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Español
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Published:
2025-02-01
Words:
9032
Chapters:
1/8

Ilusion Dorada

Entire Work

Work Text

Cuando el tiempo se convierte en un susurro fugaz, un soplo que atraviesa la piel sin dejar huella, cuando el dolor ya no es un visitante ocasional, sino un huésped perenne que se instala en cada rincón del cuerpo, y la soledad se arraiga en la mente como un eco perpetuo, lo único que queda es esperar. 
Esperar a que acabe... O que lo maten...
 La oscuridad era absoluta, una negrura sofocante que envolvía su existencia. Cada intento de mover los ojos terminaba en un ardor insoportable, una advertencia que susurraba con la voz cruel del sufrimiento: “Ni lo intentes”. Los vendajes que cubrían la parte superior de su rostro eran una frontera entre él y el mundo exterior, un muro que le había sido impuesto con la promesa de que sus ojos aún no estaban listos para ver. Después de la cirugía, después de lo que fuera que le hubieran hecho, solo le quedaba el reposo obligado y la incertidumbre de lo que vendría después. Su mente era un campo estéril, sin recuerdos, sin identidad. Solo esperaba. Esperaba al hombre que lo revisaba, que lo atendía, que lo hería, que lo destruía y lo reconstruía con manos frías y metodicidad perversa. Ese hombre se llamaba a sí mismo “El Doctor”, y su voz era una mezcla discordante de dulzura retorcida y senectud marchita. Su tono se arrastraba como el filo de un bisturí desafilado, con una cadencia pausada, casi melancólica, como si cada palabra estuviera diseccionando a su interlocutor. A veces, la emoción en su voz era tan artificial que sonaba como el eco de una risa que alguna vez conoció la alegría, pero que ahora solo fingía recordarla. —¡Siempre me impresionas, Shizu! Tienes una gran tolerancia a todo… —dijo el doctor con una sonrisa casi orgullosa, como un artista contemplando su obra maestra. 
Shizu. Ese era su nombre.
 No lo había elegido. No recordaba haber tenido otro. El doctor le había dado ese nombre después de la prueba final, aquella que ninguno de los otros sujetos había sobrevivido. Pero él sí. Él lo logró. Fue el único. Y por eso lo llamaron Shizu, abreviatura de Shizuku, "Gotita". No porque fuera frágil o efímero, sino por algo más… algo que el doctor encontraba divertido en una manera que Shizu no entendía. —Aunque nazca una nueva persona, algo de ella siempre quedará… —susurraba el doctor, su voz empapada de ironía velada. Nunca comprendió esas palabras. Nunca comprendió por qué parecían tan divertidas para su captor. Pero lo aceptó, como aceptaba todo lo demás. Con una sonrisa tímida y un leve asentimiento de cabeza. La amnesia lo rodeaba como una niebla espesa. No sabía dónde estaba. No sabía qué era antes de esto. No sabía por qué estaba aquí. Solo sabía que el doctor le repetía, con una devoción casi fanática, que tenía una misión. Un propósito. Un trabajo vital que cumplir. —Si es necesario, morirás por esa causa —le dijo una vez, con una certeza incuestionable. 
Porque ahora era una nueva persona. Porque ya no era lo que una vez fue. Porque existía solo para servir a su amo.
 
Porque era una ofrenda.
 
Porque fue creado para seguir órdenes.
 
Porque fue creado para morir.

