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Ichiji Vinsmoke es el hijo mayor de la familia Vinsmoke, con unos ojos azules tan profundos como el mar, que suelen quedar ocultos tras sus lentes de sol. Siempre mantiene una mirada fría y calculadora, dirigida a sus adversarios, actuando sin mostrar el menor interés por las consecuencias de sus acciones, y siempre siguiendo las órdenes de su padre, Judge. Su cabello, de un rojo intenso como la sangre, cubre la mitad de su rostro con un flequillo que acentúa su mirada distante, mientras sus patillas, de forma triangular, se ajustan perfectamente a sus mejillas. Su piel es tan pálida como la porcelana, cuidada con esmero, y su complexión delgada esconde un nivel de musculatura lo suficientemente imponente para causar terror.El hijo mayor de la familia Vinsmoke era, en apariencia, un asesino implacable, un mercenario frío y desprovisto de humanidad. O al menos, eso era lo que se pensaba de él. Sin embargo, después de los eventos ocurridos en Whole Cake Island, Judge se dio cuenta de un grave error en la creación de sus hijos: al carecer de emociones, no les importaba si vivían o morían. Tras reflexionar sobre este fallo, y después de discutirlo con su red de científicos, se tomó una decisión importante. Sus hijos serían modificados nuevamente, para liberar las emociones relacionadas con la supervivencia.De esta manera, Judge Vinsmoke se dirigió al comedor, donde se sentó en su trono y ordenó la presencia de sus hijos. En cuestión de segundos, ellos aparecieron, sentándose en sus respectivos lugares en silencio, aunque ignoraron deliberadamente la silla marcada con el número tres.Judge, tras un breve gesto con los dedos, indicó a los sirvientes que comenzaran a preparar el ambiente. Estos se movieron rápidamente, colocando un Den Den Mushi proyector y conectando los documentos necesarios. En cuestión de momentos, el proyector comenzó a mostrar las imágenes en la pared frente a ellos. Reiju, Ichiji, Niji y Yonji, con seriedad, dirigieron la mirada hacia la proyección, observando con atención los documentos que se desplegaban. Judge, levantándose de su trono con una calma casi aterradora, comenzó a hablar, su voz resonó con autoridad en el salón.—Ustedes son la culminación de mis años de trabajo, la obra maestra que cualquier científico podría soñar con crear. El ser humano perfecto, diseñado para la guerra, para la lucha sin tregua. Sin embargo, debo confesar que hay algo que me perturba, algo que no he llegado a comprender, tras los recientes acontecimientos ocurridos cuando Big Mom nos tuvo en su poder, durante esa... desagradable boda de Sanji —dijo Judge con tono frío, su rostro impasible, aunque una clara ira se asomaba en sus ojos. — Durante todo este tiempo, estaba convencido de que, como mi mayor creación, ustedes serían la perfección misma. Que habrían alcanzado todo lo necesario para ser los guerreros más formidables que jamás haya existido. Pero ahora sé que me equivoqué. -Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en la sala.—Ustedes, mis hijos, tienen todo lo que se requiere para ser grandes combatientes: fuerza, destreza, capacidad. Pero hay algo que les falta, algo esencial para su supervivencia. Carecen de lo que es necesario para mantenerse con vida en un mundo tan despiadado como el que enfrentamos. Y, para mi vergüenza, debo reconocer que fue Sanji, el hijo que creí indigno de nuestra familia, el traidor al que abandoné hace tantos años, fue quien me enseñó esa dolorosa lección, en su manera impredecible, me hizo darme cuenta de la gravedad de mi error. ¡No son perfectos!, no aún. Y es por eso hijos míos, que deben cambiar. -Judge murmuró en voz baja mientras unía las manos frente a su pecho, sus ojos fijos en la proyección. Al hacer un breve y autoritario chasquido con los dedos, los documentos cambiaron, y ahora mostraban la anatomía de los cuerpos de sus hijos, detallando lo que él consideraba los “errores” en su sistema. Luego, se colocó frente a ellos, su mirada era implacable, llena de una seguridad fría y una ira reprimida que parecía dirigida principalmente hacia su tercer hijo varón, Sanji.