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Desde hacía un tiempo, la anaconda hembra había estado observando a la humana. Era una joven de cabello dorado, de movimientos calculados y un aroma que la hacía imposible de ignorar. La serpiente no entendía exactamente por qué aquella mujer la atraía tanto, pero su instinto le decía que le pertenecía.Había pasado meses sin interacción con otro ser vivo, excepto por un encuentro forzado con un macho más pequeño, un intento de los humanos por perpetuar su especie al parecer. No era lo que ella deseaba. Aquel macho no la había impresionado ni despertado en ella el más mínimo interés. Sin embargo, esta hembra… esta humana, despertaba algo profundo dentro de ella.Podía sentirlo cada vez que se acercaba al grueso cristal de su confinamiento. La observaba con ojos dorados y atentos, fijándose en cada movimiento, cada inflexión en su tono de voz, cada expresión de su rostro. No importaba que pertenecieran a especies distintas, sus instintos le decían que esa mujer debía ser suya.Muchas veces, la anaconda se había posicionado frente a ella, buscando su mirada. Sabía que los humanos dependían demasiado de sus ojos, y si lograba capturar su atención el tiempo suficiente, tal vez ella comprendería. Emitía feromonas con la esperanza de que la otra las percibiera, aunque no estaba segura de que su biología pudiera interpretarlas. Se movía con lentitud y propósito, dejando que su cuerpo colosal deslizara su poderoso peso sobre las rocas artificiales, mostrando su fuerza, su tamaño, su supremacía. No importaba que su vientre albergara descendencia; su deseo de reclamar a la hembra seguía intacto.Pero no estaba sola. Y eso la enfurecía.Los machos humanos se acercaban a ella con demasiada frecuencia, y la anaconda percibía su hostilidad. No siempre eran agresivos físicamente, pero sus gestos, sus voces elevadas, sus miradas de amenaza… todo en ellos le resultaba detestable. No merecían estar cerca de su hembra.Cada vez que uno de ellos alzaba la voz o se atrevía a tocarla con brusquedad, la anaconda reaccionaba. Golpeaba el cristal con su grueso cuerpo, dejando escapar un siseo profundo, una advertencia primitiva que, de haber estado libre, se habría convertido en algo mucho peor. Pero el cristal era un muro impenetrable, una barrera que la separaba de la única criatura que despertaba su instinto de posesión.Y eso solo aumentaba su frustración.Uno de esos días en los que lamentablemente la mujer no había aparecido alguien más lo había hecho, el macho más pequeño había llegado entre los dos habían golpeado el cristal, la anaconda se pudo liberar y escapó del aparente edificio en dirección al bosque, el poder moverse libremente de nuevo era algo que no tenía precio. Rápidamente buscó algún refugio tanto para ella como para tener a los bebés, solamente tendría a las crías y las dejaría. Una vez libre pensó en buscar a la humana pero se sorprendió al ver que esta también estaba en el bosqueAquel día, la hembra no había aparecido.La anaconda la había esperado, como siempre lo hacía, enroscada cerca del cristal que la separaba de su humana, aguardando su presencia con una paciencia que en realidad no poseía. Pero las horas pasaron y ella no llegó.En su lugar, apareció alguien más.El macho más pequeño.La simple visión de él encendió su desdén. No le interesaba, nunca lo había hecho. Su presencia era insignificante en comparación con la única criatura que despertaba su instinto de posesión. Sin embargo, el macho parecía inquieto, frustrado, tal vez igual de harto de su cautiverio como ella.No importaba. Él no significaba nada.Pero algo cambió.Ambos sintieron la vibración cuando golpearon el cristal, más por instinto que por un acuerdo consciente. Una, furiosa por la ausencia de su hembra; el otro, desesperado por escapar. Y en un instante que lo alteró todo, el cristal cedió.El sonido de la ruptura fue un estruendo ensordecedor. Fragmentos afilados volaron por el aire, y el hedor a químicos invadió el ambiente cuando las alarmas rugieron por todo el complejo. Pero nada de eso importaba.Ella era libre.Apenas estaba dirigiéndose a una ventana cercana para largarse cuando el sonido de voces humanas le hizo quedarse un momento. Por la puerta entró su hembra acompañada de uno de esos machos que usualmente le gritaba, rápidamente la anaconda decidió tomar represalias por todas esas veces que no pudo, rápidamente envolvió al hombre e hizo lo que tenía que hacer. Lamentablemente la hembra ya no estaba una vez que volteó a ver hacia adelante así que comiendo al hombre se fue con rapidez hacia la ventana que anteriormente sería su salida y la rompió.El mundo a su alrededor era más vasto de lo que recordaba. Su cuerpo, confinado durante tanto tiempo, se deslizaba ahora con una fluidez olvidada, probando la tierra bajo sus escamas, sintiendo el aire denso y húmedo del bosque que se extendía más allá del complejo. Era suyo. Todo volvía a ser suyo.No se detuvo. Su instinto la guiaba hacia las sombras de la vegetación, donde las raíces y el follaje alto ofrecían el refugio que necesitaba. Sus crías estaban próximas a nacer y, aunque su deber como madre terminaba en el momento de darles vida, necesitaba un lugar seguro para traerlas al mundo. Un santuario temporal antes de que las dejara a su suerte.Pero su mente no se enfocaba solo en eso.Ahora que era libre… podía buscarla.El pensamiento la sacudió con fuerza, un deseo que se clavó en su instinto como un anzuelo irremediable. No podía ignorarlo. Su hembra estaba allá afuera en algún lugar, y aunque la lógica indicaba que debía estar con los otros humanos en sus refugios artificiales, algo dentro de ella le susurraba lo contrario.Y entonces la vio.Amanda.No en el complejo, no tras los muros de acero y cristal.En el bosque.Su cuerpo se detuvo de golpe, su lengua bífida probando el aire con rapidez, asegurándose de que sus sentidos no le estaban jugando una trampa. Pero no, el aroma estaba allí, inconfundible. La misma esencia que la había obsesionado durante su cautiverio.Su hembra estaba en su territorio.Y esta vez, no había barreras que las separaran.
