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Español
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Published:
2025-02-17
Words:
9814
Chapters:
3/20

Cuando muere el capitan

Entire Work

Work Text

PrólogoEl jardín de infantes rebosaba de felicidad. Los niños corrían de un lado a otro, saltando y riendo con la energía inagotable de la infancia. Sin embargo, Daichi no se movía. Se aferraba con fuerza al pantalón de su madre, su pequeño cuerpo tenso, como si el patio fuera un océano peligroso y él no supiera nadar.—¿Daichi? ¿Qué sucede, amor? —preguntó su madre con esa ternura cálida que solo ella tenía.Él bajó la cabeza, avergonzado. No quería admitir que estaba nervioso. Porque no lo estaba, claro que no. Daichi Sawamura era un niño grande, y los niños grandes no tenían miedo a nada. Bueno… excepto a los monstruos debajo de su cama, pero esos no importaban ahora.—Está bien, cariño. Estaré a tu lado —dijo su madre, acariciándole con suavidad el gorro amarillo que traía puesto.El calor de su mano en su cabeza hizo que sus mejillas ardieran. Se removió con incomodidad, apartándose apenas. No quería que los demás lo vieran como esos niños que necesitaban a su madre para todo. Así que, tomando aire con determinación, ajustó las correas de su mochila y, con la expresión más valiente que pudo poner, comenzó a caminar inspeccionando el lugar.Su salón tenía un color verde cálido, y la luz del sol se filtraba suavemente a través de las cortinas. Estaba vacío… o al menos eso pensó en un principio. Hasta que escuche un sonido.Era una voz. Débil, pequeña, pero con un matiz grave que desentonaba con los llantos infantiles que había escuchado antes. Daichi, movido por la curiosidad, entró al aula en silencio.No esperaba encontrar a un niño hecho una bolita en la esquina, sollozando en silencio.Llevaba el mismo uniforme azul que él, pero se veía mayor. No mucho, pero lo suficiente como para que Daichi frunciera el ceño, extrañado. ¿Por qué alguien más grande estaría en su clase?Daichi frunció el ceño. ¿Quién era ese niño?Era como si no encajara, pero al mismo tiempo, sentía que debía acercarse.Se acercó lentamente, como si los pasos no fueran de todos suyos, y cruzó los brazos, mirando al niño.—Hola —dijo con cautela, dando un par de pasos hacia él—. ¿Eres un niño mayor?El niño levantó la cabeza abruptamente, como si hubiera estado sumido en algún pensamiento lejano. Sus ojos brillaron con una mezcla de miedo y sorpresa, y antes de que pudiera reaccionar, las lágrimas comenzaron a caer, una a una, como si se rompiera algo invisible.—No soy viejo… —murmuró, su voz quebrándose—. ¿Porque odos piensan que soy viejo?Daichi sintió como si todo se desmoronara en un instante. La había cagado.El aire se volvió espeso, y un nudo apareció en su garganta.—¡Oye, no llores! —exclamó, su voz saliendo entrecortada, como si no tuviera control sobre lo que decía—. No quise… no quería que pensaras eso…El niño, sin decir nada más, comenzó a frotarse los ojos con las mangas de su suéter, tratando de detener el llanto, y Daichi sintió un peso en el pecho. Todo en su interior gritaba que debía hacer algo, pero no sabía qué. Miró a su alrededor, como si el mundo estuviera a punto de desvanecerse, y entonces recordó algo: “Un amigo de verdad siempre te hace sentir mejor”.Con un suspiro, metió la mano en su bolsillo, como si estuviera buscando algo perdido. Cuando la sacó, había un pequeño botón de madera, con un hilo rojo atado. Algo tan simple, pero de alguna manera perfecto para el momento. Lo tendió al niño, sin decir una palabra más, pero con la certeza de que todo podía cambiar si el niño aceptaba.—Toma… esto es… un pacto —dijo, con una extraña seriedad, como si estuviera diciendo algo muy importante, aunque no sabía muy bien por qué.—Ahora somos amigos. Y nadie más te hará llorar.El niño lo miró, un parpadeo corto de desconcierto, luego levantó la vista, sus ojos aún brillando, pero con algo más. Quizás una chispa de confianza.—¿De verdad…?Daichi avanzaba lentamente, como si todo lo que decía tuviera un peso más grande de lo que podía comprender en ese momento.-Si. Te protegeré de ahora en adelante —dijo, cruzándose de brazos, una sonrisa que no alcanzaba a ser completa apareciendo en su rostro. Pero algo se sintió… ¿sano?— ¿Cómo te llamas? —preguntó, un susurro de curiosidad.El presionó el botón con las manos temblorosas, y por un segundo, Daichi pensó que el niño podría escapar, o desaparecer en el aire. Pero no.—Soy Asahi. —La voz del niño ahora tenía una calma que no estaba allí antes.—Yo soy Daichi —respondió, con una sonrisa más amplia, aunque dentro de él se sentía como si todo fuera parte de un sueño, y no sabía si despertaría del

----- CHAPTER BREAK -----

La luz tenue de un poste en la calle se colaba a través de las cortinas de la habitación de Daichi, proyectando sombras largas en el techo. Todo estaba en un silencio absoluto… hasta que su maldita alarma sonó como una explosión en plena madrugada.
 
 
Con un gruñido, Daichi alargó la mano y, tras varios intentos torpes, golpeó el despertador con más fuerza de la necesaria. El sonido cesó. Paz.  
 Se quedó un momento en la cama con los ojos cerrados y la mente todavía atrapada en los restos de su sueño
.

«

Solo cinco minutos más» pensó mientras se volvía a meter entre sus mantas, r
ecordando con claridad aquella escena de su infancia, el jardín de niños, los juegos, los botones de madera… La nostalgia lo envolvió por un instante y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Pero el encanto del recuerdo se desvaneció en cuanto su segunda alarma le recordó de que tenía que levantarse

No podía darse el lujo de quedarse dormido.

Con la mente aún enredada en el sueño, parpadeó contra la oscuridad y giró la cabeza hacia el reloj. Sus ojos se abrieron de golpe.

3:05 AM.

Soltó un quejido de sufrimiento mientras la realidad le caía encima como una losa de concreto.

Dentro de una hora tenía que estar en la escuela. Dentro de una hora saldrían hacia la prefectura de Saitama. Una semana de campamento, la última oportunidad de entrenar a máxima intensidad antes del torneo de primavera. Y él, como capitán, tenía que asegurarse de que todos estuvieran listos. Pero por amor de dios ¿Quién demonios decide que un equipo debe viajar a esta hora? ¿Acaso Ukai disfrutaba torturarlos dándoles a lo mucho 4 horas para dormir?

Pero en ese momento, más que un líder responsable, se sentía como un cadáver con las funciones motrices mínimas para no desplomarse.

—mátenme… —murmuró contra la almohada.

Se sentó en la cama con movimientos lentos, frotándose el rostro como si eso fuera a devolverle la energía. No sirvió.

A trompicones, bajó las escaleras y entró a la cocina, donde su madre, se encontraba despierta a una hora completamente inhumana, preparando el desayuno.

—Buenos días, cariño —le dijo con la voz tranquila de alguien que no acababa de ser arrancado del mundo de los sueños.

Daichi, en respuesta, solo murmuró algo ininteligible y dejó caer su cabeza sobre la mesa.

—No quiero ir…

—Lo sé —respondió su madre, revolviéndole el cabello con cariño—. Pero si no lo haces, algunos chicos te van a matar. Como ese niño que salta mucho…

—¿Shōyō?… —murmuró Daichi sin levantar la cabeza.

—Sí, ese mismo. Kōshi me dijo que siempre llega antes que todos.

