aegon con la corona de acero valyrio del Conquistador, con los rubíes incrustados. Pero también pasó por un instante la imagen de esa misma corona descansando en la cabeza de cabello castaño de Jacaerys.Aquello no debía ocurrir. Aegon debía ser el monarca.“Mejor él que los bastardos Strong.” “¿Me ha llamado, excelencia?” La voz de Larys Strong la hizo sentir algunos escalofríos. Un hombre leal, pero taciturno, sorprendentemente sigiloso a pesar de tener el soporte de metal sobre el pie contrahecho. Un desafortunado accidente de nacimiento, un castigo de los dioses a una persona a sus ojos inocente, el consejero de los rumores. Él le diría la verdad. “Quiero saber lo que le pasa a Daeron. ¿Qué ha hecho esta última semana? Me han hablado de un incidente en el patio de armas. ¿Qué puedes contarme, Larys?” “Nada fuera de lo normal, mi señora.” El patizambo se colocó mejor sobre su bastón, con expresión neutra. La pierna maltrecha siempre sería un lastre para un buen hombre como él. “El niño es un lector empedernido. Habla poco cuando tiene un libro entre sus manos, aunque pasa la mayoría del tiempo con los hijos de la princesa. Si os referís a lo sucedido en el patio de armas, el chico dice la verdad. Solo actuó en defensa de su sobrino.” “¿Podéis explicarme cómo un niño de 4 años es capaz de vencer a uno de 11?” Exigió Alicent. Algo de lo que había dicho Larys no cuadraba. ¿Su hijo estaba pasando más tiempo con los bastardos de Rhaenyra que con sus propios hermanos? “Las fuentes son de confianza, mi reina, y todos aquellos que tienen ojos dicen lo mismo. No es una mentira. Cuando eliminamos lo imposible, solo puede quedar la verdad. El chico se interpuso entre Aegon y Jacaerys, justo antes del golpe final. Desvió el golpe de Aegon a dos manos y colocó su espada frente al rostro de su hermano. Luego de eso, le dio una reprimenda que llamó la atención de todos los presentes en el patio, y se marchó con el príncipe Jacaerys, a visitar al maestre.” El rostro de Alicent mostró una desesperación momentánea. Daeron estaba bien, aquello era seguro. ¿Para qué iría a ver al Gran Maestre Mellos? “No vi daño alguno en ninguno de mis hijos.” “No por ellos. Sino por el príncipe Jacaerys. El príncipe Aegon se sobrepasó con sus últimos ataques, y golpeó con la pierna a las costillas de Jacaerys. No hay ningún daño grave, pero algunas voces en palacio empiezan a hablar mal del príncipe; se atreven a decir que Aegon es un joven abusivo.” Aquello no podía ser cierto. Aegon, su hijo... tenía fallos, como todo hombre en la tierra, pero no era mala persona. Aquello debían ser mentiras. “Quiero que despidas a esa gente del personal. Independientemente de su rango.” Frente a las emociones liberadas de Alicent, los ojos de Larys Strong brillaron por un momento, pero su rostro seguía transmitiendo apatía. “Así se hará, su excelencia.” El patizambo realizó una reverencia leve pero cortés, antes de girar su cuerpo, para dirigirse a la puerta.  Cuando Larys Strong se marchó, un pensamiento despertó en Alicent Hightower. Debía tener control sobre sus hijos, debían estar juntos. Si no, Rhaenyra vería su debilidad, y eso sería fatal en el futuro. Muchos nobles del Dominio y Occidente veían a Aegon como el auténtico heredero al trono. Y si quería respaldar de la forma correcta a su hijo mayor y la herencia correspondida, debía tener apoyos fuertes en su propia familia. “Si en la Fortaleza Roja se niega a aprender con Cole…” Se fue de inmediato a su mesa, y empezó a escribir una carta a su hermano menor. Gwayne Hightower era un caballero ungido de 20 años. Podría educar a Daeron si se lo pedía, aunque tendría que esperar a una edad adecuada. 9… no, 8 años. A esa edad sería muy conveniente enviarlo a Antigua. Eso le dejaba 4 años para trabajar con su hijo menor y alejarlo de las influencias de Rhaenyra. El bloque verde debía permanecer unido. Su padre se lo había dicho. Ella había aprendido la lección tarde, pero había madurado. 
Finales del año 119. Daeron Targaryen. Pozo Dragón.
“Dracarys, Tessarion.” La joven dragona de escamas azules lo miró por un momento. Era una criatura preciosa, todavía de pequeña envergadura y tamaño, poco más que un perro mediano. La dragona observó entonces a las más de 20 ratas muertas que acababa de comprarle al cazador, y exhaló su aliento. Era un fuego débil, de llamas del color del cobalto que rodearon la carne hasta producir un olor a quemado. Tessarion luego giró la cabeza, y Daeron, sonriendo, acarició su cresta. Un dragón no era una mascota, ni un esclavo.Tessarion era una amiga, como en otro tiempo fue Phillip, su fiel caballo de batalla y la montura más preciada que jamás tuvo en Narnia, más que los grifos alados. Sin embargo, había una gran diferencia entre ellos, y es que los dragones no hablaban, y además de todo aquello, sentía un vínculo especialmente intenso con la dragona. Algo que nacía del corazón. “Déjala comer, mi príncipe. Tiene hambre.” Le dijo uno de los guardias del dragón, una especie de orden monástica que protegía a los dragones y a sus huevos de que algún ladrón lo suficientemente temerario se llevase los huevos. Instaurada varias décadas atrás, por culpa de Lady Elissa Farman. Los otros niños se encontraban viendo a Vermax, el dragón verde oliva de Jace, y a quien acababan de dar una cabra como alimento. “¡Dracarys, Vermax!” Escuchó decir a Jace, antes de ver como el dragón lanzaba su mortal aliento contra la cabra. Mientras, Daeron pensaba en la palabra en valyrio para permitir comer. “Ipradagon, Tessarion.” Daeron dio la orden, y Tessarion se abalanzó sobre su propio festín de carne quemada. “Come con mucho ímpetu, pero su tamaño no llega al de Vermax, a pesar de que tienen casi la misma edad. Arrax tiene un año menos, y aún así tienen casi el mismo tamaño. ¿Acaso estáis alimentando mal a mi dragona a propósito?” Daeron preguntó con picardía, sabiendo que ese no era el caso. Aquellos hombres se tomaban muy en serio sus trabajos atendiendo las necesidades de los dragones. El hombre, con la larga vara de madera y la cabeza afeitada, negó. “Cada dragón crece a su propio ritmo, mi príncipe. No se puede comparar el crecimiento de dos dragones de nidadas distintas. Además, los dragones son bestias que no comen todos los días. Aquí no pasan hambre, comen mucho de una vez, y luego están varios días en ayunas. Tessarion fue alimentada hace una semana con una pierna entera de cerdo y 3 conejos de buen tamaño. Dejó los huesos limpios.” “Entiendo… Hay dragones salvajes en Rocadragón. ¿Ellos siguen la misma dieta?” Daeron se giró un poco, para observar mejor al dragón de su sobrino, a varios metros de distancia. Parecía que Aegon estaba preparando algo, ya que apartó a Aemond, y se lo llevó hacia un lado, como si le estuviera hablando al oído. Sin embargo, el más pequeño de los hijos de Alicent volvió su atención al guardia. “Por supuesto, mi príncipe, aunque cada dragón es diferente. Algunos comen exclusivamente peces. Yo era muy joven cuando empecé con mi labor, poco más que un niño, pero tuve el honor de servirle a Vermithor un toro en más de una ocasión. Al dragón del Viejo Rey le gustaban especialmente los grandes y peludos. Su aliento los carbonizaba en pocos segundos, y después se atiborraba de aquella carne chamuscada.” La Furia de Bronce. Vermithor, el dragón de mayor tamaño de Rocadragón, y sin jinete. Solo Vhagar era más grande, una bestia enorme que montaba su tía, Lady Laena Velaryon, la esposa de Daemon. La había visto una vez, medio año antes, pero había causado una gran impresión en él, más que por su aspecto desgastado por la edad, por el puro tamaño de la criatura. Vhagar era más grande que un campo de fútbol inglés, y seguramente su peso sería descomunal. Nunca, en ninguna de sus vidas anteriores, había visto una criatura tan grande, ni siquiera la gran serpiente marina que enfrentó en el Mar Oriental, sobre el Viajero del Alba.Daeron todavía tenía pesadillas con aquella criatura nacida de temores y tinieblas, a la que toda la tripulación tuvo que hacer frente, mientras Rhindon relampagueaba en su mano derecha con un brillo azul. Solo con la ayuda de Eustace, que colocó las 7 espadas en la mesa de Ramandu, pudieron acabar con ese monstruo, cuando la espada narniana, llena de un fulgor cegador, se enterró en el corazón negro de la bestia, matándola en el acto. Un ser vivo lleno de malicia, para el que se necesitaron los esfuerzos conjuntos de los mejores guerreros de Narnia, el mejor barco de la flota y una espada mágica.Y aún así, Vhagar era todavía más grande y parecía ser aún más poderosa.Alimentar a semejante criatura en tiempos de guerra sería de un costo elevado, inimaginable. Volvió entonces su mirada a Tessarion. La dragona estaba limpiándose la cola, cuya cresta era del color del cobre bruñido, así como sus garras y las escamas de su vientre.  “Ojalá no crezcas tanto, Tessarion.” Dijo antes de que un ruido terrible le hiciera ponerse alerta. Todos sus sentidos se habían agudizado al extremo, sus pelos se habían erizado, y Tessarion se encogió entre sus alas."Por los Siete, ¿pero qué...?" El guardia dragón apenas tuvo tiempo de hablar.Un nuevo rugido se escuchó entonces, proveniente de las cavernas más profundas de Pozo Dragón, retumbando alrededor de las paredes con un eco que helaba el alma. Daeron ya había escuchado varias veces en su vida aquella tonalidad. Deseó que sus hermanos mayores no hubieran hecho ninguna estupidez. Los dragones no tenían un tono de voz distintivo según su sexo. Era según su edad, y aquel rugido era grave. Un dragón grande rugiendo tanto era extraño. Era un sonido animal cargado de ira, pero el dragón Caraxes no se encontraba allí, tampoco Vhagar. Daeron no tardó en identificar al único dragón que podía rugir de semejante manera. “¿Sueñafuego?... ¡Helaena!” Helaena había venido con ellos, para poder alimentar a su dragona, Sueñafuego. Solo ella podía rugir así entre todos los dragones que habitaban Pozo Dragón. Había pasado algo, era una corazonada que le hizo levantarse. “¡Príncipe!” Daeron corrió, con toda la potencia que le permitía su cuerpo. Ágilmente esquivó a dos guardias dragón y a la dupla de guardias reales que los habían acompañado, los gemelos Cargyll. Se adentró en Pozo Dragón, escuchando las voces de Jace y Luke a la distancia. “¡Daeron!” Sin embargo, las voces de su sobrino apenas llegaban a sus oídos. Toda su atención estaba en el camino cavernoso que tenía frente a él. “¡Helaena!” Gritó, esperando que su hermana mayor respondiera. En las cavernas inferiores, de mayor tamaño, se ocultaban los dragones de mayor tamaño de la familia, incluso la antigua caverna de Balerion, el Terror Negro. Sueñafuego tenía casi 90 años, y había tenido jinetes previos. ¿Dónde estaban sus hermanos? ¿Qué travesura habían hecho Aegon y Aemond esa vez? Un nuevo rugido se escuchó, y también un chillido infantil, cargado de miedo. Daeron no se lo pensó dos veces y entró a la enorme cavidad. Sueñafuego estaba rugiendo a los guardias dragón… y Helaena estaba arriba, en la silla de montar. “¡Socorro!” La princesa gritó, pidiendo ayuda agarrándose con fuerzas desesperadas a la silla de montar, mientras los guardias movían sus palos largos, tratando de dirigir a Sueñafuego. “¡Umbass!” La orden de calma brotó de la garganta de uno de los guardias. Sueñafuego le rugió en respuesta. Su boca empezó a volverse naranja. Iba a exhalar su aliento en llamas. Daeron tuvo miedo en aquel instante. Las llamas de un dragón adulto eran tan calientes como para derretir la piedra y el acero. Aquella era una situación peligrosa. Demasiado peligrosa. Pero Helaena estaba sobre su dragona. Su hermana mayor se mostraba indefensa.  Pensó en Susan y en Lucy. No podía tener miedo si ellas estaban en peligro. Él ya había enfrentado a la muerte, en más de una ocasión. Sintió cómo su pecho ardía, no en llamas, sino de una mezcla de sentimientos, entre los cuales prevaleció la ira. Debía cuidar de su familia. No debía huir, debía luchar, debía proteger. Todos aquellos pensamientos se arremolinaron en su mente, alterada como el mar embravecido, como un volcán en erupción.Muchos nobles a lo largo de aquella vida habían hablado de que el ceño fruncido de Jaehaerys I podía helar la sangre de cualquier hombre. Del miedo que se tenía a la ira de Baelon el Valiente, el abuelo de Daeron, un príncipe siempre sonriente y amable, pero que pulverizó las vidas de mil piratas de Myr cuando su hermano Aemon falleció peleando contra dichos piratas. La ira de un Targaryen era ardiente, peligrosa y explosiva, un fuego incontrolable como las llamas de dragón, que lo devoraban todo. “¡DOHAERAS!” Gritó Daeron, alzando las manos. Moviéndose lo suficiente para llamar la atención de la dragona. “¡DOHAERAS! ¡Detente Sueñafuego!” Daeron se acercó aún más. Dio un paso, otro… más y más cerca, con los ojos azules cargados en una cólera que difícilmente podía controlar, una que había apagado su propio instinto de supervivencia. La dragona le rugió, sintió el aliento cálido agitando sus cabellos plateados. Junto a la ira, sentía miedo, pero Helaena estaba ahí arriba.“No soy tu enemigo, pero lo seré si te atreves a tocar un solo pelo de mi hermana.” Apretó el puño. Se sentía confundido, enfadado, y con angustia en la garganta. Aquel no era el carácter normal de aquella dragona. Se suponía que era la más gentil de los dragones de Pozo Dragón, a pesar de su edad. Algo extraño pasaba, a la par que su propio fuego interno perdía intensidad, como si algo más dentro de él estuviera luchando por calmarlo. Era un sentimiento cálido, pero no era ira, sino que era una extraña sensación de paz y plenitud. Las dulces memorias de Narnia volvían a él. Las lecciones de las ninfas de los bosques volvieron a su mente.  
“Hay algunos animales que se vuelven agresivos de un momento a otro, pero ninguno ataca si no son provocados ni tienen hambre o necesidad de defenderse. Si algún día te encuentras a un animal así, para devolverlos a su estado de calma, debéis hacerle sentir seguro, majestades, sin desafiarlo. Respetar su espacio natural, y hablarles con cierta tonalidad de voz. Aunque no entiendan las palabras, los animales, incluso los más salvajes, pueden entender.”
 Él no tenía una voz melodiosa. Nunca fue capaz de imitar el canto de las ninfas, cosa que Lucy si era capaz de hacer. Era la mejor cuando se trataba de calmar a las grandes bestias de Narnia, jabalíes, osos, lobos y otras bestias.  Con aquello en mente, Daeron se acercó un poco más a Sueñafuego, sin los puños apretados. Levantó ambas manos lentamente.  “No soy tu enemigo, Sueñafuego.” La dragona parecía entender las intenciones de Daeron. Pero aún así, no cerró la boca, seguía manteniendo una expresión ligeramente amenazante. “Daeron, ¡no!” Escuchó a Helaena. “Lykirry, Sueñafuego, ¡LYKIRRY!” Helaena habló, y su dragona obedeció tras protestar un poco, bajando la cabeza levemente, pero no paraba de hacer gruñidos silenciosos, como una amenaza constante y gutural. Se movía de forma extraña, protegiendo un rincón de la cueva con todo su cuerpo. Daeron lo comprendió de inmediato. La dragona acababa de poner huevos. “Helaena, escúchame. Dile a Sueñafuego que se detenga ahora.” Daeron volvió a hablar, en voz alta, pero con el tono de voz más calmado, sin el rastro de la ira anterior. No debía alterarse, pues a menos de un metro, los colmillos de la dragona se mostraban enormes, blancos y afilados. “Solo quería montar… tengo…tengo miedo.” La voz de su hermana le hizo recordar por momentos a Lucy. “Hermana, está bien tener miedo. Sueñafuego es tu dragona. Tienes miedo, porque es tu primera vez montando y estás nerviosa, y ella puede sentirlo. Además, ha puesto huevos. Su… su temperamento es complicado en estos momentos. Dile que se calme, y vosotros dos, os quiero ver lejos de aquel rincón.” Le dijo a los guardias dragón. Eran cinco, y se miraron entre ellos, con duda en sus miradas. “Maldita sea, ¡obedeced mi orden!” La dragona seguía con un temperamento agresivo, pero una vez que vio que los hombres se alejaban del nido, sus gruñidos se volvieron poco a poco menos intensos, con los labios empezando a ocultar aquellos dientes. “Dohaeras. Umbass, Sueñafuego.” Dijo Helaena, todavía con un rostro cargado de miedo. Daeron veía las piernas de su hermana temblando, pero poco a poco, pudo moverse de su silla. La dragona descendió su cabeza del todo, y Helaena pudo bajar. Lenta, pero segura. “Eso es… eso es, así. Vamos Helaena, un poco más.” Los pies de la princesa tocaron el suelo, todavía temblorosas, amenazando con perder el equilibrio. Daeron se había acercado, y Helaena lo abrazó.Normalmente su hermana era más inexpresiva y melancólica, pero Helaena descargó sus lágrimas en el hombro de Daeron, a la par que le devolvía el abrazo, sin querer soltarla. "Ya está, todo ha pasado." Daeron se tomó su tiempo junto a ella para tranquilizarla, para luego ir andando a ritmo lento, alejándose de su dragón. “Vámonos de aquí.” Tomó de la mano a Helaena, y fue entonces cuando la joven pudo sentirse a salvo. Daeron suspiró de alivio, pues finalmente podía relajarse.

Helaena Targaryen.
 Ella realmente quería a su familia. El incidente de Pozo Dragón había hecho que su madre se pusiera histérica, tanto con ella como con Daeron. Su padre era distante, pero incluso él mostró una preocupación genuina por ella. Rhaenyra también fue bastante más buena con ella, incluso la había peinado aquella noche antes de la cena. Sentía una preocupación general de su familia, por una vez, todos unidos por un único sentimiento, con el propósito en común de hacer que ella se sintiera bien tras semejante incidente. En su joven cabeza de niña, se preguntó a sí misma. ¿No podía ser siempre así? Le había gustado ver que todos se preocupaban por ella y no se peleaban entre ellos. Jacaerys, Lucerys, Aegon, Aemond. Todos estaban de acuerdo en protegerla. La familia no estaba discutiendo sobre temas tontos otra vez. Ni siquiera en la cena, no hubo lanzamiento de comida de un lado a otro de la mesa. “Tomad esto, princesa. Vendrá bien para vuestro cuerpo, necesitáis descansar.” El gran maestre Mellos le ofreció la bebida con gentileza, y ella la tomó, sorbo a sorbo. Sintió cómo su cuerpo se sentía pesado, y se tumbó en su cama. La notaba más cómoda que de costumbre, como si todo su cuerpo estuviera realmente agotado. “De verdad… ¿no te irás?” “No lo haré. Esta noche duermo aquí, mamá nos ha dado permiso.” Daeron le hablaba desde la otra cama. Ella siempre había dormido sola, en su propia habitación, porque era mujer. Y también por sus insectos. Tenía sus colecciones enmarcadas adornando las paredes, y era el principal motivo por el que ni Aegon ni Aemond entraban a su cuarto. Tener a Daeron en la cama de al lado le proporcionó una extraña sensación de seguridad y calidez. Cerca… con Daeron no se sentía como con sus otros hermanos. Se sentía a salvo, protegida. No era la protección que proporcionaba la Guardia Real. No era la protección de un espadachín curtido, o de los caballeros de los cuentos que rescataban a doncellas en apuros. Ese niño de 5 años, el más pequeño de todos sus hermanos, se había acercado y gritado a un dragón, simplemente porque ella tenía miedo necesitaba ayuda. Su hermano más pequeño era muy valiente. Ningún hombre vivo se atrevería a estar mirando a los ojos a una criatura como Sueñafuego, y mucho menos, exigirle algo en lengua común.  Aunque ella sabía que su montura era una buena dragona, seguía siendo capaz de destrozar acero con sus dientes, o de derretirlo con su aliento. Había notado su vínculo inestable, y pensó que era la señal de que podía montarla. Se había equivocado, su dragona estaba inestable porque había puesto una nueva nidada. Dos huevos, según los guardias dragón. “Daeron… lo siento. Mamá te ha castigado por mi culpa." Empezó a hablar nuevamente la niña."No digas eso, hermana." Dijo Daeron con un tono de voz bastante calmado. "Mamá me ha castigado, pero tú estás aquí, sin ningún rasguño. Eso es lo que me importa. Entiendo el enfado de mamá, pero con gusto cumpliría todos los castigos que ella quisiera ponerme, si con ello garantizo tu seguridad, hermanita." El comentario final casi la hizo reír, pero sintió ganas de bostezar y se tapó la boca con la mano."Has... has sido muy valiente. Ojalá yo también fuera así de valiente.” Deseó en voz baja, mirando a su hermano. Tenía unos hermosos ojos azules, como estanques profundos. No era el morado típico de los Targaryen de Valyria, pero aún así a ella le gustaban los ojos de su hermano, pues le transmitían una paz silenciosa, como el abrazo de su madre. Daeron terminó riéndose levemente, en respuesta a las palabras de Helaena. “No creo. Si fueras más valiente, serías una leona, Helaena. O una dragona.” Daeron se giró, mirando hacia el techo. “Eres mi hermana mayor. Eres una princesa de uno de los reinos más grandes del mundo, y tienes gustos que la mayoría del castillo no puede o no quiere comprender, como el de los insectos. Pero para mí, ante todo, eres mi hermana mayor.” Daeron volvió a mirar a Helaena. A la joven de 11 años empezaban a pesarle los ojos, pero terminó sonriendo a su hermano. “Y te protegeré de cualquiera que te haga daño… Descansa.” El sueño alcanzó a Helaena poco después. Con una calma que nunca antes había sentido, fue una de las noches más tranquilas de su vida, hasta que empezó a soñar otra vez. 
Vio el puente sobre un largo río. El paisaje que lo rodeaba era blanco, y las pisadas sobre aquella tierra sonaba con un extraño crujir. Tenía mucho frío, un frío que reptaba a su piel a través del contacto con aquella cosa blanca. ¿Era aquello nieve? ¿Acaso estaba en el Norte? Al fondo, se veía una gran fortaleza, y un gran conjunto de casas que se extendía durante casi una milla, descansando algunas de las casas contra las paredes de la muralla oriental del castillo. Definitivamente no era un lugar tan grande como la capital, se trataba de un pueblo, no de una ciudad propiamente dicha. El terreno estaba desierto, hasta que empezó a escuchar gritos de batalla. 
 
“Los dragones pelearán, macho contra hembra. Los lobos irán al sur, a ayudar a la dragona. Primero los viejos, devorados por la traición de serpientes aladas, y luego los jóvenes, con fuerzas renovadas. El hombre sin piel, bajo las órdenes de la llama verde, atacará la desprotegida guarida de los lobos.”
 
Se giró entonces, y contempló una hueste de millares de hombres, enarbolando un extraño y desagradable blasón. Un ejército entero avanzó hacia el puente, más de tres mil hombres en total.
 
“Solo el dragón, apoyado por el aliento del león, podrá cuidar del lugar donde el invierno fue derrotado la primera vez.”
 
 Pero entonces, un único hombre se presentó, llegando a caballo desde el otro lado, desde el lado del castillo, y desde una de las almenas de la fortaleza, un niño de no más de 7 años rogaba al caballero que se detuviera. El jinete no obedeció a la voz del niño, marchó hacia el puente y se bajó del caballo. Se quitó entonces el yelmo nasal, revelando rasgos valyrios. Llevaba una armadura sencilla, un camisote de anillas de hierro sobre un gambesón, con un blasón que era una mezcla entre los estandartes Targaryen, Velaryon y Arryn. Llevaba también una magnífica espada, con los colores de la plata en su filo, y la sujetaba con ambas manos.
 
Su única arma.
 
El ejército rugió y avanzó nuevamente, como si tuvieran ira hacia el jinete. Algunos tenían pieles como capas, y pocos de ellos vestían armadura pesada. Se amontonaron sobre el puente.

“¡En mi corazón no existe el miedo! ¡Aquí os esperamos, mi espada y yo, perros traicioneros! ¡Venid a mi, no huiré, la muerte es lo único que nos espera!" Frente a los comentarios del jinete, los hombres avanzaron como locos, siguiendo las órdenes de uno de ellos que iba a caballo y con armadura completa. La voz le era extrañamente familiar, a pesar de que tenía la sensación de no haberla escuchado nunca. Fue cuando vio los ojos de aquel hombre de aspecto valyrio que se dio cuenta de quién era.
Eran unos ojos azules como estrellas en llamas.

----- CHAPTER BREAK -----

Noche del conflicto, Viserys TargaryenViserys llevaba siendo rey poco más de 16 años en aquel momento de la historia, desde que su amado abuelo, el rey Jaehaerys I, murió por edad avanzada. Tenía 69 años en aquel momento, y había gobernado durante 55. Pasó a la historia como el Conciliador, como el Sabio, como el Viejo Rey. Y ciertamente, había dejado en el trono de hierro un hueco enorme, que daba la sensación que ningún otro hombre sería capaz de llenar jamás. Y Viserys eso lo sabía.Su abuelo realmente fue un gobernante amado por su gente, temido por sus enemigos, respetado por sus vasallos y sobre todo, sabio a la hora de ejercer su poder, de unificar los Siete Reinos de una manera que ni siquiera el legendario Aegon el Conquistador pudo realizar. Sí, Aegon I fue el rey que conquistó los 7 Reinos, pero fue Jaehaerys y Alysanne quienes realmente convirtieron esos divididos territorios en algo más. Unidos por un código de leyes que respetaba lo suficiente de las costumbres locales, que también aseguraba sus propias costumbres valyrias, además de unificar físicamente los Siete Reinos a través de enormes proyectos de ingeniería civil, como la construcción de la red de caminos del Rey, mandó abolir el derecho de la primera noche, y también ganó las guerras contra los dornienses y los piratas de Myr, aunque aquella última contienda le costó la vida a su heredero Aemon Targaryen, el primer jinete de Caraxes.Y la respuesta de aquella afrenta fue la ira de Baelon Targaryen, el padre del propio Viserys. Príncipe de Rocadragón, Mano del Rey, apodado el príncipe de la primavera, y también como Baelon el Valeroso. Un hombre que Viserys recordaba como lleno de vigor, amable, capaz de sacar una sonrisa incluso en los momentos más difíciles, pero que nunca volvió a amar a otra mujer después de la muerte de Alyssa Targaryen, su hermana y esposa. Y que cuando ocurría algo grave a su familia, se volvía una furia imposible de detener. Incluso hubo bardos que compusieron canciones en honor a la victoria de Baelon, pero no había sido aquello lo que hizo que Baelon ganara el apodo de "el Valiente". Fue en los primeros años de vida, apenas con 7 años, que entró a Pozo Dragón por primera vez, acompañando a su mejor amigo y hermano, Aemon Targaryen. Aemon alimentó a Caraxes con un carnero, mientras Baelon se escabullía, armado con un palo, a las profundidas de las cavernas. Y allí, sin miedo alguno, golpeó al mismísimo Balerion en el hocico. Ser Samgood de Colinamarga lo dijo con claridad."O este niño está loco, o es bien valiente, mi Rey Jaehaerys." Recordó que eran las palabras que su abuelo siempre decía que había dicho el joven y tenaz Guardia Real. Sin embargo, aunque aquella hazaña marcó en gran parte la vida de Baelon, muchos pensaban que era algo totalmente irrepetible. Que ningún otro hombre en la historia, así fuera un Targaryen, sería capaz de igualar semejante osadía, de actuar con semejante falta de raciocinio o de instinto de autopreservación. Él, desde luego, no había heredado la valentía de su padre, todo ese arrojo y esa capacidad de tomar desafíos militares y arriesgar la propia vida había recaído en su hermano menor, Daemon Targaryen. Sin embargo, resultó que uno de sus propios hijos había realizado, aquel mismo día, una hazaña similar.Sueñafuego no era precisamente una dragona de temperamento difícil, era más bien pacífica, pero seguía siendo una criatura que si desease matar, nada podría impedírselo. De los dragones vivos, solo Vhagar, Vermithor y Caníbal eran de mayor tamaño. Y además, era la dragona de su hija menor, Helaena, que había ido aquel día a Pozo Dragón para montar por primera vez. Sin embargo, habría resultado en desastre, si no hubiera sido por el actuar de Daeron."El príncipe se enfrentó directamente a la dragona, y logró calmarla." Habló primero Ser Errys Cargyll."Si, lo hizo. Se acercó a ella, a menos de un metro. Ni los guardias dragón se acercan tanto. Al parecer, el temperamento de Sueñafuego se debió a una nueva nidada." Fueron las palabras de Ser Arryk.Alicent se había puesto especialmente histérica al conocer la noticia por parte de la Guardia Real. De todo lo ocurrido, tanto de la niña estando indefensa con un dragón adulto, y de un niño que mostró una valentía de la que ningún caballero podría presumir.En aquellos momentos, se encontraba solo, en su alcoba. Alicent estaba en sus aposentos privados, apenas a un par de habitaciones de distancia, pero estaba claro que aquel día, iba a dormir sola. Y él también necesitaba estar solo. Se acercó a la barandilla de su balcón, observando el cielo nocturno, recibiendo la brisa con olor a sal y noche. Pensó un poco en todo lo que sus hijos habían hecho en esos años, se había esforzado en conseguir que Aegon, Aemond y Daeron tuvieran una amistad cercana con sus nietos, con los hijos de Rhaenyra. Compartían lecciones con el maestre, con el septón y con el maestro de armas, así como varias cenas a la semana, cenas en familia que él disfrutaba, aunque ciertamente los niños se peleaban y se tiraban comida entre ellos.Los había visto entrenar varias veces en el patio de armas, y eso alegraba su corazón, especialmente cuando veía al más joven de sus hijos educando a Jace y a Luke en el arte del combate, como una vez hicieron Baelon y Aemon. Viserys podía ver desde entonces que Daeron era realmente un joven extraño, en el buen sentido de la palabra, pues era un chico sano, pero a su vez de un espíritu tranquilo, muy distinto a la inquietud que tienen los infantes por defecto, o al vigor que tanto caracterizaba a sus hermanos mayores, Aegon y Aemond, especialmente a este último, pues Aemond parecía haber nacido con el fuego de los Targaryen siempre ardiendo en sus venas.Su esposa había hablado con él de enviar a Daeron a Antigua, como escudero de Lord Ormund, cuando el muchacho cumpliera los 8 años, y él había visto buena intención en aquel plan, por lo que terminó aceptándolo. El más pequeño de sus hijos era realmente un lector empedernido, y por mucho que Viserys se esforzaba en buscar en sus propias memorias, lo poco que recordaba de Daeron era al muchacho con un libro entre las manos, o pidiendo a su madre escuchar historias sobre edades pasadas, además de los entrenamientos con Jace y Luke. Servir como escudero podría venirle bien para desarrollar habilidades de combate y en el futuro conseguiría el título de caballero. Además, estar en el centro del conocimiento más importante de Poniente podría venirle incluso mejor, sabiendo los gustos del niño por la lectura, cabía la posibilidad de que Daeron se volviera un maestre que aconsejaría a Rhaenyra en el futuro lejano, cuando Viserys finalmente muriera.Nunca pensó que ese mismo niño, que a su joven edad parecía amar más los libros que las espadas, fuera capaz de derrotar a Aegon un año antes, siendo que el hermano mayor casi triplicaba en edad a Daeron, aunque muchos atribuyeron aquella "hazaña" a que Aegon se había dejado ganar. Aquello podía comprenderlo, aunque Aegon no era precisamente de los que se dejaba ganar ante nadie, pues el muchacho, ya un adolescente, tenía mala actitud al ser derrotado. De cierta forma aquello podía entenderlo, ¿pero enfrentarse a un dragón? ¿Qué clase de hijo había engendrado?"Padre..." Dijo el rey, apoyando entonces sus manos en la barandilla, mirando hacia el firmamento. Aquella noche estaba despejada, con la luna creciente acompañada de un millar de estrellas. "No heredé tu valentía, ni tu capacidad de resistir la adversidad." Aquello lo dijo con algo más de dolor. En sus recuerdos, Baelon se entristeció por la muerte de Alyssa, pero eso no hizo que descuidara a sus hijos.Sin embargo, para él mismo, la muerte de Aemma hizo que descuidara a Rhaenyra por unos meses, cosa que claramente afectó a la niña. No era capaz de perdonarse por eso, y los dedos que todavía tenía apretaron su agarre contra la barandilla. "No soy el rey que pensaba que sería. Gobernar es difícil, especialmente llenar el hueco del abuelo en el trono, pero trataré de dejar este reino en buenas condiciones, para que tu nieta lo gobierne algún día. Hay muchas cosas que no he hecho bien... debo arreglar las cosas con Daemon." Pensar en su hermano y en todas las cosas que había hecho le trajo un ligero dolor de cabeza, especialmente por el recuerdo del "heredero por un día". Respiró profundamente, la herida a veces volvía a doler demasiado. Sin embargo, elevó la mirada, con cierto alivio, sin lágrimas en sus ojos, recordando la infancia propia y la de Daemon, cuando los dos vivían en la alegre inocencia infantil, gastando bromas a nobles y parientes. "No puedo ser tan valiente como tu lo fuiste alguna vez, pero al menos, uno de tus nietos, de mis hijos, te iguala en coraje."Por unos momentos de silencio que siguieron a aquel comentario, a Viserys se le pasó por la mente una imagen de un futuro de ensueño. En el que el Consejo Privado de la Reina estaría compuesto por la Reina, Rhaenyra, ya coronada y más adulta, acompañada de la Mano del Rey, su hermano Aegon, habiendo madurado y apoyando a su hermana como debe hacerlo un familiar, siendo protegidos de cualquier daño gracias al feroz Aemond, vestido con una capa y armadura blancas como corresponde al Lord Comandante de la Guardia Real, y a su lado, imaginó a Daeron o bien con una armadura de acero y una capa de color amarillo, la vestimenta del Lord Comandante de la Guardia de la Ciudad, si Lord Ormund lo armaba caballero, o bien con una túnica y larga cadena de maestre, apoyando a la familia con los conocimientos adquiridos en la Ciudadela, como uno de los caballeros de la mente, si finalmente decidía los libros sobre las espadas.Realmente, aquello sería un buen futuro. Un futuro ideal, con cuya imagen Viserys casi sentía que podía morir tranquilo.A principios del año 120. Cuarto de Aemond. Aemond Targaryen Le dolía el pecho en ira y tristeza después de lo que había pasado aquella mañana. Él siempre mostraba una imagen de fuerza, de ferocidad, tanto en los entrenamientos de espada como en las lecciones con el maestre y el septón. Se sabía todas las batallas de los últimos 2 siglos de memoria, pero en la privacidad de su cuarto, lloraba solo, agarrando las sábanas y almohadas, sollozando contra su cama. Lloraba, como una presa del odio y la burla, como un mortal que no podía hacer nada ante el poder de un dios. Aemond había cumplido 10 años, y era un príncipe de la sangre del dragón de la Antigua Valyria. Pero a pesar de eso, no tenía lo que todos los demás miembros de su familia poseían. Su padre había sido el último jinete del poderoso Balerion, el Terror Negro, el dragón que hizo que Poniente se arrodillara ante su nuevo rey. Su tío, Daemon, ganó fama en la guerra de las islas de los Peldaños de Piedra, montando a Caraxes, el Guiverno Sanguíneo. Su destino era muy diferente. Ningún huevo de dragón había eclosionado para él. Era el único príncipe Targaryen que no tenía dragón alguno. Incluso sus sobrinos tenían dragón, a pesar de los constantes comentarios de su madre, de que aquellos niños eran hijos de la lujuria y el pecado.

“No sé cómo es posible que los dioses permitan que esos niños tengan dragones.” Su madre siempre hablaba de los hijos de Rhaenyra como si fueran bastardos. Y su hermano mayor apoyaba esa idea. Pero nunca se atrevían a decir ese tipo de comentarios frente a su padre.

El rey Viserys amaba con fervor a su hija mayor, Rhaenyra… su heredera. Pero eso no estaba bien, una mujer no podía gobernar, no podía sentarse en el trono de hierro. El heredero era Aegon, su abuelo Otto Hightower no paraba de decirlo de forma secreta. Si Aegon fuera simplemente menos cruel, seguramente sería un buen rey, un líder al que él estaría dispuesto a seguir, aunque a veces hiciera algunos comentarios desagradables, Aegon era su hermano mayor. Pero aquel día, había rebasado todo límite. 
Anteriormente aquella mañana, en Pozo Dragón.
 “Te hemos hecho un regalo…” Pozo Dragón era un enorme edificio cavernoso en la colina de Rhaenys. Nuevamente, Aegon, Jacaerys y Lucerys habían ido allí, pero esa vez, para las lecciones de vuelo con Fuego Solar, el dragón de Aegon. Un dragón joven y de escamas doradas, el más hermoso en apariencia y dócil en actitud. Al finalizar el vuelo corto, terminaron por darle de comer un ternero entero, pero antes de marcharse del lugar Aegon lo había guiado hacia una de las rampas de los dragones. “Ya que eres el único que no tiene un dragón.” Continuó Aegon, haciendo una señal a Lucerys. “Te hemos hecho un regalo especial.” El niño de 5 años salió corriendo hacia la oscuridad, riéndose levemente, a la orden de Aegon. “¡Contempla, Aemond, a tu dragón, al Terror Rosa!” Gritó Aegon con la voz llena de orgullo. ¿Podría ser que de verdad, ellos habían encontrado un dragón para él? Su rostro se iluminó ante la posibilidad, pero no siempre se obtiene lo que se desea.La respuesta fue mucho más dolorosa de lo esperado. Un cerdo. Un maldito cerdo con alas de madera y piel atadas a la espalda. Aegon se había pasado, y Jacaerys y Lucerys, los estúpidos niños, le habían seguido el juego. El corazón de Aemond ardió en ira. Incluso el pequeño Joffrey Velaryon, de 3 años, tenía un dragón. No era justo. Se metían con él por cosas que él no podía controlar. Aemond se había enfadado, y no podía soportarlo más. Decidió quedarse un poco más en el lugar, apartado de sus familiares, para adentrarse en lo profundo de las cavernas. Muchos decían de él que era feroz en el patio de armas, y se veía a sí mismo como un futuro hombre valiente, osado y atrevido. No tendría miedo, y caminó a través de los irregulares pero espaciosos pasillos naturales, en medio de la penumbra. Conseguiría un dragón. Su mente estaba más que decidida a ahogar todas las burlas de su hermano, de sus sobrinos. Deseó que todos ellos, los que se burlaban de él, murieran. Pero cuando vio al dragón de su hermana, a Sueñafuego rugiendo al detectar a un intruso, el terror le invadió. Aquel dragón era el mismo que Daeron había logrado calmar, pero en su propio corazón no encontró la valentía para acercarse a la dragona. Terminó por huir después de ver la primera llamarada. Un Guardia Real, uno de los gemelos Cargyll, lo escoltó de regreso a la Fortaleza Roja. Hasta el Torreón de Maegor. Hasta su madre, Alicent. Alicent, Helaena, y Daeron se encontraban allí, ocupados con los insectos de su hermana mayor, enmarcando algunas extrañas mariposas en uno de los cuadros que colgaban en la pared de la niña. Helaena era distante, pero desde el incidente con su dragona, se había acercado mucho a Daeron, el hermano más joven de los hijos de Viserys. Un niño que era querido por todos los que él conocía en la Fortaleza Roja, por su valentía. Un niño que había logrado pararse de pie frente a un dragón ajeno, solo porque Helaena estaba en peligro. Ni siquiera Aemond tenía esa valentía. Daeron era distinto a todos. Pero especialmente, era distinto de Aegon. Mientras que su hermano mayor se burlaba a diario de él, Daeron siempre le daba ánimos. No eran los comentarios vacíos de su padre, sino una verdadera esperanza en conseguir tener un futuro mejor. Si tan solo Daeron fuera el hijo mayor… “Aemond, ¿qué ha pasado?” Otra vez su madre preguntaba. Otra vez, la respuesta era que intentaba conseguir un dragón, aemond se sujetó las manos tras la espalda, nervioso, con las ropas sucias por la actividad previa. “¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ¡Tienes que cambiar tu temperamento, no es bueno que te acerques a los dragones!” Aemond se quebró. Ya era un Targaryen sin dragón, ¿y su madre quería privarle incluso de visitar Pozo Dragón? “¡Me obligó a hacerlo!” Le gritó a su madre con una voz que estaba alimentada por ira y angustia. Pero Alicent no se amedrentó. “Esa obsesión enfermiza tuya, con esas bestias…” “¡Me dieron un cerdo!” Alicent se quedó callada ante las palabras de Aemond. Daeron se levantó, dejando uno de los bichos de Helaena sobre la mano de su hermana. El niño más joven se acercó a ellos dos, antes de hablar. “Madre, déjalo hablar. Aemond, cuéntanos lo que ha pasado.”  Se rompió, frente a sus dos hermanos y a su madre, aunque no derramó lágrima alguna. De nada serviría contarle lo que había pasado a Viserys, pues diría que eran conflictos de niños, y su madre no entendía lo que era no tener un dragón siendo un Targaryen. Era mil veces peor que ser un caballero sin escudero, caballo ni armadura. “No tengo un dragón, y a ellos les gusta que así sea. Todos se rieron. Los tres.” Su puño se cerró, llegando al punto de que le dolía mantenerlo cerrado. En su interior, deseaba golpear a alguien. Deseaba ver a Aegon con un ojo morado, sangrando por la nariz. Ya era capaz de vencerlo en el patio de armas. “Un ojo tendrá que cerrar.” Dijo Helaena, todavía agachada, observando a sus insectos. “Tendrás un dragón, hijo mío.” Alicent se acercó a él, y lo abrazó con la ternura que solo las madres saben otorgar. Aunque su madre intentó consolarlo, cosa que funcionó momentáneamente, Aemond se sentía desdichado, pues aunque se sentía ligeramente más aliviado, no cambiaba el hecho de que él seguía sin un dragón. Y cuando se retiró a su habitación, terminó llorando, a salvo en la privacidad de su alcoba. Odiaba a su hermano. Odiaba a Jacaerys y Lucerys por seguirle el juego. Odiaba a su padre por ser débil. Odiaba a su familia, porque ellos tenían dragones. Daría lo que fuera por tener uno, aunque fuera uno pequeño, uno recién salido del cascarón. Para que las burlas acabaran de una buena vez. Un dragón que fuera feroz. Él lo criaría mejor que cualquier otro, sería el mejor jinete, y pasaría más tiempo en Pozo Dragón que en la Fortaleza Roja para cuidar de su dragón. Y con el tiempo, el dragón crecería hasta tener un buen tamaño y él podría montarlo, y también podría asustar a Aegon si el mayor se atrevía a volver a burlarse de él. “Aemond.” Aquella voz hizo que pegase un brinco del susto. No había escuchado la puerta de su cuarto, se había abierto en silencio. Miró entonces, con sus ojos enrojecidos por el llanto, a aquel niño. Los brazos de Daeron cargaban con dos espadas de madera. “Al patio de armas. Ahora.” Aemond se limpió las lágrimas con la manga de su camiseta. “No tengo ganas de entrenar ahora, Daeron.”“A la mierda el entrenamiento. Necesitas desahogarte.” Fue la respuesta de Daeron, mucho más brusca de lo que esperaba. “Estás enfadado, y necesitas golpear algo, antes de que quieras golpear realmente a alguien.” “Es que ya quiero golpear a alguien.” El comentario de Aemond fue bastante rápido. Daeron le miró con duda en los ojos. Ver el rostro de su hermano preocupado le hizo suavizar su expresión de enfado. “No, Daeron. No es a ti a quien quiero golpear.” “Pero quieres golpear a alguien. ¿Me equivoco?" El silencio que siguió fue respuesta suficiente, y Daeron suspiró. "Venga, baja conmigo. Quizás el muñeco de paja no sea Aegon, pero tiene la cabeza igual de hueca. Te sentará bien practicar tajos y estocadas.” Daeron le miró con aquellos ojos azules. A veces, parecía más maduro de lo que era en verdad. Aunque otras veces también era igual de infantil que Jace y Luke, lo que era normal en su edad. Daeron era su hermano pequeño, y siempre lo había visto como un niño más interesado en la pluma, las historias y los poemas que en las espadas y los torneos. Era perspicaz e inteligente, pero no parecía mostrar orgullo por sus logros. Y debía admitir que el comentario sobre Aegon y el muñeco de paja le había hecho reír por un momento. Quizás ese alivio fue suficiente. “Tsk… Vale. Pero déjame un momento, que me prepare.”  “Todo el tiempo que necesites, Aemond.”...El movimiento de la espada fue bastante fluido. Aemond tenía fuerza y talento con las armas, y el tajo partiría a la mitad el muñeco de paja si su espada fuera de acero afilado y no de madera. El sudor cubría su cuerpo como un vestido ceñido. Tendría que asearse después de terminar, pero llevaba golpeando largo rato al muñeco de paja, imaginando en todo momento que era Aegon quien recibía los golpes. También Jace y Luke, por quienes sentía rechazo e ira. “¿Ha muerto ya?” Dijo Daeron, antes de golpear a su propio muñeco de combate. “Me temo que no. Sigue de pie.” Fue la respuesta de Aemond, antes de darle una patada. Algo de paja cayó al suelo tras el golpe. “Aunque está sangrando mucho.” “Si. Si que sangra… Aemond.” “Dime, Daeron.” “Aegon no te molestará más. Mamá ha ido a regañarlo por su actitud, ha ido a su habitación… digamos que lo ha encontrado haciendo algo indebido en la ventana. También han discutido algo sobre una criada.” Daeron negó con la cabeza. Aemond no sabía a qué se refería. “No es de importancia. Mamá le ha regañado con mucha energía. Ha dicho cosas que no creo que Aegon olvide fácilmente.” Daeron apoyó la punta de la espada en el suelo. “Le ha amenazado a Aegon con enviarlo a Antigua, con nuestros primos Hightower, o a Torreón de Aguas Claras, el asentamiento de los Florent, la familia materna de nuestra madre. Como copero y paje, no como escudero. Quizás así, Lord Ormund pueda inculcar disciplina en nuestro hermano mayor. O al menos, mamá le ha amenazado con eso.” Aquello hizo que Aemond se sorprendiera, y casi se rió por tener en su mente la imagen de Aegon llevándole la copa de vino a Lord Ormund, una tarea que deberían realizar niños de la mitad de su edad, aunque también le había llamado la atención. Desembarco del Rey era la capital de Poniente, pero según su madre y su abuelo, Antigua era el asentamiento más poblado de todo el continente, la capital del saber y el conocimiento, y la ciudad más rica junto a Lannisport. “Eso no es todo. Soy muy cercano a nuestros sobrinos Jace y Luke." Aemond mostró algo de recelo ante la mención de sus sobrinos, pero Daeron continuó. "Y sé cuándo planean una travesura, y el tipo de cosas que suelen hacer para molestar a nobles y criados. Me cuentan sus planes como si fuera su hermano, en vez de su tío.” Daeron suspiró. “Me dijeron que Aegon tenía una sorpresa para ti. Hoy, a la hora del desayuno. No me dijeron nada más, no sabían que era un cerdo. Hablaré con ellos, y se disculparán. No creo que Jace y Luke tuvieran esa intención, pero aún así, deben entender que no es bueno realizar ese tipo de bromas.”  “Una disculpa no me dará un dragón.” Aemond dijo con tensión en la voz. “No entiendes lo que se siente el no tener un dragón. Tú tienes a Tessarion. Incluso Joffrey tiene a Tyraxes.” “Sé que los dragones salvajes tienen sus nidos habituales en Rocadragón, y Sueñafuego tiene sus dos huevos sin eclosionar todavía.” Daeron habló con tono solemne. “Quizás, el huevo que está destinado para ti no está en Pozo Dragón, sino en la antigua fortaleza familiar. A la prima Rhaena tampoco le ha eclosionado su huevo. Y el tío Daemon tenía 16 años cuando se vinculó a Caraxes. No tener un dragón de niño no implica que nunca lo tendrás. Pero ser un Targaryen es mucho más que simplemente tener un dragón. Los dragones no son una posesión de la familia, Aemond. No son juguetes, son seres vivos. No podemos obligarlos a ceder a nuestros caprichos, ni tampoco obligarlos a que se vinculen con nosotros.” Que Daeron dijera aquello después del incidente con Sueñafuego enfadó a Aemond. “No te atrevas a decirme cómo debemos comportarnos con un dragón. ¡Hiciste que un dragón que no era el tuyo te obedeciera!” “¿Qué me obedeciera? ¿Pero qué dices? Estaba lleno de miedo cuando me paré frente a Sueñafuego. Esos dientes... casi me cagué encima.” Fue la respuesta de Daeron. Coloquial, y vulgar, pero increíblemente sincera.Que su hermano, tan amante de los libros, hablara como si fuera un niño del populacho provocó un pequeño shock en Aemond, que Daeron no tardó en captar. “¿Qué? No me mires así. No pensé en lo que hacía, mi cuerpo se movió solo, buscaba la seguridad de Helaena. Además, fue gracias a ella que aquel día no acabé rostizado, fue ella quien calmó a su dragona, no yo. ¡Imagínate los chillidos que habría pegado madre, si las llamaradas de Sueñafuego me hubieran alcanzado! Lo mejor que me podría haber pasado sería quedarme calvo por las llamas.” “Eres raro, Daeron.” Aemond terminó negando con la cabeza, aunque riendo un poco por lo dicho sobre su madre. Imaginar a Alicent gritando por toda la Fortaleza Roja porque a Daeron se le quemaba el pelo era gracioso. “No te gustan las espadas tanto como los libros, y hablas de un momento a otro como príncipe y como mendigo. Desde luego, de todos mis hermanos, eres el más extraño.” Pero también era el más gentil. El que siempre estaba ahí, apoyándole. “Puedo ser extraño, pero soy tu hermano. Y eso no cambiará. Pase lo que pase, Aemond. Seas jinete de caballo o de dragón, no me importa, vales mucho más de lo que tienes como posesión… " Daeron terminó elevando la espada, señalándole con la punta. "Dime, ¿te apetece un combate de práctica?” “Por supuesto.” Aquel no había sido el mejor día. Había sido uno de los peores que recordaba, pero entrenar con su hermano menor, esforzarse hasta el cansancio y ganarle en cada duelo reforzó un poco sus ánimos. En su interior había nacido una idea débil, quizás no tenía por qué convertirse en un jinete de dragón en los próximos años, aunque era lo que más deseaba. Podía ser simplemente un luchador al servicio de su casa, y cuando fuera más mayor, quizás algún dragón se vincularía a él. Se imaginó montando a Caraxes, el dragón de su tío. O Meleys, la Reina Roja, la dragona de Rhaenys. Bestias magníficas que habían tenido más de un dueño. Quizás, solo debía esperar al momento propicio, como había dicho Daeron.  Sin embargo, lo que ocurrió a la mañana siguiente fue un incidente entre Cole y Strong, durante los entrenamientos de los cuatro jóvenes. Daeron no entrenaba con Cole, y había decidido pasar el día con Helaena en los jardines de la fortaleza, paseos en los que su hermana aumentaba su colección de insectos. Así que solo Aegon, Jace, Luke y él mismo se encontraban en el patio de armas. Ser Harwin Strong se entrometió en el combate de práctica entre Aegon y Luke. Uno con 13 años, el otro con 5. Ciertamente, su sobrino se defendió con mejor técnica, claramente reconociendo algunos pasos laterales que eran típicos de Daeron, pero la diferencia de edad seguía siendo una ventaja abrumadora para Aegon. Por mucha práctica que Luke tuviera con Daeron, Aegon seguía siendo un oponente demasiado complicado. Y el comportamiento abusivo de Aegon fue la gota que colmó el vaso. Luke se había rendido. “No existe la rendición en los combates de verdad.” Fue el comentario de Criston Cole. "¡Terminad con él, Aegon!""Yo creo que ya ha sido suficiente." Harwin Strong agarró con su mano la espada de madera de Aegon, impidiendo que pudiera terminar el golpe. "Esto ha acabado." Harwin detuvo la pelea, y Criston le recriminó por ello. Hizo comentarios sobre que solo un familiar se preocuparía tanto por los príncipes y su entrenamiento. Lo único que supo después es que ambos hombres retozaban en el barro del patio de armas, lanzándose maldiciones y golpeándose con gran fuerza. Puño contra puño, la nariz de Cole goteaba sangre y un corte había nacido en la mejilla de Harwin, mientras 4 hombres separaban a los dos contendientes. Aquel incidente fue el tema de conversación de aquel día. Lo que pasó después fue la renuncia temporal de la Mano del Rey, Lord Lionel Strong, que se retiró con su hijo Harwin a Harrenhal. Y la noticia del incendio llegó apenas una semana después. El castillo seguía maldito, había acabado con las vidas de Harwin y Lionel Strong, posicionando a Larys Strong, el Patizambo, como el señor de Harrenhal.Un señor tullido para un castillo atrofiado. Casi parecía una ironía del destino, de la noche a la mañana, un hombre con el pie contrahecho se había vuelto propietario de vastas tierras y del mayor castillo en los Siete Reinos. Había cosas que no cambiarían nunca. El castillo maldito en las tierras ribereñas, o la ambición de su abuelo Otto, que no targó en recuperar el puesto de Mano del Rey. O su propio resentimiento hacia los hijos de Rhaenyra. Daba igual el comentario que le hizo Daeron, y las disculpas que siguieron por parte de los niños. Su madre lo había dicho constantemente desde que tenía uso de razón, y Aegon también se lo había repetido innumerables veces. Había enemistad entre Alicent y Rhaenyra, y los niños la habían heredado. Aquellos niños bastardos le habían retirado el derecho familiar; no importaba lo que dijera el rey Viserys, Rhaenyra era una mujer. No podía heredar el Trono de Hierro. Y sus hijos tampoco. Sentía que le habían robado el derecho de nacimiento. Por poco que le gustara, el heredero legítimo era Aegon. Y si algo le pasaba, Aemond podría reclamar su derecho como gobernante de Poniente. La pregunta se formó en su cabeza. ¿Quería ser el rey? No… solo quería ser respetado. Era un príncipe con la sangre de la antigua Valyria, y solo algo podría hacer que fuera respetado por todos, incluso por el estúpido de Aegon. Necesitaba tener un dragón. Y fue entonces cuando llegó la noticia desde el mar. Su tía, Lady Laena Velaryon había muerto. La corte fue invitada al funeral en la isla de Marcaderiva. Aemond solo pensaba que la mayor criatura del mundo se había quedado sin jinete. La oportunidad estaba allí. Vhagar podía volverse su dragón, existía la posibilidad. Era incluso una mejor opción que Caraxes o Meleys, podía domar a Vhagar. Y las burlas acabarían. Nadie se atrevería a insultarle de forma alguna si montaba a la última criatura que había conquistado Poniente. Domaría a la Reina de los Dragones, a la dragona de Visenya. Y sus enemigos arderían bajo las llamas del fuego de dragón. 
Biblioteca de la Fortaleza Roja. Daeron Targaryen.
 6 años habían pasado desde la última vez que escuchó las voces de sus seres queridos. A veces soñaba con las imágenes nítidas de sus hermanos y de sus padres, así como de aquellos amigos que había tenido. Aquella otra vida que había finalizado la historia de uno de los reyes de Narnia, antes de esa nueva oportunidad que Aslan le había otorgado, pero 6 años no le habían hecho olvidar los preciados vínculos que una vez tuvo en su tiempo como Edmund Pevensie. Y ciertamente, sus primeros años en Poniente estuvieron llenos de odiosas comparativas. Peter era mejor líder, Susan era más inteligente, Lucy era más gentil y comprensiva, con un corazón de oro que no le cabía en el pecho. Pero eso no hizo que Daeron fuera incapaz de querer a las personas con las que compartía sangre, aunque fue difícil aceptar también su nueva identidad. Pero lo más difícil fue aceptar la enorme diferencia que existía entre los dos mundos.Desde su punto de vista, Poniente no era un reino que pudiera vislumbrar la gloria de Narnia en sus mejores días. Tal y como Aslan le había advertido, aquel mundo era hostil, en más de un sentido. Las estaciones no duraban meses, sino años, los veranos eran largos, y los inviernos también, aunque las épocas de primavera y otoño permitían varias cosechas de elevada importancia. Ningún invierno sería peor que el Invierno de 100 años de Narnia, pero aquella no era la mayor de las preocupaciones.  El mundo giraba en torno a un juego de poder, de lucha y destrucción. Se trataba de una constante pugna de poder por sentarse en el maldito trono de hierro o por tener influencia sobre el rey. Un millar de espadas forjadas de nuevo por el aliento de dragón, con los bordes afilados y deformados. Construido por su antepasado Aegon el Conquistador, el hombre que gobernó Poniente tras hacer que todos se arrodillaran frente a él. Un hombre que se había casado con sus propias hermanas. Daeron negó con la cabeza del asco, mientras leía aquel libro. La paz del dragón relataba los años de paz del primer rey Targaryen, pero la constante mención de sus hermanas Visenya y Rhaenys, que a la vez eran sus esposas, solo le hacía poner una mueca de asco en el rostro. El árbol genealógico de una familia de pura sangre valyria estaba compuesta por constantes matrimonios incestuosos. Hermanos, tíos, primos, sobrinos. Se llevó la mano a la cabeza, a la frente. Gaemon "el Glorioso" y Daenys "la Soñadora". Aegon y Rhaenys, Jaehaerys y Alyssane, Baelon y Alyssa, siendo estos últimos sus propios abuelos. ¿Nadie les había dicho jamás que ese tipo de relaciones endogámicas facilitaban el desarrollo de rasgos deteriorados? Daeron solo tenía que recordar el caso de varios monarcas de dinastías europeas. Podía entender, hasta cierto punto, que la ambición de tener concentrada en una única familia la sangre capaz de controlar dragones tuviera la consecuencia de la necesidad de algunos matrimonios cercanos. ¿Pero hermano con hermana? ¿Cual era el precio de controlar a los dragones, tener ese tipo de matrimonios y desarrollar enfermedades hereditarias, o incluso condiciones mentales inestables? De ninguna manera.

Por suerte, Alicent y Viserys no tenían contacto sanguíneo. Eso debía reducir un poco las preocupaciones en su familia directa, y en él mismo. Y los hijos de Rhaenyra también estaban a salvo de aquel destino mal encaminado. Era evidente que Laenor Velaryon no era su padre, aunque aquello no era algo que importase realmente a Daeron, esos niños seguían siendo su familia, sin importar lo que dijera la gente. Incluso era posible que, según todo lo que había investigado aquellos años entre leyendas, mitos y libros de historia, que la sangre de dragón tuviera de alguna manera un efecto positivo para actuar como una especie de antídoto contra los efectos más nocivos de la endogamia, o incluso que su sangre fuera mágica. ¿Quizás tendría algo que ver con lo que había sido su enfado el año anterior? Nunca había sentido un enfado tan ardiente e intenso, debía ser cosa de su linaje Targaryen. Si no, no explicaba cómo era posible que su dinastía se remontase a algo tan antiguo como el Feudo Franco de Valyria. 5000 años de historia de matrimonios incestuosos tendrían que haber llevado a Valyria hacia una catástrofe muy distinta a la que sucedió finalmente, a muerte por enfermedades heredadas a lo largo de varias generaciones y no por la explosión de las Catorce Llamas, los volcanes de Valyria. Aún así, Daeron sabía que no se podía jugar con la magia, aunque la tuviera en la sangre. Recordó al fantasma de Jadis en la Mesa de Piedra, tratando de engañar a Caspian para ser liberada. “Solo una gota de sangre, hijo de Adán.” Se acordó del combate como si lo hubiera vivido en instantes anteriores, del rostro de Caspian, dudando en aceptar o no la ayuda, de la pelea que siguió, en la que Peter y él mismo tuvieron que enfrentarse no solo al peligro físico, sino a la imponente presencia de Jadis, y eso que solo se trataba de una ilusión en el hielo. Si ellos no hubieran llegado y acabado con los traidores, un hombre lobo increíblemente primitivo y poderoso y un enano de nombre Nikabrik, la Bruja habría logrado volver tras tomar la sangre de Caspian. Sí, seguramente hubiera sido capaz de detener al poderoso ejército telmarino, el ejército de Miraz. ¿Pero a qué precio? La libertad de Narnia de ese invierno eterno no era negociable, volver a traer a la Bruja Blanca habría sido un error. La magia no podía ser la respuesta a todo. Negó con la cabeza. La sangre tenía poder, ya tenía experiencia en esos temas, y su sangre era mágica de alguna manera. Además, era evidente que la magia existía en aquel mundo, aunque gran parte de ella posiblemente se había perdido con la "maldición de Valyria", fecha en la que el Gran Maestre Mellos decía que muchos de los conocimientos arcanos del mundo habían sido enterrados en la ceniza y la lava volcánica. Edmund, durante 15 años, gobernó Narnia con sus hermanos, y en sus aventuras había tenido que enfrentar a criaturas mágicas o usar objetos mágicos. Eso le había despertado una especie de afinidad con aquel tipo de arte arcano, algo que le decía que la magia existía, que podía ser difícil de entender, pero que estaba vinculada al mundo, como una fuente de energía asociada a la misma vida. Cerró el libro entonces, y repasó lo que recordaba de las criaturas mágicas, en una mezcla del folclore y la historia de Poniente. Los hijos del bosque, parecidos a los elfos y a las ninfas de Narnia, que cantaban la canción de la tierra y su voz era como el ruido de los arroyos. Los adultos eran del tamaño de niños, y eran ágiles y hermosos. Algunos eran capaces ver el futuro, y comandar animales a través de control mental, algo que los norteños llamaban cambiapieles, pero parecía que, al menos al sur del Muro, los hijos del bosque se habían ido hacía varios siglos, y con ellos, sus artes sobrenaturales. Los árboles llamados arcianos, que eran venerados en el Norte, con sus hojas rojizas, su corteza blanca y su savia del color de la sangre. Dudaba que estuvieran vivos y que pudieran moverse de la misma forma que los árboles de Narnia, destrozando catapultas e infantería con una orden de Aslan. Aún así, recordaba que los árboles eran extremadamente longevos, y que de alguna u otra forma, tenían memoria. Por desgracia, en la Fortaleza Roja no había arcianos, ni siquiera en el bosque de dioses. Le sería muy útil si pudiera conectarse de alguna manera a ellos, para obtener información del mundo de anteriores edades. Épocas pasadas, como la Edad de los héroes, años en los que la humanidad enfrentó un invierno tan largo como la vida de un hombre.  Y al terror que acompañó aquel invierno, los demonios que llegaron al mundo en esos años. Los llamados Otros, los caminantes blancos, criaturas antiguas hechas de carne pálida como la nieve o la leche. El enemigo que Aslan le había dicho que atacaría a la vida, para conquistar el mundo y convertirlo en un paraje de sombras, de fría muerte y oscuridad. La razón de existir del Muro, una edificación de monstruoso tamaño que superaba los 500 codos de altura. Y también estaban los dragones. Criaturas poderosas y mágicas, cuyo origen era bastante difuso; algunos decían que eran producto de una segunda luna en el cielo, que se resquebrajó como un huevo al acercarse demasiado al sol, y de la que nacieron un millón de dragones, otros decían que habían venido de más allá de Asshai. Incluso había teorías escritas del septón Barth sobre la creación de los dragones con artes arcanas en las Catorce Llamas. Pero más allá de su origen, los dragones eran las únicas criaturas que Daeron podía estudiar sin necesidad de libros o historias, porque estaban físicamente ahí, en Pozo Dragón y en la Fortaleza Roja.  Algo innato brotaba desde su interior, un vínculo fuerte con su dragona, Tessarion. Como si existiera la posibilidad de comunicarse con ella sin necesidad de palabras, o de entender los sentimientos recíprocamente. Y Tessarion era como una niña, una dragona activa, juguetona, curiosa y de movimientos rápidos. Parecía que, al igual que cada hombre y mujer es distinto, los dragones también tenían sus personalidades, gustos y rechazos. Definitivamente, había magia en el mundo. Una herramienta que muchos veían como algo que no debía usarse. Daeron no pensaba de esa manera.  
 “No es la espada la que mata, es el caballero. Cómo uses tus armas determinará si son juguetes o realmente son herramientas de combate. Empuñar a Rhindon no será suficiente contra los ejércitos de la bruja. Debéis entrenar, majestades.” 
 Recordar aquella frase de Oreius le hizo pensar también en objetos mágicos. Nuevamente, pensó en Valyria. Valyria había realizado otras obras de calidad incomparable y se sabía que tenían conocimiento de artes arcanas y de otro tipo de hechicerías además del vínculo con los dragones o la magia de sangre, desagradable a gusto del niño. Y entre aquellos logros estaba la forja de legendarias armas y armaduras con el conocido acero valyrio. Había visto muchas veces la espada de Viserys, su padre, llamada Fuegoscuro. Le despertó en él un sentimiento extraño, tenía una belleza propia, sobre el filo ennegrecido. Quizás por los patrones de ondulaciones, por tener el color del humo, casi negro, o por sus características mágicas. El acero valyrio era más resistente y más ligero que cualquier otro acero, resistente al óxido e incluso al fuego de dragón, y además con legendario filo eterno, imperecedero. También estaba la daga sin nombre de acero valyrio, otra de las propiedades que Viserys siempre llevaba consigo, aunque no recordaba que la hubiera usado jamás, y Hermana Oscura, la espada larga de su tío Daemon, la espada de Visenya Targaryen. No solo eso, había otras casas nobles con armas ancestrales del mismo material legendario, que de cierta manera le recordaban demasiado a Rhindon, pero algo dentro de él le decía que la espada narniana todavía tenía una calidad superior. Lo cierto era que no lo podía juzgar con certeza o con imparcialidad. En primer lugar, él no había empuñado un arma de acero valyrio, y en segundo lugar...La última vez que había visto los objetos mágicos, los regalos de Papá Noel, había sido cuando estos le habían sido entregados. El cuerno de batalla de Susan. El cordial del líquido de flores de fuego de Lucy. Y Rhindon, la espada de Peter. Ya habían pasado 6 años desde que llegó a Poniente, y no tenía ninguna pista. ¿Dónde se encontraban aquellos objetos? ¿Habían llegado siquiera a Poniente, o tendría que ir a buscarlos a Essos, a Sothoryos o Ulthos? Daeron no tenía ni idea. Lo único que sabía era que aquellos tesoros habían viajado hasta aquel mundo con él, que de cierta manera era capaz de sentir que estaban físicamente allí, en algún lugar, y que debía encontrarlos. En un futuro, era su deber emplearlos para garantizar la paz y la victoria contra los Otros. Por desgracia, aquello tendría que esperar. En ese momento, tenía otras cosas que hacer, además de continuar investigando. Después de todo, aquella era una segunda oportunidad de parte de Aslan. Además de "salvar el mundo", Daeron tenía que vivir, tratar de encontrar la felicidad y el amor hacia su propia persona, e intentar mantener unida a su nueva familia. Porque, por desgracia, su familia estaba rota, esperando a que el rey Viserys diera su último suspiro. Daeron podía verlo, pero no podía hacer nada por evitarlo. No podía obligar a los niños a llevarse bien, y ciertamente, Aegon era un problema en todo sentido. Le recordaba demasiado a cómo había sido él mismo, antes de Narnia, de Aslan, pero con defectos incluso peores, y una actitud todavía más desagradable.El bloque verde y el negro se enfrentaban más a cada día que pasaba, y no se refería solo a la familia. Había nobles que se enfrentaban entre ellos, por apoyar a uno u otro bando. Su propio abuelo, Otto Hightower, era uno de los grandes partidarios de los verdes, y con él estaban algunas de las casas más importantes, como las casas Lannister, Hightower, Bracken y Tully. Y no tenía idea de qué haría el nuevo señor de Harrenhal, Lord Larys Strong, el consejero de los rumores.Daeron sabía que la pólvora de la guerra estaba ahí, dormida, esperando la muerte de Viserys, y que solo una chispa sería necesaria para hacer estallar un conflicto a gran escala.“Daeron.” La voz de Helaena le hizo apartar la vista de los libros. Su hermana era una joven muy delicada, y se encontraba con una mariposa entre sus manos, de hermosas alas blancas. ¿Acaso venía de los jardines? Ya era algo tarde para estar paseando fuera, el sol empezaba a ocultarse. “Helaena. Pensé que estabas en tus lecciones.” “Mañana debemos irnos. Una noticia terrible, nuestra tía Laena ha muerto en trabajo de parto, y el bebé no ha sobrevivido. Un funeral sucederá. La corte irá a Marcaderiva.” Daeron se sorprendió por eso, y ciertamente, se entristeció por la muerte de la mujer y el bebé. “Que desgracia… Baela y Rhaena, pobres niñas.” Su corazón sintió auténtica tristeza por aquellas chicas. Sus primas, niñas de 4 años a las que solo había visto unas pocas veces. Entonces se levantó, para recoger sus libros. “Viajaremos en barco, entonces.” Miró entonces a Helaena. "Será duro, las niñas llorarán. En un momento de necesidad, hay que ofrecerles nuestras condolencias, Helaena. Será algo duro, y el viaje en barco también." “No. Yo iré con Sueñafuego.” Aquella afirmación de Helaena logró hacer que Daeron se sorprendiera.“Ya has volado unas cuantas veces, ¿pero hasta Marcaderiva? Es peligroso, será mejor si vamos en barco.” Helaena ya había tenido sus primeras sesiones de  vuelo con Sueñafuego. Pero habían sido vuelos cortos, el más largo de una hora, desde Desembarco del Rey hasta Rosby. Marcaderiva estaba a algo más de un día en barco. Aunque apenas serían un par de horas a lomos de un dragón como Sueñafuego. “Tres dragones marcharán a Marcaderiva. Pero cuatro serán los que volverán.” Otra vez Helaena decía cosas que Daeron no entendía, aunque lo siguiente que dijo le puso los pelos de punta. “Y en la marea matutina, un regalo encontrarás.”

----- CHAPTER BREAK -----

Año 120. Pozo Dragón, Daeron Targaryen.
 Sueñafuego resopló ante la presencia de los hombres, que agitaban levemente sus varas buscando calmarla, mientras los hermanos, tomados de la mano, se acercaban a ella."Umbass..." Dijo uno de los guardias dragón, a la par que Helaena terminaba de acercarse a la dragona, acariciándola."Hoy tendremos un compañero de vuelo, amiga mía. No quiero que asustes a mi hermano pequeño." Dijo Helaena, con algo más de confianza en la voz, como si estar cerca de su dragona la volviera más valiente.La criatura empezó a agitarse una vez Helaena y Daeron se subieron a ella. Sueñafuego movió su cabeza de lado a lado, como si fuera su manera de mostrar sus ganas de volar, mientras los dos hermanos ajustaban sus correas y cadenas a la silla de montar. “Estoy segura de que quiere volar de inmediato.” Dijo Helaena. “Solo habéis tenido unos pocos vuelos de práctica. ¿De verdad tienes todo bajo control?” Fue la pregunta de Daeron. Helaena terminó por asentir. “Si, Daeron. Hoy volaremos, los tres. Aegon ya se ha ido, pero Fuegosol no es más rápido que Sueñafuego. Podemos alcanzarlo.” Los guardias dragón se apartaron tras abrir las puertas de bronce de Pozo Dragón. Daeron miró a su izquierda. Tessarion era una dragona muy joven, pero ya era capaz de volar por sí misma. Quizás, el trayecto hasta Marcaderiva sería exigente, pero no era algo que estuviera fuera del alcance de la dragona. En aquel año, Tessarion había duplicado su tamaño, y con ello, su resistencia. Además, era una de las crías de Sueñafuego. La dragona mayor no dejaría que la más joven tuviera problemas a la hora de volar. Para Daeron, sería la primera vez que volaba desde Narnia, donde los majestuosos grifos alados, de cuerpo de león pero con alas, cabeza y cuello de águila, les habían servido a los cuatro reyes como monturas. Los dragones eran distintos, sus pieles escamosas y su tamaño provocarían que el vuelo fuera doloroso y complicado para el jinete. Para ello estaban las sillas de montar de los dragones. “¡Tessarion, soves!” “¡Soves!” Helaena gritó después de Daeron, y las dos bestias azules tomaron algo de carrerilla antes de alzar el vuelo. Tessarion era extremadamente ágil a comparación de Sueñafuego, pero era debido a su menor tamaño y aspecto más liviano. Mientras una aleteaba con agresividad y provocaba ráfagas de aire levantando polvo, la otra ya estaba en dirección al cielo, aprovechando su cuerpo menos pesado. Sueñafuego tuvo que trazar un par de círculos amplios sobre la colina de Rhaenys para poder elevar su altura de vuelo, pero la brisa marina seguía chocando en los rostros de los hermanos. Daeron se sujetó mejor a la cintura de Helaena. Era un aleteo frenético, un desgaste de energía constante, hasta que la altura que alcanzaron ambos dragones les permitió aprovechar las corrientes de aire, a semejanza de las grandes aves rapaces. Las alas de ambas criaturas ahora se movían más lentamente, reservando sus energías. Daeron no pudo resistir mirar hacia abajo, estaban a más de 300 metros de altura sobre el mar, y la ciudad capital ya se había empequeñecido. Miró a su derecha, Tessarion no volaba a la par con Sueñafuego, sino que iba un poco más atrasada, como si aprovechase la guía de su madre para poder acostumbrarse mejor a la gran altura, y Daeron notaba la felicidad de la joven dragona gracias al vínculo que los unía. “Está feliz de poder volar.” Dijo Helaena, antes de agitar suavemente las riendas. La dragona más grande rugió, pero no con ira, sino de alegría, a la par que viraba hacia el este. “Aegon se ha adelantado mucho. ¿Vas bien, hermanito?” “Ya sabes cómo es Aegon, le gusta destacar. Y voy bien, confío en ti, y en tu dragona… mientras no nos demos un buen golpe, no he de temer estos vuelos.” Ni tampoco a la ira de su madre. Había sido difícil convencer a Alicent, pero finalmente la reina permitió que, al menos tres de sus hijos fueran volando sobre las bestias aladas de la familia. Aemond, sin embargo, no quiso montar con Aegon, y tampoco con Helaena, sino que marcharía en los barcos de la realeza. Daeron había notado un comportamiento extraño en su hermano en los últimos días. “Es tu primer vuelo, ¿no es así?”  “Si, si que lo es.” Al menos, en aquella vida. “Pero hemos comprobado las cadenas y hebillas, confío en que no me caeré.” “Sujétate fuerte, e inclínate un poco. Así notarás menos las ráfagas de aire.” Y así lo hicieron. Mientras Sueñafuego hacía el esfuerzo de volar y Tessarion la seguía de cerca, los dos hermanos disfrutaron de la inmensidad azul del mar, y de los numerosos barcos que ya podían ver, algunos barcos pesqueros, otros mercantes, y otros de la armada real. Los Velaryon tenían una flota inmensa, y más de tres mil hombres a su servicio, capaces de luchar tanto en la cubierta de un barco como en tierra.  Quizás Caraxes y Daemon habían sido muy determinantes en la conquista de los Peldaños de Piedra, pero fueron los hombres de los Velaryon los que terminaron por fortalecer aquellas posiciones, al menos durante un tiempo, antes de abandonarlas a su suerte, nuevamente cayendo en manos de los piratas. Escucharon un rugido, y alzaron las cabezas. Fuegosol estaba a la vista, su aspecto dorado le otorgaba una belleza increíble, incluso entre los dragones. Aegon incluso hacía piruetas con aquella criatura, una vuelta entera sobre su propio eje, volando con total libertad. Sin embargo, la mente de Daeron se encontraba disfrutando de la sensación del viento en el rostro, de sentirse libre, tocando los cielos. Había una cosa que todavía le preocupaba, y había sido el comentario de Helaena sobre un regalo. Había leído que entre los Targaryen podrían ocurrir los llamados sueños de dragón, visiones proféticas ocurridas durante la noche, durante el descanso. Y recordó las palabras. En la marea matutina, el regalo encontrarás. Sabía que no era lo correcto tomar una profecía al pie de la letra, pero quizás estaba cerca de encontrar uno de los tesoros de Narnia. Más allá de porque lo hubiera dicho su hermana, era porque lo sentía en el corazón.