La anaconda se deslizó entre la maleza con una rapidez inquietante, su cuerpo colosal apenas producía ruido mientras se movía con precisión depredadora. Sus sentidos estaban alerta, cada vibración en la tierra, cada aroma en el aire la guiaba hacia su destino.Pronto llegó a una estructura aislada: una granja desgastada por el tiempo y el descuido humano. Reconocía el lugar. Aquí, junto con el macho, había enfrentado a aquellos humanos molestos, esas criaturas ruidosas que se interponían constantemente entre ella y lo que era suyo.El macho había logrado escapar. Su desaparición no le importaba. Su único valor había sido servir como distracción. Y había funcionado. Varios de los humanos lo habían seguido, dejando atrás a su hembra y a uno de los machos de su especie.Un error fatal.El momento era suyo.Con movimientos calculados, la anaconda emergió de las sombras, su cuerpo deslizándose lentamente por el suelo terroso hasta quedar justo frente a la pequeña humana.Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, podía distinguir los sutiles temblores que recorrían su figura. La fragancia de su piel, el aroma de su miedo… todo se entremezclaba con la adrenalina del momento. Sus ojos dorados se fijaron en los de ella, absorbiendo cada mínimo detalle de su expresión.Por fin.Se permitió un instante de emoción, de satisfacción. Había pasado tanto tiempo observándola desde la distancia, atrapada tras un muro de cristal, condenada a un cautiverio en el que no podía reclamar lo que le pertenecía.Pero ahora la tenía delante.Ahora podía hacerla suya.La mujer se quedó inmóvil, como si su cuerpo entendiera lo que su mente aún no procesaba. Su respiración era errática, su pecho subía y bajaba con rapidez. La anaconda percibía su confusión, su pánico… pero no importaba. Su instinto la llevaría a comprender, a aceptar lo inevitable.Pero entonces, un estruendo rompió la perfección del momento.Un disparo.El dolor llegó un segundo después. Un ardor lacerante se extendió por su costado, arrancándole un siseo agresivo. Su cuerpo se retorció en una fracción de segundo, sus ojos se apartaron de su hembra para buscar al agresor.El macho humano.Su presa no había estado completamente sola.El instinto le gritó que atacara, que aplastara a la criatura insolente que osaba desafiarla. Pero su cuerpo herido no podía permitirse otra confrontación en ese momento. No ahora.Un rugido bajo vibró en su garganta antes de que tomara la única opción disponible.Retrocedió.No tenía más remedio que retirarse, deslizándose de nuevo entre la maleza, alejándose de la granja con un sentimiento de furia hirviente en su interior.Había estado tan cerca.Pero esto no terminaba aquí.No importaba cuántas barreras se interpusieran entre ella y su hembra. La reclamaría.Era solo cuestión de tiempo.……….La persecución no se detenía.Los humanos iban tras ella en esas máquinas de metal, ruidosas y molestas, con sus luces artificiales cortando la oscuridad del bosque. La anaconda se deslizaba con rapidez, zigzagueando entre los árboles con la agilidad de un depredador adaptado a la caza en la espesura. Su flexibilidad le daba la ventaja, permitiéndole desaparecer entre la maleza justo cuando los disparos rugieron en la noche.Pero esta vez, la suerte estaba de su lado. Ninguna bala la alcanzó.Desde su escondite, observó cómo el vehículo se detenía. Su lengua bífida probó el aire. El hedor del metal caliente, la adrenalina de los humanos, el olor ferroso de la sangre. Era el momento perfecto para atacar.Con precisión letal, se movió con sigilo hasta quedar lo suficientemente cerca y, se lanzó desde una rama delante del hombre para con su boca escupir una especie de sangre directo a la cara del hombre. El humano gritó, cegado por el líquido pegajoso que le nubló la visión.Aprovechando su desconcierto, la anaconda se lanzó.El primer ataque fue rápido y brutal. Sus colmillos se hundieron en la carne, el cuerpo humano se agitó en espasmos antes de que su poderosa musculatura lo envolviera. Un crujido sordo. El aire escapando de los pulmones. Un cuerpo inerte cayendo al suelo.Uno menos.Otra humana intentó escapar, pero la suerte no estaba de su lado. En su desesperación, tropezó y cayó