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Spooky Stories to Tell

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Octubre, el mejor mes del año. Lejos del calor infernal del verano y de la bofetada que es septiembre. Con el otoño cerniéndose sobre nosotros, con sus colores, sus nieblas, sus lluvias, su olor.Soy escritora de terror, fuera de este universo maravilloso que es el fanfiction, y es éste mi género predilecto. Mi imaginación, cuando me voy a ese terreno oxigenado que es la ficción, es un collage de casas encantadas, de carreras por cementerios nocturnos, de sangre salpicando, de brujerías, conjuros y exorcismos por doquier. Es ese psicópata enmascarado que nunca abandonó su pueblo natal, esa cinta de vídeo maldita que nadie debería encontrar.Me apetecía mucho crear algo especial para la spooky season este año y jamás he dejado que los monstruos (los literales, al menos) se paseen por las historias de Mulder y Scully que he escrito a lo largo del tiempo. Spooky Stories to Tell in the Basement es el resultado. No es un fanfic de terror, claro, pero he dejado que los elementos del género, así como una cantidad ingente de homenajes y referencias, se cuelen sin pudor en cada una de las partes que lo componen, y me ha supuesto un disfrute que me encantaría repetir.Va por todos los octubres que hemos compartido con ellos.

----- CHAPTER BREAK -----

31 DE OCTUBRE DE 1993
Tiene las botas llenas de barro, la cazadora empapada, el pelo revuelto y enredado por el viento y una expresión de hastío bastante evidente en el rostro. La lluvia que azota todo lo que encuentra a su paso, casi con rabia, no parece muy dispuesta a colaborar.—Genial, la pila de mi linterna ha muerto. Al menos ella sí está en el lugar idóneo. —Parece enfadada, o molesta, pero, hay algo en el brillo que desprenden esos ojos azulísimos que la delata. En realidad, estas aventuras al filo de lo macabro la hacen sentir viva.—Toma la mía —le ofrezco. Por si el gesto conciliador suaviza un poco el ambiente recargado que andamos respirando.Estamos en el Cementerio Lake View, al escaso resguardo del saliente de un panteón, donde un ángel de piedra, descalzo y con la mirada hueca, nos juzga sin pudor. Es noche cerrada, la tormenta ha provocado que medio Cleveland se quede sin luz y, por supuesto, nosotros formamos parte de esa mitad. Hay momentos en la existencia en que uno tiene que aceptar su condición de imán para los infortunios.—Sigo sin entender qué hacemos aquí. No hay nadie. Ni enterrador, ni gatos, ni vampiros, ni búhos. Todos ellos son más sensatos que nosotros. Y está claro que tu sospechoso tampoco nos va a deleitar con su presencia. —Hay un matiz resabiado en ese reproche que me hace sonreír, aunque temo que se moleste. Me gusta trabajar con ella. La siento como una aliada, a pesar de nuestras diferencias. Me gusta que me rete y que nuestras conversaciones no tengan fin porque los dos llevamos muy mal lo de no tener razón. Cree en lo que hace y respeta sus propias convicciones, y eso me hace querer respetarla aún más, a pesar de que solo llevamos mes y medio persiguiendo críptidos juntos.—Ya te lo he dicho, Scully, Tim Edwards abandonará su lecho de muerte en cualquier momento. Solo tenemos que ser pacientes. Ha dejado un asunto sin resolver y su esposa parece dispuesta a terminar el ritual. No sé por qué aquello hizo tanta gracia en comisaría. Ah, y en ningún momento he hablado de vampiros. Esto no está ni remotamente relacionado con ellos.—Menos mal —dice con sorna, mientras se deja caer como un plomo para sentarse en el escalón de mármol del panteón familiar. Está a punto de escapársele la risa y se le nota, pero tiene ganas de jugar a la peonza con este asunto. —Y la razón por la que crees que aparecerá hoy es…—31 de octubre, Scully. Halloween. La noche en la que los muertos se codean con los vivos. Ideal para pasar desapercibido si llevas tres noches durmiendo en una cama de madera. —Su cara es un poema. En realidad, me lo estoy pasando en grande.—¿Todo eso lo estás diciendo en serio o estás buscando que me cabree?—Sí, hemos volado hasta Cleveland para gastarte una broma. —Pone los ojos en blanco y me pega en el muslo con mi propia linterna. Ahora nos da la risa de verdad. Una risa contagiosa hecha de cansancio y situaciones absurdas. Como el primer día, en el bosque, cuando le dije que Billy Miles se paseaba por allí a sus anchas para acometer una misión extraterrestre. Me siento junto a ella y pienso, no sé por qué, ni de dónde sale la idea, que me gustaría que hubiera pasado más tiempo desde que nos conocimos, tener más confianza. Me apetece mucho abrazarla, pero estaría completamente fuera de lugar.—¿De verdad que no preferías una máscara de momia de Target y un par de snickers para pasar la noche, Mulder? —Me encojo de hombros. —Tú y tus muertos vivientes.La tormenta comienza a calmarse, llevándose consigo la fuerza del aguacero. Quizá ha llegado la hora de levantar el campamento y aceptar que, después de todo, puede que el Señor Edwards no tenga ganas de pasear. Es decepcionante, pero forma parte de lo que hacemos. Un día cualquiera en la vida de Spooky. Estoy a punto de reconocer, un poco a disgusto, que puedo haber errado en mi predicción, cuando el ruido de unos pasos sobre la hierba embarrizada interrumpe mis pensamientos. Nos levantamos como un resorte y sacamos el arma, sin saber, ni siquiera, a qué se supone que tenemos que apuntar.—Como sea tu zombie, estamos jodidos. ¿Sirven las balas? —Está nerviosa, pero menos que yo. Acabo de darme cuenta de que, en realidad, no me apetecía tanto tener razón. No estamos preparados y el círculo de sal hace rato que se ha diluido con el chaparrón. —Creo que deberíamos correr, Scully. —No nos queda otro recurso.Nuestras piernas toman la decisión por nosotros. Corremos y corremos. Y una vez hemos dejado atrás esa maldita valla chirriante y ese valle de lápidas, todo se nos antoja distinto. Menos George Romero y más mundano. Nos resguardamos en el coche, poniéndolo todo perdido.—Mulder, no crees que Tim Edwards se haya levantado de su tumba, ¿verdad? —Lo pregunta seria, negándose a hacer concesiones. Su explicación racional ha de poner un punto final a la noche.—¿Por qué no? ¿Quién más iba a estar en el cementerio a estas horas, en esta noche tan intempestiva? —Yo también lo pregunto en serio.—Déjame pensar… Sí, dos tarados como nosotros, la policía a la que cualquier viandante ha podido llamar al escuchar a los dos tarados o… a ver, déjame pensar otra vez… Ah, sí, cualquier adolescente al que le haya apetecido celebrar Halloween bebiendo y saltándose la hora de llegar a casa. —Me mira como si fuera evidente, y puede que lo sea, pero yo quiero creer.—Mmm, no sé, Scully… No creo que seas consciente del peligro que ha llegado a correr nuestra vida ahí dentro… Es muy difícil matar a los muertos, ¿sabes? —Niega con la cabeza, resignada, y arranca el motor.—Que sepas que no pienso volver a perseguir a un sospechoso sin constantes vitales.Me ahorro el decírselo, pero no creo que podamos permitirnos el lujo de ser tan selectivos en este trabajo. Mañana será otro día. Mientras tanto, espero que el motel tenga televisión por cable para poder ver alguna reposición que merezca la pena. Algún clásico de terror, de los que acunan la madrugada entre sustos y mantas. Me gustaría ser capaz de invitarla, sacar un paquete de palomitas de la máquina expendedora y compartir una sesión de cine, aunque sea barata. Igual… igual algún día.

----- CHAPTER BREAK -----

17 DE OCTUBRE DE 1995
Tira del edredón hasta cubrirse la cabeza, un capullo sintético protegiéndola del frío cortante de la 522. Y de otras cosas, de las que no tiene sentido protegerse, claro que no lo tiene. No es más que sugestión. Primitiva, simple y humana sugestión. Se amonesta a sí misma por caer en semejante espiral de estupidez, y por haberse dejado liar otra vez. «Fantástico, Dana, ya van setecientas cincuenta y dos. Centenar arriba, centenar abajo». Es que no va a aprender nunca. El frío le cala los huesos y los dientes comienzan a castañear. «No es normal, con la calefacción encendida», dice esa voz interna a la que no quiere escuchar. Aunque los aparatos de climatización se rompen y esa explicación tiene mucho más sentido que la otra, esa que se está escondiendo en alguna de las puertecitas de su cerebro que no piensa abrir.«Maldita sea, Mulder», dice en voz alta, y se le antoja una mala idea al instante. No sabe por qué, pero siente que no debería estar hablándole a la nada en esa habitación. Deberían estar en un motel. Uno barato, sucio y con las sábanas ásperas. Terreno conocido. Ahora, además de lidiar con los fantasmas de la quinta planta que no existen, por supuesto que no existen, tendrán que hacerlo con el puto FBI por haberse excedido en el presupuesto de la pernoctación. Su compañero lo llama «investigación de campo», pero ella sabe que la justificación no se sostiene.Ese hombre murió asesinado, claro que sí. Los asesinatos los cometen personas, no entes furibundos. Dicen que salió disparado por la ventana, llevándose por delante dos paneles de cristal insonorizado hecho añicos. Los cristales también se pueden romper. Hasta los más caros, pero tenía que haber ocurrido en este puñetero hotel. Carísimo y encantadísimo, según cuentan las leyendas urbanas y la publicidad que el dueño utiliza como reclamo para tarados. No es más que eso, un reclamo. No ocurre nada en la planta cinco. No hay nada sobrenatural vagando por esos pasillos enmoquetados. El frío es normal. Todo es normal. Y eso que siente al otro lado en el colchón no es un peso, porque los fantasmas no existen. Aunque viera a su padre sentado en su sillón, hace dos años, unos segundos antes de saber que había muerto. Aunque el vello de la nuca se le haya erizado. Es normal. No, los fantasmas no existen, y a pesar de ello, se levanta de la cama, se pone las zapatillas sin mirar atrás y sin dejar de frotarse los brazos para entrar en calor y sale de la habitación. Porque todo, absolutamente todo, es normal allí dentro.*Cuando escucha los tres golpecitos tímidos en la puerta, tiene la certeza de que es ella. Muerta de frío, en pijama, diminuta. Sabe que está asustada, aunque se dejaría torturar antes de reconocerlo, y no quiere darle caña. No quiera estar allí, lo ha dejado bastante claro por la tarde. Presupuestos y normas, normas y presupuestos. Excusas racionales ante la posibilidad de encontrar algo que su sagrada ciencia no pueda explicar. Eso lo hace sentir seguro, el tejido de la realidad inmutable que comparten. Quiere abrazarla y quiere hacer unos cuantos chistes, pero simplemente la deja pasar.—¿Estás bien, Scully? —pregunta, tratando de no dejar que el «te lo dije» se lea en su rostro.—La calefacción no funciona en mi habitación —se limita a contestar, a sabiendas de que no va a pedirle ninguna excusa para quedarse allí. Agarra la manta que descansa sobre una de las sillas y se la ofrece, sin tratar de ahondar más en el asunto.—Puedes quedarte aquí, si quieres. Yo estoy acostumbrado al sofá, de todas maneras. —Sabe que la idea no la vuelve loca, pero también sabe que no quiere volver a su habitación, así que se reafirma. —La temperatura está bien.—No quiero molestar —se excusa, cubriéndose con la manta y sin dejar de tiritar.—No es ninguna molestia. De verdad —añade él, con sinceridad. En realidad, le apetece que se quede, siempre se siente mejor al tenerla cerca. —Trataba de ver la tele, pero no hay manera.—¿También se ha estropeado?—No. Es… bueno, no deja de apagarse, Scully. —Ella resopla, molesta. Eso hace que se muevan en su zona de confort.—No existen los fantasmas, Mulder.—Claro que no. Es más razonable que un hotel con este precio se caiga a pedazos. —Ahora sí, no puede evitarlo. Su danza de siempre. Se le escapa la risa, aunque la corta pronto.—Sí, lo es. ¿Y sabes qué más es? Octubre. Dentro de dos semanas, esto se llenará de lunáticos deseando caer en todos esos trucos baratos. —Lo dice indignada, esforzándose porque su parte racional gane la partida a los tiritones.—Pues entonces, no hay por qué preocuparse— concluye él, con una sonrisa socarrona, mientras se recuesta sobre el sofá. —Buenas noches, Scully. —Ella pone los ojos en blanco por toda respuesta y se deja caer en la cama.Las luces se apagan sin que ninguno de los dos toque el interruptor.