Marea Alta. Otto Hightower.
 Se decía que la casa Velaryon era antigua y orgullosa. Descendientes de Valyria, jinetes de barcos, y no de dragones, que habían ayudado al conquistador con su flota y sus hombres. El capitán de barcos, el gran almirante de la flota real, siempre había sido un miembro de la casa Velaryon desde su creación. Y su sangre estaba mezclada con los Targaryen, como hermanos de una nación antigua. Incluso el primer Lord Comandante de la Guardia Real fue un Velaryon, Ser Corlys Velaryon, el primo de Aegon el Conquistador y su escudo juramentado. Además, alcanzó la gloria, pues murió defendiendo a su rey.  Definitivamente el nombre demostraba fuerza y grandeza en la familia, pues fue otro Corlys Velaryon quien trajo nueva prosperidad a la casa de Marcaderiva. No como un guerrero, sino como marinero, explorador y comerciante. Lord Corlys Velaryon tenía más riqueza que las casas de Lannister y Hightower, llevando a la casa Velaryon a unos niveles de poder e influencia similares a las grandes casas por derecho propio. Además, en aquellos momentos, tenían dos dragones en la familia, y una jinete extremadamente capaz y con experiencia militar, Rhaenys Targaryen. Otto solo podía sentir envidia contra aquella casa de origen valyrio. Rica y poderosa, con dragones, y además, unidos a través de matrimonio al rey Viserys, que seguía totalmente encandilado por su hija Rhaenyra, como si la princesa pudiera hacer lo que le viniera en gana. Los Velaryon habían acumulado demasiado poder, para el gusto de Otto. Ciertamente, la muerte de Laena no lo entristeció en absoluto, aunque no se mostró cruel a la hora de dar falsas condolencias a la familia de la muchacha. No es como si Laena hubiera hecho algo malo, más allá de casarse con uno de los hombres más peligrosos de Poniente. El mayor peligro para su estirpe, para su legado, para todo lo que Otto estaba tratando de construir. Todo el mundo podía verlo, Otto odiaba a Daemon Targaryen. El hermano del Rey había sido su mayor enemigo en la corte. Muchos lo llamaban el Príncipe Pícaro, él prefería llamarlo Lord Lecho de Pulgas. Aún así, ocultó sus intenciones detrás de una máscara de hombre que simplemente cumplía con su deber. Siempre se le había dado bien el mostrar una cara más amable de lo que realmente sentía, pero eso siempre se había dificultado con la presencia de Daemon. Otto se limitó a acompañar a su debilitado rey, tomando las riendas del gobierno poco a poco. Apenas había pasado una luna desde que volvió a su puesto en el consejo privado del rey, y ya se había ganado la confianza y lealtad de Tyland Lannister, y a través de él, iría su gemelo Jason Lannister y todo el poderío de la casa Lannister... Todas las casas en las Tierras del Oeste lo seguirían.No era un sueño, tener a su nieto con la corona del Conquistador era su ambición. Aquel sería su legado, su sangre en el Trono de Hierro. Aegon era el hijo varón mayor. Recordaba el resultado del Gran Consejo de Harrenhal. El hombre sobre la mujer a la hora de heredar. Porque era lo natural, lo correcto, el camino a seguir durante miles de años. Siempre se había hecho así, entregar el gobierno al sexo débil siempre terminaría en catástrofe. Su nieto estaría gobernando el continente, y él estaría a su lado, guiándolo. Los tiempos de Jaehaerys palidecerían ante un nuevo reinado con un monarca de la sangre Hightower gobernando los Siete Reinos, al cuál serviría como una eficiente Mano del Rey. El reino encontraría prosperidad, y más importante, su casa no tendría rival. Ni siquiera los Velaryon o su riqueza podrían hacer frente a las leyes de los hombres. Debía ser su nieto quien se convirtiera en Rey al final. Alguien que fuera fácil de manipular y que le dejaría todo asunto de gobierno. Y además, los hijos de Rhaenyra no eran más que unos bastardos. Un secreto a voces que solo le facilitaría hacer ver a todos que era una mujer incapaz de gobernar. ¡Ni siquiera era capaz de gobernarse a sí misma! Y además, su supuesto amante había fallecido en Harrenhal semanas atrás. Desde luego, daba gracias al Desconocido por haber logrado semejante hazaña. La muerte de los Strong había dejado a Rhaenyra sin su principal protector, y además le había devuelto su puesto como Mano del Rey. Ahora, solo debía jugar las piezas con cuidado, sustituir a los hombres al servicio de la corona por hombres de su propia confianza. Cambiar incluso a los miembros del Consejo Privado, si era necesario. Todo por la gloria de los Hightower. Vaemond Velaryon estaba hablando durante el funeral, antes de que el sarcófago de Laena fuera arrojado al mar. Había dado un emotivo discurso en alto valyrio, en el que había dicho una cosa que atrajo la atención de Otto. Quizás la familia Velaryon no estaba tan unida, pues Vaemond lanzó comentarios mordaces pero indirectos, hablando de la verdadera sangre Velaryon, todo ello a la par que Daemon le dedicaba miradas de odio. Vaemond no era estúpido y también debía de saber de la situación de los hijos de Rhaenyra. Otro posible aliado más. Y la situación actual de Rhaenyra no era precisamente buena. Había anunciado que se marcharía de la corte, a vivir en Rocadragón con sus hijos y su esposo. Eso solo le otorgaría una oportunidad más de poder conseguir aliados sin la influencia de la presencia de la "heredera". Tendría que consolidar los cimientos de alianzas poderosas en silencio, en secreto. Algunos dirían que era conspiración, pero Otto sabía que era su deber. “Mis más sinceras condolencias por su pérdida, Príncipe Daemon.” Dijo Otto, mientras acompañaba al rey. Daemon se había acercado a ellos.  “Las sanguijuelas no se satisfacen nunca. Su hambre es voraz, y nunca llegan a tener el estómago lleno.” El comentario de Daemon fue seco y directo, pero a Otto le importó poco. Dejaría que las ratas hablaran. Ahora debía discutir con su hija, sobre lo último que había escuchado en referencia a sus nietos. A pesar de que su familia ahora estaba directamente relacionada con la corona, había costumbres difíciles de aprobar, y el último rumor que Lord Larys le había facilitado... “No apruebo este matrimonio.” Dijo con la voz seca, como si la simple idea de imaginarlo le provocase arcadas. “Padre, mis dos hijos son Targaryen. Lo he hablado con mi esposo, él ya lo sabe, y ha dado su aprobación a que este matrimonio suceda.” Alicent ya no era una niña, y aunque guardaba respeto a la mujer en la que se había convertido, no podía tolerarlo. “¡Son hermanos, Alicent! Aegon y Helaena…” Nunca imaginó decir aquellas palabras, mucho menos en ese tono de voz. Con ese matrimonio, se perdería la capacidad de usar a ambos niños en pactos matrimoniales. “¿Te crees que no lo sé, padre?. Son hermanos, y son Targaryen. Y a Aegon debo disciplinarlo mejor. Si organizamos un matrimonio entre él y Helaena, nos ayudará a tenerlo controlado. No confío en entregar a mi hijo a otra mujer que pueda apartarlo del buen camino.” “Estás tirando a la basura un posible enlace de Helaena y de Aegon con alguna casa poderosa. Helaena es extraña, pero muchos herederos matarían por tener de esposa a una princesa de los Siete Reinos..." Otto se tomó un momento de pausa. "Por los Siete, y Aegon... hay muchas jóvenes de su edad, que podrían convertirse en una alianza y en un matrimonio adecuados. Hay muchos señores ahí fuera que matarían porque una de sus hijas fuera la reina consorte, y sus hombres de armas, caballeros y levas lucharían por tu hijo, Alicent. Sin contar que solo la ley de la excepción Targaryen es lo único que impide que exista una rebelión en contra de una unión incestuosa. Que tus dos hijos se casen entre ellos está mal, hija mía... ¿No quieres respaldar a tu hijo con poder, con hombres?” “¡Claro que quiero! ¡Pero también es mi deseo proteger a mi hija!” La voz de Alicent había sonado dubitativa al principio, pero la fuerza y determinación volvió al hablar de Helaena. “Si quieres proteger a Helaena, necesitamos hombres, fuerza. Si de verdad quieres que Helaena, que Aemond y Daeron estén a salvo, entonces debemos tener cuidado con sus matrimonios.  Ya tiene 13 años, Alicent, y no faltan las solteras. Aegon podría casarse con…” “Aegon se casará con Helaena. Dentro de poco será anunciado.” Alicent sentenció, y Otto suspiró pesadamente. Su hija seguía siendo una mujer que no atendía a argumentar, simplemente ella no tenía la razón de su lado, pero él tendría que convencerla de otra manera. O al menos, así iba a ser hasta que Alicent continuó. “Rhaenyra propuso hace poco casar a Jacaerys con Helaena. No pienso dejar que mi hija se case con un bastardo. No pienso entregar a mi dulce Helaena a un hijo de esa arpía.” Aquello le heló la sangre, y su mente empezó a trabajar. Quizás Rhaenyra también quería hacer movimientos políticos al unir ambas ramas de la familia, y reafirmar a Jacaerys como su heredero. Eso no iba a pasar. Nunca pensó que podría cambiar de opinión tan rápido, pero aquello realmente podía tirar a la basura todos sus años de esfuerzo. El reclamo de Jace y Helaena podría echar a perder el reclamo de Aegon. Y Otto no quería ver esa posibilidad ni siquiera en el rincón más oscuro de su mente.  “No. Y no lo permitiremos. Helaena tendrá un marido apropiado…" Apretó el puño ligeramente, sabiéndose derrotado en aquella disputa. "Y pensándolo bien, Aegon puede ser ese marido. Todavía tenemos a Aemond y Daeron, para conseguir alianzas.” Sus dos nietos más jóvenes, sin embargo, eran su orgullo. Más allá de que Aegon sería el futuro rey, sus dos nietos habían ganado fama por sí mismos. Aemond tenía excelentes aptitudes marciales y había ganado a escuderos que le sacaban años de edad y estatura, y Daeron ya había cultivado su nombre entre muchas bocas de la corte, debido al incidente del año anterior. Criados y nobles hablaban del joven niño que se enfrentó a un dragón, hablando de Daeron como un nieto digno del Príncipe de la Primavera.Y al igual que Baelon apoyó a su hermano Aemon más que nadie en su época, estaba seguro de que Daeron y Aemond serían los mayores partidarios de Aegon. “No deseo comprometerlos, son muy pequeños todavía. Aemond apenas tiene 10 años, y Daeron 6…""Sí, son jóvenes, pero pueden ser comprometidos, hija mía. Tu madre y yo nos comprometimos a los 12 y nos casamos a los 17. Cuando tengan esa edad, ya serán prácticamente adultos. Tanto Aemond como Daeron pueden otorgarnos el apoyo de otras casas de gran importancia." Sentenció Otto."Pero hay otra cosa que me preocupa, padre.” “¿De qué se trata, Alicent?” Otto se enderezó un poco, esperando escuchar a su hija. Ella, sin embargo, frunció los labios, pues los tenía más secos que de costumbre. “Aemond y Aegon… sé que se sienten enemistados a los niños de Rhaenyra. Saben que esos bastardos han usurpado el derecho al trono. Derecho que les pertenece a mis hijos. Pero Daeron... tiene verdadero afecto por ellos.” “¿Daeron?” Otto ya había visto algo de la actividad del niño desde que había vuelto a la capital. Solo habían compartido unas pocas semanas, pero pensaba que ya conocía todo lo que necesitaba del niño. La gran mayoría de criados destacaban el apetito de conocimiento del niño, más allá de su actitud apacible, o sus supuestas hazañas. Él había estado lejos de la corte cuando sucedieron aquellos eventos. “Si, padre. He tratado de educar a mis tres hijos por igual en lo que refiere a la fe, a los valores que tienen que seguir en la vida, y al trato que deberían tener con los hijos de Rhaenyra. Sé que tanto Aegon como Aemond los odian, apenas los soportan en el patio de armas o en las lecciones, pero he visto como Daeron entrena con ellos. Les da consejos con la espada, corrige sus errores y los ayuda a levantarse cuando se caen.” “Algo he oído de que mi nieto más joven tiene también algo de talento con la espada. Ser Criston Cole es un buen maestro, no pasa nada porque entrenen juntos.” Si ese era todo, no había mayor inconcenviente. “Ese es el problema.” “¿Ser Criston?” Otto alzó la ceja. Cole era un hombre leal, sabía que aquel Guardia Real no sentía aprecio alguno por Rhaenyra. “Daeron no ha recibido lecciones de Cole desde hace más de dos años, se entrena sin estar bajo la tutela de nadie, por su propia cuenta. Fue desde el incidente entre Aegon y Jace. Te lo conté por carta." Por un momento, los ojos de Alicent brillaron con cierto temor.  "Honestamente, no sé a quién apoyaría Daeron si llega a haber un conflicto…” “Son niños, Alicent... Eso que dices no ocurrirá. Aegon será rey. Y Daeron será su aliado, yo me ocuparé de él. Mi sobrino Lord Ormund es el señor de Antigua, tenías planeado enviar al niño allí, dentro de dos años, como escudero, si mal no recuerdo. Debemos tener asegurados al menos a los jinetes de dragón de los que disponemos.” Otto miró a su hija. “Rhaenyra se va a vivir a Rocadragón, y con ella irán sus hijos. Recuérdale a Daeron quiénes son sus familiares más cercanos. Que la sangre es más espesa que el agua... que sus hermanos son Aegon y Aemond.” Alicent tragó algo de saliva, su cuerpo estaba tenso. Otto no vio a la mujer en la que se había convertido, sino en la niña que fue. “Soy tu padre. Estaré contigo, y te ayudaré a que cumplas con tu deber. Daeron debe apoyarnos a nosotros, que somos su verdadera familia. Los hijos de Rhaenyra no son más que bastardos desechables, de los que tendremos que ocuparnos con el tiempo." “Si, padre.”

Aquella noche, hora del búho. Daeron Targaryen.El ambiente de aquel día había sido desagradable en todo sentido. Muy pesado, como era lo normal en un evento tan triste como era un funeral... Todos, de una u otra manera, tenían el rostro sombrio por el fallecimiento de Lady Laena, pues la hija de Lord Corlys Velaryon y Rhaenys Targaryen era una mujer muy querida por todos, por encanto propio. Una jinete de dragón y el hombre más rico de los Siete Reinos, acababan de perder algo de valor incalculable, pues ni siquiera todo el oro del mundo puede mitigar el dolor de la pérdida de una hija.Rhaenyra se mostraba especialmente dolida, ya que la mujer Velaryon había sido una compañera muy querida, más allá de ser su cuñada, era una amiga cercana con la que había volado en dragón muchas veces. Laenor Velaryon, hermano de la fallecida, aguantaba estoicamente el llanto, pero Daeron sabía dentro de sí mismo que el hombre debía estar con el corazón roto. Sí el mismo hubiera perdido a sus hermanos, habría sido un dolor indescriptible, más allá de toda recuperación. Pero los niños y las niñas eran quienes peor lo llevaban. Las gemelas Baela y Rhaena tenían 4 años, pero habían perdido a la vez a su madre y a un hermano al que esperaban. La muerte de un bebé era por sí sola una tragedia a la que Daeron no estaba acostumbrado. Y los hijos de Rhaenyra no eran capaces de decir palabras de consuelo hacia aquellas niñas, porque no había consuelo posible. Solo las abrazaron, en silencio, sin hablar en todo el día."Lamento mucho vuestra pérdida, Baela, Rhaena." Fue todo lo que él mismo pudo decir, además de darles un abrazo. Las niñas apenas y respondieron el abrazo, pero no hablaron más allá de un simple y directo "Gracias". Una sombra se había colocado en su mirada, como si la realidad hubiera golpeado demasiado fuerte. El resto del día, lo pasó con sus familiares, en el ambiente sombrío que solo un funeral puede tener. No tuvo mucho apetito a la hora de comer, pero al menos, comió algo. Las gemelas, por su parte, habían dejado su plato intacto. Deseaba ser capaz de ayudarles de alguna forma, pero cada persona afrontaba el duelo a su manera. Finalmente, se quedaron a dormir en uno de los castillos de Lord Corlys, en Marea Alta. El Rey planeaba quedarse un par de días, antes de zarpar a Rocadragón. Era tarde, muy tarde. Había pasado la hora de la anguila, o la de los fantasmas. No se acordaba bien, lo que importaba era que todo estaba oscuro. Se levantó entonces, teniendo que tener especial cuidado en sus movimientos, sigilosos como los de un gato en mitad de una cacería. Vestido con ropas de lino, que le permitían movilidad absoluta, fue capaz de pasar por encima de Aegon y Aemond, aterrizando sobre el suelo en un salto. Como si fuera un animal escurridizo, debía ser la criatura más silenciosa en aquella noche.  Marcaderiva y Marea Alta eran los dos castillos de la familia Velaryon, y ellos se hospedaban en el segundo, la familia real y Otto como invitados y los propios Velaryon como anfitriones, mientras que el resto de miembros de la corte pasaría la noche en Marcaderiva.  Y la presencia del rey y del señor del castillo solo podían significar una cosa. Había en ese momento más de 100 ojos abiertos vigilando el edificio, entre guardias reales, guardias de la casa Targaryen y los guardias de la casa Velaryon. Y tendría que moverse por un castillo que no conocía de nada, evitando a toda costa ser descubierto en su actividad nocturna, para evitar meterse en problemas. Tenía la ventaja del tamaño y la agilidad, pero era superado ampliamente en número. Se sintió igual que cuando asaltaron en la noche el castillo de Miraz, pero esta vez, él no tenía arma ni armadura, y tampoco sus hermanos estaban a su lado para ayudarlo. Debía hacerlo solo, pues ninguno de sus familiares podría ayudarlo en esto, los regalos de Aslan y Papá Noel eran su responsabilidad. Si alguien debía meterse en líos, sería él solo. Se movió hacia la puerta, agachado. Aegon y Aemond dormían todavía, los movimientos de Daeron no les habían despertado, y entonces el niño miró bajo la puerta. No había nadie al otro lado, ningún guardia, al menos en el pasillo. Suspiró, y salió de la habitación dejando la puerta cerrada detrás de él, con las bisagras sonando levemente. Avanzó a través del pasillo, giró a la derecha, y luego a la izquierda. Estaba en completa oscuridad, él solo contra el mundo, palpando las paredes y estudiando sus contornos, avanzando con el sigilo de un depredador nocturno. Tuvo que agacharse detrás de una de las estatuas de sirenas y tritones cuando escuchó pasos. Al principio, eran pasos de armadura, que sonaban con claridad en el pasillo, y Daeron tuvo que aguantar la respiración por momentos. Los pasos se detuvieron, antes de continuar... Se había quedado totalmente quieto, helado, esperando durante un minuto que el guardia se hubiera alejado lo suficiente, antes de volver a avanzar. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en escuchar nuevamente pasos y en esconderse detrás de otra estatua, pero estos eran distintos a los de antes.Reconocía esa forma de caminar, el sonido no era de botas de jinete o de grebas de caballero, sino el sonido de zapatos más delicados, calzado de mujer. También la forma de caminar era más suave y delicada. Pero fue el aroma lo que delató la presencia de la otra persona, un perfume de agua de rosas, una colonia típica de Pentos de elevado valor. Solo conocía a un par de personas que disfrutaran portar olores tan exóticos. Y una de esas personas estaba allí, en el mismo castillo. ¿Rhaenyra? ¿A dónde iba su hermanastra? La siguió entonces, alzando un poco la cabeza detrás de la estatua que era su escondite. La luna la iluminó por momentos. Parecía que iba a dar un paseo nocturno, aquellas ropas no eran precisamente para dormir. Pero era natural que ella pudiera moverse con libertad por allí, aquella era la casa de sus suegros. Rhaenyra si debía conocer el castillo mejor que él. Si ella iba a salir del castillo aquella noche...Era su única oportunidad. Empezó a seguirla en las sombras, ocultándose tras cada estatua. Se movía con asombroso sigilo, quizás producto de no llevar ningún tipo de calzado. Sentía la piedra fría y lisa contra sus pies, y el corazón le latía de tensión.  No debía ser descubierto bajo ningún tipo de pretexto, y solo siguió avanzando. Se sorprendió de que ningún guardia se cruzase en su camino, y continuó caminando, casi agachado. Estaba varios metros por detrás de Rhaenyra, moviéndose como un gato que acechaba a su presa. Rhaenyra se había casado con Laenor Velaryon, era normal que conociera aquella fortaleza, pero aún así Daeron no tenía idea de qué hacía fuera de sus aposentos a aquellas horas. Eso solo le hizo pensar en Lucy, y en las escapadas nocturnas que ella tenía en Cair Paravel, recorriendo el castillo en silencio, a altas horas de la noche, maravillándose con los ornamentos y las decoraciones de oro y plata, o saliendo a cabalgar antes siquiera de que saliera el sol. Marea Alta era algo parecida en esplendor a la fortaleza-capital de Narnia, era entero de mármol y tenía decoraciones de elevado precio, e incluso sus torres tenían tejados de plata. Y en lugar de los cuatro tronos, albergaba un único asiento del señor, el Trono de Deriva, supuestamente un regalo del rey Tritón. Finalmente, Rhaenyra salió de la fortaleza, sin saber en ningún momento que estaba siendo observada y seguida de cerca. A Daeron le resultaba demasiado extraño no haber encontrado a ningún guardia en el camino, Corlys definitivamente debía mejorar la seguridad en su propio hogar. Si no, algo grave podría llegar a ocurrir, en el peor de los casos. Sintió la humedad y la arena bajo sus pies. Rhaenyra iba hacia la playa oriental, así que Daeron suspiró y cambió su rumbo, hacia la calzada que unía Marea Alta con Marcaderiva. Y recordó lo que había dicho Helaena. Tendría que esperar a la marea matutina, pero sentía que estaba en lo correcto. Algo dentro de su corazón le hacía saber que al menos una de las posesiones de sus hermanos se encontraba allí. Aquella era una enorme isla, había mucho territorio en el que tendría que buscar, pero era un territorio mucho más asequible que buscar a ciegas, a lo largo y ancho del mundo. Sin embargo, un escalofrío recorrió su espalda como un miedo espectral, como si en ese momento alguien lo estuviera observando a él. Supo que no estaba solo en ese lugar, que quizás alguien había burlado sus sentidos y lo había estado siguiendo largo rato, y entonces, se giró a encarar a su perseguidor para afrontar las consecuencias. Una llamarada de pequeño tamaño sorprendió al joven príncipe, y también un rugido agudo y juguetón. Daeron sonrió en respuesta. Era una noche oscura, pero la luz de la luna y el resto de la llamarada le permitieron ver el azul cobalto de las relucientes escamas de Tessarion. Su dragona había ido en su busca. “Tessarion.” Daeron acercó la mano al hocico de la bestia, y Tessarion respondió acercando su rostro, hasta que el rostro de la dragona y la palma del humano hicieron contacto. “Sería más fácil afrontar esta aventura si me ayudas a buscar el tesoro.” Quizás el vínculo que cada Targaryen tenía con su dragón también afectaba a los sentimientos de la criatura. Y quizás, Tessarion también sentía la magia que habitaba en el regalo, cualquiera que fuese, por lo que le sería más fácil encontrarlo. Así, Daeron le dio la orden en alto valyrio. “Soves.” Y la criatura alzó el vuelo, mientras Daeron le seguía desde tierra. Los minutos pasaron hasta convertirse en horas, momentos del día en los que la noche parecía ser especialmente oscura, mientras Daeron y Tessarion continuaban con su búsqueda. El niño pasó de estar en las apacibles playas de arena a un cabo pedregoso, con un gran acantilado de más de 10 metros de caída al mar. Se arrepintió al momento de no haber traído calzado que protegiera sus pies, y ciertamente se sentía algo agotado, pues si no se confundía, había recorrido casi una legua. Tomó una profunda bocanada de aire, y miró a lo lejos, bajo los primeros instantes del amanecer, justo a dónde estaba volando Tessarion, emitiendo con su boca rugidos alimentados con alegría. Su vínculo, en aquel momento, se sintió en plenitud.Había un gran desnivel hasta llegar al agua, justo donde las olas rompían, formando una espuma blanca y un sonido que apaciguaba el alma. Ahí, justo sobre la espuma de mar, en la roca, pudo ver un objeto blanco y alargado, ligeramente más grande que su brazo, posado en una de las rocas, de tal manera que el agua no llegaba a alcanzarlo.  Si Daeron lo hubiera buscado solo, quizás lo habría pasado por alto, de no ser porque Tessarion había buscado junto a él. La dragona parecía mostrar una sonrisa llena de dientes puntiagudos. Una forma animal y grotesca de expresarse, justo cuando volvió a su lado. Daeron sonrió, y en lugar de pedirle que recogiera el cuerno para él, terminó dándole permiso de ir a cazar. Después de una noche de actividad, su dragona tenía hambre, y además, recoger ese regalo, ese tesoro, era su tarea. No podía delegarla en nadie más.Ahora solo debía bajar a las rocas. Se agarró bien y empezó a descender por la pared natural, asegurándose de cada paso antes de darlo."Siempre tres puntos de apoyo, majestad. Llega primero a la cima el que va lento y seguro, que el que avanza demasiado rápido, pues este es capaz de cometer un error más fácilmente, y los errores la escalada los castiga con la caída."Primero el pie derecho, luego el izquierdo, luego los brazos, y repetir. En Narnia había desarrollado un gusto enorme a trepar, tanto árboles como montañas. En los bosques del Oeste y en las colinas cercanas al Páramo del Farol, los dominios preferidos de Edmund, había encontrado placer en el acto tan simple de trepar un árbol y conquistar su cima, tan rápido como lo haría una ardilla. Y cuanto más alto era el árbol, más gloriosa y dulce era la victoria. Pero aquel acantilado era diferente, húmedo, y un resbalón podría significar su muerte. Estando tan cerca de conseguirlo, no deseaba fallar. Escuchaba las olas rompiendo justo debajo de él, cada vez más y más cerca. Descendió un poco más, se balanceó por un momento tras dar un resbalón. Y entonces se cayó, aterrizando en la roca apenas un metro bajo él, dándose un golpe en los glúteos que le hizo chillar de dolor por un momento. Se masajeó la zona del impacto, encontrando un poco de alivio, antes de dirigir su mirada al objeto. Lo tomó con ambas manos, y sonrió.Le había costado seis años, pero ahí, en ese momento, había encontrado uno de los regalos de Papá Noel. Uno de los pocos vínculos que tenía con su antigua vida, con sus hermanos, con los años de gloria en Narnia. Aquel cuerno mágico era la llamada definitiva de auxilio, era el cuerno que Caspian usó para hacerlos regresar a Narnia, sin necesidad de usar el armario. Finalmente, una victoria. Alzó las manos en posición de orgullo, los puños cerrados, y no tuvo que reprimir el grito de júbilo que le seguiría. Fue entonces que dirigió su mirada al cielo, hacia el sol del amanecer. Y entonces lo vio, una sombra enorme se cernía al este, una criatura que hizo que Daeron se quedara momentáneamente callado.Y fue entonces que Daeron vio al dragón más grande del mundo volando otra vez.

Marea Alta. Aemond Targaryen.
 Había llegado a aquella isla en un barco, como casi todos los demás. Sus hermanos, sin embargo, habían llegado en dragón. Era la barrera que todavía los separaba. Ellos tenían dragones, y él no. Pero eso se acabaría aquella noche. Todo acabaría aquella noche, las burlas de Aegon, las noches llorando en silencio, la lástima que Daeron y Alicent sentían por él.Todo acabaría aquella noche, tanto si salía bien como si no. El niño solo tenía 10 años y no andaba corto en audacia. Durante el viaje, Viserys había mencionado que podría escoger un huevo de la fortaleza familiar, en la isla que fue el hogar de su antepasado, el Conquistador. Que marcharían después de estar un par de días en la isla de Marcaderiva. Pero él no aguardaría a llegar a Rocadragón. ¿Para qué necesitaba él una cría o un dichoso huevo? Allí mismo, en el castillo de Marea Alta, había una dragona digna de él. La única digna, Vhagar, la dragona más anciana y grande de todo el mundo. La única criatura de la época de la conquista que todavía quedaba viva, la más terrible de todos los dragones, solo por detrás del Terror Negro. Una dragona que aguardaría expectante a la llegada de un posible nuevo jinete. Aemond se atrevería a hacer lo que nadie en su sano juicio estaría dispuesto a hacer. Con tan solo 10 años montaría a la dragona más poderosa de su tiempo. Pero sabía que corría riesgos. Por mucho que tuviera el linaje Targaryen, aproximarse a un dragón siempre conllevaba riesgos, y peligros. Más aún tratándose de una criatura que acababa de perder a su jinete y con un carácter feroz. Sus padres no le dejarían arrimarse a la dragona, y mucho menos intentar montarla. Así que procuró hacerlo de manera que nadie pudiera enterarse. Se levantó con las primeras luces del alba, mientras aún dormían sus padres, y salió a hurtadillas al gran patio, donde Vhagar y los demás dragones comían y descansaban. Ahí estaba, grande, poderosa… y suya. Se acercó a ella, nervioso pero decidido, y entonces, resonó la voz de un niño. “¡Aléjate de ella!” Joffrey Velaryon estaba allí, y escuchar su voz fue como un escalofrío. ¿Por qué estaba su sobrino ahí? ¡Nadie debía saber lo que estaba haciendo! “¡Cállate!” Empujó al niño contra una pila de estiércol de dragón, y Joffrey gritó en respuesta. Aemond debía huir, y solo tenía una forma de hacerlo. Se acercó a Vhagar, la bestia rugió cuando el pequeño se acercó a sus riendas. “¡Dohaeras, Dohaeras Vhagar, Likirry!” Gritó el niño, con las manos en alto, antes de empezar a trepar las cuerdas, mientras la criatura empezaba a agitar la espalda, zarandeando a Aemond de un lado a otro. Pero el niño estaba decidido a hacerla suya, se agarró de las cuerdas con toda la fuerza de sus brazos. Finalmente se subió a la silla de montar, que a comparación de la enorme dragona, no era más que un inútil y diminuto accesorio para la espalda. La dragona se agitó, y Aemond se sujetó a la silla como si su vida dependiera de ello. Se agarró al manillar, se había subido al lomo de la dragona, prácticamente sin pensar lo que había hecho, o las posibles consecuencias. No le había dado tiempo de ajustarse a la silla con las correas y cadenas que todo jinete debía usar. "SOVES" Dijo sin pensarlo, pues Joffrey ya había huido hacia dentro de Marea Alta. Vhagar rugió con un claro sentimiento de enfado, y se incorporó. Se sacudió por momentos, como quien se prepara para ejercitarse. Y entonces, empezó a coger carrerilla, se impulsó de un salto... y voló. Aemond solo se aferró a las cuerdas y a la silla con todo su cuerpo. 10 años, y lo había logrado. Tenía miedo de abrir los ojos, pero aún así, lo hizo. La criatura volaba, y él montaba a la criatura, con su corazón llenándose de un júbilo que nunca antes había experimentado, una alegría de obtener lo deseado tras mucho tiempo. Fue cuando miró hacia abajo que comprendió que caerse desde ahí provocaría su muerte. Se agarró a las riendas hasta que las manos le dolieron, pero no pensaba soltarlas por un solo momento. No tenía siquiera sus cadenas abrochadas, toda su vida dependía de aquellas cuerdas, y de la resistencia de sus brazos.Sería dueño de Vhagar o moriría en el intento. No toleraría volver a dejar que Aegon o sus sobrinos volvieran a mirarlo por encima del hombro. Antes muerto. El cielo abierto sobre ellos, el horizonte dorado al este, con la aurora de rosados dedos bordeando el mar. Era la visión más hermosa que Aemond hubiera tenido nunca, y sus ojos derramaron lágrimas de felicidad, y de alivio. Habían sido años de abusos, pero ya se habían acabado. Podía sentirlo en el interior de su pecho, un calor nacía y se desataba por todo su cuerpo como un auténtico éxtasis, el vínculo del que le habían hablado tanto sus hermanos. Tenía a un dragón. Finalmente tenía a Vhagar. Se sentía invencible, nadie podría hacerle daño. Nadie podría burlarse de él otra vez. Nadie sería capaz de vencerlo, ni de decirle qué hacer, pues sobre Vhagar, el trono de hierro no significaba nada. En aquella silla de montar, él era el rey del mundo, invencible, invulnerable. O al menos, eso era lo que su mente infantil pensaba, hasta que aterrizó nuevamente en el patio de Marea Alta. Ahí le esperaban sus sobrinos y sus primas. Rhaena le recriminó la primera. “¡Era el dragón de mi madre!”"¡No tenías derecho a hacer eso, Aemond!" Fue Baela la que siguió. “Tardaste demasiado en reclamarlo, Rhaena. Ahora es mío.” Dijo Aemond. Se sentía totalmente embriagado por los sentimientos que se habían desatado en su pecho, por primera vez, él era el chico que tenía poder. “Ve a llorarle a tu padre, si te atreves a hacerlo. O a tu madre.” “¡Ni se te ocurra amenazarla!” Jace gritó en respuesta a la burla, aunque Aemond la había hecho sin pensar, perdido en su propia soberbia, en la misma crueldad que había recibido todos aquellos años, y que ahora, finalmente, podía devolver.  Aemond era mayor que todos ellos. Jace tenía 6 años, Luke, 5… las gemelas eran unas niñas y no pelearían, y Joffrey solo tenía 3. Pero sus sobrinos iban armados con espadas de madera, como las que usaban en el patio de entrenamiento. Cayeron sobre él con furia, pero Aemond se revolvió con una ira todavía mayor, pues la burla del Terror Rosa había vuelto a su mente. El chico no era del peso o la estatura de Aegon, pero desde luego, era el doble de feroz que su hermano mayor, al que ya era capaz de ganar en combate. Con una rapidez pasmosa, partió la nariz de Luke de un puñetazo que le provocó algo de dolor en la mano. Pero eso no le interrumpió, le arrebató la espada a Joffrey de las manos y la partió contra la cabeza de Jace, dejándolo de rodillas. Todo aquello lo hizo sentirse pletórico, lleno de júbilo, casi tanto como se había sentido al establecer su vínculo con Vhagar. Incluso en inferioridad numérica, sin armas, era mejor que todos esos niñatos, que esos bastardos Strong. Los niños, ensangrentados y maltrechos, huyeron. Al menos, hasta que Aemond, en la cima de su soberbia, se mofó de ellos. “¡VOLVED CORRIENDO A HARRENHAL!” Jace y Luke tenían edad suficiente para comprender el alcance de tal insulto, y en lugar de continuar alejándose, se volvieron hacia atrás. Aemond seguía teniendo la sangre caliente por la emoción, y ganas de pelear. Esos niños y Aegon lo habían insultado con un cerdo. Su hermano también lo pagaría caro. Ellos eran los bastardos que se habían burlado de él. Y lo pagarían caro, sonriendo con una expresión grotesca, no se quedó a esperar la embestida de sus sobrinos, sino que se abalanzó sobre ellos. Una nueva lluvia de golpes, atacó primero a Luke y lo dejó tumbado en el suelo tras un golpe directo a su nariz, y luego fue a por Jace, a quien embistió y derribó con relativa facilidad, pues lo duplicaba en peso y tamaño. El bastardo trató de defenderse, pero Aemond lo tomó del cuello con la derecha, y lo golpeó con la izquierda. Una, dos, tres veces chocó su puño cerrado contra el rostro de Jace, mientras su sobrino dirigió sus manos al brazo de Aemond, agarrándolo con fuerza insuficiente. Elevó el puño una vez más, dispuesto a terminar. Nadie podía con él, incluso si no tenía a Vhagar. “¡Deja a mi hermano en paz!” Escuchó la voz de Luke a su izquierda, y giró el rostro. Un rayo plateado se acercó hacia él, y entonces, sintió un dolor profundo en el ojo, un ardor que quemaba más que los volcanes de Valyria. Y Aemond gritó, de tal forma que despertó a toda persona en el castillo, sujetando su propio rostro, ahora bañado en su propia sangre.

----- CHAPTER BREAK -----

Poco antes de la fatalidad, Rhaenyra Targaryen.
 “Laenor ha estado inquieto los últimos años.” Rhaenyra paseaba por aquellas playas de arena fina acompañada del único hombre en el que podía apoyarse. Daemon Targaryen apenas había envejecido en aquella década, mientras que ella había pasado de ser una niña a una mujer. “Ahora, con lo de Laena... ha sido una desgracia, para él y para mí. Este golpe nos volverá débiles.” Daemon continuó en silencio, mientras el viento de la brisa marina les golpeaba las caras con elegancia. Los mechones de Daemon, sueltos, se movían con el viento, libres. Su propio cabello estaba atrapado en una trenza y un peinado al estilo valyrio. “Sé mejor que nadie que nuestro matrimonio es una farsa, pero al menos yo hago el esfuerzo de mantener las apariencias. Laenor... no tiene mi misma constancia, se va de tabernas con sus muchachos. Algunos ojos ya lo ven natural.” “Tú tienes más que perder.” La respuesta de Daemon fue corta y precisa. “Sí.” Rhaenyra suspiró. Nuevamente, hablaban del trono de hierro. “Ese ha sido mi destino, mi suerte, desde que mi padre me nombró heredera.” El silencio volvió a acompañarlos poco después. Parecía que Daemon solo había ido a escucharla, no a hablar. Por esos momentos, Rhaenyra volvió a ser esa niña que se complacía con los regalos de su tío. Porque Daemon siempre había sido ese hombre salvaje, fiero, libre… No como ella. “Lo intenté, ¿sabes? Concebir un hijo, lo intentamos. Cumplimos nuestro deber lo mejor que pudimos, pero todo fue en vano.” Rhaenyra continuó, Daemon seguía sin hablar. “No hubo placer, ni para él, ni para mí… encontré ese placer en otros lugares. Se sentía bien ser deseada.” La sombra del rostro de Harwin Strong, quien había sido su protector, su amante, el padre de sus hijos, apareció por su mente. Había amado a aquel hombre, lo había querido de verdad, era imposible que sus hijos solo fueran producto de la lujuria. Amaba sus besos, su calor, su fuerza, su… su lealtad. Aguantó por no llorar una lágrima, no delante de su tío. “El pasillo estaba dedicado a ti.” Rhaenyra se detuvo. Tuvo ganas de decirle a su tío que Harwin había sido el hombre que llenó el hueco que años atrás había dejado el propio Daemon. Sin embargo, no pudo. La pérdida de su amado había sido muy reciente.  Demasiado para sustituir la tristeza por la ira. Y Daemon había perdido también a su esposa. Por esa noche, al menos, le permitiría esa insolencia. “Él era leal, y se ganó mi confianza. Debí prohibirle marchar a Harrenhal, la maldición de Harren Hoare sigue siendo tan fuerte como…” “Historias de fantasmas. Todo efecto tiene una causa, un fuego no empieza porque sí. Pero si tienes a un hombre lo suficientemente leal con una antorcha, en medio de la noche… La reina Alicent.” A Rhaenyra se le erizaron los cabellos de la nuca, como quien habla de un peligro inminente o de una situación desagradable. “Alicent no… no sería capaz de actuar tan fríamente, tío.” Su antigua amiga no habría hecho eso, jamás. Por un momento, ni siquiera imaginó a Alicent como la reina que era en ese momento, su madrastra, sino que pensó en aquella niña algo mayor que ella, que la había acompañado desde los 8 años. Esa niña, que leía historias junto  a ella... era imposible que hubiera ordenado la muerte de alguien. Aunque esa niña se hubiera convertido en la madre de su mayor rival por el trono, su medio hermano Aegon, no podía ser. Alicent no podría haber dado ese tipo de órdenes. Por otro lado, Otto Hightower se vio extremadamente beneficiado de la muerte de Lord Lyonel Strong... “La depravación y la maquinación está dentro de todos nosotros. Nos consume más de lo que pudieras pensar.” Daemon se detuvo de inmediato, y Rhaenyra se adelantó dos pasos. Lo tenía frente a ella, ahí, un hombre que sí era capaz de cualquier cosa. El hombre que había sometido a la Triarquía. El mejor guerrero de todo Poniente. La maravilla y el terror de su tiempo. “Creo que tú si serías capaz.” Rhaenyra protestó, acusándolo directamente de haber cometido el crimen. Daemon lo negó. Discutieron entonces, elevando sus voces más de lo prudente. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes. Él no debió abandonarla de niña, no debió dejarla sola en medio de la corte. Porque, a pesar de su padre, Rhaenyra no tenía apoyos fuertes para su reclamo. La mayoría de hombres que le habían jurado lealtad 14 años antes ya habían envejecido demasiado o habían muerto, pero con un hombre como Daemon a su lado, su trono estaría seguro. “Tú has perdido a tu mujer. ¿Acaso amabas a Laena?” Decidió acusarlo, pero incluso lo que acababa de decir, con el único objetivo de hacerle daño a su tío, era ella quien parecía recibir el golpe. Pensar en Laena era doloroso, pues era más que su prima, era su amiga. Era una de las pocas personas que parecía entenderla, y ya no escucharía más su risa, sus consejos... “Lo suficiente como para que fuéramos una pareja feliz. Y amo a mis hijas tanto como tú a tus hijos.” La respuesta de su tío dolía incluso más. Él había logrado la felicidad sin ella. Aquello le ardió celosamente en el vientre, siempre había pensado que Daemon era suyo. Amaba a su prima Laena, era una muchacha gentil. Si las cosas hubieran sido diferentes, ella hubiera sido su madrastra, no Alicent. Y la habría apoyado, habrían criado a sus hijos juntas... Pero todos aquellos pensamientos se vieron opacados por un único deseo. Tenía a Daemon ahí, al alcance de la mano, el hombre peligroso que le había enseñado a ser una mujer, como si recordara de repente la pasión del primer amor. Había una quilla encallada cerca, el único obstáculo en toda la playa. “Yo te amé.” “Eras una niña.” Daemon volvió a hablar, pero Rhaenyra colocó su mano en el hombro de él.  “Ya no soy una niña.” No estaba segura ella misma de lo que decía en aquellos momentos, ni siquiera si le importaban las consecuencias. Solo sabía que, por una vez, quería tenerlo, y no soltarlo. Quería volver a su infancia, a ser aquella chica que se ilusionaba con las visitas de Daemon. Ese barco ya zarpó, pero la vida podía continuar, y un barco podía volver a atracar en el mismo puerto. Tragó saliva, antes de avanzar un poco más. Daemon no se movió un centímetro, y Rhaenyra terminó por juntar su respiración con la del hombre.  Ella tenía 23 años, él, 39. Ella había sido una princesa que no había salido de la corte. Él, el hombre que doblegó a los Peldaños de Piedra. Era peligroso, el único hombre que con tal de cumplir su ambición no se detendría ante nada ni nadie. Y ella lo necesitaba, no solo porque esa agresividad encendía un fuego en ella, sino por los sentimientos que tenía desde que él la llevó al Lecho de Pulgas. Aunque fuera el peor hombre sobre la faz de la tierra, aunque fuera cruel, aunque fuera un demonio hecho persona... Ella no podía engañarse a sí misma, ni al fuego que se había desatado dentro de su pecho. Lo amaba. Besó sus labios, todavía con algo de duda, mientras las fuertes manos de Daemon le atrapaban la cintura. “Rhaenyra...” “Te quiero a ti.” Por una vez, Rhaenyra no lo dejó terminar. Lo miró a los ojos, decidida. Ya no era una niña, y lo iba a demostrar finalmente. Tomó a Daemon para ella sola. Lo abrazó y lo besó, como había besado a Harwin en otras ocasiones. Quizás su tío fue quien le abrió el mundo, pero fue con Harwin con quien trabajó aquellas experiencias. Fue Harwin el padre de sus tres hijos, tras numerosas noches perdidas entre sábanas, sudor, jadeos y gemidos. Sintió la fuerza de Daemon sobre su piel. Los dragones no aman sin pasión ardiente, y poco tardaron las ropas de ambos en descansar en el suelo. Ahí, desnudos, bajo la madera de la quilla, hizo suyo a Daemon. Él era de ella. Y ella… dioses, nunca había dejado de ser suya. Sintió la virilidad atravesando su intimidad, el fulgor de la pasión multiplicándose con cada roce, con cada embestida, con cada beso. Con cada deseo silencioso, que no podía salir de su mente. Se necesitaban el uno al otro para sobrevivir, y para vivir. Se atrevió a morderle los labios en mitad del acto, y eso solo provocó que Daemon la embistiera con mayor fuerza, a la par que sus brazos le rodeaban el tórax. Antes de que el amanecer hiciera acto de presencia, la semilla de Daemon ya descansaba en su interior. Caliente, como el ardor de un viejo amor que volvía a despertar años después, si es que alguna vez había estado dormido. Descansó unos minutos en los brazos fibrosos de su amado tío, en silencio, y volvieron al castillo después.Por primera vez en varios meses se sentía viva, deseada. Amada. Si Daemon estuviera con ella, muchos de los enemigos mantendrían sus bocas cerradas, temiendo tanto al fuego de Caraxes como al filo de Hermana Oscura. El castillo de Marea Alta apareció con la luz del amanecer, blanco puro. Ya era hora de regresar. Fue entonces que el mundo se volvió patas arriba. “¡Lucerys! ¡Jacaerys!” Sujetó a sus hijos, ¿quién se atrevió a hacerles daño? Lucerys tenía sangrando la nariz, y Jacaerys… alguien le había propinado una paliza. Tenía marcas en las mejillas, de haber sido golpeado varias veces, y su cuello estaba levemente enrojecido. Pero eso no había sido todo, habían sido tildados de bastardos por Aemond. Los niños se habían peleado en el patio mientras ella no estaba. El chico también había perdido un ojo en el proceso, además de haber reclamado a Vhagar. Todo estaba fuera de control. Habían pasado demasiadas cosas. Con Daemon a su lado, pensó que tendría nuevamente control sobre su vida, pero parecía que el caos había acudido a visitarla otra vez. “Tildar a mis hijos de bastardos es acusarnos de traición. Exijo saber dónde escuchó el príncipe Aemond tales calumnias, ya que mis hijos están en la línea de sucesión directa al Trono de Hierro.”  Rhaenyra se había quitado la máscara de madre, para ponerse la de princesa heredera. “¿Por un insulto? Las palabras son solo palabras, Rhaenyra. ¡Pero mi hijo ha perdido un ojo!” Las palabras de Alicent iban cargadas de veneno, en mitad de su ira, pero no cambiaron la dureza de la expresión de Rhaenyra. Viserys fue quien se acercó a Aemond, tomando al niño del hombro. “Dime tú, muchacho, ¿dónde escuchaste esta mentira?” Su padre, siempre de su lado, preguntó. Viserys había envejecido rápidamente, tenía un aspecto muy deteriorado, pero seguía siendo su padre. Seguía siendo el rey... Rhaenyra no quería perderlo. “De… de Aegon, padre.” Aemond habló con la boca temblorosa, una mezcla de miedo infantil y el dolor de la herida. Aegon pareció moverse ligeramente hacia atrás, apoyándose en la chimenea del gran salón, como si quisiera pasar desapercibido. Sobra decir que no lo consiguió, Viserys se le acercó, y Rhaenyra tragó saliva cuando Aegon dijo que todo el mundo lo sabía, que no era un secreto la identidad del padre de sus hijos. “Todo el mundo lo sabe, padre… Míralos. No son como nosotros.” Fueron las palabras de Aegon. Lucerys se juntó a su cintura, de sus tres hijos, su hijo mediano era el que más parecido tenía con Harwin. Su niño tenía miedo y necesitaba de su madre. Y la tendría siempre con él. Se mantuvo firme, y orgullosa, pero no extenta de miedo. Miró a sus suegros, y a Laenor. Su primo, su amigo... se llevó la mano hacia la empuñadura de su espada, como si fuera un instinto más que una respuesta lógica.Fue entonces que su padre gritó, con un enfado que les hizo recordar a todos los presentes en la sala que, antes de que su propia imagen se hubiera dañado lo suficiente como el primer Rey Targaryen sin dragón, él había sido el último jinete de Balerion. “¡BASTA! ¡Estas peleas deben terminar ya! ¡Somos familia!” Una ira que no era natural en Viserys parecía haberlo poseído. Todo el salón de Marea Alta estaba callado, en un silencio demasiado incómodo como única respuesta. “Disculpaos de inmediato, y mostrad buena voluntad los unos a los otros… Vuestro padre, vuestro abuelo, ¡VUESTRO REY LO EXIGE!” A ojos de Rhaenyra, Viserys estaba mostrando más fuerza en aquellos momentos que en la corte, todos esos años atrás. “No es suficiente.” Alicent habló de nuevo. “Aemond ha perdido un ojo, la buena voluntad no puede curarlo.” “Lo sé, Alicent. Pero no puedo restaurarle el ojo. Ni siquiera Mellos...” Viserys no pudo terminar, pues la reina lo interrumpió. “No, porque se lo han arrebatado.” Alicent volvió a quejarse. "Se ha derramado sangre de uno de tus hijos, Viserys, esto no puede quedar así." Algo no estaba bien, Rhaenyra lo sentía en el vientre. Algo malo iba a pasar. “¿Y qué quieres que haga?” Su padre preguntó, ya cansado por el asunto. “Hay una deuda que pagar." Alicent respondió con una frialdad que Rhaenyra ni siquiera podía reconocer, a la par que un escalofrío recorrió su espalda, reptando como una serpiente. Aquello no estaba bien. "Quiero uno de los ojos de Lucerys Velaryon, se le permitirá escoger cuál pierde. Algo que a mi  hijo no se le permitió.”  Viserys discutió con su esposa, y Rhaenyra recordó por un momento a la joven Alicent con la que había compartido su infancia y adolescencia. Ella había sido su amiga, pero ahora, era su rival, su enemiga. Y los hijos de Alicent odiaban a los de Rhaenyra. ¿En qué momento había terminado todo tan mal? “¡He dicho que SE ACABÓ!" Viserys terminó golpeando con su bastón el suelo, con impresionante vigor. Había elevado la voz mucho más que de costumbre. "Cualquiera que se atreva a cuestionar el nacimiento de los hijos de la princesa Rhaenyra, verá perdida su lengua como castigo por divulgar semejante mentira. Se la extirparé yo mismo.” “Gracias, padre.” Sin embargo, aquello estaba lejos de terminar. Alicent le robó la daga a Viserys, y se abalanzó sobre Luke, pero Rhaenyra fue más rápida y se interpuso, agarrando a Alicent de las muñecas y forcejeando con ella. Vio en los ojos de Alicent un odio antinatural, tanto así que la hizo dudar un instante, en el que el miedo y la desesperación que sentía igualaba en intensidad la ira y desesperación de la propia Alicent. Princesa y reina eran iguales en fuerza, y aquellos instantes desataron caos en el gran salón de Marcaderiva. “¡Madre!” Un grito infantil se escuchó en el lugar.

Daeron Targaryen.
 Corrió hasta que las energías de su cuerpo amenazaron con agotarse. Apenas había logrado trepar por el acantilado cuando la actitud de Tessarion le hizo vacilar. Él también había visto a Vhagar volando, aquello no era normal. Un dragón sin jinete únicamente volaba a la hora de cazar y para ejercitarse un poco, desplazándose en el proceso y cambiando de zona de caza; era algo que Daeron había aprendido con el paso del tiempo, sobre todo debido a la información que había obtenido de algunos pergaminos valyrios o de lo que se sabía de los dragones salvajes de Montedragón. Los dragones salvajes eran menos activos que los dragones amaestrados por la familia Targaryen, debido a que solo se movían cuando debían comer, o para poder tomar vuelos cortos. Durante los veranos, ciertamente eran más activos. Sin embargo, Vhagar había volado en dirección al mar y había vuelto, sin zambullirse en las aguas calmas del Mar Angosto, tomando una trayectoria muy extraña. Y la había visto volar en dirección al palacio de los Velaryon poco después, además de que le había parecido ver algo blanco sobre la espalda de Vhagar, un blanco muy parecido al de su propio pelo. "Tres dragones marcharán, cuatro volverán." Un mal presentimiento se implantó en su mente, pues solo conocía a tres personas que podrían montar a Vhagar dentro de su familia. Que él supiera, solo había tres Targaryen sin dragón, pero solo había un caso que él pudiera considerar bueno hasta cierto punto. Su propio padre, el rey Viserys, habría reclamado nuevamente al dragón más grande con vida, y por primera vez tendría entre sus manos un arma capaz de disuadir toda amenaza a su familia, tanto interna como externa. El elemento idóneo para poder pacificar de una vez ambas ramas de la casa Targaryen, conseguir la paz a base de mayor fuerza, una forma de gobierno practicada por Aegon durante su conquista y por Jaehaerys durante el largo y glorioso reinado, pero también algo con lo que Daeron no estaba totalmente de acuerdo.La muestra de fuerza era importante, pero la opresión no era la solución idónea para todo conflicto. En Narnia, había aprendido la importancia de ser temido y amado, de que a veces se podía llegar a entendimiento con los enemigos del país de Calormen y con otros vasallos sin necesidad de derramar sangre, pero que otras veces..."Os entreno, majestades, para que podáis defenderos. La Bruja Blanca no quiere dialogar con vosotros, quiere vuestra muerte, pues sois una amenaza directa a su gobierno de invierno eterno. Y la única forma de que podáis vivir es siendo lo suficientemente fuertes como para vencerla a ella y a sus ejércitos. A veces, si se es lo suficientemente fuerte desde un inicio, puede que el enemigo incluso desista de la idea de pelear. Ante una criatura maligna y violenta, es necesario ser benigno y aún más violento."  Los otros dos casos, desde luego, eran peores que el primero, porque involucraba el hecho de que niños estarían montando a una criatura tan peligrosa y se podría lamentar un accidente, más allá de lo que podría significar políticamente. Si era su prima Rhaena Targaryen quien había intentado reclamar a Vhagar, como sucesora de su madre Laena Velaryon, la neutralidad entre Verdes y Negros se mantendría temporalmente. El dragón estaría fuera de las disputas familiares directas, pero a su vez a Daeron le preocupaba que una niña de 4 años pudiera controlar a una bestia tan curtida, en más de cien batallas. Pero el otro posible desenlace era el peor, aunque no precisamente por quién montara a Vhagar, sino por las consecuencias directas que podría desencadenar. Si era Aemond quien logró vincularse con Vhagar, el dragón entraría directamente en el conflicto entre ambas casas. Con Vhagar presente, Rhaenyra podría sentirse amenazada, y sus hijos también. Y la gente que se siente bajo una amenaza de semejante calibre tiende a cometer errores o a actuar impulsivamente. Y decisiones tomadas sin pensar eran actos que podrían costar caro a su familia, incluso al reino.Los Targaryen no tenían disputas familiares normales cuando se trataba de elegir la sucesión... el pensamiento de Maegor y Balerion matando a Azogue y Aegon Sin Corona llegó a su mente como una imagen de pesadilla, pues Vhagar había crecido tanto como el Terror Negro de antaño. Y muchas familias valyrias se habían matado entre sí a lo largo de la historia, en búsqueda de poder, empleando dragones.  Daeron corrió, hasta que tuvo la sensación de que el corazón iba a reventar en su pecho, y el aire empezaba a faltarle a los pulmones. Entró por la misma puerta por la que había salido anteriormente, pero tenía la sensación de que la fortaleza estaba en esos momentos menos vigilada. La arena se volvió piedra cuando entró al castillo, y sus pies descalzos acariciaron el liso mármol del que estaba hecho el palacio. Había logrado volver, con el cuerno de batalla de Susan todavía en su mano.¿Dónde estaban sus hermanos? ¿Su madre, y su padre? El cerebro le daba vueltas, y lo primero que hizo fue esconder entre sus brazos el cuerno. Había tardado en encontrar aquella reliquia, no podía arriesgarse a perderla. Escuchó un rugido leve, un chillido, y se giró. “¡Tessarion, no, Daor!” La dragona le había seguido, entrando con él a la fortaleza en lugar de volar y llegar al patio. A pesar de que las puertas de una fortaleza estaban hechas para el tamaño de un hombre y no el de un dragón, Tessarion todavía era joven y capaz de pasar por las puertas grandes de los pasillos de Marea Alta, ya que su cuerpo era alargado, de aspecto ágil y apenas sobrepasaba los 5 metros de longitud. Daeron incluso pensaba que podría montarla en poco tiempo.  La dragona solo elevó su rostro, y se giró hacia la izquierda, como si hubiera escuchado algo proveniendo del amplio. Daeron también, había jaleo en el castillo, pero no tenía idea de lo que pasaba. ¿Dónde estaban los guardias? Daeron decidió ir al origen del ruido, y Tessarion lo seguía de cerca, corriendo por los pasillos. Llegaron al patio, donde Daeron le dio la orden de descansar a su dragona, dirigiendo su mirada hacia Vhagar, que descansaba allí tranquilamente. En la puerta que comunicaba el patio con el pasillo hasta el gran salón, había un par de guardias vigilantes. Y en la misma dirección, escuchó los gritos de furia de alguien. Por el tono de voz, sabía que era Viserys, pero no cabía en su sorpresa. ¿Su padre, enfadado? ¿Qué había hecho el tío Daemon esta vez? Tenía poco en lo que pensar, y se introdujo en la sala. Las puertas del amplio salón principal de Marea Alta estaban fuertemente vigiladas, pero los guardias le dejaron pasar sin preguntar. Subió por los escalones y se deslizó hacia la izquierda, reconociendo rápidamente a su abuelo Otto entre la gran cantidad de personas que había en la sala. También escuchó a su madre. Dijo algo de una deuda… pero todo colapsó cuando vio el rostro de su hermano Aemond, con sangre en el rostro y sin un ojo, y a sus sobrinos con heridas de pelea.Por un momento, perdió todo pensamiento racional. Alguien le había hecho eso a Aemond. ¿Acaso se había infiltrado un asesino a sueldo? ¿Quién querría matar a un príncipe Targaryen? ¿Algún legado bravoosi? ¿Los dornienses? ¿La Triarquía? ¿Volantis? Sea quien fuera, era su enemigo. Quienquiera que hubiera hecho eso, lo pagaría caro. Nadie tocaba a su familia.  Porque defendería con su vida a aquellos que amaba.Fue en ese momento que Alicent, llena de furia, le robó la daga a Viserys, y se lanzó contra Rhaenyra. Daeron recuperó el sentido y se horrorizó, sin saber cuál era el contexto o todo lo que allí había ocurrido previamente. “¡Madre!” Daeron gritó, con el corazón a punto de reventar. No tenía idea de lo que pasaba, y su cuerpo se quedó quieto, petrificado, mientras el cuchillo amenazó con cortar a Rhaenyra. La tragedia estaba a punto de suceder, y Daeron no pudo hacer nada por sí mismo, superado por aquella situación. Alicent elevó su cuchillo, la daga de acero valyrio, y Rhaenyra también elevó sus brazos para protegerse del ataque.“¡Quietos!” Daeron deseó tener el poder, la autoridad, de hacer que todo aquello terminase de una vez. En Narnia, hubiera bastado una palabra suya para poder detener cualquier conflicto. Y recordó lo que él mismo dijo en su última charla con Aslan. El mundo en el que ahora estaba era como él, no merecía la salvación. Había venido para nada. Y su misión había fracasado. Y por un momento, ese fue su pensamiento, mientras las dos mujeres, su hermanastra y su madre, forcejeaban con el cuchillo y hablaban de cosas que no entendía, mientras el resto de espectadores parecían entrar en pánico. Al menos, hasta que aquel calor, el mismo que lo había acompañado frente a Sueñafuego, resonó en su corazón, en su vientre, en sus pulmones, en la totalidad de su cuerpo. No podía rendirse tan fácilmente. La muerte era lo único que no tenía solución, lo demás eran problemas que podían resolverse.Daeron tomó algo de aire, su pecho se sentía cálido, más allá de la ira o la impotencia, y su cuerpo olvidó el cansancio de la actividad nocturna como si todas sus fuerzas hubieran sido renovadas. En su mano derecha, seguía sosteniendo el cuerno de Susan, y sin pensarlo ni un solo momento, lo elevó ligeramente hasta su boca. Aquella era una situación de emergencia, pues su madre y su hermanastra estaban batallando a la par que los hombres de armas de la sala, peleándose entre sí. Incluso Daemon desenvainó a Hermana Oscura cuando Cole se acercó a Rhaenyra por detrás, y los dos hombres chocaron aceros. Era como si todos estuvieran peleando, sin atender a razones.Daeron colocó sus labios en la boquilla del cuerno, porque necesitaba ayuda, para que su familia dejara de pelear en aquel instante. Cualquier cosa que pudiera hacer que la pelea se detuviera.Criston ColeNunca había disfrutado de la visión de aquellos tres niños. Ciertamente los odiaba, más que por el mero hecho de que fueran bastardos, era porque ellos eran los hijos de esa mujer, que lo había usado, que lo había mancillado. La chiquilla a la que juró proteger, y sin embargo, ella a él lo había tratado como a un trapo sucio, de esos que se usan una vez para luego desecharlos al fuego.El día que mancilló sus votos como guardia real al acostarse con Rhaenyra, se sintió sucio e inútil, sentimiento que se multiplicó cuando la princesa lo rechazó para casarse con Laenor Velaryon. Cole se sintió mal consigo mismo hasta el punto de querer quitarse la vida, aunque antes había confesado su crimen a la joven reina, Alicent Hightower... la misma persona que, en el bosque de dioses de la Fortaleza Roja, terminó impidiendo que aquella fatalidad ocurriera.Desde entonces, Cole había consagrado su vida a la reina, como si fuera el mismísimo rostro de la Madre, tal era su devoción a la joven Alicent, que había sido capaz de perdonarlo a él. Fue desde entonces que empezó a vigilar con mayor empeño a los hijos de la reina, además de prometerse a sí mismo que nunca fallaría a la mujer que le había salvado la vida. Sin embargo, también alimentó su propia ira y desprecio, dirigida en todo momento a Rhaenyra y a los hijos que tuvo con Laenor Velaryon, aunque el mismo Cole había tenido su propia victoria al matar al favorito de Laenor en el torneo de la boda. Joffrey Lonmouth había hablado demasiado, y más allá del propio Laenor, nadie lo extrañaría.Como miembro de los siete caballeros que conformaban la guardia real de Poniente, Cole no solo era un buen espadachín, sino que era profundamente leal a la reina, tanto que Viserys terminó nombrándolo escudo juramentado. Sin embargo, aunque el título y la posición eran para defender a la reina, él también se encontraba dispuesto a matar si es que Alicent se lo ordenaba.Pero frente a él tenía a un espadachín a la altura de la guardia real. Daemon y él se vieron enzarzados en una danza de acero, en la que su espada chocaba contra la de Daemon. Quizás el príncipe tenía acero valyrio, pero Cole era más robusto, más fuerte. Ya lo había derrotado en otras ocasiones, aquella vez, no sería distinta..."BRRROOOOOOMMMMM!!!!" Por un momento, Cole sintió que sus oídos iban a reventar. El ruido fue ensordecedor, un sonido que nunca sería capaz de olvidar en todos sus días de vida. Aquel sonido, era como si el aire estuviera lleno de él, fuerte como un trueno pero más duradero, lleno de poder y vigor, como el rugido de un león, fresco y dulce como música sobre un arroyo tranquilo, y a su vez tan fuerte que fue capaz de tumbarlo a él... y a todos los que se encontraban allí, peleando. Cuando Cole recuperó el sentido y pudo mirar a su alrededor, todos aquellos que habían desenvainado sus armas habían caído al suelo, algunos incluso se cubrían los oídos, y otros habían quedado incluso inconscientes. Fue entonces que en lugar de dirigir la mirada a su rival, en su misma situación, dirigió una mirada a la reina y a la princesa.Las dos estaban en el suelo, y milagrosamente ninguna de las dos se había cortado con el afilado cuchillo de acero valyrio. Ambas mujeres, princesa y reina, parecían estar aturdidas por lo que había sucedido recientemente. Pero lo más sorprendente de todo aquello, era que, después del sonido que había recorrido la habitación, el gran salón de Marcaderiva había quedado totalmente enmudecido. Como si nadie supiera lo que había pasado, lo único que pudo ver es a uno de los príncipes acercándose a Alicent.¿Qué había sido aquello? ¿Cuál había sido el origen de aquel sonido que había logrado derribarlo?¿Alguna especie de milagro, de intervención divina?"Ya basta, todos vosotros. ¡Una pelea aquí es un ataque al honor de la casa real y a la mía propia! ¡Guardad todos las armas, no toleraré derramamiento de sangre!"  La voz de Lord Corlys Velaryon, aunque cargada de dudas por lo recién ocurrido, terminó por imponerse, a la par que el niño tomaba de la mano a la reina.Daeron Targaryen."Madre, ya basta." Daeron ayudó a su madre a levantarse, y a su vez se aseguró de que su cuerpo estuviera haciendo de barrera, de que su madre no pudiera alcanzar el cuchillo. "No sé qué es lo que ha pasado, pero atacarnos entre nosotros no resolverá nada. Por favor, madre."El rostro de Alicent se encontraba deformado, a mitad de camino entre la ira anterior y la posterior confusión. Era evidente que su madre no sabía que él había provocado el ruido, pero eso no era lo que importaba. No había esperado ese efecto, pero a su alrededor, todos aquellos que habían intentado atacarse entre sí habían sido derribados por el sonido. El cuerno no siempre funcionaba de la misma manera, a veces su alcance era más corto, pero también era capaz de abrir puertas entre mundos. Derribar a gente que intentaba matarse entre sí también era posible, era la ayuda justa que necesitaba para detener aquella pelea. Nadie había resultado herido, aunque había algunos hombres de armas todavíaa aturdidos, y la reina se mostraba incapaz de responder."¿Madre, te encuentras bien?" Sin embargo, que su truco hubiera funcionado no quería decir que toda aquella trifulca había terminado, pues Rhaenyra se levantó y acusó con el dedo a Alicent."¡Has intentado atacar a Luke, has intentado atacar..." Daeron no dejó terminar a su hermana."Rhaenyra, hermana... ya basta." Daeron se giró, mientras todavía sostenía de la mano a su madre, y miró hacia arriba. Rhaenyra era bastante más alta que él, ella era una adulta y él un niño, pero eso no amedrentó a Daeron. Sus ojos azules brillaban en una serenidad que, en aquel momento, solo él parecía mostrar. "Estás montando una escena innecesaria.""¿Montando una escena? ¡Ella es una traidora!" Rhaenyra elevó entonces su mano abierta, como si intentara amenazarlo con una bofetada.Las miradas de Rhaenyra y Daeron chocaron en un primer momento, pero la princesa no pudo mantener la mirada en ese momento, en parte por el aturdimiento anterior, y en parte por la madurez que el niño estaba mostrando. "No tengo idea de qué ha pasado aquí, o de por qué estáis peleando, pero ya basta. No te atrevas a amenazar a mi madre.""Alicent." La voz de Viserys, sin embargo, se hizo notar de inmediato, pues se acercó a los tres. "Todo esto que ha ocurrido... ¿de verdad ibas a atacar a Luke?" Ante lo dicho por Viserys, a Daeron se le heló la sangre. ¿Por qué su madre quería atacar a Luke..?Fue entonces que todas las piezas encajaron. El cuchillo. El rostro de Aemond. Las heridas que mostraban los hijos de Rhaenyra... no era capaz de comprender la razón, pero era obvio. Aemond se había peleado con los niños, y había perdido un ojo en el proceso. Toda la escena había tomado forma en su mente.Aemond había reclamado a Vhagar y luego de volar se había peleado con sus sobrinos. Y el resultado de la pelea fue la pérdida de un ojo para Aemond, y una paliza para los tres niños. Daeron no pudo pensar entonces correctamente. ¿Peter sería capaz de pelearse con los hijos de Susan, o cometer semejante daño contra sus parientes?Nunca en su corazón echó tan de menos a los hermanos que tuvo en su anterior vida como en ese momento. Poniente era mucho más agresivo que Narnia, y mil veces más cruel. Pero Aemond no era Peter. Y nunca lo sería. ¿Por qué su propia familia era incapaz de mantenerse unida?Daeron quiso hablar entonces en defensa de su madre, pero Aemond se adelantó. “Padre, no quiero que le digas nada a madre sobre su actitud." La voz de Aemond sonó bastante más adulta de lo que lo recordaba. "Es natural que las mujeres a veces actúen de formas que los hombres no podemos comprender... Madre, Daeron tiene razón. Ya es suficiente, no quiero que pelees más. No necesito que mi sobrino también pierda un ojo." Daeron sintió como la mano de su madre apretaba, como si la angustia hubiera vuelto a poseer a Alicent. Y ciertamente, él mismo se sorprendió ante la petición de Aemond. Pero su madre no parecía dispuesta a dejar que todo acabara ahí."¡Pero Aemond, tu ojo...!" Sin embargo, Alicent fue interrumpida."Ha sido un intercambio justo... He perdido un ojo, pero he ganado un dragón.” Nuevamente, la sala quedó enmudecida, y por fortuna o desgracia, ahí quedó todo. Las palabras de Aemond habían sido claras, el niño no parecía desear la venganza de la que hablaba su madre. Y aunque Rhaenyra protestó por el ataque ante Viserys, Otto fue rápido en intentar apartar al rey de la ira de su hija. Aunque de forma abrupta, y con clara tensión en el aire, "se había logrado la paz" entre todos los que allí estaban presentes. Pero Daeron solo tenía claro que todo estaba jodido, y que los sucesos de aquella noche tendrían repercusiones demasiado esenciales en el futuro. La primera de todas, la rápida retirada de la corte de Marcaderiva. El rey abandonaría la isla un día antes de lo previsto, apenas al mediodía, horas después del incidente. Y como dijo Helaena, serían 4 dragones los que abandonarían Marcaderiva, pues Aemond no cedió en su deseo de montar a su dragón, logrando convencer a Alicent. 
Jacaerys Velaryon.
 Se encontraba, junto a sus hermanos, siendo atendidos por el maestre de Marcaderiva. Sus dos hermanos, Luke y Joff, se encontraban durmiendo después de que el maestre les diera leche de amapola. Se tocó la cara, le dolía el rostro y el cuello, ahí donde Aemond le había golpeado, y donde le había aferrado sus dedos para inmovilizarlo, casi llegando a estrangularlo. No tenía idea de cómo sentirse. Cuando Joffrey llegó, protestando porque Aemond le había golpeado, no pensó que todo aquello escalaría hasta… hasta ahí. La situación se había ido de las manos. Nunca fue su intención que Lucerys le quitase el ojo a Aemond. Pero el mal estaba hecho, y la familia, rota. Se había dado cuenta de que todo lo que le rodeaba era un peligro constante, no era sordo y escuchaba los murmullos de la corte. Y sabía que debido a su apariencia, tendría que trabajar muchísimo como heredero de Rhaenyra. Tendría que ser mejor en todo, trabajaría más en sus lecciones de valyrio, sería mejor jinete, más erudito, mejor… mejor espadachín. No, aquello no sería posible. Habían ido con espadas de madera contra Aemond estando desarmado. Y aún así, no habían podido con él. Y su madre casi había sido herida, también por su culpa, porque Alicent quería venganza. Era un niño, pero entendía lo suficiente. No era ciego, él mismo sabía la verdad. Lo que Aemond le había dicho no era mentira. Laenor Velaryon no era su padre, solo debía mirarse en el espejo. No había mentira que pudiera esconderlo, porque la verdad estaba ahí, frente a él. Mirándolo con sus mismos ojos marrones, y su pelo castaño oscuro. Porque él era hijo de Harwin, y eso lo convertía en un... “Jace.” No se giró, al escuchar una voz familiar. Tenía miedo, además de su familia más directa, de decepcionarlo a él. El único de sus tíos que, lejos de maltratarlo, lo había protegido de la mano dura de Cole y de Aegon. “Jacaerys Velaryon.” Su nombre completo... estaba jodido. ¿Cómo lo vería ahora? ¿Le empezaría a gritar por haber herido a Aemond? ¿Acaso Daeron venía con intenciones de golpearlo y seguir con la paliza? ¿Su tío ahora lo odiaría y su amistad moriría?... No. Nunca hubo amistad. Lo habían fastidiado todo. “¡Jace!” Daeron habló por tercera vez, y finalmente, Jacaerys dejó de darle la espalda, pero no pudo mirarle a la cara. “Hola, tío.” Fue lo único que salió de su boca temblorosa y vacilante. Sentía sus brazos pesados, su cuerpo adolorido. Estaba vulnerable, indefenso. “¿Hola, tío? ¿De verdad eso es lo que vas a decirme?” ¿Qué quería que dijera? Jace solo elevó la mirada, lo suficiente para ver que Daeron estaba enfadado. La mano de Daeron se acercó a él, y le tomó de la mejilla. Le dolió un poco, pero no tuvo la valentía de quejarse. Daeron se quedó callado por unos segundos. “Será una semana… pero sanará con los ungüentos adecuados, y diría que no dejará marca ni cicatriz. He visto un montón de heridas de este tipo. Pero debes descansar.” Jace se sintió incómodo ante las palabras de Daeron. ¿Acaso no iba a regañarlo? ¿Por qué se preocupaba por él? ¡Era Aemond quien había perdido un ojo! ¡Ellos únicamente fueron golpeados, lo suyo tenía arreglo, mientras Aemond sería hasta su muerte un príncipe tuerto! Tuvo ganas de llorar por eso, y Daeron pareció notarlo. Jacaerys se esforzó en formular su pregunta. “¿No estás enfadado conmigo? ¿Con Lucerys y Joffrey?” La pregunta fue lenta y difícil de hacer, Jace tenía demasiadas cosas en la cabeza. Sin embargo, Daeron suspiró con pesadez, como quien se siente profundamente decepcionado, o como si hiciera acopio de toda su paciencia. Su tío siempre había sido más maduro que él a la hora de hablar. “Jace, escúchame. Puedo estar enfadado, y de hecho, estoy enfadado, pero eso no significa que dejes de ser mi familia.” Al principio, Jacaerys se había sentido peor, pero al final encontró una leve sensación de alivio en aquella palabra. Familia... Al menos Daeron no lo veía como un monstruo. “Pero Aemond, él está..." “Está enfadado, muy enfadado, pero lo has oído en el salón. Además, la familia... hemos hablado un poco con él. Su ira hacia vosotros dos no descenderá en poco tiempo. Pero también nos ha dicho que está más contento por tener un dragón que por lo que está enfadado al haber perdido su ojo. Es lo que nos ha dicho a nosotros y a mi madre, aunque ya sabes que los pensamientos de cada uno son propios, y solo uno los sabe con certeza. Quien está enfadada de verdad es mi madre. Ha necesitado leche de la amapola.” Daeron suspiró un momento, mientras seguía revisando un poco más la cara de Jacaerys. “Estas disputas no tienen sentido y tienen que acabar de una buena vez, sobrino. Derramar la sangre familiar no es lo correcto. Nunca lo es.” Era extraño que su tío lo llamara sobrino. Desde que tenía uso de memoria, Jacaerys había sido Jace para Daeron. Y trató de entender lo que decía Daeron, de verdad. Pero entonces recordó el insulto que Aemond les había dicho. Recordó la verdad que estaba al alcance de su propia mano, en el espejo de plata que había usado para mirarse las heridas. Sus hermanos y él eran bastardos. “Aemond dijo que éramos unos… bastardos.” Jace estuvo al borde del llanto. Todo lo que había ocurrido aquella noche no había hecho más que empeorar la situación. Incluso su amada madre había resultado herida en el orgullo. Y odiaba a Alicent por ello. ¿Quién si no le había hablado a Aegon de aquello? “Dime una cosa, Jace.” Jace volvió a mirar a su tío. Los ojos azules lucían cansados, mientras que sus propias pupilas castañas estaban llenas de dudas más adultas de lo que debería tener un niño como preocupaciones infantiles. Su tío tenía el aspecto valyrio, algo más que él no tenía. “¿Eres mi sobrino?” Jacaerys lo miró como quien mira a un completo extraño. ¿Qué clase de pregunta era esa? Estaba siendo educado por buenos maestres, pero nunca nadie le había hecho alguna pregunta de aquella índole. Abrió la boca y trató de contestar, pero una semilla de duda se había plantado en su mente. Si Laenor no era su padre, podría ser que Rhaenyra no fuera su madre. Daeron siempre había sido inteligente, o eso decían de él los maestres. ¿Acaso le intentaba decir algo? ¿Tampoco era el hijo de Rhaenyra? Su cabeza estaba por reventar. Necesitaba descansar, y deseó que Daeron se fuera de una vez. No quería que lo vieran llorar. Fue entonces que su tío, aquel niño con el que había compartido hasta la teta de la nodriza, habló. “Si que lo eres. Eres mi sobrino, eres mi familia. Luke, y Joff también lo son. Y los dioses saben que os quiero, y que mataría y moriría por vosotros si alguien se atreviera a haceros daño. Por eso, ahora mismo estoy atado de manos y pies. Aemond también es mi familia, y también lo defendería de cualquiera con uñas y dientes. Si os peleáis entre vosotros, no puedo ayudar ni defender a nadie, y solo veré a la gente que quiero siendo lastimada sin poder hacer nada por evitarlo. Así que la próxima vez, recuerda que las palabras pueden herir, pero también puedes protegerte de ellas, o ignorarlas. Sé que es difícil aguantar un insulto, y sé que en todo momento nuestra casa necesita mostrar fuerza. Pero las palabras mueren en el aire.” Daeron lo sujetó de los hombros. “Quiero que recuerdes eso mientras estás en Rocadragón. Que crezcas, y que seas mejor. No te dejes llevar por el odio o la envidia, o por la traición. No llevan a ningún buen lugar, solo a la soledad." Daeron suspiró y miró por la ventana. Se escuchaba a la gente empezando a organizar la partida del rey, su abuelo volvería a la capital en un par de horas. "No podré ir a visitarte en un buen tiempo, pero te escribiré. Las heridas entre vosotros y Aemond necesitan su tiempo para sanar, y no hablo de las heridas que sangran. Hablo de las que están en el corazón.” Escuchó pasos en el pasillo. Alguien se acercaba, y Daeron dejó de estar con él. Se dirigió a la puerta y la abrió, antes de despedirse. “Adiós, Jace… Cuídate, ¿vale?” Jacaerys solo pudo asentir, antes de ver a su madre entrando, y a su tío saliendo de la habitación. Rhaenyra tenía un semblante serio y casi al borde del enfado, pero no dijo palabra alguna mientras Daeron seguía por ahí cerca. Cuando los pasos de Daeron dejaron de escucharse, miró a su madre. Rhaenyra solo se agachó y lo abrazó. En ese momento, todas las dudas de su origen se habían disipado, solo su madre podría abrazarlo así. Ninguna otra mujer. “Jace… mi niño. No sé que te habrá dicho Daeron, pero no lo escuches.” Jacaerys no tuvo el valor de hablar, mientras sentía como la mano de su madre acariciaba su nuca. Ella siempre lo cuidó y estuvo de su lado. Ella era amable, le enseñaba a leer el idioma valyrio que comprendía poco, le cantaba algunas canciones, y le había enseñado órdenes específicas para Vermax. Quería a su madre. “Ellos no te harán daño nunca más. Me aseguraré de ello. Lucerys, Joffrey y tú sois mis hijos. Los herederos del trono de Hierro. Y esos niños, los hijos de… de Alicent son tus enemigos.” Jacaerys trató de protestar. Él podía llevarse mal con Aegon y Aemond, pero quería a Daeron y a Helaena. Ellos no podían ser sus enemigos, Daeron le había dicho que eran familia. Daeron nunca le mentiría de esa manera. Era su tío favorito, con quien aprendió a manejar la espada. Él no haría algo así.Se giró despues del abrazo, mientras Rhaenyra iba con Luke y Joff. Ellos eran su familia. Y Jace debía mejorar, por ellos. Pero no sabía si hacerle caso a su madre, o a su tío. Desde que podía recordar, su madre le decía constantemente que aquellos niños eran sus rivales. Aegon gustaba de atormentarlo en el patio de entrenamiento, le hacía mucho daño. Y Aemond, quizás no era tan agresivo, pero le había robado el dragón a Rhaena, además de haberles dado la paliza de sus vidas. "Somos familia." La voz de Daeron resonó en su mente, llamando a la paz."Son tus enemigos." La de su madre clamaba confrontación y sangre.En ese momento, solo estaba seguro de una cosa. No de quién era su padre, pero sí de que era el hermano mayor de Luke y Joff. Y que debía ser fuerte, por ellos. Ellos eran su familia. Era su hermano mayor, era lo único que tenía asegurado. Nadie más importaba. La familia es lo que pervive, y sus hermanos eran más cercanos a él que sus tíos. Fue entonces que lo comprendió, él no era capaz de ser neutral y pacífico como su tío Daeron trataba de indicarlo. Su tío podría no elegir entre sobrinos y hermanos, pero él elegiría a sus hermanos antes que a sus tíos. A tan joven edad, y tomó una decisión trascendental. Debía proteger a sus hermanos pequeños, a cualquier costo. Incluso si el precio a pagar era la sangre.