—Necesito a alguien dispuesto a someterse nuevamente a mis experimentos —comenzó Judge, su voz era grave y profunda—. Alguien que pueda soportar los tratamientos, la misma soledad que Sanji experimentó, alguien capaz de resistir para ser mejorado, perfeccionado. Así, podremos alcanzar el objetivo de convertirlos en lo que siempre debieron ser: la versión más avanzada de cualquier humano. Solo así, este reino, El Germa 66, podrá brillar de nuevo y resurgir con más fuerza que nunca.Las palabras de Judge resonaron en el aire, comprendidas por todos los presentes, pero fue Ichiji quien, con una firmeza inquebrantable, levantó la mano. Su mirada hacia su padre reflejaba una mezcla de respeto y determinación.—Yo lo haré —respondió Ichiji con claridad, sin rastro de duda ni temor en su voz—. Soy el mayor, y como tal, me encargaré de ser el sujeto de prueba perfecto para ti, padre.Dejó caer la mano lentamente, mirando fijamente a Judge mientras proseguía con su declaración:—Como el heredero de este reino, asumiré la responsabilidad de ser perfecto. No fallaré.Transcurridos unos minutos, la junta llegó a su fin. Reiju Vinsmoke, la hermana mayor y única mujer de la familia, se acercó a Ichiji con una calma que contradecía la tensión del momento. Su mirada era serena, pero al mismo tiempo cargada de una comprensión profunda. Con una suavidad casi maternal, posó su mano sobre su hombro y, con voz tranquila pero firme, le habló:—Ichiji, sé que la oferta de nuestro padre debe resultar tentadora para ti, pero debo advertirte… ten cuidado. Las emociones son un terreno desconocido para nosotros, y aunque se ven y se escuchan con facilidad, no debemos subestimarlas. Llorar, sufrir, amar, odiar o encolerizarse serán las cargas que deberás llevar a diario en tu nueva vida.Su voz era un bálsamo calmante, suave y delicada, pero en sus palabras había una gravedad que no podía ignorarse.—Ni Niji ni Yonji comprenden el verdadero peso de las emociones, y tú, aunque más receptivo que ellos, tampoco estás exento de caer en sus garras. Las emociones no son un juego, Ichiji, y pueden convertirse en una fuerza desbordante. Ten cuidado… y ojalá todo salga bien, que todo siga el curso que nuestro padre ha planeado.Con estas palabras, Reiju fue la última en abandonar la sala. Ichiji, impasible, permaneció allí, con la mirada fija y elevada hacia el vacío, su mente trabajando en silencio. Un suspiro escapó de sus labios, apenas audible. Con determinación, recogió los papeles sobre la mesa y comenzó a leerlos con atención. Estudió cada palabra, cada nota escrita por su padre, hasta que algo llamó su atención. En una de las páginas, Yonji era descrito como “su mejor creación”, el más fuerte de todos, más que sus propios hermanos. Se le veía como su orgullo y la culminación de su trabajo.Sin embargo, a pesar de la admiración que su padre sentía por Yonji, las palabras de Judge no causaron ni repulsión ni impaciencia en Ichiji. Más bien, le resultaron completamente indiferentes.Después de horas de silencio absoluto, Ichiji permanecía inmóvil frente a los documentos, los ojos clavados en una única página, en la que se detallaba la anatomía de Sanji. Había estado sumido en la lectura durante media hora, absorbiendo con minuciosidad las notas que hablaban de la mejoría de su tercer hermano. Algo, un sentimiento extraño, empezó a despertar en su pecho. Algo ajeno a su naturaleza, algo que jamás había experimentado en relación a Sanji… ¿Respeto? Tal vez. Pero más que eso, había una sensación difícil de descifrar, una que le removía por dentro.Con este pensamiento rondando su mente, Ichiji se levantó de la silla de respaldo alto, marcada con el número uno, y un suspiro escapó de sus labios finos, como si una carga invisible lo hubiera presionado contra la espalda. Su mirada se dirigió a Colette, la chef que había sido defendida por Sanji. El aire en la habitación se volvió más pesado, como si la tensión misma pudiera cortarse con un cuchillo.Colette, al sentir el peso de esa mirada glacial, no pudo evitar estremecerse. No era miedo lo que la invadía, sino algo más profundo, más complejo: temor. Temor de que hubiera hecho algo mal, tal vez algo en los aperitivos servidos durante la reunión que no había agradado al heredero de cabellos rojos. Sus manos, nerviosas, se entrelazaron en un gesto de angustia, pero antes de que pudiera articular palabra alguna, la mano de Ichiji se posó suavemente sobre su cabeza, desconcertándola por completo.— ¿Por qué mi hermano sufrió al verte tan golpeada? —preguntó Ichiji, su voz profunda y fría, como el hielo que corría por sus venas. No apartó su mirada ni su mano de la cabeza de Colette, quien, desconcertada, intentó entender qué quería decir con esas palabras.