Daichi suspiró al recordar al chico, le caía bien, pero ser su capitán lo tenía agotado

—Sí... —respondió sin ánimos— juro que si tiene ánimos a esta hora lo matare—bostezo antes de frotarse la cara—
algo no está bien con él. ¿Cómo es que nunca se cansa? debe tener un pacto con el diablo o algo así.

Su madre soltó una suave risa, cruzando los brazos mientras observaba a su hijo con una expresión que combinaba ternura y una pizca de nostalgia.

—Me recuerda a un chico que conozco... —dijo con una sonrisa ligera, como si estuviera recordando algo de tiempos pasados.

Daichi, sin embargo, no compartió la risa. Su rostro estaba más allá de la incomodidad, atrapado entre el cansancio y la pesadez del momento.

—No es gracioso, mamá... —respondió sin levantar la mirada, con la voz apenas audible.

—Oh, Daichi... —su madre rio, pero él no tenía fuerzas ni para fingir que estaba de buen humor. Miró el reloj de la pared y se estremeció. Faltaban 50 minutos.

—Hablando de idiotas… —murmuró con la voz arrastrada—. ¿Dónde diablos está ese idiota?

—Daichi, no hables así de tu hermano.

—Mamá, son las dos de la mañana. No tengo filtros a esta hora.

—Aun así. Y seguro sigue dormido. ¿Puedes ir a despertarlo?
No quiero que se atrasen.

Daichi sintió su alma dejar su cuerpo,
como si acabara de pedirle que escalara el Monte Fuji con los ojos vendados.

—¿por qué yo?
—se quejó—

—Porque él te despierta cuando eres tú el que se queda dormido —respondió ella con total naturalidad mientras servía el té—. Además, no es como si te pidiera algo imposible.

Eso era un golpe bajo.

Con el espíritu de alguien que ha aceptado su cruel destino, se levantó y comenzó a subir las escaleras con pasos pesados, como si la gravedad hubiera decidido duplicarse solo para hacerlo sufrir más.

El pasillo estaba silencioso, iluminado apenas por la tenue luz de la calle. Sus ojos se posaron en una fotografía en la pared: él y Asahi.
..su hermano. Ese tonto de cabello largo y sonrisa tan brillante que, incluso en una fotografía vieja, parecía iluminar la habitación.

¿Cómo alguien tan inmaduro, tan lleno de vida, había terminado adueñándose de su corazón de esa manera? Daichi resopló, observando la imagen con algo que no sabía muy bien cómo definir.

Su vista continuó recorriendo la línea de fotos hasta detenerse en otra. Allí estaban de nuevo, él y Asahi, vestidos con pijamas ridículos para una obra escolar de Hamlet. Daichi no pudo evitar sonreír al recordar ese día. Asahi, aterrorizado ante la idea de salir al escenario disfrazado de caballo, y él, prácticamente arrastrándolo hasta las cortinas. Y luego, en pleno acto, ambos cayendo al suelo en una escena que se suponía dramática, desatando las carcajadas de todo el auditorio. Su madre había estado allí, aplaudiendo de pie y animándolos a seguir.

Aunque en su momento pensó que jamás se lo perdonaría, con el tiempo comprendió que había sido uno de los momentos más divertidos de su vida.

A pesar del cansancio, la nostalgia le arrancó una sonrisa.

Pero ahora no había tiempo para sentimentalismos.
Dejó la imagen atrás y siguió avanzando, empujado por una sensación que no lograba definir del todo. Fue entonces cuando la alarma de Asahi comenzó a sonar.

Daichi cerró los ojos un momento, exhalando con fuerza. Esa maldita alarma... ¿Por qué su hermano tenía un despertador diseñado para torturar a cualquiera? Lo peor de todo era que, a pesar del escándalo, Asahi seguía profundamente dormido. ¿Cómo lo lograba? Era un misterio.

Empujó la puerta y, al instante, la escena frente a él lo descolocó. Asahi estaba despatarrado en la cama, como si hubiera caído desde un quinto piso. Una pierna colgando por el borde, un brazo sobre el rostro, y el cabello alborotado, dándole ese aire de Yokai. En su cuello, el collar simple con el botón de madera que Daichi le había dado cuando se conocieron.

La alarma seguía sonando sin cesar. Y Asahi ni se inmutaba.

¿Cómo demonios podía seguir dormido con ese ruido infernal?

Sin pensarlo, Daichi golpeó la alarma con furia. ¡Ya basta!

La habitación de Asahi era un caos personificado. Posters de vóley y moda cubrían las paredes. Bocetos de sus diseños y papeles regados por el suelo y el escritorio. Nada en orden. Daichi frunció el ceño, resignado. ¿Cuántas veces había tenido que escuchar a mamá pedirle que limpiara ese desastre?

Pero ya lo conocía. Asahi siempre tenía una excusa para todo. “Es parte de mi proceso creativo”, decía. Claro… como si el caos fuera parte del arte. Daichi soltó una risa amarga, sin poder evitarlo.

De nuevo, suspiró. Esta vez, dejando caer la cabeza hacia atrás, sin ganas de seguir peleando.

—Eres un caso perdido…

Camino hasta la cama y comenzó a sacudir el hombro de Asahi

—Asahi...Asahi...vamos arriba no podemos llegar tarde —pero claro Asahi ni siquiera dio una señal de despertar en lo más mínimo. Volvió a intentar un poco más fuerte esta vez—. Asahi, Asahi vamos despierta grandulón mamá nos está esperando con el desayuno

Asahi solamente soltó un ronquido y se acomodó un poco más en la cama —Mmm… cinco minutos… —murmuró, dándose la vuelta.

Daichi chasqueó la lengua. Ah no, eso sí que no, si él tenía que estar despierto a estas horas Asahi también

—bueno...lo intenté por las buenas.

Miró alrededor y vio una almohada en el suelo.

Sonrió.

Se acercó sigilosamente, recogió la almohada y…

¡PLAF!

—¡levántate! —dijo mientras Asahi se sobre saltaba por la almohada en la cara, antes que pudiera despertarse del todo le soltó otro almohadazo, esta vez con precisión quirúrgica directo al estómago.

—¡Daichi! —protestó Asahi, con la voz pastosa de sueño.

—Nos vamos en menos de una hora —dijo Daichi, con un tono serio que se vio arruinado por el cansancio en su propia voz—. Levántate antes de que te saque arrastrando.

Asahi solo gimoteó y se tapó con las sábanas.

—Déjame morir aquí…

—Con mucho gusto.

Daichi le dio otro golpe con la almohada.

Asahi se incorporó de golpe, llevándose una mano al abdomen y mirándolo con indignación.

—¡¿QUÉ TE PASA?!

—Tienes diez minutos para estar listo —sentenció Daichi—. O voy por agua fría.

Asahi entrecerró los ojos con una expresión desafiante.

—No te atreverías.

Daichi sonrió.

—Pruébame.

Asahi, con la rapidez de un rayo, tomó su propia almohada y se la lanzó directo a la cara.

Error.

Daichi sonrió con malicia.

—Así que quieres guerra…

Y ahí comenzó.

Almohadas volando, golpes torpes, empujones sin mucha fuerza porque, a fin de cuentas, eran las malditas 2 de la mañana y ninguno tenía energía para pelear de verdad. Pero eso no les impidió intentarlo.

—¡Vas a ver, idiota! —gritó Asahi, dándole un golpe en la cabeza.

Daichi contraatacó, pero Asahi tenía más fuerza y, en cuestión de segundos, ya estaba en el suelo.

—¡Eso no vale!

—¡Es mi venganza, Daichi!

Antes de que la batalla se intensificara, la puerta se abrió de golpe.

—¡¿Qué demonios están haciendo?!

Se quedaron congelados.

En el umbral, con el cabello revuelto y los ojos entrecerrados por el sueño, estaba Sugawara.

Vestido con su pijama, mirándolos con una expresión de pura incredulidad.

—Son. Las.

Dos. De. La. Mañana.