----- CHAPTER BREAK -----

Alicent Hightower, Fortaleza Roja.Se encontraba enfadada, casi histérica, el incidente había sido mucho más de lo que ella hubiera podido asimilar, especialmente por la actitud tan pasiva que su marido había tomado. Sentía como su cuerpo, por dentro, ardía de la rabia, en una amalgama de emociones que solo deseaban en su conjunto hacerle daño a la que años atrás había sido su amiga.Alicent nunca había sido una mujer muy pasional, ni tampoco expresiva, aunque desde luego no llegaba a los límites de Helaena.Desde joven, su padre la había entrenado en el arte de mostrar solo las emociones necesarias para poder moverse con facilidad en la corte, y en peor o mejor medida, ella había aprendido. Pero ver como Viserys se colocaba del lado de Rhaenyra con tanta facilidad, aún con todo lo ocurrido, le frustraba. Jurando cortar las lenguas de aquellos que dijeran una verdad que cualquiera que tuviera ojos sería capaz de ver. Los nietos del rey eran bastardos, una deshonra total a los valores de la Fe que ella siempre había defendido, aunque eso no era lo que más le importaba en aquellos momentos. Su hijo había perdido un ojo por culpa de los niños Strong, y Viserys NO HABÍA HECHO NADA. Aemond decía que estaba bien, que aquello era un precio justo por Vhagar, pero aquello no era cierto.Habían mutilado a su hijo, a un príncipe de la sangre real y nadie había hecho nada para remediarlo. Su querido hijo, un niño brillante en el arte de la espada... Cole le había mencionado que conocía a hombres mutilados capaces de matar a otros hombres, pero eso a Alicent no le traía consuelo. Nadie parecía entender que ella lo que quería era venganza contra aquella arpía de Rhaenyra, y contra sus hijos bastardos.Mientras que ella trataba de ser una mujer virtuosa, la perra de Rocadragón había estado haciendo todo aquello que estaba mal, según la educación que había recibido la propia Alicent. Casi era como si Rhaenyra se burlase de las virtudes que ella había tenido que demostrar en todo momento, tener la imagen perfecta de reina consorte y criar prácticamente sola a sus hijos, y todo para que al final, Viserys solo tuviera ojos para Rhaenyra. Había cogido el cuchillo de Viserys sin pensar, si nadie le otorgaba lo que ella deseaba, lo obtendría por sí misma. Su plan había sido arrancarle un ojo a Lucerys, si hubiera podido. Rhaenyra se interpuso entre ella y el criminal, forcejearon, y luego sucedió aquella luz, aquel sonido que logró sobrecogerla.¿Qué clase de magia había ocurrido en aquel salón? Desde luego, ella no tenía idea de lo que había ocurrido, solo se estaba centrando en ganar aquella confrontación física con Rhaenyra a la par que otras personas luchaban a su alrededor. Fue entonces, en mitad de aquella trifulca, que sucedió aquel resplandor misterioso, como si un trueno hubiera pasado justo a su lado.Aquellos estímulos habían sembrado en ella una extraña sensación, casi de aturdimiento, y antes de que pudiera recuperar del todo la conciencia, su querido hijo menor, Daeron, la estaba ayudando a ponerse de pie, y además la protegió de las palabras hirientes de Rhaenyra. Traidora... La muy perra la había llamado traidora."No te atrevas a amenazar a mi madre." Un niño, y sin embargo, más valiente que Viserys. Al menos Alicent podía encontrar algo de consuelo en ello, sus hijos le habían dicho sus verdades a Rhaenyra. Aemond y Aegon habían tildado de bastardos a los hijos de su hijastra, y Daeron la había protegido de la ira de esa arpía."No quiero hablar, padre." Dijo cuando Otto Hightower hizo acto de presencia en sus aposentos. Ante aquel hombre, Alicent casi volvía a sentirse como una niña. "Ya sé lo que vienes a decirme.""¿Ah, lo sabes?" Otto tomó asiento en uno de los amplios sillones, justo frente a ella, con las manos unidas por las palmas, en su típica posición de hombre erudito y de complejos pensamientos. "Ilústrame, pues.""Que actué de mala manera en el salón... no hice caso de lo que me enseñaste, dejé que las emociones me dominaran. Perdí la compostura ante miembros de la corte, mi marido no me defendió y la princesa ha salido airosa de todo esta... esta farsa. Mi hijo ahora está tuerto y las palabras recorrerán los reinos con rapidez. Mi reputación se ha echado a perder." Mientras Alicent hablaba, Otto se quedó mortalmente callado, como si estuviera cavilando. "Todo ello es cierto." La respuesta de su padre fue simple y directa."Mi marido no me apoya, el favor del rey estará siempre del lado de su hija, y no me ha dirigido la palabra en todo el viaje de vuelta. Me he deshonrado a mí misma, y no pude defenderme de las acusaciones de Rhaenyra en ese momento. Me llamó traidora, pero como siempre, ella no ha sufrido consecuencias." Alicent se miró las manos, como si apenas pudiera creer la situación en la que se encontraba. Al menos, sus dos hijos pequeños habían salido a defenderla. Quizás, aquel evento abriría finalmente los ojos de Daeron y dejaría de llevarse bien con aquellos niños diabólicos."Y aún así, nunca me he sentido más orgulloso de llamarte mi hija." Otto, sin embargo, habló con un tono bajo pero sincero, que provocó que Alicent lo mirase con duda en sus ojos."¿Orgulloso dices? Llevas trabajando por la reputación de la familia todos estos años y por culpa de mi rabieta he derrumbado todo lo que has construido." Alicent volvía a expresarse de manera demasiado abierta, dejando fluir todas sus emociones, exteriorizándolas. Otto, sin embargo, se levantó y se dirigió a la chimenea. El fuego iluminaba débilmente el rostro y la barba de su padre."Estamos jugando con fichas peligrosas, hija mía. El juego es peligroso, y desagradable. Pero ya has visto la realidad de la que te advertí hace varios años, y has actuado. Ahora ya lo sabes, los niños Strong son peligrosos... Rhaenyra es peligrosa, no dudará en acabar con todos nosotros si Viserys muere." Otto se acercó a Alicent y tomó una de sus manos. "Por primera vez, he visto en ti la determinación necesaria para ganar el juego, para ganarle la partida a Rhaenyra. Para coronar a Aegon rey, y que esa mujer y su prole de bastardos no vuelvan a haceros daño, a ninguno de tus hijos, ni a ti." Sin embargo, aunque sentía verdaderas las palabras de su padre, Alicent dudó un poco."El rey no está de mi lado. No me perdonará.""Por suerte, el rey es tan estúpido como cabezota, hija mía." Otto habló sin reparos sobre su nuero. "Finge que te arrepientes, que sigues volcando tu vida a la fe, a tus hijos, a los valores que te fueron inculcados. Atribuye tu ataque a la ira de haber visto a tu hijo sin un ojo, muéstrate ante él con penitencia, arrepentida, y trata de ocultar tus verdaderas intenciones. Usa tus encantos femeninos, hija mía, y el rey te perdonará. No tendrá más remedio que hacerlo."Alicent escuchaba a su padre, y apenas daba crédito a todo lo que entraba por sus oídos. Incluso mientras hablaban, su padre era diligente, y estudiaba lo que podrían o no hacer de tal manera que pudieran ganar ventaja ante Rhaenyra. En silencio, asintió."Si esos son tus consejos, los aplicaré lo mejor que pueda. Pero no fingiré estar en buenos términos con Rhaenyra. No me pidas que actúe en contra de mis principios.""No hace falta que estés en buenos términos con tu hijastra, mi querida hija... Aunque no de la forma que esperaba, Aemond acaba de regalarnos una ventaja ganadora. Ha puesto a Vhagar de nuestro lado." Alicent se apartó de su padre al escuchar aquellas palabras."Ha perdido un ojo en el proceso.""Y a cambio, tenemos al dragón más poderoso de todo el mundo apoyando nuestra posición. El niño tenía razón, Alicent... Vhagar vale un millón de veces el precio que le ha costado a Aemond."Otto hablaba, mientras Alicent escuchaba en silencio absoluto, pues había recordado como su hijo había montado a la colosal criatura cuando se marcharon de la isla de Marcaderiva. Las alas de la criatura que vivió en los tiempos de la Conquista se veían desgastadas, y la seguridad de Aemond dependía de aquella criatura. Hubiera preferido que su hijo tomara a un dragón joven."Rhaenyra también tiene dragones." "Pero ninguno de sus dragones es Vhagar. No sabes de lo que es capaz, Alicent, no habías nacido cuando ocurrió la batalla de Tarth, la masacre de Tarth. 8 barcos hundidos, un millar de myrienses muertos por el fuego de un solo dragón. Créeme, hija mía, no sabes de lo que es capaz esa bestia. Si es Aemond su jinete, todos tus hijos estarán a salvo. Aegon... Helaena... Daeron." Otto se tomó una pausa, antes de continuar hablando, acariciando suavemente la mejilla de Alicent, como cuando era una niña. "Ninguno de los dragones de Rhaenyra tiene experiencia en batallas, y Vhagar no solo tiene su tamaño, sino también la experiencia de haber combatido contra variados enemigos. Deja que los dragones se ocupen del campo de batalla, Alicent. Solo tienes que hacer lo que yo te diga, hija mía... y Aegon será rey.""Lo haré, padre."Desembarco del Rey, mediados del año 122. Daeron TargaryenEl patio de armas estaba más concurrido que de costumbre, pues ya habían llegado las fechas en las que se buscaban nuevos hombres para trabajar en la guardia de la capital. Las fiebres de verano, los conflictos en el Lecho de Pulgas y algunos altercados en burdeles y tabernas se habían cobrado la vida de más de un centenar en el último año, por lo que era necesario que nuevos hombres ocuparan aquellos puestos vacíos. El maestro de armas de la Guardia de la Ciudad, Ser Luthor Largent, también el capitán de la Puerta de los Dioses de la muralla de la capital, gritaba órdenes a los novatos con una voz casi tan terrible como su aspecto, más de 6 pies de altura y un rostro con cicatrices obtenidas a lo largo de su servicio. Su método de entrenamiento, sin embargo, era brutal, y uno de los reclutas cayó al suelo tras un combate de práctica contra el propio Luthor."¡Una espada no es un garrote, panda de haraganes!" Gritó al recluta, poco más que un adulto de 17 años. "Aquí no servirán las artes callejeras, vuestras posturas de combate necesitan mucho trabajo. Ahora los civiles os llamaran capas doradas, pero sois estúpidos si de verdad pensáis que eso basta. Sois niños verdes y apestosos como la hierba de verano, os entreno para que seáis capaz de matar a quien perturbe la paz del Rey. ¡Levanta esa espada, recluta! No hemos terminado."  El muchacho, al escuchar la orden, se incorporó y volvió a ponerse en guardia para recibir la acometida de Ser Luthor.Sin embargo, en una de las zonas del patio más cercanas al muro del castillo, no eran dos adultos quienes medían sus habilidades con espadas de torneo, sino dos príncipes de la sangre del dragón, de 12 y 8 años, batallando entre sí, armados con espadas y escudos de madera, pero con una energía e ímpetu que superaba a los nuevos reclutas. “¡Izquierda, izquierda… ahora derecha y arriba!” Daeron atacó a Aemond con una secuencia de golpes, diciéndole en todo momento a qué zonas iba a golpear. Y Aemond logró bloquear cada uno de sus ataques, los primeros dos con el escudo, y el último en un choque de espadas. “Demasiado lento, hermanito.” Fue la respuesta de Aemond, dando un paso hacia delante a la par que lanzaba un tajo descendente, aprovechando su fuerza superior contra Daeron. El menor supo que su hermano lograba dominarlo en poderío físico, Aemond quizás era más esbelto que la mayoría de jóvenes de su edad, pero también era una bestia física que había vencido a escuderos e incluso a algunos caballeros de joven edad. "¿Es que ya estás cansado, Daeron?" Estaba cediendo terreno frente al empuje superior de Aemond, así que se agachó un poco, tomó impulso con sus dos piernas y logró rechazar frontalmente su ataque, para luego deslizarse hacia la izquierda, retomando una postura de combate más defensiva."Más quisieras. No perderé así de fácil." Respondió Daeron, mientras seguía intentando acostumbrarse a lo que ocurría en el patio de armas. Pero en aquellas condiciones, era difícil. Llevaban toda la tarde entrenando en el patio junto a otros hombres y escuderos, y ya era el quinto combate que tenía aquel día con su hermano, pero Daeron se sentía con el cuerpo entumecido por el exigente entrenamiento, dirigido por el caballero que los observaba un poco más atrás. Había ganado el tercer combate, pero en ese momento, se sentía acorralado.Su hermano no solo era más fuerte que Aegon a pesar de ser menor, sino que realmente era bueno y hábil con la espada, incluso con la pérdida de un ojo, no erraba en la precisión de sus golpes o en la potencia de sus ataques. Por momentos, en lo que refería al combate, Aemond le recordaba a Peter de alguna manera. Con gran iniciativa en atacar primero, con el corazón lleno de bravura.Antes de poder pensar en lo que podría intentar para derrotar a Aemond, ya lo tenía encima otra vez, y la fuerza del segundo golpe fue capaz de doblarle la muñeca, cuando las espadas volvieron a encontrarse."Son golpes muy abiertos, deja totalmente expuesto su rostro al bajar el escudo." Pensó Daeron, esquivando la siguiente acometida de su hermano con pasos laterales y hacia atrás, creando algo más de distancia. Incluso en juego de piernas, su hermano era un talento extraordinario, pues Aemond era capaz de mantener un ritmo muy elevado de combate sin llegar a agotarse. Bloqueó con el escudo el tajo de Aemond y trató de realizar una estocada al abdomen, pero Aemond golpeó con su escudo la espada de Daeron.  En su vida pasada, había logrado aprender con Oreius varias posturas de combate con varias armas, y junto a Peter en los años de gobierno y en las aventuras con Caspian, habían adaptado algunos de los estilos de pelea de las distintas criaturas de Narnia a su propia forma de combatir. Los movimientos llenos de poder de los minotauros, capaces de terminar el combate en un único golpe que llevaba detrás todo el peso y la fuerza de su cuerpo; la elegante destreza y agilidad de Reepicheep y los ratones espadachines, que empleaban estoques delgados y letales que requerían de gran precisión; del estilo defensivo de los enanos, que se centraban más en la defensa propia y en el agotamiento del rival, esperando a que cometieran un error para lanzar un único y devastador contraataque; o la velocidad sin parangón de los centauros y los faunos, que bailaban alrededor de sus rivales lanzando una auténtica lluvia de ataques. Sin embargo, aún con toda la experiencia que tenía de su vida anterior, era complicado adaptarse al estilo de Aemond, agresivo e impetuoso. Más que un entrenamiento parecía un combate de verdad, Daeron casi sentía que estaba en una batalla, rodeado de enemigos, era como si su hermano mayor deseara matarlo, y la situación se estaba volviendo peligrosa. Sabía que en términos de experiencia y técnica con la espada era mejor que él, y que era más que capaz de ganar, pero sólo sería posible haciéndole daño al propio Aemond con un contraataque, aprovechando los golpes tan abiertos que daba su hermano, algo que Daeron no deseaba. No quería hacerle daño a su hermano, no a Aemond... Un nuevo choque entre sus espadas le hizo perder todavía más terreno, y decidió que ya había sido suficiente. “Me rindo.” Dijo soltando la espada hacia un lado, mientras Aemond todavía manejaba la suya, a punto de atacar al hombro descubierto de Daeron. Se detuvo a un palmo de distancia, sin llegar a aterrizar el golpe, sonriendo burlonamente, pero por el rostro le bajaban gotas de sudor. “Me has hecho sudar, pero te rindes muy fácilmente, hermanito.” Aemond habló en un tono cuyo origen era el orgullo del ganador, pero a su vez mostraba algo de insatisfacción, como si hubiera querido combatir más, antes de girarse para asearse con el agua de la palangana. El entrenamiento había terminado, y Daeron suspiró con pesadez, antes de quitarse el parche del ojo izquierdo, viendo nuevamente algo más que negro. En esos dos años que había pasado, había intentado acercarse más a su hermano después del incidente. Trataba de comprender a Aemond, y para entrenar con él había empezado a usar él mismo un parche, para poder comprender las dificultades por las que Aemond pasaba, y tratar de ayudarlo con lo que pudiera. Más allá de porque aquel era su deseo, sentía que ayudar a su hermano era su deber, pero era difícil, y no era solo por el temperamento complicado de su hermano o la habilidad innata de Aemond para el combate. Ni siquiera era por la experiencia que Aemond ya tenía como escudero de Cole, quien estaba enseñando al hijo mediano del rey todo lo que sabía sobre manejar la espada.Con un único ojo, la percepción y las distancias cambiaban demasiado. Y mientras Aemond se había acostumbrado a su nueva vida como una persona tuerta, Daeron solo usaba aquel accesorio cuando entrenaba contra él, algo que en parte entorpecía sus movimientos, su sentido de la profundidad y la distancia. En ese tipo de enfrentamientos, Aemond tenía ciertamente la ventaja, pero aún así Daeron no era capaz de combatir a su hermano sin ese parche.Lo sentía en el corazón, aquello no sería justo. Podría aprovecharse de ese tipo de ventajas contra enemigos, si su propia vida estuviera en juego, pero no contra Aemond.Si entrenaba con Aemond, quería tener la misma desventaja que tenía su hermano. Peter hubiera entrenado con él de esa manera, si hubiera sido Edmund quien hubiera resultado dañado. “Ha sido un buen combate, el mejor de los que he visto hoy.” Dijo una voz conocida, provocando que Daeron girase sobre su propio eje. “Dentro de algunos años estoy seguro de que tanto tú como él ganaréis grandes torneos... Emplear un parche para limitar tu visión e igualar las dificultades de Aemond. Ingenioso. Sin duda, eres una persona noble, casi diría que caballeroso, pero algún día esa actitud podría suponer problemas.” “Gracias por el halago, Ser.” Daeron habló con el caballero en un tono más educado de lo normal, enderezando su cuerpo entero, pues él mismo era, desde una semana anterior, el escudero de aquel hombre. “Puedes llamarme tío Gwayne si lo prefieres, muchacho. Daeron, que te hayas vuelto mi escudero, no hace que dejes de ser mi sobrino.” “Gracias por el halago, tío Gwayne. Sin embargo, eres un caballero. Debo tratarte como tal."Gwayne pareció reír por un momento, sin embargo, continuó hablando. "¿Siempre entrenáis así? Diría que Aemond tiene un temperamento bastante característico. Los Targaryen tienen sangre de dragón, desde luego.""Si te digo la verdad, es duro entrenar con él.” Dijo antes de ver como Aemond se retiraba junto a Ser Criston. Los dos hermanos habían sido nombrados escuderos, Aemond de un guardia real y Daeron de su joven tío Gwayne Hightower, el hermano pequeño de Alicent. Aunque Daeron sería enviado a la fortaleza de Torre Alta, en Antigua, se había decidido que sería primero escudero de su tío, antes que de Lord Ormund. Y cuando ya conociera la labor, también cuidaría del caballo del señor de Antigua, así como de encargarse del mantenimiento de las armas y la armadura de Lord Ormund. “El Padre nos enseña a ser justos, sobrino. Y créeme, tú lo eres." Sin embargo, ante las palabras de Gwayne, Daeron no fue capaz de responder, más que con un leve suspiro. ¿Justo, él?... Su tío no lo conocía, si lo hiciera, no diría que él era justo. "Anda, ve a limpiarte.” “¿No quiere que antes haga algo por usted, buen caballero? Es el deber de un escudero el ayudaros.” Daeron preguntó, sonriendo levemente, como preparado para recibir una orden de su tío. Gwayne suspiró. “Bien sabes que he ido de patrulla esta mañana con la guardia de la ciudad, y he recorrido un par de leguas por el camino a Rosby. Mi caballo necesita que sus cascos estén limpios de cualquier piedra. No quiero desperfectos en sus pezuñas.” Ya no hablaba con la voz de una persona familiar, sino con la voz que exigía autoridad. Él era un caballero, y Daeron, su escudero, daba igual el parentesco. A ojos de la sociedad, la obediencia debía ser total. “Entendido, buen caballero.” Daeron se giró, y puso rumbo a los establos. Él mismo se encargaba en Narnia de los cuidados de su caballo o de su equipamiento, pero en Poniente aquella tarea pertenecía a los escuderos o a los caballeros que no pudieran permitirse uno. Y debía hacerse bien, una espada mellada no cumpliría su propósito, así como una piedra clavada podría volver al mejor de los caballos de guerra en una criatura con cojera que debía ser sacrificada a ojos de los hombres para acortar el sufrimiento. Y no iba a permitir un destino tan cruel a una criatura tan noble y trabajadora como podía ser un caballo. Además de que aquellos ratos en soledad le permitían pensar en todo lo ocurrido, en los dos años que habían transcurrido desde el  “incidente de Marcaderiva”. Los primeros meses después de Marcaderiva habían sido complicados en más de un sentido. En primer lugar, porque Vhagar se negaba a descansar en Pozo Dragón la mitad del tiempo, prefiriendo dormir a las afueras de la ciudad amurallada, y lo que suponía a su vez un problema constante para el pueblo llano y para el propio Aemond cada vez que quería montarla, pues debía desplazarse a caballo hasta las afueras de la ciudad.Laenor Velaryon había muerto en el salón de Marea Alta un mes después del entierro de Laena, traicionado por un caballero al servicio de los Velaryon, Qarl Correy. El dolor de la casa Velaryon fue evidente, especialmente el de Rhaenys, pues ya había perdido a sus dos hijos. Aunque no fue ese el caso de Rhaenyra, no duró mucho tiempo llorando a su esposo, pues finalmente se desposó con su tío Daemon Targaryen a la mitad del año, en una boda de fuego y sangre siguiendo un antiguo ritual de Valyria. No fue visto con buenos ojos por parte de Viserys, pero a finales del año 120 nació un pequeño niño de aquel matrimonio. Lo llamaron Aegon el joven, para diferenciarlo de Aegon, el hermano mayor de Daeron, pero era un nombre que causaba rechazo a Alicent cada vez que se mencionaba. Daeron sonrió por el último pensamiento. Aunque Alicent rechazara a aquel niño, para Daeron un nuevo bebé siempre sería bienvenido en la familia. Sin embargo, aquello también le trajo tristeza a la mente al acordarse de los niños a los que llevaba sin ver casi un año. Aunque había tratado de perdonar a sus sobrinos Jace y Luke, era muy complicado, y fue totalmente imposible reconstruir el vínculo con ellos, tanto por la distancia que los separaba, las contadas ocasiones en las que se habían visto sin entablar prácticamente conversación, y por el constante recordatorio que era mirar a su hermano Aemond, y a la cicatriz que recorría desde la frente hasta la mejilla izquierda.Dentro de él, había una parte que permanecía en constante guerra, se enfrentaban la búsqueda de poder perdonar aquellos actos, contra un enfado que se alimentaba de una ira natural y precoz, y que más de una vez, le había originado pesadillas angustiosas en las que él peleaba contra unas sombras que habían atacado tanto a su hermano Aemond como a Jace. Siempre era la misma pesadilla, hiciera lo que hiciera, las sombras lograban hacer daño, cada uno a su objetivo. Una le quitaba el ojo a Aemond y la otra dejaba el rostro de Jace lleno de sangre tras golpearlo varias veces, como si sus puños fueran de piedra, amenazando con partirle el cráneo, y Jace gritaba por ayuda.Al terminar la pesadilla, las sombras revelaban sus identidades, Aemond era la sombra que atacaba a Jace, riendo de una forma que Daeron no había visto nunca, como un loco con sed de sangre, y Luke era aquella silueta negra como la noche que arrancaba el ojo de Aemond.Una pesadilla que siempre provocaba que Daeron despertara sudando, sintiendo que la garganta le apretaba como si se estuviera asfixiando, en parte porque no sabía que hacer ante aquella situación, y en parte, porque sentía que parte de la culpa de lo ocurrido aquella noche era suya. Si se hubiera quedado con Aemond en la habitación, en lugar de marcharse y buscar el cuerno, las cosas habrían sido distintas... si tan solo no hubiera dejado solo a su hermano. Sentía que le había fallado, y que debía pagarle una deuda cuyo precio Daeron desconocía, pero que debía ser muy alto."Aslan... no sé que hacer." Era lo poco que era capaz de decir, dudando de sí mismo, de sus objetivos, de aquella nueva vida que resultaba demasiado complicada. Además, tanto Rhaenyra como Alicent continuaron alimentando el odio de sus hijos, empeorando todavía más la ya complicada situación familiar. Aegon se había vuelto aún más petulante e incontrolable, se escapaba de palacio cuando le daba la gana y actuaba sin que nadie se atreviera a decirle nada, y Aemond por su parte había abrazado la cultura marcial de Poniente, entrenaba más que ningún otro chico de su edad y destrozaba a los otros escuderos en combate, y a pesar de la alegría que tenía por haber conseguido vincularse con Vhagar, eso no hacía que el desprecio que sentía por los hijos de Rhaenyra, especialmente por Jace y Luke, disminuyera. Cosa que era normal, si el propio Daeron tenía dificultades en relacionarse con sus sobrinos desde el accidente, ¿cómo iba Aemond a dejar de sentir aquel odio fratricida?A pesar de lo que le prometió a Jace, no había sido capaz de escribir ni una sola carta a sus sobrinos durante los primeros meses, porque sentía que era demasiado pronto para aplacar su propia ira. Y aquello, a su vez, le hacía sentirse mal. Lo último que le había dicho a Jacaerys era que creciera en cuerpo y mente, pero él mismo no era capaz de hacerlo. No era capaz de encontrar en sí mismo la capacidad de perdonar, ni a sus sobrinos, ni a sí mismo.Sin embargo, las noticias de que la familia se hacía más grande y de que nuevos bebés llegaban al mundo, ciertamente le agradaban aunque no aprobase el matrimonio de Daemon con Rhaenyra, más allá de por el incesto, era porque lo poco que conocía de Daemon lograba causarle escalofríos. Sentía que era un hombre lleno de ambición, que podría resultar peligroso, y que no se detendría ante nada ni nadie con tal de conseguir sus objetivos.Daeron continuaba limpiando los cascos del caballo, mientras sus pensamientos seguían enfocados en su familia. Joffrey ya había cumplido 5 años, Aegon 2, y el más pequeño de todos, el joven príncipe Viserys, que apenas tenía un par de lunas de edad. Daeron les había enviado algunos regalos a los más pequeños, principalmente, juguetes que hacían artesanos de Pentos, y que algunos comerciantes traían desde el otro lado del mar. Y la noticia que había puesto a todo el reino patas arriba, evidentemente, fue la boda de sus hermanos unos meses antes y saber que la joven princesa Helaena estaba embarazada de los hijos de Aegon. Los pensamientos que Daeron tenía sobre el gran evento que fue la boda real eran muy contrarios a la gran mayoría de personas del reino, que celebraban el joven matrimonio, especialmente los aliados de los verdes.¿Se alegraba por ello? No, además de que Helaena tenía 13 años cuando la boda se ofició. Era demasiado joven para casarse, y Aegon también, además de que no era precisamente alguien bondadoso, o alguien a quien Daeron pudiera considerar un buen marido para su hermana. El temperamento de Aegon había empeorado con los años, no se negaba al vicio de la bebida. Helaena era una niña muy gentil y callada, se merecía algo mucho mejor que… eso. Aegon no llegaba a la mayoría de edad, pero bebía en muchas ocasiones hasta la embriaguez, era grosero y se burlaba de todo el mundo desde una posición de fuerza que Daeron no aprobaba. Lo único que podía decir bueno de él es que era un buen jinete de dragones, caballos, y un espadachín mejor que la media. Pero también era iracundo, lento en el perdón y rápido en juzgar con malicia, se burlaba de los hijos menores de muchos señores de las Tierras de la Corona, pero se iba con los herederos a tabernas y a burdeles, sin ningún tipo de consecuencia. Al final, Alicent ni siquiera lo había enviado a Antigua, aunque aquella fue su amenaza años antes. Todo lo contrario, era el propio Daeron quien marcharía a la que era la ciudad más importante del reino, después de la capital. Y apenas tenía un mes más para prepararse, acompañaría a Gwayne hasta el suroeste del Dominio para servirle como su escudero, y también para educarse con una de las familias más poderosas de los Siete Reinos, bajo la atenta mirada de Ormund Hightower, el señor de Antigua. “Me sorprende la actitud que tienes hacia la educación, Daeron. Devoras los libros como si fueran comida, pocas veces personas de tu edad están tan ávidas de conocimiento. Podría recomendarte a la Ciudadela como novicio cuando alcances una edad adecuada.” Eran palabras que el mismísimo Gran Maestre Mellos le había dirigido.  Pero Daeron no se sentía orgulloso por ello, quizás tenía el cuerpo de un niño, pero mentalmente había sido un rey durante más de una década. Era fácil estudiar los emblemas y las historias de las casas de Poniente, pero demasiadas vivencias lejanas en el recuerdo asomaban todavía por sus memorias, junto con incontables conocimientos prácticos, recuerdos compartidos con hermanos a los que amó más que a sí mismo. Hermanos a los que había traicionado cuando se alió con Jadis, y que aún así estuvieron dispuestos a perdonarlo. A pesar de que él los había puesto en un peligro mortal, a pesar de que en un inicio él quiso ser rey sobre sus hermanos, Peter, Susan y Lucy lo habían perdonado. A pesar de lo que les había hecho, ellos le seguían queriendo y apreciando. “Peter, Lucy… Susan.” Susurró sus nombres, dándose a sí mismo un momento de serenidad y silencio tras terminar de limpiar con el cepillo las pezuñas del caballo de guerra de Gwayne. Luego se encargó de limpiar las heces y de que tuviera suficiente heno para comer. Finalmente. se despidió de los mozos de cuadras y después se marchó hacia la fortaleza.  Aemond había salido a montar a Vhagar, Aegon estaba perdido en alguna taberna de la capital desde el medio día con Jason Buckwell, el heredero de Astas. Pero su hermana estaba en los jardines, donde siempre disfrutaba estar, ya que Helaena no era una persona que cambiase mucho de hábitos. Ni siquiera cuando las primeras señales del  embarazo habían hecho mella en su cuerpo, volviéndola algo más regordeta por los apetitos. “Demasiado joven.” Se repitió Daeron, antes de sentarse en el banco, al lado de Helaena, que tenía en su mano a una mariposa de colores muy vivos, descansando gentilmente. Tenía 14 años... la edad con la que Susan había ido a Narnia por última vez. “¿Te importa si te acompaño un rato, hermana?” Helaena solo asintió en respuesta. La princesa se mantuvo callada en todo momento, admirando la belleza de la mariposa, de colores blancos y naranjas, hasta que finalmente voló, lejos de su mano. Inexpresiva, como casi siempre, casi parecía triste. Daeron no tardó en preguntar. “¿Qué es lo que te preocupa, Helaena?” “Te vas dentro de poco.” Helaena respondió, mirándolo directamente a los ojos. Sus miradas se encontraron, el índigo Targaryen contra el azul cielo de Daeron. “Si, hermanita. Son los deseos de madre. Y padre también piensa que es lo mejor.” Daeron mintió ligeramente. Su padre realmente estaba envejeciendo de mala manera, y a su vez, se sentía poco querido por Viserys. Además, era un rey con un gobierno próspero, pero casi parecía no tener la necesidad de gobernar. Desde lo de Marcaderiva, había empezado a tener menos y menos fuerzas, como si la vejez y el estrés le estuvieran devorando a pesar de no tener más de 44 años. El gobierno caía prácticamente en manos de su abuelo Otto, quien había logrado en apenas dos años algunos cambios significativos en la corte. Las doncellas de Alicent, el séquito de Helaena, algunos capitanes de la Guardia de la Ciudad. Incluso algunos de los ayudantes de los principales integrantes del Consejo Privado eran, de alguna manera u otra, hombres que Otto había seleccionado. “Pero te vas, Daeron. Eso no cambia. Yo voy a echarte de menos, y Sueñafuego añorará a su cría.” “Si… Tessarion vendrá conmigo. Pero no te preocupes, Helaena, te escribiré, y volveré pronto. No espero quedarme mucho tiempo allí.” Daeron se quedó callado por un momento. “Dicen que en Antigua y Lannisport hay grandes orfebres, te traeré regalos, lo que quieras.” “Quiero que vuelvas. Sano y salvo, con eso me basta.” Helaena dijo aquello en tono serio, algo que Daeron había visto pocas veces, aunque atribuyó aquel cambio de humor tan repentino al embarazo. Alicent ya le había advertido de que las mujeres eran complicadas durante esa etapa, pero Daeron no veía a su hermana como mujer. La veía como lo que era, una niña de 14 años.  “¿Sano y salvo? Pues claro que lo haré. Tengo a Tessarion, hermanita, estaré con el tío Gwayne, y voy con la familia de madre. Estaré bien.” Terminó tomando la mano de su hermana, el tacto era suave, pues la piel de Helaena estaba hidratada y saludable. Nuevamente, le pareció una niña a la que habían cargado con demasiadas responsabilidades. Las manos de Helaena eran como las de Lucy, eran las manos de una niña. Y aquello, a su vez, encendió una idea en su mente. “Pero antes de irme, te dejaré un regalo, para que me recuerdes mientras no estoy aquí.” “Dudo mucho que te olvide, Daeron... Espera, ¿un regalo para mí?” Helaena preguntó, mostrando algunas dudas en su voz. “Si. Pero no será un vestido, o joyas. Sé que has tenido algunas dificultades para conciliar el sueño últimamente, a pesar de los brebajes del maestre Mellos. Será algo con lo que estoy seguro que podrás entretenerte durante muchas noches, y que con algo de suerte, logrará hacer que pases una buena noche de descanso.” Daeron le sonrió."Esta bien, Daeron. Si tú lo dices... confiaré en tí." En lugar de su expresión neutra, Helaena le regaló a su hermano una sonrisa pura y tímida, curvando su boca ligeramente. Era una sonrisa parecida a las de Lucy o Susan, y de alguna manera, aquello tranquilizó el corazón de Daeron."Puedes confiar en mi, Helaena... soy tu hermano." Disfrutó de los momentos con su hermana, en una paz silenciosa que abordaba aquellos jardines. Alzó la vista, y respiró, dejando que el aire llenase sus pulmones. No sabía cuánto tiempo podría residir en Antigua, ni siquiera si podría asistir al nacimiento del bebé que crecía en el vientre de Helaena. Cuando volvió a su cuarto más tarde, pensó en el regalo que le había prometido, y se dirigió a su mesa para poder trabajar con el cuchillo maderero. 
Finales del año 122 después de la Conquista.
 Trabajó en los detalles finales de la madera del objeto en el que había trabajado casi un mes. Se relamió los labios y llevó la flauta en forma de Y a su boca, y sopló ligeramente, mientras hacía movimientos con los dedos de ambas manos, tapando distintos agujeros según las notas que deseara tocar. Una melodía de sonidos agradables fue el resultado de aquellos movimientos, despertando en su memoria recuerdos de la corte de Cair Paravel. Recuerdos de Tumnus tocando aquella misma melodía, que provocaba distintos sentimientos según quien la escuchara. Una melodía que hacía que Lucy tuviera ganas de reír, llorar, danzar y dormir al mismo tiempo, a la par que las llamas de la chimenea se agitaban y tomaban formas de centauros, rinocerontes, faunos, enanos, minotauros y otras bestias, mágicas o no. Daeron cerró los ojos, mientras sus dedos continuaban el movimiento, lento y suave, pero con precisión en cada nota, con la memoria guiando sus dedos. Desde luego, sería un buen regalo para Helaena, un instrumento único en todo el continente, quizás en todo el mundo, y con un sonido suave, que no molestaría a las personas que ya dormían. Le había costado mucho trabajo elaborar la forma y los distintos agujeros de la flauta, pero había logrado fabricarla por sí mismo. Y eso le alegró sobremanera. Sin embargo, ya era algo tarde, la noche era oscura a las afueras de la ciudad amurallada y el esporádico sonido de las botas de algunos guardias cerca de la habitación era la única compañía de Daeron. Partiría a la mañana siguiente en un largo viaje de más de dos semanas por el Camino de las Rosas, con su tío Gwayne, con Tessarion y con una veintena de guardias Targaryen y el doble de hombres de armas de Hightower. Daeron suspiró, era la primera vez que se separaría de su familia por tanto tiempo. Negó con la cabeza, poco más podía hacer además de preparar su equipaje y posesiones, entre las cuales se encontraba el cuerno de guerra de Susan, y dormir todo lo que pudiera en lo que restaba de noche. Y eso hizo. … … La despedida fue poco emotiva, a excepción de Alicent y Helaena. La primera era una madre que no quería separarse de su hijo, y la segunda, una hermana mayor vulnerable y una amiga. Daeron se tomó su tiempo en despedirse de aquellas dos mujeres, las personas más importantes en su vida. Una de ellas le había dado la vida, y la otra era su querida hermana, la única persona en el mundo con la que Daeron podía sentirse en paz consigo mismo.Aemond se despidió con neutralidad, manteniendo su imagen de príncipe feroz y marcial, pero le dio cordialmente la mano y también le dijo de mejorar con la espada mientras estuviera en Antigua."Quizás yo te gane en la mayoría de nuestros enfrentamientos, pero eso no quiere decir que tu técnica no sea buena, Daeron. Aún así, trata de mejorar, no siempre podrás huir, quizás en Antigua logres desarrollar el carácter agresivo que necesitas.""Si ese es tu consejo, hermano mayor, trataré de seguirlo." Dijo Daeron, mirando a Aemond con los labios secos, por lo que iba a decir. "Eres muy bueno con la espada, usa bien ese don que los dioses te han otorgado, y que tú has trabajado. Cuida de madre, y de Helaena.""Eso haré." Aemond le miró con algo de extrañeza en su único ojo. "La próxima vez que te vea, volveré a derrotarte.""Lamentaré perder entonces, hermano mayor." Fue la respuesta de Daeron. Ciertamente, aquellas tres personas eran sus familiares, y los echaría de menos. Sin embargo, los otros dos...Viserys por poco había olvidado que Daeron se marchaba y apenas llegó a tiempo para despedirlo, y por parte de Aegon… bueno, al menos  estuvo presente. Pero Daeron notó con facilidad que, al igual que Aemond se despidió con rudeza pero igualmente con algo de hermandad, Aegon lo hizo con total desinterés, y con las mejillas sonrosadas, casi como si a su hermano mayor no le importara que se marchase y se hubiera dedicado a beber la noche anterior, como si la única razón por la que Aegon estuviera allí fuera por protocolo familiar."Os echaré de menos, madre, padre, hermanos... hermanita." Dijo Daeron, antes de que su madre se acercase un poco más y lo tomara de las manos. Alicent apretó su agarre, cosa que era extraña en ella. "¿Madre?" “Ten cuidado durante el viaje, Daeron. Acuérdate de escribirme, hay cientos de cuervos en Antigua con los que podrás comunicarte con la Fortaleza Roja.” Alicent rogó, y Daeron asintió mientras se subía a su montura, un poni de gran tamaño, adecuado para su edad. Según la opinión general de los hombres de armas, Daeron era demasiado joven como para montar un caballo adulto, y el muchacho ni siquiera se molestó en contestar. Nadie creería que él tenía más experiencia a caballo que la gran mayoría de jinetes de Poniente. “No temas, madre. Lo haré, te escribiré cada semana, lo prometo.” Daeron miró entonces a Helaena, que sostenía en su mano izquierda la flauta. Le había explicado cómo tocar algunas melodías, y parecía genuinamente agradecida con aquel regalo. “Partimos ya, sobrino. ¿Has terminado?.” Gwayne preguntó en un tono algo más brusco de lo normal, y Daeron asintió. “Entonces vámonos.” Hizo un suave toque con sus talones, indicando a su montura que avanzase. El sonido de los cascos de los caballos contra el pavimento de las calles era constante y rítmico, y Daeron miró al cielo, contemplando como un par de alas coriáceas se agitaban, pues Tessarion disfrutaba de volar a gran altura. “¿Nervioso, muchacho?” Tío Gwayne habló entonces con más calma, cabalgando al mismo ritmo que Daeron. El joven de 8 años suspiró. “A decir verdad, sí, tío Gwayne. Nunca me he separado de ellos hasta hoy, y no sé cuando volveré, pero sé que los voy a extrañar.” Especialmente a Helaena. Era evidente que así sería, Helaena era una jinete de dragón y una princesa, pero para Daeron ella era una niña en todo sentido. Una niña a la que sólo él era capaz de comprender, o al menos el único de sus hermanos que se esforzaba en hacerlo. Había visto que, al contrario que muchas otras damas de la corte, Helaena apenas tenía compañeras, más allá de su propio séquito. Quizás era por su extraño temperamento, o porque Alicent resguardaba mucho a la joven, pensando que hacía lo mejor por ella. “No te preocupes, sobrino. Disfrutarás de la buena vida en Antigua, pero también entrenarás mucho más que en la Fortaleza Roja. Haré todo un hombre de ti, haremos que tu cuerpo crezca fuerte y serás el atractivo de cualquier doncella. Y cuando llegue el momento, Lord Ormund te nombrará caballero, si es que no lo he hecho yo mismo antes.” Daeron asintió vagamente ante la perspectiva que Gwayne le concedía. Ya había sido nombrado caballero antes... Aslan le había otorgado el título de Caballero de la Noble Orden de la Mesa en conmemoración a lo que hizo en Beruna, pero aquello era diferente. Ser nombrado caballero era poco más que una profesión marcial según la mayoría de los nobles. Pero para la gran mayoría del reino, especialmente entre el pueblo llano, era considerado alcanzar un nuevo nivel de prestigio. Una forma de subir en la pirámide social, y era de esperarse que, como un príncipe menor, Daeron debía destacar en algún campo, bien en el marcial o en el de la erudición. Estar en Antigua le permitiría conocer aún más del mundo y entender la misión que enfrentaría. En la Fortaleza Roja no había encontrado en todos esos años poco más que cuentos sobre los Otros, pero quizás en la Ciudadela encontraría información sobre la Larga Noche. Y se esforzaría en buscarla. … … 
Camino de las rosas.

Casi había olvidado la paz que se sentía teniendo el cielo como único techo. Acampar al aire libre y lejos de toda urbe era algo que siempre le había gustado. En 8 años de vida en Poniente, aquella era la primera noche que pasaba sin ningún lujo real. Sin techo, sin un colchón de plumas, sin los muros fuertes de la fortaleza que lo protegieran del viento. Ni siquiera llevaban pabellones, habían elegido ir ligeros de equipaje para no cansar a las monturas y mantener un ritmo de marcha elevado. Eran poco más de 60 personas en total, el tamaño adecuado para disuadir a bandidos de atacar, pero sin sacrificar velocidad.  Los diferentes guardias estaban turnándose para poder descansar y poder dormir, pero a su vez Gwayne y Daeron se encontraban al lado de una pequeña colina algo despejada de árboles, aunque había algunos manzanos y perales aislados. Daeron buscó leña siguiendo las órdenes de Gwayne, mientras este último se dedicaba a encender la fogata. Luego, empezó a calentar las provisiones sobre el fuego, mientras el olor de la carne hacía que Daeron sintiera un poco más el apetito. “Tasajo... también conocido como cecina ahumada.” Daeron lo reconoció rápidamente. “Huele muy bien. Comida perfecta para ir de marcha, nutritiva y ocupa poco espacio.” “Comer a la intemperie es muy distinto a comer en palacio, sobrino. No esperes que en el viaje te vayas siempre a dormir con el estómago lleno. Entenderé que te quejes, pues eres un niño, pero será mejor que comprendas que ser caballero implica a veces no tener toda la comida disponible.” Gwayne habló antes de pasarle el tentempié y unas hogazas de pan. “Cómelo lentamente, así la satisfacción será mayor.” “Lo haré, tío." Dijo el muchacho, observando el trozo de carne antes de llevárselo a la boca.  "Pero antes de dormir, ¿puedo pedirte un favor?” Daeron preguntó antes de tomar otro bocado de la cecina, crujiente y tostada. “Mientras estemos fuera, a campo abierto, ¿puedo portar armas de acero?” Gwayne se sorprendió ante la pregunta, y se negó. “Eres muy joven, Daeron. El campo no es el patio de entrenamiento. Una espada de acero es más pesada que una de las que usas, y además, podrías cortarte con el filo.” “Me has visto entrenar, sabes que sé manejar un arma. Por favor tío Gwayne." Daeron casi dijo aquello en tono de súplica."No, sobrino." Respondió Gwayne con algo más de dureza. "Eres demasiado joven todavía, y eres escudero. Entiendo que tengas ganas de portar armas, yo también tuve esas ganas cuando tenía tu edad y estaba en tu posición, pero mi responsabilidad como tu tío y como caballero es tu seguridad. Quizás en un año o dos te deje un arma de acero, yo tuve mi primer cuchillo con 9 años.""Sé que soy joven, pero no dudo de mi habilidad con las armas, y a decir verdad, estaría más tranquilo si duermo con un arma cerca. Tú mismo lo has dicho, fuera de palacio, hay peligros en los caminos. Asaltantes, bandidos, forajidos... incluso asesinos y ladrones. Sé que hay mucha gente que vive al margen de la ley, las bandas de ladrones son comunes, y son un daño para los comerciantes y la gente común.” “Pero esos delincuentes no se van a acercar a nuestra posición. Hay 60 hombres con nosotros, Daeron. Y yo estoy aquí para protegerte. Y ... eso también.” Gwayne señaló hacia unos manzanos que había en la cara sur de la colina, a unos 20 metros de su posición, donde Tessarion había decidido descansar, alejada de todo el bullicio de los hombres que se habían asentado en la cara oeste en su mayoría. "Si te dejo un arma afilada, podrías hacerte daño, y tu madre no me lo perdonaría." Aún así, Daeron lo pidió nuevamente. “Puede ser una espada roma, sin filo, como las espadas de torneo. Sé que tienes tu espada de práctica en la alforja, yo mismo me encargo de su mantenimiento. Por favor, tío mío, no quiero ir desarmado, y tampoco podré cortarme con ese tipo de armas.” Daeron insistió de nuevo, y Gwayne suspiró en respuesta, como si estuviera a punto de tomar una mala decisión. “Ciertamente, no te harías daño." Gwayne tamborileó sus dedos sobre el tocón que empleaba como asiento, ligeramente dubitativo. "De acuerdo, podrás tener mi espada de torneo, pero solo durante la noche, durante el día se quedará en la alforja, salvo cuando te toque entrenar. Entrenaremos con ella una vez al día, en la primera parada cada día, antes de almorzar. Y no quiero oír quejas de mis métodos de entrenamiento o de la intensidad de este. Te encargarás del mantenimiento de la espada después de cada uso, y cuando estemos en Antigua, me la devolverás.” “Por supuesto, tío.” Fue la respuesta de Daeron, acompañada de un rostro alegre. Sin embargo, cuando Gwayne le terminó otorgando la espada de torneo, Daeron tuvo que cogerla con ambas manos. Hasta el momento de empuñarla, no se había dado cuenta de lo pesada que era. Aquella espada era el primer arma de acero que empuñaba en esa vida, pero también era más pesada que la espada que él mismo tenía en Narnia, y por supuesto, más pesada que Rhindon.La técnica y la habilidad no bastarían para convertirlo en un guerrero, él también debía mejorar su forma física, y aquella espada sería su compañera de entrenamientos durante aquel viaje. En Antigua, crecería en conocimientos del mundo, y también en cuerpo.  
Lecho de Pulgas, Aegon Targaryen "el Mayor"
 “¡Vamos!” Aegon gritó mientras el gordo Tom golpeaba a aquel niño, Lommy, en toda la cara. Un espectáculo de los que le gustaba de verdad, el contemplar a dos jóvenes reventarse mutuamente por una moneda de plata. ¡Lo que eran capaces de hacer los niños del Lecho de Pulgas por tan poco dinero! Era mejor entretenimiento que ver a Champiñón haciendo alguna de sus piruetas. “El dinero no se gana solo, ¡pelead por él!” El otro niño terminó por incorporarse, con la nariz sangrando al completo. El gordo Tom era mucho más pesado que su rival, y mucho más feo. Tom volvió a saltar sobre él, pero el niño lo esquivó, haciéndose a un lado. “No huyas, ¡cobarde!” Gritó el gordo Tom antes de volver a cazar al otro niño. Alrededor del ring, varios hombres borrachos, incluso tres capas doradas, animaban a que la pelea continuase. Tom el gordo tenía 12 años, Lommy, 7. Era evidente que la pelea era unilateral, pero ver a un niño con el cuerpo tan delgado, casi desnutrido, intentando huir de Tom era lo que hacía disfrutar a Aegon. Lommy intentaba defenderse, pero todo intento era inútil. Pelear, esquivar, huir, y suplicar. Finalmente, Tom lo acorraló contra la esquina, y le dio un nuevo puñetazo en la boca del estómago. El cuerpo de Lommy se dobló, sin aire, antes de intentar volver a levantarse, para recibir un nuevo golpe de Tom que lo envió a besar el suelo. Un griterío se alzó por la victoria de Tom, mientras Lommy intentaba levantarse, cosa que no podría hacer. “Ayuda… por favor, por piedad… ayuda. Me rindo.” Aegon pudo escuchar las súplicas de Lommy mientras Tom celebraba su victoria. Arrojó la moneda hacia el ring, chocando contra la tierra húmeda. “Gordo Tom, Lommy parece pedir clemencia…” Los hombres y el joven luchador miraron al joven príncipe, dudosos de él. Aegon no se amedrentó. “Es una lástima, si pide ayuda es que no quiere pelear más. No quieres pelear más, ¿verdad Lommy?” El joven chico suspiró pesadamente, negando con la cabeza. El niño estaba llorando, haciendo el ridículo a los ojos de Aegon. Otro juguete que aguantaba bien poco. “Tom, soy un príncipe misericordioso, ¿verdad?” Aegon sacó de su bolsa unas 5 monedas, estrellas de cobre, menos valiosas que el venado de plata que ya había gastado. Aún así, el joven campeón miró las monedas con avaricia evidente. “Por supuesto, mi príncipe.” “Bien, no quiero que Lommy siga llorando, me aburren los niños así.” El gordo Tom no pareció entender aquella orden, a la par que Aegon soltó las monedas sobre la tierra mojada del ring. “Acaba con su sufrimiento, písale.” Tom no hizo nada al principio, solo miró a Tommy por momentos. A Aegon no le gustaba que no le obedecieran de inmediato, le había pagado. “Hazlo, o encontraré a otro que te lo haga a ti.” Aquella amenaza fue suficiente, para hacer que Tom le pisara la cabeza a Lommy varias veces. Al principio, el niño lloró con las primeras patadas, todavía consciente. Luego, los llantos se volvieron auténticos gritos de dolor, casi desagradables. Y finalmente, solo hubo silencio. Desde luego, aquellas escapadas nocturnas eran mil veces más divertidas que simplemente estar en su cuarto en la Fortaleza Roja. Su cuarto, que ya no era solo suyo, ya que meses antes se había casado con su estúpida hermana Helaena. Una niña que ni siquiera hacía ruidos en la cama, más que quejarse levemente.Ahora era incluso peor, ya que ella estaba embarazada. Y con sus otros hermanos, tampoco era capaz de divertirse como era apropiado. Le dolía admitirlo, pero ya no era rival para Aemond, y definitivamente su madre y su abuelo le castigarían si trataba de volver a hacer bromas de él. Desde que había montado a Vhagar, Aemond se había vuelto más fiero, y también había perdido a sus sobrinos bastardos, lejos en Rocadragón. Ya no podía desquitarse con nadie, pues Daeron no tenía nada en particular de lo que él se pudiera burlar, salvo quizás que pasaba mucho tiempo con libros, con Helaena y Alicent, en lugar de entrenar.Aquellos ratos de placer nocturno eran necesarios para que el joven príncipe se desquitara, al menos un poco. A veces se iba con amigos a algunos... establecimientos de la calle de la seda, otras veces prefería simplemente beber hasta la embriaguez, y aquella era una de las pocas noches en las que ni lo uno ni lo otro había sido suficiente para él, por lo que había ido al Lecho de Pulgas, protegido por varios hombres, a ver los espectáculos de los pozos de pelea. Lommy dejó de hacer ruidos, y Tom se quedó ahí, de pie. Era evidente, por el rostro desfigurado del niño y por el reguero de sangre que surgía de su nariz, que Lommy no volvería a levantarse hasta la mañana siguiente. Si es que volvía a levantarse, claro está. ¿Pero qué importaba? Solo era un niño del Lecho de Pulgas. Solo era un juguete roto… y Aegon sabía que, como Lommy, había cientos, miles. Cualquiera que se pelearía por los restos de unas migajas. Si veía a dos niños pelearse hasta la extenuación por una moneda de plata, ¿qué no harían por una moneda de oro? Ojalá fueran los hijos de la puta de Rocadragón quienes estuvieran peleando ahí, en el ring del Lecho de Pulgas. “¿Cuál es el siguiente evento de la noche, Roger?” “Será una pelea de ratas y perros.” El guardia de la ciudad le habló en tono bajo, notando el leve aliento de borracho que provenía de la boca del hombre. “¿Pues a qué esperáis? ¡Traed a los animales, y que alguien saque al perdedor de ahí! Tendría diversión para el resto de las noches de su vida. Tenía solo 15 años, y viviría una larga vida, su madre se lo havía dicho varias veces. Su abuelo Otto se encargaría del gobierno, de la administración, de contar cobre y demás cosas aburridas. Él tenía otros planes de cómo vivir su vida, y la disfrutaría. Como señor, como príncipe... Como Rey.

----- CHAPTER BREAK -----

Finales del año 122, Daeron Targaryen, Antigua.
 Los primeros días recorrieron el camino a través del Bosque real, al sur de Desembarco del Rey, en la que probablemente era de las rutas más transitadas por comerciantes, nobles y pueblo llano. El comercio por tierra con el Dominio era uno de los sustentos de las Tierras de la Corona, además de las rutas comerciales por mar controladas por los Velaryon, por lo que no resultó extraño para la comitiva el encontrarse en más de una ocasión con algunos comerciantes, artesanos y feriantes que acudían a alguna u otra fortaleza.A pesar de que su instinto le había hecho llevar armas durante el viaje, el Camino de las rosas era apacible en más de un sentido. No solo por el paisaje, sino por la gran cantidad de aldeas, pueblos, campos de trigo y fortalezas más parecidas a palacios, y la constante presencia de patrullas en la lejanía, con los distintos blasones de cada casa noble. Caballeros de los Caswell, de Merryweather, de los Rowan o de los Tyrell. Y aquella experiencia era muy distinta a la que Daeron había esperado, pensaba que quizás se encontrarían con algún problema, pero salvo alguna carreta rota que ocupaba el camino, no tuvieron ningún percance. Aún así, cada día siguió su entrenamiento con su tío Gwayne, siguiendo estrictamente las instrucciones del caballero."Aunque ya conoces las posturas básicas del combate, me gustaría empezar por lo básico para que puedas adaptarte a mí. Yo no soy el maestro de armas de la Fortaleza Roja, ni soy Cole. Tu madre me ha dicho que entrenas por tu cuenta, y que eres bueno, pero debes darle forma a tus capacidades con la espada." Dijo Gwayne, poniéndose en guardia. "La violencia sin control no sirve. Atácame." Y dicho aquello, empezó su entrenamiento con Gwayne, todos los días, antes de comer, dedicaban casi una hora al manejo de la espada. Y los primeros 4 días, ciertamente, Daeron tuvo problemas en controlar el peso del acero de torneo, o en adaptarse al ritmo de su tío. Un instructor realmente exigente, que en parte le recordaba a Oreius.Sin embargo, el resto del día seguían transitando por caminos pacíficos, bajo un sol agradable, aunque tampoco era muy intenso. Podrían haber ido ellos solos, desde la capital hasta Antigua, y no habrían sufrido percance alguno, como si en el Dominio no existieran los problemas de bandidaje, que sí tenían los otros reinos. Su tío había dicho con orgullo que, salvo la zona de las marcas dornienses, el Dominio era el lugar más seguro de Poniente. Aquel reino era el hogar de la caballería, junto al Valle de Arryn, y las mejores unidades de caballería pesada provenían de Altojardín y Antigua. Sin embargo, Daeron pensaba que quizás fuera porque los delincuentes no eran estúpidos. La gente que vivía al margen de la ley sabía apartarse a los bosques cuando una gran cantidad de personas armadas marchaban por el camino. Y los forajidos debían saber a quién atacar para sacar beneficios, porque ciertamente, el Dominio era la segunda provincia o región más rica de Poniente, solo las Tierras del Oeste, con el oro prácticamente infinito de los Lannister, tenía mayor riqueza, y una infantería pesada bien entrenada y pertrechada. Mientras en el Dominio prevalecía la caballería pesada, en Occidente prevalecía la infantería pesada. Incluso se decía que los piqueros de Lannisport eran la tropa de infantería más temible de Poniente y con la mayor disciplina, aunque Daeron jamás los había visto en acción.  El joven pensó en un primer momento que tanto oro podría otorgar un enorme poder a cualquiera, y con el poder podían venir otras consecuencias peores, pues recordó lo ocurrido durante las aventuras en el Viajero del Alba. Codicia y ambición de poder otorgados por el lago de la cueva en la isla perdida, cuyas aguas convertían cualquier cosa en oro. Recordó que peleó con Caspian por ello, por ambición, aunque no por la avaricia en sí, sino por dejar de ser el segundo, poder sentirse importante por sí mismo. Irónicamente, en esta vida también había nacido como un tercer hijo, aunque había aprendido varias lecciones en la anterior. No era una persona perfecta, había caído en la tentación más de una vez, en la sed de poder y hambre de gloria. En la avaricia. Por eso había sido tentado por la Bruja Blanca, por el lago de la cueva. Aslan le había dicho que la generosidad es la virtud que derrota a la avaricia. 
“Hay un buen hombre dentro de ti, Edmund. Cometer errores no te hace mala persona. Todo santo es un hombre, antes de ser santo. Y se puede forjar un santo de cualquier hombre.”
 La voz de Aslan resonó en su mente, tan lejana como un recuerdo infantil, y a la vez, tan cercana como si acabara de escucharlo. Suspiró ante las memorias, y trató de grabarse a fuego en la mente que debía ser un buen hombre, incluso en aquel mundo de lucha, traición y poder. O al menos, intentarlo. Tessarion rugió desde las alturas mientras cabalgaban por el camino de las rosas, en las tierras cercanas al Vinomiel, el río que desembocaba en Antigua. Y a pesar de que Daeron había sido en otra vida un joven que se había maravillado con las vistas de Cair Paravel, tuvo que reconocer que Antigua tenía una belleza propia, y un mejor olor ambiental que la capital.

Aunque Poniente parecía estar estancado en el medioevo, Antigua era una gran ciudad, rodeada de altos muros de piedra que superaban los 20 metros, y con la totalidad de sus calles adoquinadas. El olor a flores que provenía de las herboristerías era potente, y de varios árboles frutales colgaban frutos maduros que algunos niños derribaban con piedras y palos, como una especie de juego. El aspecto de la ciudad era increíblemente ordenado, hermoso y cuadriculado, con el Faro de Antigua destacando sobre todos los demás edificios, si es que no hubieran visto primero la Ciudadela, donde los maestres recibían su educación desde novicios. Era como si toda la ciudad gritase: “Soy la capital real de Poniente. Desembarco del Rey solo es un pozo de mierda, un lugar que tiene la dicha de tener a los reyes de Poniente viviendo allí.” Y es que Antigua realmente era una ciudad próspera, se diferenciaba demasiado de la capital en calidad de vida, en todos los sentidos imaginables. Quizás era debido a que Antigua era la ciudad más… antigua de Poniente, mientras que Desembarco del Rey apenas superaba el siglo de historia. Un siglo que en sus primeras décadas, había sido sangriento. Los pensamientos de Daeron se detuvieron cuando una guardia de caballeros de capas verdes les cortaron el paso. Gwayne reveló su identidad mientras Daeron acariciaba la crin de su montura. El viaje había terminado, y conocería a su enorme familia en Antigua. Lord Ormund Hightower, el Señor de Torre Alta, su esposa Lady Alayne Crakehall, y sus hijos Lyonel, Martyn y Garmund. Esos solo de la familia principal, porque también estaban los caballeros Myles, Hobert y Bryndon Hightower, y sus respectivos familiares, si es que los tenían, porque no todos los caballeros llegaban a casarse. Escuchó el rugido de Tessarion en las alturas, antes de ver cómo la joven dragona se dirigía directamente hacia el mar, seguramente para poder probar bocado. Tendría que pensar también cómo mantener a Tessarion cerca sin asustar a la ciudad, a los niños o a los maestres. Suspiró por ello, iba a ser un día muy largo. 
Inicios del año 123, Fortaleza Roja, Otto Hightower.
 Debía pensar con claridad, y con sutileza. Tenía a Daeron en Antigua rodeado de familiares reales, a sus dos nietos mayores casados ​​entre sí para poder asegurar la dinastía Targaryen-Hightower, y a Aemond entrenando bajo la tutela de Criston Cole, Lord Comandante de la Guardia Real. Además de todo eso, su hija era Reina consorte, y el rey estaba cada vez más débil debido al consumo de la leche de la amapola y a la enfermedad que lo carcomía. Mientras tanto, Rhaenyra Targaryen se había refugiado en Rocadragón con su esposo Daemon, con su prole de bastardos, fuera de toda la vida en la corte y perdiendo poco a poco su influencia política. Además de todo aquello, la existencia de Aegon y Viserys no hacía más que asegurar la bastardía de Jacaerys, Lucerys y Joffrey Velaryon. Ningún hombre sería tan idiota como para pensar que de la unión de padre y madre con características valyrias, nacerían chicos con rasgos Strong. La apariencia de los chicos "Velaryon" jugaba demasiado en su contra. En el momento en el que el Rey Viserys muriera, Rhaenyra estaría sola, sin apoyo de nadie. Quizás de los Velaryon, por cuestiones familiares, ya que las hijas de Daemon eran las nietas de Corlys, pero nada más.  Muy poca gente los apoyaría, podía dar certeza de ello. Mientras ella se había aislado en aquella fortaleza, él, como Mano del Rey, había usado el poder de su posición para asegurarse algunos aliados de elevado poder. Todos los lores del reino habían hecho el juramento a Rhaenyra en el 106, pero muchos habían muerto o envejecido desde entonces. No le costaría nada convencer a los hijos de aquellos señores ya fallecidos, confiaba en su labia y en su capacidad de influir sobre la gente. Lo primero había sido asegurar puestos en el consejo privado. Lord Jason Lannister había enviado a su hermano gemelo, Ser Tyland Lannister, como Consejero Naval, capitán de barcos y administrador del puerto de Desembarco del Rey. También había tratado de influenciar sobre el Gran Maestre Mellos, pero no parecía tan fácil de convencer, ya que el maestre siempre solicitaba templanza entre el bloque de los verdes y los negros. El muy idiota podía ser el Gran Maestre, pero él era la Mano del Rey. No había templanza posible cuando sus enemigos se trataban de hombres como Daemon Targaryen. Eran enemigos que debían ser expuestos ante el reino, denunciando su actitud incorrecta, su violencia, antes de que cometieran una masacre, porque Daemon Targaryen era capaz de hacerlo. Tendría que cambiar de Gran Maestre de alguna manera, pero no podía hacerlo todavía, ya que sería demasiado sospechoso. Solicitaría a su familia Hightower que seleccionara de la Ciudadela a un archimaestre leal a Hightower y sobornase al Cónclave de ser necesario. La edad de Mellos haría el resto del trabajo, probablemente al hombre no le quedara mucho tiempo de vida, pues era viejo y sus facultades físicas estaban mermando rápidamente. Larys Strong y Jasper Wylde todavía estaban en el proceso de influencia. Wylde quería derechos comerciales para una ciudad en las Tierras de la Tormenta. Una ciudad bajo su jurisdicción, claramente, además de fortalecer la posición de Villallorosa, el puerto comercial del nuero de Wylde, Lord Addam Whitehead.Era muy fácil convencer a un hombre cuando se sabía lo que deseaba ese hombre, pero Larys Strong… no tenía idea de lo que quería aquel hombre. El señor de Harrenhal era un hombre siniestro, reservado, y callado. Pero era el Consejero de los Rumores y el Lord Confesor de la Corona, y extrañamente leal a la Reina Alicent. Tendría que tener cuidado con aquel hombre impredecible, después de todo, sus sobrinos eran los hijos de Rhaenyra. Strong podría tratarse de un espía de los Negros, pero esa complicidad que tenía con la hija de Lord Otto provocaba que la Mano del Rey durmiera sin tener ni idea de dónde descansaban las lealtades del Patizambo. Y eso solo se trataba del Consejo Privado. Porque los grandes señores eran otra historia, pero Otto tenía dos nietos sin comprometer. Aemond era el segundo príncipe y el jinete de Vhagar, muchos hombres se codearían entre ellos por tener a su hija casada con alguien que tenía tanto poder militar. Podría asegurar la lealtad de las Tierras de la Tormenta con un matrimonio entre alguna de las hijas de Lord Borros Baratheon y su nieto Aemond. Sin embargo, con Daeron lo tenía más complicado. También se trataba de un jinete de dragón y tenía el título real de príncipe, pero demasiado lejos en la línea de sucesión al trono, además de que Tessarion era una dragona demasiado joven, prácticamente sin renombre. Por mucho que algunos sirvientes le dijeran que el joven Daeron era el más gentil de los hijos de Alicent y también el más valiente, la amabilidad o la valentía no ganaban un trono. Lo que gana el poder, y Daeron era el que tenía a la dragona más pequeña. No podía usar a su nieto todavía como un activo militar, debido a la edad del muchacho y la de su montura, y desde luego, no era tan atractivo para un enlace matrimonial como sí lo podía ser Aemond. Quizás no podría traer a una Gran Casa al redil, pero Daeron sería muy valioso como matrimonio para otros señores menores. Sabía que algunos de los partidarios de los negros, como los Grafton, los Blackwood, los Darry, los Vance o los Rowan podrían ser convencidos con un matrimonio de ese calibre. Miró, en su despacho personal en la Torre de la Mano, uno de los tantos mapas que había de los Siete Reinos. Su dedo señaló hacia el Dominio y a las Tierras del Oeste. Sus aliados más importantes, ya que con ellos Aegon tendría de su parte a la mejor infantería pesada y caballería pesada de Poniente como apoyo para reclamar el trono de hierro. Las Tierras de la Tormenta también podrían aportar a sus hombres de las marcas dornienses, arqueros experimentados en batalla y hombres con manguales y hachas con arraigadas tradiciones marciales, debido a que estaban en conflicto constante con dornienses. Su duda estaba con las Tierras de los Ríos, con el Valle de Arryn y con el Norte, así como con los posibles aliados que Rhaenyra tuviera en las Tierras de la Corona. La madre de Rhaenyra había sido Aemma Arryn, así que el apoyo del Valle a Rhaenyra podía declararse como incuestionable, si además sumaba el factor de que Lady Jeyne Arryn también era una mujer. La caballería pesada del Valle rivalizaba con la del Dominio por su fuerte tradición ándala, debía tener cuidado con ellos, aunque su número de efectivos no debía ser tan elevado. El Dominio estaba bastante más poblado que el Valle, y Otto estimaba que, como mucho, los Arryn podrían llamar a 1500 caballeros, 1000 arqueros y 7000 hombres de armas. Las fuerzas de Antigua, por sí solas, podrían rivalizar con semejante contingente. Las Tierras de los Ríos estaban en medio de todo Poniente, hacía frontera con el resto de los reinos, y si hubiera guerra, terminarían sangrando. Los Bracken eran partidarios de los verdes, aliados que podían aportar mil quinientos hombres, de los cuales noventa serían caballeros. No era una fuerza suficiente, pero si podía convencer a Lord Grover Tully, esa fuerza podría aumentar considerablemente. Su dedo se deslizó por el mapa, hasta llegar a la zona de los pantanos del Cuello. No le preocupaban los Frey, eran ricos y tenían muchos recursos a su disposición, pero no eran de los que se metían en conflictos. Cuando Aegon I conquistó Poniente, los Frey se habían quedado en su castillo, y lo mismo sucedió durante el reinado de Maegor. No, no eran aquellos hombres los que podrían suponer una molestia, sino el Norte, el más antiguo de los reinos, liderados por la casa Stark de Invernalia. Y aliados de Rhaenyra. Otto no era estúpido, había estudiado la historia cuando recibió su educación en Antigua. No había existido ningún Stark que hubiera roto un juramento, jamás, y eso podría suponerle una molestia, si no fuera por un factor muy determinante. El Norte estaba demasiado lejos como para llegar a tiempo a un supuesto conflicto, sus soldados serían de poca importancia, y además era un reino pobre y poco poblado a comparación con las tierras del Dominio y el Oeste. Podría preocuparle los Manderly, debido a sus riquezas y a su pasado como una casa del Dominio, sabía que el señor de Puerto Blanco era leal a Stark y que tenía, quizás, centenares de unidades de caballería pesada, pero era solo una casa en todo el territorio. Lo cierto es que Otto siempre había considerado salvajes a los norteños. Sus dioses y costumbres eran demasiado diferentes a las suyas, demasiado arcaicas. Siempre había sido una zona aislada, requeriría demasiado tiempo concentrar un ejército en una región de semejante tamaño. En caso de que hubiera guerra, si eran rápidos, el Norte no sería de importancia. Además su actual señor no era más que un niño de 14 años en mitad de una regencia. La mente de Otto no paraba de trabajar, no sólo como Mano del Rey. Sabía cómo se jugaba al juego, y su objetivo era ganar. Debía mover las fichas primero, y quizás Rhaenyra ni siquiera presentaría batalla, si las fuerzas de Aegon eran lo suficientemente superiores. Entonces, todo sería como decía el orden natural de las cosas. Su nieto, Aegon, se sentaría en el trono de hierro como Aegon II. Y él estaría a su lado, como su Mano del Rey, y juntos gobernarían Poniente. Con la casa real de su lado, los Hightower no tendrían rival. Guardianes de la fe, guardianes del conocimiento, y por encima de todo aquello, reyes. Los Hightower serían la segunda familia más importante del reino, o incluso la primera, él se aseguraría de ello. Fue en ese momento, mientras su mente repasaba las fuerzas con las que contaba, que tocaron la puerta. Otto se preparó para recibir a quien fuera..."Ser Erryk Cargyll... ¿A qué debo el placer?" Dijo cuando el guardia real de capa blanca entró en su despacho personal."Soy Ser Arryk, mi señor Mano. Mi hermano se encuentra protegiendo al rey ahora mismo. Me envían la Reina Alicent, el Gran Maestre Mellos y el Lord Comandante Cole. La princesa ha roto aguas esta mañana, ya se ha puesto en trabajo de parto". El caballero habló con franqueza y tranquilidad. Otto se sorprendió por ello, no le habían informado previamente de semejante evento. "La reina desea su presencia.""Está bien. Terminaré esto enseguida." Dijo Otto, pensando en que finalmente su nieta haría algo útil para la casa Targaryen... asegurar su legado......."¿Qué está ocurriendo?" Preguntó Otto, mientras escuchaba desde el pasillo los gritos de su nieta. El Lord Comandante, Cole, contestó."Me temo que nada sé de embarazos, mi Lord Mano.""¿Dónde está la reina, Cole?" Nuevamente Otto impuso su autoridad. "Cargyll dice que mi hija me ha llamado.""Dentro, mi señor. La princesa ha gritado, y la reina no deja de ser su madre. Ha dado la orden que no deje pasar a nadie" Contesó el Guardia Real."¿Ni siquiera a mí?" Otto se sintió ligeramente insultado en el momento que Cole negó con la cabeza. Su hija lo había hecho llamar, ¿y lo dejaba en espera? ¿Quién se creía su hija que era? Iba a continuar hablando, pero entonces, un llanto rompió el ambiente. No era el llanto de una mujer, sino el de un bebé."¡Es una niña!" Escuchó al Gran Maestre Mellos, y Otto cerró el puño con algo de fuerza. Parecía que Helaena todavía tenía que cumplir su trabajo. Una hija no era un refuerzo útil para el reclamo de Aegon. Sin embargo, Mellos continuó hablando. "Esperad, hay otro adentro. ¡Seguid empujando, princesa, hay un segundo bebé!" Parecía que no todas las cosas estaban en su contra. Minutos más tarde, un segundo llanto inundó la habitación y los pasillos contiguos. Otto esperó con paciencia, hasta que finalmente, escuchó la voz de Alicent."Son gemelos, Helaena. Son un niño y una niña preciosos..." Aquellas palabras de su hija supieron como miel en los labios. Un niño... ya tenía un bisnieto. Su legado había empezado a tomar forma."Se... se llamarán... Jaehaerys y Jaehaera, en honor al Viejo Rey." Fue lo poco que dijo Helaena, una vez que Otto entró a la habitación, solo cuando Alicent otorgó el permiso correspondiente. Aquel lugar, minutos antes, había sido un cuarto lleno de mujeres acompañando al maestre. En esos momentos, se encontraba casi vacío, pues casi todas las mujeres se habían marchado. Sólo quedaban allí los niños, Helaena, Alicent, Mellos y él mismo. Helaena les estaba dando el pecho, ciertamente los gemelos eran iguales en apariencia, pero en aquellos momentos, sólo uno de ellos tenía valor real para Otto."Así que Jaehaerys... es un buen nombre, nieta mía. Lo has hecho muy bien. Jaehaerys... desde luego, es un nombre de rey." Dijo en voz alta, mirando a su bisnieto con una mezcla del orgullo familiar y su propio orgullo.

Mediados del año 123, Antigua, Daeron Targaryen.
 Había pasado los primeros 8 años de aquella vida en Desembarco del Rey, tratando de leer todos los libros de la biblioteca para poder encontrar algo sobre los Otros, pero solo había encontrado una vieja historia sobre la Larga Noche, el invierno que duró una generación.  Poca información se podía extraer de un relato que contenía más de 8 milenios de historia, pero en resumen, decía que en medio de la oscuridad de aquel invierno los Otros aparecieron desde las Tierras del Eterno Invierno, más de doscientas leguas al norte de donde se terminó construyendo el Muro. Blandían espadas de hielo tan delgadas como cuchillas, y eran capaces de romper el metal como un niño rompe un delgado palo de madera. Las espadas de metal se hacían añicos contra aquellas espadas de cristal de hielo, daba igual que fueran de bronce o de hierro. Los niños del bosque y los Primeros Hombres lucharon en conjunto para poder acabar con ellos, así como los primeros hermanos juramentados de la Guardia de la Noche.Descubrieron que el vidriagón, la mal llamada obsidiana, podía ser efectiva contra ellos. Y por aquella amenaza fue que Brandon el Constructor, primer Rey del Invierno, levantó el Muro y fundó la Guardia de la Noche. Ir como escudero a Antigua había sido deseo de su madre, pero la Ciudadela era el mayor centro de conocimiento de todo el mundo conocido. Si había información escrita y documentada sobre la Larga Noche de alguna manera, tendría que estar ahí, perdida entre centenares y centenares de pergaminos y libros de papel amarillento y gastado. Llegar a Antigua no fue difícil, y tampoco lo fue entrar a la Ciudadela, ya que su rango como príncipe y su parentesco con Hightower le otorgaban privilegios que pocos nobles tendrían en aquel lugar, inundado de archimaestres, acólitos y novicios adiestrándose en más de un área de conocimiento. Tessarion, por su parte, había hecho su nido en Antigua, en una de las colinas septentrionales a las afueras de la gran ciudad, sin molestar a nadie. Ya había alcanzado, en aquel año, suficiente tamaño como para ser montado, pero Daeron no quería arriesgarse todavía, quería que creciera un poco más antes de colocarle la silla. Así como lo hizo una vez Alysanne Targaryen, la Reina Gentil, se perdió durante mucho tiempo en aquella biblioteca, y encontró en algunos pergaminos de la Ciudadela información bastante interesante.  Las culturas de Essos también tenían escritos sobre la Larga Noche, y cada uno tenía su propia teoría. El Rhoyne seco, el León de la Noche enfurecido por la Doncella de Luz, pero la leyenda que de cierta manera más le llamó la atención era la de Azor Ahai, seguido por los sacerdotes del Dios Rojo, R´hllor. Forjó una espada magnífica durante 30 días, pero se rompío al intentar templarla en agua. La segunda espada fue incluso mejor, y empleó el corazón de una bestia para templar el acero, pero nuevamente la espada saltó en miles de pedazos. Entonces, Azor Ahai supo lo que debía hacer, y lloró por ello. Forjó a Portadora de Luz, la espada de los héroes, durante 100 días y hundió la espada en el corazón de su mujer para poder templar el acero."Nyssa Nyssa, desnuda tu pecho, y recuerda que te amo por encima de todo lo que hay en este mundo." Fueron las últimas palabras que el hombre dedicó a su esposa, antes de enterrarle el acero al rojo vivo en el pecho. El resultado fue una espada cuyo filo imperecedero ardería eternamente, con el fuego de R´hllor, el enemigo de los Otros. Una leyenda desde luego bastante desagradable, pero Aslan ya le había advertido que el mundo de Poniente no era como Narnia. Si aquella leyenda era cierta, quería decir que ese héroe amaba más a la humanidad que a su propia mujer… ¿Alguien así podía ser considerado un héroe? Pensó por un momento que él era Azor Ahai, y que alguno de sus hermanos tomó el lugar de Nyssa Nyssa. Se negó rotundamente. Jamás sacrificaría a Peter, a Susan, o a la pequeña Lucy para obtener poder. Nunca. Antes se sacrificaría él mismo por su familia. Antes que volver a ser un traidor, Daeron prefería la muerte."¿Has terminado de leer, primo? Creo que ya es hora de volver a casa, llevamos aquí toda la tarde." Preguntó una voz, levemente infantil, desde uno de los costados de Daeron. En respuesta, el niño cerró el libro. Por la mañana habían estado entrenando en la fortaleza, y después de almorzar habían acompañado a Lord Ormund a la Ciudadela. Parecía que Lord Ormund debía discutir con el Cónclave sobre algo, aunque Daeron no sospechaba de nada "Sí, Lyonel." Daeron se levantó, y observó la estantería de la que había sacado aquellos libros pesados, porque debía volver a colocarlos allí. "Es más tarde de lo que pensaba. No creo que a Lord Ormund le haga mucha gracia.""Mi padre nos deja estar en la Ciudadela mientras estemos acompañados, no creo que tengamos problemas." Lyonel era de la misma edad que Daeron, aunque era ligeramente más bajito pero de complexión algo más robusta. Era el mayor de tres hermanos, Martyn era un par de años menor, y Garmund apenas tenía 4 años, la edad justa para empezar a entrenar. Lord Ormund era el primo de su madre, lo que convertía a aquellos tres niños en su familia casi directa, pues esos niños eran sus primos segundos."Dices la verdad, Lyonel. Venga... vámonos de aquí." Fue la respuesta final de Daeron. Después de colocar los libros, ambos niños se marcharon de aquella habitación. "¿Qué has estado leyendo?""Bueno, no leo tan rápido como tú. He leído una de las batallas de los ándalos contra los Primeros Hombres. La batalla de las siete estrellas.""Ah, buena batalla." Dijo Daeron, mientras seguían bajando. "Los ándalos tenían la caballería como ventaja, pero los Primeros Hombres tenían la ventaja de la tierra alta, aunque lucharon con valentía terminaron siendo derrotados.""Si, primo, fue Ser Artys Arryn quien ganó la batalla al final. Los dioses lo apoyaban, hubo siete estrellas brillando aquella noche en el cielo. Fue una carga de caballería que los Primeros Hombres no pudieron soportar.""Sí, y por eso los ándalos terminaron conquistando el Valle. Tenían en general mejor equipamiento, más caballos, y además de todo ello, la estrategia de flanqueo y el conocimiento del terreno de Artys Arryn fueron decisivos. Al final, los Royce y otras muchas casas que descienden de los Primeros Hombres terminaron rindiéndose y jurando lealtad. Así fue que se creó la dinastía Arryn.""Mi nodriza siempre me había contado que Artys Arryn era el Caballero Alado, y que venció al Rey Grifo y a sus leones con alas y pico de águila. Era un auténtico rey, tenía ejércitos de águilas a su servicio, y su esposa era una hija del bosque.""Creo que tu nodriza intentaba contarte cuentos, Lyonel, no la realidad. Sé que existe la magia, pero nunca se han encontrado pruebas de la existencia de grifos en el Valle. Los niños tan pequeños no comprenden las batallas, pero tú si." Habían esquivado a unos cuantos maestres y acólitos en el camino, saliendo finalmente del enorme edificio que era la Ciudadela. Dos enormes esfinges verdes flanqueaban las puertas, y entonces se encontraron con Gwayne y Ormund con una pequeña guardia, todos los hombres a caballo. "Lamento la tardanza, mi señor.""No hay nada que lamentar, príncipe Daeron." Dijo su tío, el señor de Antigua, y a su vez uno de los hombres más poderosos de los Siete Reinos. Aquel hombre tenía una sonrisa cálida, más paternal que la de Viserys. "Ya llevas meses en esta ciudad, creo que conozco al hijo de mi prima, y el apetito que tiene por el conocimiento. Me alegra ver que vosotros dos estáis estudiando, más allá de las lecciones del maestre.""Estudiar es importante, padre. Especialmente para nosotros, los Hightower. Somos los guardianes del conocimiento y la fe.""Cierto, hijo mío." Rió Lord Ormund. "La mente termina forjando a los adultos, mi señor. O eso dicen los maestres." Dijo Daeron, mientras Lyonel y él se subían a sus respectivas monturas."Tan importante es ejercitar la mente como el cuerpo. Esas dos cualidades unidas son las que os determinarán vuestro futuro, el día de mañana." Lord Ormund no era alguien inexpresivo cuando estaba con sus hijos. Todo lo contrario, era como si le importase poco que la gente le viera contento. Únicamente estaba serio cuando debía actuar como el señor de Antigua, no como el padre de un joven niño.Continuaron cabalgando por las calles de la ciudad, en todo momento disfrutando del agradable olor del ambiente. A lo lejos, el mar del Ocaso parecía brillar, en las últimas horas de la tarde, con el sol sobre las aguas otorgando un brillo anaranjado. Y ante ellos, se erigía la gran Torre Alta, la fortaleza familiar de los Hightower. Pasaron por encima del puente levadizo, ya habían vuelto a casa. "Daeron, Lyonel... en pocos días, será vuestro día del nombre. He hablado con Gwayne, y estamos pensando en haceros un regalo, ya que los dos sois escuderos, y habéis realizado muy buenas labores estos meses.""Cierto." Dijo Gwayne, mirando hacia atrás, a los dos muchachos. "Y creemos que como tal, es hora de que tengáis vuestras armas." De su alforja, Gwayne terminó sacando un par de cuchillos afilados, de excelente fabricación. "No son espadas, tendréis que trabajar mucho para ganar las armas de caballero, pero a partir de ahora, considerad estos cuchillos como vuestros."Cada uno de los cuchillos venía con una vaina de cuero, perfecta para colocarse en un cinto. Lyonel tomó el cuchillo y lo desenvainó con rapidez, observando la empuñadura de cuero y el filo de la hoja. Daeron, por su parte, se fijó en la longitud y en el peso del arma. Sería un cuchillo algo pequeño para un adulto, pero para un adolescente o un niño, aquel arma tenía el tamaño perfecto. Y realmente, parecía tener una elevada calidad. Sin embargo, algo no cuadraba. Conocía al herrero de la fortaleza, un hombre diestro en la forja llamado Harlen, pero aquellos cuchillos eran mejores que todo lo que había hecho aquel hombre, de un color más claro, más blanco que gris. No llegaba ni de lejos al nivel del acero valyrio, pero desde luego aquello podía ser un arma que destacaría entre otras armas más comunes.Los dos niños agradecieron los regalos, y escucharon a Gwayne."Son vuestros cuchillos, si os parecen algo diferentes, es porque se los hemos comprado a un comerciante de Braavos, que usan técnicas diferentes a la hora de templar el metal." Gwayne se cruzó de brazos por un momento, notando que los dos niños sospechaban que aquel regalo no era obra de Harlen. "El extranjero dijo que con los métodos de forja de Braavos, la hoja resulta flexible y perfecta para las estocadas, aunque también sirven para cortar, aunque para ese fin sería mejor un cuchillo hecho aquí, en Poniente. Pero su origen no cambia el hecho de que son vuestros, son vuestra responsabilidad. Vosotros os encargaréis de su mantenimiento y de lo que pase con ellos. Si Martyn o Garmund los cogen y se hacen daño, será vuestra culpa. ¿Ha quedado claro?" "Sí, caballero Gwayne." Contestaron al unísono, tanto Lyonel como Daeron. "Los usaremos responsablemente.""Bien, así me gusta... por cierto, la semana que viene iré a visitar a algunos nobles, y quiero que vosotros dos, tanto en calidad de vuestras posiciones como mi heredero y mi príncipe, como en calidad de escuderos, nos acompañéis. Estaremos fuera un par de semanas, así que id pensando qué queréis llevar.""Por supuesto, padre.""Así se hará, mi señor... ¿puedo enviarle un cuervo a mi madre, antes de marchar?" Pidió Daeron."Claro que sí, muchacho." Fue la respuesta de Lord Ormund, que nunca le negaba escribir aquellas cartas, la única comunicación que había tenido con su familia en los últimos meses. "Ya sabes dónde está la pajarera."......“Daeron, ¿estás seguro?” Lyonel habló desde su montura. Apenas llevaban dos días de marcha, aún así, el viaje les estaba resultando más agotador de lo esperado, ya que el sol estaba especialmente intenso aquel día, provocando que el sudor los acompañara como una capa más de ropa. “El rastro es reciente.” Daeron se bajó entonces de su poni, entregando sus riendas a uno de sus escoltas y agarró un pequeño palo, tocando el excremento. Estaba muy blando. En Narnia había aprendido a cazar, a seguir el rastro de un animal, y a darle una muerte limpia con el arco o la lanza. Susan había sido una maestra casi tan estricta como Oreius, pues un mal tiro con el arco supondría sufrimiento innecesario para el animal cazado. “Estuvo aquí al mediodía, o como mucho, hace media hora. Seguramente vino al lago, a saciar su sed, pero… estas son pisadas muy espaciadas, seguro que empezó a correr. Algo lo espantó.” “Quizás fuimos nosotros, o los perros de caza”. Dijo Lyonel, cruzándose de brazos. Lyonel y Daeron habían partido para acompañar a Lord Ormund de visita a Tres Torres, fortaleza de los Costayne. En mitad del camino, apenas a un día de marcha de la fortaleza, terminaron deteniéndose en un bosque al lado del camino rural. Estaban en los límites de las tierras de Hightower, y Lord Ormund deseaba dar caza a algún ciervo para servirlo en la cena, y se podía escuchar a los perros ladrando, deseosos de seguir el rastro. Lyonel y Daeron tenían varios hombres de armas y caballeros cerca de ellos como escolta, armados con picas de caza de hojas de doble filo y una cruceta detrás de la hoja, además de arcos cortos, mientras que los niños solo tenían el cuchillo de caza que Ormund les había regalado por su día del nombre. La verdad era que carecían de armas reales para defenderse. “Sea lo que sea, no creo que sea una gran pieza, como así lo piensa Lord Ormund”. Daeron señaló de nuevas las huellas. “Diría que es una hembra, y que es joven. No merece la pena cazarla.” “¿Cómo puedes saber esas cosas solo con las huellas?” Lyonel preguntó, y Daeron tocó el suelo con los dedos. “Hay varios cazadores de alimañas en Antigua que podrían explicártelo mejor que yo. Pero… es relativamente sencillo de ver, una vez que lo comprendes. En la naturaleza salvaje, los machos suelen competir entre sí en pruebas de fuerza por quedarse con las hembras. Eso quiere decir que deben ser más fuertes, y por lo tanto deben tener mayor tamaño y peso. Esta huella es demasiado pequeña para ser de un ciervo macho adulto, y tiene poca profundidad, pero a su vez, sus zancadas están muy lejos unas de las otras, lo que quiere decir que saltó. Un ciervo con menos de un año de edad no podría hacer semejante salto.” Daeron explicó mientras se levantaba, a lo que Lyonel se acercaba.  “Es bastante información que se puede sacar de unas pocas huellas y un excremento”. Lyonel habló mientras en la lejanía se escuchaban los ladridos de los perros de caza. "Definitivamente lo que lees es útil." “Sí, primo. Y así como se siguen a los animales, también pueden localizarse a cazadores furtivos. Todos dejan un rastro”. Dijo Daeron, antes de fijarse en unas extrañas huellas a unos pocos metros de distancia. Aquellas eran huellas anchas y profundas, pero no eran de ciervo adulto. La forma de la pezuña era ligeramente diferente, con las marcas posteriores más pronunciadas. Siguió un poco el rastro, seguido a su vez de su primo y su escolta, llegando hasta la zona de árboles, encontrando marcas en la corteza. Marcas horribles, de corte, que se perdían en la espesura."Qué extraño. Estas huellas no parecen de ciervo... diría que son de..." Fue en ese momento que se escuchó un rugido profundo desde uno de los matorrales. Un ruido que provocó que a Daeron se le pusiera el vello de punta. Era el grito de un animal enojado, un ruido a medio camino entre un gruñido y un rugido. Y por un momento, su escolta vaciló. El ruido se acercó más y más hacia ellos, a la par que se escuchaba el crujido de arbustos rompiéndose ante el paso de la criatura. Un momento después, el jabalí estaba en el claro, cargando hacia ellos. El poni de Lyonel se encapritó, y el niño no pudo hacer otra cosa más que amortiguar la caída con sus brazos, protegiendo el rostro. Muchos de los hombres adultos que estaban con ellos vacilaron ante el tamaño del animal. De pelo negro como la noche y furiosos ojos amarillos, parecía que echaba espuma por la boca. Era el mayor jabalí que Daeron había visto en su vida. Ni siquiera en Narnia los jabalíes alcanzaban ese tamaño, pero el aspecto del animal no fue lo que lo asustó. ¡La criatura estaba cargando contra ellos! “¡Lyonel!” No dudó un instante en coger una piedra del camino y arrojarla al rostro del animal. No tenía tiempo que perder, su primo estaba en el suelo y yacía indefenso ante aquellos colmillos asesinos. La piedra voló, y le acertó en uno de los ojos, haciendo que la criatura girara en el último momento, debido al impacto. El chillido que siguió fue de dolor, el animal había alcanzado a uno de los caballos y provocó que su jinete también cayera al suelo.  Algunos hombres intentaron controlar a sus caballos, pero todo parecía en vano, solo algunos pudieron herir con las lanzas al jabalí, pero parecía una fuerza imparable de la naturaleza, como si no sintiera nada. El animal estaba loco... no. Tenía rabia. Daeron solo se preocupó de acercarse a su primo y de levantarlo. “Al árbol, ¡ya!” Lyonel apenas tuvo tiempo de obedecer antes de empezar a trepar. Daeron le cedió la ventaja, mientras el jabalí se giraba hacia él. La criatura cargó, y Daeron trepó en el último momento, notando como todo el árbol se sacudió por la feroz embestida del animal, con ojos inyectados en sangre. Después del shock inicial, algunos arqueros lograron disparar al jabalí, aterrizando sus flechas en el costado hasta hacerlo parecer un alfiletero, pero el animal parecía más centrado en intentar derribar el árbol, embistiendo nuevamente con una cólera totalmente demente. Fragmentos de corteza caían con cada golpe de aquellos colmillos. Daeron se giró de inmediato, extendiendo su mano hacia Lyonel, que se agarraba a las ramas más robustas."¡Lyonel!""¡Daeron!" La siguiente embestida provocó que uno de los pies de Lyonel se balanceara, casi perdiendo el equilibrio. Daeron pensó en milésimas de segundo. Un animal de semejante constitución no se detendría por simples flechas, y menos si tenía rabia. Ese animal, enloquecido, atacaría hasta morir. La única forma de matarlo sería o que el propio animal cargase hacia él, y que tuviera una lanza de caza como las que tenían los adultos, o un ataque directo al cerebro. "¡Daeron!" Gritó Lyonel, abrazando una de las ramas del árbol con sus brazos, con una expresión de miedo en el rostro. La siguiente embestida provocó que uno de sus brazos se soltara, estando a punto de caer. Y abajo, estaba el jabalí. Su familia estaba en peligro, y Daeron no iba a permitirlo. “¡Dame tu cuchillo, Lyonel!” Solo tendría una oportunidad, un segundo de ventaja, y debería aprovecharlo al máximo. Tuvo dudas, y sintió miedo, pero entonces Lyonel le dio el cuchillo, obedeciendo la orden anterior aún con el riesgo de caer. En conjunto a su propio cuchillo de caza, eran dos armas. El peso del acero en las manos le hizo sentirse más valiente, más osado. Tenía que proteger a Lyonel, y en su corazón, todo rastro de duda desapareció en un rugido interior. Se sentía cálido, casi pletórico. Algo superior a la adrenalina ardiente del combate, a su propia ira. “Él está conmigo siempre.” Susurró su mente. El animal embistió de nuevo, soltando a la vez un alarido de furia, y Daeron se arrojó sobre él. Aterrizó sobre su espalda, y con el impulso de la caída, adquirió mayor potencia en sus brazos, sosteniendo los cuchillos de caza hacia abajo. Recordó lo que le dijo Gwayne, aquellos cuchillos no eran para atacar con tajos, sino con estocadas. Y entonces sintió como el acero se hundía en las órbitas oculares, y como el animal se sacudió violentamente. Daeron no lo soltó en ningún momento, volvió a levantar el cuchillo de la mano izquierda. No había llegado lo suficientemente profundo, así que dirigió el golpe hacia el cuello, con todas sus fuerzas, sintiendo como el acero atravesaba y devoraba la carne. “¡Muere, maldita sea, muere!” Pensaba Daeron mientras regresaba a clavar el cuchillo, retorciendo el arma de su derecha en el ojo de la criatura, y provocando que el jabalí diera un alarido horrible, agudo y lastimero.  El joven príncipe se veía zarandeado de un lado a otro, dándose golpes contra los árboles, doliendo cada impacto, pero manteniéndose bien agarrado a los cuchillos y atacando una y otra vez, aún cuando su cuerpo le pedía rendirse de una vez. Le dolía los hombros, las piernas, y la cabeza de tanto movimiento… Pero finalmente, el jabalí se detuvo y se desplomó. Había perdido demasiada sangre, había sido dañado en el rostro hasta quedar marcado para los restos con los cuchillos de Daeron, siendo que el derecho, el cuchillo de Lyonel, estaba clavado en su ojo, y la punta había llegado a dañar el cerebro. “¡Príncipe Daeron!” Las voces se acercaban a un Daeron aturdido, que se levantaba, sintiendo el dolor en cada hueso de su cuerpo. Como si le hubieran dado una auténtica paliza, se sentía totalmente desorientado. Pero él estaba en pie, y el animal, muerto. Los efectos de la tensión, la ira y la calidez interior habían desaparecido, y Daeron notó que sus piernas flaquearon ante el esfuerzo y el estrés. Notó que caía hacia delante, pues sentía su cuerpo adolorido como si un caballo de guerra le hubiera pasado por encima, pero no tocó el suelo, pues Lyonel llegó a tiempo para abrazarlo. “¡Daeron, Daeron!” Su primo gritaba asustado, intentando mantener a Daeron de pie.  “¡Que traigan a un maestre!” Gritaron los hombres, antes de que Daeron sintiera que los párpados le pesaban demasiado. Quería dormir y descansar.