Cuando llegó el momento de quitar los vendajes de los ojos, sintió que estaba viendo el mundo por primera vez, y en cierto modo, era verdad. No recordaba nada antes de la prueba final: ni su nombre, ni su apariencia, ni su vida pasada. Todo lo que sabía era que ahora tenía que seguir las órdenes de su maestro, las órdenes de su superior. El mundo era diferente a lo que imaginó en su mente, esas imágenes borrosas de lo que creía que era la realidad parecían recuerdos inexistentes, fragmentos sin sustancia. Y, sin embargo, ahora estaba aquí, enfrentándose a la verdad tangible de su nueva existencia. Al principio, su vista era borrosa, y la luz demasiado intensa. Tuvo que cerrar los ojos y tomarse un momento antes de volver a abrirlos. El dolor persistía, una punzada constante en sus retinas, pero era soportable. Poco a poco, su visión se fue aclarando y se encontró en una habitación pequeña, similar a un consultorio médico, pero con un aura sofocante, casi letal. La atmósfera gritaba con silenciosa amenaza: "Aquí morirás torturado". A un costado, una mesa metálica rebosaba de utensilios filosos, bisturíes y cuchillos quirúrgicos que relucían bajo la tenue luz. Bajó la mirada y vio que llevaba puesta una bata de hospital, un símbolo inequívoco de su condición. Algo dentro de él le dijo que aquella prenda solo auguraba más sufrimiento. Fue entonces cuando notó algo extraño en su cuerpo. Sus venas, que deberían ser moradas o verdes como las de cualquier otra persona, brillaban con un dorado fuerte, como si en lugar de sangre roja, en su interior fluyera un líquido dorado. Sus manos eran completamente doradas, relucientes, como si estuvieran hechas de un metal precioso, y desde sus dedos, las venas doradas trepaban por su brazo, aunque a medida que ascendían, el color se iba perdiendo poco a poco en su piel pálida. Sin embargo, pudo sentirlo: en lo profundo de su cuerpo, cada vena brillaba con aquel resplandor dorado, contaminando cada rincón de su ser con aquella extraña y desconocida esencia. —¡Mi bella creación! ¿Cómo te sientes? La voz del doctor interrumpió su confusión. Se giró lentamente para verlo por primera vez. El doctor era un anciano de aspecto marchito, calvo, con un gran bigote que adornaba su rostro. Sus gafas enormes le daban un aire de excentricidad, pero lo más perturbador era su sonrisa: amplia, radiante, casi infantil en su emoción desmedida. —D-Duele un poco, y todo es muy brillante… —respondío Shizu con voz temblorosa. El doctor lo miró embelesado, como si estuviera admirando su mejor obra. —El dolor se irá poco a poco. Pero si no lo hace, deberás acostumbrarte. Te creé para soportarlo, para resistirlo, para ser más fuerte que cualquier otra criatura—Shizu parpadeó varias veces, dejando que las palabras se asentaran en su mente. Antes de que pudiera procesarlo, una voz resonó desde una esquina de la habitación. 
—Tan impresionante como siempre, Doctor. Nunca decepcionas con tus inventos…
 Shizu giró la cabeza en dirección al sonido. Un altavoz pequeño pero potente estaba incrustado en la pared junto a una cámara que lo vigilaba con frialdad mecánica. —Aún falta mucho. Necesitamos entrenarlo, señor… Entrenamiento. La palabra resonó en su cabeza con un eco inquietante. “¿Entrenamiento?” El concepto lo llenó de preguntas y temores. Su cuerpo, aún débil, sentía el peso de un destino incierto. Y en su corazón, un vacío oscuro comenzaba a expandirse. Unas horas después, se encontraba en un salón amplio, aunque la sensación de encierro era innegable. No había ventanas, ni la más mínima señal de un mundo exterior. La frialdad de las paredes y el aire viciado le dieron la impresión de estar bajo tierra. Pero lo más perturbador de todo eran los gigantescos tubos de cristal alineados en la sala. Dentro de ellos, flotaban criaturas grotescas sumergidas en un líquido espeso. —¡Oh! Esas son mis bellas creaciones, ¡como tú! Solo que tú tienes conciencia, a diferencia de ellos. Puedes llamarlos Nomus… Shizu observó con una mezcla de fascinación y horror. Eran cuerpos deformes, amalgamas de carne y metal, cada uno más grotesco que el anterior. Algunos tenían múltiples brazos, otros carecían de rostro, con bocas desfiguradas que parecían haber sido cosidas con brutalidad. Sus ojos, saltones y sin párpados, le daban la impresión de que lo miraban fijamente, atrapados en un estado de vigilia perpetua. Un escalofrío recorrió su espalda. Si no hubiera superado la “Prueba final”, bien podría haber sido uno de ellos. Sintió un atisbo de alivio por no compartir aquel destino, aunque la voz en su interior le susurraba que su propia existencia no era menos aterradora.  El primer entrenamiento fue con su Don. Según el doctor, se llamaba “Santuario Interior”, un don que le permitía crear un espacio mental. Con suficiente entrenamiento, podría utilizarlo para generar ilusiones en los demás con solo mirarlos a los ojos, tocarlos o si estos le dirigían la vista. Sin embargo, cuando su don se activaba sin control, reflejaba lo más profundo de su alma y esencia. El Santuario era un refugio de paz. Pero el doctor le dijo que, con el tiempo, podría moldearlo según la emoción que deseara transmitir. Mientras la víctima estuviera atrapada en su ilusión, su cuerpo físico quedaría inmóvil en el exterior. Para salir de su control, se necesitaba un toque externo. El entrenamiento era… en palabras de Shizu, mentalmente doloroso. El doctor tenía sujetos de prueba, personas que planeaba convertir en Nomus: adultos, niños, adolescentes con dones poderosos. Eran víctimas de secuestro, aterradas por su situación. Su tarea era calmarlos con su don, comunicarse con ellos a través del Santuario, guiarlos dentro de él. Le pusieron a cargo de llevarles comida. Cada uno estaba atrapado en jaulas minúsculas. Cuando lo veían, algunos sollozaban, otros rogaban por ayuda. Pero él no podía ayudarlos, no debía. Solo pedía disculpas. Al principio, apenas podía mantener su don activo por unos minutos. Pero poco a poco mejoró. Se sentía agradecido de que su poder les diera un respiro del sufrimiento, de que en aquel momento de desesperación, él pudiera ofrecerles paz… hasta el día en que el doctor se los llevaba. El Santuario era hermoso, irreal. Un cielo nocturno estrellado de múltiples colores se extendía sobre ellos, con una luna que brillaba con intensidad. El suelo reflejaba el cielo como un lago cristalino. Si caminabas más allá, encontrabas una vasta pradera de pasto blanco con flores violetas. Pequeñas mariposas brillantes de un blanco resplandeciente revoloteaban alrededor, en un número reducido, pero suficiente para dar al paisaje un aire etéreo. A veces, el ambiente cambiaba: la noche se transformaba en día, y el sol cálido iluminaba el paisaje. Los niños que lloraban por sus madres reían y corrían en los pastizales. Los adultos se tumbaban sobre el agua, observando las estrellas. Los adolescentes se reunían, exploraban. Era un escape. Una mentira bella. Pero cada vez que uno de ellos era llevado a la cirugía, Shizu los acompañaba. Se tomaban de la mano hasta que la puerta se cerraba entre ellos. También entrenó con los Nomus. Para su sorpresa, ellos reaccionaban de manera diferente a su don. Aunque no tenían conciencia, algo en ellos—una sombra de quienes fueron—respondía a su Santuario con calma. A veces los veía casi relajarse en su mundo ilusorio. A medida que progresaba, aprendió a recrear lugares, situaciones, personas. Al principio, solo lograba imitar los escenarios en los que estaba. Luego, fue capaz de modelar recuerdos ajenos, escenas enteras. Podía manipular el entorno dentro del Santuario, pero aún le costaba perfeccionar su control total. A medida que progresaba, aprendió más sobre su don:Primero, necesitaba contacto visual obligatorio: el quirk solo se activaba con contacto visual directo o tacto. Si la persona evitaba mirarlo, Shizu no podía transportarla al Santuario.Segundo, mientras alguien estuviera atrapado en el Santuario, Shizu podía seguir controlando su mente y el mundo exterior, pero si el trance se prolongaba demasiado, experimentaba una fatiga mental devastadora.Tercero, podía llevar consigo a múltiples personas dentro del Santuario siempre que hiciera contacto visual con ellas o las tocara.Y cuarto, el uso constante le secaba los ojos. Aunque su poder no desaparecía si parpadeaba, cada uso prolongado hacía que su visión se volviera borrosa. El entrenamiento tenía un costo. Hubo días en los que no pudo abrir los ojos por el dolor. La luz era demasiado intensa, y prefirió vendarse los ojos. Eventualmente, esto se convirtió en un hábito: cada noche, al volver a su habitación solitaria con una simple cama, se colocaba una venda negra sobre los ojos antes de dormir.  El entrenamiento más extraño y, a la vez, el más fácil era el de la cafetería. Le enseñaban a preparar distintos tipos de café, a hornear galletas, tortas, a cocinar platos sencillos. Al principio no entendía el propósito. ¿Qué sentido tenía aprender a hacer un capuchino perfecto cuando en los otros entrenamientos lo arrojaban a un infierno de sangre y desesperación? Era absurdo, ilógico… pero también era un respiro. Un descanso frágil e irónico dentro de la tortura. Sus manos temblaban mientras sostenía una taza, la espuma del café formaba pequeños remolinos bajo su mirada perdida. Un instante de paz en medio del caos. Un espejismo. 
Porque luego venía lo otro.
 El entrenamiento de batalla era lo que más le costaba. Le enseñaban a defenderse, a atacar sin dudar, a golpear con precisión, a apuñalar con intención letal. Y cuando el doctor le entregaba un cuchillo, sabía lo que seguía. Nomus. Criaturas deformes, brutales, herramientas vivientes diseñadas solo para obedecer. “Véncelos”, ordenaba el doctor con indiferencia. Y vencer significaba matarlos. No solo reducirlos, no solo dejarlos incapacitados. Matar. De tal manera que nunca más pudieran recibir órdenes. Shizu lo intentó. Intentó convencerse de que esas cosas no sentían, de que no eran más que restos de lo que alguna vez fueron humanos. Pero cuando su cuchillo perforó carne, cuando su puño se hundió en su piel grotesca, sintió algo. Una punzada helada que no era solo culpa. Algo más. Al principio pensó que era su imaginación, que su mente le jugaba una broma cruel en su intento de aferrarse a algún rastro de moralidad. Pero no era eso. Porque cuando el Nomu cayó al suelo, herido de muerte, lo sintió. 
No miedo.
 
No rabia.
 
