Work Text
El año era 1899, pero para Arthur Morgan parecía que había pasado un siglo desde la última vez que sintió algo parecido a la calma. Era la época en que el mundo se apresuraba a enterrar lo que quedaba del Salvaje Oeste, mientras los hombres como él se debatían entre seguir luchando por una causa perdida o aceptar el inevitable y humillante abrazo de la civilización. Para la banda de Dutch van der Linde, cada día era un combate contra el reloj, una lucha por mantener vivo un sueño que, para Arthur, había comenzado a sentirse como una maldición disfrazada de libertad.
La banda estaba huyendo tras el desastre en Blackwater, el que debía haber sido su golpe maestro. Un asalto rápido, limpio y lucrativo. Pero todo salió mal. Arthur, como siempre, había confiado en Dutch, en su visión y su promesa de algo mejor, pero ahora solo quedaban sangre, balas y la sensación creciente de que algo dentro de Dutch estaba cambiando.
—¡Sigan adelante! —bramó Dutch con toda la fuerza de sus pulmones, blandiendo el brazo como si así pudiera impedir que el cielo se abriera sobre ellos—. ¡El arroyo está cerca! ¡Allí encontraremos un paso seguro!
Aquel grito de Dutch resonó en el aire con un sabor a promesa: decía protección, pero Arthur sentía en su interior que la voz de su viejo mentor llevaba un filo de desesperación. Dutch ya no clamaba con la misma confianza de antes; era más bien un hombre que forcejeaba contra la corriente, decidido a no caer aunque todo indicara lo contrario.
Arthur resopló, haciendo crujir los dientes entre sí. Llevaba días sin dormir bien, iba al final del grupo, intercambiando disparos con los hombres de Pinkerton que los perseguían. Las balas zumbaban alrededor como abejas furiosas, y cada una que pasaba de largo sentía como un golpe de suerte. A su lado, John disparaba también, con el rostro endurecido por la tensión.
—Esto es un infierno, Dutch —gruñó John Marston, galopando a su lado mientras disparaba con su arma—. Nos tienen rodeados. ¿Qué diablos hicimos mal en Blackwater?
—Nada —respondía Dutch con un fervor que rozaba la desesperación—. El plan era perfecto. ¡Nos traicionaron! Alguien nos vendió, pero eso no importa ahora. ¡Solo tenemos que cruzar esas montañas y estaremos a salvo!
Joh, con el ceño más fruncido, castigaba a su caballo para no rezagarse.
—Esto se nos va de las manos, —gritó—. Los Pinkerton no van a soltar el rastro tan fácilmente.
—No es la primera vez que escapamos, y no será la última, John.
Arthur no dijo nada. Había aprendido hace mucho que discutir con Dutch durante un golpe fallido era perder el tiempo. Pero no podía evitar sentir que John tenía razón. Esto no era una retirada estratégica; era una fuga desorganizada.
Micah, montando junto a Dutch, lanzó una carcajada que sonó fuera de lugar en medio del caos.
—¡Vamos, Marston, deja de quejarte como una anciana! ¡Es solo un día más para los grandes forajidos de la banda van der Linde! —dijo, disparando su revólver con una precisión que hacía que sus palabras fueran aún más irritantes.
Arthur frunció el ceño, cansado tanto del caos como de los comentarios de Micah.
—Micah, ¿por qué no te callas y disparas? —gruñó, sin molestarse en mirarlo.
Antes de que Micah pudiera responder, un disparo cercano cortó el aire, y Arthur sintió un dolor punzante en el hombro. La bala lo hizo tambalearse en la silla de montar, y casi pierde el control de su caballo. —¡Maldición! —soltó, encorvándose.
La sangre emergió con rapidez, tiñéndole la camisa. Sintió que el caballo se estremecía bajo él, asustado por la brusquedad de su jinete. John quiso acercarse para ayudar, pero otro aluvión de balas lo obligó a mantener su posición.
—¡Arthur! —lo llamó con la voz crispada—. ¿Estás bien?
Arthur apenas asintió. No había tiempo para desmayarse. La banda contaba con él para mantener a raya a los Pinkerton. Entre el silbido de las balas y el retumbar de los truenos, escuchó a Dutch volverse hacia él.
—¡Arthur, ocúpate de distraerlos! —gritó—. Necesitamos abrirnos paso. ¡Retén a esos diablos por unos minutos!
Arthur no replicó. Sabía que cuestionar a Dutch en ese instante sería como echar sal a la herida. Apretó con fuerza las riendas y se rezagó lo bastante como para hacerse visible a los agentes. Le pareció que las sombras de Dutch y Micah se desvanecían en la distancia como un mal presagio.
“Otra vez te quedas solo…”
, pensó, pero se sacudió el desaliento de un manotazo. Había elegido seguir a Dutch tantos años que ya no distinguía si ese camino era suyo o ajeno.
La espesura del bosque lo envolvió como un abrazo hostil. Las ramas bajas le golpeaban la cara, y cada zancada del caballo era un esfuerzo agónico. La lluvia, ahora un diluvio, transformaba el suelo en un lodazal traicionero. Los Pinkerton seguían tras él, sus voces y disparos eran un eco implacable.
—¡Ríndete, Morgan! ¡No tienes a dónde ir! —gritó uno de ellos, su voz tan implacable como la tormenta.
Arthur no respondió con palabras, sino con un disparo. Sabía que no duraría mucho. El dolor en el hombro se mezclaba con el cansancio, nublándole la vista y entumeciéndole las manos. Una rama baja lo golpeó en la cara, arrancándole una maldición mientras trataba de mantenerse erguido. El sabor metálico de la sangre en su boca le recordaba que no podía permitirse vacilar.
—¡Ríndete, Morgan! —gritó otra voz, más cercana esta vez—. ¡Harás esto más fácil para todos!
Arthur disparó de nuevo, escuchando cómo la bala impactaba en el tronco de un árbol. Sus municiones eran limitadas, y lo sabía. Necesitaba perderlos, y rápido. Dirigió al caballo hacia un desfiladero estrecho, confiando en que el terreno más complicado le daría ventaja, pero los Pinkerton no se detendrían. Arthur lo sabía, incluso sin verlos. Eran como perros entrenados, incapaces de soltar el rastro hasta que todo terminara en muerte.
Una bala silbó junto a su cabeza, seguida por otra que le rozó el costado, arrancándole un gemido de dolor. La tormenta que se avecinaba estaba comenzando a descargar su furia, y la lluvia torrencial transformaba el suelo en un lodazal resbaladizo.
Con cada paso del caballo, Arthur sentía cómo la fuerza se le escapaba, como si la lluvia y el barro estuvieran arrancándole la vida en cada zancada. El cansancio no era físico, aunque su cuerpo estuviera al borde del colapso; era un agotamiento más profundo, arraigado en los años de violencia y pérdidas que llevaba sobre los hombros. No era miedo lo que sentía, sino algo que reconocía en los ojos de todos los hombres que había visto caer: una especie de resignación, la certeza de que el destino no era más que un círculo vicioso del que nadie salía intacto.
Finalmente, Arthur avistó una pendiente que descendía hacia un arroyo. Era empinada y peligrosa, pero no tenía otra opción. Con un golpe urgente al caballo, lo guió hacia abajo, sintiendo cómo las patas del animal resbalaban con cada paso. La pendiente parecía interminable, y el riesgo de caer aumentaba con cada zancada, pero era eso o dejar que las balas lo alcanzaran.
Desde la cima, los cazarrecompensas detuvieron sus caballos, observándolo con frustración mientras desaparecía entre los árboles.
—Lo tenemos acorralado —dijo uno de ellos, escupiendo al suelo—. No irá muy lejos con esa herida.
—Entonces nos aseguraremos de que no llegue más lejos —respondió otro, cargando su rifle antes de comenzar el descenso.
Arthur siguió avanzando a duras penas, la respiración pesada y el cuerpo al borde del colapso. Cuando finalmente llegó a un claro, vio una granja en la distancia. Una chispa de esperanza, tenue pero suficiente, lo empujó a continuar.
El caballo, cansado y temblando, lo llevó hasta la granja que apareció en la distancia como un espejismo. Era poco más que una sombra en el horizonte, pero para Arthur aquello era una promesa de supervivencia, aunque fuera temporal.
No era más que una modesta casa de madera con un establo inclinado y un huerto castigado por la lluvia. Pero para un hombre al borde del desmayo, aquello bien podía ser la promesa del Edén.
Guió a su caballo hacia la estructura, deslizándose de la silla con dificultad. Apenas logró empujar la puerta del granero antes de colapsar entre las sombras, jadeando y sosteniendo su hombro herido. El calor residual del animal lo mantuvo consciente, aunque apenas.
Dentro, el olor a heno y animales llenaba el aire. El caballo de Arthur relinchó suavemente, perturbado por el ruido de su entrada. Intentando mantenerse en silencio, Arthur se arrastró hacia un rincón oscuro, ocultándose tras una pila de herramientas olvidadas. Su respiración era irregular, y el dolor en su hombro pulsaba con una intensidad casi intolerable.
Los minutos pasaron en un silencio roto solo por el murmullo de la lluvia sobre el techo de madera. Pero entonces, un ruido de pasos alertó a Arthur. Alguien se acercaba. Desde su escondite, vio cómo la puerta del granero se abría lentamente, dejando entrar la figura de una mujer con un rifle en mano. La silueta era delgada pero firme, con una postura que hablaba de precaución y experiencia.
Arthur contuvo la respiración, observándola desde las sombras. No podía permitirse ser descubierto, no en su estado. Pero los animales, inquietos por su presencia, delataron su posición con un movimiento brusco.
—¿Quién anda ahí? —preguntó la mujer, su voz firme pero contenida.
Arthur se quedó en silencio, esperando que se fuera. Pero ella avanzó, con el rifle preparado. Finalmente, sus ojos encontraron la figura tambaleante de Arthur, medio cubierto por las sombras. Su mirada se endureció al verlo, y se quedó de pie, con un rifle en la mano y una expresión que sugería que había visto ya demasiados problemas pasar por su puerta como para conmoverse por un desconocido empapado y herido.
—Si vienes a robarme, no eres muy bueno en ello —dijo ella, con una voz tan firme como la madera vieja bajo sus botas. Su mirada lo recorrió de pies a cabeza, evaluando si debía dispararle o esperar a que la fiebre lo matara primero.
Arthur levantó una mano temblorosa, como si intentara apaciguarla o, al menos, ganar tiempo para no desplomarse de inmediato.
—No busco problemas… Solo necesito… un lugar para descansar un rato —Arthur intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a quedarse donde estaba.
Ella inclinó la cabeza, escudriñándolo como quien examina un caballo herido: con pragmatismo, pero también con una pizca de lástima que odiaría admitir. No era su costumbre abrir su puerta a extraños, y menos a hombres que llevaban un revólver en la cadera y más cicatrices que historias felices.
—Descansar, ¿eh? ¿Y luego qué? ¿Dejo que mueras en mi granero o te entierro en mi huerto?
Arthur se tambaleó, con un suspiro que sonó más a resignación que a alivio.
—No soy tan pesado. No te costaría mucho cavar…
La mujer ladeó la cabeza, evaluándolo. Lo único más irritante que un hombre herido era un hombre herido con sarcasmo.
—Te voy a dar una oportunidad para explicarte, y no porque me interese. Solo porque el hedor de tu sangre espantará al ganado si te dejo aquí. ¿Quién eres y qué demonios haces en mi granero?
Arthur bajó la cabeza un instante. Era una pregunta justa, pero no tenía tiempo ni ganas de adornar la verdad.
—Arthur Morgan. Me dispararon. Pinkerton —escupió el nombre como si tuviera un mal sabor en la boca—. Me están siguiendo. No pienso quedarme mucho tiempo.
Ella dejó escapar un suspiro pesado. Había oído lo suficiente para entender que el forastero venía con problemas grandes y no le interesaba recibirlos. Sus ojos claros lo escrutaron una vez más, como si buscara algo más en el hombre desplomado frente a ella.
—¿Y esperas que me arriesgue por ti? ¿Que meta la cabeza en el lazo porque a un forajido lo alcanzaron las consecuencias de sus decisiones?
Arthur alzó la vista. Había algo en su mirada, algo cansado y terco, que contrastaba con la dureza de la mujer.
—No estoy pidiendo nada. Pero si me entregas, te aseguro que no te van a dejar tranquila. Ellos no distinguen entre culpables e inocentes.
Ella no respondió de inmediato. Giró el rostro hacia la puerta, donde el sonido de cascos y voces lejanas comenzaba a acercarse. Sus labios se apretaron en una fina línea. Era cierto; conocía bien cómo operaban los hombres con insignias. Había aprendido, a costa de su propia tranquilidad, que la ley podía ser tan despiadada como cualquier bandido.
—Maldita sea… —murmuró, más para sí misma que para él. Finalmente bajó el rifle y se acercó a una pila de sacos de grano, cubriéndolos con paja con movimientos rápidos y prácticos. Luego miró a Arthur, con los ojos entrecerrados.
—Escucha, Morgan. No te estoy salvando porque crea que lo mereces. Si ellos me ven ayudándote, esta granja deja de ser mía. Así que más te vale seguir mi juego, o te mato yo antes de que lo hagan ellos. ¿Entendido?
Arthur asintió lentamente. No estaba en posición de discutir, pero su boca no podía evitar el sarcasmo.
—Lo prometo… No soy del tipo que le complica la vida a una dama.
—¿Dama? —replicó ella, alzando una ceja mientras tomaba un cubo viejo y lo lanzaba a un rincón—. Lo que soy es la mujer que no va a llorarte si esos Pinkerton terminan su trabajo.
Arthur dejó escapar una risa suave, aunque le dolió hacerlo.
—Eso me suena justo.
Ella lo señaló con el rifle una última vez antes de moverse hacia la puerta. Los Pinkerton estaban cada vez más cerca. El eco de sus voces sobre la lluvia ponía los nervios como cuerdas tensas.
—Quédate ahí y no hagas ruido —ordenó con un tono seco, como si hablara con uno de sus animales. Salió del granero, cerrando la puerta detrás de ella con un golpe firme.
Afuera, las voces se hicieron más claras.
—¡Hola! —vociferó uno de los agentes, su tono brusco— Estamos buscando a un forajido, y sabemos que pasó por aquí.
Ella se detuvo frente a la casa, con las manos en las caderas y la mirada fija en los hombres que desmontaban de sus caballos. Eran tres, cada uno empapado y cubierto de barro, pero sus insignias brillaban con la escasa luz que ofrecía la tormenta. Sus rifles colgaban de sus hombros, pero sus manos se mantenían inquietas cerca de las culatas.
—¿Y quién les dijo que podían venir a gritar a mi propiedad? —respondió ella con voz firme, alzando ligeramente la barbilla.
Uno de los agentes, un hombre con una cicatriz que le atravesaba la mejilla, avanzó hacia ella. Su mirada estaba cargada de impaciencia y agresividad. Era como un perro mojado, pero sin la lealtad de uno. Su abrigos oscuro estaba cubierto de barro, y las gotas de agua se mezclaban con el sudor que le perlaba la frente.
—Estamos buscando a un hombre —gruñó—. Grande, barba, herido. Peligroso. Pasó por aquí, y sabemos que no pudo ir muy lejos. Déjenos revisar su propiedad.
Ella alzó el mentón, cruzándose de brazos. La lluvia le resbalaba por el rostro, pero no le importaba.
—¿Y quién les dio permiso para venir a gritar en mi puerta? Si quieren algo, tráiganme una orden, como manda la ley.
El hombre con la cicatriz soltó una carcajada seca. Uno de sus hombres, el más joven, le lanzó una mirada cautelosa, pero el líder apenas notó su inquietud.
—¿Una orden? Claro, aquí la tiene —dijo, empujando la puerta del granero con una patada. La madera crujió y la puerta se abrió de golpe. Con un gesto de la mano, ordenó a los demás que avanzaran hacia el granero. Los hombres obedecieron sin dudar, como si el barro bajo sus botas les perteneciera tanto como la insignia que llevaban en el pecho.
—¡Como se atreven! —grito ella, dando un paso adelante—. Este es mi terreno. Si quieren algo, hablen conmigo primero, malditos imbéciles.
El hombre con la cicatriz la miró de reojo, divertido.
—¿Qué hará, señora? ¿Llamar a otro agente? —preguntó con una sonrisa burlona antes de girarse hacia el granero.
Dentro, Arthur apretó los dientes, sintiendo cómo su herida ardía con un calor punzante. Había oído a los Pinkerton antes; sabía que eran hombres acostumbrados a quebrar cuerpos y voluntades. Intentó ajustar su postura entre los sacos de grano, pero el dolor lo obligó a quedarse quieto. “Malditos perros”, pensó. “No saben dejar a nadie en paz.”
—¿Hablar con usted? —replicó con sorna, girándose hacia ella mientras sacaba su revólver—. Las órdenes son claras: revisar cada rincón. Y si no nos dice lo que sabe, señora, puede que tenga que responder por encubrimiento.
Ella apretó los puños, y aunque su rostro seguía impasible. —Si creen que me van a intimidar en mi propia casa, les sugiero que lo piensen dos veces. Si no encuentran a su hombre, espero que tengan una buena excusa para todo lo que rompan, porque me aseguraré de que lo paguen.
El hombre con la cicatriz sonrió con desgano, como quien ya ha escuchado demasiadas amenazas vacías. Dio otro paso hacia el granero, seguido de los otros dos agentes. La tensión era tan espesa que la lluvia que seguía golpeando los techos parecía un murmullo lejano.
Arthur, desde su escondite, contuvo el aliento. Las sombras de los hombres se alargaban con cada relámpago, acercándose más y más a donde estaba. Sentía la presión en el pecho, esa certeza de que la suerte nunca estaba realmente de su lado.
—¡Busquen bien! —gritó el líder—. Si está aquí, lo encontraremos.
Uno de los hombres tomó una horquilla y comenzó a remover los montones de heno, lanzándolos con brusquedad. Otro pateó una pila de herramientas, haciendo que cayeran con estruendo.