fuera del vehículo, su pierna torciéndose de manera antinatural.Mala suerte para ella.La anaconda no dudó. Se deslizó con rapidez, abriendo sus poderosas mandíbulas. En un instante, la mujer fue engullida, su cuerpo desapareciendo entre las fauces de la depredadora. Cualquier criatura que se interpusiera entre ella y su hembra merecía ese destino.Y hablando de su hembra…El aroma que la obsesionaba estaba ahí.Se giró hacia el vehículo, sus ojos dorados explorando el interior tras las ventanas. La vio. Su pequeña hembra estaba allí, atrapada en la estructura metálica. Un siseo de emoción escapó de su garganta. Estaba tan cerca… esta vez no la perdería.Pero entonces, una explosión.El fuego se expandió con un rugido, forzándola a retroceder. La anaconda se alejó con rapidez, sus escamas reflejando la luz anaranjada del incendio.Y ahí, entre el caos, la vio huir.No podía dejar que escapara otra vez.Se lanzó tras ella, deslizándose a una velocidad aterradora, su cuerpo serpenteando entre los árboles con un solo objetivo. La humana corría con desesperación, su cuerpo cubierto de lodo, su respiración entrecortada por el agotamiento y el terror. Pero no importaba cuánto intentara huir.La alcanzó.Con un rápido movimiento, la acorraló contra un árbol. La mujer se giró, sus ojos abiertos de par en par, su pecho agitándose con cada respiración. Estaba indefensa. Suya.La anaconda bajó la cabeza lentamente, su lengua probando el aire cerca de la mujer. Por fin la tenía, atrapada, vulnerable.Pero entonces, otro disparo.Esta vez no retrocedió. No cometería el mismo error.Se iría…Pero se llevaría a su hembra consigo.La anaconda no dudó.El disparo había sido solo un ruido molesto, un recordatorio de que aún quedaban enemigos cerca. Pero esta vez, no permitiría que nada se interpusiera entre ella y su hembra.La mujer intentó moverse, pero su espalda estaba contra el tronco del árbol. Sus manos temblorosas se aferraban a la corteza húmeda, su respiración era errática, sus piernas débiles por el agotamiento y el terror.Era suya.La anaconda bajó su enorme cabeza, observando a la humana con atención. Su piel pálida estaba manchada de lodo, su cabello húmedo pegado a su rostro. A pesar del caos, su aroma seguía ahí, inconfundible, llamándola.Con un movimiento repentino, la envolvió.La hembra gritó cuando la poderosa musculatura de la serpiente se cerró a su alrededor, firme, posesiva, pero sin la presión letal de una presa condenada. Su instinto no era matarla.La levantó del suelo con facilidad, sujetándola con seguridad. Su humana se debatió, intentó liberarse, sus manos golpearon la piel escamosa, pero su resistencia era inútil.La anaconda siseó en advertencia.No la lastimaría… pero tampoco la dejaría ir.Con su hembra bien asegurada, se deslizó de nuevo hacia la espesura del bosque, alejándose de las llamas, de los ruidos de los humanos, del caos innecesario.Esta vez, nadie se la arrebataría.
………El silencio del bosque era absoluto.El suelo húmedo amortiguaba cualquier sonido mientras la anaconda avanzaba, moviéndose con la confianza de un depredador que conoce cada rincón de su territorio.Su destino estaba claro.No tardó en llegar a una cueva escondida entre la vegetación, un refugio natural que había elegido para traer a sus crías al mundo. Era segura, protegida, lejos de las máquinas de los humanos y de su constante amenaza.Ahí la soltó.Con cuidado, aflojó la presión de su cuerpo, permitiendo que ella respirara con más libertad, pero sin darle espacio para escapar. La humana jadeaba, su mirada llena de confusión y miedo, pero la anaconda solo la observaba, con una intensidad que no necesitaba palabras.No la había matado.No la había devorado.Podría haberlo hecho.Pero no lo hizo.Porque esa hembra no era alimento.Era suya, sería la que portaría su descendencia.Se acercó más, su enorme cabeza quedando justo frente al rostro de la mujer. Su lengua bífida probó el aire entre ellas, captando cada detalle de su aroma. Ya no había cristal entre las dos. No había jaulas.Nada podía separarlas.La anaconda dejó escapar un siseo bajo, casi… satisfecho.No había necesidad de seguir luchando por ella.Ya la tenía.Y esta vez, se aseguraría de que nunca se fuera.