Sino alivio.
 Una liberación silenciosa, como un grito ahogado en la oscuridad. Un ruego que no necesitaba palabras. 
Déjame ir.
 Shizu se quedó helado. Sus manos temblaban, el cuchillo aún entre sus dedos. Sintió el peso del cuerpo del Nomu debajo de él, la respiración entrecortada de la criatura, los ojos vidriosos que no lo miraban pero que, de algún modo, lo veían. 
Por favor.
 Una lágrima rodó por su mejilla antes de que hundiera la hoja hasta el fondo. Cuando el cuerpo dejó de moverse, Shizu se dejó caer de rodillas y juntó las manos. No sabía qué más hacer. No podía devolverle su humanidad, no podía cambiar lo que había ocurrido, pero podía hacer esto. —Descansa en paz —susurró. No sabía si las almas de los Nomus podían oírlo, si aún tenían alma. Pero aun así rezó. Detrás de él, el doctor lo observaba en silencio, con una sonrisa que helaba los huesos. Había descubierto algo interesante. Shizu podía sentir a los Nomus. Podía comunicarse con ellos. 
Y eso lo cambiaba todo.
  No sabía cuánto tiempo llevaba entrenando, ni entendía por qué tenía que hacerlo. No sabía cuál era su objetivo, cuál sería su propósito final. Solo sabía que debía obedecer las órdenes de sus superiores. El doctor era su superior principal. Siempre estaba ahí, dándole instrucciones, pidiéndole ayuda para transportar documentos o extraños objetos. A veces, lo llamaba "su hijo", su "creación divina". Decía que él era la más bella de todas sus obras, la prueba culminante de su genio. Shizu comprendía a qué se refería cuando miraba a los Nomus y a otras creaciones del laboratorio. Ellos eran sus "hermanos", según el anciano, pero eran grotescos, aberraciones de carne y metal. En cambio, él... él parecía humano. Sus venas resplandecían con un dorado intenso, como si su sangre no fuera roja, sino oro líquido. Sus manos eran completamente doradas, pero en sus brazos el brillo iba desvaneciéndose poco a poco. Nunca había visto su propio rostro. No había espejos en ningún lado, ni nada donde reflejarse. Cada vez que terminaba un entrenamiento, una pregunta quedaba flotando en su mente: ¿Cómo sería su rostro? ¿Cómo sería su cabello? ¿Sería feo? ¿Sería lindo? El doctor hablaba de su belleza, pero su admiración parecía dirigirse más hacia su creación que hacia él como individuo. La única vez que tuvo una pista sobre su apariencia fue cuando escuchó la voz de aquel que llamaban "Sensei" resonar por los altavoces del laboratorio:—No se parece en nada a tus antiguas creaciones, doctor… Engañaría a cualquiera con esa carita angelical que tiene… Shizu quedó en silencio tras esas palabras. ¿Era esa la razón? ¿Era su apariencia parte de su propósito? ¿Querían que su rostro transmitiera calma y paz en medio de aquella realidad oscura y sangrienta? Nunca había visto a ese "Sensei", pero sabía que era el verdadero maestro, el que estaba por encima de todos. Su poder superaba incluso al del doctor. Era el demonio detrás de todo. Solo su voz bastaba para aterrorizarlo. Era profunda, resonante, una sombra que se deslizaba por cada rincón del laboratorio. No era un simple sonido: era una presión, un peso en el pecho, algo que se filtraba en la mente y helaba la sangre. No gritaba, no se alteraba. No necesitaba hacerlo. Cada palabra suya era una sentencia, cada sílaba contenía un poder que no podía explicarse con palabras. Shizu temía aquella voz. Pero sabía que algún día, cuando su entrenamiento terminara y su propósito comenzara, tendría que enfrentarse a su presencia. Conocería a Sensei. 
Conocería al diablo.
  Cuando el entrenamiento terminó, cuando pasó de ser el más herido al que terminaba asesinando a sus "hermanos", cuando ese ciclo se repitió hasta volverse rutina. Cuando su dominio sobre su Don se hizo aceptable, tolerable, hasta natural. Cuando la preparación de dulces, galletas, comidas y cenas se convirtió en un acto mecánico, casi perfecto, con la voz del Doctor alabando cada creación como si fuese la obra maestra de un artista. Estuvo listo. Shizuku despertó como siempre. Se sentó en la cama con la espalda recta, la mirada perdida en la nada, esperando que la puerta se abriera y que el Doctor apareciera con nuevas órdenes. Su vida se basaba en eso: esperar y obedecer. Cuando el sonido de las cerraduras se rompió en el silencio, su cuerpo se tensó ligeramente, preparándose. Pero cuando la puerta se abrió, no encontró la habitual mirada ansiosa del Doctor, esa chispa de emoción que siempre destellaba en sus ojos al observarlo. No. Esta vez, su expresión era diferente. Más seria. Más... ¿triste? —Shizuku… Sígueme. Sin cuestionarlo, el niño se puso de pie y lo siguió. Era lo que debía hacer. Siempre lo había hecho. Pero esta vez, el camino era diferente. No tomaron los pasillos habituales hacia la sala de entrenamiento, ni descendieron a los niveles donde la gente se sumergía en la calma de su Don. No. Tomaron una ruta desconocida, una esquina que jamás había cruzado. Había preguntas ardiendo en su mente. Preguntas que nunca se atrevía a hacer. Pero el miedo, ese miedo silencioso que llevaba en su interior, creció. No se reflejaba en su rostro vacío. No debía reflejarse. No debía mostrar debilidad. No debía llorar. No debía temer. No estaba permitido. Pronto, llegaron a una habitación. No… un baño. Uno completo, con una bañera espaciosa. Shizuku tenía su propio baño, sí, pero era un cubículo pequeño, frío, con una manguera gruesa donde limpiaba la sangre después de cada entrenamiento. Nada más. Nada como esto. —Quiero que te bañes muy bien. Que laves ese cabello grasoso y que te pongas el conjunto que está allí. Debes estar presentable. —La voz del Doctor sonó como una advertencia. Shizuku asintió, sin responder. La puerta se cerró tras él. Y entonces, lo vio. 
El espejo.
 Se quedó inmóvil, con el corazón golpeando débilmente en su pecho. Nunca se había visto a sí mismo. Nunca había tenido la oportunidad. ¿Cómo sería? ¿Se parecería a lo que había imaginado? ¿Sería feo? ¿Sería lindo? Sus pasos fueron lentos. Primero miró el suelo, evitando el reflejo. Cada paso era más pesado que el anterior, hasta que no pudo avanzar más. Ya estaba frente al espejo. Apretó los labios, cerró los ojos. La oscuridad lo abrazó, su vieja amiga. Respiró hondo. Y cuando exhaló, los abrió. Lo que vio… no lo reconoció. No había nada en ese rostro que le resultara familiar. Como si mirara a un desconocido. Era… un niño. Un niño de trece o catorce años, con un cuerpo delgado pero tonificado por el entrenamiento. Su piel era pálida, no como un muerto, pero sí como alguien que nunca había sentido el calor del sol. Sus venas, doradas y delgadas, serpenteaban bajo la piel, algunas más notorias que otras. Pero su cabello… ¡Era verde! Nunca lo habría imaginado. Pensó que podría ser negro, marrón, incluso rojo… pero, ¿verde? Caía en ondas descuidadas hasta casi el final de su cuello, suave pero desordenado. No se veía mal, pero le parecía extraño. Y su rostro… Era redondo, con mejillas suaves, casi infantiles. Pecas dispersas adornaban su piel, algo que, sin saber por qué, le dio la impresión de inocencia. ¿Inocencia? ¿Él? El concepto casi le provocó risa. Pero lo más impactante eran sus ojos. Verdes, como esmeraldas puras, vibrantes, pero con un brillo dorado que danzaba en su interior, reflejando algo etéreo. Y lo que rodeaba sus ojos… líneas doradas, finas y brillantes, marcadas sobre su piel. No eran cicatrices, no eran tatuajes. Eran parte de él. Se extendían desde sus párpados, desvaneciéndose poco a poco en su piel como un resplandor celestial. Como si un ángel lo hubiera tocado. Como si él mismo fuera un ángel. 
Un ángel…
 Eso era lo que querían que fuera, ¿no? Algo que transmitiera calma, paz. Algo hermoso. Algo que engañara. Shizuku levantó una mano temblorosa y la llevó a su rostro. Sus dedos dorados rozaron su piel fría, delineando sus propios rasgos, como si así pudiera reconocerlos, como si así pudiera encontrar algo de sí mismo en esa imagen. Pero no lo hizo. No se reconoció. Porque Shizuku nunca había sido alguien. Siempre había sido una herramienta. Una creación. Un experimento. Y ahora, una imagen bella, diseñada para encajar en un propósito que aún desconocía. No pudo apartar la mirada de sus propios ojos. No, no era un ángel. 
Era algo peor.