—gruñó—. ¿Por qué están peleando con almohadas?

Daichi miró a Asahi. Asahi miró a Daichi.

—el empezó —soltó Daichi al fin.

Suga lo miró como si quisiera asesinarlo en ese mismo instante.

—No tengo paciencia para esto.

Se giró y salió, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.

Un segundo de silencio.
 
 
Luego, Daichi y Asahi se miraron.  
—¿en que momento se metió a la casa? —pregunto daichi aun desconcertado por la repentina aparición del peliblanco, ambos estallaron en carcajadas, esta no seria ni la primera ni la ultima vez que Kōshi se colaba en casa 
Cuando terminaron de desayunar y arreglar los últimos detalles de sus cosas (y por supuesto lidiar con su madre preguntando si llevaban todo cada 5 minutos) se subieron al auto en rumbo a la escuela.

Afuera el cielo comenzaba a aclararse de apoco llevándose consigo las estrellas que quedaban, la radio sonaba baja y tranquila tapando un poco los ronquidos en la parte de atrás

—mmm...y luego dice que no puede dormir si no es en su cama —dijo Daichi mirando a Asahi quien dormía desplomado contra el hombro de
Kōshi
 
sin una preocupación en el mundo.

Su madre, al volante, sonriendo suavemente, tenía una expresión llena de cariño que siempre lograba calmar a Daichi. Conocía a sus hijos y sabía que cada uno tenía sus peculiaridades.

—Es que... cada uno tiene sus manías, ¿no? —respondió con voz cálida y tranquila. —A ti, por ejemplo, te pasa lo mismo con tu almohada.

Daichi soltó una risa suave y adormilada mientras negaba con la cabeza.

—Eso no es lo mismo… —murmuró con un tono resignado.

La mirada de su madre se suavizó aún más mientras se concentraba en la carretera. Sin embargo, por alguna razón, algo en su pecho se sintió pesado. No podía explicarlo con palabras, pero una sensación extraña se asentó en el fondo de su mente, como un leve escalofrío recorriendo su espalda.

Era irracional, se dijo a sí misma. Era solo otro día más, otra mañana como cualquier otra. Llevaba años haciendo este trayecto con Daichi, escuchando su voz adormilada, viendo cómo de vez en cuando se quedaba en silencio mirando por la ventana, perdido en sus pensamientos. Nada debía sentirse diferente. Y sin embargo…

El nudo en su pecho se presionó un poco más.

Daichi se frotó los ojos con la manga del suéter y dejó escapar un suspiro, apoyando la cabeza contra la ventana. Su madre lo observaba de reojo, notando el cansancio en sus ojos.

—Te noto cansado —murmuró con ternura. —¿Todo bien en la escuela?

Daichi se movió sin mucho entusiasmo.

—Sí… solo hay muchas cosas que hacer.

Ella lo observó un momento más, queriendo creer que realmente todo estaba bien. Pero esa sensación en su pecho seguía allí, implacable, como un eco sordo en el fondo de su alma.

Sin decir nada, estiró una mano y le acarició el cabello con suavidad. Daichi parpadeó con sorpresa ante el gesto repentino, pero no dijo nada.

—Cariño, si tienes sueño, puedes dormir un poco antes de llegar. Yo te despierto cuando estemos allí.

Daichi dudó por un segundo, pero la calidez de la voz de su madre lo envolvió como una manta. Sonrió apenas y cerró los ojos, dejándose llevar por la tranquilidad del auto en movimiento.

Ella lo observará un instante más antes de volver la vista a la carretera.

No te preocupes pensó, con el alma encogida.

Todo estará bien.

Aunque algo en lo más profundo de su ser le susurraba lo contrario.

el autobús de la escuela estaba perfectamente estacionado frente a la entrada, sus faros iluminando tenuemente la calle desierta. A través de las ventanillas, se podían ver las siluetas de algunos jugadores medio dormidos, con los bolsos al hombro y la expresión de quien no ha descansado lo suficiente como para procesar la existencia.

El aire de la madrugada era frío, envolviendo la escena en una sensación irreal.

Dentro del auto, Hana Sawamura suspiró suavemente antes de girarse hacia sus hijos.

—Daichi… Daichi, cielo, despierta.

Movió su hombro con suavidad, como si no quisiera interrumpir un sueño que, para su desgracia, no existía. Daichi gruñó, removiéndose en su asiento antes de abrir los ojos con pesadez. Su mirada desenfocada recorrió el interior del coche antes de posarse en el autobús.

Un quejido escapó de sus labios. ¿Cómo era posible que ya hubieran llegado?

A su lado, Asahi dormía apoyado contra la ventanilla, la respiración acompasada y los mechones de su cabello cayéndole sobre el rostro. Hana sonrió con nostalgia antes de moverlo con la misma ternura.

—Asahi, cariño, despierta.

El muchacho parpadeó lentamente, el sueño aun aferrándose a él, y se frotó los ojos con torpeza.

—Qué sueño… —murmuró, su voz aún rasposa por el cansancio.

—Al menos tú dormiste un poco más. —Sugawara, que hasta ahora había permanecido en la sombra, intentó sonar molesto, pero la sonrisa en su rostro delataba que en realidad encontraba todo gracioso.

Hana rio mientras apagaba el auto, su tono dulce como si no acabara de interrumpirles una de las pocas horas de sueño que tenían.

Asahi se quedo mirando a Suga como si fuera un desconocido

—¿a que hora llegaste? Pensé que habíamos quedado en pasarte a buscar

—Alrededor de medianoche. Sabes que es como un gatito.
—dijo Daichi mirándolos desde el retrovisor

Asahi, con una sonrisa perezosa, apoyó la barbilla en su mano.

—Más bien parece un gato callejero.

Sugawara no reaccionó de inmediato. Tal vez por el cansancio, tal vez porque su cerebro tardó un segundo en procesar el insulto disfrazado de broma. Pero en cuanto lo hizo, sin ningún tipo de decoro, cerró el puño y le dio un golpe en el brazo a Asahi.

—¡Oye!

Daichi rio por lo bajo, mientras su madre regañaba a Sugawara con el tono de quien está demasiado acostumbrada a lidiar con niños revoltosos.

A pesar del cansancio y de la hora, bajaron del auto con una lentitud que no se debía a la falta de entusiasmo, sino a la simple incapacidad de procesar el hecho de que estaban a punto de pasar una semana de campamento después de haber dormido un promedio de dos horas o menos.

Pero cualquier intento de mantener la calma se vio interrumpido en cuanto una voz estruendosa resonó en la entrada de la escuela.

—¡ASAHI!

Daichi reconoció el tono de inmediato, pero no tuvo tiempo de advertirle a su amigo antes de que una tormenta de energía llamada Nishinoya se abalanzara sobre él con un salto perfectamente calculado.

—¡Pensé que te habías acobardado y te habías echado para atrás!

—Dios… son las tres de la mañana… —Asahi apenas pudo mantenerse en pie cuando sintió el impacto de Nishinoya colgándose de su hombro.

—¡Exacto! ¡Tres de la mañana y listos para arrasar en Tokio! —exclamó Tanaka, uniéndose a la ecuación con la misma energía desbordante.

Daichi pasó una mano por su rostro con frustración.

—uno vamos a Saitama no a Tokio y dos ¿Qué demonios les pasa a ustedes dos?

Nishinoya y Tanaka lo miraron como si hubiera dicho algo incomprensible.

—¡Estamos emocionados, capitán! —respondió Nishinoya, todavía aferrado a Asahi como si temiera que intentara huir.

—No deberían.

—Tienes cara de funeral, Daichi —comentó Tanaka con diversión.

—Es porque tengo cerebro y sé lo que significa entrenar con sueño.

—Bah, el sueño es mental. Solo necesitas energía pura y determinación —sentenció Nishinoya, alzando un puño en el aire.

—Y café —añadió Tanaka con la misma seriedad.