Arthur maldijo en silencio, sintiendo que la adrenalina comenzaba a consumir el poco aire que podía respirar. Si lo descubrían, no tendría forma de defenderse. Podía oír los pasos acercándose más y más.
Afuera, Ella cruzó los brazos, plantada como una roca mientras observaba cómo los agentes destrozaban su propiedad. Cuando el hombre con la cicatriz se volvió hacia ella, su paciencia finalmente se agotó.
—¡Ya basta! —gritó, avanzando hacia él. Su voz era más fuerte que la tormenta, cargada de una ira contenida demasiado tiempo—. No tienen derecho a hacer esto. Si no encuentran a su hombre, más les vale rezar porque mi paciencia tiene un límite, y están a punto de cruzarlo.
El líder la ignoró al principio, pero cuando ella dio un paso más, su expresión se endureció.
—No sé qué está escondiendo aquí, señora, pero si descubro que es un forajido, usted también va a venir con nosot-.
Ella no lo dejó terminar. Dio un paso hacia él, tan cerca que el agua de la lluvia resbalaba por su rostro hasta sus labios apretados.
—¿Cree que voy a temblar porque me apunte con ese revólver? He visto hombres más peligrosos que usted caer como perros. —Su voz era baja, pero lo suficientemente cortante como para hacer que el más joven de los agentes retrocediera un paso.
El silencio que siguió fue denso. Los Pinkerton se miraron entre sí, evaluando si valía la pena seguir insistiendo. Finalmente, el hombre con la cicatriz resopló y se giró hacia los demás.
—Vámonos. Quizá este por la zona y lo encontraremos más adelante.
Cuando el sonido de los cascos se desvaneció finalmente, ella entró al granero, dejando que la lluvia mojara aún más el suelo. Arthur levantó la vista desde su escondite, jadeando por el dolor y el esfuerzo de mantenerse en silencio.
—¿Se fueron? —murmuró, con una voz ronca que sonaba a puro cansancio.
Ella no respondió de inmediato. Caminó hacia él y se agachó, evaluándolo como quien mira un animal herido al que no sabe si vale la pena salvar.
—Sí, pero dejaron suficiente desastre como para mantenerme ocupada semanas. Así que más te vale que sobrevivas, porque me debes una puerta, un montón de grano y mi paciencia.
—Gracias…
—Cállate. —ella se levantó, tomando el rifle que había dejado apoyado en la pared—. Solo reza para que no vuelvan antes de que pueda decidir qué hacer contigo.
Arthur se quedó en el suelo del granero, apoyado contra una pila de sacos medio vacíos. Cada respiración era un recordatorio del agujero en su hombro y del dolor que pulsaba con una insistencia cruel. Afuera, la lluvia seguía golpeando con fuerza, y la puerta rota del granero dejaba entrar el frío como un huésped no invitado. Ella, rifle en mano, había salido sin decir más que un “No toques nada” seco, como si él pudiera levantarse y destrozar algo más.
El dolor en el hombro era persistente, pero lo que más pesaba no era la herida, sino la sensación de vacío que había cargado desde Blackwater. Todo lo que había hecho, todo lo que había soportado, para terminar ahí, tirado en el granero de una desconocida mientras los Pinkerton lo cazaban como a un perro.
Tahití. Ese maldito plan.
Arthur cerró los ojos, y por un momento, pudo escuchar la voz de Dutch, llena de entusiasmo y esa falsa calidez que había comenzado a irritarlo más de lo que quería admitir.
—“¡Mangos, Arthur! ¡Iguanas! Tierra fértil, una vida tranquila lejos de todo esto!”
Arthur dejó escapar un resoplido que se convirtió en una tos seca. Tahití. Lo decía como si fuera un paraíso esperando a abrirles las puertas, pero Arthur sabía que Tahití no era más que un espejismo, un sueño absurdo que Dutch había inventado para mantenerlos juntos. Mangos e iguanas. ¿Cuántas veces podía Dutch repetir esas palabras antes de que alguien tuviera el valor de decirle que eran una maldita broma?
Dutch siempre había sido bueno hablando, envolviendo a todos en sus discursos sobre libertad, sobre una vida mejor, sobre cómo cada sacrificio los llevaba un paso más cerca de un futuro radiante. Pero Arthur no podía dejar de pensar en los cuerpos que habían quedado atrás. Blackwater no había sido un golpe perfecto; había sido una masacre. Y ahí estaba Dutch, todavía hablando como si estuvieran a una montaña de distancia de la felicidad.
Micah, por supuesto, había estado a su lado, sonriendo como un zorro satisfecho mientras apoyaba cada palabra de Dutch. “¡Es el mejor plan, Dutch! Vamos a ser reyes en Tahití.” Arthur apretó los dientes al recordar la voz de Micah, ese tono que le retumbaba en los oídos como un cuchillo deslizándose lentamente.
Y luego estaba Hosea. Pobre viejo Hosea. Siempre intentaba ser la voz de la razón, pero incluso él no podía contra Dutch cuando estaba convencido de algo. Arthur lo sabía; lo había visto demasiadas veces. Hosea miraba a Dutch como si quisiera sacudirlo hasta que volviera a la realidad, pero al final, siempre cedía. Todos cedían.
“Arthur, confía en el plan,” le había dicho Dutch. ¿Y cómo iba a negarse? Había seguido a ese hombre durante años, incluso cuando cada parte de él le gritaba que algo estaba mal. Y ahora, estaban esparcidos como hojas al viento, huyendo de una ley que no iba a descansar hasta que todos estuvieran muertos o tras las rejas.
Un trueno resonó afuera, y Arthur abrió los ojos lentamente, dejando que la realidad lo devolviera al granero frío y húmedo. No había mangos ahí. No había iguanas. Solo el sonido de la lluvia y el eco de sus propios pensamientos.
La puerta se abrió de golpe, y ella entró con el rifle al hombro, empapada pero con la misma expresión firme que había tenido desde que lo encontró. Sus ojos recorrieron el granero con rapidez antes de detenerse en él.
—Ya se fueron. No los vi por ningún lado, pero más vale que no te confíes. Esos bastardos tienen buen olfato cuando quieren.
Arthur levantó la cabeza con esfuerzo, notando cómo la lluvia le resbalaba a ella por el rostro y las manos.
—Gracias por salir a revisar —dijo, su voz más áspera que antes—. No tenías que hacerlo.
Ella lo miró con una mezcla de incredulidad y fastidio.
—No lo hice por ti, Morgan. No quiero que esos idiotas vuelvan y me hagan preguntas estúpidas porque dejé a un forajido morir en mi granero.
Arthur dejó escapar una risa breve, aunque el movimiento le arrancó un quejido de dolor.
—No te preocupes. No planeo morirme aquí.
—Pues más te vale, porque vas a arruinar el grano si lo haces.
Ella se acercó con pasos firmes, dejando el rifle apoyado en una pared antes de agacharse frente a él. Sus ojos recorrieron su herida con rapidez, y soltó un suspiro que sonó más a resignación que a compasión.
—Esto no va a mejorar si te quedas aquí tirado. Vamos, arriba.
Arthur negó con la cabeza, esbozando una sonrisa cansada.
—Aprecio la intención, pero no estoy seguro de que pueda levantarme sin desmayarme.
—No estoy preguntando si puedes. Estoy diciendo que lo harás.
Antes de que Arthur pudiera responder, ella tomó su brazo sano y lo colocó sobre su hombro. El contacto fue brusco, pero efectivo.
—Vamos, Morgan. No voy a dejar que me arruines el día más de lo que ya lo hiciste.
Arthur intentó levantarse, gruñendo mientras el peso de su cuerpo recaía sobre las piernas. Ella lo sostuvo con fuerza, aunque no sin esfuerzo.
—Eres más pesado de lo que pareces —murmuró ella, arrastrándolo hacia la puerta del granero.
—Gracias… eso me anima mucho.
—Cállate y camina.
Con pasos lentos y tambaleantes, llegaron al porche de la casa. Ella lo empujó hacia una silla junto a la mesa, dejando caer su peso como si fuera una bolsa de harina.
—Quédate ahí —dijo, señalándolo con un dedo antes de desaparecer hacia otra habitación—. Y si intentas morir en mi cocina, te juro que te arrastro afuera.
Arthur dejó caer la cabeza contra el respaldo de la silla, exhalando profundamente mientras el calor del interior comenzaba a aliviar el frío que llevaba en los huesos.
Afuera, la lluvia seguía cayendo, y aunque Tahití seguía siendo un delirio de mangos e iguanas, por primera vez en mucho tiempo, Arthur sintió que no estaba tan perdido.
La tormenta continuaba afuera, pero dentro de la cocina, el calor de la chimenea apenas comenzaba a deshacer el frío que Arthur sentía en los huesos. Estaba sentado en una silla vieja que crujía con cada movimiento, inclinado hacia adelante mientras su mano buena descansaba sobre la mesa. Su cuerpo estaba al límite, y el dolor en el hombro latía con una persistencia que parecía burlarse de su intento de mantenerse consciente.
Ella se movía con precisión alrededor de la cocina, dejando caer cosas sobre la mesa con brusquedad: una botella de alcohol, un paño, un rollo de hilo. Su expresión no mostraba ni una pizca de compasión, solo eficiencia fría.
—Esto va a doler —dijo sin mirarlo mientras empapaba el paño con alcohol.
Arthur levantó apenas la cabeza, esbozando una sonrisa que apenas llegó a formarse.
—No sería la primera vez.
Ella bufó, colocándose frente a él con el paño en la mano.
—Quédate quieto.
Presionó el paño contra la herida sin esperar un movimiento de asentimiento. El ardor recorrió el hombro de Arthur como un latigazo, arrancándole un gruñido bajo que resonó en la cocina.
—Siempre tan amable… —murmuró entre dientes.
—Tienes suerte de que me importe más no tener un cadáver en mi casa que lo amable que puedo ser.
El silencio se instaló entre ellos, roto solo por el crujido de la chimenea y los pequeños ruidos de Ella mientras preparaba la aguja. Arthur cerró los ojos, dejándose llevar por un momento de calma artificial antes de que la aguja atravesara su piel.
El cansancio hacía que sus pensamientos se filtraran hacia lugares donde no quería estar. No podía evitarlo. Todo lo que había pasado en las últimas semanas lo seguía como un fantasma: los disparos en Blackwater, el caos, la traición. Las palabras de Dutch, esa promesa de un plan perfecto que lo resolvería todo. Y ahora estaba ahí, tirado en una cocina desconocida, dependiendo de una mujer que claramente no tenía intención de salvarlo por bondad.
Ella empezó a coser la herida con movimientos rápidos y precisos.
—No te muevas. Esto va a ser peor si haces algo estúpido.
Arthur soltó un resoplido, aunque el movimiento le dolió más de lo que esperaba.
—Esa frase me suena familiar. Creo que me la han dicho antes... muchas veces.
—No me sorprende, —replicó ella, sin levantar la vista—. Tienes toda la pinta de alguien que no sabe cuándo dejar de hacer estupideces.
Arthur rió, pero su risa fue amarga, apagada.
—Supongo que tienes razón.
La aguja atravesó su piel con otro tirón, y Arthur apretó los dientes mientras sus pensamientos seguían vagando.
—Solíamos tener un plan… —murmuró, más para sí mismo que para ella.
Ella levantó la vista apenas un segundo antes de volver a concentrarse en lo que hacía.
—¿Qué?
Arthur parpadeó, como si recién se diera cuenta de que había hablado en voz alta.
—Nada.
—No suena a nada, —dijo ella, entrecerrando los ojos mientras tiraba del hilo—. Si tienes algo que decir, hazlo rápido. No me gusta trabajar en silencio incómodo.
Arthur dejó escapar una risa breve que sonó más a una exhalación amarga.
—Solíamos tener un plan. Robar a los ricos, ayudar a los nuestros, vivir libres… o algo así.
Ella arqueó una ceja, sin dejar de coser.
—¿Y cómo resultó ese brillante plan? Porque por lo que veo, terminaste sangrando en la mesa de una desconocida.
Arthur negó con la cabeza lentamente, dejando que las palabras de ella rebotaran en su mente.
—Resultó como todos los planes de Dutch. Lleno de promesas bonitas y un montón de… bueno, ya sabes.
Ella lo miró, deteniéndose por un momento antes de continuar con las suturas.
—Ah, ya entiendo. Un líder con muchas palabras y pocas respuestas. He conocido a varios. Todos igual de inútiles.
Arthur no respondió de inmediato. Cerró los ojos, dejando que el cansancio se filtrara en cada rincón de su cuerpo.
—Mangos e iguanas. Eso es lo que promete ahora. Un paraíso en Tahití.
Ella soltó una risa seca, aunque su expresión seguía siendo seria.
—¿Tahití? ¿Mangos? ¿De qué demonios hablas?
—Nada. Olvídalo. —Arthur alzó la vista lo suficiente para mirarla, pero sus ojos parecían perderse en algún punto más allá de la habitación.
Ella suspira —Si sigues el discurso de un idiota, terminas en el mismo lugar que él. Es algo que aprendí hace mucho.
Arthur la miró, con una leve sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Quizá deberías haberme dicho eso antes.
Ella dejó el paño sobre la mesa y se cruzó de brazos, evaluándolo con la misma mirada calculadora que tenía desde el principio.
—No me pagan por salvar idiotas. Pero si te mueres aquí, sí será mi problema. —Hizo una pausa y señaló hacia la ventana—. Y hablando de problemas, tu caballo no está en mejor estado que tú.
Arthur levantó la cabeza con esfuerzo, con el ceño fruncido.
—¿Qué le pasa?
—Cojea como si hubiera peleado con un tren. Si quieres largarte de aquí, necesitas asegurarte de que no se muera primero.
Arthur soltó un suspiro, dejando caer la cabeza hacia adelante.
—Supongo que eso significa que no me voy esta noche.
—Significa que tienes un día para resolverlo. Uno. —Ella tomó el botiquín y comenzó a guardarlo.
Arthur la observó en silencio por un momento, sintiendo el peso de su situación como si fueran ladrillos sobre su pecho.
—Gracias… por no dejar que me muera.
La mujer lo miró desde la puerta, con una expresión que no revelaba nada.
—No lo agradezcas todavía. Solo asegúrate de no arruinar mi paciencia más de lo que ya lo hiciste.
Ella salió con pasos firmes, y Arthur la perdió de vista por un instante. A los pocos minutos volvió a aparecer en la cocina, trayendo consigo un pantalón y una camisa de hombre algo viejos, pero secos. Los dejó caer sobre la mesa con un ruido sordo.
—Toma —dijo, sin más explicaciones—. Para que no ensucies toda mi casa con tu ropa empapada.
Arthur, con el cuerpo aún pesado por el cansancio, apenas esbozó una mueca. No estaba acostumbrado a que alguien lo mandara de aquí para allá, pero tampoco tenía demasiadas fuerzas para replicar.
—¿Hay algún lugar donde pueda cambiarme? —preguntó al fin, mirando de soslayo las prendas.
—El cuarto al fondo —respondió ella, señalando con la barbilla—. No te pongas cómodo, no será por mucho tiempo.
Arthur se levantó, notando otra vez el tirón en el hombro. Con un leve quejido se encaminó hacia la puerta que la mujer había indicado. Era una habitación pequeña, con muebles escasos: una mesa de noche y un catre que crujía al pisarlo. Soltó un suspiro hastiado, se desabrochó la camisa mojada y la dejó caer al suelo.
—Bien, Morgan, no morirás hoy, pero tampoco es que estés para dar saltos —murmuró para sí, incorporando con cuidado el brazo herido.
Comenzó a probarse la ropa que ella le había traído. El pantalón le quedó algo ancho, pero tenía un cinturón que serviría para ajustar. La camisa, en cambio, quedó apenas justa en los hombros, algo incómodo, aunque mejor que empaparse la herida con su ropa mojada. Dejó lo demás a un lado y echó un vistazo fugaz al espejo roto que colgaba de la pared. Se vio desaliñado, con el pelo aplastado por la lluvia, las marcas de la herida asomando bajo el vendaje.
—Pues ya he estado peor —masculló con un rastro de su acostumbrada ironía.
Cuando terminó, recogió sus cosas del piso—pistola, cuchillo y la camisa empapada— y volvió a la cocina. Lo primero que notó fue a la mujer inclinada sobre sus pertenencias, revisando su vieja bolsa. Arthur parpadeó al ver cómo ella sacaba su cuaderno y lo ojeaba, pasando las páginas mojadas con cuidado.
—Eh… —dijo él con un hilo de voz ronca—. Ese es mio señorita.
Ella alzó la vista. No lo soltó de inmediato; se quedó con la mano encima de la libreta, sin alterarse.
—Solo revisaba que no terminara hecho un estropajo.
Arthur avanzó un par de pasos. Le sorprendió no sentir en ella un tono demasiado hostil esta vez.
—No es nada interesante —añadió, mientras extendía la mano para que se lo devolviera—. Pero preferiría que no lo leas.
—No es que me interese lo que escribes —dijo ella, encogiéndose de hombros|, sin embargo sus ojos escaneaban el cuaderno con interés—. Solo me aseguraba de que no quedara todo empapado.
Arthur asintió, sin saber si era un alivio o un nuevo motivo para sentirse molesto. Guardó su diario y comprobó que algunas páginas estuvieran todavía legibles. Había dibujos, notas y apuntes que guardaban sus pensamientos más íntimos. No le hacía gracia que otra persona los manoseara.
—Gracias por… cuidar que no se arruinara —murmuró, incapaz de sonar cordial, pero tampoco con ganas de pelear.
—Te lo dije: si te mueres aquí, tendré que cargar con tu cadáver, y no me gusta cargar con cadáveres.
Arthur pudo leer un leve matiz de fastidio en su voz, pero nada que se pareciera a compasión. Dejó su diario sobre la mesa y la miró con una media sonrisa que intentó suavizar el ambiente.