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25 DE OCTUBRE DE 1997
Un aullido manchado de penuria interrumpe el silencio de la noche. No es más que un pobre animal callejero. Solo eso. Alguna criatura de cuatro patas sin hogar que no entiende la situación, ni puede explicarse por qué el cuerpo le pica tanto. No hay por qué ir más allá. No es necesario buscar posibilidades remotas cuando se tiene la explicación delante de las narices. Ellos las buscan, de todas maneras. Por eso están allí, a las 3:33 de una madrugada fría y húmeda de octubre, sin gasolina, ni ubicación exacta dentro de Seabrook porque, simple y llanamente, no hay visibilidad.—Insisto en que no existe la niebla carnívora, Mulder. —Lo dice por enésima vez en dos días, cansada de ver fotografías de cuerpos a medio devorar por un ente de película de terror que, en realidad, la ciencia podría explicar sin ningún problema. —Tiene que tratarse de un virus, o de alguna sustancia tóxica en el aire. —No obstante, desde los cristales del Ford, no se atisba absolutamente nada.—Niebla carnívora, Scully. Si estuvieras tan segura de tu explicación, saldrías del coche y no llevaríamos cinco horas encerrados en él. —Los dos están irritados, exhaustos por mantenerse en alerta y por jugar a interpretar unos roles que ya solo interpretan para sobrevivir y por pura cabezonería.—¿Te parece menos grave exponerse a un virus? —La enerva, su exceso de fantasía. Hace unos meses, cuando no conseguían mirarse sin discutir y el cáncer se metió en medio de una crisis que no llegaron a solucionar, la situación habría sido más difícil. Pero está viva, Seabrook huele a la sal del mar que la devuelve a la infancia y el menú del Merlion ablandaría a las piedras. Hace ya horas que lo ha digerido, sin embargo, y preferiría, desde luego, que esa niebla espesa no se hubiera cernido por toda la localidad al caer la noche.—Los virus no salen a pasear solo al anochecer, Scully. Sabes que hay algo más. Estás siendo testaruda por costumbre. —Piensa que igual tiene razón, el patrón del fenómeno no responde a la lógica que ellos conocen, pero ello no implica que la explicación yazca en fenómenos sobrehumanos, solo que la ciencia no ha llegado todavía ahí. Es una discusión eterna.—¿Has oído hablar de la niebla ácida de Londres en 1952? —Pregunta, tratando de reforzar su argumento para sentir que controla algo. Que pasar frío es una opción y no un mandato, porque encender la calefacción es dejar a «eso» entrar.—Sí, recuerdo que la gente murió por neumonía y asfixiada, no con la piel hecha girones y a medio devorar. —Otra suerte de aullido, mucho más escalofriante, esta vez, por sonar menos animal, se cuela en medio de la conversación. No tienen más ganas de seguir hablando, solo pretenden seguir cuerdos y de una pieza cuando llegue el amanecer. A ella le ruge el estómago y él, tratando de limar los filos de sus diferencias de opinión, saca una bolsa infantil y colorida de debajo del asiento. Por ella desfilan unos cuántos murciélagos mal impresos, una momia sonriente con las vendas amarillentas, un monstruo de Frankenstein verde fosforito y varias calabazas de sonrisa siniestra naranja butano. —Buenas noticias, Scully. Aún guardo la bolsa de golosinas de Halloween que compré en la gasolinera ayer.—No me apetecen demasiado —dice, sin pretender sonar desagradecida. El año pasado sucumbió a una de aquellas bombas azules de picapica y le costó varias horas de vómitos y náuseas. —La última vez no me sentaron bien —se justifica.—Oh, vamos. No puedes vivir siempre buscando la opción más sana y nutritiva de todo. No es divertido. Al final, acabas por no tolerar los dulces— la reprende, con expresión divertida.—Fue la quimio lo que me hizo vomitarlas, Mulder. —Lo dice dibujando una mueca desenfadada, tratando de quitarle hierro para que no se sienta mal por un comentario inocente, pero aquellas fueron sus vivencias y no desea tratarlas como si no hubieran existido.—Lo siento —se apresura a decir. —No pretendía ser insensible, solo trataba de…—No tienes que sentir nada, Mulder —lo interrumpe. Aún le cuesta asimilar todo lo que aconteció. Ellos dos. Su cansancio. El no poder dejar de cuestionarse su forma de vida. Ed Jerse. El tumor. No sabe cómo no acabaron volando por los aires. Sí sabe que él se siente culpable, consciente de que su cruzada conlleva un precio alto a pagar. También sabe que no se perdona el haberse pasado aquellos últimos días de su enfermedad, cuando aún creían que no tenía cura, tratando de probar que aquel espécimen era extraterrestre. Obsesión y negación a partes iguales. Decide tomar de la bolsa un caramelo de cereza, a modo de reconciliación con la vida y con sus diferencias. —Eso sí, cuando se vaya esta dichosa niebla, tienes que invitarme a desayunar.Él le sonríe, sintiendo que el sueño empieza a hacer acto de presencia y esperando a que el subidón por hiperglucemia no tarde en llegar. Mientras tanto, se arropan dentro de sus abrigos de paño, impacientes porque este escenario digno de John Carpenter se disipe lo antes posible.

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30 OCTUBRE DE 1999
Es un paisaje desértico, una tierra sin nombre ni esperanza que emana sangre y me desuella la piel. Me arrastro sobre ella, sobre el suelo árido y áspero que me rasga la ropa y me desgasta el espíritu. No puedo detenerme y tengo sed. Mucha, mucha sed.Sé que llegaría más rápido si pudiera ponerme en pie y caminar, pero el caminar no se ha inventado en esta realidad, así que fuerzo a mis extremidades a llevarme hacia mi destino: la puerta infinita. Una puerta que contiene todos los secretos del universo.Sé que convulsiono, al otro lado. Oigo a varias personas murmurar a mi alrededor y moverse con premura.Aquí hace un calor sofocante. Jamás habría imaginado que la llave a todas las respuestas no se sostuviera sobre un frío gélido y mortecino. Esa llave eres tú y tiene tus ojos. Eso tampoco podría haberlo aventurado. Me arrastro, y me arrastro. Ya casi he llegado hasta ella, hasta ti, cuando la mordedura de una serpiente de cascabel trunca el hallazgo de las soluciones a todas las incógnitas que han existido. Veneno invadiendo mi torrente sanguíneo. Ha vuelto a hacerlo, Mulder. Ha vuelto a construir un muro entre los dos.*«El Dios Leqizen engendró a sus vástagos de la tierra baldía. Obró un milagro de carne y sangre durante siete lunas y enterró sus huesos en el desierto, para que renacieran conociendo los secretos de las estrellas».Libro II de la Creación. Daría a luz a más criaturas, el día de la última cosecha. Solo necesitaba el número suficiente de pecadores para cometer el sacrificio antes de que llegara. Esperar su venida con la buena nueva. Quedaban veinte horas para el alumbramiento de una nueva familia cuando vio llegar a la pelirroja y lo supo. Modélica y furiosa. Expiación divina. Shôgô tuvo una visión. Una visión de cuerpos, de pupilas dilatadas, de luces apagándose y veneno de tritón. Algún día, él también renacería de las llamas. «Estoy listo, Leqizen», confesó, rezando en aquella víspera.*Verla entre las sábanas blancas de esa cama de hospital lo aterra. Debería haber estado con ella. Para eso están los compañeros, por eso el FBI prefiere a sus agentes trabajando de dos en dos. Debería, debería, debería… No están bien. Sus dinámicas aprendidas disolviéndose en aguas turbias. No puede dejar de recordar, mientras la mira, lo que ha sido llegar a esa nave y encontrar su cuerpo inerte, en medio de ese círculo dorado de invocación. El altar. Se le graba en la puta memoria el altar. Velas color ámbar consumiéndose con parsimonia. Los huesos. Huesos que ahora tendrán que estudiar y que podrían haber sido de ella, si no hubieran llegado a tiempo. Ese hijo de puta le inyectó el veneno porque ni en mil vidas hubiera tenido cojones de hacerla beber. Él tampoco tuvo cojones de decir que no a estar donde no debía estar. Le late dentro, bien dentro, el hecho de que, si no despierta, la última conversación que han tenido se le va a clavar como un puñal de por vida. Y se lo merece.*Sabe que ha estado ahí todo el tiempo, cuando despierta. Con ojeras y sin afeitar. «¿Por qué lo haces, si te importa tanto?», quiere preguntarle, pero el cansancio y el miedo a la contestación le imponen silencio. Desde la cama puede ver el pasillo de la cuarta planta, la calabaza sobre el mostrador y la guirnalda de gatos negros que alguien, en un amago de hacer más ameno un turno de trabajo, ha colgado sin demasiado esmero. «Ya es Halloween», murmura él, acercándose a la almohada y retirándole el pelo de la cara. Hay un poco de alivio en su rostro y una disculpa muda. Ella, sin embargo, se da cuenta de que su propio malestar va más allá del veneno que ha corrido por su sangre y del amago de su muerte, y sigue sin ser capaz de hablar.