----- CHAPTER BREAK -----

Edmund Pevensie.

Su cuerpo se agitaba en mitad del vacío blanco. Se sentía adolorido, cansado, pero por encima de todo, sentía el frío carcomiendo sus huesos. Cada movimiento acrecentaba el dolor, como si fuera un martirio interminable.
 
Ni siquiera recordaba el tiempo que llevaba luchando. Lo único que hizo fue rugir al enemigo que tenía enfrente, antes de atacar con un movimiento amplio, con todo su peso detrás para maximizar la potencia del ataque. No sabía de dónde había sacado aquel arma, no era más que un palo de madera del tamaño de su brazo.
 
Su enemigo era alto. Era una figura humanoide, de aspecto musculoso, fuerte como un toro, con pezuñas traseras y cabeza de jabalí. Una criatura horrenda que recordaba de Narnia, los minojabalíes eran feroces, salvajes y manejaban grandes hachas a dos manos. Eran, junto a los minotauros, la infantería pesada de la Bruja Blanca durante la batalla de Beruna, y aunque tenían menos fuerza que los minotauros, eran a su vez más numerosos y voraces. La criatura rugió y realizó un ataque descendente que Edmund esquivó por poco con un paso hacia atrás y uno lateral.
 “¡Edmund! ¡Son demasiados, lárgate enseguida!” La voz de Peter nubló sus sentidos por un momento, y giró su cuerpo hacia la voz. Su hermano... Peter. “¡Recoge a las chicas y llévalas a casa!” “Ya lo has oído muchacho, ¡vámonos!” El señor Castor se encontraba a su lado, como en aquella ocasión, vestido con una cota de mallas. Fue en ese momento cuando todo dejó de ser blanco a su alrededor, y el olor de la sangre, de la hierba y de la muerte llegaron a él. Estaba nuevamente en Beruna, en la batalla contra el ejército de la Bruja. El minojabalí se encontraba delante de él, con un gran hacha de doble filo, como aquella vez. Y Edmund ya no llevaba un palo entre sus manos, sino una espada afilada. Su espada larga. Atacó y mató a su enemigo con dos tajos, el primero al brazo, y el segundo a la cabeza, realizando de forma casi instintiva los movimientos con la espada que el general Oerius, el centauro, le había enseñado. Vio como la Bruja se acercaba a Peter por la espalda, recordó lo que ocurrió, y lo que debía hacer.“Peter ha dicho que salgamos de aquí.” El señor Castor protestó.“ Peter no es Rey aún.” Dijo Edmund, preparado para enfrentarse a la Bruja, pero vino otro enemigo más que interrumpió su paso, al que tuvo que atacar y derrotar antes de avanzar. Un enano de larga barba negra como la noche, que cayó muerto tras combatir contra Edmund y su agilidad superior. Sin embargo, un diablillo terminó llegando desde el lado, y el tridente de su enemigo se enzarzó en una batalla contra la espada de Edmund, antes de que el niño cortase el arma por la mitad, para luego atacar al cuello desprotegido de su oponente. Aún así, todo aquello estaba lejos de terminar.Otro enano, y otro minotauro, un demonio, un ogro, interminables como el agua del mar. Eso no fue lo que pasó, en Beruna parte de sus ejércitos le habían facilitado el camino hasta la Bruja Blanca. Y había quebrado la varita de Jadis, pero ahora no paraban de salir enemigos de todas partes, como si aquella batalla estuviera destinada a la derrota. Su espada se movía como una serpiente mortífera, un afilado pedazo de acero que cortaba carne y hueso.Era un recuerdo, ¿o una pesadilla? Lo descubrió en el momento en que pudo derrotar a sus enemigos, pero vio a la Bruja Blanca atacar a Peter, y lo petrificó con su varita, para luego cortar aquella estatua con su espada, destrozando la piedra y el hielo en el que se acababa de convertir su hermano. Edmund se horrorizó. Pidió ayuda a gritos, deseando que todo acabara. “¡¡¡¡PETER!!!! ¡NOOOOOOOOO!”“Podrías haberlo salvado. ¿Piensas que no sé lo que pasa en mi propio castillo?” La Bruja Blanca se giró y se burló de él, mientras que, con sus poderes, creó un espejo de plata en el que mostró a Edmund como sus hermanas habían fracasado en el castillo de la Bruja, y habían sido atacadas por los lobos. Susan trataba de defenderse con el arco, pero aunque su hermana había logrado matar a varios lobos, eran demasiados, y los siervos de la bruja lograron herirla y tumbarla. Y a Lucy la acorralaron contra una pared totalmente blanca, los lobos eran de mayor tamaño que la niña, y Lucy solo tenía una daga para defenderse. Una daga que agitó valientemente en el aire, y que hirió a uno de los lobos, pero eso solo provocó que terminaran atacándola con una furia mayor.“No puede ser… Aslan estaba con ellas. ¡Susan, Lucy!” Derrotado totalmente, Edmund se derrumbó, con los ojos llenos de lágrimas, sin deseos de luchar más, pues su corazón estaba quebrado al haber visto ante sus ojos como perdía a su familia, a lo que más amaba en el mundo. Había fallado a su hermano, no había podido salvarlo. Había fallado a sus hermanas, no las había protegido. Sus manos y rodillas tocaron el suelo, ya ni siquiera sabía si era algo real o no. Totalmente indefenso, con las lágrimas ahogando su garganta, mientras la Bruja levantaba su propia espada, burlándose del niño. “Aslan está muerto. Fuiste un fracaso, traidor. No has podido salvar a nadie”. La Bruja estaba a punto de descender su espada, cuando un rugido escuchó en todas partes. Un rugido que atravesaba el tiempo y el espacio, que hizo temblar los cimientos de la misma realidad. Y aunque Edmund hubiera deseado tapar sus oídos ante la potencia del rugido, se encontraba totalmente desalentado, sin capacidad de hacer nada, como si su cuerpo hubiera decidido dejar de luchar. Como si su alma se hubiera apagado. “No dejaré que te lo lleves. Su sangre no es tuya.” La voz de Aslan retumbó en Beruna, destrozando con el poder de su presencia el campo de batalla, abriendo la tierra y provocando que los ejércitos de la Bruja cayeran a los abismos llenos de magma. Edmund elevó su mirada, y encontró a Aslan defendiéndolo del ataque de la misma Bruja Blanca. Ella tenía en su rostro la expresión de terror más pura que Edmund hubiera visto jamás. No era el terror de un niño, sino el de un adulto que enfrenta un miedo indescriptible, más allá de su propia comprensión. Un adulto que sabe que su final está cerca. Expresión que poco después cambió al odio más absoluto. “ES MÍO.” La Bruja protestó. Aslan miró con solemnidad a Edmund, encontrando un pequeño atisbo de paz en su corazón atribulado por lo ocurrido.“Nunca lo fue." Aslan se giró, como si la presencia de la Bruja Blanca no fuera una amenaza para él. "Edmund, todo esto no ocurrió así. Actuaste, destrozaste la varita de la Bruja y nuestro ejército llegó. Salvaste a tu hermano, esto no es real, solo es una pesadilla.” Aslan habló, y una tormenta de recuerdos inundó la mente de Edmund como un segundo despertar, a la par que la Bruja gritaba de dolor, desvaneciéndose en mitad del firmamento, y volviendo a tomar forma física una y otra vez, luchando contra el poder de Aslan.  Habían ganado la batalla a la Bruja Blanca. Él había sido rey. Sus hermanos habían gobernado durante 15 años. Narnia había sido su hogar, luego volvieron a la Tierra, y luego fueron llamados por Caspian. Todos sus recuerdos pasaron delante de sus ojos como una vida entera, y también, el accidente de tren. Fue entonces cuando pudo ver, también, cómo su alma era enviada a otro mundo. "Volveré a por él. ¡Nada ni nadie puede desafiar mi poder! ¡Yo soy la legítima Reina de Narnia, y Edmund me siguió!""Narnia nunca fue tuya, y Edmund no sigue a un falso rey. Solo engañaste a un niño que estaba confundido. Edmund ya ha aprendido... MÁRCHATE." Aslan volvió a rugir, y la Bruja Blanca se encogió ante el rugido, tomó su cabeza con ambas manos, gritando y aullando de dolor, en una agonía indescriptible, con los ojos abiertos, como si quisieran saltar de sus órbitas, antes de desaparecer en el firmamento definitivamente. “Aslan…” Las lágrimas recorrían el rostro de Edmund, mientras los recuerdos de su segunda vida volvían a su mente. Helaena, Aemond, Alicent, Aegon, sus sobrinos. Sus primos Lyonel, Martyn, Garmund, y su tío Gwayne. Su familia lo necesitaba. Recordó al jabalí que los había atacado, y al que había logrado matar.  “Ellos… ellos me necesitan Aslan.” Edmund habló con decisión en la voz. “Debo regresar... Pero no sé que hacer, ¡mi familia quiere matarse entre sí, y no puedo hacer nada para evitarlo!”“Siempre estoy contigo, muchacho… No olvides eso nunca. Aún cuando creas que estás solo, y no hay nadie a tu lado, yo estaré ahí, aunque no puedas verme o escucharme.” Aslan habló con un tono de voz solemne, que pudo calmar parcialmente el corazón atribulado de Edmund, estremecido ante aquellas palabras llenas de un amor indescriptible. “Y claro que regresarás. No te has ido de Poniente, solo quedaste exhausto y algo herido después del jabalí... Recuerda por qué te envié allí, Edmund.” Edmund tenía dudas en su mirada. “No tienes salvar el mundo entero, pues nadie puede salvar a quienes no desean ser salvados. Pero los niños son inocentes, y están indefensos. Debes salvarlos, salvarte a tí mismo, y con ello, salvarás Poniente. Quien salva una vida, salva el mundo entero. Levanta, Edmund. Levanta, Daeron Targaryen.”

Habitación con cama del maestre, Tres Torres, Daeron Targaryen.
 Se despertó de golpe, dando un pequeño sobresalto a Gwayne cuando se incorporó. La luz que había entrado a sus ojos era demasiada en un primer momento, a pesar de que no había más que una antorcha colgada en la pared y un par de velas encendidas, obligándolo a cerrar los ojos nuevamente. Sudando, respiraba de una forma casi agónica.  “¡Daeron!” Su tío estaba ahí, en mitad de la habitación poco alumbrada. Se acercó a ayudarlo, el movimiento súbito podía ser demasiado perjudicial para su recuperación. Fue entonces que se dio cuenta de que le dolía el cuerpo, pero más que huesos rotos, sentía el dolor del agotamiento y de los moratones. “Tío… Tío Gwayne.” Daeron se encontraba demasiado cansado como para protestar, y tras los movimientos iniciales, se quedó quieto, centrándose en acompasar su respiración. “Eso es, muchacho… respira. Estoy aquí.” “¿Lyonel... él está...?” Daeron preguntó con voz inocente.“No le pasó nada. Llegamos a Tres Torres, y el maestre Godwyn os trató las heridas. Dijo que no había peligro, pero me temo que has estado desde ayer inconsciente. ¿Te encuentras bien, te duele algo?” Daeron solo negó con la cabeza. Lo que había vivido… ¿había sido solo un sueño? ¿Una especie de pesadilla? No tenía idea, pero había sido tan real para él mismo, era algo que deseaba borrar de su mente. Ver la muerte de Lucy, de Peter, de Susan… ¿Ese habría sido su destino, de haber fracasado en romper la varita de la Bruja Blanca? ¿De haber sido engañado por ella hasta el final?Lo negó. Ya no era ese niño que había sido tentado por una mujer y unas delicias turcas encantadas. Él era un hombre, al que Aslan le había brindado una nueva oportunidad en vida, con una misión clara, salvar su nuevo hogar de la Larga Noche. Teniendo en mente que su única prioridad en aquel momento era su familia. Viviría por ellos, mataría por ellos y moriría por ellos. Por Peter, por Susan, por Lucy, por Eustace. Pero ahora, su familia eran aquellos a los que había conocido en aquel mundo. Aquellos a los que quería, aunque no fueran como sus hermanos de la familia Pevensie, o su primo Eustace Scrubb.  La humanidad, en este mundo, se enfrentó a la muerte durante la Larga Noche, y una vez esa amenaza terminó, se enfrentaron entre ellos. El Norte, las Tierras de los Ríos, las Islas del Hierro, el Valle de Arryn, las Tierras del Oeste, las Tierras de la Tormenta, Dorne y el Dominio. Y ahora esa división también amenazaba directamente a su familia. No más. Haría lo que fuera para evitar una guerra entre los hombres y concentrar los esfuerzos en la única guerra que importaba. Y si no podía evitar que hubiera un conflicto por parte de los Negros y Verdes, al menos, mantendría a salvo a sus familiares más pequeños, los únicos realmente inocentes de todo lo que discutían los adultos. “Me encuentro bien, tío Gwayne.” “Me alegro que así sea. Aún así, el maestre te examinará de nuevo, sobrino. Duerme y descansa hasta entonces, les contaré a todos que despertaste. Lyonel se alegrará muchísimo de saber que estás despierto.” Gwayne le sonrió, con algo más de calma en su rostro.“Tío Gwayne, ¿puedo pedirte una cosa?" Daeron preguntó tras unos pocos segundos de silencio."Claro, sobrino. Pide lo que quieras, te lo has ganado.""Además de ser tu escudero, ¿puedo estudiar en la Ciudadela?”Gwayne miró a Daeron como quien hubiera visto a un fantasma.“Ya estudias en la Ciudadela. Llevas estos meses dedicándole tanto tiempo a la lectura como a los entrenamientos. No entiendo a qué te refieres con tu petición, sobrino." Dijo el caballero, mirando un poco más de cerca a Daeron."Me refiero a estudiar de verdad, tío. No a leer simplemente... quiero tener conocimientos prácticos, ponerlos a prueba frente a un archimaestre, quiero forjar mi propia cadena." Dijo el niño, con la mirada azul brillando con determinación. Si debía vivir en Poniente, aprendería todo lo que pudiera de lo que él considerase importante. Y también sería conveniente tener el suficiente conocimiento aplicado."Espera, espera... ¿Tienes intención de tomar... los votos de maestre?” La voz de Gwayne sonó pausadamente, como si tratara de mantener la calma, pero su tono a la vez fue elevado.“No, tío. Quiero hacer lo mismo que hizo mi abuelo Otto, o el difunto Lord Lyonel Strong. Quiero adquirir conocimiento. Quiero ser hábil con la espada y con la mente. Quiero saber de historia, de leyes, tratar con cuervos, curar heridas y estudiar las cuentas. Quiero ayudar a mi familia, no sólo como guerrero o como jinete de dragón.” Daeron lo pidió con un tono de voz inocente, y Gwayne sonrió en respuesta, con alivio en el rostro, antes de ordenarle descansar.“Lo hablaremos mañana, sobrino. Por ahora, descansa. No tendré un eslabón de plata como los maestres a los que tanto admiras, pero sé que estás cansado. Duerme... me aseguraré de que mañana despiertes con un rico desayuno por delante.” Gwayne se levantó, llevaba todavía la armadura, parecía que eran las horas tempranas de la noche. Eso solo quería decir que quedaba largo tiempo de descanso."Gracias, tío Gwayne." Y Daeron obedeció, se recostó en la cama nuevamente, y cerró los ojos.

Gwayne Hightower.
 Durante la cacería, todo se había descontrolado. Un jabalí monstruoso había salido de la nada, embistió a un par de hombres en su carrera enloquecida, a los que dejó bastante dañados, y se marchó hacia la espesura. Trató de seguir a la bestia junto a Lord Ormund y otros 6 hombres a caballo, pero no pudo encontrarla hasta que fue demasiado tarde. Lo que vio, sin embargo, le hizo pensar que estaba alucinando como en la primera borrachera de adolescente. Daeron era un chico estudioso, eso le había dicho Alicent en sus primeras cartas sobre el muchacho. Un niño que prefería el libro a la espada. En cuanto empezó el año 122, Alicent le pidió venir a la capital para tomar a Daeron como su escudero, y lo instruyera en Antigua, para hacer del niño un hombre caballeroso y leal a su familia. Y lo hizo, sin dudarlo un momento, más allá de porque él mismo necesitaba un nuevo escudero, aquel era su deber para con su hermana, volvería a aquel niño estudioso en un hombre más marcial, le enseñaría el honor, el deber de un caballero, y sería alguien estricto.Y desde luego, no se arrepintió, nunca su caballo estuvo tan bien cuidado, o su armadura tan pulida y limpia, y nunca nadie le había ajustado la armadura tan rápidamente antes de una patrulla por Antigua o de un torneo. Había tenido escuderos antes, pero no llegaban a la dedicación de Daeron o a la velocidad y habilidad con la que respondía órdenes. Y nunca había visto actuar a nadie de una manera tan... tan abnegada. ¿Usar un parche para poder adaptarse a las nuevas circunstancias de su hermano tuerto? Eso nunca se le habría ocurrido a él mismo, desde luego. El muchacho era obediente, y a pesar de la fama que su sobrino tenía como ratón de biblioteca, era un alumno excelente en los entrenamientos con la espada. Un chico que tenía talento, podía decirlo más allá de la ceguera que provoca el orgullo familiar.El joven Daeron parecía que aprendía todo a la primera, tanto en los movimientos con la espada, el manejo del escudo, el lucero del alba, el hacha corta, la equitación o incluso el uso del arco. Como si fuera un niño bendecido por el mismísimo Guerrero. Sin embargo, una cosa era ver eso en el patio de armas de Torre Alta o de la Fortaleza Roja, y otra era ver a un niño de apenas 9 años saltando sobre el lomo de un jabalí salvaje de más de 100 kilos de peso, con un cuchillo en cada mano, y observar cómo acabó con la criatura que parecía no detenerse por muchas flechas que se clavaran en su piel. La cara del jabalí era un destrozo, especialmente la cuenca del ojo derecho, la boca estaba llena de espuma, y la perforación en el cuello era brutal.El animal tenía rabia, lo que explicaba su comportamiento enloquecido. Revisando al fallecido animal, observaron las marcas de mordisco de un lobo en sus cuartos traseros. Eso explicaba su locura, y su carne fue desechada de inmediato, además de que se ordenó a una tropa que buscara al animal que estuviera rabioso y le dieran muerte, si es que no encontraban antes el cadáver de dicho lobo. Tenían que acabar con aquella plaga, era prioritario, pero había temido por la vida del muchacho, había visto cómo la criatura lo zarandeaba, pero el niño fue más tenaz y se negó a soltarse, a pesar de sufrir golpes contra el entorno.Ese niño, su sobrino, era pequeño, y sin embargo, su valentía no tenía precedentes.“Tan pequeño, y sin embargo, grande como un gigante.” Gwayne tomó algo de la copa de vino, una buena cantidad de dorado del Rejo para regar su garganta. Ormund asintió, y Lord Owen Costayne parecía estar de acuerdo con ellos. “¿Qué clase de sobrino tienes, Sir Gwayne? ¿Son el príncipe Aegon y el príncipe Aemond así, parecidos a su hermano menor?” Fue la pregunta de Lord Costayne. Lord Ormund negó."Por lo que sé de la capital, no. Los príncipes Aegon y Aemond tienen otras virtudes, distintas a las de Daeron, pero igualmente necesarias."“No. He de decir que, gracias a los dioses, los tres hijos de mi hermana, la reina, gozan de buena salud y crecen fuertes. El príncipe Aemond es feroz, no lo niego, es un chico de gran talento marcial, y es el escudero de Cole. Un Guardia Real no tomaría como escudero a cualquier persona, y lo he visto entrenando, será un excelente espadachín. El príncipe Aegon también es un guerrero decente, aunque le falta algo de disciplina, algo normal en su edad, pero ninguno ha hecho algo comparable a la hazaña de Daeron. ¿Debo recordaros, mi señor, lo que hizo Daeron hace años con Sueñafuego y Helaena? Un niño logrando calmar a un dragón... extraordinario.” Gwayne habló con sinceridad. “Pero Aemond logró montar a Vhagar.” Ormund habló con la solemnidad que se esperaba del señor de Antigua. Habían llegado al asentamiento de los Costayne para hablar de importantes asuntos, alianzas que reforzar. “Una cosa es vincularte con un dragón, algo que solo los Targaryen pueden hacer, Lord Ormund. ¿Enfrentarse a un jabalí de ese tamaño con dos cuchillos de caza? Eso también es extraordinario para un adulto, pero estamos hablando de un escudero que no llega a los 10 días del nombre.” Lord Costayne bebió un poco más de su copa. “Desde luego, es digno nieto de Baelon el Valiente. Cualquier señor apoyaría esas características en un caballero. O incluso en un rey.” “Hablando de la realeza, ¿has pensado en lo que te dije la última vez, Lord Costayne?” Lord Ormund presionó un poco, mientras Gwayne se enderezaba. Presionar a Costayne teniendo la presencia real del príncipe Daeron tan cerca quizás sería más efectivo, para cumplir el objetivo de aquel viaje.Los Costayne eran sus vasallos directos, junto los Mullendore, los Cuy, los Bulwer y los Beesbury. Pero la mitad de esas casas todavía tenían su lealtad dirigida a los Negros, ya que sus líderes eran hombres que habían jurado lealtad a Rhaenyra seguían vivos. Y con esa lealtad, iban más de 100 caballeros, más de 70 arqueros de arco largo, el triple de arqueros militares y 1500 hombres de armas, junto a un número desconocido de levas, probablemente más de 3000. Los Hightower podían reunir por sí mismos a 1000 hombres de caballería pesada, el mismo número de arqueros de arco largo, 700 arqueros militares y 3000 hombres de armas, así como 6000 hombres que provenían del populacho, sin contar la inmensa cantidad de dinero de su familia, que se podía emplear en las compañías de mercenarios de Essos. Su padre, Otto Hightower, se lo había especificado en su última carta. Occidente estaba con ellos. El Dominio tenía que respaldar a Aegon con la mayor cantidad de hombres posibles. Y lograrían coronar a Aegon, sin la necesidad de derramar una sola gota de sangre, simplemente a base de intimidar con los números y con el poder económico superior de Antigua y Lannisport. “Mi padre participó en el Gran Consejo del año 101. La casa Costayne apoyó a Viserys. Apoyamos a la línea de sucesión masculina sobre la femenina.” Lord Owen Costayne tomó una pequeña pausa. “Pero mi padre también realizó el juramento a Rhaenyra pocos años más tarde, algo antes de morir. El honor me exige obedecer y apoyar a Rhaenyra, pero aquí entre nosotros, la razón me dice que las leyes naturales van primero. Amo a mis hijas, las tres están desposadas con buenos hombres, pero es mi hijo Osmund quien heredará el salón de Tres Torres.” Lord Ormund sonrió entonces. “Veo que tenemos el mismo pensamiento, mi señor.”“Siendo sincero, no conozco bien a Rhaenyra. Tampoco a sus hijos, nunca se han dignado a pasarse por aquí y visitar mi castillo o mis tierras. Hay algunos rumores que dicen que no son legítimos, y otros rumores que dicen que Daemon fue quien asesinó a Laenor Velaryon. No soy de creer en las malas lenguas, pero no creo que pudiera ser de mi agrado tener a un hombre así como rey consorte.”"Sería alguien tan intransigente como Maegor, desde luego." Ormund tomó la palabra nuevamente. "Lo poco que yo conozco de Daemon es suficiente para saber que no quiero tenerlo cerca de mí. Y por las peleas que ha tenido con su hermano, nuestro rey Viserys... dudo mucho que ese hombre pueda ser una buena opción como rey. Se coronó a sí mismo Rey de los Peldaños de Piedra, y ese territorio ha vuelto a caer en manos de los piratas. No quiero tener a una persona así de irresponsable e incapaz en el Trono de Hierro."Mientras Lord Ormund y Lord Costayne hablaban entre ellos sobre política, Gwayne solo se preguntaba a sí mismo sobre su sobrino.  Daeron no era el primer hijo, pero estaba seguro de que si lo fuera, Lord Costayne no tendría duda alguna de apoyar a su causa, y dejaría de dar tantas vueltas sobre el mismo comentario. Era como si el gran señor de Tres Torres no supiera a quién apoyar.Sin embargo, podía entender hasta cierto punto las dudas de Costayne.Él mismo apoyaba a sus sobrinos, pero conocía a Aegon lo suficiente como para saber que, si se le daba mucho poder, sería un rey nefasto. Lo mejor que podía pasar era que se convirtiera en un rey sin carácter, totalmente controlado por Lord Otto Hightower, sin iniciativa propia. Gwayne estaba orgulloso de los logros de su padre, de su mente perspicaz y organizada, pero quizás quería morder más de lo que podía masticar. Controlar a Aegon sería fácil, si no enloquecía, pero un siglo antes Maegor había mostrado su locura.Y era evidente que el riesgo de un rey loco y tirano estaba ahí, latente. Aún así, los informes de Otto Hightower solamente eran beneficiosos. Con Jaehaerys, podrían educar al niño desde el principio para ser rey perfectamente capaz, y mantener el linaje Hightower en el trono de hierro.¿Pero Aemond y Daeron? Uno tenía al mayor dragón con vida, era con diferencia de los elementos militares más importantes con los que contaban los Verdes. Y el otro, el hijo más joven, además de un jinete de dragón, también era un muchacho intelectual, un escudero excelente y un espadachín con talento precoz, y había demostrado una hazaña de valentía a tan joven edad, digno nieto del príncipe Baelon el Valeroso.Era su escudero, era su sobrino, y también era el más gentil de sus familiares. No en el sentido de que en sus hermanos Aegon y Aemond hubiera faltado esas virtudes, pero la verdad es que a Daeron lo veía con mayor nobleza que los dos. Valiente, inteligente, hábil en prácticamente todo lo que se proponía, rápido en el aprendizaje de habilidades que no dominaba, pero a su vez portador de un corazón bondadoso y amable. Y especialmente en lo último, Daeron era demasiado diferente de sus hermanos.Quizás estaría cegado por la soberbia de llamar a aquel chico su sobrino y escudero, pero sentía que Daeron, como niño, ya tenía más aspecto de rey del que había visto en Viserys I en toda su vida, e incluso cuando estaban en privado se movía con gracilidad, sin perder nunca las formas, como un verdadero rey.   Si tuviera que describirlo en pocas palabras, aquel niño era el escudero perfecto, que se convertiría en el caballero ideal y perfecto de las historias y los cuentos cuando creciera. Como Galladon de Morne, o Serwyn del Escudo espejo, los héroes de su infancia, o Ryam Redwyne, el legendario Lord Comandante de la Guardia Real.Un niño que no había dudado en arriesgar su vida con tal de salvar a otro niño. Fue entonces que un pensamiento fugaz pasó por su cabeza. Si estuviera en su mano elegir al heredero al trono, ¿a quién elegiría? Evidentemente elegiría a los hijos de su hermana por encima de los hijos bastardos de Rhaenyra, y por encima de los hijos de Daemon, aquello estaba fuera de discusión. Pero, ¿a cuál de sus sobrinos veía realmente digno del trono? ¿Realmente Aegon sería un buen rey? ¿Un buen rey debía ser controlado y manipulado por su consejero más importante en todo momento? ¿Cómo actuaría Aegon si Otto no era su Mano del Rey? Gwayne pensó en su padre, no era especialmente viejo, pero ya contaba con más de 53 años...Mientras Lord Ormund y Lord Costayne continuaban hablando, otro pensamiento cruzó su mente. Daeron había hablado en sueños… ¿Quiénes eran Peter, Susan y Lucy? Eran nombres extraños, muy extraños, jamás los había escuchado. No eran nombres de nobles de Poniente, eso desde luego. Ni siquiera en el Norte tenían nombres parecidos, al menos que él supiera. En el populacho, había oído hablar de Pate, de Sumner, o de Lucinda, pero seguían sin ser los nombres que Daeron había dicho. ¿Quizás eran nombres de Essos? ¿Alucinaciones valyrias? ¿Su sobrino tenía los mismos sueños de dragón que la legendaria Daenys la Soñadora?Tendría que escribir a su hermana sobre lo ocurrido. Sobre todo lo ocurrido, de los deseos de Daeron de estudiar en la Ciudadela, del incidente con el jabalí, de la valentía de Daeron, de su estado de salud, y de los sueños. Su sobrino no dejaba de sorprenderlo, en todos los sentidos.Y por gracia de los dioses, ninguna sorpresa parecía ser mala por parte de Daeron. Finales del año 126, Fortaleza Roja, Helaena Targaryen.Se encontraba atendiendo a sus hijos en la guardería del Torreón de Maegor, rodeada de sirvientas. A sus 18 años, Helaena ya era toda una mujer, en cuerpo y en mente, al menos, más adulta de lo que era cuando se casó con su hermano Aegon.Quizás había sido la madurez de la edad adulta, el volverse madre, o una mezcla de ambas cosas lo que había logrado en ella un cambio suficiente, a ojos del mundo, como para que ella tuviera su propio séquito de damas de la corte. Pero prestaba poca atención a aquellas mujeres, la mayoría eran algo mayores que ellas, y eran muchachas de las Tierras del Oeste o del Dominio. Su atención, en aquellos momentos, estaba en las dos mayores luces de su vida.Sus hijos gemelos, Jaehaerys y Jaehaera. Su presente, como madre, y también su futuro. Apenas eran niños de 3 años, pero eran las dos personas a las que más quería sobre la faz de la tierra, con un amor que ella misma era incapaz de comprender. Aunque tampoco es que tuvieran mucha competencia, con un padre y rey ​​ausente, un esposo ausente que disfrutaba demasiado de perder sus noches en el vino o en dios sabe qué burdel de la capital. Su madre y su hermano Aemond, protector como siempre, eran su único pilar, y también, las cartas personales de su hermano pequeño Daeron, que llegaban con cada vuelta de luna.Ella no tenía mucho que contar cada vez que le escribía. Le contaba que los niños estaban bien, que Aemond era cada vez mejor guerrero, y que ya había ganado varios torneos de escuderos y Cole ya lo había nombrado caballero; que Aegon había vuelto a convocar a los nobles para celebrar un banquete por la salud de Jaehaerys… Pero ella misma se sentía prisionera en aquella jaula de oro. Un lugar en el que no le faltaba de nada, pero a su vez no disfrutaba de casi ninguna libertad. Ni siquiera le dejaban volver a su colección de insectos, argumentando que podría enfermar y que eran gustos impropios de una dama.Deseaba volar con su dragona y recorrer los reinos con sus hijos, sentir el viento en la cara y volar a alturas superiores a la de los halcones, como una vez hizo la princesa Alyssa, la que fue su abuela.En la última carta que le escribió a Daeron, enviada una semana antes, le había notificado que estaba embarazada. La única novedad de ella, en su monótona vida.Sin embargo, Daeron tenía siempre tantas cosas que contar, y lo hacía con tanto detalle, que era como si ella misma estuviera allí, en Antigua. Le hablaba de los olores del mercado, de los oficios de las personas, de algunos bandidos que el tío Gwayne había dado caza en una de sus patrullas, y de las praderas y bosques cercanos a los campos de cultivo. Y también le comentaba sobre su educación, no como caballero, sino en la Ciudadela.Su hermano Daeron era un muchacho que ya había cumplido los 12 años, y al que apenas había visto en los 3 años anteriores en contadas ocasiones. Según contaba en sus cartas, había hecho muchos progresos en su educación en Antigua, estudiando con los archimaestres y con acólitos en varias artes.Si no mentía en sus cartas, Daeron había adquirido conocimientos suficientes para, si así lo hubiera deseado, forjar una cadena de eslabones de plata, de hierro negro, cobre, estaño, acero valyrio y oro. Según las cartas de Daeron, cada metal representaba un área de conocimiento. El oro la economía, la plata las artes de la curación, el hierro negro la maestría con los cuervos…Algo por lo que el Gran maestre Mellos se había mostrado escéptico al principio, incluso mandando una carta personal a la Ciudadela y al Cónclave de los Archimaestres para saber si dichas hazañas eran verdad. Y para sorpresa de todos, así había sido.En apenas 3 años, Daeron había conseguido crecer de ese ávido lector de libros que recordaba, a volverse competente en 6 disciplinas distintas, cosa que de por sí ya era sorprendente, si no fuera por el hecho de que Daeron era todavía un niño.Podría ser el maestre más joven de la historia, un logro que había conseguido por sí mismo. Para el conocimiento no importaba que pudiera cabalgar dragones o caballos, o que hubiera nacido príncipe o plebeyo, aquella era una vida llena de sacrificio, llena de artes que solo se podía dominar a base de disciplina, estudio y trabajo duro. El maestre Mellos se lo había explicado varias veces, por eso había maestres que provenían de la más alta cuna o del pueblo llano, desde las marcas dornienses hasta más allá del Cuello. Lo único que se necesitaba para entrar a la Ciudadela era el precio para pagar la inscripción, no más de diez venados de plata al año, y ser un hombre. “Las mujeres tienen otro tipo de batallas, princesa”. Recordó, y aquello le dolió, pues ella se sintió nuevamente encerrada en aquella fortaleza. Era el hogar de su familia, pero al contrario que Daeron, que Aegon, o que Aemond, ella no podía salir nunca, y si salía, debía ir con una escolta de más de 40 hombres. Habían pasado meses desde la última vez que voló con Sueñafuego.Jaeharea lloró tras caerse al intentar un movimiento de baile, Helaena suspiró y fue a cuidar de ella, consolando a su pequeña, mientras Jaehaerys seguía jugando con un dragón de madera, su juguete favorito, bajo la vigilancia de Lady Edyth Tarth, una muchacha de 15 años y la más joven de las hijas de Lord Tarth. Con largo pelo rubio, pero no era el oro de los Lannister o la plata dorada de los Targaryen, sino más bien del color del trigo, y unos preciosos ojos que estaban entre el azul de los Tarth y el verde claro de los Swan, la casa de su madre."Ya está, cariño, ya está. ¿Ves? No te has hecho daño, ha sido solo una caída." Dijo Helaena a su pequeña hija, mientras Edyth asentía."Pero caerse no es algo que deba hacer una dama, la abuela Alicent lo dice." Contestó con algo de tristeza la niña, de casi 4 años, mirando hacia el suelo con vergüenza. "Todas nos hemos caído en algún momento, princesa Jaehaera. La reina Alicent, la princesa Helaena, yo misma... de las caídas se puede aprender, princesa." Sujetando a Jaehaerys, contestó entonces Edyth. Ver aquella imagen hizo sonreír ligeramente a Helaena. Edyth era, posiblemente, la única chica a la que a pesar de la diferencia de edad, podía considerar una amiga cercana. Pues la joven Edyth no usaba su tiempo para hablar de su familia y de política o para acercarse a ella y conseguir favores, sino que se lo dedicaba al completo a ayudarla con los niños, como si ella misma tuviera ya experiencia como madre. Alguna vez le había preguntado sobre eso."Mi madre murió poco después de mi nacimiento. Desde que tengo uso de razón, eran mis hermanas quienes me cuidaban. Aprendí de ellas, mi princesa, a cuidar a los niños, y antes de venir aquí, ayudé durante un año a cuidar a mis jóvenes primos de la casa Swann."Y ciertamente, Edyth la ayudaba con tan pesada carga, muy al contrario que Rosamund Lannister, Marys Roxton, Myrcella Redwyne o Lysa Bracken, todas mujeres de su edad o uno o dos años menores, quienes más que acompañarla como séquito, estaban más ocupadas hablando entre ellas sobre un caballero al que habían visto en los últimos torneos o un noble en el baile, y suspirando por ellos. Rosamund incluso intentó que Aemond luchara con su favor en el último torneo de escuderos, pero Aemond había preferido llevar el de Helaena, un pañuelo de tela verde, el mismo favor que usaba su madre para favorecer a los caballeros."Antes que el favor de una mujer que no conozco, prefiero llevar el favor de mi hermana. Helaena, dedicaré mi victoria a tus dos hijos." Recordar el leve enfado de Rosamund por ello casi la hizo reír. Su mirada se volvió hacia Edyth, y escuchó, a lo que la joven le respondió con la misma gracia."Jaehaerys parece algo cansado, princesa". Edyth habló, tenía también una voz muy dulce, aunque quizás fuera porque todavía no había crecido y seguía teniendo algo de voz de niña. Tan joven y tan dulce, tan pacificadora. Quien fuera el futuro esposo de aquella joven, sería un hombre muy afortunado.“Sí, Edyth. Muchas gracias por tu ayuda.”“No tiene nada que agradecer, princesa. Con vuestro permiso, iré a mi habitación.” Ni siquiera se había dado cuenta de que llevaban solas un buen rato, con la única presencia de Sir Arryk Cargyll, siempre vigilante. El resto de su “séquito” se había marchado un buen rato antes, sin siquiera decírselo.“Descansa, Edyth. Venga, niños. Hora de dormir.”“Cuento, mamá. Cuento.” Jaehaerys protestó, y Jaehaera no tardó en apoyar a su hermano, provocando que Helaena sonriera por unos momentos, su corazón derretido ante la petición de sus niños.“¡Si mamá, cuento, cuento!” Se había vuelto prácticamente una tradición antes de dormir, contarle a sus hijos un cuento agradable. A veces, de caballeros y princesas en apuros… y otras veces, de más caballeros, y más princesas en apuros. Eran las mismas historias que su madre, la Reina Alicent, le había contado cuando era niña. Y disfrutaba de ver el brillo en los ojos de los gemelos, que gustaban a su vez de la atención que recibían de su madre y de su abuela. Pero sentía que aquellas historias reflejaban también la jaula en la que vivía.Tras el cuento, y quedando los niños dormidos en sus cunas, Helaena se marchó a sus propias habitaciones, agotada de aquel día. Se tocó el vientre, sin duda de que estaba embarazada, ya había pasado por aquellos síntomas antes. Aegon no era especialmente asiduo a visitar su cama, pero según su madre, ya había cumplido.Ahora ella debía pelear su propia batalla a partir de ahí. Se aguantó las ganas de vomitar, y le pidió a Mellos que le preparara un brebaje para pasar mejor la noche. No tenía idea de cómo aguantaría el resto del embarazo, apenas se había anunciado y el primer mes le estaba costando noches de sueño muy ligero y visitas a la letrina cada vez más frecuentes. Pasaría aún más tiempo sin poder volar con Sueñafuego, sin tener siquiera ese momento de libertad. Su abuela Alyssa había volado sobre Meleys con Viserys y Daemon. ¿Por qué ella no podía hacer lo mismo con sus hijos? ¿Por qué le quitaban también esa libertad, mientras Aegon era libre de volar cuando quisiera, y pasar cada noche lejos de ella?“Si fueras más valiente, serías una dragona”. Las palabras de Daeron fueron un recuerdo bienvenido antes de dormir, y poder soñar que volaba, libre de toda cadena.Ojalá ella fuera de verdad una dragona. Pensando nuevamente en su hermano pequeño, en aquel niño que la había ayudado años atrás con Sueñafuego cuando nadie más pudo hacer nada, decidió tener al menos un momento para ella sola. Un único momento de paz frente a su chimenea. Se recostó durante algunos minutos en el sillón, con la flauta que su hermano le había obsequiado antes de partir a Antigua, y decidió tocar una melodía suave, moviendo los dedos con cierta destreza.Ya había tocado aquella flauta muchas otras veces, teniendo en su corazón la seguridad de que, de alguna manera u otra, aquella melodía, aquel sonido, le entregaba paz a su alma. Paz, y desde luego, cansancio. Helaena juraría que era capaz de ver las llamas en la chimenea bailando y tomando formas extrañas cuando la melodía sonaba, como humanos hechos de fuego que bailaban al son de aquella canción, y poco a poco, sus párpados también iban volviéndose más y más pesados. Antes de llegar al límite, al punto de no retorno, detuvo la música. Las llamas volvieron a tener aquel aspecto etéreo, con tonalidad anaranjada y roja, sin forma.Definitivamente había sido un día demasiado largo, y debía descansar. Por el bebé, por ella misma... y por sus hijos.

----- CHAPTER BREAK -----

Última luna del año 128, Rocadragón, Lucerys Velaryon. Los mensajes que habían llegado desde Marcaderiva eran malos, muy malos. Lady Baela Targaryen, hija de Daemon, les había escrito sobre noticias de como su abuelo, Lord Corlys Velaryon, había resultado herido de gravedad en una batalla contra los piratas de los Peldaños de Piedra.Y ciertamente, se temía por su vida. Amaba a aquel hombre, y Lucerys era su heredero. Como hijo de Sir Laenor Velaryon, Lucerys era el heredero directo de Marcaderiva, Marea Alta, y el resto de propiedades y derechos de la casa Velaryon… Derecho de herencia que al parecer, el hermano de Corlys, Sir Vaemond Velaryon, quería para sí mismo. Se celebraría un juicio en la capital, y por lo tanto, su familia iría a defender los derechos de Lucerys ante la posición de Vaemond. Sin embargo, Lucerys se encontraba al borde de la ansiedad, recordando la conversación que había tenido con Corlys varios años antes, en el funeral de Laena.“Lo siento, abuelo. No quiero Marcaderiva.”“Es tu derecho de nacimiento, muchacho.” Corlys hablaba con franqueza en su voz, pero también con paciencia y afecto. “La historia recuerda la sangre y los nombres.”“Si soy el señor de Marcaderiva, entonces todos habréis muerto. No quiero que mueras.”“Algún día, tarde o temprano, los dioses me reclamarán, y mis restos serán entregados al mar, para descansar en los dominios del Rey Tritón. Y cuando Laenor me siga, tendrás que cargar con esa responsabilidad, muchacho. Sé que estarás preparado.”Y ahora, lo que había dicho Corlys estaba tan cerca de ocurrir, pero no se sentía listo para semejante labor. Maldijo a los piratas del Mar Angosto, por hacerle daño a su abuelo. Si aquellas heridas terminaban siendo fatales, montaría en Arrax y arrasaría con fuego de dragón todos los barcos de la Triarquía.  Su dragón había crecido lo suficiente para ser montado, era una bestia joven, de colores blancos, de vientre y cresta dorada. Era un poco más pequeño que la mitad que Caraxes, tanto Vermax como Arrax estaban creciendo fuertes, prosperando con cada año que pasaba, a un buen ritmo. Y había volado suficientes veces con él, se sentía muy vinculado a aquella criatura.Definitivamente, convertiría en cenizas la flota de la Triarquía.“Luke, ¿listo?” La voz de Jacaerys lo alejó de sus pensamientos, mientras los guardianes del dragón traían a Arrax y a Vermax. El dragón de Joffrey, Tyraxes, había alcanzado buen tamaño, pero su madre no quería que los hermanos pequeños de Luke volaran. Viserys no tenía dragón todavía, y Borrasca era demasiado pequeño para Aegon. Y Joffrey apenas había empezado sus lecciones de vuelo con Tyraxes. “Si, hermano. Tú primero, yo te sigo.” Sería un vuelo de Caraxes, Vermax y Arrax hacia la capital.“Está bien.” Jace asintió antes de ajustarse las cadenas y las correas de la silla de montar. “¡SOVES, VERMAX!” Ante la orden, la bestia de color verde oliva tomó impulso, agitando las alas en mitad de la carrera, y llegó al saliente desde el que se precipitó en un salto poderoso, antes de empezar a volar.“¡SOVES, ARRAX!” Su propio dragón obedeció la orden, e imitando a su hermano, alzó el vuelo, hasta que Rocadragón se hizo pequeña como una piedra, y las personas se veían del tamaño de hormigas.El caballo le había entregado al hombre el dominio de la tierra. Con un barco, podías surcar el mar. Pero los dragones les habían entregado el cielo, y eso Lucerys lo comprendía muy bien. Desde aquellas alturas, veía Marcaderiva… lo suficientemente cerca de Rocadragón para verla en el horizonte, una isla de tierras bajas, colinas de pendiente suave y fértil. Desde el castillo, veía su contorno a lo lejos, pero desde el aire, podía ver algunos campos de cultivo, los puertos de Villaespecia y el castillo de Marea Alta, blanco y con torres de plata. El que sería su castillo, su hogar, si es que Corlys…No quería pensar en eso, y sintió como las lágrimas empezaban a llegar a sus mejillas. No era un creyente fervoroso de la Fe de los Siete, pero se prometió a sí mismo que rezaría más a menudo y alabaría a cada uno de los siete dioses de Poniente si permitían que el viejo Corlys siguiera vivo para el año siguiente.Sentía el viento azotando su rostro, y Arrax surcaba los cielos con la gracilidad de un halcón. Lucerys había practicado la cetrería y sabía lo rápido que podían ser aquellas majestuosas aves, lanzándose en picado sobre su presa, pero aún así, en un día tranquilo como aquel, Arrax era más rápido que cualquier ave rapaz.No le costó demasiado llegar al lado de Vermax. Su hermano, Jace, tenía rasgos más maduros que él. No pensaba que en un año, su cuerpo cambiaría tanto, pero su cercanía en edad y sus gustos parecidos les habían unido como hermanos.“Daemon se ha atrasado.” Dijo Luke, esperando que Jace escuchara desde su montura, antes de elevar un poco el ritmo.“Quiere esperar al barco de madre.” Jacaerys explicó lo que ocurría a su hermano. “Después de todo, Rocadragón está a tres días en barco de la capital. Nosotros podemos llegar hoy, antes del anochecer. Pero no habrá pirata que quiera atacar el barco de madre, si Daemon y Caraxes están como su escolta.” Y así sería, tanto Jace como Luke llegaron a Desembarco del Rey antes de la puesta de sol. Los vientos habían sido favorables y no habían tenido ningún tipo de inconvenientes en llegar a Pozo Dragón. Su llegada fue recibida por varios guardianes del dragón, que agitaron sus varas con suavidad, hablando en alto valyrio con voces profundas y roncas, conduciendo a las criaturas hacia sus cavernas correspondientes. Aquellos hombres de cabeza afeitada habían sido las personas que habían cuidado de sus dragones en los primeros años de vida, y tanto Vermax como Arrax reconocían su olor.“Vienen alimentados, pero no rechazarán a las ovejas durante nuestra estadía.” Jacaerys habló con uno de los guardias, el más alto, y luego se volvió hacia él. “Quiero ver la capital un poco, antes de marchar a la Fortaleza Roja. ¿Me sigues?”“Siempre, hermano.” Fue la corta respuesta de Luke.Pasaron una buena tarde en los barrios más pudientes de la capital, con un simple paseo y pagando por una buena comida en una taberna cercana. No era para nada lo que se comía en la corte, la dieta de la gente que no era noble se componía en su mayoría de estofados, gachas, pan de cebada, centeno, trigo, legumbres y algunas veces, pescado y carne de cerdo, todo acompañado de una buena cerveza. Muy al contrario que los banquetes de la corte, en los que había pasteles de carne, estofados de carne de jabalí o de venado, pollos asados y postres como tarta de natillas o pasteles de limón.Sin embargo, cuando llegaron a la Fortaleza Roja, fueron recibidos con frialdad. Por no decir que, directamente, nadie salió a recibirlos. Sin embargo, los sirvientes habían preparado sus habitaciones, y decidieron no discutir demasiado. Ni siquiera los habían invitado a cenar, y tuvieron que comer en sus habitaciones privadas.  Todo aquello era demasiado extraño. La única respuesta obtenida por parte de algunos nobles de la corte era que su abuelo se encontraba muy enfermo, y que no aceptaba visitas. Y preguntaron por la Reina, y por Otto Hightower, pero solo les contestaron que estaban en audiencias privadas, tratando asuntos del reino.Había algo malo en el ambiente, algo extraño. Gran parte de la decoración del castillo de su infancia, como las gárgolas y los detalles de dragones y de Valyria habían cambiado por adornos de estrellas de la Fe.¿En qué momento se había vuelto el abuelo Viserys tan devoto?Se sentía raro, pesado. Jace aparentaba que no le importaba lo suficiente, y mantenía el porte orgulloso, pero Luke no era como su hermano. Se sentía permanentemente observado por los ojos de hombres y mujeres, caballeros y nobles, plebeyos y altos cargos del consejo. Incluso las ratas parecían mirarlo. Lo peor de todo fue cuando llegó su madre, pues al igual que a ellos, no hubo una recepción acorde. Nadie había salido a recibir a la heredera del rey. Eso ya era más grave, y su madre montaría en cólera, si es que no lo había hecho ya. El embarazo estaba en su fase media, casi terminando el quinto mes, el tercer hijo de Daemon y Rhaenyra provocaba en la última un comportamiento más directo y osado, más allá del aspecto dócil que le daba la curvatura de su vientre.“¿Dónde está la familia real?” Rhaenyra le preguntó a Lord Allun Caswell, el único noble leal que había llegado para saludarlos.“El rey está enfermo, princesa. La salud de Su Majestad se ha deteriorado mucho con el tiempo.”“¿Quién dirige el consejo?” Daemon se adelantó para preguntar.“Nuestra Mano del Rey, y nuestra Reina consorte, Alicent.” Fue la respuesta del hombre del Dominio. “Hablaron ayer con Sir Vaemond, mis príncipes.”Lucerys no era consciente del todo de lo que aquello significaba, pero ver a Daemon enfadado únicamente podía significar algo malo. Sus hermanos menores se acercaron a ellos dos, temerosos por los gritos de furia y maldiciones que decía Daemon. Jacaerys Velaryon Daemon gritó encolerizado, y eso hizo que Joffrey se acercara más a Lucerys. Sin embargo, los otros niños vinieron con él. Aegon estaba a su derecha, y Viserys tomó su mano izquierda, temerosos por los gritos de Daemon. Niños de 8 y 6 años, de pálido pelo plateado y ojos púrpura oscuro, casi negros, que lo miraban con preocupación… sus hermanos pequeños, tan parecidos entre ellos, y a la vez, tan diferentes físicamente a comparación de él.No era tonto. Se había visto demasiadas veces en los espejos de plata batida, y sabía la verdad de su padre, de su auténtico padre. Sabía cuál sería el resultado del juicio si era Otto Hightower quien lo presidía, aprovechando cualquier ventaja posible para arrebatarle a Rhaenyra el trono de hierro. Después de todo, él no era un hijo de Velaryon, y Luke tampoco.Laenor no era su padre, aunque muchas veces actuó como tal. Nunca lo fue, y eso no podía cambiarlo. Pero Corlys era el abuelo de Luke, y Luke lo quería. Y eso tampoco podían cambiarlo. Haría lo posible para asegurar que Lucerys fuera confirmado como heredero de Marcaderiva, incluso pelear de ser necesario. Después de todo, él también estaba peleando por su sucesión, indirectamente.“Iremos a verlo, ahora. Aegon, Viserys, venid conmigo. A vuestro abuelo le agradará veros.” Rhaenyra parecía especialmente enfadada, aunque su tono era notoriamente menos agresivo que el de Daemon, aunque más emocional. Cuando se trataba de sus hijos, su madre era una mujer bastante más familiar de lo que se esperaba de ella, dada su posición.Mientras Daemon y su madre fueron a ver a Viserys y Joffrey se marchó con Baela y Rhaena, Jace y Luke decidieron ir al patio de entrenamiento, donde observaron a un mortal Aemond Targaryen combatiendo y derrotando a Criston Cole. “Buen combate, mi príncipe.” El Lord Comandante de la Guardia Real felicitó al príncipe Aemond.“He tenido un buen maestro.” A sus casi 19 años, Aemond se había convertido en un adulto de constitución física bastante atlética. No era de aspecto fuerte, pero en su combate contra Cole había demostrado que las apariencias no eran todo. Era rápido, tenía un buen juego de pies y manejaba la espada con gran habilidad y potencia. Con demasiada habilidad.Lucerys y él entrenaban también para el combate, y Jace era el mejor de los dos, pero les había bastado un solo vistazo para comprender la verdad. Aemond se había educado con uno de los mejores de los Siete Reinos en el arte de matar. A comparación, su maestro de armas, Sir Rodney Celtigar, no era más que un caballero veterano de la guerra por los Peldaños de Piedra.Cole era el Lord Comandante de la Guardia Real, el encargado de la protección del Rey y la familia real, y contaba con un puesto en el consejo privado. En Rocadragón, Sir Erryk Cargyll, Sir Steffon Darklyn y Sir Lorent Marbrand también les enseñaban cuando podían, pero su trabajo era protegerlos, no instruirlos. Y debido al tamaño de su familia, era evidente que poco podían hacer.La familia estaba dividida, y la Guardia Real, también.“Ganarás torneos dentro de poco.” Cole volvió a elogiar la habilidad de Aemond. “Me importan una mierda los torneos. Sobrinos.” Aemond se dirigió a ellos, con la espada todavía en alto. Jace y Luke se tensaron momentáneamente, al menos, hasta que Aemond dejó la espada en el suelo. “Espero que hayáis disfrutado del combate de práctica, ¿queréis participar?.” La voz de Aemond sonaba burlona. Casi desafiante. Jace recordó cómo varios años atrás, Aemond les había pegado la paliza de sus vidas. Si Luke no le hubiera cortado el ojo a Aemond, Aemond habría matado a golpes a Jace.Sintió que su hermano tenía más miedo que él, y decidió ponerse delante, ser valiente. Quizás solo era un año mayor que Luke, pero era el hermano mayor de Luke. El heredero al trono después de su madre. Debía mostrar valor.Iba a responder, pero fue entonces cuando sonaron las puertas del patio. Todo el mundo presente en el lugar se giró para poder ver dos estandartes. En el primero, el blasón de Hightower, la torre en llamas, y en el segundo, el dragón rojo de tres cabezas de la casa Targaryen. Tras la avanzadilla, a lomos de un palafrén grisáceo, entraba un joven de pelo blanco con un jubón acolchado, sujetando su capa de color carmesí y negro con un broche plateado en forma de cabeza de dragón. Lo acompañaban tres hombres de vestimentas negras, una ropa sin adorno, así como dos docenas de caballeros y hombres de armas de Hightower a caballo. El muchacho los vio. Él tenía los ojos azules, y una sonrisa se dibujó en su rostro. Se bajó rápidamente del caballo, y antes de que Luke y Jace pudieran reaccionar, quedaron atrapados en el abrazo del chico.“¡Jace, Luke! ¡Sabía que habíais venido!” Aquella voz… le sonaba demasiado, pero hacía 5 años de la última vez que había visto a Daeron, por el nacimiento de los gemelos de Aegon y Helaena.“¿Tío Daeron?” La voz de Jace sonaba incrédula. ¿No se suponía que Daeron estaba estudiando en Antigua? Lo último que había sabido de él era que había conseguido los eslabones de plata y hierro negro.“¿Quién más? Habéis crecido desde la última vez que os vi.” Daeron era… raro. Su tío era muy gentil, demasiado gentil. Daemon les había dicho que no debían fiarse de los hijos de la reina Alicent. Y su madre, Rhaenyra, no hablaba nunca a favor de ellos. Quizás de Helaena, pero poco más. De cierta forma, se había criado viendo a sus tíos como sus rivales. Sin embargo, Jace recordaba que Daeron había sido su hermano de leche. La misma nodriza los alimentó durante los primeros meses de vida.“Daeron, me alegra verte.” La voz de Aemond dejó de lado su aspecto burlón, sonando ahora más calmada, aunque teniendo todavía la sensación de que le habían quitado su momento de gloria. “Oh, Aemond, nada de llamarme así, hermano. Ven aquí.” Casi tan rápido como había sucedido el abrazo, Daeron los dejó para saludar a Aemond. Aquello había sido extraño. Aemond se veía algo incómodo, y después de saludar y abrazar a su hermano, se despidió y se marchó, dejándolos solos en el patio, a ellos tres.“¿Pero qué haces aquí?” Jace no dudó en preguntar, y Daeron sonrió.“Bueno, hay que volver a casa de vez en cuando. Antigua ya la tengo muy vista, y después de la boda de Lord Ormund con la joven Samantha Tarly, solicité permiso a mi tío Gwayne para poder volver. Pidieron que llevase escolta además de Tessarion, y eso hice. Mi dragona está en Pozo Dragón, y pude ver a Arrax y Vermax. Por eso supe que estábais aquí. Vuestros dragones han ganado buen tamaño.”“Sí, tío Daeron. Ya hemos montado varias veces.”“Me alegra saber que tenéis práctica. Algún día de estos, me gustaría volar con vosotros, si os gusta la idea. Oh, se me olvidaba.” Daeron se giró.“Podéis descansar, buenos hombres. Gracias por haberme acompañado hasta mi hogar. Si necesitáis descansar, hay habitaciones de sobra en el ala oeste para hospedarse, y para quien le apetezca otro tipo de servicio, hay varias tabernas y posadas asequibles al suroeste de la fortaleza. Seguid la muralla, no tiene pérdida.” Los hombres asintieron y obedecieron, marchándose la mayoría, aunque los tres hombres de vestimentas negras permanecían allí. Sus caballos eran más achaparrados que los normales, eran garrones norteños.“¿Me disculpáis un momento?” Daeron se acercó a hablar con ellos, y los hombres asintieron. “Hemos recorrido 10 leguas, hoy merecéis descansar. Ya haréis mañana el reclutamiento. Los prisioneros no se moverán de las mazmorras, pueden esperar.” Los hombres terminaron marchándose.“Reclutadores de la Guardia de la Noche. Nos los encontramos en Puenteamargo, y hemos compartido el camino.” Daeron volvía con ellos. “Necesitan hombres allí en el Muro, al menos, desde el Sur. El Norte no da abasto después de la guerra civil de los Stark.” Volvió a ofrecerles la mano a modo de saludo, ahora más calmado. “Me alegro de que estéis bien.”Daeron ya tenía 14 años, los mismos que Jacaerys. Pero mientras uno había crecido robusto y apuesto, Daeron parecía proyectar un aspecto más liviano y calmado, como si fuera más sabio que todos los que lo rodeaban. “Y vosotros, ¿qué hacéis aquí?” Con esa pregunta, llegó un momento incómodo. “Proteger el reclamo de Lucerys sobre Marcaderiva.” Jace decidió ser sincero. Algo dentro de él se lo decía, podía confiar en Daeron. “Lord Corlys Velaryon ha resultado herido de gravedad, en un conflicto en los Peldaños de Piedra.” “Maldita sea, lo lamento, muchachos… Esperad un momento, Luke es el legítimo sucesor de Lord Corlys, ¿no?” Daeron se vio sorprendido. Demasiado sorprendido. ¿Acaso no sabía nada de Vaemond Velaryon?“Lo… Lo soy.” Luke habló con algo de duda en su voz. “Pero Vaemond Velaryon, el hermano menor de Corlys, ha protestado por ello. Es por… Por eso se celebra el juicio mañana.” “¿Cómo? ¿Va a haber mañana un juicio? ¿Qué tan graves son las heridas de Lord Corlys?” Daeron parecía dudar de las palabras de Luke. Jace lo confirmó.“Me temo que son graves, o eso dijo la abuela Rhaenys, por eso el juicio. Todavía no sabemos si lo presidirá el abuelo Viserys. Parece que lleva enfermo algún tiempo, o eso ha comentado.” La cara de Daeron se deformó en una palidez similar al vidrio lechoso. “¿Viserys?…¿ Mi.. padre está enfermo?” El tono de voz de Daeron se había elevado, lleno de preocupación genuina. “Debo ir con él.” “Espera, Daeron, nuestra madre…” Luke no pudo terminar su frase, y Jace tampoco pudo detener a Daeron. El chico se movió de inmediato, corriendo y dando largas zancadas, saliendo del patio de entrenamiento.

Daeron Targaryen. Había estado lejos de aquel lugar demasiado tiempo. Antigua tenía su encanto, pero la Fortaleza Roja también era su hogar, para bien o para mal. Y Viserys era su padre.Quizás no fuera un padre como tal, en el sentido de que no tenía recuerdos de Viserys jugando con él y sus hermanos. Rhaenyra siempre fue la favorita de Viserys y Alicent era quien se encargó de educarlos, de estar con ellos. De ser una madre, en todo sentido de la palabra. A decir verdad, podía sentir que él mismo sentía recelo hacia el hombre. Monarca de los Siete Reinos, y padre de varios hijos. Sin embargo, únicamente se fijaba en la mayor de sus hijas, en su heredera, a la que consentía en más de una ocasión. Daeron buscó en sus recuerdos, y no había nada.No había nadie que pudiera negarlo, Viserys había descuidado a su familia, a sus hijos, en beneficio de su hija mayor y sus nietos. Daeron no podía pensar en Viserys como una persona a la que conociera. Sabía que era amable con la mayoría de la gente, que era un hombre pacífico que odiaba los conflictos, aunque no conocía mucho más. No había amor o cariño, todo aquello era extraño. Gwayne y Lord Ormund habían actuado más como padres y modelos a seguir que el propio Viserys. Pero, a pesar de todo, a pesar de los sentimientos encontrados, Daeron no le deseaba el mal a su padre, aunque no lo amase como había amado al de su vida anterior. Christopher Pevensie sería la única persona a la que podría llamar de aquella manera.  Sin embargo, en aquel mundo, en aquella vida, Viserys seguía siendo su progenitor, su padre. En el sentido literal de la palabra, le debía a él la vida, el vínculo con su dragona, y cuando entró a sus aposentos y lo vio tirado en la cama, desorientado y dolorido, algo dentro de él se rompió, como si el resentimiento fuera sustituido por lástima. Fue como ver a una persona rota que volvía de la guerra. La mitad derecha de su cuerpo y rostro tenía múltiples vendajes, se le habían caído la mitad de los dientes, y por el olor de la habitación Daeron supo de inmediato que estaban administrándole un exceso de leche de amapola. Un calmante más fuerte y concentrado de lo normal… “Rey Viserys.” Daeron decidió rectificar. “Padre, soy yo, Daeron.” “Ooohhh… Dae…Ron.” Viserys gimió levemente. Daeron observó su rostro, y su cuerpo. Aquel no era el cuerpo de una persona de 51… había visto a veteranos de 65 años o más con mejor aspecto, el cuerpo de Viserys estaba marchito y arrugado. Deteriorado. “Él… Está en Antigua.” “He vuelto, padre.” Daeron se acercó aún más, y se dio cuenta de lo delgado que se había vuelto Viserys. Daeron no se lo pensó dos veces, iba a examinar las heridas que afligían a su padre, pero no se atrevió a hacerlo sin colocarse antes unos guantes. Cuando examinó al rey, se horrorizó. “Aahhh…” Viserys se quejó debido al movimiento que Daeron realizó. “Duele…” “Lo siento mucho, padre.” Daeron miró con lástima aquellas heridas, que parecían sangrar constantemente, incluso a través de las costras. Los síntomas eran claros: lesiones en la piel en forma de manchas oscuras, algunas negras; una debilidad que había carcomido el cuerpo de Viserys, consumiendo todas sus energías; la respiración sonaba forzada y aguda, e incluso se le habían caído dedos de la mano izquierda.  Era lepra, y en estado muy avanzado. Demasiado avanzado.Daeron había estudiado en la Ciudadela de Antigua, y había ampliado los conocimientos medicinales que ya tenía de sus experiencias en Narnia y las lecciones de las ninfas de los bosques de venenos y antídotos. De los maestres había aprendido el uso del fuego, el vino, la aguja, el cuchillo, hierbas medicinales y su uso en los brebajes y cataplasmas. Pero con Viserys, no había tratamiento posible. Mucho menos, drogándolo a base de leche de la amapola. Tuvo cuidado en cubrir nuevamente a Viserys con el vendaje, procurando que le doliera lo mínimo posible. Pero nuevamente, el rey se quejó. Daeron comprendía lo que aquello significaba, pero no quería afrontar la realidad. Viserys I, su padre, su rey, estaba muerto en vida. No había nada que pudiera hacer. Viserys estaba condenado a morir. Y Daeron no podía hacer nada para evitarlo. Si tan solo hubiera encontrado el licor de la flor de fuego, aquel problema estaría solucionado. Una gota de aquella bebida curaría cualquier herida, y eliminaría toda enfermedad. Si Viserys recuperase su salud, todo el conflicto familiar se detendría.Pero en todos aquellos años, había estado en Antigua, en Desembarco del Rey, y en algunas poblaciones del Dominio, de las Tierras de los Ríos y de Occidente. Habían sido viajes que realizaba Lord Ormund Hightower de vez en cuando, viajes que él también realizaba con intención de buscar aquellos dos objetos. El licor de flores de fuego de Lucy y la espada de Peter, Rhindon.  Sus viajes con Lord Ormund lo habían llevado a fortalezas como Refugio Quebrado de los Crakehall, Roca Casterly de los Lannister, Árbol de los Cuervos de los Blackwood, Seto de Piedra de los Bracken y Sotodeoro de los Rowan, pero en aquellos lugares no encontró más que niños petulantes que deseaban crecer y llevar al cinto una espada, y niñas que trataban de seducirlo, instigadas por sus padres. Aquella búsqueda había resultado totalmente infructuosa. Sentía que había perdido años de vida en aquella tarea que parecía casi imposible. Encontrar dos objetos así en un mundo tan vasto era intentar encontrar una aguja en un mar inconmensurable y vacío. Demasiada suerte había tenido al encontrar el cuerno de batalla de Susan. ¿Para qué había dedicado tanto tiempo a los estudios, si le fallaban justo en el momento en el momento en que más los necesitaba? ¿De qué le servía tener buena mano con los animales como los cuervos o una buena mente para las matemáticas, si eso no salvaba la vida de su padre? Se sintió terriblemente mal, y terminó abandonando el espacio cercano a la cama tras despedirse de Viserys, esperando únicamente que, al menos, el rey pudiera encontrar algo de reposo. “Maestre Orwyle, ¿alguien ha venido a ver a mi padre últimamente?” Daeron decidió preguntar al hombre, un erudito incluso en el Cónclave. Elegido un par de años atrás para sustituir al Gran Maestre Mellos, fallecido por unas fiebres. “La princesa Rhaenyra, el príncipe Daemon y sus hijos, mi príncipe.” Orwyle asintió. “Se fueron poco antes de tu llegada. La Reina Alicent también viene todas las noches a revisar su cuidado, y nuestro Lord Mano viene una vez a la semana a discutir asuntos de la corte.” Daeron casi tuvo ganas de reírse, ¿se estaba burlando de él? ¿Qué clase de asuntos podría tratar el rey en aquel estado? “¿Me tomáis por idiota, Gran Maestre?” Daeron se giró, tratando de templar la ira y la impotencia que nacían en su corazón. “¿Qué clase de tratamiento es drogar al rey con una sobredosis de leche de amapola? ¿Presenta un mínimo de lucidez cada vez que viene mi abuelo Otto, o sólo se queja del dolor?” Trataba de no gritar o elevar la voz, lo último que quería hacer era molestar a su padre, en la habitación contigua. Pero en sus ojos azules había un brillo de furia y rabia, más allá de todo raciocinio. “ ¿De verdad decís que Lord Otto Hightower trata asuntos de estado en esta cámara?” Daeron se acercó aún más al hombre, su presencia aumentó en la habitación. “¿Envenenáis al rey, maestre?” Orwyle se quedó con la cara blanca, Daeron lo acusaba de traición, y nadie más había en la habitación del rey. Nadie que pudiera protegerlo de la espada que el niño de 14 años ya había desenvainado. Acero templado en castillo, de excelente calidad, y con filo. “No os atreváis a quedaros callado. Quien calla, otorga.” Daeron acercó el filo de la espada al vulnerable cuello del maestre, protegido únicamente por la larga cadena de eslabones de distintos metales. “Hablad.” “Ojalá fuera así.” Ante la respuesta de Orwyle, fue el turno de Daeron de quedar sorprendido por un momento, agarrando la espada en todo momento. No sabía si podía fiarse de aquel hombre. “Habla.” Una palabra de Daeron fue suficiente.. “Ojalá supiera cómo parar su mal. Para la gran mayoría de los venenos, existen antídotos. Hierbas de las marismas del Cuello, hojas del bosque de los Crakehall, infusiones que impiden el embarazo con plantas que se cultivan en el Valle, y cremas que humedecen la piel e incluso vuelven más vigorizante al que las usa. Sé, mi príncipe, que habéis estudiado todo eso en la Ciudadela, mis compañeros del Cónclave me han informado de tus estudios. Yo también lo estudié en su momento, pero no he encontrado cura para esta enfermedad.” Orwyle se acercó al monarca. “Gusanos para devorar la carne putrefacta, infusiones, sanguijuelas. He intentado todo lo que conozco, y sin embargo, lo único que aleja a nuestro Rey del dolor constante es tenerlo en este estado. No es crueldad, es misericordia, mi príncipe.” Daeron estaba mortalmente quieto, escuchando el testimonio de Orwyle. Se concentró en el hombre que tenía delante, en esa larga cadena de metales, en la que había varios eslabones de plata y de estaño. Sabía de la fama de Orwyle, si lo hubiera querido, podría haberse vuelto un archimaestre de las artes sanadoras o las leyes. El archimaestre Kennet tenía báculo, máscara y anillo de plata para demostrar su absoluto dominio de las artes de la curación, y era miembro del Cónclave que había elegido a Orwyle para la labor de Gran Maestre. Kennet no enviaría a un necio a atender las necesidades del monarca.Su corazón latía con fuerza, y trató de encontrar la paz en aquel mar de emociones. Finalmente, retiró su espada, y la envainó. Daeron necesitaba aire, y tras un largo silencio, suspiró. “Lamento el haberos amenazado, Gran Maestre.” Dijo con arrepentimiento en la voz, dejando escapar un suspiro enorme, como si hubiera terminado de descargar todo lo que sentía en aquella acción. “Pero entended mi furia y dolor. Ver así a mi padre, después de tanto tiempo… es doloroso.” “Y comprendo vuestro dolor, mi príncipe. Lo comprendo, de verdad.” Daeron asintió, y volvió a tomar el vaso de aquel calmante. La leche de la amapola era un líquido blanco, espeso. Un analgésico natural, parecido al opio.  “Olvidad la amenaza, pero escuchadme. Sé muy bien lo que hace la leche de la amapola. Por el honor que tiene el portar esa cadena vuestra, le ruego, que no hagáis que la beba en exceso. Su cuerpo lo rechazaría, y el dolor que vendría después sería devastador.” El maestre quedó en silencio ante la propuesta de Daeron. “Y demasiado está sufriendo ya. Vendré a verlo mañana, por la mañana. Durante el juicio, me encargaré de sus cuidados.” Orwyle asintió ante la orden.