El agua caliente cayó sobre su piel como un bálsamo divino, envolviéndolo en un calor reconfortante que jamás había experimentado. Se quedó quieto unos segundos, sintiendo cada gota deslizarse por su cuerpo, grabando esa sensación en su memoria, como si temiera que nunca volvería a tenerla. No quería salir. No quería que terminara. Pero no sabía cuánto tiempo podía permitirse. ¿El doctor esperaría? ¿Se molestaría si tardaba demasiado? Pensó en ello y sus músculos se tensaron por el miedo latente que jamás abandonaba su cuerpo. Así que, aunque parte de él quería quedarse allí, flotando en ese momentáneo consuelo, comenzó a lavarse rápidamente. El champú tenía un olor ligero, casi irreal para él. ¿Así olía la limpieza? Sus dedos se deslizaron por su cabello, y como por instinto, moldearon unas ondas suaves. ¿Por qué lo hizo? No lo sabía. Algo en su interior le dijo que así debía ser, que así se vería mejor. Cuando salió de la bañera, se envolvió en la única toalla suave que había. Suave… una textura ajena a su vida cotidiana, donde lo áspero y frío eran sus únicas compañías. Se secó con cuidado, como si temiera estropear ese momento con movimientos torpes. Entonces, vio la ropa. Se acercó y la examinó con cautela. No era una bata de hospital. No eran harapos viejos o vendas ensangrentadas. Era algo nuevo. Algo diferente. Algo que no sentía que le perteneciera. Tomó la camisa ajustada, negra, de mangas al codo, y la deslizó sobre su torso. Sentía la tela ceñirse a su piel, ligera, extraña. Después, el pantalón oscuro y reforzado, más pesado de lo que esperaba, con correas y costuras diseñadas para moverse con facilidad. Pero la verdadera pieza era la chaqueta. La sostuvo en el aire, observándola con detenimiento. Negra, con detalles en verde oscuro y botones dorados que brillaban con un resplandor sutil, como si escondieran un secreto. Su capucha amplia parecía devorar la luz, pero por dentro… por dentro estaba forrada de un dorado brillante. 
Camuflaje.
 
Engaño.
 
Ilusión.
 Se la puso lentamente, sintiendo cómo el peso de la tela caía sobre sus hombros como un manto de identidad prestada. Deslizó los brazos dentro de las mangas, y su tacto frío lo hizo estremecerse. Había un bolsillo en una de ellas, lo suficientemente grande como para ocultar algo pequeño pero crucial. Al abrochar la chaqueta con los nudos dorados, se dio cuenta de los compartimentos en su interior. Eran estratégicos. Ocultos. Pensados para guardar armas. Cuchillos, probablemente. Herramientas de un asesino. Por último, los guantes. Negros, largos, elegantes. Con patrones simétricos en los bordes, como si fueran el último adorno de una obra cuidadosamente diseñada. Respiró hondo antes de girarse hacia el espejo. Su reflejo lo esperaba, silencioso, desconocido. No se reconocía. Era él, pero no lo era. Los ojos verdes, con ese resplandor dorado rodeado de líneas brillantes en su piel, le devolvieron la mirada con una expresión vacía. Como un ángel que había olvidado su propósito. Como un espectro atrapado en un cuerpo humano. Las batas de hospital, la desnudez de pies descalzos, la frialdad de un laboratorio… Todo lo que había sido quedó atrás con este traje. Ahora, vestido de sombras, con dorado en su interior y cuchillos en su alcance, se sentía… distinto. Algo estaba a punto de cambiar. 
Y no sabía si debía temerlo o aceptarlo.
  
¿El camino se hacía largo, o era solo su impresión?
 Cada paso se sentía pesado, como si el suelo lo absorbiera, como si el aire mismo intentara retenerlo. Shizu caminaba hacia su muerte. O eso sentía. El doctor iba a su lado, imponente, con esa calma inquietante que lo hacía sentir como un simple experimento más. Y quizás lo era. Al salir del baño, lo había estado esperando, y al verlo vestido, sonrió con satisfacción. —Te queda mejor de lo que imaginé —comentó con orgullo, con esa voz áspera y segura que siempre tenía— No soy modista ni diseñador, pero elegí cada detalle. Después de todo, si voy a presentar a mi "hijo", tiene que verse lo mejor posible. Shizu no respondió. Su cuerpo permanecía firme, su rostro sin expresión, pero por dentro, el miedo lo devoraba como una plaga silenciosa. Su entrenamiento le impedía temblar, su disciplina le impedía huir, pero si no fuera por ello… estaría colapsando. 
Presentarlo.
 No entendía del todo lo que significaba. ¿Presentarlo a quién? ¿Para qué? Su mente generaba cientos de escenarios, cada uno peor que el anterior. Y en todos, él terminaba hecho pedazos. El doctor lo llevó hasta su gran oficina, donde las sombras se extendían como monstruos silenciosos entre los tubos que contenían a los Nomus. Criaturas grotescas, amalgamas de carne y experimentos fallidos, con cerebros expuestos y cuerpos modificados. Para cualquiera, una imagen de pesadilla. Para Shizu, era su realidad. —Ya es hora —dijo el doctor, rompiendo el silencio mientras se acercaba a uno de los Nomus más pequeños. 
Johnny.
 Johnny no era como los demás. No tenía la parte superior de su cuerpo, solo cables conectando su cabeza con su torso inferior. Su casco transparente dejaba a la vista su cerebro palpitante, lleno de protuberancias y dispositivos. Y aun así… Shizu lo encontraba adorable. Era un secreto que jamás diría en voz alta, pero siempre le había gustado verlo caminar con sus grandes zapatillas blancas, obediente y servicial. Aunque su don era... asqueroso. El doctor tiró de una palanca en el casco de Johnny. Shizu sintió un escalofrío. —Shizuku —lo llamó el doctor con una sonrisa ladeada— Ahora conocerás a la persona que te dio esta nueva oportunidad. A quien seguirás. A quien obedecerás. Shizu tragó saliva. —Eres el resultado de su visión. Lo mínimo que puedes hacer es demostrar que valió la pena. No respondió. No podía. Su miedo era una bestia encadenada en su pecho, rugiendo en silencio. Pero su rostro no lo mostraba. Se limitó a asentir, obediente. —No me avergüences. Las palabras cayeron como una sentencia. Y entonces, el horror comenzó. Johnny activó su don y, de inmediato, Shizu sintió una presión en su estómago, como si algo estuviera abriéndose paso desde su interior. No… La náusea lo golpeó con una intensidad brutal. Era como si su cuerpo se rebelara, como si algo dentro de él estuviera siendo arrancado a la fuerza. Su mandíbula se tensó, su garganta ardió, y un líquido negro subió por su boca, explotando en una ola viscosa que lo cubrió por completo. En su mente, una única frase se repitió, ahogada en el asco y el pánico:
"Esto no me va a gustar…"
  El asco era insoportable. Shizuku jadeó, escupiendo los restos del líquido negro que aún quemaban su garganta. Su cuerpo temblaba con espasmos involuntarios, tratando de recuperar el aire que su cuerpo le exigía. Su pecho subía y bajaba con desesperación, y su estómago se revolvía en un intento de expulsar algo más que ya no estaba ahí. Y entonces, la escuchó. —Es un gusto conocerte en persona, Shizuku… El tiempo se detuvo. Sintió su estómago hundirse de golpe, como si el suelo se abriera bajo él y lo estuviera tragando. Un escalofrío helado se deslizó por su columna, paralizando cada fibra de su ser, dejando su sangre congelada en las venas. Esa voz. 
La voz del diablo.
 El terror fue inmediato, absoluto. Se quedó quieto, completamente inmóvil, sin saber si debía levantar la cabeza y ponerse de pie o quedarse ahí, agachado, como si hacer el más mínimo movimiento pudiera sellar su destino. Su cuerpo no reaccionaba. No podía moverse. Miró a su alrededor, buscando una presencia familiar. Nada. El doctor no estaba ahí. 
Estaba solo.
 La comprensión lo golpeó como una bofetada. Lo habían dejado solo con él. Su respiración se volvió errática, pero mantuvo su rostro inclinado, sus rodillas clavadas en el suelo frío. No levantar la vista. No mostrarse desafiante. Mantenerse sumiso. —E-El… el gust-t-to es mío… Señor… 
Mierda.
 