— ¿Por qué se enojó tanto con nosotros por tratarte como siempre? —insistió él, sus palabras impregnadas de una curiosidad que ni él mismo entendía. Un leve golpecito en la cabeza de la chica, casi imperceptible, siguió a su pregunta, dejando una sensación de incomodidad en el aire.— No entiendo la mente de Sanji... —musitó Ichiji, más para sí mismo que para ella, como si una verdad desconocida lo estuviera consumiendo. — Espero poder hacerlo pronto.Con un último vistazo a la joven chef, Ichiji dio media vuelta, su paso firme y decidido, como si la puerta que acababa de cruzar marcara el inicio de una misión mucho más grande que él mismo. Los enigmas de su hermano, los secretos que hasta ahora le habían sido ajenos, lo perseguirían. Y no descansaría hasta desvelarlos.
----- CHAPTER BREAK -----
Dos días habían transcurrido desde la extraña cercanía con Colette, y Ichiji se encontraba listo para enfrentarse a lo que fuera que su destino le deparara. Había comenzado el día con su habitual disciplina. Se levantó de la cama, con la rigidez que lo caracterizaba, y se encaminó hacia el baño. El agua templada de la tina fue lo primero que tocó, aliviando momentáneamente la tensión en sus músculos, como si la rutina diaria fuera la única forma de escapar de sus pensamientos más profundos. Se desvistió con cuidado, como si cada movimiento fuera medido, controlado. Cuando se sumergió en el agua, un suspiro de aprobación salió de sus labios, como si el calor líquido fuera lo único que pudiera ofrecerle una paz efímera.Tras un baño que parecía más un ritual que una necesidad, Ichiji se vistió con precisión meticulosa. Primero, unos boxers grises, entallados, que resaltaban la figura de su cuerpo esculpido con años de disciplina. Luego, una camisa blanca, de corte ligeramente en V en el cuello, que dejaba entrever un tatuaje en su hombro, uno que se había ganado siendo aún un niño, en medio de oscuros recuerdos de la infancia. El pantalón negro y los zapatos bien lustrados completaron su atuendo, pulcro, intachable. Finalmente, sus lentes de sol, aquellos que siempre ocultaban su mirada. No era solo una cuestión de estilo. Eran una muralla, una barrera que nunca permitía que nadie pudiera ver sus ojos, esos ojos que parecían esconder demasiados secretos.Al salir de su habitación, sin rumbo fijo en mente, no se dirigió al comedor como era su costumbre. Hoy, algo lo empujaba hacia el laboratorio. Al llegar, los científicos lo recibieron con una mezcla de respeto y temor. Uno de ellos, al ver su presencia, no tardó en tomar el den den mushi y llamar a Judge, que estaba desayunando tranquilamente.— Ichiji —la voz grave de su padre resonó por la línea—, te dije que nos veríamos en el laboratorio después del desayuno. Tú no puedes alimentarte por el experimento, pero yo sí. Así que espera.El den den mushi se apagó abruptamente en las manos de Ichiji, dejándole una sensación de incomodidad que no supo identificar. Se desplomó en una camilla cercana, observando, casi con desapego, cómo los científicos y sirvientes compartían un espacio que para él era completamente ajeno. Esa convivencia, esa forma de relacionarse tan sencilla y natural, le resultaba extraña. Algo dentro de él se removió, pero no supo qué exactamente. Sin embargo, la curiosidad se apoderó de su mente, y sin pensarlo demasiado, llamó a uno de los científicos.— ¡Eh, tú! —su voz cortó el murmullo de la habitación. El científico, visiblemente nervioso, se acercó con cautela. Ichiji, con su mirada afilada, lo observó fijamente, casi desafiándolo a responder.— ¿Cómo pueden convivir así, todos juntos? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y desconcierto—. Ustedes, como científicos, tienen un rango mucho mayor que ellos, que son solo sirvientes. ¿No sienten repulsión al ser superiores, al verlos como inferiores? ¿No les repugna compartir el mismo espacio con ellos?El científico tragó saliva, claramente nervioso por la magnitud de la pregunta. Su respuesta fue lenta, meditada, como si temiera que cada palabra pudiera ser su perdición.— No, señor… —susurró, mirando hacia abajo, como si el simple hecho de ser escuchado lo asustara—. Ellos son personas, como nosotros. Y todos servimos al mismo amo.Su voz temblaba, pero continuó, sabiendo que su respuesta debía ser honesta.