----- CHAPTER BREAK -----

Más tarde aquel día, Fortaleza Roja, Daeron Targaryen.
Ver a Viserys en tan deplorable estado le hizo tener ganas de salir de allí, de aquella habitación maldita. Debía calmarse, demasiadas emociones fuertes habían provocado la necesidad de un ambiente más tranquilo. Cuando pudo pensar en sus actos más fríamente, incluso se avergonzó de haber amenazado al maestre. Pero la sospecha de que el rey estaba siendo drogado estaba ahí mismo, a plena vista, incluso para alguien que no hubiera recibido educación en Antigua. Daemon y Rhaenyra habían entrado antes que él. ¿Acaso habían visto y pensado lo mismo, o solo vieron al rey enfermo? Daeron no podía saberlo, y de poco le serviría intentar ir a conversar con ellos. Después de todo, Daemon nunca le había mostrado ningún tipo de afecto. Y Rhaenyra casi parecía odiarlo, aunque el sentimiento no era recíproco. Daeron ciertamente no tenía buena relación con su hermana mayor, pero sí que tenía afecto por sus sobrinos. Con Jace, había compartido la leche de la nodriza, y en más de una ocasión lo había protegido del abuso de Aegon y Cole. Entrenaron juntos, y luego llegó Lucerys, un año menor que Jacaerys, pero también amistoso y risueño. Joffrey, por desgracia, había pasado poco tiempo con él. Apenas tendría unos tres años cuando sucedió toda la tragedia de Marcaderiva, pero aquel distanciamiento no hacía que los quisiera menos. Eran sus sobrinos. Su familia. Y Daeron no les deseaba mal, todo lo contrario, ojalá los asuntos pudieran resolverse pacíficamente, pero la pérdida del ojo de Aemond había sido el catalizador perfecto para que la rivalidad de los hijos de la princesa y la reina se convirtieran en odio. “¿Quizás me odian también a mí?” Daeron no quería pensar en esa posibilidad. Quería recordar los buenos momentos que pasó con aquellos niños. Deseó para sus adentros que no ocurriera ninguna desgracia.El resto del día, Daeron trató de estar con los dos lados de su familia, pero incluso aquella tarea le fue difícil. Aegon se había ido de la fortaleza, a pasar el día con sus amigos, nobles de la capital dispuestos a compartir con el príncipe noches de borrachera.  Aemond estaba demasiado ocupado en el patio de armas, entrenando contra 3 rivales a la vez. Había crecido para volverse un guerrero formidable, incluso con su ojo tuerto se movía con gracilidad, equilibrio y golpeaba con más fuerza de lo que se podría esperar de su apariencia. Era increíble el amor que le tenía a las armas, o quizás, aquel ejercicio solo se veía alimentado por el odio. La familia de Rhaenyra, por otro lado, se mantuvo ocupada con reuniones con algunos de los nobles de la corte en habitaciones privadas, la mayoría eran nobles de las Tierras de la Corona. Darklyn, Bar Emmon, Sunglass, Hayford, Mooton y Rosby.  Así que, deseoso de pasar tiempo con la familia, fue directo al Torreón de Maegor, subió por las escaleras hasta las habitaciones privadas de Helaena, y fue entonces que se encontró con su hermana, y sus tres sobrinos. Maelor, el más pequeño, no llegaba a los dos años de edad, mientras los gemelos Jaehaerys y Jaehaera tenían 5 años, casi 6.  Ver a su hermana, y a sus sobrinos fue un bálsamo de alegría necesario para él, que le hizo sonreír de inmediato. Los había visitado en los años anteriores, bien por el nacimiento de Maelor o bien por los cumpleaños de los gemelos, y en todas aquellas celebraciones les había otorgado regalos. En el último cumpleaños de los niños, les había regalado un libro de historias, escrito por él mismo con algunas vivencias propias en Narnia y de los cuentos clásicos que recordaba de su infancia, como los clásicos de los hermanos Grimm. “¡Daeron!” Helaena sonrió al verlo, pero los niños se levantaron primero. “¡Tío Daeron!” El doble abrazo de los gemelos atrapó al joven adolescente, que fue incapaz de contener la risa. Aquel tacto, aquel afecto tan genuino que le mostraban los infantes era una buena dosis de alegría familiar.Definitivamente, estaba en casa.“¿Pero quiénes son estas personitas? Lo que habéis crecido, dentro de poco no seré capaz de cargaros.” Daeron descendió, y tomó a cada niño con un brazo, antes de cargarlos a los dos. “¿Qué tal están mis sobrinos? ¿Os habréis portado bien, no es así?”“¡Por supuesto, tío Daeron! ¡Mamá nos contó cuentos hace poco, nos leyó la historia de los hermanos y el león Aslan, y cómo derrotaban a la malvada Jadis!” Jaehaerys habló con mucha impulsividad. Era un niño hiperactivo, al contrario que Jaehaera, que parecía haber heredado la capacidad de su madre de ser una persona distante y callada. Los dos eran buenos niños, Daeron lo sabía, podía verlo en sus ojos inocentes. “Quiero ser un guerrero magnífico, ¡como Peter, como Edmund!” Escuchar aquello de parte de su sobrino lo enterneció. Especialmente, aquello último. Si Jaehaerys supiera que estaba hablando con ese mismo “héroe”... “Seguro que lo serás, cuando crezcas un poco. Serás incluso mejor que Edmund, ya lo verás. ¿Y tú, Jaehaera?” Daeron se dirigió a su sobrina con un tono más pausado. Jaehaera se miró los dedos, con timidez.“La Bruja es mala, y es normal que los chicos quieran derrotarla, pero Susan lleva arco, y Lucy una daga, y también pelean. No es lo correcto… Es algo raro que las niñas buenas lleven armas, ¿no?” Daeron casi tuvo ganas de reír cuando escuchó la pregunta de su sobrina. “La persona más valiente a la que he conocido nunca era una niña. Y tener armas no es algo malo, querida. Un arma es una herramienta, no un juguete.” Daeron casi veía a sus hermanas ahí, frente a él, burlándose de su forma de hablar tan infantil. La educación marcial en Poniente era claramente preferencial hacia los varones, se dejaba a las mujeres las labores más domésticas. Que él supiera de primera mano, solo las mujeres dornienses, las mujeres pirata de las Islas del Hierro, las mujeres de la Isla del Oso o las mujeres de las lanzas más allá del Muro tenían algo de formación en el manejo de armas. Aunque en su visita a Árbol de los Cuervos había conocido a Lady Alysanne Blackwood. Hermana de Lord Samwell Blackwood, tenía poco de la delicadeza que se esperaba en una mujer, pero era una auténtica cazadora, domadora de caballos, y una arquera sin igual que le recordaba de alguna manera a Susan en la adolescencia.  “Susan era la mejor usando el arco porque era paciente y esperaba el mejor momento. Y Lucy llevaba una daga por si había una emergencia, pero eso no quiere decir que le gustara usarla. Prefería hablar con los animales antes que cazarlos.” El rostro de Lucy sonriendo azotó sus recuerdos. Su hermana pequeña había sido su orgullo y alegría. Pero tenía una hermana a la que atender en aquellos momentos, que estaba allí, frente a él.“Helaena.” Daeron dejó a los niños en el suelo, al cuidado de la joven rubia que debía ser unos tres o cuatro años mayor que él. Abrazó a su hermana, apreciando que ella no rehuyó del contacto físico. “Me alegro de verte, hermana. Te ves muy bien. ¿Este es Maelor?” Helaena asintió, y le entregó al niño dormido que acunaba en ese momento, de poco más de un año. “Duerme mucho, pero cuando está despierto, no hay quien lo pare. Edyth me ayuda muchísimo a cuidarlo, se lo agradezco todos los días.” Helaena habló con una voz muy diferente a la que Daeron recordaba. Más madura, con algo más de sentimiento en la voz. Quizás, convertirse en madre la había cambiado para mejor.  “No tiene que agradecer nada, mi princesa.” La joven Edyth estaba de rodillas en el suelo, con una mano para contener a cada gemelo. “Me alegro que os encontréis todos bien. Desde luego, estoy aquí muy poco tiempo, y no venir durante un año... Debería venir más.” “De ser ese el caso, mi séquito no te dejaría en paz, y créeme, las chicas están muy alborotadas. Hablan demasiado.” Helaena habló con franqueza. “La verdad, no me molestaría, podría estar sola, con los niños, y dejar de escuchar cómo hablan de caballeros y torneos. Podrías educarlas un poco con todos esos conocimientos que has aprendido en la Ciudadela, ¿no crees?”“Lo dudo mucho, hermanita. Creo que carezco de paciencia para tratar con ese tipo de mujeres… de personas en general.” Daeron decidió ir directo al grano, después de conversar un poco. “¿Y madre? Pensé que estaría contigo. No salió a recibirme.” Helaena pareció comprender lo que quería decir Daeron. “Niños, portaos bien, debo hablar con vuestro tío. Edyth, quédate un rato con los niños, por favor. No tardaremos mucho.” La voz de Helaena sonó más firme, más decidida. “Por supuesto, mi princesa.” La joven solo asintió. “Príncipes, venid. Os contaré historias.” “¡Quiero escuchar la del príncipe Arturo!” Jaehaerys, como siempre, fue el primero en hablar.  Aquello entretuvo de inmediato a los niños, mientras Daeron y Helaena salieron a pasear un rato a los jardines. Maelor estuvo durmiendo todo el rato, y Daeron lo cargó, permitiendo que Helaena descansara sus brazos. Se sentaron en uno de los bancos de piedra, pulidos, de una piedra grisácea, pero de superficie lisa como el mármol. “De niña, me encantaba venir aquí.”“Si, es cierto. Recuerdo más de una ocasión en la que lograste hacer que varias mariposas estuvieran en tus manos.” Daeron le dedicó una sonrisa. “Y también disfrutabas de montar en Sueñafuego. Volabas durante más tiempo que Aegon.” “Me encantaba montar en mi dragona, y ver el mundo empequeñecer. Desde las alturas, me siento realmente libre.” Helaena suspiró, como si decir la palabra libre fuera algo doloroso. “Observar la vida, observar a los insectos, capturar algunos, y ser jinete de dragón. Madre me dejaba hacer todo eso cuando yo deseaba, hasta que me casé con Aegon. Poco a poco, fui perdiendo mi libertad, Daeron. El único tiempo que tengo disponible para mí es poco antes de dormir, y aprovecho para tocar la flauta que me regalaste, de alguna manera, logra calmarme. Es el mejor regalo que nadie me ha hecho jamás.” Helaena terminó por sonreírle. Aquello era extraño, pero a Daeron le gustaba ver a su hermana feliz. “Me alegra saberlo, hermanita.” Contestó Daeron. Helaena suspiró un poco en respuesta, como si se preparara para decir algo complicado. “Amo a mis hijos, son mi vida, pero me siento prisionera de mi esposo. Hace tres semanas que no visito Pozo Dragón... Y, al contrario que antes, madre ya no está ahí para acompañarme cuando estoy con los niños.” Alicent seguía viva, aunque todavía no la había visto desde que llegó de Antigua. “¿A qué te refieres?”“Madre está realmente ocupada. Preside el consejo privado, junto al abuelo Otto. Desde hace un año, más o menos. Madre ha gobernado el reino, ya que padre no puede… ¿Lo has visto?” Daeron tuvo la necesidad de tomar la mano de Helaena. Respiró profundamente, y asintió. “No sabía de la nueva responsabilidad de madre. Pensaba que el abuelo Otto era el único que gobernaba. Y respecto a padre, si, lo he visto. Está enfermo, Orwyle le da leche de la amapola…” Daeron observó a su hermana. Ya era una mujer de 20 años, seguramente ella ya sabía la verdad. “No sobrevivirá a esta enfermedad.” Dijo la noticia en el tono más amable que pudo, pero no había forma de amortiguar el golpe. Helaena, sin embargo, parecía estar más atenta de la mariquita que se había posado en su mano, una criatura roja con puntos negros. “El dragón viejo morirá. Las llamas de la torre se alzarán verdes, y el dragón verde peleará contra el negro. Una pelea en la que morirán dragones, viejos lobos y leones, y las dos semillas crecerán envenenadas. Tras la pelea, los restos de los dragones quedarán heridos, destrozados, marchitos y malditos. Los lobos aullan en silencio, los leones gruñen, pero todo se perderá en la tormenta, cuando el dragón de un ojo destroce al pequeño dragón marino. En venganza, el dragón indomable matará a un cachorro de dragón. Y la paz no será posible, pues el dragón verde y el negro desearán la muerte el uno del otro, sin ser capaces de coexistir. El dragón roto ascenderá, y con él vendrá el veneno de dragón de las ratas grises.” Daeron escuchó aquellas palabras de su hermana, sin saber muy bien qué decir. Cuando ella se ponía a hablar de aquella manera, era imposible comprenderla, como si hablara con una sabiduría superior a todo lo que Daeron hubiera aprendido. Pero era evidente que quería decirle algo, aunque fuera en forma de profecía. Entendía lo suficiente de lo que había dicho, era evidente que el dragón viejo era Viserys, que su muerte significaba la guerra, y que los dragones verde y negro eran los respectivos postulantes al trono: Rhaenyra, como el dragón negro, y Aegon, como el dragón verde. Y el reino lucharía en una guerra civil, unos apoyando a Rhaenyra y otros a Aegon. “No me importan los dragones, hermana. Me importas tú. Me importan tus hijos, mis sobrinos. No sé qué clase de conflicto sucederá después de la muerte de nuestro padre, pero te prometo que pase lo que pase, os mantendré a salvo. Os defenderé con mi vida si algo malo llega a suceder. Aunque prefiero pensar que no habrá guerra de ningún tipo.” Porque, si la había, Daeron únicamente era un hombre. No tenía poder político, aunque fuera un príncipe y jinete de dragón, no tenía forma de prevenir un conflicto armado de semejante escala únicamente con sus palabras. “¿Y qué puedes hacer, Daeron, ante personas que lo único que buscan es matarse entre sí? ¿Cómo puedes impedirlo? El mundo real no es como tus historias, aunque me gusten mucho.” Helaena habló en un tono bajo y melancólico, como si no quisiera ser escuchada. “Detrás de cada persona hay demasiados intereses, y al final, no se sabe en quién se puede confiar. Escucho los susurros de las damas de mi séquito… La guerra empezó hace mucho tiempo, aunque todavía no se haya derramado una gota de sangre.” Ante aquella objeción, Daeron no tuvo respuesta alguna. Eran demasiadas cosas a la vez, y Helaena tenía toda la razón. Poniente no era Narnia, Aslan ya se lo había dicho varios años antes. El juego de tronos era un juego feroz, en el que solo se podía ganar o morir. Eran personas de la nobleza esclavizadas a su propia ambición. Los Velaryon, los Hightower, los Targaryen. Incluso familias que eran nobles pero no eran de las grandes casas peleaban entre sí, como los Bracken y los Blackwood, que tenían una estúpida rivalidad milenaria. Era como si todos, de alguna u otra manera, quisieran pelear. Y él estaba harto de peleas. Estaba harto de aquellos “defectos” alimentados por la ambición de poder, si es que pudiera llamarlos de alguna manera. ¿Esa era la humanidad de Poniente? ¿Buscar poder y aniquilar al contrario aunque fuera de la misma sangre, sólo porque el poder está por encima de todo? ¿De verdad Rhaenyra y Aegon podían ser tan estúpidos, existiendo una amenaza latente de muertos vivientes en el mundo, de matarse entre sí? ¿Era aquello, de alguna manera, influencia de los Otros, o simple avaricia humana?  No estaba dispuesto a tolerarlo… lo único que podía hacer era intentar defender a su familia. Puede que algunos humanos fueran idiotas, traicioneros, desleales, mentirosos y egoístas, pero no iba a dejar al mundo a la deriva. Un niño no carga con los pecados de su padre, y desde luego, el pueblo llano no tenía la culpa del juego de grandes señores . Condenar al frío eterno a la totalidad de la humanidad, por la ineptitud de unos pocos era, por encima de todas las cosas, injusto. Y aquello era algo que Daeron, que Edmund, no soportaría jamás. “No poder impedirlo, no quiere decir que me quede quieto, sin hacer nada. Quizás no lo parezca, pero tengo fe en que la mayoría del reino verá lo que ha crecido el nivel de vida y la economía de prácticamente todo el mundo durante el tiempo que han durado los pacíficos gobiernos de Jaehaerys I y de Viserys I. La gente prospera en la paz, no en la guerra. No creo que haya ningún hombre tan estúpido para desear guerra y no la paz. Espero que los grandes señores no estén tan cegados de poder como para no ver eso... Creo, hermana, que el mundo va mucho más allá de quién se sienta en ese maldito trono.”  Helaena miró por unos momentos a Daeron, y el joven príncipe se sintió momentáneamente observado, más allá del plano físico. Helaena siempre había sido algo extraña, bien fuera por sus sueños, por su forma de hablar o por su actitud distante, pero en aquellos momentos era como si estuviera escudriñando su alma. “Aquel que no quiere sentarse en el trono de hierro, es quien realmente lo merece.” Fue la respuesta de Helaena. Como una especie de lenguaje en clave, que Daeron seguía sin entender. Maelor se despertó poco después, y Daeron observó el cielo, se estaba nublando bastante. “Volvamos adentro. Parece que va a llover.” Noche, Fortaleza Roja, aposentos personales del rey, Rhaenyra Targaryen. El peso de la corona era demasiado. La carga era excesiva, agotadora hasta el hartazgo, pero era su carga. De nadie más, no de Aegon, ni de Daemon. Tampoco de Alicent. Era la carga, no de ser simplemente la reina de todo Poniente, sino de ser la heredera del Conquistador y de su sueño, del secreto familiar, grabada en la daga de acero valyrio. La Canción de Hielo y Fuego. Tantos años atrás, su padre se lo contó, el día antes de convocarla a la corte y nombrarla su heredera, provocando que todos los nobles del reino le jurasen lealtad. Recordaba aquello de manera tan nítida que, si cerraba los ojos, todavía podía ver y escuchar aquella charla. Frente al cráneo de Balerion, rodeados por centenares de velas aromáticas, Viserys le habló de una manera que Rhaenyra desconocía hasta entonces. No le habló como padre, sino como monarca. El olor a incienso y al humo blanquecino ocupaban el lugar, y en conjunto a la luz anaranjada de las velas, le otorgaban al cráneo negro de Balerion una especie de aura mística.  “¿Qué es lo que ves en el momento en que ves a los dragones?” Viserys habló con una voz directa y férrea. Rhaenyra protestó por su actitud, pero Viserys, por primera vez en su vida, resultó impasible. “Contéstame a lo que te pregunto, Rhaenyra… Es importante.”  Rhaenyra tragó saliva, e intentó hablar, pero sentía los labios secos, y la garganta incapaz de emitir sonido por unos momentos. “Nos veo a nosotros mismos. La … La gente dice que nosotros, los Targaryen, estamos más cerca de los dioses que del resto de mortales, pero eso lo… lo dicen porque nosotros montamos dragones.” “La idea de que nosotros controlamos a los dragones es… es una ilusión, Rhaenyra. Es un poder mayor con el que ningún hombre debería de haber jugado nunca. Valyria fue destruida por el orgullo de los jinetes de dragón. Ten esto claro, Rhaenyra, nunca hemos controlado a los dragones, aunque tengamos un vínculo con ellos.” Viserys habló en el tono más serio que Rhaenyra jamás hubiera escuchado. El rey, su padre, acarició la mandíbula baja del dragón del Conquistador.  “Hay algo más que debes de saber. Quizás sea difícil de entender, pero debes escucharlo. Nuestras historias nos dicen que Aegon cruzó la Bahía del Aguasnegras desde Rocadragón para poder conquistar la enorme riqueza que Poniente poseía, y que posee. El oro del Oeste, las ricas cosechas del Dominio o las Tierras de los Ríos, el esplendor del Valle, la vasta extensión del Norte, o a los aguerridos hombres de las Tierras de la Tormenta. Muchos lo llaman ambición.”  Viserys se tomó un momento para respirar, mientras Rhaenyra luchaba por comprenderlo. Seguir el ritmo de su padre era, como poco, difícil. “Pero la ambición no fue lo que trajo a Aegon a Poniente. Fueron los sueños, como los de Daenys, quien vio la caída de Valyria 12 años antes de que ocurriera. Los sueños son la razón por la que nuestro linaje pervivió. Daenys pudo ver en el futuro la perdición de Valyria, pero Aegon vio el fin de la humanidad. Todo comenzará con un invierno terrible, que vendrá del lejano Norte. Aegon vio la oscuridad total, la destrucción del reino de los vivos.” 
Su padre la tomó de los hombros. Rhaenyra no entendía nada, estaba asustada. Ese hombre era su padre, pero… sentía sobre sus hombros la carga de toda su dinastía.
 “Cuando llegue ese Gran Invierno, Rhaenyra, todo Poniente debe estar unido. Y para que el reino de los hombres sobreviva, un Targaryen debe sentarse en el Trono de Hierro. Un rey o una reina, fuerte, que mantenga unidos a los reinos ante la amenaza de la oscuridad y la muerte. Esta profecía es la más importante de nuestra dinastía, y fue por ello que Aegon la llamó la Canción de Hielo y Fuego. Es un secreto que se pasa, de rey a heredero, desde los tiempos de Aegon y sus hermanas. Ahora, también es tu secreto.. promételo, Rhaenyra.”  
Rhaenyra estuvo en silencio unos segundos, que fueron más largos en perspectiva para ella que su vida entera hasta entonces. Su corazón latía con una fuerza que desconocía, y miró las vacías cuencas oculares de Balerion.
 “Lo… lo juro, padre.” Fueron aquellas palabras las que decidieron su destino. Al día siguiente, Viserys la nombró su heredera.  Ahora, no era el olor a incienso, sino la leche de amapola y la lluvia lo que bañaba el ambiente, aunque la oscuridad era la misma. Su padre estaba enfermo, terriblemente enfermo. “A…Alicent.” “No, padre… Soy yo, Rhaenyra.” La mujer habló con la garganta rota. Ver a su padre así, a su amado padre, era tan difícil. Tenía lágrimas en la garganta que era incapaz de llorar, una angustia acumulada que no podía liberar sin romperse del todo. El embarazo, la corona, los derechos de Lucerys. Eran tantas cosas, y tan difíciles. Y a pesar de todo, sentía que no tenía a nadie de su lado, más allá de su familia. “Rhaenyra.. el.. el reino…” Viserys parecía balbucear. Rhaenyra le dejó respirar, antes de volver a hablar.“La Canción de Hielo y Fuego… ¿Crees que sea cierta?” “El… el sueño de… de Aegon.” “Me dijiste que era mi deber, mantener los Siete Reinos unidos, contra una amenaza común, un peligro del norte. Pero, me nombraste heredera y el reino se ha dividido. Pensé que… pensé que quería el trono.” Su padre solo respiraba, cansado de la vida, del dolor. La tristeza del momento fue suficiente para quebrarla, y las lágrimas empezaron a salir. “La… La carga es… muy pesada. Es inmensa.” “Mi… mi heredera.. eres tú.” Las palabras de Viserys en tono bajo lograron alcanzarla, pasando la barrera del sonido ambiental que era la lluvia y los truenos. Un relámpago iluminó momentáneamente el rostro del rey con una luz azul, de manera más intensa que cualquier vela. “Si quieres que la soporte, padre… Defiéndeme, por favor. Te lo ruego, defiéndeme a mí, y a mis hijos… por favor.” Fue entonces que Rhaenyra comprendió siquiera lo que estaba pidiendo. Su padre ni siquiera podía levantarse de la cama. Se odiaba a sí misma por ello, por haber sido tan egoísta de pedirle semejante esfuerzo. “Lo… lo haré.” Aunque su padre habló, Rhaenyra no pudo escucharlo siquiera. Se marchó poco después. Antes, aquel mismo día, había hablado con Rhaenys de un matrimonio doble de sus nietas Baela y Rhaena, con Jacaerys y Lucerys. Esperaba, de corazón, que ella aceptara los términos a cambio de apoyar a Luke como el heredero de Corlys, pero sabía que el juicio a la mañana siguiente tendría todo en su contra. Apenas pudo dormir durante la noche que siguió. El salón del trono había cambiado demasiado en el tiempo que llevaba ausente de la corte, y Rhaenyra se enderezó ante la situación. Su familia estaba en el lado oeste, junto a Baela, Rhaena y Rhaenys, mientras los Hightower y Sir Vaemond Velaryon se colocaron al este, al otro lado del pasillo central que llevaba directamente al trono de hierro, el trono de su padre.    “A pesar de que los buenos deseos de esta corte es que Lord Corlys se recupere de sus heridas y sobreviva, nos reunimos aquí con la amarga y severa tarea de discutir la sucesión de Marcaderiva.” Lord Otto hablaba con una seguridad impecable. “Como Lord Mano, hablo con la voz del rey en esta situación, y en el resto de juicios del día de hoy. Ahora, la corona escuchará los reclamos de cada uno.” Rhaenyra miró por un momento a sus medio hermanos. Aemond destacaba sobre los demás, por el parche negro que ocultaba su ojo tuerto, su aspecto más marcial, y su pelo largo y liso. Aegon y Helaena estaban juntos, los niños de aquella pareja se habían quedado en el Torreón de Maegor, junto a los propios hijos menores de Rhaenyra. Daeron no estaba allí, pero no le importaba demasiado a comparación de aquella mujer.  Alicent estaba allí liderando a sus hijos, con un detalle dorado de la estrella de la Fe en su vestido verde, como si fuera una mujer totalmente virtuosa. No soportaba aquella mirada ladina y taciturna. La razón de que, el día que llegaron, nadie salió a recibirlos fue por orden de ella. Y además, estaba conversando con Vaemond en aquel momento. Todo era un plan, una conspiración en contra de ella. Primero, fue el turno de Vaemond Velaryon, en el que argumentó que en sus 55 años de vida, había pasado más de 40 luchando por defender los intereses de su hermano y su familia.  “Soy el pariente más cercano a Lord Corlys, su propia sangre. La verdadera e intachable sangre de los Velaryon corre por mis venas.” Vaemond casi sonreía cuando indicaba aquel detalle. Aquello fue demasiado para Rhaenyra. “Al igual que lo hace en mi hijo, el hijo de Sir Laenor Velaryon. Si tanto te preocupa tu casa, Sir Vaemond, no te atreverías a suplantar…”  “Tendrás tu oportunidad de hacer tu propio reclamo, princesa Rhaenyra.” La voz de Alicent la interrumpió, lo que hizo entender a Rhaenyra que no tenía aliados en aquel lugar. “Dale a Sir Vaemond la cortesía de permitir que su reclamo sea oído por todos.” Luego de aquello, Vaemond se burló de ella. De que no conocía la sangre Velaryon… no podía decir nada. Por fuera, parecía impasible, pero por dentro, se sentía angustiada. Su cabeza estaba en una tormenta de emociones, y estaba luchando porque el miedo no ganara aquella batalla. “Es cuestión de mi sangre, de mi linaje, de mi casa… no es ambición. Solo quiero asegurar la supervivencia de mi casa, y de todo aquello que mi hermano ha construido. Por ello, humildemente me postulo como heredero de mi hermano y de sus títulos, Señor de las Mareas y Amo de Marcaderiva.” Justo después del final del reclamo de Vaemond, Rhaenyra avanzó cuando Lord Otto lo ordenó. “Debido a la edad del chico, es menester que sea su madre, la princesa Rhaenyra, quien hable en nombre de su hijo Lucerys Velaryon.” Rhaenyra se preparó para hablar, se colocó en el centro de la enorme sala, y antes siquiera de decir una palabra, ya sucedía la interrupción. “Hace 20 años, en esta misma corte, los nobles del reino…” Las puertas de la enorme sala se abrieron, y Rhaenyra, junto a toda la corte, se giró. Y una voz profunda, pero que no era de adulto, fue la única que podía escucharse. Dos guardias reales entraron a la sala, y siguiéndolos de cerca estaban Viserys y Daeron. “Rey Viserys de la casa Targaryen, el primero de su nombre, Rey de los Ándalos, los Rhoynar, y los Primeros Hombres. Señor de los Siete Reinos, Protector del Reino, Rey de Poniente y Escudo de su Pueblo.” La voz de Daeron llegó a los oídos de todos los presentes en la corte. Había actuado como heraldo, anunciando la llegada del rey, y después de eso, se quedó callado, acompañando solemnemente al monarca, quien portaba una máscara de oro para la mitad derecha de su rostro. La visión de su padre caminando desató una mezcla de sentimientos en Rhaenyra. Nunca había visto a su padre tan débil, y sin embargo, tan fuerte al mismo tiempo. El monarca caminaba encorvado, apoyándose en un bastón que era el causante del único ruido presente en la sala. Cada paso era un movimiento del bastón, Viserys caminaba totalmente agotado, pero aún así, había venido, seguido de cerca de Daeron y de los dos guardias. Aún en su deplorable estado, aún era su padre… aún la defendería. Rhaenyra tuvo que contener sus lágrimas de alivio.

----- CHAPTER BREAK -----

Daeron Targaryen.
 “Daeron… Debo ir.” “Padre, en tu estado no deberías hacer esfuerzos.” “Rhaenyra me necesita. Ella me necesita… Lucerys me necesita.” Viserys intentó incorporarse, pero el dolor se manifestó. Aún así, el monarca no gritó, aguantó con estoicismo aquel daño. Daeron fue a ayudarlo de inmediato, una parte de él quería que Viserys se quedara tumbado, pero había otro lado que, por alguna razón que él mismo desconocía, quería cumplirle aquel capricho.  “Mi madre y mi abuelo no hablarán en favor de Rhaenyra y Luke.” Daeron pensaba en absoluto silencio. Realmente, el juicio no sería justo, existía la posibilidad de que todo aquello fuera una trampa orquestada por su propia madre y por su abuelo. Rhaenyra se había metido en la boca del lobo. Y si Viserys no iba en su ayuda, sería devorada irremediablemente.  
El propio Daeron tenía dudas de lo que debía hacer. ¿Apoyar a su padre en aquella locura, u obligarlo a quedarse tumbado en la cama sin hacer nada?
 “Padre, por favor…” “No me lo pidas por favor. No ahora… Debo hacerlo. Iré a la corte, Daeron. Se lo prometí a…. Aemma.” La mirada de Viserys conectó con la de Daeron, y no hubo necesidad de más palabras. ¿Se lo prometió a Aemma? ¿Aemma Arryn, su madrastra, la madre de Rhaenyra?  
¿Era aquello la lucidez previa a la muerte, o eran desvaríos de parte de Viserys? Daeron no pudo sostener más la mirada vieja y agotada de su padre. Unos momentos de claridad mental ante los que Daeron no tuvo más remedio que rendirse y obedecer. Viserys parecía dispuesto a defender a Rhaenyra, aunque aquello supondría también que no tomaría su dosis matutina de calmante. 
 “Está bien, entonces iremos a la corte, padre. Seré tu heraldo, y anunciaré tu llegada. Si necesitas alzar la voz para ser escuchado, hablaré para que no lastimes tu garganta, y si tu deseo es defender a Rhaenyra, así será.” La intención de Daeron era obvia. Reclamar ser el heraldo implicaría que su voz sería escuchada por todos los presentes en la corte. Conocía a su abuelo Otto, y también conocía lo suficiente a su tío Daemon como para saber que aquello podría ser problemático. Quizás necesitaría ayuda...  “Está bien, muchacho. Gracias.” Por una vez en la vida, Viserys le sonrió a Daeron. Una sonrisa que no era hueca, a pesar de que la mitad de los dientes de Viserys se habían caído mucho tiempo atrás.   
Había entrado a la sala todavía con dudas de lo que estaba haciendo, pero la petición de Viserys había sido clara, y había visto el brillo de sus ojos. En su cinto, llevaba su espada, y también estaba atado el cuerno de Susan, de tal manera que su aspecto era más marcial de lo que podría esperarse inicialmente de un príncipe de 14 años, más curtido, más adulto. Si hubiera peligro, no dudaría en soplar el cuerno.
 “Lord Otto…Hoy, yo me sentaré en el trono.” Viserys habló tras llegar a la base del trono de hierro, había tardado minutos en llegar desde la puerta de la sala. “Su Gracia.” Otto asintió, y se marchó a un lado, quedándose de pie cerca de Alicent. Daeron era el único que siguió a Viserys, dispuesto a subir las escaleras, con bordes de espadas a los lados. “Puedes irte, muchacho. Es mi trono, debo subir solo a partir de aquí.” “Padre…” Daeron dudó por un instante. Había infinidad de espadas y bordes cortantes. Aquello podía hacer que un tropiezo terminara en una tragedia. Sin embargo, por una vez en su vida, Viserys se había ganado su respeto. Ya no era cuestión de respeto familiar entre padre e hijo, sino de respetar la dignidad de Viserys como hombre, como rey… al menos, por una última vez. Si se negaba, nadie más en aquella corte lo verían como el monarca de Poniente. “Ya lo hemos hablado, muchacho. Estaré bien… de verdad. Confía en mí.” Momentos después, era Daemon quien ayudaba a Viserys a subir al trono. Viserys I Targaryen parecía pequeño a comparación del trono, de aquella inmensa cantidad de espadas fundidas y calcinadas, pero nadie tuvo la osadía de hablar o comentar sobre aquella imagen. La corte había empezado a murmurar. “A todos los presentes, pido silencio. El rey va a hablar.” Dijo Daeron, en un tono de voz solemne, antes de arrodillarse ante Viserys. El monarca le hizo una señal, así que Daeron se levantó, quedando cerca de la base del trono, al lado de su familia. “Debo… admitir mi… confusión.” Sentado en el trono de hierro, Viserys habló a la corte, haciendo pausas cada pocas palabras. Había sido un esfuerzo el levantarse de la cama en su estado y andar hasta allí, y aquel trono no era un asiento en el que sentarse plácidamente.

“No entiendo la necesidad de escuchar reclamos sobre una sucesión… una herencia que ya quedó establecida…. La única persona que puede hablar de los deseos de Lord Corlys es… Su esposa. La princesa Rhaenys.” Todo el mundo miró entonces a la esposa de Lord Corlys, pero Daeron miró a su sobrino. Lucerys se mostraba nervioso, en más de un sentido. Como si toda su vida dependiera de este momento, porque de hecho, así era. Daeron alzó la voz. “Princesa Rhaenys de la casa Targaryen, esposa de Lord Corlys, por favor pase a dar testimonio.” “Por supuesto. Su Gracia.” Rhaenys saludó a Viserys y se colocó en el centro de la sala, ahí donde habían estado Vaemond y Rhaenyra previamente. Aunque ahora estaba presente el rey, no tenía idea de cómo podría Viserys apoyar la sucesión de Lucerys de una forma pacífica e imparcial. Todo dependía del testimonio de Rhaenys. Decidió quedarse quieto, y darle una oportunidad a su padre. “Siempre ha sido la voluntad de Corlys que Marcaderiva, sus títulos, todas sus propiedades y rentas pasaran directamente a su hijo Laenor, y luego, a su legítimo nieto, Lucerys Velaryon. Y dicha voluntad nunca ha cambiado, así como no lo ha hecho mi apoyo a su decisión.” Rhaenys se tomó un momento para mirar a Rhaenyra, y Daeron suspiró. Si todo terminaba ahí, rápidamente, Viserys podría volver a la cama, y dejar de arriesgarse a hacer sobreesfuerzos. Poco sabía de que aquello estaba lejos de terminar. “De hecho, la princesa Rhaenyra me informó de su deseo de comprometer a sus hijos, Jacaerys y Lucerys a Baela y Rhaena, las hijas de Lady Laena Velaryon, las nietas de Corlys. Una propuesta de matrimonio que apruebo y apoyo de corazón.” Rhaenys continuó con su testimonio.  Viserys acordó que la sucesión de Marcaderiva quedó nuevamente establecida, con los nuevos términos del matrimonio futuro entre Rhaena y Lucerys. En la cabeza de Daeron, aquello era, a grandes rasgos, una solución perfecta. Lucerys no era el hijo de Laenor, aquello era obvio, pero Rhaena sí era la nieta de la sangre de Lord Corlys. Los futuros hijos de aquel matrimonio serían verdaderos descendientes de los Velaryon, aunque el propio Luke no lo fuera. De Luke heredarían el apellido, y de Rhaena, la sangre y el verdadero aspecto de los Velaryon. Además, eso dejaba bien lejos los problemas del incesto, pues aunque eran parientes, no eran tan cercanos.

Daeron sonrió, contento con el desenlace de aquella disputa. No había necesidad de llegar a las armas o de alargar el suplicio de Viserys. Se preparó para ir al trono y ayudar a su padre a incorporarse, a sabiendas de que el juicio había terminado. Sin embargo, justo cuando el rey iba a levantarse, Vaemond habló. “Rompiste la ley, y siglos de tradición para instaurar a tu hija como heredera del trono. Pero no me dirás quién merece llevar el apellido Velaryon.” Vaemond parecía enfadado, más allá del fallo de la sentencia de Viserys a favor de Luke. Daeron notaba la tensión del cuerpo de Vaemond, y la malicia en su mirada le hizo saber de antemano que aquello no terminaría bien. Por puro instinto, se llevó la mano a la espada, sin llegar a desenvainar el acero. Vaemond no atacaría al Rey… ¿Verdad? “No lo permitiré.” “¿Permitir el qué? No olvides quien eres, Vaemond.” Viserys habló, y la corte permaneció en silencio sepulcral. “¡ESE NO ES UN AUTÉNTICO VELARYON!... Y no es ningún sobrino mío.” Vaemond gritó al principio, y luego hablaba con lengua afilada; aquello que había dicho era cierto. Nada que Daeron pudiera recriminar. Se mantuvo callado, atento a lo que pudiera pasar. Estaba lo suficientemente cerca como para detener a Vaemond en caso de que la cosa se pusiera violenta. Su cuerpo tensado, preparado para saltar a la acción, como un depredador al acecho de su presa. Si ocurría cualquier cosa, debía ser rápido. “Lucerys Velaryon es mi nieto legítimo, y tú no eres más que el hermano menor de Corlys.” Viserys hablaba sin respiraciones profundas. Como si el agotamiento se hubiera ido, sustituido por una furia silenciosa. “Puedes arruinar a tu casa como te venga en gana, pero NO decidirás el futuro de la mía. Mi casa sobrevivió a la Perdición de Valyria, y a otros mil problemas. Y los dioses me maldigan si permito que… este…” Vaemond encaró a Lucerys. Daeron intentó acercarse, pero su madre lo tomó de la mano. 
Daemon Targaryen.

La sala del trono estaba en un silencio sepulcral, cuando Vaemond dejó de mirar a Lucerys e hizo frente a Rhaenyra. “Adelante… dilo.” Daemon susurró, de tal forma que nadie pudo escucharlo. Sin embargo, su provocación silenciosa fue atendida por Vaemond de inmediato. “Sus hijos… ¡son BASTARDOS! ” Vaemond gritó, con todas sus fuerzas, y aquellas últimas sílabas resonaron en toda la sala, provocando que el resto de la corte empezase a murmurar.

Daemon no se lo pensó dos veces, y a pesar de que ya tenía 47 años, se movió con una ligereza y sigilo asombrosos, alrededor de su familia. Pasó de largo a Rhaenyra, a Rhaenys, a sus hijas Baela y Rhaena, y se desplazó hacia detrás de Sir Vaemond a la par que desenvainaba su espada de acero valyrio, Hermana Oscura.

El mal estaba hecho, Vaemond había gritado a viva voz sobre la bastardía de Luke, Jace y Joff. El castigo que su hermano impondría sería el de quitarle la lengua. Su hermano nunca dio castigos ejemplares, Vaemond era un traidor a la corona, y debía morir por ello. “Y ella es una zorra.” Vaemond continuó hablando. Solo le daba más motivos a Daemon de hacer un único movimiento con su espada, mientras Viserys dictaminó la sentencia de Vaemond.

“Os cortaré la lengua por eso.” El monarca habló levantándose del trono, empuñando la daga de acero valyrio sin nombre. Daemon, por su parte, dio el último paso necesario, ya tenía a Vaemond a su alcance. El corte sería horizontal, paralelo al suelo, un golpe con dos manos, a la altura de las orejas. No debería encontrar resistencia alguna.

Realizó el movimiento de tajo con su espada. “¡TÍO DAEMON, QUIETO!” Una sombra saltó desde la izquierda, y los instintos de Daemon le hicieron cambiar la trayectoria del corte.

Se había movido con sigilo y ninguno de los guardias había detectado su presencia, ni siquiera los guardias reales. Aún así, el acero forjado en castillo chocó contra el acero valyrio. Daemon era fuerte, muy fuerte, pero Daeron se había acercado lo suficiente como para rechazar su golpe, estando Daemon fuera de balance. La sorpresa se dibujó en el rostro de Daemon, ¿en qué momento su sobrino se había acercado tanto a él? Daeron rechazó el ataque con un empuje que requirió de todo su vigor, y entonces Daemon cayó sobre su trasero, a la par que varios guardias de cada lado empezaban a pelear entre sí. Algunos, para proteger a Daeron. Otros, para protegerlo a él. Y el gran salón estalló entonces en una combinación de gritos de confusión y órdenes. “¡Traición!” Por culpa de su sobrino, Vaemond Velaryon seguía vivo. “¡Han intentado matarme!” “¡Inmovilizadlos!” El odioso de Otto gritó, sacando una mueca a Daemon “¡Traidor a la corona!” “¡Intento de asesinato, proteged al rey!” Aquella voz era la de Cole. Se escuchaban a los caballeros sacando las espadas de sus vainas, tanto aliados como enemigos, pero ciertamente, incluso en esos temas tenían una clara inferioridad numérica. Había muchos nobles que apoyaban a los Verdes en aquel lugar. Demasiados. A comparación, sólo había una veintena de caballeros y hombres de armas fieles a los Negros en la sala. 
Daeron Targaryen.
 El golpe de Daemon habría sido letal, aquello era evidente. “¡QUIETO TODO EL MUNDO!” Un grito se elevó por encima de las órdenes de los señores y los caballeros. “¡PARAD ESTA LOCURA, EN EL NOMBRE DE VUESTRO REY!” Antes de que el caos se desatase aún más, Daeron gritó, más fuerte que ninguna queja, a similitud de lo ocurrido años antes en Marcaderiva. En aquel entonces, solo había sido un niño al que nadie hacía caso. Ahora, era casi un adulto, y había demostrado su valía en aquella vida, en varias ocasiones. El dragón, el jabalí, los estudios, ser un escudero fiel y cumplir con aquellos deberes que le fueron encomendados. Nada de eso serviría si en el mismo salón del trono se producía una masacre. Fue entonces que lo sintió de nuevo, dentro de él. Exactamente igual que cuando enfrentó al jabalí, queriendo proteger a su primo Lyonel. El calor le nacía desde el corazón y las entrañas, y un único pensamiento sucedió en su mente. “Él siempre está conmigo.” Se dijo en su mente, más seguro de sí mismo. En su interior, el fuego se había desatado. Era aquella sensación otra vez, el valor que Aslan le había infundido se desató en todo su ser, manifestándose en un aliento de poder y esperanza. Sin pensarlo un momento, se había llevado el cuerno de Susan a los labios. Sus pulmones se llenaron y se llevó la boquilla del cuerno a los labios. “BRRROOOOOOOOOMMMMMM” Fue un sonido muy potente que silenció a todos los demás presentes en la sala. Fuerte como un trueno, pero más duradero, como la combinación de rugidos de un león y un dragón. Era como si aquellas bestias, magníficas y salvajes, estuvieran en aquella misma sala. Helaena se había tapado los oídos, mirando hacia abajo, y Alicent también hizo lo mismo. Un sonido que emanaba una autoridad irrevocable a la que todos obedecieron por un instante. Un silencio sepulcral inundó la corte, a pesar de que había más de medio millar de personas en la sala, y Daeron miró a su alrededor. Incluso su tío Daemon estaba callado y con un rostro que expresaba sorpresa, sustituyendo a la furia silenciosa con la que había desenvainado su arma de acero valyrio.  Y desde luego, no era el único, sus sobrinos Jace y Luke, su hermana Rhaenyra, Aegon, Aemond y Alicent. Todos habían visto lo que había hecho, y todos se habían quedado callados. La ayuda no llegó en forma de humano, sino en el rugido de un dragón que provenía del exterior del castillo. El aleteo se escuchó cercano a la sala del trono, y el rostro de Tessarion asomó por una de las ventanas del lado oeste, como una especie de amenaza fantasma y silenciosa para todo aquel que intentase hacerle daño. Muchos de los invitados se asustaron al ver a la bestia azul tan cerca. “Tessarion, likirry… likirry.” El alto valyrio hablado en voz alta sonaba más áspera que la lengua común de Poniente. Daeron alzó nuevamente la voz, tener a Tessarion cerca le hizo querer usarla para imponer su autoridad y devolver un poco de sentido común, aunque fuera a través de la intimidación. “¿Qué ha ocurrido aquí, para que seamos tan incivilizados como los señores de los caballos Dothraki? Se supone que Poniente es uno de los lugares más civilizados del mundo conocido, mis señores. Serlo no es suficiente, hay que parecer que realmente somos civilizados.” Se tomó un momento para poder respirar. “Viendo que la situación ha escalado hasta este tipo de comportamientos, como heraldo de Su Majestad, Viserys I, tengo la obligación moral de recordaros que el salón del trono y la Fortaleza Roja son lugares en los que cualquier acto de violencia será castigado. ¡La Paz del Rey NO SE ROMPERÁ en su propia casa!” Sus ojos brillaban con un fulgor azul durante su discurso, imponiéndose sobre las voluntades de los hombres que lo rodeaban. Solo necesitaba un empujón más, y todo el salón quedaría bajo su control. “Todos habéis tomado el pan y la sal del Rey, malditos sean quienes osen incumplir el derecho de invitado.  Si alguien aquí todavía desea pelear y mostrarse como Dothraki, Tessarion estará encantada de demostrar que ningún hombre puede contra su aliento.”  Las leyes de la hospitalidad, también llamadas derechos de invitados, eran una de las tradiciones más antiguas de los Primeros Hombres, si no es que fue la primera tradición. Romper aquella ley quizás no supondría un castigo divino, pero sería perder toda la reputación de una casa, de una familia. Además, Tessarion estaba presente, su enorme cuerpo alargado estaba a una pared de distancia. Si era necesario, Daeron ordenaría que su dragona entrase a la sala. Visenya había demostrado que la presencia de un dragón en el Nido de Águilas era suficiente para que un reino entero se rindiera. Tessarion había crecido los últimos años en libertad, y su tamaño ya superaba los 30 metros desde la cabeza hasta la punta de la cola, y su fuego carbonizaba venados y jabalíes. Como una orden silenciosa, Tessarion exhaló una llamarada hacia el cielo, lo suficientemente potente para que nadie más en la sala tuviera el valor de oponerse a sus deseos. “Guardad las armas, ahora mismo, todos vosotros. Y soltad a mi tío Daemon, se supone que un miembro de la guardia real no hace daño a ningún miembro de la familia real. Estáis atacando al hermano del rey, incumpliendo vuestro juramento.” Nuevamente, habló hacia aquellos que habían desenvainado las espadas o los cuchillos en su defecto. Incluso dirigió una mirada a la Guardia Real, Willis Fell, Cargyll y Cole estaban sujetando a Daemon. Terminaron liberando al príncipe.  Realmente, estudiar las leyes en Antigua había merecido la pena, por su mente pasaron un montón de leyes y precedentes históricos que había estudiado en la mismísima Ciudadela. Pero el murmullo de la corte volvió a molestarlo. Y no solo los comentarios en voz baja de gente a la que no conocía, sino también el tacto de su madre. Notaba cómo lo tomaba de la mano, preocupada, nerviosa. Quizás era por haber chocado espadas con Daemon, era natural que Alicent estuviera preocupada.  Daeron, en lugar de amedrentarse, continuó hablando, sosteniendo con firmeza la mano de su madre, transmitiendo seguridad a Alicent. “No te preocupes, madre. Estoy bien, de verdad. Soy el heraldo del Rey, déjame cumplir con mi deber.” Alicent lo miraba con dudas, como si fuera un auténtico extraño, y no al hijo que ella parió. Daeron, sin embargo, habló con fuerza. “Muchas gracias a todos por obedecer. Ahora, para evitar el desorden y el caos, dada la seriedad del asunto, exijo silencio por parte de la corte. Hablarán solo los demandantes, sus familias, y la familia real para actuar como testigos, así como Lord Jasper Wylde, consejero de los edictos, y las autoridades máximas, el Rey y la Mano del Rey. Si no sois capaces de quedaros callados, solo traéis vergüenza a esta sala. Si queréis hablar, esperad a salir. Y ahora, me gustaría hablar y testificar en este juicio, siempre que mi señor padre, el Rey Viserys I, y mi Lord Mano, Lord Otto Hightower, así lo permitan.” Daeron se quedó callado por un momento, mirando a ambos hombres, en dirección al trono. Viserys asintió, pero su rostro había pasado de la furia al cansancio. Debía terminar rápido con todo aquello, por el bien de su padre. Otto, sin embargo, se quejó, acercándose a él. Lo tomó del hombro, en una mezcla de enfado y de sorpresa. Y lo regañó por haber actuado así. “Esto es una locura, Daeron. Traer a Tessarion… ¿quieres que todos te vean como Maegor?” Otto se quejó en voz baja de lo que estaba haciendo su nieto, aunque también se mostraba distante. Por suerte, la corte obedecía a su petición, nadie se atrevió a interrumpirle. “Mi Lord Mano…. no, abuelo Otto, confía en mí, y en Tessarion. A no ser que yo lo ordene, no hará daño a nadie.” Daeron habló con tono informal, calmado. Se acercó más a él, para discutir el asunto en privado. “Si no me dejas hablar ahora, iré al Norte con Tessarion y tomaré los votos de la Guardia de la Noche mañana mismo, y no podrás desposarme con mujer alguna.” Otto rechinó los dientes, renuente a aceptar el chantaje emocional. Su agarre sobre el hombro del muchacho se apretó. Daeron se quedó quieto, impasible, mientras que su abuelo se quejaba en susurros. “Tienes el turno de palabra.” “Gracias, abuelo.” Daeron se apartó de él y de su familia, se arrodilló frente al trono de hierro, y luego dedicó una reverencia simple para la Mano del Rey. Se levantó y se dirigió a la corte, sin dudarlo, en voz alta, sin llegar a gritar. “Mis señores, la decisión de la herencia ha quedado establecida, por decreto del rey tras escuchar el testimonio de la princesa Rhaenys. Jasper Wylde, ¿existe precedente en las leyes de Poniente de alguna queja realizada tras una sentencia real sobre una herencia?”

El hombre al que muchos habían apodado “Vara de Hierro” negó con la cabeza.

“No, mi príncipe. Existen evidencias escritas de quejas dadas a sentencias de muerte o de mutilación de miembros, aunque la gran mayoría son del periodo de Maegor.” Vara de Hierro miró a su alrededor, dubitativo. “No existen escritos de algo así desde el código de leyes de Jaehaerys I.”

“Entonces tome nota, mi buen señor. Porque hoy puede ser que haya precedente de lo que ocurre si alguien no está de acuerdo con la autoridad real.” Daeron se dirigió directamente al hombre que era el rival de Lucerys. “Sir Vaemond Velaryon. Un paso al frente.”  El hombre parecía haberse calmado un poco, recuperando una falsa serenidad.

“Mi príncipe.” “¿Está en desacuerdo con la sentencia?” “Por supuesto, mi príncipe.” El hombre sonreía con sorna, mientras a Daeron le hervía la sangre. ¿Acaso Vaemond era tan tonto como para pensar que hablaría en favor de él, en favor del hombre que llamó bastardo a su sobrino? “Puede estar en desacuerdo, es normal. La sentencia no le beneficia, eso es cierto. Usted puede decir lo que quiera, pero el rey ha fallado en favor de Lucerys Velaryon. Lady Rhaena y Lucerys Velaryon serán los próximos en heredar Marcaderiva, como matrimonio conjunto.” Daeron suspiró por un momento, tomando algo de aire necesario, calmando así su temple. Casi se sentía como si estuviera conversando otra vez con Miraz, en el bosque cerca del Altozano de Aslan. “Podríamos haber terminado el juicio, pero en vez de aceptar los términos pacíficos del monarca y de su cuñada, la princesa Rhaenys, que a su vez es quien tiene actualmente la potestad de Marcaderiva, usted ha elegido insultar a MI casa y a MI familia. No defenderé ni justificaré la actitud de mi tío Daemon ni su intento de asesinato, aunque pueda entender que en momentos de ira se cometan actos carentes de raciocinio. Es responsabilidad del rey si se juzga a Daemon o no por intento de asesinato.” Daeron se tomó el tiempo de mirar a Daemon, levantado, pero aún rodeado de varios guardias, en un silencio amenazante.

La impulsividad de su tío había sido un problema en los últimos 30 años. Y menuda fuerza mostraba a pesar de su edad, la hoja de su espada se había mellado al contacto con el acero valyrio. Lo que muchos decían de que Daemon era el guerrero más curtido de su época no era broma. “Pero no confundas mis acciones con simpatía hacia tu persona o hacia tu causa. Has llamado bastardo a mi sobrino Lucerys Velaryon, por lo tanto, queda acusado ante toda la corte de alta traición a la corona… ¿Hay algo que objetar antes de escuchar tu sentencia, mi señor?” Vaemond Velaryon había pasado de mirarle agradecido por salvar su vida, a tener una mirada que parecía desearle la muerte. Notaba como en sus ojos ardía una ira que todavía se frenaba por poco. Daeron tuvo ganas de burlarse, pero mantuvo la decencia. Se sentía extraño, ¿por qué hablaría en favor de Vaemond? Fue entonces que recordó que Alicent y Otto habían hablado con él, en privado.

¿Vaemond de verdad contaba con el apoyo Hightower para su reclamo sobre Marcaderiva, habiendo sido durante toda su vida rivales, las casas Velaryon y Hightower? ¿Hasta dónde quería llegar el abuelo Otto con aquella alianza? “No encuentro justicia en este tribunal o en este juicio. Se me acusa de traidor, por decir la verdad. YO SOY EL HEREDERO DE MI HERMANO, y no esa niña, hija del hombre que me ha intentado matar… y mucho menos ese niñato de pelo castaño.” Vaemond dio un paso hacia la corte, tras insultar a Rhaena y Lucerys.

“Todos lo sabéis, pero no sois capaces de alzar la voz y señalar la mentira. El viejo, el verdadero, el valiente. Es el lema de mi casa, y orgulloso estoy de cumplirlo. El trono de Deriva me pertenece en estos momentos, con mi hermano en la cama, y no a Rhaenys.” Aquello fue demasiado lejos. Vaemond estaba mostrando su verdadero ser. Daeron se llevó la mano a los labios, tratando de contener la risa. Aquello era una excusa demasiado pobre. Lucerys tenía garantizada la sucesión si jugaba bien sus cartas. Daeron no tendría la autoridad de un monarca, pero había pasado por innumerables pruebas a lo largo de sus experiencias en Narnia. Incluso el príncipe Rabadash de Calormen, orgulloso y cruel, sería mejor diplomático que Vaemond Velaryon en aquella situación. Un segundo hijo criado para la guerra, sin paciencia en el tribunal en el momento que las cosas se habían puesto en su contra. El hombre estaba cavando su propia tumba. “¿Orgulloso de cumplirlo? Por favor, Sir Vaemond. No sois el primer noble al que veo tratando de socavar la legítima herencia de un familiar. Me temo que los norteños te llevan años de ventaja, ¿queréis escribir una carta a la Guardia de la Noche, concretamente a Bennard Stark o a sus hijos? Él también intentó conservar para sí mismo el poder de la casa Stark, y ya sabemos lo que hizo Lord Cregan, actual señor de Invernalia, con él, y con sus hijos. Este caso es el mismo, podría entender la solicitud de una regencia de vuestra parte, hasta que Rhaena y Lucerys alcancen la mayoría de edad, pero esa no parece ser tu opinión. Deseas con avaricia las posesiones de tu hermano. Quieres Marcaderiva para ti, ansías que tu hermano muera para quedarte con la fortuna Velaryon. Es lo que has dicho al negar la voluntad de la princesa Rhaenys.” La corte miró hacia Vaemond. Algunos de ellos, con simpatía por el hombre, pero otros con desprecio. Vaemond tartamudeó por un momento. “Yo… YO… Yo nunca haría eso, ¡serviré a Corlys hasta el final de sus… de mis días!” “Y sin embargo aquí estás, tratando de obtener un título que no te pertenece. Dices que defiendes el lema de tu casa, pero no eres una persona honesta ni valiente. Solo eres una serpiente, te retuerces aquí y allá, pero tus colmillos están llenos de veneno. Honorable, no me hagas reír. ¿Podrías decirme qué es el honor? ¿Quitarle a un niño su herencia le parece honorable? Mira a Lucerys Velaryon, ¡MÍRALO!” Daeron señaló al rostro de su sobrino con el dedo. Lucerys se mostraba más vulnerable que nunca, y Rhaenyra se colocó frente a él, dispuesta a hablar por su hijo. “Lo puedes ver en sus ojos, no desea que haya ningún conflicto, porque no quiere que Corlys muera, su mayor deseo es que el viejo Velaryon continúe con vida largos años y retrasar su herencia. Es su abuelo, es lo normal. Pero tú, estás diciendo todo lo que de verdad hay dentro de ti. Envidia, avaricia, rencor… todo lo que ha logrado la Serpiente Marina a lo largo de una vida de esfuerzos, quieres obtenerlo y poseerlo. Tú mismo lo has dicho, ¿no? Marcaderiva me pertenece si mi hermano está en cama, ¿o me equivoco?” Algunos murmullos se desataron en la corte, pero tuvieron la decencia de mantener un volumen bajo. Era un cuchicheo constante que Daeron podía tolerar.

“Los hijos suceden a los padres, y MI sobrino es un adolescente que se preocupa por las heridas de su abuelo Corlys, mientras tú, hermano menor de Lord Corlys, deseas que muera para tener sus riquezas a tu disposición. No hay honor en esa voluntad, Sir Vaemond. No mereces el título de caballero que tienes, pero por suerte para ti, hay reclutadores de la Guardia de la Noche hospedados en la Fortaleza Roja. Le recomendaría ir con ellos y terminar tus días sirviendo honorablemente en el Muro. Así, al menos, podrás hacer que me retracte de mis palabras.” “A la mierda tus palabras. No eres más que un niñato que ha estudiado en la Ciudadela.” “¿Un niñato, en serio es tu mejor insulto? Me decepcionas, Sir Vaemond. Basta ya de juegos, serás juzgado por alta traición.” Daeron presionó un poco más, esperando que Vaemond explotase de ira. Había una carta que podía jugar todavía, algo que provenía de las leyes de los ándalos. “¡No seré juzgado!” Una sonrisa ladina se dibujó en el rostro de Sir Vaemond. Como una última luz a la que aferrarse. “No encontraré justicia en este tribunal, así que dejaré que lo hagan los dioses. Soy un caballero, conozco otro tipo de juicios. Demando un juicio por combate, ¡que los dioses decidan quién es el heredero de Marcaderiva!” Justo donde lo quería. “Acepto. ¿Quieres que algún campeón luche por ti, o pelearás tú? Yo seré el campeón de Lucerys; defenderé los derechos de mi sobrino.” Cuando Daeron habló, la corte no pudo permanecer en aquel falso silencio más tiempo, y quejas de todos los presentes se sucedieron uno tras otro. El escándalo era evidente, Otto intentó llamar a la calma, mientras Viserys se mostraba mortalmente cansado sobre el trono, como si su resistencia se hubiera agotado. Las protestas por parte de Alicent y la Guardia Real no tardaron en llegar. Pero Daeron solo tenía ojos en ese momento para Vaemond y Lucerys. Al primero, a semejanza de la corte, le había tomado por sorpresa. El segundo, sin embargo, lo miraba con preocupación genuina. Daeron solo le asintió. "Protegeré a mi familia." Se dijo a sí mismo.

----- CHAPTER BREAK -----

Alicent Hightower.

El caos reinó durante minutos, y Alicent se sentía totalmente impotente. El movimiento de las personas en la corte, el estado de salud de Viserys, el intento de asesinato de Vaemond, la alianza con Vaemond Velaryon para debilitar la posición de Rhaenyra, o la presencia de Tessarion a pocos metros de ellos, con tan solo las paredes de piedra como única defensa ante un posible descontrol de la bestia… todo eso ya no importaba. Su hijo más pequeño se había vuelto loco.
 
Sentía que todos sus esfuerzos como madre estaban cayendo en saco roto. Ninguno de sus hijos se salvaba de aquella locura. Los amaba, pero desearía con todas sus fuerzas que fueran más normales, más Hightower… menos Targaryen.

Helaena era una dama única, a la que había intentado inculcar los valores de la Fe de los Siete, y sus propias ideas, pero no había logrado mucho con su distante y única hija, que a pesar de haber madurado, seguía teniendo aquellos gustos extraños, impropios de una dama. 
 
Pero sus hermanos habían demostrado ser peores, Aemond era pendenciero e incontrolable, de temperamento ardiente y violento más allá de lo tolerable. Aegon no era mucho mejor, había despedido a más de una docena de criadas en los últimos años debido a comportamientos indebidos por parte de su hijo mayor, que ahora disfrutaba de irse a ciertos lugares… lugares que, de solo pensarlo, provocaban que Alicent torciera el rostro en una mueca de asco. En tantos sentidos, Daeron había sido tan diferente a sus hermanos, más pacífico, más educado, más inteligente.
 
No era el amor de madre hacia el hijo más pequeño, no era algo tan simple o primitivo como el favoritismo. Era algo más, algo había en aquel muchacho que lo hacía diferente. Más maduro, más risueño, y también más valiente.
 
Las cartas de Gwayne desde Antigua lo único que hacía era hablar bien de él de maneras que a Alicent le costaba creer. Más que nada, porque había algunas anécdotas que eran complicadas de creer. Recordó que cuando le llegó la noticia del jabalí, discutió con su padre para poder enviarlo de regreso a la capital. ¡Su precioso niño herido por un jabalí! Tuvieron que convencerla de que lo mejor era que el muchacho siguiera en Antigua.

“Es leal, listo… tan hábil con el arpa como con la espada, un amante de los libros, dedicado a su trabajo como escudero y erudito, y realmente no demuestra otra cosa que valentía y honor. Me acompaña en las patrullas alrededor de Antigua, ha sido capaz de enfrentar a delincuentes por su propia cuenta. Si no fuera por su edad, ya lo habría nombrado caballero. Cuando crezca, estoy seguro que será el sueño de toda doncella. Pero ante todo, es un feroz protector de la familia.”

Protector de su familia, Alicent debía saberlo. De todos sus hijos, Daeron también era el único que se relacionaba de buena manera con los hijos de Rhaenyra, no sabía si podía llamar a aquella relación amistad. Pero lo que importaba era lo que había dicho.
 
“Daeron, por el amor que me tienes, no lo hagas.”
 
Las cosas habían tardado en calmarse lo suficiente, y antes de cualquier queja, Daeron llamó a los maestres para que atendieran al rey, pues Viserys estaba agotado. La corte abandonó la sala del trono después, y se anularon el resto de juicios pendientes para aquel día debido al estado del rey. Tessarion alzó el vuelo ante una orden de Daeron, y después de eso, no volvió a ver a su hijo hasta una hora después.
 
Tuvo que cumplir primero con sus deberes como esposa y reina, vigilando que los maestres cuidaran del monarca, designando además a dos Guardias Reales en la habitación privada del rey. Tras ello, fue de inmediato a los aposentos de Daeron, para tratar de hacer entrar en razón a su hijo. Le desagradó ver al joven Lucerys saliendo de la habitación de su hijo.
 
“Lucerys también ha venido a hablar conmigo, y he logrado convencerlo de que respete mi decisión de ser su campeón, debido a que yo he dictado sentencia."
 
“No me importa lo que haya dicho o no Lucerys Velaryon. Daeron, no vas a salir a combatir.”
 
“Las leyes ándalas lo dictan así, madre. El juicio por combate es una antigua tradición de los ándalos que…”
 
“¡No me importan las tradiciones ándalas!” Alicent elevó su voz más de lo esperado. Agradeció haber venido sola a los aposentos de su hijo, únicamente Cole estaba en la puerta, su fiel Guardia Real siempre vigilante. “Me importas tú, ¡que eres MI hijo!”
 
“Es normal que así sea, y agradezco tu preocupación, madre.” El tono de voz de Daeron, calmado y sosegado, otorgó a Alicent la esperanza vacía de haberlo convencido. “Pero eso no hará que no pelee. Ya lo he proclamado ante la corte, soy el campeón de Lucerys Velaryon para defender su derecho a la herencia de Marcaderiva. Y mi sobrino, aunque de forma forzosa, está de acuerdo en que así sea. Lo he proclamado en la sala del trono, y tengo su confianza. No voy a dejar a mi sobrino de lado.”
 
“Daeron por favor… Te lo ruego, no lo hagas. Entra en razón, no es una batalla que te concierna de modo alguno.”
 
“¿No hacerlo, madre? Si fuera Aemond el que estuviera en esa situación, también lo haría sin dudarlo, aunque creo que él pediría defenderse él mismo. No hay nada que Aemond quiera más que una buena batalla." Alicent miró a Daeron con decepción, con esa mirada que solo las madres conocen. "No es cuestión de hacerlo o no. Es cuestión de honor, de lealtad, y de orgullo por quiénes somos. Somos los Targaryen, cabalgamos dragones, hemos traído la paz a Poniente, ¿o acaso recuerdas una gran guerra en los últimos 80 años? Porque yo no. Desde que hay un Rey de los Siete Reinos y un código unificado de leyes, no ha habido ningún tipo de guerra. Pero esa figura ha sido insultada, el honor familiar está en juego.” Daeron se levantó del asiento, y se acercó a Alicent. Su hijo menor ya alcanzaba 5 pies y medio de estatura, en Antigua había crecido sano y fuerte. Ya la había superado en altura. 
 
 “No lo hago por Lucerys, o al menos no sólo por Lucerys. Lo hago porque Vaemond se ha atrevido a cuestionar la autoridad de padre, y porque he visto la malicia en su mirada. Cuando presionas a alguien hasta el límite, es cuando muestra su verdadero ser. Y has escuchado tan bien como yo lo que dijo Sir Vaemond. ¡Ha negado la autoridad de Rhaenys, de su propia cuñada, la única que podía hablar con total sinceridad de los deseos de Lord Corlys! Quizás Vaemond sea un hombre hábil en el mar, pero la avaricia, la envidia lo consumen. Y ese tipo de hombres son peligrosos, aún más si tienen de su lado la riqueza Velaryon. ¿Quién nos dice que no querrá más en un futuro?”
 
“Y si no defiendo la autoridad de padre ahora, todos pensarán que la casa Targaryen es débil. Que Viserys es débil. Y que la paz por la que tanto trabajó Jaehaerys I, mi bisabuelo, se puede destruir tan fácilmente. Porque si se oponen a la voluntad del rey, ¿qué impediría que muchos señores rompieran directamente la paz del Rey, si el monarca no impone autoridad y respeto? ¿Has visto alguna vez a los Bracken y a los Blackwood, madre, discutiendo todo el rato sobre respetar fronteras que llevan establecidas años? Son peores que la pólvora al lado de una antorcha encendida. Y ese odio se transmite de generación en generación, esperando que haya un líder débil para poder explotar.”
 
Alicent miraba a su hijo hablando sin parar, de cosas que ella misma trataba de entender, pero no podía. ¿Qué era la pólvora? ¿Una especie de polvo, por qué razón aquello sería peligroso?

“Esto va más allá de una disputa por una herencia. Vaemond ha insultado al rey, ha insultado a mi padre, y ha insultado a mi sobrino.”
 
Las cartas de Gwayne no mentían, su hijo era atractivo, una belleza distinta a la belleza de los valyrios, y a la vez, tan parecida. Bien afeitado, el cabello platino casi le llegaba a los hombros, de aspecto atlético, y con aquellos ojos azules llenos de convicción. Daeron era la imagen de un rey, pero no razonaba como uno. Alicent apretó sus labios por un momento de furia, porque su hijo no estaba siendo alguien razonable con ella misma, aunque podía entender algunos de sus argumentos. ¡Aquello no era excusa para jugarse la vida en un juicio por combate! Casi quiso gritar, pero se contuvo. Había aprendido demasiado de Otto. En el momento que una persona grita, ha perdido la discusión consigo misma, porque ha dejado que las emociones tomen el control.
 
Suspiró, hizo acopio de toda su paciencia, de su capacidad para manipular sin hacerlo realmente.
 
“Lucerys no es un Velaryon, Daeron. Vaemond tiene razón, el niño es un bastardo, tienes que ver eso. No eres ciego, y tampoco eres idiota. Si juntas a un semental blanco y a una yegua blanca, es imposible que el resultado de su progenie sean potros marrones. Aunque te duela admitirlo, Vaemond tiene razón. Lucerys no tiene derecho a que lo defiendas.”
 
“Madre, es que el caso es que no me importa que Vaemond tenga razón. Lo que me importa es que ese hombre es capaz de cualquier cosa, lo he visto en sus ojos. Ese potro marrón es hijo de Rhaenyra. Es nieto de Viserys, y es MI sobrino, madre. No me importa quien fuera el padre de Lucerys, si un hombre del Norte, de los Ríos o de las marcas dornienses. Ese niño no llevará mi apellido, ni tendrá mi apariencia, pero es mi sangre, y voy a protegerlo con mi vida, como si fuera Jaehaerys, Jaehaera o Maelor. Sigue siendo mi familia, es todo lo que me importa. Si gano, esta estupidez terminará de una buena vez. Los hijos de Lucerys y Rhaena tendrán Marcaderiva, y luego sus descendientes.”
 
La razón había abandonado a Daeron. Alicent realmente no era capaz de entenderlo, ¿por qué lo hacía? ¿De verdad era tan simple la mente de Daeron? ¿Porque Lucerys era su sobrino, por el honor familiar, esa era realmente toda la razón?
Si así era, debía tratar de convencer al muchacho de otras formas.
 
“Rhaenyra tiene a otras personas para que peleen las batallas de sus hijos. Darklyn, Marbrand, Cargyll. La Guardia Real puede servir a la realeza como sus paladines en caso de un juicio.”
 
“No los tiene a disposición de ese tipo de deberes. La Guardia Real protege a los miembros de la familia real como campeones en caso de que un miembro de la realeza sea acusado de delito, o bien porque un miembro de la familia real acusara a una persona de cometer un delito. Dime, madre, ¿se cumple alguno de esos casos en esta situación? Porque yo diría que no. Vaemond ha acusado de bastardía a Lucerys, pero no lo ha acusado de delito, porque nacer bastardo no es un delito. Y Rhaenyra no ha tenido tiempo de acusarlo, porque yo lo he acusado primero de alta traición. Por lo tanto, es mi derecho la elección del campeón de Lucerys, siempre que Lucerys estuviera de acuerdo… y me he escogido a mí mismo, ante toda la corte.”
 
“Vaemond ha llamado bastardos a los hijos de Rhaenyra, porque es lo que ellos son, Daeron. No puedes cambiar las cosas.”
 
“Y tú también lo has hecho, hace menos de un minuto. Madre, ¿podrías simplemente dejar que yo haga lo que quiero hacer?” Daeron parecía totalmente inflexible. La voluntad del muchacho era inamovible. ¿Qué clase de comportamiento adolescente y rebelde era aquel, dónde estaba aquel hijo suyo, tan calmado y tan obediente? ¿Cómo había cambiado tanto su hijo en Antigua?
 
“¡Es que lo que quieres hacer es salir a matarte con un hombre que no te ha hecho nada!”
 
“Madre, ¿acaso tengo que repetirlo? Esto va más allá de nuestras vidas, ¡hablo de la estabilidad del reino!” Su hijo le había elevado la voz, y de alguna manera, le hizo sentirse pequeña. Indefensa, sin respuesta. Como el día en que Viserys dijo en la reunión del Consejo Privado que había sido elegida como su nueva esposa.
 
¿Por qué había alejado a su hijo los últimos 6 años? Alicent ni siquiera recordaba por qué lo hizo. El día que Daeron marchó a Antigua lo había cambiado todo. ¿Dónde quedaba aquel niño risueño, que le gustaba la flauta y el arpa?. Si ella hubiera criado a Daeron todo el tiempo, aquella discusión no podría ocurrir, jamás. Los defectos de su hijo eran muestra de sus errores como madre. Tendría que haberlo educado mejor, estando más presente en su vida.
 
Quizás, debía haber sido mejor madre en general. Aemond y Aegon también se habían desbocado, estando los dos más allá de su control, incluso podría haber convertido a Helaena en una mejor dama. Empezó a sentirse sola, desechada… inútil.
 
Su mente buscó la solución más rápida posible, y en el interior de su cabeza se dibujó la figura de Daemon. Aunque aquel hombre fuera odioso, incontrolable, y de temperamento ardiente, era mejor que peleara él que su hijo. Además, en su cabeza tenía más sentido que fuera Daemon quien defendiera los derechos  de Lucerys. Y eso le llevó a pensar con decepción de Vaemond. Aquel hombre habría sido un gran aliado en contra de Rhaenyra, pero todo aquello se había acabado con el duelo dialéctico en la corte. Su hijo era más importante que las alianzas.
 
“Daeron, por favor, hazme caso… ¡Daemon! Daemon es el esposo de Rhaenyra, ¡Daemon puede pelear por Lucerys si así lo desea!” Alicent apenas pensaba en lo que estaba diciendo. Así como su padre Otto, ella había desarrollado un odio hacia Daemon Targaryen. Pero no iba a negar que era de los mejores guerreros de Poniente. “Daemon peleará contra Vaemond, y entonces…”
 
“Madre, Daemon ha sido detenido por intento de asesinato. El abuelo Otto lo ha encarcelado, aunque ha costado bastante. Los príncipes no pueden escapar a las leyes del rey, eso sería tiranía. Si no hubiera detenido a mi tío Daemon, Sir Vaemond ahora mismo no tendría cabeza. Daemon está ahora mismo en las celdas, hasta que haya algún juicio o sea el deseo del rey que Daemon sea liberado. En unas pocas horas va a suceder el juicio por combate. Madre, deja de intentar hacer que cambie de parecer. Agradezco tu preocupación, pero lo he dicho frente a toda la corte que sería el campeón de Lucerys, y así será. Mírame por un momento.”
 
 Daeron le sostuvo las manos, con una firmeza que ella desconocía. Alicent miró a su hijo a los ojos, y una extraña confianza, ajena a cualquier otro sentimiento propio, le llegó al alma. Era como si Daeron tuviera una especie de aura que llamaba a la calma, muy distinta a aquella presencia llameante que había sentido en la corte, segundos antes de que Tessarion apareciera. Cuando sonó el cuerno de guerra de su hijo, seguramente fue un regalo de Gwayne.
 
“Te lo he dicho antes. No hago esto solo por Lucerys. Lo hago por todos. Estoy harto de esta estúpida rivalidad que hace que nuestra familia esté hecha añicos. Quiero que cuando el combate termine, organices una cena, invites a la familia de Rhaenyra, y todas las diferencias queden resueltas en la mesa, hablando como personas civilizadas en una conversación pacífica. Sin armas, sin insultos… sin odio.” 
 
Alicent sentía que Daeron le pedía demasiado, pero le dejó acabar. Daeron se estaba desahogando, estaba siendo sincero, algo que, como madre, había aprendido a notar. Era como ver su alma al descubierto. “Si me prometes eso, si me dejas combatir y que esta noche tengamos una cena todos los miembros de la casa Targaryen, a cambio, yo no perderé el combate ni la vida.” 
 
En lugar de alejarse, Daeron se acercó más a Alicent, hasta que los dos terminaron abrazados. Madre e hijo. No supo en qué momento el rostro de su hijo se había ocultado en el hombro de la reina. Ni en qué momento sintió la humedad de las lágrimas. Por primera vez en mucho tiempo, su corazón se ablandó ante el llanto silencioso de su hijo.
 
“¿Por qué tengo que llegar a estos extremos para que hagas siquiera el intento de escucharme? ¿Por qué tengo que jugarme la vida para que puedas siquiera pensar en la posibilidad de hablar con Rhaenyra? Lo único que quiero desde que tengo uso de razón es que mi familia, que TODA mi familia, esté a salvo, y que nadie nos haga daño. Me he esforzado en mi educación en intentar ser una buena persona, pero siento que todo eso no sirve para nada. Siento que nuestra propia casa quiere destruirse, unos a otros. Llevo años con este sentimiento de angustia, de impotencia que me devora el estómago. Además, padre está enfermo, y lo único que hace mi familia cuando vuelvo a casa es pelear contra ellos mismos. No sé qué pasará cuando padre muera, pero tengo miedo de todo.” Algo, dentro de su corazón, le hizo comprender que Daeron tenía miedo de verdad. 
 
“Solo tiene 14 años.” Los pensamientos de Alicent sobre Daeron seguían siendo los mismos, pero algo en ese abrazo le hizo cambiar. Fue en ese momento en que Alicent no pudo actuar más, su faceta de reina se derrumbó.
 
Había algo más importante para Alicent que obedecer los consejos de su padre, que seguir una vida de apariencia virtuosa, o que hacer lo que se esperaba de ella como reina. Y eran sus hijos. Aquellos chicos que habían crecido más rápido de lo esperado, pero seguían siendo sus hijos, sus pequeños muchachos. Eran su punto débil.
 
“Necesito valor, madre. Necesito que estés de mi lado, que me apoyes. Que no me dejes solo.” Alicent abrazó con mayor fuerza a Daeron, sin estar dispuesta a soltarlo. Recordó la figura del niño que disfrutaba de las lecturas. Los recuerdos del niño al que muchas veces pudo leerle algún cuento al abrigo de la noche, en el dormitorio. Ese niño gentil, cuya sonrisa y actitud iluminaba sus días. Como la cabeza de su hijo descansaba en sus piernas en los jardines, casi durmiendo, y ella lo peinaba, en aquellos tiempos de paz que llenaban su alma con una sensación de plenitud.
 
Ese niño se había convertido en hombre, pero seguía siendo su hijo. Y el amor de madre se impuso sobre los demás instintos que ella tenía. ¿Era todo aquello tan importante para él?
 
“Rezaré.. para que el Guerrero te de fuerzas. Y a la Madre, para que esta noche, sigas a mi lado, y comas en nuestra mesa. Haz lo que debas, confiaré en ti, no te detendré. Yo… hablaré con Rhaenyra. Toda esta locura acabará, Daeron… Lo prometo, hijo mío.” A Alicent no le gustaba su hijastra, su antigua amiga, ni los hijos que había tenido en los últimos años. Los tres primeros eran bastardos, pero los dos más pequeños eran hijos de Daemon. Si salían con un temperamento parecido al de su padre, podrían ser incluso peores que los bastardos.
 
Pactar la paz con la madre de aquellos niños sería complicado, muy complicado. Aún más con la presencia de Daemon. Especialmente difícil, por el odio y el resentimiento que había crecido entre Rhaenyra y ella. Ya no eran las adolescentes que disfrutaban de los jardines o de intentos de cortejo de caballeros, totalmente infructuosos. La paz se sentía como un sueño inalcanzable, como diría su padre Otto, había intereses más grandes detrás de Aegon como monarca.
 
 Pero era su hijo quien se lo pedía, algo tan positivo del ser humano como puede ser el puro deseo de paz. Su mano ascendió, acariciando la nuca de Daeron. Con ninguno de sus otros hijos, ni siquiera con Helaena, sentía aquel vínculo tan genuino, tan natural. A pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo su niño.
 
Ese niño que se enfrentó a un dragón por ayudar a su hermana, a un jabalí rabioso por salvar a su primo. Ese niño que con 4 años necesitó de un único movimiento para desarmar a Aegon por proteger a Jacaerys. Su hijo, de noble corazón, su pequeño príncipe valiente, también podía llorar.
 
Pasaron minutos en aquella posición, con Daeron descargando lágrimas mientras abrazaba a Alicent, hasta que logró calmarlo, sin necesidad de palabras. ¿Era ese sentimiento lo mismo que sentía Allerie Florent, su madre, cuando era ella o Gwayne quienes lloraban?
 
“¿Estás mejor, Daeron?” Alicent acarició la mejilla de su hijo, levemente enrojecida, limpiando con el pulgar el rastro de lágrimas. Su rostro era un semblante triste, melancólico, pero todavía con esperanzas.
 
“Si, madre, muchas gracias de verdad.”
 
“¿Entonces… no puedo detenerte?” Ante la pregunta de Alicent, Daeron solamente negó con tristeza.
 
“No. No puedes.”
 
“Aunque no pueda detenerte, Daeron, estaré apoyándote. Soy tu madre, te he querido desde el mismo momento en que abriste los ojos, incluso antes, cuando estabas en mi vientre, ya te amaba… Daeron, tu brazo.”
 
La reina terminó por atar un pañuelo verde alrededor de la muñeca de su hijo, ajustando la prenda lo suficiente para que no cayera, pero sin que provocase molestias a su hijo.
 
“Los caballeros llevan el favor de sus damas como símbolo de buena fortuna. No estás comprometido todavía, aunque algún día lo estarás, no lo dudo. Pero pase lo que pase, soy tu madre, mi favor siempre lo tendrás contigo.”
 
El muchacho se quedó mudo de la impresión, mirando aquel pañuelo sencillo, una pieza de seda de Volantis, atado a su muñeca. Quizás no había sido lo correcto, pero Daeron terminó por sonreírle. 
 
“Si la reina, mi madre, me ofrece su favor, no puedo dejarla en mal lugar. Gracias, madre.” Un abrazo sucedió de nuevo, más corto que el anterior. “Ganaré, y seré mejor hijo a partir de ahora, de verdad. Déjame hacer esto y no te pediré nada más. Obedeceré tus órdenes, y no me negaré a nada que me pidas, incluso buscaré a una mujer noble y adecuada, con tu aprobación, a la que tomaré por esposa.”
 
Alicent, finalmente, cedió.
 
Vaemond Velaryon.
 
El solar privado de la Mano del Rey tenía varias alfombras y tapices myrienses, así como una ventana con marco de oro y detalles de plata. Era la segunda vez aquella semana que Vaemond se reunía con Lord Otto en aquella habitación, la sala de audiencias privadas del segundo hombre más poderoso del reino.
 
Un hombre con el que había construido una alianza que podría haber llegado lejos, pero las fichas no se estaban moviendo en el tablero como se pensaba en un principio. Como el resto del reino, creía que la familia real estaba fragmentada, los Verdes contra los Negros, Aegon contra Rhaenyra. Sin embargo, una pieza se había movido sin permiso de uno o de otro bando.
 
“¡Tu nieto me ha retado, me ha llamado traidor a la Corona! ¡Y ha puesto en duda mi honor, llamándome avaricioso!”
 
“Esto no estaba en los planes, Vaemond.” Otto trataba de hablar en un tono más conciliador, pero Vaemond se mostraba iracundo. “Mi nieto Daeron siempre ha mostrado gran inteligencia. Lo de hoy… honestamente, no sé qué cosas tiene en la cabeza. Podemos encontrar otra solución, pero no puedes estar así. Tienes que calmarte. Recuerda que mi nieto ha salvado tu vida.”
 
“¿Qué me calme cuando me están quitando lo que por derecho pertenece a mi casa, a mi familia? No puedes entenderme, Lord Otto, ese nieto del que estás tan orgulloso ha escupido sobre mi reputación, ¡sobre mi linaje! Esto va mucho más allá de mi propia vida, va sobre MI LEGADO. Pero claro, no puedes entenderlo, ¿verdad? No es como si un bastardo fuera a quedarse con el trono de hierro.” Claramente, Vaemond se refería a Jacaerys Velaryon, el hijo mayor de Rhaenyra y heredero al trono de hierro. El rostro de Otto se tornó en una mueca desagradable.
 
“No puedo ayudarte aquí.”

“Entonces nuestros caminos se separan aquí, Otto. Es una pena, si tan solo su nieto fuera una persona razonable como tú, y se hubiera quedado callado, Rhaenyra caería con facilidad. Ningún hombre de los Velaryon, bajo mi mando, apoyaría su pretensión al trono, pero tuviste que dejar que tu maldito nieto hablase. Trata de convencerlo, que retire su acusación, y que se disculpe por su comportamiento y llame bastardos a los hijos de Rhaenyra frente a toda la corte. O nuestro acuerdo quedará anulado, mi señor Mano del Rey.”

“Entiende que no puedo hacerlo, Sir Vaemond. No puedo obligar a Daeron a decir cosas sin llegar al chantaje. Además, la tradición del juicio por combate es antigua, pero tiene reglas bien establecidas que nunca han tenido algún precedente de cambios. Él ha solicitado ser el campeón de Lucerys, y el niño, en lugar de dudar, ha aceptado. Esto va mucho más allá de tu pequeña isla.”
 
“¿Pequeña isla?” Vaemond frunció el ceño. “Marcaderiva tiene tierras fértiles, el control de la mitad de la Flota Real, y riquezas suficientes para igualar a los Lannister o a los Hightower. No subestimes mi patrimonio, es mucho mejor que esta pocilga de ciudad.”
 
“No me importa tu patrimonio, Sir Vaemond. Y creo que ni siquiera es tuyo... Rhaenys nos la ha jugado.”

Otto apretó sus manos en un puño, en el solar privado de la torre de la mano. Por culpa de Daeron, la alianza Velaryon-Hightower se había hecho añicos. Días antes, habían discutido ahí mismo y habían llegado a un acuerdo que les beneficiaba a ambos. Él se quedaría con Marcaderiva, y Otto recibiría el apoyo de los Velaryon para proclamar a Aegon como nuevo rey. "Márchate, debo pensar."

“Me marcharé, y no volveré. Esta ciudad huele a mierda, pero antes, tengo que ganar mi juicio por combate. Rézale a tus dioses, Otto, porque la Vieja otorgue sabiduría a tu necio nieto.”
 
La discusión con Otto, después de comer, había sido intensa. Todo había ido de mal en peor desde que Viserys había entrado a la sala del trono, acompañado de ese adolescente prepotente. 
 
Le daba igual que fuera un príncipe, y le daba igual la opinión del rey, o que Otto lo hubiera dejado solo en esto. ¡Lo que era justo de verdad es que él, la auténtica e intachable sangre Velaryon, fuera el heredero de Corlys! ¿Qué sabía aquel niñato engreído? Daeron era el tercer hijo de un rey pusilánime. No era ninguna persona con autoridad para hablar, por mucho que fuera el heraldo del rey.
 
Un rey que escogía a una hija en lugar de a un hijo para heredar… Viserys nunca estuvo bien de la cabeza.
 
Lo que había ocurrido a ojos de la corte solo había sido una burla. ¡Un chiste de titiriteros! Pero un chiste en el que él reiría el último. La justicia de Poniente no le había otorgado Marcaderiva, pero la justicia de los caballeros le permitiría proteger el nombre y la sangre Velaryon.
 
Pensó en sus dos hijos, Daemion y Daeron Velaryon. Pensó en su nieta, la pequeña Daenera Velaryon. Y también pensó en su hermano Corlys, era evidente que sus verdaderos deseos consistían en que la familia Velaryon gobernase sus dominios desde el Trono de Deriva, como había sido siempre. ¡No dejaría que un bastardo de Harwin Strong o una hija de Daemon Targaryen usurpara el trono que les había otorgado el Rey Tritón! ¡Era suyo por derecho! 
 
No permitiría jamás ese tipo de acciones contra su familia. Corlys no tenía herederos varones además de él. Las propiedades y las riquezas de los Velaryon debían pasar a él en caso de que Corlys muriera, a nadie más. Le daba igual que los Hightower le ayudaran o no. La puta de Rocadragón no tendría su tierra.
 
Salió al patio de armas ya equipado con su armadura, su escudero había tardado tiempo en ajustar las correas y hebillas. El pesado peto y las placas de hierro que cubrían sus piernas eran de acero pulido, así como la armadura para los brazos, representando la riqueza de los Velaryon. Con un broche de plata en forma de caballito de mar tenía ajustado un pequeño adorno de tela de color azul aguamarina. Y debajo de todo aquello, estaba el jubón de armas, la cota de mallas y el gambesón.
 
Mirándolo desde las almenas y los palcos había más de cuatrocientas personas, a los que pudo reconocer a la mayoría como personas de la corte. Incluso los miembros del Consejo Privado del Rey, además de gran parte de la familia real. Rhaenyra se encontraba allí con un semblante oscuro, sus ojos púrpuras brillaban en odio, a lo que Vaemond terminó sonriendo de forma burlesca, lleno de soberbia. Jace y Luke también estaban allí, casi tuvo ganas de realizar una falsa reverencia. No sentía ningún respeto por la familia real. Ladrones, traidores… bastardos. Especialmente aquella mujer, Rhaenys Targaryen. Nunca había maldecido a nadie tanto como a su cuñada, la mayor de las traidoras.

Quizás muchos lo verían como alguien viejo para combatir, pero Vaemond era un caballero veterano de las expediciones de Corlys y de la guerra de los Peldaños de Piedra. Sabía cómo matar, y sabía hacerlo bien. Matar a un niño sería un chiste para él, ¿pero qué importaba? Nadie se había posicionado de su lado al revelar la bastardía de los niños. No le importaba la opinión de los otros nobles, si debía matar a un príncipe de la sangre del dragón para reclamar lo que era suyo, que así fuera.
 
En la cima de su soberbia, casi podía saborear la victoria sin necesidad siquiera de combatir. Otto no dejaría a su nieto intentar pelear contra él, puede que directamente le obligara a retirar la acusación. Y aunque llegara el caso, y así fuera, ¿qué podía hacer un niño verde como la hierba de verano contra él, un marinero endurecido en la guerra contra piratas de Tyrosh y Lys?
 
Nada. Él también era de sangre de la Antigua Valyria, aunque su familia nunca había tenido jinetes de dragón hasta Rhaenys. Lo único que hacía a los Targaryen superiores a los Velaryon eran aquellas malditas bestias aladas. Sin ellas, sólo eran hombres normales. Los Velaryon, en cambio, habían trabajado por su prosperidad sin ayuda de ninguna bestia alada, ¡eran ellos los auténticos hombres superiores! En un uno contra uno, Daeron Targaryen no tendría posibilidad de vencerlo, ninguna.
 
“Se presenta el demandante del juicio por combate, Sir Vaemond Velaryon, hermano de Lord Corlys y caballero de Marcaderiva.” El pregonero, al lado del septón Eustace, habló con tono nervioso, pero en voz alta. Vaemond se bajó la visera del yelmo, una vez demostró que pelearía él. A la vez, de la otra puerta salió el muchacho al que debía derrotar para obtener Marcaderiva.
 
Daeron Targaryen vestía una armadura de cota de mallas sobre cuero hervido, con placas de refuerzo en los hombros y las rodillas. Llevaba un yelmo nasal, de una única pieza, bastante más rudimentario que el que poseía Sir Vaemond, y un gran escudo redondo de madera con bordes reforzados en acero, con el blasón de la casa Targaryen. Un pañuelo de seda verde cubría su muñeca derecha, como el favor de una dama anónima.
 
Ni siquiera se había equipado bien para el combate, a pesar de que las armerías de la Fortaleza Roja tenían armaduras completas y de placas. Vaemond tenía a su favor la experiencia, el tamaño, y que ya había matado a otros hombres. Daeron solo era un escudero. No iba a ser un combate, iba a ser una carnicería.
 
Una carnicería que todavía podía evitarse.
 
“Se presenta el campeón de Lucerys Velaryon, el príncipe Daeron Targaryen.”
 
“Las reglas del duelo son sencillas. Los dioses decidirán al vencedor, pues será quien defienda la causa justa.” El septón Eustace se pronunció sobre todos los demás. “El juicio por combate es una tradición ándala de elevado prestigio, en el que serán los dioses quienes decidan quién tiene la razón. El combate se dará por concluido una vez que uno de vosotros retire su argumento, quede fuera de combate, se rinda… o se muera. Rezamos porque este último escenario no sea visto. ¿Alguno de vosotros quiere retirar su acusación antes de empezar el combate?”
 
“Sin tu dragón, no eres alguien especial, Daeron. No necesitamos seguir con esta farsa. He conversado con Lord Otto, tu abuelo, para que no te hiera de muerte. Pero para mi, mi familia es lo primero. Si te retiras ahora mismo, y me das la razón en todo aquello que dije en la corte, podrás vivir otro día, muchacho. Solo tienes que reconocer que tu sobrino es un bastardo, y que Marcaderiva me pertenece.”
 
“Hablas demasiado, para ser una serpiente.” Fue la única respuesta de Daeron, que no se veía afectado por la mofa. “¡Lucerys Velaryon es el heredero de Lord Corlys! ¡El Guerrero guiará mi espada y defenderá la justicia!”
 
Con aquellas palabras, terminó todo. Vaemond desenvainó rápidamente su espada larga, mientras que Daeron lo hizo de forma más lenta, más calmada. Los dos llevaban los escudos en la izquierda, y las espadas en la derecha. A la señal de Eustace, los dos hombres avanzaron.
 
Uno tenía la juventud y la valentía de su lado. El otro era veterano de varios años de batallas navales y en tierra. Daeron se acercó hacia él con gran impulso, antes de golpear con la espada el escudo de Vaemond.
 
Las astillas saltaron al contacto, pero ningún daño recibió Vaemond. El hombre movió su espada en respuesta, y se encontró con el escudo de su rival, golpeándolo con fuerza.
 
Retomaron sus posiciones antes de volver a atacarse entre sí, el uno contra el otro. Vaemond tuvo que reconocer que el muchacho tenía ímpetu, pero el viejo tenía músculos de hierro, trabajados sin cesar en los barcos. Una familia de nobles navegantes, con músculos fuertes hechos para trabajar en el barco y no perder el equilibrio durante las tormentas del mar embravecido.
 
Cada golpe que Vaemond soltaba con su espada era increíblemente contundente y pesado, pero se encontraba una y otra vez contra el escudo de Daeron, hasta dejar al dragón del blasón del escudo totalmente desgastado.
 
