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El viento otoñal susurraba entre las ramas desnudas mientras las hojas doradas danzaban en el aire antes de posarse sobre el suelo. Una mujer de piel pálida, cabello castaño y ojos verdes las observaba en silencio, su mirada perdida en el ir y venir del follaje. Sus manos, acariciaban su vientre. — ¿Puedo pedirles un favor? —su voz, apenas un susurro. Algunas hojas se elevaron suavemente del suelo, flotando por un instante antes de volver a caer. — ¿Pueden cuidar de mi pequeño? —Más que una pregunta, fue un ruego. De repente, una ráfaga de viento irrumpió en el silencio, envolviendo a la castaña en un escalofrío que le recorrió la piel. 
“Tenemos…”
 La voz susurró justo en su oído, helándole la sangre. La mujer no se giró, solo asintió en silencio y, sin mirar atrás, continuó su camino. Sus manos, ahora con más firmeza, siguieron acariciando su vientre. [...] — ¿Estás bien, querida? —preguntó con preocupación, sus ojos avellana fijos en su esposa. La castaña le dedicó una sonrisa suave antes de apretar con cariño la mano de su amado. — Sí, tranquilo. — Susan… —la llamó el hombre, deteniéndose y mirándola con preocupación—. ¿Qué sucede? Ella le sostuvo la mirada por un instante antes de suspirar. — ¿Podemos sentarnos? —propuso con voz suave. Cuando se sentaron, el viento otoñal llenó el espacio, ahogando cualquier otro sonido. La expresión del hombre era de puro desconsuelo, reflejando lo que sentía en su interior. Al terminar la mujer de hablar, él la rodeó con sus brazos, las lágrimas surcando su rostro sin control. Ella, con el corazón encogido, lo abrazó de vuelta. — ¿Y "ellos" no pueden hacer algo? —preguntó, aferrándose a las manos de su amada con fuerza. — Sabes que no, y... —desvió la mirada, evitando sus ojos— tampoco lo pedí... Al escuchar eso, los ojos de él se abrieron de golpe, y, sin pensarlo, soltó las manos de la mujer. Con gesto frustrado, se pasó la mano por el cabello. — ¿Marcus? —preguntó, colocando una mano suave sobre el rostro de su pareja, su preocupación evidente en su voz. Cuando sus miradas se cruzaron de nuevo, ella apartó la suya rápidamente, mientras él la observaba con una mezcla de confusión y tristeza. [...] Susan y Marcus ya habían pasado por tantas cosas que ambos preferirían olvidar. Cuando escucharon sobre un demonio suelto, al principio lo tomaron a broma. Sin embargo, al investigar un poco más, se dieron cuenta de que era verdad. La idea de mudarse a otro país comenzó a rondarles la cabeza, aunque, honestamente, ya les bastaba con la rareza del clan familiar de Susan. — ¿El gobierno niega su existencia? ——arqueó una ceja, observando el periódico—. ¿Cuándo no han negado algo? —dijo con sarcasmo. Susan solo se rió suavemente, abrazando a su hijo de pocas semanas contra su pecho. — Perdiste la apuesta —informó Susan, mientras su bebé dormía plácidamente en sus brazos. Marcus soltó un suspiro, sus ojos fijos en el collar de su esposa. — No hay forma de salir de esto, ¿verdad?. — A menos que prefieras que te jalen los pies —respondió ella con una ligera sonrisa. El de cabellos azabache simplemente suspiró y, sin decir palabra, dejó una moneda sobre la mesa. — Listo —dijo, volviendo a sumergirse en el periódico. A los pocos segundos, la moneda comenzó a flotar suavemente, girando en el aire antes de desvanecerse por completo. — ¿Con quién había apostado? —preguntó Marcus, levantando la vista del periódico. — Creo que con... —se pasó una mano por la barbilla, pensativa—. ¿Alex, tal vez?. — Deberías hacer una lista, para no olvidar a ninguno —aconsejó él, estremeciéndose—. Ya sabemos lo sensibles que son. — Tienes razón —concordó ella, y sin pensarlo, dejó a su pequeño John en el regazo