—Esta ropa tampoco es tan cómoda, pero al menos no está empapada. Ya encontraré otra para no dejarte sin tu guardarropa de… hombre —bromeó, en parte para tantear su reacción. La mujer ladeó la cabeza, cruzándose de brazos.
—Tenía un puñado de camisas viejas por ahí. No me preguntes de quién eran.
Arthur se encogió de hombros. Tampoco estaba en posición de exigir. Mientras ella volvía la mirada al botiquín y a los restos del vendaje, él se quedó allí, sosteniendo su sombrero mojado y sintiendo el leve tirón de la herida con cada respiración.
—Mañana veré cómo está mi caballo —dijo al fin—. Antes de irme, quiero asegurarme de que puede caminar. No pienso ir a rastras.
—Eso dije yo —replicó ella—. Tienes un día, Morgan.
No le gustaba quedarse en deuda con nadie, y aunque esta mujer no parecía el tipo que esperara agradecimientos, había algo que le picaba la curiosidad.
—Oye... —dijo, con voz rasposa, como si le costara el solo hecho de hablar—. No te lo he preguntado, pero ¿cómo te llamas?
Mika no dejó de moverse, buscando algo en la estufa, como si la pregunta fuera lo menos importante del mundo. Pero Arthur notó que un leve gesto le cruzó la cara antes de que respondiera.
—Mika —respondió, sin mirarlo.
Arthur se despidió con un leve asentimiento y se retiró unos pasos. Lanzó un último vistazo al diario mojado, rezando en silencio porque las páginas no se echaran a perder por completo. Y aunque su cuerpo pedía reposo, se obligó a mantenerse alerta. Aquella mujer, con su carácter duro, le había dado un techo, pero no se fiaba del todo. —Supongo que con un día bastará.
Ella no le dedicó otra palabra. Se limitó a desviar la vista y revisar el botiquín. Arthur se llevó un cigarro a la boca y empezó a buscar cerillas. El olor de la leña vieja y la tensión en el ambiente le recordaron a esas noches de campamento con la banda, cuando Dutch pretendía que eran invencibles. Al final, no encendió el cigarro. Con un leve suspiro, decidió que lo mejor era no tentar más la paciencia de su anfitriona.
—Descansaré en el cuarto de antes —informó de forma escueta—. Que tengas buena noche… o lo que sea.
Sin esperar respuesta, salió rumbo al catre. Lo oía todo en la cocina: el murmullo de la lluvia escurriendo por las rendijas, los pasos de la dueña de la granja, y el leve crujir de las hojas mojadas de su diario mientras ella lo acomodaba en la mesa. Se quedó con la sensación de que al día siguiente tendría que lidiar no solo con su caballo cojo, sino también con la desconfianza, y quizá la curiosidad, de esa mujer que no dejaba entrever nada más que brusquedad.
Aun así, se sintió un poco más tranquilo sabiendo que, al menos por esa noche, no moriría de frío o desangrado en mitad de ningún camino. En cierto modo, le sacó una pequeña risa amarga. Si su vieja banda lo viera ahora, pensó que bien podrían burlarse de él por necesitar la caridad de una desconocida tan reacia. Pero tal vez esto fuera mejor que un disparo en la cabeza. Agotado, se desplomó en la cama, intentando ignorar el dolor. Apretó los dientes un segundo, soltó el aire con resignación y se abandonó a un sueño inquieto, con la firme idea de levantarse en cuanto el sol iluminara la granja. No quería abusar más de la paciencia de su peculiar salvadora, y mucho menos arriesgarse a que siguiera hurgando en su diario con esas manos curiosas.
----- CHAPTER BREAK -----
El sol tembló en el horizonte antes de atreverse a nacer sobre la granja. Para Arthur Morgan, la noche había sido larga y agitada. Aun así, cuando abrió los ojos, notó que un rayo de luz pálido entraba por la ventana polvorienta, dibujando un rectángulo amarillento sobre el suelo de madera. El viento arreciaba en el exterior, encabritando las ramas del único árbol que quedaba en pie cerca de la casa.
Arthur parpadeó varias veces. Sentía la garganta seca, los labios agrietados y un dolor punzante en el hombro, ese recordatorio incesante de que la vida se le escapaba lentamente entre cada puntada y cada espasmo de carne rota. La herida estaba ahí, bajo los vendajes, como una serpiente enroscada que esperaba el mínimo descuido para morder de nuevo. Tratando de ignorar el ardor, se incorporó con lentitud, saliendo lentamente de la habitación, cada articulación rechinando como el armazón de un carromato viejo.
Tocó con cuidado el vendaje que Mika, esa mujer hosca y parca que lo había rescatado a regañadientes, le había cosido durante la noche. La sangre no había manchado demasiado la venda, lo que era buena señal. Aun así, algo en su interior le decía que la herida no estaba tan cerrada como se veía. Había tenido demasiados años para aprender cómo dolía una herida cuando no iba bien.
Miró alrededor. La cocina se había transformado en un territorio de tregua, un escenario improvisado para su recuperación. La mesa de madera estaba prácticamente vacía, a excepción de un plato con restos de sopa fría y un par de utensilios metálicos. Un brasero junto al fogón humeaba sin llama, indicando que la noche había sido lo bastante fría como para encenderlo, pero no lo bastante larga como para que continuara la brasa. Afuera, el amanecer parecía un intruso tímido, temeroso de irrumpir en esa calma que, él lo presentía, escondía dientes afilados.
Arthur inhaló despacio, sintiendo cómo el aire fresco le aclaraba la mente. Pensó en Dutch, en Tahití, otra vez,
en esa promesa irónica de “mangos e iguanas” que comenzaba a parecerle más un delirio que una esperanza. Recordó, con una punzada de amargura, la voz de Micah alabando el plan, animando con vehemencia. “Será fácil, Arthur. Solo un último golpe y estamos hechos. Y luego, ¡Tahití!” Pero la realidad era la que se desplegaba ante sus ojos: él, sin apenas fuerzas, en una casa extraña, protegido por una mujer que no confiaba en nadie… y lo poco que quedaba de su caballo herido en el granero.
—Veo que al menos has sobrevivido hasta el amanecer —dijo una voz desde la puerta.
Arthur levantó la mirada. Mika entraba a la casa, con el cabello revuelto y la camisa empapada en sudor. Había salido a revisar el ganado —o lo poco que tenía— y un par de gallinas escuálidas que picoteaban en el lodo. Su tono era seco, pero no agresivo: más bien, sonaba a resignación. Tardó unos segundos antes de que se acercara con un cuenco de metal en la mano.
—Pensé que tal vez te habrías muerto durante la noche —añadió, pasando junto a él, tomando un cuenco y ofreciéndoselo—. Sería menos trabajo para mí.
Arthur se sentó y
bajó la mirada a lo que ella le ofrecía. Agua tibia y algo turbia, pero agua al fin y al cabo. Sin embargo, esa hospitalidad áspera tenía un trasfondo que él apenas entendía. La observó sin reproche y se encogió de hombros… o intentó hacerlo. Un latigazo de dolor le recorrió la clavícula, recordándole que ese tipo de gestos eran lujos que ya no podía permitirse.
—Gracias —murmuró, tomando el cuenco con la mano buena. Apretó los labios antes de beber con lentitud. El líquido le supo a oxígeno. Quizá fuera mera ilusión, pero por un instante pensó que su cuerpo se recomponía con cada sorbo.
Mika se cruzó de brazos, sin apartar la vista de él.
—Necesito que me digas la verdad, Morgan. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte arrastrando los pies aquí? Me has traído problemas, y ya viste anoche que los Pinkerton no se andan con sutilezas.
Arthur dejó el cuenco y la miró, tratando de ignorar el escozor del hombro. Había algo en su expresión que era puro desafío. Había una pizca de temor allí, escondida tras su determinación, como si Mika supiera que la paz no duraría mucho y que el único responsable de esa amenaza era él.
—Te aseguro que no quiero quedarme más de lo necesario —respondió Arthur con voz ronca—. Pero mi caballo… no está en condiciones. Y supongo que yo tampoco.
La mención de su caballo ,ese compañero de tantas rutas polvorientas, de tantos atracos y huidas, encogió un poco el pecho de Arthur. La noche anterior apenas se había ocupado de él: el dolor, las balas de los Pinkerton habían dominado la escena. Ahora se daba cuenta de que, con suerte, el animal podría sobrevivir un día más. O tal vez no.
Mika se pasó la mano por la nuca, suspirando.
—Fui a echar un vistazo al granero. No creo que resista, Morgan. Se ve muy débil, tiene la pata mal, el lomo en carne viva… y con este lodo, cualquier herida se infecta. Necesita reposo. Y aunque descansara, dudo que se levante con firmeza. Además, ayer casi muere de puro miedo cuando los Pinkerton forzaron la puerta.
Arthur asintió, tratando de no dejar que la angustia lo dominara. Estaba harto de ver la muerte de cerca. En Blackwater, en las carreteras heladas, en los bosques repletos de bestias, y ahora, un compañero fiel agonizando por culpa de las balas que le habían rozado y por las jornadas extenuantes. La vida, pensó, es un círculo vicioso que no se conmueve ante nada.
—Gracias por revisarlo —dijo con un hilo de voz—. Tendré que ocuparme de él…
Mika ladeó la cabeza, suspirando.
—No es asunto mío, pero creo que lo mejor sería que lo sacrificáramos. Dejarlo así… es cruel. No podrá levantarse y, aunque lo hiciera, difícilmente te llevaría a ninguna parte.
Arthur sintió que algo se le endurecía en el pecho. Evocó los ojos del animal, esos mismos que lo habían acompañado en fugas imposibles y caminos polvorientos. Pero la cruda verdad era innegable. No había salida para ese caballo, ni un milagro a la vista. Quizá la redención fuera un sueño que no existía ni para los animales inocentes.
—Lo sé —respondió tras un silencio largo—. Pero dame un par de minutos, ¿si?
Mika se encogió de hombros y salió sin decir nada más. El sol siguió su ascenso, ganando firmeza sobre el techo a medio destartalar de la casa. Arthur tomó un segundo para acomodarse, juntar las fuerzas que le quedaban y levantarse, apoyándose con cuidado en la mesa. Sus pasos eran torpes, pero logró atravesar la cocina, el pasillo estrecho y llegar a la puerta trasera. El aire le golpeó el rostro: un aire frío, cargado de los últimos rastros de la tormenta nocturna.
Cruzó el tramo que separaba la casa del granero, sintiendo cada piedrecilla clavarse en sus botas desgastadas. Su respiración se volvió un murmullo irregular cuando abrió la puerta medio rota y vio a su caballo echado en la paja húmeda. El animal respiraba con dificultad, como si cada inhalación fuera una prueba. Al notar la presencia de Arthur, intentó alzar un poco la cabeza, pero no pudo sostener el gesto y gimió, cerrando los ojos a medias.
Arthur se arrodilló a su lado. El hombro protestó con furor, punzando y lanzándole descargas de dolor que lo hicieron apretar los dientes. Pasó la mano buena por el lomo del animal, notando que el pelaje se tornaba áspero y la piel ardía por la fiebre.
—Lo siento, amigo —susurró. No había gran consuelo en esas palabras, pero necesitaba decir algo. El caballo no podía entenderlas, y aun así, quizá sí percibía el tono de angustia en la voz de su jinete.
—Lo siento por haberte arrastrado a este infierno —repitió, cerrando los ojos. Sintió que el dolor se mezclaba con la rabia, con la impotencia, con el cansancio de una vida de pistolero y forajido, donde ningún final era realmente feliz.
Se quedó así un rato, oyendo los soplidos débiles del caballo y, en su memoria, la voz lejana de Dutch que clamaba una nueva huida, una nueva promesa. “¡Un golpe más, Arthur, solo uno! ¡Después viviremos libres, mi amigo!” Pero esa libertad era tan falsa como la que ahora tenía su caballo: tumbado, sin fuerza, esperando el fin. La libertad se había convertido en un espejismo que los mantenía corriendo sin dirección.
—Arthur.
La voz de Mika llegó desde el umbral. Él se giró con lentitud. Había algo distinto en su mirada: aunque su tono seguía siendo áspero, sus ojos reflejaban una comprensión silenciosa.
—He traído esto —dijo, mostrándole un viejo revólver. Su mano tembló apenas un segundo—. Está cargado. Tú decides.
El corazón de Arthur latió con fuerza. Sintió la presión en la garganta, y no supo si era rabia, tristeza o dolor físico. Tomó el arma con la mano que le quedaba más firme. El caballo, mientras tanto, se removió inquieto, como si presintiera la última sombra en el aire.
—¿Quieres que te ayude? —preguntó ella, con la vista clavada en la escena.
Arthur tragó saliva. Le habría gustado no hacerlo, no ser él quien tuviera que poner ese punto final. Pero era su responsabilidad, su culpa por haber arrastrado al animal a una vida violenta y sin arraigo.
—No, deja que lo haga yo —murmuró, mirando a su viejo compañero.
Mika se apartó, dejando que Arthur se acomodara. El hombre alzó el revólver, intentando apuntar con precisión a la cabeza del caballo para no prolongar el sufrimiento. La mano le tembló, el dolor del hombro repiqueteó con furia, y un escalofrío de náusea le atravesó las entrañas.
El disparo resonó en el granero como un trueno tardío. El caballo dejó salir un último resuello, y Arthur sintió que el eco de ese sonido le taladraba el pecho. Por un segundo, el mundo pareció vaciarse de todo ruido, salvo del pitido en sus oídos.
—Maldita sea… —murmuró, apretando los labios con rabia. No sabía a quién maldecía: a sí mismo, a Dutch, a los Pinkerton, a la vida entera.
La mano que empuñaba el revólver cayó sin fuerzas, y Arthur tragó aire con dificultad. Notó que el olor a pólvora se mezclaba con la humedad del heno, creando un aroma a muerte y lluvia estancada. Se quedó arrodillado, mirando el cuerpo sin vida de su caballo, sin saber cómo lidiar con un dolor que hacía tiempo había dejado de asombrarlo.
Mika dio un paso adelante, recogiendo el arma con cuidado. No dijo una palabra. Las emociones se condensaban en el aire, y tal vez cualquier frase hubiera resultado una profanación de ese momento.
Pasaron varios minutos antes de que ella hablara de nuevo:
—Podemos enterrarlo. Hay un terreno atrás, cerca del viejo roble.
Arthur la miró y asintió con la cabeza. Ni siquiera podía pronunciar un “gracias” en ese instante. Su garganta se sentía sellada, como si algo en su interior se hubiese roto y no pudiera recomponerse.
Enterrar a un animal grande no era tarea fácil, y menos con los recursos limitados de esa granja desvencijada. El sol, que había comenzado como una promesa tibia, se alzó firme, castigando la tierra con un calor inesperado para esa época del año. El cielo se había despejado, y un viento ligero se llevaba los restos de la tormenta, dejando atrás charcos y barro pegajoso.
Mika trajo dos palas y se las entregó a Arthur. Él tomó una con su mano buena mientras intentaba no mover el hombro herido. Sin embargo, con cada paletada que hundía en la tierra, sentía punzadas de dolor que le subían por el brazo y le bailaban en la nuca. La herida, que había permanecido cerrada o al menos cauterizada, no tardó en supurar. Primero una mancha pequeña en el vendaje, luego un hilo rojo que se hizo más evidente.
—Oye —dijo ella—, para un segundo.
Arthur se detuvo, sudando y jadeando. Dejó caer la pala, clavándola en la tierra removida. Al mirar el vendaje, notó el color carmesí que se expandía.
—Maldición… —susurró. Sintió que la vista se le nublaba por un instante.
Mika chasqueó la lengua, arrugando el ceño.
—Te dije que no exageraras con el trabajo. Así no va a cerrar nunca esa herida. Si quieres cavar una tumba, al menos no te entierres con tu caballo, ¿entendido?
Había un tinte de reproche en sus palabras, pero también una cautela, como si no quisiera admitir que le importaba lo que ocurriera con él. Arthur asintió, soltando un leve gruñido de frustración. Detestaba sentirse débil, como si necesitara compasión.
—Toma —ella se acercó, ofreciéndole un trapo para limpiarse el sudor y la sangre—. Deja que haga yo la mayor parte.
Arthur quiso protestar, pero se dio cuenta de que no era momento de orgullo. Se hizo a un lado, apoyándose en un tronco caído y presionando con cuidado el vendaje. Observó cómo ella se inclinaba sobre la tumba y arrojaba paladas constantes de tierra. Era más fuerte de lo que parecía a primera vista, o tal vez la rabia contenida la impulsaba.
Los minutos se alargaron en un silencio solo interrumpido por el jadeo de ambos y el castañeteo del metal contra la tierra. Cuando el hoyo estuvo lo bastante profundo, arrastraron el cuerpo sin vida del caballo hasta allí. Arthur contuvo la respiración: era la última despedida para un compañero que había cruzado llanuras, esquivado balas y cabalgado con él en noches en las que la luna les servía de única guía.
Mientras arrojaban la primera capa de tierra sobre el animal, Arthur sintió una punzada en el pecho. Quería rezar, decir algo, cualquier palabra que diera un poco de dignidad a ese final. Pero no salió nada de su boca. Solo un nudo amargo que le rasgaba la garganta y el hombro herido clamando venganza contra él.
Poco a poco, el caballo desapareció bajo la tierra, dejando en la superficie un montículo informe. El silencio del campo era casi sacrílego en ese momento. La brisa agitó algunas hojas secas junto al viejo roble, cuya sombra proyectaba siluetas irregulares sobre el montículo recién formado.
—Lo siento —murmuró Mika, sin mirarlo. No se supo si lo decía por el caballo o por la herida abierta de Arthur.
Arthur limpió el sudor de su frente, conteniendo una mueca de dolor.
—No tenías que ayudarme.
—No es que lo hiciera por ti, Morgan —respondió con un deje de ironía—. Solo quería que no siguiera ahí, pudriéndose cerca de mi granero. Además, el olor hubiera llamado a los carroñeros.
Él no respondió. Estaba demasiado cansado para mantener otro intercambio de sarcasmos. En su cabeza resonaba una sola pregunta: “¿Y ahora qué?”.