— Si nos tratáramos de forma diferente, los sirvientes no nos traerían las bebidas dependiendo del clima, o nosotros no los ayudaríamos después… de sus reprimendas... —dijo, su tono casi inaudible, como si temiera que alguien lo oyera. Luego, sus ojos se alzaron brevemente, buscando la aprobación de Ichiji, y con una pequeña dosis de inseguridad agregó—: Nos ayudamos mutuamente, por eso… por eso nos llevamos bien y convivimos juntos.Ichiji se quedó en silencio, procesando esas palabras. Algo en su interior se sacudió, pero no podía entenderlo. Quizás porque nunca había considerado que alguien pudiera hablar de "convivir" sin un interés ulterior, sin una lucha por el poder. Era un concepto ajeno a él. Y eso, de alguna forma, lo inquietaba más que cualquier otra cosa.— Si algo le llegara a pasar a cualquiera de ellos… ¡No! A él, el más pequeño, —murmuró Ichiji, su voz grave y fría como el hielo, cortando el aire tenso que los rodeaba. Con una mirada fija y penetrante, volvió a formular la pregunta, como si quisiera desentrañar los sentimientos más profundos de aquel hombre. — Si algo le sucediera al hijo de alguna sirvienta... ¿Qué despertaría en ti? —Su tono era implacable, la pregunta flotando en el aire, cargada de una extraña mezcla de curiosidad y desafío—. ¿Estarías triste? ¿O te sentirías indiferente a su dolor?El científico, paralizado por la intensidad de la mirada de Ichiji, se quedó en silencio. Sus manos se apretaron, nerviosas, entrelazándose con fuerza, como si intentara contener un torrente de emociones que no entendía bien. Su rostro reflejaba incomodidad, y por un momento, parecía que las palabras se le quedaban atrapadas en la garganta.— Yo... —comenzó, pero se detuvo, reflexionando en silencio. La incomodidad era palpable, como si cada palabra que dijera pudiera tener consecuencias. Finalmente, habló, pero con la cautela de alguien que teme al poder que tenía frente a él. — Estaría triste. La sirvienta Eva es mi amiga. Y perder a su hijo sería algo terrible. Por el Dios Nika... Que nada le suceda a Emilien. Es un buen niño... Estoy seguro de que no solo yo estaría triste, sino que la mayoría de las personas que lo conocen también lo estarían. Le ayudaríamos a Eva en todo lo que fuera necesario.El científico, con su voz temblorosa, no parecía dudar de lo que decía. La sinceridad en sus palabras captó la atención de Ichiji, quien observaba con una intensidad silenciosa. ¿De verdad estarían dispuestos a abandonar todo, incluso su trabajo, para consolar a la sirvienta? ¿Eva? ¿Solo por su hijo? Para Ichiji, era un concepto incomprensible. Nunca había experimentado algo como eso, algo tan… humano. En su mundo, el sacrificio por otros no era más que una debilidad. Y, sin embargo, algo en la respuesta del científico hizo que una chispa de confusión se encendiera en su mente.Sin previo aviso, la imagen de Sanji invadió su pensamiento. La imagen de su hermano menor, sonriendo, feliz, abandonando todo por el amor. Abandonando a su familia, a su deber, a su prometida perfecta, por un hombre de cabello verde. Abandonando su destino marcado por Big Mom, todo por su felicidad. Ichiji, molesto, negó con la cabeza, tratando de deshacerse de esos pensamientos. No era momento para recordar a Sanji, no era momento de sucumbir a esos sentimientos.— ¿Estarían dispuestos... a enseñarme todo eso? —murmuró, su voz ahora cargada de una extraña mezcla de desesperación y curiosidad. Su mirada recorrió a los sirvientes, pero sus ojos no mostraban ni una pizca de emoción. Solo había una fría determinación, como si estuviera formulando una nueva obsesión. — Quiero decir… tengo curiosidad por este experimento. Y necesito alguien que me enseñe… sobre las emociones. —Las palabras resonaron en el aire, más como una orden que como una pregunta. Él no entendía, no comprendía ese tipo de vínculos humanos, y eso lo desbordaba. Necesitaba respuestas, y estaría dispuesto a todo para obtenerlas.La habitación quedó en silencio, los sirvientes intercambiaron miradas, pero nadie se atrevió a responder. El aire parecía volverse más denso, como si el mismo Ichiji estuviera atrapado en una encrucijada de emociones que no sabía cómo manejar.Uno de los científicos principales alzó la mirada, sus ojos fijándose en las facciones de Ichiji, observando cómo la determinación que lo impulsaba comenzaba a transformarse en una obsesión cada vez más