………Amanda respiraba con dificultad.Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, su mente luchaba por comprender la situación, pero todo lo que sentía era la firmeza de las escamas que aún la rodeaban, la calidez sofocante del cuerpo de la anaconda envolviéndola.No estaba muerta.No era una presa.Pero tampoco era libre.El siseo de la enorme serpiente resonó en la cueva, un sonido bajo, vibrante, que reverberó en las paredes de piedra. La criatura se mantenía cerca, demasiado cerca, sus ojos dorados brillando con una inteligencia que Amanda no quería reconocer.La anaconda la observaba, con la misma intensidad con la que un depredador observa algo que le pertenece.Amanda tragó saliva, su respiración temblorosa cuando la criatura deslizó su lengua bífida cerca de su cuello, como si estuviera probando su aroma con más detenimiento.Algo en la forma en que la miraba la hizo estremecerse.No era hambre.Era algo más.La serpiente se movió lentamente, su enorme cuerpo rodeándola con un gesto casi… posesivo. A su alrededor, el aire era espeso, cargado de un calor sofocante, de un aroma extraño que Amanda no podía identificar del todo, pero que hizo que su piel se erizara.La cueva no estaba vacía.Detrás de la anaconda, entre la sombra de las rocas, se distinguían formas alargadas, moviéndose sutilmente bajo la tierra húmeda. Crías.Amanda sintió un escalofrío recorrer su espalda.La criatura había traído al mundo a su descendencia. Y, sin embargo, su atención no estaba en ellas.Sino en ella.La anaconda bajó la cabeza lentamente, su hocico casi rozando la piel de Amanda, su lengua probando el aire a su alrededor una vez más.Era como si estuviera asegurándose de algo.Confirmándolo.La serpiente siseó, su enorme cuerpo ajustándose levemente a su alrededor, envolviéndola con una calidez que no se parecía a nada que Amanda hubiera sentido antes.Era instinto.Era decisión.Era un reclamo.Y esta vez, no la dejaría escapar.El aire dentro de la cueva era denso, cargado de humedad y algo más. Algo primitivo.Amanda lo notó de inmediato.El siseo de la anaconda ya no tenía la agresividad de un depredador en caza. Sus movimientos eran calculados, su enorme cuerpo se ajustaba a su alrededor, envolviéndola con un propósito que no tenía nada que ver con la amenaza de la muerte.Era diferente.Demasiado diferente.Amanda había estudiado anacondas durante años. Había visto su comportamiento en cautiverio, había analizado sus ciclos reproductivos, había observado a las hembras dominando a los machos más pequeños antes del apareamiento. Había leído sobre cómo, en la naturaleza, una hembra grande podía decidir cuándo y con quién perpetuar su linaje.Y ahora, en la oscuridad de la cueva, rodeada por la calidez de ese enorme cuerpo escamoso, lo entendió.La anaconda no la veía como una amenaza.No la veía como una presa.La veía como una posible pareja.El descubrimiento la horrorizó y el miedo se instauró aún más en su cuerpo.Amanda contuvo el aliento cuando la serpiente deslizó su cabeza cerca de su rostro, su lengua bífida probando el aire frente a ella, absorbiendo cada partícula de su aroma. No era una simple inspección. Era un reconocimiento.Un cortejo.Amanda sintió su pulso acelerarse, su mente luchando por rechazar la idea, por buscar una explicación lógica.El calor, la manera en que la anaconda se movía a su alrededor, la forma en que su cuerpo ejercía presión y luego se relajaba, como si estuviera esperando algo.Eran patrones.Patrones que ella conocía demasiado bien.La anaconda la estaba eligiendo.El horror subió por su garganta cuando la criatura ajustó su cuerpo una vez más, asegurándose de que no pudiera escapar. Su instinto le gritaba que corriera, que hiciera algo, pero su lado racional sabía que no tenía escapatoria.No cuando la serpiente ya había tomado su decisión.La anaconda dejó escapar un siseo prolongado, vibrante, profundo.Amanda lo había escuchado antes.En hembras listas para aparearse.La presión alrededor de su cuerpo aumentó ligeramente, no para lastimarla, sino como un recordatorio. Un aviso.Amanda tragó saliva.Era un error.Un instinto mal dirigido.Pero la anaconda no lo veía así.Para ella, Amanda ya era suya.Y no tenía intención de dejarla ir.