Ambos volvieron a la casa. Arthur, empapado en sudor, se dejó caer en la silla de la cocina. El hombro sangraba otra vez, oscureciendo el vendaje con una mancha creciente. Mika lo notó, pero no dio muestras de pánico; ya había lidiado con heridas antes.
—Quítate la camisa —ordenó, sacando el botiquín que había dejado en la repisa—. Necesitamos ver si el hilo se soltó.
Arthur, sin energías para discutir, desabotonó la camisa de forma torpe. Su mano temblaba, y la tela se le pegaba a la piel por la sangre y el sudor. Cuando logró retirarla, Mika examinó la herida con el ceño fruncido. El hilo que había usado para coser la carne estaba suelto en una sección, y la piel se veía enrojecida, con un brillo húmedo que auguraba infección.
—Esto tiene mala pinta —sentenció. Arrojó la camisa a un rincón—. Se abrió por cavar, y tal vez por el esfuerzo de arrastrar al caballo.
Arthur tensó la mandíbula. Cada palabra que ella pronunciaba era una confirmación de lo que ya sentía: su cuerpo le estaba pasando factura.
—Podemos volver a coser —dijo ella—. Y poner un poco de alcohol. Pero si la fiebre sube, lo siguiente será buscar medicinas, y no sé si las tengo.
Él asintió con pesadez.
—Haz lo que tengas que hacer —murmuró, cerrando los ojos. Tenía la visión nublada por el agotamiento y la rabia contra sí mismo.
La mujer preparó un paño limpio y la botella de alcohol. Antes de que iniciara, Arthur le hizo una seña de espera y tomó un trago largo de whisky de una botella que había sobre la mesa. Sabía que no era la cura, pero, al menos, embotaría un poco el dolor. Mika lo dejó beber, quizás apiadándose de que el hombre necesitaba ese refugio efímero.
La aguja penetró la carne, atravesándola con precisión ruda. Arthur apretó los dientes, luchando por no soltar un grito que se le agolpaba en la garganta. La mano de Mika, firme, hilvanó la herida sin detenerse a consolarlo, pero tampoco con saña. Era una frialdad que Arthur agradeció.
Cuando terminó, Mika limpió la sangre, colocó un nuevo vendaje y se quedó mirando la herida con ojos críticos.
—Ahora descansa. Si vuelves a esforzarte, terminarás por morir desangrado. Y como ya te dije, no tengo tiempo para arrastrar cadáveres.
Arthur esbozó una mueca a modo de sonrisa, que se volvió un rictus de fatiga.
—Tendré cuidado. Gracias…
—Shh —lo interrumpió ella, levantando una mano—. No lo hago por ti, solo para evitar problemas. Ahora cállate y duerme un poco.
Él no tuvo fuerzas para contradecirla. Sintió que los párpados le pesaban, y la cabeza le daba vueltas. Se dejó llevar, apoyando la frente en la mesa, con la respiración irregular. La última imagen que tuvo antes de perderse fue la figura de Mika guardando los implementos y apagando el brasero, mientras a lo lejos un cuervo solitario graznaba sobre la tumba fresca del caballo.
El sueño de Arthur fue convulso. Volvió a escuchar los disparos de Blackwater, el tableteo de balas sobre los muelles, la neblina de pólvora cubriéndolo todo. Vio a John Marston con el rostro tenso, a Charles y Sadie forcejeando en medio del caos, gritando que corrieran. Sintió la mano de Hosea en su hombro, pidiéndole que pensara con la cabeza, que no se dejara arrastrar por la desesperación. Y por encima de todos, la voz implacable de Dutch, urgándolo a "confiar, confiar en el plan," mientras Micah reía de manera enfermiza ante la destrucción.
Luego, un fogonazo: la bala que le atravesó el hombro le sacó de golpe del sueño, haciéndolo despertar sudoroso y con el corazón al galope.
—Ugh —gimió, sentándose de golpe en el catre, miró alrededor dándose cuenta que ya no estaba
en la mesa de la cocina, Mika lo habría arrastrado hasta aquí. Había dormido un par de horas, a juzgar por la inclinación de la luz que entraba por la ventana. Sudaba frío, y el corazón le latía como un tambor. Se pasó la mano por la frente, sintiendo la humedad que corría como un río turbio. Al menos, la herida parecía no sangrar de nuevo, o así lo creía.
—¿Te divertiste soñando con tus demonios?
Mika estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados. Lo miraba como se mira a una criatura impredecible que podría atacar o caer redonda en cualquier momento.
—Debes comer algo —añadió, casi como una orden. Le tendió un plato con un caldo humeante—. No quiero que te me mueras, recuerda.
Arthur tomó la cuchara con mano temblorosa, sorbiendo el caldo a intervalos lentos. El sabor era simple y salado, pero le supo a gloria.
—¿Qué hora es? —preguntó, tras un par de bocados.
—Debe de ser media tarde —respondió ella—. He salido a revisar el perímetro. No vi señales de los Pinkerton, pero no me fío. Antes se movieron en grupo, quizás ahora anden fisgoneando por ahí.
—Mejor estar preparados. —dijo, intentando erguirse en la silla—. Aunque no sé qué tanto pueda pelear yo ahora.
—Prefiero que no pelees en mi casa —replicó ella con sequedad—. Es lo último que necesito.
Las horas posteriores transcurrieron en una aparente serenidad. Arthur logró mantenerse despierto, pero cada paso le costaba un mundo. Intentó ayudar a Mika con algunas tareas mínimas: limpiar los restos de la puerta del granero que los Pinkerton habían reventado, recoger un par de herramientas que habían quedado esparcidas tras la visita forzosa. Sin embargo, cualquier esfuerzo ponía su herida al filo de la abertura nuevamente.
A simple vista, podía parecer un día normal en la granja, pero la tensión se sentía en el aire, como si tanto Arthur como Mika supieran que esa "calma" era apenas un velo delgado cubriendo colmillos listos para morder.
De vez en cuando, Arthur echaba miradas furtivas al camino polvoriento que llevaba a Strawberry. Recordaba las palabras de John: "Los Pinkerton no van a soltar el rastro tan fácilmente." Y tenía razón. No sabía cuánto tardarían en volver, pero su instinto le decía que no habrían desistido. El recuerdo de esos hombres hurgando en el granero le revolvió el estómago.
—Si vas a quedarte unos días más —dijo Mika, acercándose con paso enérgico—, necesito que sepas algo. No soy enfermera, no soy posadera. Yo vivo aquí, aparte de todo y de todos, porque he visto lo que la gente hace cuando el mundo se les pone difícil. No pienses que voy a ser tu protectora ni nada parecido.
Arthur aceptó la mirada recelosa.
—Lo entiendo. De verdad. Apenas esté recuperado, me marcharé. No quiero ponerte en peligro.
Ella arqueó una ceja, escudriñándolo. Parecía querer creerle, aunque existía esa capa de desconfianza de la que no era fácil desprenderse.
—Bien. Ahora descansa. O ve a echar un vistazo al corral, si puedes aguantarlo. Es lo único que necesitas hacer para pagar parte de lo que has roto —se quejó, en referencia a la puerta.
Arthur se incorporó lentamente. Sintió el hombro arder, pero no dijo nada. Salió al corral. El corazón todavía le palpitaba acelerado, y la fiebre, quizá, le empapaba la espalda. Sin embargo, necesitaba mantenerse en movimiento. En la banda, siempre se decía que "un forajido que no se mueve es un forajido muerto". Pero en ese momento, moverse le costaba la vida.
El corral era pequeño, con algunas tablas rotas y una cerca improvisada a base de troncos. Solo vio un par de cabras y un cerdo que hozaba en el barro. Observó que había un par de herramientas tiradas por ahí: un rastrillo, un viejo cubo, un martillo oxidado. Se dispuso a organizar algo, si es que se podía llamar "organizar" a levantar desechos y apilarlos en un rincón.
Se distrajo unos minutos, tratando de no pensar en su hombro ni en su caballo ya sepultado. Pero el dolor no cesaba, y la herida parecía palpitar. Un hilo de sudor helado le bajó por la sien.
"Será mejor que pare antes de que me desmaye.", se dijo. Dio un paso atrás, respirando hondo, cuando una voz a su espalda le heló la sangre:
—¡Quieto! ¡Alto ahí!
Arthur se giró, la adrenalina golpeándole el pecho. Un hombre alto, fornido, con un rifle entre las manos, lo apuntaba desde la valla que daba al camino principal. Sus ropas estaban manchadas de barro y llevaba un distintivo en la pechera.
Pinkerton.
Arthur sintió cómo todo su cuerpo se tensaba de golpe. No tenía su revólver a mano; lo había dejado dentro porque no confiaba en su propia fuerza para empuñarlo. Estaba atrapado. Su única opción era la astucia.
—¿Quién eres tú? —gruñó el hombre, ladeando la cabeza—. ¿Eres el propietario de este lugar?
Arthur fingió más calma de la que sentía. Aun así, su voz salió rasposa: —No. Solo... estoy cuidando unos animales. El dueño me contrató por unos días. ¿Buscas a alguien?
El agente entrecerró los ojos, notando su apariencia desaliñada. Sin embargo, algo en la actitud de Arthur pudo haberlo confundido. El hombre levantó el rifle con más firmeza, pero no disparó.
—Estamos buscando a un forajido herido que huyó de la ley. Sabemos que merodeó esta zona.
Arthur alzó las manos en son de paz, intentando que el vendaje quedara medio oculto.
—No he visto a nadie así. El dueño de la granja me dejó cuidar a las cabras mientras él va a Strawberry por provisiones.
El Pinkerton frunció el ceño, examinándolo. Detrás de él aparecieron otros dos hombres, también armados. La tensión era insoportable. Arthur sintió cómo su corazón martillaba las costillas, y un hilo de sudor le resbalaba por la nuca. Si se fijaban demasiado en su rostro, lo reconocerían. Si se percataban de la herida, sabrían que él era el prófugo. Pero los hombres parecían más preocupados por encontrar indicios claros de un criminal que por analizar a un peón mugriento recogiendo trastos en un corral.
—¿Estás seguro de que aquí no hay nadie más? —insistió el líder, con un deje de desconfianza.
Arthur recordó las mil veces que él mismo había mentido a la ley, a los marshals y a cualquiera que se interpusiera. "Sigue tu instinto, sé natural," se repitió. Aun así, notó que la voz le temblaba un poco:
—Nadie más, señor. Podrían revisar la casa si quieren, aunque... no es mi propiedad. A mí solo me pagan por cuidar los animales y recoger el lugar.
El Pinkerton dudó un segundo. Observó la casa, cuyo frente lucía tranquilo. Vio una cortina moverse ligeramente, sin saber que Mika estaba adentro, probablemente apuntando con el rifle por si algo salía mal. Pero no avanzó.
—¿Cómo te llamas?
"Piensa rápido, Arthur," se dijo. Tartamudeó apenas un segundo:
—Tacitus Kilgore.
Los otros Pinkerton se movieron, inquietos, escaneando con la mirada el corral y los alrededores. Uno de ellos pateó un cubo, como si esperara encontrar debajo la prueba incriminatoria. Pero solo encontró fango.
—¿Está el dueño en casa? —preguntó otra vez el agente líder.
Arthur tragó saliva.
—No exactamente... Me dejó a cargo —respondió con la mejor cara de campesino confundido que pudo fingir—. Si quieren buscar, adelante, pero dudo que se lleven algo más que un regaño cuando regrese. La mujer no es muy hospitalaria.
Hubo un segundo de silencio. El hombre con el rifle pareció calibrar la situación. Arthur sintió que la fiebre le punzaba en las sienes, y la herida lo escocía, pero se obligó a mantener el gesto firme. Si se desmayaba o titubeaba, estaba perdido.
—Está bien —masculló el Pinkerton—. Revisaremos los alrededores y la parte trasera, y después nos iremos. Pero tú, "Tacitus", más te vale no estar mintiéndonos, o te vas a enterar de lo que es la ley federal.
Arthur asintió, bajando la vista. Sintió un alivio gélido mezclado con el terror de la inminente inspección. Confiaba en que Mika se habría escondido con el rifle y que, con suerte, los agentes no se pondrían a hurgar demasiado.
Los hombres se repartieron. Dos fueron hacia la parte trasera, donde se situaba el granero, y el líder se quedó vigilándolo a él. Arthur respiró hondo. Escuchaba sus pasos en la tierra húmeda, las botas chapoteando en los charcos que la lluvia había dejado. "Espero que no se acerquen demasiado a la tumba," pensó, con un escalofrío. No era probable que les importara un caballo enterrado, pero cualquier detalle podía desatar preguntas.
Tras unos minutos que se hicieron eternos, los otros dos hombres regresaron, negando con la cabeza.
—Nada sospechoso —dijeron.
—¿Has revisado bien el granero? —preguntó el líder, volviendo la cabeza con impaciencia.
—Sí. Nada. Parece que el forajido no está aquí.
El agente con el rifle gruñó una maldición y se volvió hacia Arthur.
—Si ves algo raro, das aviso en la oficina de los Pinkerton en Blackwater. Es tu obligación como buen ciudadano.
Arthur fingió una sonrisa nerviosa.
—Claro... lo haré.
Con esas palabras, los tres Pinkerton se marcharon, montando sus caballos y perdiéndose en el camino polvoriento. Arthur se quedó en mitad del corral, sintiendo que las piernas no le respondían. Se apoyó en la cerca con una mueca de dolor; el hombro palpitaba con furor, reclamando su imprudencia. Pero, por encima de eso, un extraño alivio se derramó por sus venas. Habían vuelto, pero no lo habían descubierto.
Unos segundos más tarde, la puerta de la casa se abrió y salió Mika, aún con el rifle en la mano. Miró alrededor, comprobó que los Pinkerton se habían ido y se acercó a Arthur con pasos rápidos.
—¿Qué pasó? —dijo, notando la palidez en el rostro de él.
Arthur tragó saliva, intentando recomponer la respiración.
—Estuvieron a punto de interrogarme, pero... —se detuvo un segundo, cediendo a un mareo—. Les dije que era un jornalero, y que aquí no había nadie más. Parecían creerme.
Mika miró en dirección al camino. Se veía inquieta, casi furiosa.
—Esto no me gusta. Están rondando demasiado. No van a parar hasta dar contigo.
Arthur hizo un gesto ambiguo. Se sentía a la deriva, como un barco sin ancla. Sin caballo, herido, con la ley tras él y la banda quién sabe dónde. Se quedó en silencio, dándose cuenta de lo cerca que habían estado de descubrirlo. Un paso en falso, un titubeo, y habría acabado con una bala en la cabeza, o encadenado en un calabozo de Strawberry.
—Te salvó la suerte —dijo Mika, y se notaba la tensión en sus hombros—. Pero no confíes en ella. Se agota pronto.
Arthur se encorvó, llevándose la mano al hombro. El vendaje volvía a mancharse ligeramente de sangre. Sintió que el mundo le daba un giro. Su respiración se volvió pesada, forzosa.
—La... herida... —murmuró, con la vista empañada—. Creo que necesito... necesito recostar...
Antes de que pudiera decir algo más, el dolor lo fulminó. Sus rodillas cedieron, y el paisaje se inclinó. Notó que Mika intentaba sostenerlo, aunque con dificultad, mientras él se desplomaba en el barro del corral. Apenas alcanzó a oír su voz:
—¡Hey! ¡Resiste, Arthur! ¡No te me mueras ahora!
El resto se volvió oscuridad.
Entre la fiebre y la duda Arthur flotó en un limbo febril. Escuchaba murmullos de voces lejanas, unas veces era Dutch con su tono carismático y manipulador, otras era la de Hosea, suave y amable, regañándolo con sabiduría. También aparecía John, con su sequedad burlona, pidiéndole que lo cubriera. Pero cada vez, en ese delirio, aparecían los Pinkerton con sus rifles, y él se veía obligado a correr y correr, como un animal acorralado en un camino que no terminaba jamás.
No supo cuánto tiempo pasó sumido en ese pozo de fiebre. Cuando abrió los ojos, se encontró tendido en un camastro improvisado en la sala principal de la casa. Un techo de vigas de madera envejecida se cernía sobre él. Las sombras del atardecer jugueteaban en la pared, dibujando contornos anaranjados.
Mika estaba sentada a su lado, observándolo con una mezcla de fastidio y preocupación. Al notar que despertaba, soltó un suspiro de alivio:
—Creí que tendría que abrirte el cráneo para ver que llevas dentro de la cabeza —soltó con acritud—. Llevas horas delirando.
Arthur tragó con esfuerzo. Tenía la boca seca, la garganta en carne viva. Trató de incorporarse, pero el peso de la fiebre y el dolor en el hombro lo mantuvieron contra el colchón.
—Agua... —logró balbucear.
Mika le acercó una taza, que él bebió con ansia, aunque algunos sorbos se le escaparon por las comisuras de los labios. Arthur dejó la taza a un lado y se llevó una mano a la venda. Sentía un ardor sofocante. El vendaje estaba limpio, así que dedujo que Mika lo había cambiado mientras él se debatía en la fiebre. Aun así, un hormigueo punzante recorría toda la zona.
—Debió de abrirse un poco de nuevo.
Ella negó con la cabeza.
—Efectivamente. Y además, esos hombres siguen rondando. No han vuelto a entrar, pero pasaron por el camino hace un rato, dirigiéndose hacia la colina del este. Quizá estén revisando toda la región.
Arthur apretó los dientes. Debería haber previsto esa insistencia.
—Necesito salir de aquí lo antes posible —dijo, haciendo un gesto de dolor—. No quiero que te caiga la ley encima por mi culpa.
El rostro de Mika se endureció.
—Sí, es tu culpa, no voy a dejar que me lleven presa por encubrirte. He pensado... —Se detuvo un instante, como si lo que fuera a decir le costara—. Sé de un camino viejo que lleva a un sendero por las montañas. Si te recuperas un poco, podrías tomarlo. Evitarás las rutas principales y, con suerte, esquivarás a esos perros de presa.