de su padre antes de salir hacia la habitación. Marcus se quedó mirando a su bebé, pensativo. — ¿Tú entendiste lo que acaba de pasar?. A medida que pasaban los días, Susan continuaba escribiendo todos los nombres. Marcus se sorprendió al ver la lista. — ¿Es una broma, verdad? —preguntó, con incredulidad, pero la mirada de su mujer le dejó claro que no. — ¿40? ¿No son demasiados?. — Créeme, son suficientes —se quejó la castaña, frotándose la frente con cansancio. — Ya entiendo por qué nunca te aburres de hablar con ellos —comentó, divertido. La mujer de ojos verdes le dio un golpe juguetón en el hombro. Mientras tanto, en la habitación donde el bebé dormía en su cuna, pequeñas esferas de luz flotaban suavemente alrededor, mientras siluetas translúcidas se agrupaban en un rincón apartado de la habitación. [...] Mientras las gotas de lluvia golpeaban el vidrio roto, la respiración agitada de Susan se intensificaba. Arrastrándose por el suelo, se aferró a su hijo, alejándolo lo más que pudo del auto destrozado. — Cariño... —susurró con dolor, su voz temblorosa. Marcus había muerto al instante del impacto, y ella sentía cómo la sangre escapaba de su cuerpo con rapidez. Desesperada, arrancó el collar de su cuello y lo abrió. Miró a su pequeño, que yacía inconsciente, y le dedicó una última sonrisa débil, a pesar del dolor que sentía. — Ad sequentem transire —susurró, sus palabras apenas audibles, antes de sucumbir y caer inerte al suelo. Siluetas translúcidas rodearon su cuerpo, mientras otras permanecían cerca del pequeño John, vigilando en silencio. Cuando el sonido de las ambulancias y las patrullas se acercaba, las siluetas simplemente se desvanecieron, desapareciendo en el aire como si nunca hubieran estado allí. [...] Cuando Jonathan, el hermano de Susan, llegó al hospital y vio a su sobrino en una camilla, vivo, un profundo alivio lo invadió. Sin embargo, al notar que el pequeño sostenía el collar de su hermana con firmeza, supo que ella ya no estaba allí. El doctor se acercó para informarle que John podría necesitar pasar una o dos noches en el hospital, solo para asegurarse de que no tuviera ninguna complicación. Luego, le entregó una hoja que el pequeño llevaba firmemente en la mano. Al verla, Jonathan se sorprendió al ver que eran los nombres de "ellos". — Te avisaron, ¿verdad? —murmuró para sí mismo, mientras un escalofrío recorría su espalda.

----- CHAPTER BREAK -----

— Odio los hospitales —se quejó un hombre, cruzado de brazos mientras permanecía de pie. — Únete a la fila —respondió una mujer, echando un vistazo de reojo al pequeño John, que dormía tranquilamente. — ¿Pueden estar callados, al menos un minuto? —preguntó una mujer, visiblemente cansada, mientras se acomodaba en una silla cerca de la camilla donde yacía el pequeño. — Margaret, cuando quiera que hables, te lo pediré —respondió el hombre, fulminándola con la mirada—. Ahora, o desapareces o te callas. — Lo mismo digo, Sebastian —respondió Margaret, con veneno en la voz. — Una moneda a que Margaret le da una bofetada —murmuró un hombre, acomodándose en el apoyabrazos del sillón. — Dos a que Sebastian sale corriendo —añadió otro, sin levantar la vista de la revista que había sobre la mesa. — Carlos, me sorprende que te metas en una apuesta —comentó una mujer, sentándose al lado del mencionado, con una mirada incrédula. — Tengo que pasar el rato de alguna manera, señorita Elizabeth —dijo Carlos con cortesía, acompañando sus palabras con una leve sonrisa. — Me darán diabetes —se quejó Tom. — No es que puedas, Tom —refutó Carlos, haciendo reír a Elizabeth. — A todo esto, ¿han visto a los demás? —preguntó Elizabeth, mirando la acalorada discusión entre Margaret y Sebastian. — Andan por ahí, creo —respondió Tom, rascándose la barbilla pensativamente. — Y la señorita Catherine entra en escena —comentó Carlos, señalando cómo la mujer se levantaba y se ponía en medio de los otros dos. Mientras los tres observaban la discusión, al otro lado de la habitación, cuatro personas más estaban absortas en la televisión. — Juro que la economía va a sufrir una decadencia en algún momento —comentó un hombre, apoyando su cabeza sobre su puño, pensativo. — Ed, eso es bastante obvio —comentó una mujer, ajustando su vestido con atención, sin mirarlo directamente. — Evelyn, sabes que nadie va a notar que tu vestido está arrugado, ¿verdad? —dijo Edgar, levantando una ceja en señal de curiosidad. — Ed, soy una dama, me importa a mí —respondió Evelyn, sonriendo con tranquilidad. — Señoritas, dejen la cháchara y escuchen la televisión —se quejó otro, acomodándose en el sillón. — Cállate, Gareth —respondieron al unísono, sin perder la compostura. — Uno intenta ser amable y así le responden —dijo Gareth, llevándose una mano al pecho, fingiendo estar ofendido. — Jejeje, te pudieron mandar al carajo, jajaja —rió una mujer a su lado, disfrutando del momento. — Benedict, no me ayudas en absoluto —se quejó Gareth, visiblemente frustrado. Benedict simplemente lo ignoró y chocó los cinco con Edgar y Evelyn, como si nada. Mientras ellos permanecían tranquilos, Catherine regañaba a Sebastian y a Margaret, quienes estaban en lados opuestos de la habitación. — ¿Y los demás? —preguntó Catherine, rascándose la cabeza— Juraba que estábamos todos. — El resto se fue a recorrer el hospital —comentó Gareth, sin apartar la vista del televisor. En ese momento, Jonathan entró en la sala y se acercó donde su sobrino dormía plácidamente. — Ni un saludo, qué cruel —comentó Tom, llevándose la mano al pecho con exageración. Las luces frías parpadeaban débilmente cuando la puerta de la sala de urgencias se abrió de golpe. Una camilla fue empujada a toda velocidad, rodeada de médicos y enfermeros que lanzaban órdenes a gritos. El paciente, un hombre cubierto de sangre y con un monitor que emitía pitidos erráticos, parecía aferrarse a la vida por un hilo. En medio de la prisa, atravesaron a Sebastian. — Es molesto cuando te cruzan por el camino —se quejó Sebastian, con una mueca de frustración. Jonathan cerró la cortina con rapidez, evitando que John pudiera ver la escena que se desarrollaba frente a él, consciente del trauma reciente del accidente. Sebastian soltó un bufido y cruzó los brazos, mirando el caos que se desataba a su alrededor.  — Bueno, ¿cuánto le damos?. Tom sonrió de lado y chasqueó los dedos con confianza.  — Treinta minutos, como mucho. Ya vi esa mirada en los médicos. Están en la fase de "hagamos lo que podamos, pero ya sabemos el resultado". — Veinte minutos —dijo Margaret sin titubear, observando la situación con una mirada fría. — Está perdiendo demasiada sangre. — Quince —intervino Carlos, entretenido con el espectáculo, casi disfrutando de la tensión en el aire. — ¿Tan poco crédito le dan? —Edgar arqueó una ceja, un toque de arrogancia en su tono. — Yo digo que cuarenta y cinco minutos. La ciencia médica ha avanzado mucho. — Se va en diez —sentenció Evelyn, ajustando la manga de su vestido con calma. — Ese tono de piel no miente. — Siete —se burló Benedict, dándole un codazo a Gareth mientras sonreía con diversión. — Nueve —se quejó Gareth, visiblemente presionado por tener que participar en la apuesta. — Ah, qué diablos, veinticinco minutos —Elizabeth miró a Catherine con curiosidad. — ¿Y tú?. Catherine, con los brazos cruzados y una expresión pensativa, observó al paciente en silencio. Sabía la respuesta, la había visto mil veces antes, pero aún así sonrió ligeramente. — Sobrevivirá. Hubo