¡No tartamudees!
 —D-Disculpe por mis nervios… no esperaba conocerlo tan pronto… Su corazón latía con una fuerza dolorosa, tan fuerte que le pareció que iba a reventarle el pecho. El miedo era un instinto primitivo, pero este… este miedo era distinto. No era como el pavor de ser atacado por un Nomu descontrolado. No era como la sensación de correr por su vida. 
No.
 
Esto era algo más profundo.
 
Su cuerpo entero gritaba peligro.
 —Oh, no te disculpes —la voz del hombre tenía un tono casi divertido, como si disfrutara de cada temblor en su cuerpo— Me parece fascinante cómo el doctor ha logrado que sus creaciones sientan emociones… sentimientos… Hizo una pausa. —Miedo. Shizuku sintió cómo el pánico lo envolvía con garras frías. 
Lo sabía.
 
El hombre frente a él lo sabía.
 
Sabía que estaba muerto de miedo, que su cuerpo estaba al borde de derrumbarse.
 
Va a matarme.
 
Cada célula de su cuerpo gritaba que corriera, pero sus piernas no se movieron.
 
Espera…
 
¿No se suponía que él no debía sentir estas cosas?

¿No se suponía que su humanidad había desaparecido tras la prueba final?

¿No eran estos sentimientos solo un eco de su antiguo yo?

Si esas emociones eran artificiales…

¿Por qué se sentían tan reales?
 —No voy a hacerte daño, mi niño… La voz del hombre era suave, casi tranquilizadora. Casi. —Eres importante. Tu creación es importante. Y tu objetivo también. El nudo en su estómago se apretó hasta doler. Se sentía enfermo. Sentía que iba a vomitar de los nervios. Pero asintió. 
No tenía otra opción.
 —Así que levanta la cabeza sin miedo, Shizuku… Poco a poco, su cuerpo obedeció. Su mirada se deslizó por el suelo frío, notando los cables que se extendían en todas direcciones. Cables gruesos, conectados a algo… o a alguien. Y entonces, sus ojos lo vieron. Su mente tardó en procesarlo. Dios… Ese hombre… 
No tenía rostro.
 La realidad lo golpeó como un puño en el estómago. No tenía nariz. Ni orejas. Ni cabello. Solo tejido cicatricial cubriendo lo que alguna vez debió ser un rostro, extendiéndose desde su labio superior hasta la parte posterior de su cuello. Pero lo peor… Lo peor era la sonrisa. Una boca perfecta, amplia, torcida en una expresión maliciosa. ¿Cómo podía verlo sin ojos? ¿Cómo podía escucharlo sin oídos? Debía ser un don. Debía ser algo antinatural. 
¿Cómo… cómo estaba vivo?
 —Garaki, a quien tú conoces como "Doctor", siempre ha alardeado sobre la gran creación que eres… —la satisfacción era evidente en su voz, pero también había curiosidad— La verdad… no creí que alguien pudiera pasar la prueba final. Shizuku sintió su garganta cerrarse. —Hubo tantos sujetos antes de ti… pero ninguno sobrevivió. No hubo emoción en esas palabras. Ningún remordimiento. Solo hechos. —Eres un milagro, querido. Milagro. 
¿Debería sentirse halagado?
 Porque todo lo que sentía era horror. Podría haber dicho "gracias". Pero lo único que recordaba era el dolor. El olor a sangre. La oscuridad. —Me impresiona lo bien que tu cuerpo se adaptó a ese quirk… —El hombre inclinó la cabeza levemente, su tono aún más intrigado. —Para serte sincero, cuando lo tomé, quise quedármelo para mí. Shizuku parpadeó. Espera. 
¿Qué?
 —Pero luego comprendí algo. El hombre sonrió aún más. —Tendría una utilidad mucho más grande en alguien como tú. Las palabras resonaron en su cabeza, una y otra vez. 
¿"Tomé"?
 
¿De qué está hablando?
 Las preguntas se arremolinaron en su mente, estrangulando cualquier pensamiento racional. Algo estaba terriblemente mal. —Seguramente tienes muchas preguntas, Shizuku… Sintió como si le hubieran vertido un balde de agua helada sobre la cabeza. Las palabras retumbaron en su mente, sacudiéndolo hasta lo más profundo. —La… la verdad, sí… Hay cosas que no… comprendo. Su propia voz sonó frágil, vacilante. Se odió por ello. El miedo era un veneno recorriendo sus venas, paralizándolo poco a poco. Aunque el hombre frente a él no tenía ojos, Shizuku sintió cómo su mirada se afilaba, como si lo estuviera diseccionando con la simple intensidad de su presencia. Un escalofrío recorrió su espalda, erizándole la piel. —No tengas miedo. Pregunta lo que quieras… Esa respuesta lo tomó por sorpresa. Abrió los ojos ligeramente, sin poder evitarlo. Podía preguntarle lo que fuera. Las preguntas explotaron en su cabeza como un torrente incontrolable. 
¿Quién soy realmente?