Arthur entrecerró los ojos. La propuesta era tentadora. Reemprender el viaje, volver a la banda... Sin embargo, le preocupaba no poder ni cabalgar, pues su caballo estaba muerto. Podría intentar encontrar uno salvaje, robar un caballo en un rancho, o caminar. Pero caminar con esa herida suponía un suicidio lento.
—No tengo montura —recordó en voz baja—. Y no puedo huir a pie en este estado.
Mika se mordió el labio, clavando la mirada en una rendija del suelo.
—No te prestaré el mío. Ni loca me quedo sin caballo. Te dejo este techo para que te cures, pero no me pidas más.
Arthur lo comprendió. No era razonable exigirle un sacrificio así. Asintió, aceptando con resignación.
—Está bien. Supongo que encontraré algo.
Ella inspiró profundo, como si temiera arrepentirse de lo que iba a decir.
—Pero conozco un vecino que vive a un par de millas. A veces comercio con él. Quizá pueda venderte un caballo viejo por unas monedas. O, si no tienes, tal vez hagamos un trueque. Pero primero necesitas ponerte en pie.
Arthur asintió de nuevo, dejando escapar un suspiro largo. El horizonte no era prometedor, pero al menos había un camino. Mejor que nada.
Con el paso de las horas, la fiebre de Arthur bajó un poco, aunque la debilidad seguía pesándole en cada músculo. Al anochecer, Mika le permitió levantarse de la cama y acercarse a la ventana. Fuera, el ocaso teñía el cielo de naranjas y púrpuras, un cuadro magnífico que contrastaba con la modesta desolación de la granja.
—Me lo dirás si vuelven los Pinkerton, ¿verdad? —preguntó Arthur en voz baja.
Mika le dedicó una mirada incómoda.
—Claro que sí. Pero la próxima vez, quizá no tengamos tanta suerte. Esta casa no aguantará otro allanamiento sin que encuentren lo que buscan.
La ironía pesaba en el aire: Arthur seguía allí, en ese refugio improvisado, sabiendo que, tarde o temprano, la "calma" volvería a mostrar los dientes. De pronto, un escalofrío le sacudió el cuerpo y se cubrió con la manta que Mika le había prestado.
—Lo siento —musitó, rompiendo el silencio. No se atrevía a mirarla—. No suelo agradecer mucho las cosas. He vivido... de un modo que no deja espacio para la gratitud. Pero... gracias por no entregarme.
Ella no respondió al instante. Hubo un lapso incómodo en el que el crujido de la madera bajo sus botas fue el único ruido. Cuando al fin habló, su voz sonó más suave de lo que Arthur había escuchado antes.
—No te ilusiones, Morgan. Lo hago porque... —Se interrumpió, con el ceño fruncido—. Digamos que tengo mis propias razones para desconfiar de la ley. He visto a esos agentes hacer cosas terribles. Prefiero que se larguen y me dejen en paz.
El silencio se hizo otra vez presente. Arthur miró el cielo tornarse violeta, sumiéndose en una penumbra profunda. Recordó la tumba de su caballo, el disparo en el granero, la tierra húmeda que lo cubría todo. Todo se sentía como un recordatorio de que no había lugar para la piedad en ese mundo que se empeñaba en enterrarlo todo, incluso los sueños.
Le vino a la mente la frase de Dutch: "Estamos a una montaña de distancia de la libertad, Arthur." Y pensó en la ironía. Quizá Dutch no estaba del todo equivocado: sí, estaban a una montaña de distancia, pero esa montaña era de mentiras, de sangre y de cuerpos de caballos y hombres sacrificados en nombre de un plan que cada vez parecía más enfermo.
—Mañana hablaré con ese vecino —dijo Mika al cabo de un rato—. Si puede venderte o prestarte un caballo, al menos tendrás la opción de marcharte en dos o tres días, cuando puedas mantenerte firme. Y te aconsejo que la tomes... Así que descansa, no es necesario que ayudes en más cosas."
Arthur cerró los ojos con cansancio. Asintió, sintiendo que no había otra alternativa. Su mente, en un gesto absurdo, imaginó por un instante lo que sería tener un pedacito de tierra como ese, con un corral pequeño y un hogar sencillo. Pero esa ensoñación fue arrancada de raíz al acordarse de la banda, de John, de Hosea. Y, en una punta de su conciencia, pensó: "¿De veras puedo abandonarlos?"
La respuesta no la tenía clara. Pero sí sabía que, por ahora, debía recuperarse. Porque la vida le había dado una tregua muy frágil, y esa calma, tarde o temprano, mostraría de nuevo los dientes.
----- CHAPTER BREAK -----
—¿Piensas quedarte ahí parado todo el día?
La voz de Mika atravesó el aire polvoriento del patio con la misma aspereza de siempre. Arthur, que estaba intentando levantar un balde de agua con su brazo bueno, giró lentamente el rostro hacia ella. El hombro lastimado le pulsaba sin tregua, pero necesitaba demostrar que aún le quedaba un mínimo de dignidad.
—El día es largo, ¿no? —murmuró, apretando los dientes al levantar el balde unos centímetros.
Ella no respondió de inmediato. Se quedó a pocos pasos, observándolo con ese gesto neutro que usaba cuando algo en su interior la incomodaba. Arthur sintió el calor sofocante caer sobre él como un peso añadido. La zona del vendaje le ardía bajo la camisa sucia.
—Dame eso —dijo ella al fin, sin molestarse en disimular que dudaba de su fortaleza. Cogió el balde con las dos manos, y se marchó hacia el estrecho pasillo que llevaba a la parte trasera de la casa. Arthur la siguió con pasos lentos, sin soltar la mueca de disgusto.
La granja se extendía como un puñado de tierra árida: un corral endeble, algunas gallinas escarbando sin entusiasmo y un cielo pálido que no presagiaba la menor brisa refrescante. Arthur recordaba otros lugares llenos de verdor y ríos generosos, pero allí la sequedad parecía la única dueña del paisaje.
—¿Para qué el agua? —preguntó, frotándose el hombro con suavidad.
—El corral está hecho una porquería. Uno de estos días, los animales terminarán bebiendo lodo si no limpiamos un poco —respondió ella, dejando el balde en el suelo y tomando un rastrillo medio oxidado—. Y si no te apuras, quedarán escarabajos en lugar de gallinas.
Arthur se acercó con el ceño fruncido, sujetando el rastrillo antes de que ella pudiera maniobrarlo sola. Una punzada le sacudió el hombro, pero se obligó a ignorarla. Ya habían transcurrido varios dias desde que los Pinkerton se alejaron, y aunque la herida mejoraba, no dejaba de ser una molestia constante.
—Está bien, pero no te emociones. No pienso arar el campo entero. —masculló, arrastrando el rastrillo por la tierra compacta.
Mika soltó una risa seca, como si la simple idea de verlo trabajar le divirtiera.
—Eso suponía. Un forajido no suele quedarse quieto mucho tiempo, ¿verdad? —dijo ella, removiendo el lodo con la misma determinación de un animal que no suelta lo que ha conseguido.
Arthur no supo si lo dijo en serio o para picarlo. La mirada de ella se apartaba cada tanto, como si examinara el horizonte en busca de jinetes inesperados. Él también tenía la costumbre de vigilar el camino; ser un bandido con la ley pisándote los talones cultivaba ciertos hábitos.
—No todos los forajidos vivimos en el caos —contestó, con un deje de orgullo—. He conocido a buena gente en la banda… aunque las cosas se tuercen a veces.
—A veces, claro —bufó ella, dejando caer un puñado de paja reseca para los animales—. Hasta que alguien, con placa o sin ella, decide que es su momento de arrasar con todo.
Arthur pensó en Dutch, en la voz seductora de la promesa de libertad que tantas veces había sonado hueca, en esos golpes que no salían como se esperaba. El ruido del rastrillo raspando la tierra se hizo más evidente cuando se quedó callado, sin saber cómo defender lo que, en el fondo, tampoco terminaba de creer.
Terminaron de remover el corral en un silencio marcado por la respiración pesada de ambos. En cierto momento, Arthur se irguió y vio a Mika limpiándose el sudor de la frente con un gesto que le recordó la disciplina de quien no puede darse el lujo de abandonar su casa, aunque sea polvorienta y medio muerta.
—¿Qué hacías tú cuando no estabas enterrada en polvo? —preguntó él, casi de forma espontánea.
—Cualquier cosa. Pescar, cazar, vender huevos. Lo que hiciera falta —respondió ella, tirando el rastrillo a un lado—. Era esto o dejar que el hambre me llevara.
Arthur se acomodó el sombrero y la miró con un leve atisbo de compasión.
—Peor es recorrer medio país robando trenes y huyendo de la ley, créeme.
—No lo dudo —murmuró ella—. Pero al menos te mueves. Yo aquí me estoy pudriendo a fuego lento.
El sol golpeaba con saña, así que se encaminaron a la casa. Dentro, el aire era sofocante pero al menos no había tanta luz. Mika fue a por un poco de agua medio fría y la dejó sobre la deteriorada mesa de la cocina, donde había unos papeles viejos y un mapa garabateado con marcas hechas a mano. No era una invitación, pero Arthur interpretó que él también podía beber.
—¿Todo eso es de la granja? —preguntó.
—Sí. Aunque llamarle granja es generoso. Es más un montón de madera vieja que todavía no se cae —murmuró, mientras apuntaba algo con un lápiz roto.
—No sé cómo aguantas este lugar. Yo… siempre estoy huyendo, moviéndome. No sé qué haría si tuviera que quedarme quieto en un solo sitio.
Mika lo miró, tomando un sorbo de agua con lentitud antes de responder.
—Tal vez no te has dado cuenta, pero eso de moverte no te ha llevado a ningún lado. Sigues siendo un hombre sin un lugar propio. ¿No te cansas?
Arthur parpadeó, sorprendido por la franqueza de sus palabras. Quiso responder algo ingenioso, pero no encontró las palabras. Al final, solo se encogió de hombros.
—¿Seguro que no sabes cocinar algo más que sopa aguada? —bromeó, intentando cambiar de tema.
Ella alzó una ceja, como si no terminara de hallar la gracia. Dejó que el silencio se adueñara del espacio hasta que él empezó a dudar si había sido un comentario muy fuera de lugar.
—Solía cocinar cosas decentes —dijo al fin, con la vista perdida en la pared—. Pero cuando te quedas sola, no hay mucho sentido en elaborar un festín. Pierdes el gusto por todo eso.
Arthur no supo qué responder. Sintió la punzada en el hombro, esa que le recordaba que él también era un hombre con demasiadas cosas rotas, solo que su forma de vivirlo había sido distinta, una fuga tras otra.
—¿Por qué no te vas? —soltó, casi sin querer—. Me refiero a que si odias tanto este lugar, podrías largarte, buscar algo mejor.
Mika soltó una risa seca que no contenía alegría alguna.
—¿Y adónde? Allá afuera hay cientos como tú o peores, y no espero nada de la ley. Prefiero tener mi rincón donde mando yo, aunque sea una pocilga.
—No te discuto eso —admitió él, apoyando la espalda contra la pared y sintiendo un leve mareo—. A veces uno se queda por el simple hecho de haber sobrevivido allí.
Ella lo miró un instante, y Arthur entendió que acababa de dar con una de las pocas verdades que ambos compartían: uno se aferra al lugar que conoce, aunque duela.
Finalmente ella
sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro.
—No es fácil. Pero quedarse quieto no significa rendirse. A veces, quedarse es lo más difícil que puedes hacer.
Arthur asintió, entendiendo más de lo que quiso admitir.
—Tu herida… —dijo ella de repente,después de un rato en silencio, en un tono más neutro—. ¿Está supurando?
—Un poco —respondió él, fingiendo que no era grave—. Pero nada que me mate.
—Eso lo decidiré yo —replicó, tomando el pequeño botiquín de la repisa. Arthur se dejó hacer, con la camisa caída sobre un hombro, mientras ella retiraba la venda con cuidado. Sintió un ardor lacerante cuando el aire rozó la carne viva. Mika no hizo ningún gesto de asco; solo concentró su atención en limpiar y renovar los vendajes.
—Sigues vivo de milagro —murmuró—. O tal vez es que has hecho un pacto con el diablo.
—Créeme, el diablo y yo no siempre estamos de acuerdo.
Mika soltó un suspiro casi imperceptible, y terminó de vendarlo con un nudo firme. Por un momento, Arthur percibió que su respiración rozaba la suya, un instante de intimidad que la mujer cortó en seco al volverse y guardar los trastos.
—Te irá mejor si descansas un poco. No necesitamos más trabajo por hoy —dijo sin mirarlo.
—Tranquila. Soy más duro de lo que parezco.
Ella hizo un leve ademán con la cabeza, y Arthur se dejó caer en una de las sillas, sintiendo el dolor difuso del hombro y el mareo de haber pasado horas al sol. Mika se quedó de pie, como si no quisiera admitir que estaba igual de exhausta. De pronto, se acercó a la ventana y se asomó, escudriñando el camino.
—Han pasado días y nada de los Pinkerton —dijo con un deje de alivio—. Tal vez sí se hayan ido con el rabo entre las piernas.
—No son famosos por rendirse —comentó Arthur, con un resoplido—. Pero si han encontrado otro rastro, nos darán un respiro.
—Mejor. Creo que ya tuve suficiente de ellos—soltó ella.
Más tarde, cuando la luz del atardecer dibujó sombras alargadas en el piso, salieron a sentarse en el porche, uno a cada lado de la puerta, sin siquiera proponérselo. Vieron cómo el sol iba cediendo en un silencio que tenía algo de solemne, como si ambos supieran que ese no era el lugar al que Arthur pertenecía, pero tampoco un sitio del que Mika se fuera a mover tan fácilmente.
—Si necesito robar una gallina en la noche, ¿me darás permiso? —bromeó él, rompiendo el mutismo.
—Ni se te ocurra —respondió ella, con una sonrisa imperceptible—. Bastante hago dejándote respirar mi aire.
Arthur sonrió para sí, un gesto apenas visible que se mezcló con el suspiro que dejó escapar. Sus ojos se alzaron hacia el cielo, cada vez más oscuro, y en su mente revolotearon los rostros de Dutch, Hosea, John… y todos los fantasmas que lo perseguían desde Blackwater. Se preguntó si sería posible algún día mirar ese horizonte sin sentir el peso de la banda, de las promesas rotas y de las dudas que lo carcomían.
—¿Qué pasa por esa cabeza, Morgan? —preguntó Mika, su tono más curioso que acusatorio.
Arthur se encogió de hombros, aunque el movimiento le costó un pinchazo de dolor en el hombro herido. Se llevó una mano al vendaje, como si quisiera recordarse a sí mismo que aún estaba allí, en esa granja que no era suya, pero que de alguna manera lo había mantenido a salvo.
—Nada que tenga mucho sentido —respondió finalmente, con la voz áspera—. Solo estaba pensando en cómo sería… quedarse en un lugar así. Dejar de correr, de esconderse, de pelear por cada maldito día.
Mika dejó la taza en el suelo y cruzó los brazos, apoyándose contra el marco de la puerta. Sus ojos oscuros lo miraron con atención, aunque había algo reservado en su expresión, como si no quisiera revelar demasiado de sí misma.
—¿Y qué te detiene? —preguntó, casi con indiferencia.
Arthur soltó una risa amarga, agachando la cabeza.
—Todo. Nada. No lo sé. Supongo que… no estoy hecho para quedarme en un lugar. Siempre hay algo que me empuja a seguir adelante, incluso cuando no sé a dónde voy.
Mika asintió lentamente, como si entendiera más de lo que decía.
—Es lo que hace el miedo —murmuró—. Te dice que sigas moviéndote, que no te quedes porque si lo haces… tal vez descubras que no eres tan fuerte como pensabas. O que no mereces el lugar que has encontrado.
Arthur la observó, notando cómo la luz del atardecer jugaba con los contornos de su rostro, endurecido por los años y las pérdidas, pero aún vivo. No respondió. No porque no tuviera palabras, sino porque sabía que nada de lo que dijera podía estar a la altura de lo que acababa de escuchar. De algún modo, aquel razonamiento implicaba más de lo que decía en voz alta: ella no iba a retenerlo allí, tampoco se deshacía de él con la crueldad que mostraba a diario. Era una tregua, un acuerdo tácito entre dos personas que no se debían nada y, sin embargo, se daban un poco de lo que tenían.
El granero seguía con su puerta rota, y el corral con sus tablones desvencijados, pero al menos había suficiente orden para que las gallinas no se murieran de sed. Arthur sintió en su interior una inevitable cuenta atrás, sabiendo que su partida estaba cerca. Y a pesar de su espíritu de forajido, no podía negar que había algo reconfortante en aquella vida dura y solitaria: una cruel honestidad que contrastaba con los planes a medias y las promesas incumplidas que le esperaban ahí fuera.
Pero este no era su lugar para quedarse. Y Mika lo entendía tan bien como él.
Cuando finalmente se levantaron para entrar a la casa, ninguno dijo nada. Pero el silencio entre ellos era distinto, una tregua que no necesitaba palabras para sostenerse. Y aunque Arthur sabía que su tiempo allí tenía los días contados, se permitió por un instante imaginar cómo sería quedarse un poco más.
Solo un poco más.
—¿Siempre roncas como si te estuvieras muriendo? —habló Mika desde la puerta, cruzada de brazos, con un trapo colgando de la mano.
Arthur abrió los ojos, confundido al principio. La luz que se colaba por la ventana no lo molestó tanto como la dureza de esa voz. Se restregó la cara y soltó un bufido antes de girarse en el camastro.
—¿Y tú siempre vas a ser tan amable al despertar? —respondió con un tono cargado de sarcasmo.
Ella no sonrió. Solo ladeó la cabeza, evaluándolo con esos ojos oscuros que parecían no perdonar ni un pestañeo en falso. —Pareces menos moribundo hoy.
Arthur resopló. —Gracias por notarlo. Y tú pareces igual de amable que siempre.