—Y café —repitió Nishinoya solemnemente.

Asahi suspiró, sintiendo su alma abandonar su cuerpo.

—Dios… denme un minuto para sobrevivir a este horario inhumano…

Hana observó a los muchachos con una sonrisa serena. Le gustaba verlos juntos. Le recordaban por qué todo valía la pena.

Pero el peso en su pecho no se disipó.

Cada año, los veía marcharse. Torneos, viajes, entrenamientos… y aunque siempre volvían, la sensación de que cada vez estaban un poco más lejos se hacía más difícil de ignorar.

Apretó las manos en su abrigo. No iba a llorar. No frente a ellos.

Pero Daichi notó la tensión en su expresión.

—Mamá, no hagas esto raro.

Ella parpadeó con inocencia.

—¿Hacer qué raro?

—Nos estamos yendo a un campamento, no a la guerra.

Ella suspiró dramáticamente.

—¿Y si deciden mudarse a Tokio después del torneo?

Daichi entrecerró los ojos.

—Eso no tiene sentido.

—Mis hijos… marchándose, dejando a su pobre madre atrás…

Asahi ya estaba girándose hacia el autobús.

—Voy a subir antes de que esto se vuelva más incómodo.

—¡Asahi!

Él se giró con resignación.

—¿Sí?

Ella sonrió.

—Dame un abrazo.

Asahi miró a su alrededor. El equipo entero estaba ahí. Todos. Y solo Nishinoya sabía la verdad.

Pero Hana mantenía la calma, con una sonrisa suave, sin dejar que su voz temblara. No debía delatarse.

Asahi tragó saliva y se acercó. Cada vez que tenía que llamarla "señora Sawamura" en público, sentía como si estuviera traicionándola.

La abrazó rápido, con torpeza.

—Cuídese, señora Sawamura.

Hana cerró los ojos un segundo.
 
El mundo entero podía llamarla así. 
Pero no su hijo. 
No su pequeño Asahi. 
Asahi se separó un poco, y justo antes de alejarse, murmuró:

—Te quiero, mamá.

Fue tan bajo que solo ella lo escuchó y su pecho se encogió.

—Yo también te quiero, cariño.

Asahi subió al autobús sin mirar atrás.

Hana sintió que su cuerpo temblaba, pero respiró profundo.

No iba a llorar.

Daichi cruzó los brazos.

—No me mires así.

—¿Ni siquiera un abrazo rápido?

—No.

—Está bien… pero recuerda que yo te traje a este mundo.

Él rodó los ojos.

—Te quiero, mamá.

—También te quiero, cielo.

Y entonces llegó el golpe final.

—¡Oye, Suga! —gritó Nishinoya. —¿Tú no te vas a despedir?

Sugawara se quedó helado.

—No, yo… vine por mi cuenta…

Hana sonrió.

—Eso no significa que no pueda despedirme de ti.

Sugawara tragó saliva. El equipo entero lo miraba.

Hana lo abrazó.

No había escapatoria. Y Asahi y Daichi no tenía problema alguno en molestarlo con ello, los chicos se fueron con sus amigos riendo e intentando no caer rendidos por el sueño en el intento

Hana normalmente ya se había ido, de hecho, ya estaba en el auto, pero no podía arrancar, suspiro y decidió esperar afuera de este hasta que el autobús se fuera

Por otro lado, la quietud de la noche caía sobre el equipo como una manta densa. El aire frío acariciaba sus rostros, pero más allá de la brisa fresca y la obscuridad que los rodeaba, había algo en el ambiente que no podía ser ignorado. La sensación de espera, de algo aún no comprendido, se colaba en cada rincón del lugar. Era una espera con un peso, un murmullo lejano que parecía susurrar que algo estaba por cambiar, algo que ninguno de los presentes podría prever.

El equipo de Karasuno se alineaba ante el autobús, preparándose para el largo viaje. Ukai estaba frente a ellos, su figura alta y algo encorvada por el cansancio. Su rostro no mostraba la calma habitual; sus ojos delataban el esfuerzo de no mostrar el agotamiento, como si hubiera estado luchando contra el sueño durante horas. Pero en el fondo, lo que más le preocupaba no era el cansancio físico, sino la sensación de incomodidad que se había instalado en su corazón desde que Takeda no apareció por la mañana.

—De nuevo tenemos programado llegar por la mañana —comenzó Ukai, su voz resonando en la noche, aunque era evidente que su tono carecía de la seguridad que normalmente emanaba. Lo decía como una verdad, pero en el fondo, las palabras parecían estar llenas de algo más. Una falta de certeza. Una ligera vacilación que no pasaba desapercibida para ninguno de los chicos.

El equipo, sin embargo, no parecía pensar mucho en ello. La rutina era la rutina, y ellos estaban acostumbrados a los viajes largos, al entrenamiento constante. El hecho de que Takeda no estuviera allí no parecía tan relevante. Todo el mundo sabía que Ukai, al fin y al cabo, era uno de los pilares del equipo, tanto como Takeda. Si uno no podía, el otro tomaría el mando.

—Lamentablemente, Takeda se descompuso ayer —continuó Ukai, su voz ahora un poco más baja, como si no quisiera que se notara lo que realmente estaba diciendo. Parecía tratar de restarle importancia al asunto, como si todo fuera una simple cuestión de no estar bien y cambiar los planes. Pero incluso en sus palabras se podía sentir que había algo más detrás de la disculpa.

A pesar de la naturalidad con la que lo dijo, el aire parecía volverse más espeso. Nadie cuestionó la situación. Nadie dijo nada. Todo estaba en orden, ¿verdad? Todo debía estar en orden.

—Por eso seré yo quien los lleve. —Ukai terminó con un gesto de indiferencia, como si fuera una carga sencilla. Sin embargo, su expresión era algo más tensa de lo habitual. Sus ojos, normalmente afables, tenían algo de preocupación al mirarlos de cerca.

Algunos chicos, como Hinata, Yamaguchi y Kageyama, intercambiaron miradas rápidas, pero no dijeron nada. Estaban tan acostumbrados a los cambios que eso no parecía ser más que un detalle insignificante. Era solo un viaje más. Solo un camino hacia el siguiente torneo, otro paso en la carrera de una temporada más.

Pero Hana, que había estado de pie a lo lejos, observando en silencio, sintió una inquietud creciente en su pecho. En su corazón algo no encajaba. Su intuición, siempre tan afinada cuando se trataba de sus hijos, comenzaba a darle señales de que algo no estaba bien. Pero no podía identificar qué era. ¿Era el simple cansancio de la noche? ¿La sorpresa por ver a Ukai tomando el rol de conductor? No lo sabía.

—Lo siento si me duermo. —Ukai bostezó de manera exagerada, tratando de restar importancia al cansancio que ya comenzaba a hacer mella en él. Aunque su tono intentaba ser relajado, la fatiga se reflejaba claramente en la forma en que sus palabras salían, como si en cualquier momento pudiera rendirse y caer en un sueño profundo.

Los chicos sonrieron, un poco aliviados por la familiaridad de la situación, como si el hecho de que Ukai estuviera al mando les devolviera la tranquilidad, como si nada hubiera cambiado realmente. Pero Hana no podía dejar de sentir esa presión en su pecho, esa ligera opresión que la mantenía en vilo.

Era como si el mundo se hubiera ralentizado solo para ella. Las voces de los chicos, los murmullos tranquilos, los pasos de unos y otros al subir al autobús. Todo era normal, ¿verdad? Todo debía serlo.

Pero, mientras escuchaba las voces de los chicos haciendo bromas y comentarios nerviosos, Hana no podía evitar sentir que algo estaba por suceder. El aire estaba demasiado quieto, la tranquilidad demasiado abrumadora. Algo estaba mal, y ella lo sabía.