El público rugía con cada golpe que los dos púgiles intercambiaron, pero Daeron no retrocedía ante ninguno de los ataques de Vaemond. El chico era ágil como un felino, se movía a los lados obligando a Vaemond a bloquear con el escudo y a cruzar sus espadas en un constante choque de aceros. El sudor empezó a recorrer su frente, mientras Daeron parecía mostrar también algo de cansancio en su aliento. Debía reconocerlo, el joven muchacho tenía madera de guerrero. Quien quiera que fuera su maestro lo había educado bien en el arte de la espada y el escudo.
 
“Estás a tiempo de rendirte, muchacho.” Vaemond se burló después de un ataque que logró fracturar aún más el escudo, haciendo retroceder un poco al joven Daeron. Estaba muy seguro de que estaba ganando la batalla, pero algo se sintió extraño en el momento en que Daeron lo miró. Sus ojos no expresaban miedo, ni tampoco angustia. Ese brillo… era el mismo brillo que había visto en Corlys, varios años atrás, en su noveno viaje, cuando gastó gran parte de su oro en una ingente cantidad de azafrán, nuez moscada, pimienta, elefantes y rollos de la más fina seda.
 
Era un brillo azul de seguridad, de orgullo. 
 
“Opino lo mismo, Sir Vaemond. Tienes tiempo de rendirte todavía, el Muro y la Guardia de la Noche podrían aprovechar a un hombre como tú.” 
 
¿Ir al Muro por decir la verdad y pasar el resto de su vida en una cárcel en la que se le congelarían las orejas y los dedos? Nunca aceptaría tal insulto, Vaemond crujió su puño al apretarlo, y también hizo rechinar sus dientes. 
 
“¿Acaso quieres morir por ese maldito bastardo, ese error que ni siquiera debió nacer?” Decir aquella frase fue un error. Daeron no dijo respuesta alguna, pero en sus ojos dejó de brillar la soberbia dejando paso a la furia. Vaemond vio como Daeron soltaba su escudo, y empuñaba ahora con dos manos la espada larga. Antes de volver a hablar, Daeron descargó sobre él una lluvia de acero. Golpes que tuvo que bloquear con el escudo, con la espada, o intentar esquivar hacia los lados. Era un golpe seguido de otro que le obligó entonces a retroceder.
 
¿De dónde había salido esa potencia? Era imposible que Daeron pudiera mantener aquel ritmo de combate durante tanto tiempo. No estaba usando la espada con inteligencia, aquello era fuerza bruta, más parecido a usar un garrote. Los golpes a dos manos son más fuertes, y también agotaban antes. Era cuestión de tiempo que Daeron…
 
“¡¡¡AAAHHHHHHH!!!” El dolor reptó por la pierna de Vaemond como una serpiente negra. Daeron le había cortado en la pantorrilla con aquel ataque, antes de retirarse con dos saltos hacia atrás. El corte no había sido muy profundo, pero el líquido rojo salía de la herida, dolía y ardía como mil demonios. Vaemond se quedó quieto, soportando el dolor, hasta que logró recomponerse. Alzó la cabeza, y pudo ver cómo el muchacho se quitaba el yelmo nasal. 
 
Sin escudo. Sin yelmo. Con peor armadura que él. Estaba ahí delante, a unos metros de él.
 
No se movía, tenía la guardia baja, en una posición de soberbia, como si estuviera demostrando superioridad. Vaemond casi se olvidó del dolor por el enfado que mostraba, aquello era una burla en todo sentido. Aquella postura estaba llena de aperturas, ningún maestro de armas toleraría semejante falta de defensa. En ese momento, Daeron debía estar agotado. Él era más rápido que ese maldito niñato agotado. Podía hacerlo… pero aún así, sus piernas temblaron. Algo dentro de su psique casi le advertía de huir. Se sentía como una presa, especialmente en el momento en el que se dio cuenta de dónde estaba, tan cerca de la pared lateral.
 
Su combate había empezado en el centro del patio, y estaba seguro que en sus embestidas iniciales había ganado terreno. Daeron lo había acorralado en aquellos momentos de furia. No tenía escapatoria. El corazón le latía con fuerza, y sudores fríos le empezaron a recorrer la espalda.
 
¿En qué momento había perdido la iniciativa del combate? No tenía idea. O simplemente no lo recordaba. Al principio había sido superior, Daeron siendo más activo que él. ¿Por qué demonios se había cansado tanto?
 
El siguiente ataque de Daeron fue un mandoble a dos manos, desde arriba, que Vaemond bloqueó con el escudo antes de sentir que perdía su propio pie. Recuperó el equilibrio por poco, aquello no estaba en el plan.
 
El siguiente mandoble le hizo doblar el codo cuando lo bloqueó con la espada, casi lo hizo ceder ante la fuerza de Daeron. Su hombro se resintió por el dolor del impacto, ¡aquello no tenía sentido! La rabia hizo que Vaemond se levantase, intentando un ataque furtivo desde abajo. La espada se movió en arco paralelo al suelo, solo para ser frenada por el siguiente ataque de Daeron.
 
El choque le hizo sentir daño en la mano de la espada. El agarre seguía siendo firme, pero temblaba. Un movimiento desesperado con la espada hizo que Daeron volviera a desplazarse hacia atrás, alejándose de él. Cada paso había sido un golpe, y cada golpe, un nuevo paso. Su espalda había chocado finalmente con la pared.
 
“Ríndete, Vaemond, antes de que te mate.” La voz de Daeron le llegó como el eco en una cueva. Miles de pensamientos pasaban por la mente de Vaemond a la vez, su corazón latía, su cerebro ardía, algo primitivo que constantemente le rogaba salir corriendo de allí. Sentía que se estaba enfrentando a algo muy superior a él.
 
Vaemond se terminó incorporando del todo, Daeron no lo había rematado. Sentía los brazos pesados, entumecidos. Bloquear los ataques ya no sería una opción factible, lo mejor sería desviarlos. Debía contrarrestar su envite y entonces… ¿y entonces qué?
 
La herida de la pierna le escocía, limitando su movimiento. Su equipamiento también era más pesado, y además, sus brazos se sentían agarrotados. Ese maldito niño le estaba haciendo quedar aún peor delante de la corte. Pero Vaemond no podía perder.
 
"¿Sin honor de qué sirve la vida?" El honor lo era todo. Se acercó más a él, y entonces Daeron movió lentamente su espada hacia arriba. Los ojos de Vaemond dudaron por un instante antes de levantar su escudo, y sentir como el golpe descendía. El niño era un maldito idiota, Vaemond podía ver perfectamente el recorrido que haría aquel golpe vertical. Lo bloquearía y entonces sintió que sus rodillas se resentían al soportar el impacto.
 
“¿Qué es esa fuerza? ¡Es una locura!” Su mente le gritaba de evadir un siguiente golpe, alejándose de ahí. Un sonido agudo, silbante, había penetrado en los oídos de Vaemond. Cuando miró su escudo, vio que había sido fracturado por arriba, cerca del borde de acero. Y que el acero se había abollado, como si en lugar de atacar con un movimiento de tajo de espada, hubiera resistido el impacto contundente de una maza.

Daeron Targaryen.

Su trampa había funcionado. Había escogido ser el campeón del juicio por combate porque sabía que era una forma de juicio que podía ganar sin necesidad de pruebas. Era una antigua costumbre ándala que dejaba de lado las pruebas, las acusaciones… todo se reducía a habilidad marcial.

Era una ley que a Edmund le hubiera parecido totalmente injusta, porque entonces una persona lo suficientemente capaz en el combate siempre podría cometer el delito que quisiera. Pero aquel no era su caso. Usaría el juicio por combate en contra de aquellos que querían aprovechar su fuerza. Si tenía que imponerse ante la Guardia Real o ante los grandes señores de Poniente para que la justicia prevaleciera, que así fuera.

Sentía su cuerpo ligero, trataba de controlar su respiración y volver a un ritmo más natural. La ira le había nublado la mente, y por poco había perdido toda capacidad de raciocinio. Mencionar que Lucerys no debía nacer… ¿Cómo se atrevía Vaemond siquiera a tener un pensamiento tan cruel? Podría haberlo matado en aquellos momentos de locura furiosa, de no haber recuperado la consciencia. El tiempo de estudiar a su rival había terminado, se había hecho a la idea de qué tan buen guerrero sería Vaemond. Bastante bueno, según los estándares de Poniente, pero no era más que un humano normal.
 
Daeron había sido rey en otra vida, era un adulto con varias décadas de experiencia militar encerrado en el cuerpo de un adolescente. En Poniente, no había maestro de armas que tuviera el estricto carácter de Oreius, ni ningún entrenamiento que tuviera su dificultad. El centauro había convertido a los dos niños Pevensie en hábiles espadachines, capaces de vencer a los poderosos minotauros, a los resistentes enanos y a los ágiles diablillos.
 
Ante esas cosas que ya había vivido, Vaemond Velaryon no era nada. Sí, era fuerte, pero no era algo que Daeron no pudiera manejar. Alzó un momento la mirada. Su madre estaba en el palco, con las manos juntas, rezando. El resto de las personas que realmente le importaban parecían mirar aquel espectáculo con una mezcla de preocupación y asombro, en un silencio mortal. Jace y Luke parecían haber observado un milagro.
 
“Confesad, Sir Vaemond. El poco honor que os queda, ¡confesad de una vez! Retira tu acusación y esto terminará. ¡No hace falta derramar más sangre!” A pesar de todo, Daeron le dio una última oportunidad. Y Vaemond escupió en su cara, empezando una última acometida. El escudo de Vaemond había quedado inservible por el ataque anterior de Daeron.
 
“Maldito sea el honor, ¡voy a matarte!” Vaemond arrojó su escudo, totalmente inutilizado al suelo, antes de cargar contra Daeron en un pesado ataque a dos manos desde arriba. Como si quisiera partir el cielo y la tierra con aquel golpe, dejando al descubierto su abdomen y sus piernas. Daeron podría simplemente atacar a las partes más vulnerables y acabar directamente con la vida de su enemigo, pero en su mente pícara había nacido una mejor idea. 
 
No lo pensó dos veces, en lugar de quedarse quieto en una posición defensiva esperando la embestida de Vaemond, cargó contra él, más cerca de lo que esperaba Velaryon, y entonces lanzó su propio ataque desde abajo. Una cruz de aceros se formó en un choque pesado, desviando sin detener el ataque de Vaemond hacia la izquierda.
 
Fue en ese momento que Daeron soltó la espada, y Vaemond perdió el equilibrio debido a su propio impulso. Daeron se desplazó hacia la derecha con la agilidad de un gato, y sus ojos vieron de inmediato el hilo de sangre de la herida previa. La idea llegó a su mente en un instante. Su mano alcanzó su confiable cuchillo de caza, todavía en su cinto, y en un único movimiento, desenvainó y realizó un corte profundo en la parte posterior de la rodilla contraria, el lugar más desprotegido de la armadura de Vaemond. 
 
“¡¡AAAAAARRRRRGGGGHHHH!!” Vaemond Velaryon lanzó un grito animal, gutural. Uno de esos gritos de dolor que nacen desde lo más profundo de la garganta, de los pulmones. Sus rodillas tocaron el suelo y sus manos las siguieron, mostrando a Vaemond derrotado, totalmente adolorido. Intentó levantar la espada, pero Daeron la pisó de inmediato, levantando la suya propia. Observó el daño que le había hecho.
 
Con aquella herida, Vaemond no sería capaz de ponerse de pie por el dolor. Daeron no sabía si había logrado cortar el tendón, el corte había sido profundo, pero no tanto como le hubiera gustado. Si hubiera tenido una posición más firme, podría haberle dejado igual de tullido que Lord Larys Strong.
 
El príncipe arrojó el cuchillo a un lado y usó su mano derecha para levantar la visera del yelmo de Vaemond, revelando sus ojos, mostrando una mezcla de incredulidad, terror y fatiga. La piel en las mejillas se había enrojecido, y su aliento sonaba exasperante, con un leve pitido de fondo. Como si Vaemond padeciera de asma, o quizás el grito anterior hubiera dañado su garganta de algún modo.
 
“No eres humano. Eres… eres un monstruo sin honor.” Vaemond protestó, notándose como el dolor de su pierna era elevado. Lágrimas fluían por el rostro moreno de Velaryon, lágrimas que no encontraron piedad en el corazón de Daeron.
 
“¿Vale más el honor que tu vida?” Fue la única pregunta de Daeron, mientras agarraba su espada, una mano en la empuñadura, la otra cerca de la punta para dirigir bien la puñalada. Esperó la respuesta, y fue entonces cuando Vaemond habló.
 
“No… no quiero…. no quiero morir. Piedad…” Aquellas palabras no eran suficiente excusa.
 
“Eres un traidor que amenazó al rey, a un príncipe... Podría no importarme, pero amenazaste a MI padre y a MI sobrino. No me pidas piedad. Tu vida termina aquí.”
 
“No… no. Tengo familia... piedad.”
 
“¡RRRRRRAAAAAAAAAAAAHHHHHHH!” Daeron gritó, decidido a dar el golpe de gracia. Ganó impulso moviendo su torso, sus hombros, sus brazos. Dispuesto a acabar con la vida de Velaryon, hasta que unas palabras llegaron a su mente.
 
“¡Iré al Muro!” Vaemond gritó, y Daeron se detuvo a un palmo de distancia. La punta de la espada se detuvo.
 
“Ya es tarde.” Daeron reanudó el movimiento, y entonces…
 
La espada se clavó en la tierra, quedando el metal muy cerca del rostro de Vaemond Velaryon. El hombre ni siquiera pudo hablar, se desplomó. Por momentos, ni una voz se pudo escuchar en aquel lugar, y Daeron solo fue a recoger su cuchillo en mitad de aquel patio silencioso. Sin heridas, sin cansancio, mostrando una expresión de enfado hacia las gradas."¿Alguien más quiere luchar?" Nadie dijo respuesta alguna. Daeron estaba harto de todo aquello. Incluso habiendo vencido a Velaryon, había varios nobles que parecían apoyar al hermano de Corlys. Ya era hora de terminar aquello. Se enderezó, y su porte cambió al de un príncipe de la sangre real, mostrando calma. Se movió con elegancia hacia el centro de la arena.
 
“Septón Eustace, parece que Sir Vaemond no puede continuar con la pelea. Y creo que habéis escuchado que irá al Muro, a tomar los votos de la Guardia de la Noche… ¿Su veredicto?”
 
Eustace no pudo hablar por unos momentos, hasta que finalmente abandonó su lugar en uno de los flancos del patio, se acercó a Daeron y elevó su mano hacia el cielo.
 
“Los dioses han hablado, ¡el príncipe Daeron Targaryen ha ganado el juicio por combate, y por tanto, su sentencia prevalecerá!”
 
Una ovación y aplausos que provenían de los asistentes empezaron a saturar los oídos de Daeron, y lo único que hizo fue mirar hacia el palco real. Hacia su madre, que no tenía una expresión de alegría, o de júbilo… sino de alivio, como si se hubiera liberado de una elevada angustia. Daeron le sonrió, y juró en ese momento que no volvería a asustarla de esa manera.
 
Ahora, solo quedaba una cena familiar por delante. Y un buen baño, el olor del sudor era fuerte.

----- CHAPTER BREAK -----

Daemon Targaryen.
 Maldijo a su sobrino por haber bloqueado su ataque. Si Daeron no lo hubiera hecho, Hermana Oscura hubiera cortado la cabeza de Vaemond como mantequilla fresca. Pero debía admitir que el muchacho tenía los cojones bien puestos. No cualquiera se hubiera atrevido a hacer algo tan temerario como bloquear su ataque, aunque aquel era el principio del fin para él. Lo supo en el momento en el que los hombres de armas de Otto Hightower y la Guardia Real se alborotaron y lograron inmovilizarlo.Aún con todo aquello, el muchacho mandó callar a todo el mundo, amenazando con Tessarion, a quien había llamado con el toque de un cuerno de guerra, y luego proclamó ser el campeón de Lucerys a la par que a él, a un príncipe de la sangre del dragón, lo enviaban a una celda. Se equivocaban. Como si aquello pudiera ser llamado celda, las mazmorras para nobles no eran más que habitaciones en una torre achaparrada y semicircular en el que había varios niveles. El paseo del traidor era el acceso a aquella torre, y como tal, lo enviaron a las habitaciones del nivel superior, debido a su rango. Nadie allí se hubiera atrevido a enviar al hermano menor del rey y esposo de la heredera al trono a las mazmorras comunes, y tampoco a las temidas celdas negras. Ni siquiera Otto haría semejante estupidez con Viserys todavía vivo. “30 guardias, todos son leales a los Verdes…” Meditaba mientras paseaba por la habitación, descartando por completo la opción del escape. No era solo la enorme superioridad numérica, Rhaenyra, los niños… ir hasta los dragones, una huida así sería imposible, pero era mucho mejor que esperar a ser juzgado por Otto Hightower de una forma totalmente parcial.  A pesar de todo, lo que más le preocupaba era la intervención de Daeron. ¿Qué planeaba Otto poniendo a su propio nieto en un juicio por combate? ¿Qué clase de maniobra era aquella? ¿O acaso Daeron estaba actuando por sí mismo, sin escuchar los posibles consejos de Otto? ¿El cuerno de Daeron era uno de los cuernos dragón, con los que los señores de la Antigua Valyria domaban a las bestias? Daemon no tenía idea de lo que planeaba su sobrino o de dónde habría sacado un artilugio semejante, perdido durante centurias, pero si había un juicio por combate, la mejor persona para representar a Lucerys Velaryon era el propio Daemon. Él era el mejor guerrero de su tiempo, incluso con su avanzada edad. Mejor que Cole, que Marbrand, incluso mejor que los caballeros de las marcas dornienses, que vivían en constante conflicto con los dornienses. 49 años, y seguía sintiéndose tan rápido y fuerte como cuando era joven en el momento en el que empuñaba su espada de acero valyrio, pero incluso eso le habían arrebatado. Lo habían desarmado, y se sentía desnudo, desprotegido. Por todas partes lo único que veía era enemigos. Las mismas personas que lo alejaban del trono, a él y a Rhaenyra. Viserys fue un idiota al casarse otra vez, y además con una Hightower, la sangre del dragón debía mantenerse pura, en la familia. Ya eran demasiados príncipes en la época del Gran Consejo de Harrenhal, demasiados herederos, y estuvo a punto de ocurrir una gran guerra entre los partidarios de Laenor Velaryon y los de Viserys. Él mismo contrató mercenarios para enfrentar a los barcos que Lord Corlys acumulaba en Marcaderiva. “¿Alguien más quiere luchar?” Un grito poderoso, con un claro tono de enfado, de furia, brotó desde el lejano patio de armas, al otro lado de la Fortaleza Roja. Había escuchado gritos esporádicos desde su habitación, y también palabras lejanas del público que había ido a ver el juicio por combate como si fuera un espectáculo. Pero realmente, no tenía información de quien había logrado la victoria en aquella situación. Colocó sus manos en el alféizar de la ventana, suspirando pesadamente, esperando escuchar algo más. Pero nada más que los vítores del público. “Daeron el compasivo.” Lo llamaban. “¡Victoria para el príncipe! ¡Velaryon hacia el Muro!”Había escuchado de parte de Jacaerys y Lucerys que Daeron era un buen guerrero, pero eso no le quitó la sorpresa de escuchar la noticia de la victoria del hijo de Viserys poco después de que aquellos gritos de júbilo hubieran cesado. ¿Acaso Vaemond se había dejado ganar? Lo que estaba escuchando era que Daeron había forzado a Vaemond a unirse a la Guardia de la Noche, y que este había aceptado ir al Muro en lugar de morir. ¿O era otro plan de Otto Hightower? ¿O quizás Vaemond había sido envenenado y eso había permitido que Daeron lo derrotara? Daemon deseó, para sus adentros, saber qué era todo aquello que estaba pasando y que él mismo parecía no comprender. Pero también deseó saber el por qué Daeron actuaba así. ¿Quizás quería ganarse el favor de Viserys?Daemon no tenía forma de saberlo. El sol ya se estaba ocultando, y nadie había ido a llevarle nada para saciar el hambre. Ni siquiera un sirviente que acudiera a su presencia por si necesitaba algo. No admitiría que tenía hambre, y el hecho de ver desde la ventana el humo de las cocinas ya le hacía imaginarse su olor. Un olor que era tan real que casi le dieron ganas de escaparse por la ventana, deslizarse por la torre de las mazmorras y escaparse.  “Abrid la puerta, tengo cosas para él.” Estuvo a punto de hacerlo, pero fue entonces cuando escuchó voces al otro lado de la puerta, girándose en seco. Esperó ver a cualquier persona en el marco de la puerta, pero no al chico que había inundado su cabeza de preguntas cargando en las manos con un conjunto de ropa doblada. Ropa que de inmediato Daemon reconoció como su vestimenta. Detrás de Daeron había cuatro guardias, y al guardia real Loren Marbrand. “Traidor, ¿qué haces escoltando al enemigo, Marbrand?” Pensaba Daemon, al mirar a Sir Loren Marbrand, “leal” a Rhaenyra. “¿Qué es todo esto, sobrino?” Fue lo que finalmente salió de su boca, en un tono lleno de hastío. “Ropa, tío Daemon. Mi hermana Rhaenyra me la ha dado para tí. Aséate rápido, tío, la cena es en media hora.” Dijo antes de dejar la ropa en la cama, doblada, sin imperfecciones. “Padre ha ordenado que vengas, tu juicio para mañana ha sido anulado por decreto real. Quedas libre.” Juicio anulado… cena… aquellas palabras eran como miel para los oídos de Daemon. Como siempre, su hermano perdonaría cualquiera de sus faltas. Se limitó a sonreír con su característica burla en el rostro, pero se quedó callado por un momento cuando Daeron volvió a hablar. “Pero nada de tonterías en la mesa.” “¿Perdón?” ¿Daeron le estaba ordenando algo? Daemon debía haber oído mal.“Nada de comentarios ofensivos, de amenazas, peleas o bravatas. Mi padre está enfermo, y por mucho que sea rey, también es tu hermano, tío Daemon, llevas siendo un adulto muchos años. Mientras estés en esta casa, compórtate como lo haría un príncipe de la casa del dragón, me da igual que mi abuelo Otto y tú os llevéis mal. No lo toleraré, no en esta cena, hoy no. Hoy necesito que seáis adultos, no niños.” ¿Qué clase de comentario era aquel? A Daemon le habían llamado muchas cosas a lo largo de su vida, pero nunca le habían dicho que fuera una persona infantil. “Luego de la cena, tu espada te será devuelta, no te preocupes. Está a buen recaudo.” ¿Es que acaso pensaba su sobrino que podría arrebatarle a él la espada que Jaehaerys I, su abuelo, le había regalado? Era la espada con la que había ganado una guerra. Con la que se había convertido en rey por mano propia. “¡Hermana Oscura es MI espada!” Daemon se acercó de inmediato a Daeron, sosteniéndole del hombro. El muchacho hizo una señal, levantando el brazo libre en alto, deteniendo en el acto a los guardias que se habían adelantado un paso. “Guardad las armas. Mi tío solo está un poco enfadado, lleva todo el día aquí metido. No me hará daño.” ¿Ese era el plan de Otto, enfurecerlo y provocar una pelea para desprestigiar su imagen, o incluso para matarlo?  “Es cierto que es tu espada, tío Daemon, nadie lo niega, pero no necesitas llevar una espada en una cena, igual que no necesitarías un abrigo de pieles del Norte en Antigua en un año de verano. Lo que deberías hacer ahora, por amor a tu hermano, es asearte, vestirte, y luego venir al Torreón de Maegor. Te estaremos esperando en el salón de banquetes, Sir Loren Marbrand te acompañará, a petición de la princesa Rhaenyra, por eso ha venido. No necesitas más protección en la Fortaleza Roja esta noche… Ahora, suéltame.” Daemon apretó levemente su puño, sujetando con mayor fuerza la prenda de Daeron. Casi tenía ganas de golpear el rostro del muchacho, pero se contuvo. Tenía fama de violento y pendenciero, pero no era irracional, terminó por observar directamente el rostro del muchacho tras notar de forma fugaz algo increíblemente familiar en él. Nunca antes se había fijado demasiado en las facciones del rostro de Daeron, pero ahora lo tenía frente a él, y muy cerca.Había visto algo en esos ojos azules, una especie de simpatía que no reconocía desde hacía mucho tiempo. Era el brillo de los ojos de su padre, el príncipe Baelon el “Valeroso” cuando Viserys y Daemon iban a hacer alguna travesura, cuando los dos eran niños, los jóvenes hijos del príncipe de la primavera. Niños libres de preocupaciones, y sin malicia alguna. Un brillo que había desaparecido para siempre de los ojos de Baelon cuando ocurrió la muerte de Alyssa, hermana y esposa de Baelon y madre de Daemon y Viserys. Alyssa murió por el parto, y Baelon no amó a otra mujer desde entonces, volcando todo su amor en intentar ser un buen padre para sus hijos. Pero Baelon Targaryen nunca fue el mismo desde la muerte de Alyssa. Su mirada había perdido aquel brillo natural que tanto le caracterizaba.  Ver esa mirada, tan familiar y a la vez tan lejana en el tiempo suavizó el carácter de Daemon por momentos, suficiente para dejar ir a Daeron. Ver los ojos de su padre le hizo sentirse como en casa, a pesar de estar en una celda acomodada para nobles. “Está bien… iré allí en cuanto me vista, dile a mi mujer que no tardaré mucho.” “Se lo diré. Gracias, tío.” Daeron se marchó hacia la puerta, pero antes de irse, Daemon decidió preguntarle. Algo que le había carcomido la mente durante toda aquella tarde, en esa habitación bien equipada para no hacerlo sentir tan incómodo como un prisionero. “Daeron, ¿por qué lo has hecho?” Hubiera querido preguntarle sobre el cuerno, sobre el combate. Sobre el juicio y la defensa que había ejercido en el nombre de Viserys. Daemon odiaba admitirlo, pero Daeron había parecido un rey en el momento que había hablado, como heraldo de Viserys. Su presencia y su voz impusieron respeto y miedo en la corte, provocando que los nobles no dijeran palabras en tono elevado. Algo que nunca había provocado su hermano. Sin embargo, lo que más quería saber era la razón que había impulsado todo aquello. “¿Que por qué?” Daeron se quedó mirando a Daemon por momentos. “Ah, sí. Supongo que te refieres a Vaemond. En cuanto tenía la espada en mis manos y toda la ventaja, Vaemond solicitó ir al Muro, y aunque ese tipo de hombres no sean de mi agrado, sigue siendo un veterano de guerra que puede resultarle útil a la Guardia de la…” “No me refiero a eso, sobrino… ¿Por qué has defendido a Lucerys?” Las palabras salieron de Daemon con algo de ímpetu, como si se tratase de un niño que deseaba saber el por qué de las cosas. Pero es que el propio Daemon no era capaz de entenderlo. Lo ocurrido aquel día, en el salón del trono, no había sido algo que hubiera visto alguna vez en su vida, y no era algo que Daemon pudiera comprender. Había algo extraño en todo aquello.  Daeron era el hermano menor de Aegon. El hijo de Alicent, el nieto de Otto. ¿Por qué razón defendería a Lucerys? Él debía ser claramente un partidario de los Verdes.  Lo que había hecho Daeron era el equivalente a que, en el Gran Consejo de Harrenhal, Daemon hubiera contratado hombres para apoyar el reclamo de Laenor Velaryon, dejando a Viserys desprotegido. Ante aquella pregunta, Daeron suspiró, enderezándose ante Daemon. “Tío Daemon, si uno de tus hijos estuviera llorando y pidiendo ayuda porque siente peligro, ¿qué harías?” ¿Qué pregunta era aquella? “Acabaría con el peligro y calmaría a mis hijos.” “¿Por qué?” Daemon empezaba a hartarse de las preguntas de Daeron, que parecía divertirse al dejarlo sin la ansiada respuesta. “Porque son mis hijos.” Pensó por un momento en Aegon y en Viserys, sus dos pequeños hijos. Pensó en sus hijas gemelas, la feroz Baela, amante de pasar las tardes montada en caballo o en dragón, y en la dulce Rhaena, más femenina y delicada. Incluso pensó en el hijo que había muerto en el parto de Laena, o en el vástago que todavía estaba en el vientre de Rhaenyra. “Tú mismo te contestas. Lucerys es mi sobrino, y necesitaba ayuda. No necesito una razón para proteger a mi familia. Nadie en este mundo debería necesitar una razón para hacerlo.” Daemon no supo qué responder en aquellos momentos, a pesar de que Daeron hizo ademán de marcharse. Recordó de inmediato a Baelon, otra vez, a punto de montar en Vhagar, en dirección a Tarth para masacrar a los piratas de Myr que mataron a Aemon. “La sangre es más espesa que el agua, y Aemon era mi hermano. No los perdonaré, no dejaré a ninguno con vida.” Las palabras de su padre resonaron en su mente con la ira reciente contra los piratas myrienses, más reales que cualquier otra sensación que pudiera haber tenido en todo el día, en aquella habitación. “Adiós, tío. Nos vemos en la cena.” Daeron se despidió, seguido de los guardias, dejándolo a solas con Sir Loren Marbrand. No detuvo a su sobrino ni con palabras ni con acciones, simplemente suspiró, se desvistió y fue a asearse.

Joffrey Velaryon.
 Algo antes del combate de aquella tarde, sus hermanos habían estado muy serios. Su padrastro, Daemon, fue detenido por los hombres de Otto. Su madre, Rhaenyra, estaba demasiado tensa por las cosas que habían ocurrido en la corte, añadiendo más presión a las preocupaciones naturales que sucedían en mitad del embarazo. Él no había asistido a la corte. Su familia le había dicho que no habría nada interesante allí, y Joffrey no pensaba que un juicio en el que mucha gente hablara sería algo divertido para él, y se quedó cuidando de sus hermanos más pequeños, Aegon y Viserys, en el Torreón de Maegor. No tenía la paciencia o “madurez” de sus dos hermanos mayores, Joffrey era algo más inquieto, juguetón, incluso bromista. Un lujo de alguien que podía tomarse las cosas con mayor calma, ya que eran Jacaerys y Lucerys los que heredarían los títulos más importantes de la familia, eran ellos quienes se sentarían en el Trono de Hierro y el Trono de Deriva, no él. Él soñaba con ser un caballero. Un alto caballero, de los que cantan canciones a lo largo de los años, de los siglos. Quizás, podía aspirar a ser el primer integrante de la Guardia Real con sangre real.“Lord Comandante Joffrey Velaryon” No sonaba nada mal. Aunque por otro lado, a comparación de sus hermanos mayores, sentía que no llenaba las expectativas que la gente tenía sobre él. Si es que tenían alguna, solo era un tercer hijo, que no heredaría nada. Quizás por esa razón, inconscientemente, se había escudado en su faceta más bromista, como el tercer hijo que no se toma nada en serio y es capaz de sacar una sonrisa a quien sea en todo momento. Pero aquel día no pudo reírse debido a la seriedad del asunto, y ningún tipo de broma podría hacer reír a su madre.  La tensión del ambiente no admitiría nada, ni un intento de burla contra los hijos de Alicent o algún tipo de espectáculo, ni siquiera del bufón Champiñón, pues el combate entre Vaemond Velaryon y Daeron Targaryen había atraído a una gran multitud congregada alrededor del patio de armas.  No era un idiota, Joffrey sabía que un juicio por combate era algo crítico que pocas veces tendría la oportunidad de ver. Y también sabía que los que participaban en ese tipo de juicios eran guerreros experimentados o de confianza, decididos a defender el honor de su señor, de su pariente, de su doncella… aún a riesgo de su propia vida. Pero el defensor de los derechos de Lucerys fue su tío, un chico que era, por un par de meses, menor que Jacaerys. Y un niño que había derrotado y humillado a Sir Vaemond Velaryon a base de golpes con la espada a dos manos y un tajo con el cuchillo en la pantorrilla. Todo había cambiado en el momento en que Daeron había soltado el escudo, tras una conversación en medio del combate. ¿Qué manera era aquella de moverse? ¿Qué clase de furia había poseído a Daeron en aquellos momentos para atacar con un salvajismo que cualquier maestro de armas castigaría? ¿Era algo que había dicho Vaemond? Joffrey no había sido capaz de oír nada desde la tribuna. No sabía cómo habían llegado a aquel resultado, pero el caso era que Daeron había ganado el combate, y eso solo había conducido a un momento extraño, casi incómodo. No recordaba la última vez que se había mantenido callado durante tanto tiempo, pero era necesario, especialmente estando en aquella mesa. Por un lado, su familia directa, sus hermanos, su madre, sus primas Baela y Rhaena, y su padrastro Daemon.No había nada extraño, si no fuera porque compartían mesa con los Targaryen de Desembarco del Rey. Y a él le había tocado sentarse con sus hermanos pequeños, con los 3 hijos de Helaena, y con el chico que, a sus ojos, se había vuelto uno de sus héroes a pesar de la “enemistad” y rechazo que sentía de manera casi innata hacia la descendencia de Alicent. Todavía recordaba las amenazas de Aemond, bien guardadas en su memoria, y de cómo lo había golpeado, pero por otro lado, además de miedo hacia Aemond y una posible venganza, sentía odio. Y parte de ese odio también lo dirigía hacia Aegon “el mayor”, pero no era capaz de recordar una sola vez en la que Daeron hubiera sido malo con él.Todo lo contrario, su tío le enviaba cartas de vez en cuando, y regalos desde Antigua en cada uno de sus cumpleaños, y a Joffrey le habían gustado aquellos regalos. Entre ellos libros de historias del pasado, un veloz potro negro de los establos de Torre Alta y una flauta con forma extraña, pero que Joffrey disfrutaba de tocar. Incluso sentía envidia hacia aquel joven que era su tío. Un tercer hijo que ya se había labrado su propio nombre, saliendo de la sombra de sus hermanos mayores, mientras tanto… ¿Qué había hecho Joffrey aparte de ser el bromista de Rocadragón? Nada. “Lo que veo hoy a mi alrededor… son los rostros de aquellos a quienes más aprecio en todo el mundo. Vosotros… habéis crecido separados, unos de otros, en los años transcurridos.” El abuelo Viserys parecía hablar con dificultad, pero se quitó la máscara de oro que todavía cubría la mitad de su rostro, revelando la parte derecha de su cara totalmente cubierta por la corrupción de la carne.Una imagen a la que Joffrey casi le provocó arcadas, su abuelo estaba enfermo. “Mi cara ya no es la belleza que era, si es que alguna vez lo fue. Hoy quiero que me veáis como lo que soy, no como rey, sino como vuestro padre, abuelo, hermano… esposo.” Viserys dirigió una mirada directa hacia Daemon, y luego hacia Alicent. Todos estaban mortalmente callados. “La corona no puede permanecer fuerte, si la casa del dragón se encuentra dividida. Quiero que resolváis vuestras diferencias, ¡maldita sea!” Un fuerte golpe resonó en la mesa, aunque considerablemente menos fuerte de lo que Joffrey hubiera podido esperar. No entendía nada, y miró hacia sus hermanos pequeños.El pequeño Viserys parecía entender mucho menos, jugando todavía con un caballito de madera en la mesa, junto a Jaehaerys. Aegon, sin embargo, permanecía igualmente callado, habiendo terminado su plato. “Por el bien de la… de la corona. Y por el bien de este hombre viejo que tanto os ama a todos.” El tono de voz que empleó el abuelo Viserys fue demasiado áspero. Tanto, que Maelor empezó a llorar levemente.  Fue entonces que sucedieron los brindis de Rhaenyra y Alicent. Inesperadamente, las dos hablaron bien la una de la otra.  “Alicent ha atendido a mi padre con devoción, amor, y honor. Y por ello tiene mi gratitud, mi aprecio, y mi disculpa por… por todo lo ocurrido estos años.” “Se lo agradezco de corazón, princesa Rhaenyra… Las dos somos madres y amamos a nuestros hijos. Tenemos más en común de lo que muchas otras veces en el pasado hemos reconocido. Y brindo por tu salud y la prosperidad de tu casa… serás una buena reina.” Durante un momento, Lord Otto no levantó la copa, aunque no le llamó demasiado la atención a Joffrey, más atento de sus hermanos. El siguiente brindis, inesperadamente, vino de Jace. Joffrey no lo entendía, había cierta tensión en el aire y Aegon “el mayor” no paraba de reírse silenciosamente, lanzando miradas pícaras hacia Baela, pero bebía con cada brindis de todos modos. Jace habló de acercarse más a los tíos Aegon, Aemond y Daeron. La siguiente persona que se levantó fue Lucerys. “Me gustaría brindar ahora, que estamos aquí todos… por el hombre que me ha defendido hoy en la corte.” La copa de Lucerys se inclinó levemente en dirección hacia Joffrey, un poco hacia la derecha. Hacia aquel hombre que, en el lugar del Rey o de su Mano, había dictado sentencia, en la corte y en el patio de armas.  “Tío Daeron, no encuentro palabras para expresar lo… lo agradecido que estoy por lo que has hecho hoy por mi. Has defendido mi honor, mi herencia, y el honor de la casa Targaryen. Brindo por ti, por el valor y piedad que has demostrado hoy.” Daeron se levantó, en respuesta. alzando igualmente su copa llena de vino. “Y brindo yo por ti, sobrino. Por tu futuro matrimonio, por tu salud y porque tengas una larga y próspera vida. Brindo también por Rhaena, por Baela, por Jacaerys, por la salud de Lord Corlys, que tenga pronta recuperación. Que la fortuna de los Antiguos Dioses y los Nuevos estén con todos vosotros, hoy y siempre. ¡Larga vida a la casa Targaryen!” “¡Larga vida a la casa Targaryen!” Las distintas voces se sumaron en un único coro, a la par que las copas se alzaban, derramándose algo de vino especiado en la mesa. Importaba poco. Maelor volvió a llorar.  Casi sin previo aviso, después del brindis, Daeron se levantó nuevamente y se encargó del niño más pequeño, cargando en sus brazos a Maelor con delicadeza, dejando libre a Helaena. Fue entonces que Joffrey se fijó en las leves marcas que tenía Helaena en el rostro, justo entre los ojos y las mejillas. Daeron levantó la mirada hacia el resto de infantes, incluyendo a Joffrey, y pidió de inmediato a los músicos empezar a tocar sus instrumentos. “Me encargaré yo hoy de los niños, Helaena. Tú quédate aquí y diviértete, y descansa cuando vuelvas a tu cuarto.” Una sonrisa leve se dibujó en el rostro de la tía Helaena, algo extraño en la joven.“Familia, ha sido un placer compartir esta deliciosa cena con todos ustedes, pero creo que ya es algo tarde, he comido a reventar, y los niños deben ir a la cama. Jaehaera, Jaehaerys, Aegon, Viserys… acompañadme.” El rostro de Alicent se mostraba complacido, asintiendo a Daeron. Otto tuvo un leve contacto visual con los gemelos Cargyll, de la Guardia Real, quienes realizaron una reverencia al rey antes de dirigirse a las puertas. “Joffrey, creo que necesitaré algo de ayuda con tantos niños, ¿me acompañarías?” “Si, tío Daeron.” Joffrey también se sentía saciado después de haber llenado su estómago con vino diluido, ganso asado y pan recién hecho. Todos volvieron a beber, pero mientras Helaena daba su propio brindis y salía a bailar con Jacaerys a la vez que varios músicos empezaban a tocar violines y laúdes a un lado de la sala, Maelor había empezado a llorar, seguramente por el ruido que había en la cercanía. El pequeño Aegon bostezó levemente, y parecía que los gemelos Jaehaerys y Jaehaera lo imitaron de inmediato. Daeron tenía razón, los niños estaban cansados. Joffrey se levantó, y mientras Daeron se hacía cargo de los hijos de Helaena, el menor de los Velaryon llevó de la mano al pequeño Viserys, mientras Aegon “el joven” los seguía apenas un par de pasos atrás. Recorrieron parte del Torreón de Maegor, subieron hacia las plantas superiores, a las habitaciones de miembros de la familia real, compartiendo el trayecto en todo momento.  Joffrey notaba como sus hermanos menores tenían sueño, así como los hijos de Helaena, aunque Maelor parecía haberse calmado en los brazos de Daeron, como si el bebé ya hubiera alcanzado el sueño. Los pasos pesados de la Guardia Real los seguían bastante de cerca, dándole a Joffrey una sensación increíble de seguridad.De cierta forma, la Fortaleza Roja era su hogar, pero no fue hasta ese momento que se había sentido como en casa, como si nada malo pudiera ocurrirle. Se despidió de sus primos, los hijos de Helaena, antes de entrar a su propio cuarto acompañado de sus hermanos menores. “Tío Daeron, ¿nos contarías un cuento?” Las habitaciones de los niños estaban contiguas, y eso permitió a Joffrey escuchar el cuento de Daeron. Durante bastante rato, escuchó a su tío narrando una historia con una voz suave pero a la vez intensa, y la historia trataba sobre un campesino que se volvió rey cuando sacó una espada de una piedra. Un hombre que gobernó con justicia y bondad, cuyo nombre era Arturo Pendragon. “Con la ayuda de Merlín y bajo la guía de Arturo, Camelot prosperó. Las guerras finalizaron, y nunca ningún mortal conoció a otro hombre tan justo y bueno. El odio y el deseo de poder eran nulos en aquellos tiempos.” “Si tan solo un mundo así fuera posible…” Los pensamientos de Joffrey eran fugaces, pero siguió escuchando hasta el final aquella historia, cómo Arturo unificó Britania y también defendió a su pueblo de los monstruos de los sidhe, junto a sus Caballeros de la Mesa Redonda. También escuchó los ronquidos leves de Aegon y Viserys, sus dos hermanos pequeños ya se habían quedado dormidos. Sin embargo, al contrario que los otros niños, Joffrey no se quedó dormido, y esperó al momento oportuno para poder salir de la habitación y volver a la comida junto a Daeron. Quizás para escuchar más historias, o quizás para volver con su familia. O quizás por pasar más tiempo con aquel joven al que admiraba, quizás él podría ayudarle con lo que sentía cargando en su pecho varios años. Después de todo, la pelea de la familia fue culpa suya, desde un inicio. Se levantó de la cama, caminó hasta la puerta y la abrió, encontrándose con Daeron y con los Guardias Reales. “¿Ya están dormidos?” Joffrey preguntó, y Daeron asintió, llevándose un dedo a los labios, pidiendo silencio. “Mis hermanos también se han quedado dormidos.” “Me alegro que así sea. Sir Erryk, Sir Arryk. Os encargo la protección de los niños de la familia. Nosotros volvemos a la cena. Buenas noches”  Se despidió el muchacho de ambos guardias, antes de empezar a caminar, alejándose de los guardias. Joffrey le siguió, y decidió preguntarle finalmente. “Espera, tío. Quiero pedirte… consejo.” “¿Hmm?” Daeron se detuvo, poco después de escuchar aquellas palabras. 
Daeron Targaryen.
 “¿Quieres que te dé consejos?” Daeron se quedó quieto por momentos, esperando una respuesta de Joffrey. El niño asintió. “Claro, sobrino. ¿Sobre qué?” “Quiero ser como tú.” La respuesta de Joffrey dejó helado a Daeron. Mejor dicho, dejó helado a Edmund. Algunas personas le habían dicho que lo admiraban, ¿pero ser como él? Recordó cómo había sido él mismo de pequeño, los numerosos errores que había cometido. Las traiciones que había consumado, los insultos que le gritaba a Lucy cuando estaba enfadado. Había pasado tanto tiempo, y aquellas heridas en el corazón no dejaban de dolerle. “No.” Le respondió más secamente de lo que hubiera querido. “No, Joffrey. Tú eres distinto a mi. No tienes que ser como yo. Tienes que ser tú.” “Tú también eres un tercer hijo, como yo.” “ Lo he sido dos veces .” Pensó Daeron. Siempre había vivido a la sombra de Peter y Susan. De pequeño, cualquier cosa que hacía Edmund, Peter y Susan lo habían hecho antes, y mejor. Pero Daeron ya no era un niño. Había aprendido cosas a lo largo de toda su vida. “Que los dos seamos terceros hijos no quiere decir que los dos tengamos que ser iguales, Joffrey.” Daeron se agachó levemente, tomando a su sobrino de ambos hombros, buscando que lo mirase directo a la cara. “¿Crees que Jacaerys quiere parecerse a mi hermano Aegon, acaso Lucerys busca parecerse a mi hermano Aemond?”  “N..no.  No es eso. No es que quiera ser tú… es que quiero parecerme a ti.” Joffrey tenía el labio inferior temblando levemente. “Hoy has sido valiente, yo también quiero ser valiente. Quiero ser como tú, un guerrero que puede enfrentar el mal y… ser perfecto.” Aquello pudo calmar momentáneamente a Daeron, antes de liberar un suspiro, deshaciéndose a la par de la carga de la preocupación. “Dices que hoy he sido valiente, Joffrey, pero te equivocas. Tampoco soy alguien perfecto, alguien así no existe.” 
Alguien perfecto no insultaría a su hermana menor o la haría llorar. Alguien perfecto no tendría envidia hacia sus hermanos mayores. No, Joffrey… no siempre he sido la persona que piensas.
 “Has retado a Vaemond a un juicio por combate, ¡por Lucerys! Y le has ganado.”  “¿Eso es ser valiente para ti?” “¿No es eso lo que hacen las personas valientes y justas? Has ganado porque eras más valiente, y porque defendías la causa justa.” “He ganado a Vaemond porque soy mejor con la espada… pero eso no me hace valiente, Joffrey. Hoy… hoy he tenido miedo.” Miedo de su propia ira, a pesar de que no le gustaba Vaemond Velaryon, no era como si Daeron disfrutara matando gente.  Miedo de que todo aquello se saliera de control. Si no hubiera actuado, ¿que hubiera pasado después de que Vaemond llamara “bastardo” a Lucerys? Daemon lo habría matado con Hermana Oscura, y después… ¿después qué? Hubiera ocurrido una masacre.  Los ojos del niño brillaron en un destello púrpura. “¿Miedo, tú?” “Si, Joffrey, Miedo… Siempre que te enfrentas a alguien a muerte, tienes que sentir miedo. Si no sientes miedo cuando alguien con una espada afilada intenta atacarte, es que no estás vivo. La valentía no es tener miedo, es tomar ese miedo de la mano, y vivir con él, saber que está ahí, pero que puedes vencerlo.” Daeron suspiró momentáneamente.  “Pero de eso no es de lo que quiero hablar. Joffrey, tú no tienes que pensar que tienes que ser como yo, o como Jace, o como Luke. Lo qué eres no lo puede cambiar nadie, pero quién eres, sólo puedes cambiarlo tú, a través de tus actos. Lo que hayas hecho en el pasado define quién eres hoy. Y lo que hagas hoy, será lo que dictamine tu futuro, pero no tienes que agobiarte con ello, mucho menos esta noche. Tienes 11 años, todavía eres joven. Disfruta de estos días.” Daeron intentaba mostrarse comprensivo. “¿Qué soy? ¿Quién soy?” Joffrey parecía no entenderlo al principio, pero se mostró melancólico, como si un recuerdo hubiera despertado de su mente, un recuerdo que Joffrey no parecía disfrutar por la expresión que puso de inmediato. “Soy solo un niño llorón. Aemond, su ojo, fue culpa mía. Si no hubiera querido darle de comer a Tyraxes aquella madrugada…” Daeron trató de negar inmediatamente lo que Joffrey pensaba de sí mismo. Recordó las palabras de Aslan, aquella vez, comprendiendo su significado tras tantos años. 
Lo hecho, hecho está. No hay necesidad de hablar con Edmund sobre lo que ya ha acontecido.
 Edmund jamás olvidó aquella conversación. Pero tampoco había sido capaz de perdonarse por los errores cometidos. 
Si yo no hubiera traicionado a mis hermanos, Aslan no habría muerto. Si no hubiera tomado los dulces de Jadis… Si no hubiera sido malo con Lucy.
 Ahora era Daeron quien estaba en el lugar de Aslan, confortando con palabras al joven Joffrey. “No, Joffrey. No me refiero a eso, no eres un llorón. Lo que eres quiere decir que eres un príncipe de la sangre del dragón, el hijo de Rhaenyra, el hermano de Jace, Luke, Aegon y Viserys. Eres mi sobrino, el jinete de Tyraxes y eso no lo puedes cambiar, ni tú ni nadie.” Daeron tomó a Joffrey de los hombros con algo más de fuerza.  “Pero quién eres, es lo que haces a partir de lo que eres, de los frutos de tus esfuerzos. Puedes ser un caballero, un capitán de barcos, un músico… puedes ser lo que quieras ser. Lo que has hecho en el pasado no tiene que definir tu vida. No eres un niño llorón, Joffrey. Te peleaste con Aemond, y os hicisteis daño, los dos.” Trató de calmar a Joffrey, mientras las lágrimas empezaban a recorrer las mejillas del niño. “Yo… yo no quería que Aemond… perdiera su ojo. Fui un llorón, Aemond me empujó, y Jace y Luke vinieron con espadas… y entonces Vhagar llegó… y… y…” Entre sollozos, el niño confesó sus pensamientos, y Daeron se agachó para abrazarlo silenciosamente. Trató de reconfortar a su sobrino con palabras y tono suave. 
Si Joffrey no hubiera estado con Tyraxes aquella madrugada, Aemond habría reclamado a Vhagar sin perder un ojo.
 “Por supuesto que no. No querías que todo aquello pasara, ni mucho menos fue culpa tuya. Lo comprendo, Joffrey, eras un niño muy pequeño, no estoy enfadado contigo por eso, ni mucho menos.” Daeron sentía la humedad de las lágrimas y mocos de Joffrey recorriendo su hombro. No pudo importarle menos la suciedad, su sobrino lo necesitaba.  “Eras un niño, no cometiste un error, Joffrey. Al menos, no un error de la magnitud que yo cometí.” El tiempo pasaba mientras Joffrey sollozaba, y Daeron sintió finalmente que el peso de su sobrino se hacía mayor. Al final, Joffrey cayó agotado y dormido entre sus brazos, y Daeron lo cargó hasta las habitaciones nuevamente, dejándolo en su cama.“Descansa, Joffrey. Eres mucho más de lo que piensas… eres el hermano mayor de estos dos niños. Sé su héroe.” Le hablaba a un niño que largo rato había estado llorando. Le hablaba a su sobrino, a pesar de la certeza de que no era escuchado por nadie. Se permitió acercarse a Joffrey un poco más, peinando los rizos oscuros de su sobrino con los dedos. “Ojalá los problemas fueran más fáciles de solucionar.”A pesar de todo, sintió que había logrado arreglar las cosas entre sus familiares más directos. Conversar con Joffrey había sido agotador, tanto en mente como en sentimiento, y decidió no volver a la cena. Fue a su cuarto y durmió allí, sin saber lo que había ocurrido aquella noche, en su ausencia, pensando en su lugar en los propios errores que él había cometido. “ Eras un niño, Edmund .” Se dijo a sí mismo, comprendiendo finalmente lo que Aslan le dijo. Su corazón logró encontrar calma, al menos, hasta el desayuno a la mañana siguiente, encontrando que sus sobrinos estaban ausentes. La familia de Rhaenyra se había ido a primera hora de la mañana, sin despedirse de él. Ni sus sobrinos, ni Daemon, ni Rhaenyra. Nadie, habían desaparecido como fantasmas. Ni siquiera había escuchado actividad en el castillo, o a los dragones de Jace y Luke rugir. Simplemente se habían marchado, y Daeron tuvo la fe de que volvería a verlos. Solo deseaba que toda aquella estúpida lucha intrafamiliar hubiera terminado en la cena. Rhaenyra y Alicent fueron sinceras en sus declaraciones, lo había notado en sus voces.Sabía cuando su madre decía la verdad. “Serás una buena reina, Rhaenyra.” Nunca supo del conflicto de la cena una vez que Viserys abandonó la habitación, por el polémico brindis que había hecho Aemond, llamando a sus sobrinos “fuertes como Quebrantahuesos”, una clara alusión al apellido Strong, a Harwin Strong. Pasaron varias semanas desde la cena, desde la charla con Joffrey, días en los que Daeron se sintió extrañamente observado, vigilado, a pesar de que hizo pocas cosas de importancia, entre ellas atender junto al Gran Maestre Orwyle las heridas de su padre y supervisar que los reclutadores de la Guardia de la Noche se llevaran un buen cargamento de provisiones para el camino y para el Muro, junto a unos cuantos prisioneros entre los que se encontraba el recientemente sanado Vaemond Velaryon.El año 129 empezó con un cuervo blanco de la Ciudadela, el verano daba paso al otoño, y tras pasar muchos días en la Fortaleza Roja, especialmente con sus sobrinos, con su hermana y con su madre, Daeron cabalgó hacia Pozo Dragón el día décimo del segundo mes, tras despedirse de su familia, para montar a Tessarion y emprender su marcha a Antigua, alzándose hacia los cielos y volando entre las nubes y ráfagas de aire que alborotaban su pelo, sin saber que la próxima vez que pisara la fortaleza familiar…No lo haría en tiempos de paz, pues el decimotercer día de la cuarta luna, Viserys I murió en la cama. Y un conflicto sin precedente alguno en la historia de los Siete Reinos estallaría con su muerte.

----- CHAPTER BREAK -----

Segundo mes del año 129, Lord Cregan Stark, Invernalia.“El deber es sacrificio.” Recordaba aquellas palabras, las palabras de su padre. “Y lo eclipsa todo, incluso la sangre”.  Asomó levemente la cabeza por una de las almenas del muro interior de Invernalia, a la par que tenía sentimientos encontrados hacia los hombres que venían desde el sur, en una comitiva de varios jinetes y carros con suministros. Todo Stark reconocía a la Guardia de la Noche como un aliado al que apoyar, y siempre, en toda su larga historia, habían ayudado a los vigilantes del Muro en sus deberes, aún cuando todos los demás reinos los habían abandonado. “El Norte recuerda”. Había un enemigo superior a los humanos conflictivos. Un enemigo en el que, al menos la generación de Cregan, todavía creía. Un enemigo de la noche, la razón de existir del Muro. Brandon Stark no levantó un muro de hielo de 500 codos de altura para mantener a raya a los salvajes… fue algo superior. Muy superior. Y, sin embargo, la Guardia se había nutrido los últimos años de hombres malditos, sin nada más que ofrecer que su vida. No eran caballeros como antaño, se trataban de los peores hombres que podían existir. Violadores, ladrones, cazadores furtivos, asesinos… Solo en el Norte era una costumbre todavía honorable para los segundos y terceros hijos el ir al Muro a prestar el juramento, y esporádicamente, algunos nobles del Sur con sangre de los Primeros Hombres. Un final honorable que le había concedido a sus tres primos y a su tío Bennard Stark, tras una guerra civil por el poder del Norte que había durado poco más de dos meses durante el año 126. “Los Stark ayudan al Muro”. Pero los enemigos más recientes de los Stark estaban ahora allí. Su deber como Señor de Invernalia y como Guardián del Norte siempre lo ataría a defender y apoyar a los hermanos negros, pero eso no quería decir que todos ellos tuvieran el aprecio de Cregan por semejante trabajo. Los crímenes y títulos quedaron olvidados después de aceptar vestir el negro, pero eso no cambiaba lo que sentía Cregan por sus propios familiares.  Además de que los hombres de la Guardia no llegaban en buen momento, los cuervos blancos de la Ciudadela ya habían llegado. El otoño llegaba, y después, el invierno. Sus reservas de grano dependían demasiado de las últimas cosechas de otoño. Y todo aquello Cregan tenía que afrontarlo con su hijo Rickon, de apenas 5 lunas de edad. Arra Norrey, su esposa y compañera de juventud, no había sobrevivido al parto. Estaba solo, se sentía perdido, pero debía mantenerse fuerte. Porque era el Guardián del Norte. Porque era un Stark. El joven señor de 20 años bajó desde las almenas, y se presentó en el patio de su castillo, cargando siempre su espada de acero valyrio a la espalda. Hielo era un mandoble auténtico, un arma letal de dos manos cuyo mango sobresalía por el hombro derecho de Cregan, y su hoja afilada era tan ancha como la mano del joven señor. Así, se presentaba con un aspecto más marcial y endurecido del que debería tener un muchacho de 20 años. Pero es que el propio Cregan tenía rasgos más adultos que muchos veteranos. De rostro afilado y ojos grises, tenía la apariencia de los antiguos Reyes del Invierno, sus antepasados. Un auténtico señor a ojos de todo el mundo, pero cautivo en su propia soledad. Los “cuervos errantes” como eran llamados los reclutadores de la Guardia eran hombres viejos, curtidos en servir al Muro por varios años, algunos incluso llevaban la mitad de su vida allí. Canosos barbudos con cicatrices en el rostro y vestidos con pieles y lana negra. “Lord Stark”. Uno de los tres hermanos negros se acercó hacia él, con una familiaridad casi natural. De complexión musculosa, era un tipo de unos 40 años, que superaba los 6 pies de altura, con un pecho amplio y fornido, y dos antebrazos grandes y poderosos del tamaño de jamones. Llevaba en el cinturón un cuchillo de acero, y a la espalda un mandoble incluso más grande que Hielo. El aspecto del hombre hacía ver pequeño al peludo caballo norteño que era su montura. “Hacía meses que no te veía, pero veo que sigues tan bien como siempre, Helman Norrey.” Un sonoro choque de manos enguantadas sonó por todo el patio, a la par que uno de los sirvientes de Invernalia traía las ofrendas a los invitados. Aquel enorme hombre, más parecido a un oso de las nieves, era el tío abuelo de Rickon. Era de la familia de su pequeño hijo, el tío de su querida Arra. “Tú y los vuestros sois más que bienvenidos a mi castillo. Tomad las ofrendas de pan y sal.” “Me alegro de verte, mi señor. Dioses, eres la viva imagen de tu padre. Rickon estaría muy orgulloso de ti, muchacho”. El hombre alzó la mirada, como si buscara a alguien más. “¿Dónde está mi sobrina?” Cregan permitió que lo llamaran muchacho. Aquel hombre, Helman Norrey, era de los únicos a los que podría permitirle aquel comentario. Era el hombre más fuerte que había conocido nunca, el hombre que antes de unirse al Muro le enseñó a empuñar un mandoble, y también era familia suya. Un encuentro más que bienvenido, que se amargó de inmediato con la noticia siguiente. La ausencia de Arra Norrey se hizo presente, y con el único hijo del señor, Rickon, en la guardería del castillo, Helman se permitió brindar en honor a su sobrina en la comida que recibieron poco después, en el gran salón. “Arra era una chica fuerte, indómita. Fiebre de parto… que desgracia.” “El maestre hizo lo que pudo, pero no fue suficiente. Arra estaba agotada después del parto, duró casi todo el día. No es grato recordarlo.”  “Nunca es grato el recordar haber perdido a un ser amado, Cregan. Está bien llorar a nuestros muertos, eso demuestra que fueron parte de nuestra vida, que los amamos. Pobre Rickon… pobre niño.” El hombre negó con la cabeza, el rostro entristecido, y terminó bebiendo de la jarra de cerveza, para después tomar algo más de pan y queso. Tras la reputación de hombre duro que tenían los veteranos de la Guardia, se escondían personas…  Y Cregan pudo vislumbrar por un momento los ojos vidriosos de Helman, amenazando con llorar. Cregan no quería seguir con el tema, ni hablar del llanto o del dolor, ni mucho menos de la orfandad de Rickon, su hijo, que crecería sin madre.  Como Señor de Invernalia, tenía que mantener una imagen, igual que los hombres del Muro. Miró entonces hacia los comensales, la mayoría de aspecto desaliñado.  Prisioneros… ¿a qué clase de criminales estaba alimentando esta vez? “Veo que habéis tenido éxito en el Sur. 100 hombres en una expedición de 4 meses no está nada mal. Y dentro de poco, con el invierno, la casa Stark hará su selección aleatoria, como llevamos haciendo el último siglo. Prepararé suministros.” “No importa tanto el número de hombres que hemos reclutado. Importa más la calidad de cada uno, necesitamos personas más cualificadas… si, hay muchos presos entre nuestros nuevos integrantes, pero hemos tenido la fortuna de caer en gracia a uno de los príncipes.” Helman empezó a bajar la voz, haciendo la conversación todavía más privada. Cregan tuvo que acercarse un poco más a su invitado para poder escucharlo.“El joven príncipe Daeron Targaryen no dejó que abandonarámos Desembarco del Rey con las manos vacías, nos ha dejado un buen cargamento de provisiones, armamento y suministros, suficiente oro para comprar más suministros a Braavos para el invierno… y a Sir Vaemond Velaryon.” Aquello sorprendió al joven señor. No solo por la generosidad que un miembro de la familia real había mostrado súbitamente con la Guardia. Aquello permitiría también que los suministros facilitados por el Norte fueran menores. Es decir, menos comida que darle a la Guardia… y más para su gente. Pero lo que más le sorprendió era que alguien de una posición tan alta como un miembro de los Velaryon aceptara vestir el negro. Una persona de origen valyrio vistiendo el negro… era la primera vez que Cregan veía algo así.  “¿Vaemond Velaryon?” Cregan terminó levantando la cabeza, estudiando con la mirada a los nuevos reclutas que habían llegado con los “cuervos errantes”. Y entre ellos, distinguió al hombre del que hablaba Helman. De rasgos valyrios, había pensado en un inicio que se trataba de un hombre viejo de 60 años o más. Pero, ahí donde lo veía, estaba sentado el hermano menor de uno de los hombres más ricos de Poniente, comiendo gachas. Su pelo era blanco plateado, no era el gris de la edad. “Pero, ¿cómo es posible? ¿Seguro quién es él? “Sí, el mismo. Resulta que llegamos a la Fortaleza Roja días previos a un juicio de importancia. Hubo un juicio por combate por… por la posesión de Marcaderiva”. Helman estaba mirando hacia arriba, como intentando forzar su memoria, tratando de recordar.  “Estuve ocupado revisando las mazmorras y seleccionando a los nuevos vigilantes del Muro, mi señor. No me acuerdo de los detalles, pero Corlys se encontró en mal estado y hubo discusiones en el juicio que traspasaron los límites. Es largo de contar, al final todo se decidió en un juicio por combate para decidir quién se quedaría como heredero de Corlys. Daeron se ofreció a sí mismo como campeón para representar a Lucerys Velaryon, el segundo hijo de la princesa Rhaenyra, y el príncipe Daeron derrotó a Vaemond.” Un trago de cerveza fue una pausa suficiente.  “Antes de aceptar la pena capital, Daeron le había ofrecido como alternativa vestir el negro. Y al borde de la ejecución, tras la derrota, Velaryon aceptó unirse a la Guardia de la Noche, salvando su vida.” Ante aquellas palabras, Cregan se mostró casi incrédulo. “Será bienvenido en la Guardia. Podemos enviarlo a Guardiaoriente del Mar, tenemos una pequeña flota con barcos de patrulla y barcos balleneros, pero creo que un marinero experimentado puede hacer maravillas con eso.” “Con los recursos adecuados, sí.” Cregan terminó tomando un poco más de cerveza. “Pero si un príncipe que no ha superado la adolescencia ha sido capaz de derrotarlo, no espero que llegue alto con los exploradores.” “No lo creo, Vaemond es un veterano de varios conflictos. Lo que ocurrió fue inesperado, pero reveló al príncipe Daeron como un excelente luchador, Cregan. Jafer, uno de mis compañeros, fue a ver el combate y habló de la superioridad que empezó a tener el príncipe en el momento en que Vaemond dijo algo de Lucerys. Como si una furia indómita lo hubiera poseído.” Helman se aclaró la garganta. “Además es capaz de llamar a su dragón con facilidad, aún a una milla de distancia. Escuché el rugido, aquella criatura… tendrías que haberla visto, muchacho. Sobrevoló la ciudad con rapidez, un dragón azul sin jinete ni cadenas sobre la Fortaleza Roja. Mis compañeros se cagaron de miedo.” “Cualquiera lo haría. Un dragón es una bestia, incluso un dragón pequeño puede hacer estragos en una fortaleza… y tres dragones adultos pueden someter al Norte sin necesidad de pelear.” Recordando la conquista de Aegon I, los dos volvieron a beber, vaciando sus jarras. La mente de Cregan, sin embargo, se dirigió a su hijo.  Parecía que la nueva política de Poniente estaba avanzando a pasos agigantados. Antes, no pensaba demasiado en los territorios del Sur, estaba demasiado ocupado con los asuntos del Norte y con el apoyo al Muro, pero su padre había hecho un juramento de fidelidad a Rhaenyra. Temía por la posibilidad de una guerra en los años venideros, en todo Poniente se sabía de la animosidad existente entre la princesa Rhaenyra, la reina Alicent y los hijos de cada una. Sin embargo, ahí donde su propia familia había fallado, la casa Targaryen parecía triunfar. Su tío le había intentado arrebatar el Norte. Sin embargo, según lo que Helman había contado, Daeron se había jugado la vida por los derechos de nacimiento de su sobrino. De cierta forma, Cregan sintió envidia de Lucerys. Si su tío Bennard no hubiera intentado usurpar el gobierno del Norte, tampoco se habría desencadenado una guerra interna. Esos dos meses de conflicto habían conllevado gastar valiosos recursos para el invierno. Recursos por los cuales el Norte debía pelear, su suelo no era tan fértil como en los reinos más meridionales. “Tengo suficiente para alimentar a los míos por unos dos años. Puede que sea suficiente, pero aún así, los solteros, los viejos… Si quieren que sus familias tengan para comer, tendrán que salir a cazar. ” Los pensamientos de Cregan sobre aquello le erizaron la piel, al recordar la costumbre más salvaje del Norte.  Desaparecer en mitad de una tormenta. Aunque Cregan no tenía idea en ese momento de que la guerra que tanto temía, permitiría al menos que sus veteranos murieran con la espada en mano… y con el estómago lleno. 
Decimocuarto día de la cuarta luna, año 129. Bosques de Antigua, Daeron Targaryen.
 Espoleó a su caballo, aumentando la velocidad de inmediato, pasando del trote al galope.  “Adelante, Trueno, ¡muéstrales lo que es la premura!” Ante la orden y el toque de las espuelas, la velocidad de su montura aumentó. Daeron se agachó sobre la grupa, evitando chocar contra las ramas de los árboles, mientras el corcel de guerra del color de la canela, hacía sonar sus cascos contra la tierra, dejando tras de sí un rastro en forma de polvareda. Era su caballo, solo suyo, un regalo por parte de Lord Ormund que Daeron apreció desde el momento en que lo cabalgó la primera vez. Se sentía uno con el viento, de una forma diferente a cuando montaba a Tessarion. Montar a Trueno era como montar a Phillip, su caballo de batalla en Narnia, leal y valiente como ninguna otra montura, aunque de un temperamento complicado. Todo aquello era para Daeron como revivir un agradable recuerdo, de esos que están clavados en la memoria. Terminó echando la vista atrás, dándole a Trueno la orden de detenerse con un leve toque de las riendas. Los perros de caza, los hombres de armas y Gwayne se habían quedado algo rezagados. “Agradecería bastante que mi sobrino no se separa de mí estando fuera de la ciudad, mucho menos en mitad de una cacería.” La voz de Gwayne era grave, y Daeron tuvo la decencia de sonrojarse ante el comentario. “Cabalgar solo es peligroso, Daeron.” “Lamento haberte preocupado, tío.” El joven se disculpó de inmediato, sin ser totalmente sincero. “Trueno tenía ganas de correr. Y la verdad es que yo también, merezco respirar aire fresco.” Había pasado los últimos 5 días encerrado en la Ciudadela, conversando con muchos maestres con eslabones de plata, y visitando la zona que el pueblo llano llamaba las “casas de curación”, celdas dentro de la Ciudadela de Antigua donde se trataban a los enfermos de psoriagris, sífilis y otras enfermedades. Servía como un lugar de conocimiento práctico, donde se podía adquirir experiencia directa sobre una enfermedad y seguir a un paciente durante todo el tratamiento, hasta la curación… o la muerte.Gwayne negó con la cabeza, y su caballo empezó a trotar suavemente al lado de Trueno. Los dos jinetes lideraban la marcha, seguidos casi de inmediato por los fieles sabuesos de caza de Lord Ormund. “Aunque sea tu caballo, deberías tener más cuidado con Trueno, no llevas ni un año con él. Pero reconozco que llevabas varios días encerrado, la verdad me tenías preocupado, sobrino. Apenas son los primeros días de otoño, mientras brille el sol aquí fuera, deberías disfrutar del calor que todavía queda en el ambiente, de los momentos al aire libre. Salir más, y estudiar menos.” “Creo que es bueno intentar compaginar ambas tareas. No te equivoques, tío, disfruto montar a caballo y practicar el combate y otras labores caballerescas, pero la mente también necesita entrenamiento.” Dijo Daeron, antes de que uno de los perros se adelantase, siguiendo las huellas y el rastro de lo que parecía ser un gran venado macho. “Empieza la cacería… quédate atrás.” Gwayne sostuvo mejor su lanza de caza, y se adelantó. Daeron decidió obedecer, con la mente en otro lado. La vida de Viserys se agotaba, y todavía no había encontrado una forma efectiva de tratarlo, a pesar de los esfuerzos. Además de la debilidad que presentaba el cuerpo de su padre, aquella especie de lepra estaba muy avanzada, y no era nada parecido a lo que Daeron hubiera visto jamás. Ni en Inglaterra, ni en Narnia, ni en Poniente.  Con tantos factores en su contra, realmente pensaba que la única posibilidad de curar a Viserys era usando el licor de flores de fuego de Lucy. Pero no había conseguido ningún avance, en todos aquellos años nada lo había acercado ni siquiera a la localización de las dos reliquias restantes, y todavía era considerado por sus familiares como muy pequeño para viajar por cuenta propia. Aquello molestaba a Daeron, tener la capacidad de sobrevolar el continente con Tessarion, pero carecer de la oportunidad de hacerlo. No había tenido suerte tampoco en encontrar a Rhindon, la legendaria y poderosa espada de su hermano, con la vaina forrada de piel de cabra que inspiraba valentía en el corazón de los narnianos cuando Peter la esgrimía en batalla. La única vez que había encontrado algo había sido gracias a su dragona, y a Helaena, quien le habló en primer lugar de la profecía. Pero habían pasado 9 años desde entonces, y de cierta manera, Daeron se sintió desesperanzado, estancado en el mismo lugar a pesar del transcurrir del tiempo. Por otro lado, trataba de decirse a sí mismo que no necesitaría de un arma como Rhindon si no había guerras que librar. Y una guerra entre los Verdes y los Negros era improbable, pudo verlo en la cena. A aquellas alturas del año, Rhaenyra apenas habría dado a luz a su último hijo o hija, y ella no desearía luchar. Y Alicent tampoco deseaba conflicto. Controlar a Daemon, Otto, Aegon y Aemond podría ser más difícil, pero no imposible. Daeron había peleado por los derechos de Lucerys, había demostrado a todo el mundo que, al menos por su parte, la familia podía permanecer unida, sin necesidad de escalar los conflictos a un mayor alcance.  La historia reciente de los Targaryen estaba manchada de sangre, debido a algunos conflictos y asesinatos a un pariente. Maegor mató a dos de sus sobrinos, y muchos decían que Visenya había envenenado a Aenys I. Todo aquello sin hablar del constante juego de poder del pasado de Valyria, en el que no era una, sino 40 familias las que peleaban por el poder. Quizás fue aquello lo que desencadenó la maldición de Valyria. No sabía qué elegirían sus familiares. 
“Siempre se puede elegir, muchacho, aunque no siempre sea fácil elegir lo correcto. No todo aquel que deambula se encuentra realmente perdido”.
 Palabras de esperanza en mitad de una guerra. Daeron no deseaba la guerra, pero por fortuna todo aquello quedaba muy lejos de la actualidad de su familia. Un futuro en paz era posible. Un futuro sin parricidios. Poco sabía Daeron que, aunque en la corte a veces las personas sonreían entre ellos a pesar de apoyar a distintos pretendientes, y luego afilaban los cuchillos en secreto. Había en juego mucho más que el trono de hierro. La cacería terminó en un éxito rotundo, trayendo a la cena de aquel día una excelente pieza de caza. Un venado enorme, un macho adulto que debía pesar poco más de 200 kilos, una criatura que había aguantado casi media hora de cacería hasta que Gwayne le dio muerte con la lanza de caza, tras haberlo acorralado con los perros. Lo entregaron a las cocinas para que abrieran al animal y lo prepararan para la hora de la cena, poco después de que el sol se escondiera en el mar del ocaso. Como siempre, Ormund presidía la mesa, y la joven Samantha Tarly, su reciente esposa de 17 años, se sentó a su lado. Daeron se sentó con sus primos, Lyonel, Martyn y Garmund, a la mitad de la mesa.El primero había crecido más que Daeron a pesar de tener la misma edad, se mostraba más alto y fornido.Martyn era notoriamente más bajo que los dos, pero era mejor jinete que su hermano, y bastante más calmado. Sería enviado al año siguiente como escudero de Lord Redwyne, con quien Ormund tenía esperanzas de formar una alianza matrimonial.Por su parte, Garmund todavía era un niño, que preguntaba a Daeron sobre las artes sanadoras y de los cuervos, como si se hubiera resignado a su joven edad a un futuro de maestre.La pequeña Bethany, la revoltosa niña de 4 años, se sentó algo más apartada, junto a las criadas que se encargaban de alimentarla. Eran la familia de Daeron, y Daeron los amaba, disfrutaba de compartir con ellos todo lo que tenía, e incluso más de una vez les había dejado acercarse a Tessarion lo suficiente como para tocar a la dragona. Eran las únicas personas de Poniente que no eran de sangre valyria que podían presumir de semejante logro sin terminar chamuscados. Disfrutaron de la cena, y ciertamente aquellos eran buenos días, en los que Daeron dividió su tiempo entre profundizar sus estudios y actividades físicas, tanto en el patio de armas como en los alrededores de la ciudad, con Lyonel y Martyn siguiéndolo. Una vez por semana, Daeron y su primo Lyonel salían a patrullar junto a Gwayne, cumpliendo sus deberes como escuderos, acompañando siempre al caballero al que servían. Unos veinte días después de la cacería, Daeron se había ido a dormir pronto, con el cielo encapotado, el ambiente húmedo y cargado a punto de recibir las primeras lluvias de otoño, intensas y bruscas. En la cómoda cama de su habitación, con la ropa de cama puesta, Daeron estuvo mirando al techo por unos 5 minutos, antes de que sus párpados tuvieran demasiado peso como para poner resistencia. Así, Daeron se durmió, sin saber que aquella noche sería la más activa de todas las de su vida reciente. 
Todo empezó con el fondo negro, típico de los sueños, que empezó a deformarse en un mosaico de colores complejos y difuminados, que poco a poco tomaban forma.
 
“Ya voy contigo… mi amor”. Una voz cansada fue lo único que pudo oír, antes de girarse sobre sí mismo, tratando de identificar el origen de aquel sonido. Los colores empezaron a tomar forma, hasta que delante de él, un dragón pequeño con arrugas dejó de aletear, tumbándose a morir. Daeron extendió su mano hacia el dragón, y entonces la criatura desapareció tras respirar una última vez.
 
El ambiente cambió por completo, de un segundo a otro, revelando entonces una única escena. Un hombre, que era a su vez una sombra con una capa blanca, llevaba una corona en las manos, una sortija de acero valyrio con rubíes engarzados. Y colocó la corona sobre la cabeza de un hombre, que parecía dirigirse a una enorme multitud.
 El nuevo rey, recién coronado, echó la mano a la espada, revelando que no era un arma cualquiera. Daeron reconoció de inmediato la empuñadura con rubíes y el filo del color del humo de Fuegoscuro.  
“Le he propuesto la paz y la muy zorra ha escupido en mi rostro. Si guerra es lo que quiere mi hermana… guerra es lo que tendrá.” La voz del nuevo rey le sonaba demasiado familiar… era Aegon. Era su hermano mayor.
 
“Llamad a los abanderados.”
 
Otra vez hubo un cambio, remolinos incesantes que distorsionaron la vista de Daeron. Justo después, un enorme castillo, más grande que ninguna otra fortaleza pero en un estado deplorable, se rendía y se doblaba ante un único dragón rojo… Su tamaño y forma alargados revelaron al dragón, y a su jinete. Se trataba de Caraxes, y en su lomo iba el príncipe Daemon, ataviado con una armadura completa.
 
“Este castillo pertenece ahora a la legítima reina de Poniente, Rhaenyra Targaryen. Arrodillaos, rendid el castillo, y condenad al usurpador Aegon."
 
La imagen se volvió a distorsionarse, ahora era una torre de gran altura que se erguía sobre toda una ciudad, y la cima de aquella torre comenzó a arder con un intenso fuego verde… fuego valyrio que provocó que Daeron apartase la vista con rapidez, temiendo quedar ciego, escuchando entonces el sonido de un millón de armaduras y los relinchos de incontables caballos de batalla.
 
“Tu padre debería conocer mejor sus lealtades.” Aquella voz... era Lord Ormund.
 
“Piedad por mi familia, mi señor”. La voz femenina de Lady Samantha Tarly le siguió.
 
“Eres mi esposa, tu familia somos nosotros. Si tu padre no reconoce a Aegon como su rey, será un traidor”. Fue entonces que Daeron escuchó el sonido de una bofetada, seguida del llanto de un bebé. Abró los ojos llenos de ira pensando que Ormund se había sobrepasado, pero terminó observando las paredes de una habitación en excelentes condiciones.
 
“Mi hijo es un bebé recién nacido, y mi esposo ha muerto. Los Tyrell no participarán en esta guerra, pero os dejaré paso por mis tierras, Lord Ormund”. Lady Alysanne Tyrell, de soltera Oakheart, habló con serenidad ante Ormund, visiblemente frustrada.   
 
“No me importan los dragones, hermana. Me importas tú, me importas tus hijos.”
 
Era la conversación que Daeron había tenido con Helaena meses antes, en su última visita a la capital. Pero ahora, Helaena estaba llorando, frente a un queso ensangrentado y la cabeza de un dragón muy joven… ¿Quién había hecho llorar a su hermana? ¿Qué estaba pasando?
 
Daeron no tenía idea de todo lo que se estaba exponiendo frente a él, hasta que sintió la humedad en su rostro, muy distinta a la calidez de las llamas que había tenido delante de él apenas segundos antes. Volvió a girarse sobre su mismo eje, intentando observar, y se horrorizó con la vista.
 
Era la tormenta más extrema que Daeron jamás pudiera imaginar, llovía a cántaros, como si el cielo se hubiera abierto en canal. Eran auténticas cascadas que caían desde las nubes, y en mitad de aquella tormenta, un único castillo resistía en la costa, al borde de un acantilado blanco que dominaba el mar con orgullo, mientras el estruendo de las olas reinaba en su base. Y cientos de metros más arriba del castillo, dos dragones se alzaron en el cielo. Uno era cinco veces más grande que el otro, y lo perseguía con un brillo de odio en su único ojo. Daeron sintió que su corazón le latía con fuerza, reconociendo a ambas criaturas, aunque Vhagar no era tuerta.
 
Vhagar abrió su boca, y sus dientes afilados como espadas atraparon y destrozaron al dragón blanco, más pequeño. Arrax cayó muerto al mar, partido a la mitad.
 
Daeron intentó gritar, pero de su garganta no brotó voz alguna, a pesar de sus esfuerzos. Era todo silencio después de la muerte de Arrax, mientras todo volvía a deformarse.
 
“La ira de una madre que pierde a su hijo hará que el reino sangre. Y el tuerto quemará todo ante él. Y las doncellas bailarán con vestidos de fuego, mientras sus ojos se vuelven gelatina.” La voz de un hombre pobre y sin brazo derecho se alzó frente a una multitud enardecida, antes de desaparecer.
 
Fue entonces cuando los escuchó finalmente. Eran voces y risas agudas… Era un sonido inhumano, que parecía crujir cada pocos segundos. Se dio la vuelta, y los vio. Esbeltos, de piel pálida, y unos ojos azules que parecían brillar con odio silencioso. Empuñaban hojas translúcidas, hojas afiladas de hielo, que atravesaron la cota de malla de un hombre de capa negra como si fuera seda. Un hombre de la Guardia de la Noche, en mitad de un oscuro bosque nocturno, perdido en la inmensidad de la nieve. Eran los Otros, los Caminantes Blancos.
 
“¡Los dragones han muerto, los lobos han muerto, los cuervos negros han muerto!”
 Gritaba el ejército de criaturas de pesadilla, Caminantes Blancos, ante un muro de hielo totalmente quebrado, avanzando sobre Poniente y conquistando el mundo entero con muerte, frío y tinieblas.

Se despertó de un sobresalto, a la par que un relámpago surcaba el cielo en mitad de la lluvia. Se llevó la mano al pecho, sintió que su corazón se le iba a salir por la boca, pues latía al ritmo del galope de un caballo, y su respiración era casi agónica. Sentía la ropa de cama pegada a su cuerpo por culpa del sudor, a pesar de que aquella noche era más bien fría. Miró a su alrededor, estaba en su habitación privada, en Antigua, en la fortaleza de Torre Alta. ¿Qué clase de pesadilla había sido aquella? ¿Qué clase de horribles pensamientos habían cruzado su mente mientras dormía? ¿Había sido quizás una profecía, uno de esos sueños de dragón ?  Sintió que sus ojos habían comenzado a derramar lágrimas casi sin control, el horror que había contemplado en aquellas visiones era casi indescriptible. Algo que atrapó su garganta, como si una mano estuviera alrededor de su cuello asfixiándolo. Solo una cosa quedó clara para él. Lo supo de inmediato, no era una corazonada, sino una certeza que sentía en la mitad de su pecho. Era como si su corazón le revelase una verdad que Daeron no quería admitir. Viserys había muerto. A Daeron no le importaba quién debía sentarse en el trono de hierro. Lo único que quería era que su familia estuviera en paz. Pero las visiones que había tenido mostraron todo lo contrario. La guerra ya se había desatado, las consecuencias serían devastadoras… Y él no podía hacer nada. "No. No me quedaré aquí”. Los ojos de Daeron brillaron con determinación. El joven alzó la vista y encontró el cuerno de Susan y su espada armada. Lo supo entonces, si quería evitar una tragedia, debía detener a Aemond. Y para ello, debía huir de Antigua, a toda costa. 
Señor Ormund Hightower.
 Ya casi había llegado la hora del búho, y en lugar de estar disfrutando en la alcoba con su joven esposa, Lord Ormund se encontraba en su cuarto privado, sentado en su escritorio. A lo largo de varios años, habían logrado muchas, muchas cosas, todas positivas para la casa Hightower. Con Otto como Mano del Rey apoyándolos, Ormund había logrado incrementar las ganancias de Antigua durante su gobierno. Aunque desde luego, no había sido una política fácil, habían logrado bajar radicalmente los impuestos de la corona sobre la ciudad, permitiendo que las arcas de los Hightower estuvieran más llenas que nunca, sin contar con el próspero comercio que tenía de por sí la gran ciudad. Barcos de todas partes del mundo habían atracado en el puerto de Antigua, desde las Ciudades Libres, Ibb, las ciudades de la Bahía de los Esclavos, incluso Qarth. Durante todos esos años, los Hightower habían vivido en una opulencia incluso mayor a la de años anteriores, igualando a los Velaryon y los Lannister. También habían patrocinado la educación de varios maestres para poder emplearlos como espías en casas influyentes del Dominio, y ganarse fácilmente la amistad de varias casas cuidadosamente seleccionadas para asegurar que ganaban apoyos. Pero todo aquello se había visto complementado gracias a la presencia constante de Daeron Targaryen en Antigua, familiarizando a los señores cercanos a la ciudad más grande de Poniente con el joven Targaryen, y por consiguiente, con el partido de los Verdes. Era más fácil congeniar y apoyar a alguien a quien conocían, y Rhaenyra no había ido al Dominio en todos aquellos años. El único que continuaba con un firme apoyo a los Negros era el terco Lord Thadeus Rowan, de Sotodeoro, seguido por Lord Tyrell, muerto apenas 20 días antes, dejando a una mujer y un bebé como los nobles de Altojardín, y Lord Tarly de Colina Cuerno, su suegro. En parte, la boda con la joven Samantha había sido para traer a Lord Tarly como aliado de los Verdes , una unión que sabía que no sería efectiva hasta que Samantha le diera un hijo. Tarly no sería su aliado en el futuro más próximo, pero igualmente el número de sus efectivos militares combinados apenas llegaba a la mitad de todo lo que podía desplegar Antigua y sus aliados.

