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Hacía años que no aparecía por ese distrito.
Camila daba pequeños golpecitos con el pie a una de las patas de la mesa de metal de la cafetería. Aunque no llovía, la mayoría de las personas se encontraban dentro del local, pero a ella le gustaba el frío. De hecho, el tiempo que había pasado en Avelon había sido cómodo en su mayoría, pero odiaba el clima de la capital. En cambio, casi cualquier persona que no hubiese nacido en Derkavah podía encontrar desagradable estar bajo la nieve que caía implacable en su isla, pero a ella le daba paz.
Una paz que necesitaría, sin duda.
Mientras esperaba que le trajeran el café, dos hombres se peleaban a gritos en la acera de enfrente, aunque aquello no pareció llamar la atención de nadie. «Da gusto volver a casa, supongo. ¿Dónde está Satoro?» El mago se había despedido de ella hacía una hora para ir a hablar con Rodina, la jefa de su familia, de la que él era lugarteniente. A pesar de que conocía los peligros de asociarse con un mafioso, Camila sabía que la misión era lo suficientemente importante como para no jugársela con cualquiera y, a pesar de lo que pudiera parecer, Luca Satoro era la persona que necesitaba.
Por supuesto, llegaba tarde. Aquello no la sorprendía demasiado. Durante el rato en el que había deambulado por el distrito oeste, antes de sentarse en aquella mesa, había tenido tiempo para pensar en qué estrategia iba a seguir con el inesperado socio que se había ofrecido tan generosamente a ayudarla. «Lo importante no es solo convencerle, sino también saber qué quiere antes de que me pida algo que no esté dispuesta a darle» pensó mientras recogía un mechón rebelde de su cabello detrás de la oreja. Su eze’vada se revolvió a sus pies, nervioso.
Camila empezaba a estar cansada de aquellos juegos en los que iba encadenando una mentira detrás de otra, pero es lo que le había permitido sobrevivir hasta ese día, y Derkavah no era el lugar ideal para abandonar las buenas costumbres. Por desgracia para ella, Satoro ya conocía todos sus trucos, dos misiones del calibre que habían vivido hacía unas semanas eran suficientes para no poder seguir engañándole sin que él se diera cuenta. Aquello no le gustaba, la hacía sentir vulnerable. «Esta debe ser la última misión que compartamos, eso si no morimos, claro.»
Aunque sabía que necesitaba su ayuda, si Rodina le ponía impedimentos ella estaba dispuesta a hacer el trabajo sola. No sería la primera ni la última vez que un socio la dejaba en la estacada antes de empezar.
Iba a ser el doble de difícil, claro, y en parte le daría pena que no la acompañara, pero debía terminar con todo aquello lo antes posible.
El camarero salió del humilde local y le colocó un pequeño vaso de cristal lleno con un líquido negruzco que olía a especias. Camila le ofreció su mejor sonrisa, pero el hombre hizo una mueca y entró de nuevo en la cafetería. No parecía contento de que le hubiera obligado a servirle fuera, con aquél tiempo, y Camila suponía que el hecho de ser D’Ezer no ayudaba.
Mientras daba un sorbo, oyó la voz inconfundible del mago a lo lejos. «Por supuesto, tan discreto como siempre» pensó, sin poder evitar que una sonrisa aflorara en sus labios. «Pero ¿qué..?»
Luca Satoro se acercaba…y no estaba solo. Mierda esquivada. Literal y figuradamente. Mientras evitaba chafar con su pie izquierdo un excremento bastante grande, Luca seguía dándole vueltas a su reencuentro con la jefa. Parecía contenta con su desempeño en Velthus, aunque tuviera sus reticencias al respecto de los métodos del mago, y la historia de los dragones, que incluso él entendía que nadie se la creyera.«¿Qué le hago yo si parece que esos bichos me siguen a todas partes donde voy? No es como si fuera uno de esos Malefor, que lo llevan en su blasón… ¿Debería hacerme mi propio emblema algún día?» Quizá con ese futuro político que, ahora sí, parecía más vivo que nunca, puede que le viniera bien tener un sello, un escudo, o algo que distinguiera su apellido. Aunque seguiría prevaleciendo el de Rodina, claro, al ser la cabeza de familia.Además, los Satoro nunca fueron nadie. Sus padres solo eran parte de los engranajes de la maquinaria implacable de Derkavah, y él ya no seguía en contacto con ellos. Encima, la última figura paterna que tuvo acabó…«Uy, qué calorcito hace». Miró a Finn, que caminaba recto a su lado. Desde que le conoció, le había despertado curiosidad cómo un baologun de Lutargardi había salido tan recto, pulcro, educado y cortés. Demasiados adjetivos positivos para ser uno más de esa isla que, según la fama que tenía por Guineforst, no parecía el mejor lugar para visitar. «En algún momento le preguntaré. Ahora hay que reunirse con Camila.»Sí, Camila Crane. Volvió con él a la isla, y para llevar a cabo una misión. Luca le ofreció su ayuda porque, bueno, era un buen samaritano… Quizá no lo dirían muchos a los que torturó, extorsionó, mató y desmembró a lo largo de su servicio a la familia, pero era su trabajo. Era la imagen que tenía que ofrecer al mundo, se había labrado un nombre, y, lo mejor de todo, es que él mismo se convencía de ello cada día que se levantaba y se miraba al espejo.
No obstante, aún había cierto resquicio de luz en su interior que empujaba por sobrevivir entre las capas y capas de oscuridad, podredumbre y traumas acumulados en treinta años de vida… y muerte.«Espero que ayudarla no derive en otra visita al más allá». No iba a pasar de nuevo. No iba a morir nadie. ¡En un festivo, además! La leyenda de Luca Satoro no podía cerrarse aquí. Y menos, cuando estaba ayudando a una amiga.¿Era una amiga? Una persona afín, sin duda. Era universitaria de la calle, la mejor clase de persona. Veía en ella el espíritu de venganza que solo puede reconocerse en alguien que ha perdido lo suficiente como para arriesgarse a darlo todo a cambio de un objetivo, aunque eso supusiera perderse por el camino. Mientras caminaban, ya atisbó a Camila, sentada en una terraza, y un camarero le servía un café. Se fijó en su trenza. Había visto varios aspectos de la periodista en sus misiones juntos, pero reconocía que aquel, quizá, era su favorito. «Venga, actúa con normalidad. Saluda recto, Satoro. Que se vea que tienes porte.» No lo consiguió, porque le salió un saludo raro, como si espantara a una mosca. «Seguro que me ha salido una sonrisa boba, joder. Piensa algo…». Lo mejor que se le ocurrió fue acercarse a Finn para despistar, y aparentar cierto grado de despreocupación, en vez de transmitir que se fijaba en ella.Porque si una cosa tenía clara era que no sentía nada más que aprecio por Camila Crane. Nada más.