—No me pagan por sonreírte —replicó, pero el leve arqueo de sus labios delató algo que, si no era una sonrisa, al menos se le parecía. —Pero si estás lo bastante fuerte para hablar con ese tono, entonces puedes levantarte. Hay trabajo.
—¿Trabajo? —Arthur dejó escapar una risa seca, sacudiendo la cabeza mientras se acomodaba la manta—. ¿Esto parece una plantación? Si tienes suerte, tal vez logres domar una cabra antes del almuerzo.
—Entonces será mejor que la suerte esté de mi lado —replicó Mika, tirándole el trapo con algo más de fuerza de la necesaria—. Porque no pienso dejar que te pudras aquí más de lo necesario, Morgan.
Arthur atrapó el trapo al vuelo y se levantó con esfuerzo. Aunque la herida en el hombro aún le dolía, el ardor ya no era tan incesante como días atrás. El vendaje estaba manchado, pero no había señales frescas de sangre. “Al menos algo va bien”, pensó mientras se enderezaba.
Mika lo vigilaba desde la puerta, casi como si temiera que se desplomara de un momento a otro. Pero no dijo nada. Solo dio media vuelta y salió, dejando el aire cargado de su presencia silenciosa.
Arthur salió al patio poco después, con el trapo aún colgando del cinturón. El sol golpeaba el polvo del corral, y el viento arrastraba hojas secas hacia el camino principal. Mika estaba junto al granero, intentando reparar una de las tablas rotas que los Pinkerton habían dejado como recuerdo.
—¿Qué demonios haces? —preguntó Arthur, acercándose con pasos cautelosos.
—Lo que parece —respondió ella, sin levantar la vista. Clavaba un clavo con un martillo oxidado, cada golpe resonando con un eco seco—. Si la puerta no aguanta, los carroñeros van a empezar a entrar.
—¿Carroñeros? —Arthur dejó escapar un leve resoplido—. Pensé que los Pinkerton ya se habían largado.
—Ellos sí —dijo Mika, alzando la cabeza por un momento—. Pero no me refiero a ellos. Me refiero a los zorros. O los cuervos. O cualquiera de esas alimañas que esperan algo que puedan morder.
Arthur se quedó callado. Había algo en sus palabras que, sin quererlo, le hizo pensar en su propia vida: un constante acecho, un caminar al filo, rodeado de depredadores que no se cansaban de buscar la manera de arrancarle lo poco que quedaba.
—Puedo ayudar con eso —dijo al fin, señalando la tabla que Mika intentaba fijar.
Ella arqueó una ceja, evaluándolo de nuevo con esa mirada escrutadora que parecía un juicio más que una simple observación.
—¿Estás seguro? La última vez que levantaste algo, casi te revienta el hombro.
—Estaré bien. Solo dame el martillo.
Mika dudó un instante, pero al final le extendió la herramienta. Arthur tomó el relevo, sintiendo un ligero tirón en el hombro, pero nada que no pudiera soportar. Clavó un par de tablas con movimientos torpes pero firmes, mientras ella lo observaba con los brazos cruzados.
—Oye —dijo Arthur, tras unos minutos de martillar—, siento lo de la puerta y todo lo que te causé.
—Hiciste lo que tenías que hacer para no morir —replicó ella, sin mirarlo a la cara—. He visto hombres peores, que traen problemas y encima no los admiten. Al menos tú no fingiste.
La última frase sonó casi a un cumplido, aunque Mika la soltó con un hilo de voz tan áspero que Arthur no supo si en realidad quería reconocerle algo. Terminó de clavar la tabla y se enderezó. El hombro le palpitaba, pero resistía.
—¿Tú también hiciste lo que tenías que hacer… para vivir aquí?
Mika se pasó la mano por la frente, apartándose unos cabellos castaños rebeldes. Lo observó un instante, con esa mirada que juzgaba cada intención.
—Mis padres tenían una pequeña granja. No era mucho, pero nos bastaba. Hasta que un día, hombres con placas llegaron, asegurando que querían protegernos... y cuando se fueron, no solo se llevaron lo que quedaba de nuestras cosechas, sino lo poco que teníamos de dignidad. La mitad de nuestra casa desapareció con ellos, y mi padre nunca se repuso. Mi madre se fue poco después... Solo me quedó la lección: no puedes confiar en la ley.
Arthur sostuvo la mirada sin atreverse a interrumpirla. Sabía lo que era ver a quienes amabas perderlo todo, aunque su historia no fuera exactamente igual.
—Lamento que pasara así.
—Sí, bueno —murmuró ella, volviendo a fijar su atención en la valla—. No necesito tu lástima. Solo quiero que termines de clavar esos malditos clavos antes de que se ponga el sol.
El trabajo no duró mucho. Cuando terminaron, ambos se apoyaron contra el marco de la puerta del granero, mirando en silencio el paisaje delante de ellos.
—¿Cuánto más crees que te quedes? —preguntó Mika de repente, rompiendo el silencio.
Arthur se pasó una mano por la nuca, meditando su respuesta.
—No mucho. La herida está cerrando. En un par de días podré moverme lo suficiente para cabalgar.
—¿Y adónde irás?
La pregunta sonó más casual de lo que él esperaba, como si realmente no le importara. Pero Arthur notó un leve cambio en el tono, algo más suave, menos duro.
—De vuelta con la banda —dijo, bajando la mirada al suelo—. Aunque no sé si eso sea lo correcto.
Mika soltó un bufido y se alejó un par de pasos, como si la mención de la banda no le interesara lo más mínimo.
—Haz lo que tengas que hacer, Morgan. Pero antes de que te vayas, necesitas un caballo.
Arthur se dio vuelta, sonriendo a medias. —Y tú, ¿me vas a dar el tuyo?
Mika soltó una risa corta, pero en sus ojos había algo más que sarcasmo. —Ni loca. Pero encontré uno decente. No te vayas sin él.
No hubo más conversación ese día. Mika subió a su habitación, Arthur regresó a la “suya”
y se dejó caer en el catre con el cansancio pintado en cada músculo. Por primera vez desde que llegó, durmió sin sobresaltos que lo despertaran a mitad de la madrugada.
La mañana siguiente trajo un sol firme y una brisa que levantaba un polvo tenue, suficiente para que ambos se protegiesen los ojos mientras se alejaban de la granja. Mika iba montada en su caballo oscuro, y Arthur la seguía en uno que le había prestado a regañadientes solo para el viaje. El vecino vivía a un par de millas, pero el trayecto se hizo largo por el silencio entre ellos, un silencio que no resultaba incómodo, sino lleno de una extraña camaradería.
El vecino era un hombre mayor, encorvado y de rostro curtido por el sol. Su rancho, un lugar sencillo y casi desolado, tenía un par de caballos en un cobertizo medio derruido. Cuando Mika presentó a Arthur, el anciano soltó una risa grave y breve.
—¿Otro forastero que necesita algo? —preguntó, mostrando una sonrisa desdentada.
—Este paga —respondió Mika, sin darle demasiada importancia al comentario.
Arthur negoció con el hombre, ofreciendo algo de dinero y un anillo de plata que llevaba guardado. Al final, acordaron un trato, y Arthur salió con un caballo pardo de mirada tranquila y patas firmes. No era un animal imponente, pero tenía lo necesario para recorrer las millas que lo separaban de la banda.
—Es mejor de lo que esperaba —comentó Mika mientras lo observaba montar.
—Tendré que confiar en ti en eso —respondió Arthur, ajustando las riendas.
Ella sonrió, pero no lo suficiente como para que él pudiera notarlo del todo.
—¿Quieres probarlo?
Arthur levantó la vista, sorprendido.
—¿Qué quieres decir?
—¿Te ves capaz de hacer una carrera hasta esa colina? —preguntó, señalando una pequeña elevación más adelante.
Arthur apretó los talones contra el animal, que respondió con un relincho sordo.
—No pienso quedarme atrás.
Lo siguiente fue un duelo de velocidad. El corcel oscuro de Mika llevaba la ventaja, pero Arthur sintió la sangre arderle en las venas y logró alcanzar un ritmo que, para su sorpresa, emparejó la carrera. La tierra se sacudió bajo los cascos, y un remolino de polvo se alzó en torno a los dos jinetes que, por unos segundos, parecían haberse librado de cualquier fantasma.
El pardo aguantó con dignidad. Cuando frenaron cerca de la colina, ambos permanecieron unos instantes en silencio, intentando recuperar el aliento.
—Más resistente de lo que esperaba —admitió Mika, acariciando el cuello de su caballo.
—Sí, lo es —dijo Arthur, con una leve sonrisa.
Regresaron a la granja bajo un cielo que empezaba a tornarse violáceo. Los charcos de otras tormentas se habían secado, y la hierba crujía al paso de las bestias. Arthur se había acostumbrado a la idea de marcharse, pero no supo cómo abordar el tema hasta que desmontó frente a la casa.
—Gracias por todo lo que hiciste. —dijo Arthur, acariciando al pardo, mirando a Mika con una mezcla de gratitud y pesar.
Mika se encogió de hombros y recogió las riendas de su montura.
—No lo hice por ti. Lo sabes. —Sus palabras salieron más secas que nunca, pero sus manos temblaron un instante cuando sostuvo las riendas.
—Sí, lo sé —contestó, bajando la mirada. Notó que no la sostenía con la misma dureza de antes, como si algo en ella se debatiera.
Esa noche, no hablaron más. Arthur empaquetó sus pocas pertenencias, revisó su arma y se quedó dormido sin que ningún ruido lo despertara. Al despuntar el sol, se levantó y salió al porche. Mika estaba allí, con los brazos cruzados, observando el horizonte con un cigarrillo casi terminado.
—Supongo que no quieres un abrazo de despedida —bromeó Arthur, con una chispa de humor fatigado.
—No me hagas vomitar.
Él se colocó el sombrero y montó en el caballo. Notó que el hombro ya no latía como días atrás, una señal de que era momento de seguir. Se preguntó si los Pinkerton de verdad estarían lejos o si esperarían el menor error para saltar sobre él. Prefería no comprobarlo allí.
—Cuídate —dijo, sin rodeos, pero había algo en su tono que parecía más sincero que nunca.
—No me hace falta un consejo para hacerlo.
Arthur soltó un leve suspiro y tiró de las riendas. Antes de girar, la miró por última vez. Mika no se movió, no dijo nada, pero la brisa le agitó el cabello de una forma que lo hizo pensar que tal vez sí sentía algo parecido a un adiós.
Mientras el caballo tomaba el camino hacia el horizonte, Arthur sintió cómo el polvo le picaba en la garganta. Había algo en el aire que lo atenazaba, una mezcla de alivio y pesar. Era como si el eco de esa carrera y de la mujer que sin querer lo había salvado se quedara en su pecho, pesado, como una promesa rota que no podía olvidar.
No hubo disparos ni voces que lo llamaran a volver. El horizonte se abrió, inmenso y ambiguo, y él supo que la quietud que había hallado en ese rincón del mundo sería un recuerdo que lo acompañaría, a pesar de todo lo que se avecinaba con la banda, con la ley y con su destino de forajido. Una quietud efímera, quizá, pero valiosa. Guardarla o traicionarla sería asunto suyo, y, en parte, de ese tiempo que desgasta todo, hasta las cicatrices.
----- CHAPTER BREAK -----
El viaje no había sido sencillo, al contrario. Al igual que el polvo que se adhería obstinadamente a sus botas, los días habían sido largos y difíciles, acumulando una capa de fatiga tras cada uno de ellos. Pero la verdadera causa de su fatiga eran sus pensamientos. Era un campo de batalla de ideas opuestas, dividido entre la lealtad y una sensación de inquietud en desarrollo. Comparado con cualquier esfuerzo físico, el peso de estos conflictos internos era mucho mayor.
Mientras avanzaba, sentía el hombro tirante bajo la camisa. Mika lo había vendado con esmero por última vez, y la herida cerraba sin infectarse, pero cada sacudida del caballo era un latigazo que le recordaba lo frágil que estaba. Se obligó a ignorar el dolor y avanzó hasta dar con un rastro difuso que reconoció como reciente: huellas de varios caballos, probablemente en dirección al nuevo campamento de la banda. Era una corazonada; no tenía certezas de dónde se refugiaban ahora, pero los rumores que había oído en alguna diligencia interceptada por forajidos le indicaban que Dutch había movido a todos hacia el norte del río Dakota.
Apenas cruzó el límite de los primeros farolillos, Dutch salió a su encuentro con una mezcla de urgencia y alivio. Lo acompañaba Micah, con el rifle al hombro, y unos pasos más atrás, Hosea se mantenía en silencio, los ojos clavados en Arthur con un dejo de preocupación. Dutch, con su sombrero ladeado y esa figura que siempre pretendía irradiar serenidad y control, se adelantó:
—¡Arthur, maldito seas, hijo! —exclamó Dutch, su voz vibrando en el aire nocturno—. Sabía que volverías… ¡Lo sabía! Siempre haces lo que tienes que hacer por la familia, ¿verdad? Pero dime, hijo… no habrás traído problemas contigo, ¿no? Necesitamos paz. Un poco de calma.
Arthur notó que la mano de Dutch temblaba ligeramente al posarse en su hombro sano, un movimiento que él seguramente creía imperceptible. Aun así, la sonrisa del líder parecía sincera, o al menos tan sincera como la de alguien que debía aparentar seguridad cuando por dentro hervía en dudas.
—No fue algo que yo planeara, Dutch. Me dieron un balazo,—murmuró Arthur, intentando no hacer una mueca de dolor— y tuve que esconderme hasta que pude volver a montar. Pero estoy aquí, ¿no? Con vida y sin cadenas… Además no tenía muy claro dónde estaban.
Micah soltó una carcajada breve, con su mirada gélida fija en Arthur.
—Te lo dije, Dutch. Morgan saldría adelante. Aunque, si tardabas otro par de días, habríamos pensado que te fuiste a vivir con esos malditos Pinkerton.
—No seas imbécil —rezongó Arthur, con un tono bajo y amenazante. Recordaba demasiado bien la forma en que Micah incitaba a Dutch en Blackwater, la locuacidad venenosa que seguía esparciendo por el campamento.
Dutch levantó una mano conciliadora y sacudió la cabeza.
—Tranquilos, muchachos. No es momento para broncas. Arthur cumplió su parte y les dio a los agentes la distracción que necesitábamos. Fue perfecto, aunque... —Lo notó ojeándolo con atención, como si buscara signos de flaqueza—. En estos tiempos, cada día que pasa sin saber de uno de los nuestros es un motivo para temer lo peor.
Hosea, que seguía a unos pasos, se adelantó entonces y posó una mano en el antebrazo de Arthur, con la suavidad de alguien que estaba genuinamente contento de ver al amigo.
—Muchacho, pensé que te perdería para siempre. No sabes cuánto me alegra saber que aguantaste. ¿Estás herido todavía?
—He estado mejor —admitió Arthur—, pero al menos no me desangro. Una persona… me ayudó con la herida. No fue algo que planeara, se dio así. Y estoy agradecido de encontrarme con ustedes de una pieza.
Los ojos de Hosea se iluminaron con un alivio auténtico, en contraste con la expresión recelosa de Micah y la sonrisa calculada de Dutch. El resto del campamento se desplegaba en penumbras, con hombres y mujeres moviendo bártulos y cajas como si prepararan otra huida inminente. Arthur reconoció a Charles apoyado contra un tronco, limpiando su rifle en silencio; al verle, alzó la barbilla y esbozó una mueca de aprobación. También divisó a Tilly, que aseguraba un montón de baúles con gesto ausente, y a Sadie, cuchillo en mano, observándolo con una media sonrisa de alivio.
—¿Te tomaste tu tiempo, eh? —soltó Sadie, sin dejar de afilar la hoja—. Pensé que los Pinkerton ya te habrían plantado una cruz.
—No me desharé de ellos tan fácil —contestó Arthur con ironía.
Tilly también alzó la mirada un segundo para dedicarle una sonrisa fugaz antes de seguir amarrando baúles y provisiones.
Arthur se desabrochó el cinturón del revólver con un gesto cansado, ajustándolo para no lastimarse el hombro. Echó un vistazo a su alrededor. Había percibido la tensión en el aire, un ambiente eléctrico que recordaba a la banda de los peores días: cuando la paranoia y la urgencia de moverse eran más fuertes que el compañerismo. Dutch se pasó la mano por la barbilla, mirando los alrededores con la frente arrugada:
—Vamos, hijo, siéntate un rato y cuéntame qué sucedió.
—¿Quieres los detalles? —preguntó Arthur, esbozando una sonrisa amarga—. No es nada que no sepas: me dispararon, tuve que esconderme. Una granja, gente poco confiada. Luego me recuperé y regresé. Eso es todo.
Dutch soltó un leve resoplido, casi divertido.
—Lo importante es que no te han seguido, ¿eh? Me has dicho que estuviste con una “persona”. ¿Podría haber complicaciones con eso? No podemos darnos el lujo de nuevos problemas.
—Dudo que los Pinkerton aparezcan por allí de nuevo—musitó Arthur, sin querer entrar en detalles—. Se aburrieron de buscar, supongo. Y aquí me tienes, de vuelta.
Arthur notó cómo Micah levantaba la barbilla, siempre buscando un ángulo para meter su veneno.
—Mientras no hayas soltado la lengua sobre nuestro escondite a ese… granjero o lo que fuera, supongo que estamos bien.
Arthur lo fulminó con la mirada, los nudillos blancos alrededor del cinturón del revólver.
—No es asunto tuyo, Micah. Y no se me ocurriría comprometer a nadie aquí, a diferencia de otros.
Hosea dio un paso al frente, clavando la mirada en Dutch:
—Arthur no es el problema, Dutch. El problema es que cada vez que nos asentamos en un sitio, la ley nos halla demasiado pronto. Alguien en la banda está hablando, o hay un chivato, o algo peor.