profunda. Antes de que pudiera articular palabra alguna, las puertas del laboratorio se abrieron de golpe. Con una presencia imponente, Judge, el Rey del Germa 66 y padre de Ichiji Vinsmoke, irrumpió en la sala. Su mirada despectiva recorrió a los sirvientes que se encontraban a su alrededor. Avanzó con paso firme hasta detenerse en un área específica, donde la servidumbre, en un movimiento fluido, lo vistió rápidamente con su bata de laboratorio. Los guantes ajustados a sus manos y el cubre bocas que escondía su rostro, el cual solo añadían a la imponente figura que representaba.Finalmente, Judge se detuvo frente a Ichiji, su mirada severa evaluándolo con desaprobación, como si el solo hecho de hablar con los científicos fuera una transgresión.— Ichiji, la hora ha llegado. — La fría sentencia resonó en el aire.Al momento, Eva, la sirvienta principal, hizo un gesto con su mano y, al instante, tomó el brazo de Ichiji, guiándolo con firmeza hacia otra sección del laboratorio. Allí, lo desvistieron con rapidez y, tras colocar sobre él una bata especial, lo subieron a una camilla. Con precisión clínica, ataron tanto sus manos como sus pies, asegurando también su cabeza con cintas. En un abrir y cerrar de ojos, fue trasladado a la sala de operaciones, donde su padre, junto a los científicos con los cuales había estado conversando poco antes, aguardaba.— Ichiji... Espero que comprendas la magnitud de mis expectativas respecto a ti y al experimento. Sé un buen hijo y. No. Te. Muevas. — Las palabras de Judge, cargadas de una amenaza implícita, cortaron el aire como una daga afilada.La sala de operaciones estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de las maquinas que monitoreaban cada latido, cada pequeña respiración de Ichiji. Los cirujanos a su alrededor, utilizaban mascarillas y guantes, los cuales se movían con una precisión militar, y, sobre todo, Su padre siendo el medico principal de la operación miraba con desdén el cuerpo tendido de Ichiji.Mientras tanto Ichiji yacía inmóvil en la camilla, sujeto por correas de cuero que le impedían un movimiento continuo.La primera incisión fue como un susurro en la oscuridad, una línea fina y precisa que abría la piel del pecho de Ichiji. Mientras su padre trabajaba con rapidez y eficiencia, sus instrumentos brillaban bajo las luces intensas de la sala de operaciones.Al principio Ichiji no sentía nada, simplemente la incomodidad de las manos de los cirujanos sobre su pecho abierto, Era como su estuviera observando la escena desde afuera de su cuerpo, sin sentir dolor ni molestia absoluta. Pero eso era algo que no duraría por mucho, Ichiji lo sabía. El conocía lo que pasaría en su cuerpo, sabía que el dolor llegaría.Ichiji se concentró en no moverse. En mantener sus manos, piernas y cabeza inmóviles, a pesar de la creciente angustia y ¿ansiedad? Que le corría por dentro. Sabía que en cualquier momento podría ser desastroso, que cualquier mínimo movimiento provocaría error en los cirujanos y eso sería un error fatal.Pero a medida que la cirugía avanzaba, Ichiji comenzó a sentir una sensación extraña, algo ajeno a el, una presión terrible en el pecho. Como si alguien estuviera apretando un puno alrededor de su corazón, haciéndolo latir con mucha más fuerza. Y entonces, en cuestión de un segundo, todo tuvo un mejor color, un color rojizo en Ichiji, un dolor nunca antes visto llego.Como una ola de fuego, el dolor se extendió por todo su cuerpo, haciendo que cada fibra de su ser gritara en una agonía nunca antes vivida. Ichiji se mordió el labio para no gritar del dolor, para no moverse, se sentía como si su cuerpo estuviera siendo desgarrado desde su interior.Y, sin embargo, a pesar del dolor insoportable, Ichiji se mantuvo inmóvil. Sabía que si se movía, todo podía terminar en desastre. Así que se concentró en su respiración, en el sonido de las maquinas que monitoreaban su corazón y así loro obtener la determinación de sobrevivir a aquella cirugía.Dos horas después, Ichiji despertó en su habitación, una extraña sensación se apoderó de él, como si algo en su ser hubiera cambiado, algo que no podía comprender, pero que lo perturbaba profundamente. Sin embargo, como siempre, su naturaleza imprudente lo impulsó a levantarse, ignorando las señales de su propio cuerpo. El esfuerzo le costó, y un desgarrador aullido de dolor escapó de sus labios, obligándolo a caer nuevamente sobre