Los chicos comenzaban a subir al autobús, como siempre lo hacían. Pero esta vez, algo en el gesto de Daichi, su hijo, la hizo detenerse. Él iba a ser el último en subir, como siempre. El mayor de los chicos. El pilar. El que siempre cuidaba de todos.

Y, como si la realidad le hubiera dado un empujón, Hana levantó la vista justo cuando los ojos de Daichi encontraron los suyos.

El instante fue breve, pero suficiente para que su corazón se detuviera.

Daichi sonrió. Una sonrisa cálida, como siempre lo hacía, como siempre lo había hecho. Pero esa sonrisa… esa sonrisa que normalmente la tranquilizaba, ahora le heló la sangre. Algo en su mirada había cambiado. No sabía qué era, pero allí estaba. Era como si, por un instante, él supiera lo que ella sentía, y esa sensación le envolviera el alma. Una calma extraña y vacía a la vez.

"Nos vemos en una semana." Daichi dijo esas palabras con el tono habitual, pero en su interior Hana sintió un golpe, una presión en el pecho que la hizo sentir como si una pesada losa la hubiera aplastado.

No podía moverme.

El autobús comenzó a moverse, lentamente. Daichi subió y se acomodó en su lugar. Pero Hana no podía dejar de mirar. Sentía que algo estaba mal, pero no podía entender qué era. ¿Por qué sentía esa opresión, esa angustia? ¿Por qué el universo parecía estar diciéndole, en lo más profundo de su ser, que algo horrible estaba por suceder?

Finalmente, el autobús giró la esquina, alejándose de ella. El sonido de sus ruedas sobre el pavimento se desvaneció lentamente en la distancia, y con cada segundo, Hana sentía que el mundo se alejaba un poco más de ella.

"Algo va a pasar." La frase se repetía en su mente como un mantra, pero era una sensación vacía, sin forma, como una sombra en su alma.

Su mano temblorosa se llevó al pecho, tratando de calmar un dolor que no sabía cómo describir. No podía ser. No podía ser.

Pero el miedo persistía, inquebrantable.

El autobús ya no estaba a la vista. Hana permaneció allí, en el mismo lugar, mirando el vacío donde había estado.
No podía moverse. No podía hacer nada.

Todo lo que quedaba era esa horrible sensación de que algo ya estaba escrito, que algo, sin remedio, estaba por suceder. Y la incertidumbre la consumía.

Y al final, solo quedó la quietud de la noche, la misma que la rodeaba, mientras la oscuridad tragaba todo a su alrededor.