¿Qué me hicieron?

¿Por qué estoy aquí?

¿Por qué me entrenan?

¿Cuál es el objetivo?

¿Qué buscan de mí?

¿Quién decidió que viviría y quién que moriría?

¿Por qué siento cosas que no debería sentir?

¿Qué soy ahora?
 Las preguntas eran infinitas, cada una más aterradora que la anterior. Pero entre todas ellas, había una que ardía más fuerte. Una que sentía segura.  
—¿Quién es usted?
  La respuesta que necesitaba no era sobre él mismo, sino sobre el hombre que tenía enfrente. Ese hombre al que debía seguir. Ese hombre que le había dado esta "nueva oportunidad". Necesitaba saber a quién obedecería. Quién dictaría su destino. El hombre sonrió. Una sonrisa que no debería existir, pero ahí estaba. El pánico se clavó en su pecho como un puñal. —Me sorprende que, de todas las preguntas, esa sea la que elijas… Su tono era casi divertido, pero sus palabras no tenían nada de ligero. Shizuku sintió su mirada. Una mirada que no existía y, aun así, lo perforaba. —Para algunos, soy una leyenda. Un mito de los años antiguos, tiempos en los que los raros eran los que tenían dones, y los normales, los que no. Shizuku sintió un nudo formarse en su garganta. —Mi existencia es un secreto. Todos creen que estoy muerto. —Su voz se deslizó por la habitación como un veneno dulce. —Pocos son los que sospechan que sigo operando en las sombras… Los latidos de Shizuku retumbaban con tanta fuerza en sus oídos que apenas podía pensar. —Soy conocido como lo contrario al Símbolo de la Paz. —El aire se volvió espeso, irrespirable. —La persona que trajo el caos y el terror. El corazón de Shizuku se encogió en su pecho. Caos. Terror. El Símbolo de la Paz… 
All Might.
 Su imagen apareció en su mente como un relámpago. La sonrisa invencible.El poder imparable.El héroe que todo lo protegía.Era un ser que se sentía inalcanzable, imposible de derrotar. Pero entonces… Si este hombre era su opuesto… Si él había sido la oscuridad enfrentándose a esa luz… Shizuku sintió que el mundo se cerraba sobre él. —He sido el único que ha salido vivo de muchas batallas donde todos creían que no habría sobrevivientes. —Su tono tenía un matiz de satisfacción, como si cada palabra trajera consigo una memoria de destrucción. —Y sobreviví cuando me enfrenté al mismísimo Símbolo de la Paz. Shizuku sintió que su garganta se cerraba. —Aunque… no salí ileso, como puedes ver. Sus ojos volvieron al rostro deforme de aquel hombre. O mejor dicho, a la ausencia de él. Se sintió enfermo. Ese hombre se había enfrentado a All Might. 
Había sobrevivido.
 
Pero… ¿a qué costo?
 Si el Símbolo de la Paz, el héroe de héroes, no pudo acabar con él… 
Entonces, ¿qué significaba eso?
 —Soy conocido como una gran y temida figura en las sombras. Las sombras… Aquellas que se tragaban todo a su paso… Las que engullían a los desamparados. Shizuku tragó saliva. —Soy la razón por la que fuiste elegido. Su pecho se tensó. —Fuiste una pequeña flor en medio de hojas marchitas. Shizuku sintió que su respiración se volvía errática. —Te vi. Su estómago se hundió. —Vi tu potencial. Sus manos se cerraron en puños. —Tu determinación. Sus uñas se clavaron en su piel. —Y supe que eras el indicado. Shizuku sintió que algo helado se extendía por su pecho. —Y, como ves, estás aquí… Vivo. Sus pulmones se quedaron sin aire. —Aunque ni yo lo hubiera creído. Su mente se llenó de imágenes de sangre, de dolor, de oscuridad. 
No debería estar vivo.
 
No después de lo que le hicieron.
 —Sigues teniendo esa determinación para seguir adelante, aun con todo… Su cuerpo tembló. No sabía si por miedo. O por algo más profundo. 
Algo que no entendía.
 
Algo que le hacía querer gritar.
 La voz de aquel hombre resonó en la habitación como un eco atrapado entre las sombras. —Soy el único que puede tomar un don y arrebatárselo a su portador. —El mundo pareció detenerse. Shizuku sintió un escalofrío desgarrarle la espalda, como si unas garras invisibles se hundieran en su piel. —El único que puede poseer los dones de otros como si fueran míos. El aire se volvió denso, asfixiante. —El único que puede dar un don… o quitarlo. Los latidos de Shizuku se convirtieron en un tambor enloquecido en su pecho. —El único que puede decidir quién es digno de poder y quién debe quedarse sin nada. Shizuku sintió que su estómago se hundía, que su cuerpo entero se estremecía con un miedo que nunca había conocido. 
Robar… dones.
 
Quitarlos.
 
Tomarlos para sí mismo.
 
Darlos como si fueran regalos…
 
Era un dios.
 
Un dios que jugaba con la vida y el destino de los demás.
 Shizuku sintió su garganta cerrarse. Si él… si este hombre podía quitar y otorgar dones a su antojo… Entonces… 
¿El don que tenía ahora… realmente le pertenecía?

¿Había nacido con él?

¿O era de alguien más?

Alguien que lo había perdido.

Alguien que ahora estaba vacío.

Alguien que tal vez…
 
Ya no existía.
 El terror lo golpeó como una ola helada. 
No.
 No quería pensarlo. 
No quería imaginarlo.
 Pero las preguntas se arremolinaban en su mente como una tormenta. 
¿Quién era antes de que él decidiera que merecía vivir?

¿Qué era él realmente?