Todo se estaba preparando para la gran guerra que se avecinaba. Ormund había temido recibir aquella carta tanto tiempo, pero ahí la tenía, entre manos. Una carta sellada por la Mano del Rey personalmente, concisa y clara. 
“A Lord Ormund Hightower, Señor de Antigua y Guardián de la Fe
 El rey Viserys ha muerto, pero no se ha dado a conocer tan lamentable noticia. El consejo ha coronado a Aegon como nuevo rey, Alicent no se ha mostrado del todo cooperativa. La mantendremos sana y salva en el Torreón de Maegor. Pensé que tenía bajo control a todo el consejo privado, pero Cole ha matado al disidente Lord Lyman Beesbury. Prepara a las tropas, si nos mostramos superiores a Rhaenyra, la guerra puede evitarse. He dividido el tesoro real, una parte irá a las arcas de Antigua, déjalas a buen recaudo. Los Lannister están de nuestro lado, y algunas casas de gran importancia de las Tierras de los Ríos. La lealtad de los hombres de la Tormenta está pendiente, pero tenemos a los hombres de Wylde y Connington asegurados. El Valle y el Norte son enemigos. Necesitaremos algo más que el apoyo de Redwyne en el mar, nuestra flota por sí sola es insuficiente contra Velaryon. De ser necesario, enviaré emisarios a la Triarquía. No confio en la guardia de la ciudad, envía a Gwayne.  
Ya sabes qué hacer. Cumple con tu deber. Para cuando recibas esta carta, Aegon ya habrá sido coronado.
 
 Atentamente, tu tío Sir Otto Hightower, Mano del Rey.”
 Había recibido aquella carta aquella misma mañana. El rey había muerto tres semanas antes, noticia que no se había extendido para impedir que Rhaenyra pudiera preparar una respuesta, un movimiento inteligente por parte de Otto para asegurar la capital.  Era hora de emplear todos aquellos ahorros que había logrado en esos 9 años, y por suerte, tenía su inventario a la orden del día. Sus soldados y caballeros eran numerosos, e irían bien pertrechados, y sus caballos bien alimentados, asegurando también los suministros que necesitarían en la campaña. Además, tenía un gran número de arqueros de arco largo, sin contar los hombres de armas o las levas. Pero toda precaución era poca, debía asegurarse de que tuviera un ejército digno de un rey. Y para ello, contrataría a todos los jinetes libres a los que pudiera contactar. Caballeros errantes, mercenarios y chusma. Cualquier hombre hábil con un mangual, un hacha, una lanza o una espada sería bienvenido en su ejército. La idea de la Triarquía no le agradaba, pero las compañías libres de Essos... serían una ventaja añadida. En mitad de su pensamiento, sin embargo, escuchó alboroto en el piso inferior, algo que rompió la monotonía de la lluvia chocando contra la pared exterior. Eso provocó que se levantara, extrañado por los ruidos metálicos que sucedieron de inmediato. Incluso le pareció escuchar quejidos de dolor de parte de algunos hombres. Ormund no pensaba que la guardia de su casa fuera capaz de semejante torpeza, a veces jugaban a los dados en el descanso, pero en su turno eran competentes.  Un escalofrío surcó su espalda, como una advertencia de que no debía abrir la puerta y explorar el origen del sonido. Sin embargo, era el señor de Antigua, y debía mostrar valor. Bajaría y tendría conciencia de lo que había ocurrido, del origen de aquellos ruidos fortuitos. Justo antes de que su mano tocase el pomo, pudo escuchar los cascos de caballo a galope tendido sobre los adoquines de la entrada, justo por debajo de su ventana. ¿Qué clase de jinete cabalgaría a aquellas horas? Ormund se dirigió de inmediato a la ventana, colocando las manos en el frío y húmedo alféizar. La luz de las antorchas en el lugar reveló a un jinete y un caballo en dirección a la entrada del patio de su fortaleza, recorriendo el lugar rápidamente. Dos guardias, aunque pillados por sorpresa, no tardaron en salirle al paso a detenerlo, pero el caballo se encabritó.  El jinete iba armado con una espada en la mano derecha, sosteniendo las riendas en la izquierda, también llevaba una capa verde y una capucha del mismo color, sin saber quién podría ser, pero el caballo no era cualquiera. Solo pudo verlo por un instante, pero reconocería a aquel corcel en cualquier lugar, pues era el hijo de su propia montura de guerra. Era Trueno. “¡Al ladrón! ¡Subid el puente levadizo!” Pudo escuchar de inmediato a algunos de los guardias del patio movilizarse, antes de que el jinete derrotase a uno de los guardias con un golpe plano de la espada. Tras ello, espoleó al caballo, y Trueno arrolló al otro guardia. Lo último que pudo ver Ormund fue a Trueno saltando sobre el puente levadizo, que apenas segundos antes habían comenzado a levantar. Aquel jinete estaba loco, demente. “¡Dad la voz de alarma! ¡Han robado uno de los caballos del señor!” Los guardias del puente tocaron el cuerno de vigilancia. Ahora toda la guardia de la ciudad sabría que había un ladrón, si es que Trueno no se libraba de él previamente. Conocía bien a ese caballo, terco como una mula con aquellos a los que no conocía. Ese jinete no llegaría muy lejos. Aún así, aquello había sido suficiente. Salió de inmediato de su solar privado, llevaba a Vigilancia, su mandoble de acero valyrio a la espalda, y bajó por las escaleras de su torre hasta llegar a la base. Esperaba que sus guardias se estuvieran moviendo y preparándose para salir a capturar al ladrón, ya les pediría explicaciones después. Sin embargo encontró a sus guardias aturdidos e inconscientes, tumbados sobre el suelo del establo, con el resto de caballos misteriosamente calmados. ¿Qué clase de demonio había pasado por allí y había atacado a su guardia personal? Su corazón entonces dirigió sus pensamientos a su familia. ¿Los habrían atacado? El miedo recorrió la psique de Lord Ormund. “¡CONMIGO LA GUARDIA!”  
Mitad de la noche tormentosa, Daeron Targaryen.
 No llevaba prácticamente nada encima, y sabía que el frío le terminaría calando los huesos. Pero estaba lleno de desesperación, y situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas.  Daeron debía impedir que Aemond matara a Lucerys. Debía detener a su hermano. El lugar que le habían mostrado las visiones… un gran castillo de apariencia casi inexpugnable que se alza en un cabo blanco, al borde de un mar revuelto, mientras una lluvia torrencial azotaba contra sus muros como si quisiera derribarlo. Las descripciones habían sido claras, no era un castillo cualquiera. Era Bastión de Tormentas, en la Bahía de los Naufragios. Había salido de su habitación con apenas una camisa larga de lino, pantalones del mismo material, su morral de viaje que cargó rápidamente con lo que consideró indispensable, las botas de montar y una capa larga con capucha para evitar ser reconocido. Si sus familiares o los guardias supieran lo que estaba por hacer, tratarían de detenerlo. Pero él debía detener la guerra.  ¿Por qué habría tenido aquellas visiones si no era su deber el detener semejante conflicto fratricida? ¿Para qué lo había enviado Aslan a aquel mundo? ¿Cuál era su propósito si dejaba morir a su familia? Se negó a aceptar aquel destino, y armado con su espada y con el cuerno de Susan en su cinto, Daeron abrió la puerta de sus aposentos, colocándose la capucha y dirigiéndose de inmediato a las escaleras. Tendría que moverse con sigilo, aprovechando el manto negro de la oscuridad de la noche. “Conozco las patrullas. Los guardias van de dos a dos, contando a los cinco que protegen a Lord Ormund cuando trabaja en su solar. En total, hay 30 guardias cada noche, 15 de ellos en el patio, la puerta y el puente.” La mente de Daeron trabajaba a un elevado ritmo. Tras tantos años y algunas travesuras nocturnas con Lyonel, como asaltar las cocinas en búsqueda de pasteles de limón, Daeron conocía la excelente vigilancia que tenía la fortaleza de Torre Alta. “¿Quién va?” Había logrado llegar a la base de la torre sin problemas, pero por desgracia, aquella zona estaba bastante más vigilada. Escuchaba los pasos y el ruido metálico de las armaduras apenas a unos metros delante de él, con la luz acercándose a la esquina. La ventana estaba a su izquierda, y a pesar de la lluvia, Daeron decidió colgarse del alféizar, agarrándose a la piedra como si sus dedos fueran garfios de barco. Se pegó a la pared exterior mientras notaba como en su espalda y en la capa aterrizaban un montón de gotas a cada segundo. Se concentró en escuchar a la patrulla pasando justo por el pasillo en el que había estado segundos antes, y esperó casi un minuto colgado de aquella ventana. Cuando el peligro ya había pasado, trató de subir, pero resbaló. Fue entonces que miró hacia abajo, unos tres metros bajo él se extendía el techo de madera y paja de los establos. No tuvo que pensarlo un instante, antes de soltarse. No aterrizó de la mejor manera o la más silenciosa, esperó que el ruido ambiental amortiguase los sonidos de su presencia allí. Se descolgó del techo, y entonces, se encontró cara a cara con una patrulla de dos guardias. Debido a la sorpresa, ambos hombres se echaron hacia atrás, antes de desenvainar la espada, sin preguntar por el intruso. Daeron desenvainó también su arma, para después agarrarla a dos manos y golpear rápidamente a la cabeza del guardia de la derecha. El sonido retumbó cuando el yelmo y la espada se encontraron, dándole a Daeron el tiempo justo para entrechocar espadas contra el otro guardia, quedando el primero inconsciente. “¡A mí la guardia!” El hombre había dado la voz de alarma, Daeron movió su espada en vertical, empujando levemente al hombre, deshaciendo el choque de aceros. No quería matarlo, pero debía correr. Y eso hizo, se metió de inmediato en el cubículo de Trueno, con el guardia persiguiéndole. Se giró, y vió como el guardia pretendía atacarlo, con la espada en alto otra vez.  “¡Arriba, Trueno!” Dio la orden, mientras esquivaba hacia la derecha. Su caballo se elevó sobre sus patas traseras y agitó las delanteras, y sus pezuñas golpearon contra el guardia con gran fuerza, cayendo a plomo contra el suelo. Daeron rezó por no haberlo matado, pero no tenía tiempo que perder. Ensilló rápidamente a su caballo, que no paraba de mover su cabeza, casi impidiendo que Daeron tomara las riendas.  Con voz suave y acariciando su crin y su frente, Daeron intentó calmar a su caballo. “Soy yo, Trueno. Daeron… Soy yo. Te necesito, amigo mío. Eso es… calma.” Trueno relinchó levemente, como afirmando que reconocía a su jinete. Daeron asintió, abrió la puerta y se subió a la silla de montar. “¡Vamos, Trueno, dale honor a tu nombre!” Ante la orden y el toque de espuelas, el caballo no tardó un momento en empezar a trotar y a galopar. Daeron tuvo que enfrentarse a más guardias, pero cuando salió de la fortaleza, había hecho la mitad del trabajo. Ahora solo debía recorrer la ciudad, doblando esquinas y evitando a los guardias mientras su montura relinchaba bajo la lluvia, que se había intensificado lo suficiente para dificultar un poco la visión. “Corre, Trueno. ¡Más deprisa!” Exigió Daeron a su montura una vez vio la puerta norte de la ciudad, mientras la voz de alarma se extendía a través de toques de cuerno. Tenía miedo de mirar atrás, pero sabía que estaba siendo perseguido, aunque desconocía el número de guardias. Mientras Trueno galopase a todo lo que el cuerpo le daba, no lo alcanzarían. Daeron sentía como el frío le llegaba a los dedos, pero seguía tomando las riendas de su montura. “El frío de Jadis era peor y mortal.” Se dijo Daeron a sí mismo, para darse valor. “¡Alarma!” “¡Ladrón hacia el norte!” “¡Han robado al señor!” “¡Atrapad al criminal!” Las voces sucedían a su alrededor, pero la puerta de la ciudad estaba ahí, apenas a 100 metros. El rastrillo de la puerta empezó a bajar poco a poco, con un guardia todavía vigilante, armado con una alabarda y cortando el camino bajo la puerta. Daeron casi podía escuchar el mecanismo del rastrillo haciendo descender la reja de hierro, si bajaba, todo estaría perdido. Si aquella reja bajaba, Lucerys moriría. Daeron no pensaba permitir que aquello sucediera, y lleno de desesperación y furia, espoleó a Trueno una vez más. “¡Hasta el fin del mundo, Trueno!” Cabalgaba solo, sin que nadie pudiera impedírselo, atravesando la última calle como si fuera un señor de los caballos, y todos estuvieran temerosos de detenerlo. Nadie le impediría ir a ayudar a su sobrino, nadie. Como un viento entre el polvo, recortó aún más la distancia, lo suficiente para que guardia y jinete cruzasen miradas por un instante. Los ojos de Daeron, los ojos de Edmund, brillaban con una luz azul, totalmente dominados por una cólera enloquecida. El guardia estaba equipado con armadura completa y alabarda, le bastaría un tajo para cortar a Daeron a la mitad, pero el muchacho seguía acercándose a él en una carga suicida, una acometida autodestructiva, cabalgando como si fuera el mismísimo Guerrero.  “¡Apártate si valoras tu vida!” Daeron gritó con una voz alimentada por la ira, y el miedo cubrió de tinieblas el corazón del guardia, tanto por escuchar a Daeron como por ver aquellos ojos azules, llenos de determinación. Daeron cruzaría aquella puerta o moriría en el intento. La sangre del guardia quedó helada ante las palabras y el aspecto de Daeron, y terminó por apartarse en el último instante, temiendo que el corcel lo aplastara. Cuando el rastrillo chocó contra los adoquines de la calzada, Daeron ya había logrado salir de la ciudad, en dirección a las colinas del norte, allí donde Tessarion tenía su nido. Tenía frío, el cuerpo tenso, y aunque su caballo era una montura excelente, él mismo se sentía agotado por las pesadillas que lo habían privado del sueño. Trueno tenía resistencia de sobra. Él, quizás no tanto, pero su mente estaba más que decidida. No dejaría ganar a la muerte.

----- CHAPTER BREAK -----

Afueras de Antigua, Daeron
 Targaryen.

La muralla de la ciudad se hacía cada vez más pequeña a la distancia, o eso fue lo poco que pudo ver Daeron en mitad de aquella fría tormenta. Fue un simple vistazo hacia atrás, el ritmo elevado de Trueno haría que tuviera un considerable espacio de ventaja antes de que una tropa de guardias y caballeros saliera de Antigua a darle caza. Si debía expresarlo de alguna manera, había sido un milagro pasar por la puerta antes de que el maldito rastrillo bajara, y ahora era aquella misma reja de acero lo que le estaba dando un valioso tiempo.

Cabalgó cerca de algunas granjas, conocía bien los caminos del norte. Antigua tenía el mar al oeste, pero en las otras direcciones, y especialmente hacia el este, había una gran cantidad de casas extramuros, hogares que se dedicaban al cultivo de la tierra fértil que pertenecía a los dominios de Antigua. Por suerte, desde que Tessarion había reclamado las colinas del norte como su territorio para anidar, nadie se había atrevido a molestar a la dragona, que se alimentaba de bestias salvajes de los bosques y de peces en el mar.
 
Crecer en ese estado de semilibertad había provocado que, en aquellos 9 años, Tessarion creciera a un ritmo rápido. Y a pesar de la noche, de la lluvia y los truenos, Daeron pudo reconocer un rugido familiar varios kilómetros más adelante. El vínculo que los unía era suficiente para que Daeron supiera que Tessarion estaba despierta, pero parecía que la dragona quería confirmarlo con un alarido feroz.
 
“Vamos Trueno, ¡detente!” Un último toque de las espuelas y la orden fueron suficientes para que el caballo cesara su galope. Bajó el ritmo de su carrera al trote, y luego al paso. Finalmente, se quedó quieto, los dos encontrando un refugio bajo un manzano, empleando la techumbre de follaje para protegerse un poco de la cruel tormenta otoñal. Aquel era un mal clima para volar.
 
Daeron bajó del caballo, agradeciendo a Trueno con una fruta del árbol, que el animal no tardó en degustar, aprovechando que finalmente podía descansar. Daeron acarició la frente del animal, su montura le había otorgado una vía de escape. En su corazón sentía la certeza de que si hubiera sido otro caballo, no habrían logrado llegar a tiempo.
 
Habrían quedado atrapados en la ciudad amurallada, si es que siquiera hubieran podido salir de la fortaleza de Torre Alta.
 
“Eres un buen caballo, Trueno. El mejor. Pero no puedo llevarte conmigo en este viaje.” Y es que su montura no era Phillip, y él mismo no se encontraba en Narnia. Sin embargo, aunque su caballo no dijera palabra alguna, Daeron sentía que, de alguna manera, el animal era capaz de entenderlo. Por desgracia, ni siquiera un corcel como Trueno podría llevarlo hasta Bastión de Tormentas tan rápido como podría hacerlo Tessarion. 
 
A caballo y a buen ritmo, serían como poco 15 días de viaje, tardaría 10 en llegar a la linde del Bosque Real, habiendo pasado por los territorios de Colina Cuerno y Vado Ceniza. Luego, recorrer el bosque sería más complicado, unos 3 o 4 días, hasta llegar al camino real, al lado de Puerta de Bronce de los Buckler. Y desde ahí, un día o dos hasta Bastión de Tormentas. 
 
Demasiados rodeos por culpa de las montañas occidentales de las Tierras de la Tormenta, con algunos senderos impracticables a caballo, de tal forma que no se podría llegar desde Vado Ceniza hasta Bastión de Tormentas por un camino más directo. Pero todo obstáculo de la tierra era inútil contra Tessarion, podría llegar en 4 días, quizá menos si el tiempo acompañaba. En el aire brilló una deflagración azulada, en mitad de aquella lluvia. Era la señal, Tessarion estaba cerca, volando casi a ras de suelo.
 
Así, Daeron tomó la decisión definitiva. 
 
“Vuelve a Antigua, a casa, Trueno.” Le dio un pequeño azote en los cuartos traseros al animal, que se encabritó y se marchó a ritmo de galope, alejándose del manzano. Apenas medio minuto después, la imponente figura de Tessarion aterrizó apenas a unos 10 metros de él, a campo abierto.
 
Daeron había tenido pesadillas horribles aquel día. Ojalá fueran simples pesadillas, pero algo más le decía que aquello eran visiones. A la par que se acercaba a Tessarion, Daeron pensaba en todo aquello que había hablado con su hermana meses antes.
 
Por todo lo demostrado a lo largo de los años, era evidente que Helaena tenía sueños de dragón, la duda era si él mismo los poseía. Era una rareza, incluso entre los descendientes Targaryen. La sangre valyria era mágica, era algo que se decía entre el pueblo llano, y entre muchos de los nobles.
 
Era lo que permitía que Daeron tuviera aquel vínculo tan especial con Tessarion. Se acercó a ella, el olor a carne quemada le llegó a la nariz. Parecía que su dragona había estado comiendo recientemente.
 
“¡Ryvas Tessarion!” Obedientemente, Tessarion se agachó lo suficiente para que Daeron pudiera montarse en ella. El muchacho se aferró a la silla, asegurándose de que cada correa estuviera abrochada, así como ajustándose mejor su propio cinto, pues no deseaba perder ni su espada ni su cuerno de guerra. Cuando lo hizo, elevó la vista, observando luces de antorchas a lo lejos, pero demasiado cerca para su propio gusto. Una patrulla de Hightower tan cerca no era algo que le agradaba. La tormenta había empezado a amainar, pero todavía sentía la humedad calando hasta los huesos. “¡SOVES TESSARION!”
 
Un rugido ensordecedor recorrió el aire, y su origen era la poderosa garganta de Tessarion. La criatura, conocida por muchos como la Reina Azul, pues la comparaban en agilidad con Meleys, la Reina Roja, empezó a tomar impulso, ganó velocidad y agitó las dos vastas alas. Daeron sintió de inmediato que había perdido toda conexión con el suelo, pero eso no le impidió tomar las riendas de su dragona, y controlar su vuelo.
 
“Al este…. ¡Soves, Tessarion!” Daeron movió las riendas, indicando la dirección deseada. La dragona obedeció la orden, su cuerpo alargado empezó a virar a la derecha, dejando tras de sí las colinas y el Mar del Ocaso. Más y más alto se elevó Tessarion, hasta tal punto que Daeron sospechaba que ningún humano o animal podría verlos desde el suelo, en aquella lluvia nocturna que tanto empapaba su cara. La tormenta terminó amainando pocas horas más tarde, y a pesar del aspecto nublado del cielo gris, hombre y bestia sabían que ya había amanecido.
 
Daeron siguió presionando a Tessarion un poco más, pero al llegar el mediodía, decidió detenerse. Volar durante tanto tiempo los agotaría demasiado, tanto al jinete como a la montura. Así que ordenó a Tessarion bajar a tierra de inmediato.
 
En mitad de aquella planicie salvaje, podía ver un pequeño bosque a la distancia, hacia el norte y hacia el oeste se extendían lomas suaves y colinas poco empinadas plagadas de aún más árboles, y hacia el este había un extenso trigal, pero hacia el sur se extendían montañas rojas, viejas y pedregosas. Aquella era una zona más vacía de lo normal, algo extraño para aquel lugar, ya que el Dominio era el reino más poblado de todo el continente. 
 
“Las marcas dornienses…” Daeron siguió recorriendo el horizonte con la mirada, tratando de orientarse de algún modo, a la par que se deshacía del agarre de todas las hebillas y correas que lo unían a la silla de montar. ¿Cuánto habían recorrido en aquella noche? ¿Quizás unas 50 leguas, 100? ¿Era posible que hubiera recorrido más de 500 kilómetros en una sola noche? Daeron simplemente no podía saberlo, juzgar las distancias a vuelo de dragón era más complicado que hacerlo a caballo, pero de una cosa estaba seguro, se sentía agotado y hambriento. “Puede que hayamos llegado a Colina Cuerno.”
 
Daeron no dudaba, a su vez, que Tessarion también agradecería un buen descanso. El problema sería conseguir provisiones, más allá del pan que traía consigo, mojado por culpa de la lluvia. No se atrevió a comerlo y suspiró, se sentó un momento sobre la hierba, tratando de pensar, hasta que pudo localizar en el suelo pequeñas bolitas redondas de colores pardos oscuros.
 
“Conejos…” Daeron supo qué sería su comida aquel día. Sin embargo, su mente también se mantuvo ocupada, pensando en las dificultades que tendría para volar si el tiempo en las Tierras de la Tormenta era peor. Fue entonces que su mano tocó el cuerno de Susan, y recordó las propiedades de aquel cuerno. Algo o alguien iría a socorrerlo si lo necesitaba de verdad… Recordó el sonido que había hecho a todos callarse en el gran salón del trono de Hierro.

“Incluso la magia que se usa con buena intención puede ser peligrosa a veces, hijo de Adán. Aquellos que se pierden entre los hechizos, se pierden a sí mismos en la búsqueda de más poder.”

Las palabras de Aslan eran como el recuerdo de un regaño familiar, pero Daeron no era capaz de pensar en otra cosa. Aquel cuerno había sido capaz de llamar a los hermanos Pevensie desde la Tierra hasta Narnia. Ellos habían logrado cruzar entre mundos. ¿Podría usar el cuerno para encontrar a su sobrino en mitad de la tormenta?
 
Quizá, en aquella situación, fuera la única luz a la que podía aferrarse. Su último faro de esperanza, antes de que la tragedia fuera inevitable.

Fortaleza Roja, Alicent Hightower.

Muchas veces, se había sentido prisionera de su deber. Pero ahora era prisionera de su propia familia, en el sentido más desagradable de la palabra.

“Necesito salir.” Dijo a la puerta de sus aposentos, en un tono casi suplicante, hasta que la voz de Willis Fell le respondió.

“La acompañaré al comedor cuando sea la hora de la cena, Reina Madre.” Aquel comentario le desagradó, recordándole que, como viuda de Viserys, había perdido casi todo su poder e influencia de la noche a la mañana. Pero eso no le hizo dejar de insistir.

“¿Dónde se encuentra mi hija? ¿Dónde están mis nietos?” Su mano tocaba el pomo, casi queriendo abrir la puerta… todo se había derrumbado en demasiado poco tiempo.

“El príncipe Jaehaerys se encuentra con el Rey Aegon en el consejo privado. La reina Helaena, la princesa Jaehaera y el príncipe Maelor se encuentran en sus aposentos reales, vigilados por Thorne y Cargyll. Con ellos están las mujeres del séquito de la reina.”

Ni siquiera tenía conciencia de qué día era, aunque estaba segura de que ya había pasado más de una semana desde la coronación de Aegon en Pozo Dragón. Su corazón no había perdonado a Rhaenyra del todo, eran viejas heridas que debían tratarse todavía, pero habían logrado entenderse lo suficiente. Con el tiempo, las relaciones cordiales eran posibles, lo había visto en la cena.

Había paz, estaba segura de ello, vio a Helaena sonreír como nunca bailando amistosamente con Jacaerys, y tanto la familia de Rhaenyra como la suya parecía conversar en paz y con afecto real en sus voces, como si hubieran comprendido los deseos de Viserys y de Daeron. Era como si fuera un sueño, tenía en su pecho una sensación de paz, de estar a salvo, como si tantos años de discusiones, angustias y amenazas silenciosas hubieran llegado a su final. Como si la original amistad que tenía con Rhaenyra pudiera recuperarse, reconstruirse de algún modo.

Sin embargo, después de la marcha del rey y de los niños, Aemond realizó aquel escándalo y las familias no se separaron de la mejor manera. Aún así, Rhaenyra y Alicent mantuvieron contacto frecuente por cartas los primeros meses del año, y Alicent había enviado sus felicitaciones a Rhaenyra al recibir la buena noticia del nacimiento de Visenya, una joven niña saludable.

La muerte de Viserys sucedió unos 4 o 5 días después del nacimiento de Visenya. Ella misma encontró el cadáver de Viserys en los aposentos reales, sobre la cama, y se informó al consejo… estaba preparada para lo que debía hacerse. Preparar la dolorosa tarea que era una ceremonia de entierro real. Viserys había sido un rey que no había logrado nada excepcional, pero al menos había hecho lo que debía hacer, no cambiar nada de las políticas de Jaehaerys I, continuando el pacífico reinado del Viejo Rey.

“El rey Viserys ha muerto.”

La voz de Otto tenía algo de melancolía entre aquellas palabras.

“Eterna sea su gloria, larga vida a Viserys I, el Pacífico.”

Los hombres del consejo privado parecieron asentir ante las palabras de la Mano del Rey.

“Se debe avisar a Rhaenyra de esta terrible noticia.”

Alicent se mostraba triste, como era normal. A pesar de los defectos, había aprendido a amar a Viserys, y lo que le había dado. Sus tres hijos, su hija Helaena… sus nietos.

“Se le avisará. Sin embargo, no puede ser todavía, debemos preparar a Aegon para su nuevo papel.”

Otto volvió a hablar, y eso hizo que Alicent dirigiera su mirada a su padre. ¿Nuevo papel?

“Sí, mi Señor Mano. Aunque no creo que necesitemos mucho para preparar una coronación.”

Fue el turno de hablar de Wylde.

“La fecha y la presencia de la corte son claves en un acto tan importante, pero también debe ser rápido, propongo coronar a Aegon en menos de un par de semanas.”

“Paciencia, Wylde. Podemos hacerlo en menos tiempo de lo que planeamos. Una semana, y todos verán a Aegon como nuevo rey.”

Nuevamente habló Otto.

¿Coronar a Aegon? ¿Qué estaban diciendo?

“¿Habéis planeado coronar a Aegon sin que yo lo supiera?”

La paciencia de Alicent se había quemado tan rápido como un pergamino en una chimenea. Colocó sus manos en la mesa, levantándose súbitamente.

“Mi reina, no había necesidad de alterarla con estas planificaciones, cargarla con semejantes preocupaciones sería algo superfluo.”

Tyland Lannister elevó su voz, pero Lyman Beesbury también lo hizo de inmediato. El hombre era anciano, pero se levantó con más agilidad de la que Alicent hubiera esperado.

“No formaré parte de esto. ¿Planeáis usurpar a la verdadera heredera de Viserys? ¡Yo estuve en el salón del trono el día que Rhaenyra era nombrada heredera!  ¡Todo el reino sabe que Rhaenyra es la heredera!”

“Fue hace 23 años, muchos de esos señores están muertos u olvidaron ese juramento.”

Wylde habló de nuevo, antes de que la discusión se saliera de control, pues todos salvo el maestre y el silencioso Lord Larys Strong empezaron a hablar sin respetar turno de palabra, con Alicent totalmente callada debido a que intentaba procesar todo.

“Estáis tramando usurpar el trono.”

Lyman tenía los ojos viejos, llenos de un enfado indescriptible, vidriosos y cansados por los años.

“El hijo varón del rey no es un usurpador, Lord Lyman. Siempre ha sido el legítimo heredero, siempre ha sido así en toda casa noble.”

Finalmente, Cole habló, demostrando que todos en el consejo privado apoyaban a Aegon, a excepción de Beesbury.

“Tus palabras no son dignas de tu posición, Sir Criston, ¡esto es un robo, es traición lo que estáis proponiendo!”

“Tenga cuidado con sus palabras, mi señor de Beesbury.”

Orwyle parecía continuar con un tono sosegado y calmado, pero aquello sonó más como una amenaza.

“El rey se encontraba mejor anoche.”

“Muchas veces las personas mejoran repentinamente, antes de fallecer.”

Nuevamente fue el turno de Orwyle.

“Cenamos con él, lo visteis, se estaba recuperando… ¿Quién de vosotros puede confirmarme que murió de forma natural?”

Los ojos de Beesbury se cruzaron con los de Otto, y luego fueron directamente a conectar su mirada con la reina. Alicent sintió como si la mirasen desnuda e indefensa.

Ella no tenía idea de todo lo que estaba pasando, y desde luego, no supo reaccionar a lo que vino después.

“¿Nos acusas de algún delito, Lord Beesbury?”

Lord Wylde, Vara de Hierro, se elevó en toda su altura, y habló en un tono menos conciliador que el Gran Maestre.

“¿De regicidio, tal vez?”

“Os acuso de usurpadores, de asesinos, de traidores… ¡Arderéis en los siete infiernos por esto!”

Lyman elevó su voz demasiado. Por una vez, el consejo privado del rey se presentaba totalmente conflictivo, todos en contra de la opinión de un solo hombre.

Sin embargo, Sir Criston Cole, Lord Comandante de la Guardia Real, aún no había hablado. Se movió ágilmente, pero en silencio, como una sombra que no llevaba armadura completa, y sus manos se movieron hacia Lord Beesbury. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, el cuello de Beesbury fue atrapado por la mano izquierda de Cole, mientras que la mano derecha del caballero fue directa a por el cuchillo del cinto. En un momento, el cuello del consejero de la moneda fue cortado, y un reguero de sangre brotó de la herida, mientras Cole seguía sosteniendo al venerable hombre de 80 años.

Alicent se quedó en shock por el asesinato, ocurrido frente a ella… y cómo los demás miembros del consejo, en lugar de darle mayor importancia a lo ocurrido, empezaron a hablar sobre Aegon y preparar la coronación.

Alicent sintió que todo aquello le sobrepasaba, y ciertamente, su cerebro se apagó, provocando su desmayo. Cuando despertó, ya por la mañana, la habían llevado a sus aposentos. Cuando su padre acudió a verla, discutieron durante demasiado rato, hasta que a Alicent le dolió la cabeza.

Llevaba demasiado tiempo apoyando a Aegon como heredero a la corona, aunque fuera en secreto. Era Otto quien se había ocupado de todo aquello, pero después de la cena con la familia entera, Alicent había vislumbrado un futuro con Rhaenyra como reina, en un gobierno pacífico, en el que sus hijos y nietos ocuparían altos cargos de poder sin la presión que ejercía la corona. Sin esa preocupación constante de la que había hablado Viserys… y Daeron.

“No hay que preocuparse de las espadas que forman el trono, sino de la que cuelga sobre la cabeza del rey. Ser rey significa mucho más que mandar sobre todos aquellos que están por debajo de ti. Ser rey significa ser valiente, benévolo, y sabio, sin olvidar la justicia. Y si, puedes tener defectos como persona, pero no puedes mostrarlos como monarca. Padre lleva teniendo ese peso sobre sí mismo mucho tiempo.”

Las palabras de Daeron le resultaron entonces tan reales, que casi podía oírlas, como si su hijo estuviera allí.

Las veces que había hablado con Daeron sobre la responsabilidad de la corona, sobre los deseos de paz, el nulo interés de Helaena en el gobierno o la propia actitud de Aegon… Alicent no era ciega, quería a su hijo, pero en el mejor de los casos Aegon sería un títere de Otto, y en el peor… Aegon no se había criado precisamente conociendo límites, sus escapadas nocturnas ya eran conocidas en la corte.

Comprendió, demasiado tarde, que no deseaba ese futuro para su hijo.

“Aegon debe ser el rey, Alicent. Si Rhaenyra se sentase en el trono, sería fatal, la persona que realmente gobernaría sería Daemon. Llevamos muchos años trabajando para esto, no te hagas la sorprendida ahora.”

La voz de Otto la hizo sentir de nuevo como cuando era una niña, incapaz de tomar su propio destino.

“¿Quieres que mi cabeza sea el adorno de una pica? ¿Quieres que la cabeza de tus hijos, tus nietos, o tu propia cabeza compartan el destino de traidores? Ese será nuestro destino si Lord Lecho de Pulgas consigue llegar al poder. Un rey consorte tan cruel e intransigente como Maegor.”

Alicent se sentía incapaz de hablar. Por un lado, su vieja amistad con Rhaenyra, y el deseo de paz de Daeron, el ver a Helaena viviendo tranquilamente con sus hijos en la corte le exigían enfrentarse a su padre. Pero por el otro, años y años en los que ella misma alimentó un odio fratricida contrarrestaban contra su actual punto de vista. Otto parecía notar la duda en su hija, y presionó aún más.

“La última vez que me desobedeciste, me expulsaron de mi puesto como Mano del Rey. Puede que hayas sido reina, pero sigues siendo una mujer. No sabes lo que es tomar decisiones, desconoces qué es lo mejor para ti, o para tus hijos. Yo sí lo sé, hija mía. Déjame hacer… Los hijos legítimos del rey tienen más derechos que esa prole de bastardos.”

Irónicamente, Alicent habría estado de acuerdo meses antes… pero no en aquellos momentos. No después de haber visto las consecuencias de la conspiración, Lord Beesbury siempre había sido noble y honorable, un buen hombre, era amable con ella, y había muerto por mantener su palabra. ¿Cómo podía ser aquello lo correcto si eran culpables de la muerte de un hombre como Lyman?

Otto presionó contra ella un poco más.

“Aegon, Aemond, Daeron… ¿quieres ver sus cabezas en el paseo del traidor?”

La imagen mental era demasiado desagradable, al punto de provocarle reflejo de vómito. Se sentía horrible, ¿desde cuándo su padre era capaz de hablar así?

“Esto… esto no está bien, padre. Planear y conspirar, sin saber que esto podría traer la ruina a nuestra casa. Padre, por favor… no deseo la guerra.”

“Y no habrá guerra, cariño. No la habrá.”

Alicent casi se permitió relajar su cuerpo ante las palabras y el tono más sosegado de Otto.

“Tenemos ventaja en tierra con los ejércitos de Lannister, Hightower, y otros muchos vasallos del Dominio, todo gracias a la positiva influencia que tu hijo ha dejado en los señores del Mander. También tenemos aliados en las tierras de los Ríos, a Lord Larys, Lord Bracken y Lord Vance de Atranta.”

Ante las declaraciones de su padre, Alicent recordó la razón original por la que Daeron fue enviado a Antigua, y se maldijo a sí misma por ello. Otto continuó hablando, tratando de convencerla a base de argumentos de superioridad.

“Tenemos los recursos para comprar los servicios de mercenarios y compañías libres de Essos. Y tenemos a Aegon con Fuego Solar, a Daeron con Tessarion y a Aemond con Vhagar, y además, tanto Daeron como Aemond están solteros, disponibles para alianzas. Rhaenyra no tiene nuestros números, ni una ciudad rica que la apoye. Nosotros contamos con el tesoro real, con la capital del reino, con los bancos de Antigua y Lannisport, y con todos los elementos legítimos Targaryen. El trono de hierro, la espada
Fuegoscuro,
la corona, y el precedente del Gran consejo, la línea masculina prevalece sobre la femenina. Lo tenemos todo, Alicent. Solo tienes que quedarte callada y obedecer.”

Alicent se negó en redondo a lo que proponía Otto. Había pasado su vida obedeciendo a su padre, y eso solo la había hecho infeliz la mayoría del tiempo.

“No, no lo haré. No dejaré que lo hagas. Conoces a mi hijo, lo ves todos los días, ¡Aegon no tiene la capacidad para gobernar!”

Alicent ni siquiera se dio cuenta de que elevó la voz. Otto, sin embargo, mostró un atisbo de sorpresa en su rostro, antes de endurecer nuevamente su expresión.

“Menos capacidades y menor autocontrol tiene Rhaenyra, y al contrario de lo que piensas, no necesitamos que gobierne. Solo necesitamos que se siente en ese trono y guarde las apariencias, mientras yo dirijo el reino como llevo haciendo ya varios años, y me encargo de instruir al heredero. Estás cansada, hija… deberías recostarte.”

Las palabras de Otto fueron como una sentencia que la hicieron callar, al comprender qué clase de hombre era su padre. Era como si el único objetivo de Otto fuera asegurarse de que su nombre y su familia permanecieran en la cima del poder, como un reflejo de su éxito, y de su control sobre el Trono de Hierro, a pesar de no ser él quien se sentaba en él. Tras tantos años bajo su sombra, había aprendido lo que significaba la palabra “legado” para Otto Hightower. No era la herencia a los hijos, sino una necesidad práctica para seguir gobernando con autoridad y asegurarse de que sus descendientes hicieran lo mismo.

Después de esa discusión y la sentencia de Otto, quedó recluida en sus habitaciones, con todas sus conexiones pérdidas, e incapaz de hacer nada más que ver pasar los días, mientras que en el castillo se daba la excusa de su repentina desaparición de la corte real como resultado del dolor de enviudar. Y es que Alicent realmente se sentía prisionera de un dolor, pero no solo de volverse viuda, sino de la impotencia, de sentir que se acercaba una batalla de la que no podía escapar.

Un rugido familiar que recorrió el cielo de la ciudad la hizo asomarse a la ventana. La enorme criatura sobrevoló la Fortaleza Roja dando aleteos lentos, habiendo ascendido gradualmente desde las afueras de la ciudad. Vhagar era una dragona vieja, la más grande de todos los dragones, y en su lomo no iba otro que Aemond. Era algo típico de él, de sus hijos, Aemond era el jinete más experimentado. Momentáneamente, pensó que iría a volar, o a cazar, y que volvería pronto. Pero la noche llegó, y en la cena familiar, no lo vio sentado en la mesa.

Era uno de los pocos momentos del día en los que la reina podía salir de su habitación, pero el ver que la mitad de sus hijos no estaban allí desataron preguntas cuando sus nietos se fueron a la cama con Helaena.

“La ausencia de Daeron en esta mesa es entendible, ya que mi hijo más pequeño reside en Antigua. ¿Pero dónde está Aemond? Hace tiempo que no lo veo.”

Su hijo, el Rey Aegon II, y su padre, Lord Otto Hightower, Mano del Rey, le miraron como si no supiera nada. Aegon siguió bebiendo algo de vino, pero fue el primero en hablar.

“¿No es obvio, madre? Aemond es mi hermano, y es el jinete con el dragón más fuerte… y además, está soltero. Rhaenyra ha escupido en mi cara, aún cuando le he ofrecido la paz de forma honrosa.”

“¿Ofrecerle la paz? ¿De qué hablas?” Alicent miró a Aegon como una madre mira a un hijo que ha roto la vajilla. Pero Aegon no se inmutó.

“El Gran Maestre Orwyle marchó bajo estandarte de paz hace unos días, y parece que Rhaenyra ha celebrado su propia coronación en Rocadragón, también ha rechazado nuestros términos.” Otto hablaba como si todo aquello no significara nada, a pesar de que el plan original de intimidar a Rhaenyra por la superioridad de fuerzas en el ejército no había funcionado.

“Segun Orwyle, Rhaenyra dijo que tendría el trono, o mi cabeza.” Aegon terminó lanzando la copa de vino hacia la pared. “Maldita zorra desgraciada. Si guerra es lo que quiere, guerra tendrá. Lo que pase después, será culpa suya.”

Ella no había enseñado a Aegon a hablar así, y sin embargo, ahí estaba. No solo eso, el mayor pecado que conocía Alicent era, sin duda, el asesinato de parientes. Y Aegon estaba hablando de guerra con tanta facilidad que casi le daba miedo. ¿Qué clase de ira había poseído a su hijo?

“No es mi deseo que se derrame sangre, Aegon.” Alicent trató de reñir a su hijo, pero su tono casi parecía sumiso, como si hubiera perdido toda la fuerza. Como si todo aquello le estuviera causando un enorme cansancio. “Nada de lo que habéis dicho contesta a mi pregunta. ¿Dónde está mi hijo?”

“Tampoco es mi deseo, pero Rhaenyra no hace más que intentar interponerse en mi camino. Lo lleva haciendo toda la vida… ¿no es eso lo que me has dicho siempre, madre?” Nuevamente, a Alicent le pesaron las consecuencias de sus actos.

Otto tomó rápidamente el turno de palabra.

“Queremos asegurar las Tierras de la Tormenta para convencer definitivamente a Rhaenyra de que carece de aliados en el continente directo. Tenemos prisioneros a varios nobles de las Tierras de la Corona, estamos aislando a Rhaenyra por tierra. Necesitamos más hombres, y Lord Borros Baratheon tiene 4 hijas de edad adecuada. Aemond tiene libertad para elegir a su futura esposa.” Habló como si importase poco lo que significaba aquello. ¡Su hijo se casaría por obtener el apoyo completo de uno de los reinos! Y no cualquier reino, los Baratheon tenían menos hombres que los Hightower, pero tenían en sus filas a guerreros muy experimentados debido a las incursiones dornienses.

La cena terminó con ella sin apetito, debido a la noticia. Fue escoltada a sus habitaciones en silencio, como una prisionera en su propia casa. Y se tumbó en la cama, sin siquiera cambiarse de ropa. En aquellos momentos, no pensó en Aemond como el feroz hombre en el que se había convertido, sino en el niño que fue, y lloró por no haber sido la mejor madre para un niño como Aemond.

Quizás, en su mente pasaba la idea de que si hubiera sido mejor madre, Aemond nunca hubiera tenido deseos de destacar, o de tener dragón. No hubiera perdido el ojo, y ella no habría conspirado en un inicio. Pero ahí estaba, peleando con las desagradables consecuencias de sus actos pasados.

“Vuelve a casa, hijo mío.” Sollozó, sintiendo que, al menos, sus lágrimas seguían siendo suyas.

Cielo sobre la Bahía de los Naufragios, Lucerys Velaryon

La tormenta que se desataba sobre su cabeza parecía que iba a partir el cielo en dos. Pocas veces antes había estado en las Tierras de la Tormenta, y sin embargo, ahora Lucerys debía llegar allí por su propio bien, con el único objetivo de preservar su propia vida, antes de que la tormenta ganara aún más intensidad. 
 
Porque su deber era así de importante, tanto como para merecer ese riesgo. Todo se había jodido, todo.
 
El nacimiento de Visenya había sido una buena noticia para la familia, agrandada ahora por una hermosa niña de ojos violetas y con cabello platino, cuyo nombre era en honor a la feroz hermana-esposa de Aegon el Conquistador. Sin embargo, también recibieron la noticia  de la muerte de Viserys varios días después, y encima de todo, la coronación de Aegon en Pozo Dragón.
 
La visita de Orwyle fue la gota que colmó el vaso en la paciencia de su madre. Lo que debería haber sido un año pleno de felicidad ahora era un infierno. El abuelo había muerto, Aegon se había proclamado rey, y su madre había caído enferma por dos días completos, sin levantarse de la cama. Agotada por el parto, y con la traición delante, no hubo mucho más que pudieran hacer.
 
Daemon también estaba furioso, llamó usurpador a Aegon, y si no hubiera sido porque Erryk Cargyll apareció con la corona de Viserys, habría ejecutado a todo miembro de la Guardia Real presente en Rocadragón, dudando de su lealtad. Daemon presidió un consejo de guerra, al que se unió Rhaenyra cuando todavía se estaba recuperando. Se necesitó de un par de días más para coronar a Rhaenyra como la auténtica Reina de Poniente, reservando el título de Protector del Reino para Daemon, y el de heredero al Trono de Hierro para Jacaerys.

Daemon se marchó unos 4 días después de la coronación de Rhaenyra. Los objetivos expuestos en el consejo de guerra de los
Negros
habían sido claros. Las fuerzas de Rocadragón y Marcaderiva apenas llegaban en total a los 7000 hombres y 50 barcos, fuerza suficiente para defender las posiciones, pero un nulo instrumento de conquista.
 
 Daemon iría a tomar Harrenhal, una base continental fuerte capaz de reunir a todos los aliados de Rhaenyra, además de que la presencia de Caraxes y Daemon aseguraría la lealtad de los ribereños. Mientras eso ocurría, Jacaerys iría al Norte para confirmar que los norteños de Lord Cregan estaban de su lado. 
 
A su vez, Lucerys marcharía con Arrax a las Tierras de la Tormenta para asegurar la lealtad de Borros Baratheon, primo de Rhaenys Targaryen, mientras la princesa patrullaba el Gaznate con Meleys y la flota Velaryon, un bloqueo naval estratégico para hacer que el pueblo de Desembarco del Rey se pusiera en contra de Aegon debido a la falta de comida. Una medida que no agradaba a Rhaenyra, pero que Daemon había establecido como vital.
 
Necesitaban todo el apoyo posible, moverse rápidamente y asegurar el respaldo de los grandes nobles de Poniente para poner fin a esa locura de Aegon. Rhaenyra aún estaba débil debido al parto tan reciente, y en la mente de Lucerys no cabía el deseo de que ella, simplemente, estuviera tranquila. Justo antes de que Jacaerys y él partieran con sus dragones, su madre, ya coronada, les había hecho jurar sobre una copia de la Estrella de Siete Puntas que no se meterían en peligro alguno, que iban como sus hijos, como mensajeros… no como guerreros.
 
Y los dos hermanos habían jurado. 
 
Pero nada más lejos de la realidad. Llegó al castillo de los Baratheon en mitad de una tormenta increíble, que parecía dejar caer auténticas cataratas desde el cielo. Sentía como a Arrax le estaba costando moverse en mitad de la lluvia, su dragón, de escamas blancas como la luna, apenas era una mancha en mitad de aquel ambiente. Su dragón tenía una profunda conexión con él. A veces, incluso soñaba con él, tenía la sensación de que podía ver a través de sus ojos. Con la mirada de un dragón, con una vista que tenía un alcance sin igual para el ojo humano… o quizás, simples imaginaciones suyas mientras volaba.
 
En cuanto aterrizó, se encontró con los guardias Baratheon, y recordando la promesa que le había hecho a su madre, no desenvainó su espada. Venía como mensajero, no como guerrero.
 
“Soy el príncipe Lucerys Velaryon. Traigo un mensaje de la reina Rhaenyra para Lord Borros Baratheon.” Los guardias asintieron ante la afirmación de Lucerys, pero un rugido en el oeste le hizo girar la mirada. Un dragón, grande como una montaña, permanecía allí, sobre las lomas pedregosas, casi camuflada con el ambiente y la lluvia. Su corazón dio un vuelco, conocía a aquella criatura. Vhagar.
 
Su mano se acercó a la espada momentáneamente, y ciertamente Arrax se mostraba nervioso, agitando levemente su cabeza. Tardó en reaccionar un poco, pero terminó calmando a su dragón con palabras en alto valyrio. Aunque le costó, Arrax terminó tumbado en el suelo, con las alas recogidas sobre la espalda.
 
“Llevadme a Lord Borros.” Lucerys habló con mayor decisión. Era el heredero de Marcaderiva, el nieto de Corlys Velaryon. Su tío Daeron había sido valiente, él también debía serlo.
 
Pensar un momento en Daeron también le hizo pensar que su tío, el hombre que lo había defendido varias veces, ahora estaba en el bando de los
Verdes.
Su madre siempre le había dicho que rechazara a los hijos de Alicent, pero su tío Daeron era distinto. No quería pensar que aquel chico, a quien admiraba y quería, se había vuelto su enemigo mortal.
 
 La pelea con Vaemond Velaryon, semejante desventaja de edad y experiencia y aún así ganando por paliza al hermano de Lord Corlys había hecho que Lucerys viera a su tío como un espadachín a la altura de hombres de leyenda, como Ryam Redwyne, Serwyn del Escudo Espejo, o incluso el legendario Galladon de Morne, el caballero perfecto.
 
Pero no era Daeron quien había llegado a Bastión de Tormentas. Era Aemond, y cuando entró al gran salón del castillo, se encontró con su tío, tuerto, cerca del gran trono empleado por Lord Borros Baratheon, y por todos sus antecesores, incluyendo los reyes Durrandon.
 
No fue una bienvenida grata, el maestre leyó en voz alta la carta que Lucerys entregó, mientras Lord Borros escuchaba en silencio. Lucerys le dedicó una mirada a su tío, pero los dos permanecieron en silencio. Se sentía observado por más de una veintena de personas, pero solo un ojo lo miraba con odio depredador…
 
“Bien… ¿a cual eliges?” Las palabras de Lord Borros tenían un tono profundo, y ronco.
 
“¿Mi señor?” Lucerys no supo de qué hablaba.
 
“Tu madre pide mi lealtad. El rey Aegon también… Aemond ha escogido ya a Floris, pero Cassandra, Maris y Ellyn están todavía libres.” 
 
“No… no puedo.”
 
“¿Cómo no vas a poder, muchacho? Yo me casé a tu edad, no te preocupes por las labores maritales, el trabajo en el lecho es fácil, hasta un niño podría hacerlo.” La voz de Borros casi parecía burlona, pero la más joven de sus hijas, Ellyn, se sonrojó debido a los comentarios. Las chicas allí presentes tenían todas el aspecto Baratheon, de ojos claros y pelo negro como una noche sin luna ni estrellas. Hermosas de cuerpo y de rostro, pero no para él.

“No me refiero a eso, mi señor. Estoy comprometido con mi prima, la princesa Rhaena Targaryen. No soy libre de escoger otro matrimonio, aunque cualquier hombre de la alta nobleza se sentiría afortunado de poder tomar por esposa a alguna de vuestras hijas.” Lucerys contestó con sinceridad, pero algo nervioso por la presencia de Aemond. 
 
Lord Borros se levantó de su asiento, con una mirada feroz.
 
“¿Tienes la osadía de venir y decirme qué hacer? El Señor de la Tormenta NO es un perro al que tu madre pueda azuzar contra sus enemigos cuando le venga en gana, muchacho. ¡Márchate de mi casa!”
 
Lucerys sintió miedo entonces, pues Borros medía casi 7 pies de estatura, y era de un aspecto musculoso. Gritando de aquella manera, casi parecía un oso rugiendo. No perdió tiempo en agachar la cabeza, disculparse, para luego dar la vuelta y dirigirse a la salida. Aquella negativa no sería algo que Rhaenyra recibiría de buena manera.
 
“Quieto, Strong.” Exclamó Aemond. “Antes tienes que pagarme una deuda pendiente. Tienes un cuchillo, igual que entonces. ¡Sácate un ojo y te dejaré marchar!” 
 
“He venido como representante de mi madre, la reina Rhaenyra… he venido como mensajero, no como guerrero.”  
 
“Eso no importa. Hazlo. ¡DAME TU OJO DE BASTARDO!” Aemond avanzó hacia él, y de forma instintiva, Luke echó mano a la espada. Sin embargo, Lord Borros no tardó en intervenir.
 
“Deja que se marche, no toleraré que se derrame sangre de un portavoz bajo mi techo. Hazlo, chico, márchate. ¡Ahora!” Ante la orden del señor, Luke hizo una leve reverencia con la cabeza, antes de marcharse a toda prisa a por Arrax.
 
Al salir al patio, parecía que la lluvia se había intensificado todavía más. Pero peor era la tormenta de sentimientos que había estallado en su corazón. No solo había fallado en las negociaciones, sentía miedo. Mucho miedo. Se apoyó con las manos enguantadas en la piel escamosa de su dragón.
 
“Dokimarvose! Laehossa ynot, Arrax!” (Concentración, prestar atención.) El alto valyrio fluía por su boca con una tonalidad casi exótica. “Lykirry…” Palmeó tres veces contra la espalda de su dragón. “Ryptes! Rybas!” (Escuchar, obedecer de forma más amistosa.) Arrax bajó su lomo, permitiendo que Luke subiera. Había estudiado mucho su lengua, aunque la hablaba con muchísima más dificultad que la común, pero ciertamente era la lengua de los dragones. Luke se subió a la silla de montar, se abrochó los cinturones sin ajustarlos del todo por la prisa, y entonces…
 
“Soves Arrax!” Tras dar la orden, su bestia rugió levemente antes de empezar a volar, agitando las alas con fuerza. La tormenta era brutal sobre la Bahía de los Naufragios, y no tardó más de un minuto en perder de vista la muralla de Bastión de Tormentas, debido a la constante cascada que caía desde el cielo.
 
¿Qué clase de lluvia era aquella? Era una tormenta furiosa, como si lloviera de lado, desde abajo, y desde arriba, todo a la vez. Los truenos sacudían el cielo, y de vez en cuando, relámpagos azulados iluminaban la bahía como si fuera de día. Arrax luchaba incansable por mantenerse en el aire, ganando poco a poco más altura.
 
Todavía faltaban horas para el anochecer, pero bajo las nubes, aquel día era negro como los cabellos de las chicas Baratheon. El mayor de los problemas de Arrax era el viento, desde luego.
 
O eso pensaba Luke, hasta que escuchó el rugido de un dragón cerca de él, algo que le hizo mirar hacia atrás. Nada de nada, pensó por un momento que lo había imaginado. Miró entonces hacia arriba, y tampoco encontró algo más que agua cayendo sobre su rostro. Sin embargo, tenía los pelos de punta, un escalofrío primitivo reptó por su espalda. Entonces, una sombra avanzó hasta su posición desde delante, de una envergadura colosal, y casi pudo escuchar la risa de su tío Aemond como si estuviera a su lado.
 
Vhagar salió de entre las nubes como un ave rapaz sobre su presa, y Luke agachó la cabeza. Las patas de Vhagar habían pasado muy cerca de él y de Arrax, estaba seguro.
 
“Aderi, Arrax, Phälës!!” (Acelerar, girar.) Gritó casi desesperado, Arrax era más rápido que Vhagar en días normales. Pero no aquel día, un brusco cambio de dirección hizo que los dos volaran en picado.
 
“¡Te veo, ilïbönos!” Aemond lo acababa de llamar bastardo, pero no le importaba nada. Luke solo volvió a agachar la cabeza, aferrándose a su silla.
 
Luke tenía un miedo horrible que sentía que podía acabar con su vida. Le costaba respirar, su corazón estaba latiendo muy rápido, y fue entonces cuando su vista cambió por completo.
 
Aquello era demasiado extraño, pero no era la primera vez que ocurría. Luke sintió como sus sentidos de la vista y el oído se estaban agudizando, al igual que en sus sueños. ¿Era algún tipo de magia valyria? No… algo dentro de sí mismo le decía que aquello nada tenía que ver con los dragones, sino con Arrax. En mitad del recorrido, decidió hacer que Arrax girase a la derecha, y luego a la izquierda, empezando a volar en el interior de una grieta enorme que había partido un peñasco tan grande como una isla.
 
Luke era capaz de escuchar el aleteo de un par de alas enormes, también como su tío se burlaba de él, incapaz de alcanzarlo a través de la grieta. Y también le parecía escuchar algo más en la lejanía, pero el sonido no era nada nítido. ¿La lluvia, un trueno tal vez? Algo le hizo sentirse atraído hacia aquel sonido.
 
“Jemelä gëlÿni enkä, Taubä!” (Me debes una deuda, niño.) Fue entonces cuando dejó de ver y escuchar con aquella claridad. La cabeza le dolía, y no sabía la razón. Sin embargo, Arrax se elevó desde la gruta. Se iban a casa… hasta que se encontraron justo a la izquierda de Vhagar. Arrax entonces exhaló su aliento de fuego blanco contra el rostro de la anciana dragona.
 
“DAOR, ARRAX! DOHAERAS ARRAX! SHEMÖNDAS, VËZOT!” (Obedecer, buscar las alturas.) A pesar de las órdenes, Arrax se giró y volvió a descargar una llamarada blanca contra el cuello de Vhagar. El rostro de Lucerys se deformó en terror cuando Arrax pasó justo por debajo de las patas de Vhagar, las garras afiladas no le dieron de milagro.
 
“¡Obedéceme, Vhagar!” No pudo seguir escuchando a su tío. A Lucerys le dolía la cabeza como si le hubieran golpeado con un martillo. Estaba empezando a escuchar y a ver de mejor manera otra vez, de forma alternada a sus sentidos naturales. Y nuevamente, aquel sonido como un trueno brotó en la lejanía, como si lo estuvieran llamando.
 
Era como si su mente se hubiera desbocado, como si no pudiera trabajar con la enorme cantidad de estímulos que había a su alrededor. Pero Arrax se elevó más y más, hasta llegar a la altura de las nubes, a una mejor zona para el vuelo.
 
¿Había logrado escapar? Su cabeza giró hacia los lados, esperando no encontrar a nadie a su alrededor. Sin embargo, un aleteo diferente se escuchó delante de él, y cuando giró su cabeza para ver el origen, sus ojos no daban crédito. Incluso en la lluvia, reconoció las escamas azules y la cresta del color del cobre de Tessarion, y también al jinete de cabello plateado que montaba sobre la Reina Azul, sosteniendo un hermoso cuerno de marfil blanco en la mano. Ambos dragones empezaron a volar en paralelo, de forma pacífica, sin atacarse entre sí.
 
“¡Tío Daeron!” Lucerys habló, sintiendo que el peso del miedo se había hecho más liviano. Realmente deseaba confiar en él, aunque una parte de su mente seguía catalogando a Daeron como un rival, ese hombre seguía siendo su familia. Era el guerrero que había protegido su herencia, aquel al que podía confiarle su vida. Sin embargo, su tío se veía agotado, como si tuviera una gran mancha oscura alrededor de los ojos, revelando que había dormido poco, como si su rostro gritase la palabra “agotamiento”. 
 
“No hay tiempo para hablar, ¡tu vida corre peligro!”
 
“¡Aemond me persigue!”
 
“¡Lo sé! Escúchame, tienes que irte, lo más arriba que puedas hasta que la lluvia no sea impedimento, y saca toda la ventaja que puedas. A toda prisa, márchate. Yo distraeré a Aemond, ¡HUYE! ¡Phälës Tessarion!”
 
Una charla frenética que apenas duró unos pocos segundos, pero aún así, Daeron se marchó rápidamente hacia abajo, hasta que Luke no pudo verlo más, perdido en la inmensidad de las nubes. Le pareció ver una llamarada azul a lo lejos, y otra anaranjada y verde, pero no podía hacer nada. Sin embargo, decidió obedecer. Arrax marchó cada vez más arriba, hasta que al final logró ver las nubes por debajo de él. Sintió que el peligro había pasado, pero no entendía nada. ¿Por qué Daeron estaba allí? No lo había visto en Bastión de Tormentas. 
 
Arriba, en el cielo, solo estaban Arrax y él, y debajo de todas las nubes, Vhagar y Tessarion volando en algún lugar, con las llamaradas brotando cada pocos segundos, con sombras de reptiles emergiendo desde las nubes. Sin embargo, un rugido brotó desde abajo, y entonces bestia y jinete miraron al origen del sonido, con los mismos ojos, la misma claridad. 
 
“¡DAOR VHAGAR! ¡DOHAERAS!” La voz de Daeron, cargada de desesperación, llegó hasta sus oídos como si hubiera gritado a su lado. “¡DAOR!”

“BRRROOOOOOOOOOMMMMMMMM”

Desde las nubes, los dientes de Vhagar se alzaron como un tiburón entre el mar, a la par que un rugido atronador recorría todo el cielo, como la explosión de un volcán. Y Lucerys notó un brutal dolor en su cuello cuando la mandíbula de la más grande de todos los dragones se cerró sobre la garganta de Arrax, arrancándole la cabeza en el acto. Fue algo más que el dolor físico, había sentido la muerte de su dragón como si fuera la suya propia, como si su alma se quebrase en mil pedazos, una punzada en el corazón que también estuvo a punto de romper su mente. Pero ni siquiera tuvo tiempo para gritar por el dolor que sintió recorrer todo su cuerpo. El movimiento fue repentino y muy brusco, y se golpeó la cabeza contra su propia montura, antes de que los dos se precipitaran al vacío, mientras Vhagar rugía victoriosa.

----- CHAPTER BREAK -----

Bahía de los Naufragios, Daeron Targaryen

La pelea había sido atroz, si es que a aquello se le podía llamar pelea. A pesar de la persistencia que el joven Daeron había mostrado, de la enorme resistencia de Tessarion, que había aguantado 4 días seguidos de vuelo entre las tormentas, ninguno de los dos pudo evitar el fatídico suceso.

Vhagar era tan vieja, y veterana de tantas batallas que Daeron ni siquiera podía dimensionar qué tan experta era realmente la dragona. En el aire, después de separarse de Lucerys, había intentado distraer a Aemond y a Vhagar con el fuego azul de Tessarion brillando en mitad de la tormenta, lanzando también poderosos alaridos, como llamando a la veterana dragona. Pero Vhagar parecía decidida a perseguir a Arrax y darle caza.

Tessarion entonces trató de cruzarse en el camino de la vieja bestia, no en un ataque sorpresa, sino intentando desviar la atención de Vhagar, con un rugido alimentado por la desesperación, atravesando las nubes negras. Sin embargo, la conquistadora respondió a ciegas a la llamada de Tessarion con un fuego verde y naranja que a punto estuvo de derribar a la Reina Azul y a Daeron. El muchacho no cedió, se agarró como pudo a la silla de montar y se cubrió el rostro, mientras notaba como el calor del aliento de Vhagar besaba su nuca. Fue justo después que la mayor dragona de su tiempo se elevó en vertical, para atacar a Lucerys.

Daeron no dudó, volvió a soplar el cuerno en aquel momento de necesidad, esperando que de alguna manera funcionara. Que Vhagar obedeciera a la llamada del cuerno, que dejara en paz a Arrax y a Lucerys, pero lo que vio segundos después fue el cuerpo sin cabeza del dragón blanco, precipitándose hacia el mar. El corazón de Daeron se encogió de inmediato al ver la carne muerta en plena caída libre, con Luke todavía atado a la silla de montar.

“¡LUCERYS!”

No pensó en que su hermano Aemond estuviera por ahí cerca, ordenó a Tessarion que cambiara el rumbo de vuelo, ahora bajando en picado. Fue como si todo el cansancio hubiera abandonado su cuerpo en aquel momento, a la par que las lágrimas empezaban a brotar desde sus ojos.

Se había esforzado, lo había hecho sin tener en cuenta su propia salud. Había comido mal aquellos días, conservando todavía algunos trozos de carne de conejo en el morral, había forzado a Tessarion a sus límites, y había descansado poco, todo para poder llegar a tiempo, para superar las pesadillas que lo habían acosado y que aquellas visiones no se transformaran en una realidad. Sin embargo, parecía que el destino era inexorable, irrefutable. Pero que algo fuera complicado no lo haría rendirse tan fácilmente.

“Si tu cuerpo se mueve, y tu corazón sigue latiendo, puedes seguir luchando. A veces, simplemente, no hay que pensar tanto las cosas, Edmund. A veces, solo es cuestión de ser valiente. De hacer lo que se debe… a pesar del esfuerzo que se exija.”

Uno de los últimos consejos que le dio Peter resonó en su cabeza. Su hermano no lo habría abandonado jamás, y Daeron no abandonaría a Lucerys.

Tessarion continuó bajando en picado, era más rápida que la lluvia, encontrando el cuerpo de Arrax en caída libre. Daeron observó por un momento el cuerpo de Luke, todavía atado a la silla, la sangre brotaba de su cabeza, de su frente. Se había dado un buen golpe, pero no podía juzgar desde aquella distancia si era algo letal. Al menos, Daeron no creía que aquello fuera un golpe mortal, los había visto peores, tanto en Narnia como en Antigua. Él mismo había sobrevivido al tormento de Jadis, y Luke era más robusto de lo que fue Edmund.

Con la mente totalmente enfocada en aferrarse a aquella posibilidad, a que su sobrino continuaba con vida, Daeron cometió la mayor de las locuras que puede pasar por la mente de un jinete de dragón. Separarse de él en pleno vuelo.

Empezó a desajustar las correas de la silla de montar, mientras ambos dragones, el vivo y el muerto, se acercaban al mar a terrible velocidad. Ordenó a Tessarion que agarrase con las fauces una de las alas de Arrax, y la dragona mordió la carne y membrana del dragón muerto, que se desgarró por el lado de la membrana, unida todavía al cuerpo por tendones y huesos. Tessarion extendió sus propias alas como un paracaídas, tratando de disminuir la velocidad. Aquella desaceleración hizo que Luke se diera otro golpe al moverse violentamente sobre su propia silla.

“¡AHORA!”

Sin embargo, a Daeron le dio tiempo de saltar de un dragón a otro, estando Tessarion agarrando a Arrax con todas sus fuerzas, frenando lo suficiente la caída de ambas criaturas. Un relámpago iluminó el cielo negro, por un momento, Daeron lo vio todo como un día despejado y soleado. El mar estaba cada vez más cerca, y Daeron se agarró a Luke al aterrizar en el dragón muerto. Sentía como las escamas de Arrax estaban resbaladizas como rocas lisas y húmedas, pero agarrándose a su sobrino pudo mantener el equilibrio. El muchacho tenía poco tiempo, y esgrimió el cuchillo de caza, pero la empuñadura estaba húmeda, y lo perdió tras cortar tres de las cuatro correas.

“¡NO!”

El cuchillo, su regalo de cumpleaños varios años atrás, cayó hacia el mar, y Daeron se centró en la correa que quedaba. Sentía sus manos torpes, por el frío, por el cansancio. La superficie de las aguas del mar embravecido estaba todavía más cerca, incluso con Tessarion frenando la caída. No tenía suficiente tiempo para desatarla… hasta que vislumbró el cuchillo. No el suyo, sino el de Luke, todavía en el cinto del muchacho. Daeron no lo pensó dos veces.

Tomó el cuchillo del cinto de su sobrino y cortó la correa que faltaba, se agarró luego con ambos brazos a Luke, e hizo fuerza con las piernas, logrando sacar al joven inconsciente de la silla. Ejerció demasiada fuerza, lo que provocó que los dos se separaran del dragón muerto. La capa de Luke salió volando por los aires, de tela negra con el dragón rojo de tres cabezas bordado. Tessarion soltó de inmediato el ala de Arrax, dejando que el dragón sin cabeza cayera al mar, y con un rugido, la Reina Azul se precipitó a por los dos adolescentes. Daeron se sujetó con todas sus fuerzas, con el brazo izquierdo a Luke, mientras estiraba el brazo derecho hacia Tessarion.

En Narnia, durante la retirada del asalto al castillo de Miraz, había tenido que saltar al vacío desde una de las almenas cuando se encontraba rodeado por demasiados soldados telmarinos, tomando al vuelo las riendas de su montura, entonces un grifo de gran tamaño. No era la primera vez que se encontraba en caída libre y tenía que volver a su montura, pero sí lo era si se tenía en cuenta que lo hacía cargando a una persona totalmente inconsciente, que pesaba lo mismo que él, si no más, y en mitad de una tormenta como aquella.

Podían salir mal tantas cosas.

No importaba lo que pasara, qué tipo de dificultad tuviera que atravesar, eso no haría que Daeron dejara de intentarlo. El muchacho confió en que Tessarion llegaría a tiempo, y en que su brazo y su cuerpo aguantarían la sacudida. Su cuerpo era resistente, lo había trabajado a lo largo de los años que había servido como escudero, confiaba en ello.

“¡TESSARION!”

Gritó con el brazo totalmente extendido, rezando para sus adentros que aquella locura funcionase.

…

…

Instantes antes de que el agresivo oleaje del mar los hubiera tragado, con la facilidad que un hombre se traga un puñado de nueces, Tessarion pasó volando a su lado, disminuyendo lo suficiente la velocidad para permitir que Daeron agarrase las riendas. Metros más abajo, el cadáver de Arrax chocaba con violencia contra la superficie del mar, perdiéndose en la inmensidad del agua.

Fue como un latigazo en la muñeca, y la sacudida le hizo sentir a Daeron un dolor indescriptible en el brazo, en el codo y en el hombro, como si le estuvieran arrancando la extremidad entera, pero su puño se cerró en torno a las riendas, apretando el agarre como si su vida dependiera de ello. Porque realmente, así era.

Ahogando un grito de dolor debido a que su brazo estaba soportando en ese momento una carga extrema, todo su peso combinado con el de Luke, algo que finalmente le hizo derramar lágrimas que se fundían con las interminables gotas de lluvia. Sus dedos estaban aferrados a las riendas, y sus dientes crujían ahogando sus quejas de dolor. Sentía como a cada segundo que pasaba, el propio peso de Lucerys era mayor.

No, no era el peso de su sobrino, era que él se estaba quedando sin fuerzas. Pero su brazo izquierdo se mantuvo firme, sin dejar de abrazarlo. Sentía que se resbalaba un poco, pero ninguna fuerza lo haría sucumbir.

No dejaría morir a su sobrino. No fallaría esta vez.

“No voy a soltarte, Luke. No lo haré.”

Y cumpliendo su palabra, no lo soltó. Sin embargo, la propia mano derecha de Daeron no aguantó más. Sentía sus tendones estirarse, y como su hombro había estado a punto de dislocarse por el esfuerzo repentino. La propia conciencia del muchacho estaba al borde del colapso, por el desgaste mental y físico que había acumulado los días anteriores.

Finalmente, su cuerpo decidió antes que su mente, y la mano derecha soltó su agarre, cayendo nuevamente al vacío. El dolor fue demasiado, las condiciones, demasiado graves para que su propia consciencia lo soportara, aunque pudo observar una sombra enorme sobre él. Al final, Daeron Targaryen había fallado en su objetivo.

…

…

Fortaleza Roja, Otto Hightower.

“Solo perdiste un maldito ojo, ¿cómo puedes estar tan ciego?” La expresión de enfado de Otto cuando regresó su nieto Aemond no tuvo precedentes. Las órdenes de su nieto eran claras, obtener el apoyo de Lord Borros Baratheon con un pacto matrimonial, con cualquiera de las 4 hijas de Borros. Tenía tres días para hacer el viaje y volver con el apoyo de Baratheon.

Los hombres de las Tierras de la Tormenta no eran precisamente de su agrado, eran a su modo de ver rústicos, pendencieros y poco dados a los protocolos y la sutileza de la corte. Excepciones como Lord Jasper Wylde existían, pero la actitud guerrera de los tormenteños podía ser bien empleada en la guerra. Debido a la frontera con Dorne, y a las traicioneras marcas dornienses, no había otro lugar con una tradición marcial tan arraigada en Poniente a comparación de las tierras regidas por los Baratheon, salvo quizás el Norte.

Sus hombres quizás no tendrían un armamento a la altura de las casas Hightower o Lannister, y sus números tampoco eran demasiado prometedores, pero era la experiencia y ferocidad lo que necesitaba en aquellos momentos. Necesitaba aislar a Rhaenyra por tierra. Cole quería encargarse de los aliados de Rhaenyra en las Tierras de la Corona, pero todavía tardarían en reunir un ejército considerable para tomar Rosby, Stokeworth, Valleoscuro y otras poblaciones de interés.

Y además, necesitaba ganar tiempo para que los ejércitos de Antigua y Lannisport llegaran a la capital y reforzaran la posición de Aegon como rey. Pero con lo que había hecho Aemond, la guerra de plumas y cuervos iba a encontrar su final más pronto de lo esperado.

“No fue ceguera. Ese bastardo me quitó el ojo hace demasiado tiempo, abuelo.” Fue la respuesta de Aemond, más alto que Otto, con voz más grave y un porte orgulloso, que destacaba aún más su aspecto de guerrero.

“Arrax me atacó en pleno vuelo, parece que era Lucerys quién deseaba matarme. Vhagar me defendió, y acabó con la amenaza definitivamente. Yo intenté controlarla, pero no me obedeció. Y tampoco es que yo mismo fuera capaz de ver mucho, las nubes bloquean la vista de las personas mejor que la de los dragones, no sabes lo difícil que es tomar decisiones en pleno vuelo. En ese momento, son las bestias quienes deciden.” Excusas y más excusas de su nieto. “¿De todos modos, qué importa que un enemigo haya muerto? Ese bastardo Strong merecía la muerte, por lo que me hizo hace 9 años, ¿recuerdas?” De un movimiento con su mano, Aemond se elevó el parche del ojo, revelando la joya de zafiro y la cicatriz del ojo muerto.

Una posición amenazante que hizo retroceder a Otto por un instante. A veces, la impulsividad de Aemond le aterrorizaba.

“Tú y tu dragona nos habéis traído a los Baratheon, muchacho, y te felicito por ello… ¿pero no eres capaz de entender lo que significan tus actos? ¿No eres capaz de pensar en qué consecuencias pueden traer tus actos? La reputación también es un arma muy poderosa, nieto mío, todos nuestros enemigos empezarán a llamarte
asesino de parientes
.” Otto remarcó su tono en las últimas palabras. Había estado trabajando en un legado propio durante toda su vida, y su nieto se atrevía a intentar echarlo todo a perder con su imprudencia. Pero tampoco era como si pudiera decirle algo, en lo que refería a poder militar, Aemond y Vhagar eran su activo más valioso en esos momentos.

La bestia que su nieto montaba era una herramienta de doble filo. Debía tener cuidado al usarla.

“Que lo hagan si lo desean. Sus palabras no pueden herirme… pero el aliento de Vhagar sí que puede dejar a todos nuestros enemigos ardiendo.”

“¡Solo el miedo no es suficiente para mantener a nuestros enemigos a raya, Aemond!” Otto casi dejó que los nervios lo consumieran en aquel momento, estaba realmente pensando en las consecuencias que aquello podría traer a su casa. Tendría que haber educado a su nieto en algo más que en el arte de la espada. Sus dedos fueron directos a su frente, le dolía la cabeza, y apenas había estado media hora allí, hablando con él. “Déjame solo, Aemond. Vete y descansa… el rey ha preparado un banquete en tu honor.”

“Al menos, mi hermano reconoce mi valía. Estamos en guerra, abuelo, esto no se va a ganar solo con política, necesitas mi fuego y mi acero.” Un momento de silencio siguió a la oración de Aemond, y Otto pensó que debía haber tenido más cuidado. Pero nada se podía hacer ya.

“Adiós, abuelo, te dejaré con tus plumas y tus cuervos.” Aemond hizo una reverencia un poco tosca, antes de dirigirse a la puerta y marcharse del estudio privado de la Mano del Rey. Otto se sentó entonces, suspirando pesadamente. Ya tenía 60 años y llevaba más de 25 sirviendo como Mano del Rey de dos reyes diferentes.

Pero aún con su experiencia, sentía que había complicaciones capaces de abrumarlo, y la actitud de su propia familia era una de esas cosas. Alicent a favor de Rhaenyra y encerrada a la fuerza en el Torreón de Maegor para mantener la farsa sobre la reina viuda y rota de dolor, Daeron defendiendo los derechos de Lucerys meses antes, Aegon siendo un inepto heredero los últimos años, y Aemond tan impulsivo como un perro hambriento. Terminó elevando la vista al escuchar la puerta.

“No tengo tiempo para más tonterías, Aemond…” Dijo casi sin pensar, pero quienes aparecieron en la puerta fueron Lord Jasper Wylde y Lord Larys Strong. “Perdonen, mis señores… ha sido una reunión complicada. Tomen asiento.”

Un poco de vino hizo más fácil la bienvenida, Lord Jasper se sentó rápidamente y bebió de un único trago todo el contenido de su vaso.

“No tiene que disculparse con nosotros, Lord Mano. Entendemos que la noticia ha debido ser… bastante grave.” Habló el señor de Aguasmil. “Pero no deja de ser un inconveniente temporal.”

“Matar a un niño no es un inconveniente temporal, Lord Jasper.”

“No me malinterprete, mi señor, la muerte de Lucerys es una desgracia, pero no podemos desaprovechar este momento. Rhaenyra es madre, y habiendo perdido a un hijo, querrá tener a los otros a salvo. Podemos enviar nuevamente a un emisario de paz, concederles a sus otros hijos tierras y títulos y asegurar para ellos una posición de nobleza. Comprar su lealtad.”

“Dudo mucho que podamos convencerla así a ella, o a Daemon.” Habló entonces Larys Strong, apoyándose suavemente sobre su bastón, con la mandíbula firmemente sobre su mano. “No tardaré mucho en recibir noticias de mis fuentes, pero no creo que ahora mismo la paz sea algo tan fácil de negociar, Lord Wylde.”

“Bueno, dejemos de hablar de Rhaenyra por ahora. ¿Qué noticias me traéis?” Otto quería cambiar de tema de inmediato, seguir pensando en Rhaenyra y Daemon le empezaba a dar dolores de cabeza. Su nieto había cometido una estupidez.

“Se han reclutado unos 50 hombres más en estos dos días para la Guardia de la Ciudad. Entre capas doradas y hombres de armas de nuestros aliados, contamos con unos 4 mil hombres armados dentro de la ciudad, la mitad de ellos pertenecen a la Guardia, y menos de 200 son arqueros. Se han depuesto a los capitanes de la época de Daemon, como usted ordenó. Estamos esperando a que su hijo, Sir Gwayne vuelva y tome el puesto como Lord Comandante de la Guardia de la Ciudad.” Lord Jasper era el Consejero de los Edictos, lo que dejaba a la Guardia de la Ciudad bajo su jurisdicción. “Y tenemos suficiente equipamiento y provisiones, al menos por ahora. Pero sólo tenemos 500 caballos.”

“Perfecto, Lord Jasper. Los caballos no son problema, para defender la ciudad necesitamos infantería ligera y pesada… y también lo que te dije.”

“Si, mi señor. Se han comenzado las construcciones de 5 balistas y de sus municiones. La gente del pueblo llano los llama escorpiones, pero tendremos que hablar del gasto de moneda con el nuevo Lord Consejero de la Moneda. Los herreros piden que se les pague de inmediato por el trabajo.”

“Lo entiendo, por el bloqueo de Velaryon todo empieza a ser más caro. Bien, Lord Tyland estará informado de los nuevos gastos de inmediato. Ha estado ocupado dividiendo el Tesoro Real. Puede marcharse, Lord Jasper. Larys, ¿qué información me traes?” Otto había terminado con Wylde. Ahora, tocaba el Consejero de los Rumores, el señor de Harrenhal, a la par que realizaba una señal con la mano. Entendiendo el mensaje, Vara de Hierro se marchó, dejándolos a solas.

“Lamento informar de que Daemon tomó mi castillo hace menos de tres días. Mi castellano no ha sido muy competente guardando Harrenhal. Al parecer, 500 hombres de las Tierras de los Ríos y Caraxes ocupan ahora mi fortaleza ancestral.”

“Es una mala noticia, Harrenhal es una base fuerte, y las Tierras de los Ríos es un territorio en el que tenemos poca influencia. Sin embargo, su liderazgo está dividido, Lord Tully es viejo pero nos apoya, y los Bracken están de nuestro lado. Tardarán en concentrar a una fuerza considerable, si es que no se están matando ya unos a otros.”

“Es probable que así sea. Sin embargo, no son las únicas noticias que os traigo, mi señor.” Se escuchaba algo de alboroto en los edificios cercanos de la Fortaleza Roja. El salón de banquetes estaba a rebosar de invitados, Aegon había recibido a Aemond como un héroe al saber la noticia de la batalla sobre Bastión de Tormentas. “Jacaerys estaba en el Valle hace dos días, ha conseguido confirmar la alianza con Lady Jeyne Arryn, y ahora va en dirección al Norte. Al ritmo que va, debería estar en Invernalia mañana, a más tardar. Los dragones vuelan rápido.”

“No me importa a dónde vaya Jacaerys y su dragón mientras no nos cause más molestias. Los soldados del Valle pueden resultar problemáticos, pero los del Norte están demasiado lejos de la capital. Tardarían demasiado en acudir con suficientes fuerzas. Incluso si el joven Lord Cregan Stark llega a presentar batalla con un ejército de 10 mil hombres, el Norte no tiene más que ofrecer que salvajes mal armados con pieles harapientas. No tienen recursos.”

“No hay registro de un Stark que haya roto nunca un juramento, mi señor.” Ante las palabras de Larys, Otto casi recordó a detalle la figura de Rickon Stark en el salón del trono, haciendo el juramento muchos años atrás, portando en su espalda un inmenso mandoble de acero valyrio, más grande que
Vigilancia
. Era el hombre de aspecto más feroz que había conocido jamás, si quitaba de su mente a Daemon.

“Yo, Lord Rickon Stark,

Señor de Invernalia

y

Guardián del Norte

, hago mi voto y promesa de lealtad a Rhaenyra Targaryen. Juro que los Stark reconocen a Rhaenyra Targaryen como la heredera de Viserys I. Juro que mi familia, cuando yo no esté presente, la defenderá de todos sus enemigos, y que hará lo mejor para aconsejarla y apoyarla de buena fe. Lo juro por los Antiguos Dioses y los Nuevos.” El hombre desenvainó a

Hielo,

el inmenso mandoble de acero valyrio, y lo colocó de punta sobre el suelo, a la par que colocaba todo su peso sobre su rodilla derecha. Aquello no era una barata pantomima como la realizada por otros señores. Era como si algo muy superior a todo su entendimiento fuera la fuente de la feroz lealtad de Rickon Stark.

Y ahora era el hijo de aquel hombre quien ocupaba el trono de Invernalia, un muchacho que no debía tener más de 21, un niño a sus ojos. Alguien a quien no debía temer.

“Sin embargo, las fuerzas del Norte pueden ser peligrosas. Se acerca el invierno, mi señor, y los norteños tienen una costumbre arcaica, debido a los limitados recursos que tienen. Lord Cregan puede enviarnos a cientos o incluso miles de hombres famélicos a la guerra solo para librarse de bocas que alimentar.”