la cama, incapaz de sostenerse. Sus manos temblaban, la habitación giraba a su alrededor, y en ese instante, la realidad se desdibujaba, como si estuviera atrapado entre dos mundos.Fue entonces cuando una presencia sutil, casi etérea, se hizo sentir. Una mano delicada y suave se posó sobre su frente, fría como la brisa de la madrugada, pero con un toque reconfortante. Ichiji no podía ver el rostro, pero sabía que era una mujer. Su cabello, largo y dorado, caía en cascada como un río de luz, envolviendo la habitación en una calidez indescriptible. Llevaba un vestido azul profundo, tan vasto como el cielo, que parecía reflejar una paz inalcanzable.Ichiji cerró los ojos, rendido ante el consuelo que emanaba de su toque. Las caricias en su coronilla eran tan suaves, tan llenas de ternura, que su dolor comenzó a desvanecerse, como si la misma esencia de esa mujer pudiera curar sus heridas. Ella comenzó a tararear, una melodía suave, una canción que no entendía, pero que resonaba en su alma, como un eco de algo perdido. Las palabras que murmuraba no eran claras, pero su voz, cargada de dulzura y anhelo, le ofreció una paz que nunca había conocido.Era como si estuviera suspendido en un sueño, una burbuja de calma que lo alejaba del dolor y del caos. Ichiji dejó que su cuerpo, aún tembloroso, se relajara bajo el abrazo invisible de aquella mujer, ignorando por completo el sufrimiento físico. En ese momento, nada importaba, ni su nombre, ni su misión, ni las sombras que lo perseguían. Solo existía el eco de su voz, el suave contacto de sus dedos, y una presencia que parecía envolverlo, como si fuera una memoria olvidada, una sensación de algo que ya había perdido, pero que ahora se le ofrecía nuevamente. En su corazón, un susurro lejano comenzó a tomar forma, como una historia que jamás contó, un amor que nunca conoció, pero que sentía, profundamente, en cada rincón de su ser.¿Era ella? ¿Era aquella figura que tanto había anhelado ver en su vida, pero que jamás tuvo la oportunidad de conocer? La mujer de cabellos dorados, la que quizás lo había amado antes de que el tiempo y la crueldad lo destruyeran. Su madre, la difunta Reyna del poderoso clan Germa, a quien nuca valoro por consecuencia de las decisiones de padre. La mujer que, en ese preciso momento, le ofrecía su consuelo desde un lugar incierto, como si su alma estuviera atrapada en un rincón oscuro, esperando que él, su hijo, la recordara.De nuevo, los ojos de Ichiji se cerraron, abandonándose por completo al suave abrazo de lo imposible...
----- CHAPTER BREAK -----
La segunda vez que Ichiji despertó, el mundo parecía más tranquilo, como si la tormenta de su mente se hubiera calmado, pero al abrir los ojos, se dio cuenta de que no estaba solo. Reiju, su única hermana, yacía a su lado. Su presencia era reconfortante, pero había algo en su rostro, algo que tranquilizaba y al mismo tiempo despertaba la melancolía en el corazón de Ichiji. La serenidad en su mirada, la pureza en sus rasgos… Su belleza era indescriptible, pero Ichiji, aún envuelto en la confusión de su sueño, no podía evitar compararla con la misteriosa mujer que lo había arrullado dos días atrás.El dolor que había marcado su cuerpo se había disipado en gran medida, gracias a su regeneración acelerada. Con esfuerzo, logró mover sus brazos, incorporándose lentamente en la cama. El simple acto de moverse llamó la atención de su hermana, quien se levantó con una gracia que solo ella poseía. Con una delicadeza que parecía natural, la ayudó a sentarse y acomodó su espalda contra la cabecera, dejándole caer la cabeza sobre un par de almohadas. Un silencio reconfortante llenó la habitación, pero fue Ichiji quien rompió el mutismo, sus palabras, tan suaves como el viento, pero cargadas de una profunda reflexión.—Te pareces a ella... ¿no? —murmuró, sus ojos fijos en la belleza de su hermana, como si intentara descubrir algo más allá de lo físico, algo oculto en su ser.Reiju, sin apartar la vista de su hermano, dejó su libro a un lado y respondió con calma, como si ya hubiera anticipado la pregunta.—¿A quién exactamente, Ichiji? —su tono era suave, pero su mirada reflejaba una preocupación sutil.Ichiji tardó un momento en responder, como si estuviera luchando con las palabras que deseaba pronunciar. La comparación que rondaba en su mente le resultaba tan pesada, tan difícil de articular. Finalmente, su voz emergió, temblorosa pero decidida.