----- CHAPTER BREAK -----

31 DE OCTUBRE DE 2000
«La película que está a punto de ver relata la tragedia de cinco jóvenes. En particular, la de Sally Hardesty y su hermano Franklin. Es mucho más trágico debido a su juventud, pero, si hubieran vivido vidas muy, muy largas, no podrían haber esperado, ni hubieran deseado, presenciar la demencia y el sadismo que presenciaron ese día. Para ellos, un paseo idílico en una tarde de verano se convirtió en una pesadilla. Los acontecimientos de ese día conducirían al descubrimiento de uno de los crímenes más bizarros en los anales de la historia estadounidense, La matanza de Texas».Da un trago a su botellín de cerveza y se deja engullir un poco más por el sofá, mientras el narrador los introduce, en medio del chirrido agónico de un instrumento de cuerda, a la obra cumbre de Tobe Hooper. Hace exactamente ocho días que se acostó con ella, después de dejarla durmiendo en ese mismo sofá sobre el que se disponen a celebrar, de manera tranquila y casera, la noche de Halloween. No esperaba que fuera a aceptar su oferta tan fácilmente, después de haber abandonado, de manera prematura y, lo sabe, muerta de miedo, su cama en mitad de la noche. No es que no haya cambiado nada, pero, está convencido de que esa brecha en la realidad, esa cercanía regalada que llevan compartiendo más de una semana, tiene más que ver con las confesiones que le hizo, ya adormilada, que con el sexo posterior. Aun así se sorprende, cuando la invita al 42 para pasar la noche más terrorífica del año entre fotogramas y palomitas, y aprueba el plan sin titubear.Ella propone Poltergeist, celebrar su cercanía con pantallas hormigueantes y niñas siniestras que van hacia la luz, pero él la convence para que se deje bañar por la sangre que salpica de la motosierra de Caracuero, con un puñado de argumentos cinematográficamente válidos, que, en realidad, no le importan lo más mínimo. Quiere, se muere, por escuchar sus apuntes lógicos. Por oír su voz relatar cuando alguno de los personajes se meta en una situación absurdamente estúpida. Quiere a Scully haciendo la versión comentada de La matanza de Texas.El apartamento huele a palomitas y al azúcar gomoso de los regalices rojos que hay sobre la mesita. Se lo está pasando en grande, y él reza a todos los dioses en los que no cree para que no se percate de cuánto la mira. Sonriente, vaqueros, un jersey negro enorme que la envuelve en una víspera de Todos los Santos algo más fría de lo normal. Es inmensamente feliz, cuando la ve levantar la ceja y farfullar un «por favor» risueño, al tiempo que el grupo que va a morir desangrado deja subir en la furgoneta al colgado más joven de la familia Sawyer. Agarra dos tubitos de fresa sintética y adictiva y le entrega uno, que procede a mordisquear con menos avidez de la que él hace gala. «Ya te dije que era una buena idea, Scully, las muertes de descerebrados siempre son más divertidas». Contesta con un «ajá» casi imperceptible, mirándolo fugazmente, y cree que, si no la besa pronto, se va a desintegrar. Tiene que encontrar el momento adecuado, claro. Quizá ese plano de un armadillo muerto en el asfalto, a pleno sol, no sea el culmen del romanticismo. Se merecen algo mejor.Para cuando el asesino, con su máscara de piel humana y su delantal de carnicero, agarra a Vanita por la espalda en el umbral de la puerta, ella frota las palmas de las manos por encima de las mangas de su jersey, tratando de generar calor. Agarra la manta que simula un tapiz de los nativos, la misma que la abrigó aquella noche en la que terminó entre sus sábanas blancas, y la cubre. Murmura un «gracias» suave y lo mira. También recuerda. «¿Tú no tienes frío?», pregunta, y está a punto de decir que no, que no se preocupe, cuando entiende que es una invitación. Que aún no sabe cómo jugar a esto abiertamente. No tarda ni dos segundos en acercarse a ella un poco más y resguardarse también bajo el paño color tierra.En el universo de ficción al que se asoman, ya ha caído la noche y a la protagonista solo le queda huir, extenuada y adrenalínica por el miedo, de ese asesino de pesadilla que ha acabado con todos sus acompañantes. A ese lado, el lado donde se encuentra el sofá de cuero verde, dos respiraciones ocurren a descompás, con los latidos ligeramente acelerados por un nerviosismo casi adolescente. Se buscan las manos. A él se le eriza la piel cuando ella comienza a dibujar formas indeterminadas con las yemas de los dedos sobre su palma. Se pregunta si podría besarla ahora, pero parece absorta en la persecución, con Sally desgarrándose la garganta en un grito que no tiene fin. Las ramas de los árboles no paran de azotarla, mientras corre, y él decide dibujar círculos concéntricos sobre la tela de los vaqueros que cubren sus muslos. No imagina que todo esto la está excitando. El ritmo frenético de las escenas dantescas que se suceden en el televisor, sus dedos, el olor de su aftershave. Hacen como que no ocurre nada, los dos. Como si su único interés en esa noche de sustos y azúcar fuera cinematográfico.Para cuando ella se aventura a llevar la mano lentamente hasta esa frontera de tela que delimita la piel de su bajo abdomen y la erección que ya se ha hecho evidente a través de la manta, aunque solo ve de reojo, la pobre Sally ya ha caído en manos de la familia Sawyer. Permite a su mano bajar hasta esa tentación dura, de piedra y carne, y él no puede evitar soltar todo el aire que se había enquistado, ante la expectación, en sus pulmones. Se le cuelan en la mente dos pensamientos opuestos que conforman una combinación atroz. El primero es que la familia Sawyer, con sus deformidades y sus maneras endogámicas, le recuerda a un caso en el que tuvieron que inmiscuirse tres años atrás. El segundo, por contrapartida, es que en medio de ese recuerdo inadecuado y casi sádico, desea tanto que lo toque, que lo toque de verdad, que va a desaparecer. No se lo pide, claro. Sigue con la mirada fija en la película, como si no pasara nada. Porque no pasa nada. Solo son ellos, haciendo como que no se excitan y como que aquello solo es Halloween. Solo Halloween. Disfraces y máscaras. Y como solo es Halloween y solo están viendo una película juntos, decide que no pasa nada por desabrocharle los vaqueros para ver su reacción. Solo para eso. No espera que ella vaya a empezar a respirar más rápido y a separar un poco las piernas. Bien. Eso está bien. No se han besado, y hay sangre en la pantalla y cuerpos disecados, pero acaba de seguirle el juego y de colar la mano en sus calzoncillos y oh, dios mío, no lo va a soportar, lo está acariciando. Como puede y con los dedos aprisionados entre las capas de ropa. Es por eso que, sin mirarla, porque solo están en una sesión de cine casera, dedica dos segundos, rápidos y casi desesperados, a bajar un poco sus pantalones y su ropa interior. Su culo roza ahora el cuero sintético de ese mueble que suele servirle de lecho, pero ¿a quién le importa? A él no, porque Scully está utilizando esas manos de leche y talco para masturbarlo y es demasiado bueno para ser verdad, aunque haya de detenerse, un breve instante, a retirar también su ropa para dejarse tocar. Porque quiere que la toque. Joder, si quiere que la toque.Es un gemido minúsculo y lleno de vergüenza, pero es. Cuando cuela sus dedos entre sus piernas y acaricia esos rizos minuciosamente recortados que tan bien recuerda. Solo hace ochos días. Está muy mojada, los labios empapados, y casi le da la risa por esa situación absurda en la que ambos están: mirando la película, el martillo del abuelo que no logra dar en el cráneo de Sally, las bocas entreabiertas y los ojos somnolientos de placer. Un poco morbosa, la situación. Lo saben. Pero las manos del otro se sienten tan bien que se dejan hacer, sin hablar. Ella subiendo y bajando, rodeando la punta con el pulgar húmedo que acaba de llevarse a la boca. Un gruñido, también sin querer, pero inevitable. Él acaricia su clítoris con suavidad y eso la está volviendo loca. No sabe de dónde sale, ese arrojo nuevo, quién es la entidad que se ha apoderado de su compañera, que no es solo su compañera, sino absolutamente todo. Ignora por completo qué embrujo la lleva, sin dejar de mirar el filme, siempre el filme, a levantarse el jersey y bajarse el sujetador para regalarle una panorámica que no va a olvidar en la vida. Lo que quiere es que la toque, imagina. No adivina que también desea que la mire, que eso la excita. Quizá no hace falta que lo adivine, porque lo que hace es mirar, claro que mira. Se acabó la puta pantalla y el puto ruido de la motosierra. No para ella, claro. Ella finge seguir ahí. Él, en cambio, con la polla en su mano y ese primer plano de sus pechos perfectos, de esos pezones llenos y oscuros, acaba corriéndose en espasmos violentos y contra la manta. Se le antoja tremendamente obsceno, pero es lo que hay. No obstante, utiliza una toallita para alejar la mancha de sus planes. Porque no han terminado, claro. La final girl aún no ha cantado victoria.«Eh, Scully», le susurra. «Túmbate en el sofá a terminar la peli». Ella no tiene claro cuáles son sus planes, pero obedece igual, aunque se sorprende cuando vuelve a cubrirla con la manta, justo antes de tirar de su ropa y colarse por debajo, desde el otro lado. Nota cómo le separa las piernas, un bulto informe bajo la tela. Como dejarse follar por un fantasma. Sus manos suben, le acarician los pechos. Debería prestar atención, porque Sally parece a punto de escapar. Por fin. Pero le cuesta. Le cuesta porque ahora los está lamiendo y siente tanto placer que cree estar soñando. Luego baja. Y baja, y esa lengua inquieta la parte en dos y la consume y no puede más. Temblores infinitos. Él piensa que es la mejor scream queen de todas, cuando grita de puro éxtasis, rompiendo el silencio. Mejor que Jamie Lee Curtis. Mejor que Janet Leigh. Mejor que todas. Sally ha escapado y se ríe, con el rostro manchado de sangre y desencajado por la demencia. Luego la besa, porque ya está bien, y porque acaban de correrse y lo necesitan.«Te dije que era mejor que Poltergeist»¸ le dice, mientras se tumba a su lado. La tapicería del sofá va a necesitar limpieza en seco. «Podemos verla una noche, de todas maneras», propone ella. Es el mejor Halloween de su vida, con diferencia, pero pueden seguir celebrándolo cada vez que quieran. Aunque octubre se acabe.