----- CHAPTER BREAK -----

Por supuesto, todo tenía que salir mal. Si algo podía fallar, lo haría. Y, por alguna razón, siempre era Ukai quien terminaba atrapado en el caos. Por eso el profesor Takeda solía encargarse de estos viajes. Ahora, atrapado en un autobús lleno de adolescentes hiperactivos que parecían haber hecho un pacto con el mismísimo diablo, lo entendía mejor que nunca. Llevaban apenas dos horas en camino y la paciencia de Ukai estaba colgando de un hilo. Desde el momento en que el sol despuntó por el horizonte y los chicos despertaron de su letargo, el vehículo se convirtió en una jaula de grillos imposible de silenciar. Era un pandemónium en movimiento, un frenesí de gritos, risas y desorden que amenazaba con reventarle los tímpanos y provocarle una migraña que lo dejaría en coma. —Juro por Dios que será la última vez que los traigo yo solo —murmuró, frotándose las sienes con desesperación. No había servido de nada su intento por imponer orden. Hinata y Tanaka habían convertido el pasillo en una improvisada cancha de voleibol, lanzándose la pelota sin el más mínimo remordimiento. Las ventanas temblaban con cada golpe fallido y, si bien Ukai tenía la certeza de que el cristal era resistente, no podía evitar preguntarse cuánto más aguantaría. —¡Hinata, deja de hacer pases con Tanaka! ¡Si le dan otro golpe a la ventana, la van a romper! —exclamó, pero su advertencia se perdió entre el estruendo de carcajadas y alaridos. El desorden era absoluto. En algún punto, Azumane había sucumbido al mareo y había vomitado sobre los pantalones de Sugawara, quien ahora intentaba limpiarse con una expresión de pura resignación. Mientras tanto, Ennoshita luchaba con todas sus fuerzas para evitar que Nishinoya se lanzara de cabeza en un "rolling thunder" por el pasillo, como si el suelo del autobús fuese una cancha de voleibol. Kageyama y Tsukishima, por otro lado, discutían con la ferocidad de dos perros de pelea mientras Yamaguchi intentaba separarlos sin demasiado éxito. En medio de todo ese caos, Daichi hacía esfuerzos sobrehumanos para ser escuchado, pero su voz de capitán se perdía como un eco ahogado en la vorágine. Y luego estaban ellos. Yachi, Kyoko, Kinoshita y Narita, sentados tranquilamente en los asientos traseros, inmersos en una partida de Uno como si nada de lo que sucedía a su alrededor tuviera la menor importancia. Ukai tuvo que mirarlos dos veces a través del espejo retrovisor para asegurarse de que no era una alucinación. Entre toda esa locura, ellos eran un oasis de paz, una anomalía inexplicable. ¿Por qué no podían ser todos así? —¡Cállense allá atrás o choco el autobús! —rugió Ukai, frotándose la cara con frustración. A nadie pareció importarle demasiado su amenaza. Ukai exhaló con pesadez y se concentró en la carretera. Necesitaba un cigarro. Un maldito cigarro. Y quizás un trago fuerte para acompañarlo. El paisaje empezó a transformarse a medida que se alejaban de la ciudad. El sofocante bochorno de Saitama quedaba atrás, dando paso a un entorno más verde y fresco. Los árboles se alineaban a los costados del camino y el aire puro entraba por la ventanilla, golpeándole el rostro con una brisa que le brindó un breve, efímero alivio. Sin embargo, mientras observaba la espesura del bosque que se alzaba a los lados de la carretera, no pudo evitar preguntarse quién demonios había decidido construir una escuela tan cerca de la reserva de Chichibu. ¿Qué clase de lógica absurda había detrás de esa elección? No podía imaginarse a un grupo de profesores en una reunión diciendo: "Sí, justo aquí, al borde del bosque, donde en invierno debe hacer un frío del demonio y donde probablemente haya más mapaches que alumnos, es el lugar perfecto". Sacudió la cabeza. Quizás estaba sobrepensando las cosas, pero en ese momento no podía evitar sentir que la ubicación era extraña. Sabía que los chicos estaban emocionados. A una semana del torneo de primavera, este entrenamiento intensivo era exactamente lo que necesitaban para afilar sus habilidades y reforzar la conexión como equipo. Ukai jamás habría imaginado decirlo, pero estos mocosos lo llenaban de orgullo. Aunque, en este preciso instante, sólo deseaba dejarlos en la carretera y seguir adelante sin mirar atrás. —No dejes que Azumane vomite en los asientos o se quedará el... —gruñó, justo cuando el sonido inconfundible de arcadas llegó a sus oídos. Cerró los ojos con resignación. Demasiado tarde — olor... El aroma ácido y nauseabundo se esparció rápidamente por el autobús, haciendo que varios se pegaran a las ventanas en busca de aire fresco. Azumane murmuraba disculpas entre quejidos, mientras Sugawara lo miraba con una expresión de pura desesperación. A mitad del trayecto, Daichi se acercó al asiento del conductor, con los brazos cruzados y una expresión de paciencia forzada. —Entrenador, ¿cuánto falta para llegar? Ukai no apartó la vista del camino, pero chasqueó la lengua, adivinando que no sería la última vez que le preguntarían eso. —Diez minutos menos que la última vez que preguntaste —respondió con sorna. Daichi suspiró, mirando de reojo el desorden a sus espaldas. —Es que si no les digo nada, empiezan a alborotarse más de lo normal. Ukai soltó un bufido, echando una rápida mirada al espejo retrovisor. Hinata y Tanaka seguían con su improvisado partido en el pasillo, Nishinoya gritaba algo de que le tiren la pelota para probar sus reflejos en movimiento y Tsukishima parecía más interesado en golpear a kageyama que continuar hablando. —No sé de qué hablas. Se ven tranquilos —ironizó. Daichi sonrió con cansancio y negó con la cabeza. —¿Quiere que haga algo para calmarlos? —Sí, diles que el próximo que haga ruido se queda entrenando solo en medio del bosque. Daichi soltó una leve risa, pero al ver la expresión de Ukai entendió que no era del todo una broma. Suspiró y regresó a su asiento, listo para lidiar con sus compañeros. Ukai sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en la carretera. A veces olvidaba que Daichi también tenía que jugar el papel de niñera.  Finalmente después de 6 largas horas, el autobús se detuvo en el estacionamiento de la escuela superior Shinzen. Apenas apagó el motor, un rugido de emoción sacudió el vehículo. Los chicos vitoreaban y golpeaban los asientos con entusiasmo, impacientes por bajar y comenzar el entrenamiento. Ukai soltó un resoplido y se puso de pie en el pasillo.  —Muy bien, junten sus cosas y salgan. Sugawara, ve a cambiarte. Daichi, Ennoshita, lleven a Azumane al baño. El resto, fuera de mi vista.  Los muchachos salieron disparados entre risas, cargando bolsos y pelotas. Daichi intentó imponer algo de orden, gritando instrucciones para que nadie se dispersara demasiado, pero Ukai sabía que era una causa perdida.  Cuando bajó del autobús, encontró a sus jugadores divididos en pequeños grupos. Hinata ya estaba pegado al colocador de Nekoma, señalando con emoción una torre de comunicaciones y preguntándole si era la Torre de Tokio. Ukai suspiró. Ahora entendía por qué habían reprobado geografía.  —No entiendo qué tanto le ven a la Torre de Tokio —murmuró para sí mismo, viendo a lo lejos cómo Daichi y Kuroo comenzaban a discutir por el comentario de Hinata.  —¡USTEDES, MALDITOS MOCOSOS!, ¡RECOJAN SUS COSAS! —bramó Ukai al tropezar con un montón de bolsos desparramados en la entrada del autobús. Se tambaleó hacia adelante, maldiciendo por lo bajo mientras los chicos se reían descaradamente de su desgracia. Con el ceño fruncido, pateó una de las mochilas a un lado y apuntó con el dedo a los responsables—. ¡Si vuelvo a tropezarme con una de estas cosas, las voy a tirar a la carretera!  —Ukai —saludó el anciano con una sonrisa ladeada, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta—. Parece que tus chicos siguen siendo un dolor de cabeza  Ukai no tuvo que girarse para saber quién era. La voz rasposa y autoritaria le era inconfundible.  —entrenador nekomata — Se giró con una media sonrisa y se encontró con el severo rostro del entrenador Nekomata, quien lo miraba con su usual expresión de exasperación y diversión mal disimulada.  —digamelo a mí. Si no fuera porque ya estamos aquí, los habría tirado a la carretera hace rato.  Nekomata soltó una carcajada, dándole una leve palmada en la espalda.  —No has cambiado nada, Ukai. Sigues viéndote al borde de un colapso cada vez que te toca encargarte de estos mocosos.  Ukai suspiró, pasándose una mano por la cara.  —Y tú sigues viéndote demasiado entretenido con mi sufrimiento —murmuró con hastío.  —¿Cómo no voy a estarlo? —Nekomata sonrió con sorna—. Años atrás eras tú el que corría de un lado a otro como un loco, y ahora te toca ser el adulto responsable. El tiempo es un chiste cruel.  —No me recuerdes eso, viejo. Ya es bastante castigo tener que hacer de niñera de estos salvajes.  —Vamos, admítelo. En el fondo, te gusta.  Ukai entrecerró los ojos, mirándolo con una mezcla de fastidio y resignación.  —Solo firmemos el registro y terminemos con esto, ¿quieres?  —Como quieras —respondió Nekomata con una sonrisa burlona—, pero que sepas que estás viviendo la misma tortura que tu abuelo vivió contigo.  Ukai gruñó algo ininteligible y aceleró el paso hacia la oficina, ignorando la risa divertida del viejo entrenador detrás de él.  —Vamos, entremos. Nos esperan en la oficina para dar el presente.  Los pasillos de la escuela estaban pulcros y completamente vacíos salvo de ellos dos, no era tan diferente al karasuno salvo por uno o dos detalles  Ukai siguió al entrenador Nekomata quien recorría los pasillos con la fluidez de alguien que ha estado allí muchas veces, no era de extrañarse el Nekoma siempre estaba invitado a la concentración entre escuelas  —¿Cuánto falta para llegar a dirección? Estoy seguro que ya deberíamos haber llegado — hablo y en ese momento se arrepintió de hacerlo cuando la risilla del anciano se hizo presente.  —oh no tengo ni la menor idea de dónde estamos — exclamo con una sonrisa felina —yo estaba siguiéndote a ti  Ukai deseo con todas sus fuerzas poder estrangular al anciano en ese momento  —quieres decir que hemos estado caminando sin rumbo ¿¡durante una hora!? — Nekomata solo se río como siempre de su desgracia.  Se pellizco el puente de la nariz, sentía la frustración burbujearle debajo de la piel, el cúmulo de levantarse temprano, conducir durante 6 horas seguidas sin poder parar para fumar un poco, y el estrés de todo lo que se esperaba de el está semana lo estaba matando.  Suspiro y comenzó a buscar a alguien para pedir indicaciones. Allí a la vuelta del pasillo vio a un hombre empujando un carrito de limpieza. La gorra gris que llevaba cubría parte de su rostro, y su andar pausado y meticuloso le daba un aire extraño.  —oiga señor...  El hombre se giro revelando su rostro, las arrugas en su rostro se estiraban a medida que se sonreía  —¿Si muchacho? ¿En qué puedo ayudarte? — Ukai arqueó una ceja al escuchar la su tono rasposo pero dulce. Aquel hombre debía ser de la edad de Nekomata, si no mayor. Su uniforme gris estaba algo gastado, y en su cinto colgaba un manojo de llaves.  —Disculpe ¿Sabe dónde queda la oficina del director?—dijo, con la calma que aquel anciano tramita  El conserje lo miró por un instante antes reírse con un asentimiento.  —Oh, no están muy lejos —musitó con una sonrisa, aunque había algo en su mirada que a Nekomata le resultó... incómodo. Como si los estuviera evaluando.  Antes de que pudiera darle demasiadas vueltas, el hombre carraspeó, rompiendo el breve silencio.  —Sigan por este pasillo hasta el final y giren a la derecha. La oficina de la dirección es la última puerta. No tiene pérdida.  —muchas gracias señor—dijo Ukai, con una genuina sorpresa a lo cual el anciano simplemente sacudió la cabeza  —no hay de que muchacho, no está mal ver jóvenes tan animados en estos pasillos... disfruten su estadía. —Su voz tenía un matiz melancólico, casi como si estuviera recordando algo lejano.  Ukai asintió lentamente, mientras veía al anciano marcharse por el pasillo empujando su carro de limpieza y silbando por lo bajo al compás del vaivén de las llaves  —ese hombre tiene algo extraño — dijo Nekomata rompiendo esa pequeña paz que se había instalado.  —tal vez sea porque el si es amable —dijo Ukai mirándolo con los brazos cruzados y la ceja levantada, Nekomata solo se encogió de hombros y Ukai suspiro  La oficina del director estaba justamente donde el conserje había dicho. empujó la puerta de la oficina, seguido de Nekomata. Al entrar, se encontraron con un despacho ordenado, con un escritorio impecable y estanterías repletas de archivadores. Un reloj de pared marcaba la hora con un tic-tac persistente.  Detrás del escritorio, un hombre joven, de traje gris y gafas, los miró por encima del borde de un montón de documentos.  —Ah, los entrenadores de Karasuno y Nekoma —dijo con voz pausada—. Estábamos esperándolos. Por favor, tomen asiento.  Ukai apenas reprimió un suspiro. No era la primera vez que tenía que lidiar con este tipo de trámites, pero siempre le parecían un fastidio. Se sentó pesadamente, dejando la carpeta de asistencia sobre la mesa, mientras Nekomata se acomodaba a su lado con su usual calma.  —Hemos traído la documentación necesaria —dijo Ukai, empujando la carpeta hacia el director—. Los permisos de los alumnos y la confirmación de nuestra estadía.  El director tomó los papeles con parsimonia y comenzó a revisarlos con la meticulosidad de alguien que lleva toda una vida haciendo lo mismo.  —Parece estar todo en orden —murmuró, pasando página tras página. Luego levantó la vista—. Supongo que están al tanto del reglamento de la escuela y las áreas restringidas para los estudiantes.  —Sí, sí, no se preocupe —intervino Nekomata, con una sonrisa despreocupada—. Trataremos de mantener a nuestros equipos bajo control.  Ukai bufó por lo bajo, cruzando los brazos. "Trataremos" era una palabra demasiado optimista para lo que realmente iba a ocurrir.  El director los observó con una expresión neutra antes de asentir lentamente.  —Bien. En ese caso, firmen aquí —dijo, empujando un formulario hacia ellos.  Ukai tomó la pluma y firmó rápidamente, queriendo terminar cuanto antes. Luego pasó el papel a Nekomata, quien, con toda la calma del mundo, tomó su tiempo para leer antes de firmar. Ukai casi pudo escuchar el reloj avanzar con lentitud.  Finalmente, el director recogió los papeles, los apiló con precisión y los colocó en una carpeta.  —Eso sería todo. Sean bienvenidos. Si necesitan algo, la oficina está abierta hasta las siete de la tarde.  Ukai se levantó casi de inmediato, ansioso por salir de allí.  —Muchas gracias. Nos aseguraremos de que todo transcurra sin problemas —dijo, aunque en su interior sabía que eso era poco probable.  Nekomata le lanzó una mirada divertida antes de inclinar la cabeza hacia el director.  —Agradecemos su hospitalidad.  Cuando salieron al pasillo, Ukai exhaló pesadamente y rodó los ojos.  —Si me quedaba un minuto más ahí, me quedaba dormido.  —Siempre tan impaciente —se burló Nekomata, metiendo las manos en los bolsillos—. Vamos, volvamos con los chicos antes de que hagan un desastre.  Ukai asintió, aunque no pudo evitar echar un último vistazo por el pasillo. Por alguna razón, no podía quitarse de la cabeza la imagen del conserje. Algo en ese hombre lo seguía inquietando.  —Bien, hora de volver con esos demonios...  Horas después, Ukai estaba observando con creciente frustración cómo su equipo se desmoronaba en el partido contra Fukurodani. Kageyama, usualmente impecable en sus pases, parecía haber olvidado completamente cómo conectar con sus compañeros; cada balón que enviaba terminaba fuera de ritmo o demasiado bajo, lo que obligaba a sus atacantes a hacer malabares para intentar rematar. Asahi, con la presión acumulándose sobre sus hombros, fallaba saque tras saque, enviando el balón directamente contra la red o demasiado lejos del área de juego. Y luego estaba Nishinoya... quien, en un intento ridículo de colocar la pelota saltando desde la línea de libero, terminó haciendo el ridículo cuando el balón cayó varios metros detrás de él, provocando una carcajada general en la cancha.  —¿Qué demonios están haciendo? —gruñó Ukai, frotándose el rostro con ambas manos.  A su lado, Kyoko y Yachi observaban el partido con expresiones que iban desde la empatía hasta la resignación. Yachi, con su usual nerviosismo, se retorcía las manos cada vez que Karasuno cometía otro error.  —Esto... no está saliendo bien —murmuró, como si eso no fuera ya evidente.  —Por decirlo de una manera suave —añadió Kyoko, cruzándose de brazos—. Es casi doloroso de ver.  Ukai bufó, cruzando los brazos sobre el pecho mientras observaba al capitán de cabello blanco y negro anotar otro punto sin apenas esfuerzo. Para colmo, las escuelas habían acordado un castigo para los perdedores: tendrían que correr ida y vuelta la colina hasta la línea del principio del bosque. Miró a sus jugadores, quienes, a pesar de su espíritu inquebrantable, ya parecían empezar a resignarse a su destino.  —Parece que alguien va a dormir muy bien esta noche —comentó Kyoko con una sonrisa de lado.  —A diferencia de nosotras —añadió Yachi, soltando un suspiro de alivio—. No quiero ni imaginarme lo que debe ser correr esa colina después de jugar un partido así.  Ukai resopló.  —Pues acostúmbrense a verlos sufrir. Porque después de esta humillación, les espera mucho más que solo una subida y bajada por esa colina —dijo, con un tono lo suficientemente severo como para que ambas chicas se estremecieran. Pero en el fondo, aunque estuviera molesto, Ukai sabía que estos fracasos eran parte del proceso. Podía sentirlo, esa desesperación, esa frustración con cada error, era la antesala de algo grande. Estos chicos estaban a punto de sufrir una evolución enorme, lo sabía, lo veía en sus expresiones endurecidas, en la manera en que Kageyama apretaba los puños con furia contenida, en cómo Hinata se negaba a bajar la cabeza a pesar de la paliza. Estaban en la antesala del crecimiento.  