—A la Reina… la esposa de Judge… a la… madre de Sanji... —las palabras quedaron atrapadas en su garganta, y fue imposible no notar la vacilación en su tono. Quería decir “a nuestra madre”, pero un sentimiento profundo y doloroso de culpa lo retuvo, como si esas palabras le quemaran los labios.Reiju, al escuchar eso, cortó el contacto visual, su mirada se dirigió hacia la ventana, donde la luz suave del sol comenzaba a entrar. El aire en la habitación parecía volverse más pesado, y su voz, aunque tranquila, llevaba consigo un peso de recuerdos que no se podían evitar.—¿Nuestra madre? —repitió, como si esas palabras tuvieran un sabor amargo. Luego, dejó escapar un suspiro, y continuó en un murmullo que casi parecía dirigirse a sí misma, más que a Ichiji. —Sí, físicamente, me parezco a ella.Las palabras flotaron en el aire, cargadas de una tristeza no dicha. Reiju volvió a mirar a su hermano, sus ojos reflejaban algo más allá de la comprensión, algo que solo los dos podían entender.—Emocionalmente, y en sentir, Sanji se parece mucho más a ella.El silencio volvió a envolver la habitación, y el joven príncipe observaba a su hermana, sin saber qué decir. Reiju había respondido, pero no era la respuesta que él esperaba, o quizás no era la respuesta que quería escuchar.—¿Por qué lo dices? —preguntó Reiju, su voz suave, curiosa pero también llena de un desconcierto que no lograba comprender.Ichiji, apartando la vista, parecía dudar por un momento antes de responder. Su voz, baja y profunda, se mezcló con la quietud de la habitación.—Creo que la vi... —murmuró, apenas audible. Los ojos de Ichiji se desviaron hacia el mueble frente a él, mientras la voz de Reiju se deslizaba suavemente hacia sus oídos. —Ella vino… creo que era ella. Su voz… se parecía mucho…La habitación se sumió en un silencio profundo. El aire pesado y cargado de misterio parecía suspenderse, como si la respuesta a lo que ambos sentían estuviera a punto de salir a la luz, pero nadie se atrevía a alcanzarla por completo. La figura de su madre, la Reina, seguía presente, tanto en sus recuerdos como en sus corazones, como un eco distante que se negaba a desvanecerse. Y mientras Ichiji se perdía en sus pensamientos, no pudo evitar sentir que algo más grande que él mismo, algo que no comprendía del todo, estaba a punto de revelarse.El silencio envolvía la habitación como un manto pesado, pero fue interrumpido por el sonido de la puerta abriéndose. Los sirvientes entraron con paso apresurado, trayendo un carrito de sueros que hacían rodar sobre el suelo de madera. El ambiente se cargó de una nueva tensión, y las miradas tanto de Ichiji como de Reiju se dirigieron hacia ellos, como si una sombra se hubiera deslizado entre los dos, despertando algo indefinido en su interior.Los sirvientes se acercaron con cuidado al lecho de Ichiji, colocando los aditamentos en su brazo y preparándose para administrarle el suero. La aguja se hundió en la piel de su antebrazo con una precisión calculada, pero en el momento en que el líquido comenzó a fluir, el silencio de la habitación fue rasgado por un quejido de dolor, suave pero claro.Reiju observó la reacción de su hermano con una mezcla de sorpresa y preocupación, sus ojos se entrecerraron ante la vulnerabilidad que acababa de mostrar. Ichiji, el príncipe que siempre se había mostrado tan implacable, tan distante… no pudo evitar que ese sonido escapara de sus labios.—El experimento funcionó... —murmuró Reiju, más para sí misma que para su hermano. Su voz era baja, como si estuviera reflexionando sobre algo mucho más grande que lo que estaba sucediendo en ese preciso momento. Se levantó, y con una suavidad casi irreal, posó una de sus manos sobre el pecho de Ichiji. La presión de su toque, aunque ligera, provocó otro quejido de dolor de su parte.Reiju retiró su mano rápidamente, sus ojos reflejaban una mezcla de curiosidad y desconcierto mientras observaba el rostro cansado de Ichiji.—Padre estará feliz... —dijo en un tono más reflexivo, casi como si estuviera hablando consigo misma. Luego, sus ojos se oscurecieron levemente y su voz se tornó más grave. —Pero... Niji y Yonji pueden aprovecharse de esto. No dejes que ellos vean tu debilidad, Ichiji... Y sobre todo, ten cuidado con cómo actúas.Dejando esas palabras al aire, Reiju se retiró de la habitación, dejando a su hermano con una sensación de confusión creciente. La puerta se cerró suavemente detrás de ella, y el joven príncipe se quedó mirando el espacio vacío, como si las palabras de su hermana resonaran en las paredes de la habitación.Su mirada, ahora nublada por el cansancio y la incertidumbre, se dirigió hacia la sirvienta que terminaba de colocar el suero. La habitación parecía volverse más densa con cada segundo que pasaba.