----- CHAPTER BREAK -----

22 DE OCTUBRE DE 2002
Dibuja círculos mojados con el botellín de Corona en la madera rallada de la barra del Satan’s Pit, como si fuera un espirógrafo de decadencia. Estamos en guerra, de nuevo, aunque ya un poco más sosegados por el ambiente de cierre y las tres cervezas. No sé si he llegado a estar más enamorado de ella de lo que lo estoy ahora, mientras se mueve incómoda en el taburete, tirando de su vestido granate de poliéster, 13’95 $ en un Walmart de Afton. Dolorosamente ajustado y menos tendente al recato que los trajes azul marino del Hoover. Su pelo de fuego se derrama por las formas definidas de sus omóplatos y Chris Isaak vela nuestra paz etílica a través de los altavoces. Y yo la miro con miedo a que desaparezca, con sus pupilas dilatadas y el nudo que sé que se ha alojado en su garganta. The world was on fire and no one could save me but you…Cinco meses y tres semanas en la carretera. Cinco meses y tres semanas desde el amanecer en Oregón. Cinco meses y tres semanas desde que lo dejamos todo. Muerte por inyección letal. No está siendo fácil, vivir con todas las pérdidas. La de la vida que conocíamos, la de las personas a las que queríamos, la de nuestro hijo, la de nosotros mismos. Y lo está siendo menos para ella. Discutimos mucho, nos abrazamos mucho, lloramos mucho y disociamos aún más. Una cantidad ingente de identidades no oficiales y de sexo en moteles de mala muerte. Lo más duro ha sido darnos cuenta de lo poco que nos conocíamos en algunas facetas, ya lejos de la moral y lo intachable de nuestra causa. Como amarse en medio del apocalipsis, pero sin que el mundo se acabe y teniendo que vivir con ello cada día. This world is only gonna break your heart…El camarero, con su pelo cano recogido y su camisa negra a medio cerrar, tararea y mueve las caderas mientras limpia restos de bebidas alcohólicas y limón con una bayeta mugrienta. Luces rebajadas, restos de colillas en los ceniceros.—Aún podéis tomaros la última, mientras recojo. No tengáis prisa —anuncia, comenzando a apilar las sillas sobre las mesas para poder barrer. El local está decorado como se esperaría de cualquier antro en octubre. Fantasmas nacidos de sábanas mal recortadas y linternas de calabaza mal talladas. —Si os queréis pasar la noche de Halloween, preparamos cócteles especiales, tienen bastante éxito por aquí. —«Por aquí» significaría algo si Edgerton, en el culo de Wyoming, no tuviera menos de doscientos habitantes. —Y podéis venir disfrazados. Celebramos un concurso. —Se me inflaman un poco el corazón y la entrepierna de imaginar a Scully entrando aquí de mi mano, con una capa negra, colmillos falsos y la mirada más sexy de los ochenta pueblos del estado.—Solo estamos de paso —contesto. Porque es la verdad. Ambos sabemos que no vamos a dormir una semana más en el mismo sitio. Es una de las razones por las que andamos desquiciados. Tiene la piel de gallina y se frota los brazos, y aunque ha traído la suya, aprovecho para ponerle mi cazadora de cuero y acercarla un poco a mí, a modo de tregua. Le queda enorme y yo quiero rodearla con mis brazos y no soltarla jamás. Lo único que me queda y lo único en lo que ya no es pernicioso creer.—Una lástima. Pasada la medianoche, incluso organizamos sesiones de ouija para los más osados —dice, con un tono sugerente. Pienso en que igual se siente solo, por eso aún tiene ganas de entablar conversación con sus últimos clientes a las 2:15 de la madrugada de un martes.—Podemos hacerla ahora —propone mi ángel medio ebrio. No me parece una buena idea.—Vaya, la pelirroja no tiene ganas de irse a casa. —Ni casa a la que ir, añadiría. Pero de lo que realmente no tiene ganas, porque en eso sí la conozco hasta la deshonra, es de llegar al motel y tener que debatirse entre hablar de lo que ha ocurrido o hacer el amor para borrar un momento complicado más en el camino. No me gusta que no nos comuniquemos, pero estamos agotados.—Scully…—protesto.—Vamos, Mulder, hace mucho que no llamamos a las fuerzas sobrenaturales —replica, con un tono provocador que indica que aún no ha olvidado por qué nos hemos colado aquí a acallar las voces con cerveza.—No necesitamos más demonios —concluyo, pero es como si ya no formara parte de esta conversación.Sin mediar una palabra más, el camarero, que acaba por presentarse y por indicarnos que se llama Víctor, se cuela en la trastienda y aparece con un tablero de ouija con más batallas encima que nosotros.—La plancheta lleva perdida desde que mi abuelo jugaba a los boliches en el porche —explica. —Siempre utilizamos un vaso de los de tequila. —No esperaba otra cosa, en honor a la verdad.Víctor baja las luces aún más y coloca un par de velas, el tablero, el vasito y tres sillas en una de las mesas.—¿Habéis hecho esto antes? —pregunta, como un experto en parapsicología que ha de subsistir a base de servir vodka y cuencos de cacahuetes.—Claro, en el instituto —responde esa Scully que sigue enfadada conmigo, de manera jocosa.—Sí, lo hemos hecho antes —añado yo, con el ánimo de que no piense que le estamos tomando el pelo.Ojos cerrados. Respiraciones acompasadas. Tres dedos índices sobre un vaso de cristal. «¿Hay alguien aquí?», pregunta Víctor, al aire. Mataría por estar dentro del coche de alquiler, de camino a la habitación y a sus brazos. Sé que puedo conseguirlo, que nos ablandemos un poco hoy. «Es necesario que concentréis toda vuestra energía en esto, parejita». A ella se le escapa la risa y duele un poco, porque no hemos sido capaces de catalogar el estado de nuestra relación, aunque lo seamos absolutamente todo. Disfuncionales hasta morir y desolados hasta rabiar, queriéndonos más allá de la cordura y lo mundano. Creo que, precisamente, es lo que nos está llevando a estallar en las últimas semanas, que la vida que llevamos ahora sí que es mundana, aunque naciera de un parto de lo extraordinario.Víctor vuelve a preguntar: «¿alguien aquí quiere comunicarse con nosotros?». Y esta vez sí, el vaso se mueve con una respuesta afirmativa. Ninguno de los dos le da la más mínima importancia, dando por sentado que forma parte del número que monta para sus parroquianos, pero el aire se vuelve denso. Scully me mira, intentando interpretar el rol de descreída, pero fallando estrepitosamente. «¿Quieres decirnos tu nombre?», continúa.Y lo que sucede a la pregunta acontece como un plano secuencia que Hitchcock habría filmado a las mil maravillas.El vaso deslizándose por el tablero, marcando letras mal talladas.S…La carcajada de la tocapelotas por la que le rebanaría el cuello a dios.A…El calor abrasador recorriéndonos el cuerpo.T…El vaso estallando en mil pedazos.Nosotros, sumidos en el desconcierto.Los ojos de Víctor tornándose de color negro.Sus manos proyectando llamas naranjas y azules.Un «Veritas est infernum», escapándose de su boca.Mi brazo alrededor de la cintura de Scully.Echamos a correr como en la otra vida, aquella en la que desayunábamos café por las mañanas y limpiábamos la sangre alienígena de nuestros zapatos por la tarde. Casi resulta reconfortante, que el peligro hallado hoy sea un demonio común que regenta el bar de un pueblucho, en lugar de un empleado gubernamental corrupto o un asesino a sueldo. Eran tiempos más simples.El coche arranca con un sobreesfuerzo en medio de un estertor, con nuestras risas histéricas rebotando en la tapicería y los latidos desbocados. Me pide que pare, a las afueras del pueblo y casi llegando al motel en el que nos alojamos. «No queda nada para llegar, Scully», intento razonar, pero ya se está subiendo el vestido y tratando de trepar sobre mí. No tiene sentido negarse esto. Reclino el asiendo y la beso con ganas, mientras me desabrocha la bragueta y maniobramos con mis pantalones. No nos da para mucho. Me cuelo en ella apartando sus bragas a un lado y dejándola trotar sobre mí, con sus caderas frenéticas y sus labios desesperados devorando los míos, queriendo decir todas las cosas que no se atreven a decir. Porque duelen.Permanezco dentro después de correrme, con su cabeza apoyada sobre mi pecho, escuchando mi corazón adrenalínico. «No quiero que te vayas», le digo, acariciándole el pelo, como si no estuviéramos semidesnudos en el puto arcén de una secundaria. «No voy a irme», me responde, dándome un poco de paz, porque hemos decidido, sin decírnoslo, que este autoengaño nos salvará. Esta noche hemos esquivado a otro demonio.

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13 DE OCTUBRE DE 2003
El habitáculo en el que se esconde el monstruo de Frankenstein parece el lugar perfecto, ahora que ha salido a asustar a las víctimas que han pagado 3,50 dólares para correr y gritar. Ella no se lo espera, por eso su expresión se desencaja cuando la agarra del brazo para colarse detrás de una cortina negra que apesta a sudor y a maquillaje barato en barra. El escondite es minúsculo, apenas noventa centímetros cuadrados en los que ni imagina cómo ha de constreñirse ese gigante verde sobre sí mismo. Ellos dos, tan juntos como están, cuerpo contra cuerpo y sin poder permitirse apenas respirar, son una versión perfecta de cualquier criatura de múltiples miembros creada por Clive Barker.—¿Para esto querías entrar aquí? —le pregunta, incrédula y con un subidón de adrenalina que se niega a reconocer. Las luces rojas instaladas en ese suelo desmontable de latón se cuelan por debajo de la tela que a duras penas los oculta.—Dijiste que podía elegir lo que quisiera para mi cumpleaños, Scully. —El movimiento es difícil, pero se las apaña para mover el brazo y agarrarle el culo. Ella da un respingo y lo mira con reprobación.—Tu regalo era pasar el día en el Ghost Fun World, no meterme mano en la casa del terror— contesta, mientras él se acerca mucho a su oído. La motosierra del imitador cutre de Caracuero suena en la distancia y le activa la memoria.—Todas las obscenidades que nos ha gritado esa Reagan mal exorcizada me han recordado un poco a nosotros —se ríe contra su cuello, haciéndole cosquillas y borrándolas con un hilo de besos. No quiere decirle que la situación también la excita, aunque esté muerta de vergüenza anticipatoria, por si acaso alguien viniera a echarlos de la atracción, como si fueran dos adolescentes en medio de un calentón.—Mulder, Drácula anda por aquí. Te juro que, como alguien nos vea, no pienso acercarme a ti en dos semanas. —No lo dice en serio, no puede decirlo en serio, porque una de sus manos, esas manos que la desconectan de la realidad más de lo que le gustaría, acaba de desabrocharle los vaqueros y colarse dentro de sus bragas. Los ojos se le cierran como en un acto reflejo y posa la frente contra su pecho, agarrándose a su cintura en busca de equilibrio. —No empieces lo que no puedas terminar.—¿Quién ha dicho que no pueda terminar? —El bullicio de un grupo no tan joven que pasa a la carrera, huyendo despavorido de los dos payasos asesinos de peluca fosforita, se cuela en el escondite y la distrae. Él busca sus labios para traerla de vuelta. —Esto está muy oscuro y la gente muy acojonada, Scully. Deja de pensar.—¿Cómo voy a… —La otra mano, no sin esfuerzo, va a su pecho. Por encima de la camiseta y nada sutil. Apretando, firme, como sabe que le gusta cuando intentan ser rápidos. Asume que no sirve de nada discutirle a Siniestro la utilidad de sus caricias.—¿A correrte? Como lo haces siempre —termina, por ella. Está dolorosamente duro y se clava contra su muslo, pero eso tendrá que esperar. —Y deja de fingir que te importa que aparezca por aquí la momia, tengo los dedos empapados.Ninguno de los dos dice nada más. Se deja hacer con abandono, como si estuviera en su último año de instituto y esas manos con toda la ropa puesta fueran lo único que pudiera permitirse. Una travesura mundana y desquiciante. Como cuando Marcus la invitó al autocine y metió la mano debajo de su falda y sintió tanto placer que abrió las piernas un poco más. Luego se sintió culpable e inadecuada, pero aquel fue su primer orgasmo a manos de un chico. No tuvo nada que ver con el que la sacude ahora, mientras el grito femenino de serie B de una grabación se escapa por los altavoces cascados de aquella chatarra. Nada que ver con ninguno de los que ha tenido desde que se escaparon juntos y el sexo se convirtió en la única manera de recordar que no estaban muertos y olvidar que no les quedaba nada más. Se abrocha el pantalón, somnolienta y con premura, y lo urge a salir.El pasaje de los horrores se va quedando atrás mientras ambos piensan en la distancia a la que han aparcado el coche y los kilómetros que les quedan hasta llegar al motel. Ninguno de los dos grita cuando la monja satánica del hábito de todo a cien se abalanza, con una demencia mal fingida, hacia ellos al salir.