¿Una persona… o solo un experimento?
 Su piel se erizó. No. No. No. No podía dudar. No podía cuestionar. Porque si lo hacía… Si empezaba a preguntarse quién era… Tal vez no le gustaría la respuesta. Y lo peor de todo… Tal vez ya era demasiado tarde para recuperarse a sí mismo. Porque All For One lo había elegido. Y eso significaba… 
Que ya era suyo.
 Y entonces, la sentencia final. —Soy conocido como el Símbolo del Mal. El aire desapareció. —Tú puedes llamarme "Mi señor". Todo su cuerpo se tensó. —O "Sensei". Su garganta estaba seca. Su mente no procesaba lo que estaba pasando. Y entonces… —Pero mi nombre… El mundo dejó de existir.  —Es All For One.  Shizuku sintió como si su corazón se detuviera. No.No.No. Su pecho se llenó de un vacío insondable. Había escuchado ese nombre antes. Había leído sobre él en documentos clasificados. Había oído susurrar su existencia en las sombras del laboratorio. Era un mito. Un cuento de terror para los héroes. Un dios para los villanos. El hombre más peligroso de la historia. Y ahora… Estaba frente a él . Shizuku no podía respirar. Su visión se nubló. Un pensamiento se clavó en su mente como un cuchillo. 
Estoy atrapado en la palma de sus manos.
 Y no hay escapatoria. —¿Eso responde a tu pregunta, Shizuku? El tono de su voz estaba teñido de diversión. No burlona, no sarcástica… sino algo peor. Era el tono de alguien que disfrutaba de ver la incertidumbre en los demás. Como un titiritero observando los hilos de su marioneta retorcerse en el aire. La sonrisa esculpida en su rostro sin facciones parecía expandirse, aunque no tenía ojos con los cuales expresar emoción. Shizuku tragó saliva. —S-Sí… Sensei… El hombre sonrió aún más. Satisfecho. Como si cada palabra, cada reacción, cada latido de su acelerado corazón estuviera exactamente donde él lo había planeado. —Perfecto… Ahora, ¿te gustaría saber por qué estás aquí? La pregunta se clavó en su mente como una daga helada. ¿Por qué estaba aquí? Shizuku miró a aquel hombre atrapado en un mar de cables, su cuerpo sostenido por ellos como si fueran venas artificiales. Como si, de algún modo, fueran lo único que lo mantenía con vida. ¿Era eso lo que lo hacía fuerte?¿Era eso lo que le daba poder?¿Estaba aferrado a la vida… o era la vida la que se aferraba a él? Apretó los labios y asintió, su miedo aún presente, envolviendo su pecho como un veneno invisible. Pero ahora, en su rostro, también había curiosidad. —Como escuchaste —continuó All For One—, soy una gran figura en este mundo, aunque muchos crean que estoy muerto… Esa simple afirmación hizo que su piel se erizara. —Desde hace tiempo comprendí algo… Para que mi voluntad sobreviva, para que el futuro que deseo se materialice… necesitaba buscar a alguien. La voz de aquel hombre se volvió más suave, pero no menos amenazante. —Necesitaba un sucesor. Shizuku sintió su respiración detenerse por un momento. Un… ¿sucesor? —Alguien que yo mismo criara, alguien a quien cuidara como si fuera mi propio hijo… El corazón de Shizuku tamborileó con fuerza. —Alguien que llevará un gran peso sobre sus hombros. La satisfacción en la voz de All For One era evidente. Era como si cada palabra que decía estuviera bordando un destino ya escrito, uno que se había estado tejiendo mucho antes de que él lo supiera. Shizuku tragó saliva con dificultad. Si All For One era un monstruo…  
¿Qué clase de persona sería su sucesor?
 ¿Alguien como él? ¿Alguien incluso peor? —Él necesitará aliados… personas que lo respalden, que le ayuden a seguir adelante. La voz de All For One tenía una cadencia hipnótica, como si cada palabra estuviera diseñada para envolverse en la mente de Shizuku, para instalarse en lo más profundo de su subconsciente. —Necesita a alguien que siempre esté a su lado… Un escalofrío recorrió su columna. —Alguien que lo calme… Shizuku sintió una presión en el pecho. —Alguien que esté dispuesto a dar su vida por él. Las palabras pesaban como una losa sobre su espalda. Y luego… —Alguien que sea su amigo. Su mente se quedó en blanco. ¿Un… amigo? Las palabras resonaron en su cabeza con un eco ensordecedor. Un amigo. Un aliado. Un protector. Un perro fiel. Un escudo humano. ¿Eso era lo que él sería? 
¿Eso era lo que él era?
 Shizuku sintió un vacío expandirse en su pecho. Amigo… Jamás había tenido uno. No recordaba haber tenido uno. Ni siquiera la sensación de un buen amigo. Y ahora, se lo estaban ofreciendo… Pero no como un regalo. No como un vínculo natural. No como una elección. Sino como una orden. Una imposición. Algo que debía ser. Algo que tenía que ser. —Aunque también serías más como su… cuidador. Él ya tiene uno que conocerás pronto, pero alguien cercano a su edad podría ser más… beneficioso. Shizuku sintió un nudo en la garganta. 
Su cuidador.
 
Su amigo.
 
Su sombra.
 —Tu don es muy útil para él… puedes ayudarlo a calmarlo y, de esa manera, podrá pensar con mayor claridad. Shizuku sintió un escalofrío recorrer sus brazos. 
¿Calmarlo?
 ¿Eso significaba que era peligroso?¿Que era inestable?¿Que podía descontrolarse en cualquier momento?¿Que, si él no estaba allí, algo malo podría pasar? —¡También serías uno de sus protectores! —continuó All For One, con un tono casi entusiasta— Alguien a quien defenderás y jamás traicionarás… Shizuku sintió su respiración entrecortarse. 
—Dando tu vida por él…
 El aire se volvió más pesado. 
—Muriendo por él.
 La sangre en sus venas se congeló. Morir… por alguien que ni siquiera conocía. Dar su vida… por un propósito que no era suyo. Pero… ¿acaso su vida le pertenecía realmente? Si All For One lo había elegido… Si había sido creado para esto… Si su existencia misma era el resultado de una decisión que él jamás tomó… Entonces… 
¿Acaso tenía otra opción?
 El silencio se apoderó de la habitación. Oscura. Fría. El único sonido era el incesante zumbido de las máquinas conectadas a aquel hombre y la respiración entrecortada de Shizuku. Cada latido de su corazón resonaba en sus oídos como un tambor de guerra, un eco que se mezclaba con la tensión en el aire. Y entonces… —Dime, Shizuku… La voz de All For One rompió la quietud como el filo de un cuchillo deslizándose por la piel. 
—¿Cuál es tu objetivo?
 Shizuku sintió su cuerpo tensarse. 
—¿Para qué fuiste creado?
 Su mente se detuvo. 
¿Para qué fui creado…?
 La pregunta golpeó algo en lo más profundo de su ser. Pensó en cada palabra que había escuchado. En cada revelación. En cada fragmento de verdad que le habían dejado caer como migajas de pan en un sendero oscuro. Todo apuntaba a una sola cosa. Una única respuesta. Respiró hondo. Por primera vez en toda la conversación, su miedo dejó de paralizarlo. Se aferró a él. Lo convirtió en algo más. En determinación. En coraje. Sus piernas, antes débiles por el pánico, encontraron la fuerza que les había sido arrebatada. Se levantó. El suelo frío bajo sus pies ya no era un ancla, sino una plataforma. Shizuku alzó la cabeza. Su mirada, antes nublada por la incertidumbre, se volvió afilada. Firme. Determinada. Y enfrentó el rostro sin ojos de All For One. Aquel vacío donde deberían haber estado sus pupilas aún lograba perforarlo. Aún lograba hundirse en cada rincón de su ser, como si pudiera arrancarle la verdad desde lo más profundo de su alma. Pero esta vez… Shizuku no desvió la mirada. No dudó. No tembló. Y habló con una voz que resonó en la oscuridad como un juramento inquebrantable. 
—Fui creado para servir a tu sucesor.
 Su voz no vaciló. 
—Para seguirlo sin cuestionamientos.
 Cada palabra caía con el peso de un destino sellado. 
—Para acompañarlo en su camino, sin importar lo que haya en él.
 Sus manos se cerraron en puños, sintiendo la presión de sus propias uñas en la piel. 
—Para ayudarlo en su propósito. Para guiarlo cuando lo necesite.
 Un escalofrío recorrió su espalda, pero no permitió que su cuerpo se quebrara. 
—Para calmar su mente, sanar sus heridas y recordarle quién es.
 Inspiró hondo. 
—Para pelear por él.
 La oscuridad parecía estrecharse a su alrededor. 
—Para defenderlo cuando esté en peligro.
 El sonido de las máquinas se volvió más lejano. 
—Para protegerlo.
 El vacío en su pecho se llenó con algo nuevo. 
—Para ser su sombra.
 Y entonces, con una convicción inquebrantable…  
—Para morir por él.
  Silencio. Shizuku sintió la mirada invisible de All For One atravesándolo. Como si buscara alguna grieta en su determinación. Como si quisiera arrancarle su miedo y exponerlo ante él. Pero no había nada. Solo resolución. Solo certeza. Una sonrisa se dibujó en el rostro del hombre. Lenta. Satisfecha. Como si todo estuviera encajando exactamente donde debía. —Exacto. La palabra pesó como una sentencia. —Tú seguirás a mi sucesor, sin importar las circunstancias. El aire pareció volverse más denso. —Seguirás a Shigaraki Tomura. 
Shigaraki Tomura.
 El nombre se grabó en su mente como fuego marcando la piel. 
Tomura…
 La palabra resonó en su cabeza con un eco fantasmal. 
No significa… luto?
 