—¿Pueden llamar a Colette? —murmuró Ichiji, su voz era débil, pero decidida, como si el dolor no lograra arrebatarle por completo su control. Sus ojos se fijaron en la sirvienta, quien asintió rápidamente ante sus palabras.—Tengo hambre... —añadió, su tono firme, pero algo vacilante, como si la situación le resultara más difícil de lo que deseaba admitir. La sirvienta, comprendiendo la indirecta, se retiró rápidamente para cumplir su petición.Ichiji se quedó solo nuevamente, rodeado por el silencio pesado que ya no parecía tan reconfortante. Su mente, aún confundida, giraba alrededor de las palabras de Reiju, de la fragilidad que había mostrado y de las tensiones familiares que, por un momento, parecían estar más cerca que nunca.La habitación quedó sumida en un silencio absoluto, envolviendo al príncipe de cabellos rojizos en una calma casi etérea. La suave penumbra abrazaba cada rincón, y poco a poco, los párpados del príncipe comenzaron a ceder ante la serenidad del momento, cerrándose con delicadeza mientras el sueño amenazaba con reclamarlo.Pero entonces, como un suspiro que rasga la quietud, la puerta principal de su alcoba se deslizó con un leve crujido, entreabriéndose apenas. Un pequeño rostro se asomó con cautela: la cabeza de un niño, pálida y delicada, iluminada tenuemente por la luz mortecina del crepúsculo.El niño escudriñó la habitación con ojos inquisitivos, su mirada detenida finalmente en los ojos del príncipe, como si hubiera hallado en ellos un enigma digno de su atención. Sin titubeos, el pequeño cruzó el umbral, cerrando la puerta tras de sí con una determinación silenciosa. Sus pasos, ligeros y decididos, lo llevaron hasta la cama del príncipe, donde, con una agilidad inesperada, saltó sobre el lecho, ignorando por completo la penetrante y curiosa mirada que Ichiji no pudo evitar dirigirle.— ¿Qué haces aquí? Niño. - La voz de Ichiji tembló apenas, teñida de una mezcla entre desconcierto y creciente aprensión. Sus ojos, intensos y analíticos, escrutaron cada detalle del niño con una meticulosidad casi obsesiva. Pero su examen fue abruptamente interrumpido por una voz que contrastaba con la tensión del momento.—Emilien. – Murmuró el pequeño con una dulzura casi etérea, como una melodía suave que contrasta con un trueno lejano. – Mi nombre es Emilien, Su Majestad. Usted solicitó ayuda, y por eso estoy aquí esta tarde.La mirada del príncipe se tornó un reflejo de desconcierto absoluto. Sus pensamientos se agolparon con furia en su mente, una tormenta de palabras que no logró articular con claridad. ¿Por qué hablaba este niño con tal propiedad, con una madurez que rozaba lo imposible? ¿Qué hora era en realidad? ¿Qué llevaba en sus manos, escondido tras su espalda? ¿Acaso un niño venía a instruirlo, a enseñarle, a desafiarlo?Una mezcla de incredulidad y una punzada de temor se enredaron en el pecho de Ichiji, mientras una pregunta más profunda y aterradora se insinuaba en su alma: ¿Quién es realmente este niño?—¿Tú vas a darme la ayuda que necesito? — Pregunto Ichiji aun incrédulo alzando su cejaEmilien casi de inmediato saco un libro color azul de su espalda, y dio un golpe suave en la cabeza de ichiji el cual soltó un quejido de dolor y cubrió la zona donde el golpe había sido dado.—ouch!! ¡oye! ¿¡Y eso porque fue!? — Gruño ichiji moviéndose bruscamente antes de retorcerse en la cama por el dolor de las heridas—Tonto! ¡deja de moverte! ¡Solo vas a empeorar tus heridas! —Gruño el pequeño Emilien antes de obligar a ichiji a recostarse nuevamente y cruzar sus brazos luego el pequeño niño cubrió el cuerpo tembloroso del príncipe —Si estas herido tienes que descansar, solo viene a decirte que a partir de hoy yo te voy a dar clases emocionales, ¡mi madre me dio un libro que te será de utilidad, y como a nadie quiso atender a tu solicitud de ayuda... yo estoy acá!Emilien dejo el libro en la mesita de noche de ichiji. Luego con una sonrisa en el rostro salió de la habitación dejando entrar a la sirvienta con un plato de caldo.