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29 DE OCTUBRE DE 2005
El cielo, en la zona rural de Virginia Occidental, despide una amalgama de tonalidades azules, violetas y grises que solo los rayos se atreven a atravesar. Una noche de tormenta fiera que descarga el agua sobre las tejas oscuras de la casa que habitan desde hace diez meses. Un paisaje desapacible que no se corresponde con la escena que se dibuja en el salón. La escena de dos personas que, en medio de esa tormenta, han creado un hogar.Ese salón se encuentra en una semipenumbra deliberada para dejar que las calabazas que él ha tallado vomiten la luz de las velas de té que ahora sustituyen a sus tripas, con la promesa de un Halloween adelantado, porque, en la noche en que los muertos bailan, ella estará en el hospital. No hay adornos fuera de la casa. Un porche aún vacío para no llamar la atención. Sin improntas, ni brujas, ni nada que pueda indicar que han construido su nido allí.Los truenos resuenan contra las paredes mientras ella, cómoda en una de esas camisetas enormes que huelen a él, navega por los canales de televisión con el mando a distancia y pesca del cuenco en el que han creado una amalgama de palomitas y M&M’s.—¿No tienes frío? —le pregunta, adelantándose a la respuesta y cubriéndola con la misma manta de cuadritos verdes y rosas que lleva acompañándolos desde la cuarta semana de huida. No lleva nada en las piernas, aparte de un par de calcetines de deporte blancos que le quedan a medio gemelo. No puede evitar sonreír ante la idea de que sigua jugando a necesitar excusas, como el frío, para arremolinarse contra él.—Un poco —responde, dejándose envolver. Una sintonía de Jerry Goldsmith, familiar y juguetona, de miedos infantiles, comienza a sonar en el canal 9. —Nos debemos Poltergeist. —Lo dice con una sonrisa sugerente y buscando sus ojos verdes y ambarinos.—«Están aquíiiiii» —cita, en su oído, dejando que una de sus manos se cuele bajo la manta para hacerle cosquillas y verla reír. —Qué noche aquella, ¿eh?—Fue una noche interesantísima —secunda. —No puedo creerme que hayan pasado seis años.Les parecen muchos más, en realidad, de tanto que han vivido desde entonces. Embarazos, abducciones, pérdidas, vidas desconocidas, moteles, etapas nuevas en su relación, miedos, una casa. Más miedos. Se acurrucan un poco más, mientras la cámara les regala un primer plano del payaso siniestro que, de manera inexplicable, vela los sueños de Carol Ann.Los chispazos atronadores siguen colándose al trasluz de las cortinas, dibujando las sombras fantasmales de las dos calabazas que los miran en la habitación. La película transcurre, durante un rato más, con ellos entrelazando sus dedos al ritmo de los espectros que salen del armario, aunque la emisión, justo cuando la niña alarga los brazos para tratar de alcanzar con sus manitas a ese monstruo de electricidad estática que sale de la pantalla, es interrumpida por un informativo local de última hora.«Interrumpimos la programación de esta noche para informar de que un individuo ataviado con una máscara de Michael Myers, según afirman varios testigos, ha herido de gravedad a dos transeúntes en la zona rural del condado de Fairfax. El agresor ha utilizado un arma blanca para atacar a sus víctimas, sin relación alguna entre sí, y ha escapado en ambas ocasiones. Por el momento, las autoridades no han querido dar más detalles, ni aclarar si los incidentes están relacionados con la fuga, hace 48 horas, de un paciente psiquiátrico con antecedentes del hospital público del condado.Se recomienda a los habitantes del área rural que se mantengan en sus hogares y alerten a las autoridades pertinentes ante cualquier incidente o avistamiento del agresor. Seguiremos informando».—Virginia occidental es un chiste maravilloso que se cuenta solo —comenta ella, tomando un puñado de palomitas y discos de chocolate. Probablemente, en el resto de los hogares del condado, ya esté cundiendo el pánico y la gente corra, con las llaves en la mano, a echar las cerraduras. A ellos no les hace falta, porque esa costumbre ya la tienen bien aprendida. La de las cerraduras, varias y caras. La de la alarma a la entrada del terreno. La de la Glock en el cajón de la cocina y la de la Remington bajo las bragas de encaje. La de las dos cámaras de seguridad, en el porche y en la verja. La de las coreografías ideadas para barricar su propio salón, si no les da tiempo a subir al desván. La del desván.—Lo es, Scully. Hay tanto lunático suelto que, igual, hasta yo logro pasar desapercibido —añade él, haciendo gala de su humor negro y navegando por el hecho de que es tristísimo que aquello no les dé ningún miedo. Carol Ann vuelve a pegar sus manitas a la pantalla hormigueante del salón de su casa suburbana de clase media-alta y el tendido eléctrico, en su propia realidad, decide irse a dormir, dejándolos completamente a oscuras, apagando el televisor y la lámpara de la mesita supletoria. Otro de los regalos de vivir en la zona rural.—Sí, un puto chiste —reitera, resoplando.—Bueno, hoy es Halloween en esta casa. Creo que ha llegado el momento de las historias de terror. —Él trata de animar el ambiente, de centrarse en que están juntos, en que es su sábado por la noche, mientras, gracias a la luz de los relámpagos que las cortinas opacas dejan pasar y a las calabazas deformes, agarra un par de linternas del cajón de la cocina. —Aunque también se me ocurren otras ideas… —dice, tirándose en el sofá y arrastrándola con él, de manera que quede encima.—Es indecente que utilices un apagón para meterle mano a tu chica en medio de una cita, Mulder —apunta, dejando que cuele las manos por debajo de su camiseta.—Sería indecente si mi chica no me hubiera robado la camisera del cajón y llevara algo debajo a parte de las bragas, Scully, pero no es el caso. —Los dos ríen, aprovechando esa oscuridad y los recuerdos de la noche antes mencionada, para recorrerse sin prisa. Al fin y al cabo, ¿a quién no iba a apetecerle una sesión de historias de miedo con atracón de palomitas después de un polvo? Ellos tienen claro que sí, que les apetece una barbaridad, e incluso cuando la luz vuelve, ya con la tormenta alejándose un poco, siguen recorriéndose, besándose, mirándose, sin prestar demasiada atención a lo que tienen alrededor.O eso intentan. No prestársela. Sería algo sanador, el poder permitirse, por una vez, no tener encendido el piloto de alerta. Pero ella tiene la mano dentro de sus bóxers cuando la alarma, esa alarma maldita y premonitoria del desastre que tienen conectada a la verja que da paso al terreno en el que habitan, suena con estruendo, haciendo añicos la noche.Se miran desencajados, debatiéndose entre el miedo y la confusión. Esa alarma aterradora solo puede significar tres cosas: la primera, que la tormenta ha jodido el tendido eléctrico y una subida de tensión ha provocado que salte; la segunda, que el intento de psycho killer que recorre Fairfax ha llegado a su morada; la tercera, que los han encontrado. Ellos. Los de traje. Los de «muerte por inyección letal». Es esa tercera posibilidad, la única que de verdad hace que el miedo les atenace los huesos, la que acaba por hacer que se levanten, como soldados entrenados, del sofá. Agarran, sin darse tiempo a pensar, todo lo que hay escondido en ese cajón de la cocina que no es para las espumaderas ni el bate huevos: la Glock, pilas para las linternas, un monitor para bebés que colocan, de manera estratégica, sobre el estante de las tazas. Otro monitor que se llevan con ellos. Un manojo de llaves.Se toman de la mano y corren escaleras arriba, sin tener que preocuparse de cerrar nada, porque ya lo han hecho, solo deteniéndose para tomar la Remington del dormitorio. Y se dirigen al desván. Al puto desván.*Contar la historia del desván les supone una experiencia tan dolorosa como la de la habitación de invitados que saben que no va a ser para invitados, pero, que no pueden limitarse a llamar «el cuarto en el que William no duerme», porque esa verdad es, simple y llanamente, insoportable. Se enamoraron de ese desván, la primera vez que lo vieron. Pequeño, con el techo bajo, demasiado luminoso como para desperdiciarlo amontonando cajas. Pensaron en darle algún uso original, aprovecharlo como lugar de esparcimiento, aunque, aquella idea, se evaporó con el miedo que el paso de los días se instaló en todas las habitaciones de la casa. Porque habían dejado de moverse. Porque ella iba a salir al mundo dentro de poco. Porque, igual, se habían metido en una ratonera. Odiaron la decisión que hubieron de tomar, a sabiendas de que, llegada la ocasión, tal vez sería inútil, construyendo así, más que una fortaleza de vigas de madera en la que esconderse, un quitamiedos.*La trampilla de madera blindada se cierra con un golpe seco que, esperan, no haya propagado su eco por el resto de la vivienda. Tres cerraduras y dos pasadores que la atraviesan de parte a parte. Un mueble de metal, de tamaño mediano y pesado, contenedor de varias botellas de agua, barritas energéticas y una manta grande de color azul eléctrico, es arrastrado sobre ella.—Solo ha sido la tormenta, Scully —le dice, tratando de calmarla, mientras enciende el pequeño televisor que instalaron y que conecta con las cámaras del porche y la verja, y va a sentarse a su lado en el colchón que descansa sobre el suelo, junto al ventanal grande del extremo, cubierto por una cortina gruesa del color del cielo nocturno.—Ya lo sé —contesta, agarrando con fuerza el monitor para bebés y pulsando el botón de encendido. Lo inunda la tristeza, al verla así. Utilizando ese artilugio de una manera tan distinta a la de cuatro años atrás. Los mismos que ahora tiene su hijo. No deja de mirar a las dos pantallas, alternativamente, mientras se acerca más a él, necesitando que sus cuerpos se rocen para no olvidar que siguen ocupando el mismo espacio. Que aún no ha ocurrido.—Scully… —susurra, tomándola suavemente de la barbilla y obligándola a mirarlo. Tiene la mirada vidriosa y una tormenta dentro que nada tiene que ver con la que partía el cielo en dos hace media hora. —No va a pasar nada.—Ya lo sé —reitera, con la misma expresión de miedo con la que abandona la casa todas las mañanas desde hace cuatro meses, los mismos que lleva trabajando en el hospital.Guardan silencio absoluto durante unos minutos, tratando de adelantarse a la irrupción de cualquier sonido dentro de su hogar. Ningún cambio, sin embargo. Nada en el monitor de mano, aparte del sofá donde trataban de fundirse, que ahora está vacío.—Si alguna vez me encuentran, no quiero que hagas ninguna tontería —dice, atreviéndose a romper la ausencia de ruido y aprovechando el momento más extraño que han vivido en los últimos meses para tener una conversación que le da pavor tener.—No voy a hacer ninguna tontería —asevera ella, clavándole la mirada. —Simplemente, van a tener que llevarme a mí también. —Esa respuesta le retuerce el estómago, porque no quiere arrastrarla aún más al fango, porque no puede vivir con la idea de que vayan a hacerle aún más daño por su culpa. Lleva, desde que ella volvió a trabajar, rezando a un Dios en el que no cree para que, si tiene que ocurrir algo, ocurra en su ausencia.—No. —Directo y tajante. —Si ocurre algo, vas a pelear por salvar el culo. Tienes que prometerme eso. —Ella ignora sus palabras, no sabe si deliberadamente o debido a que el monitor grande, el que está instalado en el desván y los deja ver la imagen que se dibuja desde la verja, perdida en la inmensidad del bosque que los rodea, les está mostrando un primer plano del rostro de alguien con una máscara cadavérica. Se asustan, al principio, aunque, la persona que está al otro lado de la cámara termina por alejarse de su terreno con un bailecito siniestro.—Solo es un gilipollas aprovechando la cercanía de Halloween para dar rienda suelta al pseudo vandalismo —apunta.—¿Has oído lo que te he dicho, Scully? —Necesita que le diga que sí, que le haga doscientas promesas que lo ayuden a no imaginarla en manos de ellos, pero no llegan.—No tendríamos que haber dejado de movernos, no tendríamos que…—Sí teníamos que —la interrumpe. A él no le hubiera importado pasarse el resto de la vida en un coche destartalado, ni en moteles asquerosos, con tal de tenerla a su lado, pero sabe que aquello la estaba matando, y, después de todos los sacrificios, lo mínimo que podía darle era darle ese hogar. Sabe que está sufriendo, a pesar de todo. Que cada mañana, cuando lo besa antes de que la mosquitera golpee contra la puerta, con su traje y sus maneras de doctora, se despide de él en silencio. Lo sabe por la forma en que lo mira. Lo sabe por la forma en que sus labios lo acaparan, como si el mundo fuera a implosionar dos segundos después.Ella rompe a llorar, por un cúmulo desmedido de circunstancias. Porque una puñalada le atraviesa el costado cada vez que lo deja solo en aquella casa. Porque están pasando la noche del sábado encerrados en el desván como dos chalados. Porque no concibe un mundo en el que lo encuentren y tenga que vivir sin él. Porque quiere que puedan vivir vidas normales. Porque no han terminado Poltergeist.Él la abraza y la mece durante una eternidad, sin dejar de mirar a los monitores. Cuando se duerme, hecha un ovillo sobre su cuerpo, la tumba sobre el colchón, va a buscar la manta azul para taparla y se sienta a su lado a velar por los dos.*El sol se cuela sobre las cortinas opacas del desván sin que haya ocurrido nada. Se tumba a su lado, con el rostro marcado por el cansancio, y la mira, dando gracias por un amanecer más. Ella lo siente cerca, entre el sueño y esa leve sensación de duermevela que trae consigo el momento de despertar, y lo agarra por la espalda de la camiseta a puñados, casi haciéndose daño con sus propias uñas. Él se acerca un poco más y la acoge en su pecho. «Estoy aquí», le susurra. «Tranquila».Transcurren un par de horas más, antes de que sean capaces de reanudar el fin de semana en algún lugar de la casa que no esté diseñado para alimentarse de los terrores que los aquejan.*«Me gusta más La matanza de Texas», le confiesa, soplando a su taza de café. «A mí también, Scully», responde, mordiendo un gofre de tostador. «A mí también».