—¿Otra vez con eso, Hosea? —resopló Dutch, aunque Arthur notó un brillo inquieto en sus ojos—. Mira, no voy a negar que ando con la mosca detrás de la oreja. Pero no hay pruebas de nada. ¿A quién culparías? ¿A Bill? ¿A Javier? ¿A uno de los nuestros?
—No lo sé —admitió Hosea, mirando de reojo a Micah—, pero hay muchas cosas que no cuadran. Y esa sospecha está calando en todos.
Arthur percibió cómo, en la penumbra, Bill y Javier se miraban de reojo mientras transportaban un par de cajas con cuidado. Sadie, a la distancia, seguía afilando el cuchillo con una expresión ceñuda, como si esperara que todo volara por los aires en cualquier momento. Un olor a frijoles recalentados se colaba desde la tienda de Pearson, quien se quejaba porque las provisiones se agotaban y no tenían caza fresca que echar a la olla. El campamento entero era un polvorín y Dutch intentaba contenerlo con discursos, pero la paranoia se abría paso bajo cada tienda improvisada.
—Bah, si hay un soplón, tarde o temprano lo descubriré —contestó Dutch, con un ademán de fastidio—. No pienso tolerar traiciones.
—Como tampoco toleraste que Arthur se quedara atrás en Blackwater, ¿no es cierto? —soltó Micah con una mueca de falsa compasión—. Aunque, claro, fue el plan: distraer a esos sabuesos y darnos más tiempo.
—Ese plan casi me cuesta la vida —murmuró Arthur, incapaz de morderse la lengua.
—Pero no fue así, hijo, y confío en que no nos traicionaras por un refugio en esa granja —dijo Dutch, volviendo la atención hacia Arthur con una aparente calidez—. Sé que no lo harías. Somos familia, ¿verdad?
La palabra “familia” resonó con un eco amargo en la cabeza de Arthur. Pensó en Mika y en lo que para ella significaba la pérdida de los suyos, en la soledad de su granja desolada. Allí no había discursos inspiradores, solo sobreviven o mueren. En la banda, en cambio, todo era grandes promesas y planes que no dejaban de fallar.
—Claro, Dutch. No diría nada que nos comprometiera —admitió en voz baja.
—Lo sé, lo sé —corroboró el líder, sin deshacer esa sonrisa que a Arthur le parecía cada vez más forzada—. Escucha, hijo, tenemos que mover este campamento otra vez. La ley merodea. Y tú sabes que no aguantaremos una emboscada como la de Blackwater, no de nuevo.
Hosea soltó un suspiro.
—Desde que volvimos a las andadas tras lo de Blackwater, no hemos tenido un respiro. Los Pinkerton están cerca. No me preguntes cómo lo sé, pero lo siento en el aire.
—Lo que Hosea quiere decir —intervino Micah con una carcajada amarga—, es que debemos empacar y salir en cuanto amanezca. Y, si alguien no está de acuerdo, que se largue.
Arthur se pasó la mano por el vendaje, aliviado de notar que al menos no estaba supurando. La punzada de dolor que sintió le recordó lo cansado que estaba de huir y enfrentarse a la ley, de oír las mismas palabras vacías y la sospecha rondando como un buitre.
—¿A dónde iremos? —preguntó, mirando a Dutch.
—A las montañas, quizás. O tal vez a otro estado. Aún estoy barajando opciones. Sabes cómo va esto, Arthur. Un movimiento más, un golpe final, y luego el dinero, la libertad. Tahití si hace falta.
El viejo soniquete de "Tahití" volvió a caer sobre Arthur como una broma gastada. Asintió con expresión indescifrable, demasiado acostumbrado a esa retórica para discutirla en voz alta. Hosea, por su parte, soltó un murmullo casi inaudible, algo que sonó como “No otra vez, Dutch…”
En la penumbra, Arthur echó un vistazo alrededor: Bill y Javier cargaban cajas con semblantes tensos, Tilly organizaba la despensa con gesto ausente y Sadie atisbaba el horizonte como si esperara un ataque inminente. La única diferencia con lo que conocía era la presencia constante de una desconfianza latente, una herida que nadie admitía. Comenzó a extrañar la semana en la granja, donde, aunque la mujer que lo había salvado le lanzaba pullas y recelos, nunca había pretendido esconder la verdad tras un velo de grandeza.
—¿Estás de nuestro lado, Arthur? —preguntó de pronto Dutch, con un brillo extraño en la mirada—. Dime que lo estás. Que esa bala que te dieron no te hizo dudar de lo que somos.
Arthur lo miró sin pestañear.
—Siempre lo he estado —respondió, con algo de apatía en la voz—. Pero me pregunto si no valdría la pena buscar un sitio tranquilo, en lugar de seguir presionando el gatillo y esperando un milagro.
—El milagro lo forjamos nosotros —espetó Micah, encogiéndose de hombros—. A base de balas y astucia.
Hosea resopló.
—Basta, Micah. No es la hora ni el lugar para ponerse heroico. Arthur, descansa. Has cabalgado demasiado y cargado con la herida. Mañana decidimos hacia dónde se encamina esta caravana de locos.
—Ni lo dudes —confirmó Dutch—. Ponte cómodo, hijo. Lo necesitas. Y confía en mí, una vez más. Un último esfuerzo y te prometo que todo esto habrá valido la pena.
Arthur se obligó a asentir, aunque por dentro algo le punzaba: una mezcla de escepticismo y memoria. Caminó hasta un costado del campamento, donde había un pequeño fuego casi extinguido, y se dejó caer sobre un tronco. Sintió el cansancio de los días en la ruta, el hombro que no había sanado del todo, y la mente saturada de promesas. Cerca de él, un caballo relinchó, inquieto, como si presintiera el cambio inminente. El campamento entero parecía temblar en un compás de prisas y cuchicheos, recordándole que la persecución no daba tregua.
—No te quedes ahí con cara de funeral —dijo la voz amable de Hosea, acercándose con una taza de café humeante—. Toma un sorbo. ¿Te duele?
Arthur asintió levemente y aceptó la taza.
—Lo soporto. He pasado por cosas peores, ya sabes.
—Lo sé —replicó el hombre, con una sonrisa triste—. Y créeme, me alegra tenerte aquí. Sin ti, las cosas habrían empeorado. Pero al mismo tiempo, no puedo negar que me siento mal por cómo te dejamos atrás.
Arthur bebió un trago, saboreando el amargor que le raspaba la garganta.
—No fue tu culpa, Hosea. Fue lo que Dutch quiso. Y funcionó… hasta cierto punto.
Hosea inclinó la cabeza, como pidiendo disculpas.
—Cuídate, hijo. Dutch está más paranoico que nunca con eso de un soplón. Y Micah le sigue el juego. Teme que alguien esté pasando información a la ley.
—¿Alguna pista de quién podría ser?
—No. Y eso me inquieta más. Dutch vigila a cada uno, sacando conclusiones apresuradas. Pero no podemos quedarnos quietos. Nos iríamos a pique en cuanto los Pinkerton supieran de nosotros otra vez.
La noche se espesó alrededor, y la luna asomó pálida tras las ramas. De vez en cuando, se oía un crujido, un paso apresurado, la voz de Sadie reprendiéndole algo a Bill. Arthur se sintió ajeno a todo, como si hubiera vuelto a un hogar que ya no reconocía. Solo la mano de Hosea en su hombro y el tacto áspero de la taza le recordaban que aún era parte de aquello. Lentamente, dejó que el cansancio lo dominara.
—Descansa, Arthur —repitió Hosea—. Mañana tendremos que desmontar todo.
Se levantó, estirando los brazos con un suspiro largo. Sus pensamientos seguían enredados, pero al menos había hecho algo por ordenar la tormenta que se le desbordaba en la cabeza. Ya nada le parecía claro. La granja, la banda, el polvo de la carretera, las promesas rotas… Todo se enredaba, como si el destino lo estuviera empujando hacia un lugar que no entendía. O tal vez lo que no entendía era cómo las cosas podían seguir así, sin que él pudiera hacer nada para detenerlas.
Cogió su diario con desgano y se volvió a sentar. Sostuvo el lápiz con la mano derecha, la misma mano que no había dejado de temblar en las últimas horas. Lo sostuvo con firmeza, aunque sabía que en su interior no podía asegurar cuán firme sería su trazo, pero algo le decía que necesitaba escribir. Quizá no porque las palabras pudieran salvarlo, sino porque al menos podía intentar entender algo de todo esto.
"La granja se me está borrando de la memoria, igual que todo lo demás que he vivido. Supongo que el polvo y la distancia se lo llevan todo. Pero me queda ese silencio, el de aquel sitio donde nadie me pedía nada más que respirar.
Mika… No sé si fue suerte, casualidad o simple cansancio de su parte. Me dejó quedarme, y eso que yo no era más que un forastero herido. No me preguntó mucho, ni me exigió nada, solo que no le llevara problemas. En su forma de mirar entendí que la vida no le había dado tregua, como a mí. Y supongo que por eso no necesitábamos fingir.
No diré que me sentí tranquilo. No soy hombre de paz, y siempre llevo encima mi propia porquería. Pero por un instante, entre ese techo a medio caer y las gallinas revoloteando, tuve la idea tonta de que la vida podría ser un poco menos complicada. Tal vez no lo sea para mí, pero al menos supe que existe esa posibilidad.
Ella me dejó en claro que no confía en la ley ni en casi nadie, y yo no la culpo. Tampoco esperaba nada de mí. Nos unía, quizá, el simple hecho de seguir aguantando un día más. No sé si habría funcionado a la larga, ni si yo habría encajado en esa vida, pero todavía me descubro pensando en ello.
Ahora que volví con la banda, la cosa no cambia: Dutch sigue repitiendo que “estamos cerca de la libertad”, que un golpe más y listo. Pero llevo años escuchándolo, y aún no veo esa salvación. Micah no ayuda; se pasa el día azuzando a todos, como si disfrutara la tensión. Y Hosea… bueno, Hosea intenta mantenernos con los pies en la tierra, pero ni él puede frenar este tren que va sin frenos.
¿Tengo salida? A veces pienso que un tipo como yo está condenado a arrastrar las mismas culpas hasta que algún día me alcance una bala. Pero no quiero admitir que no haya otra manera de vivir. Aunque, para ser sincero, no sé si me atrevería a buscarla.
El recuerdo de esa granja se me cuela en la cabeza cuando menos lo espero. No era un paraíso, no había promesas de riqueza ni discursos grandilocuentes. Solo tierra reseca y un par de animales asustados. Pero también había algo de verdad, de realidad pura, sin disfraces. Y eso es más de lo que puedo decir de este campamento ahora.
Me pregunto si la desesperación que nos une aquí no será la misma que va a destrozarnos. No sé, supongo que ya lo iré descubriendo.”
Con el lápiz, dibujó una línea borrosa en la parte inferior de la página. No era un retrato perfecto ni un intento de capturar cada rasgo de ella. Era más bien un bosquejo de algo que había quedado grabado en su memoria: el perfil de su rostro, la mandíbula marcada por la vida, la ceja fruncida en ese gesto tan suyo, tan inconfundible. Arthur trazó una línea hacia abajo, el contorno de su cuello, casi sin pensar, casi con la certeza de que no importaba cuánto lo intentara, siempre quedaría algo incompleto. La silueta de sus hombros fuertes, la forma de su postura desafiante. Dejó caer el brazo con un suspiro y cerró el cuaderno. La fogata chisporroteó un poco más, como si el fuego mismo entendiera lo que él no quería admitir.
Sintió que la vida con la banda ya no le otorgaba la seguridad de antes; solo huídas, planes fallidos y la voz de Dutch prometiendo un lugar que nunca terminaba de llegar. El caballo pardo, atado cerca, levantó las orejas y exhaló con incomodidad, captando la inestabilidad del ambiente.
Arthur, con la espalda apoyada contra un tronco y la vista puesta en el cielo, percibió una soledad creciente, como si el mundo entero se hubiera olvidado de él. Y quizás lo más difícil era aceptar que, poco a poco, él tampoco recordaba bien quién había sido antes de todo esto.
----- CHAPTER BREAK -----
El campamento se estableció en Clemens Point, junto a un lago cuyas aguas tranquilas reflejaban un cielo a veces brumoso, a veces iluminado por la puesta de sol. Las tiendas estaban dispersas bajo altísimos árboles cubiertos de musgo, y el calor húmedo se colaba por las rendijas de las lonas. Arthur llevaba ya unos días aquí, intentando olvidar la tensión que había ido creciendo en la banda desde el incidente de Blackwater. Dutch se mostraba cada vez más irascible y paranoico, Hosea hacía lo imposible por mantener la armonía, mientras que Micah hurgaba las brasas de la desconfianza con sus comentarios maliciosos. En ese panorama, todo el mundo parecía preguntarse cuánto tiempo aguantarían antes de verse obligados a volver a huir.
Fue entonces cuando Tilly, con la expresión seria, se acercó a Arthur llevando una carta en mano.
—Arthur —dijo ella, bajando la voz— creo que esto es importante. Llegó esta mañana.
Arthur reconoció la caligrafía pulcra de inmediato: Mary. Sintió una sutil agitación en el pecho, un presentimiento amargo de que, nuevamente, ella necesitaba su ayuda. Tilly lo miró con atención, y en sus ojos se reflejaba cierta preocupación. El resto de la banda también los observó detenidamente, evidenciando el ambiente de desconfianza en Clemens Point.
Pero Arthur no se detuvo a dar explicaciones; se limitó a asentir y a retirarse hacia el tronco de un gran árbol para leer en silencio.
La nota, con la caligrafía pulcra e inconfundible de Mary, era breve y directa. Le pedía que, por favor, acudiera a su encuentro para ayudar a su padre, un hombre propenso a caer en pésimas compañías y deudas imposibles de pagar. Decía que había vuelto a caer en una rutina de juego y bebida, esta vez en las proximidades de Rhodes. Arthur se sorprendió, aunque no tanto; conocía de sobra los vaivenes de ese hombre, y sabía que Mary, por más que intentara desligarse de él, no podía abandonarlo a su suerte. Respiró hondo, sintiendo que la responsabilidad que llevaba era más por su afecto hacia Mary que por cualquier otro compromiso. Desde hace tiempo, el campamento enfrentaba tensiones internas. Dutch se mostraba cada vez más paranoico y receloso, y Micah susurraba acusaciones a quien quisiera escucharlas, y Hosea intentaba mantener la armonía, así que una escapada parecía un alivio y un tormento a la vez. No obstante, no se permitió dudar. Cuando Mary llamaba, él acudía.
Decidió comunicárselo a Dutch, aunque con pocas ganas de explicaciones. A Dutch, absorto en trazar "el próximo golpe maestro" y en vigilar que nadie conspirara en su contra, le bastó con encogerse de hombros al saber que Arthur se iría por un par de días.
—Haz lo que quieras, hijo. Solo regresa si se complica el asunto —masculló Dutch.
Hosea, en cambio, se acercó a Arthur con una mirada paternal y una sonrisa triste. Sabía de sobra lo que Mary significaba para él.
—Cuídate, muchacho —murmuró, apoyando una mano en su hombro—. Siempre que te relacionas con Mary, algo dentro de ti queda dañado.
Arthur asintió, y sin perder más tiempo, ensilló a su pardo, el caballo que había conseguido tras la muerte de su fiel montura. Desde la fronda, Sadie y Charles lo miraban con aire pensativo. Micah, en cambio, soltó un bufido burlón. Pero Arthur partió sin mirar atrás.
Lo primero que Arthur notó al llegar al lugar convenido fue la silueta de Mary, en pie junto a un desvencijado poste de señales, en las afueras de Rhodes. Llevaba un abrigo discreto, sin la elegancia de antaño, pero con la misma dignidad en su porte que Arthur recordaba con punzante claridad. Ella aferraba las riendas de un viejo caballo y se distinguía en su rostro una mueca de ansiedad.
—Gracias por venir —dijo Mary en cuanto él se aproximó.
—Sabes que cuando me llamas... —Arthur dejó la frase inconclusa. No quería sonar débil, pero en el fondo, era consciente de que ella seguía importándole más de lo que le gustaba admitir.
—Mi padre se metió en un lío. Temo que esté bebiendo y apostando lo poco que le queda al norte de Rhodes.
Arthur asintió. En el fondo, no le sorprendía: sabía de sobra que el padre de Mary era un hombre propenso a los excesos y a la ruina, siempre prometiendo cambiar, sin lograrlo.
Cabalgaron en silencio. El aire olía a tierra caliente y se sentía pegajoso, preludio de una tarde sofocante. Algún pájaro soltaba un graznido en los árboles, y el sol se filtraba por las ramas en láminas doradas.
Mientras avanzaban, Mary parecía más nerviosa que de costumbre. A ratos giraba la cabeza para mirar a Arthur, entre culpable y agotada. Él alcanzó a notar que sus manos temblaban ligeramente sobre las riendas.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Arthur, bajando la voz.
—He pasado días horribles, Arthur. Estar pendiente de él... es agotador. Y no sé cuántas veces más podré rescatarlo de sí mismo. Además, me cuesta pedirte ayuda. No quiero que... pienses que solo te busco cuando todo se tuerce.
Arthur quiso acariciarle la mano, pero se contuvo. Ese lugar en la vida de Mary había caducado tiempo atrás, o al menos eso pensaba. Aun así, parte de él recordaba con claridad la calidez de cuando eran jóvenes, cuando ambos soñaron con comprarse una pequeña casita al norte, "lejos de todo esto".
—Te noto más cansado que antes... Y no hablo solo del cuerpo —añadió Mary, ladeando el rostro para observarlo—. Antes eras... distinto.
Arthur dejó escapar un leve suspiro.
—Las cosas cambian, Mary. A veces ni yo sé en qué me he convertido.
La posada de mala muerte se alzaba en un cruce polvoriento del camino principal de Rhodes. En el porche, dos tipos con aspecto sombrío jugaban a las cartas sobre un barril, mientras reían con una complacencia burlona. Al ver a Arthur y a Mary, se soltaron un par de risas despectivas. El interior apestaba a sudor y a whisky barato; el piso crujía, pegajoso de tantas salpicaduras de alcohol.
