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¿Hay algo peor que trabajar a las 3 de la madrugada? Ya ibas por tu tercera taza de café de la noche, ya no te despertaba, solo te daba taquicardia. Ser mesera en una cafetería de 24/7 no es para el débil. Aguantar las largas horas en el mostrador, limpiar los baños vomitados por los borrachos y atender a los camioneros con una sonrisa a pesar de que hacen un comentario sobre tu culo cada vez que pasas. Este se supone que sería un trabajo temporal para ahorrar para la universidad y ya llevas 3 años aquí.
Esta noche no parecía ser distinta al resto hasta que lo viste llegar. Barba completa, caminar confiado, ojos de sabelotodo, camisa de leñador. “Un maldito soldado,” pensaste molesta. Ya sabias como identificarlos porque eran los peores de todos. Además de siempre tirar piropos, son lo que se intentan acostarse con las meseras en sus noches libres antes de regresar a la base. Por suerte, llego solo por lo que no te podía causar tantos problemas.
Le ofreciste el menú y café de la jarra con una sonrisa bien entrenada. Te dijo que solo quería un café. Raro que alguien saliera de su casa a las tres de mañana por una taza de café de 3 dólares. Aún más raro que a esa taza de café le pusiera piquete de una cantimplora. Al parecer noto tu mirada confundida."Le da textura." Dijo al mezclar el café con la cuchara.
"¿Una mala noche?" Inquiriste.
"Ni que lo digas.""No hay nada que un rol de canela no pueda solucionar." Ofreciste con tu mejor voz de vendedora para ganarte tu propina.
Tenía una risa rica, tal vez era el acento británico o tal vez era que era un caballero que te invito a conversar en lo que se tomaba su café y rol de canela. Aprendiste que se llama John, pero todos lo llaman Price. Era un soldado (ya lo sabías), pero de esos soldados que realmente eran buenos en su trabajo. Tenía cuarenta años, le gusta apostar en el hipódromo y se está divorciando de su esposa.
Te sentías mal por él, en serio. Terminar un matrimonio después de 15 años debía ser complicado. Especialmente si ese matrimonio estaba lleno de peleas, problemas de concepción y largos meses tras no verse. Price te conto que su esposa lo había sido sacado de su casa tras otra gran pelea y condujo sin rumbo hasta encontrar el único restaurante abierto a altas horas de la madrugada. Pobrecito. Solo querías hacerlo sentir mejor.
Cogértelo en su auto no era la manera en que pensabas ayudarlo, pero no te quejabas. Sus manos callosas por la experiencia te tomaban fuertemente de la cintura para mantenerte en tu lugar mientras impactaba su verga contra tu intimidad. Tu rostro estaba escondido en su cuello, su barba cosquilleando tus mejillas. Gemías su nombre mientras te abría el culo para entrar lo más profundo.
Price gruñía incoherencias de lo bien que te sentías. No había tenido sexo satisfactorio desde que su pobre esposa tuvo su segundo aborto. Él no debería estar haciendo esto, eras demasiado joven para él. Pero toda moral escapo de su alcance al sentir tu coño mojado, abrazar su pene con tanta calidez.
Antes de que pudiera detenerlo, se corrió dentro de ti. Se sentía tan bien que ni siquiera pudiste enojarte en el momento. Lo abrazabas del cuello, sentada en su verga pulsante mientras el señor recuperaba el aliento. Price te acomodo la falda de tu uniforme rosa. Te dio un par de palmadas y un beso en la mejilla cosquillado antes de bajarte de su regazo.
Lo último que supiste de él fue que te dejo una buena propina al día siguiente para que compraras una pastilla del día siguiente como todo un caballero. Para tu terrible suerte, parece que no te funciono. Andrés no te visito ese mes.