----- CHAPTER BREAK -----

26 DE OCTUBRE DE 2017
Corren juntos por un suelo irregular de PVC que simula un paisaje desértico, esquivando los rayos láser de colores que despide el arma retro de su enemigo y enfundados en trajes de vinilo azul turquí. Mientras dejan atrás la gran esfera, ese planeta imposible que se funde en rosas y morados, una enorme bola de corcho, apenas sujeta con sedal a un techo inestable, él se cuestiona un par de cosas: la primera; que si sigue prestando atención a las formas prohibidas que ese mono de vinilo barato marca en el cuerpo de su sempiterna compañera, va a acabar cometiendo un error. La segunda; que tienen que derrotar al gran villano Vorkroll, o la humanidad acabará por ser esclava de una especie alienígena carnívora.—¡Vamos, Doctor Foxicus! —exclama ella, tratando de que vuelva a la realidad, mientras se prepara para lanzar una de esas bombas rómbicas aturdidoras. Guapa e irreal hasta querer deshacerse, con el pelo recogido en una cola alta de caballo y el azul de sus ojos enmarcado en sombra de ojos verde eléctrico.—¡Tenga cuidado, Doctora K.!  —advierte, mientras la agarra de la mano, para dejar atrás los destellos que ha desprendido la detonación de la bomba.Algo, una fuerza superior, tira de ellos, arrastrándolos hacia otro plano y dejándolos caer, de mala manera, en una suerte de habitación negra, o ausente de color. Oscura como la boca de un lobo. Tienen el estómago revuelto y la confusión enredada en el cerebro.—Mulder, ¿qué ha sido eso? —pregunta, mirando a todas partes.—No lo sé, Scully… Tiene que ser cosa del creador —responde, con la respiración agitada.Es lo único que les da tiempo a conversar, antes de que todo se desdibuje y vuelvan a no tener claro quiénes son.*—¡Socorro, socorro! —grita, mientras una criatura que pretende ser gigantesca, sin serlo, con un puñado de tentáculos verdes y oscuros de silicona saliendo de su boca, se cierne sobre ella con movimientos mecánicos.Es la bañista más impresionante a la que ha tenido la oportunidad de auxiliar. Pelirroja, con la melena mojada y unos aros dorados que enmarcan su rostro. Ojos azules y cristalinos. Lleva un bikini con estampado de leopardo que no deja nada a la imaginación, ni falta que hace. Troy Max corre hacia ella, procurando marcar músculo, mientras la ve manotear en el aire, con esa parte de arriba minúscula y los pezones erectos por el frío del agua.El arpón se clava en la quijada de esa criatura lovecraftiana que emite un sonido ronco de motor, al tiempo que la agarra del culo, bendito tanga, y la atrae hacia su cuerpo, envueltos ambos por una melodía sensual.—No te preocupes, muñeca —dice, con voz grave. —No habrá demonio primigenio del que no pueda salvarte.—Pero ¿qué cojones, Mulder? —le reprocha, indignada, de nuevo en ese lugar oscuro al que vuelven sin cesar, víctimas de un bucle.—Yo no he escrito el guion, Scully —se defiende, en medio de una sutil carcajada.—No me has llamado «muñeca» en la vida y no vas a empezar ahora —lo avisa. —Que quede claro.—¡Que no he sido yo! Ha sido Troy Max.—Tenemos que encontrar la forma de salir de aquí. No sé si te has fijado, pero, la visión que Elliott Darkness tiene de los roles femeninos, me sitúa en una posición un tanto delicada.—Menudo nombre artístico de mierda para escribir películas, Scully.*El escenario es oscuro, de una tiniebla de azules y plata que solo pueden conseguir los focos. La niebla sintética es espesa y lo inunda todo, con su olor a azúcar y a metal, resaltando los bordes de cartón piedra de las lápidas repartidas por ese cementerio.En el centro de todo, un ataúd de formas clásicas, pero de proporciones irreales, alberga a una pareja que se debate entre la vida y la muerte, ambas eternas. Él, ataviado con unos pantalones de terciopelo negro y una camisa blanca de seda y volantes, completamente abierta, yace tumbado sobre el forro granate acolchado que envuelve el interior de la madera. Ella, con una mano en su pecho y la mirada clavada en su rostro, casi víctima de un hechizo de amor y sensualidad, yace a su lado, semi posada sobre él, con una de sus rodillas descansando sobre el músculo tonificado de su muslo. Lleva un vestido blanco, del color de la luna cuando está llena, semitransparente y vaporoso.—Tienes que convertirme, Vladimir —le ruega, con una voz nasal cargada de deseo. —Es la única manera de que no nos atrapen, de que podamos vivir así.—No puedo hacerte eso —le contesta, dejando que su mano la recorra hasta llegar a la curva perfecta que dibuja su culo y posarse ahí. —Te condenaría a una noche eterna.—No sería una condena —le confiesa, mientras dibuja en su pecho constelaciones. Él la atrae para besarla. Calor y frío. Vida y muerte. Es un beso de sangre envenenada y de pasión letal. De manos inquietas entrenadas durante siglos. —Hazlo —le ordena.—Viviría contigo mil eternidades, Donia. No habrá estaca que logre atravesarnos. —Ella le ofrece el cuello. Blanco. Tierno. De leche. Y gime mientras le clava sus colmillos para beber de ella…El plano se aleja, dejando que el ruido de un carruaje, estándar y de archivo, se cuele en ese escenario de bautismos.—¡Por el amor de Dios!Están de nuevo en ese limbo negro en el que la irrealidad no para de escupirlos. Ella ruborizada hasta la deshonra, con marcas de indignación y hastío en el rostro. Él con una erección evidente que el tejido carísimo de confección de Armani no logra disimular. Agacha la cabeza, azorado, sabedor de que ha tenido que darse cuenta. Van a tener más de un problema, si no logran encontrar la salida de ese bucle, y vivir en un carrete de películas de terror de serie B no va a ser el mayor de ellos. Ese guionista aficionado los está haciendo moverse por un terreno en el que hace demasiado tiempo que no se movían.*—No puedes estar hablando en serio. —Son las 2:12 de la madrugada y el Shamrock se dibuja ante ellos con la intensidad de un faro, como algo tangible, como una hilera de casitas bajas en las que poder dormir sin ser personajes a cargo de un chiflado. Aparca, sin ganas de indagar más en lo que sea que les haya ocurrido esa noche, pero sin ser capaz de sacudirse la confusión.—Un ioberut, Scully. ¿Tienes una explicación mejor a lo que nos ha ocurrido hoy? ¿A lo que lleva apoderándose de la población de Nappanee todo el mes de octubre? —Lo dice como si fuera obvio, como si, durante aquella jornada infernal, simplemente, se les hubiera pinchado una rueda.—Y un ioberut es…—Le da miedo preguntar, y está cansadísima, pero tampoco le apetece dejar de escuchar su voz monocorde, esa misma que la encandilaba hace un par de horas, dentro del ataúd de atrezo, cuando no eran ellos.—Una criatura mítica de los Apalaches, capaz de introducir en su arte a los miembros de la tribu a los que conjuraba. La leyenda cuenta que las esculturas de madera halladas en…—Mulder.—¿Qué?—¿Te estás escuchando? Elliott Darkness es un cuarentón en plena crisis mal llevada, cuya única personalidad consiste en ser fanático del terror cutre y llevar más metal en la cara que…—¿Un poco reduccionista, no crees? De acuerdo, no podemos afirmar que sea un Ioberut, pero tal vez descienda de…—No podemos afirmar nada. No sabemos qué nos ha ocurrido. ¡Ni siquiera sabemos cómo hemos salido de ese bucle! ¿Estamos fuera, realmente? Porque andábamos en medio de… —Gesticula con las manos, incómoda. —…eso y de repente hemos aparecido fuera del estudio.—No puedo explicarlo, Scully. En eso tienes razón. Pero, piensa en lo que dijo: «Va a ser el Halloween de todos los Halloweens. Mi obra maestra». Estoy convencido de que todas las desapariciones que han acaecido durante este mes en Nappanee están relacionadas con ese guionista de pacotilla.—Así que tenemos a un pueblo entero huyendo de tiburones asesinos, fantasmas enfadados, momias con los brazos extendidos y hombres lobo. Genial. Caso resuelto. ¿Quieres que redactemos el informe antes de dormir y se lo enviemos a Skinner a primera hora? —Ambos se echan a reír, víctimas del agotamiento y de todas las situaciones absurdas que han vivido juntos en esta vida que sí conocen y de la cual sí son protagonistas.