¿Acaso esa era su naturaleza?
 
¿Acaso su destino era traer la pérdida, el duelo, la destrucción?
 El sonido de algo moviéndose lo sacó de sus pensamientos. All For One se levantó. Shizuku sintió su piel erizarse. No creyó que pudiera moverse… y sin embargo, ahí estaba. Alto. Poderoso. Cada paso resonaba en la habitación como un presagio. Se acercó. El chico sintió su respiración volverse pesada. Y entonces, lo sintió. Una mano sobre su hombro. Un simple gesto. Para muchos, podría haber sido un toque de apoyo. Pero para Shizuku… 
Era una advertencia.
 Una que se enroscó en su garganta como una serpiente sofocante. —Tienes un gran objetivo en tus manos, Shizuku… La sonrisa en su rostro se ensanchó. La presión en su hombro aumentó. Su fuerza era sobrehumana. No estaba solo apoyando su mano. 
Estaba asegurándose de que lo sintiera.
 
Estaba asegurándose de que entendiera.
 
No podía fallar.
 La atmósfera de la habitación se tensó de golpe. De la nada, una neblina violeta apareció en un punto de la oscuridad. Fría. Densa. Se expandió como un veneno esparciéndose por el aire, ondulando con un movimiento casi etéreo. Shizuku sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su cuerpo se puso en alerta de inmediato, cada músculo tensándose como un resorte listo para saltar… Pero la mano de All For One en su hombro lo mantenía en su sitio. Un recordatorio silencioso. No te muevas. No actúes por instinto. 
Obedece.
 El aire pareció doblarse a su alrededor, como si algo más grande que la propia habitación se estuviera manifestando en su interior. Y entonces, la neblina comenzó a tomar forma, lentamente. De la bruma emergió un cuerpo, una oscura silueta con ojos brillantes, intimidantes. Eran dos esferas amarillas que parecían difuminarse en la niebla violeta, sin pupilas, sin expresión… pero que transmitían algo imposible de ignorar. 
Serenidad.
 
Frialdad.
 
Un control absoluto de su presencia.
 El ser vestía con una elegancia inesperada: un traje perfectamente alineado con botones pulidos, una corbata ajustada con precisión y cinco placas de metal que iban desde sus clavículas hasta su barbilla, como si resguardaran un vacío insondable detrás de ellas. Era más que una simple figura. Era una presencia. Imponente. Misteriosa. Lo primero que cruzó la mente de Shizuku fue elegancia. —Pidió mi asistencia, señor. La voz del ser era profunda, calma, envuelta en un eco sutil que hacía difícil distinguir dónde terminaba su tono y comenzaba el susurro de la niebla. Se inclinó con respeto ante All For One… Pero no apartó su mirada de Shizuku. Esos ojos, carentes de vida pero llenos de propósito, lo atravesaron. Shizuku sintió cómo su mente se inundaba de preguntas. 
¿Por qué su cuerpo es así?

¿Es solo niebla o hay algo más debajo?

¿Tiene un cuerpo físico o es una forma intangible?

¿Puede tocarse a sí mismo?

¿Si alguien intenta golpearlo, lo atravesarían?

¿O su cuerpo tiene momentos de solidez?

¿Será su Don lo que lo hace así?

¿Cómo se siente ser un ente como él?

¿Respira?

¿Duerme?

¿O solo existe en un constante estado de vigilia?
 Shizuku parpadeó. Se dio cuenta de algo. Nunca había notado lo preguntón que era… Hasta ese momento. —¿Cómo puedo ser de ayuda? —preguntó el ser de niebla, su voz inmutable. All For One sonrió con calma. —Lo has hecho bien, Kurogiri… El tono de su voz era diferente esta vez. Afectuoso, casi paternal… Pero seguía teniendo ese filo manipulador, esa entonación que envolvía cada palabra como si cada frase estuviera perfectamente calculada. —Como bien sabes, la actitud de mi sucesor suele ser algo… inflexible. Shizuku notó que no hablaba con desdén. No era una crítica. Era casi… admiración. Como si la inflexibilidad de Tomura fuera algo que quería preservar. —Desde que está bajo tu cuidado, has hecho un trabajo excepcional con él. Lo has guiado, lo has cuidado, has sabido manejar su temperamento… aun con su característica personalidad. 
¿Manejarlo?
 
¿Cuidarlo?
 Las palabras de All For One pintaban una imagen distinta a la que Shizuku esperaba. ¿Cómo era exactamente Tomura? ¿Cómo era su personalidad? —Estoy satisfecho con el trato que le has dado. Así que… El brazo de All For One se deslizó sobre la espalda de Shizuku. Y entonces, lo empujó suavemente hacia adelante. Un paso. Una presentación. Una sentencia. —Te presento a Shizuku-chan. Los dedos de All For One se movieron rítmicamente sobre su hombro. Un gesto casi casual. Casi. Pero Shizuku entendió la intención detrás de él. Un recordatorio. Un aviso. 
No retrocedas.
 Los ojos de Kurogiri se quedaron fijos en él. El silencio se prolongó unos segundos. Parecía analizarlo. Procesarlo. —Quiero que te encargues no solo de su cuidado —continuó All For One—, sino también de expandir sus horizontes. —Shizuku sintió cómo Kurogiri lo estudiaba con más atención. —Él ya ha recibido entrenamiento previo. Y su Don… Pausa. Un silencio que pesó. —… será de gran ayuda para Tomura. El aire en la habitación pareció volverse más denso. Finalmente, Kurogiri habló. —Es un honor recibir una nueva pieza para el crecimiento de nuestro joven maestro —dijo con una calma inquebrantable— Si su existencia es parte del plan, lo guiaré y velaré por su progreso. Shizuku sintió que algo dentro de él se tensaba con la palabra "pieza". 
¿Eso era lo que era?
 
¿Una pieza más en un tablero?
 Pero antes de que pudiera hundirse en esos pensamientos, Kurogiri continuó. —Sin embargo… me gustaría comprender mejor la naturaleza de su aparición. Su tono era respetuoso, pero la pregunta estaba clara. ¿Por qué ahora? ¿Por qué este chico? All For One sonrió. Amplia. Satisfecha. Como si esa pregunta fuera justo lo que esperaba. El frío en la habitación se volvió más palpable. 
—Es hora de que Tomura comience a socializar…

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