Claro que eso no hacía la derrota menos amarga. Sobre todo porque el mismo sentía la mirada burlona de Nekomata cada vez que alguno fallaba. Cuando se vieran más tarde seguramente diría algo sarcástico, alguna frase sobre cómo los cuervos todavía tenían mucho que aprender antes de volar de verdad. Ukai suspiró, resignado. Esa humillación contra Nekoma no se iría en un buen rato.  Miró a la cancha, donde Hinata y Kageyama discutían después de otra jugada fallida, y suspiró.  —Van a odiarme cuando termine con ellos. Pero al menos, la próxima vez que se enfrenten a Fukurodani, no harán el ridículo.  Pero su sufrimiento aún no había terminado.  El karasuno fue el único que perdió.  Mientras otros equipos se repartían victorias y derrotas de manera equilibrada, Karasuno había caído en cada maldito encuentro. Era como si el universo entero hubiera decidido humillarlos a conciencia.  Cuando la última derrota quedó sellada, Ukai suspiró profundamente y se puso de pie, reuniendo a sus jugadores al borde de la cancha quienes acaban de regresar de su castigo en la colina. Sus rostros estaban cansados, algunos avergonzados, otros simplemente frustrados hasta la médula. Kageyama apretaba la mandíbula, Hinata miraba sus zapatillas como si hubieran sido ellas las responsables del desastre, y Daichi... Daichi tenía la mirada nublada por la ira contenida.  —Escuchen — espeto el entrenador parado frente a su equipo —. Hoy fue un desastre. Lo saben, lo sé, lo sabe cualquiera que haya puesto un pie en esta cancha. Pero...—hizo una pausa, recorriendo sus rostros con la mirada— lo que está pasando ahora mismo es lo mejor que podría ocurrirles.  Con los brazos cruzados y una expresión dura en el rostro ukai miro a cada uno de los chicos. Estaban agotados, cubiertos de sudor y frustración, pero sus miradas eran intensas.  —El voleibol no es solo cuestión de talento, reflejos o suerte. Es adaptacsuerte. Es adaptación —dijo con voz firme—. Y hoy nos dejaron claro que nos falta mucho que aprender.Hinata, con los puños apretados, bajó la cabeza, pero no en derrota.—Sabía que eran fuertes… pero ni siquiera pudimos acercarnos —murmuró.—Eso es lo que pasa cuando tu rival está acostumbrado a jugar al máximo nivel todo el tiempo —intervino Ukai, con un resoplido—. Hoy fue una paliza, sí. Pero es una paliza que puede marcar la diferencia entre seguir estancados o evolucionar.Kageyama apretó los dientes.—No quiero volver a perder así.—¡Ni yo! —saltó Nishinoya, golpeando el suelo con el puño—. ¡No otra vez!Tanaka se pasó una mano por la cara, frustrado.—¡Dijimos que íbamos a demostrar de lo que estamos hechos, pero nos barrieron!—Nos barrieron porque aún no estamos listos —intervino Daichi, su voz controlada pero llena de determinación—. Pero eso no significa que no podamos llegar ahí.Ukai sonrió al ver sus expresiones. Ya no eran polluelos torpes e inexpertos. Eran cuervos, listos para extender sus alas.—Exacto. Así que más les vale no dormirse en sus laureles. Porque mañana entrenaremos el doble.Sugawara suspiró con una sonrisa cansada.—Sabía que iba a decir eso…—¡Entonces, hagámoslo! —Hinata alzó la cabeza con una chispa de fuego en los ojos—. ¡Podemos mejorar! ¡Lo haremos!Kageyama lo miró y, por primera vez en todo el día, asintió con una leve sonrisa.—Tsk. Más te vale seguirme el ritmo, Hinata.—¡Eso iba a decir yo!Ukai dejó escapar una carcajada.—Bien, eso es lo que quiero ver. Mañana empezamos temprano. Y espero que no haya que sacarlos de la cama a patadas.Los chicos gritaron en respuesta, la fatiga momentáneamente olvidada. Eran Karasuno. No importaba cuántas veces cayeran, siempre encontrarían la forma de volar. Pero claro aún había algunos depredadores observándolos, un gato y un búho para ser específicoslas risas se extendieron por unos segundos más hasta que, Bokuto y Kuroo se acercaron con sus inconfundibles sonrisas de gamberros.—vaya que gran discurso —dijo kuroo apoyándose descaradamente sobre la cabeza de daichi —hasta me dieron ganas de entrenar ¿no Bokuto? —su voz felina y melosa prometía problemas—¡Exacto, exacto! —exclamó Bokuto, rodeando los hombros de Daichi con un brazo como si fueran mejores amigos de toda la vida—. Por eso, ¡vamos a seguir entrenando ahora mismo!—¿Q-qué? —balbuceó Yamaguchi, pálido de puro agotamiento.—Vamos, chicos —dijo Kuroo con su típica sonrisa zorruna—. ¿Qué mejor momento para reforzar todo lo que falló que cuando el fracaso todavía duele?Ukai vio cómo los hombros de Daichi temblaban, y por un instante creyó que el capitán de Karasuno iba a rechazar la idea. Pero antes de que pudiera decir algo, Ukai tomó aire y fulminó a Kuroo y Bokuto con la mirada.—Ustedes dos —señaló con el dedo, con el tono de quien estaba a punto de desheredar a sus propios hijos— no son mis jugadores. ¿Desde cuándo creen que pueden venir aquí a dar órdenes?Kuroo sonrió con esa expresión de felina que tanto lo caracterizaba, mientras Bokuto ladeaba la cabeza con inocente confusión.—Oh, vamos, entrenador —dijo Kuroo, metiendo las manos en los bolsillos—. Solo estamos ayudando a nuestros amigos a mejorar. ¿O acaso prefieres que se vayan a dormir frustrados y sin hacer nada al respecto?—¡Exacto! ¡Si pierdes, hay que entrenar! —exclamó Bokuto con energía, golpeando a Daichi en la espalda con tanta fuerza que casi lo empujó hacia adelante.Ukai apretó los dientes. Sabía que, en el fondo, Kuroo tenía razón. Pero eso no significaba que iba a aceptar que dos capitanes ajenos vinieran a meterse en los asuntos de su equipo como si fuera su responsabilidad.Daichi, por su parte, parecía debatirse entre el agotamiento, la necesidad de mejorar y el inminente dolor de cabeza que era interactuar con Kuroo y Bokuto por más de cinco minutos seguidos. Se pasó una mano por su rostro, como si estuviera reuniendo paciencia, y luego suspiró.—Bien. Entrenemos —dijo finalmente, aunque su tono era una mezcla entre determinación y resignación absoluta.Ukai se frotó las sienes. Dios, iba a ser una noche muy larga.—Bien. Entrenemos.Kageyama levantó la cabeza de golpe, Hinata le siguió con una chispa de emoción, y el resto del equipo comenzó a murmurar entre ellos. Como era de esperarse, la idea de seguir entrenando en lugar de rendirse les prendió fuego por dentro. Hinata ya había tomado una pelota y estaba prácticamente suplicándole a Akaashi, el colocador de Fukurodani —y sombra, niñero y eterno moderador de Bokuto— que le colocara el balón para entrenar. Kageyama, por su parte, lo acosaba con la intensidad de un depredador, exigiendo que le enseñara sus técnicas.Mientras tanto, Tanaka ya se estaba yendo con Yamamoto, claramente emocionado por la posibilidad de aprender cualquier técnica agresiva que se le ocurriera al atacante de Nekoma, y Tsukishima, en el otro extremo del espectro, juntaba sus cosas con la clara intención de marcharse. Se notaba que era el único que no quería entrenar, y su expresión de fastidio lo dejaba en evidencia.Ukai suspiró, pasando una mano por su cara. Kuroo y Bokuto eran un par de idiotas sin neuronas, y sin embargo... de alguna forma siempre lograban avivar la llama en los demás. A veces, Ukai estaba convencido de que cuando Daichi se juntaba con esos dos, los tres perdían el poco sentido común que tenían. Porque los tres parecían funcionar con la misma maldita energía caótica.—Bueno, bueno, capitán Daichi, ¿qué se siente ser el rey de los perdedores? —se burló Kuroo, dándole un codazo.—Debe doler en el alma —añadió Bokuto, cruzándose de brazos y asintiendo con fingida seriedad—. Pero no te preocupes, Daichi, aún eres guapo. Eso compensa las derrotas.—Ah, sí, sí, serás un perdedor, pero un perdedor atractivo —remató Kuroo, guiñándole un ojo.Daichi cerró los ojos por un momento, como si estuviera debatiéndose entre golpear a los dos o simplemente ignorarlos.—¿Por qué hablo con ustedes? —murmuró, masajeándose las sienes.—Porque nos adoras —dijo Bokuto, rodeándole los hombros con descaro.—Y porque sabemos que en el fondo quieres volver a intentarlo para no irte a dormir con el orgullo destrozado —agregó Kuroo con una sonrisa peligrosa.Antes de que Daichi pudiera responder, Sugawara, que había estado escuchando todo, se cruzó de brazos y asintió solemnemente.—Sí, Daichi, es importante recordar que lo tienes todo: el liderazgo, la fuerza y... bueno, la apariencia. Un combo completo. Solo te falta ganar algún partido.La mandíbula de Daichi se tensó y su ojo derecho pareció temblar. Ukai observaba toda la escena con una mezcla de incredulidad y resignación.—Dios, por eso no los dejo salir con otros equipos. Pierden el sentido común en cuanto se juntan.A un costado, Yachi, quien había estado mirando el desastre desde un lugar seguro, parpadeó y luego, con una pequeña voz, preguntó:—¿Entonces... nos vamos a quedar?Ukai se pasó una mano por la cara, exhalando pesadamente.—Sí, nos vamos a quedar. —Suspiro y murmuró para sí mismo con cariño—Mocosos... —resignado a que la noche iba a ser más larga de lo que esperaba.

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