*No le parece una buena idea, en un principio. Lo siente inadecuado, como si traer a colación lo ocurrido fuera un delito mayor que el hecho en sí mismo. Se cuestiona si realmente está buscando una excusa para verla, charlar con ella, compartir esos espacios que, desde hace relativamente poco tiempo, han dejado de tener miedo a compartir. O a volver a compartir, más bien. Le gusta que ya no se huyan constantemente, que ya no guarden el mismo rencor que guardaban cuando volvieron a trabajar juntos, después de serlo todo y perderse en el infierno por el camino.No, no cree que sea la mejor idea, pero, aun así, llama suavemente a la puerta, para no molestarla, en caso de que el sueño ya la haya acogido en su manto. No tarda en abrir. La nº2 albergando todos sus anhelos. Un poco somnolienta, sin maquillaje. Pantalón de pijama de seda azul y esa camiseta blanca de algodón minúscula que, sabe de primera mano, suele llevar sin sujetador. No es la mejor indumentaria para hablar de erecciones vampíricas, pero ya ha tomado una decisión.—¿Estás bien? —le pregunta, con el rostro bañado de extrañeza y pecas. La echa de menos a morir.—Sí, es que…quería disculparme por lo de antes. —No parece comprender. Lo invita a pasar, con un gesto de la cabeza, y se sienta en la cama, apoyada contra el cabecero.—¿Qué es «lo de antes»?—Lo de… —Él sigue de pie, planteándose dar vueltas por la habitación, algo ruborizado, y rogando por que se dé cuenta de a dónde quiere llegar, antes de tener que señalarse el paquete o decirlo claramente. La idea ha sido pésima, definitivamente.—Lo de… ¡oh! —Sí, afortunadamente es más inteligente que él, incluso muerta de sueño. —No pasa nada —lo tranquiliza, esbozando una sonrisa cansada. —No es que sea la primera vez que… —Le pide permiso con la mirada para sentarse al otro lado de la cama y ella asiente.—Ya, pero, siendo nuestra situación algo distinta, pensé que, quizá… —trata de explicarse.—Mulder, empecé a verte empalmado mucho antes de que tuviéramos nada. —Arrancan a reír con una fuerza delirante, con esa risa incontrolable que solo aparece cuando se está nervioso o cansado. Una vez la calma los acoge, con el sonido del tráfico esporádico colándose por las ventanas cerradas, y el abrazo de esa cama envuelta en una colcha frutal horterísima, se miran, en silencio.—Te he incomodado bastante hoy, ¿verdad? —Ella no parece sentirse violenta, sin embargo, y nota que también le apetece estar con él.—Ha sido cosa del puto Darkness, no tuya —le contesta, con la mirada cansada. —Y eras tú, de todas maneras. —Él la mira, fascinado, con los latidos ya menos acelerados. —Quiero decir…—Creo que sé lo que quieres decir. —Por supuesto, que lo sabe. Que prefiere sus caricias, por más miedo que les tenga, a tener que haberse visto en una escena ridícula, manoseada por un cualquiera de Nappanee. Ella asiente, recostándose un poco más, hacia el lado en que está él, que repite la misma operación. Cara a cara. Somnolientos. Cabezas hirviendo sobre brazos flexionados.—¿Puedo confesarte algo? —Le sorprende que estén así, teniendo esa conversación en una habitación de motel, hablando con esa honestidad. Le recuerda a otros tiempos y piensa en que, desde que ella llegó, no ha habido un solo momento en que no la necesitara en su vida.—Claro. —Lo dice muy bajito, casi queriendo subrayar la intimidad del momento.—Me habría quedado en ese ataúd un ratito más. Aunque no fuéramos nosotros —se sincera, ruborizándose un poco.—Yo también, Scully. Y eso que ya estuve muerto una vez. Bueno, en realidad… —Trata de aligerar el ambiente con ese humor negro que lo caracteriza, pero nota un cambio en su mirada y decide frenar.—Tú nunca has estado muerto —sentencia. —No para mí. —Y lo dice de verdad, aunque él solo pueda intuirlo. Porque nunca lo estuvo, ni siquiera cuando durmió seis meses bajo tierra, porque le hablaba de él a su hijo aún no nato a todas horas. Porque paseaba por sus camisas, embriagándose de su olor. Porque agarraba las llaves y se iba a dormir a su cama, y estaba en todas partes. Se da cuenta de que su chiste, bien intencionado, la ha puesto triste, así que decide continuar por la misma carretera en la que avanzaban, antes de tomar ese desvío accidental.—Se nos daba bien, ¿verdad? —Vuelve a estar confusa, pero no tarda en darse cuenta de a qué se está refiriendo.—Sí, se nos daba bien —reafirma, sonriendo con nostalgia. —Hubo momentos en que se nos dio mejor que ninguna otra cosa.—Se nos dieron bien muchas cosas, Scully. No es justo que solo atañamos al sexo.—Lo sé —responde, un poco arrepentida por su elección de palabras.—Nunca me sorprendió, si te soy sincero. Lo que tuvimos tú y yo, casi desde el día en que cruzaste la puerta del sótano, no lo ha tenido nadie más. —Lealtad hecha espíritu y carne, necesidad arrolladora. Una interdependencia preocupante que jamás los ha preocupado.—Tenemos. —Esa última afirmación lo sorprende. —Aunque sea diferente. No nos merecemos renegar de nuestra historia.—No, no lo merecemos —contesta, en un susurro, antes de decidir que es un camino delicado y que no quiere que hoy se vayan a la cama tan tristes. —¿Tienes algún recuerdo favorito? Ya sabes… —dice, sonriendo con picardía. Ella le devuelve la sonrisa.—Mmm. Tengo muchos. La verdad es que dejamos un extenso catálogo. —Se miran a los ojos, ella mordiéndose ligeramente el labio inferior. —Por ejemplo…no sé, aquella vez que paramos el coche en el área de descanso de una Texaco y… ya sabes.—¿Te refieres a la madrugada en la que ibas tan cachonda que tuve que parar en el baño de una gasolinera a comerte el coño? Menos mal que no había nadie en tres kilómetros a la redonda, salvo el empleado de la tiendecida interior. Pobre diablo…—¡Mulder! —lo reprende, hundiendo la cabeza en la almohada para que no pueda ver la paleta de tonos rojos que desfila por sus mejillas.—No me digas que te da vergüenza, a estas alturas… —dice, revolviéndole el pelo. —Yo tengo unos cuantos favoritos, Scully, pero, aunque me encanta, nada tienen que ver con esa faceta nuestra macarra y cachonda que vio la luz en nuestros años prófugos.—Cuéntamelos —le pide.—Mis momentos favoritos ocurrieron en la intimidad real. Solos. En camas a las que podíamos llamar nuestras. Como la primera vez que lo hicimos en casa. —Se detiene. Ella también se ha percatado de que ha dicho «casa», abarcándolos a los dos. —Porque de repente teníamos algo, y estábamos alejados del resto, y aquellas eran nuestras paredes, contra las que podían rebotar todos los ruidos que nos diera la gana. —Ella también se acuerda. Qué noche, aquella. Le encanta recordar cómo eran. Bastante rotos, un poco animales, queriéndose de una manera en que nunca se ha querido nadie. Demasiado, quizás. Nunca pudieron evitarlo. —Pero mi recuerdo favorito, el favorito de verdad, es el de nuestra primera noche. En mi apartamento. —Los dos sonríen, clavándose el uno al otro unos ojos acuosos. —Ahí sí que estabas muerta de vergüenza, nerviosos los dos. Estaba muy preocupado porque no quería hacerte sentir incómoda. Fuiste silenciosa, aunque, creo que jamás en mi vida me habían mirado con esa honestidad. Me dejaste leerte como no te había leído antes. Recuerdo pensar que era imposible que me enamorara más de ti, aunque, en aquello, me equivoqué bastante.Se recuestan en la almohada, callados, dejando que el ruido de fondo que se cuela en la habitación llene todos los huecos. Se miran de verdad. Algo tan puro que conmovería a las piedras. No a Elliott Darkness, tal vez, pero sí a las piedras.—Estás cansada —afirma, haciendo un esfuerzo por incorporarse. —Te dejo dormir.—¿Puedes quedarte aquí hoy? —le pide, con voz narcótica y párpados pesados. —Me gustaría que te quedaras. —Él asiente, con una felicidad interna que no se atreve a reconocerse. Destapa la cama para que ella se meta dentro, sabiendo que va a darle frío, conociéndola como no conoce a nadie. Luego agarra la manta que el regente ha dejado en el armarito y se tumba a su lado, en el lado de la cama que está sin deshacer.Se duerme pensando en que, por más que pudiera esforzarse, no habría guionista en toda la eternidad capaz de llevar su historia a la pantalla. No de verdad. No con todas las cicatrices y los rayos de luz. No con toda esa rabia que fue, pero, sobre todo, con todo ese amor que los ha mantenido vivos.