un momento de silencio tenso antes de que estallaran en carcajadas. — ¡Vamos, Catherine, ni tú te crees eso! —Tom soltó una risa burlona. — Alguien tiene que ser el opositor, y puede que gane. ¿Quién sabe? —dijo Catherine, encogiéndose de hombros. — ¿Qué le habrá pasado? —preguntó Benedict, recostándose en el sillón con las manos detrás de la cabeza, mirando la escena. — ¿Importa? —respondió Margaret, sin apartar la vista del paciente. — El tipo está medio muerto, ese es el punto. — Estoy apostando por un accidente automovilístico —dijo Edgar, pensativo mientras observaba al hombre. — Hay mucho vidrio en su ropa. — No, eso es de la camilla cuando lo subieron a la ambulancia —corrigió Gareth, con tono analítico. — Para mí, lo apuñalaron. — ¿Qué tal si se cayó desde un tercer piso? —propuso Evelyn, entretenida con la idea. — Me inclino más por un robo que salió mal —dijo Carlos, mirando la escena con una expresión casi académica. — Se ve joven, no parece que estuviera buscando problemas. — Ustedes pueden decir lo que quieran —comentó Catherine, con una media sonrisa—, pero sigo apostando a que sobrevive. Sebastian soltó una carcajada seca.  — Claro, claro. Y luego se levanta, se saca los tubos y sale bailando. — No exageres, Sebastian —dijo Elizabeth, riendo suavemente—. Catherine solo está jugando a la esperanza. — Es un hospital, Elizabeth, la esperanza se acaba rápido aquí —dijo Tom con sorna, señalando cómo los médicos redoblaban esfuerzos para estabilizar al paciente. El murmullo de la televisión quedó en segundo plano cuando el sonido del desfibrilador llenó la sala. — Uf, ahí viene la parte emocionante —murmuró Benedict, observando atentamente. — ¿Cuánto le queda? —preguntó Gareth, con una mezcla de impaciencia y curiosidad. — Cinco minutos, máximo —dijo Evelyn, afilando la mirada. — Su corazón ya no responde bien. En ese momento, un pitido largo y desgarrador llenó la habitación. El silencio que siguió fue absoluto. Sebastian soltó una risa seca.  — Bueno, Catherine, supongo que perdiste. Ella cerró los ojos un momento, sin responder. — Lo intenté —murmuró, con una sonrisa triste. Los médicos intentaron reanimarlo unos segundos más, pero al final, uno de ellos suspiró y bajó la cabeza. — Hora de muerte… 3:47 AM. Margaret sonrió con suficiencia.  — Bueno, ¿quién acertó con el tiempo exacto?. Tom revisó su reloj imaginario y levantó una ceja.  — Casi le atino, pero me pasé por un minuto. — Yo gané —dijo Evelyn, con calma y tranquilidad. Los demás resoplaron y aceptaron su derrota. — Son unos insensibles —comentó alguien, mientras atravesaba la pared. — Hola, Nolan —saludaron Elizabeth, Catherine y Evelyn al unísono. El resto simplemente asintió o dio un saludo vago, sin mucho entusiasmo. — ¿Cuánto duró el pobre idiota? —preguntó Nolan, mientras se recargaba en la pared, mirando a los demás con una sonrisa burlona. — Diez minutos —respondió Evelyn con orgullo, cruzando los brazos. — Supongo que la dama ganó, ¿eh? —tarareó Nolan, con una sonrisa traviesa. — Así es, querido —afirmó Evelyn, con una mirada desafiante. — Cuidado, galán, aún somos parientes —comentó Edgar, sonriendo de lado. — Bueno, supongo que no le puedo coquetear a las enfermeras entonces —respondió Nolan, levantando las cejas y mirando alrededor, como si pensara en la posibilidad. — Dudo que te escuchen —comentó Carlos, pasando página en la revista sin siquiera tocarla. — Una desventaja de estar muerto —añadió Tom, observando distraído la revista de Carlos. — Pero bien que podemos ver los baños de damas —rió Nolan, con una sonrisa pícara. Las mujeres presentes le lanzaron una mirada desaprobatoria, con un suspiro colectivo de desaprobación.

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