“Tú mismo lo dices. Cregan puede enviar a millares de hombres que no tendrán fuerzas siquiera para llegar a las Tierras de los Ríos. No atravesarán el Cuello. Ya ha empezado el otoño, Lord Larys, y el Norte siempre ha estado especialmente aislado del resto de los reinos.” Otto pensó por un momento en las casas del Norte. Umber, Karstark, Stark, Bolton… No recordaba al Norte participando en ningún conflicto en los últimos dos siglos. La verdad era que no tenía idea de las capacidades que podrían tener los norteños. “Quizás los caballeros Manderly puedan resultar un problema, pero sus números no se comparan a la caballería pesada de Lannister y Hightower. No hay de qué preocuparse.”

“¿Y para qué generar esa preocupación en primer lugar, mi señor? Hemos enviado cuervos a los Hijos del Hierro, Dalton Greyjoy tardará en aportar su flota a nuestra causa, si es que decide apoyarnos. Nunca se sabe con los hombres del Hierro." El patizambo se levantó, apoyando ambas manos en su bastón.  "Nuestros aliados también tardarán en llegar aquí. Existe la posibilidad de que Cregan movilice rápidamente a sus tropas, y que el continente entero derrame sangre. Sin embargo, en la guerra, hay algo mejor que un aliado leal, y es un enemigo desordenado.” Otto entendió por dónde quería llevar la conversación Lord Larys.

“¿Qué propones, Larys?”

“Con el Valle será más complicado, pero deberíamos asegurarnos que el Norte no pueda participar. Quitarle a Rhaenyra uno de sus apoyos. Hay una familia muy poderosa en el Norte que odia a los Stark. Los Bolton podrían ser grandes aliados, si les compramos con el precio adecuado, aunque tendríamos que actuar con discreción.” Otto estaba dubitativo ante la propuesta de Larys, pero se mantuvo firme e inexpresivo. Recordaba el blasón de Bolton, un hombre desollado. Gente que había hecho del terror un arma. No era lo óptimo, pero era una posibilidad que debía manejar.

“Su historia ciertamente tiene una fama terrible, pero podríamos aprovecharla a nuestro favor." En la mente de Otto, sería como dar un mensaje claro. No le importaba si era un Stark o un Bolton quien gobernase el Norte, aquello era un precio que estaba dispuesto a pagar. Y sería también una jugada en la que ariesgaría poco. Después de todo, ni siquiera conocía a Lord Bolton. Si eran útiles, serían recompensados, y si no, aún así habrían debilitado más al Norte con luchas internas. "Si, lo pensaré. ¿Tienes algo más para mí?”

“Si, mi señor. Aunque es una noticia algo amarga, un rumor que no se ha podido confirmar del todo. Vuestro sobrino Lord Ormund recibió vuestra carta, pero también le han robado un caballo hace algunos días, aunque el caballo volvió a la mañana siguiente.” ¿Qué importancia tenía aquel rumor? Otto estuvo a punto de despedir de su sala privada a Larys, pero el señor de Harrenhal continuó hablando. “Tal parece que Daeron ha huido de Antigua.”

…

…

Daeron Targaryen, lugar desconocido.

Sentía como su rostro estaba cubierto a la mitad por algo de tacto desagradable, pero el sonido de las olas ya no era el de un mar violento, sino el de una playa arenosa con una apacible brisa marina. Sin pensarlo demasiado, hizo fuerza con el brazo izquierdo, se incorporó y escupió la arena que había tragado accidentalmente, limpiándose luego el rostro, sacudiéndose de encima los granos de arena húmeda.

Luego, alzó la vista, buscando algo de información de su entorno, una playa flanqueada por dos enormes peñascos negros y un bosque, una zona casi paradisíaca de arenas blancas junto a un mar de azul resplandeciente, con el sol despuntando sobre una de las montañas de la isla. Daeron observó aquello, mientras su brazo izquierdo hacía esfuerzos para recolocar el hombro derecho en su sitio. Fue un momento de dolor repentino, pero recuperar la movilidad en su brazo dominante era vital.

“Ha debido amanecer hace poco.” Era una vista hermosa de la que podía estar disfrutando horas, hasta que vio su morral de viaje y el cuerpo del muchacho de cabellos oscuros.

Fue como si todo su ser recordase en el momento qué había pasado en los últimos momentos, previos a la inconsciencia. Quizás él se había soltado de las riendas que lo mantenían colgando de Tessarion, pero las garras de su dragona no dejaron que conociera la muerte en el mar. Como un ave de presa, Tessarion logró atraparlos en el aire, y llevarlos a un lugar seguro. Eso provocó que sus ropas estuvieran rasgadas, incluyendo su túnica, pero salvó sus vidas con aquel acto.

“¡LUKE!” Daeron no tardó en ir hacia su sobrino, también tirado en aquella playa, boca arriba. Había huellas enormes a su alrededor, probablemente de Tessarion, pero su dragona podía cuidarse por sí misma. Su sobrino, no. Ni siquiera se preguntó dónde estaba su montura, pues el mar estaba ahí, y Tessarion disfrutaba de los peces como alimento.

Tomó a Luke entre sus brazos, y con los dedos tocó el cuello del muchacho, en el lateral, sintiendo como aún tenía pulso constante. El chico de 13 años todavía respiraba, estaba vivo, y era todo lo que le importaba en aquellos momentos.

Realmente, pensó que había perdido a su sobrino, que estaba arriesgando su vida intentando rescatar a un cadáver, pero aquel no había sido el resultado, y le trajo un alivio indescriptible a su alma, como una refrescante brisa de primavera. Sin embargo, eso también quería decir que su sobrino necesitaría cuidados, y él mismo también.

Solo necesitó un vistazo a su propio brazo derecho para saber que, además de lo del hombro, había sufrido algún desgarro en los tendones, le costaba mover y flexionar los dedos, así como elevar el brazo por encima del hombro y respirar muy profundamente. Sentía dolores en la espalda, a la altura de las costillas superiores, pero aquello no duraría más de una semana si guardaba reposo.

Sin embargo, Lucerys parecía seguir inconsciente, pero desde luego no estaba en coma. Parecía responder a los leves estímulos que Daeron le daba, y la buena fortuna le sonrió cuando pudo comprobar que su sobrino no se había roto las piernas o los brazos. Sin embargo, cuando examinó más el tórax de Lucerys, encontró moratones de gran tamaño en el costado, así como algunos cortes que necesitarían algo de tratamiento. Palpó con cuidado, las costillas no estaban rotas, pero habían sido golpes muy bruscos.

“Hematomas. Seguramente se los hizo mientras trataba de liberarlo de las correas, o cuando las garras de Tessarion nos atraparon.” Pensó Daeron, recordando que había tenido que actuar en un lugar tan inestable como podía ser la espalda de un dragón en caída libre. No dudaba que varios de esos daños los había hecho él mismo, en su intento de salvar a Lucerys. O también, las garras de Tessarion.

Finalmente, revisó su cabeza. Que él pudiera observar, no había nada roto, pero la herida de la frente seguía abierta, sangrando levemente. Daeron se echó la mano al cinto, pero recordó que su cuchillo se había perdido en la inmensidad del mar, y también el de Luke. Fue entonces que dirigió la mirada al cinto y pudo ver que solo quedaba la espada, durante el vuelo, el cuerno de batalla se había caído.

A Daeron se le petrificó el rostro por un momento, mezcla de incredulidad y miedo.

“¿Dónde está?” Miró hacia los lados, se puso de pie y trató de encontrarlo, pero no estaba cerca, y un presentimiento que recorrió su nuca le hizo mirar hacia el mar. En el mar lo encontró, varios años antes… y al mar había regresado. Un pequeño cuerno de marfil, perdido en aquella infinita masa de agua.

Daeron se llevó las manos a la cabeza, tantos años habían pasado, aquel era el único objeto que había encontrado, uno de los regalos de Papá Noel, uno de los obsequios que Aslan le permitió llevar con él, y lo había perdido.

Ya no podría volver a pedir ayuda, cuando más lo necesitara. Y tener aquel conocimiento colmó a su mente de desesperación.

“¿Por qué tiene que salir todo tan mal?” Terminó gritando, con el corazón lleno de cólera contra sí mismo, golpeando con sus puños la arena blanca. Estaban perdidos en un lugar que Daeron desconocía, y si eso no era lo peor, ya no podría llamar a Tessarion a voluntad.

“¿Para qué hacer las cosas si todo me sale mal? Si da igual el esfuerzo, ¿por qué intentarlo siquiera? ¿Por qué sigo fallando?” Ante aquellas preguntas lanzadas al aire, ninguna voz le brindó una respuesta. ¿Por qué había muerto Viserys? ¿Por qué su familia se odiaba?

¿Por qué los dioses de aquella tierra le habían maldecido con aquellas pesadillas? ¿Era solo para ver que estaba condenado?

Miró entonces hacia el cielo, casi despejado, con nubes asomando por el norte. Por primera vez en varios años, el autodesprecio que sentía Edmund por sí mismo volvió a estallar. Dentro de su pecho, había algo que se sentía como un puñal, y su garganta empezó a llenarse de angustia. Por su mente, cruzó un pensamiento totalmente nocivo.

“¿Y si… y si dejo de intentarlo?” Mezcla de los pensamientos y de su propio estado físico, Daeron se sentía sin fuerzas, más vulnerable de lo que nunca antes estuvo. Hambriento, desesperado… se sentía débil, maldito, más allá de toda redención.

“Cobarde.”

“Inútil.”

“Miserable.”

“Egoísta.”

“Traidor.”

“Estás solo.” No había ninguna voz física allí que dijera todas aquellas palabras, pero herían y cortaban a su pecho más que cualquier navaja. En su mente, escuchaba la voz maliciosa de una mujer, era como si el recuerdo vívido de Jadis dijera todo aquello. La mujer que embaucó a un niño con delicias turcas, para que se pusiera en contra de sus hermanos. No podía cambiar las cosas, era un traidor. Se derrumbó sobre la arena, sin oponer resistencia, dejando que aquellos pensamientos empezaran a abrumarlo, enterrándose en su propio pozo de oscuridad.

…

“¿Por qué he nacido siquiera?”

…

“Siempre estoy contigo, hijo de Adán.”

Escuchó aquella voz majestuosa y profunda venir de todos lados, como una brisa que agitaba los árboles, pero por un momento no fue capaz de entender su significado. Aún así, Daeron abrió los ojos. Reconocía aquella voz.

“¿A…Aslan?” Su tono estaba lleno de miedo y de vergüenza, pero no pudo ver al león por ningún lado.

“Levántate, Edmund. No has fallado. Tu sobrino sigue vivo, y te necesita.”

Aquella verdad le golpeó de inmediato. Le costó recuperar la compostura varios minutos, hasta que finalmente, se dio cuenta de a qué se refería. Lucerys seguía vivo, él seguía vivo. Se levantó con dificultad, no por el peso de su cuerpo, sino por el de su mente, tratando de pelear contra sus propios demonios internos.

“Este mundo y tú tenéis salvación. Cuenta con mi valor, hijo de Adán.”

Todavía no había fracasado. Todavía podía luchar y vencer.

“A veces, solo es cuestión de ser valiente.” Se repitió a sí mismo las palabras de Peter.

No necesitaba el cuerno de Susan para tratar a su sobrino. Lo que necesitaba era continuar. Un sentimiento de calidez empezó a nacer desde su pecho, algo que llevaba largo tiempo sin sentir. El calor se extendió por todo su cuerpo, y el recuerdo de sus seres queridos alentándolo en el vacío blanco solo hizo que Daeron se levantara con mayor determinación, superando por primera vez a sus propios pensamientos nocivos.

“No voy a rendirme. Tengo que cuidar de la gente a la que quiero.”

Así, rasgó un poco su capa verde, empapó el trapo en el agua de mar y limpió las heridas de su sobrino.

Los conocimientos obtenidos en la Ciudadela, y los que traía consigo de la Inglaterra del siglo XX y de sus experiencias en Narnia le ayudaron sobremanera en aquellos momentos, especialmente cuando trató las lesiones de Lucerys. No tenía forma de cerrar las heridas, no tenía consigo aguja o hilo, pero sí podía llevar a Luke hasta un refugio cercano y seco, que resultó ser una aireada cueva cerca de su posición, hacer un fuego, empapar el trapo en agua y lavar con ello el cuerpo del muchacho, limpiando la sangre y la suciedad. Con algo de suerte, no habría que lamentar infecciones.

Requirió casi una hora de esfuerzos, sobre todo cargar a Luke y moverlo, pues Daeron tenía sus propias molestias en la espalda y en el brazo derecho, y además encender el fuego, ya que Tessarion no se encontraba allí. Después de tratar las heridas de Lucerys, Daeron sintió que tenía hambre, así que de su morral de viaje sacó algunos pedazos de carne de conejo, reservas que conservaba de lo que había cazado en las marcas dornienses, todavía comestibles aunque algo resecas. Las pinchó en un palo, y las asó sobre el fuego.

“Podría intentar hacer un arpón con las ramas de esos árboles… y tratar de pescar algo.”

El olor terminó provocando que sus ganas de comer aumentaran, pero también fueron el estímulo necesario para que su propia moral se elevara un poco más, y poco tiempo después Daeron disfrutaba de los primeros bocados. La comida caliente alimentó a la vez su cuerpo y su espíritu.

“Que bien huele…” La voz de Lucerys rompió el silencio mientras el muchacho abría los ojos, y en ese momento, Daeron se olvidó de la comida.

“¡Luke!” No cabía en sí mismo por la alegría.

“Tío Daeron…” La voz del joven Velaryon sonaba apagada, sin energías.

“No hables, no todavía. Dioses, pensé que no ibas a despertar.” Daeron se acercó un poco más a su sobrino, pensando en ofrecer un poco de la carne. “No te levantes rápidamente, ve poco a poco… espera, déjame ayudarte. Así.” Daeron hizo que Luke tuviera su espalda apoyada contra la pared de roca de aquel lugar. Lucerys terminó tomando un poco del conejo.

“¿Dónde estamos?”

“No tengo ni idea… ojalá lo supiera. Eso resolvería muchos misterios. Dime, ¿te encuentras bien? He intentado tratar tus heridas, pero no he podido hacer demasiado.”

“Me mataron.” Lucerys habló con un tono neutro, sin emoción alguna en su voz, a la par que sus dos manos se deslizaban hacia su cuello, como asegurándose de que todavía estaba uniendo el cuerpo a la cabeza. “Vhagar me… me cortó el cuello, yo lo vi, lo sentí. Me decapitó.”

Aquello hizo que Daeron se quedara callado por un momento. Quizás el golpe en la cabeza había sido más fuerte de lo esperado.

“Luke, no estás muerto, eso te lo puedo asegurar. Te lo voy a contar todo, lo que ha ocurrido, pero tú también debes hacer lo mismo luego. ¿De acuerdo?”

Luke miró por momentos a Daeron como quien mira a un desconocido. Era un momento en que los ojos azules de Daeron intentaron ver algo en los ojos oscuros de Lucerys, pero no había emoción alguna, ni siquiera tristeza.

Solo desconfianza, como si todos los años de enemistad entre las familias de Alicent y Rhaenyra finalmente lo hubieran separado de Luke.

“Soy tu tío, Luke… Juré protegerte.”

“¿Incluso de ti mismo? ¿De Aemond?” La pregunta de Lucerys hizo que Daeron se quedara callado por un momento. Pero finalmente asintió.

“Yo nunca te haría daño, Lucerys Velaryon. Soy tu tío, con todo lo que eso conlleva.”

“Aemond también es mi tío, y quería matarme.” A Daeron le entristecieron las conflictivas pero certeras palabras de Luke, y también alimentaron el fuego de su alma. “Lo hizo, me amenazó de muerte, y lo consiguió. Amenazó con quitarme el ojo o la vida.”

“Pero yo no soy Aemond, Luke.” Daeron casi habló con un tono más exaltado, pero logró templarse, suspirando por un momento. Aquel día había resultado ser un vaivén de emociones, su propia mente se sentía agotada. “Estás cansado, ahora debes comer un poco, y recuperar fuerzas… después, hablaremos.” Mientras Velaryon comía, Daeron habló sobre lo ocurrido en la Bahía de los Naufragios, aunque en ningún momento dijo algo de sus sueños, o de lo ocurrido en la playa.

Por mucho que Luke fuera su familia, podría tratarlo como un loco si le decía todo, incluyendo el arrebato emocional, o el hecho de que él ya había vivido otras veces. Aún así, le dolía ocultarle esa información, aunque comprendía que debía hacerlo. Sin embargo, no le ocultó nada de lo acontecido durante el vuelo. En respuesta, Lucerys le agradeció con sinceridad y con una actitud más pacífica."Gracias por haber salvado mi vida, tío Daeron." Lucerys elevó ligeramente su rostro, conectando la mirada de Daeron con la suya propia, sonriendo finalmente. Daeron negó con la cabeza."Créeme, tú también me la has salvado a mí, Luke." Sin poder evitarlo, Daeron lo abrazó, necesitado de ese contacto humano. Aquel día, había perdido muchas cosas. Había cedido incluso ante sus pensamientos más malignos. Pero el tener a su sobrino ahí delante, dependiendo de él, fue precisamente lo que alimentó su espíritu. Lo que le permitió levantarse, no tenía tiempo para lamentarse por perder un objeto, aunque fuera lo más valioso de sus posesiones materiales. Luke le devolvió el abrazo, con afecto familiar. La mente de Daeron visualizó su objetivo final, llevaría a ese chico a su madre, y detendría esa guerra fraticida.

----- CHAPTER BREAK -----

Daeron Targaryen, costa occidental desconocida
 Reposaron la comida al lado del refugio y del calor de la hoguera, permitiendo a sus cuerpos algo de descanso necesario. Aquella tarde, mientras el sol empezaba a ocultarse entre algunas nubes de tormenta en el occidente, Lucerys le contó todo a Daeron. Y a cada palabra, Daeron solo tenía más y más ganas de arrancarse los pelos por las novedades que recibiría. El nacimiento de Visenya era la única buena noticia entre todo lo que había sucedido. La muerte de Viserys y su ocultamiento temporal por parte de la corte, la coronación adelantada de Aegon, las alianzas establecidas y preparadas en secreto durante años, Daemon acudiendo a Harrenhal para obtener una fortaleza fuerte en el continente en la que reunir grandes ejércitos… Lo único que sabía con relativa certeza de todo aquello, cuando huyó de Antigua, era que Viserys había muerto, y que aquello podría provocar que el reino pudiera entrar en guerra por apoyar a uno u otro candidato al trono. Un tipo de guerra que había ocurrido demasiadas veces en la historia de la Tierra, en una infinidad de civilizaciones, y también en aquel planeta. Lo que no sabía era todo lo que se había realizado hasta entonces. “Esto es una estupidez que tendría que resolverse conversando ambas partes, no con amenazas o directamente mandando a hombres a morir”. Daeron dijo con la voz cargada de frustración, tocando su frente con los dedos de la mano izquierda. Luke también le había contado sobre Bastión de Tormentas y todo lo ocurrido antes de estar ahí.  Aemond había estado lleno de esa rabia durante tantos años, y ni Daeron ni Alicent habían sido capaces de apaciguar aquella ira, a pesar de sus intentos.Luke incluso le contó de las experiencias que había tenido con Arrax, momentos en los que era capaz de ver a través de sus ojos, e incluso sentir que volaba. Daeron se permitió suspirar por un momento, aún con la sorpresa, tratando de aclarar su propia mente, todavía agitada por su anterior desesperanza. Tenía que centrado en lo que podía hacer en aquellos momentos. “Lo primero, Luke, gracias por tu sinceridad conmigo, no tenía la menor idea del panorama cuando huí de Antigua. Hay mucho que hacer, y poco tiempo, si no queremos que nuestra familia se destroce entre sí, como temo que pueden terminar haciendo.” Daeron se mostró pensativo, con los brazos cruzados, registrando los detalles en su memoria. Las últimas vivencias que él mismo había tenido con los sueños le habían confirmado otros aspectos de la magia de Valyria más allá del vínculo con los dragones, pero no había casos documentados sobre dragones que se unían a su jinete de tal manera que el humano pudiera ver con ojos de dragón. Sin embargo, había otro tipo de magia que sí unía las mentes de humano y animal. A lo largo de los años, ya se había hecho una idea de cómo funcionaba la magia en ese mundo, al menos, de las que habían existido históricamente en Poniente. pues en Antigua había pergaminos sobre supuestos hechiceros del pasado, hombres y otras criaturas capaces de ejecutar sortilegios. Un ejemplo de ello era, de hecho, la magia de cambiapieles de los Primeros Hombres, heredada de los Hijos del Bosque. “Sobre lo de Arrax… me temo que sentiste directamente la muerte de tu dragón. He leído en la Ciudadela que los Primeros Hombres tenían entre ellos algunas personas capaces de vestir la piel de los animales, se les conocía como cambiapieles, una magia compartida con los Hijos del Bosque, un don de los Antiguos Dioses. De lo que has descrito, es lo que conozco que más se aproxima a tus vivencias. Es posible que tú también…” “No puedo tenerla.” Luke negó con bastante seguridad, mostrando gran sentimiento en la voz, de la manera más expresiva que había mostrado desde el anterior abrazo. “Mis padres son de puro linaje valyrio.” Dijo aquello, como si fuera una verdad innegable. “Tu madre es de linaje valyrio, eso está claro.” Daeron sabía la verdad del padre de Luke, sabía que los tres hijos mayores de Rhaenyra eran bastardos, pero no le daba la importancia que otros nobles darían a la bastardía. “Lucerys Velaryon, escúchame bien, no me importa quién sea tu padre, si era el heredero de Marcaderiva o el hijo de un pescador. Eres mi sobrino, eres el hijo de mi hermana, eres el hijo de Rhaenyra Targaryen. Eso es todo lo que necesito saber, no me importa nada más, que seas un herrero, un príncipe o el heredero de Marcaderiva. Eres mi familia.” Ante aquellas afirmaciones, Luke se quedó callado por momentos, como si no tuviera deseos de seguir la conversación. Daeron tuvo paciencia, y esperó. Un largo minuto de silencio, en el que Lucerys parecía estar debatiendo ideas de su propia ascendencia… de la identidad de su padre. “Aegon me llamaba bastardo, y Aemond también lo hizo. Si mi padre no es Laenor… yo…” “No tienes por qué hablar de esto, si no lo deseas.” Daeron sentenció. Comprendía la necesidad de compartir las penas, y también, la de guardarlas para uno mismo. Por unos momentos, el silencio gobernó entre ellos, junto a una sombra de dudas. “¿De verdad no te importa que yo… sea un bastardo?” “Por tus venas y las mías corre la misma sangre, Lucerys. Hemos compartido nuestra infancia, aunque estos últimos años nos hayamos alejado por circunstancias que nos superaban. La identidad de tu padre o tu condición de nacimiento no afecta eso, sigues siendo mi querido sobrino.” Nuevamente, el silencio brotó entre los dos adolescentes, y aunque Luke parecía preocupado todavía, la carga era menor que unos minutos antes. Daeron se levantó, mirando hacia el mar. “Dicho esto, el asunto que sigue es incluso más delicado que lo que me has contado, si Jacaerys ha ido a Invernalia y Daemon a Harrenhal, hay pocas protecciones en Rocadragón. Pero no creo que vayan a atacarse directamente, Desembarco del Rey también tiene escasas protecciones si Vhagar abandona la capital nuevamente.” Por un momento, elevó su mirada hacia el cielo, mientras se juntaba las manos a la espalda. Creía conocer a su propia familia lo suficiente como para saber qué podrían hacer a continuación. Aegon seguramente organizaría algún banquete, Alicent se horrorizaría, y reprendería con severidad a Aemond… Rhaenyra tendría el corazón roto si llegaba la noticia de la “muerte” de Lucerys. “Creo que es posible que esta guerra de plumas y cuervos continúe durante días, incluso semanas sin derramar sangre. Durante ese tiempo, debemos intentar recuperarnos físicamente. Los dos estamos heridos, pero no puedo arriesgarme a un largo vuelo de dragón estando como estamos ahora. Tú tienes que recuperarte, y yo debo descansar.” Se miró entonces el antebrazo derecho, la muñeca tenía un tono rojo a comparación del resto de la piel. Volvió a flexionar los dedos, y se dio cuenta de que le dolía ejercer fuerza en su propia mano, sin contar que sentía el hombro como una bisagra vieja y oxidada. Necesitaría la atención de un maestre. “Además, a pesar del tamaño de Tessarion, dudo mucho que esté acostumbrado a llevar mucho peso durante un vuelo largo.”  Y todo aquello, Daeron lo dijo sin contar el hecho de que no tenía forma de llamar a su dragón, o de saber siquiera si estaba cerca. Ni siquiera tenía idea de dónde estaban en aquel momento, aunque estaba seguro de que seguían en las Tierras de la Tormenta. “Pero debo volver con mi familia, Daeron, y hacerles saber que me encuentro bien. No puedo hacerles sufrir con mi ausencia.” Lucerys protestó, pero Daeron negó con la cabeza. “Eso es cierto, Luke, pero también es peligroso. Si estás herido, no debes moverte demasiado, mucho menos volar en dragón. Podrías empeorar las heridas y ningún maestre podría ayudarte. Ni siquiera Gerardys, o el Gran Maestre Orwyle.” Ante la mención del miembro del consejo privado, Luke se tensó.“El Gran Maestre es un traidor, vino a Rocadragón a decir que Aegon era el rey, y que debíamos postrarnos ante el legítimo monarca, si no queríamos ser considerados traidores. Que debíamos aceptar los términos honorables y que teníamos que entregar a Viserys y Aegon, para servir como copero y escudero del auténtico rey y cabeza de la casa Targaryen. Nos dijo eso, a nosotros.” Lucerys se mostraba con gran enfado, pero Daeron no esperó lo que dijo justo después, con la ira Targaryen fluyendo a través de Luke. “Aegon, Aemond, Otto… Son unos traidores. ¿Acaso tú también lo eres, tío Daeron?”  Daeron sabía que no era Luke quien hablaba, sino su mente, llena de preocupaciones por todo lo sucedido. Aún así, aquella palabra resonó dolorosamente en su cabeza, como el eco que retumba en una cueva. Traidor. El simple pensamiento de aquella palabra, dicha por la voz de su sobrino, le ardió en el pecho, pero sus ojos observaron a Luke con decisión. “No soy un traidor, Luke.” Dijo, con total honestidad. Él no era un traidor, al menos, no en aquella vida. “No puedo hablar de lo que pueda pensar o decir Orwyle, pero los deseos de Viserys, los deseos de mi padre, eran claros. Durante 23 años, mi padre proclamó y defendió la posición de Rhaenyra como su legítima sucesora, dudo mucho que eso haya cambiado, incluso en sus últimos momentos de vida. Rhaenyra siempre fue la favorita de padre.”  Un momento de pausa, en el que Daeron miró a su sobrino, como si aquella última frase hubiera estado más cargada de sentimiento. Pero aquello era cierto, Viserys amó más a Rhaenyra que a los otros hijos que la siguieron. “Quizás yo mismo no esté muy unido a mi hermana mayor, pero eso no significa que piense que no pueda ser una buena gobernante, solo por el simple hecho de ser mujer. La capacidad de gobernar un territorio depende de la mente, no de pertenecer al sexo débil o al fuerte. La Reina Alyssane fue mejor gobernando los reinos que Maegor o Aenys.” “¿Entonces reconoces a mi madre?” La pregunta de Luke salió en elevado tono, más que una pregunta, parecía un ruego. Daeron se mantuvo en silencio segundos que se hicieron eternos, teniendo en su mente la semilla de la posibilidad de hacer un reinado conjunto, a semejanza de lo que él y sus hermanos hicieron en Narnia.“ Yo te nombro Reina Lucy, la Valiente. Yo te nombro Rey Edmund, el Justo. Yo te nombro Reina Susan, la Benévola. Y yo te nombro Rey Peter, el Magnífico, y Alto Rey de Narnia… Quien es rey o reina de Narnia, siempre lo será.” Los cuatro hermanos Pevensie habían sido reyes y gobernantes por derecho propio, pero Peter, como el mayor, era el Alto Rey, el Sumo Monarca de Narnia. Rey por encima de todos ellos, aunque Peter jamás realizó ningún abuso de su mayor autoridad, y todos respetaron que el primogénito de los Pevensie tuviera aquel cargo, más allá de porque fuera el hermano mayor, porque Peter era el líder y el protector de su familia.Sin embargo, ¿era viable esa posibilidad en aquel mundo? En algunas de las Ciudades Libres había varios gobernantes con el mismo rango, como los triarcas de Volantis. O las 40 familias que una vez gobernaron Valyria, que en teoría tenían el mismo estatus… Si, en ese sentido, Rhaenyra sería la primera entre iguales, aunque sus hermanos ganarían poder y un título superior al de los grandes señores de Poniente. Daeron pensó por un momento en sus hermanos y en aquella posibilidad. ¿Podría ser realmente algo tan sencillo? ¿Aegon simplemente se detendría siendo nombrado Rey, o querría ser el Alto Rey? Negó con la cabeza.Definitivamente, Poniente no era Narnia, y tampoco lo era en aquel sentido. La sociedad de Poniente no admitiría que hubiera varios reyes a los que seguir, sería algo antinatural. Además, el ejemplo de Valyria también había fracasado en la paz. La nación de los señores dragón siempre necesitó de enemigos externos, pues los Targaryen tenían rivales que se burlaron de Aenar Targaryen cuando huyó del Feudo Franco. Había llegado la hora de elegir, y él había decidido parar aquella locura. “Si, la reconozco como legítima Reina de Poniente, porque es la mayor, y porque fue el deseo de Viserys I, mi padre. Rhaenyra es la gobernante legítima de los Siete Reinos, sobrino, y espero que tu madre se rodee de buenos y sabios consejeros. Gobernar es difícil, es mucho más que sentarse en el trono. Es ser capaz de tomar decisiones difíciles, gestionar relaciones internas y externas, tratar de que gente que lleva enemistada siglos no se maten entre sí.” “Entonces, si reconoces a Rhaenyra como tu reina, llama a Tessarion.” Luke se acercó un poco más a Daeron, casi como si le estuviera rogando. “Llévame a casa, Daeron, para que mi madre sepa que estoy bien. Tú puedes ir a la capital, convencer a tu hermano, y así…” “Tal y como estás ahora, no vas a subirte a Tessarion, Luke.” Interrumpió Daeron, y Luke protestó de inmediato. “¡Pero yo debo estar cerca de mi familia! Tío, por favor” Ante las palabras de Luke, Daeron se acercó un poco más a su sobrino, y le tomó de los hombros por un momento. No lo vio como el niño que era, sino en el hombre en el que se convertiría en poco tiempo, pero solo le hizo falta hacer un poco de fuerza para hacer que Luke marcara en su rostro una mueca de dolor. A veces, las palabras no bastaban, y debía exponer los hechos. “¡Me haces daño, para!” Ordenó Luke, y Daeron obedeció. “Lo sé, Lucerys; sé que deseas ver a tus hermanos y a tu madre, igual que ellos tendrán ese mismo deseo. Pero por favor, escúchame, en tu estado no aguantarías un vuelo sin empeorar, tus lesiones internas pueden ser más graves de lo que yo soy capaz de hacer para curarte. Casi te pierdo una vez. No podría soportarlo una segunda.” Daeron volvió a su posición natural y relajada, pero notaba como en su hombro derecho tenía molestias, y el dolor le descendía a lo largo del brazo. Su mano izquierda se deslizó a su propio hombro, tratando de aliviar el dolor con un masaje. “Yo estoy herido, pero tú estás incluso peor, y debes descansar. Entiendo tu enfado, pero en nuestra situación, de nada sirve estar así de alterado, aunque sea lo natural. Por favor, Lucerys.” Ante aquellas palabras, Lucerys solo terminó respondiendo con algo de tristeza en la voz, como si finalmente comprendiera lo que Daeron quería de él. “Siempre has sido más listo que yo. Si tu consejo es esperar, esperaré…Gracias por haber salvado mi vida, tío. No sé cómo podría compensarte por esto.”  “No tienes que darme nada, pero por favor, Luke… hazme caso. Descansa, yo montaré guardia.” “Pero… ¿estarás bien?” Ante la pregunta de Lucerys, Daeron simplemente señaló su cinto, antes de agarrar la empuñadura y revelar un poco de su acero. “Tengo mi espada. No te preocupes, Luke. Duerme tranquilo.” Ante la petición de Daeron, Luke asintió silenciosamente, comió un poco más y se tumbó a dormir mientras Daeron vigilaba los alrededores. En parte, era cierto que Lucerys debía recuperarse antes de empezar un viaje, pero ese también era su propio caso, y el de Tessarion. Debía dejarle al menos un par de días de descanso a su montura.Pero también se encontraba algo tenso, debido a todo lo que significaba estar allí. Lejos de un maestre que pudiera atenderlos a los dos con el material adecuado. Era un mal presentimiento constante, agrandado por el desconocimiento de dónde estaban, y aún peor. ¿Dónde demonios se había metido Tessarion? Podía sentir con su vínculo, aunque algo alterado, que estaba cerca, pero… ¿dónde?  Quizás Daeron estaba suponiendo mal aquella pregunta. Una chispa de orientación divina, alimentada por los recuerdos, recorrió entonces su mente. La pregunta no era dónde. Era el por qué un dragón desearía privacidad, incluso de su jinete.  Tessarion no era precisamente una dragona adulta, pero Syrax también puso huevos a temprana edad… Quizás solo era un pensamiento repentino, pero era la única causa del vínculo inestable que tenía en su memoria, no tenía otra explicación conocida. “Maldita sea, si ese es el caso, estaremos aquí más tiempo del que me gustaría.” Miró entonces a su alrededor, todavía había un poco de luz en el cielo, ocultándose en el oeste, dando paso a la tonalidad de la aurora crepuscular, como si el cielo se cubriera de tonos anaranjados y añiles.

Lo único que había visto en todo aquel día había sido la playa en la que se encontraban, oculta entre las dos vastas paredes de roca natural. Subió con esfuerzo uno de los riscos que se elevaban sobre la playa, las olas chocaban varios metros abajo, y desde arriba del peñasco pudo observar a la distancia. Más allá de aquella cala, el terreno era más accidentado cerca de la costa, lo que provocaba que el bosque pareciera un camino más seguro.  Sin embargo, le llamó más la atención lo que había más allá; hacia el norte pudo distinguir lo que parecía una villa marítima, a unas 2 leguas, así como una enorme fortaleza aún más lejos, una edificación gris y blanca sobre un acantilado pedregoso y la desembocadura de un río, con las antorchas en las torres de guardia emitiendo una tenue luz anaranjada. Unos pocos barcos faenaban en la cercanía de la costa, y otros volvían de su actividad en zonas más profundas. Desde abajo, desde el nivel de la playa, habría sido imposible para él ver todo aquello, pero la altura le había conferido una mejor visión. Todos los detalles empezaron a tomar forma en su cabeza, una zona de mar calmado cerca de la Bahía de los Naufragios, una costa occidental con las aguas del color del zafiro, un magnífico castillo al borde de un acantilado cerca del delta del río, y el resto del paisaje era en todo sentido hermoso, con bosques y cultivos cercanos al mar, algo que parecía un sueño, como sacado de un cuento de hadas. Ver aquella edificación fue como un golpe a su memoria, a sus más tiernos recuerdos, pues, salvando las distancias y la arquitectura de la fortaleza, con la misma piedra blanca, era como ver el perfecto reflejo de Cair Paravel al borde del Mar Oriental. Ciertamente, no podía ser otro lugar. Un lugar con el mar al oeste en la zona de las Tierras de la Tormenta, solo podía tratarse de la isla de Tarth o Piedra Verde, de los Estermont. …

Más tarde, aquella misma noche.
 La noche era oscura y poco se veía en la penumbra, más allá de la luz de la fogata. Ya había pasado la hora del lobo, pero seguía siendo casi imposible ver dónde terminaba la tierra y donde empezaba el mar, más allá de escuchar el ruido de las olas. Daeron alimentó al fuego con más madera, el escaso alimento que todavía les quedaba era suficiente para pasar la noche, y se llevó a la boca un poco más de conejo. Su vista se dirigió a Lucerys, durmiendo al lado de la pared de roca, a quien cubrió con su capa verde para salvaguardarlo del frío. “Tarth, la Isla del Atardecer.” Se dijo a sí mismo, tratando de recordar el nombre del señor de la isla. “El señor es Lord Lyonel Tarth, es el padre de Lady Edyth.” No había tenido la oportunidad de conocerlo en persona, la influencia de Daeron no llegaba a las Tierras de la Tormenta, aunque recordaba a Edyth cuidando con naturalidad a los gemelos de Helaena.  En los años transcurridos en Antigua, había conocido a muchos nobles del Dominio, de Occidente y algunos de las Tierras de los Ríos. Pero los tormenteños eran extraños para él, y Lord Ormund, en la privacidad, hablaba de los nobles de la tormenta como hombres belicosos y pendencieros, buenos para la guerra, la caza y la borrachera, nada más. Y ciertamente, con lo que le había contado Luke, podía suponer que eran orgullosos, si todos los nobles de la tormenta eran como Lord Borros Baratheon. Pero él mismo había tenido poco trato con aquellos hombres. Juzgar a la distancia no era de sabios. “Tessarion… ojalá saber dónde estás.” Dijo hacia la nada, la noche se sentía pesada, y las nubes cubrían la luz de la luna, que apenas hacía distinguir el contorno del bosque. Tan cerca, y a la vez tan lejos… 10 kilómetros andando normalmente no supondrían un problema, aunque el territorio fuera algo accidentado, pero Daeron no podía hacerlo en aquella situación. Ir con Lucerys a través de varios kilómetros de bosque sería peligroso, y ni se le ocurrió la idea de dejar solo a su sobrino. ¿Y si le pasaba algo, mientras él no estaba ahí para protegerlo? La sombra de la duda apareció en su mente, nunca podría perdonarse cometer un error así. Si había algo que destacaba en el Mar Angosto, era la presencia de piratas myrienses, lysenos, tyroshis, dornienses y contrabandistas, con bases en los Peldaños de Piedra. Una problemática constante que 40 años antes le costó la vida a Aemon Targaryen, el hijo de Jaehaerys I y en su momento el heredero a la corona. También se trataba del padre de Rhaenys Targaryen, pero falleció por un virote de ballesta de los piratas de Myr, lo que desencadenó la ira de Baelon Targaryen, el abuelo del propio Daeron. Los piratas eran un problema que, con la Triarquía, se había acrecentado. De hecho, había observado aquella cala por la tarde, los peñascos oscuros escondían perfectamente el lugar, a la vista de cualquiera que mirase desde afuera. Un escondite perfecto para actividades al margen de la ley, especialmente, en la noche. Un mal presentimiento trepó por su nuca, y por puro instinto, su mano fue a la empuñadura de su espada en el momento que observó llegar por el sur la luz de un par de lámparas de aceite sobre la superficie del agua. Una luz muy tenue, pero suficiente para que Daeron se hiciera una idea del tamaño de la embarcación, pues parecía más un barco de pesca que una coca mercante. Un barco de buen tamaño sin sacrificar velocidad. La embarcación estaba como a 60 metros de la costa, rumbo al norte. “Solo será un pesquero.” Se dijo a sí mismo, tratando de razonar aquello. El puerto del pueblo estaba al norte, debía ser un barco que volvía de una dura jornada. Pero no por ello Daeron dejó de estar alerta.El presentimiento no lo abandonaba, no conocía a ningún pescador ni hombre de bien que se atreviera a estar en el mar a altas horas de la noche con un barco así, y mucho menos, que tuviera la vela negra. Como si no deseara ser visto, como si el manto de la noche fuera su aliado, miró nuevamente el barco… Estaba virando hacia el este, hacia ellos. Fue entonces que Daeron observó el fuego cerca de él, como si fuera su enemigo. Apagó de inmediato la hoguera, echando tierra encima con una patada, esperando vanamente que no los hubieran visto. “Luke, Luke despierta. Tenemos que irnos, venga, rápido.” “¿Qué pasa?” Luke parecía no entender nada, pero Daeron le metió prisa. En menos de un minuto, habían abandonado la cala yendo al interior del bosque, apenas unos 15 metros, todavía con vistas hacia la cala. “¿Qué ocurre?” “Contrabandistas. Puede que nos hayan visto, espero que no.” “La hoguera…” “La he apagado. No sé si han llegado a vernos… por si acaso, escóndete.” Tras unos matorrales, tío y sobrino se agacharon, ocultándose tras la vegetación y apoyándose en los árboles, observando como el barco terminaba tocando tierra. Las voces de los hombres eran hoscas, no hablaban en la lengua común, pero tampoco era el alto valyrio que conocían Daeron y Lucerys. Era lo suficientemente familiar como para comprender algunas palabras, pero la mayoría de su significado se perdía en el desconocimiento.  Daeron mantenía su espada desenvainada, los piratas de los Peldaños de Piedra eran, según había escuchado, personas de elevada avaricia y crueldad, peores que los bandidos de Poniente. Y era seguro que no querían que alguien supiera de sus escondites. Si los habían visto, intentarían darles caza. Un criminal que sabe que ha sido descubierto es capaz de todo. “Entiendo algunas palabras, Luke. ¿Y tú?” “Más o menos… Han dicho la palabra esclavo, creo… que hablan sobre nosotros.” Daeron elevó un poco más la vista. Entonces los habían visto. Sobre la arena, había 6 hombres, dos de ellos fueron a donde anteriormente estaba la hoguera, equipados con las lámparas de aceite, investigando el lugar, mientras los otros cuatro montaban guardia en la linde del bosque, hablando en total confianza, en voz alta y con las armas desenvainadas. Daeron entendía algunas palabras de lo que decían. Transporte de sal. También hablaban de tomar adolescentes, y la ciudad de Tyrosh también fue nombrada. “Son secuestradores de Tyrosh…” Luke susurró, y Daeron se movió ligeramente hacia delante. “Vienen a buscar sal y jóvenes que vender en los mercados esclavistas de la Triarquía. ¿Planean atacar las salinas?” Aquello lo dijo con un claro tono de enfado, pero Daeron fue más rápido en contener a Lucerys. “Luke, quédate quieto y escúchame. Ahora mismo, creo que estamos en Tarth. De ser así, estamos en el territorio de un aliado de los Velaryon.” Aquello fue suficiente para alimentar aún más el enfado de Luke. “Entonces no puedo tolerar que capturen a nadie. La esclavitud es una aberración.” “No lo harán, créeme.” Daeron seguía hablando en voz baja, pero notaba como la expresión de Lucerys no menguaba en ira. La esclavitud era algo que, a él mismo, también le causaba naúseas. Pero eran 6 contra 2, les superaban en número y tamaño, sin contar que ellos no estaban precisamente en condiciones de combatir. Pelear en ese tipo de situaciones no era algo prudente, aunque él mismo tuviera deseos de hacerlo.  Los hombres hablaron entre ellos, un poco más, antes de empezar a adentrarse en la espesura, con las armas desenvainadas, espadas curvas y extrañas en su diseño que cortaban fácilmente la maleza. Quedarse era peligroso. “Debemos intentar irnos de aquí, podemos advertir a Lord Tarth de la presencia de maleantes en sus dominios. Él se encargará de ellos, pero para ello debemos huir. Levántate con cuidado.” Y eso hicieron, con toda la discreción posible, intentando fundirse con el entorno, pero escucharon como los hombres se abrían paso a través de la espesura con sus armas. Claramente, los estaban buscando. Los hombres avanzaron un poco, estaban cada vez más cerca, y Daeron y Lucerys no podían moverse a mayor velocidad sin hacer un ruido que los delatara. El sigilo era su aliado, ya que, con Lucerys en aquel estado, no podría correr por mucho tiempo, si es que Lucerys era capaz de correr siquiera. Y Daeron no iba a dejarlo atrás. Fue entonces que Luke se tropezó con una piedra, dando un traspiés. El ruido fue seco, en mitad de la noche, pero el joven Velaryon trató de buscar refugio rápidamente. Aquello había sido más ruidoso de lo que podría considerarse seguro para la situación, y atrajo la atención de uno de los hombres, el que estaba más cerca. Habló en voz alta en su idioma, y se acercó más de la cuenta a la posición de Lucerys, oculto tras un árbol, a unos dos metros de Daeron, oculto este a su vez tras un pino y matorrales. Un paso, y otro paso. Daeron pudo ver cómo el hombre era un poco más alto que ellos dos y de rasgos ligeramente exóticos, con el pelo teñido de granate. Definitivamente debía ser de Essos, un habitante de Tyrsoh, y se había detenido justo donde Lucerys se había caído segundos antes.Demasiado cerca como para que el hombre no viera al propio Luke, provocando un grito por parte del hombre. Aprovechando la sorpresa, Luke intentó desenvainar su propia espada para atacar primero, pero el hombre se revolvió y agitó su propia arma, y de milagro Luke detuvo el ataque del pirata. El grito y el posterior choque de aceros terminó por echar a la basura toda posibilidad de huida silenciosa, seguido de un chillido de dolor que encendió la chispa de la ira en Daeron.Pues fue su sobrino quien había gritado. Daeron no lo pensó un instante, su cuerpo entero se tensó y atacó al hombre desde atrás, cortándole la nuca con un tajo a dos manos de su espada, con la sangre bañando el filo. El hombre essosi cayó a plomo contra el suelo, muerto, pero sus compañeros los habían visto, y se introdujeron hacia su posición en el bosque de inmediato, a la caza de Luke y Daeron. Sus voces eran como aullidos y gritos de guerra, pasando sobre la maleza como bestias enfurecidas. Eran gritos de muerte que aterrorizarían a plebeyos y a jóvenes, pero no a Daeron. Sin embargo, pudo ver por un momento cómo la espada del tyroshi había logrado cortar a lo largo del brazo a Luke a pesar del choque de espadas, debido a su curvatura. Un hilo de sangre recorría desde el codo hasta la muñeca de su sobrino. Viéndola más de cerca, pudo ver que el arma se trataba de un arakh, el arma de los dothraki. “¡Detrás de mí, Luke!” Gritó Daeron, tomando una posición defensiva. Luke obedeció, agarrando su brazo, tratando de cubrirse la herida, retrocediendo hasta el claro apenas a unos metros. Daeron hizo lo mismo, había montado en cólera por ver la herida, pero esperó a que los hombres llegaran a su posición. El brazo derecho se resintió, usó demasiada fuerza en el movimiento anterior, y su hombro le dolía como una punzada, pero aún así se colocó en la posición de guardia de buey. “Los minotauros atacan de frente, sin pensarlo. Defiéndete, eleva la espada, con la punta ligeramente hacia abajo.” Los consejos de Oreius brotaron nuevamente en su mente a la par que su corazón latía a mayor velocidad, preparado para luchar. Uno llegaba desde la derecha, otro, algo más rápido, desde la izquierda. El tercero se había quedado algo rezagado debido a la maleza que todavía se interponía en su camino, pero los tres manejaban sus afiladas armas en el aire, gritando como locos. Los otros dos, originalmente en la hoguera, también empezaron a cargar contra ellos, siguiendo a sus compañeros. Los tenían acorralados, y Daeron retrocedió un único paso, dándose cuenta de que Luke no se había movido, bien por el miedo, o bien por las heridas. Era pelear o morir, y el hombre a la izquierda estaba demasiado cerca como para poder huir. En lugar de esperar a que el hombre lanzara su propio ataque, Daeron se lanzó contra él con un fuerte ataque a dos manos, desde arriba. El hombre alzó el arakh para protegerse el rostro, pero antes de chocar aceros, Daeron ajustó la dirección de su ataque con un movimiento completo de su cuerpo, alternando el peso sobre su propio pie y atacando por el costado en un movimiento descendente. La espada de Daeron atravesó el cuero, la lana, la piel y el músculo del muslo del tyroshi, que arrojó un grito atroz y lanzó un tajo al aire.Daeron giró sobre su propio pie esquivando el filo del arakh por poco, y nuevamente atacó a la garganta. Otra vez, el corte fue sencillo, como si cortase mantequilla, y el hombre cayó de espaldas, soltando el arma y tratando de sujetarse la herida, lanzando gritos ahogados mientras un reguero de sangre brotaba por su cuello. Los otros se quedaron quietos por un momento, habiendo visto semejante acto frente a ellos. Eran 4, pero los que habían estado en la playa todavía no llegaban. Daeron tenía poco tiempo para lidiar con los otros dos. “ Elige a uno .” Se dijo Daeron a sí mismo. “Elige a uno y mátalo deprisa .” Daeron no titubeó, pero el hombro derecho le dolía aún más. Sentía como si su espada hubiera ganado peso, su agarre con la mano derecha no seguía siendo efectivo, y tuvo que cambiar a la guardia de arado cuando el hombre de la derecha se acercó demasiado rápido.  “¡Daeron!” Gritó Luke, Daeron recuperó su guardia para bloquear el ataque del essosi, y una piedra voló cerca de su cabeza, estrellándose en el rostro del pirata, regalándole un valiosísimo segundo. Daeron lanzó una estocada contra el vientre del hombre, enterrando en el abdomen hasta dos palmos de su propio acero, haciendo que su víctima soltase su arma y se llevara las manos a la herida, mortal y profunda. Pero aquel ataque precisamente lo dejó vulnerable ante la carga del otro hombre. Daeron usó su pierna para hacer fuerza contra el abdomen del pirata al que acababa de herir, y aunque logró sacar la espada, no logró recuperar su postura, desviando a duras penas el ataque siguiente. “Luke, ¡CORRE!” Ordenó de inmediato Daeron, sintiendo como sus fuerzas flaqueaban ante las de su adversario, un hombre más alto que él, más fornido y en mejor forma, de pelos teñidos en verde que se fundía con la espesura. Sentía que no tenía tiempo siquiera de respirar, el ataque del pirata era una lluvia de acero, tajo tras tajo, moviendo el arakh de lado a lado con gran fuerza. Intentó en más de una ocasión recuperar una buena postura, y tratar de contraatacar, pero su condición física no era óptima, y se notaba. El tyroshi lanzó otro tajo a dos manos que no rebanó el brazo de Daeron de milagro. Sin embargo, el bloqueo fortuito salvó su vida, el arakh volvió a encontrarse contra la espada larga, en un choque de sonidos que era mitad alarido, mitad crujido. La potencia de su enemigo era superior a la de Vaemond Velaryon, y antes de que pudiera recuperar su postura y su guardia, recibió una patada en el abdomen, provocando que Daeron, ya algo fuera de balance, perdiera totalmente el equilibrio. Aterrizó sobre el costado derecho, y sintió como el hombro le dolía aún más, liberando entonces un grito de dolor. Soltó su espada, y se llevó la mano al hombro de forma inconsciente. “¡¡Aaaggghh!!” Un quejido de dolor brotó desde su garganta, justo por encima del umbral de la audición. Sentía su corazón como si estuviera en un mar embravecido, una tormenta de ira que peleaba contra el sentimiento físico del daño recibido. “¡Tío Daeron!” Luke intentó ir a ayudarle, pero estaba desarmado y el hombre estaba demasiado cerca. En ese claro, a la luz de la luna, el hombre elevó su arma dispuesto a acabar con la vida de Daeron, pero el príncipe abrió los ojos, y distinguió una sombra sobre ellos que parecía acercarse como un halcón hacia su presa.  El filo del arakh se elevó sobre él, y justo cuando estaba a punto de descender y causarle una herida mortal, como un golpe de hacha, unas mandíbulas perfectamente conocidas por el príncipe Targaryen atraparon la cabeza y el torso del hombre. Una criatura había descendido desde los cielos, en un vuelo silencioso y aterrador como una rapaz sobre una liebre.  Tessarion elevó a su enemigo, bien agarrado entre sus fauces, movió su cuello hacia los lados con violencia, agitando a aquel hombre como si fuera un perro con una rata. Lo zarandeó de un lado al otro, y de repente lo soltó, arrojando su cuerpo contra uno de los árboles. El hombre había sido prácticamente partido a la mitad, los huesos se habían machacado ante la poderosa mandíbula de la dragona, y su cuerpo se dobló en un ángulo antinatural, con sus tobillos sobre su cabeza, la espalda formando una curva hacia atrás, revelando así las entrañas del hombre en un espectáculo grotesco.  “¡¡Zaldrīzes!!” Dragón. Los dos hombres restantes se habían detenido a varios metros tras decir aquella palabra en un tono de terror puro, como si el hecho de contemplar a Tessarion les hiciera comprender que no tenían escapatoria. La dragona se elevó en toda su estatura, con las alas abiertas y extendidas a los lados, rugiendo de forma amenazante a los dos piratas, con la ira sintiéndose amplificada a través de su vínculo con Daeron. Tessarion estaba enfadada, muy enfadada.  Luke se arrodilló al lado de Daeron, y trató de ayudarlo a levantarse, pero el hombro le dolió incluso más al incorporarse, como un recordatorio de su propio cuerpo de que no se encontraba en condiciones. Lleno de una mezcla de su propia ira y la de su dragón, alzó la vista hacia los dos hombres, que estaban huyendo, llenos de desesperación, hacia la playa, hacia el agua... hacia el barco. Esos hombres habían deseado su muerte, no iba a dejarlos escapar.Su sangre Targaryen dentro de él, más allá de su propia consciencia, lo obligó a decir aquella palabra, como un conocimiento que vino de repente a su mente, de parte de sus ancestros. Los myrienses conocieron la ira de Baelon y el fuego de Vhagar. Ahora, frente a los tyroshis, se encontraba el nieto del Príncipe de la primavera."Dracarys." Aquella palabra salió de su boca, casi sin haberla pensado. Tanto Daeron como Luke sintieron el viento que levantó a Tessarion cuando alzó sus alas y despegó. La dragona parecía bailar a la luz de la luna, y en un movimiento, abrió la boca. La deflagración siguiente alejó el frío de la noche por momentos, una llamada de colores azules y anaranjados salió desde la boca de Tessarion y unos gritos llenos de un dolor indescriptible recorrieron la cala por angustiosos segundos, antes de que el silencio volviera a reinar en la playa. Dos hogueras habían nacido, alimentadas por el combustible que eran los cuerpos de aquellos dos hombres, con el rostro quemado, hasta quedar totalmente irreconocibles. Daeron se sintió agotado, más allá de todo límite. Sintió como su propio cuerpo era pesado como el plomo, ya pesar de que Lucerys trataba de sujetarlo, el príncipe fue directo hacia abajo, cayendo primero sobre sus rodillas, y luego, hacia delante. Lo último que pudo ver, antes de que sus párpados se cerraran, fue una pequeña figura curvada y de un color blanco como el marfil, apenas a un metro de él. Su brazo izquierdo se estiró, luchando por mantenerse consciente, y al tocar el objeto, supo de inmediato que no todo estaba perdido. Sin pensárselo por un momento, supo de qué se trataba. El cuerno de Susan estaba ahí. Sacó fuerzas de flaqueza, agarrando el cuerno y acercándoselo a la boca, para soplar levemente en la boquilla. El cuerno, sin embargo, no emitió sonido alguno, y Daeron no pudo luchar más contra la inconsciencia.

----- CHAPTER BREAK -----

Castillo del Atardecer, Lord Lyonel Tarth.Los cuervos blancos habían llegado una semana antes, con la noticia de parte de los maestres de la Ciudadela de Antigua de que el verano ya daba paso al otoño. Él tendría que lidiar con el cambio de estación, ya había vivido algunos inviernos a lo largo de su vida, y ya habían soportado la primera de las tormentas otoñales. Tendrían que darse prisa, en especial con la siembra de las últimas cosechas, el almacenaje de lo que tuvieran disponible y terminar de prepararse para el invierno. En las Tierras de la Tormenta no ocurrían las nevadas que sí acontecían en el Norte, en el Valle y en la mitad septentrional de las tierras ribereñas, pero sí que tenían lluvias torrenciales que volvían los caminos impracticables, por el barro y el agua. Las inundaciones no eran atípicas en su isla, por eso sus antepasados habían construido el castillo en lo alto de un macizo rocoso, un acantilado elevado que jamás tendría el peligro de inundarse. “¡Lord Lyonel!” El sonido de un hombre con armadura recorriendo los pasillos hizo que el señor del Castillo del Atardecer se detuviera y diera la vuelta, encarando a su hombre de armas. “¡Espere, mi señor!”“¿Sir Justin?” Al señor le extrañó semejante apuro. No era natural que uno de sus caballeros acudiera a su presencia con tanta premura, Tarth generalmente era un lugar pacífico. “¿Qué ocurre que os tiene tan alterado, tan temprano en la mañana?” Ni siquiera había pasado una hora desde el amanecer, pero Lord Tarth, en su mente, ya estaba organizando gran parte de sus deberes señoriales para aquella semana. “Al sur, mi señor. Los pescadores del puerto informan de humo al sur, en la costa, más allá de los campos de cultivo y el bosque.” Ante las palabras de Justin, Lyonel solo encontraba una explicación. “Contrabandistas o furtivos…” Lyonel suspiró por un momento. Desde que su padre falleció, él se había convertido en el señor de Tarth, en el Lucero de la Tarde, y eso implicaba asegurar que en sus dominios, no anduviera criminal sin temor a castigo. “Llama a 20 hombres, partimos en una hora. Va a haber pelea.”“Si, mi señor.” A la siguiente hora, Lord Lyonel y una veintena de hombres, cinco de ellos con el título de caballero, salieron cabalgando desde el patio del castillo, acompañados de un par de sus mejores sabuesos de caza, bajando por el único camino posible para llegar hasta justo la zona superior del pueblo, donde quedaba un viejo camino de pastores y cabras. El sonido de los cascos de caballo era constante, levantándose tras de ellos una polvareda, y ciertamente, Lyonel veía el humo negro que se elevaba en el horizonte, a unas dos leguas al sur, muy cerca de la playa. Muy cerca de sus dominios, muy cerca de su gente. Quizás la mayoría de los señores de Poniente no se preocupaban tanto por el bienestar directo de la gente, sino por la prosperidad de la economía, pero Lyonel se había criado con los cuentos de Sir Galladon de Morne, el caballero perfecto. Un caballero sin igual, un guerrero de corazón tan noble y valeroso que pudo enamorar a una divinidad, a la mismísima Doncella . Y ella le regaló una espada encantada, Doncella Justa, un arma que hacía a su portador invencible. Con ella, Galladon logró matar a un dragón. Y él era descendiente de ese campeón del pasado. Y por ello, su honor era lo más valioso para él. Él era el señor de Tarth y defendería sus dominios y a sus gentes, no porque haciéndolo protegiera su posición y su prestigio, sino porque era lo correcto. Cabalgaron por el camino durante poco más de una hora, yendo con cuidado por las empinadas cuestas, porque únicamente podía transitar un jinete a la vez. A su izquierda, estaba la montaña, y a la derecha, la ladera descendía hasta el bosque y la playa. Ya habían dejado los campos de cultivo atrás, su castillo quedaba lejano, y su seguridad también. Los perros ladraron hacia el humo que se elevaba desde la espesura, y los caballos continuaron al paso que ordenaban los jinetes. La columna de humo era totalmente negra, y seguía teniendo su origen en la playa. Los hombres empezaron a descender desde el camino, que prácticamente había desaparecido entre gran cantidad de pasto y maleza. Ni siquiera los cabreros y sus rebaños llegaban tan lejos, hasta la zona más boscosa de la isla. Aquel era ya territorio salvaje. Bajaron hasta el lugar en el que el bosque era demasiado denso como para continuar el camino a caballo, así que una cuarta parte de sus hombres se quedó cuidando de las monturas, mientras el resto, encabezados por el propio Lyonel, avanzaron por el bosque. Mucha distancia los separaba todavía de la playa, y sus perros, obedientes, permanecían ligeramente por delante, explorando el terreno, olfateando. Un olor a quemado enturbiaba el aire, lo que hizo sospechar al señor de que algo de la maleza o incluso algunos árboles se habrían visto afectados por las llamas. Piratas, bandidos… los capturaría. Sin embargo, llegaron a cierto punto en el que los perros, en lugar de avanzar, se quedaron quietos como estatuas. Lyonel no entendía nada, había visto a esos mismos perros enfrentarse solos a algunos venados y jabalíes que habitaban en Tarth, sus sabuesos eran valientes y jóvenes cazadores. Pero sus colas se habían ocultado entre las patas, en clara expresión de pánico, con el cuerpo tenso y levemente encogido, como si se estuvieran preparando para huir. También fue por el olor… aquello no era el olor de madera ardiendo, olía a carne quemada, chamuscada, y también apestaba a huevo podrido, a azufre. No estaba acostumbrado al olor, Lord Tarth se vió obligado a ocultar su expresión de asco tras una mirada neutral, pero su rostro hablaba por sí solo, no le gustaba estar allí. “¿Qué clase de actividades pueden estar haciendo aquí?” Preguntó uno de los soldados, mientras seguían avanzando, ahora más lento. Los perros se estaban quedando muy atrás, y tuvieron que azuzarlos para seguir avanzando, pero en el momento que entraron a un claro en mitad del bosque, de varios metros a la redonda, los perros entraron en una histeria totalmente salvaje, y corrieron de allí como si la entrada les estuviera negada. Pero nadie les gritó. No es como si el propio Lyonel no hubiera tenido ganas de correr, pues encontraron algo que jamás pensó que vería, ni siquiera en sus peores pesadillas, algo que no le desearía ni a sus propios enemigos.“¡Por los Siete Infiernos!” Exclamó al ver el cadáver, sí es que aquello pudiera denominarse así. Era un hombre partido a la mitad, su espalda doblada hacia atrás, revelando el interior del hombre. Las entrañas estaban esparcidas junto a abundante sangre. “¿Qué clase de bestia ha podido hacer esto?” Dijo Sir Justin, mirando aquello con temor en los ojos. Incluso su viejo amigo sentía pavor al ver semejante espectáculo grotesco. “Desde luego, no los lobos. Tampoco los jabalíes… dioses, pobre hombre.” Dijo Lord Lyonel, agachándose un poco, examinando más de cerca al muerto. Parecía un hombre fuerte, de complexión muy robusta, con los brazos muy trabajados. Un hombre de mar. “¡Aquí hay otro muerto, mi señor!” Gritó uno de sus hombres, y entonces, Lyonel fue a ver al otro.  “¡Otro más!” Dijo uno de sus caballeros desde el bosque.“¡Otro, mi señor!” … Piratas essosi, o al menos, eso podía suponerse en un primer vistazo por el tono de piel ligeramente bronceado, típico de los marineros que trabajaban bajo el sol durante largas jornadas en la soleada Ciudad Libre. Habían encontrado cuatro cadáveres, pero solo uno de ellos había muerto de forma tan grotesca. Los otros tres tenían heridas de espada, uno en el abdomen, otro en la garganta y muslo, y el último en la nuca, y sus pelos de colores extravagantes los delataban como hombres de Essos, de Tyrosh. También encontraron armas, pero ningún arakh estaba especialmente manchado de sangre, solo uno en la punta. “No creo que debamos seguir hacia la playa.” Dijo Sir Justin, mirando desde el claro a la columna de humo negro. Se encontraban cerca, muy cerca…“Quien haya hecho esto… no, lo que sea que haya hecho esto es un monstruo.” Los demás soldados apoyaron a Sir Justin. “Un demonio, mi señor.” “¿Creéis en esas criaturas, las que algunas amas de cría os contaban de pequeño?” Sir Justin, sin embargo, habló con algo de brusquedad. “No creáis lo que te dice una mujer cuando os está dando la teta. Tres de estos hombres murieron por manos humanas.” “Tendríamos que haber venido con más hombres.” Dijo finalmente Lord Lyonel, levantándose. “Pero no hemos venido desde el castillo para volver con las manos vacías, sin saber qué peligro corren nuestros vasallos, nuestro pueblo, nuestras familias. No sé vosotros, pero yo voy a ir a la playa, y llegaré al origen de todo esto.” Dijo el hombre, con los ojos brillando en la lucha interior que tenía, entre el miedo que sentía y el deber de proteger a su gente. Si había una bestia así, por las cercanías, debían abatirla. Fuera un animal, una persona, o un demonio. Y sus hombres, leales hasta la muerte, decidieron seguirlo. Apenas un par de minutos después, se detuvieron en mitad de la espesura. La playa estaba ahí, a unos 5 metros delante de ellos, donde terminaba el bosque y empezaba la arena fina. Pero sobre ella, un dragón de gran tamaño, del color del cobalto, dormía plácidamente. Y justo a su lado,  apoyando sus espaldas en la criatura, dos jóvenes estaban dormidos como niños que dormían justo al lado de su madre. Uno de los muchachos tenía el pelo castaño, pero el otro lo tenía del color del oro y la plata típicos de la familia real. Y cerca de ellos estaba el origen de aquel olor tan desagradable, dos cadáveres que habían perdido toda la piel y pelo, no siendo más que esqueletos y carne carbonizada.

Lucerys Velaryon.
 Cuando su tío había caído al suelo, pensó que era su final. Solo gracias a la ayuda de Tessarion, habían logrado sobrevivir aquella noche, sin embargo, no habían salido indemnes. Él se encontraba herido, uno de los piratas había sido demasiado rápido para él, incluso si Luke hubiera estado totalmente sano, no hubiera podido contra un hombre con más fuerza, experiencia y agilidad. Suficiente había hecho bloqueando el tajo con su propia espada.Fue gracias a Daeron que él seguía vivo. Su tío había matado a tres hombres en menos de un minuto, y si hubiera estado en mejores condiciones, no dudaba que Daeron habría acabado con el cuarto. Pero habían luchado estando cansados y heridos… El factor decisivo había sido la presencia de Tessarion, aunque no olvidaría nunca el salvajismo con el que la criatura había descendido desde los cielos y atacado al hombre. Sin embargo, a él le daba igual, ese pirata había estado a punto de matarlos, a él y a Daeron. No le sorprendió por ello que Daeron ordenara a Tessarion quemar a los otros dos, él mismo hubiera dado la misma orden, si hubiera sido Arrax quien estuviera allí. “Debes quemar a tus enemigos con fuego de dragón, para asegurarte que no puedan volver a atacarte.” Las palabras que más de una vez le había dicho su padrastro, Daemon, resonaron en su mente como una orden. Escuchar los gritos agónicos de los hombres fue para sí mismo una agonía, pero no sintió nada de empatía o tristeza por ellos. Al contrario, se alegró de que todo hubiera acabado, pero su tío se había quedado inconsciente, y Tessarion estaba en la playa. Lucerys no dudó, y haciendo acopio de todas sus fuerzas, llevó a su tío hasta la playa. Daeron era un muchacho liviano, y aunque a Lucerys le costó llevarlo, logró dejarlo en la playa, justo con Tessarion. Su tío, incluso inconsciente, no había soltado en momento alguno el cuerno de batalla que llevaba en su mano izquierda, y Luke lo recostó sobre la dragona, quien se había tumbado a despecho. El olor no era precisamente agradable, el olor del ambiente marino se mezclaba con el de la carne quemada, pero aún así, Luke Velaryon estaba demasiado cansado como para exigir mucho más. Durmió, sin pensar que nadie más se atrevería a volver a atacarles, estando al lado de un dragón. “¿Quiénes sois?” Acababa de despertar, y lo primero que pudo ver al abrir los ojos fue a unos pocos hombres en la linde del bosque, mirando con duda hacia aquellos adultos, en el único instante que le permitiría juzgar si eran más enemigos. Todos iban con mejor equipamiento que los piratas de la noche anterior, al menos gambesón y cota de mallas, pero la sobrevesta de todos ellos tenía el blasón cuarteado de la casa Tarth, dos soles y dos lunas. Recordó lo que su tío había dicho la noche anterior, se encontraban en la isla de Tarth. Los hombres, sin embargo, no contestaron a la pregunta de Lucerys, sino que se miraron entre ellos con expresión de sorpresa . El adolescente trató de buscar en su memoria, intentando recordar el nombre del señor de la isla de Tarth. “Estás en mi isla, en mis territorios.” Dijo el hombre que llevaba el blasón de Tarth. “Soy Lord Lyonel, señor del Castillo del Atardecer. ¿Quiénes sois vosotros, y qué hacéis en mi isla?” Luke escuchó aquello, se incorporó lentamente, y finalmente, habló, recordando las cortesías que debía dar, y que esperaba recibir a la hora de hablar con un señor. “Podéis guardar las armas, pues no somos enemigos, Lord Lyonel. Soy el príncipe Lucerys Velaryon, hijo de la princesa… de la Reina Rhaenyra. A mi lado está mi tío, el príncipe Daeron Targaryen,  y con nosotros está Tessarion, su dragona. Despertamos aquí ayer, y tuvimos un encuentro con los piratas de Tyrosh. Me temo que no puedo decir más, pues nada más sé.” El señor los miró con el rostro dubitativo. “Recuerdo que visité Rocadragón hace 5 años. Entonces tú eras un niño, junto a tus hermanos. El tiempo transcurrido te ha hecho crecer y tienes rasgos más maduros de los que recordaba, por eso no te he reconocido, mi príncipe.” Dijo finalmente, realizando un suave movimiento con la cabeza, como si hiciera una reverencia. “He visto los cadáveres de los piratas, y os agradezco la labor. Gente de esa calaña, esclavistas, que vienen a mis tierras a dedicarse al saqueo, al secuestro y a la violación, merecen castigos ejemplares, por violar las leyes de Poniente.” Luke estaba por contestar, pero un movimiento se elevó a su derecha. La cabeza de Tessarion estaba hacia arriba, ya despierta, estirando levemente su cuello y observando a aquellos hombres, como un gato que observaba a unos ratones. Luke se giró, ellos no eran enemigos, pero Tessarion no era su dragón, sino el de Daeron. Arrax ya había muerto… pero recordó por un momento lo que hizo que Daeron tuviera reputación de osado. Los dragones escuchaban a sus dueños, y a los guardias dragón. Él no era el dueño de Tessarion, pero aún así, era cercano a su tío. Quizás, aquella dragona pudiera escucharlo. Tuvo algo de dudas, pero terminó elevando la mano hacia Tessarion. “ Tessarion, Lykirry… Lykirry… umbass. ” Habló entonces Luke en alto valyrio, acariciando a la dragona, buscando calmarla, y la criatura bajó levemente su cabeza, aunque no por ello dejó de observar a los hombres que ahí se encontraban. “No deberías acercarte, mi señor. Tessarion no es mi dragón, y no sé si puede obedecerme. Pero ciertamente, el combate de ayer nos dejó heridos y agotados. ¿Puedo pedir vuestra ayuda, y la atención de vuestro maestre, para que mi tío y yo podamos recuperarnos?” “Sois príncipes de la sangre del dragón, y mi casa vive bajo la paz del rey y las leyes del trono de hierro.” Dijo Lord Lyonel, con la voz en tono calmado, como si de cierta manera supiera que hablar en voz muy alta podría estresar a Tessarion. “Sois más que bienvenidos a mi casa.” “Mi tío y yo estamos heridos, y él se encuentra inconsciente. Necesitaremos ayuda.” “Y estoy más que dispuesto a brindarte la ayuda que necesitas, príncipe. Pero no tenemos caballos suficientes para llevaros a los dos en vuestro estado, además de que el terreno es accidentado y podría empeorar vuestras heridas. Ordenaré a algunos de mis hombres que vuelvan al puerto, y un barco vendrá a por vosotros.”A Luke nunca le habían gustado demasiado los barcos. A pesar de su apellido, los viajes en la  mar le resultaban molestos, sentía ganas de vomitar si se apartaba demasiado de la orilla. Él tenía la sangre Targaryen, había nacido para surcar los cielos sobre un dragón, no para atravesar los mares a bordo de una galera de guerra. Sin embargo, no tenían más opción que aceptar, y por ello, asintió. “Si así debe ser, así será. Nuevamente, le agradezco su ayuda, Lord Tarth.” “No tienes por qué agradecer, muchacho.”Lo que siguió a aquello fue más complicado de lo esperado, ya que Tessarion seguía atenta, observando a los hombres que se iban acercando poco a poco a su posición, mientras gran parte de los hombres de Lyonel se habían marchado al puerto.  Lucerys se agachó y trató de levantar a Daeron, pero él mismo se encontraba agotado por los esfuerzos de la noche anterior. Su forma física era deplorable, así que en lugar de llevar él mismo a Daeron, se dedicó a calmar a Tessarion acariciando el morro de la dragona, hablándole en alto valyrio a la par que los hombres cargaban a Daeron. Sin embargo, a pesar de que aquello ocurría lentamente, Luke se sentía algo nervioso, y de cierta forma, Tessarion parecía notarlo.Pasó poco tiempo, algo más de unas dos horas, pero finalmente un barco mediano llegó a la cala escondida, un barco de dos mástiles que ondeaba con orgullo en sus velas el blasón de Tarth, y estaba capitaneado por un hombre de edad avanzada, acompañado por algunos  de los guardias que habían sido enviados por Lyonel. Ante la mayor presencia de gente, la dragona parecía ponerse nerviosa, especialmente cuando algunos de esos nuevos hombres que habían venido en barco se acercaban de más a Daeron, que seguía inconsciente. Su tío se había estado esforzando mucho en cuidar de él, el día anterior había comido menos que Luke, y el combate siguiente lo había dejado agotado. Pensar en aquello hizo que Lucerys comprendiera el esfuerzo inhumano que su tío había empleado en mantenerlo con vida. “El barco está a vuestra disposición, mi señor, mi príncipe.” Dijo el capitán, acercándose a Lord Tarth y realizando una reverencia de cortesía, tanto al noble como a Luke. “Tened cuidado con mi tío, os lo ruego.”“Lo tendremos, mi príncipe.” Fue la respuesta del capitán, antes de que dos hombres de la tripulación y dos de los caballeros de Lyonel levantaran con cuidado a Daeron, llevándoselo hacia el barco. Sin embargo, el cuerno de batalla que Daeron había estado agarrando hasta ese momento terminó cayendo a la arena. Y Luke, sin pensarlo, fue a coger dicho objeto. Su tío lo había agarrado antes de quedar inconsciente, y había tratado de soplarlo. Además, aún habiendo caído ante el agotamiento, Daeron no había soltado el cuerno. Recordó entonces lo que ocurrió en el día del juicio de la sucesión por Marcaderiva, hubo un sonido que hizo que todo el mundo se callase. Y aquel sonido lo había escuchado también varios años antes, cuando él era apenas un niño, estaba seguro de ello, pues aquel sonido se había quedado grabado en su memoria de alguna manera.Lo había escuchado en el gran salón del castillo de Marea Alta, antes de que una luz brillante recorriera la sala y provocase aquella confusión que detuvo todo el conflicto. Su madre estaba peleando contra Alicent, Daemon contra Cole, y más de una veintena de personas. Sin embargo, aquello fue capaz de dejarlos a todos aturdidos. La mente de Lucerys empezó a trabajar, uniendo los puntos, pues ese sonido había provenido del cuerno de Daeron en el gran salón del trono de hierro. Todos lo habían visto aquel día, además de que sentía que aquel objeto, de alguna manera, era capaz de traer a Tessarion.Pero también le llegó la duda. Un objeto así, de semejante poder, debía ser originario de Valyria, o de Ashai. Daemon había hecho que tanto Jace como él estudiasen sobre las costumbres valyrias y algunos antiguos rituales del Feudo Franco, así como su historia, y los supuestos hechizos y objetos arcanos. Aquello que tenía entre sus manos debía ser un cuerno dragón, estaba seguro. Sin embargo, a pesar de que estaba seguro de que aquello se trataba de un objeto de orígenes valyrios, su decoración no tenía nada que pudiera relacionarlo con la antigua Valyria. Era un cuerno de marfil puro, sin más adornos que la cabeza con forma de león tallada en el propio marfil, de tal manera que por la boca del león saldría el sonido. Su mente divagó por un momento, se acercó la boquilla del cuerno a la boca, y sopló. Pero ningún sonido pudo escucharse entonces.“Esto es… extraño.” Fue lo que se dijo, antes de guardar el cuerno. Daeron lo había hecho sonar, estaba seguro de ello, y también lo había sujetado con todas sus fuerzas. Aquel cuerno de batalla era importante para él, así que se lo guardaría y se lo devolvería. Le debía la vida a su tío, después de todo.

Daeron Targaryen, Castillo del Atardecer.

La oscuridad se disolvía lentamente, como si un montón de niebla se estuviera levantando. Al principio, no había nada, como si un vacío denso hubiera nublado su mente, como si hubiera estado atrapado en un sueño eterno.

La mente de Daeron divagaba entre los recuerdos y las visiones, como si no tuviera la más remota idea de lo que estaba pasando. Sin embargo, estaba seguro de algo. Lo que estaba ahí frente a él, en aquel momento, no era un amigo. Era un dragón totalmente desconocido para él.
 
Era una criatura enorme, ligeramente más grande que Sueñafuego, pero era de escamas negras como el ónice o el carbón, y unos ojos verdes le miraban con malicia, con odio. Aunque no llegaba en tamaño a Vhagar, Daeron sintió como su corazón se encogía en pavor. Era una mirada de muerte que Daeron aguantó a duras penas, mientras la criatura se elevaba, trazando círculos a su alrededor, como un gato que juega con su presa antes de acabar con ella. Y Daeron escuchó una voz burlesca en su cabeza, con un tono bajo, cruel y amenazante.
 “Yo soy calamidad. Yo soy todo lo que queda después de la guerra. Yo soy el que arrasa los campos de batalla. Soy la ira, la venganza y el terror. Yo soy fuego, yo soy muerte.” La criatura seguía mirándole, pero Daeron no cedía la mirada. Tanto era el miedo que sentía en su corazón que sentía que podía ahogarse en él. Sin embargo, por alguna extraña razón que no comprendía, no dejaba de encarar al dragón, porque sentía que, a su espalda, había algo o alguien a quién debía proteger. Las escamas del dragón empezaron a brillar, cambiando a un tono rojizo, como si fuera sangre, y la apariencia del dragón cambió. Se hizo algo más pequeño, menos robusto, de un cuerpo más alargado, como si fuera una serpiente. Daeron se horrorizó al identificar a Caraxes en aquella criatura.  “Tío Daeron, tengo miedo.” Dijo una voz que hizo que Daeron tuviera los pelos como escarpias. Pues no era la voz de Luke, era una voz mucho más infantil. Era una voz femenina y blanca. “Tío Daeron, protégenos.” Rogó de repente otra voz, casi igual que la primera en tono, pero masculina. Eran las voces de sus sobrinos, de los hijos de Helaena. ¿Qué hacían allí? Daeron no tenía ni idea, pero si ellos necesitaban su ayuda, él se la daría.

“Estoy aquí, y os voy a proteger.” Daeron desenvainó su espada, apuntando al dragón de inmediato. Una valentía sin nombre había surgido desde su corazón. “No les vas a hacer nada. Evitaré la guerra. Evitaré esta locura.” “No llegarás a tiempo. Las ratas llegan… on…” La imagen del dragón empezó a distorsionarse, y no pudo escuchar con claridad lo que empezaba a decir.  “¡Daeron!” Nuevamente una voz sonó mientras la oscuridad iba cediendo, de una forma abrupta, como si Daeron pudiera finalmente despertar de aquella pesadilla, de aquel horror. Abrió los ojos, observando entonces un techo alto y gris claro, y giró levemente su cabeza. Sentía como el sudor bañaba su rostro, y notaba su cuerpo de alguna manera entumecido, aletargado, como si hubiera estado largo tiempo dormido. Ver a Lucerys sentado a su lado, sin embargo, le hizo calmarse un poco.“¡Tío Daeron, has despertado!” El abrazo del muchacho rodeó el cuello de Daeron, que intentó responder, pero apenas y podía levantar el brazo izquierdo. “¿Luke?” Habló Daeron, antes de que todos los recuerdos regresaran a su memoria. Tarth, los piratas, Tessarion, el cuerno de Susan. “¿Qué…? ¿Dónde…?” “Príncipe Lucerys, no deberíais hacer eso. Daeron debe recuperarse, y usted también. Esos movimientos bruscos no son buenos para ninguno de vosotros.” La voz de un hombre de varias décadas de edad sonó justo detrás de Luke, y el ruido de una larga cadena de varios metales llegó a Daeron. Reconocería aquel tipo de sonido en cualquier sitio, pues había estado varios años aprendiendo en la Ciudadela de Antigua, con los maestres. “Lo siento, maestre Axel.” Luke se apartó de él, y pareció calmarse un poco. “Pensábamos que no ibas a despertar nunca. Han pasado 4 días desde que llegamos al Castillo del Atardecer.”Daeron no entendía nada de lo que decía su sobrino. ¿Cómo había podido quedarse dormido tanto tiempo? Trató de levantarse entonces, pero sintió de inmediato que las fuerzas le fallaban, y a punto estuvo de caerse de la cama. Sin embargo, Luke se encargó de que no fuera así, pues logró sostenerlo a tiempo. “Cuidado, tío.” Luke habló con tono de preocupación, y Daeron pudo ver como el brazo de su sobrino, allí donde el pirata de Tyrosh había logrado herirlo, se encontraba vendado. “Acabas de despertar, no hagas sobreesfuerzos. Comunicaré a Lord Lyonel que ya estás despierto. Eso facilitará las cosas.”

Luke se marchó, y pasaron pocos minutos en los que Daeron miró a su alrededor, comprendiendo que había sido atendido por aquel hombre, y que de cierta manera, su sobrino y él se encontraban a salvo, al menos por aquellos momentos. Logró identificar en el aire el olor de la leche de la amapola, y también pudo notar que su propio hombro derecho se encontraba con vendas. Parecía que le habían tratado las heridas. Unos pasos se escucharon, y finalmente la puerta de la habitación se abrió, revelando a su sobrino al lado de un hombre adulto. El hombre debía tener poco más de 40 años, era de aspecto saludable y sus rizos eran de un dorado gastado, como el color amarillo de la paja trillada. “Parece que finalmente puedo conoceros.” Reclamó el hombre, acercándose un poco más a la cama en la que se encontraba Daeron. “Me alegra teneros de vuelta, príncipe Daeron.”“¿Sois Lord Lyonel?” Dijo Daeron, con voz algo baja. El hombre asintió. “Así es, mi príncipe. Me alegra que por fin hayáis despertado, vuestro sobrino se encontraba muy preocupado por vuestro estado de salud, y ciertamente han pasado unos pocos días desde que estáis al cuidado de mi maestre. Axel, ¿podrías dejarnos hablar en privado?” El señor miró hacia su derecha, y el maestre asintió. “Por supuesto, mi señor. Sin embargo, debo recordar que el príncipe necesita guardar reposo, y no hacer muchos movimientos al menos por una semana. Su cuerpo es joven y fuerte, pero necesita recuperarse del agotamiento, y tras tanto tiempo inconsciente, me gustaría asegurarme que sus facultades no hayan sido mermadas.” Ante la sugerencia del maestre, Lucerys puso mala cara.“¿A qué te refieres con mermadas?” Preguntó Daeron. “Axel, no asustes al príncipe. No deja de ser un muchacho, no se va a convertir en un tullido, ni en un tonto. Márchate” Ante la orden de Lyonel, el maestre asintió y se fue por la misma puerta. Lord Lyonel volvió a dirigirse a Daeron. “Bien… ahora, vamos a hablar. Te contaremos lo que ha pasado, príncipe Daeron. El príncipe Lucerys ya nos ha contado todo lo que sabe, pero me gustaría que también dieras tu testimonio.” Daeron asintió ante la petición del señor, aunque justo cuando iba a hablar, su vientre emitió un sonido ligero que sacó una sonrisa a Lyonel. “Creo que antes de empezar, deberías comer. Llevas viviendo estos días a base de una mezcla de miel y avena. Necesitarás comer algo de verdad.”

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