----- CHAPTER BREAK -----

31 DE OCTUBRE DE 2024
Aurora danza alrededor del sofá, al ritmo de los esqueletos de su corto favorito. Se lo sabe de memoria. Imita a la perfección el ulular de los búhos, el aullido del perro, el maullar de los gatos sobre las lápidas, el castañear de los huesos. Pero, sobre todo, se sabe a la perfección la coreografía de los esqueletos, y la realiza de una manera en la que sus padres no pueden dejar de partirse de la risa, mientras la miran, embobados. «Aunque no me parece bien que utilicen el rabo del gato para tocar el violín», aclara, antes de emular el cacareo del gallo, no vaya ninguno de los presentes en ese salón a pensar que, porque le guste divertirse, no tiene principios.Ver La danza de los esqueletos es su último premio de Halloween, su día favorito en todo el año. Y éste, a sus seis añitos recién cumplidos, ha sido uno espectacular. Papá la ha llevado en el coche a recorrer algunas de las casas más chulas de Farrs Corner, donde ha visto espantapájaros espeluznantes, calabazas enormes y brujas con risa malévola incorporada a tutiplén, a pesar de que no le gusta demasiado que la gente quiera que las brujas den miedo. Como si poder volar en escoba y saber un montón de cosas no fuera algo chulísimo. Lo que más le ha gustado de todo, por supuesto, ha sido el saco de chuches con el que ha vuelto a casa. Chocolatinas, caramelos de calabaza, gusanos de gominola, esponjitas con forma de murciélago, un montón de regaliz rojo del que le gusta a mamá y tres bolsitas de Smarties. ¡Todo un festín!Aunque, en realidad, eso no es lo que más le ha gustado de Halloween. Lo que más le ha gustado es cuando mami se ha unido a la fiesta. Estaban esperándola en el Ozzie’s para cenar cosas riquísimas, porque hoy salía un poquito tarde del hospital, y al ver a papá se ha reído mucho, mucho. Iba disfrazado de gato, para ir a juego con el disfraz de esqueleto de Aurora que compraron en Target, porque ella se lo pidió y no es capaz de negarle muchas cosas. ¡Incluso dejó que le pintara los bigotes antes de salir! No sabe por qué a mamá le dio tanta risa, si iba guapísimo, pero acabaron riendo los tres. El otro día le preguntó a papá quién era la mujer más guapa del mundo, y él le contestó que mamá, pero que ella era la niña más bonita de la galaxia entera, así que supone que es verdad, porque nunca la engaña.Se le escapa un bostezo justo cuando el corto llega a su fin, y sabe que el momento de irse a la cama es inevitable, pero, hoy se va a dormir muy feliz, con la tripa llena de pizza de bacon y piña, que es su preferida, y de las golosinas que la han dejado comer.*—Monstruito, toca irse a la cama —la avisa, mientras las últimas notas musicales perpetradas por la orquesta de Silly Symphonies se derraman por los altavoces del televisor. Mirar al torrente de energía que es su hija la cura de todos los males. De la obsesión estúpida que se apoderó de ella esta mañana, arreglándose para ir a trabajar, frente al espejo, al advertir que cada vez son más las arrugas que pueblan su rostro. Del quirófano de la tarde, que no ha salido como esperaban que saliera, de tal modo que ese pequeño, apenas algo mayor que Aurora, va a necesitar más cirugías de alto riesgo. De la pequeña discusión que Mulder y ella tuvieron anoche, por una tontería, muy lejos de las causas que los llevaban a discutir en otro tiempo.—¿No puedo quedarme un poquito más? —trata de negociar, la pequeña.—No, cariño, mañana hay cole. Tienes que descansar para aprender muchas cosas nuevas —contesta él, mirándola, con esa expresión de «estamos juntos en esta batalla» que tanto le gusta. —Vamos, a cepillarse los dientes. —La sube en sus hombros, aprovechando para darle decenas de besos en las manitas que se entrelazan a la altura de su cuello, y se dispone a subir al piso de arriba. A esa habitación que ya no es de invitados. A esa habitación en cuya puerta cuelgan dos dibujos. El primero; ellos tres paseando por la luna. Mulder siempre se burla, cuando Aurora no lo oye, porque dice que los ha dibujado a los dos de la misma estatura. El segundo; un alien verde con vestido que reza, en letras rosas cubiertas de purpurina: «habitación de Aurora».No le sorprende seguir enamorada de él, después de todos estos años, aunque casi dejara de estarlo cuando terminaron de romperse y hubo de marcharse. Cree que nunca lo ha encontrado más atractivo de lo que lo encuentra ahora, en cambio. Cuando lo ve preparar el vasito de leche de Aurora por las mañanas. Cuando lo sorprende viendo tutoriales en Youtube para aprender a hacerle la trenza y darle una sorpresa. Cuando la calma, con una paciencia que nunca imaginó que tendría, en mitad de un berrinche.Lo ve subir las escaleras y piensa, con unas mariposas en el estómago que la hacen sentir como una adolescente que se tiñe las canas, que se muere por besarlo, y que espera que cuando su monstruito haya caído rendida, después de tantas emociones, trate de quitarle el pijama. Es curioso, que vivan en una calma en la que no han vivido nunca y, al mismo tiempo, les hayan nacido a los dos tantas inseguridades nuevas.*Ella mira a su hija embobada, mientras se le cierran los ojos al escuchar el cuento que le está leyendo, uno de sus favoritos, Una momia muy hambrienta. Le encanta que Scully le lea por las noches, porque la echa de menos durante el día, siendo sus horarios un poco más complicados que los de él, que puede trabajar bastante desde casa. No sabe que la mira desde el umbral de la puerta, completamente embelesado y deseando llevársela a la cama.Está preciosa. Absolutamente preciosa. No sabe quién o qué ha conjurado las inseguridades que la aquejan últimamente, aunque las entiende, porque él mismo es víctima, aunque menos a menudo, de las mismas neurosis. Sin embargo, la mira y cree que es imposible enamorarse más de lo que ya está, aunque ya lo haya pensado antes. La forma en que suele mirar a Aurora y luego mirarlo a él, diciéndole con los ojos algo parecido a: «sí, es nuestra, la hicimos nosotros, con amor, con miedo y con ruido». La forma en que sus movimientos se han vuelto más elegantes y reposados. Lo bien que le queda ese pijama negro que le va a quitar en diez minutos, o eso espera. Lo mucho que le pone verla trabajar en algún informe médico, concentrada, con esas gafas que la hacen parecer aún más imposiblemente inteligente de lo que ya es.«Te quiero», le susurra, revelando su posición de vigilancia. La pequeña ya se ha dormido y ella lo mira con esos ojos de alquimia que llevan más de treinta años deslumbrándolo, mientras cierra el cuento y apaga la luz de la mesita. «Y yo a ti», le susurra de vuelta. Porque pueden haberse equivocado en muchas cosas, pero, de quererse, saben un rato.*Cuando entra en el dormitorio, él la está esperando sentado en la cama. Extiende los brazos hacia ella, para tomarla de las manos, y la atrae hacia sí hasta besar su vientre por encima del raso negro.—¿Me vas a contar qué pasó anoche? —le pregunta, con suavidad y en tono comprensivo. Sabe de sobra cómo se llama el monstruo que se coló la pasada madrugada en la habitación, pero quiere que le hable, que se exprese, que tengan una conversación. Que no guarde sus demonios en el cajón de la mesita de noche, debajo de la ropa interior, como solía hacer en otra vida.—Es una tontería, de verdad —dice, pasando los pulgares por sus orejas y dejándolo ir para sentarse a su lado.—No es ninguna tontería. No estoy preocupado por que eso que te pasaba nos impidiera acostarnos. Es lo de menos. Lo que me preocupa es que te apeteciera, y que lo que sea que te pasara por esa cabecita brillante que tienes, no te dejara hacerlo. —Ella deja la cabeza reposar en su hombro antes de hablar.—Es que últimamente no me reconozco, Mulder —se sincera.—¿Por qué? Eres más Scully que nunca. No sé cómo lo ha hecho, pero, nuestra hija, ha conseguido que aparezca la versión más perfeccionada de ti que he visto jamás. Y el momento de la vida en el que estamos, en general. Sigues siendo la persona más inteligente que conozco. Profesional hasta decir basta. Peleona, pero con una sabiduría que te hace ganar todas las batallas. Implacable con todo lo que concierne a Aurora, pero nunca dejando el cariño de lado. Astuta. Madura. Sexy. Adoro a esta Scully.—¿Sexy? —repite, en medio de una risa cansada. —No sé. Me miro al espejo por las mañanas y el paso del tiempo se me clava. Siento que hay cosas que no puede arreglar el rímel, ni la base de Estée Lauder, ni todos los push-ups que guardo en el cajón.—Es que no hay nada que arreglar. Sé que eso que tienes dentro no se puede reparar con cuatro palabras, pero no hay absolutamente nada en ti que necesite cambiar, a parte de ese pensamiento. Ayer te vi llegar desde la ventana. Te habías parado a contestar un mail desde el móvil, antes de entrar a casa. Estabas apoyada en el capó del coche, con esa falda de tubo y esa blusa negra que te quedan como un guante, con esos taconazos que solo tú sabes llevar así. Y estabas tan concentrada, con las gafas puestas… Joder. Te juro que, si no fuera porque estaba aquí nuestra hija, habría salido y te habría follado sobre ese mismo capó. No sabes lo que me haces. —Hay un cambio en su rostro, una media sonrisa que no quiere dejar salir, porque se niega a reconocer que necesita esa reafirmación. Que lo único que le importa, después de sentirse cómoda en su propia piel, es que no deje de desearla. Pero, sobre todo, no quiere reconocer que la ha excitado el oírlo hablar así de ella.—Sí, uniformada. Después de pasar por el laboratorio de Calvin Klein y Revlon —insiste.—Sin el uniforme me gustas todavía más. Claro que hemos cambiado, Scully. Nos ha cambiado el tiempo —le dice, mientras tira de ella para que se recuesten juntos, abrazarla y entrelazar sus piernas con las de ella. —No sé si te habrás fijado, pero, mi musculatura ha empezado a resistirse un poco al deporte que hago. Y a pesar de que he hecho el gran sacrificio de alistarme en la hermandad del Santo brócoli y reducir bastante las Pop Tarts, hay un michelín, aún poco escandaloso, que se niega a largarse. —Ella busca en su vientre y pellizca, mordiéndose el labio.—Este es mío —bromea.—Todo es tuyo —le contesta, sonriendo. —Te miro y…te prometo que pienso que nunca has estado más guapa de lo que estás ahora. Y es complicado, porque te has pasado la vida siento ofensivamente guapa. Dudo que no seas consciente. —La mira con una veneración que, desde fuera, resulta conmovedora. —No quiero que seamos como éramos hace treinta años, ni hace veinte. Ni siquiera quiero que seamos como hace diez. Especialmente como hace diez —confiesa. —Porque eso significaría que todo lo que hemos vivido no nos ha convertido en quienes somos. Y me encanta, quiénes somos, ahora mismo. —Ella se acerca un poco más, buscando sus labios, que siguen siendo su fruta predilecta, por encima de las fresas y los melocotones que venden en verano en ese puestecito hippie y orgánico del mercadillo de Farrs Corner.—Dices eso porque, gracias a tus dioptrías, no puedes ver con nitidez mis arrugas. —La busca para hacerle cosquillas y arrancarle una de esas carcajadas nerviosas que tanto le gustan.—Lo primero; tienes más dioptrías que yo. Lo segundo; me sabría tu cuerpo entero de memoria aunque estuviera ciego —contesta, introduciendo la mano por debajo de la camisa de su pijama. —Estas son mías, ya lo siento, Scully. ¿Y sabes qué es lo peor? Que adoro esa costumbre nueva tuya de pasar del sujetador, aunque andes obsesionada con la gravedad. Dile a la ciencia que tus tetas están bien, y que paso completamente del push-up —bromea, mientras la acaricia. Ella se refugia en su cuello, porque sus manos se sienten tan, tan bien…y le apetece tanto…—En cuanto a las arrugas, yo solo veo que se nos han dibujado los caminos que nos han traído hasta aquí. Las risas que hemos compartido, las veces, demasiadas, que nos hemos visto llorar. Tu ceja levantada hasta el infinito por algo que he hecho, y que ya no levantas tanto porque…no lo sé, sinceramente. Creo que estás aprendiendo a tolerarme. —Se ríe, tirando hacia arriba de su camiseta de algodón.—Sigues hablando muchísimo, Mulder. Estoy a punto de levantar la ceja, que lo sepas. —La ceja no sé, pero hay otra parte de mí que has levantado hace ya rato —dice, con ese tono sucio que la vuelve loca, mientras le agarra la mano y la coloca sobre el pantalón. —Ya no podemos engañarnos, Scully. Es lo mejor que nos podía pasar. Me pones malísimo, y soy perfectamente consciente de cómo me miras tú a mí. —Le quita toda la ropa, despacio, besando todo lo que encuentra y dejando que ella también explore todo lo que quiere esos terrenos ya conquistados. —Nunca vas a tener nada que esconder de mí. No lo hagas, ¿vale? —dice, entrando en ella, mientras la mira. —Y, sobre todo, no te escondas de ti.*Aurora tarda una media hora en corretear por el pasillo hacia la habitación de sus padres, que ya han terminado con su sesión de reconquistas, pero siguen desnudos y enredados, en ese estado semiopiaceo que el sexo trae consigo.—¡Espera un momento, monstruito! —gritan al unísono, buscando sus pijamas y desatinados.—¿Qué hacéis, papi? —pregunta Aurora, ya casi desde el otro lado de la puerta.—Bailar la danza de los esqueletos, cariño —dice él, provocando que ella tenga que taparse la boca con la sábana para amortiguar la risa. —Bailar la danza de los esqueletos.

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