Allí, en el fondo del local, divisaron al padre de Mary, con la cabeza gacha sobre una mesa llena de botellas. Varios matones se divertían a su costa, lanzándole pullas. Arthur se abrió paso, esquivando sillas rotas y mesas desvencijadas.
—¿Tú quién…? Ah… ya… tú eres ese maldito vaquero que merodea con mi hija, ¿no? —farfulló, tambaleándose.
—Cierre la boca y levántese. Mary lo está esperando. Ha venido de lejos para sacarlo de… esto —replicó Arthur, tratando de no dejarse llevar por la irritación.
El padre de Mary, con la mirada perdida y el rostro surcado de arrugas, sacudió el brazo para soltarse.
—¡No necesito tu ayuda, ni la de esa...! —Se tambaleó, a punto de caer.
Un hombre robusto del bar, que llevaba un sombrero sucio, se acercó observando atentamente la escena —Eh... un momento. —Sus ojos se entrecerraron al reconocer a Arthur—. Oye, no es ese fijutivo, ¿no? Se busca vivo o muerto en estos lares.
Arthur apretó los dientes, sintiendo un nudo en el estómago. No estaba de humor para un enfrentamiento, y menos con Mary esperando fuera.
—No creo que quiera usted buscar problemas —musitó Arthur, con la mano cerca de su revólver.
El hombre corpulento dudó unos segundos, valorando la recompensa que podría ganar, pero al ver la mirada firme de Arthur, terminó dando un paso atrás con un gruñido.
—Bah, no valdrás lo que me cueste en balas...
Mientras, el padre de Mary forcejeó de nuevo, intentando zafarse. Arthur lo sostuvo con paciencia, o al menos con la paciencia que le quedaba.
—¡Suél... suéltame, maldita sea! —jadeó el borracho, con un intento de puñetazo que rozó la camisa de Arthur sin mayor efecto.
Arthur suspiró.
—Vamos, viejo. No me obligue a romperle la cara.
Fuera, Mary esperó con expresión ansiosa. Arthur le cedió al hombre, que se tambaleó hacia ella soltando groserías. Ella lo ayudó a subir al caballo con su ayuda, intentando no mostrarse demasiado afligida por la vergüenza. Arthur contuvo un suspiro y subió a su propio corcel.
Durante el trayecto de vuelta, apenas intercambiaron unas frases cortas para organizar lo básico: dónde se hospedarían, cómo calmar la borrachera del hombre. Al fin, llegaron a una vieja casa donde Mary había conseguido refugio temporalmente. El lugar olía a humedad y había una gotera insistente que caía en una cubeta metálica, produciendo un repiqueteo casi desesperante. Un par de muebles desvencijados y cajas apiladas con mantas viejas completaban la imagen de precariedad
.
El padre, medio inconsciente, se tumbó en un catre mugriento, soltando blasfemias incoherentes.
—¡No tenía por qué venir! —balbuceó, mirando a Mary con rabia—. Siempre... siempre arruinas todo...
Mary cerró los ojos un instante, aguantando el nudo en la garganta.
—Basta, papá, por favor.
—¿Crees que traer al forajido este... el matón de la banda... te hace mejor que yo? —continuó él, con voz pastosa—. Todos iguales.
Arthur observó la escena en silencio, sintiendo una mezcla de lástima e incomodidad. El hombre, borracho, parecía escupir resentimiento a borbotones, sin distinguir quién estaba realmente a su lado. Mary le quitó con cuidado las botas y el chaquetón, suspirando con un desaliento que dolía de ver.
—Descansa —musitó Mary, acariciándole la frente con un gesto materno que contrastaba con la ira contenida en su mirada.
Ya en el porche, Mary se sentó en el borde de una mecedora rota, abrazándose los brazos mientras miraba al suelo. Arthur, apoyado contra un poste de madera.
—Lo siento... —murmuró Mary, casi sin mirarlo—. Siempre te arrastro a estas situaciones desagradables.
—No te disculpes. Yo elegí venir —dijo Arthur, haciendo una pausa y sin saber muy bien qué hacer con sus manos..
Se hizo un silencio lleno de viejos recuerdos y culpas. Arthur recordaba la vez que Mary lloró en sus brazos, cuando la familia de ella lo tachó de rufián. También le vino a la mente la inocencia con la que, siendo dos adolecentes, soñaban con ser "personas de bien", tal vez criar caballos en un rancho lejano. Mary alzó el rostro, dedicándole una sonrisa nerviosa.
—¿Recuerdas cuando pensábamos en comprar esa casita al norte...? Éramos tan ilusos. Y tan felices, quizá.
Arthur sintió un nudo en la garganta. Bajó la mirada.
—Sí... lo recuerdo. Éramos... más jóvenes, supongo. Más ingenuos.
—Arthur —dijo ella, con un temblor en la voz—, todavía creo que podrías alejarte de esa vida. No veo un final bueno para ti en medio de esa banda, con fugas y balaceras. Tú no eres un demonio. Ni siquiera eres el forajido que dicen.
Arthur torció el gesto, sintiendo una punzada en el pecho. Pensó en Dutch, en Hosea, en todos los años que pasó viviendo fuera de la ley.
—No es tan sencillo, Mary. No puedo dar la espalda a quienes me criaron. Dutch y Hosea me lo enseñaron todo; les debo lealtad. Incluso cuando las cosas se tuercen, no me parece bien huir.
—¿Y hasta cuándo? ¿Hasta que te maten? ¿Hasta que te encarcelen? —replicó Mary, con una dureza que vibraba en cada palabra—. Temo recibir un telegrama diciéndome que te han colgado.
Arthur sintió la necesidad de abrazarla, de protegerla de su propio miedo, pero se contuvo. No sabía ni siquiera si podía salvarse a sí mismo. El caballo pardo, atado a unos metros, relinchó suavemente, inquieto. Arthur exhaló un suspiro que parecía arrancar algo de su alma.
—Quizá... no me quede mucho tiempo —murmuró—. Pero no voy a marcharme así de la noche a la mañana. Dutch confía en mí, y Hosea... bueno, es como un padre para mí.
Mary apretó los labios, con los ojos húmedos.
—¿Por qué quieres tanto a esos que te arrastran a la violencia? ¿No has pensado en huir conmigo... aunque sé que no lo harás? —susurró, intentando que no se le quebrara la voz.
Arthur guardó silencio, y ese silencio pesó más que mil palabras.
—Lo entiendo... pero no puedo seguirte en ese camino. Me duele, Arthur. Me duele verte autodestruirte.
Él cerró los ojos un instante, y no encontró respuesta. Dio un pequeño paso hacia ella, como si fuera a abrazarla, pero se quedó a medio gesto.
—Cuida de tu padre… y cuídate tú también —dijo al fin, sin poder mirarla a los ojos.
La despedida quedó suspendida en el aire, un amago de abrazo frustrado, y Arthur sintió que dejarla allí con toda su fragilidad le rompía el corazón. Montó en su pardo y se alejó con el corazón revuelto, preguntándose si de verdad era tan imposible dejar atrás las armas y los planes de Dutch. Pero cada vez que lo consideraba, la lealtad hacia la banda, la gratitud hacia Hosea y la retórica grandilocuente de Dutch lo envolvían en un nudo de culpas y costumbres.
La noche iba cerrándose lentamente cuando Arthur se internó en los caminos que llevaban de vuelta a Clemens Point. El camino, envuelto en penumbra, se hizo largo. El aire, cada vez más fresco, soplaba con un olor a hierba húmeda y a humo disperso de fogatas lejanas.
A lo lejos, Arthur creyó ver un par de jinetes. Se detuvo y contuvo el aliento, temiendo que fueran Pinkerton o cazarrecompensas. Espoleó a su caballo para salirse del camino principal, ocultándose tras unos matorrales. Oyó cascos, voces distantes, y esperó. Cuando se aseguró de que habían seguido de largo, salió de nuevo a la senda con el pulso todavía acelerado.
Se sentía atrapado entre la súplica de Mary y la realidad de su banda, sin ver con claridad una salida digna. Fue entonces cuando, al doblar otro recodo, distinguió una silueta femenina montada en un caballo oscuro a un costado de la senda.
Al aproximarse, vio a alguien sobre un caballo oscuro, y su sorpresa se transformó en un impulso de alivio al reconocer a Mika: la mujer que lo había salvado semanas atrás en su granja. No esperaba encontrarla en ese lugar ni a esa hora, pero parecía que la casualidad los empujaba a coincidir.
—¿Tú por aquí? —dijo Arthur, deteniendo a su pardo.
—¿Te sorprende? —replicó ella con su tono seco, aunque Arthur notó un leve alivio en su mirada—. He tenido que viajar más lejos a por suministros. Strawberry está imposible, los precios se dispararon, y... hay muchos carteles con tu cara por todos lados. "Arthur Morgan, se busca vivo o muerto."
Arthur torció el gesto. Sentía el peso de la cacería a la que lo sometían los Pinkerton y la ley.
—Gracias por la advertencia —murmuró—. Evitaré Strawberry, entonces. Supongo que no les caería bien mi presencia.
—Sí, no es buena idea que aparezcas por allí —continuó ella—. Si te pillan, te harán pagar por todo lo que te acusen.
Se hizo un silencio momentáneo, mientras ambos caballos pateaban el suelo con cierta impaciencia. Mika se fijó en el semblante sombrío de Arthur, en cómo llevaba la boca apretada.
—Pareces... cansado. ¿Te han disparado de nuevo o qué? —soltó ella, arqueando una ceja con fingida ironía.
—No hoy —contestó Arthur, dejando escapar una risa amarga—. He tenido... ciertos reencuentros que me han revuelto la cabeza.
—¿Alguien de la banda?
—No. Una mujer. —Arthur dudó, pero se dejó llevar—. Quiere que deje todo esto. Empezar de cero, ser un hombre honrado. Y no sé... No veo claro si puedo hacerlo.
Mika arqueó una ceja, ladeando la cabeza con una altivez un tanto fingida.
—¿Y vas a hacerlo? ¿Abandonar esa vida así como así?
Arthur dudó. Notó el interés genuino tras la pregunta. Bajó la mirada un instante.
—No lo sé. Hace un tiempo… A veces creo que no encajo en ningún sitio.
—Bueno —replicó Mika, fijando la mirada en los ojos de Arthur—, si quieres mi opinión, no me pareces el tipo de hombre que pueda renunciar al polvo y a la pólvora tan fácilmente. Aunque... —Se encogió de hombros—. Tampoco creo que te haga feliz huir siempre.
El viento se llevó algunas hojas secas que rodaron por el suelo, y un silencio algo incómodo se alargó entre ellos. Arthur recordó con fuerza aquellos días en la granja, cuando despertó casi muriéndose, y la vio a ella sosteniendo un rifle, vigilándolo con recelo y al mismo tiempo salvándole la vida. "Eso fue real", pensó, "más real que muchas otras cosas."
—¿Y tú? —dijo al fin—. ¿Sigues allí, con tus animales y ese rancho solitario?
Mika asintió.
—Sí, aunque la temporada va mal y me veo obligada a salir a comerciar más lejos. Encima, los animales no andan bien. Y tengo vecinos que insisten en que les venda la tierra por cuatro monedas... Como si fuera tan fácil. Pero al menos no tengo que rendirle cuentas a nadie. —Le dirigió una mirada ladeada, luego respiró hondo, sin dejar de clavar sus ojos en él.
—¿Y qué hay de esa mujer? —preguntó con un deje irónico—. ¿Te aceptaría con tus disparos y tus planes enrevesados? ¿O quiere moldearte a su medida?
Arthur se encogió de hombros, sintiendo una punzada emocional.
—Mary… Ella tiene sus razones. Yo me he metido en demasiados problemas, Mika. Y ella es… alguien que valoro mucho. Pero me pide algo que no sé si puedo darle: serenidad, una vida honrada. Y mi banda… es mi familia, aunque Dutch se esté volviendo cada vez más loco. No soy un simple ciudadano de a pie.
El viento sopló levemente entre los árboles, arrancando hojas que rodaron por el camino de tierra. Mika ladeó la cabeza con una media sonrisa casi imperceptible.
—Hum. Esa mujer debe creer que todo gira a su alrededor si piensa que vas a dejarlo todo por ella. —Se encogió de hombros, fingiendo indiferencia—. Pero supongo que tú sabrás si te vale la pena, Morgan. La vida no espera. Y si tienes carteles tuyos en Strawberry, pronto podrían colgarlos también en Rhodes, en Saint Denis y en cualquier parte.
Arthur soltó un suspiro y le dedicó una mirada sincera.
—Gracias por la advertencia. Y… me alegra verte. Suponía que habrías olvidado al bobo que se desangraba en tu cocina.
Ella soltó un resoplido, fingiendo indiferencia.
—Difícil olvidar a alguien que ronca como un buey. Además, sigo sin saber si lo que pasó allí fue real o un disparate —dijo, y luego se ablandó un segundo—. Pero supongo que todavía no te mueres. Eso me… me alegra, aunque sea algo estúpido decirlo en voz alta.
Hubo otro breve silencio que se cargó de algo parecido a complicidad. Arthur sintió un calor extraño en el pecho, a la vez que recordaba la charla con Mary, el resentimiento de su padre, la paranoia del campamento. Y allí estaba Mika, prudente, directa, advirtiéndole de los peligros y, en el fondo, interesándose por su bienestar.
—Oye, Arthur… si necesitas un lugar donde esconderte… —continuó ella, dudando un poco.— si la cosa se pone peor para ti... supongo que mi puerta sigue abierta.
Arthur alzó una ceja, sorprendido.
—¿De verdad? No parecía que disfrutaras mucho mi compañía cuando me arrastré moribundo a tu granero.
Ella bufó con algo parecido a una sonrisa.
—Eras un estorbo. Pero... —Se encogió de hombros, y dejó que sus ojos hablaran un segundo—. Digamos que prefiero tu sarcasmo a la idea de que te pudras en una celda.
Arthur sintió un calor extraño en el pecho, algo que rozaba la ternura. Se enderezó en la silla de su caballo.
—Lo tendré en cuenta —dijo, esbozando una leve sonrisa—. Con suerte, no tendré que desplomarme otra vez en tu cocina.
—Mejor que no. No voy a cargar contigo dos veces —bromeó ella, suavizando el filo habitual de su voz.
—¿Seguirás tu ruta de suministros?
Mika miró su alforja casi vacía.
—Sí, veré si en Rhodes encuentro algo barato. Y luego volveré a mi rancho. Aunque con lo que me espera, no descarto tener que... buscarme la vida de otra forma. No soy buena mintiendo, pero no pienso dejar que me muera de hambre.
Arthur pensó en ofrecerle dinero, pero sabía que ella rechazaría cualquier limosna. Asintió, con un deje de admiración por su independencia.
—Cuídate, entonces. Y ten cuidado: esa zona también está llena de maleantes.
—No te preocupes. Sé cuidar de mí misma. Y tú… no te metas en líos si puedes evitarlo —dijo con un tono más suave de lo habitual.
El caballo de Mika resopló, y ella se aproximó un poco más. Arthur notó que su mano estaba a medio camino de rozar la suya, como si dudara. Él, impulsado por un arranque que no acababa de entender, cedió. Tocó con cuidado los nudillos de ella. Fue un gesto breve, apenas un roce, pero Mika no se apartó.
—Cuídate, Morgan —dijo al fin, con una suave firmeza—. El mundo no se va a detener a esperarte, y tu banda puede que te arrastre al fondo. Y... no me gustaría... —Se calló. Bajó la mirada un segundo, luego la clavó de nuevo en él—. No me gustaría verte enterrado antes de tiempo.
Arthur tragó saliva, sintiendo algo parecido a un latido en el pecho que llevaba tiempo apagado. Inclinó la cabeza.
—Tampoco me gustaría morir antes de probar... —Estuvo a punto de decir algo más, pero se mordió la lengua. ¿Probar qué? ¿Una vida con ella, en esa granja áspera pero real? Sintió el vértigo de decirlo en voz alta.
Notó cómo la mano de ella se demoraba en la suya un segundo más de lo necesario, y en ese breve lapso se sintió extraño, como si un calor le recorriera las venas.
—Me voy —dijo ella, guardando ese atisbo de confidencia—. Tengo que llegar a Rhodes antes del anochecer.
—Claro. Y yo debo regresar al campamento.
—Si algún día te ves acorralado... —añadió Mika en voz baja—. Ya sabes dónde estoy. Siéntete con libertad de... aparecer de improvisto.
Entonces, con un leve tirón de las riendas, Mika se alejó hacia el sur,y
Arthur se quedó observando hasta que desapareció, notando un vacío y, a la vez, un extraño calor que amenazaba con encenderse.
Cuando Arthur reanudó el paso hacia Clemens Point, la noche ya se había adueñado del camino. El canto de grillos invadía el aire, y la luna se alzaba entre las nubes, plateando la copa de los árboles. Fue imposible no pensar en Mary y en la forma en que siempre había querido rescatarlo de sí mismo; también en Mika, y en la forma en que lo aceptaba con sus contradicciones, como si no intentara cambiarlo sino simplemente advertirle de los peligros de su mundo.
El pardo avanzaba con un trote firme, como si captara la confusión de su jinete. Arthur sentía un nudo en la garganta, preguntándose por qué su vida no podía ser simple. El recuerdo de Dutch hablando de planes imposibles y la súplica de Mary para que abandonara todo chocaban en su cabeza, como dos corrientes de agua encontradas. ¿Por qué ninguna de las dos mujeres parecía encajar con la senda que Dutch y Hosea le habían trazado? ¿Y por qué no se atrevía a cortar con nada de ello?
Miró la luna un segundo, dejando que el sonido de los grillos llenara el silencio. “La banda es lo único que conozco”, pensó. Dutch, Hosea… eran su familia, a pesar de todo. Tal vez no hubiera camino sencillo para gente como él. Con un suspiro hondo, Arthur se obligó a seguir adelante: no podía darle la espalda a quienes lo habían criado, ni correr hacia una libertad que, en el fondo, temía no merecer.
